Capítulo 2



Laurie frunció el ceño levemente, con la mano todavía extendida. Cuando estaba a punto de retirarla, creyendo que la soldado no se la iba a estrechar, Evelyn salió de su trance y se cuadró, ejecutando un saludo perfecto.

—Sargento primera Evelyn Bates —logró decir la aturdida soldado. Bajó la mano para estrechar la de Laurie, pero la otra mujer había empezado a retirar la suya ante el inesperado saludo de Evelyn. Ruborizada, apartó la mano, justo en el momento en que Laurie volvía a alargar la suya.

—Mm, creo que voy a volver a empezar —sonrió Laurie, con voz grave y suave. Se volvió con elegancia y salió de la habitación, dejando a Evelyn colorada como un tomate y guiñando los ojos por la vergüenza.

La puerta se abrió y entró Laurie, toda sonriente.

—Sargento primera Bates, encantada de conocerla, he oído hablar mucho de usted —dijo, ofreciéndole la mano.

Esta vez, Evelyn se la estrechó.

—¿Sí? —graznó, con los ojos muy redondos al absorber lo que había dicho.

Laurie se echó hacia delante, acercándose mucho a ella.

—Era broma —sonrió—. Con la intención de hacer que se relajara. Pero no parece haber funcionado, ¿verdad?

Evelyn dijo que no con la cabeza, todavía incapaz de articular palabra.

—Evelyn —dijo Laurie.

—Sí.

—Ya me puede soltar la mano.

Evelyn soltó la mano de Laurie como si estuviera ardiendo.

—Tengo... tengo que irme —farfulló y pasó junto a la sorprendida ingeniera y salió a toda velocidad por la puerta.

Laurie se volvió hacia el médico.

—¿Ha pasado algo y no me he enterado? —preguntó.

Él se encogió de hombros.

—A mí no me mires. Está examinando los cuerpos y haciendo preguntas lógicas y un instante después se le funde el cerebro. Claro, que no la advertí de tu otra cualidad.

—¿Mi otra cualidad?

—Cerebro, fuerza y belleza —dijo él, con una enorme sonrisa contagiosa.

Laurie frunció el ceño.

—Pues sigo pensando que se me escapa algo —dijo, meneando la cabeza.


Evelyn bajó tropezando por el largo pasillo sin hacer caso de las miradas de los viandantes.

—¿Por qué aquí, por qué ahora? —gimió, apoyando la frente en el frío metal de la pared del pasillo.

—¿Está bien?

Se volvió de golpe cuando una mano delicada le tocó el hombro.

—Yo... yo...

—Creo que necesita una copa y sentarse —dijo Laurie, cogiendo a Evelyn del codo y llevándola hacia la cantina más cercana.

Evelyn bebió un sorbo agradecido de la bebida caliente que le había traído Laurie. El local estaba casi vacío, pues la mayoría de la gente estaba durmiendo o trabajando. Era demasiado temprano para que hubiera mucha socialización.

—Lo siento si la he asustado antes, sé que puedo resultar un poco imponente, pero de verdad que no soy así, es sólo producto de unos genes fuertes y unos padres altos.

—No, no es eso. Llevo en el ejército desde que tenía dieciocho años, ya debería ser capaz de enfrentarme a cosas así sin planteármelo siquiera.

—¿Entonces cuál es el problema?

—Le va a parecer... una tontería —dijo Evelyn suavemente.

—Pruebe.

Evelyn miró a Laurie y no vio nada más que preocupación en sus ojos. En esos ojos tan azules.

—Mm, lo siento, me he quedado mirándola. —Sacudió la cabeza y bebió un buen trago de té, agradeciendo la sensación de quemazón al tragárselo.

—Tranquila, no me importa que me mire —sonrió Laurie—. Si no quiere decírmelo, no importa.

—No, le debo una explicación. —Dejó la taza y tomó aliento—. Llevo toda la vida, que yo recuerde, teniendo un sueño recurrente en el que estoy atrapada en una habitación que se está llenando de agua. Soy otra vez una niña. Grito para que mis padres vengan a rescatarme, pero no viene nadie.

—Parece horrible —dijo Laurie, echándose hacia delante por instinto y tocando el dorso de la mano de Evelyn con compasión.

—Lo sería, pero eso no es lo raro. Mientras intento huir del agua que va subiendo, una mujer me llama. Me dice que tengo que ser valiente y que puedo hacerlo. Me dice que corra hasta ella. Me alarga los brazos, pero yo estoy demasiado asustada y no me puedo mover por el miedo.

—¿Y qué ocurre?

—El nivel del agua me llega a la cintura y ella me grita que vaya hacia ella, pero no puedo, de modo que se tira al agua, ajena al peligro que ella misma corre, y viene a recogerme.

—¿La rescata?

—No lo sé —dijo Evelyn muy apenada, sintiendo de nuevo el dolor de todos los años de miedo nocturno.

—No comprendo.

—Cuando nos dirigimos a la seguridad del otro lado de la habitación, el suelo se hunde y las dos nos caemos. Me despierto aterrorizada y cubierta de sudor.

—¿Se quedó atrapada en una inundación cuando era pequeña?

—No, eso es lo estúpido. Nunca he estado en esa situación y no sé quién es la mujer. Al menos hasta ahora.

—Deduzco que le recuerdo a ella.

—No —dijo Evelyn, moviendo la cabeza enfáticamente—. Usted no me recuerda a ella, usted es su vivo retrato. Verla a usted ha sido como si mi sueño hubiera cobrado vida.

Laurie se echo hacia atrás en la silla, bebiendo un sorbo de su propia taza por primera vez.

—No sé qué decir —dijo por fin.

—¿Qué puede decir? Aquí estamos, a millones de kilómetros de casa, y voy yo y le echo encima mis sueños retorcidos. —Sonrió por lo absurdo de la situación, aunque nada de todo aquello tenía mucha gracia.

—¿Por eso le... mm, dio un patatús cuando aparecí yo?

—Sí, normalmente no soy así.

Laurie se echó a reír. Evelyn levantó la mirada bruscamente, creyendo que Laurie se reía de ella.

—Lo siento, Evelyn, no me río de usted, es por una cosa que ha dicho el doctor. Pensaba que era mi... cómo dijo... ah, sí, mi cerebro, fuerza y belleza lo que le había provocado un cortocircuito. —Sonrió a Evelyn, con la esperanza de compartir la risa por esa idea.

—Es comprensible —sonrió a su vez Evelyn, hablando antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo. Se irguió inmediatamente en la silla—. Mm, eso no me ha salido como pretendía. No quería decir que es guapa... aunque no digo que no lo sea, claro, porque es evidente que lo es, es sólo que... —Acabó callándose al ver la cara sonriente de su acompañante. Volvió a cerrar los ojos y dejó caer la cabeza entre las manos—. Oh, Dios —gimió—. Qué ganas tengo de irme a casa. Luchar con traficantes de drogas en el sur es como un paseo por el parque comparado con esto. —Se sentía tonta y avergonzada por haberse venido abajo con tal facilidad delante de una desconocida.

—Oiga, ¿tan difícil es hablar conmigo?

—No, no, no es usted. Dios, si los de mi equipo me vieran ahora, no se lo podrían creer.

—Dura de pelar, ¿eh? —dijo Laurie sonriendo, al parecer capaz de leer a Evelyn como si fuese un libro abierto.

—Algo así. —Evelyn sonrió de mala gana.

—No se preocupe, sargento, su secreto está a salvo conmigo, y en cuanto al doctor, sólo piensa que es usted una mujeriega. No pasa nada.

Evelyn se levantó, sacudiéndose migas imaginarias de su uniforme de combate.

—Mire, ¿podemos empezar de nuevo y olvidarnos de lo que ha pasado? —preguntó, ofreciéndole la mano para que se la estrechara.

—Claro —dijo Laurie, levantándose ágilmente para estrecharle la mano a Evelyn—. Laurie Stevens, ingeniera, primera clase, ninguna especialidad. Encantada de conocerla. Y me olvidaré de todo ello, ¿si es lo que desea de verdad? —dijo, mirando a Evelyn directamente a los ojos.

—Creo... creo que lo mejor —dudó—, será que mantengamos una relación estrictamente profesional mientras me esté ocupando de este caso. Después, tal vez tenga tiempo de quedarme por aquí hasta que regrese mi transbordador.

—Vale, sargento primera Bates. Bueno, ¿qué quería preguntarme sobre los asesinatos?


Laurie le enseñó a Evelyn el punto de la tolva de desechos donde se había encontrado el tercer cuerpo. Estuvieron buscando algo inusual, pero como la tolva funcionaba continuamente, no lograron sacar nada en claro.

—Qué forma tan horrible de morir —comentó Evelyn, quitándose los guantes desechables de goma.

—Otros quince minutos y habría acabado mucho peor. El tanque se habría vaciado en la planta de reciclaje. Nos lo habríamos acabado comiendo —dijo Laurie con tono pragmático.

—¡Qué! —exclamó Evelyn.

—Claro. La planta separa todo lo orgánico de lo no orgánico y lo procesa todo de acuerdo con eso. La materia orgánica acaba como alimento para los animales de granja, sobre todo los cerdos.

—¿Hay cerdos en el espacio? —preguntó Evelyn.

—Los animales de granja siguen siendo el método más eficaz para convertir lo que no nos gusta comer en lo que sí nos gusta comer.

—La verdad es que nunca lo había pensado. Creía que sería... diferente de algún modo.

—No hay magia en Europa, como no la hay en la Tierra, Evie.

La sargento miró a su acompañante.

—No te importa que te llame Evie, ¿verdad? —preguntó Laurie.

—Si vas a usar un mote, preferiría “Dutch”, si no te importa.

—¿Dutch?

—Sí, Dutch.

—No sabía que eras europea, creía que eras americana de pura cepa.

—Y lo soy.

—¿Y entonces por qué Dutch?

—Es sólo un nombre estúpido que me pusieron hace años y me he acostumbrado a él. Eso es todo, nada de grandes misterios, nada de significados ocultos.

—Vale, vale —dijo Laurie, levantando las manos como si se rindiera.

—¿No deberías estar trabajando o algo así?

—Dentro de poco. Es que tenía la esperanza...

—¿Mmm?

Laurie no respondió. Miró al suelo, encogiéndose de hombros, como si no supiera muy bien qué decir.

—Suéltalo, Laurie, no puede ser tan malo.

—Bueno, es que tenía la esperanza de que a lo mejor podría ayudarte. Esto es lo más interesante que ha ocurrido aquí desde hace muchísimo tiempo. Y sé que estás sola, así que he pensado que podríamos, mm, bueno, pues...

—¿Trabajar juntas?

—Sí —dijo, mirando a Evelyn a los ojos por primera vez desde que había empezado esta conversación y dedicando a la sargento una de sus contagiosas sonrisas.

—Bueno —dijo Evelyn, haciendo todo lo posible por dar la impresión de que estaba pensando y barajando todas las opciones—. Supongo... que me vendría bien usar a alguien con conocimientos del lugar.

—¡Sí! —dijo Laurie, con los ojos iluminados de emoción. Levantó a Evelyn en brazos, ante su gran sorpresa, y dio vueltas con ella llena de alegría.

—¡Bájame, idiota grandullona! —dijo Evelyn riendo—. Jo, ahora sé por qué el doctor aprovecha tu fuerza. ¿De dónde has sacado estos músculos? —preguntó, estrujando los brazos de Laurie.

—Pues, mm, hago un poco de ejercicio.

—¿Un poco?

—Vale, mucho. Y además, subo un poco la gravedad cuando lo hago. Así se obtienen resultados mucho más deprisa.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Laurie?

—Quince años —dijo la mujer alta.

—¡Quince años! —exclamó Evelyn.

—Mis padres me trajeron cuando era pequeña. Supongo que me gustó. Cuando se volvieron, yo me quedé. Para entonces ya había terminado la universidad y me ofrecieron un puesto dentro del personal de ingeniería.

—¿No quieres volver a casa?

—Estoy en casa, Evelyn —dijo, sin el menor asomo de tristeza.

—¿No te van a echar de menos en el trabajo?

—Sin duda, soy indispensable.

—Y modesta, según veo.

—Oye, yo siempre digo la verdad.

—¿Siempre?

—Pues prácticamente.

—Así que no dejarán que te vayas.

—No pueden impedírmelo, me deben unos cinco años de permiso que jamás me he tomado.

—¿Nunca te has ido de vacaciones?

—No. Ya te lo he dicho, esto me gusta.

—¿Puedo confiar en ti? —preguntó Evelyn.

—Puedes confiarme la vida —dijo, sin el menor atisbo de ironía, falsa modestia o humor. Evelyn supo por instinto que Laurie decía la verdad.

—Me alegro de tenerte a bordo, soldado.

—¿Sólo soy soldado?

—En este ejército de mujeres te tienes que ganar los galones, como lo hice yo.

—No será muy difícil. ¿Por dónde empiezo? —dijo Laurie, sonriendo como una niña en el día de Navidad.


Evelyn salió del despacho de la directora, con la cara muy ceñuda.

—¿Lo ha aceptado? —le preguntó Laurie a Evelyn con aprensión. Estaba esperando fuera del despacho de la directora, donde había entrado Evelyn quince minutos antes.

—Ha querido saber por qué me parecía que necesitaba la ayuda de una ingeniera.

—¿Y qué le has dicho?

—Le he dicho que necesitaba a alguien que me sujetara la lupa.

—¿Y ella qué ha dicho, Sherlock?

—Ha dicho, “Claro, cómo no, ese pedazo de zoquete no sirve para mucho más”.

—¡No ha dicho tal cosa! —dijo Laurie indignada.

—¿Cómo lo sabes?

—Piensa que soy maravillosa.

—Eso piensa, ¿eh?

—Ya lo creo.

—No sé, pero yo diría que en estos momentos te has puesto algo chulita.

—No, por Dios.

—Bueno, ¿entonces no quieres sujetarme la lupa?

—Yo no he dicho eso.

—Vamos, larguirucha, que tenemos un crimen que resolver —dijo Evelyn, echando a andar por el pasillo.

—¿Yo también me puedo poner un uniforme sexy de combate?

—No.

—Mala persona.

—Ésa soy yo.

—Bueno, ¿y cuál es mi primer trabajo, sargento?

—¿Se te da bien el papeleo?

Laurie gimió.

—Ya sabía yo que me iba a caer todo el papeleo encima mientras tú te dedicas a buscar pistas y perseguir a los malos.

—Deja de lloriquear, soldado, y empieza a buscar cualquier tipo de relación entre las tres víctimas. Me da igual lo trivial o insignificante que sea esa relación, quiero saberlo.

—Puedo hacerlo mientras caminamos —dijo Laurie, bajándose el visor, que le tapó el ojo izquierdo—. ¿Dónde vamos?

—Vamos a ver a unos científicos en acción.


—¡Qué divertido! —dijo Evelyn mientras Laurie conducía el vehículo todoterreno de seis ruedas por la extensión de hielo que separaba las dos bases. Los cientos de pinchos que cubrían cada llanta gigante de esponja se clavaban en el hielo—. Lástima que no haya montículos ni baches para pasar por encima —se quejó.

—Una vez intenté esquiar detrás de uno de estos —comentó Laurie.

—¿En serio?

—Sí, pero su alteza intervino y lo prohibió —dijo con evidente pesadumbre.

—¿Por qué?

—Dijo que era demasiado peligroso. ¿Ves esas manchas amarillas debajo de la superficie?

—Sí.

—Pues están formadas por ácido sulfúrico concentrado, atrapado justo debajo de la superficie.

—Dios, ¿es seguro pasar por encima de ellas? —preguntó Evelyn, levantando por instinto los pies del suelo del vehículo.

—Tranquila, la plancha del suelo de esta monada está hecha de una aleación de titanio y molibdeno, recubierta de teflón inalterable. Podríamos navegar por un mar de esa sustancia sin que nos pasara nada.

—Aquí te sientes de verdad como en casa, ¿no? —dijo Evelyn, disfrutando del placer despreocupado que mostraba Laurie con tanta alegría mientras cruzaban la llanura de hielo—. Estoy esperando que en cualquier momento bajes la ventanilla y te pongas a silbar.

Laurie se echó a reír suavemente.

—Podría hacerlo si quisieras, salvo por dos cosas. En primer lugar, yo canto, no silbo, y en segundo lugar, el microclima es un poco escaso a esta distancia de las dos bases, así que si te apetece ver lo que se siente al intentar respirar en un vacío casi total, adelante, abre la ventanilla.

—Estoy empezando a entender por qué te encanta este sitio —rezongó Evelyn.

—¿Sí? ¿Y por qué?

—Porque es evidente que estás loca.

—Ja, y me lo dice una persona que se gana la vida cargando con un rifle y se pasa el día recibiendo tiros de gente a la que no le gusta cómo le queda el uniforme.

—Vale, no sigas.

Condujeron alrededor del perímetro de la base de investigaciones científicas siguiendo una ruta que adoptaba la forma de un trébol de cuatro hojas, al rodear cada una de las cuatro estaciones climatológicas, que despedían constantemente inmensas cantidades de oxígeno y nitrógeno, además de trazas de otros elementos químicos necesarios para crear una atmósfera respirable.

—¿Son automáticas o hay un ejército de personas corriendo sobre cintas para hacer que se muevan? —preguntó Evelyn, cuando rodearon la cuarta estación.

—Cintas, tu turno es de cuatro a ocho —contestó Laurie, completamente seria.

—Vale, pues despiértame cuando sea tu turno para que me suba a tu espalda y así puedes correr por las dos.

—Eso no me parece muy justo.

—El rango tiene sus privilegios —dijo Evelyn con una sonrisa burlona.

—Está bien. Pero eso quiere decir que si nos encontramos con algún monstruo de ojos saltones, recuerda que tú eres la que lleva pistola.

—¿Hay alguna posibilidad de que nos encontremos alguno?

—Nunca se sabe con lo que hacen estos tipos.

Evelyn frunció el ceño un momento mientras entraban en el garaje de vehículos situado en la parte delantera del complejo principal.

—¿Qué es lo que hacen aquí exactamente?

—Muchas cosas, pero su interés principal es encontrar alienígenas.

—Me tomas el pelo.

—No, pero te puedes relajar, lo más probable es que ET resulte ser una nueva forma de fango del lecho marino o, si tienen mucha suerte, algún tipo de gamba devoradora de ácidos o algo así.

—¿Así que no van a invadir la Tierra y robarnos a nuestros hombres?

—¡Ja! No caerá esa breva —dijo Laurie con desprecio al tiempo que salía del asiento del conductor y se dejaba caer a la superficie helada.

—He visto las películas antiguas. Si encuentro algo no humano devorando o babeando ácido, ese algo y yo vamos a tener un serio altercado, ¡eso te lo prometo! —dijo Evelyn, con firmeza.

—Que no te oigan decir algo así los batas blancas, llevan años intentando encontrar algo ahí abajo —dijo Laurie, señalando el suelo.

—¿Y ha habido suerte?

—No que yo sepa, pero claro, a los monos amaestrados sólo nos invitan a venir para que les arreglemos algo que han estropeado. Nunca me han pedido que les haga partícipes de mis inmensos conocimientos científicos.

—Ellos se lo pierden, sin duda.


Esperaron en recepción hasta que apareció un joven.

—Boris Zyenko —dijo, ofreciéndole la mano a Evelyn.

—Espero que en el futuro no nos tengan esperando tanto tiempo —replicó la sargento, irritada por la desconsideración con que habían sido tratadas. Laurie le había advertido de que los científicos formaban su propio universo y hacían prácticamente lo que les daba la gana. La directora de la explotación minera, Christine Jefferson, tenía muy poca autoridad sobre ellos—. Estoy aquí para investigar tres asesinatos en nombre de los gobiernos de la Alianza y las Américas. Basta una palabra mía y toda esta instalación puede quedar clausurada.

El joven se ruborizó y bajó la mirada al suelo.

—Lo siento, sargento Bates, yo sólo hago lo que me han dicho. Si quiere ver al director, seguro que saca tiempo para recibirla.

—Eso no será necesario... todavía —dijo Evelyn de mal humor, apenas apaciguada por las disculpas—. Por ahora sólo quiero hacerme una idea de cómo es este sitio, ver cómo funciona, cuáles son las actividades diarias. ¿Usted va a ser nuestro guía?

Él miró a Laurie, frunciendo el ceño ligeramente.

—¿La ingeniera Stevens nos va a acompañar?

—Sí, en el curso de mi investigación ella será mi ayudante. Debe contar con el mismo acceso sin trabas que yo misma debo tener.

—Tendré que comunicárselo al director, por supuesto, y obtener su aprobación. Normalmente no se permite al personal no autorizado deambular por la estación.

—No va a ser personal no autorizado y prácticamente siempre estará conmigo.

—Le advierto de que hay ciertas zonas a las que nadie tiene acceso.

—¿Nadie? —preguntó Evelyn, con curiosidad.

—Efectivamente, sólo el director autoriza el acceso.

—¿Y qué es tan secreto? —preguntó Laurie.

—No se lo puedo decir —replicó él.

—¿No puede o no quiere? —preguntó Evelyn.

—No puedo. Ni yo mismo sé qué se hace en esas zonas.

—¿Eso es... normal? —preguntó Laurie.

—¿Normal que yo no lo sepa o normal que existan?

—¡Las dos cosas! —dijeron las dos mujeres a la vez.

Sonrió como un chiquillo por primera vez desde que se habían presentado.

—Creo que es normal que yo no lo sepa, sólo soy un científico subalterno y me ocupo de investigaciones de muy bajo nivel. En cuanto a si es normal que existan zonas de acceso prohibido, cuando llegué aquí me dijeron que hiciera mi trabajo y me ocupara de mis propios asuntos. Hasta ahora me ha ido muy bien.

—Está bien. Hablaré de ese tema cuando conozca al mandamás en persona —dijo Evelyn, guiñándole un ojo a Laurie.

—La sargento quiere hacer una visita, no la hagamos esperar —sonrió Laurie. Él asintió y echó a andar, sin mirar atrás—. Una sabe que se está haciendo vieja cuando los científicos parecen tan jóvenes —dijo Laurie, inclinándose para susurrar al oído de Evelyn mientras seguían al joven.

—Eso es porque tú eres vieja y él acaba de dejar de usar pañales —susurró Evelyn a su vez.

—¡Descarada!

—¿Cómo dice? —dijo Boris.

—Nada, le comentaba una cosa a la jefa —dijo Laurie, sin dejar de sonreír hasta que el joven se volvió de nuevo.

—¿Qué es lo que hace usted exactamente, Boris? —preguntó Evelyn.

—Compruebo los microscopios que examinan los numerosos núcleos de hielo que sacamos. Compruebo de forma aleatoria que las IA lo hacen bien.

—¿No se comprueba todo a mano?

—Cielo santo, no —rió él—. Para eso necesitaríamos otros veinte mil pares de ojos. No, dejamos que los ordenadores busquen la mayoría de las cosas.

—¿Qué están buscando? —preguntó Laurie.

Él volvió a fruncir el ceño, dejando claro que prefería contestar las preguntas de Evelyn.

—Cualquier cosa que no nos esperamos encontrar —dijo, algo malhumorado.

—¿Y para eso hace falta derretir el hielo?

—Pues no, usamos perforadoras. Aunque creo que tienen barrenas calientes, por si se atascan.

—¿Y eso no sirve para, por ejemplo, derretir una franja estrecha de hielo y formar un agujero de dos metros de profundidad? —preguntó Evelyn como quien no quiere la cosa.

Él se detuvo.

—No, no me parece, ¿para qué se querría hacer una cosa así?

—Sólo preguntaba —dijo Evelyn con despreocupación y pasó a su lado, ante lo cual él buscó ayuda en Laurie, quien se limitó a contestar encogiéndose de hombros.


PARTE 3


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