Capítulo 6



—Sargento Bates, encantado de conocerla por fin. Gerald Kirsk. —El hombre se levantó de detrás de su mesa, ofreciéndole la mano. Boris Zyenko había vuelto a reunirse con ellas en recepción y las había llevado directamente al despacho del director científico. Era un despacho lujoso desde cualquier punto de vista, pero para tratarse de Europa era extraordinariamente opulento. Una pared estaba casi totalmente cubierta por una gran pantalla. En ese momento mostraba una vista de la cumbre de unos acantilados que daban al mar en un día de viento.

—Bonita imagen —dijo Evelyn.

—¿Le gusta? —dijo él, encantado a todas luces por el cumplido.

—Muy impresionante.

—Sufro de claustrofobia. Tengo que tenerla para poder trabajar aquí.

—Debe de ser difícil no poder moverse mucho por aquí —dijo Laurie.

—Ingeniera Stevens, he oído muchas... cosas buenas sobre usted —dijo él, sin ofrecerle la mano.

—¿Debo llamarlo director? —preguntó Evelyn.

—Con Gerald basta.

—Tengo entendido que deseaba acompañarnos personalmente por la base.

—Ésa es mi intención —dijo él, sonriendo.

—¿Cómo lo va a hacer? —preguntó Laurie, sabiendo por su expresión que el hombre lo estaba pasando en grande.

—Con esto —replicó, sacando un pequeño estuche del cajón de su mesa. Se lo pasó a Evelyn. Dentro había un par de gafas—. Póngaselas para ver cómo le quedan.

—¿Y para qué sirven? —preguntó ella.

—En la montura hay cámaras, micrófonos y altavoces. Está configurada para conectar con esta mesa a través de un enlace codificado. Si se las pone, podré ver lo que usted ve y así puedo abrir cualquier puerta que se encuentre por control remoto. Póngaselas.

Evelyn se las puso. Eran muy ligeras y las lentes eran de plástico vulgar y corriente. Kirsk pulsó un botón de su mesa y de la superficie se levantó un panel. Mostraba una imagen de lo que Evelyn estaba mirando, que resultó ser Laurie con una sonrisa burlona.

—Me gusta ese aspecto intelectual, sargento. Sólo he visto gente con gafas en las películas antiguas —le susurró Laurie a Evelyn.

El director pulsó otro botón y pasó la misma vista a la inmensa pantalla de la pared. Evelyn se volvió para mirar la pantalla, formando cientos de imágenes más pequeñas de lo mismo que se iban alejando hasta desaparecer.

—Mmm —dijo Evelyn, quitándose las gafas. Cuando dobló las patillas, la imagen desapareció. La gran pantalla volvió a las cumbres de los acantilados—. ¿Tiene otro par para mi compañera?

—Lo siento, sólo he recibido permiso para que entre usted en las zonas restringidas. La ingeniera Stevens tendrá que quedarse aquí o acompañar a Boris a las zonas no restringidas.

Evelyn le devolvió las gafas.

—Cuando decida aceptar todo lo que solicito, comuníquemelo. Dondo voy yo, va mi compañera. —Se volvió hacia Laurie—. Vamos, soldado, aquí estamos perdiendo el tiempo. —En la puerta, se volvió para mirar al director, que la miraba con ojos entornados y malévolos—. Tiene veinticuatro horas para hacer exactamente lo que pido o envío a buscar al resto de mi escuadrón. Créame, cuando registran un lugar, la cosa no es agradable. Le pediré a la directora Jefferson que retire todo el apoyo a sus instalaciones a partir de mañana a esta misma hora. Que tenga un buen día, director Kirsk —dijo, pronunciando su nombre como si fuese un insulto.

Laurie miró a Kirsk, esperándose algún tipo de respuesta, pero él no dijo nada. Salió de su despacho detrás de Evelyn y allí se encontraron con Boris.

—¿Ha ido todo como estaba planeado? —preguntó.

—No precisamente —dijo Evelyn con tono tenso, al tiempo que pasaba a su lado rumbo a la entrada principal y el vehículo que las estaba esperando.

—No ha querido colaborar, ¿verdad? —le preguntó él a Laurie.

—Eso podríamos decir.

—¿Qué van a hacer?

—No lo sé. Evelyn está un poco cabreada en este momento. Creo que los va a dejar a ustedes aislados y luego va a llamar a un escuadrón de gorilas para que pongan todo esto patas arriba.

—¿Puede hacer eso? —dijo asombrado.

—Creo que puede hacer casi cualquier cosa, ¿no le parece? —dijo Laurie.

—Parece... decidida.

—Efectivamente.

—Esto va a ser interesante. La sargento irresistible contra el director implacable —dijo pensativo.

—Creo que ha dado en el clavo —dijo Laurie, guiñándole un ojo al hombre, y luego echó a correr detrás de Evelyn, que ya había salido del edificio.


—¿De verdad vas a llamar a tu gente? —preguntó Laurie, cuando ya llevaban diez minutos en silencio y el único ruido era el zumbido grave de los motores eléctricos y el chirriar de dientes de Evelyn.

—¡Hijo de puta! —bufó Evelyn.

—Interesante respuesta.

—Quiere hacerse el duro, ¿eh? —masculló.

—Bonita vista, ¿verdad?

—A Christine más le vale apoyarme o me voy a cabrear de verdad. ¡Y entonces se van a enterar!

—La verdad es que yo prefiero los gatos. Nunca me he llevado bien con los perros. Demasiado exigentes. Demasiado pegajosos.

—¿Qué?

—Que si de verdad vas a dejar aislados a los científicos.

—Aah, sí. Quiere ver quién manda, pues se lo voy a tener que demostrar. ¿Acabas de decir algo sobre un perro?

—Yo no, ni lo he mencionado.

—Habría jurado...

—¿Crees que Christine hará de verdad lo que le pidas?

—No tiene elección —dijo Evelyn, muy convencida.

—Lamento aguarte la fiesta, sargento, pero estamos por lo menos a seis semanas de distancia de los refuerzos. Si Christine no quiere unirse a ti en tu campaña contra los científicos, la verdad es que no vas a poder hacer mucho al respecto, se me ocurre pensar. Y permíteme que te recuerde que Kirsk ha aceptado dejarte ir donde quieras. Sólo se oponía a que yo fuera contigo. No creo que eso sea causa suficiente para correr ya a los puestos de combate.

—¿De qué lado estás tú?

—Siempre duermo a la izquierda.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y si yo también duermo siempre a la izquierda?

—Pues ahí tenemos un problema.

—¿Y eso?

—Porque yo también soy implacable.

—Vaya. Implacable, ¿eh?

—En el momento crucial, sí.

—Ni voy a entrar en eso —dijo Evelyn, meneando la cabeza y sonriendo por primera vez desde que habían dejado la base científica.

—Vale, así que la Primera Guerra Europea ha sido evitada gracias a la oportuna intervención de una valerosa, pero extrañamente bella ingeniera. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó Laurie.

—Reagruparnos para planificar una operación clandestina.

—¿En esta reunión está incluida Christine?

—Más tarde, cuando tú y yo hayamos repasado todas las... posibilidades.

—¿Me estás pidiendo que salga contigo, sargento Bates? —preguntó Laurie, volviéndose para mirar a su compañera.

—Tal vez. Ponte algo negro.

—Ooh, qué sexy.

—Sí, si una máscara de esquí te parece sexy.

—¿Vamos a volver a la base científica en plena noche?

—Lo estoy considerando muy en serio.

—Permíteme que te recuerde que aquí tenemos un día que dura tres días y medio. No habrá oscuridad hasta dentro de... unas cuarenta horas —dijo Laurie, comprobando su pantalla de muñeca.

—Porras. ¿Qué tal algo blanco entonces?

—Bueno, hace un bonito contraste con mi piel morena, aunque me esté mal el decirlo.

Evelyn tragó saliva por la imagen que surgió en su mente sobre el tipo de prenda blanca que quedaría bien en contraste con la piel olivácea de Laurie.

—Creo que necesitamos hacer una pausa para comer y descansar un poco. ¿Qué dices?

—Digo que me parece lo mejor que has propuesto en la última media hora.

—¿De verdad no te gustan los perros? —preguntó Evelyn.


—Debe de ser difícil adaptarse a un día controlado de veinticuatro horas bajo tierra, cuando el día dura ochenta y cuatro horas en la superficie.

Laurie levantó la vista de la comida.

—La verdad es que no. Te acostumbras a cualquier cosa, con el tiempo.

—¿Cómo conservas el bronceado sin sol? —preguntó Evelyn, metiéndose un tenedor repleto de carne no identificada en la boca.

—Casi todo es natural. Las luces están diseñadas para imitar la luz del sol en la superficie de la Tierra.

—¿Así que te paseas desnuda? —dijo Evelyn, con una sonrisa.

—Por supuesto. Me sienta bien.

—Ya lo veo.

—¿Cuándo tienes intención de atacar el castillo de Kirsk? —preguntó Laurie, sin hacer caso del cumplido de Evelyn.

—Más adelante, cuando haya hablado con Christine y después de que las dos hayamos dormido un poco. Si no quieres venir conmigo, lo entiendo. Te jugarías el trabajo y no quiero que pase eso, si puedo evitarlo.

—No te preocupes por mí, somos compañeras, ¿no?

—Por supuesto.

—¿No le dijiste a Kirsk que donde tú vayas, voy yo?

—Efectivamente.

—Pues ya está —dijo Laurie con decisión.

—Esperaba que dijeras eso. Siempre viene bien tener refuerzos. Esto está horrible, por cierto —dijo asqueada, mirando lo que tenía en el tenedor con desconfianza.

Laurie suspiró y asintió.

—Como he dicho, te acostumbras a cualquier cosa, con el tiempo.

—No hay suficientes días en la semana —replicó Evelyn, meneando la cabeza.


Evelyn miró a su alrededor, petrificada. La habitación se estaba llenando de agua inexorablemente. La albañilería y el metal se desplomaban a su alrededor salpicándolo todo, empapándola. Notaba el frío que le atenazaba las piernas, pues el agua gélida ya le llegaba a los muslos.

Se pegó a la pared, temblando.

—Por favor, ayuda —gimió, susurrando apenas.

El agua seguía cayendo a chorros por los agujeros del techo y las grietas de las paredes.

—¡Socorro! —gritó, sorprendida por el volumen de su propia voz—. Por favor... ¡socorro! —chilló.

—Evelyn, aquí —la llamó una voz desde la puerta medio derruida.

—Laurie, ¿eres tú?

—Sí, nena, soy yo. Vamos, tenemos que salir de aquí, esto se está derrumbando a nuestro alrededor, no podemos quedarnos.

Evelyn intentó vadear hacia Laurie, pero no pudo moverse. Al mirar a través del agua transparente, vio una mano que la aferraba por el tobillo. La mano parecía hundida en el suelo.

—No... no puedo, tengo el pie atrapado —gritó.

—Suéltate, no nos queda mucho tiempo —gritó Laurie por encima del rugido del agua. A Evelyn ya le llegaba por la cintura.

—Por favor, tienes que ayudarme. Lo he intentado, pero no puedo soltarme el pie. —Tenía ganas de llorar, no de miedo, sino de frustración.

—Vale, voy a buscarte.

—¡NO! —vociferó Evelyn.

Laurie se detuvo.

—¿Por qué no?

—Tú también te quedarás atrapada. Moriremos las dos.

—No funciona así, Evelyn. Donde tú vas, voy yo, ¿recuerdas?

—Pero... pero no debes hacerlo, perderás tu trabajo. Te enviarán de vuelta a casa.

—Ya estoy en casa, Evelyn, estoy contigo.

—No, no lo comprendes, tienes que irte, tienes que salvarte —suplicó Evelyn.

—¿Por qué? —preguntó Laurie—. ¿Por qué tengo que salvarme?

—Porque si vienes hasta mí, morirás, ¿es que no te das cuenta?

—¿Y eso qué importa?

—Porque... porque te quiero —dijo Evelyn, sorprendida por su propia confesión.

—Pues moriremos juntas —dijo Laurie, saltando al agua y vadeando hacia ella. El suelo temblaba bajo ellas. Alargaron la mano la una hacia la otra, hasta que a sus dedos les faltaron pocos centímetros para lograr tocarse. Se oyó un fuerte rugido que subía vibrando y entonces el suelo cedió.

—¡NO! —Evelyn abrió los ojos de golpe, con el cuerpo estremecido. Se incorporó, jadeando, con la cara y los brazos relucientes de sudor.

—Otra vez la pesadilla —dijo Laurie, que se sentó a su lado y le pasó un fuerte brazo por los hombros.

—Ha sido... ha sido horrible. Esta vez ya no era una niña. Y... y tú decías que preferías morir antes que dejarme. —A Evelyn se le llenaron los ojos de lágrimas que cayeron libremente por sus mejillas.

—Aah, nena, vamos, ven con mamá —dijo Laurie, apoyándose a la alterada mujer en el hombro—. Ea, ea, tranquila, nena. Sólo era un sueño, ya estás a salvo. No dejaré que nadie le haga daño a mi nena.

—Me... me llamaste nena en el sueño —gimoteó Evelyn.

—Porque eres una nena pequeña y voy a tener que castigarte. —Laurie sujetó a Evelyn por las muñecas, obligándola a echarse boca abajo al tiempo que le acariciaba la espalda desnuda con una fusta—. Y las niñas que juegan con armas son las peores y a las que más hay que castigar.

—Por favor, no...

La alarma del dispositivo de muñeca de Evelyn sonó junto a la cama. Evelyn rodó de lado, soltándose los brazos de la sábana retorcida que la envolvía molestamente. Se inclinó y chasqueó los dedos por encima del dispositivo, silenciándolo. Volvió a echarse sobre la almohada y se quedó mirando el techo. Respiró hondo para calmarse, con la mente todavía atrapada en un torbellino de imágenes y sentimientos provocados por el sueño. Se frotó la cara con las manos, cerrando los ojos y concentrándose en la realidad del pequeño apartamento de visitantes.

—Caray —dijo en voz alta con un suspiro—. Qué cosa más rara.

—¿El qué es raro? —preguntó Laurie, incorporándose a su lado.

—He tenido un sueño rarís... ¡No! ¡Esto no está pasando! —Abrió los ojos. Se volvió y comprobó la hora. Le quedaba otra hora para reunirse con Laurie. Parpadeó rápidamente y palpó con cuidado el otro lado de la cama doble donde dormía. Estaba vacío. ¡Gracias a Dios!, pensó. Aunque por otro lado... Sonrió sin completar la idea—. Siempre podría soñar que estoy en la cama con personas peores —dijo en voz alta, riéndose por lo bajo.

—¿Por qué te ríes? —preguntó Laurie al salir del cuarto de baño, desnuda, secándose el largo pelo negro con una toalla amarilla brillante.

—¡Basta! —gritó Evelyn, cerrando los ojos y tratando desesperadamente de centrarse—. ¡Esto no está ocurriendo!

Abrió los ojos poco a poco. La habitación volvía a estar vacía, salvo por ella misma.

Alcanzó la pantalla de muñeca que había dejado en la mesilla de noche. Se la puso y pulsó unos botones.

—¿Doctor?

—Sí, sargento —contestó la voz medio dormida.

—Creo que me han drogado con algún tipo de psicotrópico. Estoy teniendo sueños raros y alucinaciones.

—¿Cómo sabe que yo no soy una alucinación?

—Buena pregunta, doctor. ¿Lo es? —preguntó ella con resignación.

—Bueno, a mí no me lo parece, pero nunca se sabe en estos casos. —Su risa cascada resonó por la habitación.

—Doctor, dígale a Laurie que venga a recogerme y me lleve con usted. No sé si puedo lograrlo yo sola.

—Claro, ¿pero no está justo a su lado?

Evelyn miró su dispositivo de muñeca, frunciendo los labios. Se volvió despacio. Laurie le sonreía, vestida tan sólo con medias blancas y bragas blancas de encaje.

—Oh, Dios, socorro —gimió Evelyn, dejándose caer de nuevo en la cama.


—Hola, doctor —dijo Laurie, entre cucharada y cucharada de cereales del desayuno. El médico se sentó frente a ella.

—¿No tienes una sargento bonita que comparta el desayuno contigo últimamente? —preguntó, sonriendo—. Tengo entendido que os estabais llevando muy bien.

Laurie frunció el ceño, deteniéndose con la cuchara en el aire.

—Tendría que haberme despertado anoche y luego íbamos a hacer algo juntas.

—Parece divertido.

—No, me refiero a que de verdad íbamos a hacer una cosa. Una cosa importante.

—¿Como qué?

—No puedo hablar de ello, pero era importante.

—Y no te ha despertado, ¿verdad?

—No, no me ha llamado.

—¿Has intentado llamarla tú?

—¡Claro que lo he intentado! —respondió bruscamente. El médico enarcó las cejas—. Perdone —dijo, con los hombros caídos—. Estoy preocupada por ella. No contesta a mis llamadas. Incluso he ido a llamar a su puerta, pero no ha contestado nadie y está cerrada con llave. Creo que es posible que haya ido a hacer lo que teníamos que hacer juntas, pero por su cuenta.

—¿Eso es malo?

—Podría ser terrible —replicó muy abatida.

—Pues será mejor que la busquemos, ¿no? No podemos dejar que mi ingeniera preferida esté tan mustia, ¿verdad?

—No puedo ir a buscarla. Si está bien, podría echar a perder lo que está haciendo. Si no está bien, no tardaremos en saberlo.

—Ésa no es la actitud que estoy acostumbrado a ver en ti, Laurie. ¿Qué te pasa de verdad?

—Estoy... estoy preocupada por ella —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. No logro pensar de lo preocupada que estoy.

—Venga, vamos a empezar por el principio y a seguir desde ahí —dijo él, levantándose y cogiéndola suavemente del brazo. Ella no se resistió cuando se la llevó hacia su despacho.


—¿Así que piensas que Evelyn se ha marchado en plan comando para husmear por la base científica?

—Sí —suspiró Laurie, derrumbada en una de las cómodas sillas del médico.

—Si lo ha hecho, estoy seguro de que está bien. Es soldado profesional, es más que capaz de cuidar de sí misma.

—Pero no tiene sentido. Anoche estuvimos hablando de ello durante la cena. Dijo que se alegraba de que fuera con ella, que quería el refuerzo. ¿Por qué iba a cambiar de idea e ir sola?

—No lo sé, la verdad. ¿Tal vez se lo pensó mejor y se dio cuenta de que sería demasiado peligroso para alguien sin preparación como tú?

—Sabe que soy capaz.

—Por supuesto, Laurie. Eso lo sabemos todos. ¿Y si... siente cariño por ti y no quería que corrieras un riesgo?

—No puedo quedarme aquí sentada sin saber nada, doctor, tengo que hacer algo.

—¿Les has preguntado a los de comunicaciones si pueden localizar su dispositivo de muñeca?

—Lo he pensado, pero no quiero que haya más gente de la necesaria implicada en esto. Además, es militar, llevará un control para desconectarlo si quiere permanecer oculta y no creo que no quiera.

—Tienes razón. ¿No puedes hacer algo con tu propio equipo, para ver si se la puede localizar?

—Supongo —dijo dubitativa.

—¿Lo puedes hacer desde mi terminal? —preguntó él.

—Necesitaría unas cuantas piezas y cosas extra —dijo pensativa, sonriendo por primera vez en ese día—. No se vaya, doctor, ahora mismo vuelvo. —Salió casi corriendo de la estancia, contenta de tener por fin algo positivo que hacer.

A los diez minutos ya estaba de vuelta, con un pequeño maletín metálico que dejó en el suelo detrás del terminal informático del médico. Soltó los cierres de la parte trasera de la mesa y apartó el panel, destapando los circuitos. Cogió un dispositivo de su maletín y se hundió dentro del terminal hasta los hombros.

—¿Es seguro hacer eso cuando está todo conectado? —preguntó él.

—Para usted en absoluto, pero para mí no es un problema —dijo, sacando el brazo y hurgando en el maletín para coger otro componente. Salió retrocediendo y se levantó—. Bueno, ya está. Ahora, si me permite —dijo, haciendo crujir los nudillos y agitando los dedos por encima de las teclas de su terminal. Se puso a escribir a una velocidad de vértigo, hasta el punto de que casi no se le veían las manos. Se detuvo un momento para examinar la pantalla con atención, sonrió y se puso a escribir de nuevo.

—¿No podrías hacerle las preguntas adecuadas, en lugar de tanta mecanografía anticuada?

—Para lo que estoy haciendo no, doctor. Esto tiene que ir muy disimulado.

—Ah, ya veo —dijo él, sin ver nada en absoluto.

—Hala, ahora podemos hacer unas cuantas cosas que antes no podíamos sin que nadie se entere y sin que quede el menor rastro —dijo, muy orgullosa.

—Pero qué lista eres —dijo él, sonriéndole.

—Sí —dijo, sin la menor muestra de falsa modestia u orgullo inflado.

—¿Y ahora qué?

Ella meneó las cejas.

—Estación científica. Localizar. Sargento Evelyn Bates.

El terminal pitó aceptando el comando.

Buscando... Sargento Evelyn Bates no se encuentra en base científica.

—¡Maldición!

El terminal no hizo caso del exabrupto de Laurie.

—Base minera. Localizar. Sargento Evelyn Bates.

El terminal pitó de nuevo.

Buscando... Sargento Evelyn Bates se encuentra en apartamento de visitantes treinta y siete, sección cinco, pasillo alfa.

Laurie frunció el ceño.

—Pero lo he comprobado. Llamé a la puerta y no contestó.

—¿A lo mejor tiene un sueño muy pesado?

—No, se despierta si oye caer un alfiler.

—Ah, ¿no me digas? —dijo él, sonriendo ampliamente.

Laurie se sonrojó.

—No es eso, doctor.

—No, claro que no. Bueno —carraspeó—, propongo que vayamos a su apartamento a ver qué encontramos.

—Sí, pero espere un momento —dijo ella, cerrando el maletín metálico—. Puede que necesitemos algo de esto.


Llamaron repetidamente a la puerta de Evelyn, pero no obtuvieron respuesta. Después de mirar a uno y otro lado del pasillo para comprobar que estaban solos, Laurie sacó un pequeño dispositivo de su maletín y lo pegó a la cerradura. Emitió un chasquido y le permitió abrir la puerta. Dentro, las luces estaban ajustadas a un nivel de oscuridad casi total.

—Luces —dijo Laurie. La habitación se inundó de luz, revelando una cama deshecha. Evelyn estaba acurrucada e inmóvil en el rincón opuesto de la estancia, con las rodillas recogidas bajo la barbilla, mirando al vacío.

Laurie cruzó corriendo la estancia, dejando caer su maletín.

—Evelyn, ¿qué te pasa? —Evelyn parpadeó despacio—. ¿No te puedes levantar?

—Levantar —repitió Evelyn y se puso de pie tambaleándose, sin dejar de mirar al frente con ojos vacíos.

Laurie retrocedió un poco, tragando saliva. Evelyn sujetaba su arma de cinto.

—Evelyn, ¿qué haces con la pistola?

Evelyn miró la pistola que tenía en la mano y frunció el ceño, como si la viera por primera vez.

—Deja la pistola, Evelyn, por favor —rogó Laurie.

—Yo... yo... —Evelyn apretó el puño, agarrando el arma con más fuerza—. No... no... p... puedo hacerlo —gruñó.

—Laurie, ten cuidado —advirtió el médico. Evelyn levantó la cabeza de golpe.

—¿Laurie?

—Sí, claro que soy yo, ¿no me reconoces?

Evelyn apuntó a Laurie con el arma y disparó.


PARTE 7


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