9


Era difícil contar el paso de los días en la oscuridad total. Hasta las visitas de los guardias parecían irregulares y a intervalos poco fijos. Perdí la noción del tiempo por completo. Podría llevar allí unos pocos días o un mes: daba igual. Parecía una eternidad.

Sólo la presencia de Xena me mantenía cuerda. Su tacto delicado al comprobar mis lesiones era lo único que me sujetaba a la realidad. Su voz calmaba mis miedos.

Hablamos de muchas cosas en la oscuridad. Le conté más historias mías y ella me habló más de su pasado. Me descubrí abriéndome ante ella como no lo había hecho con nadie, y lo asombroso es que ella respondía con respeto y compasión.

Cuando no hablábamos, simplemente nos quedábamos abrazadas, reconfortándonos con el cálido contacto de otro ser humano.

En una de estas ocasiones me desperté de un tranquilo sueño al oír que Xena me llamaba.

—Gabrielle —susurró.

—¿Mmmmm? —pregunté adormilada, advirtiendo que Xena estaba acurrucada a mi lado, con la cabeza en mi hombro y un brazo con su correspondiente cadena sobre mi estómago.

—Gabrielle —susurró Xena de nuevo, esta vez con más intensidad.

—Xena, estoy aquí, ¿qué ocurre? —Bostecé, preguntándome por qué susurraba cuando no parecía que viniera ningún guardia. No se veía luz de antorcha por ningún lado.

—Oh, Gabrielle —repitió Xena, esta vez sensualmente, y su mano subió despacio por mi estómago hasta mi pecho.

De repente, me desperté del todo.

—¿Xena? ¿Qué haces?

—Tan bella —farfulló Xena, frotando la cabeza en mi hombro.

—Xena, ¿estás despierta? —pregunté con desconfianza.

Su mano se puso a acariciarme el pecho por encima de la tela suave de mi peplo y gimió:

—¡Oh, sí, me encanta que me toques ahí!

Mis manos no la tocaban en absoluto. Oh, dioses. Xena estaba dormida y yo estaba viviendo uno de sus sueños eróticos.

Sofoqué un grito cuando me pellizcó el pezón.

—¡Xena! —exclamé y la sacudí ligeramente por el hombro.

Esto tuvo el desafortunado efecto de provocarle otro gemido y se pegó más a mí, echando la pierna por encima de lo que quedaba de mi pierna derecha y apretando su sexo contra mi muslo.

¡Oh, dioses, oh, dioses! Por un momento, perdí todo vestigio de pensamiento racional cuando empezó a menearse rítmicamente contra mí.

—¡Oh, sí, Gabrielle! —suspiró y su mano dejó mi pecho y volvió a deslizarse por mi estómago. Y siguió bajando.

Solté una exclamación cuando sus dedos me apretaron la entrepierna y hundió sus caderas en mi pierna. Le agarré la mano y le pegué un codazo en el estómago.

—¡Xena, DESPIERTA!

Había algo demasiado retorcido en la idea de permitirle que siguiera haciéndome el amor en sueños mientras yo estaba despierta disfrutando de ello.

Se despertó dando un respingo y soltando un ronquido.

—¿Quéééé? ¿Quééé pasa? ¿Gabrielle?

Le solté la mano.

—¡Xena, estabas soñando! —le dije, esforzándome por disimular la turbación de mi voz.

—¿Soñando? —farfulló, colocando la mano en su posición original sobre mi estómago. De repente, noté que se quedaba rígida—. Oh, no...

Lo sabía.

—Oh, sí.

Se apartó de mí a toda prisa y se echó boca arriba.

—Gabrielle...

Parecía tan mortificada que no pude evitar sonreír.

—No pasa nada, Xena. Estabas dormida.

—Pero... yo... oh, no... ¡¿y te he despertado?!

Me eché a reír.

—Ah, sí. Con una cosa así, cuesta dormir.

—Lo siento muchísimo... —De haber podido verla, estoy segura de que se habría estado ruborizando.

Alargué la mano y le toqué la cara, sintiéndome súbitamente melancólica.

—No lo sientas. Es... —Tragué—. Has dicho mi nombre. Es agradable saber que alguien piensa en mí de esa manera, aunque sólo sea en sueños.

Xena se quedó en silencio durante un rato incómodamente largo y yo estaba tratando de pensar en algo que aliviara la tensión cuando volvió a ponerse de lado, de cara a mí.

—Gabrielle, eres una mujer muy bella y deseable. Yo pienso en ti "de esa manera" cuando estoy bien despierta. Creía... creía que ya te lo había dejado claro —dijo, y oí la sonrisa en su voz.

"Pienso en ti en la oscuridad", dijo. "Pienso en cómo sería tocarte..."

—Yo... yo creía que sólo lo decías para atormentarme —dije despacio.

Xena resopló.

—La verdad siempre es el arma más eficaz, cuando se utiliza correctamente. Intentaba hacerte daño, sí. Sabía que te produciría asco y desazón el hecho de que yo te encontrara atractiva. Y es tristemente evidente que no eres consciente en absoluto de lo preciosa que eres en realidad. Sé que no tienes motivos para creerme después de todo lo que te he hecho, Gabrielle, pero de verdad eres bella.

—¿Cómo puedes decir eso? —susurré, notando un nudo creciente en la garganta.

—¿Alguna vez te has mirado al espejo?

—¡Claro que sí!

—Pero lo único que ves es una pierna de menos —me dijo—. Puede que eso sea lo que ve mucha gente, Gabrielle, pero no es lo que ve Alejandro y no es lo que veo yo. Yo veo a una joven muy capaz y valiente cuya belleza ilumina esta celda como no podría hacerlo nunca una antorcha. —Me tocó la mejilla con la mano, y parpadeé conteniendo las lágrimas—. ¿Estás llorando? —preguntó suavemente.

—Lo siento, ya sé que no te gusta... —Me sequé la cara con la mano.

—Sshhhh. —Me cogió la mano y me la besó con ternura, y cerré los ojos con fuerza para evitar que se me saltaran más lágrimas. Volvió a cambiar de postura y noté que se inclinaba sobre mí, sentí que sus labios se posaban sobre los míos en un beso delicadísimo.

Se me aceleró el pulso y pasé los dedos por el pelo de Xena, acercándola más. El beso se hizo más profundo entonces y me dejé llevar por la sensación. Xena gimió y luego se apartó, dejándome sin aliento.

Tenía miedo, pero quería más. Quería que me hiciera sentir deseada, sentir deseable, sentir... normal. No tenía ni idea de cómo hacer el amor con otra persona, pero mi mano encontró su pecho y se lo cogí, pasándole el pulgar por el pezón erecto. ¡Que Afrodita me ayude ahora!

Xena tomó aliento cuando la toqué, pero luego se sentó sobre los talones, quedando fuera de mi alcance.

—Gabrielle, esto no es bueno para ti.

Me tapé la cara con desesperación.

—¿Cómo Hades puedes saber lo que es bueno para mí, Xena? —pregunté con amargura, secándome los ojos.

—¿De verdad me deseas, niña? —ronroneó Xena desde la oscuridad tras una larga pausa—. Piénsalo. ¿De verdad deseas que yo, la Conquistadora, sea la primera en tomarte? Ya hice que perdieras la pierna. ¿De verdad quieres que te haga perder esto también? La primera vez siempre es especial, sabes.

Sus palabras me atravesaron hasta la médula.

—¡Maldita seas! —exclamé entre mis manos.

—Está bieeeen —dijo Xena, en tono súbitamente contrito—. Ésa no ha sido la forma adecuada de decirlo. —Me cogió las manos entre las suyas y me las apartó de la cara. Intenté resistirme, pero me agarró con firmeza.

—¡Suéltame! —escupí.

—No. Gabrielle, cálmate. Lo siento. No... no debería haberlo dicho así. Por favor, cálmate. —Me estrechó las manos para tranquilizarme y luego continuó antes de que yo pudiera interrumpirla—. Tienes razón, yo no sé qué es bueno para ti. A lo mejor ya no sé nada. Pero hubo un tiempo en que te habría... tomado sin más... sin planteármelo siquiera, sin consideración alguna... simplemente por deseo y por saber que podía... —Me soltó las manos—. Gabrielle, ya no quiero ser esa persona, pero no... no tengo mucha práctica. Lo siento.

Tragué, intentado controlar mis emociones. Lo que decía tenía perfecto sentido. Caí en la cuenta de que Xena sabía tan poco como yo sobre cómo hacer el amor. Claro, tenía más experiencia con el sexo, pero no con el amor.

Esa palabra me dejó paralizada. Amor. ¡Pero claro que no nos amábamos! No me extrañaba que toda esta situación fuera tan complicada. Me sentía muy confusa. Yo no amaba a Xena. No quería amar a Xena. Pero tenía tanta necesidad de ella... quería que sus manos me tocaran, sentir su piel cálida contra la mía... ¡lo necesitaba! Me moría por sentir sus labios apretando los míos, sus dedos acariciándome, sus caderas moviéndose... me estremecí al recordarlo.

—Xena, ¿tú me deseas? —susurré, tratando de hablar en un tono neutro.

—No —contestó en voz tan baja que casi no la oí—. Así no.

No. No. La palabra se repitió en mi mente mientras yo yacía allí, entumecida. No. Claro que no. Tanto hablar de belleza... mentiras, mentiras, mentiras. Más engaños, más burlas. Sí, era posible que de verdad quisiera hacérmelo creer por piedad equivocada, pero daba igual. En realidad no era bella. No era normal. No era deseable. El apetito sexual de Xena era legendario, pero a no me deseaba ni siquiera tras un año de abstinencia. Sin duda en su sueño tenía dos piernas y estábamos entre sábanas limpias de seda en el palacio de Corinto.

—Gabrielle —dijo suavemente, acariciándome el hombro.

—¡No me toques!

Apartó la mano de golpe como si la hubiera quemado.

—Lo siento.

—No lo sientas. Ya me habías advertido de que la verdad es la mejor arma.

—No es eso... —Se calló, maldiciendo por lo bajo. Cogió con rabia una de las mantas y oí que se trasladaba al otro lado de la celda.

Cerré los ojos, incapaz de llorar siquiera. Me sentía hueca. Vacía. Iba a morir en este agujero maldito y lo único que encontraría Alejandro sería mi cadáver putrefacto. El sueño pareció tardar una eternidad en venir a rescatarme de mi desdicha.


Me desperté sobresaltada, con el corazón palpitante por otra pesadilla. En ella, yo era una esclava a bordo de un barco que se había estrellado contra las rocas en medio de una tormenta. Me habían clavado al mástil y me ahogaba cuando se hundía el barco, incapaz de escapar. Respiré hondo, calmando mis pensamientos, e intenté percibir lo que me rodeaba. Seguía en la celda de Xena.

—¿Un mal sueño? —preguntó su voz desde un rincón.

—Sí —contesté temblorosamente.

—Te habría despertado, pero me has dicho que no te toque. —Sonaba como la Xena de mi primera visita, furiosa, malévola.

Me quedé mirando la oscuridad, sintiéndome tan indefensa como en mi sueño. No me extrañaba que hubiera soñado que me ahogaba. Mi vida era un barco que se iba a pique. La guerra había acabado y Xena había sido derrotada. Yo tenía mis historias que escribir, pero ahora ése era mi único propósito en la vida. Alejandro ya no me necesitaba. Mi familia no me necesitaba. Pérdicas estaba muerto. Si muriera mañana, ¿quién me echaría de menos? Hasta Alejandro no tardaría en olvidarme. ¿Y qué si el futuro no oía la historia de la rebelión por mí? ¿Sería eso una pérdida tan grave? Tal vez al futuro ni siquiera le importaría.

Cerré los ojos y me reproché entregarme a tal extremo de autocompasión. La negrura eterna devoraba el alma. No creía que pudiera soportarlo mucho más.

—Ahora ya entiendo por qué querías morir, Xena —suspiré en voz alta—. ¿Qué sentido tiene vivir así?

—Alejandro vendrá a buscarte —contestó Xena en voz baja, sin el menor rastro de ira.

¿Y luego qué? Me esperaban meses de total dependencia mientras se me curaba la pierna rota, si llegaba a curarse. ¿Y después? Años de soledad, encerrada en el palacio de Alejandro. ¡Qué divertido! Resoplé con escepticismo.

—Con la suerte que tengo, el ayudante del cocinero se perderá de camino a Corinto.

—Entonces Talasa acabará por recuperar el sentido común. O uno de los guardias se lo dirá al siguiente barco de suministros. Vas a estar bien, Gabrielle.

Parecía sincera, pero yo no estaba de humor para que me consolaran.

—No me crees, ¿verdad? —preguntó Xena.

No contesté.

—Cuéntame tu sueño.

—Moría en un naufragio.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Pero... no es eso por lo que ahora estás mal, ¿verdad?

No quería pensar en ello. Daba igual. Todo daba igual.

La oí levantarse y acercarse a mí. Se sentó a mi lado y me cogió la mano.

Pensé en apartarla, pero no lo hice. Necesitaba que me tocaran.

—Gabrielle —dijo Xena suavemente—. Lo... lo siento. No quería hacerte daño. —Me besó los dedos.

Tomé aliento, pero me soltó la mano antes de que pudiera protestar.

—Esta mazmorra —dijo—. No es el lugar donde deberías hacer el amor por primera vez... —Continuó incómoda cuando no respondí—: Yo no soy la que... Gabrielle, yo te crucifiqué. Soy una persona horrible. No es posible que me desees a ...

—No creo que sea ése el problema, Xena, y lo sabes —dije con rabia.

—¡Oh, por los dioses, Gabrielle, tienes la pierna rota!

—¡Y cuando le das en el punto de presión, apenas la noto!

—¡Pero en una mazmorra...!

—Puede que nunca salga de aquí, Xena. A lo mejor no quiero morir virgen. A lo mejor sólo quería experimentar... eso... por una vez...

—Gabrielle, vas a salir de aquí. ¡Tendrás otras oportunidades!

Me eché a reír con aspereza.

—¿Con quién, Xena? ¡¿Con quién?! ¡Nadie se enamorará nunca de mí!

—Estás convencida de eso, ¿verdad? —susurró Xena.

Cerré los ojos.

—¿Qué tengo que se pueda amar?

—Gab... —empezó Xena y luego tragó con dificultad—. Mira —susurró despacio—. Deja que te lo muestre. —Volvió a cogerme la mano y besó la áspera cicatriz del dorso por donde había pasado el clavo. Luego le dio la vuelta y besó la cicatriz del otro lado.

Tragué y ella me cogió la otra mano y repitió la acción.

—Yo te deseo, Gabrielle. Te deseo muchísimo —dijo Xena suavemente.

Gemí, sintiendo que recuperaba plenamente mi deseo por ella.

—¡Entonces, por favor...! —rogué.

Oí que tomaba aliento con fuerza y de repente estaba a mi lado, sus manos exploraban mi cuerpo, sus caricias me devolvían a la vida tras la insensibilidad de la depresión, sus labios dejaban un reguero de fuego por mi cuello. Jadeé cuando una de sus manos encontró mi pecho y me acarició el pezón.

—Eres tan bella, Gabrielle —me susurró al oído antes de mordisquearme el lóbulo.

Gemí de placer, más por las palabras que por las sensaciones. Subí la mano y le acaricié la cara, el cuello, los hombros. Volvió a apartarse.

—¡No! —supliqué, tirando de ella para que volviera.

Se rió por lo bajo.

—No te preocupes, sólo me estoy quitando el peplo. —Un momento después volvía a estar a mi lado y sentí que tiraba de mi propia prenda. La ayudé a subirla por mis muslos, mis caderas y mi cintura. Me pasó las manos por los costados, levantándola por encima de mis pechos y sacándomela luego por la cabeza.

Me estremecí por el aire frío, sintiéndome expuesta y vulnerable.

—Dioses, Gabrielle, eres perfecta —susurró Xena sin aliento, y yo sonreí.

Intenté imaginarme su aspecto arrodillada a mi lado en su gloriosa desnudez. Lo que imaginé me aceleró aún más el pulso.

—Xena...

Cubrió mi boca con un beso, crudo y apasionado. Le rodeé los hombros con los brazos, pegando su cuerpo al mío. Se movió ligeramente y una cadena fría me rozó el pecho cuando intentó recuperar el equilibrio. Solté un grito sofocado y me encogí por el contacto.

—Lo siento —farfulló Xena, intentando colocarse bien de nuevo.

—¡No! —jadeé—. Quiero sentirte encima de mí...

Xena gimió y se puso encima de mí, a horcajadas sobre mi media pierna. Me besó de nuevo y apretó las caderas contra mi muslo.

—Oh, dioses —murmuré, arqueándome hacia ella. El movimiento me causó dolor en la pierna rota, pero me dio igual.

Su mano empezó a acariciarme el pecho y la curiosa mezcla de metal frío y carne caliente sobre mi piel sensible hizo que me estremeciera de placer. Mis dedos se clavaron en los fuertes músculos de su espalda.

Xena jadeaba ahora, con la cara a escasos centímetros de la mía. Notaba su aliento en la mejilla, notaba cómo aceleraba el ritmo al moverse contra mí. Notaba que su humedad me pringaba la pierna con cada empujón e intenté pegarla más a mí, pues necesitaba sentir la presión sobre mi propio clítoris.

Gemí, deseando algo más directo, y me vi recompensada cuando dejó mi pecho y se alzó sobre los dos brazos, apretando mi pierna entre las suyas y empujando hacia abajo con las caderas, con lo cual aumentó la fricción sobre mi sexo.

—¡Oh, sííííí!

Siguió embistiendo contra mí y noté el calor exquisito que iba creciendo entre mis piernas. Le toqué los pechos con las manos, apretándolos y estrujándolos delicadamente.

—Oh, sí —gruñó Xena—. ¡Más fuerte!

Obedecí encantada, tocándolos con la mano entera.

—¡Oh, dioses! —exclamó Xena y noté que se estremecía. Su espalda se apartó de mí arqueándose e incrustó el pubis en mi muslo—. ¡Oh, dioses! —repitió y noté otro espasmo que le sacudía el cuerpo. Se pegó a mi pelvis—. ¡Oooooh, dioses! —gritó roncamente al tiempo que todo su cuerpo se sacudía violentamente y luego cayó encima de mí, temblando.

Se quedó ahí jadeando un rato y yo me regodeé en la sensación de su tronco caliente y sudoroso que me aplastaba. Deslicé los dedos entre nuestros cuerpos y acaricié un momento la mata de su vello púbico. Bajé más y sentí la humedad que había entre sus pliegues, maravillada por la firmeza de su clítoris, que acaricié con el dedo. Sus caderas se movieron de nuevo, atrapándome la mano, y noté otro estremecimiento que le recorría el cuerpo.

—Oh, Gabrielle —susurró Xena y noté que su mano bajaba por mi costado. Se echó ligeramente a un lado y pasó la mano por los tensos músculos de mi vientre. Hundió la cara en mi cuello y sentí que su lengua me acariciaba la mandíbula.

Gemí de pura frustración, desesperada por algo más.

Xena se rió por lo bajo y me puso la mano entre las piernas.

Grité y le aferré el hombro con la mano libre.

—Qué húmeda estás —ronroneó Xena, y sus dedos acariciaron ligeramente toda la longitud de mi clítoris, lo cual hizo que me agitara bajo sus caricias.

—¡Oh, dioses, Xena, por favor!

—¿Por favor qué, Gabrielle? —bromeó, acariciándome el labio inferior con la lengua.

—Más fuerte —gimoteé, empujando hacia arriba con las caderas.

—¿Es esto lo que quieres? —preguntó, aumentando la presión.

—Oh, sí —jadeé—. ¡Oh, sí! —Notaba que la tensión iba en aumento con cada caricia, sentía que me retorcía debajo de su cuerpo, cada vez más cerca de la descarga a medida que ella aumentaba el ritmo y la presión de sus caricias. Justo cuando creía que ya no podría soportarlo más, me penetró hasta el fondo con los dedos y estallé con una mezcla de placer y dolor—. ¡Oh, síííííí!

Xena siguió moviendo los dedos dentro de mí mientras una oleada tras otra me sacudían el cuerpo. Poco a poco, se me empezaron a relajar los músculos y por un breve instante me sentí entera, saciada, completamente... llena. Luego Xena me besó en la boca y sacó los dedos con delicadeza.

—Eres tan bella, Gabrielle —dijo suavemente.

Sonreí y pensé que esta mujer acababa de hacerme el regalo más precioso que podía existir.

—Tú también —susurré, con absoluta convicción.


PARTE 10


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