Sacrificio por amistad

DS Bauden



Descargo: Este relato uber es una de las más recientes creaciones extraídas de mi cerebro. Todos los personajes son míos y no deben confundirse con los de otros. Es posible que se parezcan a dos mujeres que nos molan un montón.
Aviso de amor/sexo: Sí y sí. Puede que no sea plato de gusto para todo el mundo y si no tenéis edad suficiente para comerlo o incluso leerlo, haced el favor de pulsar el botón "guardar" para cuando seáis mayores.
DSBauden@attbi.com

Título original: A Sacrifice for Friendship. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1



Prefacio


Sentada aquí intentando poner en palabras todo lo que me ha ocurrido, trato de imaginarme vuestras caras al leerlo. Supongo que lo primero que debería deciros es que lo que estáis a punto de leer os resultará tan increíble como lo ha sido para mí. Todo lo que os voy a contar os parecerá un completo disparate. Lo único que puedo deciros es que tengáis paciencia conmigo mientras rememoro la experiencia más increíble de mi vida.

Supongo que para empezar, debería presentarme. Me llamo Frances Theresa Elizabeth Christina Camarelli, pero podéis llamarme Frankie. Cuando eres italiana, supongo que un solo nombre no basta, de modo que pasé mi infancia deseando que los niños nuevos no me preguntaran cómo me llamaba. Yo se lo ponía fácil y les decía directamente cómo podían llamarme. Todo el mundo me ha llamado Frankie desde que era pequeña, salvo Stacey, mi ex, que todavía me llama guarra cuando la veo, pero ésa es otra historia.

Soy la única hija de mis padres, Frank y Myrna. Mi madre nos abandonó cuando yo tenía unos dos años, así que no recuerdo gran cosa de ella. Tengo una foto de las dos en el espejo del tocador como recordatorio. Papá decía que no soportaba ser madre y esposa, de modo que optó por no ser ninguna de las dos cosas. Papá la perdonó, pero yo pienso que era una pedorra.

Mamá era un auténtico bombón; la gente me dice que he sacado sus ojos. Pero a mí me gusta la sonrisa que he heredado de papá: me ha sacado de más follones de los que tengo intención de hablar. Aunque seguramente se lo podríais sacar a Crystal: nunca ha sabido mantener la boca cerrada, salvo cuando importa. Crystal y yo somos amigas íntimas desde que yo tenía unos cuatro años. Se mudó aquí desde Ohio, cosa que me parece muy bien, porque ¿qué hay en Ohio? Estamos en Chicago: no existe una ciudad como ésta en ninguna parte. A algunos les gusta Nueva York, pero es porque todavía no han vivido aquí. Bueno, a lo que iba, Crystal y yo hemos pasado de todo juntas. Hemos tenido todo tipo de problemas, desde con nuestros padres hasta con la policía, pasando por los chicos de la esquina, porque menuda ligona es, Dios, si me pongo a hablar de eso no acabo. En fin, que hemos hecho de todo. No hay nada que no estemos dispuestas a hacer la una por la otra, y esa teoría se puso a prueba hace poco.



Capítulo 1


Bajando a saltos con mis largas piernas las escaleras de mi apartamento, me sentía llena de ganas de comenzar un nuevo día. Eran las diez de la mañana y hora de abrir. Corrí a abrir la puerta de Clásicos en Tecnicolor al gran público. Al descorrer los cerrojos de la puerta de entrada, descubrí un increíble cielo azul sin una sola nube a la vista. Hacía un día fresco y vigorizante. Supe al instante que hoy iba a ocurrir algo increíble. Una vez fuera, bajo mi toldo morado y negro, vi que también empezaban a abrir varias otras tiendas del barrio.

Mi vecino preferido es el señor Hooper; no, en serio, se llama así. Es el dueño de la carnicería de mi manzana; lleva ahí desde que nací. Mi padre y Hoop, que es el mote que le he puesto, eran amigos desde la Segunda Guerra Mundial. Todavía le gusta recordarme de vez en cuando que me cambiaba los pañales cuando yo era un bebé y que aún no soy tan mayor que no me pueda dar unos azotes. Anda que no le gustaría eso al viejo, creo yo. Bueno, vive encima de su tienda, como la mayoría de los que quedamos del viejo barrio.

Yo me ocupo de mi tienda desde hace seis años. Me la dejó mi padre cuando falleció. Es una vieja tienda de cosas de cine, con más parafernalia de la que se merece nadie. Siempre me ha encantado: me reconforta en cierto modo. Papá y yo siempre veíamos las películas antiguas juntos. Sus preferidas eran las de Bogey, ya sabéis, Humphrey Bogart. A mí siempre me ha gustado Jimmy Stewart. Tenía una presencia en pantalla que nadie ha podido superar jamás. Papá quiso recrear en casa algo de esa sensación, así que abrió Clásicos en Tecnicolor. Tiene las paredes cubiertas de recuerdos de las viejas películas. Algunas de esas cosas las he comprado yo en las subastas a las que acudo, para hacer frente a la demanda. Todavía me asombra que haya gente a la que estas cosas le gustan tanto como a mí. Aquí viene gente de todas partes diciendo que se han enterado por el amigo de un amigo. Eso es lo que me encanta de la gente que viene por aquí. Les gusta el género de verdad y se ponen en plan sentimental.

Tengo una reproducción exacta de un traje que llevaba Clark Gable en Lo que el viento se llevó. ¿Sabéis ese negro que llevaba al bailar con Escarlata cuando ella estaba "de luto"? Sí, la pobre, qué triste estaba, pero bueno. Todos los días vivo las películas y ni siquiera tengo que salir de casa.

Mi primera clienta entró en la tienda y al instante se le cambió el humor, de "Dios, necesito un café" a "¡Oh, Dios mío, cómo me acuerdo de esa película!" Me alegro de poder hacer eso con mi tienda. Después de que mi clienta y yo charláramos un rato, vi que entraba también mi amiga Crystal.

—Buenos días, Frankie, ¿qué tal te va en este día tan glorioso? —preguntó.

—Estupendamente, Crystal. Me siento como si hoy fuera a ocurrir algo increíble. Hay como una electricidad en el aire.

—Yo también lo noto. Debe de haber un buen movimiento de planetas. Mírame los brazos, llevo todo el día con la piel de gallina. Sea lo que sea, va a ser gordo —contestó con sinceridad, poniéndome el brazo en la cara.

—Ah, ¿tú crees? ¿Ya te han visitado tus colegas kármicos para confirmártelo todo? —dije, tomándole el pelo, y le bajé el brazo.

—Frankie, lo digo en serio —dijo. Al mirarla a los ojos, yo también lo creí.

—Vale, disculpa. Ya sabes lo que pienso de todo ese abracadabra.

—Sí, lo sé. Tienes que abrir un poco más la mente. Tienes que dejarme que te relaje.

—Ah, no, no me voy a dejar hipnotizar. He visto las películas. ¡Eso nunca es bueno! —le contesté medio en broma.

—Ya, pues tengo muchos clientes que no estarían de acuerdo contigo.

—Hablando de clientes, tengo que volver con los míos. ¿Tú no tienes que ocuparte de un negocio? —pregunté al tiempo que la llevaba hacia la puerta.

—Pues claro, pero me planifico para no tener que despertarme tan temprano como tú. Mi primera cita no es hasta mediodía. —Se echó a reír y me sacó la lengua—. Ya me voy de tu espacio kármico, no te preocupes. No te voy a gafar el negocio, pero ¿Frankie? —De repente se puso seria.

—¿Qué pasa?

—Hoy sí que siento algo muy fuerte. Ten cuidado y ven a verme después del trabajo, ¿vale? —dijo tocándome el brazo.

—Vale, cielo, que tengas un buen día. Hasta luego.

—Hasta luego —dijo y se encaminó a su apartamento, que estaba al lado.

Me volví y me encontré a mi clienta sonriéndome.

—Hola de nuevo, ¿la puedo ayudar en algo más? —le pregunté.

—Sólo quería decirle que tiene usted unas cosas maravillosas. Cuántas fotos tiene de las películas de mi época. Me alegro de saber que está usted aquí. Me ha traído unos recuerdos maravillosos —dijo, sonriéndome. Tenía los ojos de color avellana casi arrasados de lágrimas.

—Gracias. Cómo me alegro de que piense eso. Vuelva a verlas siempre que quiera. Estamos abiertos todos los días salvo los domingos de diez a cinco. Los domingos hacemos una jornada más corta y sólo abrimos hasta las tres. —Le sonreí a mi vez.

—Voy a volver sin la menor duda. Cuídese.

