7



Capítulo 12


¿Me quedo aquí plantada todo el día esperando a que salga? ¿O derribo la puerta para convencerla de lo mucho que lo siento? Ah, sí, ésa es buena, Frankie, demuéstrale una falta de control físico a una mujer que tiene miedo de las palizas de su novio. Debería llamar de nuevo y ver qué pasa.

Llamé otra vez, pero no pasó nada. Así que volví a llamar, esta vez más fuerte.

—Annie, sé que estás ahí. Por favor, escúchame.

Sí, ya, ¿y qué le vas a decir que pueda creerse?

—Vete, Frankie. No quiero volver a verte —dijo Annie con severidad desde la puerta. Me di cuenta de que tenía la cara a pocos centímetros de ella. Apoyé la frente en la puerta y le volví a hablar.

—Por favor, Annie, de verdad que necesito hablar contigo.

Y necesito volver a ver tus preciosos ojos verdes. Vamos, cariño, ábreme la puerta, por favor.

—¿Qué puedes decirme que me interese oír? —preguntó.

Buena pregunta.

—Necesito que sepas lo que ocurrió. Sé que tú y yo no nos conocemos muy bien y no hay nada que pueda decir sobre mi desaparición que pueda tener sentido alguno para ti. Pero tienes que saber que tuve que irme, Annie. No quise irme. No me quedó más remedio, Annie, por favor, créeme. —Respiré hondo esperando a ver si había algún cambio.

Nada.

—Annie, por favor, me conoces lo suficiente como para saber que si no significaras nada para mí, no estaría aquí ahora. Eso tienes que saberlo. Por favor, Annie. Por favor, abre la puerta. —Noté que se me apagaba la voz al pedirle por última vez que abriera la puerta. No sabía qué más podía decir. Si no quería verme, no abriría la puerta y cuando yo decidiera que era el momento de despertarme, regresaría de nuevo a mi vida futura.

Dios, qué putada es todo esto.

Oí unos ligeros suspiros al otro lado de la puerta. Tenía la esperanza de que tal vez hubiera cambiado de opinión y quisiera abrir. Noté un golpe en la cara cuando estampó algo contra el otro lado de la puerta, golpeándome de paso. Eso me enseñaría a apoyar la cara en una puerta.

—¡Ay! ¡Maldita sea, mi nariz! —dije, sujetándome la nariz.

Oí una exclamación desde su cuarto y abrió la puerta de golpe.

—¡Frankie! ¡Lo siento muchísimo! ¿Te he hecho daño? —dijo, tratando de verme mejor la cara.

Al mirar a la mujer más baja que tenía delante, vi que tenía la cara magullada. Las lesiones estaban empezando a amarillear porque se estaban curando, pero se notaban. Le cogí la cara entre las manos con delicadeza y la miré a los ojos por primera vez. Ella supo inmediatamente lo que estaba haciendo y retrocedió al interior de su habitación. Esta vez dejó la puerta abierta. Me lo tomé como una invitación y entré y cerré la puerta detrás de mí.

—Annie, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien? —le pregunté, hablando con su espalda.

No oí ninguna respuesta, sólo unos leves sollozos que empezaron a salir de su cuerpo. Me puse detrás de ella y le coloqué ligeramente la mano en el hombro. Noté que su cuerpo se encogía ante el contacto, de modo que me aparté.

—Por favor, dime qué ha pasado, Annie. —Estaba casi suplicando. Tenía que saber qué había ocurrido. Aunque para mí no era un misterio quién había hecho esto: ese cabrón iba a pagar por ello—. Te apoyaré, te lo prometo. Una Camarelli jamás rompe una promesa. —Oí mis palabras, que se volvían contra mí como puñales dispuestos a matar. Ella se dio la vuelta y me miró con su cara magullada y cubierta de lágrimas que le caían por las mejillas llenas de moratones—. Annie... yo...

—Ni te molestes, Frankie. Me mentiste. Confié en ti y me mentiste —dijo, empezando a dar vueltas por la habitación. La miré como si estuviera observando a un tigre enjaulado en un circo. Necesitaba desahogarse y, maldita sea, era culpa mía. Esto era culpa mía.

—Esto ha sido por mi culpa, Annie. Lo siento muchísimo.

—¡NO! Entras en mi vida haciendo como que puedes ayudarme, cambiar mi vida, ser mi mejor amiga y sobre todo darme la fuerza necesaria para dejar a ese pedazo de mierda que abusa de mí y al que llamo mi novio. Luego desapareces como el Espíritu Santo —dijo sarcásticamente, con una mueca de burla.

—Annie, me vi obligada a marcharme.

—Aún no he terminado. —Se acercó a mí, tanto que olí la pasta de dientes que utilizaba—. Te quedaste dormida en la camioneta de camino a la licorería. Te dejé allí porque pensé que necesitabas descansar. Volví con un puto barril de cerveza para que el borracho de mi novio pudiera divertirse con los borrachos de sus amigos y tú habías desaparecido... —Hizo una pausa para intentar calmarse. Me di cuenta de que no había terminado en absoluto.

¡Dios, cómo odio esto! Ojala pudiera decirte la verdad sin más.

—Pensé que a lo mejor habías ido al baño o algo así y que no me habías visto o no sabías dónde estaba dentro de la tienda. Te estuve esperando una hora, Frankie. ¡Una puta hora! Volví a la playa con la maldita cerveza ¡y Billy estaba hecho una puta furia porque había tardado un montón en volver! —Siguió llorando mientras me contaba su tormento. Sentí que se me rompía el corazón por su dolor y su pena—. Intenté hablar con él, pero estaba furioso, Frankie. Dios, qué furioso estaba. Me dio un tortazo en la cabeza delante de todo el mundo en la playa. No me lo podía creer. Nunca pensé que fuera a dejar que alguien lo viera haciéndome eso. Supongo que una vez más estaba equivocada. —Se detuvo y dejó que las lágrimas le resbalaran por la cara. Tomó aliento con fuerza para calmarse y me miró a los ojos con los suyos llenos de lágrimas—. Así que... ¿Frankie? Dime qué te pasó. Espero que mereciera la pena. Creía que eras distinta, ¿sabes? Parecías tan distinta de toda esa gente que me considera su amiga. Estaba convencida de que por fin podía cobrar la fuerza necesaria para dejar a Billy, si tú estabas a mi lado. Lo único que he conseguido es esta cara. —Se señaló los moratones para demostrar claramente su fracaso.

—Annie, por favor, para. Lo siento muchísimo. Tienes que creerme.

—¿Por qué, por lo sincera que has sido conmigo desde que nos conocemos? Venga ya, bonita —dijo con amargura.

Puuf, eso ha dolido.

—Annie, no me es posible decirte la verdad sobre lo que me ocurrió. Jamás en la vida te creerías lo que tuve que hacer. Lo único que puedo decirte es lo siguiente. Lo que me apartó de ti es algo que tiene una fuerza sobre mí mucho mayor de lo que puedas imaginarte. No me quedó más remedio que irme. Te juro por el alma de mi padre que si pudiera haberme quedado contigo, lo habría hecho. Por favor, créeme, Annie. De verdad que siento muchísimo que te volviera a pegar —dije, notando que se me encogía la garganta por la emoción que sentía.

Ella se sentó, me escuchó y se me quedó mirando. Al principio me sentí un poco incómoda, pero sabía que me estaba mirando para ver si le estaba diciendo la verdad. Me di cuenta de que parte de ella quería creerme y toda yo quería que esa parte ganara.

—¿Entonces no me puedes decir por qué te marchaste? —Advertí que estaba intentando comprenderlo.

—No, no puedo. Por favor, debes saber que si fuera algo que yo hubiera podido controlar, lo habría hecho. Conozco tu situación. Jamás te habría hecho una promesa para luego dejarte plantada. —La miré a los ojos con la esperanza de que me creyera—. Yo no soy así.

—Bueno, en estos momentos no tengo nada válido con que comparar lo que dices, siento decepcionarte. No te conozco muy bien, Frankie.

—Ya lo sé, Annie, pero quiero que eso cambie. Si me das una oportunidad para compensarte por esto, te juro por lo más sagrado que lo haré. Te lo prometo, Annie. —Le cogí la mano y la miré a los ojos húmedos y enrojecidos mientras hacía este último ruego.

—Frankie, te lo juro, si me mientes, no vuelvas a mirarme siquiera. Detesto que me mientan. No estoy dispuesta a permitirlo ni tolerarlo en mi vida. Ya tengo suficiente mierda con lo que tengo. —Me apretó la mano y la soltó, acercándose a la ventana de su habitación.

