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Capítulo 5


Ayúdame, creo que me estoy enamorando demasiado deprisa. Ahora tengo esperanza en el futuro y me preocupa el pasado. Porque he visto grandes fuegos convertirse en humo y ceniza. Nos encanta nuestro amor, pero no tanto como nuestra libertad...

Mis ojos se abrieron despacio cuando oí que se conectaba la alarma.

—Maldita sea, otra vez Joni Mitchell. Tienen que cambiar al pinchadiscos de esta emisora. —Alargué la mano para apagar el despertador, pero no estaba ahí.

La leche, ¿dónde diablos está? Ahora me estaba empezando a entrar el pánico. Anoche tiene que haberse metido alguien en mi casa. ¿Por qué demonios se han llevado mi despertador? ¿Por qué no para de sonar esta canción? ¿De dónde viene la música?

Me froté los ojos de nuevo y me acerqué a la ventana. Miré abajo y noté que me quedaba boquiabierta al tiempo que apretaba la cabeza contra el cristal.

—¿Pero qué...? —Mis ojos no daban crédito a lo que veían. Estaba viendo mi barrio, pero tenía el aspecto que había tenido en los años setenta.

Jesús, ¿qué está pasando? Dimensión Desconocida terminó hace años, pero que me ahorquen si no es como si estuviera ahí ahora, pensé para mí.

Me había acostado desnuda, pero ahora estaba vestida y con una ropa que no recordaba haber comprado, eso seguro. Llevaba pantalones largos de campana y una camiseta gris con una gran flor en medio.

Creo que necesito tomar el aire. Voy a dar una vuelta ahí fuera para pensar y tratar de aclararme las ideas. ¿De dónde demonios sale esa música? No podía parar los pensamientos que pasaban por mi mente.

Al acercarme a la puerta de mi cuarto, la música pareció aumentar de volumen.

Mierda, quien me haya robado el despertador está jugando con mi cadena y sigue en la casa.

—Vale, Frankie, tú puedes con esto —resoplé y agarré el picaporte.

Crucé despacio el umbral y tuve cuidado con todos los puntos que crujían en el suelo de madera. Me sentía como un ladrón moviéndome furtivamente por mi propia casa.

—¡Jesús! —susurré. En la pared se proyectaba la sombra de una persona. Tenía el corazón totalmente desbocado, pero ahora necesitaba llamar a alguien, a quien fuera, pidiendo ayuda. Entonces habló.

—Cariño, ¿me puedes ayudar un momento? —Oí la voz, pero no pude dar crédito a mis oídos. Este hombre sonaba igual que mi padre.

—Un minuto, Frank, ahora mismo acabo aquí —oí que decía una mujer.

Apoyé la cabeza en la pared para sostenerme. ¿Pero qué clase de broma pesada es ésta? Necesitaba verlo con mis propios ojos. Intenté controlar la respiración y hacer acopio de valor para echar un vistazo dentro del cuarto de estar.

—Vamos, Frankie, puedes hacerlo —me susurré a mí misma para animarme.

Me deslicé por el pasillo, en el que ahora ya no había ninguna de mis fotos. Estaba tan cerca del salón que apenas podía respirar. Oí que la canción terminaba y volvía a empezar. Creo que me voy a morir sólo con esto.

Ayúdame, creo que me estoy enamorando otra vez... Joni seguía cantando sin una sola preocupación en el mundo.

Bueno, con lo de "ayúdame" ha acertado... Ahora mismo sí que me hace falta.

Un paso más y podría estirar el cuello para ver a mis indeseados invitados en el cuarto de estar.

Al mirar, los ojos se me llenaron de lágrimas al instante. Ahí estaba mi padre, sentado ante la mesa de la cocina intentando arreglar algo. Me apoyé en la pared para intentar sostenerme en pie. Volví a echar otro vistazo rápido para ver que mis muebles habían desaparecido y habían sido sustituidos por el mobiliario que recordaba de mi infancia. Vi el tocadiscos, ya sabéis, del tipo ése que si dejabas que el brazo llegara hasta el final, se volvía a poner el disco.

Tío, hacía siglos que no veía un disco de 45 revoluciones.

—¿Cielo? Un segundito, ¿vale? —La mujer asomó la cabeza desde detrás de una de las encimeras. Jesús, María y José... ¡ésa es mi madre! Dios, está más guapa que en las fotos que tengo. Ya veo por qué papá se enamoró de ella. Esto era demasiado. Noté que me empezaban a fallar las rodillas, de modo que me agarré a la pared con todas mis fuerzas.

¿Qué demonios está ocurriendo? Esto ya no tiene gracia. He visto lo suficiente como para saber que tengo que salir pitando de aquí... YA.

Volví despacio a mi cuarto, en el que ahora no había ninguna prueba de que alguna vez hubiera estado allí. Mi cuarto estaba vacío, salvo por algunas cajas de cosas sueltas en una esquina.

—Tengo que salir de aquí —me dije. Fui a la ventana y la abrí despacio. Trepé por la salida de incendios a la escalera, como cuando era adolescente y me escapaba con Crystal.

Conseguí que mi cuerpo atontado bajara cada peldaño de la escalera. Cuando llegué a la acera, eché otro vistazo a mi alrededor. La tienda de mi padre seguía allí y al mirar al otro lado de la calle vi la carnicería del señor Hooper, pero todo era distinto. La tienda de quiromancia de la abuela de Crystal ni siquiera estaba allí.

Dios, esto es rarísimo.

Oí un movimiento encima de mí y vi la cabeza de mi padre asomando por la ventana. Me lo quedé mirando, pero él no me vio. Sacudió la cabeza y cerró la ventana.

Creo que no va a ser fácil que vuelva por ahí.

—¿Qué demonios voy a hacer ahora? —pregunté en voz alta, con lo que los que pasaban se me quedaron mirando, preguntándose con quién estaba hablando.


Cuando bajaba por Sheridan Road, vi que iba apareciendo el campus universitario. Sabía que allí habría gente a la que no le importaría que estuviera chiflada y viera gilipolleces de hacía casi treinta años.

Tío, el Parque Rogers era muy agradable. Ahora está fatal con el crimen... o entonces... o... joder, esto es ridículo.

—Estoy en el país de Oz, con ropa que no reconozco, sin dinero en el bolsillo... bueno... —Me metí la mano en el bolsillo y descubrí un billete de veinte dólares—. Vale, con veinte pavos en el bolsillo, que no sé de dónde he sacado, pero ya no voy a plantearme nada. —Sabía que cualquiera que me oyera me agarraría y me ingresaría en el hospital psiquiátrico más cercano.

Caminé un poco más y descubrí un café minúsculo.

Creo que un pelotazo de cafeína me vendría de perlas.

Tiré del picaporte y en cuando se abrió la puerta, percibí unos aromas estupendos que salían del local. Mi estómago rugió muy animado, de modo que pensé que ya que estaba aquí, iba a comer algo. Fui a la barra y me senté. La camarera me daba la espalda, pero me di cuenta de que era joven. Tal vez fuera una estudiante de la universidad.

—Ahora mismo le atiendo —le oí decir.

Parpadeé dos veces cuando la cabeza me empezó a dar vueltas de incredulidad.

Esa voz... ¡es ella! ¡Jesús!

Se volvió despacio y me perdí en los ojos más verdes que había visto nunca. Mis ojos absorbieron despacio la visión que tenía delante. Pelo largo y rubio apartado de la cara en una coleta. Labios generosos con apenas un toque de pintalabios. Preciosa estructura ósea de mejillas y mandíbula. Dios, era la cara más angelical que había visto en mi vida. Su piel era como de porcelana, sin un solo defecto.

—¿Querías pedir algo, cielo? —volvió a preguntar con esa voz preciosa.

—Mm... —contesté con gran inteligencia. Dios, no sentía la lengua—. Sí, eso quiero. —Por fin conseguí hacer una frase entera. No era gran cosa, pero qué diablos, en ese momento me sentí llena de orgullo.

—¿Qué te pongo? —dijo, echándome una sonrisa absolutamente pasmosa. Dios, a ver si para de hacer eso para que pueda volver a respirar.

Maldita sea, ¿y qué no me pone?

—¿Me das la carta, por favor?

Guau, muy bien, Frankie.

—Claro, cielo, aquí tienes —dijo, pasándome la carta.

—Gracias. —Le sonreí nerviosa.

—Llámame cuando estés lista, ¿vale? —me pidió.

—Sí, gracias —contesté. Gracias a Dios que se alejó. Necesitaba calmarme. No creía que pudiera comer en esos momento aunque quisiera. Seguro que lo volvía a echar todo en cuanto me lo comiera.

Ojalá supiera qué está pasando.

Miré a mi alrededor y vi un periódico en el asiento al lado del mío. Vi que era el Tribune y lo cogí. Bebí un trago de agua de mi vaso y lo escupí en cuanto la fecha pasó ante mis ojos.

22 de abril, 1974.

Me atraganté y me puse a toser cuando me entró más agua en los pulmones. La camarera se plantó a mi lado al instante.

—¿Estás bien? Respira por la nariz y echa el aire por la boca despacio —dijo mientras me frotaba la espalda suavemente. Es curioso cómo eres extremadamente consciente de cosas así cuando te estás ahogando.

Poco a poco se me normalizó la respiración y volví a mirarla a los ojos. Dios, podría haberme perdido en ellos.

—Gracias. Creo que se me ha ido el agua por donde no era. —Sonreí débilmente.

—Bueno, qué alivio. No me gustaría que uno de mis clientes muriera atragantado —dijo, sonriendo a su vez.

—Creo que ya voy a pedir.

—Vale —dijo, regresando al otro lado de la barra—. ¿Qué va a ser? —Dios, había vuelto a ese pésimo anuncio de cerveza Pabst Banda Azul con ese imitador de Elvis. Fíjate... viaje en el tiempo.

—Quiero huevos revueltos con beicon y tostada.

—¿Algo de beber?

—Sí, una Coca Light.

—Será Pepsi Light, ¿no? —me corrigió.

—No, Coca Light —la corregí yo a mi vez. Hay una enorme diferencia.

—Mmm... no creo que tengamos algo así. Pero sí que tenemos Tab y el nuevo Sprite sin azúcar —me ofreció.

—No, necesito cafeína... que sea una Pepsi Light.

Dios, ¿todavía se hace el Tab? Tío, me pregunto si la Coca Light se ha inventado aún. Tengo que tener cuidado de ahora en adelante.

Colocó la bebida delante de mí y me di cuenta de que llevaba una placa con su nombre. "Annie". Qué nombre tan perfecto para ella. Observé cómo se relacionaba con los demás clientes del café. Todo el mundo parecía quererla. Estaba hablando con un señor mayor que no paraba de sonreírle. Ella le dio unas palmaditas en la cabeza y le acarició la mejilla al tiempo que le quitaba la cuenta.

Me pregunto por qué habrá hecho eso.

Oí que sonaba el timbre de la cocina y Annie fue a la ventana para recoger lo que parecía mi pedido. Se acercó a mí y colocó el plato delante de mí.

—Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —dijo sonriendo.

—¿Qué te hace pensar eso? —Mi ceja se alzó por su propia cuenta.

—Es que pareces un poco nerviosa, nada más. Calo a la gente bastante bien. —Hizo un gesto señalando el resto del café—. Cosa del trabajo, supongo.

—Dios, seguro. —Le sonreí—. Supongo que se podría interpretar así. Antes vivía aquí, pero ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí.

Eso no es una mentira, ¿verdad?

—El barrio está cambiando mucho. Pero parece que para mejor —dijo sonriendo.

Me metí un tenedor de comida en la boca y me puse a canturrear de placer. Parecía que habían pasado siglos desde la última vez que comí algo. Levanté mi vaso de bebida y me lo bebí casi entero de un solo trago.

—Tranquila, cielo, que te va a doler la tripa —me calmó—. ¿Y qué estás haciendo aquí? ¿Visitando a la familia?

—Sí, eso podríamos decir. Acabo de ver a mis padres esta mañana —dije con una sonrisita.

—Oh, por tu cara, no parece que haya sido una buena visita —replicó suavemente.

—Bueno, digamos que no me esperaban. —Guiñé un ojo.

—Ya entiendo, ¿una especie de visita sorpresa?

—Sí, justo —contesté.

Aunque la sorprendida he sido yo y no ellos.

Sonreí de nuevo a su adorable cara y seguí comiéndome hasta las últimas migas del plato.

—Bueno... mm... —empecé nerviosa—. ¿Llevas mucho trabajando aquí?

—Unos dos años. Estudio en la universidad y esto me ayuda con los gastos.

—¿Qué estudias?

—Escritura creativa.

—Toda una William Shakespeare, ¿eh? —dije en broma.

—Bueno, todavía no, pero a lo mejor algún día —me dijo, guiñándome un ojo.

Dios, creo que me voy a desmayar. ¡A ver si te calmas, Frankie, por Dios!

Por suerte, la llamó otro cliente y ahora podía dedicarme a intentar digerir la comida. El reloj de la pared indicaba que eran cerca de las doce del mediodía. Me pregunté cuánto tiempo podría quedarme aquí sin llamar la atención. No quería perderla de vista, jamás. Necesitaba averiguar más cosas sobre ella. ¿Por qué oía su voz en sueños? Ella no parecía reconocerme en absoluto.

Es que no entiendo cómo encajamos. Sé cómo me gustaría que encajáramos. Eh, echa el freno, tigre, ni siquiera sabes nada de esta chica.

—Termino dentro de media hora. ¿Tienes planes para el resto de tu estancia...? —Se quedó callada.

Supongo que ahora es cuando le digo cómo me llamo. Buah...

—Frankie. —Alargué la mano para estrechar la suya.

—Frankie. —Sonrió dulcemente y mi estómago volvió a dar saltos.

—Yo... mm... pues la verdad es que no, no tengo planes para hoy. ¿Qué se te había ocurrido? —pregunté.

—Pues iba a dar una vuelta por la playa. No hay muchos días de abril en Chicago con temperaturas por encima de los veinte grados.

—Muy cierto. ¿Quieres que te espere?

—Si quieres. Mi novio va a venir a recogerme. Seguro que no le importa llevarte.

¿Novio? Maldita sea, fue bonito mientras duró.

—Si no vas a tener problemas con el jefe, claro, esperaré. —Sonreí, tratando de disimilar mi desilusión.

—Genial. Bueno, si ves a un tipo grande y fuerte de pelo castaño tirando a largo, ése es Billy. Dile quién eres y podéis esperarme. ¿Te parece bien? —dijo esperanzada.

—Sí, claro. ¿Por qué no? —dije sonriendo.

Tío, hace meses que no sonrío tanto.

—Genial. Nos vemos dentro de un rato. Tengo que atender a varias personas más y luego habré terminado —dijo con una gran sonrisa.

—Hasta ahora. Estaré al tanto para ver a Billy.

—Estupendo. Adiós —dijo y desapareció en la cocina. No sé por qué acepté salir con ella y su novio. Siempre me puede una cara bonita y la de ella entraba claramente en esa categoría. Vamos allá. Un tipo alto de pelo largo entró en el café.

Ése tiene que ser Billy.

Me miró y yo le sonreí y me acerqué.

—¿Eres Billy? —le pregunté.

—Puedo ser quien tú quieras que sea, nena —dijo y yo me tragué la bilis que me subió a la garganta.

—Bueno, Annie me ha dicho que alguien con tu aspecto iba a venir aquí. He supuesto que eras tú. Te pido perdón si me he equivocado —dije con los dientes apretados.

Dios, qué mal me cae ya.

—¿Dónde está Annie? Más le vale no salir tarde otra vez. Tengo cosas que hacer —rezongó él.

—Bueno, no ha dicho que vaya a salir tarde. Si te importa tan poco, yo no voy a ningún sitio —dije con tono desafiante.

—Bueno, le daré cinco minutos... después me largo —afirmó.

Qué gilipollas.

Hice una mueca y observé el reloj que estaba encima de las puertas de la cocina.

Dios, por favor, que salga a la hora. No quiero cometer asesinato en primer grado con un gilipollas en segundo. ¿Qué demonios significa eso? Dios, Annie, sal a tiempo.

Justo cuando iba a tener que controlarme, Annie salió por las puertas con treinta segundos de sobra.

—Chica, qué suerte has tenido de salir a la hora. —Se acercó a ella y la agarró del brazo con bastante brusquedad—. Dijiste a las doce y media. Sabes que odio que me hagan esperar. —Vi que el miedo se apoderaba de aquellos claros ojos verdes que hacía media hora habían brillado tanto.

—Lo siento, Billy. La próxima vez no llegaré tarde. —Sonrió débilmente.

—Más te vale o no estaré aquí cuando salgas. —Le soltó el brazo y se encaminó hacia la puerta—. Bueno, ¿vienes o qué? —volvió a rezongar.

—Sí, vamos, Frankie. No malgastemos este día tan maravilloso. No te importa que la haya invitado, ¿verdad, Billy? —preguntó vacilante.

—Me da igual, vámonos —dijo él, saliendo a toda prisa por la puerta.

Dios, me cae fatal.

Sonreí a Annie levemente y por puro reflejo le froté la espalda.

—Vaya, qué agradable.

—Es que hay que conocerlo. La verdad es que es muy cariñoso —lo defendió ella.

—Ah, seguro. Espero encontrar a alguien como él para que sea el padre de mis hijos —dije secamente, esperando que no se ofendiera.

Por suerte para mí, se echó a reír.

—Te lo agradezco. A veces se pone... bueno, da igual. Vamos a disfrutar del sol —dijo sonriendo al tiempo que ocultaba algo que parecía ser dolor.

—Buena idea. Pase usted... —dije, mientras le sujetaba la puerta.

—Gracias, señora mía. —Me guiñó el ojo al salir del café.

Ahhh... ojalá...


PARTE 4


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