—Usted también. ¡Que tenga un buen día! —exclamé, sintiéndome aún más feliz de tener esta tienda.

El día estaba empezando mucho mejor que la mayoría. A lo mejor estaba pasando algo en algún lugar del universo.

Oh, Dios, por favor, que Crystal no me haya oído decir eso.

Mirando a mi alrededor, vi que seguía sola y respiré hondo para tranquilizarme.

Crystal Jacobs era mi mejor amiga desde que apenas levántabamos dos palmos del suelo. La había criado su abuela, porque su madre murió al darle la vida. Es una mujer pequeñita, bueno, cualquiera es pequeño comparado conmigo, que mido casi un metro ochenta. Tiene el pelo largo y rizado de color castaño y profundos ojos marrones. Es una mujer muy bella, pero la mayoría de la gente no se da cuenta de eso. Es que veréis, Crystal tiene un don, bueno, tanto ella como su abuela tienen el mismo don. Tiene capacidades psíquicas, o eso dice ella. La verdad es que yo nunca me he creído nada de eso. Francamente, me pone los pelos de punta. La vida ya nos la han planificado: nosotros sólo tenemos que vivirla y dejar de intentar cambiarla, digo yo. Su abuela y ella creen que las cosas se pueden cambiar y que todavía tenemos la capacidad de cambiar nuestra vida sobre la marcha. Yo no entiendo cómo eso es posible. El caso es que como ella siempre lo ha creído, mucha gente tiende a evitarla, algunos hasta la han llamado bicho raro. Digamos que esas personas no lo han vuelto a decir después de que yo haya tenido una charla con ellas sobre sus modales. Es que no la conocen como persona, Crystal es una mujer increíble. Sus clientes también están de acuerdo con eso. Ha hecho felices a muchísimas personas diciéndoles lo que querían oír. A lo mejor hay algo de cierto en todo esto, pero creo que no me apetece ahondar en ello.

Dieron las cinco y eché el cierre por ese día. Había sido un buen día. Hoy había conseguido vender bastantes fotos enmarcadas. Van a inaugurar un cine nuevo a pocos kilómetros de aquí y querían fotos para el vestíbulo.

Dios, qué gusto da que te necesiten.

Por fin terminé el papeleo y dejé preparado el dinero para ir al banco por la mañana. Al levantarme, se me enganchó el pie entre la mesa y la silla. Vi que me caía y no pude hacer nada para evitarlo. Lo siguiente que supe es que estaba arriba en mi sofá con una bolsa de hielo en la cabeza y que Crystal estaba inclinada mirándome.

—Eh, dormilona, me alegro de que hayas vuelto —me sonrió Crystal.

—¿Qué demonios ha pasado? —contesté, sin saber qué hora era y tampoco el día.

—Parece que el mito es cierto, cuanto más grandes son, más dura es la caída. Estaba a punto de llamar a una ambulancia. Pero tienes la frente estupenda, se te va a poner de un morado precioso —dijo, tomándome el pelo.

—Vamos, Crystal, ya basta, ¿qué ha pasado? De verdad que no me acuerdo.

—Pues parece que te has caído y te has dado con la cabeza en la esquina de la mesa. Me parece recordar haberte dicho que tuvieras cuidado. Es que no escuchas, ¿verdad? —Sonrió.

—Ja, ja... Ah, sí... Recuerdo haber tropezado con mis pies o algo así —dije, intentando incorporarme—. Ooh... no me encuentro muy bien —dije, pues al instante me sentí revuelta y mareada.

—Quieta ahí, tigre, probablemente tienes conmoción cerebral. Creo que deberíamos decirle a Nonnie que te eche un vistazo —dijo con severidad.

—Jo, tía, no, que intentará darme un brebaje que hayáis estado preparando todo el día en vuestro aquelarre. —Me pasaba la vida tomándole el pelo sobre sus costumbres y las de su abuela.

—¡Yo no soy bruja! ¡Soy psíquica! Creo yo que a estas alturas ya podrías saber la diferencia. Si me dejaras hipnotizarte una sola vez, notarías mi don. Puede que hasta dé un poco de felicidad a tu vida. ¿Tienes idea de cuánta gente se va todos los días de mi salón con una idea totalmente nueva sobre su vida?

—Ya, pues no quiero saber lo que les haces cuando están "bajo" tu hechizo. Venga, Crystal, ya sabes lo que opino de todo eso.

—Ah, la infiel se ha despertado —dijo la abuela de Crystal, subiendo el resto de las escaleras hasta mi apartamento.

—Hola, Nonnie. ¿Quieres examinarle la cabeza? Creo que tiene conmoción —le pidió Crystal.

—Claro —aceptó ella y depositó su taza de café en mi mesilla de madera.

Crystal y su abuela me examinaron los ojos y asintieron mirándose como si se estuvieran comunicando o algo así. Me estaban sacando de quicio así que tuve que interrumpir su conexión o lo que fuera.

—¡Eh! ¿Qué demonios ocurre? —dije indignada.

—Con esos modales no me extraña que ninguna mujer te quiera —me respondió la abuela.

—Es que todavía no he encontrado a la adecuada, pero te comunico que he tenido muchas ofertas —me defendí.

—Mmmm, seguro. Desde aquí estoy viendo la cola que hay a la puerta.

—¿Doctora? ¿Voy a vivir o no? Ya no aguanto más. —Me estaba empezando a molestar un poco que se dedicaran a hablar de mi vida amorosa mientras yo estaba ahí tumbada con la sensación de que iba a vomitar de un momento a otro.

—Te pondrás bien. Tienes bien las pupilas, pero aquí tu amiga se va a encargar de que no duermas mucho tiempo, ¿vale? ¿Crees que podrás soportarlo?

—Sí, señora —le dije con una sonrisa.

—Bien, entonces ya no tengo nada más que hacer aquí —dijo al tiempo que se colocaba un largo mechón de pelo castaño canoso detrás de la oreja y se levantaba para marcharse—. Estoy aquí al lado, cariño, por si necesitas cualquier cosa. —Me dio un beso en la cabeza y le acarició la mejilla a su nieta al marcharse.

Dios, qué ricas eran. Tenían la mejor relación que había visto en mi vida. Antes me ponía celosa, por eso de que mi madre se había ido, pero ella prácticamente me adoptó cuando era niña, así que no tuve que penar mucho tiempo por una figura materna en mi vida. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Crystal que me miraban con preocupación, lo cual me llevó a pensar que no había oído algo que me había dicho.

—¿Has dicho algo? Perdona, creo que me he distraído un poco.

—Sí, te he preguntado que si todo eso es cierto. Lo de las ofertas y eso. ¿Ha habido alguien últimamente? —preguntó con una sonrisa pícara.

—No, últimamente no, doña Metomentodo. La verdad es que hace ya varios meses, si es que quieres saber los aburridos detalles de mi vida sexual —le respondí reprendiéndola.

Me sonrió y siguió tratándome el golpe que tenía en la cabeza. Era delicadísima, no me extrañaba que la gente acudiera a ella en busca de ayuda. Me empecé a preguntar qué era lo que hacía en realidad por sus clientes. A lo mejor el golpe en la cabeza me había despertado cierta curiosidad. Ya se me pasaría.

—¿En qué estás pensando, Frankie? Parece que estás en otro mundo —dijo, con los ojos marrones relucientes.

—Estaba pensando en lo feliz que vas a hacer a un hombre algún día. Tienes un espíritu maravilloso, Crystal, gracias por cuidarme.

—Vale, ¿quién eres y que has hecho con mi Frankie? —dijo en broma, inclinándose y besándome en el golpe—. Gracias por decir eso. Sólo espero no ser demasiado vieja cuando comprenda qué es eso del amor. Creo que cuando lo haya entendido, podría morir feliz.

—¿Es eso lo que buscas en una relación, el amor? —Me interesaba de verdad oír su respuesta. Esto era algo de lo que nunca hablábamos.

—Mmm, pues supongo que forma gran parte de ello. Quiero amor, sí, pero también quiero pasión, quiero deseo, quiero poder mirarle a los ojos y saber que no podría vivir sin esa persona, jamás. Dios, incluso aunque sólo lo sintiera un instante, ya sería increíble para mí. Porque mírame. ¿Quién demonios me va a amar a mí con esta pinta? —dijo, señalándose el cuerpo de arriba abajo con las manos.

—Yo lo haría, Crystal, pero no juegas en mi equipo —le sonreí.

—Aduladora. Creo que ese golpe que te has dado en la cabeza te está poniendo tonta. Descansa un poco y te despertaré dentro de una hora más o menos, ¿vale? —Me acarició el pelo con dulzura y sentí que me quedaba profundamente dormida.



Capítulo 2


¿Frankie? ¿Frankie?

Oía una voz que me llamaba, pero no sabía de dónde salía. La voz era tan dulce que casi me sonaba como una canción. Miré por todas partes, pero no conseguía encontrar a la dueña de la voz.

—¡Estoy aquí! —grité sin dirigirme a nadie—. ¿Dónde estás? No te veo. Por favor, sal —le rogué a la voz.

Te estoy esperando, Frankie. Por favor, encuéntrame. —La voz me tocaba el alma como nada que hubiera experimentado hasta entonces en mi vida.

Le grité por última vez:

—¡Estoy aquí mismo! ¿Dónde estás tú?

¿Frankie? ¿Frankie?

De repente, me desperté y descubrí a Crystal que me sacudía preocupada para despertarme.

—¿Frankie? ¿Estás ya conmigo? —preguntó suavemente.

—Sí, yo... mm... sí. Puuf, qué sueño tan raro he tenido —dije atontada.

—¿Ooh, en serio? Por favor, cuéntamelo. Sabes que estas cosas me encantan.

—Pues es que no sé, era raro. Oía la voz de una mujer. Estaba gritando mi nombre.

—Frankie, si se trata de una historia guarra de sexo, me parece que no quiero oírlo —dijo en broma.

—No, no estaba "gritando" mi nombre, era como si estuviera intentando encontrarme. Me dio un poco de miedo. Le grité que saliera, pero no apareció. Lo siguiente que sé es que tú estabas intentando despertarme. —Me sentía confusa, pero me encontraba muchísimo mejor que antes de dormir.

—A lo mejor te has confundido con mi voz cuando estaba tratando de despertarte. He dicho tu nombre varias veces.

—Mmm, a lo mejor ha sido eso. No sé, pero ha sido muy raro. Casi tiraba de mí.

—Pues entonces está claro que he sido yo. Te estaba dando unos tirones tremendos porque no respondías a mi voz. No le des más vueltas. Si lo vuelves a tener, dímelo. Le preguntaré a Nonnie.

—No, no, seguro que tienes razón. Seguro que ha sido por el golpe.

—Siempre tan pragmática. Eso es algo que siempre me he encantado de ti. Eres tan práctica como yo soy fantasiosa —dijo—. ¿Tienes sed? Son las siete y media, seguro que no has comido ni bebido nada desde la hora de comer —dijo con tono acusador.

—No te equivocas. Me encantaría beber un poco de agua. Tengo la garganta muy seca.

Las campanillas de la pulsera de tobillo que llevaba tintinearon suavemente al caminar con los pies descalzos por mi casa. Siempre me ha encantado cómo se viste. Siempre ha llevado vestidos largos y sueltos o faldas largas con una camiseta que no va a juego y casi nunca se pone zapatos. Su abuela se viste de forma parecida, pero al menos ella sí que se pone zapatos. Seguro que tiene las plantas de los pies como cuero. Pero qué raro quedaría que le preguntara: "Oye, Crystal, ¿te puedo tocar los pies?" Llegaría por fin a la conclusión de que estaba totalmente chiflada.

Lleva más joyas en las muñecas y los tobillos de lo que debería estar permitido. Siempre oigo cuándo se acerca. La traicionan las campanillas o las pulseras al tintinear. Aunque debería dejar esos pendientes de aro de diez centímetros. Se pasaron de moda al mismo tiempo que Jody Watley.

Salió de la cocina con un vaso de agua y me sostuvo la cabeza delicadamente mientras yo bebía.

—Gracias, Crystal, ahora tengo mucho mejor la garganta. ¿Alguna vez te has planteado hacerte enfermera? Tratas a los pacientes maravillosamente.

Me dio un manotazo en el brazo y se deslizó debajo de mis largas piernas para sentarse en el sofá. Cogió el mando de los aparatos y los puso todos en marcha. Otro clic con el mando y encendió la televisión de pantalla gigante y puso en marcha el reproductor de DVD. Ahí estaba mi hombre hablando con un conejo invisible. Caray, qué bien me conocía Crystal. Siempre sabía cómo levantarme el ánimo. Esta noche no fue una excepción.

Dios, es estupenda.


Cuando aparecieron los títulos de crédito, noté un peso de más en las caderas. Crystal se había quedado dormida y tenía el cuerpo echado sobre la parte inferior del mío. Tenía la cabeza apoyada en mi cadera derecha y el brazo derecho alrededor de mi pierna izquierda con gesto protector. No me hacía ninguna gracia despertarla, pero la naturaleza me llamaba y tenía que contestar. Le revolví el pelo suavemente hasta que se movió dormida. Poco a poco fue abriendo esos ojos marrones que yo conocía tan bien.

—¿Ya se ha acabado? —dijo, secándose la baba de la comisura de la boca.

—Sí, babosilla. Tengo que hacer pis, así que quita, por favor —le dije.

—Oh, lo siento. No tenía intención de quedarme dormida encima de ti. ¿Qué tal la cabeza?

—Está mejor gracias a tus maravillosos y tiernos cuidados. Y ya no tengo el estómago revuelto. Creo que ahora mismo eso es lo que más me gusta. —Sonreí mirando su cara adormilada—. Ahora mismo vuelvo.

—Aquí estaré —dijo con un bostezo.

Entré en el cuarto de baño y encendí la brillante luz fluorescente. Guiñé los ojos por la luz y me miré en el espejo para examinar los daños.

—Oh, qué bonito. Buen trabajo, Frankie. Nunca te quedas corta —dije, palpándome el chichón de la frente.

Usé el baño y volví a mirarme en el espejo. Cuando estaba contemplando mi reflejo, de repente sentí que alguien me miraba a su vez. Me volví rápidamente y no vi nada, claro está, pero habría apostado un millón de pavos a que allí había alguien.

Salí del baño bastante deprisa y noté más que oí a Crystal que se acercaba a mí al chocarme con ella.

—¿Y esas prisas, larguirucha? Tía, casi me arrollas —dijo riendo.

—Perdona, Crystal, no te he visto. ¿Estás bien? —pregunté, asegurándome de que no le había hecho daño con la colisión.

—Sí, estoy bien. Parece que has visto un fantasma. Y estás igual de pálida. Vuelve al sofá y te llevaré más agua.

—Prefiero echarme en la cama, si te parece bien —le dije.

—Claro, cielo, ve. Ahora voy yo.

—Vale, gracias. —Sonreí y avancé por el pasillo.

Tengo muchas fotos viejas en las paredes del pasillo. Muchas de papá y yo: mi preferida es una en la que me está quitando helado de la barbilla con su pañuelo. Nos la hizo Crystal cuando estuvimos en el Parque Zoológico de Lincoln. Le pareció la cosa más mona que había visto en su vida. Supongo que dado que yo tenía unos diecinueve años cuando lo hizo, supongo que sí que resultaba gracioso de ver. Él era así. Me quería más que a nada. Lo echo muchísimo de menos.

Bebía y fumaba en exceso. Su cuerpo ya no lo pudo aguantar. Un día simplemente le falló. El ataque al corazón le sobrevino cuando estaba en casa y solo. Me sentí fatal por no estar allí con él. Mi mayor duda era: ¿estaría vivo aún si yo hubiera estado en casa aquel día para llamar al 911? Nunca lo sabré. Crystal dice que le había llegado el momento. Puede que eso sea cierto, pero todavía lo echo de menos un montón.

Entré en mi cuarto y encendí la luz. Tenía una de esas lámparas halógenas que iluminan los tres condados circundantes cuando se encienden. Me acerqué deprisa para bajar la luz. A mi cabeza no le sentaba nada bien. También me gustaba el color de las paredes. Eran de un azul intenso. Me encantaba ese color. La ropa de cama era de ese color también. Tenía las paredes llenas de pósters inmensos en color. Casi todo arte abstracto, pero muy bonito.

Me desvestí y me metí bajo las frescas sábanas. Crystal no tardó en aparecer con un vaso de agua y unas pastillas de ibuprofeno. Cogí el vaso y me tragué las dos pastillas que me metí en la boca. Aparté las sábanas del otro lado de la cama para Crystal. Se quitó el vestido y hurgó en mi cómoda en busca de unos calzones cortos y una camiseta que ponerse. Esto era ya casi como una rutina para nosotras. Habíamos pasado tantas noches la una en casa de la otra que si se hubiera comportado de otro modo me habría resultado extraño. Ella siempre podía ponerse mi ropa para dormir; yo, en cambio, no tenía tanta suerte con la suya. Esto me hizo sonreír y ella me miró con aire interrogante.

