4



Capítulo 6


El trayecto hasta la playa transcurrió en silencio. Yo notaba la tensión entre estos dos, era muy densa. Ella iba sentada entre él y yo en la cabina de su camioneta. La cercanía de su cuerpo me estaba poniendo nerviosa. Tenía que dejar a este cabrón. Y pronto. La camioneta de Billy se detuvo en la Playa Noreste de Campus, nada más pasar Pratt Lane. Hacía realmente un día maravilloso y mucha otra gente había tenido la misma idea.

—Guau, ¿cuántos días ves como éste en abril, ¿eh, Billy? —dijo Annie toda emocionada.

—Sí, nena, tú dime dónde está el barril. Corey dijo que hoy iba a traer uno —dijo Billy, mirando a su alrededor. Sus ojos se posaron en el blanco—. Ahí está, vamos. No quiero esperar para beber un vaso —dijo, al tiempo que salía corriendo de la camioneta en busca de su néctar de los dioses.

—Es agradable ver a un hombre con las prioridades claras —bromeé. La expresión de Annie era triste—. ¿Qué ocurre, Annie? ¿He dicho algo malo?

Se volvió despacio para mirarme.

—No, es que no me gusta que beba tanto. Pero no me hace caso. Cada vez que saco el tema, nos peleamos y él se enfada mucho y entonces... bueno, digamos que ya no saco el tema —terminó con voz apagada.

Ahora sí que estaba cabreada.

Si te ha hecho algo, lo mato en el sitio.

Mi pelaje protector se había erizado prodigiosamente. Había algo en mi interior que necesitaba proteger a Annie con todo mi ser. No estaba dispuesta a defraudarla.

Tiene una expresión tan triste. Hace unos minutos estaba tan contenta. Tengo que acabar con su tristeza. Hace un día demasiado bonito para sentirse así. Intentaré hablar con ella de esto en otro momento. No parece querer seguir hablando de ello.

—¿Qué te parece si nos vamos a mirar un partido de voleibol o algo así? —le propuse.

Su cara se animó al instante.

—¿Qué es eso de mirar? ¡Vamos a arrasar! —dijo con un fuego increíble en los ojos. Salió disparada hacia el partido que ya estaba empezado.

Annie corrió hasta unas amigas suyas que estaban allí y les preguntó si necesitaban más jugadoras. Yo me quedé en el lateral de la pseudo cancha y esperé a que Annie me hiciera una señal.

La cara de Annie relucía por el sol y la descarga de adrenalina de las ganas de jugar.

Es absolutamente adorable... y hetero. Tengo que recordarlo.

Salí de mi ensimismamiento cuando unos dedos chasquearon ante mi cara.

—¿Frankie? Cielo, ¿estás bien? —preguntó.

—Sí, ¿vamos a jugar? —pregunté, con la esperanza de descargar parte de mi agresividad en un balón inocente.

—Sí, señora. Ésta es Betsy, vive en mi planta —me presentó—. Betsy, ésta es Frankie, nos hemos conocido hoy. Es muy simpática. —Se acercó a Betsy con aire conspirador—. Y es muy atractiva, ¿no crees? —Al instante se me puso la cara como un tomate e intenté darme la vuelta. Annie me cogió la cara con los dedos y me habló directamente a los ojos—. Lo eres, cielo, no des por supuesto lo que se te ha dado libremente. —Dios... un buen lema para la vida—. ¡Qué diablos, podrías tener a cualquiera de las personas aquí presentes si quisieras! —Las dos se echaron a reír y Betsy comentó:

—¡A cualquiera de verdad!

¿Eso ha sido una indirecta referida a ella o a Annie? Yo apuesto por la segunda.

—Gracias. Creo que no se me da muy bien aceptar cumplidos —dije casi con timidez, sorprendiéndome incluso a mí misma.

—¡Venga, Frankie, vamos a arrasar! —dijo Betsy, pasándome el brazo por los hombros y llevándome hacia su equipo.

Las tres nos situamos en la primera línea de nuestra pequeña escuadra y esperamos el servicio del otro equipo. Yo estaba en el medio, Betsy a la derecha y Annie a la izquierda.

—¡Que viene! —gritó una de las chicas de la fila de atrás. Levanté la mirada y vi que el balón iba derecho hacia Annie. Ésta observó el balón que volaba hacia ella. Conectó sólidamente con él y se lo pasó a Betsy, quien a su vez lo colocó para que yo hiciera un mate. Miré el balón y salté todo lo que pude.

¡CRAC!

—¡SÍ! —gritaron las chicas de mi equipo cuando mi disparo aterrizó entre dos chicas de la fila de atrás del equipo contrario.

—¡Así se hace, Frankie! —me dijo Annie entusiasmada. No pude evitar devolverle la sonrisa.

Era fácil. Aunque creo que les sacaba una buena ventaja.

—¡Annie! ¡Mueve el culo y ven aquí! —gritó Billy desde el lateral.

—Billy, estoy en medio del partido, dame un par de segundos, ¿vale? —le pidió ella.

—¡No, te necesito ahora! ¡Vamos, niña! —gruñó él.

A Annie se le puso mala cara mientras se dirigía hacia él.

—Eh, perdonad, chicas, ahora mismo vuelvo —dijo.

No pude evitar observar la forma en que se relacionaban. Billy era un gilipollas, simple y llanamente, y yo no podía entender qué era lo que veía Annie en él. Podía estar con alguien mucho mejor que él. Se merecía a alguien mucho mejor que él. Era demasiado estúpido para darse cuenta de lo que tenía.

Annie se acercó a Billy y de nuevo éste la agarró del brazo con brusquedad.

—¡Cuando te digo que vengas, vienes! No al cabo de unos segundos o unos minutos. ¡Ahora quiere decir ahora! —farfulló indignado.

—Lo siento, Billy, ¿qué querías? —preguntó ella con tono apagado.

—Necesitamos más cerveza. Ve a la tienda y trae medio barril más. —Se sacó un fajo de dinero del bolsillo y se lo dio. Annie cogió los billetes doblados al tiempo que sus llaves. Le sonrió débilmente y él se inclinó para darle un beso. La agarró por el pelo bruscamente, tirándole de la cabeza para que lo mirara. Ella gimoteó ligeramente mientras dejaba que la besara con descuido.

Se apartó y echó a andar hacia la camioneta. Billy le dio una palmada en el culo cuando se alejaba y apuró lo que le quedaba de cerveza. Se rió con sus colegas haciendo comentarios sobre su papel en la relación.

—Maldita zorra, nunca me escucha. Ya la pondré firme más tarde. ¿Te crees que me puedes poner en evidencia delante de mis amigos? Ya te enseñaré yo modales... —Se quedó callado cuando me acerqué a él.

—¿Qué quieres? —preguntó, tambaleándose e intentando enfocarme con la mirada.

—Algo me dice que a ti no te obedecería ni un perro. Si tiene el más mínimo sentido común, te dejará plantado. Como creo que tiene más sentido común del que tendrás tú en toda tu vida, sólo es cuestión de tiempo. —Me moría de ganas de tumbarlo de un puñetazo, pero algo me decía que éste no era el momento adecuado.

—Zorra. No sabes ni una mierda sobre mujeres. A Annie le gusta lo que tenemos. ¿Verdad, nena? —le gritó y ella asintió levemente. Yo no daba crédito a lo que veía—. ¿Lo ves? No va a ir a nunguna parte. Al menos sin mí —dijo con aire satisfecho mientras sus amigos se unían a sus risas. Dios, quiero que se coma la arena que piso ahora mismo. Cálmate, Frankie, si Annie no quiere tu ayuda, no puedes obligarla a aceptarla. Mis pensamientos se apoderaron de mí y no noté el ligero tirón que me estaban dando en la manga.

—¿Quieres acompañarme a la tienda, Frankie? —preguntó Annie—. Tengo que comprar cerveza para los chicos —me preguntó con una mirada que casi me suplicaba que fuera con ella.

—Claro —dije, echándole una mirada a Billy—. Gilipollas. No digas que no te lo he advertido. Se habrá ido antes de que te des cuenta. —Le sonreí con ferocidad.

Papá me enseñó que a veces, si sonríes así, la gente comprenderá tu pasión sin tener que sentir cómo se estrella contra su cráneo. Ésta era una de esas veces en que deseaba poder estrellar algo contra el cráneo de Billy.

No es que no se lo merezca. Cabronazo.

—Vamos, Annie. —Le sonreí con dulzura y me volví hacia la camioneta.

—¡Eh, Bets! Volvemos dentro de un rato, ¿vale? —le gritó Annie a nuestra compañera de equipo.

—¡Muy bien, chicas! ¡Hasta ahora! ¡No hagáis nada que yo no estuviera dispuesta a hacer! —nos gritó a su vez.

Qué cosa tan curiosa acaba de decir. Este día se está poniendo cada vez más raro. ¿A quién quiero engañar? Este puto día es el más raro que he tenido nunca.


Nos dirigimos a la camioneta en medio de un silencio controlado. Annie parecía desolada y no costaba imaginarse por qué. Su supuesto novio la acababa de humillar y se podía asegurar que no era la primera vez. Nos subimos a la camioneta y nos quedamos sentadas en silencio un rato.

—Oye, ¿estás bien? —pregunté suavemente.

Ella me miró con unos ojos llenos de lágrimas que casi me rompieron el corazón.

—No sé por qué tiene que beber tanto. Nunca es así cuando estamos solos. Siento que hayas tenido que verlo, dado que nos acabamos de conocer y eso. Pero gracias por defenderme —añadió, tocándome el brazo delicadamente.

—¿Quién no te defendería? Se ha comportado como un auténtico cretino y alguien tenía que decírselo —le expliqué.

—Bueno, así y todo, gracias. Te lo agradezco mucho.

—Lo volveré a hacer si es necesario, Annie. No debería tratarte así. Borracho o no, ha sido un gilipollas. Perdona que te lo diga.

—No necesitas disculparte, Billy ha sido un gilipollas. Tengo que aprender a ser más firme. Es que... —Se quedó callada—. Bueno, digamos que no le gustan esas discusiones —dijo, mirando hacia arriba al apoyar la cabeza en el asiento, y soltó un suspiro exasperado.

—Annie, sé que tú y yo en realidad no nos conocemos bien, pero ¿puedo hacerte una pregunta personal?

Sus ojos volvieron a posarse en los míos.

—Claro. No te prometo que vaya a contestar, pero puedes preguntar. —Sonrió débilmente.

—Vale, no hay una manera fácil de preguntarlo, así que allá va.

—Vale. —Me prestó toda su atención.

—¿Billy te pega?

Se volvió en el asiento del conductor y aferró el volante hasta que se le pusieron los nudillos blancos. Vi que le corrían lágrimas por la cara. Alargué la mano para enjugárselas y ella se encogió cuando la toqué. Su cara pasó de la tristeza al miedo en cuestión de milésimas de segundo.

—Oye... ¿Annie? No tienes que tener miedo de mí. Jamás te pondría la mano encima. Por favor, tienes que saberlo —dije con mi tono más delicado pero más firme.

—Lo siento, Frankie... —empezó a decir. Miró hacia la playa y respiró hondo antes de continuar—. Nadie... sabe nada... Nadie se ha molestado siquiera en preguntármelo nunca. Ha hecho falta una desconocida total para verlo todo. Pero para mí no eres una desconocida. Estoy tan a gusto contigo que casi me da miedo. —Se volvió para mirarme y se encogió de hombros—. No sé cómo dejarlo. Siempre ha sido así. Mi padre era igual con mi madre... bueno, antes de que ella nos abandonara.

—¿Te dejó con tu padre? —pregunté.

—Sí... Él nunca me había pegado, así que supongo que pensó que estaría a salvo. Sólo sabía que tenía que marcharse. Pero me dejó una nota... qué detalle, ¿eh? Eso fue hace más de diez años. No he vuelto a saber nada de ella desde entonces.

En el curso de esta conversación descubrí a una muchacha muy triste y sola. Se estaba convirtiendo en una estadística. Criada por un padre que pegaba a su madre y que luego empezó a pegarla a ella y ahora salía con un hombre que la pegaba también.

Si de mí depende, Annie, no te convertirás en una estadística. Haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que estás a salvo y rodeada de amor. Te haré ver lo mucho que te mereces esas cosas y más.

—¿Frankie? —me sacó de mi ensimismamiento.

—Lo siento, se me ha ido un poco la olla. ¿Sabes? Mi madre nos abandonó a mi padre y a mí cuando yo tenía dos años. Así que conozco más o menos lo que has pasado. La única diferencia es que mi padre no me pegaba —dije con sinceridad.

—Pues has sido una de las que han tenido suerte, te lo aseguro. Uno se pregunta por qué, ¿sabes? —dijo retóricamente. Sabía que no buscaba una respuesta.

—Bueno, si necesitas ayuda con Billy, puedes contar conmigo, te lo prometo —dije y vi que ponía los ojos en blanco. La agarré del brazo con suavidad pero con suficiente firmeza para obligarla a mirarme—. Una Camarelli jamás rompe una promesa —dije con total seriedad.

—Gracias, Frankie, creo que hasta podría creer en ti —contestó.

—Bien, porque lo digo muy en serio —terminé y ella me cogió la mano y me la apretó.

—Vamos a acabar con esta estupidez. No me puedo creer que ya se hayan bebido todo eso. La fiesta empezó hace sólo un par de horas —dijo con incredulidad.

Annie arrancó el motor y nos dirigimos a la licorería. Bajamos por Sheridan Road y volví a quedarme pasmada por todos los cambios que estaba viendo.

Pasamos por delante del Cine 400 y miré la marquesina. El padrino, segunda parte. La cabeza me daba vueltas de tal manera que me sentía como si estuviera en Regreso al futuro.

—Creo que la que más me gustó fue la tercera de El padrino —dije sin pensar.

—¿La tercera de El padrino? Frankie, si sólo hay dos.

Idiota. Idiota. ¡Idiota, Frankie!

—Me refería a que ésta es la que más me gustó la tercera vez que la vi. —Por los pelos, idiota. ¡Hola, Annie! Soy del futuro, donde has invadido mis sueños con tu voz. ¿Me recuerdas? ¡Dios!

—Ah —dijo Annie, mirándome con desconfianza.

—Necesito oír música, ¿te importa si pongo la radio? —pregunté rápidamente.

—Adelante, a mí también me vendría bien —dijo, inclinándose para encender la radio.

Se puso a dar vueltas al sintonizador como una loca. Dios, se me había olvidado el aspecto que tenían las radios sin reproductor de CD o sin pletina para cintas. No me habría sorprendido ver una pista de ocho en alguna parte. Por fin se conformó con Bennie and the Jets de Elton John.

Eh, chicos, venid a darle caña,
El foco ilumina algo
Que se sabe que va a cambiar el tiempo.
Esta noche mataremos al ternero cebado
Así que seguid aquí,
Vais a oír música eléctrica,
Muros sólidos de sonido.

Siempre me había gustado Elton John. Me alegré de ver que a ella también le gustaba. La observé mientras cantaba la melodía al entrar el estribillo. Tenía una voz preciosa al cantar.

Eh, Candy y Ronnie, ¿los habéis visto ya?
Pero están tan en las nubes, Bennie y los Jets,
Pero son raros y son maravillosos,
Oh Bennie es estupenda.
Tiene botas eléctricas, un traje de mohair,
¿Sabes? Lo leí en una revista,
¡Oh! Bennie y los Jets.

Sonreí al ver cómo hacía explotar la B de la palabra Bennie una y otra vez. La miré y empezó a ponerse ligeramente borrosa. Me froté los ojos e intenté enfocar la vista. Sentí que me entraba un cansancio inmenso y no podía luchar contra él. Cerré los ojos, pensando que si descansaba unos segundos me encontraría mejor. Se me estaban cerrando los ojos y me di cuenta de que Annie me estaba hablando, pero ya no oía su voz.

¿Qué demonios? ¿Annie? ¿Me oyes? ¿Annie? ¿Annie? ¿Por qué no me contestas? ¿Annie? ¿Annie?

—¿Annie? ¿Annie? —me oí farfullar.

—¿Frankie? Vamos, cariño, despierta —oí que decía una voz conocida—. ¿Frankie? Estás soñando, cielo, vamos, despierta. —Por fin reconocí la voz, pero no era Annie, era Crystal. Oh, mierda... no...

Mis ojos se abrieron despacio y se encontraron con unos preocupados ojos marrones que me miraban atentamente. El pelo castaño rizado y los profundos ojos marrones pertenecían sin lugar a dudas a Crystal. Me miró con una ligera sonrisa en los labios.

—Bienvenida de nuevo, cariño. ¿Estás bien? —preguntó, pero yo no podía hablar. Tras un par de intentos, por fin respiré hondo y me concentré en formar las palabras que me costaba tanto enunciar.

—No... no puede haber sido... Maldita sea. —Cerré los ojos, que se me estaban llenando de lágrimas.

—¿Frankie? ¿Qué te pasa? Shh... ¿por qué lloras? —me preguntó dulcemente mientras me acariciaba el flequillo empapado en sudor.

—No puedo creer que sólo fuera un sueño. No puedo... Estaba allí... La toqué, Crystal... Oh, Dios... —Me puse boca abajo y me eché a llorar desconsoladamente. Sentía una soledad que no había sentido desde que murió mi padre.

Espero que el cabrón que está jugando con mis emociones se esté partiendo de risa ahora, porque si alguna vez lo encuentro, no me hago responsable de mis actos.

Lo garantizo.


PARTE 5


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades