2



—Bueno, ¿así que volvemos al club o vamos a la oficina de papá? —preguntó Nikki, devorando un cuenco de cereales. Terri estaba haciendo abdominales, usando los asideros metálicos para los pies.

—No sé, no lo he decidido —gruñó entre flexiones.

—Bueno, pues házmelo saber cuando lo decidas —dijo Nikki, cogiendo el mando, con el que cambió los canales de la CNN al programa del desayuno del Canal 4 y subió el volumen.

Terri detuvo sus ejercicios para decir algo sobre que podía preguntar primero, pero sacudió la cabeza y continuó con sus flexiones. Nikki se echó a reír y murmuró algo sobre lo que se veía en la pantalla.

Terri se paró de nuevo.

—¿Qué... qué has dicho? —jadeó.

—Nada, estaba hablando con la tele.

—¿Estabas hablando con la tele?

—Claro, ¿no lo hace todo el mundo? —preguntó Nikki, metiéndose otra enorme cucharada de Cornflakes en la boca.

—No todo el mundo —masculló Terri hoscamente, intentando recuperar el ritmo—. Oh, es inútil. —Se levantó y, malhumorada, soltó los asideros, tras lo cual se lanzó hacia el baño para ducharse.

—¿Qué pasa, Farmer, notas los efectos de otra noche fría y solitaria?

—El alquiler acaba de subir, rubita —le gritó por la puerta abierta del cuarto de baño. Nikki sonrió por su capacidad para irritar a Terri tan fácilmente. Se reclinó en la cómoda butaca de cuero, mirando hacia el baño. Se dio cuenta de que la puerta estaba abierta lo suficiente como para ver la pared de espejo del fondo. Se le cortó la respiración al ver a Terri entrando en la ducha.

—Chica mala, basta... ¡basta ya! —se regañó a sí misma en voz baja. Sí, ya, pensó, incapaz de apartar la mirada.

—¿Basta qué? —dijo Terri desde el baño, levantándose la larga melena oscura, al parecer ajena al escrutinio de Nikki.

Maldita sea ella y su oído mutante, rezongó por dentro.

—Ah, nada, Farmer, una cosa de la tele —respondió, soltando un suspiro de alivio al reaccionar tan rápido. Terri salió de la ducha y empezó a secarse. Nikki cerró los ojos y suspiró. ¿Por qué a mí? ¡Esto no es justo!

—¿Algún problema?

Nikki dio un respingo. Terri estaba de pie a su lado, secándose el pelo con una toalla.

—Estooo, no, todo va bien.

—Parecías un poco preocupada.

—No, estoy bien. Hasta tengo mejor la espalda, mira —dijo, echándose hacia delante y torciéndose para demostrar su reciente flexibilidad.

—Eso está bien. A lo mejor podemos avanzar un poco más ahora que te estás recuperando —dijo Terri, alejándose hacia su cuarto.

Nikki cerró los ojos y gimió de frustración, moviendo la cabeza despacio de lado a lado.


5

Terri pagó al hombre del quiosco y cogió el periódico que éste le dio a cambio. Pasó rápidamente las páginas buscando cualquier noticia sobre el incidente del club.

—¿No podrías preguntar a tus amigos de la comisaría? —preguntó Nikki, que caminaba a su lado mientras avanzaban por las calles congestionadas de la City, el centro comercial de Londres. Se dirigían a las oficinas principales de Sparcon, la compañía naviera propiedad del padre de Nikki.

—Podría, pero puede que esto me diga lo que necesito saber —replicó Terri, sin dejar de mirar las páginas y abriéndose paso hábilmente por el tráfico peatonal sin apartar la vista del periódico.

—¿Tienes radar incorporado? —preguntó Nikki, después de chocarse por enésima vez con la personas que venían en sentido contrario.

—Viene bien medir un metro ochenta, la gente suele verte venir —contestó Terri, sin dejar de leer el periódico.

—¿Estás diciendo que soy baja?

—Ni se me ocurriría, kontos.

—Eso es muy ofensivo, ¿no? —dijo Nikki indignada.

—Pues no.

—Farmer, ¿acabas de decir lo que creo que acabas de decir?

—¿Qué crees que he dicho?

—No lo voy a decir.

—Pues así me va a costar contestarte, ¿no?

—Has dicho una grosería.

—No es cierto.

—¡Sí que lo has dicho!

Terri sonrió a Nikki.

—Cálmate, he dicho kontos, es griego.

—Ah —dijo Nikki, sonrojándose ligeramente—. Claro... ya lo sabía. ¿Qué quiere decir?

—¿Es que no hablas tu lengua materna?

—Claro que sí, hablo americano, como mi madre.

—Ya, bueno, lee esto —dijo Terri, pasándole el periódico bien doblado y señalando un pequeño artículo sobre los hechos ocurridos en el club la noche antes.

Nikki leyó en voz alta.

—La policía considera sospechoso un incidente ocurrido en un club privado de Soho en el que una mujer bebió un líquido limpiador corrosivo. La mujer, cuyo nombre se desconoce, se encuentra en estado grave pero estable, dijo anoche un portavoz del hospital.

—Interesante, ¿no te parece? —dijo Terri.

Nikki se encogió de hombros.

—Supongo... eeeh, ¿por qué?

—Bueno, para empezar, no se mencionan el nombre del club ni el nombre de la víctima, y mucho menos se dice que Rachel sea policía.

—¿Qué quiere decir eso, que los periodistas son unos vagos o qué?

—Quiere decir que alguien está intentando deliberadamente que el asunto pase desapercibido y no salga en los periódicos.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no lo sé. Podría querer decir muchas cosas.

—¿No has dicho que era interesante?

—Interesante es un término muy relativo, ¿no crees?

—¿Por qué cuesta tanto mantener una conversación contigo, Farmer?

—¿Cuesta?

—¿Lo ves? Ya estás, contestando una pregunta con otra pregunta.

—¿Eso hago?

—Me rindo.

—Bien, porque ya hemos llegado.

Las dos levantaron la mirada y contemplaron el inmenso rascacielos que se cernía sobre ellas. Nikki se tambaleó un poco, pero Terri la sujetó, sin dejar de mirar hacia arriba.

—Lo siento, Farmer, cuando miro edificios altos desde tan cerca, siempre pierdo el equilibrio.

—¿Entonces por qué lo haces?

—Pues no lo sé —dijo, frunciendo el ceño.

—Ya, bueno, adelante, McDuff, llévame ante los hurones de tu empresa.

—Sí, son como comadrejas, ahora que lo dices —sonrió Nikki.

Pasaron por las puertas giratorias a una estancia pequeña y anodina. Un tablón en la pared detallaba quién se alojaba en qué pisos. Diez ascensores con gente esperando completaban el vestíbulo. Terri y Nikki consiguieron un ascensor para ellas solas.

—Así que Sparcon sólo ocupa un par de plantas, creía que tendría más —dijo Terri.

—No, ésta es sólo su oficina de Londres, el cuartel general está en Atenas —replicó Nikki.

—¿Ahí es donde está tu padre?

—Probablemente, aunque podría estar en cualquier parte. Sparcon tiene oficinas en Nueva York y Hong Kong, además de otros sitios.

—¿Tú las visitas mucho?

—Pues no, sólo si hay una exposición de barcos cerca.

—¿Tantas exposiciones de barcos hay?

—Suficientes para tenerme viajando gran parte del año.

—Debe de ser una vida dura.

—Bueno, alguien lo tiene que hacer, así que bien puedo ser yo —dijo Nikki, sonriendo con aire satisfecho.

—¿Te has planteado tu futuro con Sparcon?

—No, la verdad es que no. ¿Qué sé yo de cómo se dirige una naviera?

—Christos parece verte como una amenaza.

—Es un cretino.

—Eso no quiere decir que se equivoque.

—Bueno, pues yo no quiero el maldito trabajo y cuanto antes lo entiendan estos gorilas, antes me dejarán en paz.

—¿A qué te referías cuando dijiste que querían hacerte daño?

—Creo que quieren que pierda mi trabajo y entre a trabajar para ellos.

—¿Quiénes, tu padre?

—No, no creo que él esté implicado. Creo que hay personas en la compañía que no quieren que Christos esté al mando y creen que yo sería una buena sustituta.

—¿Cuánto falta para que tu padre se retire?

—Oh, décadas en teoría, pero de vez en cuando amenaza con jubilarse temprano y "dejárselo a los críos", como dice él.

—¿Cómo lo sabes, si nunca lo ves?

—Me lo han dicho.

—¿Quién?

—Pues, John, por ejemplo.

—¿John?

—Sí, es el tipo al que le pedí que averiguara dónde vivías. Su equipo hace toda clase de estudios e investigaciones sobre cualquier cosa que necesite la compañía.

—¿Cómo sabes que puedes confiar en él?

—Jesús, Farmer, eres tan desconfiada como Christos.

—Tal vez, pero he descubierto que es lo mejor.

—¿Lo mejor para qué?

—Así no te hacen tanto daño.

Nikki soltó un resoplido.

—No me parece que haya nada que te pueda hacer daño, Farmer.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Eres tan... equilibrada, estás tan a gusto contigo misma, tan segura y llena de confianza, dinámica... a eso me refiero.

Sí, bueno, añade sola y aburrida a la lista, pensó Terri con tristeza.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Nikki.

—Que es un bonito ascensor.

—Ya... eeeh, bonito.

—¿Dónde vamos? —preguntó Terri.

—Al piso dieciocho. Ahí es donde está operaciones. Donde están John y su equipo.

—¿Por qué hay oficinas en Londres?

—En la época en que mi tatarabuelo fundó la compañía, se llamaba Compañía Naviera Anglogriega. En los tiempos en que Britania dominaba los mares, era de rigor tener una presencia aquí. Ahora ya no es tan importante, claro.

—No, supongo que no.

—Creo que en los años setenta tenían más de la mitad de este edificio, pero ahora se ha reducido a dos plantas.

—Tú ni siquiera habías nacido en los setenta.

—Bueno, pero sé leer, ¿sabes?

Terri estaba a punto de contestar cuando llegó el ascensor. Una mesa grande e imponente, con una mujer impecablemente arreglada incluida, bloqueaba el paso al resto de la planta. Detrás de ella había dos guardias de seguridad impasibles, dispuestos al parecer a repeler a todo visitante no autorizado.

—Señorita Takis, es un placer verla de nuevo y tan pronto después de su última visita —dijo la mujer de detrás de la mesa.

—Hola, Gloria. Ésta es Terri Farmer, invitada mía. Voy a enseñarle las oficinas.

—¿Necesita ayuda?

—No, lo tengo todo controlado.

La recepcionista consiguió sonreír falsamente y asintió.

—¿Le importaría rellenar un formulario de visitante, señorita Farmer? —preguntó Gloria, deslizando una hoja de papel hacia Terri. Nikki cogió el formulario y lo rompió en dos, dejándolo caer de nuevo en la mesa.

—No es necesario, es mi invitada —anunció con dulzura.

—Señorita Takis, es una norma de la compañía que todos los visitantes...

Nikki se echó hacia delante, levantando una mano e interrumpiendo a Gloria a media frase.

—Un día seré yo la que dirija esta compañía, así que sea amable y haga lo que le digo, ¿eh? —Su voz se había puesto grave y amenazadora. Gloria tragó, limitándose a asentir.

Pasaron con autoridad ante la recepción y bajaron por un largo pasillo hasta un pequeño despacho. Al otro lado había una gran puerta con el nombre del padre de Nikki, detrás de un costoso escritorio.

Terri enarcó las cejas.

—¿Así que quieres el gran sillón, después de todo?

Nikki se encogió de hombros.

—Qué va, pero ella no lo sabe. De vez en cuando hay que ponerlos en su sitio o pierden los papeles. Podemos pedirle a John que suba a vernos al despacho de papá y aclarar todo esto.

—¿Entonces no crees que John esté implicado en tu chantaje o en una conspiración para deshacerse de Christos?

—No, estoy segura de que está limpio.

—¿Cómo lo sabes con seguridad?

—Está enamorado de mí —dijo Nikki sin darle importancia.

—¿Es que no sabe que eres de la acera de enfrente?

—Es un tema que nunca ha salido en nuestras conversaciones, pero como su trabajo consiste en estudiar e investigar, no puedo creer que no lo sepa.

—Pero lo tienes tan oculto que te preocupa lo que puedan pensar tus actuales jefes.

—Es una tontería. Estoy bastante segura de que les daría igual, pero son lo bastante anticuados como para pensar que sí que importa que parezca que les afecta, de modo que se sentirían obligados a hacer algo. Lo estúpido es que no creo que haya nadie a quien le importe gran cosa hoy en día, es sólo que tienen miedo de lo que puedan pensar los demás y se comportan de acuerdo con esta idea. Si consiguiéramos que la gente se diera cuenta de que a nadie le importa, todo esto acabaría desapareciendo.

—Siempre puedes echar un discurso en Speaker's Corner en Hyde Park, seguro que encontramos una caja extra grande para que te subas a ella.

—Ya te estás burlando de mí otra vez, Farmer.

—Jamás —dijo Terri con la cara muy seria.

—Bien, porque si no me veré obligada a pincharte en las costillas otra vez.

—Eso te costará extra.

—Valdría la pena.

Se quedaron mirándose a los ojos un momento hasta que Terri apartó la mirada y se sentó en el escritorio de la secretaria.

—¿Qué tal si llamamos a John y ponemos esto en marcha? —preguntó.

—Primero vamos a ponernos cómodas en el gran sillón de ahí al lado.

—Después de ti —dijo Terri, señalando con la mano la puerta del despacho interior.

Nikki abrió la puerta y entró con Terri a un paso detrás de ella. Si Terri no hubiera tenido los reflejos que tenía, se habría estrellado con la espalda de Nikki, que se había parado en seco a media zancada.

—Hola, Nikkoletta —dijo un hombre desde detrás de una mesa enorme que ocupaba una pared.

—¿Papá?

—En carne y hueso. —Hablaba un inglés preciso sin el menor acento.

—Pero cómo... nadie me ha dicho... ¿por qué...?

—Nadie sabe que estoy aquí, salvo tu amiga y tú. —Se levantó y rodeó el escritorio, alargando las manos. Nikki corrió a sus brazos y los dos se abrazaron.

—Oh, papá, cuánto tiempo ha pasado —susurró Nikki, con lágrimas en los ojos.

—Lo sé, pequeña mía, lo sé.

—¿Cómo has entrado sin que nadie te viera?

—No te puedo contar todos mis secretos, Nikki —dijo, sonriendo.

—Un ascensor oculto para ejecutivos —dijo Terri. Nikki soltó a su padre y se volvió para mirar a Terri. Él se echó a reír, pero no negó lo que acababa de decir Terri.

—Usted debe de ser la formidable señorita Farmer —dijo, ofreciéndole la mano.

Ella la aceptó, estechándosela tan fuerte como él.

—¿Y usted cómo sabe quién soy?

—Sé muchas cosas, señorita Farmer. Le agradezco la ayuda que ha prestado a mi hija durante estos días.

—¿Lo sabías? —preguntó Nikki.

—¿Que mi propia hija había ingresado en el hospital con una herida grave? Difícil que no me enterara, con todos los comunicados que ha habido al respecto.

—No me has llamado —dijo Nikki con tono de reproche.

—Sabía que estabas en buenas manos.

—Su preocupación paternal es encomiable —dijo Terri.

—Farmer... —gruñó Nikki.

—No, tiene razón, eludo mis deberes como padre, siempre lo he hecho. Que tú hayas salido tan bien como lo has hecho se debe por completo a ti misma y a tu madre. ¿Cómo está, por cierto?

—Está bien.

—Como si no lo supiera —añadió Terri. El padre de Nikki soltó despacio a su hija.

—Es usted muy perspicaz, señorita Farmer. La información que tengo sobre usted no le hace justicia en absoluto.

—¿Sí?

—Veamos —dijo, alcanzando una carpeta delgada que tenía en la mesa. La abrió y leyó la primera hoja—. Teresa Jane Farmer, nacida el ocho de diciembre de mil novecientos setenta. Educación universitaria, licenciada en ciencias e ingeniería. Dominio de varios idiomas y varios cinturones negros en por lo menos dos artes marciales. Ingresa en el ejército británico después de la licenciatura, con una carrera brillante en Sandhurst, donde fue la primera de su promoción. Destinada a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas como capitana del regimiento de transmisiones. Dimitió de su puesto inesperadamente. ¿Por qué fue eso exactamente, señorita Farmer?

—No me gustaba la comida.

—Por supuesto —dijo él, sonriendo levemente—. Regresó al Reino Unido y entró en la policía, pero lo dejó al cabo de sólo un año. ¿La comida de nuevo, deduzco?

—No, no me gustaba el gorro.

—Ah, muy bien. Actualmente trabaja de manera autónoma como detective privada. ¿La comida y los gorros son ahora más de su gusto?

—Por ahora.

—Vive en un piso caro de Chelsea, pero todavía debe más de un millón de libras por él.

—Sí, pero ya soy dueña de la mitad.

—¿Le gustaría ser dueña de la otra mitad, mientras todavía es joven, señorita Farmer?

—¿Eso es una especie de amenaza?

—No, no, no me malinterprete. Le ofrezco un puesto permanente que la ayudará a lograr seguridad económica.

—¿Qué clase de puesto?

—Al grano. Eso me gusta, señorita Farmer. ¿Puedo llamarla Teresa? Seguro que no es necesaria tanta formalidad.

—Con Farmer vale.

—Como desee. Bueno, en primer lugar, quiero que proteja a mi hija. Haga lo que ha venido haciendo. En segundo lugar, puede que tenga un asunto que investigar para usted. ¿Le interesaría?

—Depende de qué asunto se trate.

—Creo que algunos de mis barcos están siendo utilizados por una banda organizada de contrabandistas. Deseo acabar con ello.

—Ya tiene a John y su equipo, según me ha dicho Nikki. Que se encarguen ellos.

—Lo han estado intentando, pero con escaso éxito. Uno podría estar tentado de llegar a la conclusión de que no se están esforzando mucho. Pero por ahora les daré el beneficio de la duda. No, ésta sería una investigación independiente de alguien de fuera, alguien que no tenga posibles intereses en la compañía.

—¿Por qué no se lo encarga a la policía?

—¿De qué país?

—Del que convenga.

—No me parece lo adecuado.

—¿Y si la investigación destapa algo que no le gusta?

—Ah, ¿se refiere a mi hijo? —Terri enarcó las cejas asintiendo—. No me importa lo que destape, quiero la verdad. ¿Esto quiere decir que está interesada?

—Lo pensaré.

—Estás muy callada, Nikki —dijo él, volviéndose hacia su hija.

—Es que todo esto es un poco repentino, papá. Me cuesta asimilarlo todo.

—Es comprensible.

—¿Tiene algún sentido que ahora veamos a John? —preguntó Terri.

—Hemos tenido unas palabras, no volverá a suceder.

—¿El qué? —preguntó Nikki, con expresión desconcertada.

—Creo que alguien no interpretó bien una de sus órdenes, ¿verdad? —dijo Terri.

—Una vez más, admiro su astucia, señorita Farmer. Sí, alguien se pasó cuando les sugerí sin darle importancia que sería interesante someter a mis hijos a un poco de presión para ver de qué madera estaban hechos.

—¿Para qué demonios has hecho eso? —exigió Nikki.

—No formaba parte de mi plan que sufrierais daños ninguno de los dos, te lo aseguro.

—Pues espero que hayas despedido a ese hijo de puta —rabió Nikki.

—Ya nos hemos ocupado de él, te lo prometo. Bueno, señorita Farmer, ¿cuál es su decisión?

—Me lo tengo que pensar. Tengo otras cosas de las que ocuparme en estos momentos. No puedo dejarlas.

—Si se trata de un problema económico, podemos arreglarlo rápidamente, señorita Farmer.

—No todo da vueltas en torno al dinero, señor Takis. ¿O puedo llamarlo Alex, ahora que ya no estamos tan formales?

Él volvió a sonreír levemente.

—Me cae bien, Farmer. No sabe lo refrescante que me resulta no tener que soportar más servilismo adulador.

—Hago todo lo que puedo.

—Sí, creo que lo hace. —Miró su reloj—. Pero el tiempo es dinero y tengo que tomar un vuelo para Moscú dentro de una hora. Si no le importa, tengo que ocuparme de unas cosas antes de irme.

—¿Cómo me pongo en contacto con usted? —preguntó Terri. Él metió la mano en su chaqueta y sacó una tarjeta de negocios.

—Ése es mi móvil privado y la línea privada de mi secretaria. Uno de los dos contestará siempre las veinticuatro horas del día. Póngase en contacto conmigo cuando tenga algo que decirme.

—Vamos, Nikki, nos están echando cortésmente.

—¿Papá? —dijo Nikki, mirando a su padre.

—Ve con la señorita Farmer, Nikkoletta, estás en buenas manos.

—Pero... pero...

—Vamos —dijo Terri, cogiendo suavemente del brazo a Nikki y llevándola a la puerta.

—Una cosa más, señorita Farmer —dijo el padre de Nikki.

—¿Sí?

—Veo que nunca ha estado casada y que actualmente no tiene compañía sentimental.

—¿Y?

—¿Es algo que debería interesarme?

—Sí.

—¿Ah?

—Espero que le resulte interesante el hecho de que eso es algo que no es asunto suyo.

Él asintió, haciendo una pausa.

—Sí, tiene razón.

—¿En que no es asunto suyo?

—No, es interesante que haya algo que no sea asunto mío. Buenos días, señorita Farmer. Espero tener noticias suyas pronto.


—Una persona interesante —dijo Terri entre lametones largos y lentos. Estaban sentadas las dos en un banco del parque, comiendo un helado.

—Sí, es una forma de describirlo —replicó Nikki de mal humor.

—No es alguien con quien convenga enemistarse, me parece a mí.

—No lo sé.

Se quedaron en silencio, Terri concentrada en su helado, Nikki con la mirada fija en los cuidados parterres de hierbas del parque, sin verlos en realidad.

—¿Vas a querer eso? —preguntó Terri, dando un codazo a Nikki y señalando su helado, que se estaba derritiendo.

—No, toma. Ahora mismo no me apetece.

—Yo siempre he pensado que nunca hay un mal momento para tomar un helado —dijo, quitándole muy contenta el helado a Nikki.

—¿Por qué no puedo tener un padre normal?

—Probablemente va con la especie, creo yo.

—¿Qué especie?

—Los empresarios superricos. Todo trabajo y nada de diversión. No me sorprende que tu madre se largara.

—Pero no siempre ha tenido que ser así, ¿verdad? —dijo Nikki.

—¿En qué estabas pensando?

—Pues ya sabes, amor, romance, citas, todo eso.

—A lo mejor a tu madre le gustaba la idea de tener una fuente inagotable de dinero. ¿Y descubrió demasiado tarde que la cosa no era ni mucho menos tan buena como la pintaban?

—Supongo.

—Eres joven, Nikki. Algún día encontrarás a tu princesa. Entonces podrás pasarte el resto de tu vida demostrándole a tu padre cómo se deben hacer las cosas.

—¿Y tú qué, Farmer? ¿Algún día llegará tu eeeeh... lo que sea?

—Si no llega, es que no lo estoy haciendo bien.

—Muy graciosa, Farmer. Estoy hablando en serio.

Terri se encogió de hombros, metiéndose otro buen montón de helado en la boca.

—No es algo en lo que haya pensado mucho —dijo, frunciendo el ceño ligeramente, evidentemente incómoda con el tema.

—¿Tú crees que hay alguien ahí fuera sólo para ti, la otra mitad de tu alma? —preguntó Nikki.

—No lo sé.

—¿Y si ya está cerca, pero no lo reconoces?

—Y yo qué sé —masculló Terri.


6

Farmer se terminó el helado.

—¿Y ahora qué, jefa?

—¡Ja, sólo soy jefa cuando te conviene! —replicó Nikki, con tono despectivo.

—En este momento, me conviene.

—En ese caso, llévame a casa.

—¿Te refieres a casa de hotel, casa de Mansiones Farmer o casa de California?

—Farmer, no estoy de humor, llévame a tu casa... por favor.

—A casa, pues —dijo Terri, levántandose ágilmente del banco y alargando la mano. Nikki la agarró sin decir nada y dejó que la pusiera de pie sin esfuerzo.

—¿Tenemos que volver en metro?

—No, si no quieres. Hay autobuses, taxis o piernas: elige.

—¿Cuánto tardaríamos andando?

—Ah, pues si caminamos a buen paso, podríamos llegar dentro un par de horas.

—Bien, cojamos un taxi.

—Como desees. —Terri miró de un lado a otro de la calle. Estaba llena de tráfico, pero no se veía ni un taxi en la aglomeración—. Vamos a bajar hacia el río. Allí habrá muchos taxis.

—Vale —replicó Nikki, sin escuchar de verdad.

—¿Sigues pensando en tu padre? —preguntó Terri, mientras caminaban despacio hacia el sur.

—Sí, supongo.

—No son pensamientos agradables.

—No, la verdad es que no.

Se quedaron en silencio.

—¿Farmer?

—Mmmm.

—¿Tú te llevabas bien con tu padre?

—Era mi mejor amigo.

—¿Y con tu madre?

—Con ella también, aunque ella y yo, bueno... tendíamos a discutir un poco.

—¿Sobre qué?

—Oh, esto y lo otro, lo de siempre.

—Dímelo.

—No le hacía mucha gracia lo chicazo que era yo. Siempre creaba tensión entre las dos.

—Tú un chicazo, ¿quién lo habría pensado? —dijo Nikki, sonriendo por primera vez desde que se habían marchado de la oficina de su padre.

—Sí, qué sorpresa, ¿eh?

—¿Cuándo te diste cuenta de que ser chica estaba bien?

Terri se quedó pensando un momento.

—Pues no lo sé —dijo con tono apagado—. Me costó muchas cosas que quería de verdad, a lo largo de los años.

—Farmer, no lo dirás en serio, si no podrías ser más mujer ni aunque lo intentaras.

—No he dicho que se me diera mal —sonrió Terri.

—Y no es que te molestes con los detalles. Ni maquillaje, ni ropa femenina, pero no puedes ocultar lo que eres. Seguro que tenías a todos los chicos encima en la universidad.

—Algunos lo intentaron.

—¿Y?

—Pues que no lo intentaron una segunda vez.

—Machacando incluso entonces, ¿eh?

—Mi padre me dejó tomar lecciones de kárate cuando tenía cuatro años —dijo Terri, con los ojos desenfocados al pensar en el pasado—. Mi madre quería que tomara lecciones de baile y piano. Llegamos a un compromiso con las artes marciales. Se debió de convencer a sí misma de que era otro tipo de baile. —Terri se echó a reír por la idea.

—¿Pero tu padre lo sabía?

—Ah, sí. Me llevaba a los campeonatos.

—Seguro que tenías un cuarto lleno de trofeos.

—Alguno que otro.

—¿Eso era cuando querías ser chico?

—Sí, ellos tenían todo el poder. Yo tenía que esforzarme mucho para ser igual de fuerte. Me sentía estafada. Luego llegué a la conclusión de que Dios quería que trabajara más que todos los demás.

—Cosa que hiciste, por supuesto.

—Ellos daban por supuesta su musculatura, yo no.

Nikki alargó la mano y apretó el brazo de Terri. El bíceps se tensó por el contacto, hinchándose ligeramente. A Nikki le pareció como un roble cubierto de terciopelo.

—Diablos, mujer, son como... como una piedra. Increíble —exclamó Nikki con entusiasmo.

—Sí, bueno, llevo tanto tiempo haciéndolo que ya ni pienso en ello. —Terri se encogió de hombros, algo cohibida por el atento escrutinio.

—Pues ahora puedes dar gracias a Dios por haberte dado esa fuerza de voluntad. Si hubieras sido un chico, ni te lo habrías planteado, como ellos.

—Ya no creo en Dios.

—Ah, ¿y por qué no?

—Qué cotilla eres, ¿no?

—Sólo estoy conversando, Farmer. Conociéndote mejor. Creo que nos hace falta, si vamos a pasar tanto tiempo juntas.

—¿Quién dice que vamos a pasar tanto tiempo juntas?

—Pero yo creía... la oferta de papá y eso... que tú...

—Todavía no lo he decidido —dijo Terri con brusquedad, interrumpiendo a Nikki.

Nikki frunció el ceño al pensar que Terri no fuera a estar mucho más tiempo con ella.

—Bueno, pues debo de estar empezando a caerte bien.

—¿Y eso por qué?

Nikki se dio la vuelta y se puso a caminar de espaldas a unos pasos por delante de Terri.

—Porque me has dejado tocarte y ni siquiera te has encogido ni me has tumbado —dijo sonriendo. Terri se detuvo, tocándose por reflejo el brazo donde Nikki se lo había apretado—. Te van a entrar moscas —exclamó Nikki, sin dejar de sonreír.


Llegaron al Támesis, sin que ninguna de las dos tuviera al parecer mucha prisa en localizar un taxi para volver a casa. Nikki se apoyó en la barandilla que daba al gran río. Frente a ellas, en la orilla opuesta, vieron el Ojo de Londres, el lugar destacado más reciente de la capital, una inmensa noria construida para conmemorar el nuevo milenio.

—Impresionante —dijo Nikki.

—Supongo —replicó Terri.

—No hay muchas cosas que te impresionen, ¿verdad?

—Algunas.

—¿Cómo qué?

—¿Qué es esto, el día dedicado a incordiar a la guardaespaldas o qué?

—Contesta a la pregunta, Farmer.

—¿Y por qué tengo que hacerlo?

—Soy la jefa, ¿recuerdas?

—Ah, sí, qué tonta soy.

—¿Y bien?

—¿Quieres saber qué cosas me impresionan?

—Sí, ¡y no digas las jefas que no hacen preguntas!

Terri estuvo a punto de hacer un comentario, pero se lo pensó mejor; en cambio, cerró los ojos un momento, meneando la cabeza.

—Me gusta ver el amanecer en las llanuras africanas. Me gusta la forma en que se refleja la luz en las alas de una mariposa. Me gusta quedarme sentada en una butaca cómoda leyendo a Shakespeare en las tardes lluviosas de domingo. Me gusta la gente que considera que la vida es sagrada. Me gusta el olor de la hierba recién cortada. Sobre todo, me gusta la gente que me deja en paz.

—Caray, Farmer. Y yo que creía que me ibas a decir lo impresionante que es un Smith'n'Wesson o lo bien que suena un Chevy V8.

—Sí, bueno, eso te demuestra que en realidad nunca se conoce a las personas, por mucho que uno crea que las conoce —dijo Terri, encaminándose hacia la Torre.

Nikki la alcanzó al trote.

—No estás enfadada, ¿verdad?

—No.

—Es que lo pareces, un poco.

—No estoy enfadada, lo prometo.

—Bien. ¿Dónde vamos?

—Habrá muchos taxis donde la Torre, con tanto turista y eso.

—Caray, la Torre de Londres. Nunca he estado allí.

—Sólo es un castillo lleno de cosas viejas.

—No está en tu lista, entonces.

—No.

—¿Por qué no?

—Es un homenaje a la guerra y la muerte.

—¿No te gustaba todo eso?

—Antes sí, ahora ya no.

—¿Por eso dejaste el ejército?

—Más o menos.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Nikki.

—Quiere decir que más o menos.

—¿Te gustaba el ejército pero no la razón de su existencia?

Terri sonrió.

—Muy bien, Nikki.

—No soy tan estúpida como parezco, ¿sabes, Farmer?

—No, supongo que no lo eres.

—Oye, ¿podemos pararnos y sentarnos un poco? —dijo Nikki, señalando uno de los numerosos bancos que bordeaban la orilla del río.

—Creía que querías ir a casa.

—Sí, pero... me duele la espalda y me gustaría descansar un poco.

Terri miró a Nikki.

—¿Por qué tengo la sensación de que te estás aprovechando un poco de lo de tu espalda?

—Porque tienes una mente desconfiada, me lo has dicho, ¿recuerdas?

—Sí, es cierto, te lo he dicho, ¿verdad? Vale, podemos sentarnos un poco, si eso es lo que quieres.

Nikki sonrió con aire de triunfo. Se sentaron, mirando el río.

—No me has dicho por qué ya no crees en Dios —dijo Nikki, contemplando distraída una pequeña barcaza que pasaba flotando debajo de ellas.

—¿Alguna vez dejas de hacer preguntas?

—Generalmente no.

—Serías una buena detective.

—¿En serio?

—Sí, en serio. Ése es el primer requisito de cualquier investigador bueno, hacer todas las preguntas posibles.

—Pues eso sí que lo sé hacer.

—Sí, efectivamente.

—Bueno, ¿por qué no crees? —volvió a preguntar Nikki, tras una breve pausa.

Terri suspiró.

—Menos mal que le voy a cobrar un montón de dinero a tu padre por esto.

Nikki sonrió.

—¿Eso quiere decir que vas a aceptar su oferta de trabajo?

—No de forma permanente y con mis propias condiciones.

—No esperaría menos de ti —dijo Nikki, toda radiante.

—Y si de verdad quieres saber por qué ya no creo en Dios es porque si él, ella o ello existe y permite que ocurran y sigan ocurriendo las cosas que he visto, pues no es digno de mi fe, ni de la de nadie más.

—¿Qué cosas? —preguntó Nikki suavemente, algo alarmada por el rencor con que había hablado Terri y el repentino fuego que le iluminaba los ojos.

—No es algo que te convenga saber —dijo Terri terminantemente. Nikki se dio cuenta de que no tenía la menor intención de continuar la conversación.

Nikki quería cambiar de tema y dijo lo primero que se le cruzó por la cabeza.

—¿Tenías muñecos cuando eras niña?

Ooh, qué cosa más torpe, incluso para ti, Nikki, pensó con una mueca.

Terri se quedó pensando un momento, enarcando una ceja.

—Algunos.

—¿De qué tipo? —preguntó Nikki, sorprendida de que Terri hubiera respondido siquiera a la pregunta.

Terri carraspeó y se encogió ligeramente de hombros.

—Pues estooo... tenía un par de Action Men. Creo que se llaman G.I. Joes a tu lado del charco.

—Cómo no —dijo, sonriendo—. ¿No tenías Barbies?

—No las quería.

—Yo tenía un montón, con miles de accesorios.

—Claro que sí, doña He Nacido con una Cucharilla de Plata en la Boca. Yo tenía que conformarme con un emplazamiento para ametralladora pesada y un traje de hombre rana, pero estaban muy bien. Les puse nombres a mis Action Men, eran Clint y Burt.

—Qué rica.

—Burt nunca volvió a ser el mismo después de que Prince lo masticara y lo enterrara al fondo del jardín. Menudo síndrome de fatiga de combate. —Terri sonrió al recordarlo.

—¿Se trataba de un perro antes conocido como Prince?

—Sí, un alsaciano grande y viejo. Siempre tenía una oreja caída, nunca conseguía levantarla como la otra. Era más tonto que un cubo, pero nos quería incondicionalmente, a pesar de todo.

Nikki sonrió a su vez.

—Yo te supero: mi madre me pilló haciendo que dos de mis Barbies se dieran el lote en su cama con dosel de cuento de hadas.

Terri se echó a reír a carcajadas.

—Incluso entonces ya era un club sólo para chicas, ¿eh?

—Oh, sí, ya por aquel entonces sabía que no habría ningún Ken en mi vida.

—¿Cuántos años tenías?

—Siete u ocho, por ahí.

—¿Y a los ocho años ya sabías todo lo de los pájaros y las abejas?

—No, la verdad es que no. Sólo sabía que no me gustaban los chicos. No porque fueran estúpidos y hablaran a gritos. Qué diablos, hay muchas chicas que padecen de lo mismo. Es sólo que lo sabía y ya está.

—¿Qué dijo tu madre cuando os descubrió a ti y a las Barbies?

—Dijo que no debía hacer eso en público, pero que en casa no pasaba nada.

—¿Eso fue todo, sin recriminaciones, sin broncas?

—No, no le importó.

—Un punto para tu vieja, ya me cae bien.

—Sí, está muy bien —sonrió Nikki.

—¿Y cómo reaccionó tu padre, suponiendo que se lo hayas dicho?

—Se lo dije, cuando tenía quince años. No reaccionó en absoluto, sólo dijo: "Ah", y así se quedó la cosa.

—Podría haber sido peor.

—Cierto, las historias de terror que cuentan algunas amigas mías son de no poder dar crédito.

—El mundo es cruel.

—Sí que lo es —replicó Nikki, con tristeza. Contemplaron en silencio otra barcaza que pasaba.

Terri se volvió a Nikki.

—¿Ya tienes la espalda bien descansada o todavía no has terminado de interrogarme lo suficiente?

—Creo que ya es hora de que nos vayamos a casa —contestó Nikki, sonriendo.


—Esto me va a costar una hora más en las barras, ¿sabes? —dijo Terri, engullendo muy contenta una gran pizza que habían recogido de camino al piso.

—Una chica en edad de crecimiento necesita sustento —replicó Nikki entre bocado y bocado.

—Sí, pues cuando te empiece a salir una barriguita fofa, a mí no me eches la culpa.

—Abdominales de acero —dijo Nikki, clavándose el dedo con orgullo en el estómago y dando otro gran bocado.

—No si sigues así.

—Pues tendré que hacerte compañía en las barras.

—Yo te hacía más tipo gimnasio de moda, con un montón de máquinas caras para los ejercicios y entrenadores personales de quita y pon.

—Por desgracia, no me dejaron meterlos en el avión.

—No sé qué pasa con las líneas aéreas hoy en día, ¿eh?

—Lo sé, es que no se enteran de lo que es importante, ¿verdad?

Las dos se sonrieron mutuamente, mirándose a los ojos. Terri carraspeó, dándose la vuelta.

—Eeeh, no creo que sirva de mucho vigilar el club esta noche. No creo que vaya a ocurrir nada. Seguro que todavía está plagado de policía.

—Lo que tú digas, Farmer —dijo Nikki, sonriendo.

—Será mejor que llame a tu padre y le dé la buena noticia —dijo Terri, cogiendo el teléfono y sacándose del bolsillo la tarjeta de negocios. Se levantó y marcó su número mientras se dirigía a la cocina. Nikki encendió la televisión y cambió los canales. No encontró nada que le apeteciera ver a pesar de repasarlos todos dos veces.

—Ha aceptado mis condiciones —dijo Terri cuando volvió al salón.

—¿No esperabas que lo hiciera?

Terri se encogió de hombros.

—He duplicado mis honorarios normales sólo para tener un punto de partida para el regateo, y lo ha aceptado sin rechistar. Tendría que haberlo triplicado.

—¿Cómo se ha tomado lo de que no quieras ser una empleada fija?

—No ha dicho nada. A lo mejor me lo vuelve a ofrecer, cuando todo esto acabe.

—¿Y lo aceptarás?

—No.

—Eso me parecía. Bueno, ¿y ahora qué?

—Ahora esperamos a un mensajero. Me va a enviar unos detalles para ponerme en situación sobre el caso del que quiere que me ocupe.

—¿Y qué hacemos mientras?

—Hay libros, vídeos, DVD y televisión por satélite. Hasta puede que encuentre una baraja.

—Ooh, la noche de las chicas.

Terri alzó las cejas.

—Vamos a dejarlo bien claro. Aquí no hay camas con dosel de cuento de hadas.

—Aguafiestas —dijo Nikki, sonriendo.

—Ésa soy yo —sonrió Terri a su vez, pero por dentro se sentía confusa. Estaba ocurriendo todo con demasiada facilidad. Nikki estaba encajando en su vida enclaustrada como si siempre hubiera formado parte de ella. ¿Sería posible que hubiera encontrado una amiga de verdad después de tanto tiempo?

—Un penique por ellos.

—¿Qué? —preguntó Terri.

—Un penique por tus pensamientos. ¿O ya se ha hecho notar la inflación y ahora es una libra?

—Qué buena idea.

—¿Cuál?

—Te voy a dar un tarro. Cada vez que quieras hacerme una pregunta personal, tienes que poner una libra en el tarro. Así no tardaré en hacerme multimillonaria y podría retirarme a las Bahamas.

—Sí, ya, ¿y qué ibas a hacer en las Bahamas?

—Te costará una libra averiguarlo.

—Que te follen, Farmer.

—Tú no puedes, ya sabes lo que dijo tu madre, eso sólo está bien en casa.

—Ahora ya considero ésta mi segunda casa.

—Muy lista —dijo Farmer, sonriendo por el vivo ingenio de Nikki.

—Ésa soy yo —dijo ésta sonriendo a su vez.

—¿Qué tal si buscamos una película y la vemos?

—¿Tienes palomitas?

—Lo siento —contestó Terri, negando con la cabeza.

—¿Cómo puedes ver una película sin palomitas?

—Pues curiosamente, hasta ahora lo he conseguido en bastantes ocasiones.

—Vale, ¿en qué has pensado?

—No lo sé, no he comprobado lo que ponen en Sky, tienen como una docena de canales de cine, seguro que ponen algo.

Lazos ardientes, ésa sí que es una buena película —dijo Nikki.

—No está mal, supongo. Pero a mí me gustó más Matrix.

—Sí, claro, cómo no, con tanto kung fu y tanto rollo.

—Me gustó más el tema de ciencia ficción. El kung fu era... exagerado.

—No me digas.

—Sí te digo.

—Y tú lo sabes bien.

—Sí, lo sé muy bien.

—¿Alguna vez te han dicho que a veces te pasas de chula, Farmer?

—A la cara no —dijo Terri muy chula.

—Mmmm, así que mientras nosotras vemos una película, ¿un majara está ahí fuera atacando a mujeres inocentes?

—¿Y qué propones, que salgamos de patrulla?

—¿Como los Scoobies?

—¿Los qué? —preguntó Terri, desconcertada.

—Los Scoobies, ya sabes, Buffy.

—¿La Cazavampiros?

—Sí, ésa.

—Nunca lo he visto.

—Pero tienes una taza.

Terri se encogió de hombros.

—Fue un regalo de un niño que ayudé a encontrar. Había tenido una discusión con sus padres y se escapó. Me la envió a mi oficina.

—Así que no ves Buffy, ¿es eso lo que me estás diciendo?

—Estooo, no, lo siento. Ya he visto demasiado horror como para buscar más para entretenerme.

—Buffy no es de horror —dijo Nikki resoplando—. Es comedia.

—Ah, es que creía que con eso de los vampiros y esas cosas... pues tendrás que introducirme en ello.

—Lo haré. Hasta te sostendré la manita en los momentos de miedo.

—¿No decías que era comedia?

—Sí, pero tiene vampiros, por eso me he ofrecido.

—Qué amable eres —dijo Terri.

—¿Vamos a ver una película o vamos a hablar de ello toda la noche?

—Pon el teletexto para ver qué dan.

—Hazlo tú, es tu televisión —dijo, tirándole el mando a Terri.

Tras apretar unos cuantos botones y varios murmullos exasperados más tarde:

—No hay nada que ver.

—Ya te lo dije —dijo Nikki.

—¿Cuándo?

—Después de repasar todos los canales cuando estabas en la cocina.

—No me lo has dicho.

—Que sí.

—Que no.

—Que sí.

—Y dicen que el arte de la conversación ha muerto —dijo Terri, frotándose los ojos.

—¿Estás segura de que no tienes por ahí una cama con dosel de cuento de hadas? —preguntó Nikki con una sonrisa malévola.

Terri suspiró.

—¿Por qué a mí?

Sonó el timbre de la puerta. Terri encendió la televisión y se vio a un mensajero ante la puerta con un gran sobre marrón muy voluminoso.

—¿Me viste a mí en esa cosa? —preguntó Nikki.

—Claro.

—Qué tramposa eres, con tus cámaras ocultas y tus micros.

—Me gusta llevar ventaja —dijo Terri, abriendo la puerta y firmando la entrega del paquete.

—¿Es que no te basta con ser Superwoman?

—Podría encontrarme con una rubia bajita con un puñado de kriptonita y ¿cómo quedaría entonces?

A mi merced, pensó Nikki, sonriendo por dentro.

Terri abrió el sobre y sacó unos documentos y fotografías. Leyó rápidamente las primeras páginas.

—Bueno, ¿de qué va todo eso, dónde vamos?

—¿Qué te parece el sur de Francia? Marsella, para ser exactos.

—Genial.


7

—¿Quieres... venir conmigo? Quiero decir, dentro —preguntó Nikki, vacilante. Terri se dio cuenta de que Nikki se estaba poniendo cada vez más nerviosa.

—Si crees que es necesario.

—Sí, sí. Y además, Farmer, ¡tu trabajo es protegerme!

—Creo que estarás a salvo con el médico. Han hecho un juramento, ¿sabes?

—Podrían haber mentido —dijo Nikki malhumorada.

Terri sonrió.

—Si quieres que esté ahí contigo, estaré ahí contigo, ¿vale?

Los hombros de Nikki se relajaron.

—Gracias, Farmer. Sé que soy una cobarde, pero es que me van a quitar cientos de esas cosas del demonio.

—Lo sé —dijo Terri, abrazando a Nikki por instinto y estrechándola suavemente. Nikki suspiró, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Terri.

—Mmm, qué agradable —farfulló en la camisa de Terri.

—No te aficiones demasiado, sólo es un abrazo —le advirtió Terri, pero sin dejar de sonreír. Si Nikki fuera un gato, estaría ronroneando, pensó.

—Aprovecharé lo que pueda.

—Seguro que sí, pero se acabó el tiempo, Nikki, me temo. Debemos pasar para que te vea el médico.

Nikki se dejó apartar a regañadientes de su acogedor refugio.

—Me sujetarás la mano cuando saquen las tenazas, ¿verdad?

—Creo que les haré falta para sujetarte entera, especialmente cuando empiecen con las agujas al rojo.

—No tiene gracia, Farmer —dijo Nikki con un puchero—. Por lo general no me gustan los médicos y no digamos los que sé que me van a hacer daño.

—No creo que lo vaya a hacer el médico en persona. Seguro que el trabajo sucio se lo encarga a una de sus enfermeras. Él echará un vistazo rápido y luego te enviará una factura enorme por el privilegio. —El padre de Nikki se había ocupado de pedirle hora en una de las prestigiosas pero carísimas clínicas privadas de Harley Street.

—¿Y estará buena? —preguntó Nikki, animándose un poco ante la idea.

—Por el dinero que sin duda le van a cobrar a tu padre, creo que es muy probable.

—Pues vamos, Farmer, a qué estamos esperando, ¡vamos ya!

—Sí, jefa.


Contra todo lo que esperaban, fue una médico joven quien las atendió. No le importó que Terri las acompañara a la consulta, una vez le explicaron que era la guardaespaldas personal de Nikki. Era evidente que los médicos de Harley Street estaban acostumbrados a este tipo de cosas.

—Creía que le iba a encargar a una enfermera que hiciera esto... ¡ay! —dijo Nikki. Estaba tumbada boca abajo en una mesa de reconocimiento bien acolchada. La habitación era más como se imaginaba que estaría decorado el club de un caballero que la consulta de un médico.

—Uno fuera, sólo quedan cuarenta y siete —dijo la médico alegremente, dejando el punto en una bandeja de acero inoxidable.

—¡Cuarenta y siete! —exclamó Nikki—. Jesús, no sobreviviré —gimió, apretando aún más la mano de Terri.

—Lo siento, señorita Takis, pero se ha curado más rápido de lo previsto. Algunos de los puntos han quedado un poco cubiertos y tengo que escarbar para quitarlos. Por eso no le he dicho a mi enfermero que lo haga él. Se marea un poco al ver sangre —dijo, riéndose de su propio chiste. Siguió tan contenta cortando, escarbando y tirando por la espalda de Nikki.

—Recuérdame que no me vuelva a dejar cortar por un chiflado, ¿quieres, Farmer? ¡Ay! —chilló por decimoquinta vez, apretando tanto los ojos que se le saltaron unas lágrimas que le resbalaron por las mejillas.

—Doctora, ¿no puede hacer algo para el dolor? —preguntó Terri.

—Puedo aplicarle un espray rápido con un anestésico tópico, ¿bastará con eso? —preguntó la médico.

—Por favor —dijo Nikki agradecida. La médico salió un momento para buscar el aerosol.

—Malditos médicos, no piensan en las molestias de los demás. Son iguales en todas partes —dijo Terri, acariciando la mejilla de Nikki con el pulgar y secándole otra lágrima errante.

—Lo siento, Farmer, debes de pensar que soy una gallina total —dijo Nikki, mordiéndose el labio inferior por el dolor.

—Shshhh, Nikki, tranquila. Pronto habremos acabado y nos podremos ir de aquí. ¿Qué tal si vamos a comprar unos DVD nuevos? Puede que haya algún café por ahí cerca y nos podemos pedir unos buenos helados, ¿eh?

—Me parece bien —farfulló contra la mesa. La médico regresó y aplicó el espray en la espalda de Nikki. Diez minutos después, todos los puntos estaban quitados y la herida tapada de nuevo.

—No se va a volver a abrir cuando menos me lo espere, ¿verdad, doctora? —preguntó Nikki, intentando abotonarse la camisa con manos temblorosas. Terri le apartó las manos con delicadeza y le abrochó los botones por ella.

—Tómeselo con calma durante una semana más o menos —dijo la médico—. No le recomiendo que nade durante por lo menos un mes y trate de no tocarse la costra demasiado. Deje que la naturaleza siga su curso y quedará como nueva, con tan sólo una leve cicatriz como recuerdo de su pequeña aventura.

—Gracias, doctora, aunque me habría gustado que hubiera usado el espray antes —dijo Nikki, sorbiendo.

—Es caro, sólo lo usamos cuando no queda más remedio —dijo la médico alegremente, quitándose los guantes de látex y tirándolos a una papelera.

—Nikki, ve saliendo y espérame fuera. Me gustaría hablar un momento con la doctora —dijo Terri, empujando suavemente a Nikki hacia la puerta. Nikki se quedó en la puerta abierta, sin saber qué hacer, mirando a Terri.

—No hay ningún problema, ¿verdad, Farmer?

—No, ningún problema, Nikki. Ve, sólo tardaré un minuto —dijo Terri, sonriendo cálidamente.

—Vale, ahora nos vemos. —Cerró la puerta al salir. La sonrisa de Terri desapareció y sus ojos se estrecharon. Se dio la vuelta despacio.

—¿Deseaba usted algo? —preguntó la médico.


—Creía que habías dicho que íbamos al sur de Francia, no a este... este tal Southampton —dijo Nikki indignada. Estaban en un tren que se alejaba de Londres, rumbo a la costa sur de Inglaterra. Hacía dos días que le habían quitado los puntos a Nikki y, al menos en opinión de Terri, Nikki parecía totalmente recuperada y normal. Habían vigilado de nuevo el club la noche antes, pero no había ocurrido nada significativo. La noche en que Nikki volvió de los médicos la habían pasado comiendo helado y palomitas —de las que habían hecho buen acopio— y viendo unos DVD en la televisión de pantalla grande de Terri. Ésta se quedó algo sorprendida al descubrir que lo había pasado en grande, charlando de cine y atracándose de palomitas, cosa que tuvo que reconocer que había hecho aún más agradable la experiencia.

—La paciencia es una virtud —replicó Terri, mirando el paisaje que iba pasando ante la ventana.

—No entiendo cómo se puede confundir el sur de Inglaterra con el sur de Francia.

—No se puede. Bueno, no se debería, dicho así. Una vez leí que un turista creyó que se dirigía a Newcastle, que está muy al norte, desde el puerto de Dover, que está al sur. Cuando la policía por fin consiguió alcanzarlo, había dado unas diez vueltas completas a la autopista de circunvalación de Londres. Así que supongo que nunca se puede subestimar la capacidad de la gente para confundirse.

Nikki se echó a reír al oír la historia. Terri se sintió inexplicablemente contenta de haberla hecho feliz.

—¿Entonces por qué vamos a Southampton y no a Marsella?

—Pues es muy simple, la verdad. Vamos a subir a bordo de un buque en la terminal petrolífera de Southampton que zarpa hacia Port-de-Bouc por la mañana.

—¿Eso vamos a hacer?

—Eso vamos a hacer.

—¿Y dónde entra el sur de Francia en todo esto?

—Port-de-Bouc es la principal terminal petrolífera situada a pocos kilómetros de la costa de Marsella.

—Te crees que te lo sabes todo, ¿eh?

—No, estaba todo escrito en lo que nos envió tu padre, que, si no me equivoco, te dije que leyeras y digirieras antes de partir, ¿o no?

—Sí, sí, es que he estado ocupada.

—¿Ocupada?

—Sí, tenía muchas cosas que hacer —dijo Nikki a la defensiva.

—¿Como qué?

—Oye, ¿eso es una vaca? —dijo Nikki, señalando por la ventana.

—Supongo que sí, dado que hace siglos que exterminamos a los osos —dijo Terri, sonriendo, y cerró los ojos y se arrellanó en el cómodo asiento del vagón de primera clase. Cuando el padre de Nikki organizaba las cosas, las organizaba de verdad.

—Bueno, ¿y cuál es nuestra tapadera?

—Es difícil, pero creo que nos las apañaremos. Tú vas a hacer de la hija del dueño embarcada en una misión informativa para ver cómo se dirige un barco petrolero y yo voy a hacer de tu guardaespaldas personal. ¿Crees que podremos engañarlos a todos? —En los labios de Terri flotó apenas una sonrisa mientras se bajaba las gafas de sol de la cabeza.

—Qué graciosa, Farmer, ja, ja.

—Pensé que te gustaría.

—Farmer, ¿puedo hacerte una pregunta? —preguntó Nikki tras una breve pausa.

—Claro.

—¿No me costará una libra?

—Invita la casa.

—¿Qué le dijiste a la doctora el otro día, cuando me fui?

—No mucho. —La voz de Terri se puso inexpresiva y gélida.

—Venga, Farmer, sé que le dijiste algo.

—Ahora ya no viene a cuento, lo pasado, pasado está.

—Quiero saberlo —dijo Nikki con terquedad.

—Simplemente le recordé sus deberes como médico.

—Ya me imaginaba que era algo así. No le, eeeh, hiciste daño ni nada, ¿verdad?

—No le puse un dedo encima, aunque se lo habría merecido, la zorra insensible.

—¿Cuál de las reglas de Farmer infringió?

—Hizo... —Terri se detuvo cuando se le reveló un verdad interna—. Le hizo daño a una buena amiga mía, cosa que podría haber evitado, todo por unas cochinas libras.

—Sólo hacía su trabajo.

—No, no lo hacía, estaba haciendo mal su trabajo.

—¿Qué le dijiste?

—Le señalé que el amor al dinero es la raíz de todos los males... entre otras cosas.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Promételo.

—¿Te mentiría yo?

Nikki lo pensó un momento.

—¿Crees que se dio por enterada?

—Oh, sí, no creo que vuelva a intentar hacer una cosa así, al menos mientras esté yo cerca.

Nikki no pudo evitar sonreír a su caballero oscuro que la había defendido a sus espaldas.

—Farmer, ¿hace un momento has dicho "una buena amiga"? —preguntó, repasando lo que había dicho Terri.

Terri volvió a hacer una pausa.

—Sí, creo que sí.

—¿Lo somos?

—¿Te gustaría que lo fuéramos? —dijo Terri, con cierta incertidumbre en la voz.

—Me gustaría mucho, Farmer.

—Pues ya es oficial, somos buenas amigas —dijo Terri. Nikki sonrió de oreja a oreja, se lanzó sobre Terri y abrazó a su sorprendida guardaespaldas—. Eh, cuidadito, amiga, que no estamos saliendo juntas ni nada.

—Ya lo sé, pero yo abrazo a todos mis amigos cuando los conozco —le susurró Nikki al oído, e hizo hincapié en el comentario con otro achuchón antes de soltar a Terri.

—Pero si nos conocimos hace una semana, acuérdate, las dos estábamos ahí.

—Sí, pero ahora somos amigas oficialmente y en aquel momento no.

—Ya.


El taxi las dejó ante la plancha que subía hasta el petrolero, el SS Vellocino de Oro. Con un desplazamiento superior a las ciento treinta y cinco mil toneladas, era algo digno de verse. El costado del barco se alzaba por encima de ellas con majestuosa arrogancia.

—¿Ahora qué hacemos? —preguntó Nikki, que estaba ligeramente petrificada.

—Supongo que cogemos nuestras cosas y subimos por la plancha, a menos que creas que tienen esclavos para ese tipo de cosas —replicó Terri, echándose la bolsa al hombro y emprendiendo la subida por los peldaños de la empinada escalera de aluminio.

—Farmer, ¿y mis maletas?

—Te dije que no trajeras mucho equipaje.

—¡Farmer!

—¿Qué?

—Yo no puedo llevarlas, ¿y mi espalda?

—Fácil, haz dos viajes —dijo Farmer, sin dejar de subir.

—¡Creía que eras mi amiga! —le gritó Nikki.

Terri se detuvo. ¡Tenías que decírselo, verdad, pedazo de bocazas!, se recriminó a sí misma. Suspiró y miró hacia lo alto de la escalera, donde vio a unos hombres asomados por la borda sonriéndole, esperando a ver qué hacía. Al parecer los gritos de Nikki desde el muelle les habían llamado la atención y habían acudido a ver qué ocurría.

Meneando la cabeza, se dio la vuelta y volvió a bajar la escalera.

—¿Ha llamado, milady?

—Sí, gracias, Farmer, ¿sería usted tan amable de subirme las maletas por la plancha, por favor?

Terri frunció los labios y miró a los marineros que las miraban a las dos. Se volvió hacia Nikki, que le sonreía encantada de la vida.

—Por supuesto, Alteza —gruñó, colocándose su propia bolsa en diagonal sobre los hombros. Cogió sin esfuerzo las dos maletas, se metió una debajo del brazo derecho y dejó el izquierdo libre. Sin avisar, levantó a Nikki y se la puso al hombro y luego regresó a la escalera metálica.

—¡Farmer, bájame!

—Cuando lleguemos arriba. No quisiera que te cansaras —gruñó Terri mientras ascendía por las escaleras.

—Farmer, te lo advierto, esto no tiene gracia.

—No he dicho que la tenga.

—Farmer, como no me bajes ahora mismo, te muerdo el culo.

—Entonces te caerás al agua y la verdad es que no me apetece tener que tirarme para recogerte, así que cállate y disfruta del viaje... amiga —dijo, consiguiendo que de algún modo la última palabra sonara como un insulto.

—Oooooh, qué muerta estás, Farmer —bufó Nikki, con la cara roja como un tomate por una mezcla de profunda vergüenza y el hecho de ir colgada cabeza abajo.

Llegaron a lo alto de la escalera bamboleante, ante el asombro de los marineros que observaban.

—¿Dónde puedo dejar esto? —le preguntó Terri a uno de ellos.

—Mi camarote es el número cuatro de la cubierta inferior —dijo el marinero más cercano, con un fuerte acento griego.

—No creo que quiera compartir su camarote con la hija cabreadísima del dueño del barco, ¿no? —dijo Terri, sonriendo al hombre.

—Me puedo arriesgar —dijo él, sonriendo a su vez.

Terri se giró para que Nikki quedara de cara al hombre.

—¿Qué te parece, jefa, quieres acampar con aquí el amigo? —dijo Terri, hablando con el trasero de Nikki.

Nikki se sujetó a la parte inferior de la espalda de Terri y se izó para ver al hombre cara a cara.

—Hola, ¿me dice dónde está el camarote del capitán? Tengo que organizarlo todo para que pasen a alguien por la quilla.

Él se echó a reír y señaló una puerta situada en la base de la superestructura.

—Por esa puerta de ahí, subiendo el primer tramo de escaleras y luego en ascensor hasta arriba del todo. El camarote del capitán está a la derecha según se sale.

—Gracias —dijo ella y dio un azote a Terri en el trasero—. Adelante, esclava, llévame ante nuestro nuevo líder.

—Si me van a pasar por la quilla, tanto me da que sea por una cosa que por otra —dijo Terri, cruzando la cubierta hasta el borde del barco. Hizo como si fuera a tirar a Nikki por la borda. Nikki chilló a pleno pulmón y terminó con un ataque de risa.

Un hombre se asomó en lo alto por el ala del puente, gritando algo en griego.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Nikki sin aliento, calmándose tras las risas.

—Creo que está un poco molesto porque unas mujeres tontas le han echado a perder su turno de guardia.

—¿Es importante?

—No sé, no he visto cuántas barras llevaba en el hombro.

—Creo que deberías bajarme, ¿eh, Farmer?

—Eso creo —dijo Terri, bajando a Nikki a la cubierta—. ¿Y si vamos y nos presentamos? —añadió.

—Sí. Y Farmer, gracias por eso.

—¿El qué?

—Hacía tiempo que no me reía tanto.

—¿Tal vez las dos deberíamos salir más?

—Donde tú quieras ir, yo siempre estaré contigo.

Terri enarcó una ceja y se quedó mirando a Nikki. La rubia se sonrojó ligeramente.

—Eso no me ha salido exactamente como sonaba en mi cabeza antes de decirlo.

—A mí me ha sonado bien —dijo Terri, pasando por encima del umbral alzado de la puerta y desapareciendo en el interior. Nikki miró por la cubierta a los marineros que la miraban a ella. Sonrió y carraspeó.

—Es británica. —Como si eso lo explicara todo.

—Es muy fuerte —dijo uno de ellos, a lo cual los demás asintieron rápidamente.

—No se hacen idea —dijo ella, sonriendo.


Terri llamó a la puerta del camarote del capitán. Habían dejado su equipaje en el pasillo, al no saber dónde ponerlo.

—Pase —dijo un voz a través de la puerta. Entraron en la habitación. Era enorme comparada con las que habían pasado de camino al ascensor. Evidentemente, el rango tenía sus privilegios.

—Capitán —dijo Nikki, adelantándose y ofreciéndole la mano.

—¿Y usted es? —dijo él, sin hacer caso de la mano.

—Alguien que le puede hacer perder su trabajo. —Terri se adelantó, colocándose amenazadora ante el hombre.

—Calma, Tigre —advirtió Nikki. Terri echó una mirada fulminante al hombre, pero se apartó un poco.

—La señorita Takis, he de suponer —dijo él, estrechando por fin la mano de Nikki—. Y usted debe de ser la señorita Farmer, la acompañante —dijo, volviéndose hacia Terri.

—Ésa soy yo —dijo ella, sin ofrecerle la mano.

—No sé por qué quieren estar a bordo de mi barco, pero debo hacer lo que se me ordena. —Era evidente que no estaba contento con la situación.

—No he venido aquí a espiar a nadie, sólo estoy haciéndome una idea general de la compañía. Haremos todo lo posible por no estorbar a nadie —sonrió Nikki.

—Tengan en cuenta que éste es un barco donde se trabaja y que hay muchos lugares peligrosos, especialmente para civiles sin experiencia como ustedes.

—Lo tendremos presente, capitán.

—Naturalmente, ocuparán el camarote del propietario. Está siguiendo por el pasillo, pasado el puente, al lado del camarote del jefe de máquinas. Le he pedido a la tercera oficial, Martina Gerhard, que sea su guía durante su estancia. Es una buena oficial y estoy seguro de que podrá responder a todas sus preguntas. Que disfruten de su travesía, señoras —dijo, volviendo a sus papeles.

—¿Dónde podemos encontrar a Martina? —preguntó Terri.

—Supongo que en estos momentos está en el puente —dijo él sin levantar la mirada. Se marcharon del camarote y Terri cerró la puerta al salir.

—Qué hombre tan simpático —le dijo a Nikki en voz baja.

—¿A lo mejor tiene algo que ocultar?

—A lo mejor.

—¿Llevamos nuestras cosas al camarote y luego vamos a buscar a esta tal Martina?

—Me parece bien.

El camarote del propietario era tan grande como el del capitán. Consistía en una sala de estar, una ducha y un cuarto de baño, además de un dormitorio aparte. Casi todos los camarotes del barco eran de una sola estancia. Terri dejó las maletas de Nikki en la cama antes de descolgarse su propia bolsa.

—Estooo, Farmer, sólo hay una cama —dijo Nikki, mirando a Terri directamente.

—No importa, puedo dormir en el sofá del salón.

—Se llama sala de estar.

—Lo que sea.

—Vas a tener que ponerte al día, Farmer. Ahora es babor y estribor, a proa y a popa, no izquierda y derecha, delante y detrás. Las paredes se llaman mamparos y los suelos y los techos son cubiertas.

—Ya, pues el capitán sí que es un mamparo, a ver si la tercera oficial es un poco más humana.

—Podemos hacerlo por turnos.

—¿El qué?

—Lo de dormir en la cama.

—No, quédate tú con ella, he tenido que soportar cosas mucho peores en mis buenos tiempos.

—Si insistes.

—Al menos podías haber protestado un poquito más.

—Ya lo has dicho, así que me la quedo, la cama es mía —dijo Nikki con aire de triunfo.

—Y a mí me parece recordar que querías arreglar las cosas para que pasaran a alguien por la quilla —dijo Terri, avanzando hacia Nikki.

—Oye, Farmer, déjalo o me veré obligada a llamar a esos marineros para que te detengan —dijo, riendo, pero retrocediendo con prudencia por si acaso.

Antes de que Terri pudiera responder, alguien llamó a la puerta. Nikki rodeó a toda prisa a Terri y corrió a la sala para abrir.

—Buenas tardes, señora, soy el camarero de esta cubierta. ¿Hay algo que deseen las señoras?

—¿Tiene unas esposas?

—¿Disculpe?

—Olvídelo, creo que ya se ha calmado.

—Eeeh, ya. La cena se servirá a las diecinueve horas en el comedor de oficiales.

—¿Y dónde está eso?

—Bajando dos cubiertas, justo en frente del ascensor.

—Gracias —dijo Nikki, y cerró la puerta.

—¿Esposas? —susurró Terri directamente al oído de Nikki.

Nikki pegó un respingo del susto.

—¡Jesús, no hagas eso, Farmer! ¿Cuántas veces te he dicho que te pongas un cascabel o algo? No está bien asustar así a la gente.

—Ah, ¿y esposar a la gente sí?

—Seguro que te gustaría. Los fanáticos del control sois todos iguales —dijo Nikki, sonriendo.

—Qué chico tan fino, no sé si me entiendes —dijo Terri, sin hacer caso del comentario de Nikki.

—¿Quién, el camarero?

—No, el tipo con el taparrabos de piel de leopardo que acaba de pasar columpiándose por delante de la ventana.

—Portilla.

—¿Qué?

—Es portilla, no ventana.

—¿Alguna otra palabra perfectamente válida que no se me permita utilizar?

—Probablemente, pero te iré instruyendo poco a poco, para que no te agobies. Y si te refieres a que el camarero tenía un poquito de pluma, pues sí, casi todos los camareros la tienen. Parece formar parte del trabajo.

—¿Así que estamos a salvo en nuestras camas o, en algunos casos, sofás?

—Ah, no sé, Farmer, me da a mí que si le enseñas esos músculos que tienes podría cambiar de bando.

—¿Te da a ti?

—Absolutamente.

—¿Y con esta tercera oficial, te da a ti que tengo algo que hacer con ella?

—Quién sabe, ni siquiera nos conocemos, a lo mejor no eres su tipo.

—Seguro que podría interesarla, si quisiera.

—¿Estás intentando molestarme a propósito, Farmer? —dijo Nikki, esforzándose por disimular su enfado pero fracasando miserablemente.

—¿Funciona?

—¡Sí!

—Bien, así tendrás algo en que pensar cuando estés toda arropadita en esa estupenda cama doble mientras yo me las arreglo con el sofá. —Hizo una pausa—. Y pensar que he renunciado a cazar chiflados para estar aquí. ¿Nos vamos ya a cenar?

Nikki entrecerró los ojos.

—Farmer —gruñó.


8

El barco se estremeció cuando los remolcadores se pusieron a tirar con todas sus fuerzas. Las grúas de carga se habían desconectado varias horas antes, al terminar de cargar. Nikki observaba embelesada desde el ala del puente mientras la proa del inmenso petrolero viraba hacia el estuario.

—Increíble —murmuró Nikki en voz baja. Terri se volvió para mirar a la mujer a quien debía proteger. El sol estaba saliendo e iluminaba el pelo rubio de la joven, bañándolo en un resplandor trémulo.

—Creía que no te gustaba madrugar —replicó Terri, secándose la cara con una toalla que llevaba alrededor del cuello. Llevaba haciendo ejercicio en la toldilla desde antes del amanecer y ahora tenía la camiseta de deporte manchada con una gran uve de sudor que le llegaba hasta los ceñidos pantalones cortos de deporte y sus piernas largas y musculosas relucían al sol.

—Ah, no me gusta, pero no quería perderme esto, mi primera partida.

—Sólo estamos saliendo del puerto, Nikki, no estamos zarpando rumbo a América al son de una banda y con serpentinas y cosas de ésas, ¿sabes? —dijo Terri, sonriendo por el entusiasmo de la joven.

—Sí, pero es que es tan... grande. Nunca había estado en nada tan inmenso. Son todos juguetes comparados con esto.

—El tamaño no lo es todo.

—Ni lo sé ni me importa —dijo Nikki con altivez.

El capitán salió al ala desde la cámara del timonel.

—¿Le gustaría manejar el timón, señorita Takis? —preguntó.

—¿Puedo? —dijo ella sin disimular su regocijo.

—Siempre y cuando haga lo que se le dice y no haga locuras —sonrió él.

Terri miró pensativa al capitán. Se debe de haber dado cuenta de que hacerle la pelota a la hija del jefe es una buena maniobra para su carrera, pensó Terri sonriendo por dentro.

—¿La idea de que la señorita Takis se ponga al timón le hace gracia, señorita Farmer?

—La idea de que la señorita Takis haga cosas en general me hace gracia —replicó Terri. Nikki protestó dándole un rápido empujón, con los labios fruncidos. Terri pasó a su lado, de regreso a la toldilla situada detrás de la pasarela. Al hacerlo, empujó a Nikki con el hombro, haciendo que se tambaleara un poco.

—Perdón —dijo Terri con dulzura.

—No le haga caso, capitán, está celosa porque no le ha ofrecido a ella llevar el timón —bufó Nikki, lo bastante fuerte para que Terri la oyera mientras la guardaespaldas se deslizaba grácilmente por los pasamanos metálicos de la escalera que llevaba a la cubierta inferior.

—He visto cómo se entrena, volteretas, giros, patadas y puñetazos. Es muy impresionante.

—Sí, así es Farmer. Impresionante es una buena descripción —dijo Nikki, con tono distraído. El capitán se volvió para mirar a Nikki.

—Parece que no es usted la única que está colada, señorita Takis.

—¿Qué? —dijo ella, saliendo de su trance. Dirigió la mirada hacia donde miraba el capitán. Varios tripulantes y un par de suboficiales de máquinas se habían instalado en puntos estratégicos para observar a Terri mientras ésta realizaba sus ejercicios.

—¿No deberían estar trabajando? —preguntó Nikki, con el ceño fruncido.

—Es su hora del desayuno. No puedo obligarlos a que se vayan a otro sitio o a que miren a otro lado cuando una mujer guapa y semidesnuda decide ponerse a hacer gimnasia delante de ellos, ¿verdad? —dijo él, riéndose entre dientes.

Nikki siguió mirando ceñuda. Nadie estaba desayunando. Claro que no habría sido fácil hacerlo con tanta boca abierta.

—¡Ya basta! —dijo Nikki, lanzándose hacia la escalera que llevaba a la cubierta inferior.

—¿Y su lección de pilotaje, señorita Takis?

—Más tarde —replicó ella tajantemente.


—¿Sigues enfadada conmigo por haberte empujado delante del capitán? —preguntó Terri, recién duchada y bebiendo té. Estaba repantingada en el sofá de su camarote, del que los camareros habían retirado ya la ropa de cama.

—No estaba enfadada por eso y lo sabes muy bien —rezongó Nikki.

—¿Y por qué entonces, si no he hecho nada más?

—Prácticamente has dado un espectáculo porno a la tripulación —dijo Nikki indignada.

Terri frunció el ceño.

—No he hecho nada por el estilo.

—No me digas que no sabes lo que estás haciendo cuando te dedicas a dar patadas por el aire con esos pantaloncitos de nada que llevas.

Terri se echó a reír a carcajadas.

—¿Así que se trata de eso? —Se había sentido más que desconcertada por la repentina aparición de Nikki en la cubierta de popa exigiéndole que la acompañara a su camarote. Al negarse a explicar lo que estaba pensando, Terri se limitó a encogerse de hombros y se fue a dar una ducha.

—¡Maldita sea, Farmer, no tiene gracia!

—Pues a mí me parece que sí —dijo Terri, bebiendo otro trago de té—. ¡Puaaj, no me gusta la leche en polvo! —Hizo una mueca. Nikki no contestó—. Además, ¿a ti qué más te da si quiero exhibirme ante el mundo entero?

—Eres mi guardaespaldas y debes comportarte con cierto decoro. —Hasta Nikki se dio cuenta de que aquello sonaba poco convincente.

—¿Qué es lo que te molesta de verdad, Nikki? —preguntó Terri con tono tranquilo.

Nikki se acercó y se sentó a su lado. Miró a Terri a los ojos.

—No... no me gusta compartirte, Farmer —dijo vacilando—. Ya sé que en realidad no tengo derecho y sé que tú no eres así. Qué estúpidez, ¿verdad? —Nikki se calló, con los ojos llenos de lágrimas.

Terri dejó su taza.

—No, Nikki, no es una estupidez, lo comprendo, en serio. —Abrazó a Nikki y colocó delicadamente su cabeza sobre su ancho hombro—. Por favor, créeme cuando te digo que me siento halagadísima de que sientas eso por mí. Si quisiera tener una amiga, en ese sentido, no habría nadie mejor que tú. Es que... bueno, yo... —Titubeó—. Tienes razón, no soy así. Por favor, no te enfades, especialmente conmigo. Odiaría decepcionarte.

Nikki cerró los ojos, incapaz de contener las lágrimas. Se sentía tonta y avergonzada, sobre todo porque Terri no le mostraba más que amabilidad y comprensión.

—Creo... creo que me he enamorado de ti, Farmer, y eso me está nublando el juicio.

—Shssh, Nikki, no tienes que explicarme nada.

Nikki se apartó de su abrazo y se levantó. Y ahora va a decirlo, pensó con abatimiento.

—Por favor, Nikki, podemos seguir siendo amigas, ¿verdad? —preguntó Terri.

Nikki se giró en redondo, cerrando los ojos con fuerza. ¡Lo sabía!, gritó su voz en su interior. Se volvió despacio hacia Terri, sorprendida al ver la expresión de dolor de sus ojos.

—Sí... sí, claro que somos amigas y siempre lo seremos. —Sonrió débilmente a Terri.

—Ven aquí —dijo Terri, abriendo los brazos. Nikki avanzó un paso, pero en lugar de abrazar a Terri, se limitó a apretarle el hombro y luego se echó hacia atrás.

—Creo que necesito que me dé el aire. Te veo más tarde. —Se quedó en la puerta, mirando a Terri—. Lo siento, Farmer. —Antes de que Terri pudiera responder, se marchó.

Terri se sentó en el sofá y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.

—¡Mierda! —dijo a la habitación vacía y cerró los ojos. Se frotó la cara con las manos, intentando quitarse la angustia que sentía—. ¡Mierda, mierda, mierda y más mierda! —Una repentina oleada de furia escapó a su control. Entrecerró los ojos e hizo una mueca con la boca. Dios, cuánto deseaba pegar a alguien, a cualquiera, no importaba a quién.

Se obligó a abrir los puños, sabiendo que era consigo misma con quien estaba furiosa, no con nadie más.

—Eres una asquerosa cobarde, Farmer —gruñó, conformándose con un puñetazo desalentado contra la tapicería del sofá.


—¿Señorita Takis? —dijo la oficial. Nikki estaba mirando por la borda del barco, observando la costa que se iba perdiendo en el horizonte.

—Sí, efectivamente, soy yo —replicó, sin levantar la mirada.

—Hola, soy Martina Gerhard —dijo la mujer, ofreciéndole la mano—. El capitán me ha dicho que me ocupe de enseñarle todo el barco. —Hablaba con un fuerte acento alemán.

Nikki siguió contemplando la tierra que se alejaba rápidamente. Sacudió la cabeza.

—Tendría que haberle dado más tiempo. Siempre hago lo mismo, soy demasiado impaciente —farfulló.

—¿Disculpe, señorita Takis?

—Oh, no me haga caso, señorita Gerhard, estoy regodeándome en la autocompasión. ¿Qué era lo que deseaba?

—El capitán...

—Ah, sí, el capitán. Un buen tipo, pero qué lástima de modales.

—Sí, puede ser un poco, ¿cómo se dice? Brusco, ¿no?

—Se dice brusco, sí. —Por fin se volvió hacia la tercera oficial—. Se supone que tengo que aprender cómo se dirige un barco. ¿Cree que puede enseñármelo?

—Puedo intentarlo, señorita Takis, ¿pero no debería aprender cómo se dirige una compañía más bien? —preguntó, sonriendo levemente. Nikki le devolvió la sonrisa, sintiéndose algo mejor que un momento antes.

—Probablemente tiene razón, pero entonces, ¿cómo averiguaría todos sus oscuros secretillos? —La expresión de Martina se puso seria de inmediato—. Tranquila, Martina, sólo era una broma —dijo Nikki.

La tercera oficial volvió a sonreír vacilante.

—Por supuesto, señorita Takis.

—Y me puede llamar Nikki.

—Gracias, Nikki. ¿Por dónde le gustaría empezar?

—¿Por dónde sugiere usted?

—Estamos en un petrolero, ¿qué tal un paseo por la cubierta principal para ver los tanques?

—Soy toda suya, Martina, adelante.

—¿Nos va a acompañar la señorita Farmer?

—Lo dudo —dijo Nikki, entristecida.


Terri daba vueltas por la cubierta de popa, como un tigre enjaulado. De vez en cuando se detenía para mirar la estela por encima de la borda. Pero al cabo de un momento el agua arremolinada sólo le provocaba más ansiedad. El agua revuelta tenía algo que la inquietaba profundamente y no estaba de humor para analizar el por qué.

Maldita sea, Farmer, ¿por qué te ocultas? ¿Es que no llevas ya suficiente tiempo sola?, se recriminó mientras paseaba. Por una vez el destino te trata maravillosamente y vas tú y echas a correr y te escondes, como siempre, como lo has hecho toda tu vida, cobarde.

Sus pensamientos se detuvieron en seco por el sonido de una bocina y unos gritos. Había hombres corriendo por la pasarela hacia la cubierta principal. Al no saber qué otra cosa podía hacer, echó a correr tras ellos y alcanzó a los rezagados sin esfuerzo.

—¿Qué ocurre? —preguntó mientras corrían.

—Ha habido un accidente en la sala de bombas de proa —replicó uno.

—¿Qué clase accidente?

—No sé, un gaseo, creo.

—¿Un gaseo? ¿Eso qué es?

—Que alguien ha entrado en una cámara que no estaba purgada. El gas de la carga es venenoso, te mata en cuestión de minutos —jadeó el hombre mientras corrían.

—¿Por qué iba a hacer alguien eso? Están todos entrenados, ¿no?

—Creo que son su amiga y la tercera oficial.

La cara de Terri se puso blanca. Sin decir palabra, echó a correr a toda velocidad y adelantó fácilmente a todos los hombres que corrían por la larga cubierta principal.

En la proa del barco se alzaba una pequeña cubierta, sostenida por un mamparo que ocupaba todo el ancho del barco con una puerta en medio. Terri saltó por la puerta abierta y aterrizó en un suelo de malla. Se detuvo un momento para mirar a su alrededor, analizando la situación. Era una sala estrecha en la que sólo había entresuelos de malla gruesa, conectados por una serie de escaleras metálicas que bajaban a la oscuridad del fondo. El olor acre del crudo le atacó la nariz.

—¿Qué ocurre? —le gritó a un hombre que estaba junto a la barandilla del entresuelo mirando hacia abajo.

—He mandado a Peterson a buscar una bombona de oxígeno. Ésta no se ha rellenado desde el último simulacro —dijo con disgusto, dando una patada a un aparato tirado en la cubierta a su lado.

—¿Dónde están?

—Donde las bombas, cinco cubiertas más abajo —dijo él. Terri corrió a las escaleras—. Espere, no puede bajar sin oxígeno. El gas la matará a usted también.

Ella se detuvo y se volvió hacia el hombre.

—¿Cuánto tiempo les queda?

Él se encogió de hombros.

—Podrían estar ya muertas. Ese gas te ataca sin que te des cuenta, te quedas dormido y no te vuelves a despertar. Si le sirve de consuelo, no duele nada.

—¡No, no me sirve de consuelo!

El hombre se encogió de hombros.

—Lo siento.

—¿No podemos hacer nada? —gritó Terri, que empezaba a ser presa del pánico.

—Pues...

Terri saltó hacia delante y agarró al hombre por la pechera de su mono de trabajo.

—¿Sí? —le gritó a la cara.

—Hay un par de reanimadores en un armario de la cubierta inferior. Son automáticos, sólo hay que ponérselos y girar la válvula grande y obligan a respirar al que lo lleva, aunque esté inconsciente. —Cuando terminó sus explicaciones ya estaba solo, porque Terri había saltado por la barandilla y había desaparecido de su vista—. ¡Jesús! —dijo, corriendo a la barandilla. Observó, atónito, cuando ella se agarró a un montante, se balanceó y luego se soltó en el punto extremo del arco, dejándose caer como un gato a la cubierta de debajo. En cuanto aterrizó, realizó la misma maniobra y cayó a la siguiente cubierta—. Jesús —repitió.

Terri llegó a la cubierta inferior en menos de diez segundos, magullada y sin aliento. Algunas de las caídas habían sido mayores de lo que le habría gustado, pero por suerte las cubiertas eran de malla gruesa, en lugar de planchas sólidas, y funcionaban como un muelle. Martina y Nikki estaban tiradas en el suelo, Martina con un buen corte en la frente. Al parecer había caído por el último tramo de escaleras. Sin dejar de aguantar la respiración, Terri dio la vuelta a Nikki, tocándole la garganta. Tenía los ojos cerrados y no daba señales de respirar. Peor aún, no le encontraba el pulso. Sin pararse a ver cómo estaba la tercera oficial, Terri saltó por encima de Nikki hacia una caja roja brillante atornillada a la pared.

Por alguna razón, las manos no le respondían tan deprisa como el cerebro. Rabiosa porque la caja no se abría todo lo rápido que debería, se echó hacia atrás y de una patada arrancó la puerta de fibra de vidrio de sus bisagras. Metió la mano en la caja destrozada, sacó los dos reanimadores y volvió corriendo a las dos mujeres tiradas en la cubierta. El reanimador consistía en dos pequeñas bombonas de oxígeno sujetas por una red. Una máscara de goma se conectaba a una de las bombonas mediante una gran válvula que Terri giró. Una pequeña aguja de medir situada a un lado de la válvula empezó a subir y bajar.

—Vamos, Nikki, respira por mí —dijo, colocando la máscara sobre la nariz y los labios hinchados y azules de Nikki. Convencida de que la máquina estaba respirando por Nikki, se arrastró hasta Martina e hizo lo mismo por ella, colocándola primero boca arriba para que encajara bien.

Parpadeó para ahuyentar la oscuridad que empezaba a rodearla y se tambaleó ligeramente cuando se arrodilló sobre el cuerpo tendido de Nikki.

—Vamos, nena, respira por mí. Eso es, lo estás... haciendo muy bien.

Dios, qué sueño tengo, qué... cansancio... tengo que sentarme. Ah, si ya estoy sentada. Por su mente cada vez más nublada cruzaban pensamientos inconexos.

—Perdona, Nikki, creo que necesito un poco.

El brazo le pesaba como el plomo al quitar la máscara de la cara de Nikki, con los ojos medio cerrados involuntariamente. Por fin, tras lo que le pareció una vida, la máscara se soltó y respiró profundamente por ella. El tiempo volvió a acelerarse y las luces volvieron a brillar a su alrededor mientras volvía a respirar. Maldita sea, ese gas es traidor, ni siquiera lo he olido. Jadeó y se apresuró a colocar de nuevo la máscara sobre la cara de Nikki.

—Nikki, despierta, me estás asustando, cariño —dijo, dándole unas palmaditas a Nikki en la mejilla. Se agachó, colocó la cabeza sobre el pecho de Nikki y escuchó para ver si volvía a oír un latido. No oyó nada salvo el rugido de la sangre en sus propios oídos—. ¡Vamos, maldita seas! —gritó, tratando de despertar a Nikki a base de sacudirla. Seguía sin haber respuesta. Oyó gritos y movimientos por encima de ella cuando unas personas empezaron a bajar por las escaleras. Ya deben de tener las bombonas de oxígeno, pensó aturdida.

Se puso en pie.

—Vamos, ¿por qué tardan tanto? ¡Mi amiga se está muriendo, hijos de puta, muevan el culo de una vez! —les gritó, pero todavía estaban muy arriba y se movían despacio a causa del voluminoso equipo respiratorio—. Mierda, esto no va bien, Nikki —dijo, acuclillándose y tomando otra honda bocanada de oxígeno del reanimador—. Maldita seas, zorra estúpida, no te me mueras, que tu padre ya no me va a pagar —le gritó a la figura inerte de Nikki. Los ojos se le llenaron de lágrimas que empezaron a caer sin trabas por sus mejillas. Se las secó con rabia—. Que te den por culo, Takis —gritó, apretando el pecho de Nikki con una serie continua de presiones—. ¡Vamos, arranca, cabrón! —rugió sobre el pecho de Nikki, tratando de que su corazón volviera a cobrar vida—. Por favor, Nikki, por favor. Si te despiertas, esta vez te diré la verdad, te lo prometo, no más mentiras. Nunca más, no más mentiras. —Volvió a presionar frenética el pecho de Nikki.

Los ojos de Nikki se abrieron despacio y al instante se puso a luchar contra la máscara. Terri soltó un grito de alegría.

—No, debes dejártela... puesta, cielo, te está... ayudando a respirar —jadeó. A su alrededor el mundo empezaba a hundirse de nuevo en la oscuridad.

Nikki logró quitarse la máscara de la cara.

—¿Farmer?

—Sí, soy yo, Nikki, ponte... tienes... máscara... otra vez, tesoro. Te mantiene... con vida —susurró, tambaleándose cuando la sala empezó a dar vueltas.

—Si me mantiene a mí con vida, Farmer, ¿qué te mantiene a ti con vida? —graznó Nikki alarmada.

—Y yo qué sé. —Terri consiguió sonreír antes de desmayarse, y se desplomó encima de Nikki.


Terri regresó lenta y difusamente a la consciencia. Abrió los ojos y los cerró de inmediato a causa de la luz cegadora y el martilleo de la cabeza. Mierda, qué dolor, se quejó.

—¿Farmer?

¿Me he imaginado eso?, se preguntó. Supongo que sólo hay una forma de averiguarlo. Probó a abrir apenas un ojo.

—Venga, Farmer, sé que estás ahí dentro. Ya va siendo hora de que te despiertes y saludes al mundo.

—¿Nikki?

—En carne y hueso, gracias a ti, Superchica.

—Mujer.

—Ah, sí —dijo Nikki sonriendo—. Tengo entendido que te debo la vida.

—Tal vez —graznó Terri—. No tendrás un vaso de agua y una aspirina, ¿verdad?

—Por una heroína, hasta ahí llego, creo yo. —Nikki se levantó de la cama y desapareció en la sala de estar. Regresó con un vaso y unas pastillas en la mano—. El camarero jefe dijo que seguramente tendrías un inmenso dolor de cabeza al despertarte. Es un efecto secundario del gas. Yo lo tuve.

Terri abrió los dos ojos y gimió.

—Oh, Dios, que alguien me mate, que me mate ya —lloriqueó patéticamente.

—Preferiría no hacerlo, ahora que acabo de recuperarte.

Terri se incorporó y aceptó agradecida el vaso y las pastillas. Se tragó el agua y el medicamento antes de darse cuenta de que estaba desnuda y sentada a plena vista de Nikki. Se apresuró a tirar de la sábana para taparse.

—Lo siento.

—No lo sientas, me estaba gustando el panorama —sonrió Nikki. Terri se sonrojó y apartó la mirada—. ¿Cómo se siente ahora mi campeona? —preguntó, sentándose en la cama y cogiendo la mano de Terri en la suya.

—Como si hubiera pasado por un puente bajo y se me hubiera olvidado agacharme. —Cerró los ojos, encogiéndose por el dolor—. ¿Cómo está Martina? ¿Está...?

—No, está bien. Parece que el golpe que se dio en la cabeza le vino bien. Le ralentizó todo el organismo lo suficiente como para sobrevivir hasta que llegaste. Unos minutos más y habría muerto. —Se quedó en silencio un momento, mirándose las manos—. Las dos habríamos muerto —dijo en voz baja.

—Pues qué suerte que pasara por allí —dijo Terri sonriendo y luego hizo una mueca cuando los músculos necesarios para sonreír hicieron que la cabeza le doliera más.

—Eres mi ángel de la guarda, Farmer, no puedo esperar menos.

Terri resopló, lo cual fue otro error. Se puso el vaso frío en la frente, moviéndolo de un lado a otro.

—Recuérdame que te mantenga encerrada bajo llave durante el resto de la travesía. Eres demasiado peligrosa para andar por ahí suelta —dijo Terri, sin abrir los ojos.

—Si te quedas aquí conmigo, a lo mejor me lo pienso.

Se hizo un silencio incómodo entre las dos.

—Oye, sobre lo de ayer...

—Antes de ayer —interrumpió Nikki.

—¿Qué?

—Has dormido casi dieciocho horas, Farmer.

Terri se dejó caer de nuevo en la cama.

—Jo, supongo que esto de ser una superheroína fantástica acaba con las fuerzas de una.

—No te rías, Farmer, eres una superheroína.

Terri resopló y volvió a lamentarlo de inmediato.

—¿Por qué no dejo de hacer eso? —gimió, frotándose la frente—. No soy una superheroína. Sólo una guardaespaldas lenta que por fin hace su trabajo, eso es lo que soy.

—¿Entonces la gente normal baja columpiándose y saltando más de teinta metros en menos de lo que una persona normal tarda en bajar por una escalera?

Terri se encogió de hombros, un poco cortada.

—En ese momento me pareció que era lo mejor. Una insensatez, la verdad, me podría haber roto el cuello y habríamos acabado jodidas todas. Menuda superheroína.

—Pero no te rompiste el cuello y nos salvaste a las dos. El camarero jefe dijo que si no lo hubieras hecho, las dos estaríamos muertas.

Terri miró a Nikki, que seguía sujetándole la mano.

—¿Qué estabais haciendo allí abajo, o no debo preguntar?

—Yo quería ver lo que había allí abajo, sentía curiosidad. Martina pensó que no había peligro. El jefe de máquinas ha investigado y ha descubierto una junta defectuosa en una de las bombas. Un poco del crudo se coló en los pantoques debajo de la cubierta inferior. Normalmente no debería haber habido ningún problema. Sólo ha sido un accidente.

—El jefe de máquinas, el camarero jefe, te has estado codeando con el poder, ¿eh? —Terri sonrió a Nikki.

—Soy la hija del jefe, tienen que ser amables conmigo.

—Sí, claro que sí. Escucha, sobre lo de antes de ayer, yo...

—No pasa nada, Farmer, no tienes que decir nada. Lo comprendo, no pasa nada, en serio.

No, no lo comprendes, Nikki, pensó Terri apesadumbrada. Vamos, díselo, se lo prometiste, ¿recuerdas?

—No, Nikki, tengo que confesarte una cosa. Quiero ser sincera. Yo...

Llamaron a la puerta. Terri puso mala cara. ¡Ahora no, por favor, ahora no!

—Ya voy yo —dijo Nikki, soltando la mano de Terri, y fue a contestar a la puerta. Era Martina, con uniforme de gala.

—¿Puedo pasar?

—Por supuesto —replicó Nikki, echándose a un lado para dejar pasar a Martina.

—Acabo de terminar mi turno y se me ha ocurrido venir a ver cómo está la señorita Farmer para ver si se ha recuperado ya.

—Sí, está despierta, pase, no le importará.

¡Una porra que no!, pensó Terri, al captar cada palabra con su agudo oído. Martina se quedó vacilando en la puerta del dormitorio.

—Señorita Farmer. Me alegro de ver que está usted despierta. Nos tenía a todos preocupados. —Entró en la habitación y se quedó de pie al lado de la cama—. Le he traído una cosa. Un detalle para darle las gracias por salvarme la vida. La verdad es que no es gran cosa —dijo, entregándole a Terri una cajita—, pero ahora no puedo ir de compras. —Sonrió tímidamente, sin saber si Terri apreciaría el gesto.

—No hace falta, Martina, sólo hacía mi trabajo.

—No, si sólo hubiera hecho su trabajo, habría cogido a Nikki y la habría sacado de allí. No lo hizo, se quedó y nos salvó a las dos. Estaré siempre en deuda con usted.

Terri no sabía qué decir, al verse abandonada por su habitual humor cáustico. Abrió la cajita. Dentro había una vieja y manoseada brújula marina. Al dorso llevaba grabado un San Cristóbal con las palabras Disfruta del viaje, pero llega a casa sano y salvo escritas en alemán.

—Fue de mi abuelo, durante la guerra. Se la pasó a mi padre cuando se alistó en la marina. Mi padre me la pasó a mí cuando entré en la marina mercante. Es muy importante para mí, pero quiero que la tenga usted. —Se inclinó y le apretó el brazo a Terri—. Que siga bien, amiga mía, y que siempre tenga buenos viajes.

Terri se quedó mirando en silencio mientras Martina salía del camarote. Volvió a mirar la brújula, todavía demasiado atónita para decir nada.

—Por fin, Farmer no sabe qué decir. Un punto para Martina.

—No tenía por qué hacer esto —dijo Terri, recuperando la voz.

—No, pero quería hacerlo. Acostúmbrate, Farmer, para algunos de nosotros eres una heroína de verdad.

Terri frunció el ceño, pero se alegró bastante al descubrir que ya no le dolía tanto, lo cual la hizo sonreír. Colocó de nuevo con cuidado la brújula en su caja y la dejó en la mesilla junto a la cama.

—Ha sido un bonito detalle, pero se la devolveré antes de que nos vayamos.

—¿Y no se va a ofender?

—No si la meto de rondón entre sus cosas con una nota de agradecimiento antes de que nos marchemos. —Terri sonrió de nuevo, contenta con el plan.

Nikki volvió a sentarse en la cama y una vez más cogió la mano de Terri.

—Bueno, ¿qué decías de confesar algo?


9

Terri miró a todas partes menos a Nikki y por fin se conformó con mirar por la portilla.

—Si te cuesta demasiado, Farmer, podemos hacerlo en otro momento —dijo Nikki amablemente.

—No... quiero que lo sepas.

Terri volvió a quedarse callada. Nikki no sabía qué hacer ni qué decir. Era evidente que Terri estaba intentando encontrar las palabras. Por fin, la atribulada mujer se volvió hacia Nikki.

—Cuando te dije que yo no era así... pues, ¿cómo se suele decir? Estaba, eeeh, faltando un poco a la verdad.

¡Lo sabía!, se regocijó Nikki mentalmente. Sonrió, inclinándose esperanzada hacia Terri.

—Farmer, sea lo que sea lo que me quieras decir, sabes que queda entre tú y yo. Lo sabes, ¿verdad? Confías en mí, ¿no?

—Por supuesto, Nikki, pero... Dios, qué difícil es esto. —Terri tragó, con un aire tan abatido como lo que sentía por dentro—. Bueno, la verdad es... que es cierto... no soy así.

Nikki frunció el ceño y se le hundieron los hombros.

—Ah —dijo, sin ocultar su decepción.

—No, no lo entiendes —dijo Terri rápidamente, al ver la expresión de su amiga—. No soy... de ninguna manera, a eso me refiero.

—Tienes razón, no lo entiendo —dijo Nikki, desconcertada—. ¿Qué quiere decir que no eres de ninguna manera?

—Que no soy gay, que no soy hetero, sólo soy... yo. —Terri suspiró con cansancio.

—No comprendo.

Terri levantó las rodillas, puso un brazo encima y apoyó la frente en él.

—Nunca he estado con... nadie. Nunca he deseado a nadie... hasta ahora. Tienes ante ti a una auténtica virgen de treinta años —susurró.

Nikki no supo qué decir. Intentó pensar en algo y estuvo a punto de hablar dos veces, pero luego no dijo nada y volvió a cerrar la boca. La confesión de Terri la había pillado totalmente por sorpresa.

—Pero sin duda... bueno, ya sabes, tendrás sentimientos, deseos, necesidades, ¿no? —preguntó por fin.

Terri siguió ocultando firmemente la cara detrás del brazo. Se limitó a negar con la cabeza.

—Ser virgen no significa que seas asexuada, Farmer, sólo... que no has probado.

—Mira, Nikki, lo único que te puedo decir es que no sé lo que soy, ¿vale? Vamos a dejarlo así.

Nikki se dio cuenta de que Terri estaba a punto de echarse a llorar.

—Oye, Farmer, no pasa nada, en serio —dijo tranquilizándola, y se deslizó hacia delante y rodeó el hombro de Terri con el brazo. Terri se volvió al instante, hundió la cabeza en el cuello de Nikki, agarró a la sorprendida rubia y se aferró a ella con tenacidad—. Tranquila, Farmer, estoy aquí. Ahora estás a salvo. —Notó que Terri temblaba cuando la mujer de más edad se vio abrumada por la emoción. La camisa de Nikki quedó empapada de lágrimas calientes. Acarició dulcemente el largo pelo negro de Terri, esperando a que dejara de llorar.

—Lo siento, Nikki —jadeó Terri entre sollozos—. He pasado toda mi vida por mi cuenta, sin desear la compañía de nadie, pero últimamente, bueno, me he empezado a sentir muy sola y entonces entraste en mi vida. Me... me sentía tan desorientada, tan descontrolada —sollozó—. Tan indefensa, y cuando te vi en el suelo de la sala de bombas y pensé... pensé que estabas muerta, creí que me iba a morir y me entró tal pánico...

—Shssh, Farmer, tranquila. Eres la persona más equilibrada que he conocido jamás. Un poco tremenda a veces quizás, pero tan equilibrada que es de no dar crédito.

—¿De... de verdad te lo parece?

—Absolutamente.

El llanto de Terri se redujo a algún que otro sollozo apagado y unos pocos temblores.

—Oh, Dios, cómo odio esto —se quejó.

—¿Tan mal estoy? —preguntó Nikki, sabiendo que Terri no se refería a eso, pero con la esperanza de que una broma la animara un poco.

—No, no es eso, me refiero a todo esto de las emociones. ¡Es un asco!

Nikki sonrió.

—Lo sé, Farmer, lo sé. Bienvenida al mundo real de los meros mortales.

—A la mierda el mundo real, yo quiero quedarme aquí.

—Cómoda, ¿eh?

—Sí —dijo Terri como en un sueño, frotando la cabeza en el hombro de Nikki como un gato enorme. Una pantera negra, grande y reluciente, pensó Nikki, sonriendo ante la idea.

—Farmer, créeme, quiero pasarme días enteros al mimo contigo, pero a lo mejor podrías aflojar un poco, que me está costando respirar.

Terri dejó de estrujar a Nikki e intentó apartarse, consciente de repente de que estaba apoyada con todo su peso encima de la mujer más menuda.

—Dios, perdona, Nikki, deberías haber dicho algo.

—Tranquila, Farmer, ya te lo he dicho. Ahora ven aquí al mimo un poco más. Pero... cuidado con los abrazos de oso, ¿vale? —dijo, sonriendo y colocando de nuevo a Terri, que apenas se resistió, sobre su hombro—. Así, esto está mucho mejor.

Terri cerró los ojos y se relajó sobre el cálido cuerpo que tenía debajo.

—Ahora descansa un poco más, Farmer, yo estoy aquí para cuidarte, como tú has cuidado de mí. —Volvió a acariciarle el pelo a Terri, mientras con la otra mano frotaba suavemente la espalda de la atribulada mujer—. Seguiremos hablando cuando estés más en tu ser.

La respiración de Terri no tardó en hacerse regular y profunda al quedarse dormida. Nikki cerró los ojos y se relajó, uniéndose a su compleja amiga en el sueño, con una sonrisa de contento en los labios.


Terri se despertó una hora después; su siesta había sido más una reacción emocional que una necesidad auténtica de dormir. Nikki roncaba suavemente justo encima de su cabeza. Sonrió al oírla antes de cerrar los ojos y gemir. ¿De verdad se había venido abajo y se había echado a llorar en el hombro de Nikki? No podía créerselo. Treinta años y berreando como un bebé. No recordaba la última vez que había llorado, del tiempo que había pasado. Oh, Nikki, ¿qué me has hecho?, se preguntó.

El ronquido de Nikki se transformó en un resoplido seguido de una brusca inspiración de aire. Terri notó que Nikki movía la cabeza de un lado a otro. Se imaginó la encantadora expresión despeinada y confusa de la cara de la joven. Volvió a gemir por dentro. Dios, me está matando, se recriminó a sí misma. Esto tiene que parar si quiero hacer mi trabajo como es debido.

—Hola —dijo Nikki, al darse cuenta de que Terri también estaba despierta.

—Hola tú.

—¿Te encuentras mejor?

—Un poco.

—¿Sólo un poco?

—Nikki, lo siento, pero esto no puede continuar —dijo Terri en voz baja, sin atreverse a mirar a Nikki a los ojos.

—¿Por qué? —preguntó Nikki en voz baja, intentando que no se le notara el dolor en la voz.

—Porque... porque no puedo con ello —suspiró Terri.

—Farmer, creo que te conozco lo suficiente como para decirte que eres la persona más fuerte que he conocido en mi vida. Si tú no puedes con ello, entonces nadie puede y muchas personas menos capaces pueden. Así que debo decirte que te equivocas.

—Pero no puedo con todo esto de las emociones, Nikki, es que... no puedo —farfulló Terri, con la cabeza todavía bien hundida en el cuello de Nikki.

Nikki colocó un par de dedos bajo la barbilla de Terri y la obligó delicadamente a mirarla a la cara.

—Farmer, sí que puedes. Estaré contigo, podemos hacerlo juntas, las dos.

Terri miró a Nikki a los ojos en busca de alguna señal de engaño, pero no vio ninguna.

—Yo... quiero confiar en ti, Nikki, pero me cuesta mucho, no sé si soy capaz.

—Entonces te enseñaré.

—¿Puedes hacer eso, puedes enseñar a alguien a confiar tanto?

—Lo intentaré con todas mis fuerzas.

—¿Cómo?

—Siempre tan pragmática —dijo Nikki, sonriendo a Terri.

—Necesito saberlo —casi susurró Terri, tragando con fuerza y sintiéndose más vulnerable de lo que se había sentido jamás en toda su vida de adulta.

—Abrazándote siempre que necesites que te abracen. Estando ahí siempre que me necesites cerca de ti. Enseñándote a revelarme tus sentimientos siempre que sean demasiado difíciles para ti sola. Sujetándote la chaqueta siempre que tengas la necesidad de defender mi honor. Cosas así —dijo, sonriendo dulcemente.

Terri volvió a tragar y se chupó los labios secos.

—¿Harías todo eso por mí?

—Y más.

—¿Por qué, Nikki, por qué por mí?

—Porque te quiero.

—Apenas nos conocemos.

—No importa, mi alma ha encontrado a su pareja, el resto puede ponerse al día más tarde, hay mucho tiempo para eso.

—Lo tienes todo pensado, ¿eh?

—Sí.

—¿Y si descubro que no me gusta tu acera, y si descubro que prefiero la compañía de los hombres?

—Vamos a averiguarlo, ¿te parece?

Antes de que Terri pudiera responder, Nikki se inclinó y la besó suavemente en los labios.

—¿Qué te ha parecido, asqueroso o agradable?

—Mmmm, no sé, ¿y si lo probamos otra vez?

—A lo mejor deberíamos traer aquí a uno de esos marineros y así nos puedes probar a los dos y ver cuál prefieres.

—Qué va, dejemos eso para otro día. Ahora mismo creo que deberíamos seguir experimentando tú y yo solas para ver qué tal. Como investigación, por supuesto.

—Por supuesto —dijo Nikki sonriendo.

Se inclinó para darle otro beso, pero Terri levantó la mano entre las dos, deteniéndola a pocos centímetros de su cara.

—Nikki, prométeme que no abusarás de mi confianza. Creo que me moriría si lo hicieras.

—Yo nunca haría nada que pudiera hacerte daño, Farmer, te lo prometo —dijo, acercándose y besando a Terri otra vez. Y otra.


PARTE 3


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