Capítulo 7



Laurie se apartó presa de un pánico ciego, pero así y todo la bala la alcanzó en el pecho, tirándola al suelo. Gruñó una vez, rodó hasta quedar boca arriba y se le cerraron los ojos. Evelyn se quedó mirando impasible a su compañera caída.

—Escuche, no se precipite, Evelyn —balbuceó el médico al tiempo que retrocedía despacio hacia la puerta, sujetando su maletín por delante como si fuese un escudo. Ella no le hizo caso y miró pensativa la pistola que tenía en la mano. Se la llevó despacio a la sien, con la mano temblorosa por la tensión, como si intentara ofrecer resistencia a una fuerza externa que la obligaba a ponerse el arma en la cabeza.

—Evelyn, no —graznó Laurie, intentando incorporarse y sujetándose el pecho izquierdo con la mano. Sofocó una exclamación por el dolor que le atravesó el pecho y el costado. Se enderezó casi del todo usando la cama y avanzó tambaleándose hacia Evelyn. El dedo de la soldado se estaba poniendo blanco por el esfuerzo físico de oponerse a las ganas de apretar el gatillo. Laurie alargó la mano hacia la muñeca de Evelyn y la agarró justo cuando el arma disparó.

—¡NO! —gritó Laurie al tiempo que a Evelyn se le torcía la cabeza a un lado y caía inerte al suelo, arrastrando consigo a Laurie, que no paraba de gritar.


—Por favor, que alguien me pegue un tiro —gimió Evelyn. Aún no había abierto los ojos, pero el martilleo que tenía en la cabeza era la cosa más dolorosa que había sufrido en su vida.

—Creo que eso ya lo ha intentado usted —dijo el médico, inclinándose sobre ella y examinándole el bulto morado y moteado que tenía en la sien.

—¿Sí?

—Sin la menor duda, jovencita.

—No... no me acuerdo.

—Eso es normal después de un fuerte golpe en la cabeza. Tiene una conmoción y el cerebro magullado, pero con un poco de descanso volverá a la normalidad. Si considera normal intentar suicidarse y asesinar a su compañera.

—Asesinar... ¡A MI COMPAÑERA! —gritó Evelyn, incorporándose de golpe, cosa que lamentó al instante, pues todo se puso a dar vueltas y le entraron unas náuseas terribles.

—Lo siento, quería decir intentar asesinar. Se encuentra bien, aunque ella también tiene un moratón impresionante, aunque me esté mal el decirlo —dijo él, empujando a la alterada soldado con delicadeza pero también con firmeza para que volviera a tumbarse en la cama.

—¿Qué ha pasado? —logró decir, con los ojos cerrados con fuerza para evitar que la habitación le diera vueltas.

—¿Qué es lo último que recuerda?

—Pues... cenamos. Íbamos a reunirnos más tarde después de dormir un poco. Me fui a mi habitación y me acosté. Eso es lo último que recuerdo.

—¿No recuerda haber disparado a Laurie y luego haberse disparado a sí misma?

—No... no he hecho eso, ¿verdad? —preguntó sin dar crédito.

—Me temo que sí.

—Pero... yo no haría... ¿por qué iba a hacer algo así? La quie... yo nunca dispararía a mi compañera.

—Para eso no tengo respuesta, sargento Bates, sin embargo, sí que le puedo decir que lo vi con mis propios ojos. Laurie estaba preocupada por usted, porque había quedado con ella y no se presentó. Me pidió que la ayudara a buscarla. La encontramos en su habitación comportándose de manera extraña. Cuando Laurie se le acercó, usted le disparó y luego se disparó a sí misma. Si su arma no hubiera estado ajustada al mínimo, ahora seguramente estarían las dos muertas.

A Evelyn se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No es posible, doctor, yo no haría una cosa así. A Laurie no.

—Lo siento, pero lo ha hecho. Le he hecho un análisis de sangre en busca de sustancias tóxicas o drogas, pero no encuentro nada.

—Pero me acuerdo de que lo llamé a usted por la noche diciendo que me encontraba bajo los efectos de una droga psicotrópica.

—A mí desde luego no me llamó. He dormido toda la noche de un tirón. ¿Y no decía que sólo recordaba haberse acostado?

—Pues... es que me acabo de acordar... mientras hablábamos.

—Con la memoria pueden pasar esas cosas. A lo mejor recuerda más a medida que pase el tiempo.

—Eso espero. —Miró al médico—. ¿Cómo está? Laurie, me refiero.

—Todo lo bien que cabe esperar. Le disparó, y eso suele doler mucho. Está en su apartamento descansando. Le he dado unos analgésicos. Le he examinado los pechos y las costillas y no parece que haya daños permanentes.

—El nivel mínimo está pensado para aturdir. Es como si te pegaran un puñetazo muy fuerte. No es agradable, pero no suele ser mortal.

—Usted sabrá, supongo —dijo sonriendo.

Evelyn se tocó con cuidado la cabeza e hizo una mueca de dolor al tocar ligeramente el bulto.

—Jo, cómo duele. Tal vez en el futuro me cuidaré más de no darle a la gente en la cabeza. Pero es para lo que nos entrenan, porque es de lo más eficaz. —Se encogió al apretar demasiado un punto.

—Me parece que lo mejor es que ahora descanse. La directora se ha apropiado de su arma y desea verla en cuanto esté en condiciones.

—Por supuesto —dijo Evelyn con tono apagado. Se sentía fatal, tanto física como mentalmente.

—Descanse, vendré a verla más tarde.

—Vale, doctor —replicó, bostezando y cerrando los ojos. No se sentía afortunada por seguir con vida porque todavía le resultaba demasiado increíble.


—¡Me da igual, quiero verla! —exigió Laurie. El médico meneó pacientemente la cabeza.

—Yo no te lo recomiendo, Laurie. Necesita... las dos necesitáis descansar, no más emociones.

—Pero tenemos que resolver el caso, se nos acaba el tiempo.

—Ella es la que tiene el golpe en la cabeza, pero eres tú la que se comporta como una loca.

—Tengo que saber por qué ha hecho una cosa así. Sé que tiene relación con el caso. Alguien le ha hecho algo para volverla loca. La hipnotizaron, la obligaron a hacerlo. No es posible que quisiera hacerme daño a mí o hacérselo a sí misma.

—Eso no lo sabemos, Laurie. Apenas conoces a esa mujer. Podría haberle dado un ataque por la tensión de no conseguir resolver los asesinatos.

—Ella no es así, yo sé que no es así.

—¿Cómo?

—Porque... porque sí, y ya está.

—No es una explicación científica muy sólida, Laurie.

—Maldita sea, doctor, no me venga con el número del ancianito amable, ahora no. Una amiga muy querida para mí está herida y confusa, y tengo que estar con ella.

—Eres adulta, puedes hacer lo que te plazca, pero yo no lo recomiendo. Además, seguro que ahora está dormida. Le he dado analgésicos y un sedante.

—¡Pues entonces no será tan estresante! —Laurie esquivó al médico, con una mueca de dolor al torcer el cuerpo, pues por un momento se había olvidado de su propia lesión. El médico le había fajado las costillas para sujetarlas y le había dado a Laurie una crema para reducir la contusión del pecho. Pero a pesar de eso, los movimientos bruscos seguían doliéndole mucho.


Evelyn casi no oyó la tenue llamada a la puerta. Suspiró y se puso boca arriba.

—Pase —dijo, alzando la voz. Laurie abrió la puerta y entró vacilante en la pequeña habitación.

—¿Puedo pasar?

—Parece que ya estás dentro.

—Sí, supongo. ¿Cómo te encuentras? —preguntó Laurie.

—Como si me hubieran disparado en la cabeza.

—Mal, ¿eh?

—He tenido días mejores.

Laurie se sentó en el borde la cama y cogió la mano de Evelyn.

—Sé que no querías hacerlo. Sé que hay una buena explicación.

—¿Lo sabes? Bueno, pues ya es más de lo que sé yo —replicó Evelyn con amargura.

—¿No... recuerdas nada?

—Me vienen imágenes de vez en cuando, pero es como si de repente estuviera recordando una película antigua que vi una vez de niña. Está todo difuso y borroso.

—¿Te ayudaría si te contara lo que sé?

—Ya me lo ha contado el médico. Entrasteis, te disparé y luego me disparé a mí misma. ¿No es eso?

—Eso es lo básico, supongo. Pero tú no estabas allí en realidad, Evelyn. Era como si alguien te controlara y tú intentaras resistirte. Cuando entramos, estabas acurrucada en el rincón, mirando al vacío, como si estuvieras en trance o algo así. No te levantaste hasta que te lo dije yo. Era como si hicieras cualquier cosa que se te dijera.

—¿Me dijiste que te disparara? —preguntó Evelyn, desconcertada.

—No, ésa es otra. No reaccionaste a nada de verdad hasta que el médico me llamó por mi nombre, entonces me miraste y apretaste el gatillo sin más, como si estuvieras programada para hacerlo.

—Lo... lo siento, Laurie. Yo nunca te haría eso a sabiendas. Eres demasiado importante para mí. Es que no lo entiendo... —Se calló, con los ojos relucientes de lágrimas. Laurie se llevó inmediatamente la mano de Evelyn a los labios y la besó. Se inclinó, con todo el cuidado de no rozarle la cabeza magullada a Evelyn, y abrazó a la soldado. Pegó un salto de dolor cuando la soldado la estrechó a su vez.

—Ay, Dios, perdona, Laurie, se me había olvidado. ¿Estás muy mal?

Laurie hizo una mueca de dolor mientras se frotaba con cuidado por debajo del pecho.

—Es como si me hubieran atizado en la teta con un bate de béisbol. —Sonrió, disimulando el gesto de dolor que le cruzó el rostro.

—Lo siento muchísimo.

—Oye, tranquila, sargento, sé que no estabas en tu ser. Te hicieron algo para obligarte a hacer eso, y tenemos que descubrir quién, por qué y cómo.

—¿Crees que nos hemos acercado sin darnos cuenta y hemos asustado a los malos?

—¡Estoy segura!

—¿Estás segura de que te fías de mí? No querría que pensaras que se me va a ir la olla y voy a intentar matarte de nuevo.

—Me fío de ti, Evelyn. No sé muy bien por qué, pero confío en ti totalmente. Algún cabrón nos ha hecho esto y lo vamos a pillar.

—¡Sí, vamos a atrapar a ese hijo de puta! —Evelyn intentó incorporarse, pero se dejó caer de golpe cuando la habitación se puso a dar vueltas—. Aunque dejémoslo para mañana, ¿eh? Creo que no estoy en condiciones de nada, salvo quedarme aquí tumbada haciendo manitas contigo.

—Está bien, no me importa meterme en la cama contigo —dijo Laurie, sonriendo, y luego hizo una mueca de dolor cuando cambió de postura—. No puedo prometer mucho más que lo de hacer manitas en este momento —gimió, agarrándose el pecho.

—Da igual, cuando estemos más humanas, le daré besitos para que se cure.

—Ya, ¿y qué pasa con su colega del otro lado?

—Guardaré un beso para ella también.

—Te tomo la palabra.


A la mañana siguiente Laurie y Evelyn salieron del apartamento de la soldado y se dirigieron caminando despacio a la cantina más cercana.

—Fíjate, parecemos un par de ancianitas —rezongó Laurie, que seguía protegiéndose el pecho magullado con el brazo doblado. Evelyn se agarraba al hombro contrario de Laurie y caminaba despacio para reducir los leves efectos continuos del vértigo que seguía revolviéndole la cabeza.

—Recuérdame que no juegue con armas, ¿quieres? —le pidió Evelyn.

—Ya te lo dije, pero no me has hecho ni caso.

—Sí, ya, pues eras tú la que quería castigarme con esa fusta.

Laurie dejó de andar y se volvió hacia Evelyn.

—¿Qué?

Evelyn se ruborizó.

—Mm... no sé de dónde ha salido eso. Es que... es que... de repente he tenido una imagen mental tuya... mm, sujetándome. —Evelyn tragó saliva—. Y amenazándome con... mm, una fusta. —Se puso aún más colorada.

Laurie sacudió la cabeza, soltando un hondo suspiro.

—El médico ha dicho que el golpe en la cabeza podría tener efectos raros. Parece que lo decía en serio.

Echaron a andar de nuevo.

—Escucha, no sé cómo se me ha ocurrido eso. Yo no tengo ese tipo de fantasías, no quiero que me sujetes y me fustigues con un látigo, ¿vale?

Dos ingenieros pasaron a su lado justo cuando Evelyn estaba hablando. Laurie los achantó con la mirada, pero oyó sus risitas mientras se alejaban. Frunció los labios y se volvió hacia Evelyn, quien se encogió de hombros, intentando sonreír flojamente.

—Uy —dijo.

Laurie meneó la cabeza.

—Venga, bocazas, vamos a desayunar antes de que vayas soltando perlas de ese estilo por toda la luna.


Evelyn miraba fijamente su cuchara.

—¿Qué pasa? No son más que cereales con leche —dijo Laurie.

—No puedo evitar pensar que lo que me fundió anoche los circuitos podría ser algo que comí.

—Tranquila, el médico hizo toda clase de pruebas cuando le dije dónde habíamos estado. A la comida no le pasa nada raro. Y si hubiera sido la comida, todos nos habríamos vuelto locos, no sólo tú.

Evelyn frunció el ceño, dejó la cuchara y se quedó contemplando la mesa. Laurie le tocó la mano a Evelyn.

—Oye, no quería decirlo así. Lo único que quería decir es que no ha sido la comida, ¿vale? —Le apretó la mano a Evelyn para tranquilizarla.

—¿Y si fue eso? —preguntó Evelyn suavemente.

—¿Y si fue el qué?

—¿Y si fue que de verdad me he vuelto loca? —Miró a Laurie a los ojos, con los suyos llenos de dudas.

—Oye, no estás loca para nada.

—¿Cómo puedes estar segura? El médico ha hecho todas las pruebas que ha podido y no ha encontrado nada. La explicación más lógica es que efectivamente, me he vuelto loca y de paso he estado a punto de matarnos a las dos.

—No digas eso, Evelyn, tú no harías una cosa así. Eres una de las personas más cuerdas que he conocido en mi vida. Alguien, o algo, te ha afectado y ha hecho que intentaras matarnos. Tienes que creerlo.

—¿Cómo puedo? ¿Dónde están las pruebas?

—Aquí mismo, Evelyn —dijo Laurie, alargando la mano y tocándole la cabeza a Evelyn—. Si hubieras querido matarnos, habrías ajustado la pistola al máximo y las dos habríamos volado en pedazos. Alguien te controlaba desde fuera y no sabía lo del ajuste de la pistola. No puedes haber sido tú.

—Me alegro de que tengas tanta fe en mi capacidad para matar —dijo Evelyn con tono apagado, incapaz de mirar a Laurie a la cara.

—Sabes que no me refería a eso. ¿Por qué te estás castigando de esta manera? Las dos seguimos aquí. Un poco magulladas, pero aquí, a fin de cuentas. Yo digo que esta noche retomemos el plan alfa y veamos qué hay en ese sitio que los científicos están tan empeñados en que no veamos.

Evelyn sonrió.

—¿Sabes qué, soldado? No estás mal.

—Gran alabanza.

—Sí, pero te la mereces.

—Bueno, ahora que la arenga ha terminado, ¿qué vamos a hacer para evitar que nos vuelvan a controlar a cualquiera de las dos?

—Tú siempre tan pragmática, ¿eh?

—Sí. Mira, he estado pensando que para hacer lo que han hecho, tenían que hacerse con el control de tu cerebro, ¿no?

—Sí —dijo Evelyn, sin comprometerse, pues no sabía dónde quería ir a parar Laurie con esto.

—Podría construir un casco Faraday.

—¿Un qué?

—Sí, ya sabes, una cámara Faraday, que detiene todas las radiaciones electromagnéticas, pero construida en forma de sombrero.

—¿Quieres hacernos unos sombreros con qué? ¿Tela metálica?

—Eso funcionaría seguro.

—¿Lo dices en serio?

—No.

—¿Qué? —Evelyn enarcó las cejas.

—Sólo quería ver si estarías dispuesta. Creo que estarías muy mona con un sombrero de tela metálica. Destacaría ese chichón morado que daría gloria.

—Menos mal que Christine tiene mi arma, porque podría tener tentaciones de volver a usarla.

—Termínate el desayuno.


—Lo siento, sargento, pero dadas las circunstancias, no creo que sea prudente devolverle el arma, por ahora —dijo Christine, sentada tras su mesa. Dave Furlow estaba de pie a su lado.

—Señora, no puede quedársela, es mía. Es responsabilidad mía como miembro de las fuerzas armadas americanas hacerme cargo de esa arma. Debe devolvérmela. —Evelyn estaba haciendo un gran esfuerzo por no perder los nervios.

—¿No cree que ya ha hecho suficiente daño? —preguntó el ayudante de la directora.

Evelyn repasó un momento sus alternativas. Un ataque físico directo resultaba tentador, pero contraproducente. Y en el estado en que se encontraba, no se veía capaz de conseguirlo de todas formas. Tampoco podía pedirle a Laurie que la ayudara a obligar a la directora a devolverle el arma. Probó con la diplomacia.

—Y si le quito la célula energética e inutilizo el arma, ¿me la devolvería entonces?

—¿De qué le serviría si no funciona? —preguntó David.

No le hizo ni caso.

—Por favor, Christine, ya tengo suficientes problemas para encima tener que enfrentarme a una investigación militar sobre por qué he perdido mi arma. —Sonrió con toda la dulzura que le fue posible.

La directora se echó hacia atrás y susurró al oído de su ayudante. Evelyn vio cómo éste hacía un leve movimiento negativo con la cabeza.

—Lo siento muchísimo, sargento, pero creemos que no sería prudente devolverle ahora el arma. Se la devolveremos cuando sea el momento adecuado.

—¿Y cuándo será eso?

—Ya se lo diremos.

—Bien —dijo Evelyn entre dientes—. ¿Desea que continúe con mi investigación de los asesinatos?

—Si quiere. Pensaba que preferiría tomarse un tiempo para convalecer.

—Me encuentro mucho mejor, gracias, señora.

—¿Quiere que la ingeniera Stevens siga ayudándola?

—Me gustaría, señora.

—Muy bien, pero sargento, haga el favor de evitar causar más problemas e intente no matar a nuestra ingeniera, es un miembro muy valioso de nuestro equipo. —Sonrió por su propio intento de hacer un chiste. Evelyn le devolvió una sonrisa forzada.


—¿Qué tal ha ido? —preguntó Laurie cuando Evelyn salió del despacho de la directora, aunque por la cara de Evelyn, estaba segura de conocer la respuesta.

—Antes de marcharme de este lugar maldito voy a tener una charla con el señor Furlow —gruñó.

—Ay, qué bien, ¿te puedo sujetar la chaqueta?

—Cómo no, Laurie, cómo no.

—¿Lo de esta noche sigue en pie?

—¿Qué tal va tu teta?

—Me duele que te cagas.

—¿Eso te va a hacer ir más lenta?

—Un poco.

—¿Sí?

—Sí, pero por otro lado, mi lentitud sigue siendo más rápida que la rapidez de cualquiera —dijo Laurie, sonriendo.

—Menos mal que Christine no ha querido devolverme la pistola, porque cuando me concentro y fijo la vista en algo, se desliza un poco hacia la izquierda o la derecha.

—Sigues lela, ¿eh?

—Un poco, pero no lo suficiente para impedirme descubrir qué demonios está pasando en este sitio.

—Sí, ésa es la sargento que conozco y a... precio.

—Cuidado, soldado, has estado a punto de expresar ese sentimiento que empieza por “a”.

—No es cierto.

—Sí que lo es.

—¿Y si fuese así, qué?

—Pues que me vería obligada a hacer esto. —Agarró a Laurie, le dio la vuelta, la bajó de un tirón y la besó apasionadamente.

—Caray, ¿y eso por qué? —jadeó Laurie, tambaleándose un poco hacia atrás cuando Evelyn la soltó por fin.

