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Capítulo 28


—¿Dónde demonios están? —grité llena de frustración.

Habíamos llegado a casa de Billy, si se podía llamar así, y la encontramos prácticamente vacía. No había señales de Annie ni de Billy. Ni siquiera había nada que indicara que hubieran estado allí.

—¿Y ahora qué? —preguntó Betsy.

—No lo sé. ¿Por dónde solían moverse? —pregunté.

—Pues a Billy le gusta pasar el rato en Forest's. Es un bar que hay en Sheridan, no muy lejos de aquí. Podemos pasarnos por ahí para ver si los ha visto alguien. ¿Te parece bien? —propuso.

—Sí, vamos. Ahora mismo, cualquier cosa me parece bien. Estoy preocupadísima por ella. ¿Qué hora es? —pregunté y ella consultó el reloj.

—Poco más de la una. No me digas que te tienes que ir —dijo con los brazos en jarras y desafiándome a que dijera que sí.

—No, es que no quiero que esté demasiado tiempo con él, eso es todo —mentí. Sabía que si no la alcanzaba antes de las 10:44 de la noche, Annie iba a morir a manos de Billy, o por su forma de conducir, debería decir—. ¿Dónde está este Forest's, estamos cerca? ¿Podemos ir andando?

—Sí, podemos ir andando. Vamos. —Emprendió la marcha.

—Te sigo. —Eché a andar tras ella.

Subimos corriendo por Sheridan Road buscando el bar Forest's. Lo único que se me ocurría era, "¿Forrest Gump tiene un bar?" Sabía que no pillaría la broma, de modo que no dije nada.

—Ahí está, Frankie. Pero no veo la camioneta de ese pringado —dijo abatida.

—No importa, a lo mejor alguien los ha visto —le dije.

—Vale. —Y me siguió.

Entramos en aquel antro donde sólo olía a cerveza rancia y a humo.

—Jo, me encantaría celebrar aquí mi banquete de boda —dije sarcásticamente.

—No lo digas muy alto, que alguien podría tomárselo como propuesta de matrimonio —dijo riendo.

—Puaj. No quiero ni pensar en la clase de seres que vienen aquí —dije haciendo una mueca.

—Ya te digo. Ahí está Barney, creo que es el dueño del local. No entiendo cómo es posible que alguien se sienta orgulloso de proclamar eso en voz alta —dijo sonriendo y señaló a un hombre grueso que llevaba unos vaqueros demasiado ajustados, una camisa roja de franela y una barba descuidada. Estaba sentado en la barra con un colega suyo. Era el hombre ideal para dirigir este establecimiento.

Si es que se le puede llamar establecimiento. Puaj.

—Hola, tú eres Barney, ¿verdad? —dijo Betsy, intentando llamar la atención del hombre. No debió de oírla, porque no se movió en absoluto.

—¡Eh, tío! ¡Esta piba tiene sed! —dije yo con mi propia versión del guión.

—Sí, señoras, ¿en qué puedo serviros? —dijo babeando, mirándonos de arriba abajo. Me dieron ganas de partirle la cara.

Cuenta hasta diez, Frankie. No es más que el típico guarro asqueroso.

—Oye, ¿has visto hoy a Billy y a su chica, Annie? —intentó Betsy.

—¿Billy? ¿Quién es ése? —De repente le entró un ataque de amnesia. Miró a su colega y se echó a reír. Yo perdí la poca paciencia que me quedaba.

—¡Escucha, gordo de mierda! ¡Tengo que encontrar a Annie y tú me vas a ayudar! ¿Te enteras? —le bufé a la cara.

—¿O si no qué?

Ah, ahora sí que se la había cargado. Lo agarré por la parte superior de la camisa y le clavé en los ojos la mirada más gélida que pude con la sonrisa más feroz que pudieron formar mis labios.

—¡O te meto lo poco que te queda de pelotas en esa batidora de ahí y te obligo a servirlas con hielo! ¿Qué te parece como posibilidad? —Oí que tragaba con dificultad y se tocaba nervioso bajo mi garra.

—Los... los he visto hace como media hora. Se bebió unas cuantas mientras su chica le daba la lata sobre un tipo llamado Frank. —Sonreí al oír esto—. Creo que esa zorra le ha estado poniendo los cuernos. ¡Yo también le cascaría una buena! —soltó. Eso le valió un codazo en la tripa y le aferré la garganta por el cuello de la camisa.

—¿Qué quiere decir eso de también? ¿Es que la ha pegado? —escupí entre dientes mientras le apretaba la garganta.

—Oye, que se lo merecía. ¡Le ha puesto los cuernos! —argumentó él.

—¿Y cuántas veces la ha engañado él? —respondí como si eso importara—. ¿Sabes qué? No respondas, sólo dime dónde han ido —dije furiosa.

—No lo sé. Él no lo dijo. La agarró y se largaron —dijo rápidamente.

—Si me mientes, te juro por todo lo sagrado que cumpliré mi amenaza —dije, rechinando los dientes.

—¡Lo juro! —Vi que tenía la frente cubierta de sudor, lo cual me indicaba que decía la verdad.

—Pues hazme un favor, si vuelven, dile a Billy que Frankie ha estado aquí. —Me miró comprendiendo de repente—. Eso es, la Frankie de Annie. Dile que estoy buscándolo y que si le ha hecho algo, lo mataré con mis propias manos. ¿Te has enterado? —Lo zarandeé al terminar.

—Ssssí... entendido —farfulló.

—Bien. —Me volví para mirar a Betsy, que no había cerrado la boca desde que había empezado todo—. Cierra la boca, Bets, que aquí te van a entrar más que moscas —dije, depositando al saco de pulgas en su banqueta y pasándole el brazo por los hombros para conducirla fuera del bar. Oí que Barney le decía por lo bajo a su colega que yo había tenido suerte de haberlo pillado de buen humor.

—¡Dios, Frankie! —chilló Betsy—. Casi me meo encima ahí dentro. ¿Dónde has aprendido a dar tanto miedo? —preguntó.

—Viene en el manual de instrucciones de "Ser Alta". Es un requisito previo. —Sonreí al ver su cara de pasmo.

—Dios, me ha afectado a mí y ni siquiera iba contra mí —dijo sin aliento.

—Bueno, ha sido una pérdida de tiempo, pero me siento un poco menos tensa. Debería enviarle a Barney una tarjeta de agradecimiento —sonreí.

—¡Oh, por favor, como si supiera leer! —dijo riendo y me uní a ella.

—Bueno, Betsy. ¿Dónde más podemos buscar? ¿Vamos al café a ver si ha aparecido? —pregunté.

—Sí, ¿por qué no? Esperemos que por lo menos haya llamado.

—Vamos —dije y echamos a andar hacia el restaurante.

Bajamos por Sheridan Road inmersas en nuestros propios pensamientos. Por fin llegamos al restaurante tras lo que me pareció una hora de caminata. Abrimos la puerta del café y nos encontramos a Doris tomando nota de pedidos en la barra.

Le sonreí y la saludé agitando la mano.

—Hola, Doris. ¿Sabe ya algo de Annie? —pregunté llena de esperanza.

—Sí, llamó hace creo que unos quince minutos diciendo que no venía a trabajar porque estaba enferma —nos comunicó.

—¿Que estaba enferma? —pregunté de nuevo.

—Sí. Pero no es propio de ella. Creo que está haciendo novillos con ese novio suyo. No sonaba muy convincente. Pero nos cae bien, así que lo dejaremos pasar. —Sonrió levemente.

—¿Tiene idea de dónde podría haber ido? ¿Mencionó algo?

—Pues la verdad es que me ha dejado un mensaje para ti. Me pareció raro, pero espera que lo busque. —Se me aceleró el corazón por la intriga de saber qué podía haber dicho—. Aquí está —dijo Doris tras encontrar un trozo de papel en el delantal—. Dice: "Dile a Frankie que gracias por haber ido a la fiesta de la playa y que me llené del barril al corazón".

—¿Eso es todo? —pregunté desconcertada.

—Sí, eso es todo lo que dijo. Parecía como si estuviera susurrando, así que puede que lo haya escrito mal, pero estoy segura de que eso es lo que dijo —afirmó.

Betsy y yo nos miramos: ninguna de las dos sabía de qué demonios estaba hablando. No teníamos ni idea.

—Bueno, gracias de todas formas, Doris. Si vuelve a tener noticias suyas, por favor, llame a la habitación de Betsy en Mertz Hall, ¿vale? —dije mientras Betsy le daba el número de teléfono.

—A lo mejor ha vuelto ahí. Vamos a volver al colegio mayor para ver si alguien la ha visto —propuso Betsy.

—De acuerdo, no hemos conseguido nada más que merezca la pena —dije muy preocupada.

—Venga, Frankie, que la vamos a encontrar, no te preocupes —me tranquilizó Betsy.

—Sí, ¿pero será demasiado tarde? —dije demasiado alto.

—¿Qué quieres decir con eso? Frankie, no pensarás que Billy es realmente capaz de matarla, ¿verdad?

—Lo único que sé, Betsy, es que cualquier cosa es posible. Créeme —dije con convicción.

—Vale. Vámonos. Hasta luego, Doris —dijo Betsy agitando la mano.

—Hasta luego, chicas —dijo Doris y siguió atendiendo a sus clientes.



Capítulo 29


Intenté desentrañar qué quería decir Annie con el mensaje que me había dejado. Para mí no tenía el menor sentido. Era en lo único en que conseguía pensar mientras regresábamos al colegio mayor.

—¿Qué demonios ha querido decir, Betsy? —pregunté de nuevo.

—No lo sé, Frankie. No hablaréis en un código especial, ¿verdad? —Sonrió burlona.

—No te pases de lista. No, no lo hacemos. Todavía no habíamos llegado a ese punto de nuestra relación. Eso ha ocurrido hoy, al parecer.

—La encontraremos, Frankie. Ten fe en vuestra conexión. Tenéis el vínculo más fuerte que he visto en mi vida. —Me tocó el brazo mientras hablaba durante nuestra caminata—. Hace bastante tiempo que soy amiga de Annie y nunca la he visto apegarse tanto a nadie como lo ha hecho contigo. Es amor, Frankie. No sé si te lo ha dicho ya, pero si no lo ha hecho, falta poco. Lo noto. Te lo garantizo —dijo con una sonrisa.

—Sí, lo ha hecho. —Sonreí tímidamente—. Yo también la quiero, Betsy. Que es por lo que me estoy volviendo loca por no conseguir encontrarla. Me da mucho miedo que Billy vaya a hacer algo que resulte perjudicial para los dos —expliqué.

Seguimos el resto del camino en silencio. Subimos los escalones hasta el edificio y entramos en el vestíbulo rumbo al ascensor. Nos acercamos al mostrador de seguridad para que yo volviera a firmar. Advertí que Annie había hecho firmar a Billy.

—Bets, ¿qué hora es ahora? —dije jadeante.

—Las dos pasadas.

—Joder —maldije por lo bajo.

Sólo tengo ocho horas para encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

Al parecer Billy había firmado hacía veinte minutos y los habíamos perdido por los pelos.

—¡Maldita sea, Betsy, se nos acaban de escapar! —exclamé y miré al guardia de seguridad—. Oiga, ¿recuerda por dónde se han ido este tipo y su novia? —pregunté señalando el nombre de Billy.

Espera... ¿Billy no se escribe G-I-L-I-P-O-L-L-A-S?

—¿Qué es esto, una guardería? —Me miró indignado—. No tengo ni idea. Si se han ido, ya no son responsabilidad mía —afirmó con aire satisfecho.

—Seguro que su supervisor no estaría de acuerdo, dado que en su placa pone seguridad del campus, ¡cretino! —intervino Betsy.

—Cuidado, señorita, o le... —Y Betsy lo interrumpió.

—¿O me qué? ¿Me pone una multa? Adelante y verá cómo le pongo una denuncia antes de que le dé tiempo a comerse esa pasta. Su trabajo es saber si es seguro que las personas a las que deja pasar estén aquí. Resulta que mi amiga corre grave peligro. ¡Su novio está loco! Sobre todo, lo más seguro es que esté colocado con algo o borracho como una cuba y muy probablemente ¡va a intentar matarla! ¡Escriba eso en su maldita multa! —gritó Betsy. Me sentí muy orgullosa de ella por salir de esta manera en defensa de Annie. Era una buena amiga.

—Ya está aquí el ascensor —dije, intentando calmar los ánimos entre los dos sin echarme a reír por el cambio de actitud del hombre.

—Bien. Me estaba empezando a enfadar. —Lanzó una mirada asesina al guardia de seguridad.

Las puertas se cerraron y Betsy soltó un largo suspiro. Me miró y sonrió de oreja a oreja.

—¡Lo he hecho! ¡He dado miedo! —dijo encantada, a todas luces muy orgullosa de su hazaña.

—Sí, efectivamente. Buen trabajo. Ese estúpido aspirante a policía es un auténtico cretino —dije.

—Sí, ¡pero le he dado miedo! —gritó muy emocionada.

Sonreí y meneé la cabeza mientras esperábamos a que llegara el piso dieciocho. Por fin llegamos a nuestro piso y salimos. Fuimos a la habitación de Annie y volví a mover el tirador de la puerta. Seguía sin tener la llave echada. Esta vez la habitación había cambiado un poco. Parecía como si hubiera tirado ropa por en medio haciendo el equipaje.

¿¡¿EQUIPAJE?!? ¿Dónde puede ir? ¿Dónde te la has llevado, cabrón?

—¿Qué diablos? ¿La está raptando? —preguntó Betsy—. Parece como si se estuviera mudando o haciendo el equipaje o algo así.

—Lo sé. No tengo ni idea. Es evidente que se la ha llevado a alguna parte. ¡Maldita sea! ¿Qué intentaba decirme? ¡Sé que tenía que haber algo en ese mensaje que le dejó a Doris! ¡¡PIENSA, FRANKIE, PIENSA, MALDITA SEA!! —me grité a mí misma.

—Frankie, intenta calmarte. Así sólo vas a conseguir estresarte más. Respira hondo y vamos a intentar resolver juntas lo que te dijo —me tranquilizó.

Tomé aire con fuerza y asentí.

—Tienes razón, Betsy. Tengo que calmarme. No puedo pensar cuando me pongo así. —Respiré hondo un par de veces más y volví a intentar descifrar su mensaje.

Dile a Frankie que gracias por haber ido a la fiesta de la playa y que me llené del barril al corazón.

Betsy fue a su cuarto y cogió dos vasos de agua para nosotras. Lo bebí agradecida, dejando que saciara mi sed. La sensación era estupenda al notar cómo bajaba por mi sequísima garganta.

—Vale, vamos a resolver esto —empecé.

—De acuerdo —asintió y cogió papel y bolígrafo de la mesa de Annie—. Vamos a escribirlo para poder mirarlo. —Sonrió y anotó el mensaje de Annie—. A veces hay que tener el rompecabezas delante para que tenga sentido.

—Eres una chica muy lista, Betsy. Estoy totalmente de acuerdo. Ahora, la primera parte es que Doris hable conmigo, cosa que ya ha hecho. Así que olvidemos esa parte. Vamos a concentrarnos en la chicha —propuse.

—De acuerdo —dijo y se puso de nuevo a dar vueltas a las palabras de Annie.

Nos quedamos ahí sentadas más de una hora. El barril, la cerveza, llenarla hasta el corazón. No tenía sentido alguno.

¡¡JODER!! ¡¡Me estoy empezando a hartar!!

Betsy percibió mi agitación y fue a buscar más agua. También trajo unas galletas de barquillo con vainilla. Sabía cómo llegar al corazón de una mujer. Azúcar.

—Gracias, Betsy —dije, comprobando la hora en el despertador de Annie—. Mierda, ¿eso va bien? —Ella lo confirmó tras mirar su reloj.

—Las cuatro y cuarto, sí —afirmó, mirando el reloj.

—Dios, no tenemos el tiempo de nuestra parte en estos momentos —rezongué.

—¿Te importa si pongo la radio? Este silencio me está poniendo un poco nerviosa —dijo Betsy, explicando su petición.

—Claro, adelante —dije y ella se levantó y encendió la pequeña radio que había en la mesa de Annie.

Betsy se puso a silbar al sentarse a mi lado y yo la miré fijamente con la esperanza de que captara la indirecta.

—Uuy, lo siento. No lo puedo evitar, me encanta Elton John —dijo en voz baja, deteniendo todos los ruidos.

—Sí, a mí también. Annie me dijo que a ella también le gusta. ¿Dónde estábamos cuando hablamos de eso? —Estuve pensando unos segundos y recordé nuestro trayecto juntas a la licorería—. Annie se puso a cantar Bennie and the Jetts de camino a la licorería. Tenía una voz preciosa. Tendría que haberla obligado a ella a cantar cuando lo de la hoguera.

—Sí, canta muy bien. Dios, qué imbécil estuvo Billy ese día. Recuerdo que cuando volvió sin ti, le pegó un bofetón delante de todos nosotros. Qué hijo de puta. Intentaba impresionar a sus amigos a costa de ella, Dios, cómo lo desprecio ahora mismo.

Mientras Betsy recordaba la historia, casi me dio un ataque.

—¡Eso es! ¡La fiesta de la playa! ¡El barril! —farfullé de lo emocionada que estaba. Betsy me miró como si estuviera loca.

—Frankie, ¿de qué demonios estás hablando? —preguntó confusa.

—¡Annie y yo fuimos a comprar otro barril para Billy y su amigo, COREY! Dile a Frankie que gracias por haber ido a la fiesta de la playa y que me llené del barril ¡al CORAZÓN! Ahí es donde la ha llevado Billy. ¡A casa de Corey! —exclamé.

—¡¡Jesús!! ¡¡Eso es!! —dijo muy excitada.

—¿Dónde vive? —pregunté, con la esperanza de que no fuera muy lejos.

—Corey vive un poco lejos de aquí. Ya no estudia, ¡pero es el mejor amigo del hijo de puta ése! —añadió.

—¿Tienes coche, Betsy? —Crucé los dedos, rezando por que lo tuviera.

—Sí, está en el aparcamiento sur. Si nos damos prisa, llegaremos dentro de una hora más o menos —afirmó.

—¿Una hora? ¿Pero dónde demonios vive?

—En las afueras hacia el oeste. Tendré que buscar su dirección en el listín. Hace tiempo que no voy por allí. Billy nos llevaba a todos a hacer fiestas allí cuando los padres de Corey se iban de la ciudad —explicó.

—Qué infantil —dije sarcásticamente.

—Qué Billy —me corrigió.

—Efectivamente —contesté mientras ella consultaba el mismo listín donde habíamos encontrado la dirección de Billy—. ¿Está ahí?

—¡Ya está! Vive en Elgin. Tenemos que salir a la 90 e ir hacia el oeste hasta que lleguemos a la carretera 31. Llegaremos, no te preocupes, Frankie. La alcanzaremos a tiempo —me aseguró.

—¡Vamos allá! —dije, poniéndome en pie de un salto.

—Voy a coger las llaves y el bolso y nos largamos —dijo y fue a coger dichas cosas de su habitación—. Vámonos —dijo cuando me reuní con ella en el pasillo, esperando el ascensor.



Capítulo 30


Salimos a la autopista para encontrarnos con el típico atasco monumental de Chicago. Dios, a veces odiaba esta ciudad.

—¡Joder! Vamos a tardar tres horas en llegar como siga así —se quejó Betsy.

—¿No podemos ir por otro camino? —pregunté desesperada.

—No, desgraciadamente, éste es el camino más rápido —dijo resignada.

—Maldita sea. Esperemos que esto se aclare en el cruce —dije con esperanza.

Aguanta, cariño, ya llegamos. Por favor, aguanta.

Al cabo de dos horas y media en la autopista de peaje, por fin llegamos a la carretera 31 que llevaba a Elgin. Betsy condujo el coche por el tráfico continuo de la ciudad en la carretera de dos carriles. Torció a la derecha por un camino de tierra e inmediatamente sentí que se me encogía el estómago. Teníamos que estar cerca.

A continuación torció a la izquierda junto a un pequeño cobertizo pintado como un viejo granero rojo y se paró en el camino de entrada.

—Creo que es esto. Deja que vuelva a comprobar la dirección, pero estoy casi segura de que ésta es la casa de Corey —dijo, comprobando el listín.

—La hora, por favor —dije, dándole unos golpecitos en la muñeca.

—Las siete y media casi. Dios, cuánto hemos tardado. —Suspiró.

—Mierda, no nos queda mucho tiempo —dije sin darme cuenta.

—Frankie, ¿hay algo que no me estás diciendo? ¿Tiempo para qué? —preguntó.

—Es sólo que tengo un mal presentimiento —mentí.

Salí del coche, corrí a la puerta principal y llamé al timbre. Esperé unos minutos y volví a llamar. Cuando nadie contestó, me puse a golpear con fuerza la gran puerta de madera.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —grité.

Betsy se había reunido ya conmigo y se puso a mirar por las ventanas para ver si había alguien en casa.

—No veo a nadie. Voy a mirar detrás. Tiene un porche ahí detrás que es donde hacíamos las fiestas.

—Vale, yo voy a seguir intentándolo aquí —dije y ella se dirigió a una gran zona rodeada por una valla. Abrió el portillo y se encaminó a la parte de atrás de la casa. Yo seguí llamando al timbre y dando golpes en la puerta hasta que noté que la piel de mis nudillos se empezaba a rebelar.

—¿¡COREY?! ¿Me oyes? —rogué ante la puerta. Sacudí el picaporte, pero tenía la llave echada.

Por favor, que haya alguien en casa... ¡por favor!

Un coche se detuvo detrás del Ford de Betsy y un hombre cuya cara me resultaba conocida salió del coche. Era Corey, si no me equivocaba.

—Oye, tú eres Corey, el amigo de Billy, ¿verdad? —le pregunté.

—Sí, ¿y quién eres tú? —dijo él con humor.

—Me llamo Frankie y soy...

—Ah, eres Frankie. Supongo que estás buscando a Annie —dijo, cruzándose de brazos.

—Sí, Corey, sé que no me conoces muy bien, pero Annie corre peligro, grave peligro —dije, intentando sonar convincente.

—¿Peligro por qué? ¿Por Billy? Estás loca —dijo, empujándome para pasar.

—Por favor, Corey, tienes que creerme. Sé perfectamente que Billy ha estado bebiendo mucho hoy y probablemente también ha estado fumando. Ésa no es forma de conducir. Podrían matarse. Seguro que te ha hablado de Annie y de mí, pero a pesar de eso, piensa en lo que puede pasar. Tu amigo podría morir hoy —dije apasionadamente, sobre todo esto último, con la esperanza de provocar algún sentimiento en este idiota drogado.

—Jo, entonces supongo que no debería haberle dado esos porros para el camino, ¿eh? —dijo, rascándose la cabeza.

—¿El camino? ¿Dónde iban, Corey? Por favor, dímelo. Si sientes algo por tu amigo, tienes que decírmelo —le rogué.

—Bueno, el único motivo que tenía para venir aquí era para que le diera un poco de droga. Consiguió lo que quería y se largó de nuevo a la ciudad. Decía algo de llevar a la zorra de su novia a la escena del crimen. No sé qué coño quería decir con eso, pero sé que estaba cabreado —recordó.

Me imagino que se refería a la playa.

—¡BETSY! ¡¡ Vámonos! —grité—. Gracias, Corey, todavía hay esperanza para ti. —Miré hacia la valla y volví a gritar—: ¡Betsy, nos largamos de aquí, vamos! —Vi que venía corriendo hacia el portillo. Lo abrí por ella y regresamos corriendo al coche—. Adiós y gracias otra vez. —Agité la mano como una estúpida despidiéndome del idiota que agitaba a su vez la mano—. Joder, Betsy, tenemos que acelerar de lo lindo.

—Estoy en ello —dijo, rodeando el coche de Corey y saliendo al camino. Metió primera y salió despedida con un chirrido de neumáticos a la carretera principal—. Frankie, ya pasan de las ocho, si nos encontramos tráfico de entrada en la ciudad puede que no lleguemos hasta las diez más o menos.

—¡Mierda! Pues tenemos que asegurarnos de que nosotras llegamos sanas y salvas. Tú acelera y yo vigilaré por si hay policía.

—De acuerdo —dijo. Menudo equipo éramos. Betsy me caía muy bien. Me pregunté si todavía existiría en mi tiempo.

Nota para mí misma: buscar a Betsy Carter en la guía telefónica.

Betsy condujo hacia el este por la 90 y el tráfico fue bastante bien hasta que empezamos a acercarnos a la ciudad.

—¿Pero qué pasa hoy con el tráfico? ¡Si es un puto lunes, por Dios! —me quejé enérgicamente.

—Oh, mierda, ése es el problema, hoy es fiesta. —A Betsy se le encendió la bombilla en la cabeza.

—¡OH, JODER! ¡No me extraña! Dios, espero que esté mejor que al salir de la ciudad. —Mantuve los dedos cruzados.

—Esperemos que sí. Pero no te hagas muchas ilusiones. Ésta es la hora en que todo el mundo vuelve de pasar el fin de semana fuera —dijo, lo cual era cierto.

—Lo sé. Bueno, pues haremos lo que podamos —dije con un suspiro—. Estaría dispuesta a volver corriendo si supiera que iba a llegar más deprisa que así.

Pasaban de las diez cuando entramos en la ciudad. Sabía aproximadamente dónde iba a ocurrir el accidente y cuándo, sólo tenía que asegurarme de que no ocurría. Tenía que asegurarme de que nadie resultara herido y ahora eso incluía a Betsy.

—Betsy, quiero que me hagas un favor. Quiero que pares y me dejes aquí —empecé a decir, señalando la acera.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó, un poco alarmada.

—Nada. Quiero pasarme por el restaurante para ver si ha vuelto o ha llamado. Quiero que vuelvas al colegio mayor para ver si están ahí. ¿Puedes hacerlo? —dije, esperando que su respuesta fuera afirmativa.

—Sí, si veo algo, te llamaré al restaurante y tú puedes hacer lo mismo si te enteras de algo. Toma. —Anotó su número en una caja de cerillas y me la dio—. No lo pierdas, no quiero que la gente crea que ese número es para pasar un buen rato. —La miré con cara rara—. Está en una puta caja de cerillas, Frankie. ¡Para eso, como si lo hubiera escrito en la pared de un baño! —dijo escandalizada.

—¡Vale, vale! ¡Ya me entero! —Tardé un segundo, pero sí que me enteré. Me eché a reír a pesar de la angustia y salí del coche—. Oye, otra cosa, ¿me prestas tu reloj, por favor? —Asintió y me entregó su reloj de pulsera—. Gracias por pasarte el día conduciendo, Betsy. Te lo agradezco de corazón. Eres una buena amiga. Hablamos pronto —dije con una sonrisa.

—No hay de qué, Frankie. Te llamaré si me entero de algo —dijo y se alejó en el coche.

Entré en el restaurante y vi que Doris seguía allí.

—Gracias a Dios que todavía está aquí. ¿Ha sabido algo más de Annie?

—Estaba a punto de irme. ¡Las diez y media y termino! No, no he tenido noticias suyas desde esta tarde. ¿Eso quiere decir que tú tampoco sabes nada de ella desde entonces? —preguntó con cara de asombro.

—No, nos hemos pasado todo el día dando vueltas buscándolos a ella y a Billy. Creo que Billy podría hacerle algo serio, Doris. Y me refiero a lo peor. —Recalqué la palabra "peor".

—¿Crees que ese cabroncete mataría a nuestra Annie? ¿Por qué piensas una cosa así?

—Porque no sabe cuándo dejar de beber y conducir y un día eso le va a suponer la muerte a él y a quien esté con él en ese momento. Literalmente —solté.

—Ya te entiendo. Bueno, pues te deseo suerte para que la encuentres. Va a aparecer, cielo. No te preocupes —dijo, dándome una palmada en el hombro, y se encaminó a la salida del restaurante conmigo.

Salí de nuevo y eché a andar por Sheridan Road. Sabía que vería la camioneta de Billy pasando por el campus, sólo tenía que asegurarme de poder detenerla a tiempo.

Dios, por favor, que llegue a tiempo.



Capítulo 31


Las diez cuarenta. Dios, cariño, ¿dónde estás?

Mi respuesta llegó demasiado rápido cuando vi la camioneta de Billy que bajaba a toda velocidad por Sheridan hacia las salidas del campus. Corrí a la calle con la esperanza de que me viera y parara.

No hubo suerte. Me vio a muchos metros de distancia, pero en sus ojos vi que tenía intención de atropellarme. Oí el motor de la camioneta que aceleraba y supe que no se iba a parar. Agité los brazos por encima de la cabeza, instándolo a que parara, y entonces vi que Annie, que iba en el asiento del pasajero, agarraba el volante justo cuando la camioneta estaba a punto de chocar conmigo, con lo que Billy y el amor de mi vida se desviaron y se metieron en el carril de dirección contraria.

Cuando se produjo el impacto con el otro coche, fue como si lo viera a cámara lenta.

—¡Noooo! —chillé horrorizada al ver que la parte delantera de la camioneta se hundía por el violento contacto con el coche que venía en dirección contraria. El olor a goma quemada y aceite impregnaba el aire y se hizo un horrible silencio.

Corrí a la camioneta y vi la figura aplastada de Billy desplomada sobre el volante. Tenía la cabeza cubierta de sangre. Si no hubiera sabido quién era, nunca habría podido identificarlo. Inmediatamente, corrí al lado de Annie y vi que había salido despedida de la camioneta y yacía en la calzada. Todavía estaba algo consciente cuando me acerqué a ella temerosamente.

Ha sido culpa mía. ¡Dios! Ha sido culpa mía, se ha desviado para evitar atropellarme.

La vi allí tendida en el suelo y no pude controlar las lágrimas que empezaron a resbalarme por la cara. Su cuerpo parecía sin vida hasta que tosió.

—¡Annie! —Salí de golpe del trance—. ¡Oh, cariño! —exclamé y me dejé caer al suelo y estreché su cuerpo ensangrentado contra el mío.

Noté que su cara se hundía en mi cuello y luego noté que me daba unos ligerísimos besos. Se me cortó la respiración al sentir esta tierna muestra de amor.

—Te... quiero... Frankie... —sentí más que oí decir a Annie. Ésas fueron las últimas palabras que le oí decirme.

Le bajé la cabeza para mirarla a los ojos por última vez. Los hermosos ojos verdes que había llegado a amar tanto eran ahora los cariñosos ojos marrones que había conocido toda mi vida. Me sequé las lágrimas de los ojos para asegurarme de que no me estaba imaginando cosas.

Intenté hablar, pero no pude. Sujeté el cuerpo que había sido mi ángel y que ahora pertenecía a mi única amiga de verdad.

Crystal.

El pelo y el cuerpo seguían siendo los de Annie, pero los ojos eran los suyos. Nunca en la vida podría olvidarlos.

Tomé aire varias veces cuando me di cuenta de que me estaba sonriendo. Mi voz, que creía haber perdido, regresó con un débil tono de niña.

—¿Crystal? ¿Eres... eres tú? —No me podía creer la cantidad de lágrimas que derramaban mis ojos.

—Sí, cielo, soy yo. —Tosió.

—Oh... Dios mío... ¿por qué? ¿Cómo... por qué... haces esto? —No conseguía entenderlo.

—Una vez te dije que si pudiera sentir el amor, sentir la pasión y el deseo aunque sólo fuera por un momento, podría morir feliz. Pues lo he hecho, Frankie. Lo supe en cuanto sentí tu amor por Annie. Lo siento ahora dentro de este cuerpo. Es la sensación más increíble que he experimentado jamás. Este cuerpo está muy cansado —susurró casi. Yo lloraba al oírla, porque ahora sabía lo que había hecho.

—Me vas a dejar, ¿verdad? —sollocé.

—Sí, cariño. Así es. Te dije que te diría mi plan cuando llegara el momento. Pues no hay mejor momento que el presente.

—Oh, Crystal. —Me aferré a ella estrechamente, consciente del doble sentido de esa frase.

—Lo cual me recuerda. El presente. Tienes a alguien esperándote allí. Tienes que volver —me dijo sonriendo con aire burlón.

—¿Y qué pasa...? —balbuceé.

—Nonnie lo sabe todo. Ella me ha ayudado. Cuando le dije que quería ocupar el lugar de Annie, supo por qué lo hacía. Creo que por eso te preguntó si estabas dispuesta a arriesgar cualquier cosa por Annie. Necesitaba saber hasta qué punto era importante para ti. Ahora le parece bien. Al principio no, pero me conoce y sabe cuánto me importas. Siempre me has apoyado, Frankie. En todo momento, y por eso siempre te querré. Nonnie sabe que ésta va a ser una transición extraña, porque mi forma física va a seguir allí. Bueno, casi toda. Annie se queda con estos. —Se señaló los ojos y yo sonreí a Crystal débilmente—. Nadie conoce el plano espiritual como Nonnie y sabe que nunca me iré de verdad. Siempre estaré contigo, Frankie. Siempre.

—Oh, Crystal. Eres la persona más increíble que he conocido en toda mi vida. Te estaré eternamente agradecida por esto. Te quiero. Siempre te querré.

—Lo sé. Ahora vete, no tardarán en llegar. Ya oigo las sirenas. Vete ya. Por favor. Ve a dormir, Frankie. —Me sonrió por última vez antes de perder el sentido.

—¿Crystal? —exclamé y me quedé mirando los párpados ahora cerrados que cubrían los ojos de mi mejor amiga—. Gracias, Crystal. —Sollocé y la abracé mientras mi cuerpo aguantó. Notaba que mi cuerpo estaba entrando en estado de shock por lo que había ocurrido. Sin hacer caso de las miradas de la gente que había alrededor, deposité un último beso en la boca de Crystal. Dejé el cuerpo sin vida de Crystal en el suelo y apoyé la cabeza en su hombro por última vez. Cerré los ojos y elevé una oración de gracias a la única persona que me conocía y quería como nadie.

Adiós, amiga mía.


PARTE 13


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