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Capítulo 32


Noté que mi cuerpo se empezaba a despertar. Me daba miedo abrir los ojos, pues no sabía dónde me iba a despertar. Oía música como sonido de fondo del lugar donde me encontraba y una voz preciosa que me llamaba.

—¿Frankie? ¿Me oyes, corazón? Por favor, despierta —decía dulcemente.

¡Oh, Dios mío, Crystal!

Hice un esfuerzo por abrir los ojos. Me sentía drogada y amodorrada y quería seguir durmiendo. Dormida, todo era mucho más agradable. Entonces me llamó de nuevo.

—Por favor, cariño. Vuelve a mí. Tengo mucho miedo aquí sola —me susurró suavemente al oído.

Ésa es la voz de Crystal, sin la menor duda. ¿Por qué tiene miedo? ¡Oh, Dios mío, es Annie! Tiene miedo. Diablos, yo también tendría miedo si fuera ella. Tengo miedo.

Me obligué a abrir los ojos. Funcionó. Me desperté en la salita del piso de Nonnie y Crystal. Busqué a Nonnie con la mirada por todas partes. No la encontré. Noté una presión en el brazo y bajé la mirada. Una cabeza cubierta de rizos castaños estaba apoyada en mi brazo y mi mano. Tenía la mano mojada de cálidas lágrimas. Debía de haber estado llorando.

Las siguientes palabras que dije se quedarían para siempre grabadas en mi cerebro.

—Annie, ¿eres tú? —pregunté insegura.

No sabía si realmente quería confirmar que mi mejor amiga se había sacrificado por mí. La cabeza morena abandonó despacio su anterior posición y unos hermosos ojos verdes me miraron.

—Oh, Frankie, sí, soy yo. ¡Gracias a Dios! —dijo, apoyando la cabeza en mi pecho. Alcé la mano y me puse a acariciarle el pelo con movimientos delicados. Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas. No era un sueño. Estaba aquí conmigo, esta vez para siempre. Solté un suspiro tembloroso y dejé salir las lágrimas que no podía controlar.

Annie me miró mientras sus ojos derramaban sus propias lágrimas. Nuestras miradas se encontraron y nos quedamos así largo rato. Ninguna de las dos sabía muy bien qué decir. Lo cierto era que habían ocurrido muchas cosas en cuestión de minutos.

—¿Estás bien? —dije, con la voz embargada de emoción.

—Creo que sí —asintió despacio—. Físicamente, estoy bien; mentalmente, bueno, creo que voy a tardar un poco en digerir todo esto —afirmó con tono tranquilo.

—Pues ya somos dos. —Miré a mi alrededor—. ¿Dónde está Nonnie? ¿La has visto ya? —Esperaba que su primer encuentro no hubiera sido difícil para ninguna de las dos.

—Sí, nos hemos conocido. Ha sido muy raro para las dos. Conozco el sacrificio que ha hecho Crystal por nuestra felicidad. Nunca he conocido a una amiga así, Frankie. Era una mujer increíble de verdad, como me dijiste. Creo que Nonnie se ha ido a asimilar todo esto también. La verdad es que no parecía triste. Me recibió con una gran sonrisa y me dio un abrazo enorme. Me sentí muy reconfortada entre sus brazos. Supongo que eso procede del vínculo que había entre ellas. Espero que no desaparezca nunca. Nunca he tenido esa clase de cariño de familia y no me gustaría nada que sintiera que no puede hacerlo porque éste ya no es el cuerpo de Crystal. O sea, sigue siendo el cuerpo de Crystal, sólo que ahora es mío. Oh, Dios... ¡esto es tan raro! —Se llevó las manos a la cabeza y empezó a mecerse.

—Shhh... cariño, todo va a ir bien. Lo superaremos todo. Venga, quiero llevarte a casa —dije, poniéndome en pie con las piernas temblorosas. Busqué deprisa un bolígrafo y papel y le dejé una nota a Nonnie haciéndole saber dónde estábamos. Sabía que iba a necesitar pasar un tiempo a solas. Por mucho que dijera que estaba bien, sabía que se sentía llena de dolor por Crystal y que se sentiría así durante mucho tiempo. Yo sabía que mi propia vida nunca volvería a ser igual sin ella.

Espero que me puedas oír, Crystal, porque te voy a hablar muy a menudo. Ya te echo de menos. Todavía no puedo creer lo que has hecho por mí. Te querré siempre, cariño. Te prometo que cuidaré de Nonnie.

Me sentí abrumada por mis pensamientos al mirar a Annie en el cuerpo de Crystal. Cogí a Annie de la mano y la llevé por las escaleras de atrás hasta mi piso. No pudo evitar quedarse mirando fuera todas las novedades del barrio. Iba a ser divertido enseñarle todo lo que había cambiado en los últimos veintiséis años aproximadamente. La Avenida Kingsley era sin duda muy distinta de cómo era antes. El Parque Rogers había cambiado casi por completo desde que ella lo había conocido. Sin duda, iba a ser una época de redescubrimientos para Annie. Sólo me cabía esperar que no le costara demasiado adaptarse a su nueva vida.

Entramos en mi cocina por la puerta de atrás y pasamos al interior. El ambiente me parecía un poco cargado, de modo que puse el aire acondicionado.

—Echa un vistazo. Todo lo que tengo es tuyo, Annie. ¿Tienes hambre? ¿Te traigo algo?

—Sí, me encantaría tomar un vaso de té frío. —Se detuvo para mirarme con aire confuso—. Lo voy a atribuir a uno de sus gustos, porque a mí nunca me ha gustado el té —dijo sonriendo.

—Estoy de acuerdo contigo. Crystal era una ávida bebedora de té. La verdad es que prácticamente no bebía otra cosa. Tengo su mezcla preferida en la despensa. Ahora mismo vuelvo. —Sonreí y me pregunté cuántas otras cosas íbamos a descubrir que eran gustos de Crystal y cosas totalmente nuevas para Annie.

—Gracias, Frankie. Te lo agradez... —Oí que se paraba en seco y soltaba una exclamación en la otra habitación.

Acudí a ella inmediatamente, preguntándome qué había pasado. La vi en el pasillo mirando su imagen en el espejo.

¡Oh, Dios! Seguro que le está dando de todo en estos momentos.

Me acerqué muy despacio, intentando averiguar su reacción ante sus nuevos atributos físicos. No puedo describir la forma en que estaba mirando su nuevo cuerpo. Estaba claro que se sentía intrigada. Había pasado de tener el pelo rubio y liso a media melena a tener una masa de rizos castaños y largos. No paraba de tocarse la cara y el cuello con una expresión de incredulidad total.

Le puse las manos en las caderas, miré al espejo por encima de su hombro y nunca dije palabras más ciertas que las que pronuncié a continuación.

—Para mí, siempre fue increíblemente bella, Annie. Ahora, con tu espíritu dentro, ese cuerpo nunca me ha parecido más bello. No podría haber pedido una mezcla mejor de personas a quienes amar, Annie.

Se volvió en mis brazos y me miró profundamente a los ojos. En su mirada se reflejaba tanto amor que sentí que se me inundaba el cuerpo de calor.

—Te quiero, Frankie. Te quiero más de lo que puedo expresar en estos momentos. ¿Me besas, por favor? Hazme saber que esto es real. —Vi que sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas y supe que necesitaba sentir la conexión que sólo nosotras compartíamos.

Me incliné despacio y posé suavemente los labios sobre los suyos. El beso fue distinto de lo que había sentido antes. Estos eran los labios de Crystal. Noté que la emoción se apoderaba de Annie. Se le escapó un sollozo cuando me aparté.

—¿Annie? ¿Estás bien? —pregunté preocupada.

—Ahora ya no me vas a querer igual, ¿verdad? Es su cuerpo, no el mío. Estos labios que estás besando son los suyos, no los míos. Lo he notado, Frankie. —Se calló, se tapó la cara con las manos y siguió llorando.

Se me estaba rompiendo el corazón. Me pregunté si Crystal había tenido la capacidad de leer la mente y nunca me lo había dicho. Nunca me había planteado el hecho de que estaría amando el cuerpo de Crystal. Que lo vería todos los días. ¿Era culpa lo que sentía? No estaba segura. Sabía que Annie no podía enterarse de la duda que tenía, porque eso la destrozaría. No se trataba de eso. Sólo tenía que acostumbrarme a la situación. Era tan nueva para todas nosotras.

—Annie, por favor, créeme cuando te digo que te quiero. Es que voy a tardar un poco en acostumbrarme a esto. Conozco este cuerpo de casi toda la vida y amarlo con la pasión que tú y yo sentimos es algo que nunca me había planteado. Vamos a absorber todo esto un poco, ¿vale? Todavía estoy un poco atontada por el viaje de regreso —dije con sinceridad. Era cierto que todavía no me había permitido asimilar la muerte de Crystal.

—Oh, Frankie. Cuánto lo siento. Qué egoísta soy. Acabas de perder a tu mejor amiga. Dios, qué gilipollas soy. ¿Me perdonas, por favor? —Entonces pensé de verdad que Crystal sí que había tenido esa capacidad después de todo. A lo mejor Annie estaba realmente sintonizada con lo que me estaba pasando—. ¿Frankie? —Me miró fijamente. Creo que me había quedado en blanco por un segundo.

—¿Sí, cariño? —susurré.

—Te quiero —dijo, estrechándome entre sus brazos.

—Yo también te quiero —contesté en voz baja—. ¿Podemos descansar? Creo que necesito tumbarme. —De repente caí en la cuenta de lo agotada que estaba.

—Sí, vamos, me encantaría echarme en tus brazos. —Sonrió a través de las lágrimas que estaba conteniendo.

—Bien, porque no hay cosa que me apetezca más ahora mismo que tenerte en ellos. —Le guiñé el ojo y la llevé a mi cuarto.

—Qué bonito, Frankie —dijo, mirando a su alrededor.

—Gracias —dije con una sonrisa—. Ven aquí —dije, apartando las sábanas y deslizándome en un lado de la cama. Se quitó las pulseras y las colocó en la mesilla de noche. Annie se metió en la cama y se arrimó a mí. Tiró de las sábanas y apoyó la cabeza en mi hombro. Rodeé con los brazos la familiar figura. Le di un beso en la cabeza por la costumbre y la estreché mientras nos quedábamos dormidas.



Capítulo 33


Me desperté a oscuras. Miré el despertador y eran las nueve y veintiuno. Sí que debíamos de estar cansadas. Hacía siglos que no me echaba una siesta como ésta. Noté el peso de la cabeza de Annie en el hombro. No nos habíamos movido desde que nos echamos. La luz de la farola de la calle entraba en mi habitación. Iluminaba las facciones de Annie de una forma preciosa. Ahora parecía estar en paz. Me maravillé por lo que había ocurrido en el último día. El día antes estaba desolada y ahora tenía al amor de mi vida entre mis brazos, pero con la forma de mi mejor amiga.

—Dios —susurré.

Noté que se movía encima de mí y su pierna se colocó encima de las mías. Se acurrucó más contra mí y soltó un profundo suspiro de satisfacción. La estreché con fuerza y volví a darle un beso en la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta? —farfulló con voz adormilada.

—No mucho. ¿Qué tal has descansado? ¿Bien? —pregunté, acariciándole la mejilla con los nudillos.

—Sí, muy bien. Ha sido estupendo estar en tus brazos, Frankie —dijo, acercándose más y besándome delicadamente el pecho, que era lo que tenía más cerca de la boca.

—Ha sido estupendo tenerte abrazada y no preocuparme de no estar aquí al despertar. Creo que me voy a acostumbrar a esto —dije y mi mente volvió corriendo a Crystal—. Todavía no puedo creer lo que ha hecho por mí, Annie. Por nosotras.

—Lo sé, corazón. Era muy especial. De hecho, se me ha aparecido en sueños.

Cambié de postura para mirarla a los ojos verdes.

—¿En serio? ¿Y qué te ha dicho? —Sabía que no sería ninguna locura si efectivamente lo había hecho. Era muy propio de Crystal intentar decir la última palabra.

Dios, cómo voy a echar de menos ese desparpajo.

—Quería que te dijera que no estés triste por ella, porque estará contigo cada día. Ha hecho lo que ha hecho por su cariño por ti y por vuestra amistad. Para ella eras más importante que nadie, Frankie, bueno, salvo por Nonnie. Ha dicho que seas feliz. Tu felicidad es lo único que le importaba.

—¿De verdad ha dicho todo eso? Me pregunto por qué no me lo ha dicho a mí en persona. Bueno, supongo que lo hizo esa noche. —Tenía el corazón atenazado por la tristeza y Annie lo captó de inmediato. Me estrechó con fuerza y todas mis defensas se vinieron abajo. Las lágrimas me resbalaron sin control por la cara y las orejas hasta la almohada.

—Está bien que llores, Frankie. Yo estoy aquí por ti. Déjalo salir todo. Por favor, no te lo guardes.

Esas dulces palabras salían de la boca de la mujer a quien estaba llorando. Dios, qué confuso me resultaba todo. Sabía que algún día todo encajaría, pero ahora mismo no sabía si aceptarlo o no. No me quedaba más remedio, ya había sido decidido. Lo que deseaba era haber podido intervenir en la decisión. Si me lo hubiera preguntado, ¿habría sabido realmente qué respuesta dar? Creo que debería agradacerle a Crystal el no habérmelo preguntado. No habría podido responder. Me quitó esa posibilidad e hizo lo que creía que tenía que hacer. Sentía mi amor por Annie y sabía lo importante que era ese amor para mí. Dios, realmente era una mujer asombrosa.

Mis sollozos fueron en aumento a medida que me iba dando cada vez más cuenta de que mi amiga se había ido. Se me estremecía el cuerpo cada vez que tomaba aire. Annie me sujetaba mientras lloraba. Me decía cosas reconfortantes para ayudarme a hacer el duelo. Sabía lo que suponía esta pérdida para mí. Era lo peor después de perder a mi padre. Al menos, había estado con Crystal cuando murió. Eso es algo que agradeceré eternamente.

Mis sollozos fueron disminuyendo y mi cuerpo se relajó apoyado en Annie. Me besó la cara y me secó las lágrimas que intentaban escaparse de mis ojos. Era una mujer muy cariñosa y supe que nuestra vida en común iba a ser muy especial. La miré con los ojos hinchados y le sonreí débilmente.

—Gracias, Annie. No me lo esperaba y me alegro de que estuvieras aquí conmigo. Sabía que acabaría pasando, pero... —Me callé cuando Annie me puso un dedo en los labios.

—Shh... está bien, Frankie. No tienes que disculparte por llorar a alguien a quien querías. Siento muchísimo haber sido el motivo de su muerte.

—Espera un momento... lo ha hecho por nosotras, Annie. Por favor, no cargues tú sola con esto. Sabía lo mucho que yo te quería. Me vio cuando volví de verte y estaba totalmente hecha polvo. No podía respirar sin ti, Annie. Ella vio todo esto y tomó su propia decisión al respecto. Al parecer, Nonnie y ella hablaron de ello antes incluso de que pasara. Ese día fui a su salita para impedir que ocurriera el accidente. No podía soportar la idea de que murieras de esa manera.

—¿Sabías lo del accidente? —Me miró maravillada.

—Sí, lo sabía. Necesitaba saber si eras real, Annie. Crystal y yo fuimos al Ayuntamiento para buscar el informe de tu muerte. En realidad, sólo buscaba alguna pista que me indicara que eras una persona real y no alguien salido de mis sueños. Fuimos a la Sala de Registros y allí una mujer metió toda tu información en el ordenador y luego el año, 1974. Encontró un accidente de coche que sufristeis Billy y tú. Un accidente mortal.

Se me quedó mirando fijamente.

—¿Sacaste esta información de un ordenador? —preguntó.

—Oh, Dios mío... cuántas cosas hay que no conoces. —Sonreí—. Pero sí, obtuve esta información y volví para intentar evitar que Billy te matara. Por desgracia, tú intentaste evitar atropellarme en la calle y os chocasteis de todas formas. Vi que la camioneta se metía en el sentido contrario, ¡y lo único que conseguía pensar era que os habíais estrellado por mi culpa!

—Frankie, nos estrellamos por culpa de Billy. Estaba borracho como una cuba y no debía haber conducido en absoluto. Por favor, no te eches la culpa de sus actos. Sólo me alegro de que ya no pueda hacer daño a nadie nunca más. El muy cabrón. Espero que Crystal lo machaque —dijo sonriendo.

—Créeme, Annie, Billy ha ido a un sitio donde jamás verá a Crystal. Ella está en un sitio mucho mejor. De eso estoy segura.

—Seguro que tienes razón. —Me sonrió y en ese momento su estómago llamó la atención sobre su existencia.

—¿Tienes hambre? —pregunté con una sonrisa burlona.

—¡Oh, Dios, sí! Estaba esperando el momento adecuado para decírtelo —dijo, bajando la mirada con aire casi avergonzado.

—Pues tengo que advertirte de que Crystal tenía un apetito impresionante. Ten cuidado. Vas a comer más de lo que te puedes imaginar. ¡Cuenta con ello! —dije riendo. Dios, qué gusto me daba volver a reír con ella. Sabía que eso sólo era el comienzo.

—¿En serio? —dijo, enarcando una ceja.

—En serio. Vamos a ponerlo a prueba. ¿Qué tal algo de comida china?

—Oooh, sí, por favor.

—Dios, qué fácil ha sido. Ésa era su comida preferida por encima de cualquier otra. Ella ponía la mesa y yo me ponía a hacer cualquier cosa y entonces llegaba la comida. Tenía una cancioncilla que me cantaba siempre si no corría a la mesa. A ver cómo era...

—Si llegas tarde... sabes que no voy a esperar... y lo único que tendrás será un plato vacío. —Sonrió y terminó la cancioncilla sin mí. Yo me la quedé mirando y luego la abracé con todas mis fuerzas.

Crystal no se ha ido de verdad. Sólo su alma. Supongo que todas sus partes siguen igual salvo sus ojos y su espíritu. Su corazón es el mismo, y su cerebro, a lo mejor puede recordar algunas de las cosas que sabía Crystal. Esto es increíble. He recibido un regalo que jamás podré pagar. Crystal y Annie son una misma persona.

—¿Conoces la canción? —pregunté con una sonrisa emocionada al aflojar el abrazo.

—Eso creo. No sé de dónde ha salido, pero la conozco. —Sonrió con aire un poco confuso.

—Creo que ya no voy a cuestionarme nada. Voy a dejar que pasen las cosas, a ver dónde me llevan —dije maravillada.

—¿Frankie? —me llamó.

—¿Sí?

—¿Podemos comer ya? Tengo un antojo de rollitos de primavera —dijo riendo.

—Sí, mi señora, vamos a dar de comer a esa bestia tuya —dije, dándole un beso en la mejilla y levantándome de la cama.

Ella se levantó también y me preguntó si antes se podía dar una ducha.

—¿Quieres que vaya abajo y te traiga ropa? —pregunté.

—Sería estupendo. Yo no sabría siquiera dónde buscar.

—Seguro que sí. —Sonreí con aire burlón—. Bueno, tienes toallas en el armario de la ropa blanca y champú y de todo en la propia ducha. También tengo un cepillo de dientes de sobra en el cajón de las medicinas.

—Gracias, Frankie. Muchísimas gracias por quererme —dijo, toda radiante.

—No hace falta que me des las gracias. Sería una tonta si no te quisiera —dije y la besé suavemente en los labios—. Como he dicho, el cepillo de dientes está en el cajón de las medicinas. —Le guiñé el ojo.

—¿Sabes qué? Sólo por eso, ¡a lo mejor no me lavo los dientes hasta después de comer!

—Lo digo en broma. Te besaría aunque no te hubieras lavado los dientes para nada.

—Mentirosa.

—Vale, exagero un poco. Ya te acostumbrarás.

—¡Largo de aquí! —Me clavó un dedo en el estómago en plan de broma.

—Vuelvo ahora mismo, Annie. Ten cuidado, he puesto una navaja nueva, así que no te pongas a jugar a Psicosis en la ducha.

—No lo haré. Hasta ahora.

—Adiós. —Cuando casi había cerrado la puerta, volví a meter la cabeza en el momento en que ella empezaba a desvestirse—. ¿Alguna preferencia para la ropa interior? —pregunté sonriendo.

—¡Frankie! Coge lo que sea, ¡si no sé lo que tiene! —Se estaba sonrojando y era lo más bonito que había visto en mi vida.

—¡Está bien, está bien, ya me voy! ¡Jo! —exclamé riendo y cerré la puerta del cuarto de baño.

Sabía que Nonnie estaría abajo cuando llegara. No sabía qué iba a decirle. Por mi causa, su nieta había dado su vida a otra persona.

No tengo ni idea de qué voy a decir. Lo siento, Nonnie. Puuufff... eso sería como clavarle un puñal en el pecho. Ya se te ocurrirá, Frankie, tú baja y habla con ella.

Bajé las escaleras de atrás y me dirigí a su puerta trasera. Vi a Nonnie en la cocina. Di unos golpecitos en la ventana y ella sonrió y me hizo un gesto para que pasara.

—Hola, Nonnie —dije, sin poder mirarla a los ojos.

—Ven aquí, niña. —Tiró de mí y me dejé caer en sus brazos. Me eché a llorar y ella me frotó la espalda como lo hacía siempre que yo estaba triste por algo—. Sabes que ni tú ni yo podríamos haber impedido que hiciera lo que ha hecho. Esa chica era más terca que una mula —afirmó con calma.

—Lo sé, pero... —sollocé.

—Shh... tú y yo sabemos que lo que ha hecho ha sido de corazón y que sólo quería que fueras feliz. Ya de niña sabía que su don te acabaría ayudando de alguna manera.

Sorbí y la miré a los ojos.

—¿De verdad? —Sorbí de nuevo y ella me volvió a abrazar. Me di cuenta de que le resultaba más fácil hablarme de esto si tenía algo o a alguien a quien agarrarse. No engañaba a nadie y a mí menos. Sabía que estaba sufriendo.

—Sí. Cuando tenía unos once años, vino y me dijo: "Nonnie, algún día mi espíritu le va a dar la vida a alguien. Eso va a hacer muy feliz a Frankie". No supe qué quería decir con eso. Siempre habíamos sabido que su don era fuerte, a veces más fuerte que el mío. Vino a hablar conmigo después de tu último encuentro con Annie y me dijo lo que necesitaba hacer. No lo que quería, sino lo que necesitaba. Sabía que yo podía ayudarla con el poder de mi propio don. Estuvimos horas hablando de ello. Yo no quería dejarla ir, pero sobre todo, sabía que necesitaba hacerlo por ella misma además de por ti. Te quería muchísimo, Frankie. Cuando vio cómo estabas sufriendo, supo que no había otra forma. Éste ha sido el máximo sacrificio que una persona puede hacer por otra. Lo hizo sin vacilar. Hasta ese punto te quería. Hoy ha venido a mí después de haber hablado con Annie. Sabe lo triste que estás, pero también sabe lo feliz que vas a ser.

—Annie me ha dicho que Crystal se le ha aparecido en sueños. Sabía que era cierto —susurré.

—Sí, siempre estará con nosotras, Frankie. Eso tienes que saberlo. Sé que nunca has creído de verdad en las cosas que hacíamos, pero nunca te has burlado de ella ni de mí. De hecho, recuerdo unas cuantas ocasiones en que acudiste a su rescate cuando la gente se burlaba de ella por sus dones. Eras su caballero de brillante armadura. Siempre estará aquí, créeme. Aunque la echaré de menos, siempre la tendré a la vista. Sólo que me va a costar recordarme a mí misma que en realidad no es ella. Pero será una forma estupenda de recordar quién era. Eso lo agradezco. ¿Te ha dicho Annie que hablamos un poco antes de que te despertaras? —preguntó.

—Sí, me lo ha dicho. Dijo que se alegró mucho de que no la rechazaras por lo que había ocurrido. Sentía de verdad el vínculo entre Crystal y tú y se echó a llorar porque ella nunca había sentido eso con ningún miembro de su familia. Tiene la esperanza de que eso no desaparezca —le expliqué, esperando no estar revelando ninguna confidencia de Annie.

—No desaparecerá, niña, díselo. Sabía que era una persona especial. En el momento en que entró en el cuerpo de Crystal, noté lo especial que es. En ese instante, sentí el amor que os tenéis. Crystal tenía razón al hacer lo que hizo. Yo le di mi bendición y quiero que eso también lo sepas. No siento rabia ni amargura. Siempre tendré a mi nieta aquí dentro —dijo, señalándose el corazón cuando nos separamos—. Siempre estará con nosotras, Frankie.

—Te quiero, Nonnie —dije, dándole un último abrazo.

—Yo también te quiero, Frankie. Siempre has sido una bendición para mí. Has sido como mi propia hija. Eso nunca cambiará. —Su expresión estaba tan llena de amor que supe entonces que todo iba a ir bien de verdad.

—Tengo que coger unas cosas para Annie. ¿Te importa si las cojo de su habitación?

—En absoluto. ¿Debo suponer entonces que va a pasar mucho tiempo arriba contigo? —dijo, sonriendo con aire burlón.

—Si te parece bien.

—Me parece que es como debe ser. Creo que va a ser agradable tener todo esto para mí sola. De todas formas, ella ya empezaba a ser demasiado mayor para estar aquí. —Me guiñó el ojo.

—Ya. —Le guiñé el ojo a mi vez y fui a la habitación de Crystal.



Capítulo 34


Entré en el cuarto de Crystal y su olor lo impregnaba todo. Me senté en su cama y me quedé mirándolo todo un momento. Era una persona tan especial. Sólo daba amor a cualquiera que hablara con ella. En realidad no tenía más amigos que yo. Todavía no sé por qué. Era increíble. Me siento muy honrada de haber sido su mejor amiga.

Me levanté y me acerqué a su cómoda. Nunca hasta entonces había hurgado en el cajón de su ropa interior. Nunca había tenido un motivo. Cogí unas bragas negras de encaje y sonreí.

—¿Qué buscabas con esta imagen, eh, cariño? —me dije a mí misma—. Muy bonitas.

Escogí un sujetador a juego y supe que Annie me iba a dar un manotazo por lo que había elegido, pero sabía que le iban a quedar estupendamente. Cogí una camisa y una falda que Crystal se ponía mucho. Le resultaban cómodas. Esperé que a Annie le gustara lo que había elegido para ella.

Cerré los cajones y el armario y volví a la sala de estar. Nonnie estaba leyendo mientras se oían las noticias al fondo.

—¿Tienes todo lo que necesitas, niña? —dijo, mirando lo que llevaba en los brazos.

—Sí, creo que tengo todo lo que necesita para pasar el resto de la noche. Volveremos mañana. ¿Te gustaría desayunar con nosotras?

—Me encantaría. Hasta mañana —dijo con una sonrisa.

—Buenas noches, Nonnie —dije, agachándome y dándole un beso en la mejilla.

Salí por la cocina y subí de nuevo a mi casa. Me encontré a Annie en el sofá contemplando mi equipo de entretenimiento con los ojos tan inmensos como el Gran Cañón. Estaba envuelta en una toalla con el pelo apartado de la cara. Dios, qué preciosa estaba.

—¿Qué es esto? —preguntó al verme entrar.

—El paraíso —dije sonriendo.

—No, en serio. Es increíble. Voy a suponer que eso es una televisión, pero ¡Dios, es enorme!

Sonreí llena de orgullo. Siempre me había encantado mi equipo de cine en casa.

—Bueno, vístete y te enseñaré todos los juguetes que tengo.

—¡Genial! —Se levantó y se le cayó la toalla. Se le puso la cara un poco colorada de vergüenza y se tapó el cuerpo con la toalla—. Lo siento, no suelo ser tan púdica. Es que es un nuevo... mm...

—¿Cuerpo? —terminé.

—Sí, supongo que a falta de una palabra mejor, cuerpo sería la correcta —dijo con una sonrisa.

—Bueno, te he traído unas cosas para cubrir ese precioso cuerpo que tienes —dije, pasándole la ropa—. Si hay algo que no te gusta, siempre podemos ir a la tienda para comprarte otras cosas.

—Gracias, Frankie, pero seguro que esto está muy bien.

—De nada. Voy a encargar algo de cena. Tardará unos treinta minutos. Voy a pedir lo de siempre. Seguro que te gusta.

—Vale, Frankie. Ahora vuelvo —dijo, encaminándose al dormitorio.

Cogí el teléfono y marqué el número cinco de la memoria, que correspondía al restaurante Haw Moy. Oí la encantadora voz de Ellen y le encargué la comida.

—Gracias, Frankie. Lo tienes ahí dentro de una media hora, ¿vale? Saluda a Crystal de mi parte —terminó y a mí se me encogió la garganta.

—Lo haré. Adiós, Ellen, y gracias —conseguí decir a duras penas y colgué el teléfono.

Poco después, Annie salió del otro lado de la casa. Estaba radiante. Todavía tenía el pelo mojado, pero estaba vestida y con un aspecto muy descansado.

—Estás preciosa, Annie. ¿Te encuentras mejor? —pregunté, acercándome a ella y dándole un besito.

—Mm... sí. Tengo que reconocérselo. Tenía un cuerpo estupendo. Voy a tardar un poco en acostumbrarme, pero lo noto mucho más vivo que el mío. Creo que el mío estaba muy cansado. No tuve una vida muy buena, Frankie —dijo con tristeza.

—Lo sé, cariño. Crystal me comentó que tu cuerpo estaba cansado cuando entró en él. Siento muchísimo que hayas tenido una vida tan dura.

—No importa, Frankie. No podemos cambiar el pasado. Sólo el futuro.

—Bueno, sí que hemos cambiado el pasado, si te pones a pensarlo. Puede que los hechos reales sean los mismos, pero los participantes son algo distintos —dije sonriendo.

—Muy cierto —asintió ella.

—La cena estará aquí dentro de treinta minutos, como pensaba. Ellen es muy rápida con las entregas.

—¡Bien, porque me muero de hambre! —Señaló la televisión—. ¿Me vas a enseñar cómo funciona este trasto? —dijo con los brazos en jarras.

—Por supuesto. Te voy a enseñar los mandos.

—¿Los qué? —dijo, enarcando las cejas.

—Los mandos a distancia. Hacen funcionar el sistema para que no te tengas que levantar. Las cosas se han puesto muy cómodas en los últimos veintiséis años. Nos hemos hecho muy vagos. Verás cuando te enseñe el microondas.

—No sé si debo asustarme.

—Qué va, es que ha habido muchos cambios tecnológicos que nos han hecho la vida más fácil. Sé que te vas a quedar pasmada con algunas de las cosas que hay ahora. —Esto era un placer. Dado que era la reina de los artilugios, iba a ser genial enseñarle todas estas cosas. Me moría por empezar.

Dios, le va a dar algo cuando descubra Internet. ¡Despacio, Frankie, no vayas a asustarla aún más!

Pulsé el botón de encendido de la televisión, que cobró vida. Encendí también el resto del equipo para que disfrutara de la potencia del cine en casa.

—Cuántos inventos ha habido que ya se han pasado de moda y que ni siquiera has podido ver. En el campo de la música, ahora tenemos discos compactos en lugar de álbumes, tenemos videodiscos que sustituyen a las cintas de vídeo, que ni has llegado a ver, así que ni caso. Todavía usamos cintas de vídeo, pero yo prefiero la calidad del DVD. Mmm... mira, te lo voy a enseñar. Te voy a poner la película de Batman para que lo veas.

Esperó pacientemente mientras yo metía el disco y luego esperé para ver cómo se quedaba al ver los títulos de crédito.

—¡Guau! ¡Esto es como el cine! ¡Es increíble! —Tenía los ojos como platos mientras miraba la pantalla e intentaba seguir el sonido con los ojos. El sonido envolvente es algo pasmoso.

Empezó la película y la paré para finalizar la demostración.

—¡Eh! ¿Por qué has hecho eso? —dijo con un puchero.

—Tenemos tiempo de sobra para ver películas. Tengo tantas que se te van a caer los ojos antes de que puedas verlas todas —le prometí.

—Tienes razón. Es que estaba tan metida que me ha dado un berrinche al terminarse tan pronto —explicó—. Oye, Frankie. ¿Tú tienes uno de esos ordenadores?

—Sí, claro que lo tengo. ¿Quieres verlo? —sonreí.

—Sí, quiero ver qué clase de cosa te puede dar información como lo que descubriste en el Ayuntamiento.

—Claro, pero me parece que ya traen la cena. ¿Te lo puedo enseñar después de comer?

—Por supuesto. Es que me muero de curiosidad por ver todo lo que me he perdido.

—No te lo has perdido, Annie, es sólo que ahora es mejor que cuando se inventó —intenté reconfortarla.

—Eso seguro.

Efectivamente, el repartidor se presentó en la puerta de atrás con comida caliente para nosotras. Annie corrió a la puerta y me quitó las bolsas de las manos. Ernie, el repartidor, sonrió al ver el hambre que tenía.

—Nunca cambiará, ¿eh, señorita Crystal? —Sonrió y esperó una respuesta que no llegó. Ella no se había dado cuenta de que le estaba hablando.

—Es que ahora se llama Annie, Ernie —le indiqué.

—Oh, disculpe, señorita Annie, que pasen una buena noche, ¿vale? —sonrió.

—Tú también, Ernie —dijo sonriendo sin apartar la mirada del contenido de las bolsas. Era para troncharse de risa.

Cerré la puerta y observé mientras su instinto la guiaba al poner la mesa. Sabía exactamente dónde estaban mis platos y los colocó como siempre que comíamos juntas. Era asombroso. Me senté en mi sitio de costumbre y esperé a que se acomodara.

—Sabes tanto de ella y sin embargo, ni siquiera os conocíais —dije maravillada.

—¿Qué? —preguntó, parándose en seco.

—Llevo un rato observándote. Has puesto la mesa exactamente igual que la ponía Crystal. Seguro que ni te has dado cuenta —dije pasmada.

—No, no tenía ni idea. Caray, qué cosa más rara.

—¿Sabes? Voy a intentar no comparar lo que haces tú con la manera en que hacía ella las cosas. Creo que va a ser más fácil para ti si no lo hago. No quiero que pienses que me voy a pasar todo el tiempo comparándoos a las dos.

—No importa, Frankie. Es totalmente natural. De verdad que no me importa. Era una persona increíble y me honra que me comparen con ella. Nunca he tenido tanta suerte en toda mi vida —dijo, sonriendo de oreja a oreja.

—Dios, cuánto te quiero, Annie —dije, levantándome para abrazarla. Me entregué a su caricia como si fuera un baño de agua caliente. Aparté la cabeza y la miré profundamente a los ojos. Noté que me iba inclinando hasta que sentí sus labios contra los míos. El beso fue tierno y delicado, pero sobre todo, lleno de amor. Ésa era Annie totalmente. Abrió la boca ligeramente y nuestro beso se hizo más profundo, así como nuestra pasión. Nuestras lenguas bailaron la una con la otra, absorbiendo todo el amor que sentíamos. Oí a Annie gemir en mi boca y fue la música más dulce que había oído nunca. Me entró un cosquilleo en la boca del estómago que se iba intensificando a medida que pasaban los segundos.

Se apartó sin aliento y me miró a los ojos con la cara llena de pasión.

—La cena —dijo.

—¿Mmm? —pregunté, evidentemente aturdida.

—Comida, cena, luego esto, más tarde —dijo jadeante.

—Vale. Cena primero, magreo después. —Sonreí y conseguí dar con mi silla al tropezar por la falta de oxígeno.

—Eso me gusta —dijo.

—¿El qué te gusta? —pregunté.

—Me gusta que te quedes toda atontada cuando nos besamos. Me alegro de no ser la única.

—En eso nunca serás la única. Me habrían fallado las rodillas si no hubieras interrumpido el beso —dijo sonriendo.

—Y a mí también, creo que por eso he parado —dijo con una sonrisa pícara en los labios—. Vamos a comer, esto tiene una pinta deliciosa —dijo, mirando los entrantes.

—Pues dale caña. Y sé que lo harás. —Sonreí, sabiendo que tenía razón. Y así fue. Comía extasiada. Para cualquiera que la viera sin conocerla, sería como si llevara semanas sin comer. Yo la miraba con adoración. A cada minuto que pasaba, la quería más y más. La que comía delante de mí no era Crystal, era Annie, mi Annie.



Capítulo 35


Cuando aparecieron los títulos de crédito del final, observé su cara mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados por la historia que acababa de ver. Sabía que esa película le iba a encantar. Contaba nuestra historia, sólo que la nuestra era más feliz.

—No me lo puedo creer —dijo sorbiendo—. Era como si fuéramos tú y yo. Aunque creo que a nosotras nos ha ido mejor. Él tuvo que morir para volver a estar con ella. Dios, cómo tengo el corazón de encogido. Cuánto me alegro de estar aquí contigo, Frankie. —Se pegó a mi cuerpo y se echó a llorar. Lloraba por lo triste que era la película que acabábamos de ver, pero yo sabía que también lloraba dando las gracias a Crystal por lo que nos había dado.

Eran casi las dos de la mañana y ni siquiera le había enseñado mi más preciada posesión. Ahora era el mejor momento.

—¿Quieres ver mi tienda? —le pregunté, acariciándole la cabeza que tenía apoyada en mi pecho.

—¿Tu tienda?

—Sí, la que me dejó mi padre. Es lo único que tengo que siempre hará que me sienta cerca de él.

—¡Vamos! —dijo con emoción. Se enjugó las lágrimas con la manga de la camisa y me ofreció la mano. Se la cogí y me levanté. La llevé escaleras abajo y abrí la puerta que daba a Clásicos en Tecnicolor. Pulsé el interruptor de la luz y se encendieron los fluorescentes.

Observé con orgullo mientras ella se movía por mi tienda, tocándolo todo al pasar. Me miró con tanto amor que se me hinchó el corazón.

—Este sitio es increíble, Frankie. Seguro que haces feliz a mucha gente con estas cosas. Cuántos recuerdos de todas las películas, antiguas y nuevas. ¡Es genial! ¡Me encantan los trajes! ¿Son originales?

—Antes tenía algunos originales, pero estos en su mayoría son copias. Voy a subastas y cosas así para conseguir todo lo que puedo. La gente se pone muy sentimental cuando viene aquí. Me alegro de formar parte de ello. Mi padre me enseñó lo maravilloso que puede ser. He hecho feliz a mucha gente con las cosas que vendo aquí. Por eso me encanta mi trabajo.

—Eres una mujer maravillosa, Frankie Camarelli. Me alegro tanto de que volvieras por mí.

—Yo también, Annie. Yo también —dije, abrazándola. Era una sensación de la que no me hartaba.

—¿Te quieres ir ya a la cama? —preguntó suavemente, apoyada en mi hombro.

—¿Estás cansada? —pregunté, ya que yo no estaba cansada en absoluto después de nuestra siesta.

—No, la verdad es que quería volver a sentir tu cuerpo junto al mío. Me ha encantado estar echada contigo hoy.

Se me puso el cuerpo muy caliente por la sugerencia.

—A mí también me ha encantado. Sí, vamos —dije y ella miró a su alrededor por última vez y me sonrió.

—Este sitio es maravilloso, Frankie.

—Gracias. Para mí es importantísimo —dije y apagué las luces y volvimos arriba.

—Se nota —dijo sonriendo mientras subíamos abrazadas.

Regresamos a casa y fuimos a mi dormitorio. Ella fue al baño y yo me senté y me quedé mirando por la ventana. Cuántas cosas habían pasado en mi vida en el último mes más o menos. La verdad es que costaba creerlo. Estaba esperando a que la alarma me volviera a despertar. Pero no sonó.

Annie salió del cuarto de baño y me volví para encontrarme con una visión resplandeciente.

Sabía que estaría estupenda con esa ropa interior.

Vio la expresión de mi cara y sonrió seductoramente. Me acerqué despacio a ella, recorriéndole el cuerpo con los ojos de arriba abajo con renovado deseo.

—Annie, estás absolutamente despampanante. De verdad que eres la mujer más bella que he visto en mi vida —dije sin aliento.

Me puso las manos en las mejillas y me bajó la cabeza para besarme. Me sentí gemir en su boca por el contacto. Era tan maravillosa. Tiré de ella despacio hasta acostarla en la cama conmigo. Le acaricié ligeramente la piel suave como un pétalo con los dedos. Qué bien olía. Aspiré su aroma cuando su pelo cayó sobre mi cara. Se puso a horcajadas encima de mi cuerpo como lo había hecho en el lago. Se movió sobre mí con un deseo igual al mío.

Sus manos encontraron los botones de mi camisa y los abrieron despacio hasta que no hubo más. Me quitó la camisa del cuerpo, así como el sujetador que ya no me servía para nada. Se deslizó hacia abajo para desabrocharme los pantalones cortos y bajó despacio la cremallera, mirándome directamente a los ojos. Sabía que veía el hambre desenfrenada que había en ellos. Me devolvió la mirada y se lamió los labios, provocándome nuevas pulsaciones entre las piernas.

Apoyó la mano donde se juntaban mis piernas y solté un hondo gemido. Se apretó contra mí y mi cuerpo empezó a mecerse sin que yo se lo ordenara. Sacudió la cabeza y se puso a jugar con la goma de mis bragas.

—Te las tienes que quitar —dijo con un tono que nunca le había oído hasta entonces. Me excitó increíblemente.

Asentí con la cabeza porque descubrí que no tenía voz. Me había excitado de tal manera, que ni funcionaba.

Levanté el cuerpo para ayudarla a quitarme la prenda sobrante. La miré para hacerle saber que también ella se tenía que quitar la ropa. Comprendió mi mirada y procedió a desnudarse despacio delante de mí. Se soltó el sujetador con un contoneo de caderas y lo dejó caer grácilmente por sus brazos hasta el suelo. Sus pechos eran perfectos. Tenía los pezones duros por la necesidad de ser tocados. Se giró sensualmente y se quitó las bragas con aire juguetón, deslizándoselas por los muslos y las pantorrillas con una lentitud que era un tormento.

—Ven aquí —dije con la voz ronca—. Por favor. —Necesitaba volver a sentir su cuerpo sobre el mío. Necesitaba la conexión que habíamos compartido hacía apenas unos días. Para mí era como si hubiera pasado una vida.

Volvió a ponerse en la cama y se sentó de nuevo a horcajadas encima de mi cuerpo. Noté la humedad que tenía entre las piernas y eso me excitó más de lo que ya me había excitado. El contacto de nuestra piel nos hizo suspirar a las dos. Era perfecto. La besé despacio y profundamente como nunca hasta entonces. Quería que esto durara. Noté que su cuerpo respondía a mi beso. Empezó a mecer las caderas y a apretar su sexo con fuerza contra mi estómago. Yo notaba cada movimiento como si estuviera dentro de mí. Estaba tan excitada que no podía ni pensar. Sus movimientos se intensificaron cuando me llevé a la boca uno de sus pechos. Me puse a lamer y chupar el pezón de su pecho derecho mientras le acariciaba el izquierdo con la mano.

—Oh, Frankie... —me susurró al oído, desatando aún más mis pasiones.

Sus caderas se movían con más fuerza y más deprisa sobre mi vientre. Su humedad me cubría por completo. Mis caderas imitaron sus movimientos, juntando nuestros sexos, y a veces notaba que su humedad entraba en contacto con la mía.

—Dios, eres increíble —dijo sin aliento y sus suspiros empezaron a aumentar de volumen. Estaba llegando y yo también.

Se metió mi lóbulo en la boca y me dijo cosas en voz baja que me pusieron la carne de gallina. Me metió la lengua en la oreja y estuve a punto de tener un orgasmo en ese instante. Con una mínima acción, ya conocía mi debilidad. Solté un gemido y pronuncié su nombre suavemente. Ella respondió a su vez, dedicando sus atenciones a mis orejas. No iba a tardar en acabar conmigo. Mi cuerpo se apretaba contra el suyo con una gracia y una sincronización que me resultaban totalmente naturales. Era como si lleváramos años haciendo el amor.

Movió las caderas cada vez más deprisa y la oí susurrar mi nombre una y otra vez.

—Oh, Dios, Frankie, estoy a punto —suspiró.

—Déjate ir, cariño. Déjame sentirte —le susurré a mi vez. Sabía que en cuanto empezara, yo iría detrás.

Noté el sudor de su espalda al clavarle las uñas. Empezó a temblar cuando el orgasmo se apoderó por completo de ella.

—Ahhh... —gimió.

—Sííííí... —Mi propio orgasmo alcanzó la cima y mi cuerpo se estremeció con cada bocanada de aire que tomaba. Nuestros cuerpos se movieron el uno contra el otro y nuestra piel empapada en sudor se calentó por la fricción.

Cuando cesaron los últimos espasmos, Annie se derrumbó encima de mí, jadeándome con fuerza en la oreja. Tuve que moverle la cabeza, o habría empezado de nuevo. Colocó la mitad del cuerpo encima de mí y la otra mitad en la cama. Apoyó la cabeza entre mi brazo y mi hombro.

—Ha sido maravilloso, Frankie. Eres una amante increíble —suspiró.

—Igual que tú, amor mío. —Le di un beso en la cabeza mientras mi respiración se iba normalizando.

Nos quedamos así largo rato, sintiendo de nuevo el amor que nos teníamos. Esta vez yo no iba a desaparecer.

Se puso a hacerme dibujos indolentes en el pecho con la punta de los dedos. La estreché más y noté que sonreía. Bajó los dedos y se puso a jugar con el pezón de mi pecho derecho.

Observó fascinada cuando se puso duro y se encogió por el calor de su mano. Estuvo jugando así hasta que no pude soportarlo más. Le cogí la mano cuando empezaba a jugar de nuevo.

—No voy a poder soportar mucha más provocación.

—¿Qué provocación? —dijo, acercándose para meterse mi pezón en la boca. Su muslo se colocó entre mis piernas y me presionó el sexo.

—Ohhh... —suspiré.

—Eres tan bella, Frankie. ¿Tienes idea? —dijo, sin dejar de besarme el pecho.

Sonreí y me dejé inundar por la sensación. Antes de que me diera cuenta, colocó el cuerpo entre mis piernas y empezó a lamerme el tórax hasta que llegó al ombligo. Bajé la mirada y vi su expresión apasionada mientras seguía bajando.

—Oh, Dios mío... —susurré.

Me besó despacio la parte interna de los muslos y deslizó la lengua lentamente a medida que se acercaba más al núcleo de mi pasión. Me provocó incesantemente hasta que captó la frustración total de mi cara. Yo respiraba con dificultad y al notar su lengua sobre el clítoris, mis piernas se abrieron solas. Levantó las manos para sujetarme las caderas y atacó de nuevo con la lengua mi carne inflamada. Lamió y saboreó todo lo que le ofrecía. Emitía fuertes ruidos de placer con cada caricia de la lengua. Me penetró despacio con un dedo y mi cuerpo se echó hacia arriba para encontrarse con su mano. La presión que se me estaba acumulando dentro era algo que estaba aprendiendo a adorar. Había tenido algunas amantes en el pasado, pero nada comparable a lo que sentía en este momento.

Empezó a mover la lengua más rápido con cada empujón del dedo. Mi cuerpo respondía como nunca hasta entonces. Me puse las manos en los pezones y jugué con ellos, aumentando la estimulación que estaba recibiendo.

—Ahhh... —suspiré. Necesitaba tocarla—. Por favor, Annie.

—¿Por favor qué? —preguntó, mirándome con sus profundos ojos de esmeralda.

—Necesito tocarte... por favor.

Noté que asentía y sin romper el contacto giró el cuerpo ciento ochenta grados. Tenía todo lo que necesitaba delante de mí. La agarré por las caderas y me llevé su sexo increíblemente húmedo a la boca. Dios, cuánto había echado de menos saborearla. Aunque no fuera el mismo cuerpo físico, seguía siendo Annie, mi Annie. Encontré su clítoris y me lo metí por completo en la boca. Noté que se le tensaba el cuerpo y sus caderas se apretaron contra mi cara. Había empezado a mover la lengua más deprisa y supe que no iba a poder durar mucho. Le chupé la punta con fuerza y se la rocé con la lengua con caricias rápidas y firmes. Su cuerpo se estremeció enfervorizado cuando le empezó el orgasmo. Moví la mano y le metí el pulgar dentro. Sus gemidos aumentaron cada vez que la embestía con la mano. Mi cuerpo inició su ascenso rumbo al precipicio. Su lengua era tan increíble como el resto de su cuerpo. Oí y noté que alcanzaba el orgasmo. Tenía la respiración entrecortada y le temblaba el cuerpo violentamente. Seguí al tiempo que mi cuerpo abandonaba todo vestigio de normalidad. Se me estremeció el cuerpo y me puse a gemir sin parar en voz alta. Grité el nombre de Annie más veces de las que consigo recordar. Ella volvió a suspirar el mío una y otra vez hasta que no pudimos decir nada más.

Cuando logramos encontrar un rastro de energía, Annie se giró para acurrucarse de nuevo en mis brazos. Ahora mismo ella era lo único que me importaba. La amaba más de lo que recordaba haber amado a nadie. Siempre querría a papá y a Crystal, pero Annie era la otra mitad de mi alma. Había muchas formas de amor y creo que yo había descubierto unas cuantas.



Capítulo 36


La mañana llegó bruscamente cuando el sol que entraba por la ventana me dio directamente en los ojos. Me encogí por la luz y me volví para mirar el despertador.

Las nueve cuarenta y cinco.

Teníamos planeado desayunar con Nonnie. Casi se me había olvidado.

—Eh, dormilona —le susurré al oído.

—Mmm... —murmuró y se pegó más a mi cuerpo.

—Despierta, pequeñina. Hemos quedado con Nonnie para desayunar. Siento que se me olvidara decírtelo anoche.

—Mmm... —dijo, estirándose y frotándose los ojos con los puños, igual que lo hacía Crystal. Eso me llenó el corazón de afecto y la estreché con más fuerza.

—¿Tienes hambre? —le tomé el pelo, sabiendo que la tendría en cuanto lo oyera.

—Ahora sí —dijo con voz de sueño. Su estómago no tardó en dejar oír también su voz.

Le sonreí y acaricié la cara que me iba a mirar durante muchos años aún por venir.

—¿Quieres ducharte conmigo? —pregunté, pues sabía que olíamos a sexo y que Nonnie se daría cuenta en un santiamén.

—Ooh, ¿siempre empiezas así los días?

—¿Con una ducha? —dije riendo.

—No, con una ducha en compañía —dijo sonriendo.

—Últimamente no, pero es una tradición que me gustaría inaugurar lo antes posible —sonreí.

—Pues vamos. No debemos llegar tarde —dijo y salió corriendo de la cama para entrar en el cuarto de baño. Estaba claro que Crystal no era mañanera como ella. Me reí por dentro al darme cuenta.

Bajamos a casa de Nonnie hacia las diez y media. Había hecho un desayuno completo, hasta con tortitas y huevos revueltos. A Annie se le pusieron los ojos como platos y la cara se le iluminó con una sonrisa en cuanto vio a Nonnie.

—Buenos días, chicas —dijo Nonnie.

—Buenos días, Nonnie —dije, acercándome a ella y dándole un beso en la mejilla.

—Buenos días —dijo Annie casi con timidez. Nonnie captó su turbación y fue a ella directamente. Annie tenía la cabeza gacha y Nonnie le puso un dedo en la barbilla y se la levantó para mirarla.

—Tienes unos ojos verdes preciosos, querida. No deberías mirate tanto los zapatos —dijo sonriendo. Annie no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Nonnie cogió a Annie entre sus brazos y la estrechó largo rato. Vi que le susurraba algo a Annie al oído y Annie asintió con los ojos llenos de lágrimas. Pensé que me iba a estallar el corazón al verlas. Había tal amor entre ellas y prácticamente no se conocían.

Algunos vínculos no se pueden romper.

—Bueno, ¿qué tal ha sido tu primera noche en el futuro, querida? —preguntó Nonnie alegremente.

—Muy agradable, Nonnie, gracias por preguntar. Cenamos una comida deliciosa, vimos una película estupenda, Frankie me enseñó su tienda y luego nos dormimos agotadas. Ha sido maravilloso —dijo radiante. La aplaudí por no mencionar otros detalles de la noche que habíamos pasado juntas.

—¿Así que habéis pasado buena noche? —sonrió.

—Ha sido una maravilla, Nonnie —intervine.

—Bien, ahora vamos a comer —dijo muy contenta.

El desayuno fue agradabilísimo. Nonnie y Annie estuvieron hablando de la vida que había tenido Annie antes. Hablaron de la posibilidad de que algún día volviera a la universidad. Casi tenía terminada la carrera cuando ocurrió todo esto. A mí me encantaría que se sacara su título de periodismo. Sabía que le encantaba escribir. Sería difícil explicárselo a la universidad cuando ya ni siquiera se parecía a Annie, pero estaba dispuesta a mover cielo y tierra por ella si me lo pedía. Lo conseguiremos si ella quiere, de algún modo.

Nos despedimos y le dimos las gracias a Nonnie por el estupendo desayuno. Me di cuenta de que iban a ser grandes amigas. Ya sólo con eso, todo esto merecía la pena. Subimos las escaleras de regreso a casa.

Casa.

Esa palabra significaba ahora mucho más para mí.

Annie tenía muchísimas preguntas que hacer sobre lo que había ocurrido en los últimos veintiséis años. Intenté contestarlas todas correctamente. Parecía contenta con las respuestas que le di, de modo que por el momento me quedé satisfecha.

—¿Y ese ordenador del que hablabas? Eso tiene que ser una cosa increíble —dijo con cara de asombro.

—Lo es —asentí—. Hace unos quince años los ordenadores ocupaban una habitación entera por el tamaño que tenían. Pues ahora los ordenadores son tan compactos que los puedes llevar en un maletín.

—Me estás tomando el pelo —dijo sin dar crédito.

—No, lo digo en serio. Ven, te lo voy a enseñar. —La llevé a la sala de estar y le enseñé mi PowerBook portátil.

—¿Esto es un ordenador? Parece una máquina de escribir pequeña sin tinta —dijo riendo.

—Esta monada tiene muchísima potencia y todo en este espacio diminuto. Es increíble. Mira, vamos a entrar en Internet.

Me conecté a mi servidor y apareció mi página de inicio.

—¿Qué quieres saber? Dime un tema. Lo que sea.

—¿Lo que sea? ¿Puede ser algo verde? —dijo riendo.

—Sí, claro. Hay muchas páginas de porno. Créeme —dije tomándole el pelo.

—Venga ya. Vale. Vale... Mmm... busca... pues no sé... ¿cómo has dicho que se llamaba esto? PowerBook. Busca PowerBook.

—Vale —dije e introduje PowerBook en el buscador—. Tachán, aquí tienes todos los sitios que te hablan del PowerBook. Pero yo te recomendaría ir aquí, ya que son los que lo crearon.

—Apple Computer. Qué nombre tan gracioso.

—Eso le pareció también a Bill Gates —dije.

—¿Quién es Bill Gates? —preguntó.

—Sólo el hombre más rico de la industria. Antes trabajaba para Apple, ahora tiene su propia compañía billonaria, que se llama Microsoft.

—Caray. ¿Billonaria? Qué locura.

—Lo sé, ya verás cómo ha cambiado el coste de las cosas con la inflación. ¿El café en tu restaurante no costaba veinticinco centavos o algo así?

—Sí, por ahí.

—Pues tenemos tiendas de café como Caribou Coffee donde sólo venden café y cobran uno cincuenta por una taza —dije escandalizada.

—¡Lo dirás en broma! ¿¿Por una triste taza de café?? —No se lo podía creer. Yo sigo sin creérmelo.

—No, lamento decírtelo. Es de locos lo que la gente está dispuesta a pagar hoy en día. —Meneé la cabeza—. Ah, y por cierto, ahora hay Coca-Cola Light —dije sonriendo.

Se echó a reír al recordar nuestra discusión en el café sobre la Pepsi Light y el Sprite.

—Esto es un programa que creo que te gustará. Se llama Microsoft Word. Es un procesador de texto que funciona como una máquina de escribir, sólo que no tienes que poner Tippex cada vez que te equivocas. Sólo tienes que darle a la tecla de borrar. Puedes usarlo siempre que quieras.

—Guau, es como un diario electrónico —dijo maravillada—. ¿No te importa que lo use? Aunque claro, tendrás que enseñarme cómo funciona este cacharro —dijo riendo.

—¡Por supuesto! Sé que tenías un diario en la facultad y si quieres, lo puedes seguir haciendo aquí si te gusta. Sé lo importante que es escribir para ti.

—Gracias, Frankie. Eso significa mucho para mí.

—De nada —dije, dándole un beso en la cara mientras ella me miraba—. Además es muy fácil de manejar, venga, inténtalo.

La observé mientras manejaba el cursor como si llevara toda la vida haciéndolo. Le cogió el tranquillo y no hubo manera de desengancharla de Internet durante casi tres horas. Estaba pasmada por la cantidad de información de la que podía disponer con sólo escribir un tema. Tengo que reconocer que yo estaba igual cuando empecé a usarlo.


La semana siguiente más o menos la dedicamos a que Annie descubriera las cosas que se había perdido en su viaje. Era como una niña pequeña que absorbía hasta el más mínimo detalle de la información que yo podía darle.

Muchas veces me la encontraba tecleando frenética en el ordenador. Dijo que algún día podría leerlo todo. Estaba encontrando su propio lugar en el cuerpo de Crystal.

Oh, Crystal.

Echaba horriblemente de menos a mi amiga y Nonnie y yo decidimos que íbamos a hacer una ceremonia para conmemorar su fallecimiento. No habría sido correcto no hacerlo. Hicimos una pequeña ceremonia en su piso con velas e incienso por toda la casa. Yo puse una foto mía y de Crystal entre dos velas. Era una foto que nos hizo mi padre cuando estuvimos los tres en el zoo. Decía que nunca había visto mejores amigas que Crystal y yo. Tenía razón. Era la mejor amiga que tendría en mi vida. Echaría muchísimo de menos no tenerla en mi vida. Me había hecho el mayor regalo que podría hacer una amiga. Se sacrificó a sí misma para darme el regalo del amor. Hasta el día de hoy no he conocido una causa mejor. No creo que llegue a conocerla.



Epílogo


Cuando Frankie cerró el libro que tenía en las manos, se le inundaron los ojos de lágrimas. Tocó despacio las palabras de la cubierta. Sacrificio por amistad de A. C. Parker. Levantó los ojos y miró a Annie, que estaba expectante.

—¿Y bien? —exclamó Annie, esperando una respuesta.

—Mmm... —Frankie estaba sin palabras.

—Di algo, Frankie. ¡Por favor, tengo que saber lo que opinas! —dijo muy emocionada.

—Bueno, no es Shakespeare... —Se detuvo al advertir la expresión dolida de los ojos de su amante—. Pero de todas formas nunca me ha gustado. —Sonrió—. Annie, esto es maravilloso. No puedo creer que me lo hayas ocultado hasta ahora. Bueno, hasta hace unas horas.

—Era una sorpresa. Lo escribí en cuanto conseguí enterarme de cómo funcionaba ese maldito portátil. —Se calló para interpretar su expresión—. ¿Entonces te ha gustado? —dijo con timidez.

—Me ha encantado. ¡Qué orgullosa estoy de ti! —exclamó Frankie, levantando a Annie en volandas y dando vueltas con ella—. ¡Qué increíble eres! ¡Tienes un libro! ¡Jesús, María y José, no me lo puedo creer! —La dejó en el suelo y volvió a examinar el libro—. ¿A. C. Parker?

—Annie Crystal Parker. Ella me ha ayudado a escribirlo más que nadie. Se merecía aparecer en la cubierta. Espero que no te importe.

—Annie, eres la persona más maravillosa de este mundo. No, no me importa en absoluto. Sé que a Nonnie también le va a encantar verlo.

—Qué ganas tengo de enseñárselo.

Las dos se quedaron mirando el libro, abrazadas la una a la otra.

—No puedo creer que hayas escrito esto —dijo Frankie maravillada.

—Tú también me contaste muchas cosas sobre tu viaje. Sólo quería que vieras lo bonita que es esta historia. Puede que con el tiempo se te vayan olvidando los detalles, pero esto nos lo recordará siempre. La gente tiene que leer esto. Me moría de ganas de ponerme a escribirlo. Estoy muy orgullosa del resultado. —Estaba radiante por su logro.

—Como debe ser, está escrito maravillosamente, Annie. Has hecho un gran trabajo —dijo Frankie, dándole un beso en la sien—. Acabarás siendo la Judy Blume de la comunidad gay. La gente va a querer más historias romanticonas como ésta —dijo sarcásticamente.

—¿Cómo, no te gusta el romaticismo? —Annie le clavó un dedo a su compañera en el estómago.

—Digamos que me va más la acción —afirmó con tono tajante.

—Pues siento desilusionarte, pero tú eres la que me inspira para escribir todas esas "historias romanticonas", como dices tú con tanta delicadeza. Tú eres mi romance, Frankie. Vas a tener que aceptarlo —rezongó en broma con los brazos en jarras.

Frankie miró un momento por la ventana y recordó por qué estaba Annie allí para empezar. Respiró hondo y le sonrió.

—Lo acepto —dijo, besando a Annie en los labios.


FIN


NOTAS DE LA AUTORA:

Me gustaría dar las gracias a Agatha Tutko por su generosa ayuda durante la elaboración de esta obra. Quedo para siempre maravillada ante tus conocimientos. Te agradezco tu gentileza y buena disposición para contestar todas mis preguntas. No te puedo expresar hasta qué punto te lo agradezco. Sobre todo por el hecho de que nos hemos hecho amigas gracias a esta historia. No hay palabras para expresar lo importante que es eso para mí. Gracias.

Las letras de las canciones que aparecen en el Capítulo 15 se han utilizado sin permiso. Pero escuchad a estos artistas, son estupendos. Good-bye de Patty Griffin, de su CD Flaming Red, y Forever in My Life de Prince, de su doble CD Sign O' the Times.

Gracias a todos por vuestros comentarios sobre esta historia. Me habéis hecho sonreír y me habéis animado a continuar el viaje. Para aquellos que os habéis sentido afectados por mis palabras, vosotros me habéis hecho lo mismo con las vuestras. Muchísimas gracias por vuestro apoyo.

Como siempre, dedico esto al amor de mi vida. Sin ti, la vida me daría mucho miedo. Eres mi inspiración, te quiero.


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