Capítulo 9



Evelyn se acercó más a Christine.

—Deme el arma —dijo con tono agresivo. La directora vaciló un momento, como si no supiera qué hacer.

—Tenga, cójala —dijo, pasándole la pistola a Evelyn. La soldado se sacó un pequeño espray del bolsillo de la pierna y roció el arma, empapándose la mano al mismo tiempo.

—Christine, Gerald, quiero que los dos me escuchen atentamente. Sólo tienen que escuchar mi voz. Cualquier otra cosa da igual.

El director científico se tocó la oreja.

—No debo dejarla escapar —dijo, casi como si charlara del tiempo, y se lanzó contra Evelyn. Ésta bloqueó su torpe ataque, se giró en redondo y lo golpeó en la cabeza con el codo, por lo que cayó aturdido al suelo. Evelyn le agarró la cabeza a Christine, se la echó a un lado, descubriéndole el cuello, y sacó un pequeño receptor del oído de la directora—. ¡No se mueva! —ordenó. La directora se quedó quieta, inmovilizada por la orden de Evelyn.

La soldado se arrodilló al lado del científico, le sacó del oído un dispositivo parecido y luego tiró los dos receptores al agua. Le tocó el cuello buscándole el pulso y se alegró al notar que latía con fuerza. Una muerte más era lo último que quería. Le dio la vuelta y le dio palmaditas en la mejilla con el dorso de la mano.

—Vamos, Kirsk, ahora no puede dormir, tenemos que atrapar a un asesino. Y seguro que nos está vigilando ahora —añadió para sí misma. Levantó la mirada y observó toda la zona en busca de probables escondrijos, pero había demasiados donde elegir para poder concentrarse en uno. El científico gimió y abrió los ojos.

—¿Sargento Bates? —gruñó.

—La misma que viste y calza.

—¿Por qué estoy tumbado en el suelo en...? —Miró a su alrededor, desconcertado—. ¿El muelle de sumergibles?

—Es una larga historia. ¿Debo suponer que ha vuelto a su ser?

—Pues... no sé. Me siento un poco... mal. Me duele la cabeza.

—Ya, bueno, lo siento. No me ha quedado más remedio.

—¿Me ha golpeado usted?

—Eso me temo.

—¿Por qué?

—Porque usted intentaba atacarme.

—¿Yo?

—Sí.

—Eso no es propio de mí.

—Como ya he dicho, es una larga historia.

—¿Cree que ya puedo levantarme? No me va a pegar otra vez, ¿verdad?

—Intentaré controlarme —dijo Evelyn, sonriendo y ofreciéndole una mano para ayudarlo.

—¿Ha tenido una pelea? —preguntó él, fijándose en su cara magullada.

—Sí, intenté darle un cabezazo a una bala. No funcionó.

—Debe perdonarme, pero me parece que no recuerdo nada de los últimos... mm, no sé, la verdad... días, supongo.

—Más bien semanas. Alguien le ha aplicado una toxina neurológica que lo ha hecho sumamente susceptible a las sugerencias hipnóticas. Lleva ya un tiempo bajo el control de otra persona.

—¿Y Christine? —dijo, indicando a la directora.

—Sí. Uy, me había olvidado de ella. —Evelyn se colocó delante de la directora, que esperaba pacientemente—. Christine, quiero que me escuche atentamente. Voy a tocarle la frente y usted se despertará y recordará todo lo que le ha pasado. ¿Comprende?

La directora asintió.

—Vale, vamos allá —dijo Evelyn y contando hasta cinco al revés, le puso un dedo en la frente a Christine y empujó ligeramente. La directora parpadeó unas cuantas veces y luego se le contrajo la cara por el pánico.

—¡Oh, Dios mío! —susurró—. ¿Qué he hecho?

—Usted no ha hecho nada, Christine. No tenía control de sus actos, otra persona la estaba utilizando.

—Pero, ¿quién...?

—¿No lo recuerda?

—Yo... yo... —Se quedó callada. Y tras una pausa—: ¿Boris? ¿Boris Zyenko?

—Ése es quien creemos que está detrás de todo esto —replicó Evelyn.

—¿Por qué Boris? —preguntó Kirsk, que seguía perplejo por todo el asunto.

Evelyn se volvió hacia el desconcertado científico.

—Laurie logró rastrear una llamada muy disimulada a mi habitación desde su terminal de comunicaciones la noche en que alguien intentó que me pegara un tiro. Además, sabemos que parte del plan tiene que ver con las extrañas propiedades de una especie de vida alienígena de este lugar. Sospechamos que las descubrió mientras examinaba una muestra del núcleo.

—No entiendo nada —dijo él, meneando la cabeza.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Christine.

—Eso no lo sabemos.

—¿Quiere decir que sigue libre haciendo lo que le place?

—Sí, y tenemos que estar especialmente atentos. Tiene la capacidad de obligar a cualquiera a hacer prácticamente todo lo que él quiera. Ah, y antes de que sigamos adelante, tengo que examinarlos a los dos para ver si tienen alguna irritación en la piel, sobre todo en el cuello y la cabeza, pero la verdad es que podría estar en cualquier parte del cuerpo.

—¿Y por qué quiere hacer eso? —preguntó Christine.

—Porque ahí es donde tendrán instalada su propia colonia de europeos. Voy a llamar a Laurie para que me ayude. —Evelyn se volvió hacia el escondrijo de Laurie—. ¿Estás bien, Laurie? —dijo, alzando la voz. No hubo respuesta. Regresó corriendo al sitio donde había dejado a su compañera, pero ahí no había nadie. No se veía a Laurie por ninguna parte.


—No estoy muy contento con usted, ingeniera Stevens.

—No, me imagino que no. —Laurie estaba de pie delante del hombre que se mecía en la silla del director. La vista de los acantilados había cambiado a una vista en vivo de la superficie. La luz iba muriendo poco a poco y un fuerte viento creaba remolinos de hielo. Dos hombretones estaban plantados a cada lado de ella, ambos armados con machetes.

—Usted y su amiga la soldadito han provocado un desastre. Por su bien, será mejor que rece para que yo pueda arreglar las cosas.

—¿Con arreglar se refiere a continuar asesinando a la gente, simplemente porque puede? —dijo Laurie.

Boris Zyenko sonrió apenas.

—No es que le deba ninguna explicación, pero casi todos fueron errores.

—Ah, pues entonces no pasa nada. Sólo un par de ellos fueron asesinatos reales, así que si dijera que lo siente, podríamos darnos la mano y marcharnos todos a casa.

—Mire, por lo general me gusta mucho el sarcasmo, pero por alguna razón, me desquicia cuando viene de usted.

—Vaya, lo siento muchísimo, Boris. En serio, de verdad.

—¿Lo sentiría si les dijera que empezaran a cortarle las extremidades, trocito a trocito?

—Probablemente.

—Bien, pues me alegro de que nos entendamos. Supongo que querrá saber por qué.

—Pues no, la verdad. Estoy segura de que su explicación estaría llena de chorradas santurronas para exonerarse a sí mismo.

—Al contrario, cuando me di cuenta de lo que había descubierto, supe inmediatamente que Kirsk nunca comprendería las posibilidades que ofrecía. Por eso pedí a los militares que me enviaran uno de sus propios conejillos de Indias, para poder demostrar lo que les estaba ofreciendo.

Laurie enarcó las cejas.

—¿Quiere decir que los jefes de Evelyn la enviaron aquí sólo para ver si usted conseguía que se matara?

—Más o menos. Qué cruel es el universo, ¿verdad? —dijo, sonriendo burlón.

—Oiga, Boris, ¿quieres saber lo que realmente me cabrea de todo esto?

—Estoy seguro de que me lo va a decir —respondió, sin dejar de sonreír muy ufano.

—El hecho de que usted piense que estos dos... —Lanzó el codo derecho hacia fuera y alcanzó al hombre que tenía al lado en el cuello, haciéndolo retroceder tambaleándose—. Podrían, de algún modo... —Pegó un puñetazo en redondo y alcanzó con fuerza al otro hombre en la barbilla—. Impedirme arrancarle... —Lanzó la pierna derecha y pegó una patada al primer hombre en la cara, dejándolo inconsciente, y a continuación le pegó una patada en redondo al otro hombre en el estómago, tirándolo al suelo—. ¡Esos huevos que tiene de estúpido ignorante! —rugió, pisando la empuñadura de un machete caído. La hoja saltó girando por el aire y la empuñadura aterrizó limpiamente en la mano izquierda de Laurie. Repitió el movimiento con el otro machete y lo atrapó a mitad del vuelo con la mano derecha.

Boris rodó hacia atrás en la silla y se levantó, con la cara blanca por el repentino cambio de la situación. Echó a correr hacia el recibidor del ascensor al tiempo que Laurie echaba hacia atrás uno de los machetes y lo lanzaba como un cuchillo. La hoja se hundió en la pared junto a la cabeza de Boris. Éste chilló y entró a trompicones en el ascensor, dando la orden frenético para que las puertas se cerraran.

—¡Baah! Gallina —dijo Laurie, tirando con desgana el segundo machete encima de la mesa del director. Uno de los dos hombres que estaban en el suelo gimió y se incorporó.

—¿Dónde estoy? Jesús, ¿quién me ha pegado?

—Una mujer muy cabreada. No se preocupe, vuélvase a dormir —dijo Laurie, sin apenas mirarlo. Conectó el comunicador que tenía en la muñeca—. Ha picado, sargento. Está bajando hacia ti.

Recibido, soldado —replicó Evelyn.


La puerta del ascensor se abrió para revelar a Boris Zyenko acurrucado al fondo. Salió con cuidado a la caverna.

—Vamos, Boris, que no tengo todo el día —dijo Evelyn, sentada en un barril cercano, con la pistola en el regazo.

—¡Deme la pistola! —dijo él.

—No.

—¡Atáquenla! —les gritó a los dos directores, que habían salido de detrás de la maquinaria donde se habían ocultado. Ninguno de los dos hizo ademán alguno de obedecer su orden.

—Parece que te has quedado sin opciones, Boris. ¿Te vas a entregar sin causar problemas, o quieres que te dispare unas cuantas veces, simplemente porque sí?

—¡Zorra! —gritó, mirando desesperado a su alrededor en busca de un sitio donde huir. Evelyn apuntó y disparó. La bala le dio en el pie, levantándoselo por el aire. Gritó de dolor y se estampó en el suelo.

—¿A que duele? —dijo Evelyn, al tiempo que le apuntaba al trasero y volvía a disparar. Él gritó de dolor cuando la bala lo alcanzó—. Tienes suerte de que lo haya vuelto a ajustar al mínimo, ¡hijo de puta!

—Creo que ya lo ha dejado claro, sargento —dijo Christine, con una mueca al ver a Boris revolcándose en el suelo por el evidente dolor.

Evelyn gruñó y se tragó el comentario que estaba a punto de hacer. Respiró hondo unas cuantas veces y luego se enfundó el arma. Se inclinó sobre Boris, le puso las manos a la espalda y se las ató con un cable.

—Vamos, capullo, tenemos una bonita celda calentita para ti y luego un viaje gratis de vuelta a la Tierra para que vayas a juicio —dijo Evelyn, levantando al lloroso científico de un tirón.

—¿No debería leerle sus derechos o algo así? —preguntó Kirsk.

—Sí, tiene razón. —Dio la vuelta a su prisionero bruscamente y le gritó a la cara—: Boris, tienes derecho a quedarte quieto mientras yo te doy una paliza, ¿me comprendes?

—No me refería a eso exactamente.

—Ya, pues es lo mejor que va a conseguir de mí. —Empujó a Boris hacia el ascensor. Justo cuando llegaban, se abrió y cayó en brazos de Laurie.

—Por favor, ayúdeme, quiere matarme —lloriqueó.

