La isla de Danté

Gabrielle Goldsby



Descargos estándar: Los personajes de este relato "uber" pueden parecerse físicamente a unos personajes propiedad de Renaissance Pictures. El parecido termina ahí. Para bien o para mal, estas chicas son mías y voy a hacer con ellas lo que me plazca. Sin embargo, podéis solicitar jugar con ellas.
Aviso de violencia y lenguaje soez: Hay un poco de violencia al principio de esta historia, pero nada demasiado gráfico. Mis chicas llegan a cabrearse MUCHÍSIMO y sueltan alguna maldición de vez en cuando. Ya sabéis lo que pasa cuando alguien te toca las cosquillas y vuelan los insultos. Pero seguro que después lo lamentaron mucho.
Aviso de subtexto: Consideraos advertidos de que esta historia contiene sexo explícito y gráfico entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años... deberíais terminar la colección completa de los misterios de Nancy Drew y Trixie Beldon antes de acometer algo como esto. Creedme, esto os supera mucho. ¿CÓMO? ¿Qué ya os los habéis leído? Vale, pues podéis pasar a Judy Blume pero primero pedidle permiso a mamá. ¿Por dónde iba? Ah, sí, si este tipo de historia es ilegal en el país/estado/cueva donde vivís, deberías dejar de leer ahora mismo y dedicaros a plantar algo. Por cierto, tengo entendido que los autobuses Greyhound tienen billetes de ida por tan sólo 49 dólares. Indirecta... indirecta... guiño... guiño.
Aviso de libertad creativa: Bueno, antes de que empecéis a leer esta historia, voy a confesar que me he tomado ciertas libertades con la geografía. Creo que si la gente puede escribir y publicar historias sobre Joxer y Gab como pareja, yo puedo escribir lo que me dé la gana sin tener que aguantar comentarios al respecto. ¿Alguien se ofrece como testigo?
Por cierto, sobre el Statendam III. Era un crucero auténtico de la Holland America Line.
Aviso de primera vez: Vale, sí, hay algo de eso, pero a lo que me refiero es a que ésta es la primera historia que escribí en mi vida. Aunque ahora ya tengo otras publicadas en la red, ésta es la primera que acometí. Está bien, confieso que estaba ciega de Kool Aid de ponche tropical y Red Vines cuando la escribí, pero leedla de todas formas.
Gracias: Quiero dar las gracias a mis correctoras, Sinjen Kai y Bec, por el magnífico trabajo que han hecho al traducir mi "gabrielés". Gracias a Tiggster por cerrar los ojos y publicar mi trabajo a pesar de todo. Se agradecen comentarios positivos y constructivos, los negativos serán enviados a Hacienda por posible evasión de impuestos. Estoy en: GabGold@aol.com

Título original: Danté's Island. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1



Era como si los dioses hubieran hecho que el día fuera perfecto especialmente para nosotros. Iba a ser el primer día de una travesía por el océano que nos llevaría de Europa a América. El cielo no podría haber estado más azul si lo hubiera pintado yo misma. Yo estaba emocionadísima, mi hermana pequeña Lilly no podía parar quieta y mi madre no dejaba de darse aire nerviosa con el abanico. Padre parecía hablar más alto de lo normal. Los demás pasajeros parecían estar reaccionando también a la electricidad que había en el aire.

Me llamo Gabrielle, por cierto, y éste iba a ser mi primer viaje al extranjero. Era el año 1929. El barco era el Statendam III.

—Gabby, cierra la boca, niña, y ven aquí —me gritó madre cuando me quedé contemplando boquiabierta el inmenso barco.

Cerré la boca rápidamente y corrí para alcanzar al resto de mi familia. Madre siempre me estaba diciendo que cerrara la boca. No sé por qué, pero creo que respiro mejor con la boca abierta. Madre decía que como siguiera así, me iba a llevar al médico. Decía que parecía vulgar con la boca siempre abierta y que si seguía así, ningún joven querría cortejarme jamás. Si creía que eso me preocupaba, estaba muy equivocada.

Madre y padre nos condujeron por la pasarela hasta el barco. Una vez a bordo, los pasajeros eran divididos en grupos según sus apellidos. Nuestro apellido es Archer, de modo que fuimos de los primeros en ser guiados hasta nuestros camarotes. Madre y padre nos habían permitido a Lilly y a mí compartir una habitación para nosotras solas.

—¿Qué cama prefieres, Gabby? —preguntó Lilly, dando botes en una de las camas.

—Evidentemente, la de ahí, dado que tú ya has echado a perder los muelles de ésa.

Lilly se echó a reír y botó con más fuerza.

—Gabby, ¿crees que madre y padre nos dejarán nadar en la piscina? —preguntó Lilly por quinta vez en lo que iba de día.

—No lo sé, Lilly, pero más vale que vengas aquí y me ayudes a deshacer el equipaje si quieres salir a cubierta para saludar cuando zarpe el barco.

Con un último bote, Lilly se acercó para ayudarme a sacar nuestras cosas. Mientras deshacíamos el equipaje, dejé que mi mente repasara todo lo que nos dejábamos en Inglaterra. Mi mejor amiga, Elizabeth, era lo que más ocupaba mis pensamientos. Recordé cómo había llorado Elizabeth el día antes cuando nos despedimos.

—¿Me prometes que me escribirás, Gabby? —dijo sorbiendo.

—Te lo prometo, Lizbeth. Voy a escribir en un cuaderno todos los días y cuando esté lleno te lo enviaré. Será como si estuvieras allí conmigo, Lizbeth.

—Ya está todo, Gabby, ¿podemos ir ya? —exclamó Lilly con su habitual entusiasmo.

—¿Por qué no vas al lado para ver si madre y padre ya están listos?

Lilly salió volada por la puerta, dejándola abierta al correr al camarote de nuestros padres. Sonó un fuerte silbato. Según las pocas instrucciones que recibimos al subir a bordo, el silbato era para hacernos saber a todos que faltaban quince minutos para que zarpara el barco. Cerré la puerta y terminé a toda prisa de deshacer mi equipaje.

Cuando terminé de sacar mi ropa, abrí los cajones de Lilly y arreglé la suya. Al levantarme de los cajones, me vi en el espejo. Me miré con espíritu crítico. Me han dicho que tengo los ojos bonitos... son de un verde oscuro y turbio, como los de mi madre. He sacado el pelo rubio de mi padre, pero el suyo es liso, mientras que el mío es ondulado y me cuesta más mantenerlo peinado. Tengo la piel muy pálida y me quemo al más mínimo indicio de sol. Miré con más atención. Creo que tengo la nariz bonita, aunque madre dice que los agujeros son pequeños. Suspiré al apartarme del espejo. Casi todo el mundo creía que tenía doce años, cuando en realidad tenía dieciséis. Era humillante ser tan baja. Ni madre ni padre eran muy altos, así que no era probable que yo fuera a crecer mucho más.

Abrí la puerta de nuestro camarote justo a tiempo de ver pasar zumbando a una niña de seis años vestida con un mandil blanco.

—Gabby, vamos, que nos lo vamos a perder —gritó Lilly mientras corría por el pasillo hacia la cubierta de proa.

—Lilly —gritó madre—. Haz el favor de no correr. —Lilly regresó correteando hasta madre.

—Oh, madre, por favor, deprisa, no quiero perderme lo de decir adiós a todo el mundo.

Seguí despacio a mi familia. Creo que era la única que no estaba tan contenta con nuestro viaje. Me preguntaba qué estaría haciendo ahora Lizbeth. Cuando caminaba, rara vez me fijaba por dónde iba. Por desgracia y ante la consternación de madre, esto me había acarreado varios roces y golpes. ¡Plaf! Ay, por Dios, pensé mientras caía al suelo y acababa plantada sobre mi trasero, como ya venía siendo demasiado habitual.

Sacudí la cabeza para despejármela. Cuando me fui orientando de nuevo, me di cuenta de que me había chocado con una persona y no con un objeto inanimado.

—¿Estás bien? —preguntó una voz con un fuerte acento extranjero por encima de mí.

Eché despacio la cabeza hacia atrás, tratando de mirar a la persona delante de la cual acababa de hacer el ridículo. Seguí echándome cada vez más hacia atrás hasta que por fin llegué a un par de ojos azules duros pero llenos de diversión.

—He preguntado que si estás bien.

—Estooo... sí. Seguro que estoy bien —contesté por fin, dándome cuenta de que estaba siendo grosera.

Tras un esfuerzo por ponerme en pie, me presenté.

—Soy Gabrielle Archer.

Me quedé allí como una idiota, mirándola. Era la mujer más alta que había visto en mi vida, claramente más alta que mi padre, de largo pelo oscuro y los ojos más azules que había visto nunca. Era, en una palabra, bella. No supe qué decir a continuación. Noté que mi boca traidora se había abierto mientras la miraba y la cerré de golpe con un chasquido bien audible.

—Danté —soltó ella.

—¿Eh? —dije como una idiota.

—Mi nombre... es Danté Courtier.

—Ah... mmm, encantada de conocerte, Danté.

—¿No deberías irte? —me preguntó, ladeando ligeramente la cabeza—. ¿No se va a preocupar su familia por ti?

—Aaah, sí, supongo —farfullé—. ¿Tú no vas arriba a despedirte?

—No —declaró—. Ahí no hay nadie de quien deba despedirme, mi madre y mis hermanos están a bordo, así que no veo la necesidad de estar allí. Estaba regresando a mi camarote cuando te has chocado conmigo.

Me indigné.

—¿Que yo... me he chocado contigo? Más bien te has chocado tú conmigo...

—Tú eras la que no miraba por dónde iba. Te estabas mirando los zapatos justo antes de que nos chocáramos. ¿Qué ocurre? ¿Te has comprado zapatos nuevos para el viaje? —preguntó con sarcasmo.

—¿Qué? No —mentí—. Mira, vamos a olvidarlo. Si crees que ha sido culpa mía, me disculparé.

Danté sonrió burlona.

—Bien, ¿y por qué no lo haces?

—¿Por qué no hago qué?

—¿Por qué no te disculpas?

—Cómo... pero si acabo...

—No, no lo has hecho. Has dicho que te disculparías, pero todavía no lo has hecho.

Danté sonreía ahora ampliamente y yo me estaba irritando de mala manera.

—Muy bien, señorita Courtier, si se empeña en una disculpa más formal, se la ofreceré —solté indignada—. Señorita Courtier, me gustaría disculparme formalmente por chocarme con usted. —Ahora ya estaba furiosa, lo cual pareció causarle aún más diversión.

—Acepto sus disculpas —dijo con altivez, como si imitara mi tono—. Pero... —Y se inclinó hacia mí y me dio unas palmaditas en la cabeza, como si fuera una niña pequeña—. Tenga cuidado para que no vuelva a pasar. —Con una sonrisa amplia y maliciosa, se dio la vuelta y se alejó.

Me quedé mirándola, con la boca abierta por segunda vez en otros tantos minutos. Volví a cerrarla de golpe.

—Pero cómo... —Me di la vuelta furiosa justo al oír a la multitud que se despedía a gritos—. Oh, bueno. —Suspiré y seguí hasta la cubierta para buscar a mi familia.

Dadas las masas de gente, fue pura suerte que pudiera encontrar siquiera a mi familia.

—Aquí, Gabby —gritó Lilly, que estaba encaramada a hombros de mi padre para poder ver por encima de la gente. Me abrí paso hasta mi familia mientras el barco se apartaba despacio del muelle. Habíamos zarpado.

—¿Dónde estabas, Gabby? Nos estábamos empezando a preocupar —preguntó madre.

—Lo siento, madre. He vuelto a mi habitación para buscar mis prismáticos y no he podido encontrarlos. Para entonces ya era tarde.

No sabía por qué había mentido; no solía mentir a mis padres y menos a mi madre, que generalmente percibía una mentira de lejos.

—¿Estás segura de que no estabas en algún lado fantaseando? —preguntó mi madre.

Era una discusión habitual y yo no estaba dispuesta a tenerla en este momento.

—No, madre, no estaba fantaseando...

Mi familia y yo decidimos dar un paseo por el gran barco antes de tomar el té. El barco era verdaderamente una magnífica obra de ingeniería, según mi padre. Dejé que la charla de mi familia se perdiera como ruido de fondo mientras pensaba en mi encuentro con Danté Courtier. Me pregunté por qué me había dejado provocar hasta ponerme tan furiosa. Normalmente soy de buen carácter. Me cuesta mucho enfadarme... bueno, normalmente. Esta chica tenía algo que me irritaba.

—Gabby —me llamó madre con un tono de voz claramente exasperado—. ¿Has oído una sola palabra de lo que he dicho?

—No, madre, perdona, no te he oído. ¿Qué has dicho?

Madre meneó la cabeza y dijo:

—Hija, uno de estos días esa imaginación desbocada que tienes te va a causar muchos problemas, fíjate en lo que te digo.

Sonreí y contesté como solía hacerlo cuando madre soltaba esta conocida afirmación.

—Sí, madre.

Sonreí a mi madre con impertinencia, como siempre, y ella me devolvió la sonrisa, como siempre. Mi abuela me había dicho hacía mucho tiempo que yo era igual que mi madre a los dieciséis años y que cuando tenía mi edad, la habían pillado muchas veces fantaseando.

—He preguntado que si te apetece tomar el té o no. Hay un salón donde lo van a servir dentro de unos minutos.

—Sí, madre, me apetece tomar el té.

Seguí a mi familia diligentemente al interior del salón y tomé nota, no por primera vez, de los pomposos grupos de jóvenes, en su mayoría de Inglaterra, como mi familia y yo. Sentía curiosidad por el acento de Danté, estaba claro que tenía algo de francés. Mmm, ¿de dónde será?

Me permití fantasear sobre Danté, inventándome historias románticas sobre ella y un guapo príncipe... al fin y al cabo, era un personaje claramente interesante y bien podía ser una princesa o una rica heredera. Los camareros colocaron en la mesa bandejas doradas llenas de emparedados de pepino y bollos pequeños, además del té. Oí rugir a mi estómago, lo cual me recordó lo hambrienta que estaba. Toda la conversación cesó mientras mi familia devoraba la sencilla pero elegante comida. Mientras comía, sentí un cosquilleo en la nuca. Me volví a tiempo de ver a Danté, a una mujer de más edad y a dos jóvenes entrando en el salón. La mujer mayor tenía el mismo aspecto que Danté. Decidí que tenía que ser su madre. Me pregunto quiénes son esos chicos. Sé que dijo que tenía hermanos, pero me pregunto si uno de ellos la está cortejando. Es tan guapa que seguro que ella no tendría problemas para encontrar marido, pensé. Por algún motivo, me sentía decepcionada y no sabía por qué.

Me volví de nuevo hacia mi familia cuando Danté y su madre llevaban a los chicos hasta la mesa que estaba justo al lado de la nuestra. Danté me susurró al oído al tomar asiento justo detrás de mí:

—¿No te han dicho que mirar es de mala educación, pequeña?

Tomé aire y me volví para fulminarla con la mirada, pero para entonces ella ya se había vuelto hacia su familia y decir cualquier cosa habría llamado la atención sobre mí misma. De modo que me aparté furiosa.

—¿Quién es tu amiga, cariñito? —preguntó padre con los ojos chispeantes.

Me puse muy colorada y dije, con cierto exceso de volumen:

—Se llama Danté Courtier y no es... mi amiga —solté.

Oí a Danté reírse y fue evidente que había estado escuchando. Padre me sonrió y volvió a su conversación con madre. Me volví ligeramente para poder ver la mesa de Danté. Advertí que la madre de Danté charlaba animadamente con los chicos, pero que Danté no participaba realmente en la conversación. Aproveché la oportunidad para inclinarme hacia atrás y decir en voz baja:

—¿Nunca te han dicho que escuchar las conversaciones ajenas es de mala educación?

Danté se echó hacia atrás en su silla y dijo:

—No estaba escuchando, es que hablas tan alto que no he podido evitar oírte —dijo con tono de burla.

—Yo... Tú... —Volvía a estar lívida y Danté parecía disfrutar de cada momento.

—¿Te pasa algo, cariñito? —preguntó mi padre.

—No, padre —dije a duras penas—. Creo que algo me está sentando mal.

Oí a Danté sofocar otra risa al oír esto y juré que de algún modo conseguiría vengarme.

Seguí a mi familia al salir del salón, con mucho cuidado de no dirigir una mirada siquiera a Danté. Regresamos a nuestros camarotes para echar una siesta muy necesaria. Mientras me quitaba el vestido y ayudaba a Lilly a quitarse el suyo, me di cuenta de que estaba agotada. Al echarme, mi último pensamiento fueron unos maliciosos ojos azules y mi incapacidad de pensar claramente cuando los miraba.

Casi dos horas más tarde, llamaron a la puerta.

—¿Quién es? —grité.

—Soy padre, madre y yo vamos a dar un paseo por cubierta, ¿queréis venir?

—¡SÍ! Esperadme, padre —exclamó Lilly, saltando de la cama y poniéndose el vestido de mala manera. Yo también me vestí despacio.

Abrí la puerta a nuestro padre cuando estuvimos vestidas.

—Creo que me voy a quedar aquí a escribir en mi cuaderno, padre.

—Muy bien, Gabby, volveremos a buscarte para cenar dentro de unas horas.

—Está bien, padre.

Observé a mi hermana salir dando brincos de la habitación para coger a mi padre de la mano, hablando a cien por hora. Me senté ante el pequeño tocador que estaba en nuestra habitación y saqué mis cuadernos. Por mucho que lo intentara, no conseguía poner sobre el papel lo que sentía sobre este viaje. En principio, no estaba muy contenta con el traslado a América. Pero después de la siesta, empezó a entrarme una sensación de aprensión y emoción. Me siento como si estuviera a punto de descubrir algo que hará que mi mundo se tambalee. Por fin renuncié a intentar plasmar mis sentimientos en palabras y me limité a escribir sobre el barco y los pasajeros. A propósito, omití mencionar a Danté en mi entrada porque sabía que si le hablaba a Lizbeth de Danté, querría saber más. Tras terminar la breve entrada, devolví el cuaderno a mi baúl. Dentro del baúl me encontré con mi lápiz y mi caja de colores, además de cinco cuadernos más que padre me había dado como regalo antes de partir de Inglaterra.

Decidí subir a cubierta con mis cuadernos y mis carboncillos para dibujar un poco. Dejé una nota en el camarote de mis padres por si volvían antes que yo. Me dirigí a la cubierta. Conseguí hacerme con una cómoda tumbona y me recliné para empezar a dibujar. Miré a mi alrededor en busca de un buen candidato para mi dibujo. Al no encontrar ninguno entre los pretenciosos pasajeros, decidí hacer algo de memoria. Despacio me puse a trazar las líneas que empezaron a formar el óvalo de una cara. Cuando estuve satisfecha con la forma de la cara, metí la mano en la bolsita que usaba para llevar mis suministros y saqué el color azul mar. Después de dibujar los ojos hasta quedar satisfecha, rellené los ojos con el color. Por lo general, esperaba a tener terminado el retrato antes de colorear nada. Pero por alguna razón me parecía que era importante hacer bien los ojos.

—¿Me enseña lo que está dibujando? —preguntó un joven con un acento que me resultaba familiar.

—¿Disculpe? —pregunté como una estúpida.

—Le he preguntado que si me permite ver su dibujo —volvió a decir con suavidad.

En su cara se dibujó una agradable sonrisa. Por primera vez advertí sus hermosos ojos. Son exactamente iguales que los de mi dibujo... exactamente iguales que los de Danté, pensé con creciente comprensión.

—Mmm, normalmente no enseño mis dibujos hasta que están terminados.

Él sonrió de nuevo.

—Pues me gustaría verlo cuando esté acabado... es decir, si a usted no le importa enseñármelo.

—No, no me importa. Se lo enseñaré cuando haya terminado.

—Bien. Escuche, ¿va a ir al baile esta noche?

—No sé nada de un baile.

—Pues verá. —Se movió incómodo—. Esta noche hay una fiesta y me preguntaba si usted podría reservarme unos cuantos bailes —dijo de carrerilla.

—Ah, pues sí, me gustaría bailar con usted esta noche, señor... Perdone, ni siquiera sé cómo se llama usted.

—Courtier, Edward Courtier. Estupendo, entonces todo arreglado. La veré allí entonces.

Edward se levantó rápidamente y se retiró a toda prisa, como si tuviera miedo de que yo fuera a cambiar de idea. Lo miré con curiosidad: su hermana y él compartían algunas características físicas, pero eso era todo. Edward parece una persona encantadora. No como Danté, que parece disfrutar mucho atormentándome.

Miré el dibujo en el que había estado trabajando y la espalda de Edward que se alejaba. Había estado dibujando a Danté, por eso no quería que él lo viera. No quería que ella tuviera más motivos para burlarse de mí.

—Ojalá supiera por qué no paro de pensar en ella —refunfuñé por lo bajo cuando regresaba al camarote para aguardar el regreso de mi familia.

Lilly entró a todo correr y anunció que padre y madre habían dicho que podía ir a nadar si yo estaba dispuesta a llevarla. Me figuré que mis padres querían pasar un rato a solas, de modo que accedí y la ayudé a ponerse su traje de baño. Le dije que cogiera su gorro de baño y nos dirigimos a la sala de juegos infantiles, donde se encontraba la piscina cubierta.

Observé a Lilly nadar y jugar con los demás niños y algunos adultos que también habían decidido usar la hermosa piscina cubierta. Ésta tenía una gran estatua de una sirena en el centro. Lilly disfrutó mucho gritando desde el otro lado de la piscina que la sirena estaba desnuda. La verdad es que se veía muy poca cosa. Y lo cierto es que miré. Aparte de un estómago muy plano, cualquier cosa de interés estaba tapada por el pelo de la sirena de piedra.

—Lilly, ¿por qué gritas tanto? —regañé suavemente a mi hermanita. No creo haber sido nunca tan precoz—. Bueno, Lilly, es hora de cenar, sal ya.

—Oooh, vamos, ¿un poquito más? —Además de hablar a gritos, Lilly había perfeccionado el arte del lloriqueo.

—No, Lilly, venga, no debemos llegar tarde a cenar.

Lilly gruñó algo por lo bajo, a lo que yo respondí:

—Disculpa, ¿has dicho algo, Lilly?

—No —refunfuñó de nuevo y cruzó los bracitos malhumorada mientras se encaminaba al camarote.

Al cabo de una hora estábamos sentados en el comedor esperando la cena. El capitán había hecho un discurso de bienvenida y ahora hablaba monótonamente sobre las actividades de ocio que ofrecía el barco. Dejé de escucharlo cuando explicaba la forma de apostar en el hipódromo electrónico. Por fin sonó una campana y empezaron a servir la cena. Esta vez me esforcé todo lo posible para no mirar por el comedor en busca de Danté y su familia. Me negaba a buscarla. Pero durante la comida, en distintas ocasiones, sentí ese familiar hormigueo en la nuca.

—Padre, madre, esta noche hay una fiesta de bienvenida para los jóvenes. Me gustaría ir, si os parece bien.

Madre puso cara de preocupación.

—Oh, no sé, Gabrielle, no conoces a nadie y no me gustaría que fueras sola.

—Pero no voy a ir sola —solté—. Sí que conozco a algunos de los que van a estar allí.

—¿Cómo a quién? —preguntó madre con desconfianza.

—Pues esa chica, Danté, y sus hermanos van a ir.

—Pero Gabby, ¿no dijiste que no era amiga tuya? —intervino Lilly muy oportunamente.

Le eché una mirada furibunda y dije entre dientes:

—Es amiga mía y te agradecería mucho que no interrumpieras.

Lilly se rió con disimulo y siguió cenando.

—Estoy segura de que habrá vigilancia. Dado que lo ha organizado el capitán.

—Bueno —suspiró padre—. Seguro que no pasa nada, Gisela, por dejar que la niña vaya.

—Pero Jefferson, aquí no conocemos a nadie.

—Por eso se organiza una fiesta de bienvenida, Gisela, para que los jóvenes puedan conocerse.

Madre no parecía aún muy convencida, pero al final dio su consentimiento. Yo estaba encantada. La cena terminó sin contratiempos y todos regresamos a nuestros camarotes. Se decidió que Lilly se quedaría con madre y padre, ya que yo iba a salir. Tras prometer que llamaría a su puerta cuando volviera de la fiesta, emprendí el camino.

Al entrar en el salón de baile, me quedé impresionada por el ambiente. Como habían retirado la mayoría de las mesas del comedor, el lugar tenía un aire asombrosamente palaciego. Había siete arañas inmensas a lo largo de toda la pista de baile. Los suelos de mármol estaban pulidos con la perfección de un espejo y una orquesta tocaba suavemente al fondo. Empecé a lamentar mi decisión de llegar con retraso. Casi todo el mundo había formado ya grupos y estaba conversando. Me quedé allí sin saber qué hacer, sintiéndome fuera de lugar.

—A lo mejor no ha sido una buena idea —rezongué.

—¡Gabrielle! —llamó Edward desde un grupo de jóvenes colocado estratégicamente cerca del ponche y las mesas de aperitivos.

—Edward... hola —murmuré con entusiasmo.

Los ojos de Edward se iluminaron al oír mi tono de voz. Más tarde averigüé que se había pasado toda la tarde hablando de la chica que había conocido en cubierta. Edward había tenido que soportar las burlas de sus hermanos durante la última hora. Empezaba a temer que yo no fuera a aparecer.

—Gabby, me gustaría presentarte a mi hermano Tomas y a mi hermana Danté.

Apenas conseguí evitar reaccionar cuando Edward me presentó a Tomas y Danté. Esperé a que Danté comentara que ya nos conocíamos, pero no hubo tal comentario. De modo que asentí cortésmente y dirigí a Edward una sonrisa excesivamente animada. Era evidente que él estaba encantado y empezó a darme pena. Aunque parecía un buen chico, yo sabía que no me interesaba nada que no fuera una amistad.

—Gabby, ¿te pongo un poco de ponche o tal vez tarta? —Edward me cogió del codo y me condujo con habilidad hasta la mesa del banquete.

—Me encantaría, Edward —contesté en voz baja.

Saboreé mi ponche tranquilamente y Edward hizo lo mismo. Mis ojos se veían arrastrados como por un imán hacia los claros ojos azules de Danté Courtier, que ahora era el centro de atención de la fiesta. Observé mientras tres guapos jóvenes competían amablemente por la atención de Danté. Ante mi gran sorpresa, Danté parecía divertirse con las tonterías de los jóvenes. Su sonrisa era tan hermosa y atractiva que no podía quitarle los ojos de encima.

—Qué guapa es —murmuré sin darme cuenta.

—Sí que lo es —asintió Edward con franqueza—. Ha sacado lo mejor de madre y padre. Tomas y yo nos quedamos con las sobras.

En broma, le di una palmada a Edward en el brazo.

—Oh, yo no diría eso, guapetón.

Edward echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír, con una gran sonrisa muy parecida a la de su hermana y, sin embargo, muy distinta.

—¿Bailamos, Gabby? —preguntó Edward.

—Sí, Edward, me encantaría bailar contigo.

Solté una risita cuando Edward se inclinó como un caballero e hizo grandes aspavientos al sacarme a la pista de baile. Cuando Edward empezó a dirigirme en el baile, sentí que los pelillos de la nuca se me ponían de punta. Cuando ya llevábamos bailando casi una hora, levanté la mirada y vi que los tres posibles pretendientes de Danté seguían intentando hacerse con la atención exclusiva de ésta. Involuntariamente, tomé aire con fuerza cuando los ojos azules se encontraron con los míos. No comprendía lo que estaba viendo, pero sabía con toda seguridad que tenía que descubrirlo. La sonrisa distraída que tenía Danté en la cara cuando la pillé mirándome estaba desapareciendo despacio, sustituida por otra cosa. Una cosa que no conseguía encajar y que no comprendía. Era hambre o tal vez necesidad... no lograba dar con ello. Desapareció tan deprisa que empecé a creer que me lo había imaginado todo.

—¿Gabby? —Por el tono de voz de Edward era evidente que me había perdido algo.

—Perdona, Edward, creo que me se me ha ido el santo al cielo. ¿Me decías algo?

—Te he preguntado que si lo estabas pasando bien —inquirió de nuevo con una sonrisa curiosa.

—Oh, sí, Edward. ¿Por qué lo preguntas?

—Es que pareces muy distraída.

—Lo estoy pasando estupendamente, gracias, Edward. Supongo que estoy un poco cansada, con eso de haber empezado el viaje y todo. —Sofoqué un bostezo.

—Lo entiendo, yo también estoy un poco cansado.

Al terminar la música, Edward me condujo de nuevo hasta el cuenco del ponche.

—¿Más ponche, Gabby? —preguntó Edward con tono caballeroso.

—No, gracias, Edward. En realidad, si no te importa, me gustaría retirarme. Me encuentro algo cansada.

—Por supuesto, Gabby, siento haberte obligado a quedarte hasta tan tarde. Gracias por el baile, espero que podamos hacerlo de nuevo alguna vez —dijo Edward con timidez.

Sonreí cuando Edward me besó la mano suavemente. Era un buen chico de verdad.

—¿Puedo acompañarte hasta tu habitación, Gabby? —preguntó Edward esperanzado.

Recordé la reacción excesivamente entusiasta que había tenido Edward conmigo y decidí que tal vez había permitido que esto fuera un poco demasiado lejos.

—Edward, ¿por qué no te quedas un poco más? Seguro que hay alguna joven agradable a la que puedes hacer objeto de tus infinitos encantos —le dije tomándole el pelo.

Los ojos de Edward mostraron su desilusión.

—Gabby, no me importa acompañarte hasta tu habitación, yo mismo estoy un poco cansado.

—Tonterías, Edward, insisto en que te quedes y te diviertas. Me sentiría muy mal si no pudieras divertirte por mi causa.

Sabía que no había forma de que Edward pudiera seguir insistiendo después de eso, de modo que me despedí de él agitando la mano con aire travieso y me dirigí a mi habitación.

Llamé ligeramente a la puerta de mis padres. A los pocos segundos, madre abrió la puerta, hablamos un poco sobre el baile, le di un beso en la mejilla y seguí hasta mi propia habitación.

Una vez allí, me dejé caer en la butaca y suspiré. No le había dicho la verdad a Edward. La verdad era que no estaba tan cansada, sólo quería estar sola. Sentía la necesidad de escribir en mi cuaderno y dibujar las imágenes de la maravillosa velada que seguían flotando por mi mente. Decidí rápidamente que me llevaría los cuadernos a la cubierta y escribiría allí. Pensé que con la luz de la luna llena, además de los faroles encendidos aquí y allá por la cubierta, tendría luz más que suficiente para dibujar. Abrí mi baúl y saqué mi bolsita, mis cuadernos, los carboncillos y cerillas, además de mis útiles de escribir, y me dirigí a la cubierta.

