Capítulo 8



—¿Qué es lo que estoy buscando exactamente? ¿Pruebas de que no sigues el consejo de tu madre y no te lavas ahí detrás? —preguntó Laurie, al tiempo que apartaba con cuidado el pelo de Evelyn y le doblaba la oreja hacia delante.

—¿Ves algo raro? —dijo Evelyn, sin hacer caso del comentario de Laurie.

—Deja que lo vea con más luz. Espera un momento. —Laurie sacó de su maletín unas gafas con focos incorporados en la montura. Se las puso y las encendió.

—Qué monada —dijo Evelyn.

—Me resultan útiles para iluminar los recovecos oscuros donde quiero mirar.

—Seguro que sí.

—No te muevas, culo inquieto. —Laurie miró atentamente detrás de la oreja de Evelyn—. Mmm —dijo.

—¿Qué quiere decir “mmm”?

—Quiere decir que te des la vuelta para que te mire la otra.

Evelyn se giró y le ofreció el otro lado de la cabeza. Una vez más, Laurie apartó con cuidado el pelo de Evelyn, esta vez con mucha más precaución, puesto que estaba cerca de la lesión de la soldado.

—Ajá.

—¿Y bien?

—Que tienes unas orejas preciosas y ninguna lesión en la piel. Bueno, aparte de ese chichonazo tan feo que tienes en la sien, claro.

—Aparte de mis orejas preciosas, ¿qué más has visto? —preguntó Evelyn exasperada.

—Tienes una pequeña marca roja en el lado izquierdo que parece un poco irritada. ¿Te rozaste ahí cuando te caíste?

—No creo.

—¿Te pica?

—No, la verdad.

—¿Entonces por qué me has pedido que te lo mire? ¿Y no habría sido el médico la persona más adecuada para hacerlo?

—No puedo fiarme de nadie, ni siquiera del médico, me temo.

—Pero el médico, yo confío en él...

—No, no lo entiendes. Ni siquiera puedo fiarme de ti.

—¿Q... qué?

—No es lo que piensas, Laurie, en circunstancias normales te confiaría la vida.

—Pero...

—Éstas no son circunstancias normales. Qué demonios, ni siquiera me puedo fiar de mí misma —dijo Evelyn asqueada.

—¿Crees que pueden dominar a cualquiera en cualquier momento?

—No, no creo que sea tan sofisticado. Creo que necesitan administrar algún tipo de agente. Supongo que no puede ser por el aire, porque si no, estaríamos todos afectados. De modo que tiene que ser o por vía oral o a través de la piel.

—Y lo único que tú tocaste, solamente tú, en la base científica, fueron esas gafas que Kirsk te pidió que te pusieras.

—¡Exacto!

—Así que ahora vamos al médico y le decimos que te mire esa irritación, ¿no?

—No. A partir de ahora lo hacemos todo nosotras mismas. Ve a buscar algo para tomar una muestra de mi irritación y la meteremos en el analizador, a ver qué vemos.

—¿Qué esperas ver?

—Si lo supiera, estaría diciendo “Ya te tengo en mi poder, ja ja ja” —dijo Evelyn, adoptando un acento centroeuropeo no muy convincente.

—Oh, mira qué Bela te pones. ¿Y qué me dirías que hiciera, si me haces el favor?

—Traerme una taza de café y darme un masaje en los pies.

—No me parece tan terrible.

—Seguro que se me ocurriría algo mejor —dijo Evelyn, sonriendo.

—¿Como no disparar a tu compañera y luego a ti misma?


—Caray, ¡fíjate en eso! —exclamó Evelyn. Las dos se quedaron mirando asombradas el monitor del analizador.

—Eso sí que no me lo esperaba —dijo Laurie. La platina estaba cubierta de diminutos organismos. Algunos todavía se agitaban cansinamente, pero la mayoría estaba claramente muerta—. No me extraña que tengas la piel irritada, tus anticuerpos se deben de haber puesto las botas con estos bichejos.

—¿De verdad son orgánicos? No son nanotecnología, ¿verdad?

—No soy experta, pero a mí no me parecen robots.

—Bueno, pues adiós a mi teoría. Estos no son más que nativos que han querido correrse una juerga. Seguro que no les gusta la sangre humana y ahora están deseando no haberse molestado.

—No los descartes tan deprisa, Evelyn. Puede que sean el agente del que estábamos hablando.

—Qué va, eso sería una droga o una toxina de algún tipo. Algo que afecta drásticamente a la actividad cerebral. No un montón de bichitos muertos.

—¿Por qué no? No tenemos ni idea del efecto que tienen sobre los humanos. Sé que no quieres, pero creo que deberíamos contárselo al médico.

