Las abandonadas

Gabrielle Goldsby



Descargos estándar: Los personajes de este relato "uber" pueden parecerse físicamente a unos personajes propiedad de Renaissance Pictures. El parecido termina ahí. Para bien o para mal, estas chicas son mías y voy a hacer con ellas lo que me plazca. Sin embargo, podéis solicitar jugar con ellas.
Aviso de subtexto: Consideraos advertidos de que esta historia contiene sexo explícito y gráfico entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años... deberíais terminar la colección completa de los misterios de Nancy Drew y Trixie Beldon antes de acometer algo como esto. Creedme, esto os supera mucho. ¿CÓMO? ¿Que ya os los habéis leído? Vale, pues podéis pasar a Judy Blume pero primero pedidle permiso a mamá. ¿Por dónde iba? Ah, sí, si este tipo de historia es ilegal en el país/estado/cueva donde vivís, deberíais dejar de leer ahora mismo y dedicaros a plantar algo. Por cierto, tengo entendido que los autobuses Greyhound tienen billetes de ida por tan sólo 49 dólares. Indirecta... indirecta... guiño... guiño.
Aviso de libertad creativa: Da la casualidad de que sé que TODO lo que ocurre en esta historia es real, porque me lo he inventado yo. Ahora en serio, esto no es un relato sobre una cultura que exista en la realidad. De hecho, me he esforzado en no usar las creencias culturales o religiosas de ningún pueblo, pasado o presente. Este relato (como en el caso de casi todos los más breves) pretendía ser algo para entretener a mi musa, no una lección de historia de ningún tipo. Sin embargo, dado donde viven estas personas, es inevitable que surjan algunos paralelismos. Si de verdad queréis una lección de historia, escribidme y os recomendaré una serie de libros y sitios web que os darán información sobre las auténticas culturas Dorset y Thule. En este relato de ficción sólo encontraréis algún vestigio. Pero espero que os guste.
Gracias: Como de costumbre, quiero dar las gracias a mis correctoras, Diva y Apple, con todo mi corazón por el magnífico trabajo que han hecho. ¿Que os gusta la historia? Estupendo, escribidme y hacédmelo saber. ¿Que pensáis que Gab se ha comido demasiados paquetes de chucherías? Pues hacédmelo saber también: GabGold@aol.com

Título original: The Foundlings. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


1



Prestad atención, os quiero contar una historia...

Cuando por fin se oyó el grito, a Kia se le paró el corazón en el pecho. El empujón que le dieron en la espalda fue lo único que la obligó a ponerse en marcha. Corrió como el resto de las mujeres, porque era lo que se esperaba de ella. Sus botas para la nieve crujían mientras de su boca escapaban nubecillas blancas creadas por su aliento cálido que flotaban delante de ella como los cuerpos luminosos de las personas que hacía tiempo que habían pasado al más allá. El jadeo que se escapó de su garganta era de angustia, no de cansancio. Kia miró a la izquierda y luego a la derecha mientras las veinte mujeres aproximadamente, de diversas edades, corrían hacia el agua gélida. Sin duda, podría haber corrido más que todas ellas de haber querido, pero Kia no tenía prisa por alcanzar a los hombres. Su padre adoptivo, Nube Blanca, ya le había dicho que el cazador que cobrara la primera pieza de la temporada sería su nuevo compañero.

Kia no era lo que el Pueblo consideraría bella. Su madre, Sunni, decía que había gente que se parecía más a Kia que los demás de la tribu. Kia no era como los demás. Mientras que ellos eran bajos y fornidos, Kia era alta y le costaba ganar peso. Aunque tenía la piel tan oscura como ellos, sus ojos eran distintos. Su nombre, Kia, significaba el color del cielo en el idioma antiguo, y se lo habían puesto haciendo todo un alarde de falta de originalidad. Con él se había quedado a medida que iba creciendo. Kia descubrió tras su octavo ciclo que en realidad no era del Pueblo...


—¡Dámelas! —le ordenó.

—¡No! —Kia le apartó las manos y se metió las piedras en los bolsillos de su abrigo de piel de foca.

El niño le quitó la capucha de piel y la miró furioso a los ojos azules.

—¿Por qué estás aquí? Tú no eres del Pueblo. Mírate. Eres fea, tus ojos no son como la tierra y eres demasiado alta para servir de nada a un hombre. ¡Ahora dámelas! —Volvió a intentar coger las piedras.

—No, son mías —dijo Kia con firmeza, pero él la empujó con brusquedad y le quitó las piedras.

Pekeha —gruñó por lo bajo y se alejó.

Kia se quedó sentada largo rato reflexionando sobre las cosas hirientes que le había dicho Lobo Negro. ¿Cómo no iba a ser del Pueblo? Había vivido con ellos toda su vida. Nube Blanca y Sunni eran sus padres. Los pekehas eran monstruos. No eran reales, sólo cosas que te decían tus padres para que te callaras y te durmieras. Kia y su prima Miko se habían quedado una vez despiertas toda la noche para ver si venían. Cada una aferraba con miedo un trozo de colmillo de morsa mientras esperaban la aparición de los monstruosos y mal olientes hombres blancos. Pero nunca aparecieron y Kia y Miko se sintieron fuertes, pues ahora sabían que no había hombres blancos grandes y monstruosos de pelo dorado y rojo, cuyo horrible olor bastaba para hacer hibernar a un oso antes de tiempo. Kia sacudió la cabeza. Lobo Negro estaba loco. Tendría que preguntárselo a Sunni cuando volviera a la tienda. Pero primero, tenía que recuperar sus piedras. Las encontró dos horas después, sucias y olvidadas. Kia las lavó muy contenta, se las metió en el bolsillo y corrió a buscar a su madre.


La crueldad de Lobo Negro todavía le dolía a Kia después de tantos ciclos. A causa de sus palabras, le había preguntado a Sunni por qué, efectivamente, era tan distinta. La respuesta provocó un cambio radical en Kia. La hasta entonces alta y fuerte Kia empezó a encorvar los hombros, para no parecer tan alta. Dejó de reír tan alto con Miko, para no llamar la atención. Rara vez miraba a nadie a los ojos por miedo a que notaran que el color de sus ojos no era el de la tierra. Pero lo peor de todo era que ese día cayó en la cuenta de que los pekehas sí que existían y que como contaba la historia, realmente te robaban la vida. Kia contuvo las lágrimas mientras se preguntaba cómo sería la vida en casa de Lobo Negro. Éste llevaba un tiempo jactándose de que él sería su compañero al final de la cacería. Kia se quitó un copo de nieve de la mejilla mientras corría, recordando cómo había estado sirviendo a su padre y a los demás hombres sentados alrededor del fuego mientras ideaban estrategias para la cacería que se avecinaba. Esa mañana habían avistado ballenas y la posible abundancia de carne y aceite bastó para llenar de alegría a la aldea entera. Una sola presa era suficiente para darles a todos alimento y aceite durante semanas, por no decir un mes. Y para el afortunado cazador que clavara la lanza mortal... los huesos de la ballena y parte de su piel servirían para construir un nuevo hogar donde recibir a su nueva compañera... Kia.

El hielo seguro estaba marcado con dos arpones de púas clavados en el suelo para que Kia y las demás mujeres supieran que debían esperar en este punto a que los hombres tiraran de la ballena hasta la orilla. Así a todo el campamento de invierno le resultaría más fácil limpiar y abrir al animal sin caerse en las aguas gélidas. La habitual emoción por la primera ballena caída de la temporada no existía para Kia. No sentía la oleada de excitación que normalmente sentía en sus ensoñaciones. Un fuerte grito la sacó de sus apesadumbradas reflexiones justo a tiempo de ver un arpón con los colores de Lobo Negro que volaba hacia la espalda de un cazador desprevenido.

A Kia se le atrevesó un grito en la garganta al ver el arpón que volaba certero hacia la espalda del cazador. Va a morir, pensó Kia justo cuando el pequeño cazador se daba la vuelta. Ya fuera por habilidad o por instinto, una mano enguantada se alzó a tiempo de desviar el arpón. Sin embargo, el cazador había perdido el equilibrio por el esfuerzo y por la fuerza del golpe en la mano y se cayó al suelo, golpeándose la cabeza con el duro hielo.

Kia fue la primera en reaccionar. Echó a correr todo lo deprisa que le permitieron sus largas piernas, frenándose sólo un poco a causa del hielo. Oyó a su padre y a los demás hombres reprendiendo a Lobo Negro por lanzar el arpón de manera tal que había puesto a alguien en peligro. Ninguno de ellos se acercó para ayudar al pequeño cazador que seguía tirado en el hielo. Kia se arrodilló y se inclinó sobre la figura tendida justo cuando unas pestañas rojas se agitaron y luego se abrieron, revelando unos ojos de un sorprendente y vivo color verde.

—Kia.

Kia se quedó tan pasmada que se olvidó de hablar. Era la que llamaban Zorro. Una mujer.

—¿Estás herida?

Zorro cerró los ojos y dijo que no con la cabeza antes de incorporarse. Se le estaba mojando la ropa de estar tumbada en el hielo y eso no le convenía si quería quedarse a supervisar la limpieza de su pieza. ¡Mi primera ballena! Con la emoción, Zorro casi se olvidó de lo que había hecho que estuviera tirada en el hielo con Kia inclinada sobre ella. El fuerte dolor que sentía en la mano a causa del arpón de Lobo Negro le inundó el cuerpo de rabia. Lobo Negro había sido el que más se había opuesto a que ella participara en la cacería de ballenas y caribúes. Zorro nunca había intercambiado palabra con él, pero él había dejado claro que si fuera el jefe, ya no sería bienvenida en el campamento de invierno. Había dejado muy claro que iba a ser él quien se iba a unir a Kia. Ninguno de los demás hombres quería pelearse con él. Pero Zorro no era como ninguno de los demás hombres.

El Pueblo trataba a Zorro bastante bien porque tenían miedo de la abuela. E incluso después de su muerte, hacía cuatro ciclos, seguían tratando a Zorro con respeto aunque a regañadientes. Como cazadora, Zorro había conseguido abatir muchas presas. Las cacerías de alces y antas siempre terminaban con casi el doble de lanzas con los colores de Zorro que de los demás clavadas en los animales. Lobo Negro era el único cazador que se acercaba a la habilidad de Zorro, hecho que lo molestaba muchísimo: le daba mucha rabia que una mujer fuese mejor cazadora que él. A Zorro no le importaba: rara vez hablaba con nadie aparte de Nube Blanca. Como su abuela, estaba convirtiéndose rápidamente en algo a medio camino entre el mito y la leyenda. Bajaba de las colinas sólo para participar en la gran cacería y luego desaparecía con la parte que le correspondía de carne y pieles. Hasta sus perros, criados a partir de dos cachorros blancos de su abuela, parecían inspirar el pavor del Pueblo.

Zorro se esforzó por ponerse en pie. Sus ojos buscaron y encontraron a Lobo Negro, que estaba explicando avergonzado al padre de Kia que, por rabia, había lanzado el arpón al aire: no tenía intención de alcanzar a Zorro.

Zorro corrió hacia él, presa de una rabia tan absoluta que no se paró a pensar lo que podría parecerle su comportamiento a Kia. Los dos cazadores acabaron en el suelo antes de que el padre de Kia agarrara a Zorro por los brazos y la apartara a rastras de Lobo Negro, que sonreía burlón. Zorro se negó a apartar los ojos de Lobo Negro mientras se la llevaban a rastras y las mujeres y los cazadores la miraban como si fuera un perro rabioso. Lobo Negro había intentado matarla, de eso no le cabía duda.

Cuando la tuvo a una distancia segura de Lobo Negro y de los atentos oídos del Pueblo, Nube Blanca sujetó a Zorro por los hombros y la sacudió un poco para llamarle la atención. Zorro, que seguía mirando con saña a Lobo Negro, miró por fin a Nube Blanca, el padre de Kia, le informó su mente. Zorro cerró los ojos presa del miedo e intentó explicarse.

—Es que me he puesto furiosa.

—Debes aprender a escuchar antes de reaccionar, Pequeño Zorro. —Zorro se miró las botas. Hacía casi cuatro ciclos que nadie la llamaba así, desde la muerte de la abuela. Lo echaba de menos—. Sabes lo que significa, ¿verdad? ¿El que hayas cobrado la primera pieza?

Ella tragó.

—¡Sí!

—Muy bien, ¿entonces sabes que tienes la opción de unirte a mi hija Kia?

Todos sus pensamientos sobre Lobo Negro desaparecieron de la mente de Zorro al mirar a Nube Blanca, con el corazón palpitante y la boca entreabierta. El aliento cálido de los dos se mezclaba con el aire frío, dando un aire onírico a aquel momento. Al menos, así era como Zorro lo recordaría para siempre.

—Sí —murmuró algo temblorosa.

—Así pues... ¿deseas unirte a mi hija?

Zorro miró fijamente al jefe Nube Blanca un momento y luego asintió con fuerza.

—Con todo mi ser.

—Pues muy bien, así será —dijo él con expresión satisfecha y se alejó, dejándola boquiabierta.

Zorro levantó la vista al cielo, que estaba casi tan blanco como la nieve, pero no tanto.

—Gracias, abuela.

Se encaminó de nuevo al hielo, ahora empapado de la sangre del ballenato... recordando...


Zorro entró en la casita de piedra y se quitó las botas cubiertas de nieve y barro como siempre lo había hecho. Los perros ya estaban alimentados, pero Zorro había pasado más tiempo que de costumbre con ellos, pues últimamente tenía muchas cosas en la cabeza.

—¿Abuela?

—Sí, Pequeño Zorro. —La abuela, sentada con las piernas cruzadas delante del fuego, levantó los ojos para mirarla. Estaba intentando coser un agujero que se había hecho Zorro en los pantalones por tercera vez en una semana. Sacudió la cabeza exasperada. Por enésima vez, se preguntó por qué se molestaba siquiera. De todas formas, Zorro se los iba a volver a romper.

—Quiero preguntarte una cosa —dijo Pequeño Zorro nerviosa al subirse a su plataforma de dormir.

—Pues pregunta.

Pequeño Zorro apoyó la mano en el codo y contempló a su abuela un momento antes de hacer su pregunta.

—¿Por qué no te has unido nunca?

—Porque la persona a la que amaba me fue arrebatada. —El tono de la abuela era muy triste y Pequeño Zorro dudó de si debía seguir adelante.

—¿Por qué no te has vuelto a unir?

—Porque no ha habido nadie que haya vuelto a ganarse mi corazón.

—¿Entonces la mayoría se une por amor?

—No, la mayoría no, Pequeño Zorro. La mayoría se une porque es una buena unión, buena para la familia, buena para todo el mundo.

—Gracias, abuela. —Pequeño Zorro se tumbó y se quedó mirando el techo de piedra.

—Pequeño Zorro, ¿por qué me haces estas preguntas?

—El Pueblo parece tener miedo de nosotras, abuela.

—Eso es porque tienen miedo de las personas diferentes. Yo soy diferente y tú también lo eres. —Pequeño Zorro asintió. La abuela sí que era diferente. Igual que el pelo de Pequeño Zorro era rojo, el de ella era de un color amarillento, o eso le había dicho a Pequeño Zorro. Ahora era de un color gris parecido a la nieve en la que vivían la mayor parte del ciclo—. ¿A qué vienen tantas preguntas, Pequeño Zorro?

—Simple curiosidad, abuela.

—No, sé que hay algo más, dímelo.

Pequeño Zorro sonrió a su abuela desde el otro lado de la estancia y luego miró el mango de su cuchillo, su posesión más preciada.

—Hay alguien a quien creo que me gustaría unirme.

La abuela se quedó mirando a Pequeño Zorro un momento y luego siguió cosiendo tranquila, con los labios fruncidos.

—¿Esta persona desea unirse a ti?

—No lo sé. No, probablemente no. No creo que ella se haya fijado en mí. —Pequeño Zorro cerró la boca de golpe y se preguntó cómo iba a reaccionar su abuela ante la noticia de que quería unirse a una chica.

La abuela observó el pelo rojo de Pequeño Zorro, sus brillantes ojos verdes y su piel clara. Meneó la cabeza.

—No, estoy segura de que se ha fijado en ti.

Pequeño Zorro le dijo que la primera vez que se fijó en ella, que se fijó de verdad, fue el ciclo pasado, cuando fueron al campamento de invierno. Kia estaba pescando con las demás mujeres. Zorro no le había podido quitar los ojos de encima.

—Estuve mirándola de lejos; ella ni me vio.

—Bueno, ¿y sabes cómo se llama?

Pequeño Zorro asintió y apartó la mirada, pues no quería decir el nombre en voz alta por miedo a que un espíritu maligno le hiciera algo a su amor.

—Pues háblame de ella. —La abuela dejó su labor a un lado y prestó toda su atención a Pequeño Zorro.

—No se parece en nada a mí.

—Bueno, ninguno de nosotros se parece en nada a ti, mi Pequeño Zorro.

Pequeño Zorro sonrió a su abuela. A lo largo de su vida había habido muchas ocasiones en que había deseado ser como el Pueblo o incluso como su abuela. Lo único que Pequeño Zorro había deseado en su vida era encajar y no tener tantos ojos oscuros, asustados o curiosos clavados en ella en todo momento. Pequeño Zorro se había acostumbrado a llevar la capucha puesta siempre que estaba cerca de los campamentos. Eso mantenía a raya parte de la curiosidad aunque no pudiera ocultar su piel blanca ni sus ojos claros.

—Lo que quiero decir es que creo que ella tampoco es del Pueblo, al menos no del todo. Tiene los ojos claros como yo, sólo que azules. Y es alta. Más alta incluso que tú, abuela, pero tiene el pelo oscuro y fino como el Pueblo. A mí... a mí me parece preciosa.

—Ahhh. —La abuela asintió con aprobación. Tendría que haber sabido que iba a ser Kia quien llamaría la atención de Zorro. Kia era, efectivamente, una muchacha preciosa, aunque no creía que se lo hubiera dicho nadie en mucho tiempo, si es que se lo habían dicho alguna vez. Aunque no le cabía duda de que su familia la quería y la mimaba. Las cosas que hacían diferentes a Pequeño Zorro, a Kia y, en menor grado, a ella misma no siempre eran apreciadas por el Pueblo.

—Abuela, me gustaría saber cómo... me gustaría unirme a ella algún día. Cuando tenga mis propias cosas —terminó Pequeño Zorro apresuradamente y luego se dio la vuelta.

La abuela se esforzó por contener la risa. Qué joven e impetuosa era su Pequeño Zorro. Sin embargo, cuando se lo proponía, podía ser tan terca como el que más.

—Como todo en la vida, tienes que cerrar los ojos y desear que se cumpla, Pequeño Zorro.

—Pero abuela, no sé si Kia esperará a que se cumpla mi deseo —dijo Pequeño Zorro con exasperación.

—Pues entonces, Pequeño Zorro, más vale que te des prisa. Kia estará pronto en edad de casarse y no querrás que se case con otro, ¿verdad? —La abuela bajó la cara para ocultar la sonrisa burlona que le curvaba los labios.

—¡Oh, no! —La idea hizo que los ojos de Pequeño Zorro soltaran chispas—. Quiero que sea mi compañera, de nadie más.

—Pues muy bien, hablaré con su padre. Es un viejo amigo, me escuchará.

Pequeño Zorro toqueteó la piel en la que estaba sentada, muy ensimismada. La promesa de la abuela de que la iba a ayudar por un lado la hacía feliz, pero por otro no. Por primera vez en su corta vida, Pequeño Zorro tenía miedo.

—¿Abuela?

—¿Sí, Pequeño Zorro?

—¿Qué hago con ella?

