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Capítulo 16


Annie se terminó su cerveza y me sonrió ligeramente. Tenía un leve rubor en las mejillas magulladas, que relucían sensualmente. Se me alegraba el corazón sólo con mirarla. Sentía que mi búsqueda de la otra mitad de mi alma había terminado. Sabía, con sólo mirarla a los ojos, que nunca más tendría que preocuparme por encontrar el amor.

Las mujeres sentadas alrededor de la hoguera por fin habían desistido de que les cantara otra canción. Pensé que diez canciones eran más que suficientes para una velada. Me dolían los dedos de tanto tocar. Lo estaba pasando en grande con Annie y sus amigas. Creo que Mary por fin captó la idea de que babear mirando a alguien fijamente era una grosería. Creo que la regularidad con que Betsy le tiraba piedrecitas le hizo darse cuenta. Fuera lo que fuese, lo agradecí.

Nos quedamos sentadas en agradable silencio mientras la noche continuaba. Cantamos muchas canciones juntas y creo que por fin alcancé mi límite de alcohol. Sabía que tenía que mantenerme alerta o la pequeña Frankie me iba a meter en problemas.

Graves problemas.

—¿Frankie? —Annie me miraba con la cara sonrojada.

—¿Sí?

—Me alegro muchísimo de que hayas vuelto —dijo, cogiéndome la mano.

—Yo también. Lo estoy pasando estupendamente esta noche —sonreí.

Dios, Frankie, ¿puedes ponerte un poco más cursi?

—Y yo.

Era tan preciosa.

La noche era absolutamente perfecta.

Hasta que apareció él.

—¿¡ANNIE!? ¿DÓNDE COÑO ESTÁS? —gritó Billy.

Su voz sonaba más cerca de lo que estaba en realidad. Vimos que venía hacia la playa tambaleándose.

—Oh, mierda. Dios, creía que se había terminado —dijo Annie con la voz temblorosa.

—Vosotras marchaos de aquí, nosotras nos ocuparemos de Don Maravilloso —dijo Betsy, levantándose con su grupo.

—Sí, venga, rápido, antes de que os vea —insistió Mary.

—¡Venga, Annie, vámonos! —dije a toda prisa.

Cogí a Annie de la mano y tiré de ella para echar a correr por la playa en la dirección opuesta. Cogí una manta de uno de los troncos y envolví a Annie en ella, con la esperanza de que Billy no la viera. Corrimos lo más deprisa que pudimos, sin soltarnos la mano ni un momento. De vez en cuando nos volvíamos para mirar y vimos que Billy daba tumbos de borracho alrededor de la hoguera. Era evidente que no le hacía gracia que Annie no estuviera allí.

Te chinchas, gilipollas. Ya no va a volvar a ser tu saco de entrenamiento.

—Creo que ya podemos parar —dije, tratando de recuperar el aliento.

—¡Maldito sea! ¿Por qué demonios no me puede dejar en paz? —Annie estaba cabreadísima. Se quitó la manta y se puso a dar vueltas—. Y encima lo estaba pasando genial. ¡Que le den por culo! —gritó y se puso a pasear alzando las manos por encima de la cabeza mientras seguía gritando—: ¿Por qué?

—Sabe lo que ha perdido —dije casi en un susurro.

Volvió la cabeza para mirarme.

—¿Qué has dicho? —dijo, acercándose a mí despacio.

—He dicho que sabe lo que ha perdido. —Vamos allá—. Annie, eres la mujer más bella que he visto en mi vida. Tienes un espíritu increíble y un amor inmenso por la vida y la gente que hay en ella. Con las cartas que te ha tocado jugar en la vida, no hay mucha gente que pudiera compartir tu pasión. Tienes el corazón más cálido que he visto nunca. Metafóricamente hablando, claro.

Sus ojos no se apartaban de los míos. Parecía que se iba a echar a llorar.

No, lágrimas no. Dios, por favor, lágrimas no. Aaah... jo...

Se le contrajo la cara al tiempo que se tapaba la boca con la mano. Los ojos se le inundaron de lágrimas al instante y se lanzó hacia mí. Su cálido abrazo era lo único que yo necesitaría jamás.

Ahora lo sabía.

—Shh... tranquila, Annie, estoy aquí —le susurré suavemente al oído.

Apoyé la mejilla en su cabeza mientras la acunaba despacio de lado a lado.

—¿Por qué, Frankie? —sollozó.

—¿Por qué el qué, corazón? —pregunté delicadamente, sabiendo lo que iba a decir.

—¿Por qué he dejado que me traten como a una mierda tanto tiempo? ¿Por qué he tardado tanto en hacerme valer? ¿Por qué he tenido que conocerte para que mi vida tenga sentido? No lo entiendo.

—Annie, nadie sabe por qué ocurren las cosas. Hay una razón para todo lo que pasa en la vida. Nadie va a volver a hacerte daño, Annie. Te lo prometo. Haré todo lo que pueda para asegurarme de que cumplo esa promesa durante toda mi vida. —La estreché contra mí.

—Gracias, Frankie. Eso significa muchísimo para mí. Nunca hasta ahora había podido mostrar mis emociones con tanta facilidad. ¿Qué es lo que tienes que consigues resquebrajar todas mis defensas? —Se arrimó más a mí. Noté que me empezaba a latir el corazón con fuerza y supe que ella lo oía.

—Annie, tengo que decirte una cosa. —Tenía que advertirle antes de que esto se nos fuera de las manos.

Me soltó y empezó a secarse las lágrimas.

—¿El qué, Frankie?

—No soy quien crees que soy.

—¿Qué? —Me miró con los ojos verdes como platos.

—Quiero decir que... Dios... soy quien soy, sólo que no soy de aquí.

Vale, eso tiene mucho sentido. Tú sigue, campeona.

—Frankie, ¿qué intentas decir? Me estás confundiendo.

No eres la única.

—Annie, vamos a sentarnos ahí. Tengo que contarte un secreto que te he estado ocultando —dije, señalando unas rocas cerca de la orilla—. Para esto te va a hacer falta estar sentada —le aseguré.

—¿El secreto, Frankie?

—Sí, el secreto —dije muy seria.

Llegamos a las rocas y nos sentamos. Decir que estaba nerviosa sería el mayor eufemismo del año. Sentía que se me aceleraba el corazón cada vez que intentaba abrir la boca para desembuchar la verdad sobre mi existencia.

—Esto me resulta muy difícil de explicar, Annie, así que, por favor, dame un segundo para que ponga en orden mis ideas.

—Claro, Frankie. Dime cuándo estás lista —me animó y asentí mostrando mi acuerdo.

La verdad, Frankie. Dile la verdad. Respira hondo... ahora díselo.

—Supongo que la mejor manera de describirme a mí misma y lo que soy es... —Me callé.

—¿Qué eres, Frankie? —Me miraba como si de verdad me hubiera salido otra cabeza.

—A ver cómo te lo digo, Annie. —Me callé para volver a armarme de valor—. Lo que intento decirte es que soy de otra época.

Hala, ya lo he dicho. ¿Ves? No ha sido tan difícil. Sigue aquí sentada contigo y se está riendo. ¡Oh, Dios mío! Se está riendo de mí.

En la cara de Annie se había formado una gran sonrisa de oreja a oreja. Se esforzaba por reprimir la risa que parecía haberse adueñado de su cuerpo.

—Lo... lo siento, Frankie. Me ha parecido que acabas de decir que eres de otra época. ¡Dios! ¡Jajaja! ¡Oh, Frankie, gracias, qué falta me hacía! —Siguió riéndose y mi cara permaneció seria. Me miró y poco a poco su risa se fue apagando al darse cuenta de que yo no había cambiado de expresión—. No lo dirás en serio, Frankie. —Ni me inmuté—. ¿Cómo puedes esperar que me crea eso?

—Porque es la verdad. No puedo pedirte que te lo creas, sólo necesito decírtelo —terminé al tiempo que Annie se levantaba de la roca y se ponía a dar vueltas por la arena.

—Esperas en serio que te diga que te creo, ¿no?

—Sí. —Ahora noté la frialdad de su mirada. Se acercó a mí y me cogió de los brazos.

—¿Por qué haces esto? —exclamó—. ¡No lo entiendo! —dijo, zarandeándome. Puse mis manos encima de las suyas e intenté calmarla.

—Annie, ¿cómo si no explicas mi misteriosa desaparición la última vez que nos vimos? No me quedé dormida en la camioneta, Annie. En mi tiempo, estaba dormida. Esto era un sueño, es un sueño para mí. —Solté un resoplido de exasperación. No sabía cuánto más iba a aguantar Annie.

—¡¿Un sueño?! ¿Qué demonios quieres decir con que es un sueño? ¡Frankie, esto es la realidad, cielo! Mira a tu alrededor. ¡Yo estoy aquí! ¡Tú estás aquí! ¡Esto es la vida real! ¡¡¡Esto es agua real, arena real y aire real!!!

Me di cuenta de que no se lo iba a tragar en absoluto.

Jesús, ¿y ahora qué hago?

—¿Puedo contarte cómo empezó? Esto es una locura para mí, Annie. De verdad que no tienes ni idea. —La miré suplicante a los ojos.

—Vale, Frankie. Me voy a sentar en esta roca real y tú me puedes contar por qué y cómo no está realmente aquí. —Se sentó y me miró—. Cuando quieras. Soy toda oídos —dijo sarcásticamente.

—Está bien. Lo único que te pido es que no interrumpas y que me dejes explicártelo todo. ¿Puedes hacerme ese favor? —pregunté.

—Vale, Frankie. Te prometo mantener la boca cerrada. —Hizo como si se cerrara la boca con una llave que luego tiró.

Supongo que eso quiere decir que puedo comenzar mi sórdida historia.

—Está bien. Hace unos días, me caí en el trabajo. Tengo una tienda de recuerdos de cine que se llama Clásicos en Tecnicolor.

—Oye, yo conozco esa tienda... —Levanté un dedo—. Perdona, ya me callo.

—Bueno, lo que no sabes es que heredé la tienda de mi padre, cuando murió.

Se le puso aire de desconcierto, como sabía que ocurriría.

—¿Entonces está muerto? —preguntó con cautela.

—Así es. Murió en 1994 —dije, observando su expresión para ver si cambiaba.

—Frankie, eso es imposible. Eso es dentro de veinte años.

—Lo sé. Eso es lo que te estoy diciendo. Supongo que a falta de una expresión mejor, soy del futuro, Annie. —Empezó a abrir la boca de nuevo y luego la cerró—. ¿Puedo seguir?

—Por favor, continúa —dijo.

—Vale, pues estaba en mi tienda un día y tropecé con la mesa y me quedé inconsciente. Mientras estaba desmayada, tuve un sueño muy raro. Oí la voz de una mujer. No la veía, pero la oía. Gritaba mi nombre.

—Frankie, si se trata de una historia guarra de sexo, no me apetece oírlo.

Dios, ¿por qué me da la sensación de que ya he tenido esta conversación?

—No estaba "gritando" mi nombre de esa forma, estaba buscándome. Bueno, la voz no me resultaba conocida para nada. Entonces mi amiga Crystal me despertó.

—¿Crystal? —preguntó Annie.

—Sí, Crystal. Es la mejor amiga que tengo en el mundo. Somos amigas desde que teníamos unos cuatro años. Te encantaría, es una persona increíble. Ojalá os pudierais conocer, sé que os caerías genial.

—Parece estupenda.

—Lo es. Bueno, en cualquier caso, me despertó y me curó el chichón que tenía en la cabeza a causa de la caída. Esa noche, fui al cuarto de baño y sentí como que alguien me miraba. Nunca había sentido una cosa así en mi propia casa y me asusté un montón. Cuando me fui a la cama esa noche, volví a tener el mismo sueño. Oí la voz de esta mujer que me pedía que la encontrara porque me necesitaba o algo así. Crystal me oyó gritar en sueños y me despertó otra vez. Después de hablar un poco más sobre el sueño, me quedé dormida de nuevo. Al día siguiente tenía que trabajar. Tenía que vestir unos maniquíes con unos trajes, así que me puse a ello. Estaba en el almacén buscando los trajes y oí que sonaba la campanilla, indicándome que tenía un cliente. Cuando salí, no había nadie. Así que seguí trabajando y se me cayó una mano del maniquí. No la encontraba por ninguna parte y de repente, oí una voz de mujer que dijo: "Está ahí, debajo de la mesa". Casi me da algo, porque creía que estaba sola. El caso es que me levanté para darle las gracias a la mujer y no estaba allí. Era la misma voz que había estado oyendo en sueños.

