Capítulo 4



—Laurie —dijo Evelyn, sin el menor afecto. Se volvió hacia el médico—. ¿Qué tiene para mí, doctor?

—Tres cadáveres más —dijo él con tristeza.

—¿Causas de la muerte?

—Suki Yamata, muerte por pérdida de sangre debida a un traumatismo, a saber, un gran corte en el cuello y el hombro causado por un instrumento muy afilado. Lo mismo se aplica a Stanley Carver, brazo y pierna cortados casi de cuajo, murió al poco de sufrir el primer corte, porque varios vasos sanguíneos importantes fueron seccionados. El segundo corte en realidad no era necesario. La tercera, Brenda Pulsnic, murió de un grave traumatismo craneal, causado al caer de cabeza desde una gran altura. Pero creo que todo esto ya lo sabe. Usted ha sido testigo.

—Lo que no sé es por qué, aunque lo haya visto con mis propios ojos. Acabo de entrevistar a Steven, el marido de Brenda. Está tan desconcertado como todos nosotros —dijo Evelyn—. Creo que vendría bien que se pasara usted por su apartamento y le diera unos sedantes o hablara un poco con él, doctor —añadió.

—Sí, por supuesto. Ahora mismo voy. Estoy seguro de que ustedes tienen cosas de que hablar. Ah, Evelyn, le convendría examinar el cuerpo de Brenda, hay algunas cosas que puede que tengan algo que ver con su investigación. —Se quitó los guantes desechables, recogió su maletín médico, les deseó a las dos un buen día y se marchó.

Las dos mujeres se quedaron mirándose por encima del cadáver de la mesa de reconocimiento.

—Evelyn, tienes que comprender lo que siento con respecto a las armas... —Laurie se calló cuando la soldado levantó la mano y meneó la cabeza.

—Creo que eso es más que evidente —dijo Evelyn.

Laurie posó la vista en el suelo, sin saber qué decir a continuación.

—¿Quieres... quieres que deje la investigación? —dijo en voz baja, preparándose para la respuesta que estaba segura de que le iba a dar Evelyn.

—¿Es eso lo que quieres?

Laurie negó con la cabeza, incapaz de hablar por el nudo que tenía en la garganta. Se sentía como una niña a la que hubieran enviado al despacho de la directora. La rabia que había sentido por el uso que había hecho Evelyn de su arma de cinto había desaparecido hacía ya tiempo, sustituida por un profundo remordimiento y una sensación de revoltijo en el estómago.

—Yo tampoco, soldado —dijo Evelyn, con el primer amago de sonrisa bailándole en los labios.

Laurie miró a Evelyn, al oír que el afecto volvía a impregnar el tono de Evelyn. Se inclinó por encima de la mesa y abrazó a Evelyn.

—Oh, Dios, Evelyn, lo siento muchísimo. Me he estado volviendo loca desde que ha pasado todo esto. Primero porque creía que le habías metido un tiro sin más y eso no me parecía propio de la persona que pensaba que eras. Luego porque te he tratado fatal, encima de que conseguiste evitar que Brenda hiciera daño a nadie más, y ahora descubro que sólo la habías dejado sin sentido. Estoy hecha polvo y... y... qué rollo te estoy soltando, ¿no?

—Un poco —dijo una voz en sordina sepultada en su hombro.

Evelyn intentó apartar a Laurie delicadamente, pero se rindió al ver que no había forma de detener a la mujer más alta y más fuerte. Se dejó llevar por la corriente y le devolvió el abrazo, agradeciendo que su amistad estuviera de nuevo en el buen camino.

Laurie se echó a reír, llena de alivio. Su pelea la había afectado más de lo que creía posible.

—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó Evelyn, torciendo la cabeza para poder respirar.

—Estaba pensando en lo que pensaría alguien si entrara ahora y nos viera abrazadas encima de un cadáver.

—No tiene gracia, Laurie —dijo Evelyn, echándose a reír a su pesar.

Se separaron de golpe cuando la puerta del depósito se abrió de repente.

—Bueno, sargento Bates, no sólo no ha descubierto a un asesino, ¡sino que ha logrado duplicar el número de víctimas desde que ha llegado! —soltó Christine Jefferson, la directora de la base.

—Para ser justos, señ... Christine, yo no soy precisamente responsable de estas tres muertes.

—Pero no las ha evitado —ladró la directora.

—No, señora. —Evelyn se cuadró, mirando al frente—. Tendrá mi informe completo sobre su mesa por la mañana, señora.

—Tiene seis semanas, sargento. He pedido más ayuda. Eso es lo que tardarán en llegar aquí. ¿Queda entendido?

—Sí, señora, perfectamente.

La directora miró los tres cuerpos.

—Qué desastre, sargento, pero qué desastre. —Meneó la cabeza y salió iracunda de la sala.

—Eso no es justo —dijo Laurie, mirando ceñuda las puertas batientes.

—No, pero tiene toda la razón —suspiró Evelyn.

—¡Qué! No lo dirás en serio. Sal ahí y haz que se entere.

—No servirá de nada. Ya ha pedido más ayuda. Lo cual quiere decir, socia, que tenemos que ponernos las pilas y resolver esto antes de que lo hagan otros.

—Vale, sargento, tú mandas. ¿Y ahora qué?

—Examinamos a Brenda otra vez para buscar cualquier pista que se le pueda haber escapado al médico. Tiene que haber un motivo para que una mujer normal, sana y cuerda se dedique a masacrar a la gente con un machete, y quiero descubrir cuál es. Esperemos que eso nos ayude con los otros asesinatos.


Se encontraron con el médico justo cuando éste salía del apartamento de Brenda.

—Evelyn, Laurie —les dijo, sonriendo amablemente.

—Hola, doctor, ¿cómo está el paciente? —preguntó Evelyn.

—Todo lo bien que cabe esperar. Sigue en estado de shock, no creo que lo haya asimilado del todo aún.

—No todos los días ves a tu mujer asesinar a dos personas y matarse de una caída —dijo Laurie.

—No, supongo que no. —Miró sorprendido a la ingeniera. Normalmente no era tan impasible—. ¿Hay algo que no me están diciendo? —dijo, pasando la mirada de una mujer a otra.

—Digamos que tenemos que hacerle unas cuantas preguntas más al señor Pulsnic.

—¿Sí?

—Se lo contaremos cuando lo hayamos interrogado —dijo Evelyn, apartando con delicadeza al médico para entrar en el apartamento.

—Lo mantendré en el ajo, doctor, no se preocupe —susurró Laurie al pasar junto al médico y cerrar la puerta.

El apartamento no era grande, simplemente suficiente para que dos personas vivieran juntas siempre y cuando se llevaran muy bien y no les importara compartir las cosas. Un hombre estaba derrumbado en el pequeño sofá para dos personas de la estancia principal.

—Hemos pasado sin invitación, espero que no le importe, pero nos gustaría hacerle unas preguntas sobre su mujer —dijo Evelyn, sentándose frente al hombre. Éste la miró, enfocando la vista por primera vez desde que habían llegado.

—Ya he hablado con usted antes, ¿no? —dijo distraído. Se frotó la cara con la mano y suspiró—. Disculpen mis modales. ¿Les apetece beber algo o... algo?

—¿Le ha dado algo el médico? —preguntó Laurie.

—Pues... no sé muy bien. Puede que sí. Creo que ha hecho algo. —Se tocó el cuello, con el ceño fruncido.

—No importa, no se preocupe por eso, relájese e intente contestar nuestras preguntas, ¿de acuerdo?

—Claro —sonrió, afectado evidentemente por un tranquilizante.

—¿Su mujer y usted tenían una buena relación? —preguntó Evelyn.

—Sí, era estupenda. —Ahora sonrió de oreja a oreja.

—¿La golpeó usted recientemente?

—¿Qué?

—He dicho que si ató a su mujer y le dio una paliza.

—No... no lo entiendo —dijo, parpadeando y tratando de concentrarse en la mujer que hacía las preguntas.

—La sargento se refiere a que su mujer y usted tal vez tenían... ¿una vida sexual interesante? —dijo Laurie.

—Claro que teníamos una vida sexual interesante, estábamos casados —murmuró él, volviéndose hacia la otra mujer.

—Estar casados y tener una relación sadomasoquista no son dos cosas que vayan unidas necesariamente —dijo Evelyn.

—Oiga, ¿pero de qué va? Ya le he dicho que yo no pegaba a mi mujer. No lo haría nunca, era mi compañera, mi amiga, ¿por qué iba a pegarle?

—En realidad, no me lo ha dicho. ¿Está diciendo que nunca realizó actos de sadomasoquismo con su mujer?

—No, eso no es algo que nos haya apetecido nunca a ninguno de los dos.

—Entonces, ¿sabe si su mujer buscó ese tipo de relación en otra parte? —preguntó Evelyn.

—¡Claro que no!

—¿Claro que no, que usted no lo sabe, o claro que no, que ella no lo hizo?

—No lo hizo... ella no haría una cosa así.

—¿Está seguro?

—Pues... pues... —Miró confuso a su alrededor y por fin se fijó en Laurie.

—Tranquilo, Steven, la sargento tiene la obligación de hacer estas preguntas, no es nada personal por su parte —dijo Laurie, fulminando a Evelyn con la mirada al tiempo que apoyaba al afligido hombre contra su hombro, para consolarlo.

Él se desplomó, dejó caer la cabeza en el regazo de Laurie, se echó a llorar y al poco sollozaba desesperado.

—Mi... mi Brenda se ha ido —lloró. Poco a poco, el llanto cesó, sustituido por una respiración lenta y rítmica. Se había quedado dormido en su regazo. Laurie miró a su compañera en busca de ayuda.

—A mí no me mires, Florence, tú eres la que quería consolarlo —dijo Evelyn.

—¿Convencida de que no fue él quien le dejó esas marcas en la espalda?

—Ahora sí. Venga, vamos a meterlo en la cama y a dejarlo en paz. Cuando se despierte, no creo que recuerde nada de esto. Pensará que ha sido un sueño, o una pesadilla, según se mire —dijo, cogiendo al hombre dormido por los pies mientras Laurie lo levantaba sin esfuerzo por las axilas. Lo llevaron al dormitorio y lo acostaron, apagaron las luces y cerraron la puerta.

—¿No tendríamos que haberlo desnudado? —preguntó Laurie.

—Si quieres, adelante.

—¡Qué dices!

—¿Qué pasa, enfermerita, te estás achantando?

—Sigue así, sargento Bates, y tú y yo vamos a tener una charla ahí fuera.

—Hay cuarenta grados bajo cero ahí fuera. ¿No podemos solucionarlo dentro, donde al menos hace calor?

Laurie cerró la puerta de entrada al salir del apartamento.

—¿Tú siempre trabajas así?

—¿Cómo, te refieres a tener que aguantar a una sabelotodo de metro ochenta que de repente quiere pelea y un segundo después quiere desnudar a los testigos?

—No me refería a eso precisamente.

—¿No? ¿Y a qué te referías?

—Pues a que... jo, no sé a qué me refiero —dijo Laurie con irritación.

—¿Te referías a que no juego limpio? —Evelyn alzó la mano y le indicó a Laurie que aflojaran la velocidad a la que avanzaban por el pasillo mientras se alejaban del apartamento de los Pulsnic—. Laurie, soy soldado. He visto más muerte de la que nadie en su sano juicio querría ver. Estoy aquí para impedir que haya más si me es posible.

—Lo sé, Evelyn, es que a veces pareces tan agresiva, tan impasible, que me preocupa que nos... que nos... bah, olvídalo.

—Venga, dime qué estás pensando, Laurie. Sé que hay algo que te preocupa.

—Bueno, pues para empezar, estoy mal por lo que acaba de pasar.

—¿Por qué? Ninguna de las dos sabía entonces lo que sabemos ahora. O es el mejor actor de todo el sistema solar, o no es la persona que buscamos. Yo me inclino por la segunda opción en este momento.

—Ya sé que me moría por entrar ahí y obligarlo a confesar de un modo u otro, pero ahora me siento como... sucia.

—¿Piensas que no deberíamos habernos aprovechado de un viudo apenado y drogado?

—Sí, y me fastidia un poco que a ti no parezca importarte.

Evelyn se detuvo por completo. Alzó las manos y cogió la cara de Laurie, exigiendo que la mirara directamente a los ojos.

—Laurie, créeme, me importa. Lo que he hecho ha sido... desagradable, pero había que hacerlo. En algún lugar de esta luna hay un monstruo suelto y tenemos que detenerlo, matando o enjaulando a ese animal de algún modo. Me da más bien igual lo que tengamos que hacer para conseguirlo y me da igual quién se lleve la gloria. Sólo quiero detenerlo. Es mi misión y por eso estoy aquí. ¿Comprendes?

—Sí, sí... lo siento. Es que no estoy acostumbrada a tratar tan mal a la gente. Quiero que todo el mundo sea agradable.

—Yo también, Laurie, y por decir eso te has ganado un beso. —Se puso de puntillas y bajó a Laurie para acercársela. Sonrió y depositó un corto y casto beso en los labios de la ingeniera—. ¿Lo ves? También puedo ser agradable —dijo, soltando a su sorprendida compañera y echando a andar pasillo abajo antes de que Laurie pudiera responder.


—¿Por qué exactamente tenéis machetes en Europa? —preguntó Evelyn, mientras examinaba el arma que había usado Brenda.

—Porque como hay tanta jungla... —replicó Laurie, que también estaba examinando el arma.

—Ya, iba a comentar todo ese verdor de la superficie. —Pasó despacio el escáner multicolor por encima del machete, cambiando los colores con cada pase.

—En realidad no son para cortar lianas.

—Me sorprendes.

—No, son parte del equipo de emergencia de cada vehículo.

—¿Se necesita un machete?

—Es la mejor herramienta para cortar bloques de hielo.

—¿Me tomas el pelo?

—No, es cierto. Si te quedas atrapada fuera cuando hay una tormenta, y las hay de vez en cuando, porque los atmogeneradores llevan ya más de tres décadas creando atmósfera, hacerte un rompehielos o incluso un iglú es una buena manera de mantenerte con vida.

—No te imagino en un iglú. ¿Por qué no quedarse dentro del vehículo?

—Por una cuestión de aislamiento. Los vehículos funcionan estupendamente mientras tienen energía, pero cuando se acaba, se enfrían muchísimo, y muy deprisa. Cuando estaba en el colegio, fui la campeona de construcción de iglús durante tres años seguidos. Me llamaban Nell la Esquimal —dijo Laurie con orgullo.

—Ya veo que sabéis divertiros de lo lindo, y se dice inuit, por cierto.

—Ya lo sé, pero Nell la Inuit no suena bien.

Evelyn se irguió tras haber estado encorvada sobre la mesa de reconocimiento.

—Bueno, no veo nada raro en el machete, descontando la sangre, por supuesto. Las huellas de Brenda están en el machete, pero eso es todo, no hay elementos químicos, ni patógenos, ¡nada! —dijo irritada.

—Tendremos que investigar todo lo que hizo antes del partido —dijo Laurie.

—Sí, supongo que habrá que optar por la vía difícil.

—¿Por qué nos estamos concentrando en eso? ¿No deberíamos ocuparnos más de los primeros asesinatos?

—Ocurrieron hace semanas, todo lo que se podía hacer ya está hecho. El rastro se ha enfriado, literalmente —dijo sonriendo—. No, esto es lo que nos va a llevar al asesino.

—¿Cómo estás tan segura?

—No lo estoy, pero es mi opinión informada.

—O sea, pura suposición.

—Algo así.

—Bueno, ¿y ahora qué?

—Ahora vamos a averiguar qué hizo Brenda antes del partido y tú puedes ir a ver a Don Baboso para obtener su versión de por qué ordenó reconectar la gravedad.

—Porras, ¿por qué tengo que hacerlo yo? —se quejó Laurie.

—¿Aún quieres ese galón?

—¿En el brazo o en el culo?

—Oye, que no se te metan ideas raras en la cabeza por las actividades extramatrimoniales de Brenda.

—Líbreme Dios —dijo Laurie con el aire más angelical que pudo, batiendo las pestañas.


PARTE 5


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