—Por creer en mí, por no dudar nunca de mí incluso después de haberte causado mucho daño y confusión.

—Ah, ¿eso? Eso no es nada, ha sido fácil.

—¿En serio?

—Sí, pan comido.

—¿Crees que eso se merece otro beso?

—Es lo que espero. —No se vio defraudada.


—Vamos a repasar otra vez lo que sabemos —dijo Evelyn, ahora de vuelta en la habitación de Laurie.

—Tenemos tres cadáveres originales, dos de los cuales fueron descubiertos en circunstancias extrañas. Que es muy improbable que pudieran haber llevado a cabo las víctimas ellas solas —dijo Laurie.

—Efectivamente —asintió Evelyn.

—A menos, por supuesto, que Williams fuese el autor de los dos primeros asesinatos y luego se matara.

—¿Cómo, se murió del susto al tirarse por la tolva de desechos? No me parece muy probable.

—Pero sabemos que quien esté haciendo esto tiene la capacidad de obligar a la gente a hacer cosas en contra de su voluntad. Los dos primeros se dejaron crucificar y enterrar en hielo, Brenda tenía su machete y luego... tú... con tu pistola.

—Tranquila, Laurie, no tienes por qué evitar el tema. Por razones desconocidas nos disparé a las dos y no recuerdo haberlo hecho, o peor aún, no tengo ni la más remota idea de por qué lo hice. Yo diría que tu teoría de que alguien puede controlar nuestra mente es muy acertada.

—¿Cuál es la relación?

—¿A qué te refieres? —preguntó Evelyn.

—O sea, ¿por qué tres ingenieros, por qué Brenda, por qué nosotras?

—Bueno, sabemos que lo que tenemos todos en común es la base científica: todos la habíamos visitado recientemente. Lo que no sabemos es el por qué.

—Tal vez los primeros eran simples experimentos. Pruebas para ver hasta dónde se puede manipular mentalmente a alguien. Brenda a lo mejor fue una distracción por el camino.

—¿Te refieres a los latigazos? —la animó Evelyn.

—Sí, ¿tal vez esta persona tiene tendencias sádicas?

—U otra persona se apropió de la tecnología y quiso divertirse también.

—Es posible. ¿Qué pasa con nosotras?

—No, yo no lo hice. Ni siquiera me gustan los látigos, las cadenas y esas cosas. Por ti no puedo hablar, claro.

Laurie sonrió.

—No, quería decir “qué pasa con nosotras” en el sentido de ser víctimas, no “qué pasa con nosotras” en el sentido de dedicarnos a actos de sadomaso.

—Creo que hemos alarmado a alguien al comentar que mi equipo lo iba a poner todo patas arriba.

—Eso más bien lo reduce a Kirsk, ¿no?

—Por el momento, es mi principal sospechoso. Si no fue él directamente, supongo que debe de saber todo lo que se cuece allí y es capaz de sumar dos y dos lo mismo que nosotras.

—Pero estaba dispuesto a dejar que te pasearas por allí tú sola. No parece muy propio de alguien que tiene algo que ocultar —dijo Laurie.

—Vale, entonces tiene que ser alguien de allí que puede escuchar las conversaciones que se desarrollan en el despacho de Kirsk.

—Si es capaz de controlar las mentes, no creo que escuchar conversaciones ajenas le suponga mucho problema.

—Laurie, ¿me haces un favor? Se me acaba de ocurrir una cosa.

—Claro, duquesa.

—¿Cómo... cómo lo has sabido?

—¿El qué?

—Que mi apodo viene de que me llamaban Duquesa cuando estaba en la academia militar.

—Pues... no lo sabía, Evelyn, ha sido pura casualidad. ¿Por qué te llamaban Duquesa?

—Eso ahora no importa, vamos a centrarnos en la investigación —dijo Evelyn, secamente.

Laurie se dio cuenta de que el tema estaba zanjado por la expresión de Evelyn.

—¿Qué era lo que querías que hiciera? —preguntó suavemente.

—Mm, ah, sí, ¿quieres mirarme bien detrás de las orejas?


PARTE 8


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