4


—¿Por qué estás aquí, Gabrielle? —preguntó Xena hoscamente.

Era la primera vez que hablaba desde que preguntó sobre Anfípolis unos nueve días antes. También era la primera vez que usaba mi nombre. A decir verdad, no creía que se acordara, y no me había molestado en recordárselo.

—Como ya te he dicho, estoy escribiendo los hechos de la guerra para el futuro. Quiero contar tu historia, además de la de Alejandro.

Se echó a reír y se volvió para mirarme antes de sentarse.

—Pero mi historia está bien documentada.

—A partir de tus tiempos de señora de la guerra en adelante, tal vez —asentí—. Pero no todo lo anterior. ¿De dónde eres, Xena? ¿Dónde naciste?

Volvió a echarme una mirada depredadora y sonrió.

Me armé de valor. Esa mirada nunca presagiaba nada bueno, y me pregunté cómo tenía planeado hacerme daño esta vez.

—¿Eres virgen? —preguntó dulcemente.

Oh oh. Ya sabía yo que se avecinaban los problemas.

—¿Y a ti qué te importa?

—Oh, mera curiosidad. Tienes cierto aire de inocencia... —Agitó la mano como para desechar la idea. Se recostó contra los barrotes de su celda, con las piernas abiertas, observando atentamente mi reacción.

Casi me veía venir lo que iba a pasar a continuación y sólo quería huir, subir corriendo esas escaleras y dejarla sola en la oscuridad. Pero ella lo habría considerado una victoria y yo no estaba dispuesta a dejar que me volviera a derrotar.

Sólo llevaba una túnica corta hecha jirones. Levantó las rodillas y se subió la túnica por encima de las caderas.

Aparté la mirada, avergonzada.

Xena se rió.

—Eres virgen, ¿verdad? ¿Cuántos años tenías cuando te hice crucificar? ¿Diecinueve? ¿Veinte?

—Diecisiete.

Se le estremeció la mejilla un momento con lo que creí que podía ser lástima... pero no, la Destructora de Naciones no podía sentir remordimientos.

Chasqueó la lengua.

—Diecisiete. Tan joven. Tan dulce. Seguro que los chicos bebían los vientos por ti en Potedaia.

—No había chicos en Potedaia. Casi todos fueron obligados a servir como remeros en tu armada.

—Ah, sí, se me había olvidado. —Se masajeó un pecho con una mano—. No había chicos que dieran placer a la dulce Gabrielle. Qué desperdicio. Y luego en Corinto. ¿Qué hacías en Corinto, Gabrielle?

—Intentaba encontrar a mi prometido, Pérdicas.

—¿Prometido? ¿Un matrimonio acordado?

Asentí.

—¿Lo amabas?

Lo pensé un momento y luego asentí de nuevo.

—¿Lo encontraste?

—Murió encadenado a un remo de una trirreme en la Batalla de Kárpatos.

—Una muerte gloriosa, pues, en una batalla gloriosa.

—No veo nada de glorioso en ahogarse como esclavo, arrastrado al fondo del Mar de Creta por tus cadenas.

Xena pareció irritarse al oír esto, y por un momento tuve la esperanza de haber conseguido distraerla de lo que estaba haciendo. Ya tendría que haberme imaginado que no iba a ser así.

—¿Y el niño bonito, Alejandro? ¿Cuándo lo conociste?

—En Macedonia, de camino a Corinto.

—Ah, y cuando llegasteis a Corinto, ¿os unisteis a los traidores?

Sonreí a mi pesar.

—En realidad, no nos unimos al levantamiento hasta que me crucificaste. El resto, como se suele decir, es historia.

Xena frunció los labios y se tocó entre las piernas.

—¿Es tu amante, Gabrielle? ¿Es por eso por lo que te rescató?

Suspiré. Esto era lo que me había estado esperando, pero vaya si había tardado en ir al grano.

—No, Xena, Alejandro nunca ha sido mi amante. Me rescató porque sabía que era inocente y aborrece la injusticia. Su corazón pertenece a Hefestión. Yo sólo soy su poeta e historiadora.

Xena se echó a reír.

—Ah, ésa sí que es buena. Pobre Gabrielle. Y nadie te deseaba después de que perdieras la pierna, ¿verdad? Ni siquiera los soldados desesperados del ejército, estoy segura. No les gusta que les recuerden la falta de miembros... el miedo es demasiado real para ellos.

Continuó cuando se dio cuenta de que yo no iba a responder.

—¿Alguna vez te has dado placer a ti misma, Gabrielle, imaginando que estabas con otra persona? —Su mano empezó a moverse con mayor firmeza.

Tragué con dificultad. Me esperaba las palabras insultantes y dañinas, pero no esto. No sabía qué pensar.

—¿Alguna vez te retuerces en la cama de noche, fingiendo que estás entera? —Se quitó la túnica con un ágil movimiento, revelando todo su cuerpo.

Estoy segura de que me debí de quedar boquiabierta. Me quedé... sin aliento. Incluso después de casi un año de prisión, era asombrosamente bella.

Se lamió los labios.

—¿Alguna vez te tocas aquí? —Se pellizcó un pezón erecto con dos dedos—. ¿O aquí? —Se acarició suavemente el otro pecho—. ¿O aquí? —preguntó con voz ronca. Sus dedos se perdieron en la sombra de entre sus piernas.

Me sentía mareada. Tenía el corazón desbocado. ¿Qué me pasaba? Pensé que lo mejor sería marcharme ahora, pues la prudencia se imponía al valor, pero sencillamente no podía apartar los ojos de la mujer asombrosa que tenía delante.

Ahora tenía la espalda arqueada contra los barrotes de su jaula y con una mano se tocaba un pecho, mientras la otra acariciaba su sexo hinchado. Cerró los ojos y empezó a mover las caderas al ritmo de sus caricias.

—Mmmmmmmmm —gimió y la piel empezó a brillarle de sudor a la luz de la antorcha.

Sí que hacía calor en la celda. Qué curioso que no me hubiera dado cuenta antes, pero me notaba ardiendo.

Xena gimió de nuevo y aceleró el ritmo.

—¡Oh, dioses! —gimoteó cuando un espasmo le sacudió el cuerpo. Ahora llevaba un ritmo frenético y apretaba el cuerpo contra su mano. Otro espasmo le contrajo los miembros y lanzó la cabeza hacia atrás inmersa en el éxtasis—. ¡Gabrielle! —exclamó—. ¡Oh, dioses, oh, dioses! —Se le estremeció el cuerpo entero con tal fuerza que las cadenas se agitaron hasta la manivela.

Me quedé allí paralizada mientras ella parecía volver a la tierra. Otro estremecimiento, un suspiro de satisfacción. Se quitó la mano de entre las piernas y vi que chorreaba de líquido. Volvió a abrir los ojos y me miró. Despacio, se lamió los dedos mojados. Por fin, terminó y echó la cabeza a un lado, sonriendo.

—Deberías ver la cara que se te ha puesto —dijo—. El esfuerzo ha merecido la pena.

Cerré la boca de golpe.

Ella se rió.

—Sabes, deberías probarlo alguna vez. A lo mejor no estarías tan tiesa y formal todo el tiempo.

Me quedé sin habla.

—¿Cómo, una poeta sin palabras? Seguro que tienes algo que decir.

—Eres bella —conseguí decir por fin. Era lo único que se me ocurrió, el único pensamiento que tenía en la cabeza.

Fuera lo que fuese lo que estaba esperando, al parecer no era esto.

Ahora me tocó a mí echarme a reír.

—Deberías ver la cara que se te ha puesto.

Sonrió.

—Tú también lo eres.

—¿El qué?

—Bella.

Tragué con dificultad.

—Adiós, Xena —dije por fin, levantándome. Tenía la pierna floja y tropecé en las escaleras mientras subía. ¿A qué jugaba? ¿Por qué había dicho eso? Sencillamente, no comprendía sus motivos.


Esa noche me desperté más tarde nadando en sudor, mientras los recuerdos de un sueño se desvanecían de mi mente. En él estaba Xena, desnuda, desparramada.

—¿Alguna vez te has tocado aquí? —susurró—. ¿O aquí? —Mis dedos se movieron, tocándome—. ¿O aquí? —Gemí y luego me perdí en el éxtasis, con la imagen de Xena colmándome la mente.


—Bueno, ¿así que has tardado tres días en anotar debidamente nuestro último encuentro? —dijo Xena con humor cuando por fin fui a verla otra vez.

Sé que me puse coloradísima, pero lo cierto era que no había sido capaz de volver a enfrentarme a ella al día siguiente.

—No he venido a hablar de tu presente, Xena, sólo de tu pasado.

—Qué pena —dijo crípticamente.

No supe qué decir a continuación, pero decidí intentar empezar de nuevo por el principio.

—¿Dónde naciste, Xena?

—Pienso en ti en la oscuridad —dijo.

Oh, no, otra vez no.

—Pienso en cómo sería tocarte...

Me levanté.

—No me interesa oír tus fantasías, Xena. Adiós.

Ya había llegado al pie de las escaleras cuando oí que decía:

—Espera.

Vacilé.

—Por favor —dijo.

¿Por favor? Eso no tenía que haberle resultado fácil de decir. Me di la vuelta.

—Si te digo de dónde soy, ¿te quedarás a hablar conmigo un rato?

Asentí.

—Soy de Corcira.

Corcira. Era una isla de buen tamaño situada frente a la costa de Epiro en el Mar Jónico. Era posible, supuse, pero había algo en su aspecto que me hizo desconfiar.

—¿Quiénes eran tus padres? —pregunté.

—Ah, no —dijo—. El trato es que yo te digo de dónde soy y tú hablas conmigo. ¿Qué noticias hay de Alejandro, el niño bonito?

—El barco de suministros tardará todavía un día en llegar. No he oído nada nuevo.

—Pues recita algún poema tuyo.

—Muy bien —acepté, y volví al banco—. Éste se titula Mi musa.

Xena hizo una mueca cuando terminé.

—¿Qué clase de poema es ése? No tiene forma, ni estructura. ¡Ni siquiera rima!

Me reí.

—A Alejandro tampoco le gustó. De hecho, todavía no he encontrado a alguien que le guste.

—Pues recítame un poema que le guste al niño bonito.

Suspiré y me lancé a recitar mi largo poema sobre el nacimiento de Atenea y su ascenso al poder en el Olimpo.

Cuando terminé, Xena soltó un resoplido.

—El tema no me gusta mucho, pero me doy cuenta de que estaba bien hecho.

¿Eso ha sido un cumplido?

—En realidad no eres de Corcira, ¿verdad?

Apretó los músculos de la mandíbula y estrechó los ojos.

—¿Me estás acusando de mentir?

—De mentir, de engañar, de asesinar... —Me encogí de hombros.

—¡A ti me gustaría asesinarte!

—¿Qué tal si en cambio me dices la verdad?

—Púdrete en el Tártaro —bufó.

Estaba harta de sus rabietas.

—Adiós, Xena —dije, levantándome.

—¡Que te den!


PARTE 5


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