—Pues ya somos dos —replicó Laurie, agarrándolo de la oreja y obligándolo a ponerse de puntillas—. Dígame una cosa, Boris. ¿Por qué obligó a Brenda a matar a esos jugadores?

—Fue un accidente. Yo no tuve nada que ver. Le dije que no lo hiciera, pero él no me hizo caso. —El hombre se echó a llorar—. Ella era muy susceptible a la sugestión. Él nunca debería haberla dejado marchar así. Alguien entre el público debió de decir “vamos a matarlos” o algo así.

—¿Quién es el responsable, maldita sea, quién? —gritó Evelyn, empujando al hombre indefenso contra la pared y poniéndole el antebrazo en el cuello. Él farfulló medio ahogado, moviendo la cabeza con fuerza de un lado a otro para intentar escapar del brazo opresor de Evelyn.

—Creo que ya hemos jugado bastante al poli malo y el poli bueno —le susurró Laurie a Evelyn al oído.

—¿Tú crees? —dijo, sonriendo a Laurie y soltando al hombre—. Con lo bien que lo estaba pasando. ¿No le puedo disparar en el culo una sola vez más?

—Bueno, supongo que podríamos obligarlo a poner la otra mejilla —dijo Laurie, y agarró al lloroso hombre y le dio la vuelta de modo que le presentara el trasero a Evelyn.

—¡No, por favor, les diré todo! —gritó. Evelyn y Laurie se sonrieron triunfantes, pero los dos directores se sentían un poco asqueados.


—Esto es mucho mejor que arrastrarse —dijo Laurie, poniendo el camión para hielo a máxima velocidad.

—Eres demasiado blanda para este ejército de mujeres, lo sabes, ¿verdad? —comentó Evelyn, que estaba de pie detrás del asiento del conductor y miraba por la ventanilla delantera. Los faros del camión iluminaban el hielo reluciente, interrumpido de vez en cuando por alguna que otra mancha amarilla.

—¡Ja, enséñame cualquier cosa que sepas hacer y lo haré mejor!

—Ya, ¿qué tal esto? —Se inclinó, apartó el largo pelo de Laurie y la besó en la nuca, haciendo que el vehículo se bamboleara ligeramente por el respingo de Laurie.

—Por mucho que comprenda que le apetezca hacer eso, sargento, ¿no sería tal vez mejor cuando la ingeniera Stevens no esté conduciendo el vehículo a máxima velocidad en medio de la oscuridad? —dijo Kirsk desde la parte de detrás del vehículo.

Evelyn se encogió de hombros.

—Supongo, pero tampoco es que aquí haya nada con que chocarse y ni siquiera Laurie, con lo mala conductora que es, se las va a arreglar para chocar con una base minera.

—Tú sigue, canija, que estoy haciendo una lista —gruñó Laurie.

—Ya, cuando quieras, larguirucha.

—¿Tú crees que las han vuelto a hipnotizar? —le susurró Kirsk a Christine.


—Tenemos que decirle a todo el mundo que vaya a ver al médico para ver si han tenido contacto con los bichos —le dijo Laurie a Evelyn, mientras caminaban por el pasillo principal, agarrando cada una un brazo de Boris Zyenko.

—Sí, buena idea. Eso incluye a todos los científicos.

—Sobre todo a los científicos. Creo que es probable que todos ellos sigan bajo el control de aquí el señor Mesmer.

Boris guardó silencio.

—Bueno, ¿vamos a buscar un bonito agujero oscuro y profundo donde encerrarlo durante un mes o dos mientras esperamos a que llegue la caballería?

—Conozco el lugar perfecto. Pero primero será mejor ver si de verdad alguien ha pedido refuerzos. A lo mejor Christine sólo creía haberlo hecho.

—Cierto, bien pensado.

—Alto ahí, señoras.

Plantado al final del pasillo estaba David Furlow con dos hombres, ambos armados con machetes. Furlow tenía un proyector térmico.

—Vaya, vaya, otro bicho que sale de debajo de su piedra —dijo Evelyn.

—Cierra la boca, zorra. Os puedo convertir a las dos en un charco ahí mismo con esto. —Movió la herramienta de minería amenazándolas.

—¿Eso no acabaría también con aquí tu colega? —preguntó Laurie.

—No me importan los daños colaterales menores.

—Seguro que no —dijo Evelyn.

—Pon las manos donde las pueda ver —ordenó, apuntando a la soldado con el cañón del proyector.

—¿Eso es lo que usaste para hundir a Sue Obukoo en el hielo?

—¡He dicho que te calles!

Evelyn pegó un ligero respingo al notar que algo le tocaba de repente la espalda. La mano de Laurie palpaba en busca del arma que llevaba enfundada.

—¿Por qué lo de la crucifixión? —preguntó, intentando distraerlo.

—Por nada, es que me gustaba la imagen.

—¿Y lo de la tolva de desechos?

—Ja, a Williams le entró la codicia. Quería ponerse a matar al por mayor. Era aracnofóbico y le dije que estaba rodeado de arañas gigantes. Pero yo que tú no derramaría ni una sola lágrima por él, era un cabrón demente.

—¿Y tú no?

Furlow sonrió apenas.

—Ven aquí, Boris, no te lo van a impedir.

—Y una mierda. Si lo soltamos, tú nos fríes.

—Ah, bueno, lo siento, Boris, no dirás que no lo he intentado. —Levantó el cañón y lo apuntó hacia los tres.

Laurie sacó la pistola de Evelyn y disparó a Furlow, alcanzándolo en el pecho. Disparó dos veces más rápidamente, alcanzándolo de lleno cada vez. A continuación hubo dos disparos más, que dieron a los otros hombres en la cabeza y los tiraron al suelo inconscientes.

—¿No decías que no te gustaban las armas? —dijo Evelyn, contemplando la devastación causada por Laurie.

—Y no me gustan, pero en ningún momento he dicho que no supiera cómo usar una.

—Algún día, princesa, te vas a morir de soberbia, y yo voy a estar ahí para verlo.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Ahora devuélveme eso antes de que te pongas a disparar a la gente por diversión. —Le arrebató el arma a Laurie. Boris se dejó caer de rodillas, llorando.

—¿Qué le pasa? —preguntó Laurie.

—¿A lo mejor se siente abrumado por tu presencia?

—Eso lo entiendo. —Y sonrió tan contenta.


—Sabes, tenía un poco la esperanza de que huyera y así habríamos podido terminar todo esto con una persecución a alta velocidad por el hielo o algo igual de dramático —dijo Laurie, reclinándose en la gran silla de cuero del médico y poniendo los pies encima de la mesa.

—¿O tal vez una persecución bajo el agua con los sumergibles? —dijo Evelyn, sentándose en el regazo de Laurie y colocándole unos mechones de pelo suelto detrás de la oreja.

—Cuando las dos hayáis terminado de fantasear con los finales felices, ¿os gustaría tomar una taza de té conmigo?

—Me parece bien —dijo Laurie.

—Y a mí —asintió Evelyn—. Y al final no llegaste a rescatarme mientras me ahogaba. ¿Qué pasa con los sueños, eh? No te puedes fiar de ellos.

—Hablando de sueños, ¿no va siendo hora de que te dé un poco con la fusta, niña mala? —preguntó Laurie, con una sonrisa malvada.

—Me parece que no debería estar escuchando estas cosas —dijo el médico.

—Tranquilo, doctor, es que está graciosilla —dijo Evelyn, pellizcándole la nariz a Laurie.

—Me da la sensación de que preferiríais estar solas en lugar de pasar el rato con un vejestorio como yo.

—No, estamos encantadas de quedarnos y tomar una taza de té con usted, doctor —dijo Laurie. Se le cortó la respiración al ver la expresión de los ojos de Evelyn—. Aunque pensándolo bien... —Cerró los ojos cuando Evelyn se inclinó para besarla.

El médico sonrió y salió en silencio de la habitación. Ya habría mucho tiempo para tomar el té juntos en las semanas que quedaban por delante. Lo que el futuro deparara después de eso era algo que nadie sabía.


FIN


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