—¿Quién crees que era, Frankie?

Me di cuenta de que intentaba comprender mi historia.

—No tenía ni idea hasta hace unas tres semanas, cuando te conocí.

—¿Cómo?

—Eras tú, Annie.



Capítulo 17


—Frankie, eso no es posible. No lo es. Últimamente no he viajado al futuro que yo sepa, así que me parece que te equivocas.

—Perdona, Annie, pero no estoy de acuerdo contigo. El día que te vi en el restaurante, oí tu voz cuando me dabas la espalda. Casi me quedé sin respiración al averiguar de quién era la voz. Annie, era tu voz. La pregunta es, ¿por qué me has traído de mi tiempo al tuyo?

—Vale, Frankie, por mucho que quiera creerte, esta historia es demasiado descabellada.

—Lo sé, Annie, ¡yo la he estado viviendo! Lloré a mares cuando te dejé la última vez. Me desperté en mi propia cama y Crystal estaba mirándome e intentando consolarme. Estaba hecha polvo, Annie. No podía creer que sólo fuera un sueño. Para mí eras tan real —dije, acariciándole la mejilla con los nudillos—. Tú eres real para mí. Si alguien tiene derecho a sentirse confuso, soy yo. No entiendo por qué está pasando esto. Y lo peor es que no sé cuándo me voy a tener que marchar. Lo único que sé es que no quiero volver a dejarte nunca más. —Esto último lo dije casi en un susurro. Sabía que no quería dejarla, pero no tenía el control. Ojalá supiera quién lo tenía. Tenía que llegar a algún tipo de acuerdo con quien fuera.

Annie se apoyó en mi caricia y cerró los ojos. Era realmente la mujer más bella que había visto en mi vida. Tenía el pelo revuelto por la suave brisa que venía del lago. Abrió los ojos y me miró con gran afecto. Levantó la mano y me acarició la cara.

—Eres una mujer preciosa, Frankie. Tendría que ser ciega para no darme cuenta. No sé qué creer de todo esto. Lo único que sé es que nunca en mi vida había tenido tantas ganas de estar con alguien hasta que te he conocido. Tienes un algo magnético que me arrastra hacia ti sin parar, por mucho que quiera huir de ello. A lo mejor era mi corazón lo que te llamaba para que vinieras y me apartaras de todo el daño que he sufrido durante toda mi vida. A lo mejor es eso lo que has oído.

—¿Tú puedes oír lo que hay en mi corazón? —pregunté, con la esperanza de que supiera la respuesta.

—Sí, creo que puedo.

Trasladó la mano de mi mejilla a mi nuca y atrajo suavemente mi cara hacia la suya. Sus labios se encontraron con los míos y sentí que me perdía dentro de ella. Era la sensación más increíble que había tenido nunca. Me chupó despacio el labio inferior y luego el superior. Noté que su lengua pedía permiso para entrar y se lo concedí amablemente. Sabía más dulce que cualquier caramelo conocido para el hombre. La oí gemir en mi boca cuando nuestras lenguas entraron en contacto por primera vez. Yo tampoco podía reprimir los ruidos que estaba haciendo. Esto era demasiado maravilloso para controlar nada.

Estrechó su abrazo y el beso se hizo mucho más apasionado. Si dos personas pudieran besarse hasta el punto de convertirse en una sola, eso es lo que habíamos hecho nosotras. Ya no sabía dónde estaban nuestros límites. Lo que creía mío era en realidad suyo. No me importaba, sólo sabía que por fin sentía eso de lo que siempre hablaba todo el mundo.

—¿Frankie? —jadeó Annie interrumpiendo nuestro beso.

—¿Qué, cariño? —susurré.

—Hazme el amor. ¿Por favor?

¡OH, DIOS MÍO! ¿Acaba de decir lo que creo que acaba de decir?

—¿Qqq... qué? ¿Aquí mismo? —balbuceé penosamente.

—Sí, aquí mismo y ahora mismo. No podría soportarlo si volvieras a marcharte y no supiera lo que se siente al amarte. Por favor, Frankie... ¿quieres amarme?

—Te amo, Annie. Que Dios me ayude, te amo.

