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Capítulo 3


Ayúdame, creo que me estoy enamorando otra vez. Cuando me entra esa loca sensación, sé que vuelvo a tener problemas. Tengo problemas, porque eres un vagabundo y un jugador y un mujeriego. Y te encanta el amor, pero no tanto como tu libertad...

La mañana llegó muy deprisa cuando oí que mi radio reloj se ponía en marcha con una canción de Joni Mitchell. Ésta era una de mis canciones preferidas de siempre. La música siguió sonando mientras notaba que la persona que ocupaba la otra mitad de mi cama empezaba a moverse. Me volví y vi una masa de pelo castaño y rizado que se lanzaba sobre mí. Me hizo mucha gracia y más me habría hecho si no hubieran sido las ocho de la mañana. Crystal se me echó encima con intención de destrozar mi reloj despertador.

—Si no apagas esa cosa, lo haré yo y entonces tendrás que comprarte otro despertador —dijo Crystal de mal humor.

—¿Cómo, es que no te gusta Joni Mitchell? —le tomé el pelo.

—A estas horas, no hay nada que me guste —dijo con total seriedad.

—Oooh, ¿ni siquiera yo? —continué.

—Sobre todo tú. ¿Quieres hacer el favor de apagar eso? Dios, no entiendo por qué te levantas tan temprano. ¡Pero si tu tienda no abre hasta dentro de dos horas, por el amor de Dios! —dijo al tiempo que se ponía la almohada encima de la cabeza.

—Venga, Crystal, ¿por qué estás tan gruñona por la mañana? —pregunté, dirigiéndome a la ventana y atisbando por las minipersianas—. ¡Fíjate qué cielo! Va a hacer un día precioso.

—Mmmm, te creo —dijo, cerrando los ojos con fuerza debajo de la almohada—. Pero no me obligues a levantarme para verlo —dijo, echándose también las sábanas por encima de la cabeza.

—¿Te han dicho lo adorable que estás por la mañana?

Bajó las sábanas y me miró lanzándome puñales con los ojos.

—¿Te han dicho que hablas demasiado por la mañana? ¿Especialmente cuando tienes una mujer en la cama a la que le gusta dormir hasta tarde? —Se quedó mirándome y no pude evitar la sonrisa que se formó en mis labios.

Estaba realmente adorable. Tenía el pelo totalmente revuelto y encima de los ojos. Se frotó los ojos como una niña de cuatro años. Cerró los puños para machacarse los ojos al tiempo que soltaba un chillidito muy gracioso. Cuando terminó, la miré mientras enfocaba la vista en mí y por fin me dirigió una sonrisa de buenos días.

—Ah, ahí está. Hola, Crystal, bienvenida de nuevo —dije sonriendo.

—Tú sigue así, colega. Verás cómo te pongo tonto también el otro lado de la cabeza. —Me guiñó un ojo—. ¿Qué tal tienes esa cabezota, cariño? —preguntó, recuperando su carácter bondadoso.

—Hoy me encuentro mucho mejor, gracias a ti. Te agradezco mucho que me hayas cuidado de esa forma.

—Ya, bueno, ¿y qué iba a hacer, dejarte tirada en el suelo de tu tienda? Y lo siguiente que tenemos es otra historia tipo "Asesinato en el Museo de Cera".

—Ja ja, muy graciosa. ¿Cuánto tiempo estuve desmayada? —Realmente no lo sabía.

—Pues creo que sólo unos minutos. Vine después de mi última cita, que fue hacia las seis, pensando que te apetecería cenar algo conmigo. Por suerte para ti, tengo una llave. Vi tu cabeza asomando por detrás de la mesa. El señor Hooper me ayudó a traerte aquí arriba. Me has dado un buen susto, Frankie, me alegro de que estés bien —dijo con toda sinceridad.

—Yo también, gracias de nuevo. Eres una buena amiga, Crystal —repliqué.

—Lo mismo digo, Frank. —Me echó su sonrisa especial. Eso siempre me provocaba la misma reacción: se me ponía una sonrisa de imbécil en la cara que no se me quitaba ni aunque quisiera, que no quería.

Mierda, una vez más, ¿por qué es hetero? Que alguien me lo recuerde.

—Bueno, tengo que meterme en la ducha. ¿Vas a estar aquí cuando salga o vas a volver a casa para meterte en la cama? —le pregunté medio en broma.

—La verdad es que ya estoy despierta. Aprovecharé para hacer cosas. ¿Quieres desayunar algo?

—Oh, ¿me vas a hacer el desayuno? ¿Es que anoche pasó algo y sufro de amnesia? —dije, gastándole la broma de siempre.

—Cielo, si te hubiera dejado tomarme, lo habrías recordado. Créeme. —Esto último lo dijo tan pegada a mi cara que tuve que controlar el ruido que hice al tragar.

Demonios, qué bien lo hace y yo necesito una ducha... YA.

—¿Y bien?

Mierda, creo que me he perdido algo.

—¿Qué?

—¿Desayuuuno? —dijo arrastrando la palabra.

—Ah... mm... muy bien. Estaré en tu casa dentro de unos veinte minutos —dije, recuperándome.

—Y una mierda, no voy a ensuciar mi cocina. Estaré aquí —dijo, haciendo un gesto hacia mi cocina.

Me eché a reír ante este comentario.

—Vale, salgo dentro de poco —dije mientras ella ya se alejaba por el pasillo saludándome con la mano por encima del hombro.

Entre en el cuarto de baño conectado con mi habitación y abrí el grifo de la ducha. Al estirarme delante del espejo, noté que la hinchazón de mi frente había bajado bastante. Me la toqué con cuidado y al instante me encogí por el dolor.

—Ay, maldita sea. Me parece que esto no lo voy a repetir. Menuda la has hecho, Frankie, pedazo de torpe.

Mientras me lavaba los dientes sentí que los pelillos de la nuca se me empezaban a poner de punta. Miré al espejo y vi un destello de algo detrás de mí. Me volví en redondo y me empecé a atragantar con la pasta de dientes.

Nada.

¿Qué demonios está pasando?

Por fin me quité el resto de la pasta de la garganta y pude respirar de nuevo.

Me sobresalté al oír un golpe en la puerta del baño. Me acerqué para abrirla. Ahí estaba Crystal con expresión preocupada.

—Frankie, ¿estás bien? —preguntó Crystal.

—Sí, mm... es que me he metido el cepillo de dientes hasta la garganta y me he empezado a ahogar. No sabía que estaba haciendo tanto ruido como para resultar alarmante.

—Es que había vuelto para robarte las zapatillas y te he oído toser un montón.

—Mi heroína... de nuevo. —Le sonreí.

—Date prisa, el desayuno va a estar listo dentro de nada. Recuerda... si llegas tarde... sabes que no voy a esperar... y lo único que tendrás será un plato vacío. —Las dos dijimos lo último al mismo tiempo y nos echamos a reír.

—Vale, vale, salgo dentro de nada. Venga, tú, largo de aquí —dije y nos dimos un beso en la mejilla.

—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —dijo, alejándose por el pasillo.

—Ojalá... —me dije por lo bajo.

Me metí en la ducha y me puse a lavarme el cuerpo.

No comprendo qué está ocurriendo. ¿Qué pasa con la voz de esa chica? Y ahora además veo cosas. ¿Qué demonios va a pasar ahora? Espera, borra eso, no quiero saberlo. Me niego a contarle a Crystal lo que ha ocurrido. Se empeñará en hacerme un exorcismo o lo que sea que haga. ¡Dios! ¿Por qué me está pasando esto?

Mandé lo que quedaba de champú por el desagüe junto con el habitual puñado de pelo que lo acompaña y cerré el agua. Me escurrí el pelo y alargué la mano para coger la toalla del colgador. Ante mi sorpresa, alguien me la pasó. Chillé y corrí la cortina de ducha de golpe para descubrir a Crystal, que me miraba con aire divertido.

—Tranqui, Frankie, necesitaba lavarme los dientes. Sólo quería echarte una mano. ¿Qué diablos te pasa?

Tenía el corazón desbocado.

—Nada, es que me has dado un susto —dije, cogiendo de sus manos la toalla que me ofrecía—. Gracias, Crystal —dije, saliendo de la ducha tan desnuda como cuando vine al mundo.

—Nunca has tenido el menor pudor, ¿eh, Frankie? —Sonrió al tiempo que le daba un repaso en broma a mi cuerpo.

—Nunca he entendido por qué debía tenerlo. Que no te gusta, pues no mires —le contesté a la cara sonriente. Por alguna razón, deseé que le gustara más de lo que le gustaba.

—No he dicho que no sea agradable de mirar. Por desgracia para ti, sólo estoy de escaparates —dijo con un guiño y una sonrisa burlona y regresó a la cocina.

Estoy segura de que lo hace a propósito.


Por fin terminé de vestirme y secarme el pelo. Entré en una cocina de la que emanaban unos aromas increíbles. Dios, qué manera de empezar el día. Me podría acostumbrar a vivir así. Despertándome con una hermosa mujer en la cama y luego reuniéndome con esa misma mujer para desayunar en nuestra cocina.

—¿Tienes hambre? —preguntó Crystal, sirviéndome huevos revueltos en el plato.

—Oh, sí. Muchísimas gracias por hacerme el desayuno —dije sonriendo.

—Ah, no ha sido por ti, tenía hambre y todavía no he ido a hacer la compra. Te he usado para que me abastezcas —me dijo en broma.

—Mujeres, me usan y abusan de mí y luego me lo comen todo. En sentido figurado, por supuesto. —Le devolví la sonrisa.

—Por supuesto —dijo ella, siguiéndome el juego. Me pasó el plato, que ahora estaba lleno de beicon y bollos con jalea de uvas.

—Ooh, qué manera de mimarme. Tiene un aspecto genial, Crystal, gracias —dije, sentándome y empezando a devorar mi comida.

—Ya era hora de que alguien te diera algo decente de comer. No puedes pasarte la vida entera a base de hamburguesas y patatas fritas.

—¿Quién lo dice? La carne es parte importante de los grupos alimenticios, lo mismo que el pan, las patatas y el queso de mis hamburguesas y especialmente la leche con que me las trago. Creo que es muy saludable —dije burlándome.

—Oh, eres incorregible —dijo, lanzando las manos al aire y luego poniéndose en jarras.

—Sí, pero me quieres. —Le guiñé un ojo.

—Sí, por Dios santo, te quiero. —Me guiñó un ojo a su vez—. Bueno, Frankie, me voy a ir a casa para ducharme y hacer cosas. Tengo una cita a mediodía. Que tengas un día estupendo —dijo, dándome un beso en la coronilla—. Y por favor, ten cuidado hoy, ¿eh? No quiero que esta semana te des más golpes en la cabeza, ¿vale?

—Te prometo que tendré cuidado. Hoy estaré pendiente de por dónde voy en todo momento. Palabrita del niño Jesús —dije, trazándome una X imaginaria sobre el pecho.

—Bueno, tienes suerte de que no tenga agujas, porque te las clavaría en el ojo.

—Mala.

Hizo un mohín.

—Bueno, Frankie, me largo. Le diré a Nonnie que estás mejor. Estaba preocupada por ti, ¿sabes?

—Lo sé, vosotras habéis sido mi familia desde que me acuerdo. Dile que me pasaré para verla esta noche después del trabajo —dije con sinceridad.

—Vale, lo haré. Hasta luego, cielo.

—Gracias otra vez por el desayuno, Crystal, y por todo lo de ayer.

—No hay de qué, me alegro de que estés mejor. Cuídate —dijo, bajando las escaleras para volver a casa.

—Adiós.

Cuando se fue de mi casa, me quedé sentada contemplando el vacío que me rodeaba.

Caray, esto está muy silencioso cuando no hay nadie. La verdad es que tengo que salir más.



Capítulo 4


Llegaron las diez como siempre, justo a su hora. Abrí la puerta y di la bienvenida a otro día de trabajo haciendo lo que me gustaba. Tenía unos cuantos maniquíes que vestir, de modo que incluí esa tarea en la lista de cosas que hacer para ese día. Entré en el almacén para coger ropa para los maniquíes y en ese momento oí la campanilla de la puerta que me hacía saber que había entrado alguien.

Asomé la cabeza y no vi a nadie. Miré por toda la tienda y decidí que debía de habérmelo imaginado. Cogí la ropa que necesitaba y me dispuse a hacer mi trabajo. No me gustaba nada tener que ponerles camisas a los maniquíes, porque últimamente son tan anatómicamente correctos que casi resulta embarazoso cuando la gente entra y me encuentra con unas tetas de plástico en la cara.

Casi había terminado con el primer maniquí cuando me di cuenta de que le había tirado la mano. Bajé la vista y no la vi por ningún lado.

¿Dónde demonios se ha metido? No es que haya podido levantarse y marcharse de aquí.

Me puse a cuatro patas y empecé a arrastrarme como un animal en busca de la mano.

Dios, esto es ridículo.

—Está ahí, debajo de la mesa —dijo ella.

Yo estaba debajo de un muestrario y me soprendí tanto al oír la voz de alguien que me estampé con la cabeza en el estante que tenía encima.

—¡Ay! Maldita sea —maldije por lo bajo mientras me frotaba la cabeza—. Gracias, he estado buscándola por todas partes —dije, agarrando la mano y levantándome para darle las gracias a mi clienta—. No puedo creer que no pudiera encontrar... —empecé a hablar en la dirección de la voz y entonces me di cuenta de que la tienda estaba vacía. Me giré frenética, buscando a la dueña de esa voz. Pensándolo mejor, caí en la cuenta de que ya había oído esa voz... en mis sueños—. Oh, Dios mío. ¡Era ella! Era la misma voz. —Me agarré a una de las estanterías para no volver a caerme de cara.

Dios, ¿qué demonios está pasando? Si se trata de una especie de broma, ojalá los bromistas dieran la cara. No me está haciendo la menor gracia.

Ya estaba harta. Me estaba empezando a cabrear de verdad.

—¡Si sigues aquí, sal! ¡Esto ya huele! —grité en la tienda vacía.

Me quedé ahí esperando durante lo que me pareció una eternidad antes de volver al trabajo.

—Esto ya se está pasando... como siga así, tendré que contárselo a Crystal. Oh, le va a encantar. Dios, jamás me dejará olvidarlo. —Solté un suspiro—. Ayer me debí de dar fuerte de verdad en la cabeza. Tiene que ser eso. Tiene que serlo...

Sacudí la cabeza y me puse a trabajar esforzándome más de lo que lo había hecho en mucho tiempo. Necesitaba mantenerme concentrada.

Si vuelvo a encontrarme con esta voz, le preguntaré a Crystal qué cree que puede ser. Podría hacerle una pregunta hipotética, así no sabrá que se trata de mí. Sí, ya, como que yo me voy a sacar sin más una pregunta sobre fantasmas. Se daría cuenta inmediatamente. Me conoce demasiado bien. Ah, mierda. Esto es un asco.

Me pasé todo el día dándole vueltas a la molesta pregunta de "¿Quién es la dueña de esa voz?" Ojalá lo supiera.

Miré el reloj y vi que otra vez me había saltado la comida. Si nadie me lo recordaba, parecía que siempre me olvidaba o que tenía demasiado que hacer para ir a prepararme algo. Crystal solía recordarme mi mala alimentación, pero hoy tenía una cita a la hora del almuerzo y no apareció. Siempre me apetecía mucho comer juntas.

—Ah, bueno, ya cenaremos o algo —le dije a uno de los maniquíes—. Dios, de verdad que tengo que salir más —dije, regresando a mi mesa de trabajo.

Miré a mi alrededor y sentí una soledad que nunca hasta entonces había sentido. Notaba un tirón en las entrañas que no podía explicar. No me dolía ni me producía nada físico de ese estilo, era simplemente algo que me resultaba muy ajeno.

—Creo que necesito vacaciones. —Suspiré y apoyé la cabeza en las manos.


Crystal entró dando botes en la tienda a las 5:45 con una enorme sonrisa en la cara. Hacía años que le había dado una llave de la tienda. Era mucho más cómodo que entrara por su cuenta. No paraba de dar golpes en la puerta hasta que la dejaba entrar. Eso no tardó en convertirse en una auténtica molestia.

—¡Hola, colega! ¿Has acabado ya? ¡Me muero de hambre! —exclamó.

Levanté la vista del papeleo y le sonreí. Costaba mucho no hacerlo cuando aparecía de este humor.

—Sí, sólo me quedan unas pocas cosas más que terminar. Yo también tengo mucha hambre. Hoy se me ha vuelto a olvidar comer. —Sabía que se iba a enfadar por esto.

—¡Maldita sea, Frankie! ¡Eso no es bueno para ti! ¿Cuántas veces tenemos que hablar de tu mala alimentación? Menos mal que te he cebado esta mañana —dijo con tono muy serio y las manos apoyadas en las estrechas caderas.

—Crystal, lo siento. —Me encantaba que se preocupara tanto—. Hoy no ha venido mi alarma de costumbre para recordármelo.

—¿Qué harías sin mí? —me preguntó con aire burlón.

—La verdad es que no quiero saberlo, cariño —le dije con sinceridad.

Me sonrió y me cogió de la mano.

—Venga, vamos a comer. Nonnie nos está esperando.

—Está bien, dame dos segundos que acabe con esto —dije, disponiéndome a terminar el resto del papeleo de las ventas del día.


Entramos en casa de Crystal y nos encontramos a Nonnie esperándonos en el sofá. Su casa no tenía nada que ver con lo que la mayoría de la gente habría esperado de ellas. Vivían de una forma muy normal, si es que se puede usar esa palabra. Tenían un sofá, un par de lámparas, cuadros bonitos en las paredes, la decoración habitual de un cuarto de estar.

Nonnie levantó la vista de su crucigrama y nos sonrió.

—Hola, chicas, ¿tenéis hambre? —preguntó.

—Ésta se ha vuelto a olvidar de comer, así que vamos a ver si la cebamos a base de bien —dijo Crystal, señalándome con un gesto.

—Ah, ya. Bueno, a ver si conseguimos que se coma mis espaguetis.

—Oh, Nonnie, sabes que nunca he podido resistirme a eso —dije, con la boca hecha agua sólo de pensar en comer su pasta. Si Nonnie se dedicara a eso por dinero, dejaría sin negocio al Chef Boy Ardee.

Sí, así de buena es.

Cenamos en silencio, ya que era de mala educación hablar con la boca llena. Los espaguetis de Nonnie siempre tenían ese efecto en mí. Por lo general comía y comía hasta que ya no me sabía bien. Esta noche no fue una excepción.

Crystal se levantó y entró en la cocina para empezar a fregar los platos. Yo me di unas palmaditas en la tripa y me recliné en la silla.

—Dios, Nonnie, lo has conseguido de nuevo. Ha sido lo más rico que he comido desde hace semanas.

—Ooh, gracias, hija. Lo dices sólo porque no comes con regularidad —dijo sonriéndome.

—No, no es eso para nada. Me encanta cómo cocinas. Se puede saborear hasta el último gramo del tiempo que le dedicas. Gracias otra vez por invitarme a cenar con vosotras —dije, controlando el aire que intentaba escaparse por mi garganta.

—De nada. Me voy a mi cuarto a hacer unas llamadas. Buenas noches —dijo levantándose.

—Buenas noches, Nonnie. —Me levanté para ir a ayudar a Crystal en la cocina—. ¿Necesitas que te ayude a recoger? —pregunté, asomando la cabeza en la cocina.

—Coge un paño. Yo friego si tu secas —dijo sonriendo.

—Tía, tenéis lavaplatos, ¿por qué no metes todos los platos ahí? —pregunté, señalando el electrodoméstico.

—Nonnie odia el olor del detergente. Prefiere que sus vasos huelan a Palmolive —dijo con una sonrisa burlona.

—Oh, venga ya, ¿me estás diciendo que si metes unos vasos en el lavaplatos, se va a dar cuenta?

—Ya te digo si se da cuenta. Luego la que tiene que aguantarla soy yo, así que ni lo intentes —me dijo con tono acusador.

—Vale, vale —dije riendo.

Estaba intentando pensar en una forma de preguntarle a Crystal sobre la voz que tenía en la cabeza sin que le diera un jamacuco. Lo cierto es que nunca hasta entonces me había mostrado interesada por estos temas. Seguro que le daba un ataque al corazón. Decidí que tenía que lanzarme y hacerle la pregunta sin más. En el momento en que tomé esta decisión, sus ojos se clavaron en mí con una mirada interrogante.

—¿Qué? —pregunté nerviosa.

—¿Me vas a hacer tu pregunta o no? Llevas quince minutos con una cara rarísima. Tiene que ser una buena, porque no eres capaz de hacerla sin más.

Dios, qué bien me conoce.

—Pues... la verdad es que tengo que hacerte una pregunta más bien rara.

—Pues suéltala. Das la impresión de que vas a echar toda la comida que Nonnie ha hecho para ti.

—No voy a vomitar, Crystal. —Eso esperaba. Dios, qué nerviosa estaba.

¿Y si cree que me estoy volviendo loca? Dilo de una vez, maldita sea.

Respiré hondo y volví a mirarla a los ojos.

—Crystal, ¿alguna vez has tenido la sensación de que te estaban observando, o sea, no por una presencia física...? O sea... oh, Dios, ¿sabes a qué me refiero?

Crystal me tocó el brazo y me llevó a la mesa de la cocina.

—Ven aquí, siéntate e intenta contarme qué está pasando, ¿vale?

—Vale. —Volví a tomar aliento—. Anoche, vale, tuve un sueño, ¿te acuerdas? Bueno, tuve un par.

—Lo recuerdo. ¿Qué pasa con esos sueños? —dijo, suavizando el tono.

—Pues esta mañana cuando estaba en el baño preparándome para ducharme, habría jurado que había alguien observándome mientras me lavaba los dientes. Cuando me volví, no había nadie, pero te juro que vi algo en el espejo. Por eso me atraganté, no fue culpa del cepillo de dientes, es sólo que me pegué un susto horrible. Luego, cuando me pasaste la toalla, pensé que iba a encontrarme con una persona desconocida en el baño.

—¿Qué oíste? ¿Oíste algo? —Estaba auténticamente preocupada.

—No, esa vez no. Lo único que sé es que me entró una sensación rarísima en la tripa y luego se me puso el pelo de la nuca totalmente de punta. Luego se me pasó. —Respiré hondo y la miré a los ojos. No podía créermelo, pero no me iba a despellejar.

—¿Qué más, Frankie? Tengo la impresión de que tienes más que contarme.

Mierda, ¿cómo lo hace?

—Hoy en la tienda. Oí la campanilla cuando estaba en el almacén. Miré y allí no había nadie. Así que seguí con mi trabajo. Estaba vistiendo a uno de los maniquíes. Le tiré una mano y no la encontraba por ningún lado. Me puse en el suelo y empecé a buscarla. Entonces alguien dijo: "Está ahí, debajo de la mesa". Del susto que me llevé al oír la voz, me di un golpe en la cabeza con el estante que tenía encima. Cogí la mano y me levanté para darle las gracias a mi clienta por dar con la mano escurridiza, pero no había nadie.

—¿Estás segura de que oíste a alguien decir eso, que no te lo imaginaste? —preguntó.

—No, Crystal, lo con mis propios oídos. Y además no era una voz cualquiera, era la misma voz de mis sueños. No sé qué está pasando, pero está empezando a ponerme muy nerviosa —confesé.

—Sí que debe, dado que me lo estás contando. Sé lo que sientes con respecto a todos estos temas. —Y lo sabía muy bien.

—¿Qué crees que significa todo esto, Crystal? ¿Son alucinaciones por culpa del porrazo que me di ayer en la cabeza? —Necesitaba saberlo de verdad.

—No, no creo que sea eso en absoluto. —Se calló.

—Bueno, ¿y qué crees que es? No puedo aguantarlo mucho más. Puede que a ti estas cosas te ocurran todos los días, pero no es lo mío para nada.

Dios, esto es rarísimo.

—Frankie, hazme un favor, ¿vale? —Crystal me miró de frente con una expresión absolutamente seria.

—Vale, ¿el qué?

—Esta noche, cuando te acuestes, si tienes otro sueño como los que has tenido, escribe todo lo que recuerdes de él cuando te despiertes.

—¿Y eso de qué va a servir?

—Cuando te despiertes del sueño, todos los detalles seguirán frescos en tu mente. Quiero hacerme una idea mejor de lo que está pasando. Puede que alguien esté intentando ponerse en contacto contigo desde el otro lado.

—Me estás tomando el pelo. ¿Por qué yo? ¿Qué he hecho yo para merecer eso? —dije, subiendo el tono más de lo que pretendía.

—No lo sé, Frankie, pero parece que te está buscando. Haz lo que te pido, por favor. Si no ocurre nada, podemos desecharlo como algo raro que te ha pasado. Si ocurre de nuevo, a lo mejor Nonnie y yo podemos ayudar a esa persona a descubrir porqué está aquí.

—Oh, Dios, no se lo irás a decir a Nonnie, ¿verdad? Jamás me permitirá olvidarlo. Siempre me ha llamado descreída.

—Esto no es algo con lo que Nonnie vaya a jugar. Créeme. Se lo toma muy en serio y no se va a dedicar a gastarte bromas —dijo con la cara muy seria—. ¿Dónde está Nonnie?

—Se ha ido a su cuarto para hacer unas llamadas —contesté.

—Ah, bueno. Pues esta noche intenta escribir todo lo que recuerdes —me repitió.

—Vale, Crystal... si esta noche ocurre algo, escribiré todo lo que consiga recordar —asentí.

—Así me gusta. Vamos a tu casa a ver una película —propuso.

—Vale, me parece muy bien —dije sonriendo.

—¿Qué quieres ver? —preguntó.

—Te toca elegir a ti.

—Oooh, Frankie, ya elegí anoche —se quejó.

—Vale, vale, ¿qué tal Matrix? —pregunté, sabiendo que no iba a querer.

—Muy bien.

—¿Cómo, sin discusiones? —No podía créermelo, siempre discutía cuando se trataba de esa película. ¿A mí qué más me da si ya la he visto veinticinco veces?

—No, he dicho que te toca elegir a ti, así que tú eliges.

—Vale, ahora tengo miedo.

—No tengas miedo, pero tampoco te sorprendas cuando la próxima película que veamos sea algo que no te gusta.

—Oh, no, otra comedia romántica no. —Ésas me las temía. Se me ponía toda llorosa y sentimentalona.

—Espera y verás.

—Qué intriga —dije, mientras salíamos por la puerta de su cocina, que daba a las escaleras de mi casa.


La película terminó con Crystal totalmente dormida apoyada en mi hombro. ¿Cómo podía quedarse dormida durante una película como ésa? En la última media hora los tiroteos podrían despertar a un muerto. Pero ahí estaba, dormida como un ángel en mi hombro. Pero era tarde y yo misma necesitaba dormir.

—¿Crystal? Crystal, cielo, despierta. —La sacudí ligeramente.

—Mmm, ¿ya se ha acabado? —dijo, estirándose en el sofá.

—Sí... y te la has perdido.

—Lo siento, Frankie, supongo que tenía sueño.

—Siempre tienes sueño, pero es una cualidad muy tierna.

—Vaya, gracias. —Sonrió y volvió a frotarse los ojos con los puños. Dios, qué encanto.

—Bueno, dormilona, creo que yo también tengo que irme a la cama. ¿Quieres que te acompañe abajo? —dije, levantándome. La cogí de la mano y la ayudé a levantarse.

—Qué va, no hace falta. Buenas noches, Frankie, y recuerda lo que hemos hablado —dijo, dándome un abrazo.

—Sí, lo recuerdo. Esta noche me iré a la cama con un cuaderno y un lápiz. —La abracé a mi vez.

—Bien, estoy deseando que me lo cuentes todo mañana. Adiós —dijo, guiñándome un ojo y volviendo a su casa.

—Adiós, cielo. —Agité la mano y avancé por el pasillo para prepararme para acostarme.

Apagué todas las luces y entré en mi cuarto. Fui al baño, y me lavé la cara y los dientes. Apagué la luz del baño y me dirigí a la cama.

Me desnudé y me metí entre las frescas sábanas. Maldición, me he olvidado del papel. Me levanté y entré desnuda en la cocina. Cogí un cuaderno y un lápiz y volví a mi habitación.

Puse las dos cosas en la mesilla de noche y volví a acomodarme.

—Bueno, quienquiera que seas, ahora ya estoy preparada. Ven por mí. —No sabía si ésas eran las palabras más adecuadas, teniendo en cuenta que no sabía lo que estaba ocurriendo ni de quién era esa voz. Bueno, a lo hecho, pecho.

Cerré los ojos y esperé a que mi cuerpo se rindiera de nuevo al sueño. No tuve que esperar mucho.


PARTE 3


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