—No, no podemos.

—Pero...

—¡No!

—Bueno... al menos déjame que busque algo para matar a esas cosas —exigió Laurie.

—No, consigue un botiquín de primeros auxilios y échales una dosis de desinfectante por ahora. Parece que ya están muertos casi todos.

—Vale, pero primero ponemos una gota en la platina para ver qué les hace a esos cabroncetes.

—Buena idea.

Laurie echó un poco del líquido incoloro e inodoro en la platina. Vieron en el monitor que todo movimiento cesaba de inmediato nada más entrar en contacto con el desinfectante.

—Vale, compi, vamos a despiojarte.

—Muy graciosa —dijo Evelyn mientras Laurie aplicaba el líquido a la irritación que tenía Evelyn detrás de la oreja. Laurie dejó el frasco y el algodón y luego se puso a palpar con cuidado el cuero cabelludo de Evelyn con los dedos.

—¿Qué haces?

—Buscar más infestaciones. Nunca se tiene suficiente cuidado. Oh, ahí hay uno —dijo Laurie, apartando la mano con gesto historiado, con el pulgar y el índice juntos.

—¿Dónde? —preguntó Evelyn.

—¡Demasiado tarde! —dijo Laurie, metiéndose el bicho invisible en la boca y tragando exageradamente.

—Te parece gracioso, ¿eh?

Laurie se echó a reír, negando con la cabeza.

—No, no tiene la menor gracia —dijo entre risitas.

Evelyn dejó que a Laurie se le pasara su semiataque de risa.

—Bueno, lo que tenemos son unos bichos que causan irritaciones en la piel, pero estaban en un sitio sospechoso que, si mi teoría es cierta, es el sitio donde me habría drogado Kirsk. ¿Me vas siguiendo?

Laurie se esforzó por no sonreír, asintiendo con la cabeza.

—Si tienes razón, ¿no deberíamos encontrar irritaciones en los otros cuerpos?

—Lo dudo a estas alturas. Ya no, dado el tiempo que llevan congelados.

A Laurie se le desenfocaron los ojos al caer en uno de sus estados de meditación. Al cabo de un momento, salió de él.

—Sabes, aplicarte simplemente los bichos, suponiendo que tengan algo que ver, no te obligaría a hacer lo que hiciste, ¿verdad?

—No lo sé. No sé de qué son capaces —replicó Evelyn, que sabía dónde quería ir a parar Laurie.

—Bueno, es que puede que sean bichos interesantes con propiedades extrañas, pero no creo que puedan susurrarte al oído dándote instrucciones para que te pegues un tiro. Para empezar, seguro que sólo hablan europeo.

—Sí, ya veo lo que quieres decir. Así que eso significa que durante la noche alguien entró en mi habitación y me sometió a sugestión hipnótica.

—Supongo que habrás comprobado si tienes marcas de cuerdas en las muñecas.

—¿Qué? —Evelyn se miró las muñecas presa del pánico. Al no ver nada, levantó la mirada y se encontró con la cara sonriente de Laurie—. Qué graciosilla estás hoy, ¿no?

—Tengo mis momentos.

—Ya, pues ¿qué tal si sacas ese equipo tan molón que tienes y compruebas si alguien se puso en contacto conmigo a través del sistema de comunicación durante la noche?

—Marchando, jefa. —Laurie quitó la tapa del terminal de comunicaciones e insertó una pequeña caja metálica dentro del panel. Escribió algo con el teclado—. Vale... ¡ah, con que ésas tenemos! —dijo.

—¿Sueles hablar con tu terminal? —preguntó Evelyn.

—Todo el tiempo.

—¿Alguna vez te ha contestado?

—No, está demasiado bien enseñado. No se atrevería.

—Cuánto me alegro de haberlo preguntado.

—Ja, intentó encubrir su rastro, pero no contaba con que yo iba a ir detrás pisándole el culo —dijo Laurie con regocijo, mientras sus dedos volaban por el teclado. Evelyn sonrió al ver la cara totalmente absorta de su compañera—. Vaya, eso no me gusta...

—¿Algún problema?

—¿Qué? —dijo Laurie, levantando la mirada y centrándola en Evelyn.

—He dicho que si hay algún problema.

—¿Problema? No, no hay ningún problema —dijo Laurie, desconcertada por la pregunta.

—Olvídalo, vuelve a lo que estuvieras haciendo.

—Vale.

—¡Dale caña, campeona!

—¿Qué? —preguntó Laurie, levantando de nuevo la mirada, a medio escribir.

—Olvídalo, nada, tú... sigue.

—Bueno, lo haría si dejaras de interrumpirme —dijo Laurie indignada.

—Lo siento.

—Ven aquí y dame un beso.

—¿Cómo, ahora? —preguntó Evelyn.

—Claro, ¿por qué no?

—Creía que estabas ocupada.

—No tanto como para perderme un beso. Además —dijo Laurie haciendo un gesto historiado con la mano—, ya he terminado. —Se echó hacia atrás con una sonrisa ufana.

Evelyn apartó un poco a Laurie para ver el resultado del rastreo.

—Creo que eso sí que se merece un beso —dijo, tras lo cual se dio la vuelta y se colocó a horcajadas sobre la cintura de Laurie, sentándose en su regazo—. ¿Quién es una chica lista, eh?

—Yo —replicó Laurie, cerrando los ojos y ofreciendo los labios.


—¿Estás segura de que hacer esto es lo mejor? —preguntó Laurie mientras cruzaban a pie por la llanura de hielo rumbo a la base científica que se veía a lo lejos. Iban enfundadas en trajes de superficie y respiradores, además de varias piezas más de equipo.

—A menos que tengas un estupendo transportador de materia en el bolsillo, pues sí, esto es lo que tenemos que hacer.

—Tengo un transportador de materia en la base. Se llama camión para la nieve y nos habría llevado hasta allí mucho más deprisa y gastando mucha menos energía.

—No podíamos correr el riesgo, lo verían llegar y estarían preparados.

—Ja, esos de ahí no son una panda de exploradores para nada. Podríamos entrar volando con un jet y ni se enterarían.

—Para ser una persona cargada de músculos y tan dispuesta a demostrar tu capacidad física, hay que ver lo que te quejas cuando la cosa se pone dura.

—No me estoy quejando. Lo único que digo es que una cosa es hacer algo en plan encubierto y otra es pasarse. Es que no me parece que esto sea necesario, nada más.

—Nadie te ha pedido que vengas.

—Sí, tú.

Evelyn se lo pensó un momento, mientras seguían avanzando con esfuerzo.

—Sí, ahora que lo dices, supongo que sí. Pero no lo habría hecho, si hubiera sabido que iba a tener que pasarme todo el camino escuchando esto.

—Ja, me necesitas para no caerte en un charco de hielo ácido.

—¿Eso crees?

—Eso sé.

—¿Cuándo fue la última vez que fuiste andando a alguna parte?

—Ando todo el tiempo.

—Aquí fuera no.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco. Eres como un gran gato viejo. Prefieres quedarte dentro al calorcito y dormir.

—Eso piensas, ¿eh?

—Sí.

—Vale, pues demuéstramelo, sargento. Te echo una carrera hasta la base científica.

Antes de que Evelyn pudiera contestar, Laurie salió disparada y se perdió a lo lejos. Evelyn hizo un gesto de fastidio.

—Eso es, todo muy encubierto —rezongó, y salió corriendo detrás de Laurie.


Evelyn alcanzó por fin a Laurie al pie de la pared empinada de uno de los cuatro atmogeneradores que rodeaban la base científica. Laurie estaba doblada por la cintura, con las manos apoyadas en las rodillas, aspirando grandes bocanadas de aire. La atmósfera estaba menos enrarecida al lado del generador, por lo que no tenía que depender tanto del respirador.

—¿Por... qué... has... tardado... tanto? —jadeó.

Evelyn la miró muy ufana, respirando sin apenas dificultad.

—Los años de entrenamiento militar me han evitado malgastar mis reservas. Puede que tú hayas llegado primero, pero yo soy la única en condiciones de seguir adelante.

—Ah... ¿sí? Yo... puedo... hacer... todo... lo... que... puedas... hacer... tú.

—¿Quieres echarme una carrera hasta la estación? —preguntó Evelyn, señalando la base.

—Dentro de... un momento.

—Vale, vamos a descansar aquí un poco. Me parece que te vendrá bien —dijo Evelyn sonriendo con sorna. Laurie se dejó caer agradecida deslizándose por la pared y se quedó sentada en el hielo, quitándose distraída carámbanos de sudor de la frente.

—¿Y ahora qué? —preguntó Laurie, cuando por fin recuperó el control de la respiración.

—Ahora nos arrastramos hasta la base.

—¿Nos arrastramos? Por favor, dime que es broma —suplicó Laurie. Evelyn sonrió con aire malévolo al tiempo que se tumbaba boca abajo en el hielo y empezaba a avanzar hacia la base—. ¡Tú no estás bien! —bufó Laurie, y siguió el ejemplo de Evelyn.


—Pues qué divertido —gruñó Laurie, cuyo tono no casaba con sus palabras.

—Bua, bua, bua. ¿Eso es lo único que sabes hacer? —la riñó Evelyn en voz baja, mientras seguían la pared del edificio principal. Habían tardado dos horas en llegar a rastras a la base. No creía que las hubiera visto nadie con sus trajes blancos de superficie. No era una base militar y seguramente no tenían guardias ni habían instalado detectores en el perímetro, pero así y todo, Evelyn no estaba dispuesta a correr riesgos. Seguramente sólo iban a tener una oportunidad.

—Sólo hay una entrada al edificio principal, así que ¿cómo vamos a entrar sin que nos vean? —preguntó Laurie, avanzando detrás de Evelyn, con la espalda pegada a la pared.

—Te lo diré cuando lleguemos.

—Pero tienes un plan, ¿verdad? No me gustaría nada pensar que acabo de pasarme las seis últimas horas corriendo y arrastrándome hasta aquí sólo para acabar descubriendo que no tienes un plan para conseguir entrar por la puerta.

—Pues claro que tengo un plan.

—Bien. ¿Y en qué consiste, exactamente?

—Te lo diré cuando lleguemos.

—Genial. No tienes un plan para nada, ¿a que no?

—Siempre tengo un plan, pero éste... es de los que se saben sólo cuando es necesario —sonrió Evelyn.

—Por supuesto, no queremos echar a perder miles de años de protocolo militar por un ataque de sentido común, ¿verdad? —soltó Laurie.

—Desde luego que no —replicó Evelyn solemnemente. Siguieron avanzando en silencio.

—¿Ves algo? —susurró Laurie, acurrucada detrás de Evelyn mientras la soldado observaba las puertas principales con un pequeño espejo sujeto con un mango largo y delgado.

—Parece desierto —replicó Evelyn, moviendo el espejo de lado a lado.

—Me alegro de saber que os mantenéis al día con lo último en equipos de vigilancia.

—Es todo puro truco —dijo Evelyn, doblando el espejo para guardarlo. Rodeó con cautela la esquina y se metió en la zona principal de carga que daba a las puertas del hangar principal. A un lado había una pequeña puerta de personal.

Se apoyó en su lisa superficie de plástico y escuchó. Abrió despacio la puerta y entró. Un momento después, sacó la cabeza y le hizo gestos a Laurie para que la siguiera.

—No hay nadie, ni detectores en las puertas, ni seguridad —susurró Evelyn, meneando la cabeza.

—¿Y te quejas?

—No, es que casi parece que nos están dejando entrar, que están jugando con nosotras.

—Estás paranoica. Lo único que hacen es controlar los camiones para la nieve y enviar a alguien aquí abajo si llega uno. No están preparados para hacer frente a individuos que llegan arrastrándose por el hielo. No tienen motivo. No es que tengan que enfrentarse a nativos insurgentes.

—No, supongo que no. Así y todo, esto me da mala espina. Ojalá tuviera la pistola.

—Bueno, míralo por el lado positivo, al menos así no nos puedes pegar un tiro a ninguna de las dos.

Evelyn fulminó a Laurie con la mirada y luego echó a andar por el pasillo adentrándose en la base. Llegaron al despacho de Kirsk, pasando sigilosamente de una puerta a otra.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Evelyn.

—¿En un partido de Dexter? —sugirió Laurie.

—¿Todos?

—Es un deporte popular.

—Sí, pero no tan popular.

—¿Por qué no?

—Algo no va bien. Debería haber al menos unos cuantos científicos por aquí con sus batas blancas y sus carpetas.

—¿Eso que describes no son médicos?

—Como he dicho, ojalá tuviera mi pistola en estos momentos.

Esta vez fue Laurie quien la fulminó con la mirada.

El despacho de Kirsk estaba vacío. Parecía mucho más pequeño ahora que la gran pantalla no ofrecía vistas de acantilados.

—Eso sí que funciona. Tengo que conseguir una para mí —afirmó Laurie, volviendo a encender la pantalla.

—¿Puedes usar su terminal para intentar localizarlo? —preguntó Evelyn.

—Por supuesto.

—Pues cuando hayas terminado de admirar el paisaje, ¿a lo mejor quieres ocuparte de ello?

—Vale —dijo Laurie, mirando distraída a una gaviota que flotaba en una corriente de aire.

—Cuando quieras... no dejes que te meta prisa ni nada.

—Vale, vale. —Laurie hurgó rápidamente con las entrañas de la consola y luego la puso a buscar a Kirsk.

El director Kirsk se encuentra en el muelle de sumergibles del nivel B5 —entonó la consola.

