6


A la mañana siguiente me encontré a cuatro guardias muy soñolientos en lo alto de las escaleras que bajaban a la prisión de Xena. Por su cara al acercarme me di cuenta de que algo iba mal.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

Los guardias se miraron.

—Bueno, señora, la alcaidesa ya está abajo.

Se me llenó el corazón de miedo.

—¿Cuánto tiempo lleva allí?

—Desde poco después de medianoche.

—¿Cómo? ¿Y está sola?

—Sí, nos ordenó que nos fuéramos, so pena de muerte.

—¿Dónde está el capitán Braxis?

—En sus aposentos, que yo sepa. Sabe que no debe interferir cuando ella ha estado bebiendo.

—¿Estaba borracha?

Los cuatro asintieron solemnemente. De repente, me dio la impresión de que esto ya había ocurrido antes.

—¿Cómo sabéis que no le ha pasado nada? —O que no ha matado a Xena, añadí por dentro.

—Ah, no le pasará nada, señora, aunque se despertará con un poco de dolor de cabeza, no sé si me entiendes.

Suspiré, preguntándome qué iba a encontrar abajo en la celda. A una de ellas o a las dos muertas o mutiladas, sin duda, incluso borracha, Talasa habría llevado ventaja. Miré a uno de los guardias a los ojos.

—Ve a buscar al sanador. Vosotros tres venid conmigo.

Cuando por fin llegamos abajo, dos de los guardias fueron a ocuparse de la manivela.

—No os molestéis —les dije. Xena yacía hecha un guiñapo ensangrentado en el extremo opuesto de la celda. Talasa estaba sentada, apoyada en la pared, con el látigo en la mano y una botella de vino entre las piernas abiertas, claramente sin sentido. A su lado había un charco de vómito.

Renqueé hasta ella.

—Talasa —dije, empujándola con una muleta—. Despierta.

Se quejó, pero no se movió.

—¡Talasa, despierta!

Murmuró algo, pero siguió sin moverse.

Me volví a los guardias.

—Vosotros dos, llevadla a sus aposentos. Tú, ve a buscar un cubo y que alguien te ayude a limpiar esta porquería. —Señalé el vómito con asco—. Y déjame las llaves.

—¿Mi señora?

—Dame las llaves, por favor.

El soldado miró la figura inerte de Xena, luego volvió a mirarme y tragó.

Yo sabía por experiencia que los soldados sólo estaban entrenados para obedecer cierto tipo de tono autoritario y mi conocida amistad con Alejandro no carecería de peso con cualquier súbdito leal del nuevo imperio. Cuando fue evidente que no iba a hacer lo que le decía, lo agarré por la pechera del uniforme y lo bajé de un tirón para mirarlo a los ojos.

—He dicho que me des las llaves.

—S-sí, señora —dijo, y se agachó para soltarlas del cinto de la alcaidesa. Me las entregó y luego, con ayuda de su compañero, se inclinó para levantarla. Juntos se la llevaron escaleras arriba.

Me quedé a solas con Xena. No sabía si estaba viva siquiera desde donde me encontraba, de modo que me acerqué con cautela.

—¿Xena? ¿Estás despierta?

Aunque me daba cuenta de que podía tratarse de una trampa muy hábil, a juzgar por la cantidad de sangre que le cubría la ropa y la piel, tenía mis dudas.

La empujé con una muleta, pero no respondió. No sabía si respiraba.

No podía ayudarla con los barrotes entre las dos, por lo que fui a la puerta de la celda y la abrí.

—En nombre de los dioses, ¿qué haces? —preguntó una voz detrás de mí.

Me volví y vi al sanador, Artorus, y a un guardia al pie de las escaleras.

—Ah, bien —dije, y le hice un gesto a Artorus para que se acercara—. No sé si respira.

Artorus, que era un caballero mayor de pelo gris, sacudió la cabeza con vehemencia.

—Yo no entro ahí.

—Mira la sangre. Está claro que está herida.

—¿Y? —preguntó.

Una palabra lo decía todo.

—Pues deja tus cosas y ve a ocuparte de Talasa —dije asqueada. Miré al guardia—. Tráeme agua, vino y mantas.

