8



Capítulo 15


Bajamos en el ascensor y Annie se mantuvo muy callada durante el trayecto. Creo que se sentía un poco expuesta y vulnerable con la cara toda amoratada. La miré y me encontré con sus ojos.

—¿Estás bien, Annie? —pregunté.

—Sí, supongo que estoy un poco incómoda. Parece que me he estrellado con un camión.

—Qué va, una bici, como mucho —dije en broma, con la esperanza de hacerla sonreír. Por suerte para mí, funcionó.

—Muy graciosa, Frankie. Pero qué risa —dijo sarcásticamente.

—Perdona, es que quería hacerte sonreír —dije y fingí un puchero.

—No pongas esa cara. No te va a funcionar. Sé muy bien que eres una chorras.

—Genial, qué forma de descubrirme —dije, siguiéndole la corriente.

—Sin problemas. —Me sonrió sinceramente y le devolví la sonrisa al instante. ¿Cómo podía no hacerlo?

Se abrieron las puertas y salimos al pasillo que llevaba al vestíbulo. En cuanto aparecimos, Betsy vino corriendo hacia nosotras.

—¡Annie! Cielo, ¿dónde te has metido? —dijo, acercándose a toda prisa.

—Hola, Bets. ¿Cómo estás? —dijo Annie, intentando taparse la cara.

Le puse la mano en los riñones para tratar de aliviarle la tensión. Sabía que no quería ver a nadie todavía.

—¿Annie? ¡Jesús! ¿Qué te ha pasado? ¿O es que necesito preguntarlo? —dijo, cogiéndole una mano a Annie—. Vamos, Annie, no es ningún secreto —susurró Betsy.

Vi que a Annie se le empezaban a llenar los ojos de lágrimas. Se volvió hacia mí y se tiró a mis brazos. Supongo que era su forma de decirme que necesitaba un abrazo. Se agarró a mí como si la fuera a soltar.

Esta vez no. Me quedo aquí mismo, donde me necesitas.

—Shhh... está bien, Annie. Estás con amigas —dijo Betsy suavemente, al oído de Annie—. Estás con amigas —le aseguró.

Noté que el cuerpo de Annie se estremecía con cada bocanada de aire que tomaba para intentar calmar sus sollozos. Seguí frotándole la espalda y abrazándola con fuerza. Apoyé la mejilla en su cabeza y le di un suave beso. Annie se pegó más a mí y Betsy observó con interés. La cabeza de Annie estaba colocada bajo mi mejilla y tenía la cara hundida en mi pecho. Oí que sus sollozos se iban calmando y que su respiración se hacía más profunda al intentar serenarse. Noté que tomaba aliento, me soltó y recuperó el equilibrio sobre sus dos piernas.

—Lo siento. Creo que hacía mucho tiempo que no me permitía sentirme así. No me lo esperaba. Perdona, Frankie —se disculpó.

—Oye, siempre que necesites un abrazo, dímelo. Jamás te negaré un abrazo. Annie, lo has pasado muy mal. Me sorprende que ahora estés así de bien —afirmé tajantamente.

—Tiene razón, Annie. Yo también me siento como la mierda. Sospechaba lo que estaba ocurriendo con Billy. Siento muchísimo no haber hecho nada para ayudarte —confesó Betsy.

—Betsy, ¿qué ibas a hacer? No podías hacer nada hasta que yo estuviera dispuesta a hacer algo. Esta italiana alta de aquí me ha convencido para que por fin se lo cuente a alguien. Billy no va a volver a hacerme esto, ni a mí ni a nadie.

—Bien por ti, Annie. Sé que no debe de haber sido una decisión fácil de tomar —dijo Betsy, cogiéndole la mano a Annie.

—No, pero es la adecuada —dijo Annie. Se secó los ojos hinchados con el dorso de la manga—. Bueno, Bets, ¿qué haces aquí abajo?

—Unas cuantas vamos a bajar a la playa a hacer una hoguera. Lacey se va a traer la guitarra y vamos a tomar cerveza y esas cosas. A pasar un buen rato juntas. ¿Queréis venir?

Bajé la vista y me encontré unos ojos verdes que me miraban a su vez buscando una respuesta. Le sonreí para que supiera que si quería ir, eso era lo que íbamos a hacer.

—Claro, Bets. ¿Vais a llevar comida? —preguntó, esperanzada.

—Tenemos salchichas y hamburguesas, nada de especial, pero os podéis servir todo lo que queráis.

—Gracias, Betsy. Será agradable salir y volver a ver gente. Es que no quería que me viera nadie así.

—La verdad, Annie, es que no está tan mal. Cuando lleguemos allí abajo, no se te verá mucho la cara. No te preocupes, ¿vale? Diviértete un poco esta noche.

—Me parece buena idea —asentí.

—¡Pues vamos allá! —dijo Betsy muy animada.

—Dirige el camino, cielo —dijo Annie, cogiéndonos a Betsy y a mí del brazo. Salimos de Mertz Hall dispuestas a pasar un buen rato. Bien sabía Dios que necesitaba algo de diversión en su vida.

Espero que estén listas esas hamburguesas. Dios, qué hambre tengo.

Bajamos a la misma playa donde habíamos jugado al voleibol. Lo único que faltaba era el bocazas de Billy. No era algo que echara de menos en absoluto.

Cuando nos acercábamos al círculo, ya había un grupo de chicas sentadas alrededor de la hoguera que ardía alegremente. Deduje que Lacey era la que estaba cantando y tocando la guitarra. Parecía estar intentando Suite: Judy Blue Eyes, de Crosby, Stills, Nash and Young.

No está nada mal. Hasta sabe cantar.

Me acerqué a la parrilla con Betsy y Annie y me serví una hamburguesa con pan. Di un bocado y sentí el éxtasis que sólo te puede proporcionar la comida cuando tienes muchísima hambre. ¿Sabéis esa ansia que te entra cuando el primer bocado de lo que sea que estás comiendo es lo mejor que has probado nunca? Seguramente sabía de lo más normal, pero como me estaba muriendo de hambre, todo me sabía mejor que nunca.

Me daba la impresión de haber aspirado la hamburguesa, pero me sentía mucho mejor. Sólo tenía una sensación incómoda por dentro porque no sabía cuándo iba a tener que volver a casa.

Dios, espero poder pasar más tiempo con ella que la última vez. Hasta ahora, vamos bien. Estoy disfrutando muchísimo de su compañía. Es una persona increíble. Tiene un espíritu increíble, por no hablar de un cuerpo estupendo debajo de esa cabeza preciosa. Ay, Dios, qué fuerte me ha dado.

Seguí observando cómo se relacionaba con Betsy y las demás mujeres que había alrededor del fuego.

Es curioso, no hay ni un solo hombre. Me pregunto...

—Oye, Annie. ¿Va a venir tu novio esta noche? —gritó una de las chicas desde la fogata.

Vi que la expresión de Annie cambiaba radicalmente al oír la pregunta.

—Espero, por su bien, que no asome la cara cerca de mí ni de ésta —dijo, señalándome con un gesto—. Puto cabrón. Ojalá lo atropelle un autobús —murmuró con el volumen suficiente para que yo la oyera.

Ah, ojalá yo fuera un autobús en estos momentos. Nada me gustaría más que atropellar a ese pedazo de mierda.

—Amén, chica. Además, ésta me gusta mucho más —dijo la misma chica, sonriendo a Annie y recorriéndonos con la mirada, luego le guiñó un ojo a Annie.

Ahh, ya me parecía a mí. Bueno, señorita Annie... ¿juegas en mi equipo? ¿Estarías dispuesta a jugar conmigo? A mí me encantaría jugar contigo. Dios, incluso te lanzaré la pelota despacio para que puedas darle con toda seguridad.

Apenas fui capaz de contener mi felicidad al saber que existía la posibilidad de que quisiera algo más de mí que una simple amistad.

—Calma, Mary, me hace falta otra relación como un tiro en la cabeza —le dijo a la mujer de la hoguera—. Sin ánimo de hacer un chiste —sonrió.

Vaya, ya me está haciendo aguas el barco. Maldita sea. Hora de sacar los remos.

—No sé yo, Annie, puede que ésa merezca la pena. —Se echó a reír y siguió sonriéndole a Annie—. Si tú no la quieres, Dios sabe que a mí no me asusta un poquito de angustia. Hazme daño, nena. Hazme daño.

—¡Mary! Compórtate —la reprendió Annie.

Oh, vaya, me he metido en una cueva de mujeres ansiosas de sexo. Que Dios me ayude.

De repente me sentí muy expuesta ante todas estas mujeres que no conocía. Annie se acercó a mí y me cogió del brazo.

—Venga, Frankie, son inofensivas. No te molestan las lesbianas, ¿verdad?

—Ahh... pues... la verdad... —farfullé penosamente.

—No me digas que eres una de esas personas cerradas de mente, Frankie. No podré perdonártelo. Con la de problemas que tenemos ya en el mundo con lo de los negros y los blancos y ahora encima tenemos problemas con el amor entre las personas.

—Annie... yo...

—No, Frankie, no me puedo creer que pienses eso. Me parecías mucho más abierta. Me ha costado muchísimo aceptar el hecho de que soy bisexual por culpa de la gente que no es capaz de aceptar a nadie que sea algo distinto de los demás.

—Annie, yo nunca... —intenté interrumpir su diatriba.

—No, Frankie, en esto no voy a aceptar ningún tipo de razonamiento. Somos personas normales y corrientes. Yo no soy distinta de ti. Me pongo los pantalones igual que todo el mundo todas las mañanas... —continuó, clavándome un dedo en el pecho con cada punto de su discurso.

¿Por qué me estoy llevando una bronca? Tengo que detenerla antes de que le salga una hernia.

—¡Nadie me va a volver a decir cómo debo vivir! No puedo creer que me haya preocupado por ti cuando eres el tipo de persona que no es capaz de...

Cogí la cara de Annie entre mis manos y apreté mis labios con firmeza contra los suyos. Nunca hasta entonces había sentido una suavidad tal. Su cuerpo dejó de agitarse y se apoyó más en el beso. Noté sus manos en mi pecho y me aparté. La miré profundamente a los ojos y vi incredulidad y alivio en una sola mirada. Los silbidos y aullidos procedentes de la hoguera eran ensordecedores. No sé si alguna de las dos los oía realmente. Sólo estábamos nosotras, nada más importaba.

—¿Contesta eso a tu pregunta? —dije con una sonrisa burlona.

—Tú... mm... guau... ¿así que eres gay? —No parecía capaz de formar una frase entera. Me alegré de que ella también lo sintiera.

—Lo has adivinado. Era la única forma que tenía de hacer que te callaras. No quería invadir tu espacio personal, pero no me ha quedado más remedio. No estaba dispuesta a que me echaran la bronca sin motivo —dije riendo.

—Ahh... Dios, lo siento. Es que odio todo tipo de prejuicio y me he puesto a despotricar. A veces lo hago.

—¿No me digas? —dije sarcásticamente, lo cual me valió un codazo en la tripa.

Annie me miraba como si me viera por primera vez. Supongo que el beso que acabábamos de darnos le confundía las ideas. Dios sabe que confundía las mías. Nunca había tenido tantas ganas de hacer algo como de volver a besarla.

—¿Has... mm... comido suficiente? —preguntó suavemente.

—Sí, aunque no me acuerdo de haber saboreado la hamburguesa. Me la he comido demasiado deprisa —contesté.

—Pues hay mucho, come más si quieres —intervino Betsy y luego fue hacia la hoguera.

—Gracias, Betsy —dije. Me sentía muy aturdida, más aún que la primera vez que besé a una mujer.

Cogí una cerveza para Annie y para mí y nos acercamos al fuego. La noche era absolutamente perfecta. Sólo había unos quince grados, pero apenas había viento y el cielo estaba límpido como un cristal.

Dios, Crystal, ojalá pudieras verme ahora. Me siento tan completa con Annie a mi lado.

Nos acomodamos en el extremo de un tronco partido y nos relajamos con las demás chicas. Bebí un largo trago de cerveza y Lacey me miró con ojos interrogantes.

—¿Tocas? —preguntó.

—Ah... pues... toco un poco. Pero nada que conozcáis.

Dios, qué cierto es eso.

—Oh, Frankie, ¿sabes tocar? Puedes tocar lo que quieras —dijo Annie, emocionada—. Seremos un público agradecido, te lo prometo.

—Oh, no sé. Hace tiempo que no toco nada. —Lo cierto era que odiaba tocar en público. Siempre había sido algo muy personal para mí. La única persona para la que había tocado en mi vida era Crystal. Y eso sólo porque era demasiado buena para decirme que era un asco. Era la fan perfecta. Pero yo era mi peor crítica.

—¿Por favor, Frankie? ¿Por mí? —Me miró con esos grandes ojos verdes y me rendí.

—Oh, está bien —acepté. Las mujeres volvieron a aplaudir.

Cogí el instrumento que me ofrecían y me puse a afinarlo para mi tono. Hice unos ejercicios de calentamiento y decidí que estaba lista.

—Esta canción... bueno, digamos que es original.

No original mía, pero seguro que ni siquiera saben quién es Patty Griffin. Qué diablos, ni siquiera sé si ha nacido aún. Toca, Frankie, tienes un público esperando.

Vacíe el resto de la cerveza para cobrar confianza y me puse a tocar.

—Esta canción me recuerda a mi padre. La persona más cariñosa que he tenido en mi vida. Va por ti, papá.

A medida que los rasgueos de guitarra aumentaban de volumen, todo el mundo volcó su atención en mí y la guitarra de Lacey.

El otro día caí en la cuenta
De que hace un par de años que no estás.
Supongo que hace falta un poco de tiempo
Para que alguien desaparezca de verdad.
Recuerdo dónde estaba
Cuando me dijeron lo tuyo.
Era un día muy parecido al de hoy
El cielo estaba brillante, limpio y azul.
Y me pregunto dónde estás
Y si el dolor acaba cuando mueres.
Y me pregunto si habría
Una forma mejor de decir adiós.
Hoy mi corazón está hinchado y dolorido
Intenta salírseme por la piel.
Ya no te volveré a ver.
Creo que por fin me estoy dando cuenta.
Porque no puedes obligar a nadie a ver
Con las sencillas palabras que dices.
A pesar de toda su belleza interna
A veces miran a otro lado.
Y me pregunto dónde estás
Y si el dolor acaba cuando mueres.
Y me pregunto si habría
Una forma mejor de decir adiós.
Una forma mejor de decir adiós
Adiós
Adiós
Uou... Uou... Uou...

Terminé los acordes de la canción y la acabé con un rasgueo final.

La hoguera estaba en silencio y oí algún que otro sorbetón. Me sentía un poco cortada porque sabía que había cantado con mucho sentimiento la letra que significaba tanto para mí.

—Oh, Frankie, qué precioso —dijo Annie con los ojos humedecidos—. He sentido cada palabra que le has cantado a tu padre. Lo siento muchísimo, pero Frankie, ¿no dijiste que habías visitado a tu padre hace un par de semanas?

Mierda, ya estamos.

—Es una larga historia, Annie. Pero te la contaré, te lo prometo.

—Ooh, más secretos, ¿eh? Estás llena de sorpresas, ¿verdad? —sonrió.

—Ya lo creo.

Más de lo que podrías imaginarte jamás.

—Frankie, ¿quieres tocar otra canción? Tienes una voz preciosa —dijo Mary con entusiasmo.

—Oh, creo que ya he explotado al máximo mi talento por hoy —intenté explicar.

—Oh, venga, Frankie. Seguro que te sabes cien canciones. ¿Por favooooooor? —rogó Annie.

Jo, va a acabar conmigo. No es posible decirle a ésta que no.

—Está bien, ¿queréis escuchar algo en concreto? Puede que conozca algo que queráis oír —acepté.

Annie se levantó y nos trajo más cerveza. Era agradable verla tan relajada con sus amigas. Era una faceta suya a la que podría acostumbrarme sin la menor dificultad. No era ningún misterio por qué Billy no quería soltarla.

Demasiado tarde, colega, no va a estar mucho tiempo disponible.

—No, Frankie, toca lo que tú quieras. ¿Tienes más originales? —preguntó Mary.

—Claro. Esperad que piense un poco —dije.

Podría tocar cualquier cosa posterior a 1975 y sería original. Doctor Evil, muérete de la envidia. Conozco una que podría ser un poco prematura, pero qué diablos, ¿por qué no?

—Vale, ésta no lleva mucha guitarra, pero cuando marque el ritmo, me encantaría que dierais palmas. ¿Os parece bien?

A mi alrededor surgió un coro de "claro" y "genial". Me acomodé e intenté recordar el ritmo de mi canción preferida de todos los tiempos.

—¿Listas? —pregunté.

—Adelante, Frankie —dijo Annie con aire de expectación.

—Ésta es para esa persona especial que está en la vida de todos. Podéis llamarme romanticona, no me importa —bromeé.

Ésta es para ti, Annie.

Empecé a dar palmas con compás de tres por uno y todo el mundo me siguió fácilmente. Toqué los pocos acordes que acompañaban a la canción y me puse a cantar.

La da da da da da da da...
La da da da da da da da...
Llega un momento en la vida de todos
En que te cansas de hacer el tonto
De hacer malabarismos con los corazones en un circo
Algún día uno acaba derrotado y tirado en el suelo.
Nunca imaginé que me fuera a llover el amor
Y que querría sentar cabeza
Cielo, es cierto, creo que es lo que quiero
Y quiero decirte que deseo estar contigo
Y, cielo, si tú también lo deseas
Para siempre, para siempre, cielo, te quiero para siempre
Quiero tenerte para el resto de mi vida.
Todo lo que está mal en mi mundo tú lo puedes arreglar
Tú me salvas, tú eres mi luz
Para siempre te quiero en mi vida.
La da da da da da da da...
La da da da da da da da...
Aparece un camino en el viaje de todos
Un camino que te da miedo recorrer a solas
Estoy aquí para decirte que he llegado a ese camino
Y que prefiero recorrerlo contigo que recorrerlo a solas.
Eres mi héroe, eres mi futuro
Cuando estoy contigo, no tengo pasado
Oh, cielo, mi único deseo
Es descubrir una forma en este triste mundo de hacer que esta sensación dure
Oh, cielo, es cierto, sé que es lo que quiero
Y quiero decirte que deseo estar contigo
Y, cielo, si tú también lo deseas
Para siempre, para siempre, te quiero, cielo, cielo, para siempre
Quiero tenerte para el resto de mi vida
Todo lo que está mal en mi mundo, cielo, tú lo puedes arreglar
Tú me salvas, tú eres mi luz
Para siempre te quiero en mi vida
La da da da da da da da da...

Los acordes fueron desvaneciéndose a medida que iba tocando cada vez más bajo hasta terminar. Las chicas estaban metidísimas en la canción mientras yo cantaba cada estrofa. Annie estaba ahí sentada con aire de estar intentando averiguar si le estaba dedicando la canción a ella. Sólo tenía que preguntármelo. Sabía que mi vida no estaría completa sin ella.

Ah, sí, Frankie, estás coladita perdida.


PARTE 9


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades