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Capítulo 9


¿Y ahora qué hago? ¿Me quedo aquí sentada y hago como que no ha ocurrido nada de esto? Sé que no puedo hacerlo. Nonnie y Crystal se han portado estupendamente, pero ahora lo único que quiero es volver con Annie. Echo de menos su dulce cara y su preciosa sonrisa. Dios, no voy a querer despertarme nunca más. Si dormir significa que puedo volver a ver a Annie, dormir me parece una idea genial. Por otro lado, si sólo ha sido un sueño, tengo que superarlo y vivir mi vida.

—¿Frankie? ¿Dónde estás, cielo? —preguntó Crystal, distrayéndome de mis reflexiones.

—Estoy pensando en las opciones que tengo en estos momentos, Crystal. ¿Va a venir Nonnie a decirme si descubre algo? —pregunté. Nonnie se había ido a su habitación y hacía largo rato que no salía.

—Te prometo que si descubre lo que sea, te lo comunicará en persona, cosa que como sabes es lo que siempre hace, o me lo contará a mí y yo te pasaré la información —explicó.

—Está bien. Supongo que tengo que aprender a ser paciente, como ha dicho. Pero odio ser paciente —dije y empecé a pasear de un lado a otro como un animal enjaulado.

—Vamos a hacer algo, Frankie. Es media tarde, ¿qué te gustaría hacer? —preguntó esperanzada.

—Dormir —le contesté con sinceridad.

—Corta el rollo. Mi mejor amiga no se va a convertir en un mueble más. No lo voy a permitir. ¿Qué le diría a la gente? —dijo sonriendo.

—Les dirías que se metieran en sus propios asuntos, como se lo has dicho siempre. Eso es lo que me encanta de ti, Crystal, sé que todos mis secretos están totalmente a salvo contigo.

—Lo mismo digo, cielo —sonrió—. Sabes que siempre estarán a salvo conmigo.

—De eso no me cabe duda, Crys. —Le puse la mano en el brazo—. Vamos al cine. —Sonreí, sabiendo que le encantaría la idea.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Te refieres al cine de verdad? Frankie, desde que te has comprado ese sistema de cine casero, ¡nunca quieres salir de casa! ¿De verdad quieres ir? —Estaba tan emocionada que era como hablar con una niña.

—Tú elige la peli y eso es lo que vamos a ver.

—En el 400 ponen una antigua, pero buena.

—¿No quieres ver una película nueva?

—Me encantan los clásicos. Ya lo sabes. Venga, ya sabes cuánto me gustan.

Sentí que me iba ablandando con cada ruego que salía de sus labios. A mí me encantaban los clásicos incluso más que a ella.

—Muy bien, lo que tú quieras, amiga. Te debo una muy gorda por ayudarme con todo esto... pero sobre todo por no reírte de mí.

—Frankie, jamás me reiría de ti con un tema como éste. Sé lo mucho que te ha costado contármelo siquiera. Te conozco prácticamente de toda la vida y sé que nunca has considerado reales o verdaderas las cosas que yo veo. Creo que para ti todo eso ha sido siempre una tontería.

—Crystal, yo... —empecé.

—No, no pasa nada. —Alzó las manos como para defenderse—. Sé que no eres la única que piensa que las cosas sobrenaturales son un fraude. Me enfrento a eso cada vez que alguien acude a mi puerta con una persona que no cree. No pasa nada, tienes muchas cualidades buenas que compensan tu terquedad.

—Vaya, gracias. Creo.

Me sonrió.


Entramos en el cine y Crystal se puso a pedir comida en la zona del bar. Pidió todo lo necesario para una buena película: una caja de palomitas grande, un refresco grande, Raisinets y, por supuesto, barritas de regaliz rojo. Después de hacerme pagar, encontramos buenos asientos en el centro mismo de la sala. Nunca he conseguido entender cómo puede la gente ver una película en la primera fila. Si no se te ha roto el cuello cuando termina la película, lo cierto es que te duele como si lo tuvieras roto.

Nos sentamos y sólo vimos a unas pocas personas más en la sala. Había algunas parejas, pero sobre todo había mujeres. Supongo que era una de las películas preferidas del sexo femenino.

Cuando empezó la película, me quedé mirando la pantalla y noté que por fin me empezaba a relajar. Miré a Crystal, que se estaba atiborrando de palomitas y bebiendo su refresco sin una sola preocupación en el mundo. La expresión de su cara me hizo sonreír. Realmente era una amiga maravillosa. Todavía se fijaba en los pequeños detalles de la vida para sentirse feliz. Eso era raro en los tiempos actuales. Hacía que me sintiera mucho más joven de lo que era en realidad y eso es algo que siempre le agradeceré. No quiero sentir jamás la edad que tengo. No creo que la sienta nunca.

A mitad de la película, Crystal y yo estábamos cantando a pleno pulmón. Se me había olvidado lo mucho que me gustaba esta película. Los demás ocupantes de la sala nos miraban sonrientes, cuando no se ponían a cantar con nosotras. La misma Barbra se habría sentido orgullosa de todas estas chicas divertidas. Los pobres tipos que habían venido con sus novias estaban ahí sentados aguantando. Pensé que eso de por sí era una noble cualidad.

La película terminó dos horas y media después. Crystal y yo salimos al aire fresco y respiramos hondo. Me encantaba el olor a palomitas, pero después de pasar tanto tiempo en una sala, ya tenía más que suficiente.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Mmm... la verdad es que no había pensado en nada más que en la película. ¿Hay algo que quieras hacer antes de que se haga de noche? —pregunté.

—Pues podríamos ir a mirar escaparates. Hay una boutique estupenda bajando un poco por esta calle. Estamos a salvo porque no está abierta. No recuerdo cuándo fue la última vez que tú y yo fuimos capaces de ir de compras sin gastarnos una fortuna —dijo y se echó a reír.

—¿A que sí? Los de las tiendas nos ven llegar y se ponen a engrasar las cajas registradoras —dije riendo.

—Sobre todo esa tienda donde venden esos zapatos tan geniales de China. ¡Dios, me encanta esa tienda! —dijo al tiempo que echábamos a andar hacia casa.

Bajamos caminando y cantando por Sheridan Road. Se estaba preparando una hermosa noche de primavera. La temperatura rondaba los dieciocho grados y no se veía ni una nube. Yo sólo podía pensar en Annie. El restaurante en el que trabajaba ya ni siquiera era un restaurante, ahora parecía una tienda de algún tipo.

—Oye, Crys, ¿podemos bajar a la playa un momento? —Necesitaba algo que me recordara un poco más a Annie.

—¿A la playa? ¿Es que de repente te han entrado ganas de bañarte? —bromeó.

—No, es que hace muy buen tiempo y los días así son poco frecuentes. Vamos, ¿sólo un momento? —Le puse mi mejor cara de cachorrito desvalido. No había forma de que se pudiera negar.

—¡Oh, Dios! Esos ojos no... está bien. Vamos un ratito, Frankie, pero está oscureciendo y no quiero acabar volviendo a casa de noche.

—¡Bien! Gracias, Crys, sólo nos quedaremos un minuto. Sólo quiero ver el agua.

—Vamos —dijo, encaminándose al Lago Michigan.

Corrimos un poco para ahorrar tiempo y nos dirigimos hacia el lago. Por fin llegamos y la mente se me inundó de Annie. Dios, cómo la echaba de menos.

¿Qué demonios te pasa, Frankie? Apenas conoces a esta chica. Contrólate de una puta vez. Ni siquiera sabes si es una persona real.

—Tiene que serlo —susurré en voz alta después de debatirme conmigo misma.

—¿Qué? —preguntó Crystal mientras contemplábamos el cielo cambiante.

—¿Mmm? Oh, nada. Disculpa, estaba pensando en voz alta.

—Dios, qué bonito es esto. Nadie piensa que Chicago pueda ofrecer algo más que edificios grandes. Mira a nuestro alrededor. Esto es precioso —dijo maravillada.

El sol empezó a descender y le prometí a Crystal que volveríamos a casa en taxi si se quedaba y contemplaba la puesta de sol conmigo. Aceptó sólo porque sabía lo mucho que yo deseaba quedarme. Aquí sentía una auténtica conexión con Annie. Tenía algo especial y había un motivo para que nos hubiéramos encontrado como lo habíamos hecho. Sólo que yo todavía no sabía cuál era ese motivo.


Regresamos a casa antes de que empezaran las noticias. Yo estaba nerviosa. Se acercaba la hora de acostarse y no sabía si estaba preparada para volver allí de nuevo o si debía volver siquiera. Contemplé mi piso y recordé lo que había visto la noche antes. ¡Mi padre y mi madre estaban en mi cocina! La casa tenía un aspecto muy distinto por aquel entonces. Producía una sensación muy distinta de la que yo recordaba. A lo mejor papá se desprendió de un montón de cosas cuando mamá se marchó. Nunca me contó nada al respecto, así que no lo sé. En realidad nunca hablamos de mamá y de lo que la llevó a marcharse. Conociendo a papá, no pudo ser culpa suya, era demasiado cariñoso y bueno.

Cuando me estaba preparando para acostarme, Crystal entró en el dormitorio y se echó en mi cama. Me estaba provocando mirándome mientras me vestía. Me recorría el cuerpo con los ojos, pero las dos sabíamos que lo hacía para que me pusiera colorada. Lo llevaba haciendo desde que tenía uso de razón y vaya si no funcionaba siempre.

—¿Sabes? Espero que sepas que algún día conseguiré no ponerme colorada —dije mientras me deslizaba la camiseta por el cuerpo.

—Llevas tantos años diciéndolo, Frankie, que lo creeré cuando lo vea. Además, sé que te alimenta el ego.

—Lo que tú digas, cariño. Lo que creo es que estás negando tus auténticos sentimientos por mí y que esto no es más que tu manera de comerme con los ojos.

—¿Comerte con los ojos? Hacía siglos que no oía esa expresión —dijo, echándose a reír—. ¿Esos pantalones no te van a dar calor mientras duermes? —preguntó al ver que me ponía los vaqueros.

—Si vuelvo allí esta noche, quiero llevar ropa que me resulte cómoda y no llame la atención de nadie en 1974 —declaré tajantemente. Saqué un fajo de billetes de la cartera y me los metí en el bolsillo. Esta vez no quería estar sin dinero.

—Frankie, no puedes necesariamente llevarte nada al otro lado. Recuerda lo que dijo Nonnie: "No intentes controlar la situación". A lo mejor ni siquiera vuelves allí —me explicó de nuevo.

—Lo sé, pero tengo que hacer todo lo que pueda por volver allí, Crystal. Sentí una conexión tan fuerte con Annie que no puedo dejarla ir. Tengo que regresar, Crystal. ¿Puedes ayudarme?

—¿Ayudarte? ¿Qué quieres decir? —preguntó.

—¿Puedes hacer algo para ayudarme a volver allí? —pregunté llena de esperanza.

—Sinceramente, Frankie, no lo sé. Podemos probar con hipnosis, si quieres. A veces he tenido suerte con mis clientes con este tipo de cosas. Tal vez podríamos conseguir que vuelvas allí si estás totalmente tranquila y relajada.

—No quiero que me hipnotices, Crystal. Me arriesgaré cuando me quede dormida esta noche —dije. No iba a hacer eso para nada.

—Tú misma, pero si no funciona, podemos intentarlo si cambias de idea.

—Gracias —dije, terminando de prepararme para meterme en la cama.

Cogí una manta grande y gruesa y abrí la ventana. Pasé por encima del alféizar y aterricé en la escalera de incendios. Crystal me miró con ojos preocupados.

—Frankie, ¿qué demonios estás haciendo?

—¿A ti qué te parece? Hoy voy a dormir aquí fuera.

—¿Por qué demonios vas a hacer eso?

—Porque si regreso allí, no quiero volver a estar dentro de la casa por si mi padre me ve. ¡Ea!

Tras esto, me echó una larga mirada.

—Oh, pero qué tonta y estúpida soy. ¿Cómo no se me ha ocurrido? Frankie, ¿es que estás loca? Te podrían atacar ahí fuera. —Intentaba inculcarme algo de sentido común.

—No hay manera de que pueda subir nadie hasta aquí. He subido la escalera, así que nadie, a menos que venga de dentro de mi casa, puede llegar hasta mí —afirmé—. No te preocupes.

—Me preocupo, Frankie. Me preocupo mucho. Por mucho que quiera que consigas regresar allí, no quiero que sufras ningún daño. —Se calló para mirarme con sus hermosos ojos marrones.

—Crystal, sé que lo dices con buena intención. Pero déjame hacer esto. Si no funciona, lo dejaré porque entonces sabré que sólo ha sido un sueño. Hasta que se haga de día, tengo que creer que lo que he experimentado ha sido real. Para mí ha sido tan real que no puede haber sido simplemente un sueño.

—Te creo, Frankie. En serio. De verdad que creo que Annie es real y que volverá a llamarte. Pero ten cuidado. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. Gracias por tu apoyo, Crystal.

—¿Qué clase de amiga sería si no te apoyara? Sobre todo cuando estás experimentando cosas que entran dentro de mi ámbito —dijo con una sonrisa.

Me incliné hacia el interior de mi piso y agarré a Crystal. La abracé con todas mis fuerzas. Era la mejor amiga que tendría jamás.

—Te quiero, Crystal. Muchísimas gracias —dije, dándole un beso en la mejilla.

—De nada, Frankie. Sabes que no hay nada que no haría por ti. Es lo mínimo que puedo hacer. Esta noche estaré muy pendiente de los ruidos que haya fuera. No quiero que te pase nada.

—Gracias por tu preocupación, pero estaré bien. Te olvidas de que puedo cuidar de mí misma —le dije, meneando las cejas.

—Debería haber ido a esas clases contigo.

—Entonces no tendría a nadie a quien proteger —dije sonriendo—. Ahora vete, ve a dormir. Espero tener algo nuevo que contarte por la mañana. —Le revolví el pelo y ella me abrazó de nuevo.

—Buenas noches, Frankie. ¿Quieres dejar abierta esta ventana? —preguntó Crystal.

—Sí, si tengo que ir al baño en medio de la noche, necesito poder entrar fácilmente. Con la suerte que tengo, seguro que se rompe el cierre y me quedo atrapada fuera. No sería agradable.

—Cierto. ¿Estás segura de que no vas a pasar frío aquí fuera? ¿Quieres otra manta o una chaqueta o algo?

Dios, es adorable.

—No, cariño, estaré bien. Ahora aire. Vete. Estaré bien. Hasta tengo papel y bolígrafo para escribir los detalles —dije, mostrándole dichos objetos.

—Bien. Vale. Me voy. Hasta mañana. Si no te veo hacia las nueve, vendré a buscarte.

—Vale, cielo, aquí estaré. Mario todavía tiene las llaves de la tienda, así que si no abro yo, estará él. Está todo previsto, así que no te preocupes.

—Es mi trabajo como mejor amiga, me debo preocupar.

—Buenas noches, Crystal. —Fingí estar exasperada.

—Buenas noches, Frankie —dijo, deslizándose por la ventana y regresando al piso. Me quedé mirando hasta que desapareció su sombra.

—Vale, pues ya está. Ojalá estuviera cansada —le dije al cielo que se estaba nublando—. Ni se te ocurra, se supone que no va a llover hasta dentro de dos días. Apóyame, papá.

La noche era tranquila y mi barrio nunca me había parecido más silencioso. Hacía tiempo que no dormía aquí fuera. Lo hacía todo el tiempo después de que muriera papá. Me recordaba todas esas noches calurosas de verano en que pasábamos aquí el rato. Siempre me encantaron esos momentos que pasaba con él. Nos sentábamos aquí fuera, comiendo polos y contemplando las luces de la ciudad que se iban apagando una a una.

Dios, cuánto te echo de menos, papá.



Capítulo 10


No pude evitar moverme al notar la dureza de la escalera de incendios clavándoseme en la espalda. Cuando abrí los ojos, me encontré mirando a unos ojos que no había visto desde hacía años. Me hizo falta hasta el último vestigio de control para no chillar.

—¿Necesita un sitio para dormir? —le oí decir.

—¿Qué...? —No podía hablar. Me froté los ojos, carraspeé y lo intenté de nuevo—. ¿Disculpe?

—Le he preguntado que si necesita un sitio para dormir —repitió.

—No... yo... mm... —Piensa rápido, Frankie—. Creía que éste era mi balcón. Supongo que era tarde cuando volví a casa anoche y me equivoqué de escalera. —Miré a mi padre y seguía teniendo los ojos más cálidos que había visto nunca—. Lo siento, deje que me vaya y no le daré más la lata.

—No hay problema. Sólo quería asegurarme de que estaba bien.

—Gracias, p... —Me detuve—. Señor. Le agradezco el interés.

—¿Quiere desayunar algo? —Siempre era amabilísimo con la gente.

—¿Desayunar? Mm... —¿Esto será bueno o malo?

—¿Tiene hambre? Mi mujer y yo estábamos sentándonos a comer y la he oído aquí fuera. Tenemos de sobra, si lo desea —dijo, echándome su preciosa sonrisa. ¿Cómo podía resistirme a la oportunidad de comer una vez más con mi padre y de conocer de verdad a mi madre?

—Me encantaría, gracias. —Las palabras se me escaparon de la boca antes de que pudiera detenerlas.

Él alargó la mano y me ayudó a entrar en mi cuarto. Yo llevaba la misma ropa que la noche anterior. Me comprobé los bolsillos y noté también el bulto del dinero que me había metido en ellos.

Conque no puedo controlar la situación, ¿eh, Nonnie? Me sonreí por dentro.

Papá me llevó al interior del piso y por el pasillo que yo conocía tan bien. Mi madre estaba en la cocina y se quedó algo asombrada al verme entrar en su casa con mi padre. La miré y sonreí.

—Me llamo Frankie. Su marido ha sido tan amable de invitarme a desayunar.

Ella me ofreció la mano. Se la estreché y noté que su mano era muy suave. A lo mejor de ahí había sacado yo la suavidad de mi piel.

—Yo soy Myrna y ya veo que ha conocido a Frank —dijo, mirando a mi padre. Él le dirigió la mirada que quería decir, "Hablaremos de esto más tarde". Dios, cómo me conocía yo esa mirada.

—Sí, así es. —Lo miré y le sonreí.

—Pues, por favor, como si estuviera en su casa.

Señora, esta casa es más mía de lo que lo será para usted jamás.

—¿Le gustan los huevos revueltos? —preguntó.

—Sí, señora. ¿Puedo ayudar en algo? —No quería comportarme como una inútil.

—No, querida, así está bien. Tengo todo listo. Sólo tengo que traerlo. Adelante, siéntese a la mesa.

—Bueno, Frankie... —empezó mi padre—. Me resulta muy familiar. ¿Conozco a su padre?

Ya te digo...

—No creo. La verdad es que vivo al otro lado de la calle. Debía de estar muy cansada anoche cuando subí la escalera. —Buena tapadera.

—Mm... ya —replicó él. Era su forma de decir que no se creía nada de lo que le estaba diciendo.

—Gracias otra vez por invitarme a pasar. Le agradezco que no me haya hecho arrestar.

Él estalló en carcajadas. Dios, cómo echaba de menos ese sonido.

—Tonterías. Si hubiera querido hacernos daño, no se habría parado en la escalera de incendios, habría entrado. De hecho, creo que se nos coló alguien en casa hace un par de semanas. Pero para cuando llegué a la escalera de incendios, ya había desaparecido.

El corazón se me aceleró al instante. Al menos no me vio. ¿Hace un par de semanas? Dios, me pregunto qué día es hoy.

—La verdad es que soy inofensiva. Sólo estoy un poco fuera de lugar —dije con una sonrisa guasona, que le hizo sonreír.

—¿Está segura de que no nos hemos visto antes?

—Sí, señor, estoy segura. —Mentirosa.

—Oh, Frank, deja a la chica en paz, si te conociera, lo diría. —Mamá entró con el desayuno y me rescató.

La primera vez. ¿Dónde ha estado metida durante toda mi vida, señora?

No pude evitar mirarla con curiosidad. Yo era una réplica exacta de los dos. Tenía los ojos de ella y la sonrisa de él. Tenía el colorido moreno de él, pero la piel suave de ella. De repente me sentí enormemente afortunada.

¿Cuánta gente consigue desayunar con sus padres antes de que sepan que eres su hija? Me parece que nadie. Sabía que esto no podía ser un sueño.

—Bueno, Frankie, ¿a qué se dedica? —preguntó mi madre.

NO trabajas abajo. NO trabajas abajo.

—Ahora mismo no tengo trabajo. Me encanta el cine y voy a ver si consigo trabajar en el cine de Sheridan.

—¿El 400? —preguntó mi padre.

—Sí, ése mismo —repliqué.

—A mí también me encanta el cine. En mi tienda de abajo tengo un montón de recuerdos de películas. Tengo trajes, fotografías y recuerdos de todo tipo. Debería bajar después de desayunar para echar un vistazo —dijo con tono de orgullo. Siempre había estado encantado con su tienda.

—Ya he estado ahí. A lo mejor es ahí donde me ha visto —sugerí.

—Podría ser —dijo, llenándose la boca de comida.

—Gracias otra vez por el desayuno, señora.

—Por favor, llámeme Myrna —dijo ella.

—Gracias, Myrna. —Debo decir que hacía un desayuno fabuloso. Pero no sabía de qué más hablar con ella—. ¿Tienen hijos? —no pude evitar preguntar.

—No, no tenemos —contestó ella de inmediato.

—Pero los queremos, ¿verdad, querida? —intervino mi padre.

—No me parece que debamos hablar de eso ahora —dijo, con cierto tono de enfado en la voz. Creo que habíamos tocado un punto sensible.

—Lo siento. No pretendía meterme en sus asuntos. Por favor, discúlpenme.

—No se preocupe, Frankie —dijo mi madre, mientras miraba a mi padre—. Frankie, qué nombre tan raro para una chica.

—Bueno, mi nombre de verdad es Frances. Mis amigos me llaman Frankie desde que me acuerdo —expliqué.

—Ya —dijo ella, metiéndose el resto del desayuno en la boca. En ese momento no parecía muy contenta.

Mi madre cogió su plato, entró en la cocina y puso el plato en el fregadero. Sin decirnos una palabra a ninguno de los dos, se puso a limpiar la cocina.

—Lo siento, señor Camarelli, no he querido molestar a su mujer. —Dios, qué raro sonaba eso viniendo de mí.

Él puso su mano sobre la mía y me la frotó.

—No se preocupe. Es que es un tema sobre el que no estamos de acuerdo. —Se acercó a mí con aire conspirador—. Algún día quiero tener una hija a la que pueda mimar, pero ella no quiere hijos en absoluto. Espero que algún día podamos ponernos de acuerdo para tener un bebé.

No pude evitar la sonrisa que se formó en mis labios.

—Creo que sería un gran padre. No renuncie a ello. —Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas, lo cual quería decir que era hora de que me marchara. ¿Cómo iba a explicar eso?—. Debería dejar que siguieran ustedes con sus cosas. Una vez más, siento haberme quedado dormida en su escalera de incendios, la próxima vez que salga hasta tarde prestaré más atención.

—No se preocupe por eso, Frankie. Me alegro de haberla conocido. La próxima vez que pase por la tienda, venga a saludarnos.

—Gracias, lo haré. —Me volví hacia mi silenciosa madre—. Gracias otra vez por el desayuno, Myrna, estaba delicioso.

Ella se apartó de lo que estaba haciendo y sonrió.

—De nada. Cuídese, Frankie.

—Usted también —dije y la miré por última vez. En realidad no conocía a esta mujer en absoluto. No sabía si eso era malo o no.

—La acompaño a la puerta. Deje que le traiga la chaqueta.

—Ah, no tengo —le corregí.

Abrió el armario del recibidor y sacó una chaqueta.

—Tome, puede ponérsela para ir a casa. Hoy hace un poco de frío. Hace sol, pero ya sabe cómo es la Ciudad del Viento. Parece que hace un día estupendo hasta que se sale por la puerta —dijo, al tiempo que me ponía la chaqueta por los hombros. Se me había olvidado lo amable que era realmente.

Gracias, quienquiera que seas, por darme esta oportunidad de verlo otra vez.

—Gracias, señor Camarelli. Se la devolveré —dije, metiendo los brazos por las mangas de la chaqueta.

—No corre prisa. Tengo otras que ponerme. Tráigamela la próxima vez que venga por el barrio.

Nos quedamos sonriéndonos el uno al otro. Era como si lo supiera.

—Bueno, gracias otra vez por el desayuno. Ha sido usted muy amable. —No me quería ir.

—De nada. Dígale a su familia que también ellos son bien recibidos.

—Se lo diré. —Antes de poder detenerme, me incliné y le di un abrazo y un beso en la mejilla. Él ni se encogió ante el contacto. Me miró con sus ojos cariñosos y me saludó agitando la mano cuando yo salía por la puerta.

—Adiós, Frankie —dijo mientras cerraba la puerta.

—Adiós, papá —dije en voz baja, sin dirigirme a nadie.



Capítulo 11


En cuanto supe que podía, me desmoroné por completo y me eché a llorar. No sabía si alguna vez tendría fuerzas suficientes para volver a verlo. Me costaba tanto no decirle quién era. Me senté en el banco de la parada del autobús y me tranquilicé. Tardé unos minutos en serenarme. Por mucho que me gustara verlo, aquello me hacía echarlo de menos otra vez.

Pero ahora tenía una imagen mejor de mi madre. Era evidente que no quería tener hijos. Supongo que mi padre la convenció. No parecía una persona muy agradable. A lo mejor debía alegrarme de no haberla tenido en mi vida. Tuve a papá, que era la persona más cariñosa que podría haber pedido jamás como padre.

Pasé ante Clásicos en Tecnicolor y miré el escaparate. Las luces estaban apagadas y en la puerta estaba el letrero de Cerrado. Supuse que era domingo, dado que la tienda no estaba abierta. Papá no abrió sus puertas en domingo hasta que yo empecé a darle la lata sobre el negocio.

Bajé por Sheridan Road oliendo a mi padre en su chaqueta. Dios, cómo echaba de menos ese olor a Old Spice. Hiciera el tiempo que hiciese, él se ponía esa colonia. No recordaba que me hubiera gustado nunca más que en ese preciso momento. No sé qué había hecho para merecer la oportunidad de verlo de nuevo, pero me sentía profundamente agradecida.

Me encaminé al restaurante donde trabajaba Annie con la esperanza de encontrarla allí.

¿Cómo le voy a explicar el haberla dejado la última vez y mi regreso de ahora? Tienen que haber pasado unas dos semanas desde que estuve aquí, según lo que dijo papá al hablar de la persona indeseable que se había metido en su casa. O sea, yo.

Llegué al restaurante y miré dentro para ver si la veía. Observé la actividad del bar para ver si estaba trabajando, pero no había ni rastro de ella.

Entré en el restaurante para preguntar si iba a venir a trabajar hoy. Me acerqué a una camarera que llevaba una placa donde ponía Doris.

—Disculpe, Doris, estoy buscando a Annie. Había quedado con ella aquí, pero no la veo. ¿Trabaja hoy? —pregunté, mintiendo un poco.

—No, cielo, Annie lleva de baja estas dos últimas semanas. Ha estado enferma. A lo mejor la encuentras en el colegio mayor —sugirió Doris.

—Gracias. ¿Está en Mertz?

—Sí, eso creo. Creo que está en el piso dieciocho.

—Mmm... Doris, esto le va a sonar raro, pero no me acuerdo de su apellido. Vamos juntas a una clase de redacción y teníamos que repasar unos apuntes, pero no lo recuerdo. ¿Me puede ayudar?

—Claro, cielo, es Parker. No serás una psicópata, ¿verdad?

Como que voy a responder que sí a esa pregunta.

—Bueno, eso depende de a quién se lo pregunte. —Se le pusieron los ojos como platos y se puso pálida—. Lo digo en broma, Doris, como he dicho, vamos a la misma clase. No se preocupe, Annie no corre peligro, se lo prometo. —Le dediqué mi mejor sonrisa tranquilizadora y pareció más calmada.

—Bueno, lo que sí está claro es que eres mucho más de fiar que ese novio que tiene. Estoy deseando retorcerle el pescuezo por lo que le ha hecho.

Me sentí hervir de rabia.

—¿Qué le ha hecho, Doris? —dije entre dientes.

Como le haya hecho ALGO, lo mato yo misma.

—Pues que no la recogió la otra noche y estaba diluviando y casi se pilla una pulmonía por la tormenta. Por eso se ha pasado unos días sin venir a trabajar.

Me sentí más tranquila.

—Nada que un poco de caldo de pollo y unos mimos no puedan arreglar. —Sonreí, sabiendo que podía ocuparme de ambas cosas.

—Pues es bueno saber que tiene amigas como tú.

—Sí, ya lo creo —asentí—. Bueno, me voy. Gracias por la ayuda, Doris.

—De nada, cielo. Dile a Annie que aquí la echamos de menos —sonrió.

—Se lo diré. Hasta luego —dije y salí del restaurante.

Me encaminé al campus y de ahí directamente a Mertz Hall. Subí las escaleras y me acerqué al pequeño mostrador de seguridad. Ahí estaba sentado un guardia comiendo su almuerzo con un montón de hojas de visita.

—Me gustaría ver a Annie Parker, por favor —le dije. Él ni me miró.

—Firme, por favor —dijo, pasándome la hoja.

Rellené toda la información que pude menos el número de habitación de Annie, puesto que no tenía ni idea de cuál era. Esperaba poder meterme en el ascensor antes de que el tipo se diera cuenta e intentara detenerme.

Entré en el ascensor y pulsé el botón del piso dieciocho. Las puertas se cerraron y el ascensor empezó a subir hacia el piso dieciocho. La puerta se iba abriendo y cerrando, dejando salir y entrar a numerosos estudiantes por el camino. Por fin llegué a mi piso y salí, con la esperanza de verla.

Fui pasando despacio ante las habitaciones, escuchando por si oía esa voz dulce que conocía tan bien. Doblé una esquina y oí unas risas que salían de la habitación del fondo. Me acerqué un poco más y oí una voz conocida: era Betsy, la del partido de voleibol. Llegué a su puerta y llamé. Oí que colgaba el teléfono. Se abrió la puerta y allí apareció Betsy sin otra cosa más que una toalla y una sonrisa.

—Vaya, mira lo que ha traído el gato. ¿Cómo estás, Frankie? Creíamos que te habías desvanecido en el aire —dijo en broma.

Dios, qué razón tienes. Si supieras qué razón...

—Hola, Betsy, ¿qué tal tú? Yo bien, supongo, no me puedo quejar.

—Pasa, chica, siéntate. Estoy vistiéndome, espero que no te importe —dijo, al tiempo que dejaba caer la toalla y empezaba a vestirse.

Aparté la mirada inmediatamente y noté que se me sonrojaban las mejillas con cierto corte. No todos los días me encuentro con una mujer a la que apenas conozco que me enseña su cuerpo desnudo. Eso no es malo, ojo, es sólo que no me ocurre mucho.

—Oye, ¿has visto a Annie? No sé en qué habitación está y necesito hablar con ella de lo del otro día —dije, con la esperanza de no andar demasiado desencaminada.

—Creo que se cabreó con tu desaparición. Han pasado dos semanas, Frankie. No sé qué tal te va a recibir. Pero puedes ir a verla, puede que sirva de algo. Está en la habitación de al lado, en realidad. Pero hace un par de días que no la veo, he tenido mucho que hacer con las clases y todo eso. ¿Quieres que vaya contigo? —preguntó.

—No, ya soy mayor, creo que puedo hacerlo sola.

—Seguro que sí —replicó con aire muy flirteante. Tenía que salir de su habitación bien deprisa. Betsy me caía bien, pero me di cuenta de que estaba buscando el amor donde no debía.

—Gracias por las indicaciones, Betsy, te lo agradezco. Deséame suerte —dije riendo.

—Sólo tienes que disculparte, Frankie, estoy segura de que lo que sea que te ha obligado a estar fuera tanto tiempo ha sido un motivo de peso. Lo comprenderá, en serio. Pero no le mientas, es algo que odia.

—Vale, gracias otra vez, Betsy. Hasta luego —dije y salí de su habitación y me acerqué a la puerta de Annie.

Oí ruidos apagados que salían de su habitación. Me sentía como una niña a la espera de entrar en el despacho del director.

¿Qué demonios voy a decirle?

"Hola, Annie, siento haber desaparecido hace dos semanas, pero tenía que regresar a mi propio tiempo..." O podría decir... "Oye, Annie, siento haberte dejado plantada, pero tengo un tiempo limitado porque, verás, soy del futuro..." O podría usar la vieja excusa... "Hola, cielo, siento lo del otro día, pero me surgió algo inesperado". ¡¡¡AAHHHH!!! Vale, Frankie, cálmate de una puta vez y respira.

Tranquilicé mi mente y mi respiración. Me sequé las manos sudorosas en las perneras del pantalón y alcé la mano para llamar a su puerta. Llamé y oí unos pasos que se acercaban a la puerta. Éste no era el momento de vomitar. Mi estómago no estaba de acuerdo.

Entonces se abrió la puerta y vi su cara por un instante.

—Hola, Annie... —dije en el momento en que la puerta se me cerraba en la cara—. Mierda.

Me volví y apoyé el cuerpo en su puerta y la cabeza en la madera.

Joder. Esto va a ser mucho más difícil de lo que pensaba.


PARTE 7


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