—¿Qué quieres decir, Pequeño Zorro? —preguntó la abuela cansinamente al tiempo que se levantaba para subirse a su propia plataforma de dormir. El dolor de la pierna iba a peor. Le estaba costando ocultarle a Pequeño Zorro que se estaba poniendo enferma. Aunque ansiaba reunirse con su amor perdido en el más allá, estaba preocupada por su Pequeño Zorro. Aunque Pequeño Zorro era capaz de cuidar de sí misma, sabía mejor que nadie la soledad que se podía sentir en la tundra helada viviendo fuera de los campamentos, aceptada pero no bienvenida. No, Pequeño Zorro necesitaba una familia y ella iba a hacer todo lo posible por asegurarse de que tuviera la oportunidad de conocer el amor.

—O sea, ¿cómo... me uno a ella?

La abuela sí que se echó a reír entonces. Pero le entró una sensación de tristeza. No creía que fuera a vivir el tiempo suficiente para ver a Pequeño Zorro unida, pero tenía una idea de cómo asegurarse de que fuera feliz.

—Bueno, Pequeño Zorro, ésa es una larga lección que podemos empezar pero no terminar esta noche. Pero tienes que prometerme que vas a escuchar sin interrumpir, ¿comprendes?

—Sí, abuela.

Pequeño Zorro se tumbó en sus pieles y escuchó la voz de su abuela hasta altas horas de la noche. Quería preguntar muchas cosas, muchas cosas que no entendía, pero tenía miedo de que su abuela se detuviera, de modo que se limitó a escuchar atentamente hasta que ya no pudo más de sueño.

—Que duermas bien, Pequeño Zorro, hay más cosas que aprender. Pero tendrá que ser otro día.

—Que duermas bien, abuela.


Los cánticos eran tan alegres que a Kia le dolían los oídos. Todo el campamento de invierno parecía celebrar el inminente matrimonio: todo el mundo lo veía como un feliz acontecimiento. Es decir, todo el mundo salvo Kia y Lobo Negro. Kia tenía miedo de Zorro, siempre lo había tenido, con ese pelo de fuego, rojo y alborotado, y esos ojos verdes que nunca había visto. Zorro no era lo que imaginaba al soñar con el aspecto que tendría su compañero. Dejando aparte el hecho de que efectivamente era una gran cazadora, Zorro era una mujer y no podía darle hijos. Lo único que a Kia le había apetecido siempre de la idea de unirse a alguien era tener un hijo. Cuando era más joven, había sido una niñera muy solicitada. Kia pensaba que tal vez éste era su castigo por todas las cosas horribles que le había deseado a Lobo Negro.

El toldo de la tienda se retiró tan deprisa que Kia pegó un respingo. Sunni entró en la tienda y la abrazó.

—¿Estás lista, hija mía? Sé que estás asustada, pero acabará pronto.

—Pero... pero no puedo casarme con ella.

—Puedes y lo harás —le dijo Sunni a su hija adoptiva con severidad. Aunque ella misma le había expresado dudas parecidas a su compañero hacía apenas un momento, no podía dejar que Kia advirtiera su miedo—. Es el deseo de Nube Blanca. Lo ha prometido. Así debe ser. —Luego Sunni repitió las palabras que su compañero le había dicho para calmarla cuando le pidió histéricamente que no obligara a su única hija a unirse a la extraña Zorro—. ¿Es que quieres causarle vergüenza?

—No —dijo Kia en voz baja. Nube Blanca había sido un padre maravilloso. Kia lo quería muchísimo y nunca haría nada que le hiciera quedar mal ante los ojos del Pueblo.

—Zorro te ha honrado con su presa. La carne de esa sola pieza dará de comer a todo el campamento de invierno nada menos que durante dos semanas. Con las pieles se podrán hacer buenos hogares. No tendrás que preocuparte del tema de los hijos...

—¡Pero yo quiero hijos! —exclamó Kia, con el corazón en un puño.

—Bueno, seguro que eso es algo que tendrás que hablar con tu... Zorro.

El toldo se apartó y Miko, prima de Kia, asomó la cara redonda por la puerta.

—Es la hora, prima. —Sonrió alegremente y a Kia le dieron ganas de tirarle algo. Miko se alegraba de que se fuera a casar con Zorro porque así se quedaría con Lobo Negro, puesto que sería la única mujer casadera que quedaría en el campamento.

Kia no tenía el menor deseo de ser la compañera de Lobo Negro, nunca lo había tenido, pero en cierto modo habría preferido casarse con Lobo Negro antes que con la misteriosa y terrorífica Zorro.

—Ahora debo dejarte, hija mía, porque va a empezar la ceremonia.

Kia se quedó mirando a Sunni mientras se marchaba y en su mente se puso a idear formas de romper el acuerdo sin dañar la reputación de su padre. A lo mejor Zorro no quería casarse con ella, en cuyo caso, las dos saldrían beneficiadas si se ayudaban la una a la otra.

El toldo se retiró y entre fuertes gritos y horribles alaridos, levantaron a Kia del sitio que ocupaba junto al fuego y la sacaron a rastras de la tienda. Todo el campamento de invierno estaba alrededor de una gran hoguera, todos ellos bien envueltos en sus pieles y observando como si estuvieran a punto de ver una especie de milagro. Kia intentó llamar la atención de Zorro, pero ésta tenía la mirada clavada en Nube Blanca y no se volvió hacia ella.

Para Kia era como un sueño. No podía creer que en cuestión de un momento fuera a quedar unida a alguien a quien sólo había visto unas cuantas veces durante las cacerías. Las palabras que pronunciaba Nube Blanca no tenían el menor sentido para Kia y al poco, el cordón de cuero marrón rodeó las manos de Zorro y Kia. Ésta las miró un momento, muy turbada: su mano era más grande que la de Zorro, lo cual la sorprendió hasta tal punto que casi dio un paso atrás. Los fuertes gritos comenzaron de nuevo y a Zorro y a ella las empujaron al interior de la tienda de la unión y las dejaron a solas.


Kia miraba a Zorro con los ojos llenos de miedo.

Zorro se adelantó. Me presentaré como me enseñó mi abuela, pensó al tiempo que alargaba la mano para tocar la de Kia, pero ésta retrocedió con cautela.

—No deseo esto —soltó por la boca sin poder contenerse. Se le escapó una especie de sollozo de entre los labios que flotó en la tienda como un espíritu maligno a la espera de apoderarse de una nueva alma.

Zorro se quedó paralizada, olvidando la presentación formal cuando la fría verdad le abofeteó la cara.

—¿No deseas esto? —repitió como una boba porque no sabía qué más decir.

—No —sollozó Kia angustiada, mirando los relucientes ojos verdes y el espeso pelo rojo.

—¿Por qué no lo has dicho antes? ¿Por qué has dejado que nos unamos? —Zorro notó que se iba enfadando a medida que hablaba, pero intentó calmarse por temor a que Kia llorase más.

—Yo... —La respuesta de Kia quedó ahogada por la música. El redoble de los tambores y los fuertes cánticos indicaban que la ceremonia de unión había empezado. Duraría hasta que los ancianos decidieran que la unión se había consumado. Los cánticos y los tambores eran un intento ceremonial de dar intimidad a las parejas recién unidas.

—¿Estarías dispuesta a deshonrar a tu familia rechazándome? —preguntó Zorro enfadada.

—No... yo...

—¿Entonces qué vas a hacer cuando la madre te examine y no hayas sido probada?

—No lo sé.

Zorro volvió la espalda a Kia, desilusionada y furiosa. Recordaba las palabras de su abuela tan claramente como si se las estuviera diciendo en ese mismo momento. Debes asegurarte de que no tenga miedo; si no, no disfrutará de lo que le ofrezcas.

Zorro se devanó los sesos y se apartó nerviosa el pelo rojo de la cara. El escozor de la herida causada por el arpón de Lobo Negro fue lo que le dio la idea. Se giró bruscamente y miró furiosa a Kia un momento hasta que por fin suavizó la mirada para no asustarla. Tranquila, Zorro, tú no te comportas como una mujer, pero debes aprender a estar tranquila para no asustarla.

—Se me ha ocurrido una idea, pero sólo funcionará si me ayudas.

Kia miró un momento a Zorro con desconfianza y luego asintió con la cabeza.

—La madre te examinará para asegurarse de que nuestra unión se ha consumado.

Kia sintió una oleada de temor. Claro que lo comprobaría, siempre lo hacían. Era la única manera de asegurarse de que más adelante un hombre no afirmara que otro hombre había probado a su compañera y la devolviera a su familia. La única ocasión en que no lo comprobaban era en el caso de una unión en que el compañero de la mujer hubiera muerto. En ese caso, el segundo compañero debía recibir honores si el primero había tenido una buena muerte. Todos los honores y bienes materiales propiedad del primero pasarían al segundo tras la unión.

—Sí, siempre lo comprueban. Es la costumbre —contestó Kia abatida.

—Entonces tenemos que hacer que parezca que lo hemos hecho.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Kia temerosamente.

—Quítate la ropa y échate.

Kia sacudió la cabeza vigorosamente.

—No, no lo voy a hacer.

—No nos queda mucho tiempo, Kia. La madre no tardará en venir y te examinará y si cree que no has sido probada, será una deshonra para ti y también para mí.

Kia pensó cuidadosamente en lo que decía Zorro. Ésta tenía razón. Del mismo modo que las mujeres probadas antes de la unión quedaban estigmatizadas, lo mismo les sucedía a los hombres que no conseguían cumplir con sus deberes conyugales.

—Pero... pero tú eres una mujer como yo, a lo mejor no lo comprueban.

—Lo comprobarán —dijo con seguridad—. Tendrás que desnudarte. No tenemos mucho tiempo, ¿o quieres decirles que has sido probada antes de la unión?

Kia se mordió el labio. Reconocer haber sido probada antes de estar unida era un sino peor que la muerte para la mayoría de las chicas. Ningún hombre se casaría jamás con ellas, pues era probable que dejaran que cualquiera las probase. Lo mejor que podían esperar era una vida de servidumbre o abandonar al Pueblo, lo cual equivalía a una muerte casi segura.

—No creo que se vayan a creer que yo no he podido cumplir, así que eso no va a funcionar...

