5


A la mañana siguiente desayuné con los guardias en el comedor. Normalmente prefería comer sola en la comodidad de mis aposentos, pero esta mañana me apetecía tener compañía y no quería volver a visitar a Xena tan pronto. Empezaba a sospechar que le gustaban mis visitas, y no quería que creyera que yo sentía lo mismo.

Me sentí decepcionada cuando el capitán Braxis se sentó frente a mí: era el menos agradable de todos los guardias de la isla y normalmente mantenía cuidadosamente las distancias con todo el mundo salvo la alcaidesa. Rara vez se apartaba de su lado. Con todo, le sonreí amablemente.

—Buenos días —dije.

Me devolvió la sonrisa, pero sin la menor cordialidad. Por un momento me pregunté si se oponía a que contara historias por las noches. La verdad era que no parecía el tipo de hombre que pudiera disfrutar de un buen relato, pero lo que dijo a continuación me tranquilizó.

—Bonito poema épico el que recitaste anoche —dijo, y parecía sincero.

—Gracias —repliqué.

Asintió, frunciendo el ceño.

—Ya llevas aquí casi un mes, ¿verdad? —preguntó.

—Sí —afirmé, preguntándome si esto era un problema.

—¿Has conseguido algo con Xena?

—La verdad es que no —reconocí—. Pero lo cierto es que no me esperaba que me fuera a decir nada muy deprisa.

—No te va a decir nada de buen grado, sabes —dijo, y pensé que hablaba exactamente igual que Talasa.

—En realidad, está empezando a ablandarse —dije—. Ahora tengo bastantes esperanzas.

Su expresión me dijo que no me creía, pero asintió de todos modos.

—¿Por qué no nos dejas a la alcaidesa y a mí que le aflojemos la lengua por ti? —propuso—. Así sería más rápido.

En mi mente apareció una imagen del cuerpo desnudo de Xena cubierto de latigazos. Sorprendentemente, no me resultó tan agradable como podría haber sido. Tragué con fuerza.

—¿Es que quieres librarte de mí? —dije en broma.

Braxis se rió nervioso.

—¡Claro que no! Nuestros suministros han mejorado mucho desde que llegaste. La comida está mucho mejor. Pero seguro que no querrás quedarte aquí más de lo necesario, ¿verdad?

Me encogí de hombros. La verdad era que aquí era tan feliz como lo había sido en cualquier parte, salvo tal vez en casa cuando era niña, aunque echaba de menos a Alejandro. La mayor parte del tiempo estaba sola y podía escribir mucho. El cocinero tenía arte, mis aposentos eran cómodos y tenía compañía cuando la necesitaba. ¿De qué me iba a quejar?

—Pasé muchos años con el ejército, capitán. Ésta es una vida de lujo en comparación —sonreí.

Volvió a fruncir el ceño.

—Ah, sí. Se me había olvidado. —Levantó la mirada cuando entró Talasa y su cara pareció animarse un poco—. Discúlpame, por favor —dijo bruscamente, y fue a reunirse con Talasa mientras ésta cogía su comida.

Me quedé extrañada por nuestra breve conversación, y me dio la impresión de que a pesar de lo que había dicho Braxis, no estaba contento con mi presencia. Observé cómo se comportaba con Talasa, con la esperanza de averiguar por qué querría que me marchara de la isla. Ayudó a la alcaidesa a coger su desayuno, puesto que le faltaba una mano, y recordé cómo se le había animado la cara al verla.

Fruncí el ceño. Ahora era evidente lo que estaba buscando. El bueno del capitán sentía algo por la alcaidesa. Por eso, sin duda, quería que me fuera. Tenía celos. Debía de haber captado el vínculo que nos unía. Talasa era atentísima conmigo. Incluso ahora, venía hacia mi mesa.

Terminé de desayunar a toda prisa, un poco nerviosa por lo que había descubierto. No quería enfrentarme a Braxis, y aunque valoraba mi creciente amistad con Talasa, no estaba en absoluto interesada en ella de esa forma.

¿No?

—¿Tan pronto te vas? —preguntó Talasa, evidentemente decepcionada al ver que me levantaba cuando ella se acercaba.

—Sí, lo siento —dije, alcanzando mis muletas—. Tengo mucho que escribir y quiero terminarlo hoy.

—¿No vas a visitar a Xena?

—No, hoy no. Probablemente no iré hasta dentro un par de días.

Talasa y Braxis intercambiaron una mirada que no comprendí, pero no me ofrecieron ninguna explicación.

—Yo me ocupo de tus platos, señora —dijo Braxis cortésmente.

—Gracias —dije, y me fui del bullicioso comedor en busca de la tranquilidad de mi habitación privada.


Tres días después decidí volver a visitar a Xena. Estaba sentada apáticamente en el rincón de su jaula junto al desagüe y no levantó la vista cuando me senté. Me quedé horrorizada por su aspecto. Tenía vívidas marcas de latigazos en los brazos y el cuello y manchas de sangre en la túnica. Al parecer, Talasa la había castigado de nuevo y parecía... rota.

Recordé la mirada que habían intercambiado la alcaidesa y el capitán cuando les dije que no tenía intención de visitar a Xena en un par de días. Llegué a la conclusión de que habían planeado hacer esto juntos y por algún motivo eso me puso furiosa.

—Xena —pregunté en voz baja—, ¿Talasa te ha interrogado al hacerte esto?

Me miró con una mueca de rabia en la cara.

—¡Tú sabrás! ¡Tú eres la única que quiere conocer mi pasado!

Se me cayó el alma a los pies. Le habían hecho esto en mi nombre. Cerré los ojos y sacudí la cabeza.

—No. No. Te lo juro. —Si pudiera haber dado vueltas por la estancia, lo habría hecho—. Yo... esto... —Quería pedirle disculpas, convencida de que era culpa mía, pero no conseguí pronunciar las palabras—. Xena, yo no creo en la tortura.

Me echó una mirada despreciativa e incrédula.

—Eso te pega más a ti —le solté, y luego lo lamenté al ver que se encogía literalmente—. Escucha, te juro que yo no le he pedido que haga esto. No quería que hiciera esto.

La cara de Xena se relajó hasta quedar ceñuda. Apartó la mirada.

—No te hacía falta. No necesita excusas.

—Déjame ver si consigo convencer a Talasa de que permita al sanador echarte un vistazo.

—No necesito un sanador —gruñó.

—Algunos de esos latigazos tienen muy mal aspecto.

—¡No son nada! —espetó.

—¿Me dejarías que te los curara? —pregunté.

Se volvió hacia mí y se quedó mirándome largo rato mientras yo intentaba reprimir las ganas de moverme inquieta bajo su mirada.

Por los dioses, ¡¿por qué he dicho eso?!

—¿Por qué querrías hacer una cosa así? —preguntó por fin.

¿Por qué, efectivamente? Tragué con fuerza.

—Porque... porque estás herida.

—¿Qué te hace pensar que no te voy a matar si te acercas a mí? —preguntó con los ojos entornados.

—Nada —reconocí por fin.

—¿Entonces por qué me lo ofreces?

—No me gustas, Xena, pero lo que te han hecho está mal.

—¡No necesito tu ayuda ni tu lástima!

—Bien —dije—. No tendrás ninguna de las dos cosas. —Cogí mis muletas para marcharme. Estaba muy molesta con toda esta conversación, mucho más molesta de lo que quería admitir.

—Anfípolis —dijo en voz baja antes de que pudiera levantarme.

—¿Anfípolis? —repetí, confusa.

—Nací en Anfípolis —dijo pausadamente.

—¿En serio? —pregunté, atónita.

Asintió.

—Deja las muletas, ¿quieres? Y... y habla conmigo. ¿Por favor?

Ya lo ha vuelto a decir.

—Está bien —dije—. ¿Qué quieres oír?

—Lo que sea —susurró.

De modo que empecé a contarle la misma historia que les había contado a los guardias en el comedor la noche anterior, sobre la persecución entre el zorro mágico al que nunca se le podía dar caza y el perro de Orión, que siempre capturaba a su presa.

Xena sonrió a medias cuando terminé.

—Qué pena que interviniera Zeus. Ahora todavía estarían persiguiéndose.

Asentí.

—Y causando el caos en toda Grecia —añadí—. ¿Xena?

—¿Sí?

—¿De verdad eres de Anfípolis?

—Sí.

—¿Quiénes eran tus padres?

Sonrió con ironía.

—Vuelve mañana, Gabrielle, y te lo diré.

—Lo haré —prometí.


Cuando me marché fui a pedir explicaciones a Talasa. La encontré en su despacho, en lo alto de las escaleras.

—La has vuelto a torturar —dije cuando se levantó, sonriendo, y no intenté disimular mi ira.

Se quedó desconcertada.

—¿A qué te refieres?

—Has dado de latigazos a Xena.

Sonrió.

—Pues claro. El capitán y yo intentábamos obtener información para ti.

—¡Te dije que no necesitaba tu ayuda!

La sonrisa desapareció de su cara.

—Gabrielle, no va a hablar contigo. Además, hacía semanas que no la castigaba. Xena se merece todo lo que le pase. ¡A ti te crucificó y a mí me abandonó a la muerte! ¿¡Cómo puedes decir que no se lo merece!?

No pude responderle. Sí que se lo merecía. Se lo merecía con creces. Pero eso no quería decir que estuviera bien.

—¡Yo administro justicia! —dijo Talasa, dando un puñetazo en la mesa.

Tragué con dificultad, sintiendo el conflicto de mis emociones.

—El mismo tipo de justicia que ella nos administró a nosotras —dije con amargura.

—¡¡¡Nosotras no éramos culpables!!! —casi me gritó la alcaidesa.

—¡Y esta vez, ella tampoco!

—¡¿Qué?! —Talasa me miró como si me hubiera salido otra cabeza.

¿Cómo podía hacérselo entender?

—Talasa, su castigo es la cárcel, la pérdida total de su libertad para el resto de su vida. Lo que tú estás haciendo es torturarla. Y la tortura es algo que haría Xena. Nosotras tenemos que ser mejores que ella.

Los ojos de la alcaidesa ardieron de furia.

—¡¿Te atreves a compararme con ella?! ¿¡Crees que la cárcel es suficiente castigo por todo lo que ha hecho!? ¡Yo estoy tan presa en esta maldita isla como ella! ¡No puedo irme con esto! —Agitó el muñón para mostrármelo—. ¡Estoy atrapada aquí para el resto de mi vida igual que ella! ¡Y por los dioses, voy a hacer que sufra!

Repasé rápidamente mis opciones en vista de su furia. Podía seguir insistiendo en mi punto de vista, cosa que sólo haría que se enfureciera aún más, o podía intentar aplacar esa furia. Solté las muletas y alcé las manos en un gesto de súplica.

—Talasa —dije con toda la calma que pude—, lo siento, no debería haberte comparado con ella. Por favor, yo no soy tu enemiga. Comprendo lo que sientes, ¡de verdad!

—¡Fuera! —gruñó—. ¡Vuelve a tu palacio de Corinto y a tu cómoda vida con Alejandro! ¡Tú no comprendes nada!

No me había golpeado, pero fue como si lo hubiera hecho. Bajé las manos y me di la vuelta para marcharme, muy dolida.

—Gabrielle... —empezó a decir Talasa cuando ya salía cojeando por la puerta.

—No te disculpes, Talasa —dije sin volverme—. Prefiero saber cuál es mi situación con la gente.

—Espera...

Bajé renqueando por las escaleras y volví a mi habitación. No me siguió.

Me derrumbé en la cama y me tapé la cara con las manos. Estaba a la vez furiosa y herida. Creía haber encontrado amistad y comprensión verdaderas en la alcaidesa, pero no era así en absoluto. No, ella estaba amargada de una forma que me daba tanto miedo como la fría crueldad de Xena.

¿Habría acabado yo así de no haber tenido aquella visión en la cruz? Si no hubiera visto esa luz blanca y no hubiera recibido la profecía para contribuir a guiarme en los momentos difíciles, ¿me habría arrastrado hasta una isla para esconderme, avergonzada de que me viera el resto de la humanidad, llena de rencor y resentimiento?

Supongo que Talasa me daba miedo porque en ella veía un reflejo de mí misma: un reflejo de lo que yo podría haber sido. Tomé aliento profunda y temblorosamente.

¿Qué iba a hacer ahora? ¿Debía marcharme, como había dicho ella, volver a mi palacio y a mi criada y al calor de la amistad de Alejandro? ¿O debía pedirle a Alejandro que la sustituyera como alcaidesa enviándole un mensaje en el siguiente barco de suministros? ¿O debía irme en el barco y hacerlo en persona? ¿O tal vez sería mejor quedarme a pesar de la hostilidad de la alcaidesa e intentar terminar mi tarea?

Marcharme era sin duda la opción más atractiva. Podía marcharme sin mirar atrás. Podía olvidarme de Talasa y de Xena y abandonarlas a las dos a su horrible fealdad. Eran dignas la una de la otra. Sí, debía marcharme sin más. Que se pudrieran en esta roca dejada de la mano de los dioses hasta que a Hades se le antojara reclamarlas.

El cocinero tenía un pequeño barco de pesca amarrado al muelle. Lo contrataría para que me llevara al continente a la mañana siguiente. No me hacía gracia el mareo que me iba a entrar en una embarcación tan pequeña, pero sería mejor que quedarme aquí un día más.

Decidida, me levanté de la cama y me puse a recoger mis cosas. Hasta que me puse a guardar mis pergaminos en sus estuches encerados, no me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Estaba huyendo. Estaba huyendo a mi propia isla, a mi propio lugar cómodo y seguro donde podía ser libre de las miradas curiosas y a veces compasivas de los desconocidos, protegida como siempre por Alejandro. Me había ganado mi sitio de paz, sin duda, ¿pero qué había hecho en el palacio? Me había encerrado con mis pergaminos: cuanto menos me relacionara con otros, mejor. Me escondía en el palacio como Talasa se escondía aquí. La única diferencia era que mi prisión era mucho más gloriosa que la suya. Casi me eché a reír en voz alta al pensarlo. Ella y yo teníamos más en común de lo que hasta yo misma había percibido. Tal vez ella no andaba tan desencaminada: ¿qué comprendo yo en realidad?

Tal vez no mucho, pero decidí una cosa. Ahora no me iba a marchar.


PARTE 6


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