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Capítulo 24


Vimos el coche en cuanto Crystal y yo salimos del Ayuntamiento. Nos acercamos en silencio al vehículo. Miré a Crystal con los ojos enrojecidos y ella me hizo inmediatamente un gesto para que le entregara las llaves del coche. Me deslicé en el asiento del pasajero sintiéndome peor de lo que recordaba haberme sentido en toda mi vida. Ella cerró la puerta del conductor, se inclinó hacia mí y abrazó mi cuerpo abatido. Me apoyé en ella y me eché a llorar de nuevo. Ahora mismo no tenía el menor control sobre mi estado emocional. ¿Pero quién podría echármelo en cara realmente? En cuestión de minutos se me había llenado el corazón de una pena increíble. La mujer que había llegado a amar se había matado en un accidente de coche por culpa de su ex novio alcohólico. Y recalco lo de ex.

No creía que tuviera posibilidades de volver a ver a Annie. Crystal, sin embargo, parecía muy segura de ello. Me tuvo abrazada mientras mis sollozos se iban calmando y recuperaba la serenidad.

—¿Qué tal vas, Frankie? —Me miró a los ojos.

—No sé qué sentir, Crystal. Se ha ido de verdad. Ese cabrón la condujo, literalmente, a la muerte. Si no estuviera ya muerto, lo mataría con mis propias manos —gruñí—. ¿Cómo debo sentirme? Estoy como helada.

—Pues yo no me voy a conformar pensando que esto es el final. Ya has demostrado que el tiempo no es un problema en este caso. Si no, para empezar, nunca habrías podido conocer a Annie. ¿Cierto?

—Cierto. ¿Entonces qué vamos a hacer? —pregunté con curiosidad.

—Pues lo primero de todo, tenemos que comer algo, me muero de hambre. No te voy a servir de nada si tengo el estómago vacío. Si no recuerdo mal, tú todavía no has comido hoy, así que también necesitas comer. Créeme, te va a hacer falta energía —dijo crípticamente.

—¿Puedo saber qué es lo que has planeado?

—Te lo diré cuando llegue el momento, Frankie. Te lo prometo. —Sonrió.

—Me da la impresión de que no me va a gustar lo que sea que tienes planeado, Crystal.

—Tal vez sí, tal vez no, pero más tarde sabremos más. Venga, invito yo, vamos a comer.

—No tengo hambre, Crystal, en serio —dije y sus ojos marrones se volvieron despacio hacia mí—. Pero intentaré comer —terminé con aire inocente. Dios sabe que la mujer tenía un genio de mil demonios cuando se trataba de hacerme comer.

—Así me gusta. Vamos al restaurante de la esquina. Siempre tienen picadillo y huevos como te gustan a ti —propuso.

—Me parece bien. Vamos allá. —Le sonreí débilmente.

El resto del trayecto transcurrió en silencio. Para mí era evidente que Crystal estaba intentando pensar en algo para lograr que Annie y yo pudiéramos volver a estar juntas. Pero yo no sabía qué se podía hacer ahora que sabíamos que ya no estaba viva. No me gustaba emplear la palabra "muerta" tratándose de Annie. Hacía que todo pareciera irremediable.

Nos metimos en el aparcamiento del Park Diner y Crystal apagó el motor.

—Vale, Frankie, ¿lista para enfrentarte a tu público?

—¿Alguna vez lo estoy? —Sonreí y me miré en el espejo retrovisor. Me quité las marcas de sal seca de las mejillas y decidí que por el momento no iba a tener mejor aspecto—. Creo que estoy lista —dije y ella sonrió y abrió la puerta del coche.

Entramos en el restaurante y esperamos a que nos sentaran. Nos acomodamos en el banco mientras la encargada tardaba lo suyo en buscar una carta para nosotras.

—Muy bien, señoras, ¿cuántos son? —preguntó.

Crystal y yo nos miramos y luego a nuestro alrededor, donde no había nadie más. Volvimos a mirar a la encargada, que se llamaba Brenda, y sonreímos. Crystal la miró fijamente y dijo:

—¿Dos?

—Bien. Síganme —dijo.

—Jesús... —le susurré a Crystal, que se echó a reír ante mi reacción.

—Ésta es su mesa, su camarera, Brandy, las atenderá dentro de un momento —dijo con su sonrisa falsa.

—¿Qué mosca le ha picado? —quise saber.

—Vete tú a saber. No es que tengan mucha gente, joder —dijo Crystal con una mueca.

Nos quedamos sentadas en amigable silencio hasta que llegó Brandy.

—¿Qué tal, cómo están? ¿Les tomo nota? —dijo en una especie de dialecto arrastrado del sur.

¿Puede haber algo peor?

Miré a Crystal y fue como si pudiera leerme el pensamiento. Se echó a reír por lo bajo mientras yo le decía a nuestra camarera lo que quería.

—¿Cómo quiere los huevos? —dijo parpadeando a toda velocidad. Casi no podía seguir el ritmo de sus ojos. Me estaba mareando sólo de mirarla.

—Los quiero bien pasados, por favor. Y que pongan los huevos encima del picadillo, por favor.

—Claro, cielo, no hay problema —dijo, haciendo una pompa con el chicle. Ya me estaba esperando que salieran Mel y Vera a ayudarnos—. ¿Y usted, cielo? ¿Ya se ha decidido? —Pasó a parpadearle a Crystal. Ahora me tocó a mí reprimir la risa.

—Sí, quiero la ración grande de tortitas con huevos revueltos y beicon. Por favor, que el beicon no se pasee por el plato. Hasta lo pueden quemar un poco si quieren —terminó.

—Cielos, chiquilla, ¿y dónde piensa meterse todo eso? —bromeó la otra, haciendo estallar otra pompa de chicle con fuerza.

—¿Qué tal si soy yo la que se preocupa de eso? Usted tráigalo y le garantizo que no quedará ni una miga en el plato. ¿Vale, cielo? —Crystal le dedicó esa sonrisa venenosa que por lo general quería decir "Estoy harta de tus chorradas, así que lárgate".

—Entendido. —Nos parpadeó a las dos y se dirigió a la cocina.

—¡La leche que le han dado! ¿Pero qué demonios le pasa a la gente hoy en día? ¿Tú crees que podría mover los ojos más deprisa? ¡Pero si eran como alas, por Dios! —dije y Crystal echó por la nariz el agua que acababa de beber.

—¡OH, DIOS, FRANKIE! No hagas eso —dijo riendo mientras se secaba la nariz con la servilleta.

—¿Y qué me dices del chicle? ¿No te parece que debe de estar ya gris de tanto masticarlo? Joder... —No podía evitar meterme con ella. Así me sentía mejor y además no me oía.

Para entonces Crystal se había reclinado en el apartado donde estábamos para ocultar la cara, que estaba como un tomate. Se reía tanto que ya ni siquiera hacía ruido. Mientras intentaba calmarse, tenía la boca en forma de "O" perpetua.

—Pppor favor... Frankie... me voy a hacer pis encima —consiguió farfullar. Se puso a respirar hondo para calmarse y entonces la miré y parpadeé como Brandy y le volvió a dar otro ataque de risa. No podía evitarlo: era facilísimo hacerla reír. Crystal era muy fácil de divertir cuando cogía carrerilla, así que seguí hasta que volvió la otra.

—Aquí tienen, señoras. Buen provecho. —Nos sirvió la comida y se quedó mirando pasmada cuando Crystal atacó su plato—. Avísenme si quieren algo más. ¿Vale? —preguntó.

—Mmmmm —mascullamos las dos con la boca llena.

Comimos hasta que dejamos los platos limpios. Me quedé sorprendida al ver que realmente tenía hambre y me lo comí todo. Crystal nunca dejaba de asombrarme por las cantidades de comida que era capaz de meterse en ese cuerpecito que tenía. Nos quedamos sentadas un rato mientras digeríamos la comida y le hicimos una seña a Brandy para que nos trajera la cuenta.

—Aquí tienen, cielitos, espero que les haya gustado todo. —Se calló al ver los platos vacíos—. Vaya, voy a cerrar la boca para siempre, se lo han comido todo, ¿eh? —dijo sorprendida.

—Ya le dije que no quedaría nada —contestó Crystal.

—Vaya, pues es cierto. Espero que no sea una de esas chicas que se meten en el baño a vomitar todo lo que acaban de comer —dijo con aire acusador.

—Por supuesto que no. Eso me parece un desperdicio mayor que no comerse lo que se tiene en el plato. Estoy muy contenta con mi aspecto y a la mierda el que piense lo contrario —dijo Crystal con tono desafiante.

—¡Bien por usted, cielo! —dijo la otra, haciendo estallar otra pompa de chicle.

Yo miré a Crystal y le sonreí. Nunca había conocido a nadie que dijera lo que pensaba tanto como ella. Hasta Annie, claro. Menuda bronca me echó cuando creyó que estaba en contra de los homosexuales. Dios, qué cosa tan absurda.

Poco se imaginaba ella cómo íbamos a terminar la noche después de eso.

—La Tierra a Frankie. ¿Estás lista, cariño? —preguntó Crystal, sacándome de mis recuerdos.

—Sí, vámonos de aquí antes de que llegue Alice —bromeé.

—¡Dios, yo también estaba pensando en eso! ¡Qué gracia! ¡Y también me esperaba a Mel y Vera! —dijo y nos echamos a reír. Era genial la forma en que coincidía nuestra mente en ocasiones.

Le dejamos a "Flo" una buena propina y volvimos al coche. Me sentía mucho mejor, de modo que le cogí las llaves a Crystal y emprendimos el regreso a casa.



Capítulo 25


Fui frenando cuando nos acercamos al aparcamiento de la parte de atrás de nuestro edificio. Estaba llena de curiosidad por saber cómo planeaba Crystal llevarme de vuelta con Annie. Noté que la tristeza volvía a apoderarse de mí poco a poco. No creo que se me hubiera pasado en absoluto, sólo había hecho un pequeño descanso mientras comíamos.

Sabía que nunca podría olvidar a Annie y todo lo que habíamos compartido. Cuánta gente no siente en toda su vida lo que habíamos sentido nosotras. Lo único que esperaba era poder volver a compartir todo aquello con Annie, bien pronto.

—Bueno, Frankie, antes de que empecemos, tengo que hablar con Nonnie de todo esto. Hazme un favor y quédate en casa o vete a la tienda hasta que esté lista, ¿vale? —dijo con aire muy serio.

—Crystal, ¿por qué no hablas de ello delante de mí? Me siento como si...

Me interrumpió:

—Frankie, por favor, confía en mí, ¿de acuerdo? Nonnie y yo tenemos que prepararlo todo para poder seguir adelante con esto. Te prometo que no tardaré, pero te conozco y sé cómo te gusta hacer preguntas y todo eso. Tendrás mucho tiempo para hacer preguntas, sólo tengo que asegurarme de que Nonnie sepa lo que está pasando y de que esté libre el resto de la tarde, ¿vale? —Sonrió y me dedicó su mejor mirada de cachorrito desvalido. Sabía que esos ojos marrones podían conseguir lo que le diera la gana de mí.

—Está bien, de todas formas debería ver qué tal va Mario. Pero hazme un favor y ven a buscarme en cuanto estéis listas, ¿de acuerdo? —le rogué.

—Te lo prometo, Frankie. Volveré pronto —me aseguró.

—Vale. Hasta luego —acepté.

Subí para quitarme la camiseta que llevaba del revés. Me miré el pelo al quitarme la gorra y decidí que se imponía una ducha. Se me había empezado a incrustar el pelo en la gorra de los Cubs, de modo que me lo lavé bien. Me sequé y me puse mi polo morado preferido, que me metí por dentro de mis vaqueros azules con bragueta de botones.

Después de secarme el pelo con el secador, me maquillé un poco y bajé a Clásicos en Tecnicolor. Abrí la puerta de atrás y entré en la tienda. No era un día muy animado, pero Mario estaba poniendo ropa nueva al maniquí del escaparate.

—Hola, Mario, ¿cómo han ido las cosas? —pregunté.

Mario me miró y sonrió. Era un chico agradable de diecinueve años y le encantaba el cine clásico. Creo que le gustaba incluso más que a mi padre. Era bajo para ser hombre, un metro setenta y cinco más o menos, lo cual lo hacía más bajo que yo. Me daba lástima, porque era muy joven y ya empezaba a quedarse calvo. Lo que le faltaba en el plano físico, lo compensaba con creces gracias a su personalidad. Qué diablos, si yo hubiera sido hetero y más joven, habría salido con él. Le estreché la mano con cariño y le sonreí afectuosamente.

—Gracias por ocuparte de esto, Mario. Últimamente no he estado muy bien —le di la versión resumida.

—De nada en absoluto, señorita Frankie. Lamento que haya estado enferma. Pero no se preocupe, la tienda ha ido muy bien conmigo. No dejaré que haya problemas y así no tendrá que preocuparse. De todas formas, no ha habido mucho movimiento, así que usted descanse y póngase bien. Todavía está un poco pálida, señorita Frankie.

—Mario, ya sabes que me puedes tutear. Soy la jefa más informal que podrás tener nunca. —Sonreí con ironía.

Vaya si es cierto.

—Lo sé, señorita Frankie, pero mi padre se disgustaría mucho conmigo si no la tratara con respeto —dijo con sinceridad.

—Por favor, tutéame, ¿vale? No hagas que me sienta como una anciana. ¿De acuerdo? —Le sonreí.

—Oh, señorita Frankie, no quería ser irrespetuoso. O sea... Frankie... —Se ruborizó.

—¿Mario?

—¿Sí?

—Respira hondo y suelta el aliento despacio. —Me había enterado por Radio Macuto, es decir, por los cotillas del barrio, de que Mario estaba quedado conmigo. Me di cuenta de que lo estaba poniendo incómodo—. Eso es, ¿te encuentras mejor? —le pregunté preocupada.

—Sí, lo siento. Sólo quiero hacer un buen trabajo.

—Mario, has hecho un trabajo estupendo, así que no te preocupes tanto, ¿de acuerdo? —le dije afectuosamente.

—Gracias por decir eso, seño... mm... Frankie. Mm, ¿puedo terminar ahora con el escaparate? La gente podría asustarse al ver un maniquí desnudo al pasar.

Me eché a reír.

—Claro, Mario, adelante.

Era evidente que tenía la tienda bien controlada. Incluso había recogido unos cuantos desastres que no había tenido tiempo de recoger yo misma. Me volví para regresar arriba.

—Está todo genial, Mario, gracias por defender el fuerte por mí. ¿Quieres salir a comer algo o ir al baño o lo que sea mientras estoy aquí? —Eso era lo único que detestaba de trabajar sola. Tenía que cerrar la tienda sólo para hacer pis o comer. A menos, claro está, que Crystal me trajera comida.

—No, Frankie, no necesito nada. Tú vete a descansar. —Me sonrió de medio lado y me saludó agitando la mano.

—Vale, gracias otra vez, Mario —le dije, hablando con su espalda.

—Adiós. —Volvió a agitar la mano y yo regresé arriba para esperar a Crystal.



Capítulo 26


Volví arriba y me senté en el sofá. Encendí la televisión e intenté no pensar en cómo encontrar a Annie. No me sirvió de nada. Cada anuncio, sobre todo los de Hallmark, me recordaba a ella. Echaba de menos su sonrisa, su olor, pero sobre todo, echaba de menos su dulce voz. Hacía tiempo que no la oía. Había esperado oírla en sueños la noche anterior, o incluso regresar, pero por desgracia me quedé donde estaba.

Oí pasos en el porche de detrás y esperé que fuera Crystal. Apagué la televisión y me dirigí a la cocina.

—¿Crystal? ¿Eres tú? —pregunté esperanzada.

—Sí, nena, ¿me echabas de menos? —bromeó.

—Sabes que he estado esperando noticias tuyas hecha un manojo de nervios —dije haciendo un puchero.

—Bueno, pues si estás lista, Frankie, vamos a empezar. Nonnie conoce la situación y estamos preparadas para hacerlo —me tranquilizó.

—Genial, ya sabes que estoy lista. ¡Vamos allá! —dije muy emocionada y pasé disparada a su lado para bajar.

Crystal soltó un gran suspiro y corrió detrás de mí.

—Espera, Frankie. No puedes hacer nada hasta que lo tengamos todo listo —me gritó.

No veía el momento de empezar. Sabía que estaba acelerada y que era muy probable que esto tampoco funcionara, pero ya no soportaba más estar separada de Annie. La necesitaba como necesitaba aire para respirar.

Abrí la puerta de la casa de Crystal y Nonnie y entré en su cocina. Me encontré a Nonnie sentada tranquilamente a la mesa bebiendo té.

—Hola, Nonnie. ¿Cómo estás? —sonreí.

—Niña, ven, siéntate y deja que te hable de esto un segundo, ¿de acuerdo? —me pidió con calma.

—Claro, Nonnie. Seguro que me vas a decir que puede que esto no funcione y que no debería ilusionarme demasiado. ¿Verdad? —dije, enarcando las cejas con aire interrogante.

—Tienes razón en parte, como siempre —sonrió—. Pero quiero que me hables de esta Annie y de lo que significa para ti.

—Estoy enamorada de ella, Nonnie. No he sentido esto por ninguna otra mujer con la que he estado en mi vida. Es la otra mitad de mi ser, lo sé —respondí con total franqueza.

—Así que no hay nada que no estés dispuesta a hacer para volver a estar con ella, ¿verdad? —preguntó muy seria.

—Daría y haría lo que fuera por volver a estar con ella, Nonnie. Hasta ese punto la quiero.

—Vale, eso está claro y es maravilloso. Ahora necesito que comprendas que es posible que esto no salga exactamente como deseas. Es posible que consigamos que vuelvas allí y que ella ya haya muerto. ¿Lo comprendes? ¿Va a ser suficiente para ti verla así? ¿Qué pasa si apareces justo en el momento en que se estrella? No podrás hacer nada. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Tuve que pensarlo un momento. No me había planteado esa posibilidad. No sabía si podría verla en ese estado. Estaba segura de que me moriría. Pero no hacer algo más para volver a verla me haría aún más daño. Creo que eso contestaba a mis preguntas.

—Sí, Nonnie. Haría cualquier cosa por volver a verla. No puedo no intentarlo una vez más —le imploré.

—Vale, pues vamos a ello —dijo simplemente y entró en su salita mascullando algo sobre la terquedad.

Crystal me miró y sonrió.

—¿Lista?

—Más que nunca.

—Pues vamos a buscar a tu chica —me dijo alegremente, echándome el brazo por los hombros y llevándome a la salita.

—¿Nonnie está de acuerdo con todo esto? —No sabía muy bien qué era lo que sentía de verdad con respecto a todo este asunto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Crystal, preocupada.

—A que casi parece como que no quiere hacerlo.

—Creo que le preocupa que no encuentres lo que estás buscando. Te quiere como si fueras su propia hija, Frankie. No le gusta verte sufrir. Sólo quería asegurarse de que comprendes todos los aspectos y que te das cuenta de que, como ha dicho, es posible que las cosas no salgan como tú quieres.

—Lo sé y la quiero por eso. Pero sé que tengo que hacer algo si aún tengo la posibilidad de hacerlo. ¿Entiendes? —pregunté, sintiendo que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Sí, cariño, voy a hacer todo lo que esté en mi poder para devolvértela. Me doy cuenta de lo mucho que la quieres. A mí también me duele verte sufrir, Frankie. Eres la mejor amiga que tengo en el mundo. Que me ahorquen si me voy a quedar aquí sentada sin hacer nada. Así que... —Me dio un beso en la mejilla—. Vamos a buscar a tu Annie.

—Me parece bien.

Entramos en la salita de atrás, que en realidad no parecía más que una habitación normal y corriente. Tenía una mesa de madera con cuatro sillas y había un sofá en la pared con una butaca al lado. Era un poco más oscura que otras habitaciones, pero era muy cómoda. La verdad es que era muy acogedora. Me habría producido esa sensación aunque no hubiera conocido a estas dos de toda la vida.

Nonnie estaba sentada a la mesa esperando a que llegáramos. No se había puesto un turbante ni nada por el estilo, así que no penséis que está chiflada ni nada. Lo único que me parecía distinto era que había un poco de incienso ardiendo en una mesilla auxiliar. Aparte de eso, era una habitación de lo más normal.

—Vale, ¿dónde me siento? —pregunté, deseosa de poner las cosas en marcha.

—¿Dónde estarás más cómoda? ¿En el sofá? ¿En la mesa? —preguntó Nonnie.

—¿Voy a dormir? Porque si es así, debería echarme en el sofá —dije con tono pragmático.

—Pues muy bien, por favor, ponte cómoda en el sofá. —Nonnie señaló el sofá e hizo un gesto a Crystal para que se acercara más a mí.

—De acuerdo —dije, tumbándome en el sofá.

Crystal se acercó, se sentó en el borde del sofá y me sonrió.

—¿Estás lista, cariño?

—Claro, vamos allá.

Nonnie y Crystal me sonrieron. Nonnie se sentó a la mesa y Crystal siguió en el borde del sofá conmigo. Respiré hondo y traté de relajar el cuerpo.

—Bueno, Frankie, lo más importante que tienes que recordar es que no debes intentar controlar la situación. Mantente tranquila y relajada —me dijo Crystal suavemente—. Ahora cierra los ojos. Relájate, Frankie. Confía en mí y todo irá bien.

Nonnie puso música, una antigua obra clásica que a mi padre le encantaba. Creo que era Bach, uno de los conciertos de Brandenburgo. Recordé mi infancia. Él ponía esos discos todo el tiempo y cuando yo me quejaba, me decía que me darían cultura. Tenía razón, todavía los recuerdo. En estos momentos me sentía muy cerca de él, era una conexión que siempre tendría.

Estaba muy cómoda en el sofá. Notaba que me estaba relajando mucho. Oía a Crystal hablando suavemente a mi lado.

—Imagínate que vuelas hacia las nubes. Cuanto más ligera eres, más alto vuelas. Déjate ir, Frankie. Hazte ligera. Siente que flotas. Ves el arco iris por encima de las nubes, intenta cogerlo, hazte más ligera, Frankie, puedes hacerlo. ¿Lo ves?

Lo veía, veía el arco iris que me estaba mostrando. Estaba a punto de alcanzarlo. Noté que le hacía un gesto de asentimiento a Crystal y ella debió de verlo, porque respondió a mis acciones.

—Eso es. Estás muy cerca. Déjate ir un poco más, Frankie. Annie está al otro lado de ese arco iris. Pronto podrás verla. Relájate, siente cómo pierdes el peso del cuerpo. Eres totalmente libre de ir donde quieras, ahí es donde debes estar. Ve con ella, Frankie. Te está esperando. La encontrarás. Cuando bajes, estarás justo donde la dejaste la última vez. Ve a la parte superior del arco iris, pasarás al otro lado, llegarás allí. Siente que vuelas más alto... más alto...



Capítulo 27


Me sentía más libre de lo que me había sentido en toda mi vida. Sabía que llegaría a ella, sólo tenía que seguir concentrada y relajada. Concentrada y relajada...

—¿Frankie?

¿No lo estoy haciendo bien? ¿Tengo que volver con Crystal? ¿Por qué me llama?

—¿Frankie? ¿Me oyes?

Abrí los ojos y tuve que protegérmelos de la fuerte luz del sol que me daba directamente en ellos. Vi una silueta por encima de mí. Me moví para que la luz iluminara a esa persona desde otro ángulo. Era Betsy. ¡Era Betsy!

¡SÍ! Ha funcionado, gracias, Crystal.

—¿Betsy? ¿Eres tú?

—Sí, ¿por qué estás aquí fuera? —Ésa era la gran pregunta. ¿Cuál era la respuesta adecuada?

—Anoche me quedé aquí dormida con Annie. ¿Está contigo? ¿Dónde está? —Me empezó a entrar el pánico. Me había dejado sobre la manta donde habíamos hecho el amor. Tenía que encontrarla.

—No la he visto hoy, Frankie. Eso es lo que me preocupa. Tenía que trabajar esta mañana. No se ha presentado. Eso no es propio de ella. Estoy muy preocupada.

—¿Qué día es hoy? —dije toda confusa.

—Lunes.

—¿Veintiséis? —aventuré.

—No, veintiocho. Tenía que entrar a trabajar a las diez de la mañana y es mediodía y no hay forma de encontrarla. ¿Tú tienes idea de dónde está? Han llamado del café porque ellos también están preocupados.

—No tengo ni idea, Betsy. Ahora la que está preocupada soy yo. Nos quedamos dormidas aquí después de lo de la hoguera. Eso fue anoche, ¿no? —pregunté, esperando no andar muy desencaminada.

—Sí, fue anoche. Menuda resaca debes de tener. Bebisteis mucho. Debo decir que me llenó de alegría verla tan contenta contigo. Erais inseparables.

—Tan inseparables que se ha puesto en plan Frankie y ha desaparecido esta mañana. Espero que esté bien. Billy no nos vio, ¿verdad? —Esperaba que no estuviera con él. Sobre todo después de haber leído lo de su accidente del veintiocho.

¡El veintiocho! ¡Oh, Dios!

—No, por suerte se rindió y se marchó. Menudo gilipollas estuvo hecho anoche. —Betsy me estaba hablando y yo no oía nada. La tenía él. Debía de tenerla.

—Betsy, ¿dónde vive Billy? Tengo un presentimiento muy malo. Puede que viniera aquí anoche y nos viera juntas. Seguro que fue algo que no quería ver. Estoy segura de que Annie está ahora con él. Créeme, Betsy, corre grave peligro. Es capaz de matarla. Tenemos que encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

—Haré lo que pueda. Creo que arriba tengo un listín de estudiantes —intentó recordar.

—Creía que ya no era estudiante —dije, recordando lo que había dicho Annie.

—No lo es, pero antes sí y hace siglos que no se muda. La dirección debería ser la misma. Creo que tengo un listín antiguo. Vamos a bucarlo. —Me ofreció la mano para ayudarme a levantarme.

Le agarré la mano y tiré para ponerme en pie. Me sacudí los restos de arena del cuerpo y de la manta. Cogí la manta y le hice un gesto para que emprendiera el camino.

Subimos volando las escaleras de cemento de Mertz Hall. Subimos en el ascensor hasta el piso dieciocho y fuimos a la habitación de Annie. Llamé con fuerza a la puerta para que si estaba allí, me oyera con toda seguridad.

—Annie, ¿estás ahí? —grité. Seguí llamando con fuerza—. Annie, ¿me oyes? —Sacudí el tirador y por suerte para mí, la puerta no estaba cerrada con llave.

Miré dentro de su cuarto, que estaba vacío. No estaba por ningún lado. Todo estaba como lo habíamos dejado antes de ir a la fogata.

—¡Mierda! ¿Dónde estás, corazón? ¡Tengo que encontrarte! Dame algo. ¡Una pista, lo que sea! —Noté que empezaba a ser presa del pánico. La calma no se me da muy bien y menos cuando alguien a quien quiero está en peligro. Grave peligro.

—¿Hay algo? —Betsy entró corriendo con el listín de estudiantes de 1972 en las manos.

—No, nada. Todo está exactamente como lo dejamos anoche —dije abatida.

—Pues hemos tenido algo de suerte, he logrado encontrar ese viejo listín de estudiantes. Aparece Billy. Vive en Pratt, que está justo bajando por la calle. Podemos ir andando, está muy cerca.

—Bueno, ¿y a qué estamos esperando? Vamos a hacerle una visita a ese simpático cabrón, ¿vale? —dije sarcásticamente.

—Sí, vamos. Me muero por ver cómo le das una paliza —sonrió.

—¡Y yo me muero por dársela! —gruñí—. Venga, vámonos.

Salimos de la habitación de Annie y fuimos derechas al ascensor. Cuando las luces de los pisos indicaron que el ascensor iba a tardar en llegar, bajamos por las escaleras, de dos en dos. Llegamos abajo más deprisa de lo que habría podido moverse el ascensor. Las dos estábamos decididas a apartar a Annie de Billy. Cómo íbamos a hacerlo era otro tema, pero por ahora, nuestra prioridad era llegar hasta ella. Lo que haríamos cuando llegáramos era algo que tendríamos que pensar después. Por ahora, lo único que yo quería era encontrar a Annie para asegurarme de que estaba bien. No puede morir, no puede. No podría vivir conmigo misma sabiendo que no había hecho nada por salvarla.

Puede que eso supusiera trastocar el tiempo y el futuro, pero qué demonios, no me importaba. Iba a encontrar a Annie e íbamos a estar juntas. Eso era todo.

Salimos de Mertz Hall y Betsy señaló al norte, hacia Pratt Lane. No estaba lejos en absoluto. Noté que la angustia iba creciendo en mi interior.

—Tardaremos cinco minutos en llegar, Frankie —afirmó tajantemente.

—Está bien. ¿Conduce algo que no sea esa camioneta? —pregunté.

—No, esa chatarra de mierda es lo que se merece —sonrió—. Odio a ese cabronazo. Más le vale no haberle hecho daño otra vez. No sé qué sería capaz de hacerle —dijo con calma mientras caminábamos hacia Pratt.

—Yo sé muy bien lo que le voy a hacer si le ha hecho el menor daño —declaré con tono práctico—. Lo voy a descuartizar con mis propias manos. Va a desear no haber conocido a Frankie Camarelli, fíjate lo que te digo —bufé entre dientes.

—Recuérdame que no debo cabrearte nunca, Frankie. ¿Vale? —sonrió.

—Tomo nota. Vamos a pillar a ese hijo de puta —dije y aceleré un poco el paso.

Betsy se mantuvo a mi lado mientras corríamos por Sheridan Road para buscar a Billy Johnson. Si la había dejado durmiendo en su casa mientras él estaba fuera de la ciudad, suerte para él. Si no, iba a lamentar el día en que le puso la mano encima a Annie Parker.

Eso, amigo, es una promesa.


PARTE 12


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