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia? Tienes una sonrisa de lo más tonto en estos momentos —dijo sonriendo.

—Estaba imaginándome a mí misma intentando ponerme unos de tus calzones cortos para dormir. No creo que me pasaran del muslo —dije, echándome a reír.

Se acercó a mí y me echó la larga melena oscura detrás de los hombros.

—¡Eso es porque tienes las piernas tan largas como el cuello de una jirafa! ¡Qué le voy a hacer si soy normal! —dijo, haciéndose la ofendida.

—Oh, Dios mío, Crystal, tú no serías normal ni aunque lo intentaras. —Me reí con más fuerza—. Vamos, métete en la cama, a ver si dormimos un poco.

—Ése es tu problema, Frankie.

—¿El qué? —pregunté.

—Se te mete una mujer guapa en la cama y lo único que le ofreces es dormir. No me extraña que no consigas hacer feliz a una mujer —dijo con la cara muy seria.

—Oh, te vas a enterar tú. Te voy a dar yo a ti ofrecimientos.

—Sí, sí... mucho prometer, pero luego... —dijo, apagando la luz y colocándose de lado para mirarme. Alargué la mano y le acaricié la cabeza rizada, sonriéndole.

—Te quiero, Crystal. Gracias por cuidarme. A papá le habría gustado mucho.

—Yo también te quiero, Ojos Azules. Eres la mejor amiga del mundo. No hay nada que no estuviera dispuesta a hacer por ti. Buenas noches —dijo y me echó una sonrisa deslumbrante.

—Lo mismo digo, cariño. Buenas noches. —Le cogí la mano y le besé los nudillos y poco a poco me quedé dormida sintiéndome querida y protegida.


Me sentí vagando de nuevo por la oscuridad. Intenté usar las manos para buscar una salida. Estaba empezando a sentirme muy asustada. Tenía todos los sentidos agudizados y muy alerta. Avancé unos pasos más y me detuve.

¿Frankie?

Ahí estaba de nuevo. ¡Pero seguía sin verla! ¿Qué demonios estaba pasando?

Frankie, ¿me oyes? Por favor, encuéntrame, Frankie, te necesito tanto.

Santo Dios, ¿dónde estaba? ¿Por qué no la veía?

—¿Dónde estás? No te encuentro. Por favor, dime quién eres —rogué en medio de la nada.

¿Frankie? Vuelve a mí, Frankie, por favor.

Esto me estaba matando. ¡No soportaba esta tortura!

—¿Quién eres? ¡Si no quieres aparecer, deja de atormentarme! Quiero ayudarte, pero no consigo encontrarte.

Esto se estaba empezando a descontrolar de mala manera. Quería salir de allí, YA.

—Frankie, cielo, despierta. Vamos, corazón, vuelve ya.

Crystal me estaba zarandeando para sacarme del sueño. Sentí que volvía poco a poco a la realidad y vi la silueta de Crystal por encima de mí.

—Crystal, ¿qué ocurre? ¿Por qué me despiertas? ¿Ya han pasado dos horas? —pregunté.

—Bueno, todavía faltan unos cuarenta y cinco minutos, pero es que estabas gritando. ¿Has vuelto a tener el mismo sueño, Frankie? —Estaba realmente preocupada.

—Sí, creo que sí. Pero esta vez he sentido miedo. Esa mujer me llamaba en la oscuridad y daba igual donde estuviera, el caso es que seguía sonando muy lejana. No tengo ni idea de quién es, sólo sé que necesita encontrarme por alguna razón. Dios, me estoy poniendo muy nerviosa, Crystal. De verdad que espero que sea cosa de mi cabeza, porque no creo que pueda soportar esto todos los días —dije entristecida.

—Ponte de lado, Frankie —me indicó.

Hice lo que me pedía y al momento noté que sus manos me acariciaban la espalda en pequeños círculos relajantes. Dios, qué manos tenía. Iba a tener que hacer eso hasta que fuera de día porque lo cierto era que no creía que pudiera quedarme dormida. Esa mujer me tenía muy asustada y no sabía qué pensar.

Tal vez me sienta mejor si consigo dormir.

Por fin cedí y cerré los ojos. Al cabo de un rato, noté que poco a poco me iba relajando y rindiéndome a la seducción de Morfeo.


PARTE 2


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