8


Unas luces y voces me sacaron de un sueño inquieto.

—Escuchad, idiotas —decía Xena—. Creía que erais leales a Alejandro. ¡No le va a hacer ninguna gracia cuando descubra lo que le ha pasado a su poeta preferida!

Abrí los ojos. Xena estaba pegada a los barrotes por las cadenas y había un guardia arrodillado delante de la celda, con pan y queso en la mano.

—Sí —masculló, mirándome con aire culpable. Se sonrojó al ver que tenía los ojos abiertos y apartó la mirada rápidamente, depositando el pan y el queso a toda prisa—. No tenemos las llaves, señora —dijo, y supe que hablaba conmigo.

—Si esa maldita zorra está borracha, quitádselas —exclamó Xena.

—El capitán no nos dejará. —El guardia volvió a mirarme a los ojos—. Lo siento, señora.

Empecé a incorporarme sobre los codos y me desplomé cuando me inundó una oleada de vértigo.

—¿Señora? —preguntó el guardia preocupado.

Yo gemí.

—¡Lo veis! —dijo Xena—. Y no se va a poner mejor hasta que me traigáis algo para entablillarle la pierna. Juro por el Estigia que no lo usaré para hacer daño a nadie.

El guardia se levantó, pero vaciló. Miró a sus compañeros que sujetaban la manivela al pie de las escaleras.

—Depende del capitán, pero se lo preguntaré. —Me miró—. Aguanta, señora. Conseguiremos sacarte de aquí.

Se hizo la oscuridad cuando los guardias soltaron a Xena y volvieron a subir por las escaleras.

—Gracias por intentarlo —dije.

Las cadenas sonaron cuando Xena se movió para coger el pan y el queso. Luego vino a sentarse a mi lado.

—Sé que debes de estar muerta de hambre. —Me puso un trozo de queso en la mano.

—¿Cómo haces eso? —pregunté.

—¿El qué?

—Es como si vieras.

—Es que veo. Hay un poquito de luz que entra por el agujero del agua del techo durante el día. Es suficiente. Quédate aquí un año y tú también acabarás desarrollando esa capacidad.

—No, gracias.

Se rió por lo bajo.

Terminamos de comer en silencio. Me dio un poco de pan y luego compartimos el agua que quedaba en el odre. Habría dado cualquier cosa por un poco de vino y mi medicina contra el dolor, pero así y todo me encontraba bastante mejor con algo en el estómago.

—Nunca pensé que el pan rancio pudiera estar tan bueno —murmuré.

Xena soltó un resoplido.

—Bueno, los tres primeros días no comiste gran cosa.

Entonces caí en la cuenta.

—¿Gran cosa? ¿Quieres decir... que estaba despierta? —Qué raro, perder la noción del tiempo de esa manera. Qué inquietante.

—Bueno, no estabas muy coherente. En realidad, más que nada no parabas de hacer las mismas preguntas una y otra vez. —Parecía molesta.

Me sentí mortificada.

—¿Qué clase de preguntas?

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? No recordabas nada. Ni siquiera tu nombre.

—Oh. —Todavía me estaba preguntando qué se sentiría al olvidar tu propio nombre cuando oí unos extraños roces procedentes de un rincón alejado de la estancia—. ¿Qué es eso?

—Oh... sólo son Ares y algunos de sus amigos que han venido a comer. Saben que pueden venir cuando se van las antorchas. Los ahuyentaré si quieres.

—¡Por favor, cómo no voy a recibir a tus amigos!

—Gabrielle, son ratas. ¿De verdad quieres que se te suban encima?

Tragué.

—¿Encima?

—Al cabo de un tiempo, ansías el contacto con cualquier ser vivo.

¡Puaj!

No dije nada, pero Xena debió de notar mi respuesta. Pegó un grito hacia los roces hasta que por fin se fueron.

Al cabo de un tiempo, ansías el contacto con cualquier ser vivo. Por un momento vi con absoluta claridad lo horrible que era realmente la existencia de Xena en esta celda. ¿Cómo había logrado sobrevivir?

Xena me tocó el hombro.

—Gabrielle... —empezó.

Sonreí a la oscuridad y puse mi mano encima de la suya.

Hizo amago de retirar la mano y luego se detuvo.

—Mmmmm... —empezó de nuevo—. Sé que probablemente esto no signifique mucho para ti, viniendo de mí, pero para lo que valga, bueno, lamento que te haya ocurrido esto. No te lo mereces.

Sé que me debí de quedar boquiabierta.

—Xena, ¿estás segura de que la fiebre no te ha ablandado el cerebro?

Apartó la mano con rabia y al instante lamenté lo que le había dicho.

—No tiene nada que ver con la fiebre —rezongó.

—Xena, perdona. Sólo te estaba tomando el pelo. —Palpé a tientas en la oscuridad. Encontré una cadena y la seguí hasta sus muñecas. Le cogí la mano y se la apreté—. Es que me ha sorprendido, nada más. Yo... bueno, sabes, no me esperaba que fueras a ser amable conmigo y sin embargo lo has sido. Es que no entiendo por qué.

—Supongo que me... —Vaciló—. Que me... supongo... que... ¡Ah, por las tetas de Atenea, no puedo hacerlo!

—¿El qué?

—Olvídalo.

—¡No! ¿Qué ibas a decir?

—¡Ah, maldita sea! Nunca te rindes, ¿verdad?

—No. Terca como una mula, como decía mi padre.

—E igual de irritante también.

—Bueno, ¿qué ibas a decir? —pregunté, negándome a perder el hilo.

Oí que se reía por lo bajo y por fin suspiró.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí, Gabrielle? —preguntó por fin, con el tono más serio y menos agresivo que le había oído usar hasta entonces.

—Poco más de un año.

—Poco más de un año. Un año es mucho tiempo para no tener nada que hacer salvo pensar.

Sí que lo era.

—¿Y? —la animé cuando pareció que no iba a continuar.

—Hace muchos años, una mujer de Chin, Lao Ma, me enseñó a meditar. Es lo único que me ha mantenido cuerda. Pero...

—¿Pero qué?

Suspiró.

—Cuando meditas, te ves obligada a mirar hacia dentro. Baste decir que no me ha gustado lo que he visto. No me gusta... lo que veo. —Resopló—. A ti te falta una pierna, Gabrielle. Pero a mí... a mí me falta el alma.

Oh, dioses, qué confesión. No era posible imaginarse a una Conquistadora introspectiva, pero para mí estaba claro que Xena se equivocaba en una cosa: sí que tenía alma, porque acababa de desnudarla ante mí con la misma certeza que si hubiera cogido una espada, se hubiera abierto el pecho y hubiera depositado su corazón en una mesa delante de mí. ¿Y qué tenía que hacer yo con esto?

Por los dioses, había pasado la mayor parte de mi vida odiando a esta mujer. Raro había sido el día en los últimos ocho años en que no hubiera maldecido su nombre conscientemente. Sí, me había permitido sentir lástima por ella en días recientes; sí, había visto que no era totalmente un monstruo. Pero parecía que el Olimpo tendría que desplomarse y el sol dejar de brillar y la tierra ser tragada por el mar el día en que Xena, Destructora de Naciones, reconociera que no era buena persona. Alteraba el orden del universo y, desde luego, me alteraba a mí.

Reconozo que luché con mis emociones... ¿cómo podía ponerme en esta situación? Podía tomar este ofrecimiento y tirárselo a la cara, hacerle daño como ella me había hecho daño tan alegremente en tantas ocasiones; o podía aceptarlo graciosamente.

—Aunque supongo que eso ya lo sabías, ¿verdad? —dijo Xena en voz baja cuando yo no dije nada.

Suspiré apesadumbrada.

—Xena, hubo un tiempo en que habría estado totalmente de acuerdo contigo. Pero estoy aquí echada, viva y bastante menos incómoda de lo que podría haber estado, así que me siento obligada a señalarte que una persona sin alma no estaría preocupada por carecer de ella. Creo que eso dice algo sobre ti, tanto si a las dos nos gusta admitirlo como si no.

—¿Y preferirías no admitirlo?

—Es mucho más fácil odiarte que perdonarte.

—¿Crees que podrías llegar a perdonarme?

—¿Me lo preguntas como hipótesis?

—No... no lo sé.

—Hipotéticamente... —empecé, y me callé. No me podía creer que estuviera manteniendo esta conversación. Me resultaba tan surrealista—. ¿Me estás pidiendo que te perdone, Xena?

—¡Claro que no!

Puse los ojos en blanco. No, claro que no.

—Pues está bien, hipotéticamente, me gustaría pensar que podría perdonar a cualquiera, porque es lo correcto.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué es lo correcto? ¿Para qué sirve?

De repente me sentí como un filósofo con un joven alumno. ¿Cómo se le explicaban las ventajas del perdón a un niño?

—Bueno, para empezar —dije—, el perdón no es algo que uno hace por otra persona.

—¿No?

—Si yo te perdonara, Xena, no te haría a ti mejor persona. Ni haría menos horrible o malo lo que me hiciste. El perdón es algo que haces por ti, para no tener que cargar con el peso del resentimiento.

—¿Entonces por qué no me has perdonado?

Tragué con dificultad. Era una pregunta justa, pero no pude responder de forma inmediata. Los dioses sabían que yo misma me había hecho esa misma pregunta mil veces. Me odiaba a mí misma por odiar a Xena, pero nunca había sido capaz de perdonarla. ¿Por qué no?

—Supongo que siempre he estado convencida de que eras imperdonable —dije despacio—. Pero creo... creo que en realidad puede ser porque tengo el recordatorio de lo que me hiciste cada día, así que no puedo simplemente olvidarlo. No siempre me gusta quién soy, Xena, y te culpo por ello. Y supongo que es porque llevo tanto tiempo culpándote y odiándote que se ha convertido en una costumbre. Algunas cosas acaban siendo parte de ti de tal forma que es difícil renunciar a ellas, aunque no sean buenas para ti.

Una vez más, se hizo el silencio entre nosotras, y ya no me sentía como una poeta o un filósofo. Me sentía en carne viva y herida al haber reconocido la verdad ante mí misma. Me aferraba a mi odio por Xena simplemente porque era una costumbre. Era mi forma de ser. En lo que me había convertido. Y era algo muy, muy feo. Me esforcé por controlar un creciente ataque de llanto.

—¿Te ayudaría si te dijera que lamento lo que te hice?

Una vez más, furiosa por mi falta de control, me eché a llorar. Mi mundo se estaba viniendo abajo. Como poeta, vivía de la emoción y la experiencia, pero esto era demasiado.

—Oh, no —gimió Xena—. ¡Lo retiro!

—¡No te atrevas! —sollocé—. No te atrevas.

—¿Siempre lloras tanto?

—¡No!

—¿Estás dolorida?

—¡No! O sea, sí, pero no estoy llorando por eso...

—¿Entonces por qué estás llorando?

Traté de sonreír entre jadeos.

—Porque te perdono, Xena.

Hala. Lo había dicho. Lo había dicho y lo decía en serio. Había cogido los fardos y los había tirado y había dejado que mis lágrimas lavaran la fealdad que habían dejado atrás.

Cuando por fin me quedé sin lágrimas, Xena me estrechó la mano y me di cuenta sorprendida de que me la había estado sujetando todo el tiempo.

—Estás equivocada en una cosa, sabes —dijo suavemente.

—¿En qué? —dije sorbiendo.

—El perdón puede significar algo para la otra persona.

Con un sollozo, alcé la mano libre para tocarle la cara y mis dedos encontraron a tientas su mejilla. Estaba mojada.

—Xena, ¿estás llorando?

Se apartó rápidamente de mi mano.

—¡Claro que no!

Sonreí, a mi pesar.

—Está bien llorar a veces, sabes.

Xena soltó un resoplido.

—Quién iba a decir eso sino tú.

—Hasta Aquiles lloró cuando murió Patrocles.

—Aquiles era un blandengue.

—¡¿Cómo puedes decir eso?!

—Fácilmente. Cuatro palabras: Aquiles... era... un...

Se calló cuando le apreté suavemente los labios con mis dedos.

—Xena...

—Qmf...

—Xena, estoy demasiado cansada para discutir contigo. —Dejé que mis dedos se movieran por su mejilla, secando la humedad que todavía quedaba en ella.

Xena me cogió la mano.

—Tienes la mano helada —dijo.

Hice una mueca.

—Lo siento —dije, intentando que me la soltara. Me la agarró con fuerza.

—No lo sientas. —Unos labios cálidos me rozaron la piel.

La sensación de que el mundo se estaba volviendo del revés regresó con toda su fuerza.

—No... —susurré, notando que se me llenaban de nuevo los ojos de lágrimas. ¡¿Pero qué me pasaba?!

—¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío? ¿No qué?

Estaba tan confusa y cansada. Todavía me dolía la cabeza. Estaba harta de pensar, harta de intentar seguir una conversación con esta mujer agotadora que tenía al lado, harta de tratar de comprender lo que me estaba pasando, harta de preocuparme por lo que podría pasar.

—Un abrazo —murmuré.

—¿Que no te dé un abrazo? ¿Qué te hace pensar que lo iba a hacer? ¡Antes sólo lo he hecho porque te estabas congelando!

Dioses, ¿es que tenía que convertirlo todo en una batalla? ¿Y cuándo me había abrazado?

—¿O te refieres...?

No sabía a qué me refería. No sabía qué quería. De repente me sentía muy confusa. ¿Qué estaba ocurriendo? Me entró una sensación extrañísima de que me caía.

—Agárrame —susurré, dejándome ir.

Me desperté rodeada de oscuridad y calor, envuelta en los brazos de Xena bajo dos mantas. Roncaba suavemente a mi lado. Era extraño, teniendo en cuenta quién me tenía abrazada, pero me sentía a salvo, reconfortada. Tal vez era porque la única otra persona que me había abrazado en mi vida era Alejandro, a quien le confiaba mi vida. Me volví a quedar dormida sin dificultad.


Estaba tendida en la cruz, con las manos y las piernas sujetas por soldados cuyos rostros estaban tallados en piedra. El primer clavo atravesó mi mano derecha. La sensación del metal al deslizarse a través de mi carne, desgarrando tendones y huesos, no estaba, afortunadamente, nublada por el dolor. No grité cuando me incrustaron el clavo en la mano izquierda con la misma sensación nauseabunda. Curiosamente, sólo me clavaron un pie a la madera.

—Rompedle la pierna —ordenó la voz de Xena, y miré por encima de las caras de los guardias para descubrir a Talasa, vestida como Xena la emperatriz, mirándome con una sonrisa malévola. Llevaba un látigo en su única mano. Terminaba con la cabeza de una serpiente viva y siseante.

Recé a Atenea pidiendo misericordia cuando un gran guardia se adelantó con un gran martillo. Lo descargó y grité de agonía cuando los huesos de la pierna se me rompieron.

Talasa hizo un gesto a los guardias para que se marcharan y se arrodilló a mi lado.

—Gabrielle —dijo, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano—. Estamos destinadas a estar juntas, tú y yo. —La serpiente que era su látigo reptaba por la carne expuesta de mi estómago.

Gemí, luchando contra los clavos que me tenían presa en el sitio. No podía moverme, ni siquiera la pierna libre, no podía defenderme de Talasa ni de la serpiente.

Talasa soltó el látigo y éste empezó a deslizarse por la cintura de mi falda.

—Gabrielle —susurró Talasa, inclinándose hacia mi cara. Me pasó la lengua por la mandíbula.

Intenté apartar la cabeza, pero me agarró por la barbilla, obligándome a mirarla.

—Te quiero, Gabrielle —dijo suavemente, al tiempo que sus labios casi rozaban los míos. Le apestaba el aliento a alcohol y vómito.

Me entró una arcada.

—¡¡¡No!!!

Me besó, apretando sus labios contra los míos hasta que se me quedaron insensibles y su lengua intentó colarse por la fuerza entre mis dientes. Entre mis piernas, una serpiente fría y escamosa empezó a enrollarse en torno a mi muslo.

Intenté gritar pero no pude.

La lengua de Talasa me abrió los dientes a la fuerza y se deslizó dentro, explorando el fondo de mi boca, penetrando cada vez más hondo, bajando por mi garganta. Al mismo tiempo, la serpiente se movía sobre mi entrepierna, deslizándose por mis partes privadas.

Se me llenó la mente de horror y pánico ante mi impotencia.

De repente, Talasa empezó a sacudirme, gritando mi nombre.

—¡Gabrielle! ¡Gabrielle!

—¡Despierta, Gabrielle!

Salí del sueño jadeando, como una mujer que se estuviera ahogando y tratara de respirar. Abrí los ojos a una oscuridad total y por un horrible segundo me pregunté si me había despertado de verdad.

—¡¿Gabrielle?! —preguntó Xena sacudiéndome suavemente por los hombros.

—¡¿Xena?! —pregunté aterrorizada, tratando de encontrarla con la mano.

Me la agarró con firmeza y me la estrechó.

—Estoy aquí. Tenías una pesadilla.

—Oh, dioses... oh, dioses, ha sido horrible. —Me dieron arcadas al recordarlo. Sabía que estaba temblando, pero no podía parar. Jadeé, notando aún la presencia sofocante de Talasa encima de mí.

—No pasa nada. Ya estás despierta —dijo Xena suavemente, acariciándome el pelo.

Poco a poco, me calmé con sus caricias. Tomé aliento temblorosamente y lo solté despacio, dejando que se desvanecieran los últimos restos del horror.

—Tuve pesadillas casi todas las noches durante meses después de perder la pierna —dije en voz baja—. Pero hacía mucho tiempo que no tenía ninguna.

—Seguro que esta... situación... te está trayendo muchos recuerdos desagradables.

—Sí. Yo... detesto sentirme tan indefensa.

Xena siguió acariciándome el pelo en silencio.

—¿Xena?

—¿Sí?

—Gracias por despertarme.

—De nada.

No podía volver a dormirme, con la pesadilla tan reciente, y Xena tampoco parecía dispuesta a intentarlo. Se acomodó de lado junto a mí, a suficiente distancia para que sus brazos apenas me rozaran. Yo deseaba que me abrazara como antes, pero no supe cómo pedírselo sin parecer más tonta y débil de lo que ya me sentía.

Nos quedamos así durante lo que me pareció una eternidad. Sin luz u otros estímulos, era difícil calcular el paso del tiempo. Escuché el sonido de la respiración de Xena, la única distracción externa que tenía para evitar que mis pensamientos se centraran en mi dolor. Aliento, vida, alma. Había algo sublime en el mero acto de respirar. Era curioso que nunca le hubiera prestado mucha atención hasta entonces.

Me desperté sobresaltada, sorprendida de haberme quedado dormida.

—Vienen los guardias —susurró Xena, y sentí una corriente de aire frío cuando salió de debajo de las mantas.

Advertí la luz que se movía sobre las paredes y el ruido de varios pies que bajaban por las escaleras. Xena estaba sentada al borde de la jaula donde la arrastrarían las cadenas cuando giraran la manivela.

La luz de las antorchas cuando entraron los guardias era casi cegadora. Eran tres, uno de ellos el soldado que había prometido pedir tablillas para mi pierna.

—Mi señora —dijo suavemente—. ¿Sigues despierta?

Lo que preguntaba en realidad, pensé, era: "¿Sigues viva?" Lo saludé para tranquilizarlo agitando la mano, ya que levantar la cabeza me causaba dolor.

—Aquí sigo, vivita y coleando —dije, y me lo pensé mejor—. Bueno, coleando no, en realidad, pero sí que sigo aquí.

Sonrió e hizo un gesto de asentimiento a sus compañeros. Hicieron girar la manivela hasta que los brazos de Xena quedaron estirados detrás de ella en ese ángulo tan espantosamente incómodo.

Él se adelantó y se arrodilló ante la jaula, poniendo dos de mis largos estuches de cuero encerado para los pergaminos en el suelo junto con uno de mis peplos viejos.

—¿Por qué has traído eso? —pregunté, perpleja.

—El sanador indicó que los estuches funcionarían bien como tablillas, pero no como armas. El peplo se puede romper en tiras para sujetar los estuches. Lo siento, señora, pero el capitán me ha prohibido traer ninguna de nuestras cosas. Claro, que como todo esto es tuyo, técnicamente no son nuestras cosas...

—¿Podríais tener problemas por hacer esto? —pregunté, preocupada. Hasta ahora, no me gustaban los castigos que había visto imponer aquí.

—Bueno, en realidad no estamos desobedeciendo sus órdenes directas. —Echó una mirada a Xena—. Mientras Xena cumpla su juramento de no usarlos contra nosotros, el capitán no nos hará ningún daño permanente.

—Me preocupa más Talasa. Y deja de llamarme señora. Me llamo Gabrielle.

Sonrió.

—No puedo predecir lo que hará la alcaidesa, pero no le tengo miedo.

—Pues deberías —dijo Xena gravemente—. Es peligrosa.

—Tal vez —dijo dubitativo—. Pero nunca ha maltratado a un guardia. Jamás.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Peonius —respondió.

—Peonius —dije—, eres un buen hombre por ayudarme y te estoy profundamente agradecida. Pero si estás dispuesto a hacer una cosa más por mí, me aseguraré de que tu nombre quede inmortalizado en un poema de agradecimiento.

Tragó, pero los ojos se le iluminaron de emoción.

—Lo que sea —dijo.

—¿Quieres avisar a Alejandro de mi situación? Tal vez el cocinero esté dispuesto a ir en su barco. O podrías enviar un mensaje en el próximo barco de suministros.

Pareció decepcionado.

—Ya se ha hecho. El ayudante del cocinero partió ayer.

Le sonreí.

—No te preocupes, te escribiré un poema de todas formas.

—¡Gracias! Tengo un hijo... para él sería muy importante. —Volvió a mirar hacia las escaleras—. Ahora tenemos que irnos, antes de que venga el capitán. Si necesitas cualquier otra cosa, díselo a los guardias que traen la cena. Pero asegúrate de que el capitán no está con ellos. —Con eso, se reunió con sus compañeros. Soltaron la manivela y subieron juntos por las escaleras, llevándose las antorchas.

Xena recogió los estuches de pergaminos y el peplo. Oí que desgarraba la tela para hacer tiras. Cuando me sobresalté al oír el correteo de las ratas que se acercaban, ella las ahuyentó con un grito.

Pobre Ares. Otra vez se queda sin comer.

—Te voy a entablillar la pierna —dijo Xena, apartando la manta—. Probablemente te va a doler.

Apreté los dientes durante el doloroso tratamiento, pero cuando se terminó, solté un suspiro de alivio. Al menos ahora podría cambiar de postura en el suelo sin temor a descolocarme los huesos.

—¿Mejor? —preguntó Xena.

—Mucho, gracias.

—Todavía queda la mayor parte de tu peplo. ¿Te importa si me lo pongo?

Se me pasó por la mente que estaba tan bella desnuda que era una lástima que quisiera taparse, pero era una tontería, por supuesto.

—Por favor, adelante.

Tras una buena dosis de ruidos de cadenas, Xena gruñó.

—Eres una canija, ¿verdad?

—¿Es que no te está bien? —Los peplos se llevaban sueltos. Incluso con nuestra diferencia de tamaño, me costaba creer que Xena no se lo pudiera poner.

—Bueno, no me lo puedo pasar por los hombros por culpa de estas malditas cadenas. Parece que se va a sujetar él solito. —Se rió por lo bajo—. Supongo que eso está bien, ahora que lo pienso. —Se acomodó a mi lado—. ¿Quieres probar a sentarte?

—Sabes, me dolió mucho la cabeza cuando intenté levantarla para mirar al guardia. No creo que sea buena idea.

—Mmmm. Pues probablemente no. —Se puso a palparme el cráneo con dedos delicados—. ¿Esto te duele?

Me cruzó un relámpago por delante de los ojos.

—¡Ay!

—Ya. Tienes un bulto del tamaño de un huevo justo detrás de la oreja. Eso te va a dar problemas hasta que baje la hinchazón.

—¡Pues deja de toquetearlo!

—¡No estoy toqueteando! Sólo estoy comprobando de nuevo para asegurarme de que no tienes nada fracturado.

—¡¿Y podrías hacer algo de ser así?!

Su mano se apartó con un ruido de cadenas y luego volvió a posarse en mi hombro.

—Perdona. Tienes razón.

Advertí por su tono que estaba contrita, pero ahora me dolía mucho la cabeza otra vez y estaba de mal humor.

—Xena, ¿por qué te convertiste en señora de la guerra?

Su mano se quedó inmóvil.

—No es que seas terca como una mula. ¡Más bien como un tocón de árbol en el campo de un pobre granjero!

Me encogí al oír su voz iracunda.

—Olvida la pregunta.

Suspiró.

—Era una joven muy furiosa, Gabrielle. Me convertí en señora de la guerra porque pude. Era buena y lo sabía.

—Eso es evidente —asentí—. ¿Pero por qué estabas tan furiosa?

Al principio pensé que no me iba a contestar. Notaba la tensión de su mano y estoy segura de que estaba manteniendo un serio debate interno. ¿Quería contármelo? ¿Conocía siquiera la respuesta? ¿Quería admitirla de ser así? Por fin, sin embargo, empezó a contarme a trompicones la historia de cómo murió su hermano Liceus y de cómo la repudió su madre.

—¿Cirene te pegó una bofetada? —pregunté pasmada cuando terminó.

—Sí.

—¿Y por eso te fuiste de casa?

—Sí.

Pensar que Cirene de Anfípolis había creado a Xena la Conquistadora de una sola bofetada. Bueno, era muy posible que alguna otra cosa pudiera haber hecho que Xena se entregara a una vida de violencia, pero el rechazo de su madre, unido a la muerte de su querido hermano, fue evidentemente el catalizador que la llevó a su camino de destrucción. Hasta Xena lo identificaba como tal.

¿Cómo habría sido la historia de distinta si en cambio Cirene la hubiera consolado?

—Voy a tener que volver a escribir el capítulo dedicado a Cirene y la batalla de Anfípolis —dije con toda seriedad.

Con alivio por mi parte, Xena se echó a reír por lo bajo.

—Sí, hazlo.

Sonreí.

—También voy a tener que reescribir varios de los capítulos que tratan de ti.

—No. Me merezco cualquier cosa que hayas dicho. Y probablemente cosas mucho peores.

—Pero eres capaz de cambiar, Xena. Eso es algo que ni Alejandro ni yo habríamos creído posible jamás.

—Eso demuestra que el niño bonito no es perfecto, ¿verdad? —dijo Xena con un resoplido—. No cuentes con que mi benevolencia vaya a durar para siempre. Es difícil cambiar las viejas costumbres.

Bueno, no me cabía duda de que la Xena que yo odiaba podía volver en cualquier momento. Pero ahora había visto una faceta distinta de ella y sabía que su corazón no estaba tan absolutamente corrupto ni era tan malévolo como antes creía. De hecho, tenía algo que resultaba... bueno, muy simpático.

—¿Por qué sonríes así? —preguntó Xena con desconfianza—. Si supieras lo que te conviene, me tendrías miedo.

Esperé que no viera cómo me sonrojaba en la oscuridad, pero me sentí como una niña a la que hubieran pillado robando dulces.

—Si supiera lo que me conviene, nunca me habría marchado de Potedaia. —Sonreí, intentando disimular mi turbación—. Y nunca me habría unido a la rebelión contra ti.

—Tú nunca me has tenido miedo, ¿verdad? —preguntó despacio.

Parece que mi intento de pasar al humor ha fracasado.

—No, te tenía terror. Me crucificaste. Mataste a tantos... —No pude terminar de decirlo, no pude animarme a pensar en todos los amigos y compañeros que habían muerto a manos de esta mujer y sus soldados—. ¿Cómo no te iba a tener miedo? ¡Vivíamos aterrorizados por ti y por tu ejército todos y cada uno de los días de nuestra vida!

Oí que se levantaba inquieta.

—Lo siento —dijo.

Cerré los ojos.

—Ahora ya se ha terminado. Te he perdonado.

—Lo sé, pero... no quiero que me tengas miedo, Gabrielle. Ya no.

Suspiré.

—Eso lo veo ahora. Aunque todavía no comprendo por qué. Tú podrías fácilmente odiarme tanto como yo te odiaba a ti.

Suspiró a su vez y se sentó de nuevo a mi lado.

—Háblame de tu familia —dijo.

—¿Por qué?

—Quiero saber más sobre ti.

—Está bien —dije despacio. Estaba cambiando de tema y me pregunté qué querría decir eso, pero no me importaba hablar de mi familia. Así que le hablé de mis padres y de mi hermana Lila y de cómo había sido crecer en una granja en Potedaia. La vida nos había tratado bien hasta que Xena subió al poder. Entonces, las cosas se pusieron difíciles.

Me salté los peores detalles, sobre los jóvenes que se alistaron en el ejército para compensar los impuestos que sus familias no podían pagar, esos mismos jóvenes que no obtuvieron un puesto pagado de soldado como se les había prometido, sino que acabaron como galeotes en la armada de Xena. No hablé del duro invierno de hambre que me llevó a irme de casa simplemente porque no había comida suficiente para todos y yo, con mi capacidad como bardo, tenía más posibilidades de ganarme la vida en otra parte. Le dije que mi padre había muerto durante la guerra, pero no que había sido ejecutado por golpear a uno de los soldados de Xena al defender a Lila de sus violentas intenciones de borracho.

Terminé con algo alegre. Mi madre había conseguido conservar la granja con la ayuda de Lila y ahora que Alejandro era emperador, las cosas les iban muy bien.

Cuando terminé, Xena se quedó en silencio largo rato.

—No me has contado muchas cosas —dijo—. ¿Por qué te marchaste de casa?

—No tiene importancia, Xena. Es el pasado.

—¿Por qué te marchaste de casa? —insistió.

Suspiré.

—No había comida suficiente.

—¿Por qué no? Teníais una granja, ¿no? ¿Es que hubo mala cosecha?

—Tu ejército confiscó la mayor parte de nuestra cosecha y nuestros animales; tuvimos que vender lo que quedaba para pagar los impuestos. Conseguimos quedarnos con una vaca vieja y algunas gallinas que se les escaparon a los soldados. Pero no era suficiente. Les dije a mis padres que me iba para buscar a Pérdicas, pero creo que sabían la verdad. Si no, no me habrían dejado marchar.

—¿Cómo te las arreglaste sin dinero?

—Al principio, contaba mis historias. Después, conocí a Alejandro.

—¿Y él tenía dinero?

—Algo.

—Me alegro —dijo despacio. Me cogió la mano y me la estrechó—. A veces desearía... —Se calló y me soltó la mano.

—¿El qué?

—Nada.

Busqué a tientas su mano, pero en cambio me topé con su muslo. Dejé ahí mi mano, disfrutando de su piel cálida y lisa.

—Has dicho, "A veces desearía..." Me gustaría saber qué deseas, Xena.

Carraspeó.

—A veces desearía poder volver y hacer las cosas de otra manera.

—¿No lo dices por decir?

—No.

—¿Xena?

—¿Sí?

—Si pudieras escapar de esta prisión y recuperar la libertad, ¿qué harías?

—¿Es una pregunta capciosa?

—No, es mera curiosidad. ¿Intentarías derrocar a Alejandro?

Se lo pensó un rato antes de responder.

—Lo primero es lo primero. Mataría a esa zorra de Talasa por lo que te ha hecho.

Aunque no era la respuesta que me esperaba, no me sorprendió por completo.

—Te echa la culpa de la pérdida de su brazo, sabes.

Xena resopló.

—Ya, lleva recordándomelo todo el año. Créeme, es lo único por lo que está viva. Pero ésa no es excusa para hacerte daño a ti.

—¿Quieres decir que has tenido la oportunidad de matarla y no lo has hecho?

—Gabrielle, no sólo he tenido la oportunidad de matarla, sino que podría haberme escapado en al menos cuatro ocasiones distintas. Por favor, si se trae las llaves y despide a los guardias para poder torturarme sin que la vean.

Me lo dijo con tal despreocupación que no pude evitar creerla. Además, yo misma había visto a Talasa inconsciente cerca de la jaula de Xena. Sin los guardias para sujetarla, no cabía duda de que Xena podría haberle quitado el látigo a Talasa y volverlo contra ella. Eso quería decir que Xena se había dejado azotar voluntariamente y que además había rechazado la oportunidad de escaparse.

—¿Por qué no te has escapado?

Hizo un ruido que no supe interpretar sin verle la cara.

—A lo mejor me pareció demasiado esfuerzo.

Querías ser castigada, ¿verdad? —pregunté atónita.

—¡No soy una especie de masoquista, si es lo que estás insinuando! —dijo enfadada y parecía realmente ofendida.

—Tal vez no, pero... piensas de verdad que te lo mereces, ¿no? —Aunque ya lo había dicho antes, yo había interpretado sus palabras como una forma de resignación o de aceptación de su sino. Pero esto... esto iba mucho más lejos.

Su silencio fue todo el asentimiento que me hizo falta. Intenté comprender esta última revelación.

Era impensable que hubiera tenido la oportunidad de escapar y no lo hubiera hecho. Pero una cosa estaba clara: el sentimiento de culpa de Xena era mucho más fuerte y profundo de lo que yo sospechaba. Teniendo eso en cuenta, su atípico comportamiento conmigo ya no resultaba tan increíble. Evidentemente, esta transformación de su carácter se había ido produciendo a lo largo del tiempo.

Y entonces caí en la cuenta como si me hubiera alcanzado un rayo de Zeus.

—Nos dejaste ganar la guerra, ¿verdad? —murmuré.

Tenía sentido... el hecho de que nos hubiera permitido capturarla en la batalla final; el hecho de que cometiera tantos errores en aquel último año. Ahora que lo pensaba, todo había comenzado con la destrucción de Atenas... y Anfípolis al mismo tiempo, por supuesto. Lo que debería haber sido una derrota fatal para la rebelión se convirtió en cambio en el punto de inflexión de nuestro éxito.

Oí que Xena cambiaba de postura.

—No os dejé ganar —contestó por fin.

—Pero podrías haber terminado todo después de Atenas, si hubieras querido, ¿verdad? —insistí.

—Tal vez... ¡no lo sé! —Se levantó y su agitación se hizo de nuevo tangible en la oscuridad—. Y qué importa ya.

A lo mejor ni siquiera había sido consciente de lo que estaba haciendo, pensé. Era posible que se hubiera arruinado a sí misma inconscientemente. Fuera cual fuese la causa, en aquel último año había cometido varios errores muy poco propios de ella.

—A mí sí me importa —dije.

—¿Por qué? ¿Por qué habría de importarte, Gabrielle? Tú quieres que la historia recuerde a Alejandro como "el Magno". Su gran victoria resultaría un poco hueca si le hubiera dejado ganar, ¿no? —Se rió con aspereza.

—Yo preferiría que la historia conociera la verdad —dije con cuidado.

La oí dar vueltas por la celda y contuve la respiración.

—Pues cuéntales esto —dijo Xena por fin entre dientes—. Ares me abandonó el día en que quemé Atenas.

—¿Ares? ¿El dios de la guerra?

—No, Ares la rata —dijo, irritada—. ¡¿Tú qué crees?!

No hice caso de la pulla.

—¿Por qué te abandonó?

—Por Atenea. El muy cabrón le tiene miedo, y cuando arrasé el Partenón, ella se enfadó muchísimo.

Me quedé algo desconcertada. Hablaba de los dioses como si los conociera en persona.

—Entonces, en realidad culpas a los dioses de tu derrota —dije.

—No. Pero cuando Ares se marchó, creo que empecé a ver en qué me había convertido. No quería reconocerlo, Gabrielle, pero estaba asqueada de lo que había hecho en Atenas. Todos esos niños...

Soltó un ruido que sonaba muy parecido a un sollozo.

Sus soldados habían masacrado a cientos de civiles inocentes cuando cayó Atenas. Muchos más se quemaron vivos en los edificios donde se habían refugiado.

—Todos esos niños —repetí en un susurro, cerrando los ojos para no ver el horrible recuerdo.

—Oh, dioses —gimió Xena, un sonido desgarrador que me llenó los ojos de lágrimas al instante. De repente, cayó de rodillas a mi lado y hundió la cabeza en mi hombro—. Diles que lo siento, Gabrielle. Por favor... ¡diles que lo siento muchísimo! ¡Haz que la historia sepa que lamento lo que he hecho!

Fue tan repentino y tan absolutamente inesperado que me quedé ahí echada, atónita, cuando la mujer se derrumbó literalmente encima de mí, llorando.

Tardé un momento en recuperar la serenidad y luego la tomé entre mis brazos. Me dolía el corazón por ella. Una matanza tal pesaría mucho en la conciencia de cualquiera. Y Xena tenía conciencia. Noté que me caían las lágrimas por las mejillas. ¡¿Por qué, ay, por qué no lo descubrió muchos años antes?!

Habría resultado un espectáculo extraño para cualquier guardia que hubiera bajado a la celda de Xena vernos a la una en brazos de la otra, llorando como bebés hasta que nos quedamos sin lágrimas.

Al final, nos quedamos abrazadas en silencio hasta que la luz de las antorchas anunció otra visita de los guardias que traían comida.

—Gracias —me susurró Xena al oído antes de apartarse.

La agarré del hombro.

—Xena, me aseguraré de que el futuro conozca la verdad sobre ti.

Ella me apretó la mano como respuesta.


PARTE 9


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