7


Al día siguiente, me encontré a Xena tirada en el suelo de su celda, febril e incoherente.

Una vez más, subí las escaleras de madera hasta el despacho de la alcaidesa.

—Se va a morir si no la ayudas —dije cuando Talasa, una vez más, no me hizo el menor caso cuando entré.

—Ya lo sé. —Me miró y sonrió—. A lo mejor si Xena ya no está de por medio, podemos volver a ser amigas.

—¡¿Qué?! —Era la primera vez que se me ocurría que Talasa podría ser mentalmente inestable.

—Tú y yo, Gabrielle, ¿es que no notas la conexión? Estamos... ¡estamos hechas la una para la otra! No deberíamos discutir por Xena.

Retrocedí cuando se levantó y dio un paso hacia mí. Dioses, después de los últimos días, sentía más conexión con Xena que con ella.

—No tengas miedo, Gabrielle. Cuando me hiciste el masaje en el brazo... entonces supe que pasaríamos el resto de nuestra vida juntas. No me digas que tú no lo sentiste. —Avanzó otro paso y yo retrocedí otro. Ahora me encontraba en el umbral. Dos pasos más y estaría retrocediendo escaleras abajo, cosa nada fácil de hacer con muletas.

Tragué con dificultad. Por Atenea, ¿cómo me he metido en semejante lío?

—Talasa, pasamos una agradable velada juntas. Es cierto que tenemos muchas cosas en común, pero... —Retrocedí otro paso.

—¿Pero? ¡¿Pero?! ¿Pero qué, Gabrielle? —Ahora estaba plantada justo delante de mí y acercó su cara a la mía.

No me atreví a retroceder más. ¡¿Qué estaba haciendo?!

Talasa me tocó suavemente un lado de la cara y luego me pasó los dedos por el pelo hasta la nuca. De repente, me echó la cabeza hacia delante y puso sus labios directamente sobre los míos.

—¡Mmmmmff! —Me quedé tan sorprendida al recibir mi primer beso que no supe si debía disfrutarlo o enfurecerme. Intenté apartarme, pero el fuerte brazo de Talasa me sujetaba en el sitio y yo no quería soltar las muletas por temor a perder el equilibrio.

Por fin, me soltó, mirándome a los ojos con tal anhelo que me quedé sin aliento. De repente noté el calor que despedía su cuerpo contra el mío, la agitación de sus pechos apretados contra los míos.

—Me perteneces, Gabrielle —susurró.

Eso acabó con mi trance. Yo no pertenecía a nadie. Sentí que la rabia se iba acumulando en mi interior. ¡¿Cómo se atrevía a besarme sin mi permiso?! Sin pensarlo, le di una bofetada.

Se tambaleó y luego se enderezó. Vi que la sorpresa de su rostro se transformaba en una ira comparable a la mía. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, me empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.

Perdí las muletas y caí por las escaleras. Mi cuerpo estalló de dolor al aterrizar con fuerza y rodé escaleras abajo. Me quedé tirada al final, atontada, llena de dolor en demasiadas partes, apenas consciente de que Talasa gritaba por encima de mí y del ruido de pisadas que corrían hacia mí.

Unas manos delicadas me dieron la vuelta y gemí cuando el movimiento me causó un dolor que me atravesó la cabeza y la pierna.

La voz de Talasa penetró la neblina roja del dolor.

—¡Llevadla a la celda de Xena y metedla ahí!

Me obligué a abrir los ojos y vi la expresión horrorizada de los dos guardias que estaban a mi lado.

—¿Mi señora? —preguntó uno de ellos.

—¡Que la llevéis a la celda de Xena! —le gritó Talasa. Empleó ese tono, el tono que yo sabía que obedecerían. Perdí el conocimiento en el momento en que me agarraban de los brazos para llevarme.


Dolor. Me dolía la cabeza. Me dolía la pierna. Me dolía la espalda. Me obligué a abrir los ojos al oír un fuerte estrépito metálico detrás de mí. Guardias... se estaban marchando. Estaba en la celda de Xena. Ya veo cómo nunca se abre su jaula. Ella estaba echada a pocos metros de mí, con el cuerpo desnudo reluciente de sudor, febril, ajena a mi presencia. La luz se fue apagando a medida que los guardias subían por las escaleras, llevándose la antorcha, dejándome sola en la negra oscuridad. Dioses, qué dolor. Jadeé tratando de respirar. Tenía frío. Frío en el cuerpo, frío en la mente, frío en el alma.

Luché por permanecer despierta. Tenía el estómago revuelto. Sentía tanto dolor que supe que debía de estar bastante malherida, pero no conseguía poner en orden mis ideas. A mi lado, Xena gimió apagadamente. No, no estaba sola. Sonreí a mi pesar. Xena tenía demasiado calor y yo tenía demasiado frío. Mordiéndome el labio para aguantar el dolor, me arrastré hasta su lado, le rodeé el torso caliente con los brazos y volví a desmayarme.


Primero, tuve conciencia del dolor, luego, la idea semicoherente de que me dolía la cabeza. Abrí los ojos en la oscuridad. ¿Dónde estaba? Parecía estar tumbada boca arriba sobre un suelo duro y gélido y me dolía algo más que la cabeza. La pierna buena... me debatí con un momento de pánico. ¿Qué había pasado? No lo recordaba. ¿Dónde estaba? Qué frío tenía. Intenté levantar la cabeza. Grave error... mi estómago se rebeló.

—Tranquila —dijo una voz en la oscuridad, dándome un susto de muerte. Sonaron unas cadenas y una mano caliente me apretó el hombro, sujetándome para que no me moviera—. No intentes levantarte.

Tenía la boca seca como la lija y la lengua hinchada y rara, pero de todas formas intenté hablar.

—¿Dónde...?

Silencio, luego por fin:

—¿Qué es lo último que recuerdas?

Me costaba concentrarme. Me costaba recordar algo. Alejandro. El palacio. ¿Un viaje en barco?

—¿La Isla del Tiburón...?

—¡Bien! —La voz parecía sorprendida—. ¿Recuerdas cómo te llamas?

—Gabrielle —respondí al cabo de un momento.

La mano me apretó el hombro.

—Bien. Ya vas mejor.

—¿Qué... ha pasado?

—¿Recuerdas haberte peleado con Talasa?

—¿Quién?

—Oh, pequeña, estás hecha un desastre. —La voz se rió por lo bajo.

—¡No tiene g-gracia! —protesté débilmente. Ahora estaba temblando y la cabeza me dolía horriblemente.

—¡Ah, pero si supieras lo irónico que es!

La voz me resultaba extrañamente familiar, pero no conseguía localizarla.

—¿Quién... eres? ¿Por qué n-no veo?

—No ves porque aquí dentro está muy oscuro. En cuanto a quién soy, eso puede esperar un poco, creo.

Me estaba costando muchísimo seguir cualquier tipo de pensamiento.

—Qué frío...

—¿Incluso con las mantas?

—Qué frío...

Oí una larga y lenta inspiración de aire.

—Está bien. Prométeme que no me lo vas a echar en cara cuando recuperes el sentido, ¿de acuerdo? —Un cuerpo muy cálido se acurrucó junto a mí, con la cabeza en mi hombro y un brazo alrededor de mi cintura.

Casi al instante, me acometió una oleada de sueño.

—Qué sueño...

—Eso está bien. Volveré a despertarte dentro de un rato. A lo mejor la próxima vez, recuerdas todo esto.

La voz era reconfortante y parecía aliviarme el dolor. No tardé en caer en el agradable olvido del sueño.


Abrí los ojos en la negrura, con la mente nublada de restos de sueños infelices. ¿Dónde estaba? Me dolía la cabeza horriblemente.

—Ay —dije a falta de algo más profundo.

—¿Gabrielle? —preguntó una voz a mi lado.

El recuerdo volvió de golpe. Talasa... las escaleras... Xena. Dioses, estaba encerrada en la celda de Xena, ¿no?

—¡¿Xena?!

Mi pánico repentino debió de reflejarse en mi voz, porque Xena tardó varios segundos en responder.

—Eso me temo. ¿Recuerdas cómo has llegado aquí?

—Talasa... los guardias... ¿Cuánto tiempo...?

—Unos tres días.

¡Tres días! ¿Llevaba tres días en la celda de Xena y seguía viva? Alejandro decía a menudo que los dioses amaban a los necios y a los poetas. Tal vez tuviera razón.

—¿Talasa?

—No la he visto. Ni a su querido capitán.

—¿Los guardias?

—¡Panda de cobardes! ¡Ni siquiera abren la puerta! Al menos han traído mantas y algo más de comida.

—¿He comido? —Como en respuesta, me rugió el estómago.

Xena se rió entre dientes.

—Algo. También te he guardado un poco, aunque no ha sido fácil. Puede que Ares nunca me perdone.

—¿Ares? —pregunté confusa.

—Oh, ah... una de mis ratas amaestradas. —Parecía cohibida—. Me harté de matarlas y... bueno, en cambio empecé a amaestrarlas. Les doy un poco de mi comida todos los días.

Xena, Destructora de Naciones, compartiendo la comida con sus ratas amaestradas. No pude evitarlo. Sonreí.

Xena resopló.

—Bien patético, ¿eh?

—¡No, conmovedor! En serio.

—Te estás burlando.

—Sí...

Tras una larga pausa oí que se reía por lo bajo y cambiaba de postura.

—Gabrielle...

—Xena... —dije al mismo tiempo.

—Tú primero —dijo ella.

—Yo... mm...

Vaya, ¿a que es una situación incomodísima? Sabía que Xena tenía motivos más que suficientes para desear verme muerta y era evidente que había tenido oportunidades de sobra para hacer realidad ese deseo.

—Gracias por no matarme —me limité a decir. Todavía. Pensé que le debía algo por eso, al menos.

Se quedó en silencio durante un rato incómodamente largo.

—Curiosamente —dijo por fin—, no tengo el menor deseo de hacerte daño, Gabrielle.

Solté un suspiro de alivio. Parecía decir la verdad.

—Me alegro.

Más silencio.

—¿Crees que puedes comer algo? —preguntó por fin—. Los guardias han dejado un odre de agua lleno.

—Agua primero, comida después —sonreí.

—Te voy a ayudar a incorporarte. No intentes ayudarme. No quiero que te apoyes en la pierna en absoluto.

—¿La pierna? —Me dolía sordamente, pero sobre todo la notaba adormecida.

—Está rota.

Sentí que me daba un desvanecimiento.

—¡Oh, dioses...!

Xena me agarró por los hombros con firmeza cuando empecé a debatirme.

—¡Eh! Tranquilízate. Se va a curar. Te la he colocado bien y te he dormido los nervios para que no puedas moverla. Mientras no muevas demasiado el cuerpo, estará bien.

Ahora estaba temblando descontroladamente. No soportaba la idea de volver a pasar por esto, de estar tan absolutamente indefensa e inmóvil, de los meses de dolor e indignidad. ¿Quién cuidaría de mí? ¡No podía hacerlo! Otra vez no.

Xena me zarandeó suavemente.

—Gabrielle, se va a curar. ¿Me comprendes?

No pude evitarlo. Me eché a llorar histéricamente.

Xena gimió.

—No llores. Por favor, no llores.

Parecía irritada, pero me daba igual.

—Mejor morir... mejor morir...

—Oh, Gabrielle... —Se volvió a colocar detrás de mí. Sus fuertes manos levantaron mis hombros hasta una posición medio reclinada y me sostuvo en sus brazos—. Tú no has dejado que yo muera, así que yo no dejaré que mueras tú —me susurró al oído.

Cuando lo recuerdo, sé que todavía estaba algo irracional por el golpe en la cabeza, pero en ese momento, sólo era consciente de una creciente y justificada ira. Intenté soltarme de sus brazos. Intenté golpearla con los codos.

—¡Tú me has hecho esto! ¡Tú lo has hecho! ¡De no haber sido por ti, yo no estaría aquí! ¡Maldita seas, Xena! ¡Maldita seas! ¡Te odio!

En realidad no recuerdo qué pasó después de eso. Xena jura que solté uno de mis mejores discursos sobre la pérfida crueldad de la Conquistadora al tiempo que hacía todo lo posible por arrancarle la cara con las uñas. No le costó gran cosa defenderse, pero no podía protegerme a mí al mismo tiempo, y en mi empeño por hacerle daño, conseguí deshacer todo lo que había hecho para arreglarme la pierna rota.

Huelga decir que cuando por fin volví en mí, la agonía que sentí fue considerable. No percibía a Xena en ninguna parte cerca de mí y me encontraba atontada y confusa. Noté que tenía la pierna torcida en un ángulo extraño y me asusté horriblemente. No quería morir así, en la oscuridad, sola. Volví a echarme a llorar, sin control. No quería morir. No quería vivir. No quería estar lisiada.

—Ayúdame —susurré por fin a los dioses, a Xena, a la voz de la luz blanca. A alguien, a cualquiera—. Por favor, ayúdame.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —bufó Xena desde la oscuridad.

Sofoqué un sollozo.

—Por favor... no me dejes así...

Cuando lo único que obtuve fue el silencio por respuesta, me tapé la cara con las manos y me eché a llorar con fuerza.

—Oh, por el amor de Zeus —exclamó Xena asqueada—. ¿Has sobrevivido a una crucifixión y te pones histérica por una pierna rota? ¿Pero qué te pasa? Por favor, dime que no eras así de llorona con el niño bonito...

Oí que se acercaba a mí, noté unas manos que me palpaban la curva de la cadera. De repente, me clavó los dedos dos veces y la pierna se me durmió. Jadeé al sentir la liberación del dolor, casi mareada de alivio.

—¿Qué has hecho? —pregunté sin poder creérmelo, enjugándome las lágrimas de la cara.

Suspiró con fuerza.

—Es un viejo truco que me enseñó una amiga.

—¿Y no podrías usarlo para quitarme este dolor de cabeza? —dije sólo medio en broma.

—No. Ahora escucha, esto te va a doler. Intenta relajarte.

Sorbí.

—Que me relaje. Ya. Me... ¡¡¡¡AAAAAAAAAAA!!!! —No quería gritar, sobre todo después de su comentario sobre lo llorona que era. Pero por los dioses, os juro que intentó arrancarme la pierna. No sólo me dolió espantosamente, sino que la sensación de roce de los huesos al frotarse entre sí me resultó de lo más enervante.

—Hala —dijo Xena—, mucho mejor. —Parecía muy satisfecha de sí misma incluso en la oscuridad.

—Oh, dioses... has disfrutado, ¿verdad? —gimoteé. Volvía a sentir náuseas.

—Sí —replicó Xena—. ¿Sigues con hambre?

—¡Oh, dioses! —gemí de nuevo, esta vez con mayor insistencia.

—Oh, no. —Parecía saber lo que iba a pasar, porque sus manos me aferraron la pierna—. Ponte de lado. Yo haré que la pierna gire contigo.

Hice lo que me decía y al instante vomité. Tenía el estómago bastante vacío, por lo que no fue especialmente desastroso, pero las arcadas secas no fueron muy agradables. Volví a ponerme boca arriba.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó Xena.

—Algo. —En cualquier caso, me sentía con más control sobre mí misma. Estaba demasiado agotada para sentir gran cosa.

—De nada. ¿Quieres un poco de agua?

—Sí, por favor.

Xena tardó un momento en volver a colocarse y pasarme el odre. Me sostuvo la cabeza en alto para que pudiera beber.

Tenía mucha sed y me sentó bien librarme del horrible sabor a bilis que tenía en la boca.

—Gracias —dije cuando terminé.

—De nada. —Me quitó el odre de las manos y me bajó la cabeza con cuidado. Me tocó la mejilla—. Gabrielle... —empezó y luego se calló.

—¿Sí? —la animé.

Su mano dejó de tocarme.

—Nada. ¿Estás cómoda? ¿Crees que podrás descansar?

Realmente, estaba agotada.

—Mmmmmmm.

No tardé en quedarme dormida.


PARTE 8


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