Apoyó las manos en el cristal y miró hacia abajo. Me coloqué a su lado y contemplé lo mismo que ella. Desde ahí arriba tenía una vista increíble de Sheridan Road. Una altura de dieciocho pisos hace maravillas por una ciudad normalmente gris. Se veía una hilera de luces de las farolas que subían por toda la calle.

—Seguro que esto es increíble de noche —dije con tono despreocupado.

—Es una buena vista. Las luces van subiendo hacia el norte hasta que ya no se ve la calle. En un día despejado es como si pudieras abarcar kilómetros con la vista. Es muy bonito —dijo en voz baja, casi de niña.

Nos quedamos así un rato hasta que se volvió para mirarme.

—Espero de verdad que seas el tipo de persona que creo que eres. Siempre he sabido que mi vida podría cambiar con el apoyo de la persona adecuada. Espero que tú seas esa persona, Frankie.

—Puedo ser lo que necesites, Annie. Haré todo lo que me sea posible por ayudarte con Billy. Te ayudaré, te lo prometo —susurré, abrazándola con inseguridad. Ella se soltó y se apartó de mi mirada interrogante.

—Lo siento, Frankie. No me siento cómoda cuando me abrazan. Perdona. Es algo que tengo que superar. Por favor, no te ofendas. —Se volvió para mirarme al terminar de disculparse.

—En primer lugar, Annie, no tienes que disculparte. Soy una italiana tocona, no puedo evitarlo. La que debería pedirte disculpas soy yo. A partir de ahora, no te tocaré para nada sin tu permiso. Pero... mm... si alguna vez necesitas un abrazo, sólo tienes que pedirlo y te lo daré sin dudar. ¿Vale? —le pregunté con una mirada cargada de esperanza.

—Vale. Gracias, Frankie. —Me sonrió con esa sonrisa tan bonita y sentí que se me volvía a derretir el corazón.

Espero que el día siga avanzando en esta dirección. Me encantaría poder seguir viendo esa sonrisa.



Capítulo 13


—Bueno, ¿quieres salir a dar un paseo? —le pregunté.

—No. No quiero que me vea nadie así —explicó con tristeza.

—¿Annie? ¿Qué te ha pasado en la cara? —pregunté vacilante.

Se quedó callada y se apartó de la ventana para sentarse en el borde de la cama. Se quedó allí sentada con las manos recogidas en el regazo, intentando calmar sus emociones. Me di cuenta de que quería contárselo a alguien y tenía la esperanza de que se sintiera mejor cuando se hubiera desahogado.

Le voy a partir el culo a Billy por esto.

—Después de lo del tortazo, le dije a Billy que no quería verlo más —dijo con tono apagado. Me acerqué a ella y me senté a su lado en la cama—. Se cabreó un montón. Me llamó tantas cosas desagradables que dejé de contar al cabo de un rato. Me fui de la fiesta en la playa y le dije a Betsy que me volvía a mi habitación porque no me encontraba bien. Estaba muy confusa emocionalmente con respecto a Billy y estaba muerta de preocupación por ti —dijo, mirándome a los ojos con tristeza. Si una mirada puede hacer que se te rompa el corazón, el mío en ese momento necesitaba una reparación—. Subí y le oí que venía detrás de mí llamándome. Por suerte, le llevaba bastante ventaja y le dije al guardia de seguridad que no lo dejara pasar. Cuando se cerraba la puerta del ascensor, le oí gritándole obscenidades al guardia. Lo último que oí antes de que se apagara su voz fue cómo me advertía de que me las iba a hacer pagar. Más tarde me enteré de que los de seguridad del campus lo tuvieron que sacar del edificio. —Se detuvo cuando le empezó a temblar un poco la voz. Respiró hondo y continuó—. Entré en mi cuarto y durante unos días tuve miedo de salir. Al cabo de varios días, empecé a ir a clase y Billy no estaba por ninguna parte. Tenía la esperanza de que ya lo hubiera superado, pero por desgracia no fue así.

Me acerqué más a ella y le empecé a frotar la espalda. No me pidió que lo dejara, así que no lo hice. No sabía si debía decir algo en este momento, de modo que dejé que terminara.

—Hace unos días, estaba volviendo de mi clase de redacción. No iba prestando la menor atención a lo que me rodeaba porque hacía un día precioso. Antes de que me diera cuenta, ya estaba en el ascensor subiendo a mi cuarto. Salí del ascensor y alguien me agarró bruscamente del brazo. No necesitaba presentaciones, sabía quién era. El aliento a alcohol de Billy era lo único que me hizo falta para saber quién era. Noté que mi cuerpo se empezaba a desconectar como cuando me pegaba mi padre. —Se levantó, fue a la pequeña nevera, sacó una botella de zumo y se puso a beber. Vació la botella y volvió a sentarse en la cama—. Noté que Billy me arrastraba a mi cuarto por el pelo. La verdad es que no recuerdo gran cosa. Era casi como si lo estuviera viendo a través de los ojos de otra persona. Me agarró la mano en la que tenía las llaves y me la estrujó, desgarrándome la piel de la palma. Recuerdo que grité del dolor y solté las llaves. Él las cogió y abrió rápidamente la puerta de mi cuarto. Me tiró dentro y caí sobre la cama. Cerró la puerta de un portazo y se acercó a mí despacio como si yo fuera una especie de presa que fuera a cazar. Tenía los ojos muy vidriosos, era evidente que estaba colocado. Seguramente con maría, le gustaba aspirar eso más que si fuera aire puro. Dijo que me iba a hacer ver que ningún otro hombre podría ser suficientemente bueno para mí. Si no me avenía a razones, se aseguraría de que nadie volviera a desearme nunca más. Me entró miedo, miedo de verdad. Ya había visto a Billy furioso, pero esta vez estaba descontrolado. Supongo que cuando le dije que ya no quería verlo más, se cabreó un poco.

Me quedé ahí sentada con los ojos clavados en ella mientras revivía su historia. Mientras la contaba, parecía como si no le quedaran fuerzas para nada. El tormento que había sufrido le había robado toda la energía. Estaba ahí sentada contándome la historia sin la menor emoción, sin sentimiento, sin... vida.

—Me levantó agarrándome de la camisa y me pegó un puñetazo en la cara. Sólo recuerdo que vi las estrellas y aterricé de nuevo en la cama. La sangre que me llenaba la boca empezó a resbalarme por la garganta y me atraganté. Escupí un montón de sangre que cayó encima de las sábanas, de Billy y de mí. Me eché a llorar y le rogué que se olvidara de todo y siguiera adelante con su vida. No quiso ni oír hablar de ello. Me dio otro bofetón en la cara y se puso encima de mí. No me cupo la menor duda de lo que quería hacer con esta visita. Se me revolvió el estómago y le vomité encima. Así sólo conseguí ponerlo aún más furioso y me pegó otro puñetazo en la cara. Después de eso me desmayé y cuando volví en mí se había ido. Seguía con la ropa puesta, así que supongo que no tuvo sexo conmigo, gracias a Dios. Por malas que fueran las palizas, nunca me violó y eso es algo que agradezco profundamente. Es decir, me había acostado con él, pero no quería que ni él ni nadie me tomara nunca así. Eso es algo que mi padre tampoco hizo jamás. No creo que hubiera podido tener una vida normal si lo hubiera hecho. No sé cómo puede sobrevivir la gente cuando ocurre algo así. Eso hace que me sienta mejor con mi propia situación. Mi vida nunca ha sido un lecho de rosas, pero no ha sido tan mala como la de otras personas, ¿sabes?

Supongo que cuando necesitaba hablar de algo, lo necesitaba de verdad. A mí no me importaba, mientras quisiera compartir algo de su vida conmigo, yo estaría ahí para escuchar.

Noté que mi propio cuerpo empezaba a temblar ante el cuadro que estaba pintando de su infancia. Me empezó a hablar de los malos tratos de su padre. Se me pusieron los ojos como platos al enterarme de los malos tratos que había sufrido durante la mayor parte de su vida. Me di cuenta de que quería que yo conociera toda la historia e intenté mostrarle todo el apoyo posible. Me puse furiosa al pensar que le habían hecho daño de forma continua. Seguro que jamás supo cómo debía ser una infancia de verdad: padres cariñosos, amigos con los que jugar a la pelota, un hogar al que no tener miedo. Desde luego, ésa no era la vida que había tenido. Yo no sé cuánto tiempo habría podido soportar vivir así sin marcharme o por lo menos matar a mi padre. Pero sí que sabía una cosa a ciencia cierta: iba a hacer todo lo posible para asegurarme de que nadie volviera a hacerle daño nunca más. Si eso suponía convertirme en guardaespaldas de esta hermosa mujer, pues no podría haber pedido mejor trabajo.

—Bueno, ahora que conoces la sórdida historia, ¿todavía quieres ser amiga mía? —preguntó con amargura.

—Oh, Annie, no hay nada que desee más en este mundo, salvo tu felicidad y seguridad —contesté—. Por favor, deja que te ayude a encontrarlas.

Se volvió para mirarme y ya no tuve forma de contener las lágrimas que me había esforzado por ocultar. Con sólo mirar su cara confiada, supe que ésta era una persona que compartía una parte muy profunda de mi alma. Dejé que se me escaparan las lágrimas. Levantó la mano y me las secó con los dedos.

—Te dejaré. Pero prométeme una cosa —sonrió.

—Lo que sea, cualquier cosa —me apresuré a responder.

—No rompas tus promesas, me moriría.

Me daba miedo pensar lo ciertas que podían ser esas palabras. Sobre todo con un psicópata como Billy en su vida.

—Te doy mi palabra como amiga y protectora: nunca incumpliré estas promesas que te hago. Pensaré en un modo de impedir que Billy vuelva a tocarte.

—Gracias, Frankie. —Sonrió y apoyó la cabeza en mi hombro.

—De nada en absoluto, Annie. —Seguí acariciándole la espalda con los dedos y me incliné para besarle la cabeza.

Nos quedamos así sentadas largo rato. Me resultaba tan natural tocarla, reconfortarla. No había nada en el mundo que pudiera impedirme amarla también. Salvo, por supuesto, si ella no lo quería, pero de eso hablaríamos en otro momento.



Capítulo 14


Se hizo de noche y me temí que el tiempo que tenía para estar con Annie se fuera a agotar pronto. No sabía cuándo iba a verme arrastrada de nuevo a mi propio tiempo. No me apetecía nada volver a dejar a Annie. Tenía que hacerle saber lo que estaba pasando. Tenía que intentar al menos explicarle lo que ocurría.

Me acerqué a ella cuando estaba escribiendo en su diario. Levantó la mirada hacia mí con esos grandes ojos verdes y en ellos no vi más que esperanza. Dios, me sentía como la cabrona más grande del mundo. Ahí estaba yo, prometiéndole que no la iba a dejar ¡y ni siquiera pertenecía a este tiempo! Era muy confiada y yo quería estar aquí para ella. Pero no sabía si iba a poder ser. Necesitaba fuerzas para valerse por sí misma.

Espero poder darle esa fuerza. ¿Me creería si le dijera la verdad? No quiero dejarla de nuevo sin que sepa por qué me he tenido que ir. ¿Y podré regresar? Vamos allá.

—Annie, tengo que decirte una cosa. Te va a parecer una locura total y probablemente acabes echándome a patadas de tu habitación. Pero realmente creo que tienes que oírlo.

Cerró el diario dejando dentro el bolígrafo para marcar la página. Arqueó la espalda e hizo crujir las vértebras una tras otra. Me quedé totalmente traspuesta observando este movimiento tan sensual. Sé que no tenía ni idea de lo que me estaba haciendo. Casi perdí el habla cuando me contestó.

—¿De qué se trata, Frankie? No te voy a echar a patadas. Sólo te pediré que te marches cortésmente —dijo sonriendo.

—Tengo que hablarte de dónde fui cuando me marché la otra vez.

—Frankie, si no me lo puedes decir, no quiero meterte en problemas.

—Oh, Annie, no me vas a meter en problemas. Es que tengo miedo de que no me creas y de que pienses que estoy totalmente loca —le dije con sinceridad.

—¿Qué es, Frankie? Dímelo sin más.

—Dios, ojalá fuera tan fácil. —Me puse a dar vueltas de un lado a otro.

Annie se levantó de la cama, me agarró por los brazos y me miró directamente a los ojos.

—Dímelo, Frankie.

Tragué con fuerza.

—Vale, tal vez sería mejor esperar.

Gallina de mierda.

—Lo que te resulte más fácil, Frankie. Aquí estaré cuando quieras hablar de ello.

—Sólo quiero que sepas esto, Annie. Si me vuelvo a marchar, tienes que saber que volveré.

—¿Qué quieres decir con que si te vuelves a marchar? Frankie, me has prometido que no lo harías.

—Annie, tengo un hogar al que volver. No me queda más remedio que ir cuando me lo ordenan. No tengo la menor elección. Si tengo que volver a casa, tengo que hacerlo. Pero debes saber que volveré contigo. Nada podría mantenerme lejos durante mucho tiempo —dije, acariciándole la mejilla con los nudillos.

Percibí la guerra que se libraba en su interior. Parte de ella quería apartarse de mi caricia, mientras que la otra parte la anhelaba. Por supuesto, yo animaba a este último equipo.

—¿Todavía te duele? —pregunté, refiriéndome a su cara magullada.

—No, sólo tiene un aspecto horrible. La verdad es que no me duele mucho. Es sólo que no me puedo creer que haya hecho esto.

—Billy va a pagar por lo que te ha hecho, Annie.

No, Frankie. Así sólo volverá ponerse furioso. Sólo quiero olvidar todo esto.

—Annie, si no haces algo al respecto, va a seguir haciéndolo o se lo hará a otra persona. Qué diablos, puede que incluso mate a la persona a la que le dé la próxima paliza. Billy no se da cuenta de que lo que hace está mal. Necesita ayuda. Si nadie le planta cara, nunca va a cambiar.

Noté cómo le funcionaban los engranajes mentales. Estaba librando otra batalla interna. Ésta podía ser la decisión más pavorosa que tendría que tomar. Supondría contarle a la policía lo que le había hecho Billy. Supondría tener que contarle a alguien lo que le había pasado. Supondría hacer pública su humillación en todo el campus.

—Está bien, Frankie. Sé que tengo que contarle esto a alguien. Pero nadie lo vio. ¿No será mi palabra contra la suya?

—Bueno, ¿hay algo que puedas entregar a la policía que pudiera considerarse como una prueba?

—No se me ocurre nada. Aunque seguro que Billy tiene la camisa manchada de vómito o sangre. Nada agradable de ver. No creo que haya tenido la inteligencia de lavarse la ropa, no es una persona muy limpia.

—Mi Romeo —mascullé por lo bajo—. ¿Puedo hacerte una pregunta, Annie?

—Si la pregunta es "Annie, ¿qué demonios has podido ver en él?", no te puedo responder. Siempre fue agradable conmigo. Nos veíamos en las fiestas y estaba en una de mis clases. Pero lo dejó. Se mueve por el campus porque aquí tiene muchos amigos —explicó—. Si hubiera sabido que me iba a pegar, créeme, nunca habría empezado una relación con él. No es algo que la gente vaya anunciando por ahí —dijo con cierta aspereza. La había tocado en un punto sensible.

—Annie, perdona. Sé que no sabías que era así. ¿Cómo podías saber que se iba a portar de esa manera? Lo siento. No pretendía hacer un chiste.

—No pasa nada. Supongo que estaba destinada a llevar este tipo de vida.

—¡No! Nadie tendría que vivir así. Sólo necesitas ayuda para librarte de él. Ahí es donde entro yo.

—Mi heroína.

—Si quieres que sea tu heroína, lo seré —le dije con mi mejor sonrisa descarada. Ella sonrió a su vez.

Dios, es preciosa.

—Ya está oscuro, Annie. ¿Te apetece dar un paseo ahora? Si te ve alguien, no creo que puedan verte los moratones.

—Muy bien. Además quiero comer algo. Tengo mucha hambre. Oye, yo también quería preguntarte una cosa, Frankie.

—¿El qué?

—¿Cómo has sabido dónde encontrarme? No recuerdo haberte dicho dónde vivía.

—Pregunté al volver a la ciudad. Fui al restaurante y tu amiga Doris me dijo dónde estabas. No te enfades, puedo ser muy persuasiva cuando quiero.

—No estoy enfadada. Debería darle las gracias. Me siento mejor al saber que estás bien.

—¿Yo? Tú eres la que tiene la cara llena de golpes, ¿y estabas preocupada por mí? —No me podía creer lo que estaba diciendo.

—Sí, bueno, ¿qué puedo decir? Tiendo a preocuparme más por los demás que por mí misma.

—Eso, querida mía, es el eufemismo del año.

—Venga, Frankie, salgamos de aquí. —Sonrió, me cogió del brazo y me sacó de su habitación del colegio mayor.

Al cerrarse la puerta detrás de nosotras, la observé mientras se dirigía hacia el ascensor. Caminaba con evidente animación.

Me gustaría creer que tengo que ver algo con eso. Espero que no nos encontremos con Billy rondando por ahí. Puede que tenga que matarlo con mis propias manos.


PARTE 8


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades