Capítulo 5



—¿Ha habido suerte? —preguntó Evelyn, colocando los pies en alto y dando un mordisco a un gran bocadillo. Habían vuelto de sus respectivas investigaciones y se habían reunido en el apartamento de Laurie.

—Qué va. La comadreja esa dijo que era el procedimiento estándar y que no sabía que había gente a tanta altura.

—¿Christine lo apoya?

—Totalmente.

—¿Crees que ahí pasa algo?

—¿Cómo, entre esos dos? Por Dios, Evelyn, que me quitas el apetito.

Evelyn se encogió de hombros.

—Encajaría muy bien. ¿Cómo ha llegado un tipo grimoso como ése a ser el segundo al mando?

—¿Crees que se ha acostado con todo el mundo para llegar a la cima?

—Claro, ¿por qué no? —replicó Evelyn, entre bocado y bocado.

—Yo creía que Christine tenía mejor gusto, para empezar. Y para continuar, hay unos veinte años de diferencia entre los dos.

—No te fijes tanto en la edad. Christine sigue siendo una mujer atractiva. Y a pesar de su personalidad, él es un chico guapo.

—La palabra clave aquí es “chico”.

—Lo que te pasa es que tienes celos. Christine ha conseguido un chico juguete y tú no —dijo Evelyn sonriendo con sorna.

—Primero, no quiero un chico juguete, ni un hombre juguete, ni siquiera una mujer juguete, ahora que lo pienso, y segundo, no tengo celos de Christine por nada.

—Oooh, te he tocado un punto sensible, ¿eh?

—No funciona, estoy viendo ese brillo de risa en tus ojos. Intentas darme cuerda, pero no voy a picar.

—Bonita mezcla de metáforas, soldado.

—Tal vez... pero tal vez me refería a una caña de pescar de relojería.

Evelyn sonrió ampliamente, obligando a Laurie a sonreír a su vez.

—Muy bueno. En fin, ¿quieres oír lo que he averiguado yo?

—¿Que los machetes hacen buenos iglús?

—No, ellos solos no.

—Cuenta de una vez.

—Está bien. Brenda fue a trabajar como siempre. Trabaja en uno de los equipos de ingenieros.

—Eso ya lo sabía.

—Ah, ¿pero sabías que su grupo fue ayer a la base científica para arreglar una cosa?

—No, eso no lo sabía.

—Curioso, ¿no te parece?

—Es posible. Por otro lado, creo que simplemente estás cabreada porque no te dejaron hurgar en algunos de sus secretos.

—No por mucho tiempo.

Laurie se puso a cantar.

—Veo una mala luna en lo alto, veo problemas en el camino...

—Cuando termines de darme la serenata, ¿se te ocurre alguna teoría?

—En una ocasión intenté definir mi propia teoría unificada.

—Ya, ¿y qué conclusión sacaste?

—Que no sabía tanto como me creía.

—Eso tiene que haber sido un duro golpe.

—¡Conmocionante, deja que te diga! ¿Tú sabías que hay tantas constantes interdependientes en el universo conocido tan perfectamente equilibradas que si alteras cualquiera de ellas en un mínimo porcentaje, los humanos no existirían en absoluto tal y como los conocemos?

—¿En serio? ¿Has conocido a muchos?

—Bastantes.

—Bien, la experiencia cuenta mucho para mí.

—Muy segura de que vas a conseguir propasarte conmigo, ¿eh? —dijo Laurie, sonriendo.

—Sí, está cantado. A las pibas les encanta el uniforme.

—¿No me digas?

—Ya lo creo —dijo Evelyn con una sonrisa muy ufana, al tiempo que se terminaba el bocadillo.

—¿Y si yo soy inmune al atractivo militar?

—Pues pasamos al plan dos.

—¿A saber?

—Si te lo dijera, podrías reforzar tus defensas. No conviene nunca revelar todo lo obtenido por los servicios de inteligencia.

—Tú pareces tener más que de sobra.

—Creía que tú eras el cerebro del equipo. Yo sólo soy la pistolera contratada, ¿recuerdas?

—Sí, pero tú tuviste el aplomo suficiente para reducir la fuerza antes de incapacitar a Brenda.

—Bonita forma de evitar la palabra “disparar”.

Laurie se encogió de hombros.

—Las armas me dan tal repelús que ni siquiera me gusta hablar de ellas.

—Te voy a contar un pequeño secreto. Y lo hago no para disgustarte, sino para demostrarte que, por encima de todo, siempre te diré la verdad. Nada más llegar, ajusté el arma a la descarga mínima de energía porque no quería encontrarme en una situación en la que el exceso pudiera llegar a ser un problema.

—¿El exceso?

—No quería que la munición atravesara el blanco y causara daños adicionales, ya fuese a otras personas o a la estructura de los edificios.

—Así que cuando disparaste, ¿ya sabías que era con el ajuste mínimo y no lo hiciste sólo por Brenda?

—Cuando disparé, sólo quería detenerla, ni me paré a pensar cuál era el ajuste de la pistola.

—Pero ya sabías que estaba al mínimo, lo has dicho tú misma —insistió Laurie.

—Sí, está bien, si así te sientes mejor —replicó Evelyn, agitando la mano para indicar que esa parte de la conversación había acabado—. Ahora, no sé tú, pero yo creo que tenemos que averiguar dónde fue Brenda dentro de la base científica y qué hizo allí.

—Y quién le hizo esas marcas y por qué —dijo Laurie, todavía un poco deprimida por lo que había reconocido Evelyn sobre el arma.

—Sí, eso también, aunque creo que probablemente está relacionado —añadió Evelyn.


—Deduzco que no le ha hecho mucha gracia —dijo Laurie, mientras conducían por la llanura de hielo hacia la base científica.

—No me ha parecido —sonrió Evelyn. Había ido a ver a Christine e insistido para que la directora le dijera al director científico en términos muy claros que Evelyn debía tener acceso pleno a todas las partes de la base científica, o si no se verían obligados a retirar todo su apoyo. Los científicos tendrían que cerrar su estación en menos de una semana sin ese respaldo. El director científico no estaba en absoluto contento con la situación, pero por fin acordó acompañarlas personalmente por su instalación.

—¿Qué estamos buscando, ahora que has ganado la guerra?

—Oh, esto sólo es la primera escaramuza, te lo aseguro. Intentará por todos los medios que no descubramos nada útil.

—¿Pero por qué? Seguro que él quiere ver detenidos a los asesinos tanto como los demás.

—Tal vez sí, tal vez no. Tal vez está implicado, o tal vez sabe quién lo está y lo está encubriendo. En cualquier caso, ahora es un asunto personal, ahora no quiere colaborar simplemente porque soy una intrusa y lo he obligado.

—¿No teníais un enfoque más diplomático en estos tiempos?

—Sí.

—¿Y?

—Y ahora lo voy a agarrar por las pelotas y a asegurarme de que los demás siguen el paso.

—Recuérdame que no vuelva a perturbarte.

—No vuelvas a perturbarme.

—Gracias por recordármelo.

—De nada, querida, de nada —dijo Evelyn con una sonrisa y en ese momento vio a través del parabrisas la entrada de la estación científica que se cernía por encima de ellas.


PARTE 6


Volver a Uberficción: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades