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Averigüé dos cosas importantes en el viaje a la Isla del Tiburón. En primer lugar, averigüé que me mareaba fácilmente. No fue una revelación agradable. En segundo lugar, averigüé que aunque en tierra firme tenía un equilibrio extraordinario con mi única pierna, al parecer no lo tenía tan bueno en la cubierta en perpetuo movimiento de un barco. Aunque había maldecido a menudo la necesidad de avanzar por terreno abrupto y montañoso con el ejército, ahora daba gracias a los dioses por que Alejandro hubiera ganado su guerra en tierra fundamentalmente. Apenas podía mantenerme en pie ni con la ayuda de las muletas, y me pasé la mayor parte del viaje a la isla vomitando en el camarote del capitán.

A primera vista, la Isla del Tiburón parecía tan sombría como su propio nombre indicaba, pero podría haber besado el suelo cuando llegamos. La alcaidesa del penal se llamaba Talasa, y me recibió en el muelle con el capitán de la guardia, un hombre de aspecto severo llamado Braxis. Me sorprendí al ver que a Talasa le faltaba un brazo, y sentí una afinidad instantánea con ella cuando me sonrió cálidamente.

—Es un honor tener aquí a la poeta de Potedaia —dijo—. He mandado prepararte unos aposentos especiales cerca de la cocina. Dan directamente al patio, de modo que no hay escaleras, tal y como pidió el emperador.

—Gracias —dije agradecida. Alejandro no me había dicho que había solicitado aposentos especiales para mí en la isla, pero con lo enferma que me sentía todavía por el viaje de venida, no me iba a quejar.

Al parecer, Talasa lo percibió en mi cara.

—Tenía planeado enseñarte el penal, pero ¿tal vez prefieres ir a tus habitaciones a descansar? Debes de estar cansada del viaje.

—Me temo que me he mareado muchísimo. —Sonreí.

—Comprendo. —Se volvió hacia el capitán—. Encárgate de que lleven las cosas de Gabrielle a sus habitaciones. Yo misma le mostraré el camino.


A la mañana siguiente me invitaron a desayunar con Talasa en el comedor de los guardias. Se mostró atenta y cortés, y pensé que aunque mi trabajo sin duda iba a ser desagradable, mi estancia no lo sería necesariamente.

—¿Puedo preguntarte por qué has venido? —preguntó—. El mensaje de Alejandro sólo decía que tenías asuntos que tratar con Xena.

—Estoy escribiendo las crónicas de Alejandro, en concreto las de la guerra. Pero Xena tiene información que necesito para completar la historia. He venido para entrevistarla.

—Estás perdiendo el tiempo. No te va a decir nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Créeme. Conozco a Xena. —Escupió el nombre, y me sorprendió el odio abyecto que se percibía en su tono—. Claro, que siempre puedo torturarla por ti —continuó Talasa, casi esperanzada.

—Seguro que eso no va a ser necesario —dije despacio. Aunque la idea de la tortura me espantaba, la posibilidad de ver sufrir a Xena tenía un cierto atractivo indefinible.

—Ah, pero sí que ha sido necesario —dijo Talasa, con aire misterioso.

—¿En serio? —pregunté, incapaz de contener mi curiosidad morbosa.

—Bueno, ya conoces a Xena. No puedo dejar que sus crímenes queden sin castigo.

—¿Cómo... cómo la castigas?

Los ojos de Talasa soltaron un destello.

—La primera vez, la eché a un pozo lleno de ratas y dejé que la mordieran unos cuantos días. —Se echó a reír—. Todavía tiene las piernas llenas de cicatrices.

Me sentí a la vez horrorizada y fascinada. ¿Cuántas veces había soñado yo con hacer daño a Xena en venganza por lo que ella me había hecho a mí?

—¿Pero no la mataron?

—Oh, no —dijo Talasa—. Acabó ahuyentándolas, después de matar como a una docena con sus propios dientes.

—¡¿Con los dientes?!

Talasa asintió.

—De todas formas, no dejaría que muriera ahora mismo. Quiero que sufra mucho tiempo antes de...

—¿Antes de qué?

—Antes de que muera por fin.

Estaba segura de que no era eso lo que había querido decir, pero no importaba. Quise cambiar de tema.

—¿Te importa que te pregunte qué te pasó en el brazo?

Talasa hizo una mueca.

—Xena. Hace muchos años me ató y me dejó a merced de unos cangrejos carnívoros.

¿Cangrejos carnívoros? Vaya, eso es nuevo.

—Ah —dije, sin saber muy bien qué decir. Pues sí que hemos cambiado de tema. Al menos ahora comprendía el odio que se percibía en su voz al pronunciar el nombre de Xena y por qué deseaba tanto que sufriera.

Talasa sonrió y me tocó la cara con la mano.

—Sé lo que te hizo a ti —dijo en voz baja, y vi la comprensión en sus ojos—. Pero ahora está pagando por lo que hizo. Hay justicia en este mundo.

Sus palabras eran amables, pero me produjeron un escalofrío por la espalda. Me pregunté qué le habría hecho a Xena en el último año.

—Deja que te enseñe el penal —se ofreció Talasa, y yo acepté agradecida.

Durante la visita, averigüé que Xena era ahora la única presa y que las antiguas celdas se habían convertido en un cómodo cuartel para los soldados que la guardaban. Había unas sesenta personas estacionadas aquí, entre los soldados, los cocineros, la alcaidesa y un sanador jubilado de Elis. Casi todos ellos eran de Atenas.

A Xena nunca se le permitía salir al patio infestado de malas hierbas. En realidad, nunca se le permitía salir de su celda. La celda misma estaba construida de una forma especial. Era una jaula situada en el centro de una estancia fría y oscura con una antorcha que daba luz al pie de las escaleras. El suelo era de granito y los barrotes de su celda habían sido forjados por maestros herreros de Chin. En los brazos llevaba grilletes y cadenas. Las cadenas estaban sujetas a la pared y de ahí pasaban a una manivela situada cerca de las escaleras. Cuando era la hora de darle las dos comidas que recibía al día, dos guardias se encargaban de la manivela, tirando de ella hasta el fondo de la jaula para que no pudiera hacer daño al guardia que dejaba la comida a su alcance fuera de los barrotes.

Dado que hasta los objetos más vulgares se convertían en armas mortíferas en manos de Xena, no se le daban cubiertos. La comida se servía siempre en rodajas de pan rancio o en cuencos de pan, y se le hacía pasar hambre suficiente para que se comiera el pan, en lugar de intentar guardarlo para usarlo contra un guardia. Había estado a punto de matar con una manzana a uno de los soldados encargados de la manivela, por lo que ahora sólo se le daba comida blanda, sin huesos.

Se le daba agua tres veces al día por un agujero del techo que había en un rincón de su celda. El agua caía chorreando a través de los barrotes y podía usarla para beber, bañarse o limpiar sus heces echándolas por la pequeña rejilla de hierro que servía como desagüe y que estaba debajo. Al menos hasta ahora, el sistema parecía funcionar. Xena seguía viva, no había conseguido matar a ningún guardia y no se había escapado.

Tardé dos días en hacer acopio de valor para ir a verla por primera vez. La alcaidesa me dijo que le daban frecuentes ataques de ira rayanos en la locura. Los guardias me dijeron que había dejado de intentar matar a las ratas y que ahora en cambio hablaba con ellas. Yo no sabía qué esperar.

Quería ir sola, pero Talasa no quiso ni oír hablar de ello.

—Voy a ir contigo —dijo, cogiendo un látigo de la pared—. Te voy a demostrar cómo le enseñamos a la gran Conquistadora la gravedad de sus faltas pasadas.

Cuatro guardias nos escoltaron por la estrecha escalera, dos ellos con antorchas, los otros dos armados con espadas y escudos. Los escudos, según me dijo Talasa, eran para protegernos en caso de que Xena encontrara algo que pudiera tirarnos.

Los guardias armados entraron primero, con los escudos por delante. Los dos guardias de las antorchas las colocaron en unos candelabros de pared al pie de las escaleras. Luego se ocuparon de la manivela. Oí el ruido de las cadenas al agitarse mientras daban vueltas a la manivela, pero los soldados que tenía delante me impedían ver a Xena.

Por fin oí un gruñido de dolor y Talasa dijo:

—Así está bien.

Los guardias de delante se apartaron y la alcaidesa se adelantó, con el látigo en la mano.

Seguí a Talasa y vi por primera vez a la infame Destructora de Naciones en su nueva morada.

Xena estaba situada al fondo de su jaula por el tirón de los brazos encadenados. Los tenía estirados hacia atrás, hacia la pared, en un ángulo doloroso. Estaba ojerosa, flaca y pálida, y el odio de sus ojos al ver a Talasa acercarse era de lo más evidente.

—Hola, Xena —sonrió la alcaidesa—. Ha venido alguien para hablar contigo.

Sus ojos se posaron en mí, pero si le sorprendía verme, no lo demostró.

—Vaya, vaya, vaya —dijo—. Pero si es la pequeña poeta de Alejandro. ¿Qué, ha decidido que hacerme torturar por una tullida patética no era suficiente y por eso ha enviado a otra?

Me quedé petrificada ante las palabras de Xena, pero Talasa se enfureció. Dio la vuelta a la jaula con una mueca de rabia hasta que estuvo cerca de los brazos estirados de Xena.

—Vas a pagar por eso, Xena —dijo con frialdad, y descargó el látigo cruelmente sobre los brazos de la mujer.

Xena hizo una mueca de dolor, pero no gritó mientras Talasa le azotaba los brazos sin piedad. Me quedé mirando, curiosamente indiferente, mientras iban apareciendo verdugones en su carne expuesta. Conté seis, siete latigazos antes de que la alcaidesa se echara por fin hacia atrás. Se volvió hacia mí.

—¿Quieres probar, Gabrielle? —sonrió.

Pensé que algún dios del Olimpo debía de haber escuchado mis plegarias y ahora me ofrecía la oportunidad de vengarme. Rodeé la jaula, me equilibré sobre las muletas y cogí el látigo con una mano. Entonces, advertí la sangre que goteaba por el cuero trenzado. Tragué con dificultad.

—Adelante —me incitó Xena—. A ver cuánto daño me haces.

Hubo momentos durante la guerra en que me vi obligada a defenderme. La mayoría de los soldados no se esperaban ser golpeados con una muleta, en especial si la blandía una muchacha tullida de aspecto indefenso. De modo que a lo largo de los años, había acabado derramando una buena cantidad de sangre, había fracturado una buena cantidad de cráneos. Pero nunca había matado a nadie, y sólo había actuado por necesidad, normalmente para defenderme como último recurso. Desde luego, no era una guerrera.

Esto era distinto. Xena había asesinado a centenares, tal vez miles de inocentes. Había arrasado ciudades enteras y me había abandonado a morir en la cruz por un crimen que ni siquiera había cometido. El dolor de los verdugones que tenía en los brazos no era nada comparado con la agonía de sentir los clavos atravesándote la carne, de intentar sostener tu peso sobre unos pies empalados y unas piernas rotas para poder seguir respirando un minuto más. No eran nada comparados con la angustia de estar atada a una cama y ver cómo te cortaban la pierna por encima de la rodilla.

Alcé el látigo para golpear. Xena debía sufrir algo de dolor.

—Sí —susurró Talasa.

La excitación y el deseo que rezumaba su voz fueron como una bofetada en la cara. Si golpeaba a Xena ahora, indefensa como estaba, cruzaría una línea que sabía que no debía cruzar bajo ningún concepto, por mucho que lo deseara. Alejandro había decretado que el castigo de Xena fuera el encarcelamiento hasta que reconociera que estaba conquistada. Su intención no era que fuera torturada. Esto no estaba bien.

Cerré los ojos y bajé el látigo.

—No, Talasa, hoy no.

—Cobarde —dijo alguien, y no supe si había sido Xena o Talasa la que había hablado. Cuando volví a abrir los ojos, ambas me miraban con desprecio.

Le devolví el látigo a la alcaidesa con mano temblorosa.

—Me gustaría hablar con Xena a solas, si no te importa.

—No vas a conseguir nada de ella si no es por la fuerza.

—Así y todo, me gustaría intentarlo.

—No te voy a dejar aquí sin un guardia.

—Talasa, no soy estúpida ni estoy indefensa, y puedo cuidar de mí misma. ¿Por favor?

Hasta a Alejandro le costaba resistirse cuando usaba esas palabras y Talasa no fue una excepción. Por fin, llegamos a un acuerdo. Los cuatro guardias se quedarían en lo alto de las escaleras. Si me oían gritar, vendrían a rescatarme.

Cuando soltaron la manivela, Xena retrocedió hasta el rincón de su celda más apartado de mí, mirándome con desconfianza. Me recordaba muchísimo a una leona que había visto en una ocasión enjaulada en la parte trasera de un carromato de camino al palacio de Corinto. Tenía el mismo aspecto acosado, casi enloquecido. Al ver sus brazos ensangrentados, casi sentí lástima por ella. Casi.

Tomé aliento y hablé.

—Señora Xena —dije, preguntándome por qué me molestaba en utilizar el título—. Me gustaría hacerte unas preguntas.

De repente, Xena sonrió.

—¿Qué se siente al tener sólo una pierna y media? —ronroneó, recorriendo mi cuerpo con los ojos con aire despreciativo.

A mi pesar, noté que se me acaloraban las mejillas, y la poca compasión que sentía por ella quedó rápidamente sustituida por la rabia.

—No he venido a hablar de mí misma, Xena. He venido para hablar de ti.

—Ese tema es muy aburrido —dijo—. Estoy aquí encerrada noche y día y sólo tengo a las ratas por amigas.

—Me sorprende que puedan soportar tu presencia —dije.

Xena sonrió.

—Siempre he tenido ratas por amigos. —Entrecerró los ojos. Tenía un aspecto fiero, depredador—. Pero al menos tengo amigos. Seguro que a ti te resulta difícil, ¿verdad? Hacer amigos, me refiero, dado que eres una tullida. Nadie quiere relacionarse con una mujer por lo demás bella que está... tan incompleta, tan desfigurada. Seguro que a todos los que te rodean les resulta incomodísimo. Seguro que follar contigo sería estupendo... lástima que estés lisiada.

Me quedé mirando a Xena petrificada, dándome cuenta en una especie de bruma de que en menos de un minuto a solas ante ella, había descubierto mi punto más vulnerable y me había clavado el puñal hasta el fondo. No quise que viera el daño que me habían hecho sus palabras, de modo que fingí ira y me volví antes de que pudiera ver mis lágrimas. Su risa me siguió mientras subía cojeando por las escaleras.


Me metí esa noche en la cama y me eché a llorar. ¿Cómo podría volver a enfrentarme a ella? ¿Cómo podía ser tan cruel? Había arruinado mi vida hacía siete años, robándome la inocencia y la alegría de mi juventud y llenándome en cambio de odio y dolor.

Y luego me lo restregaba por la cara.

Tenía razón, por supuesto. Yo tenía muy pocos amigos íntimos. Mucha gente se conmovía por mis palabras y mis obras. Hasta cierto punto, era famosa. Sé que era respetada y admirada por muchas personas de muchas tierras. Pero siempre habían mantenido las distancias conmigo. Supongo que en parte se debía al afán protector de Alejandro, pero también sabía que era a causa de la pierna que me faltaba.

Mi desfiguración... Cuánto deseaba ser amada, ser amada como Alejandro amaba a Hefestión, como Orfeo amaba a Eurídice. ¿Pero quién podría llegar a amarme a mí, a una tullida, a un fenómeno de las palabras con una sola pierna? Cuando el sanador me cortó la pierna para detener el avance de la gangrena, también me hizo un agujero en el corazón. Ansiaba tener a alguien, anhelaba a mi media naranja. Pero era grotesca e incompleta, y nada, nada podría volver a hacer que me sintiera entera.

A veces la verdad me dolía más que la crucifixión.


PARTE 3


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