Kia estaba deseando preguntarle por qué, pero no lo hizo. Daba igual. De modo que empezó a desnudarse. Primero se quitó el abrigo y la camisa de piel de ciervo con las cuentas de colores alrededor del cuello. Luego se quitó las botas y por último los pantalones. Durante todo este tiempo, se negó a mirar a Zorro. Por fin, se echó y se cubrió hasta los hombros con las pieles de la unión. Eran de la mejor calidad y si Kia no hubiera tenido tanto miedo, podría haber disfrutado de su suavidad. Tal y como estaban las cosas, había empezado a temblar.

—¿Tienes frío? —La pregunta sonó, daba la impresión, justo encima de ella.

Kia sofocó un grito al levantar la mirada y ver a Zorro desnuda. Desvió la mirada ante la visión en primer plano de todo su cuerpo. Se apartó como si se hubiera abrasado.

Zorro empezó a enfadarse. Su abuela le había dicho que fuera amable y ella no había hecho otra cosa. Iba a conseguir ganarse a Kia, cosa que ninguna otra mujer del pueblo podía hacer. Pero empezaba a pensar que Kia nunca la aceptaría como compañera y Zorro sabía que no podía permitir que pasara eso. Zorro suspiró y cogió el largo abrigo de piel de oso. Sus dedos acariciaron admirados la piel blanca. El oso era un símbolo de longevidad y fortuna para un cazador. Era el enemigo más peligroso. Todos los hombres del pueblo que tenían una hija, en algún momento antes de que ésta estuviera en edad de casarse, debían dar caza y matar al oso blanco. Antes de que su hija se uniera, el padre regalaba un abrigo al hombre, igual que su padre se lo había regalado a él. La creencia era que la fuerza del oso se fundiría con su alma y lo ayudaría a fecundar a la mujer. Zorro había recibido el abrigo de manos de Nube Blanca. No había hecho caso de las risas que estallaron entre los hombres cuando le entregó el regalo. Nada de eso tenía importancia: había escuchado a su abuela, había tenido paciencia y había deseado que se cumpliera. Por fin, Kia era suya. Zorro deslizó los brazos en el abrigo y respiró hondo.

—Kia, ¿me miras?

Kia la miró atemorizada y Zorro tuvo que tragar para poder terminar lo que iba a decir. Sería difícil, pero dejaría que Kia tomara sus propias decisiones y esperaba que aprendiera a amar a Zorro tanto como Zorro la amaba a ella.

Zorro alargó la mano hacia Kia y ésta pegó un respingo de miedo.

—¿Ves esto? —Abrió la mano despacio y le mostró a Kia lo que tenía.

—No tengo hambre —dijo Kia suavemente, lo cual hizo reír a Zorro por un instante.

—No, supongo que no. —Miró las bayas rojas que tenía en la mano y luego volvió a mirar a Kia—. Las usamos para pintarnos la cara durante la cacería de la ballena. ¿Sabes por qué?

—Porque simboliza la sangre de la ballena, para agradecerle el alimento y abrigo que nos va a dar.

—Así es —asintió Zorro, imitando inconscientemente el gesto de su abuela.

Kia se quedó mirando las bayas un momento y vio que la mano de Zorro se cerraba a su alrededor y una sustancia roja como la sangre se colaba entre sus dedos. Zorro recogió con la otra mano las gotas que si no, habrían caído sobre el suelo cubierto de pieles de la tienda.

—Ahora échate, Kia, no nos queda mucho tiempo. —Los cánticos se iban haciendo cada vez más fuertes. Zorro intentó no pensar en el hecho de que no estaba llevando a su compañera al orgasmo como se suponía por los fuertes cánticos. Quería gritar que no había necesidad de que cantaran, pues no había nada que oír. Sabía que estaban todos ahí fuera bebiendo, comiendo y fumando y haciendo bromas obscenas sobre lo que estaba pasando en la tienda en ese mismo instante.

—Zorro, por favor... tengo miedo... no quiero esto.

—Kia, no te voy a hacer daño —explicó Zorro exasperada—. Te voy a poner esto. Cuando entre la madre, si no se fija mucho, creerá que te he tomado.

Kia aspiró bruscamente y miró a Zorro con incredulidad.

—¿Y tú qué? ¿A ti no te van a examinar?

Por alguna razón, la pregunta hirió a Zorro en el corazón, pero meneó la cabeza.

—No. Yo soy una cazadora, no me van a examinar.

Kia se reclinó y se echó las cálidas pieles por encima de los hombros.

—Kia, tienes que bajar las mantas. No quiero manchar las pieles de jugo.

Kia se apartó despacio las mantas de los hombros. El frío de la estancia no le hacía temblar tanto como el miedo que sentía. Miró los febriles ojos verdes de Zorro y cerró los suyos de golpe. Se detuvo un momento antes de mostrar sus pechos a esos febriles ojos de animal y casi saltó de las pieles cuando Zorro dijo con voz ronca y acalorada:

—Date prisa, Kia, van a venir dentro de nada.

Kia asintió y se deslizó las pieles por el cuerpo hasta que le llegaron a las rodillas.

—Apártalas, Kia —dijo Zorro suavemente, al tiempo que sus ojos se posaban en Kia por primera vez. Tuvo que recordarse a sí misma que tenía que respirar. Su abuela tenía razón, Kia era preciosa y sería digna de la espera. Zorro no hizo caso del hormigueo que tenía en el estómago ni del calor que sentía entre las piernas y se acercó más—. Abre las piernas —susurró suavemente.

Los cánticos casi habían terminado: era el momento en que se elegía a "la madre". Ésta no era necesariamente la madre de ninguno de los recién unidos. Era un cargo de honor que se asignaba en cada ceremonia de unión. Sin embargo, Zorro no tenía la menor duda de que "la madre" sería la propia madre de Kia, puesto que había sido elegida más que cualquier otra mujer mayor de edad de la aldea. Esperaba que el hecho de que se trataba de su propia hija la llevara a no examinarla demasiado a fondo.

Kia se echó a llorar apagadamente al abrir las piernas con temor. Zorro se sentía mal por asustar a Kia, pero había que hacerlo y tal vez más adelante Kia apreciara la delicadeza con que estaba manejando la situación.

Zorro empujó delicadamente las piernas de Kia para que las abriera más y tuvo que parpadear dos veces para aclararse la vista al ver por primera vez el sexo de Kia. Como una piel sedosa y bella, instaba a Zorro a tocarlo, a explorar su suavidad. Era tan distinto del de Zorro que de repente ésta sintió una vergüenza que no había sentido desde la primera vez que advirtió que su propio sexo estaba cubierto de rizado pelo rojo y no negro, como el de las demás mujeres del Pueblo. Zorro volvió en sí y se colocó entre las piernas abiertas de Kia y se echó hacia delante para poder ver lo que hacía a la escasa luz del fuego.

Extendió el jugo de las bayas sobre los muslos de Kia con dedos temblorosos, sin apartar los ojos del sexo de Kia, pero un leve gemido le hizo levantar la mirada rápidamente para ver que Kia se había tapado los ojos con las manos y estaba llorando suavemente. Zorro ardía en deseos de pedirle perdón por asustarla, pero era la única forma. Estaba segura de que Kia se lo agradecería más adelante. Los cánticos cesaron de repente, indicando que se había elegido a "la madre" y que ésta entraría en la tienda en cualquier momento. Zorro tragó y terminó de pintar los muslos de Kia y luego susurró su nombre.

—Kia, ahora te voy a tocar. No te haré daño, sólo te voy a poner el jugo de las bayas, no grites.

Kia asintió aunque siguió llorando en silencio. Las dos pegaron un respingo por el primer contacto de las manos de Zorro en el sexo de Kia. Zorro pensó por un instante que debería dejar que fuera Kia la que lo hiciera, pero no tenía tiempo de explicárselo, de modo que separó delicadamente los labios del sexo de Kia y con la punta de los dedos, que seguían temblándole de nervios, extendió con cuidado el jugo de las bayas sobre Kia. Ésta se había echado a temblar también y tenía la cara bañada en lágrimas y los ojos cerrados como si agonizara y a Zorro le dolió el corazón por ella. El grito de fuera hizo que Kia abriera los ojos de par en par. Había asistido a suficientes ceremonias de unión como para saber que "la madre" iba a entrar de un momento a otro. Miró suplicante a Zorro.

—Tienes que limpiarte las manos, hay demasiado... —susurró desesperada entre lágrimas.

Zorro buscó frenética a su alrededor algún sitio donde esconder las bayas aplastadas que tenía en la mano. Miró asustada a Kia, no había pensado en esto. Tenían que librarse de las bayas aplastadas o alguien podría darse cuenta. Casi nada más pensarlo, Zorro se metió casi todas en la boca al tiempo que cubría el cuerpo de Kia con el suyo. Kia se quedó tan sorprendida por el repentino movimiento que se le escapó un ligero grito, pero Zorro la hizo callar con una mirada feroz.

—Ayúdame, Kia. —Zorro metió el resto de las bayas en la boca abierta de Kia, encajando las caderas entre las piernas de Kia. Con el corazón desbocado, cubrió la boca de Kia con la suya y la besó por primera vez. De su garganta brotó un leve gemido cuando el sabor de las bayas y de los labios de Kia penetró sus caóticos pensamientos. Zorro pensó que era su imaginación lo que la llevaba a creer que notaba el leve olor almizcleño del sexo de Kia. Volvió a mover los labios sobre los de Kia con la esperanza de recuperar ese ligero sabor a almizcle. Casi al instante se perdió en el beso.

La respiración de Kia era agitada y entrecortada. El sobresalto inicial de tener el cuerpo desnudo de otra persona encima de ella fue desapareciendo y Kia cobró conciencia total de la sedosa humedad que había entre ella y Zorro. Ésta movió las caderas de manera casi imperceptible al principio y luego con algo más de fuerza cuando a Kia se le escapó un leve gemido de entre los labios. Se le llenó el estómago de calor cuando la lengua de Zorro empezó a solicitar delicadamente permiso para entrar en su boca. Se había esperado cualquier cosa menos este beso dulce y cálido que le hacía desear pegarse más a Zorro.

Se oyó una risita detrás de ellas y Zorro alcanzó su cuchillo y se giró bruscamente. "La madre" llevaba una máscara ceremonial, al igual que el jefe durante una unión. Sin embargo, Zorro se dio cuenta por el cuerpo de que efectivamente iba a ser la madre de Kia quien la iba a examinar.

Asintiendo a "la madre" para pedirle disculpas, Zorro dejó el cuchillo y se apartó con cuidado de entre las piernas de Kia, advirtiendo con cierta satisfacción que el jugo realmente parecía sangre y que incluso ella misma se había manchado un poco. Mientras "la madre" estaba inclinada sobre Kia, Zorro se limpió con cuidado la boca con el dorso de la mano. Miró la boca de Kia y se sintió aliviada al ver que no quedaba ni rastro de las bayas. Y al menos Kia había dejado de llorar, aunque todavía tenía la cara completamente mojada.

La madre miró su sexo separando delicadamente las piernas de Kia y observándolo a través de la máscara. Una vez más, Kia apartó la cara avergonzada. A Zorro le pareció que pasaba una estación completa antes de que "la madre" se levantara en silencio, le hiciera a Zorro un gesto de aprobación con la cabeza y saliera de la tienda. El grito de júbilo que hubo fuera de la tienda fue lo que le dijo a Zorro que había tenido éxito con el engaño. Cuando los tambores empezaron a sonar con fuerza, Zorro se dejó caer al suelo llena de debilidad. Lo había conseguido. Kia era suya y nadie podía quitársela. Miró a Kia, cuyo pelo oscuro y sedoso se fundía casi a la perfección con las pieles, y vio que volvía a echarse a llorar suavemente. Le dio la espalda a Zorro y se hizo un ovillo para consolarse a sí misma. La alegría que sentía Zorro por haberse unido por fin a Kia empezó a desaparecer al ver la espalda de su compañera estremecida por la fuerza de sus sollozos.


La celebración duró toda la noche y hasta bien entrada la mañana. Kia lo sabía porque había estado despierta casi todo el tiempo. Le resultaba irreal que hubiera gente celebrando su unión y sin embargo, ella no pudiera encontrar un motivo de regocijo en ello.

Había sido incapaz de pensar en algo que decirle a Zorro mientras miraba a su compañera pelirroja colocar sus pertenencias en su trineo. Los perros blancos de Zorro gimoteaban y tiraban de las correas de cuero que los rodeaban como si percibieran el nerviosismo en el aire. Ni siquiera pudo animarse a darle las gracias debidamente por no empeñarse en una unión en toda regla, como era su derecho, y ahora debía despedirse de su familia y partir con Zorro a un lugar desconocido. Pues nadie sabía realmente dónde vivía Zorro. Siempre había aparecido en el campamento con su abuela y luego sola para comerciar y participar en las cacerías. Kia aún oía a algunos de los hombres protestando al principio ante la idea de permitir que Zorro participara en las cacerías de caribúes. Sin embargo, Nube Blanca había puesto fin a aquello inmediatamente señalando que ni Zorro ni su abuela tenían a un hombre que cazara por ellas, por lo que era lógico que Zorro cazase si no quería morir de hambre. Hubo cierto descontento, pero a Zorro no se le impidió unirse a la cacería y no tardó en convertirse en la mejor cazadora de todos ellos, por lo que nadie volvió a protestar de que participara en las cacerías.

—¿Estás lista? —preguntó Zorro en voz baja, sobresaltando a Kia, que había estado contemplando las negras montañas coronadas de hielo.

—Sí —contestó secamente. Se sentía un poco avergonzada de no haberle dicho más que cuatro palabras a Zorro desde que se despertaron por la mañana, pero realmente no sabía qué decir. Había ocurrido todo tan deprisa que no había tenido tiempo de pensar y mucho menos de hablar. Kia se volvió hacia su madre y la estrechó ferozmente contra su pecho. Éste ya no sería su hogar. Y en menos de un cuarto de ciclo, su familia y todo el Pueblo abandonarían el campamento de invierno para seguir al caribú. Zorro y su abuela nunca se habían trasladado con ellos. Kia estaba segura de que Zorro no iba a cambiar sólo porque ahora estaba unida.

Kia deseaba a menudo poder quedarse y no tener que arrancar sus raíces con cada cambio de estación. Ahora lamentaba ese deseo: esta vez no había cosa que deseara más que marcharse con su familia.

Kia se sentó en el trineo, con sus escasas pertenencias atadas a la parte de delante junto con el abrigo de unión y otros regalos que Nube Blanca le había hecho a Zorro. Kia se volvió para mirar a Zorro, pero ésta tenía una expresión inescrutable. Antes de que pudiera levantar la mano para saludar a su madre por última vez, Zorro se puso en marcha, por lo que Kia tuvo que agarrarse a su cintura para evitar salir despedida por la parte de atrás.

Sin que Kia lo supiera, Zorro estaba perdida en sus propios pensamientos oscuros. Al salir de la tienda de la unión, Lobo Negro la había acorralado.

—Así que te crees un hombre, ¿no?

—No soy un hombre.

—Así es y no eres una cazadora.

Zorro sonrió.

—Soy mejor cazadora de lo que lo serás tú en toda tu vida —dijo con suficiencia, retando con la mirada a Lobo Negro para que la desafiara.

Lobo Negro la miró con furia y luego en sus ojos apareció un brillo malévolo.

—Te crees que has ganado, pero no es así. ¿Qué harás cuando no puedas darle hijos?

—A las dos nos abandonaron, ¡ya encontraremos a quien cuidar! —dijo Zorro con más convicción de la que sentía. Nunca se le había ocurrido que Kia pudiera querer hijos. De hecho, no se le habían ocurrido muchas cosas, como, por ejemplo, que Kia nunca llegara a sentir por Zorro lo que ésta deseaba que sintiera.

Zorro se quedó tan anonadada al pensarlo que se apartó de Lobo Negro sin mirarlo siquiera. Lobo Negro, convencido de que la había herido, entró a matar como un auténtico cazador, gritándole:

—No te preocupes. Cuando no puedas darle placer, ¡volverá corriendo a mí!

Zorro apretó los labios al recordar las palabras de Lobo Negro con la claridad que sólo poseen las palabras hirientes. Estaba tan ensimismada que no advirtió el pequeño tiro de cuatro perros con trineo que la seguía a cierta distancia.


Zorro aflojó las manos y dejó que los perros corrieran hasta su refugio por su cuenta. Observando la zona que rodeaba su hogar con su aguda vista, no vio nada fuera de lo normal y se concentró en descargar las escasas pertenencias de Kia de la parte delantera del trineo. Zorro fue por delante y Kia la siguió al interior de la casa de piedra.

El Pueblo vivía en tiendas construidas con la piel del caribú. Se apilaba nieve a los lados para impedir que el aire frío se llevara las tiendas. Que Zorro pudiera recordar, siempre había vivido en esta casa de piedra con su abuela. Era la única razón por la que no se trasladaban como el Pueblo.

Kia carraspeó cuando ya habían pasado varios minutos sin hablar.

—¿Dónde voy a dormir? —preguntó nerviosa, observando las paredes cubiertas de turba. Lo único que le resultaba familiar de la vivienda era que, como en su tienda del campamento de invierno, el suelo estaba cubierto de suaves pieles.

Zorro tenía varias mantas en los brazos y miró a Kia sin comprender. Se dio cuenta por la expresión nerviosa de Kia de que ésta no quería dormir con ella, de modo que se dio la vuelta y se limitó a decir:

—Te lo enseñaré. —Zorro se esforzó por que no se le notara la decepción en el tono, pero estaba segura de que había fracasado miserablemente—. Ahí. —Señaló la plataforma de dormir que ahora era suya y antes había pertenecido a su abuela. Era el doble de grande que la que estaba al otro lado de la estancia. Las dos estaban a cada lado del fuego para recibir calor.

Kia asintió satisfecha y se puso a mirar la estancia con asombro. Ya había oído hablar de este tipo de vivienda, pero nunca había visto una. Su pueblo nunca construía viviendas permanentes. La suya no era una vida sedentaria. Vivían y se alimentaban de acuerdo con las idas y venidas del caribú y rara vez se quedaban en el mismo sitio más de un cuarto de ciclo.

—¿Esto... esto no se va a caer cuando llegue la nieve?

—No, es fuerte. He vivido aquí toda la vida.

—¿Quién construyó este sitio? —preguntó Kia, cuya curiosidad natural le hizo olvidar por el momento todas sus cuitas. Zorro estaba arrodillada junto al círculo del fuego, haciendo chocar dos trozos de pedernal nuevo que le había dado Nube Blanca, por lo que tardó un momento en contestar.

—Mi abuela y su amor.

—¿Su amor? —Kia se quedó sorprendida. Desde que conocía a la abuela, sólo habían estado Zorro y ella y nadie más y tampoco había oído hablar de un compañero cuando los hombres hablaban de ellas alrededor del fuego.

—¿Y qué fue de él?

—Ella.

—¿Ella?

—Sí, creo que era una mujer.

—¿No lo sabes?

—No, no lo sé. La abuela no hablaba de ella. Y no sé qué fue de ella.

Kia observó mientras Zorro se quitaba parte de la ropa, pues la estancia se había caldeado. Se acercó a un estante y cogió unas cuantas especias.

—Voy a comprobar mis trampas. Nadie viene nunca por aquí, así que estarás a salvo.

Kia asintió, contenta de tener un rato para estar sola y examinar este extraño sitio que iba a ser su nuevo hogar. Zorro se marchó en silencio y Kia soltó un suspiro de alivio y la tensión que sentía en presencia de Zorro fue desapareciendo al asimilar lo que la rodeaba sin esos penetrantes ojos verdes observando todos sus movimientos.

Se sentó en la plataforma de dormir hecha de piedra y miró a su alrededor. Aparte del alegre fuego que ardía en el círculo central, no había ningún adorno. Ni pieles de colores, ni mantas, ni cerámica, nada que revelara el tipo de persona que vivía allí. A lo largo de una pared había un estante hecho con el mismo tipo de piedra del que estaba hecha la casa, con numerosos tarros llenos de algo que parecían especias. Justo enfrente de Kia había una pequeña plataforma de dormir que suponía que era de Zorro. En un rincón había una pequeña muñeca tallada en lo que parecía ser un colmillo de morsa. Kia la cogió y la examinó, con una pequeña sonrisa en la cara. Había visto muñecas así en su propia aldea, pero le sorprendió ver una en posesión de Zorro. Kia dio la vuelta a la muñeca con cuidado y se le borró la sonrisa al ver que alguien se había tomado la molestia de ponerle pelo rojo como el de Zorro. Probablemente mediante las mismas bayas con que Zorro le había manchado el cuerpo para simular el mismo color. Kia se alegró de que alguien hubiera querido tanto a Zorro como para hacerle un juguete así. Ella misma siempre había tenido muñecas como las de las demás niñas. Ningún adulto se había molestado nunca en ponerles ojos o una cara como los suyos. Kia dejó la muñeca en su sitio y continuó su inspección.

El tintineo de algo metálico llamó la atención de Kia. Escuchó por si volvía a oírlo y, efectivamente, se repitió de nuevo, esta vez más cerca que antes. Kia se acercó a la puerta y con cuidado echó a un lado la gruesa piel colgada allí para mirar fuera. El trineo y el tiro de perros le resultaban conocidos, pero era evidente que no eran los característicos perros blancos de ojos azules de Zorro. La aprensión de Kia fue en aumento a medida que se acercaba el trineo. Zorro había dicho que nadie salvo Nube Blanca sabía dónde vivía, pero ahora se acercaba un desconocido y, por la trayectoria de los perros, se dirigían a propósito hacia la casa de Zorro. Kia se preguntó difusamente si debía esconderse. Había oído historias horribles sobre lo que les hacían los pekehas a las mujeres del Pueblo si las encontraban solas. La propia Kia nunca había visto a uno y esperaba no verlo jamás. Una orden áspera y brusca le reveló a Kia al instante quién se acercaba y aunque su cuerpo se relajó ligeramente, en su cara se formó un ceño preocupado.

¿Por qué venía Lobo Negro hasta aquí? Zorro y él no habían hecho más que mirarse con rabia cada vez que entraban en contacto, después del incidente durante la caza de la ballena.

Lobo Negro detuvo a sus perros justo delante de la casa, sin molestarse en ponerlos a refugio. Se bajó de los esquíes de su trineo y se acercó a la casa, con cara de determinación. Kia esperó a que Lobo Negro estuviera más cerca antes de preguntar preocupada:

—¿Ocurre algo, Lobo Negro? ¿Por qué has venido?

Lobo Negro se detuvo delante de Kia y dijo cortésmente:

—Deseo hablar contigo, Kia.

Kia asintió y se apartó de la puerta. Lobo Negro entró en la casa de piedra y miró a su alrededor como si esperara que el techo se fuera a hundir, como había hecho Kia.

—¿Por qué has venido, Lobo Negro? Si Zorro te encuentra aquí, no te va a dar la bienvenida.

Lobo Negro se volvió furioso hacia Kia, olvidando por el momento su asombro ante la casa de piedra. Como Kia, nunca había visto un hogar permanente. Todo el Pueblo e incluso otras tribus con las que entraban en contacto vivían en tiendas o en iglués construídos casi enteramente de nieve. Los asentamientos se podían desmontar y trasladar enteros en cuestión de días. Era su forma de vida. Esta vivienda y sus dos viviendas más pequeñas estaban construídas para soportar las fuertes nevadas del invierno, así como para mantener el aire fresco en el verano. Siempre se había preguntado cómo sobrevivían Zorro y su abuela en un solo lugar.

—Me da igual que no me dé la bienvenida. ¡He venido para hablar contigo! —gruñó Lobo Negro con rabia antes de poder controlarse. Suavizó el tono y continuó—: No he venido para hablar con esa... con Zorro. He venido para hablar contigo.

—¿Conmigo? ¿Por qué? —Kia frunció el ceño de nuevo. Lobo Negro y ella rara vez se hablaban, ni siquiera para saludarse. Él se había burlado de ella sin piedad cuando eran pequeños, pero aparte de eso, no había habido ofrecimientos de amistad por parte de ninguno de los dos.

—Kia, he venido para llevarte de vuelta al campamento de invierno.

—¿Le pasa algo a mi madre? —preguntó Kia, buscando frenética su abrigo.

—No, está bien, todos están bien.

Kia se detuvo y miró interrogante a Lobo Negro.

—¿Entonces por qué estás aquí? ¿Por qué tengo que volver?

—Estoy aquí porque no te corresponde estar con esa... con esa... pekeha. Yo soy con quien te tienes que unir. Esto, —agitó la mano con desdén—, no es el lugar que te corresponde, tu sitio está con el Pueblo como madre de mis hijos. —Al decir esto, Lobo Negro se irguió cuan alto era. En su mente no cabía duda de que Kia le agradecería que la rescatara.

Kia se quedó boquiabierta al oír las palabras de Lobo Negro.

—Lobo Negro, estoy unida. Lo que dices haría que mi padre nos desterrara a los dos del Pueblo. Estoy unida a Zorro —declaró Kia, pasmada al ver que Lobo Negro se atrevía a desafiar la ley.

—No puedes estar unida a ella. Es una mujer. ¿Cómo puede darte lo que te puedo dar yo?

—No puede —contestó Kia con sinceridad. Al mirar a Lobo Negro moviéndose por el hogar de Zorro con desprecio, se preguntó si en realidad había querido alguna vez lo que le ofrecía. Estaba a punto de decir, "Y tampoco lo desea", cuando Lobo Negro la interrumpió.

—¡Entonces estás de acuerdo conmigo! —dijo Lobo Negro con satisfacción y una sonrisa de triunfo en la cara—. Coge tus cosas, vamos a ver a tu padre. Le explicaremos que así no es como deberían ser las cosas. No puedes quedarte con alguien que no te da placer ni hijos. Ella no te puede dar ninguna de las dos cosas. —Dio la espalda a Kia y se acercó a la plataforma de dormir más pequeña, donde cogió la pequeña muñeca que la abuela de Zorro había hecho para ella y con una carcajada despreciativa la volvió a tirar sobre la piedra, sin molestarse en ponerla de nuevo donde la había encontrado. Lobo Negro ya se había puesto a pensar en lo que le diría al tonto del padre de Kia. Estaba seguro de que podría convencerlo para que viera las cosas como él. Lobo Negro ni se molestó en volverse para mirar a Kia. Estaba convencido de que simplemente seguiría sus órdenes.

—¿Lobo Negro? —dijo Kia, en un tono que hasta a ella le sonó apocado. Lobo Negro se volvió y al ver que Kia no se había movido, empezó a poner mala cara. Tendría que enseñarle que cuando él decía que hiciera algo, esperaba que lo hiciera deprisa. Ya tendría tiempo para eso después de la unión—. Quiero que te vayas de mi casa.

Lobo Negro se quedó rígido y se le oscureció la piel de rabia al asimilar las palabras de Kia.

—¿Tu casa? Ésta no es tu casa, es la casa de esa... de ese demonio blanco.

Kia sintió que se le llenaba el pecho de rabia y miró a Lobo Negro con dureza. Aunque tenía miedo de Zorro, sabía lo hirientes que podían ser las palabras de Lobo Negro y no deseaba que Zorro se sintiera como se había sentido ella hacía tantos ciclos.

—¡No es un demonio! Es como yo y es mi compañera. Aquí ya no eres bien recibido. Por favor, vete.

—Kia... —Lobo Negro se puso pálido al ver la expresión resuelta de Kia. Luego se sonrojó al darse cuenta de que la había perdido.

En realidad, nunca había sido suya, pero esto le daba aún más motivos para odiar a la que llamaban Zorro.

—Kia, ven conmigo. —Lobo Negro alargó furioso la mano para agarrar a Kia del brazo. Kia se apartó bruscamente, ante lo cual Lobo Negro se la quedó mirando sin dar crédito.

Kia se irguió ante él cuan alta era. Con la rabia, no se molestó en encorvar los hombros. Apretó los labios.

—Por favor, vete y no vuelvas. He dejado claros mis deseos. Estoy unida.

—Si no vienes conmigo ahora, tomaré a Miko como compañera. Tendrás que quedarte aquí con esa pekeha.

A Kia le dieron muchas ganas de decirle a Lobo Negro que prefería quedarse aquí con Zorro antes que unirse a él, pero no dijo nada, simplemente se acercó a la puerta y apartó la piel, diciéndole con los ojos lo que no expresaba con la boca.

Lobo Negro fue a la puerta sin mirar a Kia. Anonadado por su propio fracaso a la hora de apartar a Kia de una mujer, dijo:

—Me casaré con Miko esta noche. Si vienes a mí antes de entonces, me uniré a ti en cambio. —Cruzó la puerta sin imaginarse siquiera el grado de odio y asco que sus últimas palabras habían provocado en Kia. Hubo un tiempo en que aceptaba que algún día acabaría unida a Lobo Negro. Ahora se daba cuenta de que unirse a él habría sido el peor error que podría haber cometido. Kia dejó caer la pesada piel en su sitio delante de la puerta y se volvió hacia el fuego. Tenía que agradecerle a Zorro el haberla salvado de ese error.


Un copo de nieve bajó volando del cielo y se posó delicadamente en el extremo de unas pestañas de color claro. Cambiando rápidamente de sólido a líquido, se movió en forma de gota de agua solitaria por la pestaña y se metió en un ojo abierto. Zorro no parpadeó: estaba paralizada mirando el trineo de Lobo Negro que bajaba por el otro lado de la colina hasta desaparecer de su vista. Zorro se quitó la capucha de la cabeza como si eso la fuera a ayudar a verlo mejor. Sus ojos se clavaron sin parpadear en el punto donde lo había visto por última vez. Una rabia tan ardiente como el pelo que ahora se agitaba alrededor de su cara pálida subió por su cuerpo hasta que su puño abrasador se aposentó satisfecho en su corazón. Pensó en ir tras él, pero le costaría alcanzarlo antes de que llegara al campamento de invierno. Nolo, el perro guía de Zorro, se volvió para mirar a la mujer inmóvil que tenía detrás y gimoteó un poco pidiendo sus órdenes. Zorro lo miró en silencio y con un suave silbido, empezaron a moverse despacio hacia casa. Zorro soltó a los perros de los arneses más despacio que de costumbre. Ni siquiera cuando Lobo Negro le lanzó el arpón se había sentido tan furiosa como ahora.

Kia volvió a colocar cuidadosamente la pequeña muñeca en la esquina de la plataforma y se puso a explorar el resto de la vivienda. Para ella fue algo natural empezar a limpiar y a colocar sus pieles de dormir y estaba tan contenta canturreando por lo bajo cuando oyó el crujido de las raquetas de Zorro que se acercaba a la puerta. Zorro entró en su hogar y tuvo que parpadear dos veces para darse cuenta de que efectivamente no se había equivocado de casa.

—Te has instalado, bien —dijo Zorro tensamente al advertir que Kia parecía contenta y que ya no caminaba con los hombros encorvados como en las muchas otras ocasiones en que Zorro la había observado.

—He pensado que si colocaba mis cosas, no echaría tanto de menos mi casa.

Zorro asintió, se sentó en la pequeña piedra que había al otro lado del fuego y empezó a quitarse las botas. Kia la miró como hipnotizada y por fin se lanzó hacia delante para ayudarla.

—Deja que te ayude. —Agarró la bota de Zorro y se puso a tirar.

Zorro pegó un respingo y le apartó las manos como si hubiera hecho algo malo.

—Me puedo quitar las botas yo sola —gruñó.

Kia se echó hacia atrás como si Zorro le hubiera pegado y retrocedió confusa. Su madre siempre había ayudado a su padre a quitarse las botas cuando llegaba a casa. Era la costumbre.

Zorro se quitó las botas y se quedó mirando la tela que le mantenía los pies calientes e impedía que las botas le hicieran rozaduras al caminar.

—Yo no soy un hombre. No deseo que se me trate como tal. —Zorro se levantó y se puso a preparar la carne para el fuego. Kia observó atónita mientras Zorro preparaba la comida con mano experta.

Por fin, Zorro miró a Kia, que observaba en silencio.

—¿Tienes hambre?

—Sí. —Kia había decidido que sólo hablaría cuando se le dirigiera la palabra y que haría lo que se le ordenara hasta que pudiera comprender mejor a esta persona tan extraña. Se quedaron sentadas así largo rato, ninguna de las dos dispuesta a hablar. Kia se conformaba con su reciente libertad y Zorro bullía como el conejo que se estaba cocinando en el fuego. Con la rabia, empezaba a creer que Kia había permitido a Lobo Negro unirse a ella. No se le había ocurrido pensar que Kia pudiera hacer una cosa así. Por eso había estado dispuesta a esperar para unirse a ella, conformándose con el hecho de que su unión ya había sido bendecida.

Zorro se acercó al estante y cogió un cuchillo y dos cuencos de piedra. Cortó dos grandes piezas de carne del conejo que se asaba al fuego y le entregó la más grande a Kia. Las dos comieron en silencio pero con hambre.

—No quería ser tan brusca contigo —dijo Zorro al cabo de unos cuantos bocados.

Kia apartó los ojos de la suculenta carne y se encontró con la firme mirada verde de Zorro.

—Lo comprendo. —En realidad no lo comprendía. Zorro la había regañado por hacer algo que era su deber. ¿Por qué otras cosas iba a ser reprendida?

Zorro asintió y volvió a concentrarse en su cuenco. Tomó dos bocados más y luego empezó a comer más despacio y se quedó mirando el cuenco sin ver. Se preguntó si Kia le hablaría de la visita de Lobo Negro. No sabía cómo sacar el tema, de modo que se quedó en silencio hirviendo de rabia.

Kia observó en silencio mientras Zorro sacaba varias trampas de su zurrón hecho de piel de caribú y se ponía a comprobarlas con seriedad. Durante horas, Kia se quedó mirando a Zorro mientras ésta trabajaba en las trampas hasta que todas estuvieron limpias. Las volvió a meter con cuidado en el zurrón. Kia pensó por un momento en contarle a Zorro lo de la visita de Lobo Negro, pero decidió que eso no le haría ningún bien a nadie.

Cuando Zorro se dio cuenta de que Kia no le iba a hablar de la visita de Lobo Negro, sus peores temores se vieron confirmados.

—Es hora de dormir —dijo con tal brusquedad que Kia se sobresaltó y estuvo a punto de dejar caer la piel que había estado cosiendo. Se levantó rápidamente y se desnudó, con cuidado de no mirar a Zorro mientras lo hacía. Kia se acostó rápidamente y volvió la cara hacia la pared cuando Zorro empezó a desnudarse.

Apartando las pieles que estaban enrolladas y colocadas pulcramente bajo la plataforma de dormir, la furia de Zorro se calmó un poco al advertir que Kia había extendido hierbas blandas debajo para que la superficie no fuera tan dura al echarse.

Zorro se acostó e intentó cerrar los ojos con fuerza para ahuyentar los pensamientos que se negaban a dejarla dormir. Los recuerdos de Lobo Negro marchándose apresuradamente de su casa hacían que Zorro se estremeciera de rabia. Los recuerdos de la piel de Kia debajo de ella y el sabor de las bayas en sus labios llevaron a Zorro a aferrar con ira sus pieles de dormir. Por fin, como el puñal en el corazón que pretendían ser, las palabras de Lobo Negro atravesaron el corazón de Zorro, que se incorporó en la cama casi sin aliento. Miró al otro lado del fuego el lugar donde estaba echada Kia.

No iba a permitir que esto siguiera adelante. Kia era su compañera: era deber de las dos consolarse mutuamente. Zorro fue a la plataforma de dormir donde estaba acurrucada Kia y alargó la mano para apartar las pieles. Sólo quería dormir a su lado. Esperaría a que saliera el sol para hablar de Lobo Negro.

—¿Qué haces? —preguntó Kia en voz alta, incorporándose. Al instante, Zorro empezó a arder de rabia y vergüenza. ¿Cómo se atrevía? No iba a consentir que le hiciera sentirse como una extraña en su propio hogar.

—Eres mi compañera.

—Lo sé.

—Entonces debes yacer conmigo.

—Sé cuáles son mis deberes, pero... —Kia estaba confusa. Se había resignado a la idea de que tendría que cumplir con sus deberes, pero como Zorro no había insistido, había supuesto que le iba a permitir tomarse su tiempo para acostumbrarse a la idea. Con el estómago atenazado, vio que Zorro se apartaba.

Zorro buscó desesperada su abrigo de unión y por fin vio la piel blanca embutida debajo de su plataforma de dormir como si fuera algo sin importancia. Por alguna razón, esto también contribuyó a que su rabia ardiera con fuerza. Sacó el abrigo y se lo puso y luego volvió a la plataforma de dormir más grande donde Kia estaba sentada mirando temerosa, sujetándose las pieles sobre el pecho como para protegerse.

—¿Me vas a rechazar, Kia?

Kia tragó con dificultad. ¿Podía rechazar a Zorro? Hacerlo sin duda haría que la devolviera al campamento de invierno. Y eso supondría la vergüenza para Nube Blanca y Sunni. Por mucho miedo que tuviera, Kia no estaba dispuesta a hacer eso.

—No, no te... no te rechazo, Zorro —dijo en voz tan baja que temió tener que repetirlo para que la oyera.

—Pues échate —dijo Zorro, con tono grave y tenso.

Kia hizo lo que se le ordenaba. Zorro se abrió el abrigo para que Kia pudiera verlo todo, incluido el vello rojo que le cubría el sexo delicadamente.

Kia recordó lo que le había dicho Sunni. Una mujer debe someterse a las necesidades de su compañero. Es su deber, pero eso no quiere decir que le tengan que gustar. No es bueno parecer bien dispuesta la primera vez; si no, tu compañero podría considerarte una mujer fácil. Kia tenía miedo: no sabía por qué de repente Zorro estaba tan enfadada con ella, pero lo peor de todo era que no sabía qué se esperaba de ella. Kia aferró las pieles que tenía debajo del cuerpo y apartó la cara para no ver a Zorro. Sunni le había dicho muchas cosas. Pero Zorro era diferente, no era un hombre.

Kia se sobresaltó al sentir unas manos cálidas que le tocaban el hombro. Su primer impulso fue apartar esas manos, pero se contuvo.

—Kia, no tengas miedo. —La voz de Zorro parecía nerviosa al decir su nombre, pero Kia se negó a mirarla.

Zorro había querido decirle lo que sentía. Lamentaba haber sido tan brusca, pero ahora sentía que la rabia le ardía en el pecho y tuvo que parpadear varias veces. Sabía que Kia no había deseado sus atenciones, que incluso le había rogado a su padre que no la obligara a casarse con Zorro. Ésta había actuado como si simplemente siguiera la tradición, pero deseaba a Kia con una pasión tal que no tenía palabras para expresarla. Aunque sólo la había visto unas pocas veces, pensaba en ella casi todas las noches antes de dormir.

Zorro se echó encima del cuerpo de Kia, con el cuerpo tembloroso al entrar en contacto con Kia de una forma tan absoluta. Las palabras de Lobo Negro ardían en su mente: "No te preocupes. Cuando no puedas darle placer, volverá corriendo a mí".

—Kia, por favor, ¿quieres mirarme?

Pero Kia no quería mirar a Zorro por temor a estallar en lágrimas. Le temblaba el cuerpo de miedo y nervios, sintiendo el cuerpo más pequeño que la cubría, tocándola en sitios que sólo las personas unidas tenían derecho a tocar.

Te daré placer, Kia. No te voy a dar motivos para que me dejes, pensó Zorro, mirando el pelo oscuro de su compañera. Le voy a decir ahora que la amo y entonces lo entenderá.

El abrigo las tapaba a las dos por completo, no debería haber tenido frío, pero lo tenía.

—Kia, mírame, por favor.

—No, no puedo. —Kia se sentía toda confusa. Sin duda le faltaba cierta información que explicara por qué sentía tantas emociones en guerra unas con otras.

—Por favor, Kia.

Kia se limitó a hacer un gesto negativo con la cabeza, negándose incluso a dar una respuesta en voz alta. Zorro se sintió como si acabara de caer al agua durante una cacería de la ballena. Se le quedó el cuerpo paralizado al darse cuenta de que lo que le había dicho Lobo Negro era cierto. Kia quería ser la compañera de él y seguro que le había permitido gozar con ella. Rechazaba a Zorro porque pensaba que ésta la devolvería a sus padres si descubría que ya había sido probada.

—No te voy a devolver, Kia. No pienso hacerlo. —Dicho esto, Zorro cerró los ojos y bajó la cabeza. Con sus piernas más cortas y fuertes, separó los muslos de Kia y empezó a moverse sobre ella. Kia se encogió al notar la humedad en su muslo, pero aparte de eso, no hizo el menor gesto para impedir lo que estaba pasando. Como le había dicho su madre, se quedó lo más quieta posible, esperando que acabara pronto.

A Zorro se le escapó un gemido de la garganta al moverse sobre las largas extremidades de Kia. Recordando lo que había aprendido en aquella embarazosa estación en que le confesó a su abuela por primera vez sus sentimientos por Kia, se movió más despacio y empezó a frotar el pecho de Kia. Ésta pegó un respingo debajo de ella, por lo que Zorro siguió adelante. Tragó acaloradamente y luego aplicó la boca al pecho de Kia. Ésta empezó a debatirse débilmente, pero Zorro se aferró a ella, rodeándola con sus fuertes piernas, y siguió chupando. Bajó rápidamente la mano por el cuerpo de Kia hasta alcanzar el triángulo del sexo que sólo había visto cuando Kia creía que estaba dormida. El tiempo pareció detenerse cuando la mano de Zorro cubrió el oscuro triángulo del sexo y sus dedos se hundieron en la humedad que encontró allí como un manantial caliente. De la garganta de Zorro brotó un gemido que sobresaltó a Kia por su tono primitivo.

Kia cerró los ojos con fuerza, se puso rígida y se quedó lo más quieta posible.

—Por favor, Kia —susurró Zorro entrecortadamente. Quería que Kia se entregara a ella, que aceptara lo que le ofrecía, que no le hiciera sentirse como si se lo estuviera arrebatando a la fuerza.

Sus movimientos sobre el cuerpo alto y delgado empezaban a ser espasmódicos y aunque Kia estaba cada vez más excitada, todavía no se había movido y seguía sin mirar a Zorro. No sabía qué era lo que se esperaba de ella, de modo que estaba ahí echada sintiendo una oleada de emoción que no era capaz de describir.

"No debes sentir placer antes de que lo sienta ella, pues eso sería egoísta y pensará que no la amas". Zorro oyó el recordatorio de su abuela y casi al instante redujo la intensidad de sus movimientos.

Kia se mordió el labio y contuvo la respiración. Se preguntó si ya se había acabado. Los movimientos de Zorro eran más lentos. Kia notó la primera contracción de un calambre en la pierna por haberse mantenido tan inmóvil. Trató de no hacer caso, pero siguió trepándole por la pierna como un terco tejón. Se le dobló la pierna y sin darse cuenta, al cambiar de postura, se apretó con más fuerza contra Zorro, que seguía moviéndose despacio encima de ella.

—Oh... no —gimió Zorro al oído de Kia y al instante se puso a temblar. Kia no sabía si apartarse de ella o quedarse quieta como se le había dicho—. ¡Kia! —gimió Zorro al apretarse contra la suavidad que tenía debajo y tras sus párpados estallaron chispas de luz al tiempo que el calor inundaba sus partes inferiores. Notó que su cuerpo se contraía sobre Kia y cada contracción parecía más placentera que la anterior.

Zorro alzó la cabeza para mirar a Kia, con una decepción tan grande que tenía ganas de llorar, cosa que no había hecho desde la muerte de su abuela. Kia se volvió por fin y miró a la mujer que yacía encima de ella y sólo vio pesar y tristeza. De modo que cerró su corazón y su mente ante Zorro y apartó la cabeza y de esa forma, sin saberlo, le hizo más daño del que podría haberle hecho un arpón de púas.

Zorro se apartó con dificultad de la plataforma de dormir y se puso de pie. Cerrando el abrigo alrededor de su cuerpo, se quedó mirando a la mujer que era su compañera y sintió rabia, esta vez por su propia incapacidad.

—No volveré a tocarte —juró rabiosa. Fue hasta el fuego y metió dos paños en el agua caliente. De espaldas a Kia, se limpió, casi llorando al sentir las contracciones que todavía le recorrían el cuerpo, como para recordarle que no se le iba a permitir olvidar el placer.

Se acercó a Kia, que se había tapado con una piel pero seguía echada con la cabeza vuelta para no mirar a Zorro. Ésta le dejó el paño mojado en el pecho, lo cual hizo que levantara la vista con ojos llorosos y asustados.

—Lávate —le ordenó antes de ir al otro lado de la estancia y, dando la espalda a Kia, se tumbó y fingió quedarse dormida. No tenía fuerzas para quitarse el abrigo. Estaba tan segura de que no tenía la menor posibilidad de obtener el amor de Kia que lo único que deseaba era cerrar los ojos y dormir, con la esperanza de que la espantosa soledad que sentía por lo que había hecho fuera desapareciendo.

Kia se quedó petrificada un momento y luego cogió el paño y se limpió como se le había ordenado. A la luz vacilante, apenas veía el abrigo que todavía llevaba puesto Zorro.

Zorro hundió la nariz en el abrigo que llevaba, aspirando profundamente, e hizo una mueca por el placer doloroso que la atravesó cuando el olor de Kia le acarició la nariz y le alborotó los sentidos. Oh, abuela, no me quiere, no me quiere... Esto fue lo último que pensó antes de sumirse en una duermevela abatida.

Kia dejó que le resbalaran grandes lágrimas por las mejillas mientras se quitaba del cuerpo los restos de la necesidad de Zorro. Había intentado quedarse lo más quieta posible y creía que Zorro estaba disfrutando, pero por la reacción de Zorro, ahora pensaba que se había equivocado. Se hizo un ovillo y se quedó mirando la pared sin ver. En su mente no había duda de que Zorro la devolvería al campamento de invierno al día siguiente por no darle placer. Kia lloró hasta quedarse dormida. Sus sueños se llenaron de imágenes de Zorro gozando con otras mujeres del Pueblo mientras Kia miraba sin poder impedirlo.


Durante varios días Zorro y Kia se dirigieron la palabra sólo cuando era necesario. Zorro estaba llena de dolor y no sabía qué hacer para remediarlo y Kia estaba muy confusa y asustada. Aunque intentaba no pensarlo, su mente volvía una y otra vez a la noche en que Zorro había acudido a ella. Zorro no le había hecho daño, de hecho, había intentado que estuviera a gusto, pero Kia estaba tan asustada que no había sabido qué hacer. Por un lado, Kia tenía miedo de Zorro, pero por el otro, tenía miedo de que Zorro la devolviera a casa con deshonra.

Los días se fueron haciendo más cortos. Kia advirtió que cada vez con más frecuencia, Zorro volvía a casa y caía exhausta en las pieles de la cama, a veces sin molestarse siquiera en saludar a Kia. Generalmente se había ido antes incluso de que Kia se despertara. En días así, Kia sentía la soledad y desolación absolutas de vivir fuera del campamento de invierno como si tuviera un puñal clavado en el corazón. No tenía a nadie con quien hablar y a nadie con quien compartir las cosas. Sólo una compañera que tenía que hacer un esfuerzo para decirle dos palabras seguidas.

Zorro sufría tanto como Kia, si no más. Quería disculparse por empeñarse en que Kia se uniera a ella, pero la idea de volver a estar con ella nunca estaba muy lejos de sus pensamientos. Cada vez que la miraba, sentía la necesidad de estar más cerca de ella, de tocarla de alguna manera. Lo único que se lo impedía era la promesa que había hecho llevada por la rabia y la vergüenza.

Sin embargo, a medida que los días se acortaban, Zorro empezó a temer que Kia la dejara. Al principio eran pequeños detalles. Kia la observaba cuando creía que Zorro no miraba. Se sobresaltaba cuando Zorro se acercaba demasiado. Seguía ocultándose al quitarse la ropa para lavarse. Y murmuraba en sueños. Fueron estos detalles los que impulsaron a Zorro a olvidar su rabia con la esperanza de conseguir que Kia se quedara con ella. La idea de que Kia se marchara hacía que Zorro se sintiera como si nunca más pudiera volver a entrar en calor.

Zorro introdujo el cuchillo por la piel y luego cortó las patas del conejo y se las dio a los perros. No tenía la mente en lo que estaba haciendo, pero eso no suponía el menor peligro para Zorro. De ser necesario, podía cazar y desollar conejos en plena tormenta de nieve. Su mente estaba concentrada únicamente en Kia. Deseaba tanto estar con ella... ¿cómo podía haberse equivocado tanto? Había visto lo cariñosa que era Kia con sus amigos y su familia. ¿Por qué Kia no estaba dispuesta a darle una oportunidad? Las palabras de Lobo Negro flotaban ominosamente por encima de Zorro desde el día en que las pronunció. Una vez más, Zorro se sintió llena de rabia al pensar en Kia, su compañera, yaciendo con Lobo Negro, dándole a él el placer que se negaba a darle a ella. De repente, Zorro se quedó helada, levantó la vista para mirar el desolado cielo gris y a sus perros, sorprendentemente silenciosos, y se esforzó por contener las ganas de llorar. En su cabeza, se repitió una pregunta a la que nadie salvo Kia podía responder. ¿Por qué no puede amarme?


PARTE 2


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