—¿Cuál es la ruta más rápida para llegar a B5 desde el despacho de Kirsk? —dijo Laurie.

El ascensor S4 la llevará al muelle de sumergibles situado en el nivel B5.

—¿Y dónde está el ascensor S4?

Esa información está clasificada.

Laurie alzó las cejas atónita. Frunció el ceño un momento y luego volvió a meterse dentro de la consola, mascullando que era imposible.

—¿Ha metido algo Kirsk que no puedes cancelar? —preguntó Evelyn, agachándose para ver cómo Laurie cambiaba de sitio cables y componentes.

—No —fue la escueta respuesta. Laurie volvió a colocarse delante de la consola y preguntó de nuevo dónde estaba el ascensor.

El ascensor está situado al fondo del despacho del director Kirsk.

—Abre la puerta del ascensor S4 —ordenó Laurie. Una sección de los paneles de la pared del fondo se deslizó a un lado, revelando un pequeño recibidor.

—Curioso y más curioso —comentó Evelyn.

—Y yo que creía que sabía todo lo que había que saber sobre las dos estaciones. Deben de haber manipulado los planos.

—Me pregunto qué otras cosas no son como deberían ser.

—Sí. A lo mejor deberíamos... bueno, no sé... volver y contarle todo esto a Christine.

—¿Se te están enfriando los ánimos, soldado?

—No, el traje de superficie funciona perfectamente —replicó Laurie, mirando con aprensión el pequeño recibidor.

Evelyn se puso a su lado.

—Oye, ¿de verdad estás preocupada por algo? —le preguntó a su compañera suavemente.

—Esto no me gusta nada, Evelyn.

—¿Por qué?

—Hay algo que me da miedo. No sé el qué, pero tengo muy mal presentimiento.

—Tenemos que ir a investigar.

—Lo sé.

—Puedes quedarte aquí si quieres.

—No, o vamos las dos o nos quedamos las dos.

—Yo tengo que ir, ya lo sabes.

—Sí, supongo.

—Escucha una cosa, ven conmigo y te cuento por qué me llaman Duquesa.

—¿En serio? —dijo Laurie, olvidándose de repente de sus alarmas internas.

—Claro. Sígueme.


—Me tomas el pelo, ¿verdad?

—No, te juro que es la verdad.

—Caray, es tan...

—Tienes que prometerme que de aquí no sale. Esto es estrictamente entre tú y yo.

—Y el sargento del batallón —dijo Laurie sonriendo con guasa.

—Sí, bueno, está muerto.

—Ah. —Laurie enarcó de golpe las dos cejas—. Tú no le...

—No, no fui yo. Murió en Sudamérica, no tuvo nada que ver conmigo. —Las luces del pozo del ascensor pasaban soltando destellos mientras seguían bajando.

—¿Cuánto crees que tardaremos en llegar? —preguntó Laurie.

—Tiene que bajar casi cinco kilómetros, creo, así que todavía falta bastante.

—¿Qué vas a hacer cuando lleguemos?

—Voy a charlar con el director Kirsk y luego ya veremos.

—¿Qué quieres que haga yo?

—Procura no llamar la atención. Puedes ser mi as ganador si las cosas se tuercen.

Laurie abrazó a Evelyn, besándola suavemente en los labios.

—Prométeme que tendrás cuidado, Evie. Esta gente ha matado o ha sido responsable de la muerte de por lo menos seis personas, por no hablar de que ya han intentado matarnos una vez a las dos.

—Lo sé. He tomado todas las precauciones que he podido. Ahora cómo se desarrollen las cosas depende de él.

El ascensor fue frenando y por fin se detuvo y la puerta se abrió. Salieron a una inmensa habitación abovedada casi toda llena de pórticos y grúas. Unos enormes focos iluminaban una poza de agua en el centro del suelo. Se agacharon detrás de unas piezas de maquinaria, observando a las personas que estaban al borde de la poza.

Kirsk levantó el brazo, leyendo la pantalla que llevaba en la muñeca. Sonrió y se volvió hacia donde estaban escondidas Evelyn y Laurie.

—Ah, han llegado nuestras invitadas —dijo, y su voz levantó ecos por la gran caverna.

—Pase lo que pase, tú no te muevas —susurró Evelyn, tras lo cual se levantó y se encaminó hacia el grupo situado al lado de la poza.

—Christine, ¿por qué no le das la bienvenida a la sargento? —sonrió Kirsk. Christine se dio la vuelta para mirar a Evelyn. Sujetaba la pistola de Evelyn.

—Hola, sargento Bates —dijo la directora, alzando el arma y mostrándosela a Evelyn—. Como ve, ya no está ajustada al mínimo.


PARTE 9


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