Capítulo 3



—¡Pues vaya rollo! —dijo Evelyn exasperada.

—Sí, no había mucho que ver. O al menos, mucho que quisieran que viéramos —replicó Laurie, echada en el sofá de la oficina temporal de Evelyn. Habían visitado por encima la base científica y se habían marchado sin saber mucho más que al llegar.

—Aunque me gustaría dar una vuelta en una de esas naves de submarinismo.

—¿Sí? Creía que eras de esas personas convencidas de que quieren tener los pies en el suelo —dijo Laurie.

—Entrenamos un poco con los SEALS sobre técnicas de espionaje usando minisubmarinos y cosas así. Me pareció divertido.

—Así que nos colamos ahí dentro, tomamos “prestado” uno de sus submarinos y nos damos una vuelta. ¡Me gusta! ¿Cuándo vamos? —preguntó Laurie, con los ojos llenos de emoción ante la idea.

—Quieta ahí, loba. No he dicho nada de secuestrar submarinos. Si nos sumergimos, será con autorización oficial y por motivos válidos.

—¿Tales como?

—Que quiero conocer a ET.

—Eso no es un motivo válido.

—No, ¿eh?

—No.

—¿Tú crees que la directora nos recomendaría?

—Puede ser, pero no creo que tenga más enchufe con Kirsk que el resto de nosotros.

—¿Kirsk?

—El director científico.

—Ah. ¿Por qué nadie me ha mencionado su nombre hasta ahora?

—Nadie lo llama por su nombre, lo llaman DC.

—¿Director Científico?

—Correcto.

—¿Hay un señor o señora DC?

Laurie hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No creo. Estoy segura de que el bueno de DC está por encima de esas cosas. Creo que es un androide.

—¿En serio? —dijo Evelyn, con los ojos un poco desorbitados.

—Qué va, en realidad no, es que se comporta como si lo fuese —dijo Laurie, sonriendo.

Evelyn hizo una mueca por la capacidad que tenía Laurie de decir toda seria las cosas más disparatadas.

—¿Has descubierto ya alguna conexión entre las tres víctimas?

—No.

—¿Has buscado siquiera?

—Me duele que insinúes una cosa así.

—Y yo lamento profundamente tu dolor, pero no has contestado la pregunta.

Laurie miró a Evelyn ladeando la cabeza.

—He comprobado más de tres mil informes de trabajo correspondientes a Valeri Lutoshka, la primera víctima, y ni una sola vez coincidió con Sue Obukoo, la segunda víctima, ni con Michael Williams, la tercera víctima. Y tampoco he descubierto relación alguna entre estos dos.

—¿Nada? ¿Ni una sola conexión?

—Eso he dicho.

—Pues vamos a tener que ampliar los parámetros de la búsqueda para encontrar el eslabón perdido.

—Me gusta eso de “vamos” —dijo Laurie.

—Es una forma de hablar, soldado.

—Me lo tendría que haber imaginado —dijo Laurie, hundiendo los hombros con una dramática muestra de desesperación.

—Vale, vamos a repasar lo que sabemos —dijo Evelyn—. Tenemos tres cadáveres, dos de los cuales murieron al parecer de hipotermia y el tercero de... —Hizo una pausa mientras repasaba el informe del médico con el visor ocular—. Causas desconocidas, pero los elevadísimos niveles de adrenalina indican una profunda conmoción psicológica antes de morir.

—¿Murió de miedo? —preguntó Laurie, sin dar crédito.

—Compruébalo tú misma —dijo Evelyn, tocando su pantalla de muñeca. Laurie se incorporó mientras leía el informe.

—Caray, a mí Williams nunca me cayó muy bien, pero morirse de una sobredosis de adrenalina... ¡menudo subidón!

—¿Tú conocías a Williams?

—Claro, este sitio no es tan grande y conozco a casi todos los demás ingenieros.

—¿Así que los conocías a todos?

—Bueno, los conocía de nombre, pero no puedo decir que los conociera personalmente, ni siquiera bíblicamente —dijo con una sonrisa burlona.

—¿Aquí hay mucho de eso?

—¿Mucho de qué?

—Sexo intrascendente.

—Sólo puedo hablar por mí misma, pero cuando practico el sexo, jamás es intrascendente.

Evelyn tragó con fuerza ante la intensa mirada que le dirigió Laurie al hablar y su voz grave resonó por el alma de la soldado.

Apartó la mirada, respirando hondo para calmarse, y no vio la amplia sonrisa que también le dirigió Laurie.

—Bueno —dijo, volviéndose para mirar a la sonriente Laurie—. Ahora eres mi principal sospechosa, puesto que tienes algo que ver con los tres.

La sonrisa de Laurie desapareció de inmediato.

—¿Cómo que soy la principal sospechosa? —dijo indignada. Ahora fue Evelyn la que sonrió burlona—. Muy bueno, sargento, pero cuidado con quien te enfrentas.

—¿Eso es una amenaza, soldado?

—No, sólo un consejo amistoso —dijo Laurie con satisfacción.

—Lo tendré en cuenta. Así que, para resumir, tenemos tres cadáveres, ni una sola escena del crimen que valga un pimiento, ni una sola prueba de ningún tipo, ni testigos, ni motivos reales, ni un patrón, y si un desconocido o desconocidos no hubieran decidido ponerse creativos con los cuerpos después de su muerte, yo ni siquiera estaría aquí. Ah, y ningún sospechoso aparte de ti.

—Es un buen resumen, aunque que yo sepa, tú podrías haberte colado aquí hace unos meses, haber cometido tú misma esos crímenes y luego podrías haber fingido tu propia llegada y tu identidad. Así que eres tan sospechosa como lo somos todos, hermana.

—¿En serio? ¿Y qué motivo tenía?

—Que eras parte de un lío amoroso a cuatro bandas que salió mal.

—Me parece bastante traído por los pelos.

—Estas cosas funcionan así, los culpables siempre son los que menos probabilidades parecen tener.

—¿Ah, sí?

—Sí —dijo Laurie solemnemente.

—Oye, esto es genial. Puedo ir a la directora y decirle que lo tenemos casi solucionado. Sólo tengo que pedirle que mande buscar a un policía de verdad para que me detenga y luego nos podemos ir todos a casa.

—¿Podemos comer primero? Me muero de hambre —dijo Laurie con convicción.

—Bueno, está bien, pero nada de cosas raras.

—Oye, ¿por qué yo, no eras tú la asesina?

—Qué va, he decidido que es demasiado descabellado. Soy demasiado buena para hacer una cosa así y tú no eres lo bastante lista para haberlo planeado todo.

—¿Qué tal si se lo endilgamos a otro, entonces?

—¿A alguien en concreto?

—¿Qué te parece Furlow? —dijo Laurie.

—¿El ayudante grimoso de Christine?

—Ah, ya veo que lo conoces.

—Ya te digo. Vale, pues estamos de acuerdo, ahora comemos y planeamos su ruina. ¿Te parece un buen plan?

—Me parece una cita.

—Una cita, ¿eh?

—Podemos ir a pachas, Dutch.

—Te morías por soltar eso en algún momento, ¿verdad?

—Qué bien me conoces —dijo Laurie, sonriendo.

—Venga, soldado, vamos a comer y a intentar pensar qué hacemos ahora.


—¿Cómo ha ido? —preguntó Laurie, cuando Evelyn salió del despacho de la directora.

—¿Te refieres a qué le ha parecido a Christine nuestra total falta de éxito?

—Ah, así que ahora es “nuestra” investigación, ¿verdad?

—Hasta que consigamos algo, entonces volverá a ser mía.

—Cómo no. Los ingenieros nunca se llevan la gloria. Si no fuese por nosotros, nada de esto sería posible, lo sabes, ¿verdad?

—¿Has acabado de lloriquear?

—Sí.

—Bien, pues vamos a entrevistar a algunos de los compañeros de trabajo de las víctimas, a ver qué descubrimos.

—¿A todos?

—¿Es que tienes otros planes?

—Supongo que no, aunque podría enseñarte el Dexter.

—¿Quién es Dexter?

—La pregunta es qué es Dexter —dijo Laurie, sonriendo.

—Vale... “¿qué es Dexter?”, dijo ella, sin esperar una respuesta lógica de la principal sospechosa —dijo Evelyn.

—La tercera persona no te queda bien.

—Contesta la pregunta.

