Languedoc

angharad governal



Hagamos los descargos...
Cómo resolver un problema como la señorita Xena: Xena, Gabrielle y demás no son míos. Sólo los cojo prestados sin intención de obtener beneficio económico alguno. Los dejaré en su sitio cuando haya acabado. Lo prometo. Sin embargo, el resto es mío. Si no respetáis mis derechos de autora, enviaré a una jauría de monjas cantantes a vuestra puerta. (¿O son "monjas volantes"? Da igual.)
Cómo atrapar una nube y sujetarla al suelo: Un poco de violencia. Quien avisa no es traidor, como se suele decir.
Cómo encontrar una palabra que signifique señorita Xena: Aquí se habla del amor que no se atreve a pronunciar su nombre. Entre monjas y aspirantes a doctoras en letras, nada menos. Si no podéis con ello, entreteneos cosiendo disfraces con colchas y cortinas viejas. Vuelve a estar de moda, por si no lo sabéis...
Muchas cosas que sabéis que os gustaría decirle: ¡Un ramo de Leontopodium alpinum (edelweiss) para Viv por ocuparse de corregir! Por desgracia, pierde el premio a la "Mejor imitación de un cantante de la familia von Trapp". La buena noticia es que tengo entendido que está muy guapa con hábito y lederhosen. Gracias también al grupo de "no muy cantoras", "no exactamente monjas". Para citar a Dita: "Anda ya..." Je. Gracias a todos.
Muchas cosas que debería entender: Me he tomado ciertas libertades con la precisión histórica en este fanfic. El convento, las monjas, el pueblo y el castillo son un puro invento mío. Algunos aspectos de Languedoc y su historia están basados en hechos reales, aunque las caracterizaciones de personajes históricos reales son ficticias. La descripción de las actitudes y personalidades de estos personajes históricos se basa en la pura imaginación y especulación. Bla bla bla. Tomad nota de que habrá un examen al final del semestre y os entregaré una lista de lecturas secundarias para vuestro disfrute y edificación.
Pero cómo conseguir que se quede quieta y escuche todo lo que decís: Se agradecen comentarios. governal@earthlink.net
¡Puuf! Y ahora, adelante con nuestra historia...

Título original: Languedoc. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Estar enamorado es tratar de alcanzar el cielo a través de una mujer.
Uc de St. Circ, trovadora del siglo XIII, de The Women Troubadours (Las trovadoras), trad. y ed. Meg Bogin


1



Presente, Abadía de Santa María d'Ormarc, Ormarc (Mediodía Pirineos), Francia

—Y como sabe, ésta es la biblioteca de manuscritos del convento. La reverenda madre me ha pedido que la ayude en su investigación si lo necesita.

La alta figura enfundada en un hábito negro señaló con un gesto los estantes llenos de volúmenes encuadernados en cuero y pergaminos enrollados que cubrían la pared del fondo de la pequeña sala. El movimiento de la mano de la monja era preciso, eficaz y sin la floritura de más que se podría haber esperado de alguien que estaba mostrando, al menos para Gwenhwyfar Morrison, un tesoro que superaba todo lo imaginable.

Por insignificante que fuera el gesto, Gwenhwyfar se encontró atrapada en él: el ligerísimo movimiento de la muñeca de la mujer, los dedos largos y esbeltos extendidos ligeramente para señalar los estantes esmeradamente cuidados, la extraña gracia, la pasmosa elegancia de músculos, sangre y huesos, todo aquello la impactó con la fuerza de un cuchillo clavado en el pecho, distrayéndola por un momento del contenido de los atestados estantes. Por amor de Dios, Gwen, haz el favor de concentrarte. La monja se volvió para mirarla. Claro que esos ojos azules y esa sonrisa radiante tampoco me ayudan mucho.

La monja alzó la ceja por debajo del velo de su oscuro hábito mientras observaba a la rubia, como si oyera los pensamientos de Gwen.

—¿Está usted bien, doctora Morrison?

Gwen sonrió débilmente.

—Todavía no me he doctorado, sor Agustín. —Recalcó el título de la mujer alta, obligando a su distraída mente a centrarse en la situación en la que estaba—. Por favor, llámeme Gwen. Gracias por su hospitalidad y por ofrecerse a ayudarme.

La monja se inclinó ligeramente

—La reverenda madre me ha dispensado de manera especial de mis deberes por si usted necesita mi ayuda. Algunas otras hermanas hablan inglés, por si hay alguna emergencia.