Fuera hacía una noche preciosa. La luna estaba tan llena y brillaba tanto que el agua relucía como plata fundida en la estela del barco. Decidí que iba a intentar plasmar esta bella imagen, con la esperanza de poder hacerle justicia. Tras instalarme en una cómoda silla de cubierta, me puse a dibujar. Cuando llevaba en ello casi un cuarto de hora, oí una voz grave pero suave que decía en tono bajo:

—¿Por qué estás aquí sentada sola?

Sentí un estremecimiento al darme la vuelta. Era Danté. Llevaba algo que parecía un chal sobre los hombros y parecía haber estado disfrutando de un paseo por cubierta al encontrarse conmigo.

Levanté mis cuadernos tontamente y expliqué:

—Quería dibujar un poco.

No comprendía por qué esta mujer, o más bien chica, me ponía tan nerviosa, por qué tenía algo que me resultaba tan familiar.

—¿Me dejas ver? —preguntó Danté.

Sin decir nada, le pasé el cuaderno para que lo mirara.

Esperé nerviosa mientras estudiaba con ojo crítico el dibujo y luego, antes de que pudiera detenerla, se puso a volver rápidamente las hojas de mi cuaderno, deteniéndose por fin en la única página que yo no quería que viera. Con una ceja arqueada pasó la mirada de mí al dibujo sin terminar. Cualquier idea de que pudiera no reconocerse desapareció por la borda cuando enarcó esa reveladora ceja. Estoy perdida, pensé lúgubremente.

Cerró el cuaderno y me lo devolvió. Se dio la vuelta y dándome la espalda, me pidió, no, más bien me ordenó:

—Ven a pasear conmigo. —Y luego, como de pasada—: ¿Por favor?

Echó a andar con su paso largo y decidido. Me levanté de un salto rápidamente, metí el cuaderno y los carboncillos en mi bolsa y salí deprisa tras ella.

No por primera vez, maldije mi corta estatura, ya que casi tuve que correr para igualar su larga zancada. Por fin la alcancé a base de dar dos pasos por cada uno de los de ella.

—Danté, ¿es que tienes que caminar tan rápido? —resoplé por fin enfadada—. ¿Qué sentido tiene que me pidas que pasee contigo si me vas a dejar atrás?

—Oh... Yo... Perdón. —La joven normalmente estoica parecía preocupada por algo.

—¿Va todo bien? ¿Necesitabas hablar conmigo sobre algo?

—Sí —dijo. Se detuvo bruscamente y tan deprisa que casi me choqué con su espalda—. ¿Cuáles son tus intenciones con respecto a Edward? —preguntó de repente.

—¿Mis... mis... intenciones con respecto a Edward? —pregunté sin dar crédito.

Ella asintió moviendo la cabeza con decisión.

Por supuesto, no me enfrenté a la situación debidamente. Me dio un ataque de risa.

—Oh, oh, lo siento.

—A mí no me parece que tenga gracia —dijo ella, con un tono tan grave que casi era un gruñido.

Mi risa cesó y me quedé mirando una cara endurecida, pero que seguía siendo hermosa.

Me quedé allí plantada con la boca abierta mientras intentaba decidir qué debía hacer para rectificar la situación.

Danté se giró en redondo y echó a andar, alejándose rápidamente de mí.

—Danté... Danté, por favor, perdona, por favor, no te vayas. Perdona —repetí, agarrándola del brazo y obligándola a darse la vuelta—. Danté, por favor, lo siento muchísimo. —Noté que me caían lágrimas por las mejillas. Por alguna razón desconocida, no quería que pensara mal de mí.

Se acercó a mí y me miró a la luz de la luna. Yo me miré los zapatos y me levantó la cabeza hacia ella.

—¿Por qué lloras? —Su acento se había hecho mucho más marcado al hacer la pregunta.

—No quiero que te enfades conmigo —contesté con franqueza—. Es que nunca me han preguntado cuáles eran mis intenciones hacia un joven. Normalmente es al revés, ¿no?

—Supongo —contestó Danté con una sonrisa forzada.

—Danté, me cae bien tu hermano, parece un joven agradable, pero sólo lo conozco desde hace un día. Y no estoy dispuesta a comprometerme con nadie, especialmente después de un solo día. ¿Lo comprendes? —pregunté suavemente, temerosa de que todavía estuviera molesta conmigo.

Danté soltó un pequeño suspiro. ¿Era alivio o desengaño?

—Sí, creo que sí.

—Bien, entonces, ¿qué pasa con ese paseo que me has prometido?

—Por supuesto —afirmó y me indicó que la cogiera del brazo mientras continuábamos nuestro paseo. Esta vez Danté hizo un esfuerzo por acompasar su paso al mío. También insistió en que me pusiera su chal. Cuando lo rechacé, ella me dijo riendo que no sabía por qué lo había cogido, porque nunca pasaba frío. Me arropé de buen grado en el cálido chal, aspirando inconscientemente el dulce aroma especiado que era Danté. Continuamos agradablemente unos minutos más, hasta que me vi obligada a disimular un bostezo.

—Se está haciendo muy tarde —dijo Danté en voz baja—. Tal vez deberíamos irnos las dos a la cama.

—Gracias por el paseo, ha sido muy refrescante —dije como una idiota. Sentí que me ardía la cara al tiempo que la comisura de la boca de Danté se alzaba en una sonrisa. Se inclinó hacia mí y dijo:

—Bueno, me alegro de que estés... refrescada.

—Eeeh... sí —dije nerviosa—. Será mejor que me vaya.

—Buenas noches, Ga...bri...elle.

Me estremecí por la forma en que pronunció mi nombre mientras regresaba distraída a mi habitación. ¿Qué es lo que tiene que me deja tan inquieta? Meneé la cabeza cuando mis pensamientos empezaron a descontrolarse. Me pregunté qué había oculto tras la capa de indiferencia que la cubría tan bien.

—Vaya, hola. Nate, mira esto.

Salí bruscamente de mi ensimismamiento a causa de una desagradable peste y el no menos desagradable dueño de dicha peste.

—Pues no lo sé, Jack, parece que tenemos a una jovencita que ha venido a jugar con nosotros.

Me pregunté estúpidamente si era posible que alguien tuviera los ojos gordos. Porque el cuerpo de este hombre era inmenso. Se me plantó justo delante, respirando con tanta dificultad que me temí que fuera a morir ante mis propios ojos.

—¿Tú qué dices, niña? —preguntó el gordo, acariciándome el brazo con un grueso dedo.

—Estooo, no, gracias. Estoy muy cansada. Estaba volviendo a mi habitación. —Empecé a apartarme de aquellos dos.

El bajito y sucio con cara de rata se lamió los labios y empezó a avanzar, frotándose las manos sudorosas en los pantalones por la excitación.

Me di cuenta demasiado tarde de que había subestimado al gordo, que se lanzó rápidamente hacia mí y me agarró de los brazos, tirando de mí hacia él. Su aliento rancio empapado en alcohol cayó sobre mi cara.

—¿Qué creen que están haciendo? —exclamé.

—Vamos, monada, sólo queremos divertirnos un poco. Te prometo que tú también te lo pasarás bien.

Entonces, con total consternación por mi parte, pegó su boca apestosa a la mía. Me quedé paralizada del pasmo y el asco. Reaccioné mordiendo con toda la fuerza que pude la gruesa lengua que intentaba meterse en mi boca. El gordo chilló mientras yo seguía mordiéndole la sucia lengua. Su maloliente amigo con cara de rata se quedó pasmado y por fin logró apartarme de un empujón.

Eché a correr en la dirección por donde se había ido Danté, pero mis largas faldas me impedían correr todo lo deprisa que podía. Cuando acababa de doblar una esquina, me empujaron por detrás. Mi perseguidor y yo caímos de bruces con estruendo. Me golpeé de lleno en la cabeza con la cubierta y me desmayé.

Debí de estar sin sentido unos pocos segundos porque cuando volví en mí, el hombre con cara de rata estaba sentado a horcajadas encima de mí e intentaba levantarme las faldas para llegar a mis bragas. El gordo me sujetaba contra el suelo por los hombros. Estaba totalmente indefensa ante estos dos que pretendían deshonrarme.

—Oh, Dios, por favor —sollocé—. Por favor, no hagáis esto —les rogué mientras me debatía contra las manos que me sujetaban los hombros.

De repente, las manos dejaron de sujetarme y conseguí quitarme de encima al hombrecillo con cara de rata. Me levanté débilmente, con la cabeza dando vueltas, y vi que el gordo luchaba con una figura alta y oscura entre las sombras. Oí un grito sofocado y algo que sonó como un hueso al romperse. Observé la escena que se desarrollaba ante mí como si fuera una espectadora inocente que no estuviera implicada en absoluto.

Me dolía la cabeza horriblemente y me apoyé para sostenerme en un bote salvavidas que colgaba de una soga al costado del barco. Levanté los ojos justo a tiempo de ver al cara de rata sacarse algo reluciente del bolsillo trasero de los pantalones y acercarse por detrás a los dos combatientes entre las sombras. Abrí la boca para gritar una advertencia cuando el cara de rata acuchilló sin piedad a mi protector en la espalda con el objeto. Mi protector se tambaleó hacia delante. Al hacerlo, distinguí su cara a la luz de la luna.

—Danté —gemí cuando cayó de rodillas delante de mí, con ojos suplicantes.

—Ve... vete —murmuró. Se le pusieron los ojos en blanco y luego se cerraron. Cayó de bruces sobre la cubierta con un golpe.

—Danté —gemí de nuevo mientras todo a mi alrededor se iba quedando negro.

Recuperé el conocimiento acompañada por el ruido de mis dos atacantes discutiendo.

—No tenías por qué matarla, idiota.

—No estaba intentando matarla, sólo quería quitártela de encima. Tú eras el que chillaba como un puñetero bebé.

—Es que esa zorra me ha roto la nariz.

—¿Qué demonios vamos a hacer con esto? El capitán nos va a matar como lo descubra.

—No puede descubrirlo, al menos hasta que nos hayamos marchado de este barco.

—¿Qué hacemos? —lloriqueó el cara de rata—. Seguro que las dos nos pueden identificar.

—No si nadie sabe dónde están.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el cara de rata.

—Quiero decir que ésa ya está muerta. ¿Y si las tiramos a las dos por la borda?

—Yo no voy a matar a nadie, Nate.

—Pues tengo algo que decirte, amigo, ya lo has hecho.

—Bueno, eso ha sido un accidente, además, estaba intentando salvarte la vida.

—A ver qué le parece al capitán cuando se lo expliques.

—Bueno, ¿qué hacemos? No voy a matar a nadie más.

El gordo se quedó pensando un momento.