—Es un deporte que nos hemos inventado. Sólo se puede jugar con baja gravedad. Un día de estos tengo intención de escribirlo todo y formar un comité deportivo en condiciones. En todos los deportes hace falta un comité deportivo para impedir que la gente se desmadre en exceso.

Evelyn sacudió la cabeza y se frotó los ojos.

—¿Por qué todo es tan... difícil contigo? Hasta las conversaciones normales se ponen como surrealistas.

—Oye, comprendo que no quieras que te den una paliza en algo.

—¿Por qué se llama “Dexter”?

—Era uno de los que lo inventaron.

—¿Uno?

—Sí, bueno, supongo que también se podría haber llamado “Laurie”, pero luego pensé que todo el mundo se pondría en plan “¿Laur y quién?”, así que nos quedamos con “Dexter”.

—¿De modo que en medio de una investigación de asesinato quieres que lo dejemos todo y nos pongamos a jugar a un deporte que te has inventado?

—Claro, así podrías relajarte y eso te ayudaría a ver las cosas con más claridad.

—Tal vez en otro momento.

—Bueno, al menos ven a ver un partido. Esta noche hay uno entre GI3 y EM6.

—¿GI3?

—Ah, sí, disculpa, el Grupo de Ingenieros Tres se enfrenta a la Estación Meteorológica Seis.

—¿Va a haber mucho público? —preguntó Evelyn.

—Claro, toda la gente que quepa en el campo y que no esté trabajando.

—Podría ser una buena ocasión para descubrir nuevos sospechosos, bien sabe Dios que ya casi no tenemos ninguno decente.

—¡Así me gusta! Te recojo a las diecinueve treinta —dijo Laurie entusiasmada.

—Nuestra segunda cita, ¿eh? Siempre me han dicho que no está bien confraternizar con los escalafones inferiores —dijo Evelyn con una sonrisa malévola.

—Ya, ¿pero quién lo va a saber? Estás a más de tres UA de tu base.

—Cierto. Pero todavía tenemos que entrevistar a esos compañeros de trabajo. Tengo que enviar un informe a casa, cenar algo y luego iremos al partido.

—¡De acuerdo! —dijo Laurie con una sonrisa.


—¿Tenemos que atarnos para ver un partido? —preguntó Evelyn, mirando de hito en hito las correas que había en el suelo delante de cada asiento del campo.

—Lo lamentarás si no lo haces —replicó Laurie, sujetándose los pies con las bandas de apertura rápida—. Bajan la gravedad, tienen que desconectarla bastante lejos del perímetro para que esté igualada por toda la cancha. Si no te sujetas, la primera vez que saltes seguirás subiendo. Resulta un poco embarazoso que el público se meta flotando en el partido.

—Vuelve a explicarme las reglas —dijo Evelyn un poco enfurruñada, sujetándose los pies de mala gana.

—Son dos equipos de seis personas, cinco jugadores y un portero en cada lado. Los jugadores exteriores llevan raquetas incorporadas a los guantes. La idea es meter la pelota en las redes contrarias. Cada equipo tiene una red baja y una red alta. Se obtienen tres puntos por marcar un gol bajo y un punto por marcar un gol alto. No se puede sujetar la pelota en ningún momento, salvo el portero, que puede atraparla y sujetarla, pero sólo dentro de su propia área.

—Por ahora parece fútbol mezclado con tenis mezclado con baloncesto.

—Ah, sí, pero ahora viene lo bueno. La pelota lleva incorporado un sistema de inercia aleatoria. En cualquier momento puede cambiar de rumbo hasta noventa grados.

—¿Así que es un juego tanto de azar como de habilidad?

—Bueno, hasta cierto punto. Eso sólo quiere decir que los jugadores tienen que reaccionar mucho más deprisa de lo normal. Recuerda, se juega prácticamente con gravedad cero, por lo que los jugadores se pueden mover por todas partes en tres dimensiones.

—¿Eso de la pelota que toma sus propias decisiones es tu pequeña contribución al deporte?

—Supongo. La cosa la inventé yo prácticamente sola. Dexter sólo me hacía compañía y jugaba conmigo mientras yo iba creando las reglas.

—¿Dónde está ahora?

—Terminó su servicio y volvió a la Tierra.

—¿Hace cuánto?

—Oh, unos diez años o así.

—¿Te inventaste esto cuando todavía ibas al colegio?

—Sí, estaba casi siempre aburrida. Pensé que podríamos crear un deporte que aprovechara la baja gravedad, algo propio sólo de nosotros.

—Eres una auténtica... mm, madre fundadora, ¿verdad? —dijo Evelyn con una sonrisa.

—Sólo llevas aquí dos días y ya has descubierto mi plan secreto de convertir a Europa en un mundo independiente. ¡Libertad! —dijo con regocijo, saludando con el puño cerrado.

Evelyn meneó la cabeza.

—Nunca sé si hablas en serio o me tomas el pelo.

Laurie se giró de golpe, clavando la mirada en los ojos de Evelyn.

—Yo nunca te tomaría el pelo, Evelyn.

La soldado enarcó la ceja izquierda y en su boca se dibujó una sonrisa maliciosa.

La expresión intensa de Laurie se suavizó un poco.

—Bueno, vale, te tomo el pelo sin parar. ¡Pero! —dijo, alzando el dedo índice para recalcar lo que decía—. Nunca cuando es importante de verdad.

La otra ceja de Evelyn subió para reunirse con su compañera.

Laurie torció el gesto.

—Vale, me has pillado. Hago el payaso incluso cuando es importante. Pero es sólo porque... —Se calló, sin saber si debía continuar.

—¿Sólo porque...? —la instó Evelyn.

Laurie resopló y se encogió de hombros.

—Porque sé que sabes... cuándo importa de verdad. Tenemos... una conexión. —Hizo un esfuerzo, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Lo sé desde la primera vez que te vi en el depósito. En ese momento hubo algo que encajó en su sitio y que me faltaba de siempre. —No conseguía mirar a Evelyn a la cara, ahora que se le había escapado su secreto de una forma tan inesperada y tan fácil.

Notó la mano de la soldado en el hombro, tirando de ella para que se volviera. Seguía sin poder mirar a Evelyn directamente a la cara, convencida de que no iba a ver más que desconcierto o, peor aún, indignación.

—Si no quieres que te siga ayudando, lo comprendo...

—Yo también lo sentí —dijo Evelyn suavemente.

—O sea, ya sé que estar con alguien que está siempre haciendo el tonto y que encima va y te suelta esta chorrada de las almas gemelas cuando estás intentando resolver un asesinato y... ¿qué has dicho? —preguntó, mirando a Evelyn por primera vez.

—He dicho que yo también lo sentí, pero estabas demasiado ocupada despellejándote tú sola para oírme —dijo Evelyn, sonriendo dulcemente.

—Oh.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

Laurie abrió y cerró la boca varias veces, pero no le salió nada. Por fin dijo:

—¿Estás segura? O sea, te recuerdo a ese sueño tuyo y eso. ¿A lo mejor eso es lo que sentiste?

—No, mi mente se centró en esa salvadora de mi sueño a la que conozco desde que tenía doce años. Pero hubo algo más que encajó, aquí dentro —dijo, dándose un golpecito entre los pechos—. Tardé un poco en darme cuenta de lo que había pasado. No lo he comentado porque no sabía si a ti te había pasado lo mismo. Pensé que lo achacarías a una reacción provocada por mis sueños.

Ninguna de las dos dijo nada durante un rato, mientras asimilaban esta inesperada revelación.

—Fiuu, debo decir que las citas contigo son únicas —suspiró Laurie con fuerza, aliviada al no verse rechazada por Evelyn, como se había temido en secreto.

—Esto es lo último que me esperaba cuando me ordenaron venir a investigar un asesinato de tres al cuarto en el culo del universo.

—¡Ja! —dijo Laurie, saliendo de su atípico estado de inseguridad—. Mi malvado plan ha dado su fruto por fin. Yo maté a esos pobres desdichados para atraerte hasta aquí y... y...

—¿Propasarte vilmente conmigo?

—¡Sí! O sea, no, claro que no.

—Lástima.

—Bueno, vale, puedo ser flexible y modificar mis planes.

—¿Cómo sabías que me iban a enviar a mí?

—Sí, eso es un fallo, lo reconozco.

—Esto es sin lugar a dudas el cortejo más extraño del que he sido objeto en toda mi vida —dijo Evelyn, meneando la cabeza y sonriendo a su originalísima ayudante.

—Te confieso que había planeado una cena para dos a la luz de las velas en un restaurante caro para revelarte todo esto, pero un partido de Dexter, entre cientos de seguidores vociferantes, también funciona, creo yo —dijo Laurie—. Y por cierto, no deberías retorcer tanto la sintaxis de tus oraciones.

Evelyn sacudió la cabeza y se volvió para mirar el partido un momento.

—¿Quién va ganando? —preguntó.

—¿A quién le importa?

—A mí no.

—Cierto, ¿nos vamos? —replicó la ingeniera—. Tengo un vivo deseo de ahondar en esta naciente relación.

—¿Y perdernos el partido?

—¿De verdad quieres quedarte a verlo?

—No, sólo quería ver esa cara de cordero degollado que se te ha puesto —sonrió Evelyn, inclinándose para soltarse los pies. Apartó la mirada de sus zapatos cuando un inesperado silencio se abatió sobre el campo. Los jugadores giraban y se escabullían desesperados para intentar apartarse de una mujer que flotaba por el campo apuñalando con un machete a todo el que se le ponía a tiro. Dos de los jugadores ya estaban dando vueltas en el aire, hechos un ovillo y derramando rojos glóbulos de sangre en una grotesca espiral de muerte.

—Supongo que eso no forma parte de las reglas, ¿verdad? —dijo Evelyn muy seria, y se levantó y se lanzó al campo, sacando la pistola de la funda que llevaba al hombro.

—¡Evelyn, espera, no estás acostumbrada a la gravedad cero! —gritó Laurie, tirando frenética de las correas que le sujetaban los pies.

La mujer del machete vio que Evelyn se acercaba a ella y en su rostro apareció una sonrisa indolente al tiempo que se pasaba el arma a la otra mano, preparándose para hacer frente al ataque de Evelyn. El gentío prorrumpió en gritos y chillidos cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Laurie se apartó de su asiento, ladeándose para esquivar a uno de los jugadores que huían, desesperados por escapar de la loca del machete. Por mucho que lo intentara, Laurie sabía que no podía hacer nada: las leyes físicas se aseguraban de que hiciera lo que hiciese jamás lograría alcanzar a Evelyn a tiempo.

La mujer echó el machete hacia atrás y le lanzó una cuchillada descuidada a Evelyn, calculando el arco que trazaba la hoja para alcanzar a la soldado en la cara. Evelyn oyó el “¡No!” que gritó Laurie detrás de ella, pero no tenía tiempo de volverse. Agachó la cabeza en el último segundo y la hoja le pasó por encima, cortándole algunos pelos, que salieron despedidos dando vueltas con sus propias trayectorias. Alargó el brazo y se enganchó a la cintura de la mujer, lo cual hizo que las dos giraran juntas locamente. Evelyn perdió por completo el sentido de la orientación, lo único que sabía era que estaba sujeta a una loca con un machete que en cualquier momento la iba a cortar en filetes.

Alzó la pistola y disparó a la mujer a bocajarro en la sien. La mujer soltó el machete mientras seguían girando sin control. Sonó una sirena y algo se estrelló con ellas, lanzándolas dando vueltas en un ángulo distinto.

—Ya te tengo, Evelyn —dijo Laurie jadeante, agarrando el uniforme de la desorientada soldado—. Suéltala y prepárate para caer, que esto va a doler.

—¿Qué, por qué? —fue lo único que logró decir Evelyn antes de que una fuerza inmensa e invisible las precipitara hacia el suelo. Evelyn puso en práctica su entrenamiento militar, se hizo un ovillo y rodó con el impacto hasta acabar tumbada boca arriba, sin aliento, pero ilesa.

La innata capacidad atlética de Laurie la salvó de algo peor que unas cuantas contusiones y algunas articulaciones doloridas, pues aterrizó como un gato, absorbiendo la mayor parte de la fuerza de la caída.

Se acercó a trompicones hasta Evelyn, que estaba tirada boca arriba, contemplando fijamente el techo.

—¿Ves algo ahí arriba? —preguntó, inclinándose y alargando la mano, dispuesta a ayudar a Evelyn a levantarse.

—Algunos días está claro que merece la pena quedarse en la cama.

—Qué razón tienes —replicó Laurie, levantando a Evelyn de un tirón. La mujer yacía allí cerca en medio de un charco de sangre. En el otro extremo de la cancha, hechos un guiñapo en el suelo, estaban los cuerpos de los dos desdichados jugadores que había logrado matar antes de que Evelyn la detuviera.

—Creo que a alguien le ha entrado el pánico y ha apretado el botón de gravedad de emergencia —gimió Laurie, moviendo los hombros y estirando la espalda—. Tengo que ocuparme de instalar aquí un circuito de desconexión lenta para que la gente baje despacio.

—Lástima que no se te haya ocurrido antes —dijo Evelyn, frotándose el trasero y torciendo el cuello para quitarse las contracturas.

—No podías esperar, ¿eh? Tenías que hacerte la heroína y disparar a alguien —dijo Laurie, mirando a la mujer caída.

—Oye, alguien tenía que detenerla.

—¿Con eso? —dijo Laurie enfadada, señalando la pistola de Evelyn.

—Ha funcionado, ¿no?

—Oh, sí, ya lo creo que ha funcionado. Ahora no tenemos ni idea de por qué ha hecho esto.

—Escucha, todo ha ocurrido en menos de cinco segundos. He hecho lo que estoy entrenada para hacer —replicó Evelyn, enfadándose también.

—Bien, pues díselo a su marido, terminará su turno dentro de una hora más o menos —dijo Laurie y empezó a abrirse paso a través del gentío que se había congregado alrededor de las tres mujeres.

Evelyn corrió detrás de la mujer alta, la agarró del hombro y le dio la vuelta de un tirón.

—No me juzgues, Laurie. ¡Acabo de salvar vidas aquí dentro! —dijo, olvidando que todavía tenía el arma en la mano.

—Aparta esa cosa de mi cara y nunca, jamás, vuelvas a apuntarme con ella, ¡entendido! —dijo Laurie con gélida vehemencia y con dos ranuras iracundas como ojos. Se soltó de la mano de Evelyn y se alejó rápidamente, dejando a la soldado boquiabierta y desconcertada por el repentino y espantoso cambio de la situación.

Miró la pistola que tenía en la mano, como si la viera por primera vez. Su primer impulso fue tirarla con violencia contra la pared más cercana, pero en cambio respiró hondo, conectó el seguro y volvió a metérsela en la funda, dejándose llevar una vez más por su preparación.

Se abrió paso otra vez por entre el gentío.

—A ver, hagan sitio. ¿Alguien ha llamado al médico?


—Creo que le debes una disculpa a Evelyn, Laurie —dijo el médico. Estaban de pie a ambos lados del cuerpo, colocado sobre la mesa de reconocimiento—. Brenda ha muerto por una fractura de cráneo y hemorragia interna, no de un tiro en la cabeza. Mira —dijo, señalando la sien derecha de la muerta—. El proyectil ni siquiera le ha penetrado la piel. Le ha dejado un buen cardenal, pero nada más. Evelyn tuvo la presencia de ánimo de ajustar su arma al mínimo antes de disparar. Menuda intervención, debo añadir. He visto las repeticiones unas cuantas veces en el canal de noticias. Creo que hizo justamente lo que debía. Si no hubiera sido porque el idiota de Furlow ordenó restablecer la gravedad, Brenda seguiría viva y podría decirnos qué le pasó. Está muerta por la estupidez de Dave Furlow, no por Evelyn.

Laurie cerró los ojos y se los frotó con la mano.

—Oh, diablos —suspiró—. Es que con tanta sangre y el ruido de su pistola al disparar, pensé... que, bueno, que... ya sabe.

—A mí no me hace falta que me des explicaciones, Laurie, creo que se las deberías dar a otra persona —dijo él, poniéndole una mano reconfortante en el hombro.

—Lo sé, lo sé, pero no creo que quiera volver a hablar conmigo dado cómo la he tratado. Tengo que buscar una forma de pedirle disculpas.

—Bueno, pues como la tienes justo detrás, ahora es tan buen momento como cualquier otro.

Laurie se giró en redondo, pues no había oído entrar a nadie en el depósito.

—Evelyn —graznó.


PARTE 4


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