—Parece usted de Estados Unidos, hermana. ¿Ha pasado un tiempo allí? ¿Estudió allí?

Sor Agustín se volvió a inclinar, esbozando con los labios una mínima sonrisa, y una vez más, Gwen se quedó maravillada por la impresión de sus elegantes movimientos, a pesar de su figura alta y casi desgarbada, cuya imponente estatura quedaba aún más de relieve por el paño negro que cubría a la mujer de la cabeza a los pies.

—Nací y me crié en Los Ángeles antes de profesar en Santa María d'Ormarc. Es una coincidencia asombrosa que, siendo paisanas, nuestros caminos sólo se hayan cruzado en un convento al pie de los Pirineos.

—Los designios de Dios y la universidad son inescrutables —contestó Gwen con una sonrisa humorística al tiempo que se encaminaba a las estanterías—. Sin querer faltar al respeto, pero supongo que eso debería haberlo dicho usted.

Oh, vale ya, Gwen. Estás en un convento en Francia —prácticamente en medio de la nada— con una beca de investigación que podría determinar el futuro de tu carrera académica, y te dedicas a tontear con una monja despampanante de ojos azules. Basta. Tu madre se sentiría humilladísima.

—¿Gwen? Le ruego que me disculpe, pero creía que la reverenda madre me dijo que se llamaba...

La rubia asintió al tiempo que cogía con cuidado un volumen encuadernado de un estante. Se dirigió a la gran mesa que ocupaba el resto de la estancia.

—Eeeh, sí. Me presentó como Brangein. Mi nombre auténtico es Brangein Gwenhwyfar. —Se encogió de hombros—. Es un nombre que viene de familia. Los dos nombres, en realidad. Mi familia siempre me ha llamado Bran, pero yo siempre he preferido Gwen. Seguro que se da cuenta del por qué, hermana. Ya se puede imaginar los motes y los chistes. Y le aseguro que he oído todos los que existen.

Sor Agustín ocultó una pequeña sonrisa a la medievalista, que colocó con cuidado el libro en la despejada mesa de trabajo. La monja observó mientras Gwen sacaba un par de guantes blancos de la mochila de cuero que se había traído al pequeño convento. Mientras la mujer se deslizaba los guantes por los dedos, sor Agustín respondió.

—Si necesita cualquier otra cosa, no dude en buscarme en los jardines del convento. La dejaré para que trabaje, Gwen.

La cabeza velada se inclinó ligeramente y se volvió hacia la puerta situada al otro lado de la pequeña sala. Gwen, inmersa ya en el volumen que tenía delante, miró apresuradamente a la figura oscura que se alejaba.

—Gracias, hermana.

Los ojos de la rubia se fijaron en el paño negro del hábito de la monja, que se balanceaba ligeramente a cada paso que se alejaba. Oh, Dios, no hace tanto tiempo. Una perfilada ceja subió hacia los cortos mechones de la rubia cabeza al tiempo que sus ojos recorrían la extensión de paño negro. Se preguntó distraída qué había oculto bajo la tela informe. Sí, hace mucho tiempo. Suspiró bien alto, meneó la cabeza e intentó concentrarse en el libro que tenía abierto sobre la mesa.

—Va a ser un año muy largo —dijo en voz alta en la sala vacía mientras sus ojos se fijaban en las páginas iluminadas.


El ruido de pasos y voces apagadas al otro lado de la puerta de la diminuta habitación la despertó. Se sentó en la cama y se quedó mirando al vacío. La luna iluminaba la celda y resaltaba el carácter ascético de la estancia. Parpadeó mientras sus ojos se iban acostumbrando a la luz que entraba por un ventanuco cerca de la modesta cama. Suspiró, deseando por un momento estar en su casa, poder permitirse el lujo de trasladarse al salón y encender la televisión para poder sofocar las ideas que se le pasaban por la mente. Ojalá... Suspiró una vez más y volvió la cabeza hacia la puerta cerrada, escuchando los pasos que se alejaban.

El silencio invadió la pequeña celda. Miró el reloj. Las 3:05 de la mañana. ¿Es que no duermen nunca? Se frotó los ojos y se volvió para contemplar la gruesa puerta de madera de la habitación. ¿Cuál toca ahora? ¿Martín? No, no... maitines. No, no es eso. Eso es a medianoche. Me extraña no haberme despertado también entonces. A ver. Mm, debe de ser... Oh, seamos francas, Gwen, estabas demasiado ocupada tratando de parecer lo más indiferente posible cuando la interrogabas sobre su vida en este sitio, tratando de asegurarte de que no se diera cuenta de que la estabas mirando, para prestar aten... ¡laudes! Eso es. Deben de ser laudes.