—¿Y si las metemos en ese bote salvavidas y las dejamos a la deriva? Ya será por la mañana antes de que nadie se dé cuenta y pasarán días hasta que echen de menos el bote.

—¡Qué buena idea! —chilló el cara de rata.

—Vamos, ayúdame con ésta —gruñó el gordo, y el cara de rata y él levantaron a Danté bruscamente y la depositaron en el bote salvavidas.

Apenas conseguí evitar encogerme cuando noté que sus sucias manos me levantaban y me depositaban con igual brusquedad al lado de Danté.

—Toma, ésta es la bolsa de la bajita.

Sentí que los cuadernos me golpeaban dolorosamente las rodillas cuando mi bolsa cayó al bote con Danté y conmigo.

—A ver, ¿dónde está ese cuchillo, Jack?

Sentí que el miedo me atenazaba al pensar que tal vez fuera a acuchillarnos antes de bajar el bote, pero en cambio lo oí gruñir por encima de nosotras mientras intentaba cortar los nudos que sujetaban nuestro bote.

—Eh, espera. No los cortes, bájalas al agua, así se notará menos.

El gordo asintió con un gruñido y nos bajó al océano.

—Eh, líbrate de ese cuchillo —le dijo el gordo al cara de rata—. Está cubierto de la sangre de la alta.

No pude evitar encogerme cuando oí el ruido del cuchillo al caer en el bote a mi lado.

—Oye, ésa se ha movido, la he visto.

—¿Y qué más da? Ya nos habremos ido antes de que esas dos tengan ocasión de contárselo a nadie. Si es que tienen ocasión de contarlo.

Noté que el pequeño bote se mecía con la corriente. Me atravesó una punzada de miedo al pensar que íbamos a quedar a la deriva. Pensé en gritar pidiendo ayuda, pero luego recordé que los hombres habían estado a punto de acabar con Danté y conmigo hacía apenas un momento. Oí vagamente la música de la banda que iba desvaneciéndose. La corriente se apoderó del pequeño bote y nos dejó a la deriva en la estela del barco mucho más grande.

Estoy viva, pensé entusiasmada. Traté de mover las manos débiles y me topé con un cuerpo blando a mi lado.

Danté, pensé. Intenté sentarme, pero la cabeza me estallaba de dolor. Caí hacia delante y acabé con la cabeza en el hombro de Danté.

—Por favor, no me dejes —susurré al hundirme en la oscuridad bienhechora que era la inconsciencia.

Lo primero de lo que fui consciente fue del ruido, o más bien debería decir la falta de ruido, y el calor. Antes de abrir siquiera los ojos noté que iba a tener la cara y las manos muy quemadas. Me quedé allí tumbada un momento, temiendo abrir los ojos. Danté, pensé. Sin duda tenía que estar muerta. Un leve gemido fue lo único que logré emitir. Sentía de verdad que no podía hacer otra cosa más que quedarme allí tumbada y dejar que el destino siguiera su curso. Danté debería haber dejado que me tomaran. Al menos estaría viva.

Una vocecita dentro de mi cabeza preguntó: ¿Y si no está muerta, Gabby? Esto me hizo abrir los ojos de golpe como reflejo y al instante deseé no haberlo hecho. Una luz tan deslumbrante que estaba segura de que me había dejado ciega asaltó mis ojos. Cerré los párpados de golpe y me tapé los ojos con el brazo. Me quedé allí sufriendo hasta que el escozor que tenía detrás de los párpados cedió lo suficiente como para que intentara incorporarme en el bote que se mecía suavemente. Volví a abrir los ojos con cautela.

—Danté —grazné. Mis labios protestaron por el movimiento rajándose en varios puntos, pero no hice caso. Danté no tenía buen aspecto. Si no estaba muerta ya, no tardaría en estarlo.

Noté por primera vez que estaba echada en un charco de su propia sangre que ahora se estaba coagulando en el bote debajo de su vestido.

Su piel estaba pálida y sin vida. No sé si alguna vez he tenido más miedo en mi vida que en ese momento.

Me acerqué a Danté todo lo deprisa que pude sin hacer que el bote se bamboleara demasiado.

Aunque no tenía la piel quemada, sus labios, como los míos, estaban cortados. Le puse la mano encima de la boca y sollocé de alivio al notar su ligera respiración. Rápidamente, arranqué una larga tira de tela de mi vestido y mojé la tela en el agua asomándome por la borda. Le puse la tela hecha una bola detrás del cuello, con la esperanza de enfriarle la piel febril.

Por primera vez empecé a fijarme en lo que nos rodeaba. Sólo veía agua. Océano hasta donde alcanzaba la vista. Sofocando otro sollozo, decidí concentrarme en Danté. En estos momentos no podía preocuparme por la tierra, o la falta de tierra. Tenía que ayudar a Danté o no sobreviviría un día más. Me acerqué despacio todo lo que pude a Danté y me puse a hacer tiras con la parte inferior de mi vestido. Estuve tentada de quitarme todo el vestido y quedarme en ropa interior, pero algo me dijo que necesitaba la ropa para protegerme del sol, aunque hacía un calor espantoso.

Cuando tuve suficientes tiras de tela, emprendí la ardua tarea de colocar a Danté boca abajo. Aunque Danté era una chica de huesos delgados, era mucho más alta que yo y a mí no me quedaba mucha energía. Después de mucho gruñido y mucho sudor, por fin logré darle la vuelta y pude ver mejor su herida.

—Oh, Dios mío —gemí. La herida de Danté tenía muy mal aspecto. Recordé vagamente que había oído a mi padre decir que era más probable que una persona muriera por pérdida de sangre que por la herida misma. Así que había que coser la herida. Pero sabía que no había forma de coser a Danté, ya que no tenía ni hilo ni aguja para hacerlo. Pero tenía que encontrar una manera de parar la hemorragia. De repente, recordé las imágenes de los viejos libros de medicina de mi padre sobre heridas cauterizadas. Recordé que tenía las cerillas que mi padre me había comprado para quemar los carboncillos de mi bolsa. Me apresuré a coger mi bolsa y saqué la caja de metal donde estaban las cerillas. Decidí que si podía limpiar el cuchillo que Nate había lanzado al bote para cauterizar la herida de Danté, ésta podría tener una posibilidad de sobrevivir. De modo que mojé el cuchillo en el océano por encima de la borda y limpié toda la sangre que había en él. Prendí un poco de tela de mi vestido y unos lápices y me puse a calentar la hoja del cuchillo hasta que se puso incandescente a la luz del amanecer. Cuando pensé que ya estaba bastante caliente, me arrastré hasta Danté y después de susurrarle lo mucho que lo sentía, apreté el cuchillo caliente contra su herida. Hice una mueca al oler la piel y la sangre de Danté quemadas por el cuchillo al rojo.

Me acordé de las tiras que había arrancado de mi vestido y pensé que tal vez podría vendar la herida de Danté con tanta fuerza que su cuerpo podría tener tiempo de curarse. Sabía que la cosa era incierta como mucho, pero si pudiera detener la hemorragia, Danté tendría alguna posibilidad.

No sé cuánto tardé en colocar las nueve tiras de tela alrededor de Danté, pero debieron de pasar unas horas. Mantuve a propósito la mente concentrada en mi tarea. Siempre que sentía que lo que estaba haciendo era inútil, miraba la cara de Danté y recordaba que se encontraba en esta situación por mi causa. Sentía una vaga preocupación porque Danté no se quejó ni una sola vez mientras me ocupaba de su herida. Lo hacía con todo el cuidado posible, pero sabía que tenía que ser muy doloroso. Después de mojar una vez más la tela que le había puesto a Danté en la nuca, me eché a su lado para descansar.

El sol ya se estaba hundiendo en su lecho de agua y el aire había empezado a enfriarse notablemente. Rodeé a Danté con los brazos y me pegué a ella todo lo posible. Su cuerpo irradiaba calor y pensé preocupada que podía tener fiebre. Agotada, me quedé dormida sin soñar, con los brazos flojos alrededor de Danté y el cuerpo acurrucado por instinto contra su calor.

No sé cuánto tiempo dormí. Me empezó a entrar el pánico cuando me di cuenta de que tenía los ojos abiertos pero lo único que veía era una oscuridad negra como la pez. Al esforzarme por incorporarme, mi mano tocó un cuerpo caliente y cobré de golpe conciencia de la realidad de la situación. Estábamos en medio del océano y nadie sabía siquiera que habíamos desaparecido. Estaba segura de que a estas alturas mis padres y la madre de Danté ya nos habrían echado en falta, ¿pero se darían cuenta de que nos habían dejado a la deriva?

Una lágrima cayó por mi mejilla quemada, dejando un rastro de fuego hasta el cuello. Dejé que se me escapara un sollozo de la garganta al tiempo que pegaba mi cuerpo a Danté para conservar el calor.

Danté se quejó ligeramente y me incorporé rápidamente, haciendo que el bote se bamboleara de lado a lado. Era el primer ruido que hacía desde que se había desmayado. Tuve la esperanza de que tal vez se recuperara.

Hacía muchísimo frío y Danté era mi única fuente de calor, además del chal con que me había envuelto en la cubierta. Nos cubrí a las dos con él y me acomodé para pasar la noche. El bote salvavidas se movía suavemente en el agua, meciéndome hasta que me quedé dormida de nuevo sin soñar.

Esta vez las voces de Danté interrumpieron mi sueño. Parecía tener menos fiebre, pero seguía muy caliente. Recordé que Danté me había dicho durante nuestro paseo que nunca pasaba frío, así que tuve la esperanza de que esto fuera normal para ella.

—No —gruñó Danté—. No voy a dejar que lo hagas.

—Danté, soy yo, Gabby, no pasa nada —le susurré al oído.

—Ga... bri...elle —murmuró.

—Sí, soy yo —la tranquilicé lo mejor que pude—. Estás herida, Danté, tienes que quedarte quieta o si no te va a sangrar más la herida. Ojalá tuviera agua para darte de beber, pero por desgracia no tengo. Sé que tienes sed, pero no creo que el agua de mar nos fuera a gustar mucho a ninguna de las dos. —Al darme cuenta de que hablar no era la actividad más conveniente para mi boca reseca y sedienta, decidí quedarme callada un rato.

Danté volvió a quedarse inconsciente tras mis palabras. Aliviada, me acomodé de nuevo a su lado, notando que el sol no tardaría en salir y que probablemente volvería a hacer un calor insoportable. Danté respiró hondo una vez y pareció calmarse. Las dos volvimos a quedarnos dormidas.

Me desperté cuando el sol caía de nuevo implacable sobre mí. Cogiendo el chal de Danté, se lo puse sobre la cara para protegerla y emprendí la tarea de arrancar más tiras de mi vestido para cambiar las vendas de Danté. Esta vez, cuando coloqué a Danté boca abajo, se quejó y me lo tomé como una buena señal, aunque intenté tener más cuidado.

—Lo siento, Danté. Creo que esto te viene bien, aunque no parece que la sangre haya calado las vendas de fuera. —Me di cuenta de que lo más probable era que Danté no me oyera, pero el silencio empezaba a sacarme de quicio.

Puse las siete primeras capas de las vendas de Danté, ahora ensangrentadas, en el asiento de detrás del bote. Limpié alrededor de la herida lo mejor que pude, pero tenía miedo de que el agua salada le hiciera daño, de modo que empleé lo menos posible, advirtiendo que la herida ya empezaba a curarse. Danté parecía tener la suerte de contar con una capacidad de recuperación asombrosa. Até primero las capas exteriores, todavía limpias, del vendaje anterior de Danté y luego seguí con siete tiras nuevas de mi vestido. Luego cogí las vendas ensangrentadas de Danté y las lavé por la parte de atrás del bote.

Me quedé preocupada por la cantidad de sangre que salía de las vendas. Danté había perdido mucha sangre. Padre había dicho que el cuerpo necesitaba alimento y agua para sobrevivir y curarse, pero no teníamos nada. Sacudí la cabeza para quitarme los pensamientos que amenazaban con hundirme en una depresión.

Distraída, noté que la corriente parecía acelerar y que nos movíamos más deprisa. Noté que también se estaban formando nubes en el cielo y me pregunté si se acercaba una tormenta. Una tormenta significa agua, me informó mi mente cansada. Me puse a investigar lo que había en el bote. Mi bolsa estaba debajo de uno de los asientos. La cogí y hurgué en ella en busca de algo con lo que poder recoger agua. Al no encontrar nada, miré debajo de los asientos de la proa del bote.

Encontré tres chalecos salvavidas, el cuchillo y una pequeña lata. Salté sobre la lata y me estremecí de asco cuando descubrí lo que había dentro. Era evidente que un miembro de la tripulación había usado la lata para escupir tabaco, cuyos restos estaban al fondo. Cogí la lata y asqueada lavé su contenido por la borda. La lavé al menos cinco veces más hasta quedar satisfecha. Todavía olía ligeramente a tabaco, pero ya no podía hacer más al respecto.

Observé regocijada el cielo que se iba nublando con lo que sin duda eran unas nubes de tormenta de lo más fiero. Para pasar el tiempo, decidí escribir en mi cuaderno todo lo que había ocurrido hasta ahora. No pude evitar sonreír al imaginar a Elizabeth leyendo el cuaderno sin dar crédito. Un fuerte trueno me sacó de mi ensoñación.

—Oh, Dios mío.

Di un respingo y me acerqué más a Danté. Volví a meter mi cuaderno y mis cosas de escribir en la bolsa y la metí debajo del banco más cercano. Luego puse la lata encima del banco de forma tal que esperaba que recogiera agua y no saliera volando. Me tumbé en el fondo del bote y miré el cielo. No sabía qué me daba más miedo: no tener agua o estar en este bote en medio del océano durante una tormenta. El agua empezó a agitarse a medida que aumentaba el viento. Me acordé de repente de los chalecos salvavidas de color naranja que estaban debajo de los asientos. Me metí rápidamente uno por la cabeza y me até los cordeles. Luego le puse otro a Danté con gran dificultad, atando los cordeles con firmeza. Le puse el chaleco que quedaba debajo de la cabeza y coloqué el chal encima de nuestras cabezas a la espera de la tormenta inminente.

Sorprendentemente, me debí de quedar dormida, porque me desperté al oír otro fuerte trueno y al notar que el bote se escoraba violentamente hacia la derecha. Aparté el chal que nos cubría a Danté y a mí y miré a mi alrededor asustada. El cielo estaba tan oscuro que casi parecía de noche. Iba a ser una tormenta impresionante y ni Danté ni yo podíamos protegernos realmente de la lluvia. Casi como si los cielos me hubieran oído, una gruesa gota de lluvia cayó sobre mi cabeza. Miré asustada a mi alrededor buscando una manera, cualquier manera de proteger a Danté del clima que se avecinaba.

Me di cuenta de que el espacio donde antes estaban nuestros chalecos salvavidas estaba ahora vacío, salvo por mi bolsa. El espacio era lo bastante grande como para protegernos la cabeza de la lluvia. Por alguna razón, estaba segura de que si conseguía proteger la cabeza de Danté de los elementos, se pondría bien. Retrocedí por el bote, arrastrando a Danté conmigo centímetro a centímetro. Tenía que asegurarme de que no iba arrastrándole también la cara por el fondo del bote, por lo que tardé mucho. Por fin coloqué a Danté boca abajo con la cabeza y los hombros debajo del banco, protegidos de los elementos en su mayor parte.

La tormenta que se avecinaba también había aliviado un poco el calor. Antes había hecho un calor insoportable y ahora había mucha humedad y quietud.

Hubo un fuerte trueno seguido inmediatamente de un brillante destello que atravesó el cielo, iluminando la oscuridad como una bengala. A estas alturas, yo rezaba fervientemente. Por mucho que Danté y yo necesitáramos el agua, en este momento me preocupaba más que el bote sobreviviera a la tormenta.

Cuando la lluvia cayó sobre nosotras, pensé que tal vez debía aprovechar la ocasión para limpiar también la herida de Danté. Le desgarré un poco más el vestido para poder ver la herida, que se estaba cerrando.

—Te curas deprisa, ¿verdad, Danté?

Danté gimió, ya fuera como respuesta o por el dolor que le producía la lluvia torrencial al darle en la herida. Observé mientras la sangre corría por el costado de su cadera y le calaba el vestido.

Cuando la zona herida quedó bastante limpia, cogí un trozo de tela limpio que había arrancado de mi vestido y lavé un poco más la herida. Ahora que tenía la zona bastante limpia, sustituí las vendas viejas por otras nuevas.

—Bueno, Danté —dije, tratando de mantener la mayor calma posible—. Vamos a quedarnos aquí sentadas a ver si sobrevivimos a esto, ¿de acuerdo, amiga mía?

Eché la cabeza hacia atrás y bebí toda el agua de lluvia que pude. Quería conservar para Danté la mayor parte del agua recogida en la pequeña lata. Puse el chal mojado encima de nosotras y me acurruqué alrededor de Danté.

No sé si intentaba consolarla a ella o a mí misma, pero al cabo de una hora o dos de cerrar los ojos con fuerza y rezar para que el bote no volcara, me quedé profundamente dormida. O tal vez me desmayé, no lo sé, pero fuera lo que fuese, fue definitivamente un alivio tras el bamboleo mareante del bote, los truenos ensordecedores y la lluvia torrencial.

Durante la noche, soñé que corría por un campo de flores silvestres. El sueño era tan real que hasta olía el aroma de las flores en el aire. Me desperté con una sonrisa en la cara, medio esperando haberme quedado dormida en ese campo. Pero no había nada salvo el olor húmedo del océano y nuestra ropa mojada y rancia. Había una oscuridad total a la que me enfrentaría mientras no hubiera luna en el cielo.

Por primera vez me permití preguntarme qué iba a hacer si no nos encontraban. ¿Y si Danté había perdido demasiada sangre y no conseguía sobrevivir hasta que nos rescataran? Por alguna razón, la idea de que Danté no sobreviviera me daba más miedo que la idea de morir las dos juntas.

Me acomodé en el bote al lado de Danté y me acurruqué junto a ella.

—Conseguiremos salir de ésta, Danté, de algún modo conseguiré que salgamos de ésta —le dije, tratando de dar toda la fuerza y la confianza que pude a esta afirmación. Me fui quedando dormida poco a poco mientras la lluvia, antes torrencial, disminuía hasta convertirse en un chaparrón casi relajante.

A la mañana siguiente me desperté sobresaltada. Intenté olvidarme del vestido incómodo que llevaba y que me producía picores hasta que me ocupara de Danté. Bueno, vamos a echarle un vistazo a esa herida.

Tras quitar las vendas de tela, las puse en el banco encima de la cabeza de Danté y miré con ojo crítico la carne arrugada que rodeaba la herida de Danté.

—Vaya, tiene buen aspecto, Danté —le dije como si fuera mérito suyo. Puse vendas limpias de mi vestido sobre la herida y pensé con pena: Este vestido está ya para el arrastre. Suspirando, me trasladé a la popa del bote para lavar las vendas ensangrentadas por encima de la borda.

Mientras frotaba las vendas contra el costado del bote, volví a oler el maravilloso aroma a flores de mi sueño. Miré a Danté: no podía ser ella, no le pegaba llevar perfumes de flores. Mientras procesaba esta información, me di cuenta de otra cosa. Un ruido débil, sonaba casi como si alguien gritara "ja... ja". Seguí el sonido con los ojos, dando un giro completo de 160 grados en el bote. Entonces lo vi... la visión más bella que había visto jamás. Era tierra y no estaba ni a una milla de distancia.

—Oh, gracias a los dioses —suspiré—. Gracias a los dioses.

La tierra estaba tan cerca que el aroma a flores que había olido dormida evidentemente procedía de allí. Vi unas grandes aves marinas que se sumergían y volaban por la playa. Cazando, probablemente, pensé distraída. Seguro que están cogiendo cangrejos o peces. Se me hizo la boca agua y caí en la cuenta de que llevaba días sin comer. Había estado tan preocupada por Danté que ni siquiera había notado que tenía el estómago encogido de hambre.

Me di cuenta de que si quería llegar a tierra iba a tener que hacer algo más que quedarme sentada esperando. Rápidamente me quité el vestido, o lo que quedaba de él, y lo até a una argolla de metal que había en la proa del bote. Me puse el chaleco salvavidas naranja y después de ver cómo estaba Danté, me dejé caer por el costado del bote.

Remolcar el bote hasta la orilla fue una tarea casi imposible. Tenía muy pocas fuerzas y era como si el bote no se moviera. Pero agaché la cabeza y seguí braceando e impulsándome con las piernas con todas mis fuerzas. Cometí el error en una ocasión de levantar la mirada y casi me eché a llorar de frustración. Parecía que no había avanzado nada en absoluto.

—Por favor —rogué a quienquiera que estuviera escuchando—. Estamos tan cerca.

Seguí nadando y tirando con cansancio. Brazada y tirón, brazada y tirón, durante lo que me parecieron horas. Ya no podía más, estaba tan cansada que ni siquiera creía que tuviera fuerzas para volver a subir al bote y no digamos para continuar con mis infructuosas brazadas.

—Piensa, Gabby. Piensa —me susurré tontamente. Observé que el agua formaba una cresta y luego volvía hacia mí. Por cada medio metro que conseguía avanzar, el agua en retirada nos hacía retroceder unos dos metros. Apoyé la cabeza en el costado del bote. No había forma de conseguirlo.

Con la cabeza apoyada en el bote, vi cómo una ola tras otra se estrellaba contra la resplandeciente playa blanca. Luego la ola parecía retroceder corriendo hacia mí como para decirme: "Yo puedo tocar la tierra, pero tú no". Me quedé mirando la ola con rabia un rato hasta que noté algo raro. La ola sólo retrocedía unos tres metros y medio y luego se detenía. Y apenas se movía. Con una sonrisa que estoy segura de que resultaba casi demente, emprendí un curso paralelo a la ola con renovado vigor. Lo vamos a conseguir, Danté, lo vamos a conseguir, canturreé mentalmente.

Ir nadando y remolcando el bote fue tarea lenta en el mejor de los casos, pero por fin llegué al punto donde la cresta de la ola apenas me alcanzaba. Apoyé la cabeza en el bote con cansancio. Estaba tan emocionada que quería continuar, pero mi cuerpo ya estaba protestando por la falta de comida y agua. Tenía que asegurarme de que no me iba a desmayar. Nadie podría salvarme en ese caso y no habría nadie que cuidara de Danté si yo moría.

Teniendo eso presente, giré con determinación hacia la orilla. Esta vez nada me iba impedir alcanzar mi meta.

Al cabo de unos treinta minutos, relajé el cuerpo y bajé los pies con la intención de descansar agarrada al costado del bote. Mientras descansaba, mi pie chocó con algo. Oh, Dios, alguien estaba escuchando. Estiré el pie hacia abajo todo lo que pude y conseguí tocar apenas el suelo.

Me puse a nadar de nuevo con renovado vigor. A los pocos minutos, mis pies se posaron sólidamente en el suelo. Riendo como una histérica, seguí tirando del botecito hacia la orilla, dando gracias a todos los dioses que recordaba del libro de mitología griega que me leía mi padre de niña.

Por fin el bote se deslizó sobre la playa con un golpe sordo y me desplomé de espaldas en la arena mojada riendo histéricamente. Las gaviotas que daban vueltas por encima de mí se unieron a mi alegría. Seguí riendo hasta que acabé llorando.

—Lo hemos conseguido, Danté —le susurré a mi compañera, que seguía inconsciente en el fondo del bote—. Lo hemos conseguido. Hola, ¿hay alguien aquí? Hola, por favor, necesito ayuda —grité, pero sólo las aves se molestaron en contestarme.

Fui a ver cómo estaba Danté una vez más para asegurarme de que se encontraba bien. Después de cerciorarme de que su estado no había cambiado y seguía igual, decidí que iba a intentar buscar ayuda. Coloqué varias piedras alrededor del bote. No quería arriesgarme a que Danté se viera arrastrada al mar. Vestida únicamente con mi combinación, empecé a explorar los alrededores.

La zona era preciosa. La playa donde Danté y yo habíamos desembarcado estaba cubierta de una arena blanca casi como la nieve. La rica vegetación que rodeaba la playa era tan espesa que no sabía si lograría atravesarla para explorar.

—Hola —grité otra vez. De nuevo, la única respuesta que recibí fue la de las aves.

No quería estar lejos de Danté mucho tiempo así que di la vuelta y regresé a la playa. Por supuesto, Danté no se había movido desde que la dejé.

—Danté, vamos a estar bien. Lo sé. Tengo que encontrar una forma para sacarte de este bote y llevarte a un lugar seguro. Luego voy a buscar a alguien que pueda ayudarnos.

Miré a mi alrededor en busca de algo que pudiera ayudarme a sacar a mi alta amiga del bote. Decidí que si conseguía sacarla del bote, luego probablemente podría arrastrarla por la playa.

Regresé al denso bosque de vegetación que rodeaba la playa. La zona estaba llena de diversos árboles frutales, algunos de los cuales reconocí. Mi estómago me hizo saber que no estaba contento conmigo en absoluto y que necesitaba recibir alimentos cuanto antes. Busqué un palo lo bastante largo como para derribar unos plátanos para comer. Cogí un trozo largo de bambú del suelo de la jungla y me puse a golpear el árbol con toda la fuerza que pude.

Conseguí hacer puré un racimo de plátanos pero ninguno de ellos cayó al suelo. No hice ni caso de la regañina que me estaban echando los pájaros de vivos colores que revoloteaban por las copas de los árboles y miré desesperada a mi alrededor buscando una forma de alcanzar la apetitosa fruta madura. Un fuerte golpe a menos de un metro de distancia a mi derecha me hizo soltar un gritito. Casi como si respondiera a mi fuerza de voluntad, un gran coco verde había caído de un árbol.

Me apresuré a cogerlo y lo llevé de vuelta a la playa. Lo golpeé varias veces contra unas rocas negras hasta que conseguí llegar a la pulpa comestible. Bebí un poco de la leche dulce que salía de su centro y me alejé de las rocas rumbo al bote donde estaba mi amiga inconsciente. Metí el dedo en la leche que quedaba y le puse un poco en los labios para humedecérselos y ver si respondía.

Danté abrió la boca y conseguí meterle un poco de leche en la boca seca. Seguí metiendo el dedo en la mitad del coco y colocándolo luego en la boca abierta de Danté. Tomé aire suavemente cuando al sacar los dedos de entre los labios de Danté, me pareció notar una ligera presión de su lengua.

—¿Danté?

Por supuesto, no obtuve respuesta, pero volví a meter los dedos rápidamente en el coco y transferí el néctar a la boca húmeda y caliente de Danté. Esta vez los dejé metidos un momento en la boca de Danté para ver si reaccionaba.

Esta vez noté una clara succión cuando los labios de Danté se cerraron despacio alrededor de mis dedos y chuparon suavemente la leche del coco. Solté el aliento que no sabía que había estado aguantando y permití que una lágrima me resbalara despacio por la mejilla.

—Gracias —susurré a quien quisiera escuchar.

Pensé que si apilaba suficientes piedras alrededor del bote no tendría que mover a Danté en absoluto y que las piedras impedirían que el bote flotara hacia el mar por accidente. Ya había renunciado a sacar a Danté del bote. Pesaba demasiado para mí y no había forma de que me pudiera ayudar hasta que estuviera mejor.

De modo que me dediqué a acarrear unas enormes hojas de palmera del bosque a la playa. Cuando me pareció que tenía suficientes, coloqué las hojas de palmera encima del bote. Cuando ya tenía la mitad del bote cubierta, me metí dentro con las dos mitades del coco y nos tapé a Danté y a mí misma. Las grandes y frondosas hojas tapaban eficazmente la mayor parte del sol y hacían que el interior del bote pareciera unos veinte grados más fresco, además dar sombra.

Danté se quejó y agitó un poco la cabeza.

—Shhh, cariño. Estás bien, las dos estamos bien.

Le aparté el pelo a Danté acariciándole la cabeza. Esto pareció tranquilizarla, respiró hondo y se calmó.

Con la leche del coco llenándome el estómago y sabiendo que al menos ni Danté ni yo nos íbamos a morir de hambre, me sumí en un largo sueño reparador.

El estridente grito de los pájaros por encima del bote acabó despertándome. Me sentía como si hubiera estado durmiendo varios días. Mientras dormía, en algún momento había acabado con la cabeza en el hombro de Danté y una pierna encima de las dos suyas. Sintiéndome culpable, me aparté de ella y rogué no haberle hecho daño durante mi sueño inquieto.

Comprobé su estado y me tranquilicé al ver que parecía estar descansando cómodamente.

Quité las dos hojas de palmera más grandes de encima de nuestras cabezas y salí del bote. Pegué un grito cuando algo me pasó por encima del pie. Salté de nuevo al bote mirando temerosa a mi alrededor por si veía una gran araña. Me sorprendí al ver que en vez de arañas había pequeños cangrejos azules por toda la playa. Las gaviotas que volaban en círculos por encima eran la causa del jaleo que me había despertado. Me quedé mirando mientras miles de pequeños cangrejos azules salían del mar rumbo a un destino que sólo ellos conocían.

Recogí rápidamente unos cinco de estos pequeños animales en un trozo de tela y los dejé flotando en una pequeña charca de agua cerca del mar sujetos con una gran piedra. Cogí mi bolsa y hurgué en ella buscando desesperadamente la lata de cerillas de madera que guardaba allí para quemar mis carboncillos de dibujo.

Solté un grito de alegría cuando mis dedos dieron con la lata donde las tenía. Subí corriendo por la playa y me puse a cavar con frenesí un hoyo en la arena. Recorrí la playa en busca de toda la leña que pudiera encontrar. Hicieron falta tres de mis preciadas cerillas, pero por fin conseguí prender una pequeña hoguera. Corrí a mi botín atrapado y lo trasladé al fuego.

Abrí la tela y susurrando una disculpa por lo que estaba a punto de hacer, tiré a los pequeños crustáceos vivos al fuego.

Cuando estuve segura de que estaban hechos, los saqué torpemente del fuego con un palo y esperé con impaciencia a que se enfriaran lo suficiente para comerlos. Decidiendo que unos minutos eran más que de sobra para que se enfriaran, cogí una de las pequeñas criaturas, le arranqué las patas y chupé la carne suculenta de la cáscara, sorprendentemente blanda.

—Mmm —gemí por lo maravilloso que le resultaba el cangrejo a mi estómago hambriento. Aunque los animalitos no tenían mucha carne, bastaron para engañar poco mi hambre constante. Envolví el cangrejo cocinado que quedaba en una tira de tela y, lamentándolo, eché arena encima del fuego. Sólo me quedaban unas veinte cerillas. Tendría que mejorar mucho a la hora de encender un fuego o Danté y yo estaríamos a base de comida cruda hasta que nos encontran.

Dejé el cangrejito en el bote para más tarde y comprobé cómo estaba Danté. La tapé de nuevo con las grandes hojas y me adentré en el bosque para buscar más cocos y cualquier cosa que pudiera hacerle comer.

Hasta ahora reconocía plátanos, papayas, cocos, frutos del pan y anacardos, nada menos. Sin embargo, dada la inconsciencia de Danté, apenas conseguía tragarse la leche del coco, de modo que mucho menos podría con algo más sustancioso.

Mientras caminaba por entre los árboles para ver si daba con algo comestible, me encontré con un árbol platanero inclinado. Si pudiera acercarme más a la copa del árbol, seguramente podría hacer caer parte de la fruta.

Dejé en el suelo el coco que había encontrado previamente en el bosque y busque un palo de bambú largo. Cuando encontré uno que me pareció adecuado, trepé al árbol. Sonreí con ironía al recordar las viejas regañinas de mi madre, diciéndome que subirse a los árboles no era propio de una jovencita. Pues mira, madre, esta vez podría salvarme la vida.

Por fin, cuando llegué tan cerca de la copa que conseguía alcanzar los plátanos con el palo, me incliné todo lo que pude y empecé a empujar un racimo de fruta, apartándolo del árbol con el palo. Los plátanos se negaban tercamente a caer, pero al cabo de unos quince minutos de empujones, cayeron al suelo del bosque. Bajé todo lo deprisa que pude. No había tenido intención de estar tanto tiempo lejos de Danté.

Arrastré el racimo de plátanos hasta el límite del bosque y regresé corriendo con el coco hasta el bote todo lo deprisa que me permitió mi cuerpo debilitado. Aliviada, vi que las hojas seguían intactas encima del bote y que la chica herida que había debajo parecía seguir descansando apaciblemente. Rompí la cáscara verde externa del coco en las rocas cercanas de la playa y luego rompí la cáscara marrón interna con todo el cuidado posible, intentando conservar la leche para Danté.

Volví con las dos mitades al bote y me senté con cuidado al lado de Danté. Metí dos dedos en la cáscara como la vez anterior y se los metí en la boca. Esta vez Danté chupó la leche con un poco más de fuerza. Tomé aire al sentir que su lengua lamía débilmente los dedos que le ofrecía.

Me temo que me sonrojé muchísimo cuando Danté aumentó la presión sobre mis dedos sin darse cuenta. La succión me estaba causando calor entre las piernas y luego una presión que me resultaba desconocida. No era dolorosa, sólo incómoda.

Metí los dedos en la mitad del coco y volví a ofrecérselos a Danté, casi temiendo la presión de la succión que estaba segura que se iba a producir. Como antes, tuve que obligar a Danté a tomar el alimento, pero en cuanto su cuerpo empezó a aceptar inconscientemente que estaba siendo alimentado, la presión se hizo asombrosamente fuerte y firme.

Cerré los ojos para dejar de mirar los labios cortados de Danté cerrados alrededor de mis dedos. Sin duda debía de estar volviéndome loca por sentir algo así. Jadeé y me llevé la mano libre al estómago mientras Danté seguía chupándome los dedos en busca de la leche de coco, que ya no tenía desde hacía un rato.

Abrí los ojos y caí inmediatamente en el desorientado remolino azul que eran los ojos de Danté. Apartando los dedos rápidamente como una niña a la que hubieran pillado con la mano metida en la caja de las galletas, me incliné hacia ella.

—Danté, ¿estás bien?

Me miró confusa un momento antes de abrir la boca como para hablar.

—¿Gabrielle? ¿Estás bien? —preguntó—. ¿Te han hecho daño?

No pude evitar estallar en lágrimas.

—No... no, no me han hecho daño, pero a ti sí que te lo han hecho —le dije, acariciándole la cabeza con una tira de tela limpia.

—¿Cuánto tiempo? —dijo con voz ronca. Me di cuenta de que quería decir cuánto tiempo había estado desmayada. Miré al cielo incandescente y contesté la verdad.

—No lo sé, Danté. Estaba un poco ida al principio, pero me parece que han pasado unos cuatro días.

Siguió mirándome un momento y luego preguntó, en voz tan baja que tuve que inclinarme sobre ella para oír lo que decía.

—¿Qué te ha pasado, Gabby? ¿Dónde está tu ropa?

Por primera vez pensé en lo que debía de parecerle. Notaba mi piel reseca rebelándose contra el sol caliente al rajarse y pelárseme en la cara, los hombros y los labios. Mi pelo hacía tiempo que había dejado de parecer mínimamente organizado y ¿mi vestido? Bueno, había prescindido de los restos harapientos que quedaban de él para usarlos como vendas para Danté. Estaba roja como un cangrejo y vestida tan sólo con mi combinación y mi ropa interior.

Me eché a reír. Me reí tanto que tuve que echarme junto al cuerpo de Danté por temor a caerme encima de ella. Mi risa no tardó en transformarse en llanto y descubrí que Danté me estaba consolando dándome palmaditas distraídas en la espalda para intentar parecer reconfortante. Aunque apreciaba el esfuerzo que estaba haciendo, lo cierto era que carecía de esa capacidad para consolar.

Después de suspirar con un hipo, me incorporé y la miré.

—Perdona, es que se me ha venido todo encima de golpe. Creía... tenía miedo de que no fueras a sobrevivir, Danté. Me puse contentísima cuando vi tierra y luego, cuando conseguí traer el bote hasta aquí, estaba segura de que alguien podría ayudarte, pero cuando no encontré a nadie, volví a sentir miedo por ti.

—No pasa nada, soy dura —me dijo con la voz ronca—. ¿Dónde estamos? —preguntó, intentando mirar a su alrededor desde donde estaba tumbada en el fondo del bote. Lo único que veía era el cielo azul a la derecha y a la izquierda las copas de los árboles donde yo había tratado de buscar alimento.

—No lo sé. Sea donde sea, está muy aislado. No he visto ni oído a nadie desde que llegamos aquí. Aunque la verdad es que no he tenido un momento para explorar, tenía miedo de alejarme demasiado de ti durante demasiado tiempo —le dije con una débil sonrisa—. He conseguido recoger un poco de fruta y algunos cangrejos pequeños que parecen correr a sus anchas por esta playa, pero eso es todo. ¿Tienes hambre, Danté? —le pregunté, recordando por primera vez que mi paciente herida no había comido desde hacía más de cuatro días—. He conseguido que tomaras un poco de leche de coco, pero tenía miedo de que te ahogaras con algo más sustancioso. —Las imágenes fugaces de Danté chupándome antes los dedos hicieron que me volviera a ruborizar.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, estoy bien, creo que el sol me ha hecho estragos en la piel, pero ya se me pondrá bien.

Tratando de cambiar de tema rápidamente, le volví a preguntar si resistiría comer algo. Danté dijo que no lo sabía, pero que creía que podría aguantar la leche de coco. Decidí que no era una buena idea darle la leche a Danté como lo había hecho cuando estaba inconsciente. En cambio, le sostuve la cabeza apoyada en mis piernas cruzadas y le di el resto de la leche tibia.

Al cabo de unos pocos sorbos, Danté hizo un gesto negativo con la cabeza y se apartó del cuenco improvisado.

—Está bien, eso servirá por ahora, pero Danté, creo que vas a tener que intentar comer algo de fruta si quieres recuperar las fuerzas.

Ella asintió cansada mientras le volvía a colocar la cabeza sobre su almohada/chaleco salvavidas.

—Danté, ¿te importa que te mire la herida antes de que te duermas? Me preocupa que no nos quede mucha luz y me gustaría limpiarla antes de que se ponga muy oscuro.

Volvió a asentir con cansancio y yo intenté colocarla de lado para poder llegar a la herida. Al hacerlo, le expliqué que me había visto obligada a cauterizarle la herida y que había usado agua de lluvia para limpiarla lo mejor que había podido. También le expliqué que sus vendas procedían de mi vestido, lo cual explicaba mi actual estado de desnudez. Después de limpiarle y vendarle la espalda a Danté, la ayudé a darse la vuelta. Aunque no había dicho ni una palabra en todo este tiempo, me di cuenta por su respiración rápida y agitada de que le dolía mucho. Usé lo que quedaba del agua de lluvia para mojar otra tira de tela limpia, que empleé para humedecerle los labios y luego la frente.

—¿Mejor? —pregunté en voz baja.

—Sí —fue su respuesta gutural—. Lo has hecho bien —susurró antes de cerrar los ojos y sumirse en un sueño agotado y reparador. Dejé que se me escapara otra lágrima antes de acomodarme a su lado y contemplar el sol mientras se hundía en el mar.

A la mañana siguiente me despertaron de nuevo los fuertes gritos de las gaviotas que volaban por encima.

—¿Pero por qué hacen tanto ruido? —pregunté sin dirigirme a nadie en concreto. Me desperté del todo al oír la risa grave de mi compañera de bote, que evidentemente llevaba despierta un rato.

—Vaya, pero que gruñona estás por la mañana, pequeña.

Me incorporé de golpe y vi la conocida e irritante sonrisa burlona de Danté Courtier.

—¡Oh, Dios mío, Danté, estás bien! —murmuré.

—Pues sí —me contestó con su habitual tono de burla—. ¿Es que no lo esperabas? Por lo que me han dicho, he recibido los mejores cuidados posibles.

Como siempre, me sonrojé ante las burlas de Danté.

—Creía que lo de ayer era un sueño o una alucinación. Pero no es así, estás bien de verdad.

—Sí, un poco dolorida, pero creo que viviré. Oye, ¿me ayudas a sentarme? Estoy un poco harta de estar tumbada en este bote.

—Claro, Danté, ¿pero crees que debes? No quiero que se te vuelva a abrir la herida. Sólo han pasado unos días y has estado sangrando mucho.

—Me curo deprisa, Gabrielle. Seguro que no pasa nada. Además, tengo que ocuparme de unos asuntos y a menos que quieras que lo haga donde dormimos, te sugiero que me ayudes a levantarme.

Me sonrojé de nuevo y ayude a Danté a sentarse.

—Espera —resolló. Mientras recuperaba el aliento, miré por la playa en busca de un palo que pudiera usar para sujetarse. Al encontrar el palo que había usado para derribar la fruta, volví con él al bote.

Ayudé a Danté a ponerse de pie y tras un momento de pánico en que pensé que Danté y yo nos íbamos a desplomar en el suelo, Danté pareció recuperar el equilibrio.

—Uuuf —resopló al ver la zona por primera vez—. ¿El servicio de señoras está por allí? —gruñó.

Sonreí.

—Sí, por ahí es. —Le pasé el palo cuando salió del bote. Dejé que se apoyara en mí por un lado mientras usaba el palo para sostenerse por el otro. Nos dirigimos despacio a la espesa jungla de árboles que cubría el borde de la playa.


PARTE 2


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades