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Capítulo 19


Chapoteamos en el agua hasta que se nos puso la piel más arrugada que una pasa. Hacía siglos que no me sentía tan viva. Era curioso que me sintiera así, cuando ni siquiera estaba segura de si esto era real o no. Tenía que ser real, tenía que serlo.

Annie corrió a la orilla y se puso a dar saltos para secarse sin usar toda la manta para sí misma.

—Vamos, Frankie, ven aquí antes de que lo moje todo —dijo temblando.

—Ahora mismo voy —contesté sonriendo.

Envolvimos nuestros cuerpos desnudos en la manta y nos abrazamos. Nos besamos suavemente y nos estrechamos con adoración. Era la mujer más suave con la que había estado en contacto en toda mi vida. No quería volver a estar jamás sin ella. Sabía que era un deseo imposible y, sin embargo, sabía que estábamos destinadas a estar juntas. Las cosas tenían que solucionarse pronto o acabaría volviéndome loca.

Conseguimos volver a vestirnos y empezamos a entrar en calor. El sol saldría dentro de un par de horas, así que esperamos en la playa para contemplar nuestro primer amanecer juntas. Las nubes se habían espesado en el cielo y me pregunté si nos llovería encima antes de que el sol llegara a iluminar.

—Parece que va a haber tormenta, Annie. ¿Estás segura de que quieres quedarte aquí fuera? —pregunté.

—Sí, no creo que nos pase nada. Si vemos relámpagos, nos meteremos en casa. Es que me parecía apropiado ver la salida del sol contigo.

—Estoy de acuerdo contigo. Y ahora también sé que eres una romántica sin remedio —sonreí.

—¿Tienes algún problema al respecto, señorita Frankie? —dijo con aire burlón.

—En absoluto. De hecho, creo que te pega maravillosamente. Te mereces un poco de romanticismo en la vida —dije, volviendo a estrechar su cuerpo contra el mío.

Nos acomodamos en la manta húmeda y nos echamos la una en brazos de la otra. Me puso la cabeza en el hombro mientras yo le hacía círculos imaginarios en la espalda. Soltó un profundo suspiro de satisfacción y no pude evitar sonreír. Noté que su cuerpo empezaba a pesar más, lo cual me indicaba que se estaba quedando dormida.

Me da pena despertarla. Me quedaré aquí tumbada hasta que se haga de día o hasta que nos caiga un diluvio encima.

Me pegué más a Annie y aspiré su olor. Aunque habíamos pasado demasiado tiempo dentro del Lago Michigan, seguía oliendo increíblemente bien. Cerré los ojos para disfrutar de nuestro nuevo comienzo. Mientras estaba allí echada, noté que mi cuerpo se iba rindiendo y me empezaba a quedar dormida. Oí mis últimos pensamientos antes de quedarme profundamente dormida.

Eres la dueña de mi corazón, mi cuerpo y mi alma. Te amo, Annie.

Sentí la lluvia inevitable que empezaba a salpicarme la cara. Me desperté y me incorporé sobresaltada, para encontrarme con la espalda apoyada en el metal que era mi escalera de incendios. La lluvia caía con un ritmo musical sobre las cañerías de mi edificio y miré a mi alrededor horrorizada. Mi sueño se había acabado una vez más y sentí que se me revolvía el estómago de angustia.

Esto no puede ser cierto... NO... por favor... dime que no está pasando. ¡Oh, santo Dios del cielo! Oh, Annie... Annie... cuánto siento haberte dejado de nuevo. Cuánto lo siento. Otra vez no... Oh, Dios, otra vez no.

—¡NOOOOOOOO! —grité ásperamente en el nuevo día—. ¡¿¡POR QUÉ!?! —sollocé y me atraganté con la emoción y el dolor que me atravesaban el cuerpo de parte a parte.

Noté que me caía sobre la barandilla del balcón. Ya no conseguía sostenerme en pie. El peso de todo esto me había vencido de una forma que no me habría podido imaginar nunca. Era como si se me hubiera cortado la respiración por un golpe y no dejaba de darme en el pecho con la esperanza de calmar el dolor agónico que sentía.

No puedo respirar... No quiero respirar sin ella. Dios, ¿por qué me haces esto?

Me quedé sentada bajo la lluvia torrencial con las rodillas dobladas bajo la barbilla. Me mecí atragantándome con las lágrimas cada vez que tomaba aliento. Nunca hasta ahora había necesitado tanto a alguien como necesitaba a Annie.

Se va a despertar y no voy a estar allí. Después de todo lo que hemos compartido, me habré ido. No va a entender nada de nada. Demonios, yo no entiendo nada de nada. ¿Cómo puedo esperar que lo entienda ella? Dios bendito, si me oyes, por favor, protégela. Por favor.

Los sollozos me estremecían el cuerpo sin cesar y me quedé sentada en la misma postura durante lo que me parecieron días. Me apretaba las rodillas contra el cuerpo para llenar el espacio vacío que antes ocupaba Annie.

La echaba de menos.

La necesitaba.

La amaba.



Capítulo 20


Había caído la oscuridad y ni me había enterado. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya no estaba fuera. Estaba en mi cama con una ropa que no me había puesto yo. Me sentía como si me hubieran pegado en la cabeza con un ladrillo. Tenía la boca sequísima y me sentía un poco desorientada. En resumen, estaba hecha una mierda.

Cuando por fin conseguí ver dónde estaba, vi a Crystal a los pies de mi cama, dormida. Tenía un pequeño paño en las manos que supuse que estaba aplicándome en la cabeza. Sabía que tenía fiebre por lo rara que me sentía. A lo mejor había estado bajo la lluvia demasiado tiempo. Siempre me cuidaba cuando estaba enferma. Tenía el estómago revuelto. Me quería morir.

Me quería morir. No quería vivir sin Annie. Ella lo era todo para mí. Las imágenes de las dos haciendo el amor en la playa me volvieron a llenar de lágrimas los ojos hinchados. Noté que me temblaba el labio y una vez más estallé en sollozos. Me volví de lado en posición fetal y me empecé a mecer para consolarme a mí misma.

A lo mejor si me vuelvo a dormir, puedo volver a estar con Annie.

No se me ocurría nada que me apeteciera hacer más.

—¿Frankie? —me susurró la voz apagada de Crystal.

No fui capaz de formar palabras para responder.

—¿Frankie? Venga, dime algo, cielo. Sé que me oyes. —Se acercó a mi cara y se puso a frotarme la frente con el paño fresco.

—¿Por qué? —fue lo único que conseguí decir, antes de echarme a llorar como un bebé.

Crystal me envolvió al instante con su cuerpo y me acunó por detrás.

—Shh... lo sé, cariño. Suéltalo todo. —Me reconfortó, dejándome llorar. Me peinó el pelo empapado en sudor con los dedos mientras me mecía—. La has vuelto a encontrar —afirmó.

Me limité a asentir y seguí llorando.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Me lo puedes contar? —preguntó suavemente.

—Todo, Crys... todo —sollocé—. Oh, Annie. —No conseguía detener las lágrimas que me chorreaban por la cara. Crystal sabía que no iba a poder hablar de ello, de modo que me abrazó y me dijo cosas reconfortantes al oído.

Pasaron varias horas y mi estado no había cambiado en absoluto. Crystal llamó a Nonnie para que subiera a mi cuarto a hablar conmigo. En vano, debo añadir. No hablaba con ninguna de las dos. No porque no quisiera, sino porque no podía. Las únicas palabras que acudían a mis labios eran el nombre de Annie y lo mucho que sentía haberla dejado de nuevo.

Oí que Nonnie y Crystal estaban hablando. Las oí hablar de mi viaje y de la fuerte posibilidad de que fuera cierto. Mi cabeza gritaba: "¡Es cierto¡" pero no conseguía formar las palabras.

—Estaremos en la otra habitación, Frankie. Vuelvo ahora mismo, cariño —le oí decir a Crystal. Se inclinó sobre mí y me dio un beso en la sien—. Te voy a ayudar con esto, Frankie, te lo prometo.

Oí que Nonnie y ella salían de mi cuarto y lo único que se oyó después fueron mis sollozos. Tenía el corazón roto y no podía hacer nada por cambiarlo. Yo no controlaba la situación y odiaba saberlo. Necesitaba a Annie. Eso era lo único que sabía con certeza.

Crystal volvió a entrar en mi habitación y se quedó mirándome. Me quedé así hasta el día siguiente. Mis sollozos por fin se habían calmado. Creo que me había quedado sin lágrimas que derramar. Crystal estuvo conmigo todo el tiempo. Parecía agotada.

—Lo siento, Crystal —susurré.

—Oh, cielo. Ni se te ocurra disculparte. Me doy cuenta de cuánto estás sufriendo. Sabes que no hay nada que no esté dispuesta a hacer por ti. Qué más da que lleve en pie casi dos días. Me necesitabas. Aunque no lo supieras. —Sonrió.

—¿Dos días? —pregunté.

—Sí, Frankie. Has estado fuera de combate durante casi dos días. No conseguíamos despertarte. Llamamos al doctor Sanders para que te examinara. Dijo que estabas dormida y que tu cuerpo debía de necesitar el descanso. Dijo que no nos preocupáramos a menos que no te despertaras después de hoy. Has cumplido el plazo por los pelos.

—Dios santo. Nunca había dormido tanto. Qué diablos, la verdad es que he hecho muchas cosas que nunca había hecho hasta ahora. —No pude evitar el tono sarcástico de mi voz.

—Lo sé, cariño. Lo has pasado muy mal. Ojalá pudiera quitarte el dolor —dijo con tristeza.

—Te quiero, Crystal. Gracias. —Me levanté de la cama y mi cuerpo se rebeló por haber estado en la misma postura tantas horas. Me notaba el pecho muy oprimido y seguía con fiebre.

Levanté los brazos por encima de la cabeza y noté que las vértebras se colocaban en sus sitios correspondientes. El movimiento repentino hizo que me tambaleara un poco y volví a sentarme.

—Uuuff... me da vueltas la cabeza —dije, apoyando la cabeza en las manos.

—Es la fiebre. Frankie, te pasaste horas fuera bajo la lluvia. Cuando no abriste la tienda, supe que algo iba mal. Me alegro de que tuvieras el número de Mario en la nevera. Se puso muy contento de poder trabajar para ti. Te envía saludos —me informó.

—Mmm. Dios, cómo me duele la cabeza. Me duelen los ojos. Pero lo que más me duele es el corazón —dije, mirándola a los ojos preocupados.

—Lo sé, cielo, lo sé. Lo noto con sólo mirarte.

—Crystal, es ella. Me he enamorado profundamente de ella. Creo que siempre he estado enamorada de ella. Creo que no amarla me resultaría raro. Me ha completado, Crystal. Siempre he tenido un extraño vacío en el corazón que ella llenó en cuanto la vi.

—¿Y yo qué soy? ¿Un pedazo de carne? —bromeó Crystal.

—Crystal, sabes que tú y yo nunca podríamos ir a más. Siempre seremos amigas del alma. Siempre ocuparás un lugar muy especial en mi corazón. —Le sonreí débilmente.

—Lo sé, Frankie, sólo intentaba hacerte sonreír. Ha funcionado. Lo veo en tus ojos, los cambios que ella ha provocado en tu corazón.

—¿Cómo puede ser, Crystal? No entiendo nada. Parece una broma morbosa. ¡¡Pero no me hace gracia!! —grité sin dirigirme a nadie en concreto—. Tengo que hacer pis —casi gruñí, levantándome y encaminándome al cuarto de baño.

Usé las paredes para apoyarme mientras buscaba el interruptor. Entré en el baño y me miré en el espejo. Pensé que estaba viendo a alguien que no era yo. No conseguía reconocerme a mí misma.

Supongo que así es como se debe de sentir un boxeador tras un combate a quince asaltos. Me siento como si me hubieran golpeado con todo, incluido el fregadero de la cocina.

Usé el retrete y apoyé la cabeza en la pared mientras estaba ahí sentada. Me imaginé la cara de Annie al despertarse en la playa y descubrir que yo había desaparecido... otra vez. Sentí que me acometía una oleada de pena e intenté reprimirla. Tragué unas cuantas veces y se me revolvió el estómago horriblemente.

Me levanté y me volví en el momento en que el contenido de mi estómago decidió abandonar mi cuerpo. Me agaché en el suelo y noté cómo se me contraía el cuerpo una y otra vez mientras purgaba mis entrañas. Cuando cesaron los espasmos, tiré de la cadena y empecé a respirar de nuevo con normalidad. Levanté mi cuerpo del suelo y metí la cabeza en el lavabo. Abrí el agua fría, me lavé la cara y me eché el pelo hacia atrás.

Me erguí para mirarme la cara mientras me mojaba la garganta y el cuello. Levanté la mirada y descubrí la cosa más maravillosa del mundo marcada en mi cuello. Me arranqué la camiseta al instante para asegurarme de que no estaba imaginándome cosas.

—¡Oh, cariño, lo conseguiste! ¡Lo conseguiste! ¡Ésta era la esperanza que buscaba! —Sonreí, sintiéndome mejor al instante—. ¡¡Crystal!! —grité—. ¡Crystal, ven aquí, corre! —volví a gritar.

Oí que venía corriendo desde el dormitorio.

—¿Qué? ¿Qué pasa, Frankie? ¿Estás bien? —Me miró con cara rara—. ¿Y tu camiseta?

—Crystal, ¿qué ves aquí? —dije, señalando mi preciosa marca. Se me había olvidado que estaba desnuda de cintura para arriba.

—¿Por qué sonríes?

—¡Porque tengo esperanza! ¡Crystal, mira! —Señalé de nuevo.

—¿Es eso lo que creo que es? —preguntó con escepticismo.

—Depende. ¿Qué crees que es?

—Parece un chupetón.

—¡¡¡Porque es un chupetón!!! ¡Me lo hizo Annie! ¡Cago en la leche! ¡Es real! ¡Te lo dije! —Agarré a Crystal de las manos y la abracé con fuerza.

—Frankie, ¿estás segura? —farfulló contra mi desnudez.

—Nunca en mi vida he estado más segura de nada, Crystal. Annie y yo hicimos el amor la otra noche en la playa. Ella me hizo este chupetón. Lo llamó mordisco ventosa —dije riendo—. ¡Nunca me he alegrado más de que me hayan hecho un chupetón!

—No me lo puedo creer, Frankie. Tenemos que decírselo a Nonnie —dijo, atónita.

—¿Qué quiere decir esto, Crystal? ¿Qué puedo hacer?

—De verdad que no lo sé, Frankie. Tenemos que hablar de esto con Nonnie. Ella sabrá qué hacer —me aseguró—. ¿Te encuentras lo bastante bien como para bajar?

—Si hiciera falta, podría bajar corriendo.

—Hazme un favor, ¿quieres? —me pidió.

—Lo que quieras.

—Ponte una puñetera camiseta —dijo, dándome un manotazo en el brazo.

—Sí, señora —asentí, sólo porque no quería que Nonnie se pusiera a gritarme que me iba a pillar una pulmonía.



Capítulo 21


Bajamos al piso de Crystal y nos encontramos con que Nonnie estaba en la salita con un cliente. Frustrada, descubrí que iba a tener que esperar a que estuviera libre.

—¿Cuánto suelen durar estas cosas? —pregunté con impaciencia.

—Pues depende de lo que quieran lograr con la visita —dijo ella con sencillez.

—¡Dios! Tengo que saber cómo volver allí, Crystal. Tiene que haber un modo. —Me puse a dar vueltas por la sala de estar.

—Frankie, tienes que tranquilizarte. Aunque no te des cuenta, sigues enferma. Todavía tienes fiebre y estás muy débil. Por favor, siéntate y relaja el cuerpo hasta que termine, ¿vale? ¿Por mí? —me rogó.

—Está bien. —Acepté su ruego de mala gana. De todas formas, siempre tenía razón.

Me senté en el sofá y me apoyé en Crystal. Ella me pasó el brazo por los hombros y me colocó la cabeza en su hombro.

—Todo irá bien, Frankie. Vamos a descubrir cómo puedes volver con Annie. Tú relájate, ¿vale? —dijo, acariciándome la cabeza.

—Mmm... siempre sabes cómo hacer que me sienta mejor.

—¿Qué clase de amiga sería si no supiera cómo hacer que te sientas mejor?

—Eres la mejor amiga del mundo, Crystal. Gracias. —Me acurruqué más cerca de ella.

—De nada, Frankie. —Me dio un beso en la cabeza y siguió acariciándome la cabeza y el cuello.

Estuvimos esperando durante lo que me parecieron horas, pero por fin Nonnie salió de su salita y nos encontró sentadas en el sofá.

—Frankie, cariño. ¿Te encuentras mejor? Todavía estás un poco pálida —dijo Nonnie, acariciándome la mejilla.

—Hola, Nonnie. Sí, me encuentro mucho mejor. Pero...

—Nonnie, está pasando algo. Tengo que hablar contigo —interrumpió Crystal de forma muy atípica en ella—. Frankie, ¿nos disculpas un momento?

—Claro —dije, confusa.

Era muy raro que Crystal hiciera eso. Era como si no quisiera que yo oyera lo que tenía que decirle a Nonnie.

¿Qué puede querer decirle que no pueda oír yo? ¡Si somos como hermanas, por Dios!

Me quedé siglos sentada en el sofá. Apoyé la cabeza en el brazo del sofá y noté que me quedaba dormida. Cuando me despertaron, había pasado más o menos una hora.

—Buenos días, dormilona —sonrió Crystal.

—¿Qué? Oh, me debo de haber quedado dormida. Lo siento. —Me froté los ojos.

—No te preocupes. Lo siento, pero tenía que hablar con Nonnie de todo esto. A veces tú te pones un poco emocional con este tema, así que quería hablar racionalmente con ella, antes de hablar contigo de lo que creemos que podemos hacer.

—¿Lo que podemos hacer?

—Sí, sobre Annie —afirmó.

—¿Qué queréis saber? —pregunté.

—Pues queremos saber un poco más sobre ella. ¿Sabes cómo se apellida, por ejemplo?

—Claro, Parker. —Sonreí con orgullo.

—Vale, ¿lleva mucho tiempo viviendo en Chicago? —continuó Crystal.

—Pues por lo que sé, ha vivido toda su vida en la zona de Chicago. ¿A qué vienen tantas preguntas?

—Bueno, antes de intentar hacer nada, nos gusta investigar un poco.

—¿Investigar el qué? No es una persona que me haya inventado, Crystal. No vamos a volver sobre ese tema. —Me estaba empezando a enfadar.

—No, no, no, no quería decir eso. No hay una forma fácil de decir esto, Frankie, así que te lo voy a decir sin más.

—¿Decirme el qué? —De repente me sentí preocupada por su respuesta.

—Tenemos que averiguar si está viva o muerta —declaró tajantemente.

—¿Qué?

—Bueno, el hecho de que te haya llamado desde 1974 me indica que probablemente no sigue viva —dijo Crystal suavemente.

—Jesús —jadeé.

—Frankie, no es eso.

Levanté las manos.

—Lo sé, lo sé. Sólo iba a decir que ni me había planteado esa posibilidad. La mera idea me da mucho miedo —dije con franqueza.

Nos quedamos sentadas largo rato en silencio. Crystal estaba esperando a que yo dijera algo sobre lo que quería hacer. Yo estaba esperando a que ella me dijera qué se podía hacer. Me empezaba a sentir muy confusa. Me quedé ahí sentada y asimilé la posibilidad de que Annie pudiera no estar viva en esta época.

—¿Cómo podemos asegurarnos de que está viva o no? —La palabra "muerta" no me resultaba atractiva en ese momento.

—Pues primero tenemos que comprobar los archivos de la ciudad para ver si existe un registro de su muerte. Si ha muerto, habrá informes de cómo y cuándo ocurrió. También has dicho que iba a la Universidad de Loyola, podemos comprobar si se graduó y si hay alguna información sobre los ex alumnos. Creo que lo primero es lo más seguro, pero lo otro es una opción más, ya que no sabes mucho sobre ella. —Me miró con cautela para calibrar mi expresión.

—Vale, ¿cuándo podemos empezar? Quiero que este misterio se resuelva de una vez. —Necesitaba acabar con todo esto. No podía aguantar mucho más.

—Pues empezaremos en cuanto se te pase la fiebre. Creo que necesitas dormir una noche más y luego podemos empezar la investigación —afirmó Crystal con tono práctico.

—Crystal, me encuentro bien. Por favor, ¿no podemos ir hoy al Ayuntamiento?

—No a menos que quieras forzar la entrada. Lleva cerrado desde hace por lo menos tres horas.

Comprobé el reloj y vi que eran las ocho de la tarde. Desde que había vuelto a casa, no tenía el menor sentido del tiempo.

—Mierda, supongo que no tengo elección —dije con tono derrotado.

—Lamento decir que tenemos que esperar —intervino por fin Nonnie.

—Genial, odio esperar —rezongué.

—Deja que te dé una cosa para la fiebre, Frankie. Dormirás mejor y la espera no se te hará tan larga si estás dormida —dijo Nonnie.

—Me parece buena idea. A lo mejor acepto. Podré hacer mucho más si estoy bien descansada —asentí.

—Así me gusta. Esta Annie tiene que ser muy especial. Nunca cedes tan fácilmente. —Me sonrió.

—Lo es, Nonnie. Lo es de verdad —susurré.



Capítulo 22


Llegó la mañana y yo me sentía muy entumecida y atontada por la enfermedad. Al saber que iba a emprender una investigación que me ayudaría a encontrar a Annie, la sensación se hizo menos intensa. Pero la pregunta era, si descubría que Annie ya no estaba viva, ¿qué quería decir nuestro encuentro? ¿Por qué me había llamado para descubrir que no estaba viva? ¿Había muerto prematuramente? ¿Quién era responsable de su muerte? No conocía las respuestas a esas preguntas y no las conocería hasta más tarde.

En cuanto Crystal se despertó, vino a verme.

—Buenos días, sol —gorjeó.

—Buenos días, tú —sonreí.

—¿Te encuentras mejor hoy? —preguntó preocupada.

—Pues lo cierto es que sí. Estoy deseando ir al Ayuntamiento a indagar un poco —dije emocionada.

—Ah, no, lo primero es lo primero. Abre —dijo, metiéndome el termómetro en la boca.

—Mrrmmff —le gruñí en broma.

—Ooh, qué miedo. Ahora calla, faltan unos dos minutos y medio —dijo, controlando el reloj.

Sin llegar a oír el timbre del cronómetro que tenía en la cabeza, levanté la mano para coger el termómetro. Por desgracia, Crystal se me adelantó dos segundos y me lo sacó de la boca.

—¡Ja! Demasiado lenta, debes de estar enferma —sonrió.

—Tú dime qué indica esa puñetera cosa.

—Dice: "Me llamo Frankie y hoy se me permite salir" —dijo con aire travieso.

—Genial, ¿a qué hora abre el Ayuntamiento? —pregunté, esperando que supiera la respuesta.

—Supongo que hacia las nueve, pero voy a llamar para asegurarme —dijo, sacando la guía de teléfonos del cajón para todo que tenía en la cocina—. ¿Estás segura de que a Mario no le importará trabajar hoy por ti?

—Le encantan las pagas que se lleva. Seguro que se echa a llorar cuando vuelva al trabajo —dije riendo.

—Seguramente —asintió Crystal.

Cogió el teléfono y llamó al Ayuntamiento. Preguntó el horario y lo apuntó en la libreta de notas que había al lado del teléfono. Crystal colgó y me comunicó la información.

—Abren a las nueve, es decir, hace una hora, y están abiertos hasta las cinco de la tarde. Vamos a vestirnos para ir allí —dijo muy contenta.

—Ahora salgo. A este cuerpo enfermo que tengo le hace mucha falta una ducha. No he catado el agua desde el Lago Michigan.

—¿El Lago Michigan? —preguntó confusa.

—Una historia, tal vez, para el trayecto al Ayuntamiento —dije con aire burlón mientras me dirigía al cuarto de baño.

—No sé si quiero saberlo —dijo con cierta aprensión.

Entré en el cuarto de baño y sonreí a mi reflejo, que seguía luciendo esa hermosa marca en el cuello.

—Buenos días, precioso mordisco ventosa —dije sonriendo—. Hoy vamos a buscar un poco más de información sobre tu creadora. —Hice una mueca al oírme a mí misma y me desnudé. Me incliné por encima de la bañera y abrí el agua. Entré cuando la temperatura del agua se puso soportable.

Esa mañana me di la ducha más rápida de la historia. Me sequé y corrí del baño al dormitorio y me puse las primeras prendas de ropa que vi. Cogí unos vaqueros y una de mis camisetas. Ni siquiera me fijé en si estaban limpios o del derecho, me los puse sin más. Corrí de nuevo al baño, me pasé un peine por el pelo y me calé una gorra de béisbol de los Cubs. Era mi preferida desde que me la dio mi padre después de ver nuestro primer partido de béisbol juntos. Me solía dar buena suerte. Hoy esperaba que no me fallara.

Corrí a la cocina y descubrí a Crystal comiéndose un tazón de cereales con fruta. La miré con impaciencia.

—¿Y bien? ¿Estás lista para que nos vayamos? —pregunté, con los brazos en jarras.

—Tranquila, campeona, no sabía que hoy querías batir el récord de la ducha más rápida. Dame unos segundos y estaré lista. ¿Vale?

—Está bien —dije indignada y me senté a su lado a mirar cada bocado que daba.

—¡Oh, Dios santo, vámonos ya! —dijo por fin y salió corriendo por la puerta conmigo pegada a sus talones.

Nos montamos en mi viejo Nissan y pusimos rumbo al Ayuntamiento. Por un lado, me sentía muy emocionada por descubrir la información para encontrar a Annie. Por el otro, estaba cagada de miedo. No quería descubrir que todo lo que había compartido con Annie había entrado en los anales de la historia, para no volver a vivirlo nunca más. La mera idea hacía que se me revolviera el estómago de nuevo.

—Bueno, ¿qué pasó en tu última visita, Frankie? —preguntó Crystal suavemente.

—Aparte de compartir el momento más precioso de mi vida con Annie, también pasó algo maravilloso —dije en plan críptico.

—Ooh, cuéntamelo, por favor —dijo, volviéndose para mirarme con una pierna doblada bajo la otra.

—Desayuné con mis padres —dije como sin darle importancia.

—¡¿Qué?! —dijo Crystal sin dar crédito.

—Me pillaron durmiendo en la escalera de incendios. Me desperté y me encontré con los ojos de mi padre, que me estaba mirando. Creyó que no tenía casa y que estaba durmiendo en su escalera —sonreí.

—Oh, Dios. Seguro que casi te cagas encima —sonrió.

—Bueno, eso sólo fue el comienzo. Me invitó a pasar dentro cuando le conté una chorrada sobre que estaba demasiado cansada para darme cuenta de no estaba en casa.

—¿Y te creyó?

—Por supuesto. ¿Acaso no creerías tú a alguien con esta cara? —dije, echándole mi mejor mirada de cachorrito desvalido.

—Oh, Dios. ¿Y qué pasó luego?

—Pues que me llevó a comer a la cocina, donde conocí a mi madre.

—¿Y hablaste de verdad con ella? —dijo con los ojos muy redondos.

—Sí.

—¿Y qué te pareció? —preguntó con cierta aprensión.

—A decir verdad, Crystal, no era muy agradable —respondí con sinceridad.

—¿No?

—No. Bueno, creo que le toqué un punto sensible cuando le pregunté si tenían hijos. —Sonreí con aire suficiente.

—Oh, Dios, no harías eso.

—Pues sí. Yo no había nacido aún, así que supongo que quise saber un poco más sobre lo que pensaba acerca de ser madre. Huelga decir que no le hizo gracia y quiso cambiar de tema inmediatamente. Para mí ya no es un misterio que fue mi padre el que quiso tener hijos. Está muy claro que no fue ella —expliqué.

—Caray. ¿Y cómo estaba tu padre mientras? ¿Te pareció que quería hablar de ello?

—Sí, de hecho, cuando él dijo que quería hijos, ella le echó una mirada asesina y exigió cambiar de tema. La muy zorra.

—Demonios. Seguro que fue algo digno de verse —dijo maravillada.

—Lo fue —asentí—. Bueno, el resto del desayuno fue bastante silencioso, salvo por una charla ligera sobre cine y cosas así. Se me había olvidado lo amable y generoso que era mi padre. Invitó a una perfecta desconocida a su casa, después de que hubiera pasado la noche en su escalera de incendios sin que él lo supiera, y luego le pidió que se quedara a desayunar. No hay mucha gente hoy día dispuesta a hacer eso. Ahora seguro que llamarían a la policía. Pero papá no, dijo que le gustaría conocer a mi familia la próxima vez que me pasara por el barrio —dije riendo.

—Era un hombre muy especial, Frankie —dijo, tocándome el brazo.

—Lo sé... y agradezco haber podido volver a verlo. Le di un abrazo y un beso cuando me marché y fue casi como si supiera quién era yo. Fue rarísismo —terminé, cuando entrábamos en el aparcamiento del Ayuntamiento.

Respiré hondo y salí del coche. Crystal me miró y me echó esa sonrisa tranquilizadora que yo había llegado a adorar. Nos acercamos a las escaleras del Ayuntamiento y oí a Crystal que se reía detrás de mí.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —pregunté desconcertada.

—Es evidente que esta mañana tenías mucha prisa. ¿Has visto la camiseta que llevas? —No pudo contener la risa.

Bajé la mirada, vi una camiseta blanca y volví a mirar a Crystal con aire interrogante.

—¿Una camiseta blanca está mal? —pregunté.

—Sólo si te la has puesto del revés y en la parte de delante pone "Sólo me acuesto con los mejores". Bonito detalle, Frankie. —Sonrió de nuevo.

—Oh, mierda. Me la dieron gratis cuando compré el colchón nuevo. Tengo que darle la vuelta —dije y volví corriendo al coche. A los pocos segundos le había dado la vuelta a la camiseta y me la había puesto del revés.

—Muy bonito, Frankie, muy bonito —dijo Crystal con aire burlón, sacudiendo la cabeza, y entramos en el edificio.

—Oye, que podía haberlo hecho en las escaleras —dije con tono desafiante.

—No quiero ni pensarlo. —Sabía que habría sido capaz de hacerlo.



Capítulo 23


Llegamos a la ventanilla abierta más cercana y esperamos a que nos atendieran.

—¿En qué puedo ayudarlas? —preguntó una señora mayor y bajita.

—Sí, estoy buscando a una persona y me preguntaba si es posible que exista un informe del juez de instrucción sobre su muerte —dijo Crystal.

—Un momento, por favor. —Se apartó de la ventanilla y volvió con una llave—. La primera hora les costará diez dólares. A partir de ahí, son cinco dólares la hora.

—¿Diez pavos? —refunfuñó Crystal hasta que le tiré el dinero—. Está bien, gracias —terminó y cogió la llave que le tendía la señora mayor.

—Vayan por este pasillo y tuerzan por la primera a la derecha. Ahí encontrarán lo que necesitan. Hay un encargado que las ayudará si no encuentran lo que están buscando. —Sonrió y desapareció tras el grueso cristal.

—¡Me parece increíble que cobren la hora! —dijo Crystal sin dar crédito.

—Bueno, ¿cómo si no pueden asegurarse de que la gente no va a usar estas salas para quedarse a vivir? —dije con tono pragmático.

—Supongo que eso es cierto. Muy triste, pero cierto.

—Algunas personas detestan a la gente sin hogar. Da igual que en su mayoría sean inofensivos. Según he visto, lo que la gente no conoce suele darle miedo. Qué diablos, fíjate en la reacción de la gente con el tema de mi sexualidad. Ha habido gente que ha apartado a sus hijos de mí al enterarse de que soy homosexual. Es algo ridículo, dado que estamos en el siglo XXI y todo eso, pero sigue pasando.

Crystal me puso el brazo en los hombros y me estrechó rápidamente.

—Lo siento, Frankie. Debe de ser horrible.

—No es peor que cuando la gente te escupe o te da una patada porque estás durmiendo en la acera. —Me detuve y respiré hondo—. Chica, qué conversación tan alegre, ¿verdad? Espero que tengamos mejores noticias ahí dentro —dije, señalando la Sala de Historia.

Metí la llave y entré con Crystal pegada a mis talones. Vi un ordenador en lugar de una máquina de microfichas. Me acerqué a él y me senté. Una mujer de gran estatura se acercó para ver si necesitábamos ayuda.

—Buenos días, señoras. ¿Las puedo ayudar a encontrar algo? —preguntó amablemente.

—Sí, estoy buscando informes sobre una persona. ¿Me podría ayudar a encontrarlos? —pregunté.

—Por supuesto. Necesito cierta información. ¿Conoce el nombre completo de la persona que desea investigar?

—Sí, se llama Annie Parker. Supongo que... —Me callé, pues no quería decir lo siguiente—. Creo que murió en 1974. —Crystal me puso las manos en los hombros y empezó a frotármelos.

Siempre sabe lo que necesito.

—Vale, voy a abrir el programa y meter esta información y veremos qué aparece —dijo con despreocupación. Yo casi no quería saber la respuesta. Noté que estaba temblando de preocupación—. Tardará un poco. ¿Tiene más información que nos pueda servir si no aparece nada? —preguntó, y repasé en mi mente cualquier otro detalle significativo que Annie pudiera haber compartido conmigo. No se me ocurría nada más.

—Lo siento, creo que no. A ver si podemos limitarlo a mayo o junio de 1974. ¿Eso le sirve?

—Ya veremos. Ah, ya está. Sí, hubo un informe de un accidente mortal de coche ocurrido el 28 de mayo de 1974 en el que se vieron implicados William D. Johnson, de 24 años, y Anne M. Parker, de 21. —Se me puso el corazón en un puño mientras ella seguía leyendo la pantalla—. El accidente ocurrió a las 10:44 de la noche en el Parque Rogers, cerca de la Universidad de Loyola. Al parecer el señor Johnson conducía bebido y se chocó con un coche que iba en dirección contraria, lo cual acabó con su vida y la de la pasajera, Anne Parker.

Noté que las manos de Crystal se quedaban rígidas mientras la mujer leía el informe del accidente. Yo no podía respirar.

Annie está... muerta.

—¿Dice si...? —Me detuve para tomar aliento—. ¿Si sufrió mucho? —conseguí decir a duras penas.

—Según los informes, el señor Johnson murió de forma instantánea, mientras que a la mujer la trasladaron en ambulancia al Hospital de la Universidad de Loyola. Murió al llegar. —Al ver mi angustia ante esta nueva información, me miró con aire compasivo—. Lo siento mucho. Debía de ser muy especial.

—Lo era —intervino Crystal, sabiendo que yo no iba a poder contestar.

La mujer asintió.

—¿Querían algo más? —Me di cuenta de que no sabía muy bien qué decir.

—No, gracias, nos ha ayudado mucho. Hemos descubierto todo lo que necesitábamos —explicó Crystal amablemente.

—Vale. Si necesitan algo más, me llamo Nancy y estoy en el mostrador de información —dijo, señalando una gran mesa de mármol situada en la parte de delante de la sala.

—Gracias, Nancy —repitió Crystal. Yo la miré y sólo pude asentir sin fuerzas.

Nancy se alejó y sentí que me venía abajo sin poder remediarlo. Crystal me miró y me eché a llorar. Ella me abrazó por detrás.

—Lo siento muchísimo, cariño —dijo, estrechándome con fuerza.

—Se ha ido, Crystal —sollocé—. No puedo creer que se haya ido de verdad.

Nos quedamos así un rato. Todavía respiraba con dificultad, pero el llanto por fin se me iba pasando. Crystal aflojó su abrazo y se volvió para mirarme y secarme las lágrimas. La miré con los ojos hinchados y le hice la única pregunta que se me venía a la mente.

—¿Qué hago ahora? —dije, sorbiendo como una niña pequeña.

—Ahora lo dejas en mis manos. Esto es lo que conozco mejor.

Nunca en mi vida la había visto tan decidida y segura de sí misma. La mujer que tenía delante me había mostrado todas sus facetas salvo ésta. Por mucho que esta Crystal me impresionara, también me daba miedo. Sabía mejor que nadie que no había forma de interponerse en el camino de una mujer lanzada a una misión. Esto ya no era cosa mía, era de ella. Y no se me ocurrían manos más capacitadas para mantener a salvo mi corazón.

—Vámonos a casa —propuse. Ella me miró y me cogió la cara entre las manos.

—No, vamos a recuperar a tu otra mitad.

Nunca había oído palabras más dulces que ésas. Crystal se levantó y se dirigió a la salida.

—Te sigo —dije, secándome los ojos. Me coloqué bien la gorra y fui detrás de Crystal con la esperanza de volver a encontrar a Annie.

Aguanta, Annie, voy a buscarte.


PARTE 11


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