Habían pasado varias semanas desde su llegada al convento. Su examen inicial del contenido de la biblioteca era prometedor, pero la enorme cantidad de documentos le resultaba abrumadora. Con gran alivio, averiguó que el convento había conservado los registros de cuándo había adquirido la biblioteca ciertos manuscritos. Pasó varias semanas repasando numerosos documentos, eliminando textos que parecían no tener relevancia para el tema de su investigación sobre la historia literaria de Languedoc en los siglos XII y XIII.

Más vale que intente dormir. Tengo que ir al pueblo para buscar una línea para conectar el portátil y poder escribir a mi directora y contarle cómo va el trabajo... Probablemente habrá una línea eléctrica en este convento. No pueden no tenerla. ¿Y si hubiera alguna emergencia o algo? Jo, Gwen. Esto no es un Motel 6. Lo más parecido que has encontrado a una abadía medieval en pleno funcionamiento, ¡y te quejas porque no tienen instalaciones modernas! Esto es lo que querías, ¿recuerdas?

Gwen se reclinó en la estrecha cama, parpadeando para alejar el sueño mientras contemplaba las sombras que corrían por el techo de la celda.

No sería tan incómodo si te hubieras alojado en el pueblo como se suponía que debías hacer, en lugar de pasar estas últimas noches en el convento. Y seamos francas de una vez. Tú sabes por qué has decidido alojarte aquí en lugar de en la posada... Debes de ser una especie de masoquista. Ya es bastante malo que prácticamente te tires a sus pies durante las horas que pasáis juntas... Por otro lado, su ayuda probablemente te ha ahorrado al menos dos o tres semanas de investigación. Ahora puedes concentrarte de verdad en lo que se supone que has venido a hacer aquí... Y maldita sea, Gwen, no se trata de babear por alguien a quien no puedes tener.


—¿Así que ese castillo que está a pocos kilómetros de Ormarc es en realidad un hotel?

Sor Agustín se apartó de las estanterías, con un libro en la mano enguantada.

—Sí. Hace varios años, era la casa solariega de los señores d'Ormarc. Se hizo demasiado caro para la familia mantenerla económicamente, así que en vez de dejar que el castillo se convirtiera en una ruina, lo renovaron transformándolo en hotel. Por supuesto, casi todas las tierras de esta zona todavía pertenecen a doña Thisbe Hippolyta d'Ormarc. En gran parte, como sabe, son tierras de labor o pastos para ovejas y cabras.

La medievalista asintió, pues ya había pasado por la experiencia de tener su pequeño coche rodeado por un rebaño de ovejas en la única carretera que llevaba al pueblo de Ormarc. Llegó al convento horas después, deshaciéndose en disculpas con la seria pero amable abadesa por su retraso. La frase mágica de "ovejas en la carretera" la absolvió de sus pecados.

—¿Entonces esta zona tiene mucho turismo? Creo que si el pueblo estuviera más cerca de la ruta de peregrinaje a Santiago de Compostela o si tuviera catedral, lo conocería más gente. Pero supongo que hay suficiente interés en la zona para construir un hotel. El pueblo hasta tiene esa pequeña posada.

—Su belleza se considera un tesoro oculto. La mayoría de la gente que viaja al sur tiende a visitar Marsella o Montpellier y no se adentra hacia el oeste más allá de Toulouse. No es una zona tan llena como otras, pero Ormarc sí que atrae una cierta cantidad de turistas emprendedores.

—Y gente curiosa con inquietudes literarias e histórico-culturales.

La monja ocultó una pequeña sonrisa y Gwen reprimió sus ganas de quedarse mirando cuando la mujer se volvió hacia las estanterías. ¿Se trata de una especie de regla? No sonreirás salvo en presencia de extraños y medievalistas en busca de Dios sabe qué; cuando sonrías, te taparás la boca con las manos unidas en actitud de rezo, para que no piensen que eres rara, banal, vana, loca o distante. Bajó la vista, apretando despacio los puños contra la madera de la mesa de trabajo. No es momento de sarcasmos, Brangein Gwenhwyfar. No le tomes el pelo a la monjita, aunque sólo sea con el pensamiento.

Con gran sorpresa por su parte, ver la boca de la monja esbozando una sonrisa de alegría y diversión la afectó de la misma manera que semanas antes. Cuando vio la sonrisa de la mujer por primera vez —minutos después de que la monja hubiera señalado las estanterías de la biblioteca en su primer encuentro— lo inesperado de la misma la había sorprendido. Recordaba haberse sentido algo abrumada y atribuyó sus reacciones a los documentos que llenaban las estanterías de la pequeña sala. A medida que fueron transcurriendo las semanas y pasaba más tiempo con la religiosa, empezó a poner en duda sus propias conclusiones. En el pequeño período de tiempo que había pasado en el convento, Gwen se dio cuenta de que esta imponente mujer rara vez sonreía si no era en presencia de su persona. Parecía firmemente entregada a sus sagrados votos, con un aire decidido, sobrio y seguro.

La monja mostraba el mismo sentido de la entrega al ayudar a la medievalista a documentar y clasificar la enorme colección de la biblioteca, pero Gwen percibía una ligereza y una extraña timidez traviesa en el comportamiento de la mujer durante las horas que pasaban juntas. Revelaba poco sobre su vida pasada, pero contestaba a las preguntas de la rubia referentes al convento y su vecino más próximo, el pequeño pueblo de Ormarc.

Es un misterio envuelto en un enigma. Me pregunto por qué se marchó de Los Ángeles. ¿Por qué cruzar miles de kilómetros hasta un aislado convento francés? ¿Huía de algo?

Sor Agustín depositó un grueso libro delante de la rubia.

—Este libro parece prometedor, Gwen. Hay otros pocos textos catalogados con fecha de más o menos finales del siglo XIII, pero la mayoría de los documentos de la biblioteca parecen ser posteriores a 1400.

—Bueno, lo que hemos encontrado hasta ahora supera con creces lo que había imaginado, aunque en su mayor parte no entre en los siglos XII y XIII. Algunos de los textos parecen ser copias de manuscritos que he visto en la Bibliothèque Nationale. Me pregunto si hay diferencias entre los libros de manuscritos que he visto aquí y en París... diferencias regionales y esas cosas. —La rubia se rió entre dientes—. Conozco a varias personas que darían un ojo de la cara por ver lo que he visto yo hasta ahora.

La monja se inclinó ligeramente.

—Me alegro de haberle sido de ayuda y de que los libros que hemos encontrado no caigan en el olvido.

La rubia sonrió y dio unas palmaditas en la cubierta del texto que la monja había puesto delante de ella.

—Me sorprende que no vengan aquí investigadores de todo el mundo a manadas. Sus colecciones son asombrosas. Probablemente harían falta varias vidas para empezar a averiguar lo que hay aquí de verdad. Lo que he... lo que hemos descubierto aquí es increíble. Le estoy más que agradecida por la ayuda que me ha prestado durante estas últimas semanas.

Sor Agustín volvió a inclinarse, con las mejillas coloreadas por un ligero rubor mientras intentaba tapar una pequeña sonrisa con las manos unidas. Se volvió hacia las estanterías una vez más.

No debería ocultar esa sonrisa que tiene, hermana. Con esa sonrisa caerían reinos enteros a sus pies. Los caballeros le entregarían su vida y los trovadores cantarían sus alabanzas por todo Languedoc.

Gwenhwyfar suspiró suavemente, mientras sus dedos enguantados abrían con cuidado la sencilla cubierta de cuero. Sus ojos empezaron a recorrer las páginas del manuscrito. El silencio se adueñó de la sala cuando ambas mujeres se quedaron absortas en sus tareas. Como ya había ocurrido en las últimas semanas, sus ojos se apartaron de la página para posarse en la figura oscura que rebuscaba por las estanterías de la biblioteca.

La cara de la religiosa estaba apartada de la rubia, con los rasgos en perfil e iluminados por la luz que entraba por una ventana cercana. Sus ojos recorrían los numerosos libros, con una copia de una lista de manuscritos que la medievalista había identificado como "una buena pista" en la mano, ajena a las miradas furtivas de la rubia.

Mira qué perfil. Mejillas de alabastro, una perfecta nariz romana, penetrantes ojos azules, preciosa boca de labios de rosa. Un clásico y bello rostro medieval. Ojalá la hubiera conocido antes de venir aquí. Ojalá nos hubiéramos conocido antes de todo esto. Podríamos haber sido... yo podría haber...