Aplasté sus labios en otro beso ardiente que me disparó las hormonas. El corazón me daba vuelcos y mi libido se estaba sobrecargando. El cuerpo de Annie tiraba del mío para bajarlo a la arena. Caí rodando de las rocas y detuve delicadamente a Annie antes de que se diera contra el suelo.

—Espera, espera. —Me detuve para coger la manta que había tirado Annie y la sacudí para quitarle la arena. La extendí en el suelo y luego senté en ella a Annie conmigo—. Hay ciertas normas referentes a las partes corporales y la arena —sonreí.

Ella se rió al oír eso y luego se movió despacio hasta sentarse a horcajadas sobre mi cuerpo. Me entraron ganas de apretar mi cuerpo contra el suyo. Se inclinó para capturar mis labios y la rodeé con los brazos. La estreché, queriendo memorizar la sensación de su cuerpo contra el mío. Era algo exquisito. Noté que empezaba a moverse contra mí. Empezó una serie de empujones lentos y largos sobre mi pelvis. Su boca se puso a mordisquearme las orejas y el cuello. Noté que se me ponía toda la piel del cuerpo de gallina. Me estaba enloqueciendo.

—Oh, Dios, Annie... qué gusto me das... —suspiré.

Noté que sonreía apoyada en mi cara.

—Y tú a mí —contestó.

Siguió frotándose contra mí y me di cuenta de que estaba excitadísima. Los pequeños jadeos que se escapaban de su boca eran de lo más revelador.

La estreché con fuerza y la tumbé boca arriba con facilidad. Sonreí al ver su cara sorprendida.

—¿Está bien así? —Quería estar segura de que estaba bien, teniendo en cuenta sus pasados encuentros con Billy.

—Sí, me gusta la vista desde aquí —dijo sonriendo a su vez.

—Dios, eres adorable. —Sonreí y bajé para besarla de nuevo.

Besé y saboreé hasta el último rincón de su boca y bajé por su garganta y alrededor de su cuello y orejas. Le soplé suavemente en la oreja y noté que su cuerpo daba un respingo como respuesta. Le mordisqueé el lóbulo y noté que me tiraba de la camiseta.

—Fuera... quiero sentir tu piel —exigió.

Con un rápido movimiento, me agarré la parte de atrás de la camiseta con una mano al tiempo que sostenía mi cuerpo con la otra y me quité la camiseta. Me miró y percibí un deseo carnal como sólo lo ves en las malas novelas románticas. Esto era más real que cualquiera de esas historias. Me volvió a bajar hacia ella y me soltó el sujetador con sus hábiles dedos. Me ayudó a quitarme lo que me quedaba de ropa y me empezó a recorrer con los dedos la parte superior del cuerpo y la espalda.

—Dios mío, Frankie, eres magnífica.

—Me alegro de te lo parezca. —Hice una pausa y le sonreí—. ¿Qué quieres, Annie?

—¿Mmm?

—¿Qué quieres que haga? Haré lo que necesites. Quiero darte todo el placer posible.

—Nadie... mm... nadie me había preguntado nunca eso. —Se sonrojó.

—Pues tendrás que acostumbrarte a oír cómo te lo pregunto. Quiero saber cómo satisfacerte, Annie. Dime lo que te gusta y lo que no te gusta. No haré nada que no quieras que haga. Te lo prometo. —Le pasé los dedos por el pelo.

—Dios santo, sí que debes de venir del futuro —dijo en broma.

—No hablemos de nada más que de aquí y ahora, ¿vale? Aquí y ahora lo único que importa eres tú. —Bajé la cabeza y me apoderé de sus labios con los míos.

Bajé las manos hasta sus costados y le saqué la camiseta de los pantalones. Se movió un poco y me ayudó a quitarle la camiseta. Tiré de ella hasta sentarla para ayudarla a quitarse el sujetador. En cuanto desapareció la molesta ropa, volvió a pegar mi cuerpo al suyo.

—Oooohh, Frankie... Dios, qué gusto me da sentirte pegada a mí —jadeó.

—Bien, quiero que te dé gusto, cariño —le murmuré al oído.

Eché mi cuerpo sobre el suyo. Le puse el muslo entre las piernas y noté que lo capturaba con fuerza. Empezó a mecerse contra mi pierna y me besó con pasión. Hice mis besos más lentos y fui bajando por su cuerpo. Deposité besitos por sus hombros y por su esternón. Cogí delicadamente con la mano uno de sus pechos y ella suspiró suavemente de placer. Cogí el pezón con delicadeza entre el pulgar y el índice y empecé a mover los dedos de un lado a otro. Gimió y apretó más su cuerpo contra el mío. Aceleró el ritmo que había establecido contra mi muslo. La ayudé apretando despacio mi muslo contra su excitado centro.

—Oh, Frankie... —suspiró.

Sustituí mis dedos por mi boca y le tomé el pezón. Moví la lengua por su carne caliente y Annie empezó a gemir más fuerte. Era una bella música para mis oídos. Chupé con más fuerza, metiéndome todo lo que pude en la boca. Bajé la mano y me puse a acariciarle el muslo. Le agarré el trasero y tiré con fuerza de ella hacia mí. Nos movíamos en una hermosa danza de amor. Noté el sudor en la espalda al aumentar la brisa del lago.

—Más, Frankie. Necesito más de ti, por favor... —jadeó.

—¿Qué quieres, cariño?

—Desnuda... ahora... te necesito... dentro... por favor.

No tenía que pedírmerlo dos veces. Nos movimos y gruñimos intentando quitarnos el resto de la ropa sin perder un solo segundo. Ella acabó antes que yo y volvió a echarse y a mirarme con un deseo absoluto y sin barreras. Levantó las rodillas y abrió las piernas, esperando a que yo usara mi cuerpo como una pieza de rompecabezas. Encajábamos perfectamente. Mi fachada tranquila y controlada se vino abajo en cuanto noté su humedad rozándome el cuerpo.

—Oh, Dios, Annie —gemí apasionadamente.

Me moví con más fuerza contra ella. Me notaba cada vez más próxima al momento del placer absoluto. La voz de Annie me recordó que no se trataba de mí, esto era para ella.

—Dentro... por favor... Frankie. —Me miró con los ojos verdes oscurecidos y supe que lo decía en serio.

Me eché un poco hacia atrás para hacer sitio para mi brazo. Moví la mano hacia su montículo y noté el calor que salía de ella. Subí más los dedos y alcancé el centro húmedo que me estaba esperando. Toqué la zona con cuidado y la penetré con dos dedos. Los ruidos que hacía Annie eran increíbles. Se movía con mi mano como si ya hubiéramos hecho esto mil veces. Establecí un ritmo lento para disfrutar de cada momento de esta danza. Observé las expresiones de su cara que iban cambiando con cada movimiento de mis dedos. Levanté el pulgar para jugar con su clítoris. Casi pegó un salto al notar el contacto.

—¡Oh, Dios! —gritó.

La combinación de mis movimientos rítmicos la estaba enviando a unas alturas que esperaba que nunca alcanzara con nadie más que conmigo. Necesitaba saborearla. Bajé mi cuerpo hasta encontrarme con su vello rizado y húmedo. Me miró como si fuera a detener mis atenciones. Nada más lejos de la verdad.

Bajé la cabeza y besé su carne inflamada. Empecé a mover la lengua por todas partes. Sabía maravillosamente. Noté que su cuerpo se movía cada vez más deprisa. Le pasé una mano por detrás de la cadera y la sujeté cuando noté que su cuerpo llegaba al límite. Me hundí en ella más deprisa y más hondo al tiempo que movía la lengua de la misma forma. Sabía que iba a llegar con fuerza.

—¡Oh, Dios! Frankie... me... ¡¡Oohhh!! —gritó cuando el orgasmo le inundó hasta la última parte del cuerpo.

—Por ti, cariño —murmuré, notando los últimos temblores que abandonaban su cuerpo. Dejé mi postura de mala gana, me puse boca arriba y estreché el cuerpo inerte de Annie contra mí. Ella se acurrucó en mi hombro e intentó recuperar el aliento—. Shh... tranquila, corazón —dije, al notar que le empezaba a temblar el cuerpo. Bajé la mirada y descubrí que estaba llorando—. ¿Annie? Tranquila, cielo. Estoy aquí.

—Sí... ¿pero cuánto tiempo?

Mierda, no quiero pensar en eso ahora.

—Realmente no lo sé, Annie. Todo lo que te he dicho es lo único que sé sobre esta fuerza que me aparta de ti. Sólo espero que lo que sea, se dé cuenta de lo importante que eres para mí y me permita quedarme contigo para siempre.

—Yo también —sollozó—. Nunca me había sentido así. Creo que me he enamorado de ti, Frankie.

—Eso es lo mejor que me ha dicho nadie nunca. Te quiero, Annie —dije, estrechándola con fuerza y besándole delicadamente la cara bañada en lágrimas.

Nos quedamos echadas juntas en silencio, regodeándonos simplemente en lo que acabábamos de compartir. Era el ser más precioso que había conocido en mi vida, aparte de Crystal.

Por favor, que pueda tenerla en mi vida. Quienquiera que seas, por favor, mira mi amor por ella. Por favor, deja que me quede. ¿Por favor?



Capítulo 18


Nos quedamos allí durante lo que me parecieron horas. Contemplamos el movimiento de las nubes que corrían por encima del agua. A ella le gustaba estar al mimo más incluso que a mí. No se apartaba de mi lado. Yo no la soltaba.

Que fue por lo que me quedé tan sorprendida con lo siguiente que dijo.

—¿Quieres nadar? —Me miró con aire travieso.

—Lo dices en serio, ¿verdad? —No me podía creer lo que iba a hacer, ¡sobre todo en mayo! El Lago Michigan ni siquiera se había descongelado todavía.

—¡¡Venga, será divertido!! Nos dará vigor en el cuerpo —sonrió.

—Me debes de gustar mucho, porque si no, jamás haría esto —dije riendo.

Se levantó en su gloriosa desnudez.

Vaya si es gloriosa, Dios, tiene un cuerpo precioso.

Me ofreció la mano para ayudarme a levantarme. La cogí, me levanté y me estiré para quitarme las contracturas de la espalda. La pillé mirándome y le sonreí.

—¿Qué miras? —Sonreí, sabiendo muy bien qué estaba mirando.

—Eres maravillosa, Frankie. En todos los sentidos. ¿Tienes idea del aspecto tan increíble que tienes?

—La verdad es que nunca me he fijado —dije modestamente.

—Pues deja que sea la primera, que seguro que no lo soy, en decirte que eres una absoluta preciosidad —dijo entusiasmada.

—Gracias por decirlo. Tú tampoco estás mal. —Sonreí con aire burlón—. ¿Te vas a meter tú primero? Porque te aseguro que yo no. Y si tú no te metes, yo tampoco —afirmé con toda claridad.

—La última en el agua... —empezó, echando a correr hacia el agua.

Vi cómo se zambullía en el frío lago y oí su chillido de regocijo.

—¡¡Frankie!! ¡¡Mete aquí ese culo desnudo!! ¡¡Es genial!! ¡Dios, qué gustazo! —gritó.

—Preparada o no, ¡allá voy! —grité a mi vez, corriendo hacia el agua—. ¡¡Jesús!! ¡¡Está fría que te cagas!! ¡No me puedo creer que me hayas convencido para hacer esto! —dije temblando.

—Venga, Frankie, ¿y tu instinto aventurero?

—En la orilla —dije con tono sarcástico.

Me agarró y me besó con fuerza en la boca.

Me podría acostumbrar a esto.

Le devolví el beso y noté que sus manos empezaban a pasearse por mi piel recién calentada.

—¿No quieres volver a la manta? —le pregunté entre beso y beso.

—No. Como he dicho antes, ¿y tu instinto aventurero?

—Creo que me empieza a gustar tu forma de pensar.

—Eso me parecía —dijo, besándome con fuerza y metiéndome la lengua en la boca—. Quiero hacerte sentir lo que he sentido yo, Frankie —dijo, mordisquéandome la barbilla.

—Ya lo haces, Annie. He sentido todo lo que has sentido tú —le aseguré.

—Cállate y bésame, Frankie.

—Qué dura es usted, señora. —Sonreí y la volví a besar.

Acercó su cuerpo más a mí y se puso a tocarme con las manos por todas partes. Sus movimientos se iban haciendo más frenéticos a cada segundo. Supe que se me venía una buena encima.

Eché hacia atrás la cabeza para que me alcanzara mejor el cuello. No lo dudó y su boca buscó mi garganta. Me besó el cuello con ansia.

—¡Ay! ¡Me has mordido! —dije, bastante pasmada.

—Sí, pero sólo es un mordisco ventosa —dijo riendo.

—¿Un qué? Ah, ¿quieres decir un chupetón? —pregunté.

—Sí. Y bien grande —dijo con orgullo.

—Genial, ¿y ahora qué les digo a todas mis novias? —dije, enarcando una ceja.

—Pues tendrás que decirles que dejas de estar disponible... para siempre. ¿Verdad? —dijo, poniéndose en jarras.

—¡Ya te digo! —dije riendo y la abracé.

Se puso a mordisquearme de nuevo y esta vez no la paré. Su boca llegó a mis pezones y mi cuerpo empezó a cantar de placer.

Qué bien lo hace.

Chupó con más fuerza y todo pensamiento racional huyó de mi mente. Jugó con mi otro pezón con los dedos y luego hizo un intercambio. Yo sentía el cuerpo en llamas y necesitaba que me tocara en el lugar que más falta me hacía.

Ella captó mis necesidades y me llevó más dentro del agua.

—Sujétate a mí, Frankie. Confía en mí —dijo con toda seriedad.

Me dio unas palmaditas en la pierna e hizo un gesto para que se la pasara alrededor de la cintura. Obedecí y entonces me indicó que hiciera lo mismo con la otra pierna. Como flotábamos, era una posibilidad. Le rodeé la cintura con las piernas y me agarré a su cuello mientras ella movía las manos hacia abajo.

—Tú agárrate a mí, Frankie, y todos tus deseos se verán satisfechos, te lo prometo. —Sonrió sensualmente. Supe que no iba de broma.

Llevo toda la vida viviendo al lado del agua, ¿por qué no he hecho nunca esto hasta ahora?

Mis pensamientos se pararon en seco cuando noté que sus dedos me acariciaban los labios inferiores. Noté su inseguridad.

—Tranquila, Annie. Confío en ti —contesté como si hubiera oído su pregunta tácita.

—Gracias —fue lo único que dijo.

Sus dedos se movieron hábilmente por mi centro caliente. Empezó a frotarme el clítoris con una mano delicada y poco a poco fue acelerando el ritmo. Me penetró con un dedo y movió los demás por mi humedad. Éste estaba siendo el mejor encuentro sexual que había tenido con nadie en toda mi vida. El corazón me palpitaba de excitación. No iba a tardar mucho en hacerme alcanzar el orgasmo. Dios, era increíble. Sus dedos se movían dentro de mí mientras los otros dedos me frotaban el clítoris inflamado. Noté que se me iba poniendo rígido el cuerpo a medida que se multiplicaban las cálidas sensaciones.

—Oh, nena... ya casi estoy. Qué gusto... me das... aaahhh —le gemí al oído.

—Déjate ir, Frankie, por mí. Siente cómo te amo. Eso es —dijo cuando mi cuerpo se reveló contra toda orden de control.

Sus dedos se movían con una perfecta sincronización que hacía que mi cuerpo no ansiara más que eso.

—Oh... Dios... ¡Sí! —grité al sentir el orgasmo que me recorría el centro.

Annie siguió sujetándome mientras yo la estrujaba con fuerza y ella manipulaba mi cuerpo sin piedad. Resoplé varias veces intentando controlar en vano los espasmos que me atravesaban. Nunca en mi vida había sentido tal ardor. Mi cuerpo nunca había conocido semejante placer.

Nunca he conocido tal paz.

Annie me abrazó con fuerza mientras mi cuerpo se recuperaba. Bajé las piernas de la cintura de Annie y las apoyé en un banco de arena.

—Gracias a Dios que no hay algas —dije jadeando—. Siempre he odiado sentirlas entre los dedos.

Annie se echó a reír a carcajadas.

—Yo también —afirmó.

Me acarició la piel desnuda con sus fuertes dedos y me besó con ternura.

La miré a los ojos al separarnos y supe que éste era mi lugar. Desnuda y mojada en pleno Lago Michigan con la chica a la que amaba abrazándome estrechamente.

Esto es el amor.


PARTE 10


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