3



—¿Cómo te sientes ahora de verdad? —preguntó Nikki, comiendo un sándwich cogido de la gran bandeja que había traído un camarero a su camarote.

—Muy delicada... pero mejor —replicó Terri, que todavía se sentía demasiado frágil para compartir la comida con su amiga.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Nikki entre bocado y bocado.

—¿Tengo que hacerlo?

—No si no quieres.

Terri suspiró.

—¿Qué quieres saber?

—¿Cómo es que eres virgen a los treinta años?

Terri miró a Nikki, esperando ver señales de desprecio o burla, pero no había nada.

—Cuando era jovencita, adolescente, me enganché a la idea de esperar al hombre adecuado, esas cosas románticas. Soñaba con héroes y heroínas, con matar dragones, luchar contra maleantes, rescatar princesas, todas esas tonterías que te hacen creer de niña.

—¿Querías rescatar princesas?

—Sí, supongo que sí, pero en esos sueños me quedaba mirando, sonriendo mientras se la entregaba al príncipe que me había enviado a la misión.

—¿Siempre emprendías misiones?

—Sí, ya entonces quería ser soldado. Luchar por el bien contra el mal.

—¿Estás segura de que no quieres uno de estos? Están muy buenos —preguntó Nikki, ofreciéndole a Terri la bandeja de sándwiches.

—¿De qué son?

—Hay de todo, carne en lata, queso, gelatina.

—No, no me apetece, cómetelos tú.

—Todo eso sigue sin explicar lo de que seas virgen —dijo, dando un bocado a otro sándwich.

—Me entró la idea de que yo era la guerrera que llevaba a cabo los rescates, nunca la que era rescatada o la que devolvían a alguien. Durante el colegio y luego la universidad, nunca conecté con nadie que encajara con mi ideal de compañero. Y estaba segurísima de que no me iba a entregar a cualquiera. Cuando me alisté en el ejército, me dediqué de lleno a mi carrera. Todo el que se me acercaba salía rebotado tan lejos y tan deprisa que no lo volvía a intentar.

—¿No te sentías sola?

—Entonces no lo pensaba, lo único que deseaba con todas mis fuerzas era recibir una invitación.

—¿Una invitación?

—Para ir Hereford. Ésa era mi meta principal, no había nada más que me importara.

—No lo entiendo, ¿qué tiene que ver Hereford con todo esto? Es un lugar de Inglaterra, ¿no?

—Es el cuartel general del SAS.

—¿Y por qué lo deseabas tanto?

—¿No sabes lo que es el SAS? —preguntó Terri sorprendida.

Nikki se encogió de hombros.

—Una especie de escuadra antiterrorista o algo así.

—Algo así. Es la élite de la élite, la flor y nata del ejército británico o de cualquier otro.

—¿Como los Seals?

Terri resopló.

—Sí, más o menos, pero esos son bastante blandengues en comparación.

—Lo dirás en broma, he visto la película de Demi, son unos tíos durísimos.

Terri sonrió.

—Si tú lo dices.

—Bueno, ¿y por qué no entraste allí?

—Es sólo por invitación. Te tiene que recomendar el comandante de tu escuadrón para que se lo planteen siquiera.

—¿Y tu comandante no quiso hacerlo?

—Claro que sí. Me recomendaron seis veces a lo largo de los años, hasta que se dieron cuenta de que no iba a ser posible, así que dejaron de molestarse. La mayoría de la gente sólo necesita una segunda recomendación para conseguir una invitación, aunque casi todos fracasarían en la iniciación. Una recomendación la consigue menos de la mitad del uno por ciento. Yo conseguí seis. Sé que habría superado cualquier prueba que me hubieran querido poner.

—No me lo digas, ¿no eras del sexo adecuado?

—Supongo, nunca me lo dijeron.

—Qué asco, Farmer.

—Sí, ya lo creo. Y todavía me duele —dijo en voz baja, mirándose las manos.

—¿Por eso te marchaste?

—La verdad es que no, aunque sí que me ayudó a tomar la decisión.

—¿Entonces por qué te marchaste?

—¿De verdad quieres saberlo? No es agradable.

—Claro que quiero saberlo. Cuanto más sepa de ti, más deprisa alcanzará a mi alma el resto de mi ser.

—¿Tan segura estás de que has encontrado a tu alma gemela?

—Sí, ¿tú no?

—Pues... no lo sé, Nikki, para serte sincera. Todo esto ha sido de lo más inesperado y repentino.

—Lo sabrás, Farmer, pronto, te lo prometo.

—Eso espero. Confío en tu juicio: a fin de cuentas, me has elegido a mí, así que sé que tienes buen gusto. —Sonrió insegura a Nikki y Nikki le sonrió a su vez, contenta de ver que Terri iba recuperando despacio el sentido del humor.

—Bueno, ¿por qué te marchaste?

—Pues no hay mucho que contar. Maté a una persona. Es curioso, se podría pensar que al ejército le habría gustado una cosa así, pero no. En cambio, me pidieron que dimitiera.

—Jesús, Farmer, ¿qué hiciste? —preguntó Nikki, echándose hacia delante y cogiéndole la mano a Terri.

—Estaba en Sierra Leona con las fuerzas de pacificación de la ONU. Había un jefe militar nativo que se dedicaba a aterrorizar a las aldeas que nosotros debíamos proteger. Solicité permiso para neutralizarlo de una vez por todas, pero no había manera de que me lo dieran. Decían que nuestra misión no era involucrarnos en aquello.

—¿Eras comandante de primera línea? No sabía que permitieran ese tipo de cosas.

—Sí, éramos tan pocos que todo el mundo participaba, incluso nosotros, las tropas de apoyo.

—¿Qué ocurrió?

Terri suspiró de nuevo, con los ojos desenfocados al recordar el pasado.

—Un día aquel jefe militar decidió que en realidad nunca íbamos a hacer nada para detenerlo y se le ocurrió hacer algo especial para nosotros. Para demostrarnos quién tenía el poder de verdad. Pasó un camión junto al campamento con dos hombres en la parte de atrás. Se pusieron a burlarse y a gritarnos y luego a tirarnos cosas. Creímos que nos estaban atacando y nos refugiamos detrás de los sacos terreros. Algo rebotó encima y cayó a mis pies. —Se quedó callada mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla—. Maldita sea, me has echado a perder, Nikki. No lloré entonces, pero ahora no puedo evitarlo. —Se secó la mejilla con el dorso de la mano que tenía libre.

—Estoy aquí, Farmer. Creo que lo mejor es que lo sueltes todo ya. No es bueno guardarse las cosas dentro tanto tiempo.

—No sé si estoy de acuerdo... duele tanto que sólo quiero olvidarlo.

—Lo sé, Farmer, pero te prometo que de verdad que te sentirás mejor si lo compartes.

—Si tú lo dices —dijo Terri, sonriendo con tristeza—. Era la cabeza de una niña.

—Dios mío, Farmer —dijo Nikki, tapándose la boca con la mano, presa repentinamente de una oleada de calor y náuseas. El tono tan normal con que lo había dicho Terri no disminuía en absoluto el impacto de sus palabras.

—Había ordenado a sus hombres que recogieran a una docena de niños de las aldeas vecinas. Los cortaron en pedazos y luego pasaron con el camión tirándonos esos pedazos. —Se detuvo para secarse unas cuantas lágrimas más.

—¿Y tú lo mataste?

—No directamente —dijo Terri en voz baja.

Nikki tragó.

—Me da miedo preguntarlo.

—Ya te lo advertí.

—Sí, me lo advertiste, pero no tenía ni idea.

—La gente prefiere no saber. ¿Todavía crees que soy tu alma gemela?

—Por supuesto. No me importa lo que hayas hecho. Fuera lo que fuese, tenías un motivo de peso.

—Eso me digo yo a mí misma.

—¿Pero no estás convencida?

—¿Tú lo estarías?

—Pues... no lo sé, nunca he estado en esa situación, de lo cual me alegro.

—Reza para no estarlo jamás.

—¿Lo... torturaste?

—¡No! —Terri miró a Nikki, escandalizada de que pensara tal cosa—. Jesús, Nikki, sé que soy una bestia, pero no hasta ese extremo.

—Perdona, Farmer. Es que parecías tan avergonzada de lo que habías hecho que no sabía qué pensar.

—Cuando siguieron negándome el permiso para ocuparme de aquel tipo, incluso después del incidente de los niños, pedí voluntarios que me ayudaran a arrestarlo. Nadie quiso ayudarme, eran todos demasiado gallinas o demasiado rígidos. Por fin encontré a un par de comandos franceses que dijeron que me ayudarían. Menudo par de malas bestias que eran. Una noche nos colamos en la casa del jefe y lo raptamos. Encontré a uno de los hombres que iban en la parte de atrás del camión. Le corté el cuello mientras dormía.

Nikki se tragó la bilis y apartó la mirada, pero siguió agarrando con fuerza la mano de Terri.

—Dios, Farmer, lo dices como si hubieras abierto una lata de judías o algo así.

—¿Quieres que llore por ese pedazo de mierda?

—No... yo... sigue, Farmer, termina con esto de una vez.

Terri continuó, hablando de nuevo con voz monótona.

—Conseguimos esquivar a la mayoría de sus hombres, pero se nos acabó la suerte cuando nos topamos con una patrulla. Hubo un breve tiroteo y acabamos con todos ellos, pero hirieron a uno de los franceses. El otro se fue con su compañero para llevarlo de vuelta a su campamento. Nos quedamos solos el jefe y yo. Estaba atado con cables y no era difícil de manejar. Mi intención era llevarlo al campamento de la ONU para someterlo a juicio, pero luego me di cuenta de que lo más seguro era que soltaran a ese cabrón.

—¿Qué hiciste con él? —preguntó Nikki.

—Lo llevé ante los ancianos del pueblo. Pensé que ellos sabrían qué hacer con él.

—Sabías que lo ejecutarían.

—Pues sí.

—¿No pensaste que al menos merecía un juicio?

Terri miró a los ojos llenos de dolor de Nikki.

—Nikki, cariño, no pierdas nunca tu humanidad. Te puedo decir por experiencia propia que no es nada agradable. —Terri se secó otra lágrima errante que le caía por la mejilla.

—¿Cómo... cómo terminó todo? —susurró Nikki.

—Tendría que haber sabido que no iba a ser bonito. Lo ataron a una vieja silla de cocina con alambre de espino. Pensé que le cortarían la cabeza o algo así o que a lo mejor lo colgaban, pero antes de que me diera cuenta, alguien le puso el collar.

—¿El collar?

—Le pusieron un neumático lleno de gasolina alrededor del cuello y le prendieron fuego.

—Oh, Dios, Farmer, esto cada vez es peor. Creo que necesito un descanso. —Nikki se levantó toda temblorosa y fue al cuarto de baño. Terri oyó el agua correr, pero ningún otro ruido, de modo que al menos Nikki estaba consiguiendo conservar el almuerzo. Nikki salió del baño secándose la cara con una toalla. Cogió un vaso de Coca-Cola y bebió unos cuantos tragos.

—¿Qué hiciste? —dijo, sentándose de nuevo al lado de Terri.

—Hice lo único que podía hacer, saqué la pistola y le pegué dos tiros en la cabeza.

—¿Así que acabaste de juez, jurado y verdugo después de todo?

—Sí. Los aldeanos se pusieron furiosos. Por un momento pensé que la siguiente en ocupar la silla iba a ser yo, pero los ancianos los tranquilizaron y me dijeron que me fuera. Así que me fui, con el rabo entre las piernas, sin haber conseguido nada salvo que murieran unas cuantas personas más, incluido el comando francés que sólo estaba allí porque yo se lo había pedido. —Terri se levantó y se estiró, observando en silencio a una gaviota que flotaba en el aire al lado del barco. Cuando se alejó volando, se volvió de nuevo hacia Nikki—. ¿Quieres saber lo peor?

—No puedo creer que haya nada peor que lo que ya me has contado.

—Ah, es peor, Nikki, mucho peor. Habían tenido razón desde el principio. Al cabo de una semana ya había otro jefe militar que era aún peor que el que yo eliminé. Nada cambió, nada mejoró. Sólo conseguí agitar un poco los ánimos y de paso probablemente dejar desolada a una familia francesa. Qué demonios, para lo que sé seguro que aquel cabrón era una tapadera del MI6 o de la CIA. La había cagado de tal manera que no podía hacer otra cosa más que marcharme. Tuve suerte de que no me sometieran a un consejo de guerra y me enviaran a una cárcel militar.

—Creo que lo que hiciste fue horroroso, Farmer, pero lo hiciste por un motivo muy válido y fue un gesto muy noble en medio de una situación jodidísima —dijo Nikki, colocándose detrás de Terri, y rodeó la cintura de la otra mujer con los brazos y apoyó la cabeza en la ancha espalda de Terri.

—¿Sigues pensando que has encontrado a tu alma gemela? —preguntó Terri con abatimiento.

—Es un poco más oscura de lo que me imaginaba, pero sí, sí que lo pienso. Eres una mujer valiente, buena y cariñosa, dispuesta a someter tu lado oscuro a mi escrutinio sin pedir siquiera algún tipo de perdón. Una persona dispuesta a asumir la culpa con honor y dignidad. ¿Cómo podría no quererte?

—Mierda, Nikki, me vas a hacer llorar otra vez —dijo, dándose la vuelta y estrechando a Nikki en un abrazo muy necesitado.


—Les he pedido que vengan a mi camarote para hablar en privado de lo que ha ocurrido en la sala de bombas —dijo el capitán. Nikki y Terri estaban sentadas en el sofá frente al capitán, que estaba sentado en una gran butaca. Todos tenían tazas de té, que acababa de servir un atento camarero.

—Ya me preguntaba yo cuáles iban a ser las consecuencias —dijo Terri.

—Le pido que tenga en cuenta las repercusiones para una buena oficial, en caso de que desee poner este incidente en conocimiento de las autoridades o de su padre, señorita Takis.

—¿Eso es estrictamente legal? —preguntó Nikki.

El capitán sonrió levemente.

—Ésa podría ser una interpretación, señorita Takis.

—¿Es que hay otras? —preguntó Terri, dejando su taza, que no había tocado.

—Siempre hay alternativas, señorita Farmer. ¿Cómo se encuentra, por cierto?

—Todo lo bien que cabe esperar.

—Bien, bien, me alegro de oírlo. A lo que me refiero es a que la tercera oficial puede perder su empleo por un error de juicio momentáneo. Me parece una lástima para una oficial tan buena. —Bebió un trago de té, observándolas atentamente a las dos por encima del borde de la taza.

—¿Está diciendo que si no mencionamos el hecho de que casi me muero y que estoy aquí sólo gracias a la rápida acción y la habilidad de mi guardaespaldas, Martina no será despedida?

—Más o menos.

—¿No tendrá nada que ver con el hecho de que la responsabilidad recae sobre el capitán en tales circunstancias? —preguntó Terri.

Él sonrió de nuevo, aunque su sonrisa no tenía nada de cordial.

—Eso también es cierto, señorita Farmer. Pero lo estoy pidiendo por Martina, no por mí, como comprenderán.

—Oh, sí, lo comprendo —dijo Nikki, levantándose—. No se preocupe, capitán, ninguna de las dos dirá nada, ¿verdad, Farmer?

—Si eso es lo que quieres, Nikki.

—Eso es lo que quiero.

Nikki se echó atrás mientras Terri salía antes que ella por la puerta del camarote del capitán.

—Gracias por el té —dijo Terri al desaparecer por el pasillo.

—Una mujer extraordinaria —dijo el capitán, cuando Nikki se volvió para seguir a Terri.

—Ah, sí —dijo ella, sonriendo.


Nikki levantó la vista con cansancio de un manual que estaba intentando leer y que el jefe de máquinas había tenido el detalle de dejarle, cuando Terri entró por la puerta de su camarote.

—Algunos días, Nikki, este trabajo es un asco, otros días es peor —dijo, apoyando la cabeza en la jamba de la puerta.

—¿Qué pasa, Farmer?

—Que ya sé quién es el contrabandista.


10

—¿Cómo que ya sabes quién es el contrabandista? —quiso saber Nikki.

—Tiene gracia, la verdad —dijo Terri, distraída.

—¿El qué?

—Todo este tiempo he creído que esto no era más que un truco de tu padre para alejarte de Londres y enviarte a hacer un crucero. Nunca pensé que era un caso de verdad, como tal.

—¿De qué estás hablando, Farmer?

Terri se apartó del marco de la puerta donde había estado apoyada.

—Me refiero a que he sido una estúpida al intentar ser más lista que tu padre.

—¿Estás hablando en una especie de dialecto extraño del inglés? Porque no entiendo ni una palabra de lo que dices.

—Atracamos dentro de seis horas, ¿verdad?

—Sí —replicó Nikki despacio, sin saber dónde quería ir a parar Terri con esto.

—Pensé que sería un buen momento para devolverle la brújula a Martina, con una amable nota de "gracias, pero no, gracias". Pero no, eso habría sido demasiado fácil.

—Sigo sin entender nada.

—He ido a su habitación mientras ella estaba de guardia, ¿vale?

—Farmer, eso es horrible, ¿cómo puedes invadir su intimidad de esa manera?

—Ya, bueno, es mi trabajo, ¿sabes?

—Bueno, ¿y qué has descubierto? —dijo Nikki, echándose hacia delante y bajando la voz hasta hablar casi en un susurro.

Terri sonrió. Miró a su alrededor con aire teatral y luego encorvó los hombros y se agachó hasta quedar a la altura del hombro de Nikki.

—Creo que estamos a salvo de ojos indiscretos. —De forma impulsiva, sacó la lengua y le lamió la oreja a Nikki.

—¡Aaaaj, Farmer! —Nikki se echó hacia atrás, secándose frenética la oreja con la mano. Terri no pudo evitar echarse a reír por la expresión de asco de Nikki—. ¿Por qué has hecho eso?

Terri se encogió de hombros.

—No sé, porque quería, supongo.

La indignación de Nikki se evaporó al ver la expresión de arrepentimiento avergonzado de Terri.

—Eh, ven aquí —dijo, abriendo los brazos. Terri rodeó vacilante a la mujer más menuda con los brazos, sintiéndose de repente torpe y rígida.

—Venga ya, Farmer, tranqui, ¿quieres? Es que me has pillado por sorpresa.

Los hombros de Terri se relajaron un poco.

—¿De verdad que no estás enfadada conmigo?

—Qué va, me alegro de que estés tan cómoda conmigo. Dios sabe que me ha costado lo mío conseguir que llegues hasta aquí.

—¿Tan difícil soy? —preguntó Terri con tono inseguro. Desde la experimentación con los besos, Terri sentía una extraña dualidad hacia Nikki. Por un lado se sentía más cerca de la rubia que de cualquier otra persona desde su padre, pero por otro, Nikki todavía le daba un miedo horrible. Era una sensación muy enervante para una mujer que se enorgullecía de su control y su firmeza. Se preguntaba cómo era posible que quisiera al mismo tiempo huir y correr hacia una persona.

—Bueno, ¿qué pasa con la habitación de Martina? —preguntó Nikki, sin soltar a Terri.

—Fui a devolverle la brújula. Pensé que sería mejor esconderla para que no la encontrara hasta que nos hubiéramos ido. Busqué un lugar apropiado y entonces encontré un pequeño neceser cerrado con llave. Como soy muy curiosa, no pude evitarlo y tuve que ver qué era lo que tenía tan bien guardado cuando todo lo demás estaba abierto.

—No lo romperías, ¿verdad?

—No, claro que no, abrí el cierre con una ganzúa y volví a cerrarlo después de mirar.

—¿Y qué había?

—Al principio pensé que era una cosa privada y cuando estaba a punto de cerrarlo advertí el cordoncillo que colgaba del extremo.

—Me parece que no te sigo, Farmer. ¿Por qué hablas en plan adivinanza?

—Vale, retrocedamos. Creí que era un... ya sabes, una cosa que las mujeres... estooo... usan para darse placer.

Nikki notó el rubor que calentaba el cuello y las mejillas de Terri.

—Farmer, te estás poniendo colorada —dijo, sonriendo y echándose hacia atrás para mirar. Terri miró al suelo, incapaz de hacer frente a los ojos de Nikki.

—No es cierto —murmuró.

—Ya te dije una vez lo guapa que te pones cuando te sonrojas y lo decía en serio —dijo Nikki, tirando suavemente de la cara de Terri para mirarla. Se echó hacia delante y le dio un beso a Terri en la mejilla. Terri cerró los ojos y se relajó por completo entre los brazos de Nikki. Se quedaron así varios minutos, mientras cada una de ellas absorbía los sentimientos no expresados que flotaban entre las dos.

—Así que Martina tiene un juguete. Eso no es un crimen, Farmer.

—Hasta yo sé que eso no es raro, pero entonces vi el cordón. Lo cogí y lo agité. Había algo que sonaba por dentro.

—Tampoco eso es raro, yo he visto algunos que...

—Me hago la idea, Nikki, créeme, en serio —interrumpió Terri, sonrojándose aún más.

—Oh, Farmer, eres un encanto, lo sabes, ¿verdad?

—Si tú lo dices.

—Yo lo digo —dijo Nikki, besando la otra mejilla de Terri y trasladándose luego suavemente a los ojos, la nariz y por fin los labios. Terri gimió ligeramente por las caricias.

Se echó hacia atrás y abrió los ojos, parpadeando un poco llena de confusión.

—Esto... esto no me ayuda nada, Nikki. ¿Cómo vamos a resolver el caso si haces que me tiemblen las piernas y que me fibrile el corazón?

Nikki sonrió.

—Sólo tú dirías que te está fibrilando el corazón, Farmer. La mayoría de la gente normal diría que late o que palpita o que se estremece o que...

Terri puso dos dedos sobre los labios de Nikki, interrumpiéndola.

—Nunca he dicho que sea normal —susurró.

—No, no lo has dicho, y se me ocurre la palabra dicotomía. Ahora que lo he probado, no querría otra cosa —dijo Nikki, sonriendo.

Terri carraspeó y se apartó.

—Ya, bueno, volviendo al juguete de Martina. No es un juguete sexual de verdad, es un instrumento para pasar contrabando. Se abre por el medio. ¿A que no sabes lo que había dentro?

—Dios, Farmer, ¿qué me estás preguntando, cómo demonios voy a saberlo?

Terri enarcó una ceja.

—¿No eras tú la gran experta en estas cosas?

—¡Dime lo que había antes de que te lo saque a palos!

—Y yo que creía que te gustaba hacer el amor y no la guerra.

—Depende de las circunstancias —dijo Nikki, estrechando los ojos y echándole una falsa mirada fulminante.

—Diamantes —dijo Terri sin más.

—¿Diamantes?

—Diamantes —repitió Terri.

—¿Los mejores amigos de una chica?

—No del todo. Eran diamantes en bruto. Pero grandes. Yo diría que, mmm, por un valor de un millón de libras, así a ojo, una cosa así, tal vez incluso más.

—¿Cómo lo sabes?

—Son todos azules o rojos, los tipos más raros que se pueden encontrar.

—¿Cómo sabes todas estas cosas, Farmer?

Se encogió de hombros.

—Leo mucho.

—¿Cómo sabes que no son suyos?

—¿Tú trabajarías como oficial de cubierta de un petrolero si tuvieras algo así bailando en tu juguete?

—Supongo que no. ¿Y por qué los guarda... ahí? ¿Por qué no los saca cuando ya los ha pasado y los pone en un sitio seguro?

—Ése es un buen sitio para esconderlos si tu barco sufre una inspección de aduana.

—Farmer, no quiero ni pensarlo.

—Al menos ahora sé que el color de pelo de Martina es natural —dijo Terri, sonriendo.

—No lo entiendo.

—¿A que no sabes con qué se confunde el color del cordón?

—Aaaaj, qué asquerosidad —dijo Nikki, arrugando la cara.

—Podría haber sido peor. ¿Y si Martina hubiera sido un hombre? ¿Te has leído el libro Papillon?

—Oh, por favor, tenías que recordármelo, ¿verdad? —gimió Nikki. Terri sonrió con regocijo.


—¿Cuál es el plan? —preguntó Nikki, mientras contemplaban la cubierta. El barco había atracado a primera hora de la mañana y ahora estaba descargando mediante unas grúas gigantes conectadas al muelle.

—Nos vamos a hacer una excursión por Marsella, pero en realidad damos la vuelta y seguimos a Martina, para ver dónde va y con quién se reúne.

—¿Cómo vamos a hacerlo?

Terri le mostró un pequeño radiorreceptor con un cable fino sujeto a un auricular.

—Es un receptor, podremos seguirle el rastro con él.

—¿Va a ponerse a cantar en la radio?

—No exactamente, he puesto un micro en su juguete de contrabandista.

—¿Le has pinchado el consolador? —preguntó Nikki sin dar crédito.

—Claro, no quiero perder el rastro de los diamantes, ¿no?

—Farmer, nunca dejas de sorprenderme —dijo Nikki, meneando la cabeza. Terri se limitó a sonreír burlona.

—Será mejor que busquemos un taxi y esperemos. El transmisor sólo tiene un radio de un kilómetro y medio más o menos, aunque la batería es de litio y debe durar un par de meses.

—Adelante, Jane Bond, vamos a atrapar a unos contrabandistas.


El taxista guardaba silencio mientras la mujer extraña movía despacio el dispositivo electrónico de un lado a otro delante de ella. Estaba sentada a su lado en el asiento del pasajero. Un buen fajo de francos había comprado una buena cantidad de tolerancia.

—Está girando a la derecha —masculló Terri en inglés—. Gire aquí —dijo en francés, indicando con la mano el sitio por donde debía ir el taxista. Nikki iba sentada detrás, observando por encima del hombro de Terri. Tenía el estómago encogido de preocupación y excitación. Caray, esto es mucho mejor que ganarse la vida diseñando barcos, pensó. Estoy haciendo esto de verdad, persiguiendo a una banda de contrabandistas por las calles de Marsella, ¡me parece mentira!

—¿Te diviertes ahí detrás? —preguntó Terri.

—Oh, sí —replicó ella con una enorme sonrisa.

—Supongo que no te quedarás en el coche, ¿verdad?

—¿Ves algún cerdo volando?

—Ya, bueno, pues no te pongas muy chula porque esto podría ponerse muy desagradable, muy deprisa. Prométeme que harás lo que yo te diga, cuando yo te diga y sin discutir, Nikki.

—Sí, mamá.

—Tuerza por la próxima a la izquierda y luego échese a un lado y pare —dijo Terri en francés. El taxista hizo lo que se le decía—. Parece que ha dejado de moverse.

—¿Quiere que me quede a esperar? —preguntó el taxista con una sonrisa. Se estaba divirtiendo bastante más de lo que debería, pensó Terri.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Nikki, echándose hacia delante y susurrando al oído derecho de Terri.

—Quiere saber tu número de teléfono —le contestó Terri susurrando exageradamente.

—No es cierto —dijo Nikki, dándole una palmada a Terri en el hombro—. ¿O sí? —preguntó tras una pausa, con los ojos algo desorbitados mientras echaba una mirada de reojo al hombre.

Non —dijo el taxista, sonriendo a Terri y luego a Nikki.

—¿Habla inglés?

—Un poco —dijo él, encogiéndose de hombros.

—¿Pero no lo suficiente como para hablarlo si se encuentra con un turista? —preguntó Terri con ironía. Él sonrió aún más.

—No es necesario, usted habla mi idioma muy bien —dijo, volviendo al francés—. ¿Me daría el número de teléfono de la joven si se lo pidiera?

Terri se volvió para mirar al hombre, con los ojos entornados.

—Está comprometida —gruñó.

—Por supuesto —asintió él, sonriendo al comprender—. Bueno, ¿espero? —preguntó de nuevo.

—No estaría mal. Le aguardan otros mil si está aquí cuando volvamos.

Él volvió a sonreír y apagó el motor.

—Tómese su tiempo, madame —dijo, reclinándose en el asiento y cerrando los ojos.

—Esté listo para arrancar, es posible que tengamos que irnos corriendo —dijo Terri al salir del coche. Nikki se reunió con ella.

—¿Ahora dónde? —preguntó Nikki, mirando alrededor. Estaban en una parte pobretona de la ciudad, rodeadas de almacenes viejos o en ruinas. Las calzadas y aceras estaban llenas de basura y había coches abandonados con las ventanillas rotas. No había nadie por los alrededores, el lugar estaba vacío—. No es exactamente lo que me había imaginado al venir al sur de Francia —rezongó Nikki.

—¿Es que quieres que hagan sus trapicheos en la playa de St. Tropez?

—Habría sido un detalle por su parte.

—Sí, cómo está el contrabando hoy en día, ¿eh? —Terri movió el pequeño receptor delante de ella—. Por aquí —dijo, echando a andar por una de las callejuelas. Tras cinco minutos de rápida caminata se detuvo ante uno de los astrosos edificios—. Es aquí —dijo, señalando el edificio.

—¿Llamamos a la puerta o entramos a la fuerza, disparando sin parar?

—¿Tienes una pistola?

—Pues no, pero no me sorprendería que tú tuvieras una metida en alguna parte.

—No están permitidas en el Reino Unido. Ni la tengo, ni la quiero.

—¿Ni siquiera para los detectives privados?

—No, sobre todo para los detectives privados.

—¿Entonces cómo te defiendes?

Terri dejó de examinar el edificio y se volvió para mirar a Nikki, enarcando una ceja.

—Ya, claro, qué pregunta tan tonta. Entonces vamos por la parte de atrás, ¿eh?

—Ése es el plan —dijo Terri, mirando el edificio de un lado a otro.

Tuvieron que saltar un muro que les llegaba por la cintura y luego Terri trepó por una tubería de desagüe hasta una ventana del segundo piso, que estaba rota y oportunamente cerca de la tubería. A los pocos segundos había desaparecido en el interior.

—¿Y yo qué? —llamó Nikki lo más alto que se atrevió.

Terri se asomó por la ventana y suspiró.

—¿No puedes subir hasta aquí?

—No lo sé, no soy Spiderwoman como tú, ¿sabes?

—Inténtalo, verás qué fácil es —le susurró.

—Bueno, está bien, pero si me rompo el cuello, Farmer, volveré para atormentarte, lo sabes, ¿verdad?

—Me parece perfecto. Tú podrías ser Hopkirk y yo sería Randall.

—¿De qué demonios hablas ahora? —jadeó Nikki mientras subía cautelosamente por la tubería.

—Supongo que esa serie no ha llegado a vuestras orillas.

—No me parece —gruñó, llegando a la altura de la ventana. Terri la agarró y la arrastró al interior.

—Maldita sea, ¿el trabajo de detective es siempre así de divertido? —preguntó Nikki, con expresión de asco, limpiándose las manos mugrientas en su cazadora vaquera.

—No, normalmente consiste en quedarte sentada en un coche durante horas, bebiendo té frío y preguntándote qué demonios estás haciendo. Eso es lo divertido.

Avanzaron por un pasillo cuyas paredes eran de cristal hasta la mitad y pasaron ante varios despachos vacíos y una escalera sin iluminar que bajaba. No hicieron ni caso y llegaron al final del pasillo. Terri se detuvo, se volvió para mirar a Nikki y se llevó un dedo a los labios. Apretó la oreja contra la puerta cerrada que tenían delante. Nikki asintió y se mantuvo en total silencio, sin atreverse siquiera a respirar. Terri giró despacio el picaporte y abrió ligeramente la puerta. Esperó para ver si ocurría algo, pero no pasó nada. Mirando de nuevo a Nikki, asintió una vez y luego abrió despacio la puerta lo suficiente para poder pasar.

Nikki soltó el aliento cuando una mano apareció por la puerta y le hizo una seña para que avanzara.

—Por aquí —dijo Terri, moviendo los labios pero sin voz, cuando Nikki asomó la cabeza por la puerta. Estaban en un entresuelo que daba a la zona principal abierta del almacén. Estaban rodeadas de cajas viejas y cajones vacíos amontonados en pilas. Terri hizo un gesto a Nikki para que la siguiera y atisbó con cuidado por el borde de una de las cajas. En el piso inferior había dos coches aparcados en ángulo recto el uno con respecto al otro. Delante de los dos vehículos había un grupo de personas. Terri se sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo y observó las caras.

—¿Reconoces a alguien? —susurró Nikki. Terri asintió y le pasó los prismáticos a Nikki sin decir palabra, con la cara muy seria.

Nikki ajustó la rueda de enfoque y tomó aire con fuerza.

—Christos y Carl, y el tipo que nos gritó el primer día cuando subimos a bordo.

—El segundo oficial —susurró Terri.

—Está Martina y no conozco a los demás. Ojalá pudiéramos oír lo que están diciendo —dijo, observando al grupo atentamente a través de los prismáticos.

—Pide y se te dará —sonrió Terri con aire ufano, mostrando el pequeño receptor que había usado para seguir el rastro de los diamantes. Pulsó un interruptor—. Dos canales, uno de largo alcance para captar señales de rastreo y el otro de corto alcance para la voz. Sólo cubre unos pocos cientos de metros, hay que estar muy cerca para oír algo.

—¿Ahora estamos dentro del radio?

—Ya lo creo.

—¿Qué están diciendo?

—Lo típico de llegan tarde, bla bla bla... ¿tienen la mercancía?... está todo aquí... ¿algún problema en Rotterdam?... no, todo bien... qué buen tiempo hace —le transmitió a Nikki.

—No han dicho "qué buen tiempo hace" —dijo, exasperada porque Terri estuviera bromeando en un momento como éste.

—Vale, no han hablado del tiempo. Pero lo que estaba diciendo no era menos aburrido.

—¿Y qué era?

—¡Espera! —Terri alzó la mano para hacerla callar—. Oh, mierda.

—¿Qué?

—El segundo oficial le acaba de decir a Christos que hemos venido de pasajeras.

Nikki vio la repentina preocupación que se apoderó del grupo y Carl y Christos sacaron pistolas inmediatamente y se pusieron a mirar a su alrededor llenos de pánico.

—Creo que les diste un buen susto la última vez que os visteis —sonrió Nikki. Vio que Christos daba órdenes frenéticas a sus hombres para que se desplegaran.

—Quiere que registren el edificio. Me parece que ya es hora de que nos vayamos —dijo Terri, retrocediendo hacia la puerta.

—¿Por qué no llamamos a la policía? —susurró Nikki mientras volvían sigilosamente hacia la puerta. Casi se chocó con Terri, que se había detenido—. ¿Qué? —susurró apenas, presa de un miedo repentino. Terri se inclinó hacia Nikki, sin apartar la vista de la puerta, y acercó la cabeza de Nikki a su boca, susurrándole al oído.

—Hay alguien al otro lado de la puerta.

Nikki intentó tragar pero descubrió que no podía. Lo que hasta hacía un momento había sido una emocionante aventura, de repente se había convertido en una experiencia aterradora.

Terri avanzó en silencio hasta estar lo bastante cerca de la puerta como para mirar. Un hombre con una escopeta colocada con descuido al hombro se alejaba por el pasillo, mirando en los despachos vacíos y silbando al mismo tiempo, totalmente ajeno a su presencia. Terri levantó la mano, indicándole a Nikki que se quedara allí. Se agachó en silencio, con los puños apretados, y empezó a seguir al hombre.

Nikki observó con morbosa fascinación mientras Terri se acercaba cada vez más, esperando que aplicara un devastador movimiento de artes marciales contra el hombre. Terri se colocó a menos de dos metros de distancia del hombre, cuyos silbidos desafinados tapaban sus pisadas furtivas. Nikki se fue encogiendo cada vez más, presa de una tensión insoportable. En cualquier momento, se esperaba que el hombre se diera la vuelta y disparara a Terri.

Por el amor de Dios, Farmer, por piedad, ¡dale una patada a ese hijo de puta!, gritó por dentro, con el corazón en un puño. En cambio, Farmer se agachó y cogió una vieja palanca que estaba apoyada en la ventana de un despacho. Con un ágil movimiento, arrancó la escopeta del hombro del sorprendido hombre y al mismo tiempo le pegó con fuerza en la cabeza con la barra de hierro. El hombre cayó al suelo boca abajo, inconsciente, sin saber qué le había pasado.

Nikki se deslizó por la puerta y la cerró con cuidado tras ella.

—Vale, Jet Li, ¿qué demonios ha sido eso? —quiso saber.

—¿El qué? —preguntó Terri sorprendida.

—¡Eso! —dijo, señalando al hombre tirado en el suelo.

Terri se encogió de hombros.

—No comprendo —dijo, desconcertada.

—Me refiero a que si eso ha sido otra arte marcial, una antigua arte británica por la que pegas a la gente en la cabeza con una barra de hierro.

—¿Qué preferirías, tal vez unos cuantos saltos mortales y un grito de batalla?

—No, es que... es que me esperaba algo menos pedestre, nada más.

—Ha funcionado y eso era lo que quería.

—Y tanto que se habla del país del juego limpio.

—A mí me ha parecido bastante limpio, teniendo en cuenta que él tenía esto —dijo Terri, pasándole la escopeta a Nikki.

—Sí, supongo. Estooo, Farmer, ¿qué haces?

Terri se había arrodillado al lado del hombre y lo estaba registrando. Sacó una pistola de una funda que llevaba al hombro y se la metió por detrás de los vaqueros. Luego se metió la cartera del hombre en el bolsillo de la chaqueta. A continuación le desató los zapatos y se los quitó, seguidos de los calcetines.

—¡Farmer! —bufó Nikki, mientras Terri desabrochaba los pantalones del hombre y se los bajaba, junto con los calzoncillos. Tiró de ellos sin ceremonias por encima de sus pies desnudos y los dejó con el resto de su ropa.

—¿Qué diablos estás haciendo?

—Conseguir cierta seguridad —replicó Terri, mientras le quitaba al hombre el resto de la ropa. Cuando le hubo quitado toda la ropa, la amontonó y la tiró por la ventana, conservando sólo su cinturón.

—Farmer, esto es vil, incluso para ti —dijo Nikki, sin poder apartar los ojos del hombre desnudo tirado a sus pies.

—Hay poquísimas probabilidades de que se le ocurra hacer algo desagradable mientras saluda con su amiguito. Créeme, a los hombres no les gusta hacer eso.

—Yo creía que eso era lo que todos querían hacer.

—Sólo en privado, en público no.

—¿Así que ése es el nuevo plan, bajarles a todos los pantalones?

Terri sonrió mientras le ataba al hombre las manos a la espalda con el cinturón.

—Algo así. —Levantó al hombre desnudo sin esfuerzo y se lo echó al hombro—. Ábreme ahí, ¿quieres?

Nikki abrió la puerta y dejó que Farmer llevara al hombre a la habitación. Lo colocó boca abajo sobre un escritorio en medio de la estancia. Sonrió a Nikki malévolamente mientras colocaba al desdichado en una postura vergonzosa, con el trasero apuntando hacia la ventana del pasillo y su miembro colgando fláccido entre las piernas, que Terri le colocó separadas a ambos lados de los cajones del escritorio.

Volvieron al pasillo y observaron el trabajo de Terri por el cristal.

—Eres una mujer malvada, Farmer —dijo Nikki, sonriendo ella misma con malicia.

—Trae, dame eso —dijo Terri, alargando la mano para que Nikki le entregara la escopeta que sujetaba.

Sopesó el arma entre las manos, examinándola. Apuntando la escopeta lejos de Nikki, tiró rápidamente de una pequeña palanca que había a un lado. Salió un cartucho que atrapó hábilmente. Lo sujetó a la luz y leyó las palabras que llevaba a un lado. Soltó un suave silbido.

—Caray, estos tíos no se andan con chiquitas. Esto es una bala magnum de carga única.

—¿Eso es bueno?

—Te echaría a perder el día si te interpusieras en su camino al disparar. Puede acabar con un elefante.

—Ah, qué bien.

Terri se encogió de hombros.

—Me has preguntado. —Se puso de rodillas y expulsó rápidamente el resto de la munición dejándola caer al suelo.

—¿No funciona mejor si la munición está dentro del arma?

—Sí, pero me gusta saber cuántas balas tengo al entrar en combate, en lugar de descubrirlo cuando estoy a medias. —Volvió a meterlas una por una en el arma—. Vale, ¿sabes usar una de éstas? —dijo, sacándose la pistola del pantalón.

—Pues no, sólo lo que he visto en las películas.

—Bueno, pues olvídate de todo eso, casi siempre es una tontería. —Echó ligeramente hacia atrás la cubierta y miró dentro del hueco que se abrió encima—. Ésta es una Beretta 92F de 9 milímetros. Es un arma militar, así que no es un juguete. Ya tiene una en el cañón. —Apretó un botón situado en la parte de delante de la culata y el cargador de munición salió por debajo de la culata. Sujetando el cargador a la luz, contó el número de balas—. Esto es un cargador completo de quince balas. Eso quiere decir que sólo tienes dieciséis tiros, así que no los malgastes. —Volvió a colocar el cargador en la pistola—. Esto es el seguro —dijo, señalando una palanca que había a un lado—. Si está arriba, quiere decir que está seguro, no puedes apretar el gatillo, está bloqueado; si está abajo, quiere decir que puedes disparar. Sólo tienes que apretar el gatillo con suavidad y disparará una vez cada vez que lo hagas. Intenta que al tirar del gatillo no se te desvíe la pistola de donde estás apuntando. Cuando no tengas intención de disparar, conviene que dejes el dedo en la protección del gatillo. Así no lo apretarás por accidente. No apuntes a nadie a menos que estés totalmente preparada para disparar. Y por último, ni te molestes en esas estupideces de disparar a la gente en el hombro o quitarles la pistola de la mano de un tiro. La única razón que hay para disparar a una persona es para incapacitarla lo más deprisa posible. Eso quiere decir que hay que darle en el centro, en la mitad del cuerpo. Si sigue avanzando, dispara de nuevo. Si aún sigue avanzando, es que está hasta arriba de drogas, lleva un chaleco antibalas o es una persona cabreadísima y muy motivada.

—¿Y entonces qué hago?

—Di que lo sientes, sal corriendo a toda pastilla y no mires atrás.

—Me parece bien.

—Bien, ¿vamos a arrestar a unos contrabandistas, señorita Takis? —preguntó Terri, echando hacia atrás y soltando la palanca de la escopeta semiautomática.

—Después de usted, sheriff.

—Alguacil del condado para ti —dijo Terri, sonriendo.


11

Terri se detuvo cerca del pie de las escaleras y se volvió para mirar a Nikki, que la seguía detrás.

—¿Qué ocurre? —susurró Nikki.

Terri se mordisqueó el labio, sin decir nada por un momento.

—Es que... es que no sé si estoy dejando que mi deseo de hacerme la heroína tape lo que es mi trabajo de verdad —contestó en un susurro.

—¿Que sería?

—Protegerte a ti, por supuesto.

—Ah —dijo Nikki, bajando la pistola que sujetaba con las dos manos, sobre todo, tenía que reconocer, porque así era como lo hacían en televisión—. ¿Crees que tendremos que dispararle a alguien de verdad?

—Estos no son juguetes, Nikki, y esto no es un juego. Las dos podríamos acabar muertas. Es lo que tienen las balas cuando te pones en medio.

Nikki tragó.

—Ya es un poco tarde para pensar en eso, ¿no?

—Es que... me he dado cuenta de una cosa.

—¿De qué? —dijo Nikki exasperada, cuando se hizo evidente que Terri no iba a decir nada más a menos que la obligara.

—Ahora que te he encontrado, no... no quiero perderte —dijo Terri, casi ahogada, con los ojos relucientes de lágrimas inesperadas.

—Oh, cielo, tranquila —dijo Nikki, sonriendo y echándose hacia delante para besar ligeramente a Terri en los labios—. Sé que no dejarás que me pase nada malo, jamás. Confío en que siempre serás mi campeona.

Terri le sonrió muy contenta y luego se puso tensa. Alzó la mano para hacer callar a Nikki.

—Algo malo viene hacia aquí —dijo suavemente.

—Ray Bradbury.

—Shakespeare, más bien, Macbeth, acto cuarto, escena primera.

—Ah.

—Shssh.

Nikki aguantó la respiración y se pegó a la pared todo lo que pudo, observando a Terri, que se había agachado. Ahí sale la pantera, pensó Nikki, mientras Terri se concentraba en lo que venía por el pasillo y al otro lado de la esquina hacia ellas. Oh, Dios, no voy a servir para nada, gimió Nikki. Sintió que el pánico le invadía las entrañas como si acabara de saltar del trampolín más alto jamás inventado. No pudo evitarlo, cerró los ojos. Se oyó un ruido y un gruñido.

—Está bien, ya puedes salir —le susurró una voz suave al oído. Nikki soltó un inmenso suspiro de alivio. Tirado en el suelo a los pies de Terri había un hombre inconsciente. Terri se encogió de hombros, guiñándole el ojo rápidamente a Nikki al tiempo que se metía un gran revólver en la parte de atrás de los vaqueros.

—¿A este también lo desnudamos?

—Ya te digo, colega —dijo Terri con acento americano, apoyando la escopeta en la pared. Momentos después el hombre estaba sujeto a la barandilla de la escalera, con las manos por encima de la cabeza, atadas con el cinturón, desnudo como cuando vino al mundo.

—Toma, deshazte de esto en algún sitio. —Le pasó a Nikki la ropa del hombre.

Nikki notó algo pesado que le golpeaba la pierna.

—Eh, hay algo en el bolsillo de la chaqueta.

—Sí, es un teléfono móvil. El primer tipo también tenía uno. Me ha parecido buena idea que se los queden. Dicen que pueden producir tumores cerebrales, así que encima me estoy portando bien con ellos.

—Ya. ¿Lo vas a colocar a éste también en una buena pose?

—Qué va, no hay que abusar de lo bueno, ¿sabes?

—No te lo discuto.

Nikki subió corriendo por las escaleras hasta la ventana que Terri había usado para deshacerse de la última ropa y la tiró fuera. Al volver miró dentro del despacho. El hombre seguía durmiendo, si no apaciblemente, por lo menos bien seguro, según se alegro de ver. Cuando regresó al pie de las escaleras, advirtió que el hombre inconsciente tenía ahora una pierna levantada y metida entre los brazos atados. Meneó la cabeza, chasqueando la lengua, y siguió adelante. Se encontró a Terri atisbando por una puerta ligeramente abierta al final del pasillo del piso inferior.

—No has podido resistirte, ¿eh? —susurró.

—No sé de qué hablas —replicó Terri sin apartar la mirada de la puerta.

—De tu obra de arte vivo.

—No fui yo, yo no lo hice.

—Bart Simpson.

Hamlet, acto séptimo, escena segunda.

—¡Me estás tomando el pelo!

Terri se limitó a sonreír con suficiencia.

—Muy graciosa, Farmer. ¿No habías dicho que habías dejado de sonreír con suficiencia? —susurró Nikki, mirando iracunda a Terri.

—Cuesta perder las viejas costumbres —le susurró a su vez—. Vale, se acabó el recreo, ahora escucha. Yo diría que hay tres gorilas más, además de tu hermano y Carl. Creo que por ahora vamos bien.

—¿Y si hay más fuera?

—Entonces te enviaré por el desagüe para que cojas uno de los móviles y llames a la caballería.

—¿Me quieres decir que no tienes un teléfono móvil, con todos esos aparatitos mágicos que sacas de la nada? —preguntó Nikki, sorprendida.

—Claro que lo tengo, es que me gustaría verte retorciéndote y gimiendo un poco más. —En cuanto lo dijo, Terri tragó saliva—. Estooo, no era eso lo que quería decir.

—¿En serio? Creo que tienes la mente muy sucia, Farmer. De hecho, sé que la tienes —dijo, señalando hacia el cuerpo desnudo que colgaba inerte al final de la escalera.

—Una tiene que tener una afición —replicó Terri alegremente, sin apartar los ojos de la puerta. De no haber estado en una situación posiblemente mortífera, Nikki se habría echado a reír en voz alta.

—Debo decir que de todas las formas que te he imaginado, Farmer, jamás pensé que te fuera el bondage.

—¿A quién, a mí? Recuerda que aquí la virgen soy yo. Pero para eso hacen falta dos, Takis, así que mucho ojo, no vaya a enseñarte mis famosísimos nudos con vuelta y medio tirabuzón, terminados con un puño de mono.

—No tengo ni idea de qué estás hablando, pero sé que no me gusta cómo suena.

—Como debe ser.

Se quedaron allí agazapadas en silencio un rato mientras Terri seguía observando antentamente.

—¿Pero qué están haciendo? —preguntó Nikki.

—Los cuatro siguen ahí en medio, los tres gorilas están rondando por el otro lado del almacén, hurgando en las sombras.

—¿Todavía puedes oír lo que están diciendo ahí en medio?

—Sí, espera un momento. —Terri se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y luego se tocó la oreja—. Christos está diciendo espero que haya lavado esto, Martina se está riendo, el segundo oficial les está diciendo que se den prisa, Carl no dice nada. Bla, bla, bla. Nada de interés, en realidad.

—¿Y qué hacemos? No podemos quedarnos sentadas aquí todo el día, en algún momento tengo que ir a la playa.

—Es malo para tu piel.

—Ah, mira quién fue hablar, doña Piel de Oliva en persona.

—Lo mío es natural, irradiar una piel clara como la tuya hasta que se queme no lo es.

—Sí, mamá.

Terri apartó la vista de la puerta y miró a Nikki.

—A veces tu madre tiene que haber lamentado muchísimo habérselo hecho con tu padre.

—¡Por supuesto que no!

—¿Se lo has preguntado alguna vez?

—Bueno, no, la verdad es que no.

—Pues ahí lo tienes.

—¿Que tengo qué?

—Olvídalo, los tres secuaces acaban de volver al medio. Tenemos que poner en marcha el tema. Hay una pared baja donde las naves de carga. Cuando te diga que corras, sal corriendo a toda pastilla y escóndete detrás. Quédate bien lejos de la línea de fuego, hasta que yo te diga que puedes salir.

—¿Qué vas a hacer tú?

—Voy a darles un pequeño espectáculo a nuestro amigos de ahí.

Nikki asintió.

—Oye, Farmer, una cosa más.

—¿Qué? —preguntó Terri, volviéndose de nuevo hacia Nikki.

—No te atrevas a resultar herida ahora, te lo advierto. Como te hagan algo, aunque sólo sea un arañazo, salgo de ahí disparando y me da igual quién se ponga en medio. —Se echó hacia delante y le dio a Terri un beso feroz.

Terri se apoyó en los talones, tocándose los labios.

—Está bien, haré todo lo que pueda, Nikki, pero tú no me apuntes cuando aprietes el gatillo, ¿vale?

—Vale.

—Pues venga, vamos allá.


Martina contó el dinero amontonado en el pequeño maletín metálico que Carl sostenía para que lo examinara.

—¿Es que no confía en mí después de tanto tiempo? —preguntó Christos, que estaba a su izquierda.

—No creo mucho en esa vieja expresión del "honor entre ladrones", señor Takis.

—¿Ladrones? No somos ladrones, señorita Gerhard. Simplemente estamos eludiendo a un cártel autorizado legalmente y a unos cuantos gobiernos codiciosos. Yo no pienso que esto sea latrocinio. Todo lo contrario, en realidad, creo que estamos devolviéndoles la pelota a una banda de ladrones organizada a nivel nacional.

—Todo un Robin Hood.

—Algo así. —Sonrió, abrió una bolsita de terciopelo y echó en ella los diamantes—. Esto es suyo, creo —dijo, ofreciendo el juguete para contrabando de Martina. Ésta asintió, cogió el artilugio y se lo metió en el bolsillo del abrigo.

—Está todo —dijo, volviéndose al segundo oficial. Éste asintió y le pasó una bolsa de plástico. Carl echó el contenido del maletín en ella mientras Martina la sujetaba.

—Es agradable hacer negocios con ustedes. Hasta la próxima. —Sonrió a Christos, quien le devolvió la sonrisa, inclinándose ligeramente. Un fuerte estallido reverberó por el edificio al tiempo que el cristal de las ventanillas de los dos coches salía disparado hacia fuera, cubriéndolos de fragmentos irregulares.


Terri se deslizó por una fila de cajas vacías, sin apartar los ojos del grupo del medio. Quitó el seguro con el pulgar mientras se colocaba en posición para el disparo que quería. Poniéndose en pie, apuntó y disparó. La bala única entró por la ventanilla del costado trasero del coche más cercano, salió por la ventanilla delantera del pasajero y atravesó el parabrisas del otro coche. La fuerza fulminante de la bala destrozó todas las ventanillas, haciéndolas explotar hacia fuera. La bala siguió avanzando y se estrelló contra una pila de cajas abandonadas, haciéndolas pedazos al entrar en contacto y cubriendo de astillas de madera a las personas que intentaban agacharse y taparse. Durante unos segundos nadie se movió, pues todos estaban demasiado aturdidos para hacer nada.

Uno de los gorilas, un hombre alto de pelo rubio rapado, fue el primero en recuperarse. Se levantó sacando la pistola y miró a su alrededor frenético tratando de descubrir de dónde había salido el disparo. Los ecos del almacén vacío habían disfrazado con eficacia el punto de origen del ruido.

—Me impresionas —gritó Terri, apuntando con la escopeta al hombre levantado—. Ahora baja la pistola. He matado un par de coches y no tengo problemas en añadir un idiota a la lista. Lo mismo va por cualquiera de los que estáis tirados ahí en el suelo.

El hombre vaciló, tratando de decidir si sería capaz de volverse con la pistola lo bastante rápido antes de que la mujer de la gran escopeta le hiciera un agujero en el costado del tamaño de un balón de fútbol.

—No merece la pena, rubito, deja la pistola en el suelo y dale una patada para mandarla hasta aquí —le dijo Terri. Él siguió sin moverse, al parecer petrificado en el sitio, pero sin soltar la pistola.

—No habla inglés, señorita Farmer —gritó Christos muy preocupado, con los brazos por encima de la cabeza y agachado en el suelo con todos los demás.

Terri volvió a intentarlo, primero en francés, luego en griego y por último en italiano. Él siguió sin moverse.

—¿Qué demonios habla? —exigió.

—Alemán, habla alemán —chilló Christos, con la frente bañada en sudor.

—Bien. Vale, grandullón, pon despacio la pistola en el suelo y dale una patada hasta aquí. Si eres bueno, me pensaré si sólo te pongo una multa, ¿qué te parece? —dijo en alemán. El hombre frunció el ceño y se agachó despacio para colocar la pistola en el suelo. Se levantó y le dio una patada hasta dejarla a media distancia entre los dos.

Terri se acercó al grupo, atenta a cualquier movimiento repentino. Rodeó la pistola que estaba en el suelo con el pie y la mandó bien lejos de una patada. Como esperaba, al dar la patada, el alemán se lanzó contra ella. Se echó a un lado para esquivar su torpe maniobra y lo golpeó en la cabeza con la culata de la escopeta cuando pasaba a su lado. Él cayó al suelo como un fardo y no se movió.

—¿Algún héroe más? Porque, francamente, me gustaría acabar lo antes posible con lo de pegar a la gente en la cabeza.

Christos la miró con furia mal contenida.

—¿Es que no vais a hacer nada? —exigió a los otros dos gorilas, agachándose a su lado. Los dos dijeron que no con la cabeza. La inmensa potencia de fuego de la escopeta los había convencido.

—Bueno, cualquiera que tenga un arma escondida para cuando llegue ahí servirá de escarmiento a los demás. ¿Está claro? —preguntó Terri con un gruñido grave que asustó incluso a Nikki y eso que estaba bien apartada y detrás.

Carl, Christos y los otros dos hombres que llevaban armas las sacaron inmediatamente con cuidado y las tiraron lejos como si estuvieran ardiendo.

—¿Y nuestros amigos náuticos? ¿Alguno de ustedes lleva algo que pudiera molestarme?

Los dos sacudieron la cabeza con temor. El segundo oficial se había puesto muy pálido y Martina se esforzaba por no echarse a llorar. Terri casi sintió lástima por los dos.

—Carl, me decepcionas, creía que eras de los buenos.

Carl se encogió de hombros.

—¿La señorita Nikki está aquí? —preguntó. Terri asintió. Él hundió los hombros—. No quería que lo supiese —casi susurró.

—Por Dios —soltó Christos—. ¿Pero a ti qué te importa esa putita cursi?

Carl no contestó y se sentó suspirando, resignándose a su destino.

—Ya puedes salir, Nikki —llamó Terri, sin dejar de apuntar a sus prisioneros con la escopeta y sin apartar los ojos de ninguno de ellos—. Cielo, ¿qué estás haciendo ahí detrás? —preguntó Terri sin darse la vuelta.

—Lo de siempre —gruñó Nikki mientras le bajaba los pantalones hasta los tobillos al alemán inconsciente.

—¿Qué demonios te crees que haces? —preguntó Christos. Terri soltó una carcajada.

—¿Qué te hace tanta gracia, Farmer? —preguntó Nikki indignada.

—Nada, cariño, tú sigue, no me hagas caso.

—Deja eso ahora mismo, Nikki, ¿es que estás loca? —gritó Christos, levantándose e intentando acercarse a su hermana.

—Ah-ah, abajo, hermanito —dijo Terri, volviendo la escopeta hacia Christos.

—Pero se ha vuelto loca —exclamó él.

—¡Vale, basta ya! —gritó Nikki, poniéndose en pie—. ¡Desnudaos, todos! —dijo, cogiendo la pistola y apuntándola hacia el grupo acurrucado.

Nadie se movió, sin saber si la habían entendido bien.

—Ya me habéis oído —gritó Nikki. Volvió la pistola hacia el coche más cercano y disparó dos veces contra el costado. Los fuertes estallidos hicieron dar un respingo a todos, salvo a Terri, que también se había quedado algo sorprendida, pero como tenía unos reflejos tan excelentes ya estaba compensando antes de que los demás se dieran cuenta siquiera de que se habían encogido.

—Si no veo carne desnuda dentro de un minuto, me pongo a disparar a los pies, ¡está claro! —exigió Nikki, cuya cara era un poema de ira. Volvió a disparar la pistola contra el otro coche e hizo volar una rueda con una explosión de aire silbante. Aterrorizados, todos empezaron a quitarse la ropa, incluido Christos.

—Usted no, Martina, échese a un lado —dijo Terri con tono tranquilo. Martina se secó las lágrimas de la cara y asintió, se colocó bien la ropa y se arrimó al coche más cercano.

Al cabo de un minuto cinco hombres muy avergonzados y totalmente apaciguados se quedaron desnudos ante ellas.

—Las manos en la cabeza y todos de rodillas —les dijo Nikki—. Al primero que se mueva, le vuelo la polla. Y créanme, señores, puedo hacerlo.

—Te estás pasando mucho —susurró Terri al oído de Nikki—. Bonito disparo en la rueda, por cierto.

—Estaba apuntando a la puerta —susurró Nikki a su vez, sonriendo.

Una ventana saltó en pedazos y un pequeño bote gris voló trazando un arco perfecto hacia ellos. Sin pensarlo, Terri se puso la escopeta al hombro y disparó al bote. Explotó en cientos de fragmentos diminutos. Al mismo tiempo, las puertas de los dos extremos del almacén se abrieron de golpe y una docena de hombres vestidos con equipo de combate negro y máscaras de gas entró corriendo en el edificio, blandiendo ametralladoras.

Terri se sacó inmediatamente la pistola de la parte de atrás de los vaqueros y la colocó en el suelo junto con la escopeta y luego levantó las manos por encima de la cabeza. Se volvió a Nikki y le dijo que hiciera lo mismo. El primer hombre que llegó a ellas les gritó a Terri y a Nikki en francés que se arrodillaran y no se movieran.

—Dice que nos pongamos de rodillas, Nikki —dijo Terri, obedeciendo las órdenes del hombre. Nikki hizo lo mismo. Otros dos hombres enmascarados se acercaron a ellas y las esposaron con brusquedad. Las pusieron de pie y las llevaron a empujones hacia la entrada del almacén. Un hombre grande e imponente, vestido como los demás, se plantó ante ellas. Se quitó despacio la máscara de gas y olfateó el aire.

—Buen disparo —dijo en inglés con acento.

—Gracias —replicó Terri, con cara inexpresiva.

—Al menos no tenemos que esperar a que se disipe el gas lacrimógeno. Se lo agradezco, hace que los ojos me escuezan mucho.

—¿No se trata de eso? —dijo Terri.

—Ah, sí, por supuesto —sonrió él—. Usted debe de ser la señorita Takis —dijo, volviéndose a Nikki.

—Por supuesto que lo soy, ¡y me gustaría saber por qué me han esposado y me están dando empujones! —respondió ella muy airada.

—Mis disculpas, mademoiselle, es el procedimiento habitual. Debemos asegurarnos en tales situaciones. —Hizo un gesto a uno de los hombres que seguían sujetándola por los brazos. Les quitaron las esposas a las dos—. Por favor, acompáñenme, señoras —dijo, regresando al medio del almacén, donde varios hombres armados apuntaban con sus armas al grupo, que seguía acurrucado en el suelo.

Nikki se frotó las muñecas mientras caminaba.

—¿Qué demonios ha pasado? —le susurró a Terri.

—Yo diría que hemos hecho saltar una trampa un poco antes de lo previsto.

—Está en lo cierto, señorita Farmer —dijo el hombre por encima del hombro.

—Usted conoce mi nombre, pero yo no sé el suyo.

—Por supuesto, inspector Jacques Cigrande de RAID, algunos nos llaman los Panteras Negras.

—Ah, sí, l'Unité de Recherche, Assistance, Intervention et Dissuasion. Encantada de conocerlo, Jack —replicó Terri.

—Es Jacques, señorita Farmer.

—Lo que he dicho, Jack.

—Como quiera, señorita Farmer —dijo él con resignación.

Nikki clavó un dedo a Terri en las costillas.

—Deja de incordiarlo, Farmer, pórtate bien —susurró.

—¿Cómo es que sabe quiénes somos... Jack? —preguntó Terri, sonriendo a Nikki al decir su nombre.

Un coche entró por las grandes puertas del fondo del almacén y giró despacio hasta detenerse junto a los dos coches del medio. Un hombre salió del asiento del pasajero y abrió la puerta de detrás. Salió el padre de Nikki.

—Tal vez el señor Takis se lo pueda explicar mejor —dijo el inspector.

—¿Papá? —dijo Nikki—. No me digas que lo sabías todo desde el principio.

—No del todo, Nikkoletta, pero la señorita Farmer y tú nos habéis ayudado a encajar las piezas finales en su sitio.

—Ya tenían a un hombre infiltrado, ¿verdad? —le preguntó Terri al inspector.

—Sí, pero parece haber desaparecido. No lo habrán visto, ¿verdad? —preguntó, mirando a las dos mujeres.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Terri.

—Como de su estatura, pelo castaño corto, piel clara.

—¿Con una cicatriz encima del ojo izquierdo, la nariz grande, se pasa el rato silbando?

—Sí, ése es.

—Pues no, no lo he visto nunca —dijo Terri, meneando la cabeza.

—Yo tampoco —confirmó Nikki, meneando también la cabeza.

—Pero encontré esto al pie de las escaleras —dijo Terri, entregándole la cartera que tenía en el bolsillo—. Espero que no le haya pasado nada malo —añadió.

—Seguro que está bien —afirmó Nikki, esforzándose por no sonreír.

El inspector se las quedó mirando un momento. Por fin meneó la cabeza y sonrió.

—Nos gustaría que las dos prestaran declaración, por supuesto.

—Estarán encantadas de cooperar plenamente con su investigación, ¿verdad, Nikki, señorita Farmer? —dijo el padre de Nikki.

—Claro —dijeron las dos a la vez.

—Pero primero me gustaría que descansaran un poco. Me aseguraré de que estén en comisaría a primera hora de la mañana, inspector.

El inspector asintió una vez y se dio la vuelta. Se detuvo y se volvió de nuevo.

—Una cosa, ¿por qué los ha obligado a quitarse la ropa, señorita Farmer?

—A mí no me pregunte, ha sido idea de ella —dijo, señalando a Nikki y encogiéndose de hombros.

—¡Farmer! —gritó Nikki.


—¿Por qué ha puesto en tal peligro a su propia hija? —preguntó Terri. Alexander Takis y ella estaban caminando por el paseo marítimo. Nikki estaba en el hotel durmiendo, fuertemente protegida por cuatro de los propios guardaespaldas del señor Takis.

—Pensé que sería un ejercicio interesante —dijo él sin emoción, mientras contemplaban la puesta del sol.

—Es usted un cabrón despiadado, ¿verdad?

Dejaron de caminar. Los dos guardaespaldas que los seguían discretamente se detuvieron también, esperando la explosión que sin duda se iba a producir. Se quedaron sorprendidos cuando no fue así.

—Me cae usted muy bien de verdad, Terri. Dice lo que piensa, tiene un alarmante escepticismo con respecto al dinero y el poder y no hay nada que le dé miedo.

—Usted llámeme Farmer, y se equivoca.

—Ah.

—Su hija me da un miedo horrible.

—Sí, tiene esa capacidad. Cosa que el inútil de su hermano jamás ha entendido y no podría ni igualar.

—Hablando de Christos, ¿qué va a ser de él?

—Tengo entendido que las autoridades francesas no están contentas con él. Parece ser que los diamantes sólo eran un eslabón dentro de una complicada cadena de tráfico de drogas, crimen organizado y posiblemente incluso terrorismo. El inspector Cigrande cree que puede pasarse muchos años en la cárcel.

—Me preguntaba por qué se habían molestado en desmantelar un pequeño contrabando de diamantes de tres al cuarto. En el momento pensé que se debía al dinero de papá.

—Al contrario, Farmer, yo he tenido poco que ver en el asunto hasta casi el final. Lo sospechaba, por supuesto. Christos siempre gastaba mucho más dinero del que yo le daba. Sabía que era demasiado estúpido para haberlo conseguido honradamente.

—Por eso había apostado usted por la potrilla en esta carrera de dos caballos para conseguir la llave del cuarto de baño privado del dueño.

—La verdad es que nunca ha habido la menor duda. Desde que eran niños supe quién estaría al mando algún día. Christos siempre fue el más débil de los dos. En lugar de agradecer la mano que ella siempre le tendía para ayudarlo, la apartaba con resentimiento.

—Él se lo ha perdido.

—Efectivamente.

—¿No le molestó que su madre la apartara de usted y lo dejara con lo peor de la camada?

—No, me alegré. Así podría tener una infancia normal —dijo él, con un esbozo de sonrisa triste en los labios.

Echaron a andar de nuevo a paso lento, mientras los últimos rayos del sol se ocultaban tras el horizonte. Las farolas se encendieron, iluminando la playa con charcos de luz suave.

—¿Por qué tengo la sensación de que va a decir algo que no me va a gustar? —dijo Terri en voz baja.

—Porque es cierto, sospecho.

—Pues dígamelo y acabemos con ello.

—Usted no dejará Londres, ¿verdad? Permanentemente, quiero decir.

—Si me lo hubiera preguntado hace dos semanas, le habría dicho que no sin pensármelo siquiera, pero ahora...

—¿Ahora no está tan segura?

—Ya no lo sé. Tenía la esperanza de que ella quisiera quedarse conmigo.

—¿Se conformaría de verdad con ser simplemente la compañera de alguien?

—Ella me dijo que usted conocía sus... gustos.

—Sí, me lo dijo hace tiempo.

—¿Y?

—No entiendo la pregunta —dijo él, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Qué siente al respecto?

—Ah, ya. Pues... me parece que no siento nada al respecto.

Terri se volvió para mirar al hombre, alzando una ceja.

—No he sido muy buen padre, usted ya lo sabe. —Terri asintió sin decir nada—. Me gustaría que fuera feliz por encima de cualquier cosa. He pensado que al convertirse en una de las mujeres más ricas del mundo, por derecho propio, podría tener cierta felicidad.

—¿Sabe lo que tiene usted pensado para ella?

—No, nunca he hablado de ello, pero tengo intención de hacerlo pronto. Ahí es donde entra su problema, Farmer.

—No quiere que me interponga en su destino.

—Sabía que era usted una mujer muy perspicaz.

—¿Y si le digo que se tire al mar?

—¿Lo haría?

—Me han dicho que tengo un sentido del humor muy retorcido. A lo mejor me limitaba a tirarlo.

—Ellos se lo impedirían —dijo él, señalando a los dos guardaespaldas.

Terri se volvió a mirarlos y sonrió.

—No conseguirían acercarse ni a un metro antes de que los tumbara a los dos.

Él la miró a los ojos.

—Sí, la creo, Farmer. Pero eso no responde a la pregunta.

Terri suspiró con fuerza y se apoyó en la barandilla. Miró las estrellas que empezaban a salir.

—No, no me interpondré en su camino. Si ella quiere seguir sus pasos, en lugar de quedarse conmigo, no intentaré detenerla.

—Eso es lo único que pido. Deje que decida ella misma.

—En estos momentos ni siquiera me dirige la palabra —sonrió Terri.

—Ya se le pasará.

Sí, pero a mí no creo que se me pase jamás, pensó ella, contemplando el agua que acariciaba suavemente la playa.

—¿Qué planes tiene? —preguntó él.

—Tengo que dar caza a un lunático, en Londres.

—Pues buena caza, Farmer.


12

—¿Así que dice usted que el capitán no está implicado en todo esto? —preguntó Nikki.

—Directamente no, señorita Takis. Es culpable de uno de los crímenes más viejos, pero no de contrabando.

—Me parece que no lo entiendo.

—Está teniendo un lío amoroso, es lo que creo que intenta decir el inspector —dijo Terri, sentada al lado de Nikki. Las dos estaban sentadas frente al escritorio del inspector Cigrande.

—Pero si es dos veces más viejo que ella y encima está casado —dijo Nikki, frunciendo el ceño.

—¿Tengo razón? —le preguntó Terri al inspector.

—¿Hace falta que me lo pregunte? —sonrió él.

—Pues no. Me lo imaginé cuando habló con nosotras después del accidente.

—¿Accidente?

—Sí, Nikki y Martina metieron la nariz donde no debían y se la mordieron. Ahora ya no tiene importancia.

—Como quiera. Este informe ya es bastante más disparatado de lo que me gustaría.

—¿Qué hay que decir? El padre de Nikki nos pidió que viéramos qué podíamos averiguar. Lo hicimos y ya está.

—Sí, eso sería muy adecuado y sucinto, ¿verdad?

—¿Entonces nos podemos ir ya?

—Sí, son libres de marcharse. Pero la próxima vez que visiten nuestra hermosa ciudad, por favor, absténganse de disparar armas de fuego, si son tan amables.

—Palabra de Guía —dijo Terri, llevándose dos dedos a la sien como saludo.

—¿Señorita Takis?

—Oh, por supuesto, palabra de Exploradora —dijo, imitando el saludo de Terri. El inspector se limitó a sacudir la cabeza y cogió unos papeles.

—¿Puedo recuperar mi micro?

—¿Su micro?

—Sí, mi micro.

—¿Y dónde está, señorita Farmer?

—Dentro del juguete para contrabando de Martina.

—¿Lo dice en serio?

—Siempre hablo en serio.

Él volvió a sacudir la cabeza, pero llamó por teléfono. El aparato no tardó en estar en la mesa del inspector. Éste lo estudió un momento, dándole vueltas despacio entre las manos.

—¿Cómo funciona? —preguntó.

—¿Y usted es francés? —dijo Terri con una sonrisa burlona—. A ver, démelo y se lo enseñaré. —Cogió el aparato y desenroscó la parte principal. Retorciendo y tirando, consiguió desmantelar la parte interna y se la puso en la mano—. No lo entiendo, no está aquí.

—¿Quién puede haberlo cogido? —preguntó el inspector.

—No lo sé. Ah, bueno, no importa. Siempre puedo conseguir más —dijo ella, entregándole el aparato al inspector. Éste frunció el ceño, pero aceptó los diversos trozos y piezas y los metió en la bolsa de pruebas.

Firmaron varios papeles que el inspector les puso delante, se estrecharon la mano y se fueron. Fuera, el padre de Nikki esperaba en la parte de atrás de una gran limusina.

—Tengo que estar en el aeropuerto dentro de menos de una hora. ¿Os llevo?

—Nuestras cosas siguen a bordo —contestó Terri.

—Me he tomado la libertad de hacer que las recojan y las traigan aquí. Espero que no os importe.

—No, supongo que no. Además no creo nos fueran a recibir con los brazos abiertos. ¿Te parece bien, Nikki?

—Claro —dijo, pero Terri se dio cuenta de que no estaba contenta.

—Discúlpenos un momento, me gustaría hablar con su hija. —Agarró a Nikki del brazo y la apartó del coche—. ¿Qué te pasa, Nikki?

—No lo sé, sé que mi padre tiene buena intención, pero siempre toma el mando de todo. He intentado hacer todo lo posible para que me vea como a una persona que puede tomar sus propias decisiones, pero él no deja de tomar decisiones por mí.

—Sólo hace lo que cree que es mejor para ti. Tómatelo como una señal de que, a su modo, le importas mucho.

—No, no es cierto, le importa mucho ganar aún más dinero. No parece importarle otra cosa.

—Creo que te sorprenderías.

—¿Por qué, es que ha hablado de mí contigo?

—Sí.

—¿En serio? —Nikki parecía auténticamente sorprendida—. ¿Y qué ha dicho?

—Ha dicho que eres una mocosa molesta a la que habría que dar unos cuantos palmetazos.

—¡No ha dicho eso!

—No, no lo ha dicho —sonrió Terri—. Dijo que siempre ha sabido que tú eras la joya de la familia y que algún día dominarías el mundo.

—¡Tampoco ha dicho eso! —soltó Nikki, algo irritada.

—Bueno, no exactamente, tal vez, pero eso es lo que quería decir.

—Por favor, Farmer, dime la verdad.

—Te la estoy diciendo, Nikki, te lo juro.

—¿Palabra de Exploradora?

—¿Esta vez no puedo cruzar los dedos de la otra mano?

—¿Has hecho eso?

—Por supuesto.

—Jesús, Farmer, eres de lo que no hay, ¿lo sabes?

—Eso me han dicho.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Mi padre ha dicho eso?

—Sí. —Terri se tocó la sien con dos dedos.

—Caray, no me lo puedo creer. Después de todo este tiempo, todavía no me lo puede decir a mí, ¡se lo tiene que decir a mi puñetera chica!

—¿Lo soy?

—¿El qué?

—¿Tu chica?

—Tú sientes algo por mí, ¿no?

—Por supuesto.

—Y la última vez que te miré mientras te metías en la ducha, te aseguro que no eras un tío.

—¿Me has mirado mientras me metía en la ducha?

—Claro, ¿tú no lo harías?

—Nunca se me ha ocurrido.

—No me digas que no echas el ojo a las bellezas que se te acercan por la calle.

—No suelo mirar, de esa forma, francamente.

—Me voy a tener que ocupar de ti, ¿verdad?

—Eso parece que podría ser divertido.

—Compórtate.

—Bueno, ¿vamos al aeropuerto con tu padre o qué?

—Supongo que no tenemos mucha elección.

—Claro que sí. Podemos coger nuestras cosas e irnos donde nos dé la gana.

—Tú sólo tienes una bolsa pequeña, yo tengo dos maletas grandes.

—Ya te lo dije, pero no me quisiste hacer caso.

—Ya, ya, ya. Siempre podría hacer que me las llevaras tú. A fin de cuentas, eres del servicio.

—Y supongo que también querrías que te llevara a ti, ¿no?

—No, creo que esta vez puedo andar.

—Qué magnánima eres.

Se oyó el claxon del coche.

—Creo que quiere una respuesta —dijo Nikki.

—¿Qué decides?

—Ah, demonios, vamos al maldito aeropuerto.

—Sabia decisión.

—Oye, una cosa más, ¿qué era todo eso del micro? —preguntó Nikki.

—Ah, te refieres a éste —dijo Terri, moviendo la muñeca con ademán de mago y mostrando el transmisor desaparecido.


Nikki dejó caer las maletas al suelo, con un suspiro de alivio. Se sentó en el sofá del salón de Terri y se quitó los zapatos a patadas.

—Qué gusto estar en casa —gimió, cerrando los ojos.

—Así que ésta es tu casa, ¿eh?

—¿No debería considerarla así?

—Mi casa, su casa —replicó Terri, dejando su pequeña mochila en la mesa al lado del ordenador.

—Bien, pues entonces calla la boca.

—Veo que sigues tan encantadora como siempre.

—Estoy cansada, tengo calor y me duelen los pies. Quiero una ducha, una bebida fresca, un masaje y unos mimos antes de dormir. Y tú, Farmer, eres la chica que me va a dar todas esas cosas, ¿me oyes?

—Entendido, jefa.

—Así me gusta —farfulló Nikki, echándose en el sofá. Para cuando Terri regresó con un vaso de agua con hielo, Nikki estaba profundamente dormida.

—Supongo que el masaje y los mimos pueden esperar a mañana —dijo Terri en voz baja, dejando el vaso y cogiendo en brazos a la durmiente con cuidado, para no despertarla. Colocó a Nikki encima de su propia cama. Con todo el cuidado posible, le quitó la ropa a Nikki y luego la tapó con las mantas—. Puede que a ti no te haga falta una ducha, pero a mí sí. —Sonrió con cariño a la rubia dormida. Quince minutos después se metió en la cama al lado de Nikki. Al momento, Nikki murmuró algo en sueños y se arrimó, agarrando a Terri y usando su ancho hombro como almohada. Terri la besó suavemente en la cabeza. Aprovecha todo lo que puedas, Farmer, que no va a estar aquí mucho tiempo, pensó con tristeza.

Mientras contemplaba el techo oscuro, la invadió una profunda sensación de melancolía. Dios, te voy a echar tantísimo de menos. Se le puso un nudo en la garganta y parpadeó para librarse de las lágrimas repentinas que le llenaban los ojos borrosos.


—Farmer, me prometiste un masaje, así que cumple, mujer. —Nikki le mostró un ungüento que le había dado el médico—. Mi cicatriz de combate me pica cosa mala y dormir con esto puesto toda la noche no ha mejorado nada las cosas —dijo, mirándose el sujetador.

Se habían despertado como habían dormido, la una en brazos de la otra, y ninguna parecía extrañada por su cambio de costumbres a la hora de dormir. Terri se había levantado primero y había traído algo de beber y cuencos de cereales. Ahora que habían terminado de desayunar, Nikki quería explorar su reciente intimidad.

—Conque te prometí un masaje, ¿eh?

—Sin duda.

—No lo recuerdo con exactitud, pero te creeré.

—Bien, me alegro de oírlo —dijo Nikki entusiasmada, quitándose el sujetador con naturalidad y colocándose boca abajo en la cama, con los brazos extendidos a los lados. La cicatriz de su herida formaba un oscuro contraste con la piel de su espalda. Ahora que llevaba más de un mes alejada de California, su habitual bronceado había quedado reducido a una tonalidad casi nórdica.

—¿Quieres el tratamiento completo o un masaje rápido con fines medicinales?

—Ah, hoy me siento decadente, así que creo que el tratamiento completo, ¿qué te parece?

—Tú eres la jefa, jefa.

—Mmmm, sí, lo soy, y tú puedes seguir haciendo lo que estás haciendo —ronroneó. Los fuertes dedos de Terri aplicaban su magia subiendo y bajando por su espalda con un ritmo hipnótico, pero profundamente placentero—. Recuérdame que te suba el sueldo, Farmer.

—Por mí, encantada.

—Eso me parecía a mí. Ooh, qué gusto, justo ahí... no, un poco más abajo... ah, sí, justo ahí.

—Creo que fuiste un gato en una vida anterior.

—No, fui una trovadora —replicó Nikki perezosamente, con los ojos cerrados y en la gloria pura.

—¿Una trovadora?

—Sí.

—¿En serio?

—Sí, en serio.

—¿Y cómo lo sabes?

—Una vez fui a una de esas sesiones de regresión.

—Ya, ¿y el tipo también te vendió el puente de Brooklyn?

—Era una tipa y no, no me vendió un puente ni ningún otro tipo de estructura. Lo sé, lo sé, parece una chorrada total, pero una amiga me pidió que fuera con ella y... ooh, sí, un poquito más arriba, doctora. ¡Oye, no pares! —dijo indignada, cuando Terri apartó las manos.

—Ya está todo, jefa. Te lo he hecho por toda la espalda y el cuello, ya no queda nada más.

—¿Ah, sí? —dijo Nikki, dándose la vuelta y sonriendo a Terri, que tragó con fuerza.

—Quieres que te dé un masaje... por delante —dijo con voz aguda.

—¿Qué pasa, doctora, has perdido facultades?

—No... no, puedo hacerlo.

—Pues venga, a ello.

Terri se frotó las manos nerviosa, intentando decidir por dónde empezar. En el último momento, se apartó y volvió a coger el bote de ungüento, se echó un poco en las manos y se las frotó de nuevo.

—Vas a tener las manos más suaves del reino si sigues así —sonrió Nikki.

—Ya, sí, tienes razón. —Dejó de frotarse las manos, mirando como hipnotizada el cuerpo de Nikki, desnudo de cintura para arriba y tendido debajo de ella—. Dios, pero qué preciosa eres —susurró.

—Gracias, ya lo sé, pero es agradable que me lo digas de vez en cuando.

Terri se puso como un tomate.

—Lo he dicho en voz alta, ¿verdad?

—Me temo que sí, Farmer, te he pillado.

—Oh, Dios —dijo Terri, tapándose la cara con las manos.

—Y ahora también vas a tener la cara más suave del reino —dijo Nikki con una risita.

Terri gimió detrás de las manos.

—Por favor, dame un golpe en la cabeza y acabemos con esto.

—¿Por qué iba a hacer una cosa así, Farmer? ¿Es que es tan terrible estar conmigo?

Terri movió la cabeza de un lado a otro y abrió poco a poco los dedos de una mano para atisbar a través de ellos.

Nikki le sonrió.

—¿Me vas a dar ese masaje o vamos a pasarnos todo el día jugando al escondite?

Terri dejó caer las manos flojas sobre sus muslos y agachó la cabeza.

—Esto me cuesta muchísimo, Nikki, no tienes ni idea de cuánto.

—Creo que me lo puedo imaginar.

—Sí, ya, seguro que pasaste por el instituto y la universidad con todo tu encanto sin vacilar ni un segundo y sin la menor falta de confianza.

—Te sorprenderías.

Terri levantó la vista.

—¿No fue así?

—No, tienes razón, siempre he sido una chulita, ahora que lo pienso.

—Lo sabía —dijo Terri, haciendo casi un puchero.

—Oye, Farmer, ven aquí y dame un beso. A ver cómo sigue la cosa desde ahí, ¿vale?

—Antes de empezar nada quiero que sepas una cosa, Nikki, una cosa importante. —Miró a Nikki para confirmar. Nikki asintió y la animó a continuar—. ¿Sabes que te dije que había decidido esperar a que la persona adecuada entrara en mi vida y que quería estar con esa persona el resto de mi vida?

—Lo recuerdo —dijo Nikki suavemente.

—Pues he decidido una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que tú eres la persona adecuada —susurró Terri—. Y no... no me importa si estamos juntas sólo esta vez. Sé que es... lo correcto. —Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla.

—Oye, Farmer, que esto no tiene que hacerte llorar, ¿sabes?

—Lo sé —dijo Terri, frotándose la mejilla con rabia con el dorso de la mano —. Lo siento, ahora lo he echado todo a perder, ¿verdad?

Nikki se puso de rodillas para colocarse como Terri. Cogió suavemente las manos de la mujer más grande entre las suyas.

—Teresa Jane Farmer, jamás podrías echar a perder nada entre nosotras, especialmente esto. —Rodeó los hombros de Terri con el brazo y tiró de ella para besarla profunda y apasionadamente. Al cabo de lo que pareció una eternidad, se separaron para respirar—. La pregunta es, Farmer, ¿te tengo que enseñar a hacer el amor o conoces al menos la teoría, aunque no la práctica? —preguntó sonriendo con dulzura y acariciando la mejilla de Terri con el dorso de los dedos.

—Enséñamelo todo —susurró Terri.

—Todo y para siempre, amor mío.

Terri cerró los ojos y se olvidó de lo que podía deparar el futuro. Este momento era de ellas y nadie podría arrebatárselo jamás.


—Oh, Dios, estoy muerta y enterrada —gimió Terri. Levantó atontada una mano para frotarse la cara, pero se encontró con una resistencia blanda pero impenetrable. Intentó levantar la cabeza, pero estaba sujeta con firmeza bajo un peso constante. Por fin la maquinaria de un cerebro profundamente confuso consiguió ponerse en marcha. Tenía la cabeza tapada por una almohada de plumas, encima de la cual yacía un alma gemela dormida.

Volvió a gemir. Le dolía todo el cuerpo como si hubiera recorrido una temible pista de entrenamiento... dos veces. No, no era así, eso lo había hecho muchas veces y nunca le había dolido de esta forma. Las brumas se aclararon un poco más. Ah, sí... anoche, pensó. En su cara se dibujo una sonrisa salvaje. ¡Ooh, anoche! ¡Caray! ¿Quién iba a saberlo?

Empleando su considerable aunque algo gastada fuerza, Terri se incorporó, haciendo rodar a Nikki, que dormía, boca arriba en medio de la cama, donde siguió profundamente dormida, roncando suavemente.

—Parece que yo también te he dejado agotada, ¿eh? —Sonrió. Venga, Farmer, no te pongas tan chula. Cualquiera diría que acabas de hacer el gran descubrimiento de las mujeres y has plantado una bandera o algo. Salió rodando de la cama y cayó al suelo a cuatro patas. Maldita sea, ¿qué me has hecho, brujilla insaciable?, maldijo. Ponerse de pie no parecía posible en estos momentos, de modo que recorrió a gatas el suelo del dormitorio hasta el cuarto de baño. Apoyándose en la bañera, consiguió izarse hasta sentarse en el retrete. El cubículo de la ducha nunca le había parecido tan lejano. Apoyó la cara en el borde fresco del lavabo—. Dios, si siempre es así, ¿cómo consigue hacer algo la gente?

—No siempre es tan... explosivo, ni tan prolongado, si vamos a eso. Me parece que seis horas seguidas para ser tu primera vez está más que bien —dijo una voz ronca desde la puerta. Una cabeza rubia y despeinada estaba apoyada en el marco de la puerta y unos ojos verdes ligeramente inyectados en sangre la miraban con los párpados caídos—. Supongo que treinta años de acción volcánica reprimida tenían que estallar en algún momento, ¿eh? —dijo Nikki.

—Estoy débil como un gatito —gimoteó Terri, que seguía apoyada en el lavabo.

—Sí, ha habido unos cuantos terremotos, ya lo creo.

—Estarás orgullosa.

Nikki sonrió como un gato que hubiera encontrado las llaves del armario de la crema.

—Oh, sí, Farmer, oh, sí.

—¿Me vas a ayudar a meterme en la ducha o te vas a quedar ahí pavoneándote?

—Vale, venga, Tigre, vamos a limpiarte y a recargarte la batería.

—No lo iremos a hacer todo otra vez tan pronto, ¿verdad? —preguntó Terri, con un ligero tono de pánico en su voz normalmente estoica.

—Tranquila, Farmer, después de lo de anoche, creo que yo misma puedo tomarme libres los próximos treinta años.

—¿Tengo que esperar otros treinta años? —dijo Terri, haciendo casi un puchero.

—Mmmm, mi Tigre ha descubierto un nuevo juguetito, qué cosa más mona.

—Por el amor de Dios, ten piedad, Takis, cierra el pico y abre la ducha.

—A ver cómo me obligas, marimandona.

Terri abrió un ojo, girándolo despacio para mirar a Nikki. En su cara se formó una terrorífica sonrisa depredadora.

—Espera, espera, Farmer —dijo Nikki, saliendo despacio del cuarto de baño caminando hacia atrás. Terri empezó a gruñir desde el fondo de la garganta. Nikki chilló y se dio la vuelta para echar a correr, pero ya era tarde, una pantera súbitamente rejuvenecida se lanzó sobre ella por detrás, transformando el chillido en un alarido, seguido rápidamente de las risitas de dos personas.


El club tenía la marcha típica de un viernes por la noche, con mujeres que entraban y salían por la puerta principal y las sempiternas porteras montando guardia.

—Parece que ya han superado lo de la última vez que estuvimos aquí —murmuró Terri, observando a través de unos prismáticos.

—La vida sigue —comentó Nikki, que estaba jugueteando con los sujetavasos del Mercedes. Terri bostezó y se estiró, girando los hombros. Estar sentadas en un coche varias horas, dos noches seguidas, no era de lo más cómodo, especialmente después de su reciente gimnasia sexual.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Nikki.

—Como si acabara de correr la maratón de Londres... cargando con todos los demás participantes. ¿Y tú?

—Estoy bien, recuerda que estoy acostumbrada. —En cuanto lo dijo, se arrepintió. Echó una mirada de reojo a Terri y advirtió la expresión dolida que se esforzaba por disimular—. Oye, que era broma, Farmer, perdona.

—Lo sé, Nikki.

Se quedaron en silencio.

—No está bien, ¿verdad? —preguntó Nikki en voz baja.

Terri bajó los prismáticos y se volvió hacia Nikki.

—Es una estupidez mía, lo sé, pero quiero engañarme pensando que ésta también ha sido tu primera vez. Qué tonta, ¿eh?

—No, de tonta nada. —Puso la mano en el muslo de Terri—. Créeme, Farmer, si pudiera hacer que fuera cierto, lo haría. Pero por favor, créeme cuando te digo que para mí nunca jamás ha sido así con nadie.

—¿En serio... no lo dices por decir?

¡Dios, Farmer, qué cosa más patética!, se recriminó a sí misma. A ver si te controlas, te va a dejar y no tiene sentido que finjas otra cosa.

—¿Farmer?

—Perdona, se me ha ido el santo al cielo.

Nikki sonrió dulcemente.

—Respondiendo a tu pregunta, no, no lo digo por decir. Contigo ha sido de no créerselo. No tenía ni idea de que podía ser así de bueno, te lo prometo. Eres especial, cariño, de verdad. No te voy a soltar jamás, te lo aseguro.

Terri se apresuró a llevarse los prismáticos de nuevo a los ojos y tragó con fuerza. Y no es que pudiera ver gran cosa con las lágrimas que le llenaban los ojos.

—¿Qué te pasa, Farmer? —preguntó Nikki, apretándole el brazo a Terri.

Terri volvió a bajar los prismáticos y hundió los hombros, apoyando la cabeza en el volante de cuero.

—Es que... es que no soporto la idea de que te marches —dijo sorbiendo.

—Oye, oye, Farmer, que no me voy a ningún lado, me tienes aquí para largo, en serio.

—No, no es cierto, te marcharás, sé que lo harás.

—Farmer, no me voy a marchar, te lo prometo.

—Me lo dijo él —susurró Terri, entre sorbetón y sorbetón.

—¿Quién te lo dijo? ¿Qué te dijo? No comprendo.

—Tu padre, me dijo que tú eres la elegida. La que no tardará en estar al mando. Te irás y te convertirás en la mujer más rica del mundo y te olvidarás de mí.

—No seas ridícula —soltó. No pudo evitarlo, se estaba empezando a enfadar—. ¡Maldita sea, Farmer, eso no son más que chorradas!

—Pero él me lo dijo.

—Me importa un comino lo que dijera o lo que ofreciera, no te voy a dejar, ¡te enteras!

—No pasa nada, Nikki, lo comprendo. Tienes que irte, probablemente siempre he sabido que acabarías haciéndolo. Supongo que no soy... adecuada para una relación.

—¡Muy bien! —dijo Nikki, abriendo la puerta y cerrándola de golpe.

—¿Dónde vas? —preguntó Terri desconcertada.

—Necesito una copa —dijo Nikki, dirigiéndose al club a grandes zancadas.

—Vuelve, Nikki, no es un lugar seguro.

—Estupendo, ahora no me apetece estar segura —le gritó Nikki desde el otro lado de la calle. Terri salió de un salto, pero se le enganchó el pie en el cinturón de seguridad. Después de dar saltos a la pata coja, por fin consiguió soltarse y rodeó el coche a toda prisa, corriendo hacia el club en el momento en que Nikki subía los escalones de la entrada.

—¡Nikki, vuelve, lo siento, no hagas esto! —le gritó, pero Nikki siguió adelante. Cuando Terri subió los escalones, dos porteras se colocaron entre ella y Nikki.

—La señora quiere una copa y tú no eres bien recibida aquí, así que largo —dijo una de ellas, alargando la mano para impedir que Terri siguiera avanzando.

—¡Nikki! —gritó Terri frenética por encima del hombro de la portera, pero ya era tarde, Nikki había desaparecido en el interior.

—Se buena y vete a casa —dijo la otra portera—. Seguro que encuentra a otra persona que se ocupe de ella.

Terri agarró a la mujer por la pechera de la chaqueta, levantándola del suelo.

—Tú eres nueva aquí, ¿verdad? —le bufó a la cara a la sorprendida mujer. Por el rabillo del ojo vio que la otra portera hablaba rápidamente por radio. A los pocos segundos otras cuatro porteras salieron del club y las rodearon.

—Bájala, Farmer, no queremos problemas —dijo una de las recién llegadas. Terri la reconoció de su última visita.

—Te quedaba mejor el collarín, al menos parecía que tenías cuello —gruñó Terri, sin soltar a la otra mujer.

—He dicho que la bajes y que te largues de aquí o lo lamentarás, te lo advierto.

—¿Que me lo adviertes? —dijo Terri, con un tono mortalmente gélido—. Ah, que se vaya al diablo, y al diablo con todas vosotras. —Tiró a la mujer en medio de las demás porteras, haciéndolas caer al suelo en penoso montón.

Le lanzó las llaves del coche a una de las porteras que seguían en pie.

—Dáselas. —Bajó los escalones, pero se detuvo y se volvió al llegar abajo—. Si a Nikki le pasa la más mínima cosa, aunque sólo sea una uña rota, por Dios que volveré y me las pagaréis.

Se alejó furiosa calle abajo. Por Dios santo, ¿de verdad he dicho "Volveré"?, gimió por dentro, meneando la cabeza mientras caminaba.


Nikki estaba sentada muy triste a una mesa, jugando con una copa que apenas había probado. Una mujer grandota se acercó a la mesa y dejó caer unas llaves de coche delante de ella.

—Tu novia ha dicho que te dé esto. —Se las arregló para que la palabra novia sonara como un insulto.

—Gracias —dijo Nikki, recogiendo las llaves pero sin verlas realmente. Bebió un trago de su copa, haciendo una mueca al sentir el ardor en la garganta.

—Eh, ¿y esa cara tan larga? ¿Se te ha muerto el gato o algo así?

Nikki miró a la mujer que acababa de sentarse a su mesa sin ser invitada.

—Algo así —murmuró.

—¿Has tenido una pelea con tu novia? —dijo la mujer.

—Sí, la primera.

La mujer acarició la mano de Nikki con compasión.

—Ya se le pasará, créeme. La primera siempre es la peor. Ahora parece que está a punto de acabarse el mundo, ¿verdad?

Nikki se encogió de hombros.

—Es que ha sido una estupidez. Piensa que la voy a dejar, está paranoica con eso. Tiene muchos problemas de confianza. No sé qué hacer para que crea en mí.

—¿Le gustan las flores?

—Estooo, no creo, Farmer no es tipo flores.

—Grande, dura y silenciosa, ¿eh?

—Sí, se podría decir —dijo Nikki, sonriendo por primera vez desde que había entrado en el club.

—¿Qué tal un litro de aceite para su moto?

Nikki miró a la mujer, fijándose en ella por primera vez.

—¿Cómo sabes que Farmer tiene una moto?

—Ah, todas la tienen, éstas que van de guerreras duras —sonrió.

—Sí, supongo que sí —sonrió Nikki a su vez—. Nikki Takis —dijo, ofreciéndole la mano.

—Judy Palmer —dijo la mujer, sonriendo y estrechando la mano de Nikki.

—¿Quieres una copa? —preguntó Nikki.

—Estupendo, lo mismo que estés bebiendo tú.

—¿Estás segura? Esto es alcohol para olvidar las penas.

—Pues así podemos olvidar juntas.

—Podemos, Judy, podemos —sonrió—. ¿Aceite de motor, has dicho?

—Siempre funciona.

—Pues tengo que tomar nota.


—Eres muy amable por llevarme, Judy. Creo que he tomado tres copas de más —farfulló Nikki, con la cabeza apoyada en el reposacabezas de cuero del Mercedes y los ojos cerrados.

—No es nada, Nikki —dijo Judy, frenando, y giró por una calle lateral y se detuvo junto a la acera.

—¿Por qué nos hemos parado? —preguntó Nikki, abriendo los ojos y mirando desconcertada a su alrededor.

—Vamos a recoger a una amiga a la que le dije que la iba a llevar, no te preocupes. —Salió y echó el asiento hacia delante. Otra mujer entró en el coche y se colocó en el asiento trasero detrás de Nikki. Judy volvió a entrar y arrancó el motor. El coche se apartó suavemente de la acera.

—Hola, Nikki —dijo la mujer que iba detrás.

—Hola —masculló Nikki. Frunció el ceño—. Oye, ¿yo no te conozco? —preguntó, volviéndose en el asiento para mirar por encima del hombro.

—Sí que nos hemos visto antes.

—¿Doctora?

—Vaya, así que no estás tan borracha, ¿eh, preciosa?

—¿Qué?

La mujer roció la cara de Nikki con un espray. Nikki se echó hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza y llevándose automáticamente las manos a la cara.

—Yo no me frotaría, Nikki, querida, se te pondrá peor.

—¿Qué me has hecho?

—Es una cosita que te desorienta, nada muy grave. Se te pasará dentro de unos minutos.

El coche se acercó a la acera y se detuvo de nuevo. Nikki notó que dos pares de manos fuertes le agarraban los brazos, tiraban de ellos hasta colocarlos detrás del asiento y se los ataban.

—¿Qué está pasando, Judy? —jadeó Nikki, con los ojos aún cerrados por el escozor.

—Vamos a hacer un viajecito y tú no vas a volver —replicó Judy.

Recorrió a Nikki por delante con las manos, palpando debajo del cuello de su chaqueta.

—Ajá, ya sabía yo que Farmer no te iba a perder de vista sin contar con algún tipo de refuerzo —dijo con tono de triunfo, mostrando un pequeño dispositivo negro.

—¿Qué es eso? —preguntó la mujer del asiento trasero.

—Un rastreador. A Farmer le encantan sus juguetitos. —Tiró el dispositivo por la ventana. Judy volvió a poner el coche en marcha y arrancó de nuevo.

—Por favor, soltadme, os podéis quedar con el coche, no llevo mucho dinero encima, pero también os lo podéis quedar.

—¿Te crees que esto es un simple robo de coche?

Nikki parpadeó, tratando de que le dejaran de llorar los ojos. Tiró de sus ataduras, pero no cedieron. Cuanto más tiraba, más parecían apretarse.

—¿Dónde me lleváis?

—He pensado que el río estaría bien. Un sitio agradable y tranquilo para despedirte del mundo.

—No tengo la menor intención de despedirme del mundo.

—Ah, pero lo vas a hacer, monada —dijo la médico desde el asiento trasero, acariciándole el pelo a Nikki.

—¿Qué me vais a hacer? —preguntó Nikki, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.

—Hemos pensado que lo adecuado sería un final clásico. Ya estoy viendo los titulares, hija rebelde de un multimillonario hallada muerta en su coche, en la escena se encontró una nota de suicidio echándole la culpa a su novia por haberla abandonado. Se van a poner las botas.

—Sabrán que no es un suicidio si estoy atada al asiento.

—Por eso hemos usado pañuelos de seda, no dejan marcas. Pasamos una goma desde el tubo de escape por la ventana y cuando la cosa esté hecha, te desatamos y nadie se enterará. Sólo Farmer sabrá que ha sido un asesinato, pero estará tan reconcomida por la pena que, quién sabe, puede que de repente ella también se suicide.

—Farmer os perseguirá y os matará a las dos. No parará hasta que estéis muertas.

—Sí, pero doña Robótica no sabrá a quién perseguir —dijo Judy.

—Ha habido un montón de gente que nos ha visto bebiendo juntas esta noche. Podrán identificarte.

—¿En serio? No lo creo —replicó Judy, que se quitó las gafas y se arrancó la peluca de rizos negros, revelando así una melena corta de pelo castaño rojizo que le llegaba a los hombros—. Y no me llamo Judy, me llamo Rachel.

—¿La policía del estómago quemado?

—No estaba quemado. Viene bien tener una médico como compañera. Puede decir cualquier cosa y la gente la cree automáticamente.

—Y tener una policía como compañera también viene bien en el otro sentido —dijo la médico desde el asiento trasero. Se sonrieron la una a la otra y se agarraron de la mano.

—Estáis enfermas.

—No, sólo amargadas.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que como eres rica y guapa, no tienes ni idea de lo que es que te den continuamente de lado, o peor, que se rían de ti, mientras luchas con la adolescencia, intentando aceptar tu sexualidad.

—Y una mierda, sólo sois un par de hijas de puta chifladas que os habéis encontrado. Lo que habéis hecho no tiene excusa.

—Ojalá no tuviéramos que hacer que parezca un suicidio, cómo me encantaría quemarle la cara a esta zorrita —dijo la médico, agitando un frasco de líquido transparente delante de Nikki, que por fin conseguía ver bien.

—A lo mejor encontramos un modo de aplicárselo a la cara a Farmer —dijo Rachel, sonriendo.

—Como la toquéis, os mato yo misma —gruñó Nikki.

—Ooh, a la nenaza de repente le ha salido un par, qué impresionante.

—¿Sí? Pues deberías haber oído chillar a la zorra cuando le quité los puntos. Bonito corte, por cierto.

—Gracias —dijo Rachel, sin dejar de sonreír.

—Las dos estáis ya muertas, sólo que no lo sabéis.

—Qué curioso, creía que eras tú la que iba a morir esta noche —dijo la médico.

Condujeron en silencio durante los siguientes diez minutos: no parecía tener mucho sentido seguir intercambiando insultos. El coche se detuvo en las sombras de uno de los numerosos puentes de Londres. El sitio estaba desierto a estas horas de la madrugada.

—¿Lista para reunirte con tu creador, Takis? —la provocó Rachel.

—Anda y que te follen.

Rachel se puso a hurgar detrás del coche, fuera de la línea visual de Nikki.

—Dime, ¿cómo has conseguido superar el muro de hielo de doña Robótica, cuando nadie lo ha logrado jamás? —preguntó Rachel, mientras metía por la ventanilla un tubo de plástico, cuyo otro extremo ya estaba dentro del tubo de escape del coche.

—Le he demostrado que la amo incondicionalmente.

—Qué bonito. ¿Quieres hacer tú los honores o lo hago yo? —preguntó Rachel, ofreciéndole las llaves del coche a la médico.

—Oh, hazlo tú, yo voy a mirar por la ventanilla. Quiero ver cuánto consigue aguantar la respiración.

—Sabrán que la letra de la nota no es mía —dijo Nikki, tratando de ganar tiempo desesperadamente.

—Está escrita con una impresora láser, cuyo cartucho ya ha desaparecido.

—Yo no tengo una impresora láser, sabrán que no es mía.

—Te olvidas de que yo solicitaré ocuparme del caso. Te garantizo que nadie hará esa pregunta. Y aunque Farmer monte follón, nadie pondrá en duda mi palabra, porque me acaban de dar el alta después de haber estado tan enferma.

—Farmer dudará, lo sabrá, vendrá a por vosotras.

—Me arriesgaré —dijo Rachel, metiendo la mano y girando el contacto. El coche empezó a llenarse de humos que hicieron toser a Nikki.

El pecho le pesaba como el plomo y el mundo empezó a alejarse de ella girando en remolinos de luz resplandeciente.

—Lo siento, Farmer —graznó antes de caer hacia delante en el asiento.

El rugido de un motor resonó por todas partes cuando una motocicleta giró atronadoramente por el otro lado del puente y aceleró hacia el coche salpicándolo todo de grava. Las dos mujeres, atrapadas en el rayo del faro, se volvieron hacia el ruido. Rachel se apartó tirándose al suelo, pero la médico no se movió cuando la rueda trasera de la moto trazó una curva cerrada, la golpeó y la lanzó por los aires, haciéndola aterrizar con un crujido sordo sobre el maletero del Mercedes.

Terri se apartó de la moto que caía y rodó con una voltereta hacia delante hasta quedar a la altura de la ventanilla del coche. Sin molestarse en intentar abrir la puerta, rompió el cristal de un puñetazo y agarró a la inconsciente Nikki, tirando con frenesí para sacarla del asiento. Nikki no se movía, al estar bien sujeta por las ataduras. Terri alargó la mano hacia el salpicadero y apretó un botón. La capota automática se abrió y plegó, arrastrando consigo la mayor parte de los gases mortíferos, al tiempo que el tubo caía inocuamente al suelo.

—Alabado sea el Señor por la ingeniería alemana —dijo Terri, quitándose el casco. Se sacó una navaja automática de la bota y cortó las ligaduras de Nikki. La levantó y la dejó en el suelo al lado del coche—. Vamos, dormilona —dijo, dando unas palmaditas suaves a Nikki en la mejilla. La mujer inconsciente se movió y abrió los ojos.

—¿Farmer?

—Sí, soy yo, Nikki, ya estás a salvo.

—¿Por qué has tardado tanto?

—El puente tapaba la señal.

—¡Farmer, cuidado! —gritó Nikki cuando Rachel atacó a Terri con un gran trozo de madera.

Terri agarró a Nikki por instinto y rodó con ella para apartarse, pero el madero la alcanzó de refilón. Aspiró con fuerza al sentir una punzada de dolor que le atravesó los riñones.

Dejando a Nikki de nuevo con delicadeza en el suelo, se levantó y se enfrentó a Rachel, que había retrocedido, sin dejar de blandir su nueva arma.

—Ahora vas a pagar hasta el final, Rachel —dijo Terri suavemente.

La médico recuperó el conocimiento y se puso a chillar. Rachel soltó el madero y corrió al coche. La médico se debatía, chillando a pleno pulmón. Rachel intentó agarrarla, pero la soltó de inmediato al notar que algo le quemaba la mano.

Se volvió frenética, mirando a Terri.

—Haz algo, se ha roto el ácido y la está quemando viva.

—Dame una buena razón para que lo haga.

—Lo confesaré todo, pero ayúdala. Por favor, Farmer, tú puedes hacer cualquier cosa, sé que puedes —dijo Rachel desesperada.

—Agárrala por los pies, yo la cogeré de los hombros y la meteremos en el río.

Arrastraron a la fuerza a la mujer que no paraba de retorcerse hasta que llegaron al borde del agua. Terri se hartó de la lucha de la mujer, de modo que le pegó un buen puñetazo en un lado del cuello, dejándola inconsciente, lo cual les permitió quitarle la ropa. El costado izquierdo, desde el pecho hasta la cadera, y gran parte del estómago, hervían de ácido.

—Quería echarme eso a la cara —dijo Nikki con cansancio, situándose al lado de Terri mientras Rachel hundía a la médico en el agua, aclarándole el ácido.

—Lo sé, ya lo oí —contestó Terri. Rachel miró a las dos mujeres que estaban de pie por encima de ella.

—¿Entonces todo esto ha sido una trampa? ¿Sabíais que os estábamos vigilando desde el principio y fingisteis la pelea?

—Pues sí.

—Sí, y la próxima vez serás tú el cebo, Farmer —dijo Nikki—. Y no empieces otra vez con lo de que puedo correr peligro, ya me has dado bastante la lata esta mañana. Ésta era la única manera de que funcionara, lo sabes.

—¿He dicho yo algo? —preguntó Farmer, mirando a Nikki.

—¿El rastreador del cuello era falso? —preguntó Rachel, sin dejar de lavar el ácido de su compañera.

—No, era bien auténtico, lo mismo que los otros cinco que lleva Nikki. Me gusta jugar con ventaja.

—Eres una zorra —soltó Rachel.

—Eso me han dicho.


—Volveré, te lo prometo con todo mi ser —dijo Nikki en voz baja al tiempo que abrazaba a Terri. El sistema de megafonía anunciaba la salida inmediata del vuelo para Atenas. El padre de Nikki había solicitado su presencia para hablar de su futuro.

—Vamos, Nikki, que vas a perder el avión —dijo Terri, abrazándola a su vez todo lo fuerte que se atrevió.

Sin importarle quién pudiera estar mirando, Nikki besó a Terri con fuerza en los labios.

—Estaré de vuelta antes de que te des cuenta. En cuanto haya solucionado unas cosas con papá, estaré en el primer avión de regreso a Londres.

—Lo sé —sonrió Terri, esforzándose por no ceder a la inmensa tristeza que le invadía el alma.

Un pequeño saludo con la mano y una sonrisa y Nikki desapareció por las puertas de la sala de embarque. Terri se quedó mirando el avión que se dirigía a la pista, con la frente y las manos apretadas contra el cristal del enorme ventanal. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—Adiós, Nikki, buen viaje —susurró.

Terri abrió la puerta en piloto automático. No recordaba en absoluto la vuelta desde el aeropuerto. Se sentó en el sofá, contemplando ciegamente la pared. Sabía que debía comer, pero no conseguía reunir la voluntad para hacer nada. Pensó un momento en sus barras de ejercicio. Eso la ayudaría, pensó, un poco de ejercicio sin pensar, para perderse en las repeticiones y desconectar la mente del dolor lacerante que sentía. El piso estaba tan muerto y vacío ahora que ¿qué más daba ya nada?

Estaba tan hundida en la miseria que casi no oyó los suaves golpes en la puerta. Suspirando, se levantó y fue a la puerta, sin molestarse siquiera en ver quién era. No le importaba quién pudiera ser, lo despacharía bien rápido, aunque fuera la reina de Inglaterra en persona.

Nikki estaba en la puerta, con las maletas en el suelo a cada lado.

—Parece que he tenido un ligero accidente —dijo.

Terri se quedó boquiabierta.

—Pero si he visto cómo se iba tu avión —consiguió decir por fin.

—Sí, ahora voy a recibir una carta impertinente de British Airways y una multa inmensa por exigir que detuvieran el avión y me dejaran bajar. Y no veas la de gente que he conseguido cabrear al hacerlo —dijo con orgullo.

—¿Un accidente? —dijo Terri, cuya mente se puso por fin en marcha.

—Sí, me he dejado aquí el corazón y he pensado que no podía irme sin él.

Terri no pudo evitarlo, la atravesó una oleada de alivio y se echó a llorar.

—Oye, que esto no tiene que hacerte llorar, Farmer.

—No puedo evitarlo, lo siento —dijo, pasándose la mano por las mejillas—. Parece que siempre que estoy contigo no consigo dejar de berrear.

—A ver qué puedo hacer al respecto. ¿Me dejas pasar o qué?

Terri se echó hacia atrás, dejando pasar a Nikki. Antes de que ésta hubiera dado tres pasos dentro del piso, Terri la levantó en brazos y la estrechó con fuerza.

—Creías que te ibas a librar de mí tan fácilmente, ¿eh? —dijo Nikki.

—Nunca, siempre serás parte de mí.

—¿Me has echado de menos?

—Qué va, estaba fingiendo.

—¿No me digas?

—Sí, los robots podemos hacer eso, ¿sabes?

—¿No necesitarás que te reprogramen?

—¿Crees que podrás con ese trabajo?

—Sin problema. A partir de ahora, donde yo vaya, irás tú, y donde tú vayas, iré yo.

—¿Sí? Me parece un poco pegajoso.

—Tal vez, pero es la verdad. Oye, ¿quieres venir a dirigir un imperio naviero conmigo y hacerte demencialmente rica?

—Pues no, la verdad.

—Ah, a tomar por culo, yo tampoco. Vamos a quedarnos aquí y a perseguir a los malos.

—Tan encantadora como siempre.

—Ya te digo, colega.


FIN


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