Gwenhwyfar sacudió la cabeza. Creo que podría enamorarme de... ¡Basta, Gwen! Es sólo que le gusta pasar un tiempo fuera de su vida normal, de su rutina. Es como unas vacaciones, un permiso. No tiene nada que ver contigo. Como si eso fuera realista... Oiga, sor Agustín, quiero que deje todo esto de la "esposa de Cristo" y que huya conmigo a América. Ah, y por cierto, ¿le importaría decirme cómo se llamaba antes de meterse a monja?

Sintió que le tocaban el brazo y levantó la mirada para encontrarse a la monja de pie a su lado, con los ojos llenos de preocupación. La alta mujer se inclinó ligeramente, acercando la cara a la rubia.

—Discúlpeme, pero ¿se encuentra bien? Parece un poco...

Sobresaltada, Gwenhwyfar apartó la cabeza, señalando de repente las paredes circundantes con la mano libre. Se le quebró la voz y las palabras le salieron a borbotones al tiempo que intentaba esquivar la mirada de la monja.

—E-el convento... ¿cu-cuando dijo que fue construido?

Sor Agustín alzó una ceja por debajo de su velo oscuro, sorprendida por lo que había visto en los ojos de la rubia antes de que ésta se apartara bruscamente de su mirada. Su propia mente se sintió inquieta, reconociendo algo en esa breve mirada: era una mirada que conocía, un reconocimiento, una confesión que ella comprendía. Sabía que aquello turbaría su paz de espíritu en las próximas semanas. Estaba a punto de responder cuando Gwen soltó una risa temblorosa.

—Lo... lo siento, hermana. Supongo que me ha parecido raro que, mmm, es-estoy dando por supuesto que el pueblo y el convento surgieron en torno al castillo al tiempo que lo construían, ¿no? No sé por qué no se me ha ocurrido antes preguntar si se sabe la fecha exacta. O lo más cercano a una fecha exacta que se pueda, dado que casi todos los manuscritos que hay aquí parecen ser posteriores a 1400.

La medievalista sacudió la cabeza, mientras su mente se aferraba al problema abstracto, empujando a un lado cualquier otra idea que tuviera en la cabeza.

—Pero también parece haber muchos documentos de un siglo anterior en esta pequeña biblioteca. El convento parece demasiado aislado, casi demasiado inaccesible para ser un depósito central. Toulouse parece el sitio lógico para tal cosa. ¿Ha-había algo más en este lugar? ¿Una especie de depósito más pequeño o un scriptorium donde se creaban o conservaban documentos? Yo... yo... —Suspiró levemente—. Lo siento, sor Agustín. Creo que estoy pensando en voz alta. —Gwen miró el libro que tenía delante.

La morena miró a la rubia. La medievalista tenía un ligero ceño en el rostro mientras contemplaba el manuscrito. Parece una niña pequeña desentrañando una frase. La luz hace que su pelo parezca oro batido. Soltó un ligero resoplido e intentó concentrarse en la pregunta de la otra mujer. Asintió ligeramente con la cabeza y hubo un suave revoloteo de paño oscuro cuando se volvió para contemplar las paredes de la biblioteca del convento. Cerró los ojos un momento mientras trataba de calmar los pensamientos que se le acumulaban en la mente.

—El convento fue fundado por orden de la familia d'Ormarc hace casi setecientos años.

¿Setecientos?

—¿Setecientos? —repitió la rubia.

La monja asintió, volviéndose para mirar a la rubia medievalista.

—Sí. El convento se fundó en el siglo XIV. La estructura del castillo se reconstruyó a lo largo de varias generaciones, pero su forma final se terminó más o menos al mismo tiempo que el convento.

Gwen se echó hacia delante sobre la mesa, olvidando sus ideas privadas sobre la monja que estaba a pocos metros de ella mientras asimilaba lo que había oído segundos antes. Sus ojos recorrieron la página, con una expresión de desconcierto en la cara.

—¿De modo que Santa María se construyó después de las herejías cátaras?

—Sí. Según los registros de esta parroquia.

—¿Entonces por qué acabo de encontrar un documento legal fechado en 1129 del obispado de Toulouse que concede una solicitud de En Chrétien d'Ormarc para construir una catedral y un convento anejo? Dice que la catedral alojaría el velo de la Santa Madre que se recuperó en la Cruzada de 1095.


PARTE 2


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades