3


A la mañana siguiente volví a discutir con Talasa hasta que aceptó permitirme ver a Xena a solas. Fui después de que le hubieran dado la comida de la mañana. Bajé cojeando por las escaleras hasta su celda y me senté en el pequeño banco de piedra que los guardias habían colocado allí para mí, bien lejos de su alcance. Me miró con despreocupación, apoyada tranquilamente en los barrotes más cercanos. Sonrió con sorna cuando me senté.

—No esperaba que fueras a volver tan pronto —sonrió—. Resulta que la tullidita tiene cierto valor, después de todo.

Suspiré. La verdad dolía, pero era lo que me hacía ser quien era. Quise que Xena supiera que había llegado a aceptar mi sino. Si quería mi sufrimiento, se lo daría.

—Quise morir en la cruz, por el dolor —dije despacio, con franqueza—. Pero el sanador hizo que me recuperara. Cuando me cortó la pierna a causa de la gangrena, quise morir de nuevo, porque no soportaba la idea de vivir... de esta forma. Pero viví, y aquí estoy. Lo que dijiste ayer era cierto, en su mayor parte, y reconozco que me duele. Pero eso ya lo sabías, ¿verdad? La gran señora Conquistadora reducida a atormentar a una pobre poeta tullida. Espero que te produzca satisfacción.

—Pues sí.

—¿Por qué? —pregunté.

Pareció sorprenderse por la pregunta, pero se apresuró a poner cara de fastidio y desprecio.

—¿Por qué no me dejas en paz?

—¿Tantas ganas tienes de librarte de mí? —sonreí—. La alcaidesa me ha dicho que cree que te vas a volver loca de aburrimiento. Y los guardias me han dicho que hablas con tus amigas las ratas.

—La alcaidesa es una necia y los guardias son unos idiotas.

—No se te da bien juzgar el carácter de las personas, Xena.

Aferró los barrotes con los nudillos blancos.

—¡Y tú eres una zorra!

A mi pesar, me alegré de verla furiosa.

—Primero una tullida, ahora una zorra. A ver si te decides, Xena.

—¡Vete!

—No.

—¡Déjame en paz!

Sonreí.

—Oblígame.

Entonces sí que perdió los estribos, y se lanzó a soltar una larga retahíla de insultos y obscenidades. Describió con gran detalle lo que le gustaría hacerle a mi cuerpo, que consistía sobre todo en cortar otras partes de mi anatomía para hacer juego con la pierna que me faltaba.

No le hice ni caso y me permití disfrutar de su rabia impotente. Por fin terminó de despotricar escupiéndome. No alcanzó su objetivo por varios metros.

—¿Has acabado? —pregunté apaciblemente.

Gruñó, literalmente, y se apartó de los barrotes. Se sentó en el frío suelo de mármol, dándome la espalda.

No le iba a dar la satisfacción de despedirme con esa acción, de modo que me quedé. Le hablé de Alejandro y de sus nuevas leyes y reformas. Le hablé de lo agradecida que estaba la gente por tener un nuevo gobernante.

Fingió que no me escuchaba, pero sé que lo hizo. Hacía casi un año que no tenía noticias del exterior. Qué difícil debía de ser pasar de ser el centro del mundo a estar tan aislada de él. Una vez más, sentí esa punzada de lástima, pero me apresuré a reprimirla. Xena era un monstruo. Mi trabajo sólo consistía en averiguar por qué.

Al no obtener respuesta alguna por su parte, la dejé en su oscuridad.


Durante doce días más, las cosas siguieron igual. Yo iba a su celda, ella me insultaba y luego se quedaba callada. Entonces yo pasaba a hablar con su espalda. Le hablé del levantamiento de Persia y de lo rápidamente que había sido sofocado. Le conté quién había sustituido a sus gobernadores provinciales. Le conté todas las noticias que se me ocurrieron, pero cuando le hablé de la reconstrucción de Atenas y de las muchas otras ciudades que había destruido en la guerra, por fin se decidió a hablar.

—¿Y Anfípolis? —preguntó en voz baja.

—¿Mmmm? —Me había interrumpido a media frase.

—¿Está reconstruyendo Anfípolis? —repitió enfadada.

—Sí. Todas las ciudades que se quemaron durante la guerra.

Se quedó en silencio.

—¿Por qué lo preguntas? —me pregunté.

Al principio pensé que no iba a responder.

—Tengo entendido que opuso mucha resistencia.

—Cirene fue una buena dirigente.

Xena soltó un resoplido.

—Fue una necia por dirigirlos contra mí.

—Para ti todo el mundo es un necio, Xena. En mis pergaminos la llamo heroína.

—¿Qué ha sido de ella? —preguntó Xena—. La encerré en prisión. ¿Sigue allí? ¿O a tu precioso Alejandro se le ha ocurrido soltarla?

Sentía mucha curiosidad por saber por qué Xena parecía tan interesada. Ella no había participado en el saqueo de Anfípolis. En aquel momento se encontraba en el sitio de Atenas. No me parecía a mí que la rebelión de un pequeño pueblo de Peonia le hubiera preocupado mucho en aquel momento.

—Alejandro ha liberado a todos tus presos políticos, Xena, los pocos que dejaste con vida. Cirene es libre.

Tal vez no fueron más que imaginaciones mías, pero casi me pareció que se le relajaban un poco los hombros cuando le dije eso. Tomé nota mental para localizar a Cirene cuando terminara aquí. Tal vez ella me pudiera decir por qué a Xena le importaba Anfípolis.


Esa noche cené con Talasa en sus aposentos privados. Por las noches me había dedicado a entretener a los guardias con mis historias, de modo que agradecí mucho el cambio.

La comida era buena: al parecer Talasa le había pedido al cocinero que nos preparara una comida especial a base de pato y fruta fresca.

—¿De dónde...? —empecé a preguntar, cuando nos sirvieron naranjas. ¡Debían de haberlas traído directamente de Chin!

Talasa sonrió.

—El emperador las envió ayer en el barco de suministros.

Me sonrojé. ¡Qué detalle por parte de Alejandro! Sabía cuánto me gustaban las naranjas, y yo sabía lo difíciles que eran de conseguir, incluso para un emperador.

—Te quiere mucho, ¿verdad? —preguntó Talasa.

Asentí.

—Hemos pasado muchas cosas juntos.

—¿Entonces por qué no te hace su emperatriz? —preguntó, y luego se ruborizó—. ¿O es una pregunta demasiado indiscreta?

Me eché a reír.

—No, tranquila. Alejandro me quiere, pero su corazón pertenece a otra persona.

En mi tono se debía de notar cierta tristeza, porque Talasa sonrió compasivamente.

—Lo siento —dijo.

Sacudí la cabeza. No había necesidad de caer ahora en la melancolía.

—No pasa nada. Siempre lo he sabido... incluso antes de... —Me callé, incapaz de decirlo.

—¿Antes de perder la pierna?

Asentí y jugué con la comida que tenía en el plato.

Talasa cogió una naranja y me la alargó.

—¿Te importa pelármela? —preguntó, casi con timidez.

Levanté la vista sorprendida. Por supuesto, ella no podía hacerlo con un solo brazo.

—Será un placer. —Se la cogí y me puse a pelarla.

Talasa se rió por lo bajo al cabo de un momento.

—Vaya par de tullidas.

Sus palabras reflejaban mis propios pensamientos. Partí la naranja y le pasé un gajo.

—Es curioso. Durante la guerra, hacía todo lo que hacía el ejército. Subía montañas, luchaba en las batallas, acampaba en la nieve, combatía incendios. Bueno, había cosas que no podía hacer... que no hacía... como correr llevando mensajes, —sonreí—, pero participaba en todo. Yo no me sentía particularmente lisiada. De hecho, en algunos sentidos, me siento más fuerte que nunca. Pero sé que otras personas no me ven así.

—¿No aborreces esa expresión de lástima que se les pone en los ojos?

—O peor, el miedo y el asco, como si por tocarte, se les fueran a caer a ellos las extremidades.

Talasa se echó a reír.

—Y luego están los que se cortan.

Sonreí.

—Esos no me suelen molestar tanto. Sabes, se cortan porque por un momento se han olvidado de que soy diferente y luego van y dicen algo o hacen algo que se lo recuerda y tienen miedo de haberme ofendido. Pero al menos se han olvidado durante un rato.

Talasa pensó en ello un momento.

—Nunca me lo había planteado de esa manera. —Suspiró y se comió otro gajo de naranja—. Al menos... al menos a ti te ven como a una heroína, por eso tienen miedo de ofenderte.

Me pregunté si Talasa había sufrido la experiencia de tener que soportar a muchas personas haciendo lo imposible por ofenderla. Parecía muy segura de sí misma en su puesto de alcaidesa y todos los guardias parecían respetarla bastante.

—A mí no me parece que sea una heroína... —Me encogí de hombros.

—Oh, pero lo eres. ¡Mira esta cena! El emperador del mundo te envía fruta de las provincias exteriores.

—Eso me convierte en amiga del emperador, no en una heroína —sonreí.

—Oh, pero Gabrielle, todo el mundo sabe lo que hiciste por la guerra. Yo... ¡yo te admiro muchísimo!

Sé que me sonrojé. Lo decía con enorme sinceridad y la cara reluciente a la luz de las velas. Se me ocurrió pensar que si no llevara el pelo recogido con un peinado tan severo, sería muy guapa. No, me corregí, incluso con el pelo recogido, era muy guapa.

—Perdona —se disculpó, bajando la mirada—. Ahora te he puesto incómoda.

Sonreí.

—No pasa nada. Supongo... supongo que no estoy acostumbrada a recibir cumplidos tan directos.

—Pues es una gran lástima —dijo, mirándome de nuevo—. Te mereces muchísimos cumplidos.

Ahora sí que me sentí incómoda y me afané en pelar otra naranja.

—Gracias.

Talasa se echó a reír.

—¿Le has sacado información a Xena? —preguntó, cambiando de tema.

—No.

—Dime lo que necesitas y yo la obligaré a dártelo.

Hice un gesto negativo con la cabeza.

—No es algo que se le pueda sacar a una persona a base de latigazos. Quiero saber por qué se convirtió en la persona que era. Eso no te lo va a decir bajo tortura.

—¿Por qué no?

—Es que... no. No, gracias. En serio, creo que lo voy a tener que hacer a mi manera.

Talasa se encogió de hombros y se recostó en la silla.

—Pues vas a pasar aquí mucho tiempo.

Sonreí.

—¿Eso te molesta?

Ella volvió a echarse hacia delante y puso su mano sobre la mía.

—No.

—Pues muy bien. Esto va a salir bien.

Sonrió.

—¿Quieres más vino? Yo me suelo beber dos vasos antes de acostarme. Parece calmarme el dolor y así puedo dormir por la noche.

—Sí, gracias. Yo hago lo mismo. Aunque también tengo unos medicamentos que me ayudan en los días malos. Alejandro tiene un sanador de Chin que recibe hierbas de Oriente. ¿Quieres probarlas?

—Por favor. En los días previos a una tormenta, casi no consigo tolerarlo.

—¿Has probado con masajes?

—La verdad es que no, todavía me duele un poco.

—Vamos, ¿has terminado de comer? Deja que te lo enseñe. —Señalé hacia su cama, para poder sentarme a su lado, y pasé a mostrarle las técnicas de masaje que me había enseñado el sanador.

—Mmmmmmm —suspiró—. Qué gusto da.

—Incluso con una sola mano, si lo haces varias veces al día, conseguirás que esté menos sensible.

—Gracias, Gabrielle —dijo Talasa, cogiéndome la mano y estrechándomela.

—No hay de qué —sonreí.

Me invitó a quedarme más rato, pero estaba cansada y decidí despedirme. Cuando me acosté después de tomar nota de los acontecimientos del día, aún sentía la presión de la mano de Talasa sobre la mía. Era agradable, pensé, antes de quedarme dormida.


PARTE 4


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