Luna Mar

Mark Annetts



Descargos: No hacen falta, porque es todo invención mía... bueno, está bien, las dos protagonistas guardan un notable parecido con otra pareja de personajes bien conocidos propiedad posiblemente de Universal.
Esto ocurre en algún momento de un futuro más o menos cercano, en esta galaxia. Es una comedia dramática, aunque vosotros veréis hasta qué punto es dramática o cómica. Espero que os guste.
Me gustaría dar las gracias al Bards’ Village por haberlo mejorado con sus comentarios colectivos y a Stacia por demostrar una vez más que es la mejor correctora que existe.
Comentarios: m.annetts@rbgkew.org.uk
[Nota de Atalía: A una de las protagonistas la llaman “Dutch”, que quiere decir “holandesa” (en apariencia, porque en realidad es una forma abreviada de su apodo verdadero, que es “Duchess”, es decir, “duquesa”). Como es un apodo y es una palabra corta y sonora, he decidido dejarlo sin traducir, porque suena mejor, pero lo comento porque en la historia hablan en algún momento de ese apodo y de por qué se lo han puesto. También hay otro momento en que la otra protagonista le toma el pelo proponiéndole “ir a pachas”, es decir, pagar a partes iguales lo consumido, lo cual en inglés se dice “going Dutch”.]

Título original: Sea Moon. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Capítulo 1



La pálida luz del sol hacía que todo reluciera bajo el cielo semiopaco. Christine Jefferson no estaba nada contenta. De hecho, estaba totalmente deprimida. La producción había caído y los objetivos no se estaban cumpliendo en absoluto. Hasta los pacíficos llevaban retraso, lo cual era casi inaudito para ellos. Le hacían tanta falta unas vacaciones que le dolía todo. Y ahora esto.

—¿A que es lo más raro que has visto en tu vida? —preguntó Dave Furlow, su ayudante personal y principal solucionador de problemas, que estaba a su lado. Estaban fuera, en la superficie, que no era un sitio agradable donde estar. E iba a tardar en serlo por lo menos entre cincuenta y cien años más, en cualquier caso. La terraformación no era algo que nadie pudiera hacer con prisas. Ni siquiera los pacíficos con su apañada tecnología.

Miró el cuerpo, que colgaba a un lado de la entrada del túnel. Estaba desnudo y suspendido como si lo hubieran crucificado.

—¿Cómo se sujeta? —preguntó, con aire de resignada indiferencia.

—Creemos que lo han pegado ahí arriba con adhesivo de construcción. El que se seca al instante —añadió, casi innecesariamente. Con pensarlo un momento, cualquiera podía caer en la cuenta de que el adhesivo de secado lento no habría funcionado.

—¿Quién es?

El AP consultó la pantalla que llevaba en la muñeca.

—Un tal Valeri Lutoshka, obrero, no especializado.

—Bueno, al menos hay más como él —dijo ella, agradeciendo los pequeños favores que le ofrecía la situación—. ¿Tiene... mm, parientes o cónyuge a quien debamos avisar?

—No, según nuestros registros. Parece que estaba totalmente solo en este universo dejado de la mano de Dios.

Christine lo miró de soslayo.

—Ya veo que tú también necesitas vacaciones.

—Siempre —sonrió. Suspiraron a la vez. Ya era bastante difícil dirigir una explotación minera importante, pero hacerlo al mismo tiempo que se transformaba una luna en un espacio habitable para los seres humanos era una lucha continua de enormes proporciones. Y encima hacerlo a millones de kilómetros de distancia de cualquier tipo de refuerzo era algo que desgastaba el alma sin piedad.

—Creo que no sería posible imaginar una situación peor. Llevamos retraso en prácticamente todo y ahora nos encontramos con un lobo pérfido entre las ovejas. A partir de aquí, sólo puede ir a peor.

—Gracias por ser mi eterno optimista, Dave. Ya sabes cuánto aprecio tu ayuda siempre animosa.

—Un placer, Christine, como siempre —sonrió él y luego tosió ligeramente. Haciendo una mueca, volvió a ponerse la máscara y aspiró profundamente—. Creo que deberíamos volver dentro, ¿no te parece?

—Sí, ya he visto suficiente —dijo ella, tosiendo ligeramente a su vez como por reacción simpática—. Los americanos querrán enviar a alguien, lo sabes, ¿verdad?

—Por supuesto. Seguro que algún payaso cargado de pistolas.

—Les encantan sus armas, hay que reconocerlo.

—¿Cuánto tardarán, crees tú? —preguntó él.

—Si ya has dado parte, pues supongo que ahora mismo las cosas ya estarán en marcha.

—Dios, no me puedo creer que tengamos tan mala suerte —rezongó él.


—¡A mi despacho, Dutch, ahora mismo! —gritó el comandante de la base. Sus palabras reverberaron por el comedor, acallando el ruido y la charla habituales. Lo único que se oyó en la estancia fue el roce de una silla al arrastrarse por el suelo de madera. Todos los ojos se posaron en la mujer rubia que se levantó, se limpió la boca con una servilleta y la dejó caer sobre su bandeja de comida a medio consumir.

—Que alguien retire esto por mí, por favor —pidió, al tiempo que se apartaba de la silla y la empujaba debajo de la mesa.

—¿Quieres unas revistas viejas? —preguntó una de sus colegas.

La sargento primera Evelyn Bates se detuvo, con el ceño fruncido.

—¿Para qué iba a quererlas? —preguntó, desconcertada.

—Para metértelas por los pantalones, claro está —rió la mujer. El resto de la mesa se echó a reír con ella.

—Muy graciosa, Skip —replicó con tono cortante, pero sonriendo, para quitarle hierro a su tono.

—No parece muy contento contigo.

Evelyn se encogió de hombros.

—¿Cuándo está contento?

—Eso es cierto.

—Hasta luego —dijo, marchándose para reunirse con el comandante y descubrir qué había hecho mal en esta ocasión.


—Pero... pero esto es un trabajo para la policía, señor —dijo, molesta por el inesperado curso de los acontecimientos.

—Puede que sí, soldado, pero la NASA nos ha pedido que enviemos a un investigador y eso es lo que estoy haciendo.

—¿Esto es por lo que pasó en Lima... señor? —preguntó Evelyn, cuyos ojos verdes soltaban destellos de rabia.

—No tiene nada que ver con eso. Su experiencia en la policía militar la convierte en mi mejor opción.

—Con el debido respeto, señor, eso fue hace varios años.

Sin hacer caso de su comentario, él depositó un pequeño paquete de plástico en la mesa delante de ella.

—Ésas son sus órdenes, sargento primera, retírese.

—Permiso para hablar libremente, señor.

—Denegado —soltó él.

Ella se cuadró, saludó a la perfección, giró, salió del despacho y cerró la puerta, evitando por muy poco dar un portazo.

Él sonrió al oírla maldecir en voz alta, dando patadas a las sillas y a cualquier otro objeto que tuviera por delante.

—Buena suerte, Evelyn. Te va a hacer falta —dijo en voz baja.


Evelyn observó a las demás personas que estaban subiendo al transbordador. Eran en su mayoría mineros y científicos que emprendían el vuelo de cinco semanas de duración a Europa, la luna de Júpiter. Había dos paradas, primero en la estación espacial principal de la Tierra y luego en la estación espacial americana en órbita alrededor de Júpiter.

La esbelta nave con aspecto de avión supersónico los esperaba en la pista. Despegaba y aterrizaba como un avión convencional, pero subía hasta alcanzar el límite de la atmósfera, donde unos estatorreactores gigantes la liberaban de la atracción de la Tierra y la impulsaban al espacio. Entonces se reunía con la estación espacial, el vehículo de propiedad y gestión internacionales que se había llevado al espacio hacía más de un siglo. Desde que la Tierra había quedado dividida en sus tres agrupaciones políticas principales —las Américas, la Alianza Euroafricana y los Pacíficos— todavía se consideraba una empresa internacional. Aunque ahora cada uno de los tres estados era capaz de montar algo propio, preferían mantener la situación como estaba y dejar la estación espacial en órbita como símbolo de su continua alianza en el espacio.

Los pacíficos se concentraban en la terraformación, mientras que los aliados se dedicaban a la administración y el suministro de recursos, dejando que los americanos hicieran de transportistas, exploradores y principal fuerza del orden. Los tres cooperaban en el plano científico según fuese necesario. Los días del nacionalismo sin sentido habían terminado hacía mucho tiempo.

Tras una breve estancia en la estación, embarcarían en la nave de espacio profundo, con sus inmensos motores de iones, para el largo viaje a la estación espacial de Júpiter. La aceleración continua de la nave la llevaba hasta Júpiter en poco más de cinco semanas. Lo difícil era desacelerar una vez llegaba allí. Eso se lograba a base de apagar los motores iónicos, girar la nave ciento ochenta grados y volver a poner en marcha los motores iónicos durante el último tercio del viaje, esta vez para ir frenando.

Una rápida pasada por los niveles superiores de la atmósfera del gigante gaseoso se ocupaba del resto, lo cual les permitía maniobrar para atracar en la estación espacial de Júpiter. Desde allí, un breve salto en transbordador a la superficie de Europa era lo único que faltaba para llegar a sus puntos de destino. Los científicos se desperdigarían por las diversas estaciones de investigación, los ingenieros por sus inmensas plantas de creación de agua y Evelyn y los mineros por el centro minero de la Alianza y la pequeña ciudad que había surgido a su alrededor.

Evelyn dedicó las seis semanas a leer, ver películas y jugar con videojuegos, esforzándose por adaptarse al claustrofóbico entorno, a la franca hostilidad de los mineros y a la total indiferencia de los científicos y los ingenieros. Cuando quedó claro que nadie en toda la nave deseaba su compañía, renunció a seguir intentando hacer amigos y se resignó a una existencia solitaria, esperando y contando los días.


Se puso el uniforme de combate. La pequeña habitación que le habían dado no era la peor en la que había estado en su vida, pero le faltaba poco. Era evidente que escaseaba el espacio y como ella era algo con lo que no se contaba, tendría que aguantarse. Después de preguntar el camino, se presentó en el despacho de la directora, donde su ayudante la hizo pasar rápidamente.

—Se presenta la sargento primera Evelyn Bates de los Países Unidos de América, señora —recitó como saludo formal, totalmente erguida y mirando al frente.

Christine se reclinó en la silla y miró a la soldado que estaba rígidamente de pie ante su mesa.

—He pedido un detective de la policía, sargento primera Bates. ¿Por qué me han enviado un soldado?

—No puedo responder a eso, señora, yo sólo cumplo órdenes.

—Genial. Primero tenemos que encontrar a la persona que ha perpetrado estos crímenes, no simplemente buscarla y pegarle un tiro.

—¿Señora? —dijo Evelyn, mirando directamente a Christine por primera vez.

—Nada, es que... es que necesito vacaciones, nada más —dijo, frotándose la cara—. Gracias por venir tan rápido. Sé que el gobierno de los PUA se toma estos incidentes muy en serio.

—Así es, señora. Me ocuparé de que quienquiera que haya hecho esto sea apresado rápidamente para acabar con sus crímenes.

—Estoy segura de que lo hará, sargento primera. Pero si no le importa, creo que podría llamarme Christine. Señora suena tan...

—¿Militar?

—Mm, sí, eso es, justamente. Militar.

—Ésta va a ser una operación militar, señora.

—Sí, sí, por supuesto. Pero preferiría que me llamara Christine, si no le sirve de molestia.

—Como desee, seño... Christine —dijo, sonriendo por primera vez.

—Mucho mejor, Evelyn. No le importa que la llame Evelyn, ¿verdad?

—Puede llamarme como quiera, Christine. Estoy a su disposición.

Christine miró de verdad a la mujer soldado por primera vez. Mmmm, las personas de uniforme tienen algo especial, pensó, devolviéndole la sonrisa a Evelyn.

—¿Tiene algún tipo de experiencia con esta clase de trabajo? —preguntó.

—Sí, señora, estuve dieciocho meses con la policía militar —replicó Evelyn, volviendo a su postura marcial.

—Relájese, sargento primera, relájese. Ya verá que aquí no somos tan rígidos. Creo que descubrirá que se relaciona mejor con la gente si intenta relajarse un poco y tal vez también si no se pone el uniforme.

—¿Cree que eso es realmente necesario, seño... Christine?

—Bueno, seguro que usted conoce mejor estas cosas, pero es lo que le recomiendo.

—Lo tendré muy en cuenta, Christine.

—Mi ayudante la pondrá al día y le mostrará el lugar.

—Gracias, seño... Christine. Pero una cosa.

—¿Sí?

—Ha dicho incidentes.

—Sí, creo que sí, ¿no? ¿Y?

—Eso querría decir que ha habido más de un... hecho.

—Sí, así es. Seguro que Dave se lo cuenta todo. Ahora, si me disculpa, tengo que dirigir una explotación minera por valor de varios trillones de euros.

—Sí, señora —dijo Evelyn, cuadrándose con otro saludo perfecto, tras lo cual salió marcialmente del despacho de la directora.

Cuando la soldado se marchó, la directora se reclinó en su silla. Va a ser interesante, pensó.


—Hola, soy Dave —dijo el hombre, ofreciéndole la mano a Evelyn. Ésta saludó y luego aceptó su mano, estrechándosela con firmeza, lo cual lo convenció de que la preparación militar había dado a la joven una fuerza muy pronunciada que no casaba con su estatura ni con su aspecto. Aunque la verdad era que no podía saber cuál era el estado de su musculatura bajo el amplio uniforme militar.

—Sargento primera Evelyn Bates —replicó—. Tengo entendido que usted es quien puede contarme todo lo que necesito saber.

—Haré todo lo posible —dijo él, sonriendo con atractivo encanto. A Evelyn no le cayó muy bien de inmediato. Intentaba no hacer juicios rápidos sobre el carácter de las personas, pues estaba convencida de que era mejor conocer a una persona antes de decidir por dónde iban los tiros. Pero de vez en cuando alguien le causaba una impresión inmediata que, según había descubierto, rara vez tenía que reconsiderar. A veces era una impresión favorable, pero más a menudo, como en este caso, se llevaba una primera impresión mala que la afectaba con una fuerza casi física.

—¿Qué desea? —preguntó él.

Que me sueltes la mano, fue lo primero que pensó ella.

—¿Qué tal si me enseña unos planos de este sitio?

—¿Dónde estarían los militares sin sus planos? —dijo él, con su sonrisa empalagosa.

Si sigues sonriendo así, colega, ¡te voy a arrancar los dientes de un guantazo!

—Efectivamente —dijo, con una sonrisa fija. Oh, Dios, me quiero ir a casa, pensó malhumorada.

Él alzó el brazo y tocó la pantalla que llevaba en la muñeca. La pared lateral del despacho se iluminó con grandes fotografías aéreas de la base.

—Éste es el complejo principal —dijo, señalando el plano. Apareció un punto rojo donde estaba señalando—. Estas cuatro cosas son los generadores atmosféricos. Crean el microclima de la base. Permiten respirar durante breves períodos de tiempo en la superficie. También suben la temperatura a unos doscientos cincuenta grados Kelvin.

—Eso es un poco frío, ¿no? —preguntó Evelyn.

—Es una cuestión de equilibrio. No queremos tener que llevar trajes térmicos todo el tiempo, pero por otro lado, no queremos caminar por el fango.

—¿Qué espesor tiene aquí el hielo?

—Unos doce kilómetros.

—¿Tan profundo?

—Es más o menos la profundidad máxima. Pero aquí, en la base de los científicos —dijo, tocando la pantalla para alejar bastante la imagen y moviendo el punto rojo por encima del complejo—, pues les gusta trabajar con tan sólo tres o cuatro kilómetros de corteza de hielo. Así no tienen que perforar demasiado hondo y evitan caerse al hoyo —bromeó.

—¿Cómo se crea la gravedad artificial?

—Lo primero que hicieron fue incrustar una red de gravedad de dos kilómetros de diámetro a base de derretir el hielo hasta una profundidad de medio kilómetro. La red es lo que nos mantiene a todos pegados al suelo. Cada vez que se desconecta para el mantenimiento, es como caminar en una piscina. Al principio es divertido, pero luego ya cansa.

—Me imagino. Christine ha dicho que ha habido más incidentes.

Él la miró atentamente.

—Sí, sí, los ha habido. Le gusta ir directa al grano, ¿verdad? Y yo que me estaba animando como guía turístico.

—¿Otro día tal vez?

—Claro. Bueno, ¿qué quiere saber?

—¿Qué tal si me da un informe completo de todos los incidentes que ha habido hasta ahora?

—Aquí tiene —dijo él, entregándole un pequeño plástico oblongo. Ella lo metió en su pantalla de muñeca y se delizó la pequeña lente de su comunicador por encima del ojo izquierdo. Movió el ojo para activar la lectura y fue repasando el informe por encima, deteniéndose para mirar las fotografías tridimensionales de las tres víctimas. Dos hombres, una mujer. Todos desnudos, todos asesinados de una forma curiosa.

—¿Cómo suspendieron así a la víctima?

—¿Le importa? —dijo él, señalándose la muñeca.

—Por supuesto. —Tocó la pantalla de su muñeca cuando él bajó su propia lente, para ver lo que estaba viendo ella.

—Lo pegaron con adhesivo de construcción.

—Tiene que haber sido difícil bajarlo.

—No fue bonito.

—¿Quién lo hizo?

—Nuestro médico y una de sus enfermeras, que además usaron la fuerza de uno de los ingenieros, que tuvo que emplear cinceles y rascadores.

—¿Y la mujer?

—Tuvimos que derretir todo el hielo a su alrededor para sacarla. Fue muy complicado, con eso de que no queríamos quemar el cuerpo. Cuando la encontraron, sólo tenía los pies fuera del suelo.

—Habrá notado que ella también estaba como crucificada, sólo que boca abajo y enterrada en el hielo.

—Por supuesto.

—Pero el otro hombre no encaja con ese patrón.

—No. ¿A lo mejor algo interrumpió al asesino?

—Es posible. Tirar el cuerpo sin más en una tolva de desechos sí que parece algo... apresurado. ¿Conocemos la causa real de la muerte de todas las víctimas?

—Bueno, hasta donde puede llegar el médico. Recuerde que su trabajo es curar a la gente, no realizar investigaciones forenses elaboradas.

—Por supuesto. Así y todo, creo que me gustaría hablar con él. ¿Puede usted organizarlo? También me gustaría hablar con todas las personas que fueron las primeras en encontrar los cuerpos.

—No hay problema —dijo él.

—¿Qué se dice en general entre los trabajadores sobre todo esto?

—Por hora, no mucho. Están un poco alterados, pero tiene que recordar que esto es un poco como una ciudad fronteriza, con mentalidad fronteriza. La gente va mucho a lo suyo y sólo hace tiempo hasta que acabe su servicio para poder irse a casa y fundirse la paga.

—¿Y los científicos?

—Están en su propio mundo y seguro que algunos de ellos ni siquiera saben que aquí está pasando algo raro.

—¿Se relacionan mucho?

—No, ellos tienen sus propios entretenimientos en su zona, sin necesidad de venir aquí a incordiarnos.

—¿Y el personal de mantenimiento y los ingenieros?

Él se encogió de hombros.

—También tienden a ir a lo suyo.

—¿Entonces no hay muchas relaciones sociales fuera de horas de trabajo?

—Nada público, si es a lo que se refiere —dijo él, sonriéndole con aire lascivo.

—¿Conocía usted a alguna de las víctimas? —preguntó ella, sin hacer el menor caso del mensaje evidente de su comentario.

—¿Que si conocía a alguno de ellos? —Meneó la cabeza—. No eran más que obreros, ¿por qué iba a conocerlos? —Su expresión era de auténtico desconcierto.

—Me preguntaba cómo eran, con quién se relacionaban, qué costumbres tenían. Esas cosas.

—Está todo en el informe.

—Ya, es que quería hacerme una idea sobre ellos. Eso no siempre se saca de un informe escrito. Por cierto, ¿cuántas personas hay aquí?

—¿Contando a todo el mundo, científicos, mantenimiento, administración, a todos?

—Todos.

—Mmmm, pues... mm, más de mil, diría yo.

—¿Es que no lo sabe con certeza?

—Podría averiguarlo si de verdad quiere una lista de todo el mundo.

—Sí, me gustaría.

—¿Quiere ir arriba y ver las escenas de los crímenes ahora? —preguntó.

—Vale, pero no son necesariamente las escenas de los crímenes, sólo donde se encontraron los cuerpos.

—Cierto, cierto.

—¿Puede organizar las cosas para que me reúna con el médico después? Me gustaría ver los cuerpos.

—Veré qué puedo hacer.


—No hay mucho que ver, ¿eh? —dijo, mientras contemplaban el lado del túnel donde se había encontrado el primer cuerpo.

—No mucho —asintió ella—. ¿El personal de mantenimiento ya lo ha limpiado todo?

—Sí, no se nos ocurrió hasta después que podría haber alguien que quisiera verlo antes de limpiar.

—¿Alguien ha intentado investigar esto?

—Bueno, preguntamos un poco, pero nadie sabía nada, o al menos nadie quiso decir nada. —Se encogió de hombros.

—¿A nadie le importa que haya un depredador rondando libremente por ahí dentro? —dijo ella, señalando los edificios principales.

Él se encogió de hombros otra vez.

—La gente tiene cosas más importantes de las que preocuparse, como alcanzar las cuotas y hacer su trabajo. El trabajo policial se lo dejamos a gente como usted.

—¿Es que aquí no tienen ninguna clase de fuerza del orden?

—Nunca ha hecho falta hasta ahora.

Ella meneó la cabeza consternada.

—Qué forma tan estupenda de dirigir un planeta —dijo, lúgubremente.

—Luna —la corrigió él.

—Da igual —dijo, echando a andar con dificultad de vuelta a los edificios principales: ya estaba empezando a odiar el hielo con toda su alma. Esperó junto a la puerta principal a que él la alcanzara—. Aunque el cielo es interesante.

Él miró hacia arriba.

—Al cabo de un tiempo, te acostumbras. Bastante grande, ¿verdad?

—Los gigantes gaseosos lo suelen ser —replicó ella, con tono neutro. Júpiter se cernía inmenso por encima de ellos, una masa turbulenta de colores que parecía quince veces más grande que la luna de la Tierra.

—¿Quiere beber algo, o tal vez podemos ir a comer o algo así? —preguntó él, mientras se despojaban de sus abrigos para el exterior y sus pasamontañas.

—Dave, parece usted un tipo agradable —mintió ella—, pero estoy aquí por una única y exclusiva razón, que es atrapar a un asesino y luego salir pitando de aquí y regresar a mi unidad. ¿Está claro?

—Por supuesto, no pensará que le estaba tirando los tejos ni nada parecido, ¿verdad? —preguntó él. Evelyn notó que su labio empezaba a formar una mueca de desprecio, pero logró convertirlo en una débil sonrisa.

—No, sólo quería dejar las cosas claras desde el principio, nada más. Ahora que ya está todo aclarado, me gustaría ir a comer algo.

—Ay, lo siento, me acabo de acordar de que tengo una reunión importante a la que debo asistir. ¿Otro día, tal vez?

—Sí, claro —sonrió ella. Sí, seguro que tienes una reunión... ahora.


El médico sacó el primer cadáver del congelador con una bandeja corredera y apartó el sudario de plástico.

—Por lo que sé, todo el daño fue causado post mortem.

—Pues sí que estaba bien pegado —dijo ella, observando el cuerpo. Apartó la sábana por completo y levantó el cuerpo rígido para hacerlo caer boca abajo. Cayó con estruendo en la mesa de acero inoxidable y resbaló un poco.

A la mayor parte de la espalda, las nalgas, las piernas y los brazos le faltaba la capa normal de carne, lo cual dejaba expuestos los huesos, tejidos y vasos sanguíneos destrozados.

—¿Fue el frío, la falta de aire respirable u otra cosa lo que lo mató?

—No he conseguido encontrar nada en su sangre que indique algún veneno u otros agentes letales. Tampoco bacterias o virus que no debería haber. Por lo que sé, se quedó dormido y no volvió a despertarse. Me inclino más bien por muerte por hipotermia.

—Los niveles de drogas y alcohol eran normales, supongo.

—Supone correctamente.

—En fin, un misterio más. ¿Por qué alguien se dejaría pegar desnudo a un edificio a cuarenta grados bajo cero?

—A mí no me apetecería hacerlo —dijo él, sonriendo.

Evelyn le devolvió la sonrisa.

—A mí tampoco, doctor.

Sacaron el siguiente cuerpo del congelador. La mujer estaba en la treintena, sana y bien alimentada. Parecía estar durmiendo apaciblemente, aparte de alguna que otra lesión en los dos hombros.

—Tuvimos que romperlos por las articulaciones cuando la sacamos del hielo. Estaba totalmente congelada y para cuando conseguimos descongelarla, ya había empezado la rigidez. Me pareció una indignidad dejarla asomando a medias por el congelador.

—¿Cómo lo hizo, con un martillo?

—Santo cielo, no. Yo ya estoy muy viejo para hacer esfuerzos físicos. Algunos días desearía que desconectaran el campo gravitatorio para que todos pudiéramos ir flotando suavemente.

—Eso no les haría ningún bien a sus viejos huesos —dijo ella, sonriendo a este hombre tan simpático, que había decidido que le caía muy bien.

—No, pero sería divertido durante un tiempo —dijo, con una amplia sonrisa.

—Bueno, ¿quién bajó el cuerpo de la pared? —preguntó ella, retomando el hilo de la conversación antes de que él propusiera que se fueran flotando juntos a otro sitio, al ver el brillo risueño de sus ojos.

—Ah, pues Laurie. Ella pone el músculo cuando necesito hacer algo que requiere esfuerzo.

—¿Es su enfermera? —preguntó Evelyn, pues había visto a la enfermera al entrar y no le había parecido especialmente fuerte.

—Oh, no, es del personal de mantenimiento. Nos hemos hecho bastante amigos. Jugamos al ajedrez todos los viernes por la noche. Algún día hasta puede que la gane —dijo, riéndose suavemente para sí mismo.

—Cerebro y fuerza. Tengo que conocer a esta tal Laurie en algún momento, tengo que hacerle algunas preguntas.

—Bueno, pues como la tiene justo detrás, ahora es tan buen momento como cualquier otro, supongo.

Evelyn se giró en redondo, pues no había oído entrar a nadie en el depósito. Una mujer morena de un metro ochenta de estatura le ofreció la mano a Evelyn.

—Hola, soy Laurie, encantada de conocerla.

Evelyn oyó un “Hola” ahogado. Tardó un momento en darse cuenta de que procedía de ella misma.


PARTE 2


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