Ninguno de ellos se movió.

—¡Vamos! —grité por fin, y el guardia se volvió y huyó escaleras arriba.

—¿Dónde quieres que te deje esto? —preguntó el sanador hoscamente, mostrándome sus bolsas.

—Ahí, junto a la jaula para que pueda alcanzarlas. ¿Has traído vendas?

—Por supuesto.

—Bien. Ahora cierra la puerta detrás de mí, haz el favor. —Le entregué las llaves. Tiré las muletas bien lejos y entré saltando a la pata coja en la celda de Xena. No tenía sentido entrar con unas posibles armas, en caso de que Xena siguiera viva y decidiera ponerse violenta.

El sanador cerró la puerta con llave como le había pedido y se fue, dejándome sola en la celda con la mujer más peligrosa del mundo. ¿Estoy loca?

Sí, no cabía duda de que lo estaba. Pero algo me impulsaba a continuar.

Me senté al lado de Xena y la puse boca arriba. Estaba inconsciente, pero respiraba. Al parecer, Talasa había hecho algo más que azotarla, porque además de una cantidad espantosa de latigazos que la cubrían por delante y por detrás, tenía golpes en la cara y un rastro de sangre seca que le salía de la nariz.

Quedaba poco de su túnica destrozada y quité con cuidado lo que quedaba, intentando no volver a abrir las heridas que ya se hubieran coagulado. Aunque a primera vista parecía haber mucha sangre para tratarse de unos latigazos, ninguna de las heridas era especialmente profunda o grave. Talasa sabía manejar bien el látigo. Si hubiera querido matar a Xena, podría haberlo hecho. Evidentemente, su intención en cambio, una vez más, había sido mutilar y castigar.

Cuando llegó el guardia con mantas y frascas de agua y vino, me puse a limpiarle y vendarle las heridas. No era sanadora, pero los había ayudado con frecuencia durante la guerra, por lo que tenía cierta idea de lo que estaba haciendo.

Xena se movió cuando empecé a limpiarle la sangre de la cara. Me quedé paralizada cuando sus ojos se abrieron parpadeando y luego suspiré aliviada cuando volvieron a cerrarse. A pesar de mi anterior ofrecimiento, la verdad es que no quería encontrarme en la celda con ella mientras estuviera despierta.

—No te molestes —susurró, sobresaltándome—. Me lo merezco.

Eso era lo último que me habría esperado oír de boca de la Destructora de Naciones. Hasta los dos guardias que limpiaban el vómito de Talasa levantaron la mirada sorprendidos.

—Déjame... morir —dijo, haciendo un esfuerzo por emitir cada palabra.

Esto era de lo más inesperado.

—Hoy no —dije suavemente, sin sentir ya miedo de estar con ella—. Todavía tengo que sacarte una historia.

Sonrió de medio lado, sin abrir aún los ojos.

—Cirene... te la... puede... contar.

—¿Cirene? ¿De Anfípolis?

—Mi... madre.

Si no hubiera estado ya sentada, seguro que me habría desplomado del pasmo. ¡¿¿¿Cirene era la madre de Xena???! ¡Ésa sí que era una historia digna de contarse!

—De todas formas, no voy a dejar que mueras.

Xena abrió los ojos para mirarme y el dolor que vi en sus profundidades azules me rompió el corazón.

—¿Por qué... no?

Lo cierto era que no lo sabía. Pero la respuesta chistosa se formó en mi lengua antes de que pudiera detenerla.

—Porque todavía no has reconocido que estás conquistada.

—¡Jamás!

Sonreí a pesar mío. Ésa era la Xena que conocía.

—Pues vas a vivir mucho tiempo.

Hizo una mueca de dolor.

—Si... lo... reconozco... ¿me dejarás... morir?

Meneé la cabeza y le llevé una frasca de vino a los labios.

—No. Ahora toma, tienes que beber esto.

—Eres... peor... que... Talasa.

—Vaya, gracias. ¡Ahora BEBE! —Le metí el vino por la garganta casi a la fuerza.

Espurreó, tosió y luego hizo una mueca.

—Zorra.

—Todavía no he terminado —dije muy satisfecha, y la obligué a beber un poco más.

—Preferiría agua —gruñó, en un tono más coherente repentinamente.

Cambié de frasca.

—Muy bien.

Observé impasible mientras vaciaba la frasca. ¿Por qué estaba haciendo esto? ¿Por qué no la dejaba morir? ¿Acaso no quería verla muerta? Si Cirene era realmente su madre, seguro que podría obtener de ella toda la información que necesitaba. Era lógico que una persona como Xena prefiriera la muerte a seguir enjaulada y maltratada de esta manera. Si yo creyera de verdad en la misericordia, ¿no me levantaría, me marcharía y dejaría que muriera? ¿Era porque quería verla sufrir más tiempo? Era un pensamiento desagradable, pero franco.

Xena se quejó levemente y se movió sobre el frío granito. Empezó a temblar.

Que los dioses me ayuden. Miré su cuerpo, las heridas recientes que cubrían viejas cicatrices. Miré sus manos, de dedos largos y elegantes, y sus labios delgados y pálidos, su pelo pringado de sangre y sus suaves pestañas. Parecía una persona, no un monstruo, y en eso, me di cuenta, consistía mi dilema.

En algún momento, Xena se había convertido en una persona real para mí. Podía odiar a la Conquistadora, a la bestia inhumana que me había crucificado. Podía odiar el mal y la injusticia personificados. Pero el cuerpo que tenía delante no era la Conquistadora ni la Destructora de Naciones. Era simplemente una mujer que sufría. Y, desgraciadamente, eso hacía que me importara. A pesar de ser consciente de que probablemente estaría más feliz muerta, yo no podía dejar que eso pasara. ¡Tampoco sería capaz de ahogar gatitos!

Respiré hondo. Para bien o para mal, esto era lo que tenía que hacer. Terminé de limpiar y vendar las heridas de Xena, con cuidado de volver a poner todas las cosas del sanador fuera de la celda cuando terminé con ellas, y luego la abrigué con las mantas.

Por fin, Talasa en persona bajó tambaleándose por las escaleras para dejarme salir. No dijo nada al abrir la puerta de la celda.

Me levanté haciendo un esfuerzo y salté hacia la puerta. Talasa se agachó para recoger mis muletas y me las pasó.

—Gracias —dije, cogiéndolas.

Talasa cerró la puerta y echó la llave.

—Podría haberte matado, sabes —dijo sin mirarme.

—Pues no lo ha hecho —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Tantas ganas tienes de sacrificarte por ella? —preguntó la alcaidesa, disimulando apenas la amargura de su tono.

Yo estaba cansada y agotada emocionalmente y no tenía la menor gana de tener esta conversación. Suspiré con fuerza.

—Escucha, no me estoy sacrificando por ella. No está en condiciones de hacerme daño y por alguna razón, no creo que lo hiciera aunque pudiera.

—¿Qué quieres decir?

Meneé la cabeza.

—Tú no la has oído, Talasa. Se siente sola... y tal vez incluso un poco arrepentida. Cuando intenté limpiarle la cara, dijo: "No te molestes, me lo merezco".

La alcaidesa miró a Xena.

—No te creo.

Puse los ojos en blanco.

—Pues lo dijo, te lo creas o no. Puedes preguntárselo a tus guardias: ellos también lo oyeron.

Talasa se quedó callada.

—¿Vas a pedirle a Alejandro que me sustituya? —preguntó por fin.

Yo no quería ocuparme de esto ahora, pero merecía una respuesta sincera. Me lo pensé un momento.

—No —dije por fin—, si aceptas una condición.

—¿Cuál?

—Que dejes de torturar a Xena.

Talasa tomó aliento temblorosamente.

—Muy bien —dijo por fin.

Le quité el látigo del cinto.

—¿Cómo puedes perdonarla? —preguntó Talasa cuando me daba la vuelta para irme.

Me detuve.

—No la he perdonado —dije con franqueza—. Pero eso no quiere decir que desee verla sufrir.


—No esperes que te dé las gracias por ayudarme —masculló Xena a la mañana siguiente.

—Tranquila, que no lo espero —sonreí. Todavía parecía una inválida, pero al menos había recuperado plenamente el mal genio. Me lo tomé como señal de que se estaba curando rápidamente.

—Vete —murmuró, abrigándose más con las mantas alrededor de los hombros.

—No. Lo siento. El barco de suministros llegó esta mañana, así que tengo muchas noticias que contarte.

Fingió enfadarse, pero me di cuenta de que en el fondo estaba contenta.

Hasta pareció decepcionada cuando por fin me levanté para marcharme.

—Volveré mañana, si me prometes que me hablarás de tu infancia —dije.

—¿Qué te voy a contar?

—Piensa en algo para complacerme.

—Oh, está bien.


Esa noche el capitán Braxis se acercó a mí cuando salía del comedor, y por su expresión supe que fuera lo que fuese lo que quería de mí, la cosa no iba a ser agradable.

—Buenas noches, capitán —dije lo más alegremente que pude al tiempo que me armaba de valor por dentro—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Me gustaría hablar contigo, si tienes un momento.

—Por supuesto. —Lo miré, sonriendo expectante. Sabía que mi sonrisa podía ser bastante encantadora y era la única arma que tenía contra él en este momento.

Se frotó la barbilla y miró a su alrededor nervioso. Tragó.

—Los guardias me han contado lo que ocurrió ayer en la celda de Xena.

—Ah... sí. ¿Hay algún problema?

—Pues sí. En primer lugar, no me hace gracia que te dediques a dar órdenes a mis guardias. En segundo lugar, no tienes derecho a interferir en la manera en que Talasa lleva la prisión. Y para terminar, eres una necia estúpida por abrir la jaula de Xena y has tenido suerte de que no se haya escapado y nos haya matado a todos. Su celda NUNCA se debe abrir. ¿Está claro?

Agarré mis muletas con más fuerza. Al parecer, el capitán no era un hombre que se anduviera por las ramas. Hubo un tiempo en que una regañina como ésta me habría dejado hecha polvo, tal vez incluso al borde del llanto. Pero hoy no. Estaba furiosa.

—Si tú hubieras estado donde tenías que estar, yo no habría tenido que dar órdenes a tus guardias —dije con frialdad—. Y si Talasa hiciera su trabajo correctamente, yo no tendría que interferir. Pero sí, está perfectamente claro. Lo único que espero es no volver a tener motivos para abrir la celda de Xena.

Los músculos de la mandíbula de Braxis se tensaban y relajaban, y supe que acababa de echar a perder cualquier posibilidad que pudiera haber tenido de ganarme las simpatías de este hombre.

—Si no fueras la mascotita del emperador —dijo con aspereza—, te habría echado de esta isla. —Se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras del despacho de Talasa.

Ahora sí que la has hecho buena, Gabrielle, me recriminé a mí misma. Me había dejado llevar por mi genio y tenía la sospecha de que lo iba a lamentar. Braxis podía fácilmente hacerme la vida imposible en la isla. Esa noche me fui a la cama muy preocupada, temiendo la mañana.


Me levanté con el sol, pero el alegre amanecer no contribuyó en nada a quitarme la sensación de oscuros presagios. Ni siquiera me animé al comer.

Me encontré a dos guardias en las escaleras que llevaban a la celda de Xena. Volvían de entregarle su comida de la mañana y se volvieron amablemente para escoltarme hasta abajo, dejando una antorcha conmigo para que tuviera luz.

Xena estaba acurrucada en un rincón, desnuda y temblorosa. No levantó la vista cuando llegué.

—¿Talasa te ha quitado las mantas? —pregunté, espantada.

Xena no respondió y siguió contemplando la pared con rostro inexpresivo.

—No intentarías hacerle daño a alguien con ellas, ¿verdad?

Volvió la cabeza despacio y me miró fijamente.

Tragué. No sabía cómo interpretar esa mirada.

—Bueno —pregunté en voz alta—, ¿lo has hecho?

Se volvió de nuevo para contemplar la pared.

—¿Tú qué crees? —gruñó.

Puse los ojos en blanco.

—Si lo supiera, no te lo habría preguntado.

Por su cara se cruzó una levísima insinuación de sonrisa.

—Vete de aquí, Gabrielle. Éste no es tu sitio.

Fruncí el ceño. ¿Qué quería decir eso?

Xena me miró de nuevo y sus ojos me atravesaron.

—Te va a pasar algo, niña. Vete ahora que aún puedes.

Por supuesto, como me lo decía como una orden, yo no estaba dispuesta a obedecer. Me senté en el banco, en cambio, y me crucé de brazos. Pero lo que había dicho me intrigó. No era posible que conociera mi conversación con el capitán Braxis. Fuera cual fuese la explicación, sus instintos eran extraordinarios.

Xena me miró malhumorada.

—Muy bien. Pues quédate conmigo. Quédate a pudrirte conmigo. —Apoyó la cabeza en un barrote y cerró los ojos.

—¿No quieres comer? —pregunté, señalando la comida que no había tocado junto a los barrotes.

—No tengo hambre.

Era mentira y yo lo sabía.

—No te creo.

—Me da igual lo que pienses o creas.

Eso también era mentira, pensé, pero me encogí de hombros.

—Y a mí me da igual que te mueras de inanición.

—Mentirosa.

—¿Qué?

—Mentirosa, he dicho. Si te diera igual, no me habrías ayudado.

—Créeme, Xena, estoy empezando a lamentarlo cada vez más con cada minuto que pasa. —Y era cierto. ¿Cómo se me ocurría enemistarme con Braxis y Talasa por la Destructora de Naciones?

Xena debió de percibirlo también en mi tono, porque no contestó.

No sé cuánto tiempo nos quedamos allí sentadas en silencio total. Quería preguntarle varias cosas, pero no pude obligarme a hablar. De modo que me quedé sentada escuchando el castañeteo de sus dientes. Tal vez tenía miedo de decir algo porque sabía que probablemente ella tenía razón. Éste no era mi sitio. Ésta era la isla de Talasa y la prisión de Xena, y yo había venido en una misión inútil y me encontraba atrapada entre la depredadora y la presa en este retorcido intercambio de papeles. Peor aún, no tenía ni idea de cómo acabar con esa cacería y dudaba seriamente de que debiera intentarlo siquiera. Pero me intrigaba el hecho de que al parecer a Xena le importaba lo suficiente como para decirme algo al respecto, aunque fuera con su estilo insultante.

Pasó tal vez medio día hasta que el dolor sordo de mi pierna mutilada se hizo tan intenso que me vi obligada a moverme. Agarré mis muletas y me levanté.

—Gracias, Xena —dije—, por esta mañana tan entretenida.

Bufó sin abrir los ojos.

—Eres una zorra, niña.

—Una tullida, querrás decir.

—Eso también.

Sonreí y fui a buscar a Talasa.


La alcaidesa estaba encerrada en su despacho y, como Xena, no levantó la vista cuando entré.

Suspiré. Qué bien acogida me sentía en todas partes.

—Bueno, ¿ha intentado atacar a alguien con las mantas o se las has quitado por pura diversión?

—He protegido a mis guardias como es mi obligación —contestó Talasa impasible, soplando para secar la tinta reluciente del pergamino que estaba escribiendo.

—¿La vas a dejar desnuda?

—Sí.

—Ahí abajo hace frío.

—Esto es un penal. No me interesa la comodidad de Xena.

—Talasa... —empecé.

Se levantó furiosa y sin darse cuenta volcó el tintero encima de la mesa.

—¡No me digas cómo debo dirigir mi prisión, Gabrielle! Ni te atrevas. Ahora vete de aquí antes de que les diga a los guardias que te saquen.

Me quedé mirándola, sorprendida por la amenaza, y me pregunté si sería capaz de cumplirla.

—¡Guardias! —gritó Talasa y fuera oí unos pasos que empezaban a subir por las escaleras de madera.

Parece que sí. Ya había forzado las cosas con los guardias y no cabía duda de que Talasa y Braxis los habían llamado al orden desde entonces. Lo cierto era que en este sitio yo no tenía la menor autoridad.

—Ya me voy —dije.

Llegaron los guardias y nos miraron a Talasa y a mí con curiosidad.

—Gabrielle está cansada —dijo la alcaidesa—. Aseguraos de que baja las escaleras sin peligro.


PARTE 7


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