10


Xena me despertó con una nana, y por un momento la dulzura de su voz me hizo olvidar nuestra horrible situación, recordándome en cambio los días más felices de mi infancia. Cuando terminó, sonreí.

—Hay tantas cosas sobre ti que todavía no conozco, Xena —dije—. No sabía que cantabas tan bien.

Se rió por lo bajo.

—Seguro que no me puedo comparar contigo.

Sonreí ampliamente.

—Ah, no, hay un motivo por el que soy poeta y no cantante.

—Pero tienes una voz preciosa.

—Ah, pero hasta los muertos del Tártaro se quejan cuando intento cantar. Y, por favor, advierte que digo "intento". No considero que mi gorjeo desafinado sea cantar realmente.

Xena se echó a reír.

—Bueno, pues tu poesía es música para mis oídos. ¿Me recitas otra, por favor?

—¿Algo corto o algo largo?

—Lo que tú quieras.

Su nana me recordó un poema que había escrito hacía muchos años para ayudar a mi hermana Lila a quedarse dormida por las noches.

—Éste es uno que escribí antes de irme de casa —dije.

Cuando iba por la mitad del poema un leve destello de luz procedente de lo alto de las escaleras hizo que me detuviera. Xena se apartó de mí y se incorporó con cautela.

—No es la hora de comer —susurró—. Pasa algo. —Se trasladó al otro extremo de la celda cuando se oyeron pasos que bajaban por las escaleras. Percibí dos tipos de pisadas distintas. Me tapé los ojos cuando la luz de la antorcha me cegó. Oí las vueltas de la manivela y parpadeé con fuerza, guiñando los ojos para ver quién había venido, con la esperanza de que fuera Peonius.

En cambio, vi al capitán Braxis dando vueltas a la manivela. A su lado estaba Talasa.

—He venido a sacarte de aquí, Gabrielle —dijo la alcaidesa, adelantándose muy decidida, con las llaves en la mano. Solté un suspiro de alivio. Por fin la mujer había recuperado el sentido común.

La alcaidesa utilizó las llaves y abrió la puerta con un chirrido de bisagras. Sacó el látigo.

—No voy a entrar ahí, Gabrielle. Agárrate al látigo y yo tiro de ti. —Lanzó el extremo, que aterrizó limpiamente sobre mi pecho. Me estremecí, recordando la pesadilla, pero lo agarré con las dos manos. Como había prometido, empezó a tirar de mí para sacarme de la jaula.

Sentirme arrastrada fuera de la manta y por el suelo de granito no fue divertido, pero me alegraba de salir de la celda. Cuando estuve libre, Talasa cerró la puerta con estrépito detrás de mí y volvió a echar la llave. Braxis soltó la manivela y Xena se frotó las muñecas dolorida, con expresión hosca.

—Vamos, deja que te ayude a sentarte —dijo Braxis, sonriendo y adelantándose. Me alargó las manos. Agradecida, fui a agarrarlas, pero él me sujetó las muñecas, en cambio, y volvió a empujarme bruscamente al suelo—. Ya la tengo —dijo, pillándome los brazos por encima de la cabeza con las rodillas.

—¡¿Qué haces?! —quise saber, asustada de repente, intentando soltarme los brazos sin éxito.

Talasa gruñó, cayendo encima de mí y sentándose a horcajadas sobre mi estómago.

—¿Tú qué crees, Gabrielle? No voy a permitir que le cuentes a Alejandro lo que he hecho. Ah, no, le diré que te acercaste demasiado a Xena y que ella te mató.

El miedo se apoderó de mi cuerpo al oír la frialdad de su voz.

—¡Talasa, los guardias conocen la verdad! ¡No van a apoyar tus mentiras!

—Sí, sí que lo harán —dijo Braxis con mucha seguridad—. No querrán enfrentarse a la cólera del emperador si descubre la verdad.

Talasa alargó la mano y me agarró por la garganta. Intenté resistirme, pero el capitán me sujetaba los brazos con fuerza y la alcaidesa me tenía el cuerpo pillado. Quise pegarle un rodillazo con la pierna rota, pero seguía dormida por el punto de presión de Xena e inmóvil por las tablillas.

—¿Tienes miedo, Gabrielle? —preguntó Talasa, echándose hacia delante.

—Sí —susurré, avergonzada del temblor de mi voz.

—¿Esto es mejor que amarme? —susurró, a escasos centímetros de mi cara.

Oh, dioses, esto era peor que cualquier pesadilla. Me apretó la garganta con la mano.

—¡Por favor, no hagas esto! —dije a duras penas antes de que empezara a apretar más.

—Eh, Talasa —dijo Xena despreocupadamente desde la celda que teníamos detrás—. ¿Por qué no la llevas fuera y la atas para que se la coman los cangrejos? —propuso—. Una muerte más lenta y dolorosa siempre es mejor castigo.

Mi mente chilló de pánico cuando la alcaidesa alzó la cabeza de golpe y su mano me estrujó la garganta.

Xena se echó a reír.

—Mejor aún, ¿por qué no la encadenas y la azotas primero? Los cangrejos acudirán a la sangre. ¡No te va a oponer resistencia, con lo incapacitada que está!

Si acaso, la mano de Talasa se cerró aún más. Me ardían los pulmones y la oscuridad empezaba a invadir mi campo visual.

Talasa miró a Xena por encima del hombro, con el rostro contraído en una mueca de odio.

—¡Cállate! —gritó.

—No le hagas caso —la instó el capitán—. ¡Acaba de una vez!

—Da gusto, ¿verdad, Talasa? —sonrió Xena—. ¿Tener el poder de la vida y la muerte en tus manos? ¿La capacidad de castigar como te plazca? ¡Ahora comprendes por qué a mí me gustaba tanto!

Noté que la mano de la alcaidesa temblaba al tiempo que sus dedos se incrustaban en mi cuello. Cerré los ojos antes de que la oscuridad me tragara por completo.

De repente la presión que me cerraba la garganta se aflojó y jadeé recuperando el aliento. Talasa soltó un grito de rabia primitiva y me agarró del pelo, estrellándome la cabeza en el suelo con todas sus fuerzas. La cabeza me estalló con una explosión de estrellas y dolor y cuando por fin se me despejó la vista, vi a Talasa de pie por encima de mí, con la mano en la cara, mirándome horrorizada y confusa.

Por un segundo tuve la esperanza de poder escapar de esta isla con vida, pero Braxis me agarró del pelo y volvió a estamparme la cabeza en el suelo, borrándome todo pensamiento coherente. Se levantó y sacó la espada mientras yo yacía allí demasiado atontada para moverme, luchando con una bruma roja de dolor que amenazaba con dejarme sin sentido.

—Lo haré yo —gruñó Braxis, apartando a Talasa de un empujón. Movió las manos en la empuñadura para sujetar la espada hacia abajo y la levantó para clavármela en el pecho como si fuera un sacrificio.

—¡No! —gritaron Xena y Talasa a la vez cuando sus músculos se tensaron.

Impulsada por el terror ciego, conseguí apartarme en el momento en que bajaba la espada hacia mi cuerpo. Me hirió entre la parte superior del brazo y el pecho y golpeó el granito con un resonante tono metálico.

—¡Maldita sea! —exclamó Braxis y yo aullé de dolor cuando la espada me rajó aún más el brazo al retirarla para volver a intentarlo. La sangre salió a borbotones cuando la hoja se soltó, cubriendo de rojo mi peplo blanco. Talasa se tiró contra Braxis antes de que pudiera golpear de nuevo y los dos se chocaron con los barrotes de la jaula de Xena.

Rápida como el rayo, Xena le incrustó los dedos a ambos lados del cuello y él se desplomó de rodillas a sus pies.

Me apreté el brazo con la mano, intentando desesperada detener el chorro de sangre de la arteria.

Talasa miró a Xena aterrorizada, sin moverse. Xena la agarró de los hombros y la zarandeó.

—Talasa, reacciona. ¡Tienes que ayudar a Gabrielle!

Sentí que iba perdiendo el conocimiento junto con el hilo de sangre que todavía se escurría entre mis dedos, pero vi que Talasa me miraba, luego miraba a Braxis y por fin las manos de Xena sobre sus hombros. Se apartó de las manos de Xena y luego la oscuridad se apoderó de mí.


Oí que Xena me hablaba.

—Aguanta, Gabrielle, no me dejes ahora. Resiste, sé que puedes hacerlo.

Me obligué a abrir los ojos y la vi inclinada sobre mí, aferrándome el brazo con las dos manos, con los largos dedos empapados de sangre. Mi sangre.

—¿Xena?

Sonrió y creí ver lágrimas en su cara.

—Sí, aquí estoy, Gabrielle. ¡Te vas a poner bien! Talasa ha ido a buscar al sanador.

Entonces me di cuenta de que las dos estábamos fuera de su celda.

—Deberías escapar —susurré, temblando de frío. Me sentía totalmente entumecida.

Xena sonrió con ironía.

—Estoy justo donde debo estar —dijo y me besó en la frente. Intenté tocarle la cara, pero el movimiento me provocó un latigazo de dolor y volví a desmayarme.


El ruido de un llanto me hizo recuperar el conocimiento y me di cuenta, con cierta sorpresa, de que todavía debía de estar viva.

—¿Xena? —gemí.

—¿Gabrielle? ¡Gracias a los dioses!

No era la voz de Xena y me obligué a abrir los ojos. Estaba en mi habitación, en mi propia cama, y pasé a hacer un rápido repaso de mi estado. Me dolía la cabeza, tenía el brazo vendado, mi pierna rota estaba firmemente entablillada con tablas de madera y tenía mucha hambre.

Talasa estaba sentada a mi lado, con los ojos enrojecidos y las mejillas mojadas. Cuando vio que la miraba, se arrodilló junto a mi cama, con ojos suplicantes.

—Gabrielle, por favor... perdóname. No... no sé qué me ha pasado...

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, algo divertida al descubrir a otra mujer junto a mí suplicando que la perdonara. Qué experiencia tan extraña estaba resultando este viaje.

—He... he intentado matarte —susurró Talasa.

—Ya lo sé —dije—. Pero no lo has hecho.

—Gabrielle, lo siento muchísimo, de verdad. No soy una asesina. Sé... que tal vez no me creas, pero yo no soy así... es que... es que estaba como perdida...

Sonreí.

—Xena te lo hizo ver —dije en voz baja. La alcaidesa me miró, con expresión interrogante—. ¿No te das cuenta? Por eso te dijo que me dejaras con los cangrejos. Quería que te dieras cuenta de que me estabas haciendo a mí lo mismo que te hizo ella a ti.

—Funcionó —dijo por fin.

Le sonreí ampliamente.

—Me alegro de que te hayas vuelto a encontrar.

—Eres... eres una persona asombrosa, Gabrielle —dijo, estrechándome un momento la mano.

Mi mente volvió a la celda, donde Xena me había estrechado tan a menudo la mano de forma parecida. Se me cortó la respiración al recordarlo.

—Por favor, dime qué ha sido de Xena y del capitán Braxis.

Talasa apartó la mirada.

—Xena está en su celda. Ni siquiera intentó escapar. El capitán está encerrado bajo guardia en sus aposentos.

—Me alegro de que no haya... —Iba a decir "muerto", pero una mirada angustiada de Talasa me lo impidió.

—No sé por qué quería hacerte daño —dijo la alcaidesa en un susurro torturado—. No sé por qué me siguió la corriente.

Ante su sorpresa, sonreí.

—Talasa, él haría cualquier cosa por ti. Aparte de eso, probablemente estaba celoso.

—¿Celoso? —repitió la alcaidesa, desconcertada—. ¿De ti?

Asentí.

—Te quiere —le dije—. ¿Es que no lo sabías?

Ella negó con la cabeza medio atontada y me pregunté con tristeza si las cosas habrían sido distintas si se hubiera dado cuenta antes. ¿Podría haber sentido lo mismo por él?

Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas, tal vez dándome la respuesta.

—Lo siento —dije, muy en serio. Tal vez estaba demasiado agotada para sentir rencor por el daño que me habían hecho o tal vez se debía a que ya había aprendido una buena lección sobre la inutilidad del odio, pero no sentía la menor rabia contra Talasa o el capitán.

Sonrió irónicamente y luego tragó.

—Ayer envié un mensaje al emperador, explicándole todo lo que ha ocurrido.

No le dije que lo más seguro era que ya estuviera de camino.

—Es un hombre clemente, Talasa. No tienes por qué sentir miedo de él.

Asintió.

—Gracias, Gabrielle.


Unos gritos emocionados procedentes del patio anunciaron la llegada de Alejandro varios días después.

No perdió el tiempo en acudir a mis aposentos.

—¡Alejandro! —exclamé encantada, abriendo los brazos cuando su alta figura apareció en la puerta y él se abalanzó para darme un abrazo.

—¡Gabrielle! —Me estrujó hasta dejarme sin aliento y luego me miró atentamente, tomando nota de cada herida y cada golpe—. Por los dioses, cómo me alegro de verte con vida. He venido lo más deprisa que he podido. Ya veo que el mensaje que recibí no estaba nada claro, aunque eso no me sorprende. ¡Decía que la alcaidesa te había encerrado en la celda de Xena! —Se echó a reír ante lo que para él era una ridiculez evidente y luego se puso serio—. Casi me esperaba llegar para recuperar tu cuerpo y ofrecerle un funeral.

Meneé la cabeza.

—Me alegro de que no haya sido así. Pero el mensaje que recibiste era correcto. La alcaidesa y yo tuvimos un... desacuerdo. Llevada por la rabia, me tiró por unas escaleras y mandó encerrarme en la celda de Xena.

Alejandro se arrodilló junto a mi cama, cogiéndome la mano entre las suyas.

—Por la clemencia de Atenea, amiga mía... ¿cómo has sobrevivido?

—Fue muy raro —dije despacio—. Xena... me cuidó. Me ayudó. Hasta me entablilló la pierna.

—¡¿Quieres decir que no fue ella la que te la rompió?!

—No, eso ocurrió en la caída.

—¿Y esto? —Me tocó en vendaje del brazo.

—Eso lo hizo el capitán Braxis. —Le resumí lo que había ocurrido después de que Talasa me sacara a rastras de la celda—. Xena me salvó la vida, Alejandro.

Soltó un bufido.

—Muy interesante. ¿Qué estará tramando?

—¡No, no es eso en absoluto! ¡Podría haber escapado si hubiera querido! —¿Cómo podía explicarle que había cambiado? —. Está distinta, Alejandro.

—¿Escapado? ¿De esta isla? Muy improbable. ¿Distinta? Lo dudo. Debe de haberte estado utilizando para atacarme. —Sonrió—. Pero afortunadamente tu tortura ha terminado. Mañana regresamos a Corinto.

—¿Regresamos a Corinto? —repetí, conmocionada por lo repentino de la decisión.

—¡Por supuesto! No querrás quedarte aquí, ¿verdad? No pueden cuidarte como es debido.

Tenía razón. Tendría que querer marcharme. Ya tenía lo que había venido a buscar, la historia de Xena, la razón de que se hubiera convertido en señora de la guerra y mucho, mucho más. En el palacio, podría escribir cómodamente a pesar de la pierna rota, atendida por criados a quienes se les pagaba bien por ocuparse de mis necesidades, en lugar de tener que confiar en la bondad de los guardias del penal y en el anciano y hosco sanador. Me vendría bien que me mimaran un poco, volver a vivir en el lujo tras la fría oscuridad de la celda de Xena. Pero descubrí que tenía una extraña falta de entusiasmo ante la idea de marcharme.

—Gabrielle, ¿qué pasa? —preguntó Alejandro, preocupado por mi evidente vacilación—. No te dará miedo el viaje, ¿verdad? Me he enterado de que te mareaste al venir, pero con mi barco y los vientos predominantes, no tardaremos tanto en volver.

—No, no, no es eso —dije. ¿Qué era, pues? Ahondé en mi corazón y me quedé pasmada ante lo que descubrí. No podía creer que fuera a decir esto, pero tenía que reconocer la verdad—. No... no quiero dejar a Xena.

Se echó a reír.

—Sé que estás decidida a obtener tu historia, pero eso tendrá que esperar a que estés curada. En cuanto tengas bien la pierna, te enviaré de vuelta en el primer barco de suministros.

¡Dioses, cómo quería a este hombre! ¿Pero cómo podía hacérselo entender?

—Alejandro, ya tengo mi historia. No quiero dejar a Xena porque, bueno, porque... —Tragué, incapaz de continuar.

Él abrió la boca para decir algo y luego la cerró. De repente, se le llenó la cara de preocupación.

—Estás herida. Y te has fracturado el cráneo. —Me tocó la cara dulcemente—. Es lógico que estés desorientada después de tener una lesión en la cabeza, Gabrielle. Deja que te lleve con mis sanadores, te lo ruego.

Gemí por dentro. Esto iba a ser dificilísimo. A mí me había costado muchísimo superar el odio que sentía por Xena y sabía que los sentimientos de Alejandro eran tan intensos como los míos. Casi me parecía que lo estaba traicionando al confesar... al confesar... ¡Oh, dioses, ayudadme! Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas al tiempo que movía la cabeza para negarlo.

—Gabrielle, ¿qué pasa? —preguntó Alejandro con ternura.

Me tapé la cara con las manos, incapaz de ver la expresión de su cara.

—Oh, dioses, creo... creo que la amo.

Se quedó en silencio un momento, como si intentara decidir si me había oído correctamente. Por fin, me apartó las manos de la cara.

—¡¿Que la qué?!

—Amo a Xena —sollocé.

Él sacudió la cabeza con rabia.

—¡No! No, no la amas. ¡No puedes! ¡Estás herida!

—¡No lo entiendes! ¡Me salvó la vida! ¡Oh, Alejandro, ha cambiado!

—¡¡No te creo!!

—¡Es cierto! ¡Lamenta lo que ha hecho!

—¡Te está engañando, Gabrielle! —me gritó—. ¡Malditos sean los dioses, tendría que haberla matado en la llanura del Monte Citerón!

—¡No! ¡No! ¡Alejandro, no es eso! No te das cuenta... está... es... una redención. —Me reí entre lágrimas—. Se ha redimido. Contra todos nuestros pronósticos. Tienes que verla. ¡Habla con ella! ¡Tú mismo lo verás!

—¿Reconocerá que ha sido conquistada?

—¡Sí! ¡Tal vez! ¡No lo sé! Pero Alejandro, sabe que ha hecho mal y lo lamenta. ¿Acaso pediría perdón la Xena que odiábamos?

—Claro que no.

—Pues lo ha hecho. Me ha pedido perdón por crucificarme. Hasta me dijo que lo lamentaba.

—¡Manipulaciones!

—¡Se echó a llorar!

Eso lo dejó parado. Sabía que Alejandro no podía imaginarse a Xena llorando para manipularme a mí, que podría contárselo al mundo más adelante.

Asentí.

—Lo hizo, Alejandro.

Se quedó pensativo un momento, aunque seguía furioso.

—¿Cuánto tiempo estuviste en su celda?

—Doce días.

—¡¿Doce días?! ¿Te dejó vivir doce días?

Asentí de nuevo.

Se pasó la mano por el pelo.

—Gabrielle, lo siento. Es que no me lo puedo creer.

—Por favor, Alejandro, tienes que confiar en mí. ¿Alguna vez te he engañado? Reconozco que estoy herida, ¡pero no estoy loca!

Se puso a dar vueltas por mi habitación. Al cabo de cuatro vueltas, se detuvo.

—Muy bien. Iré a hablar con ella.

—Gracias.

Recé para que a Xena no le diera uno de sus ataques. En cuanto intentara escupirle, sabía que se marcharía. Tal vez, sólo tal vez, se mostrara lo suficientemente contrita como para convencerlo de que yo no me engañaba por completo.


Alejandro volvió poco después y se me cayó el alma a los pies al ver su rostro impasible. Se sentó en silencio en la silla de mi mesa.

—No ha reconocido que la has conquistado, ¿verdad? —pregunté, conteniendo una súbita oleada de amargura.

—No, no lo ha hecho. —Frunció los labios un momento antes de volver a adoptar la misma expresión inescrutable—. Sin embargo, me ha recordado enfáticamente que te ha salvado la vida.

—¿Sí? ¿Y qué le has dicho?

—Le he dado las gracias.

—¿Y luego qué?

—Me ha pedido que se lo compense.

—¿Cómo?

—Con una ejecución honorable.

Solté una exclamación de horror.

—Oh, no... ¡oh, no!

—He aceptado.

Me sentí desvanecer.

—¡¡¡No!!! ¡Oh, no! ¡No puedes! ¡No lo has hecho! Oh, Alejandro, ¡¿cómo has podido?!

—Es la recompensa que ha pedido, Gabrielle. Al menos, le debo eso.

Qué ironía tan cruel. Cuántos años me había pasado deseando ver muerta a esta mujer y ahora que podía conseguirlo con la conciencia limpia y tranquila, no soportaba la mera idea.

—¡Llévame con ella!

—No, Gabrielle. Es mejor así.

—¡Si no me llevas con ella, iré yo misma arrastrándome!

Me conocía lo suficiente como para saber que no lo decía en broma. Sin decir palabra, se inclinó y me cogió en brazos. Dos guardias nos precedieron escaleras abajo hasta la celda de Xena.

—Quietos —les dijo Alejandro cuando empezaban a girar la manivela. Pasó conmigo ante sus miradas sorprendidas y se inclinó para depositarme en el banco.

—No —dije—. Ponme ahí, junto a los barrotes.

Xena estaba sentada en el rincón opuesto, pero no quería que Alejandro tuviera que llevarme hasta ella.

—Gabrielle... —empezó a protestar.

—¡Hazlo!

Xena soltó una risita cuando obedeció.

—Diría que te tiene dominado un chocho, Alejandro, pero Gabrielle me ha dicho que te van más los chicos.

—Cómo voy a disfrutar matándote mañana, Xena —contestó él, irguiéndose con rostro ceñudo.

Con ayuda de los barrotes, conseguí sentarme.

—Por favor, basta —les rogué—. ¡Basta ya!

Los dos se quedaron mirándome.

—Alejandro, por favor, ¿quieres llevarte a los guardias y dejarnos a solas? —le pedí cuando estuve segura de que me estaban atendiendo.

—Yo no me marcho —dijo él, aunque despidió a los guardias con un gesto.

—No —dijo Xena al mismo tiempo.

Yo no sabía si echarme a llorar o gritar.

—Xena, tengo que hablar contigo —susurré, decidiendo no hacer ninguna de las dos cosas.

—Puedes despedirte delante del niño bonito. —Su tono era frío, distante, y no me miró al decirlo.

Me apoyé en un barrote para sostenerme.

—¿Crees que he venido por eso? ¿Para despedirme?

Sus ojos me miraron un instante y luego volvieron a desviarse.

—¿Es que no es así? Ya tienes lo que buscabas, ¿no? Te he hablando de mi pasado. Ya es hora de que vuelvas a casa, niña.

Estaba intentando enfadarme a propósito, pero fracasaba miserablemente. En cambio, se me estaba rompiendo el corazón.

—Xena, por favor, no hagas esto —susurré, incapaz de contener las lágrimas esta vez.

Vi que se le contraían y relajaban los músculos de la mandíbula, pero seguía negándose a mirarme.

—Quiero morir.

No pude soportarlo. Me agarré a los barrotes de la jaula, deseando romperlos.

—¡No! —le rogué—. ¡Por favor, no! ¡Vendré a verte todos los días! Te contaré todas las historias que conozco... cada poema que escriba... ¡te lo juro!

Entonces me miró y el dolor que vi en sus ojos enrojecidos me dejó sin aliento.

—Gabrielle —dijo apagadamente—, éste no es tu sitio. No puedes pasarte la vida en este agujero. Mereces algo muchísimo mejor.

—Xena, te amo.

Su cara se contrajo de dolor como si la hubiera golpeado físicamente. Cayó de lado, acurrucada en posición fetal, con la cara entre las manos, ocultando sus lágrimas.

Empecé a arrastrarme hacia ella, consciente sólo de una necesidad abrumadora de abrazarla.

—Por Zeus bendito —soltó Alejandro, agarrándome por los hombros y llevándome medio a cuestas, medio a rastras alrededor de la celda hasta donde estaba Xena. Metí los brazos en la celda y tiré de ella hacia mí. Echándome de lado, le rodeé la espalda con los brazos, detestando los fríos barrotes de metal que nos separaban.

—No hagas esto, Gabrielle —suplicó Xena.

—No puedo negarlo, Xena —susurré—. Te amo. Por favor, no mueras.

Se dio la vuelta para mirarme y me tocó la mejilla con dedos mojados.

—Esto es tan malo para ti. ¡Sólo te he hecho daño...!

—Tu muerte me haría aún más.

—Tú... nosotras... no podemos... ¡vivir así!

—Xena, ¿tú me amas? —Tenía que saberlo, tenía que oír su respuesta, aunque me destrozara.

Vi el dolor de sus ojos, la decisión.

—No —susurró por fin y se apartó de mí—. Déjame en paz.

Me di cuenta de que lo hacía para protegerme. Pensaba que me marcharía con Alejandro y que acabaría olvidándome de ella, llevando una vida larga y feliz en otra parte. Pero no podía estar más equivocada.

—Xe... —Me ahogué con su nombre y no pude continuar.

Alejandro intentó apartarme de los barrotes, pero le di de manotazos para que me dejara.

—¡Vete! —le grité, recuperando la voz—. Xena, por favor, dime la verdad —supliqué.

—Quiero morir —repitió roncamente.

Metí la mano por los barrotes y le acaricié la cabeza.

—¿Por qué, Xena? ¿Por qué?

Empezó a temblar, pero no quiso contestar.

—Xena, crees que me estás ayudando, pero no es así. Tú no sabes lo que es bueno para mí. No lo sabes. Tu muerte será la mía también, porque no sé cómo voy a vivir sin ti.

Se volvió de nuevo y abrió los ojos despacio. Me encontré con su mirada de angustia con total franqueza, intentando que viera que le decía la verdad.

—Gabrielle —susurró.

—¡No...! —Le toqué la mejilla—. Xena, ¿me amas? Por favor, dime la verdad.

Vi que su decisión se venía abajo poco a poco y se echó a llorar de nuevo.

—Sí —jadeó por fin—. Dioses, sí.

Mi corazón echó a volar.

—Xena, ¿confías en mí?

—Sí.

—Xena, ¿te ha conquistado Alejandro?

Por favor, miente, por favor, miente, por favor, miente.

Se quedó paralizada y sus ojos soltaron un gélido destello azul al encontrarse con los míos.

—Las dos sabemos la verdad —dije, intentando sonreír a través de mis propias lágrimas—. Confía en mí, por favor. ¿Te ha conquistado Alejandro?

—Por ti —dijo por fin, sin apartar los ojos de los míos—, reconoceré que Alejandro me ha conquistado. —Sonrió de medio lado—. Y que tú has conquistado mi corazón.

Miré triunfante a Alejandro. Éste miraba a Xena sin dar crédito.

—¡Revoca su condena! —le rogué, incorporándome hasta sentarme—. Dijiste que lo harías si alguna vez lo reconocía.

Él se puso a dar vueltas.

—No puedo dejarla libre, Gabrielle.

—Ya lo sé, pero no tiene por qué quedarse encerrada en esta celda. Deja que su encierro sea toda esta isla, en cambio.

—Es un peligro para los guardias.

—No merezco tu clemencia, Alejandro —dijo Xena con tono apagado, incorporándose también—. Pero te juro que no haré daño a los guardias.

Alejandro se volvió en redondo para mirarla.

—¡¿Cómo puedo fiarme de ti?!

—Yo me fío de ella —intervine con firmeza.

Él hizo una mueca.

—No puedo hacerlo, Gabrielle. Acabará matándote... y también a mucha otra gente.

—¿Te fías de mi palabra de honor como guerrera? —preguntó Xena antes de que yo pudiera contestar.

Él se lo pensó un momento.

—No. No me creo esta farsa que te traes entre manos, Xena. No la comprendo y desde luego no me fío de ella.

—Alejandro... —empecé.

—¡Te está utilizando, Gabrielle! —me vociferó y yo me encogí ante su furia—. ¿¡Es que no te das cuenta!? Si dejo que salga de esa celda, te matará, matará a los guardias y antes de que nos demos cuenta, ¡estará dirigiendo un ejército contra mí!

—¡Eso no es cierto! —protesté débilmente—. ¡Hace tiempo que podría haber escapado!

—¡Mentiras y manipulaciones! —rugió él—. Morirá mañana, Gabrielle. Y si no quieres marcharte conmigo ahora, enviaré a los guardias para llevarte por la fuerza. —Intentó agarrarme de los hombros para apartarme de los barrotes, pero yo le pegué una bofetada en la cara con todas mis fuerzas.

—¡No me toques! —bufé—. ¡No vuelvas a tocarme jamás!

Retrocedió sorprendido, luego frunció el ceño y se dio la vuelta, dirigiéndose a las escaleras.

Me eché a llorar. Ahora Xena iba a morir, tanto si quería como si no, y mi vida entera estaba destrozada.

—Alejandro, espera —dijo Xena, poniéndose en pie con dificultad—. ¡Por favor!

Él dudó un minuto sin volverse.

—No tienes motivo alguno para fiarte de mí —dijo ella—. Eso lo comprendo. Tienes todos los motivos para desconfiar de mis razones. Eso también lo comprendo. Hubo un tiempo en que habrías estado totalmente en lo cierto. Habría hecho cualquier cosa, habría manipulado a cualquiera para salir de este agujero miserable y recuperar la libertad. Créeme, los primeros meses que estuve aquí lo intenté. Pero ya no. No sé cómo convencerte de esto, pero jamás le haría daño a Gabrielle.

—¡La crucificaste!

—Y fue un acto horrible. Ojalá pudiera deshacerlo, pero no puedo.

—Bonitas palabras, Xena. Si creyera que naciste con corazón, hasta podría creérmelas. —Dicho lo cual, se marchó.

Xena suspiró profundamente y se sentó a mi lado, cogiéndome en sus brazos como mejor pudo con los barrotes y las cadenas de por medio.

—Lo siento, amor mío —dijo suavemente—. ¡Por favor, no llores!

Yo no podía parar.

—¡Se cree que estoy irracional! —Hundí la cara en su hombro—. ¡Cree que me he dado un golpe en la cabeza y que no puedo pensar como es debido! ¡No quiere creer que hayas cambiado!

Xena me besó en la cabeza.

—Gabrielle, estás irracional al haberte enamorado de mí. Él sólo intenta protegerte.

—¡Pues ya no quiero su protección!

—Bueno, creo que puedo decir con bastante conocimiento de causa que a los "Dirigentes del Mundo" no les hace gracia en general que les den una bofetada —bromeó—. Pero me parece que te va a hacer falta algo más que eso para convecer a Alejandro de que te abandone.

Solté un resoplido entre lágrimas.

—¡Pues la próxima vez tendré que darle una patada!

Xena se rió por lo bajo.

—Eso me gustaría verlo. —Volvió a besarme con seriedad—. ¿Me prometes una cosa, Gabrielle?

—¿El qué?

—Prométeme que seguirás adelante sin mí.

Me aparté de ella para poder verle la cara, sin poder creer que fuera tan cruel de pedirme una cosa así.

—¡No!

Su cara se contrajo de dolor.

—Siento tanto que esté pasando esto, Gabrielle. Lo lamento tanto. Todo. Nunca podría salir nada bueno de algo que tenga que ver conmigo. Lo mejor es que muera mañana. Lo mejor es que te libres de mí para que no pueda volver a hacerte daño.

—¡No digas eso! —dije, poniéndole dos dedos sobre los labios, recordando cómo habíamos hecho el amor—. ¡Eres lo peor y lo mejor que me ha pasado en mi vida! Lo digo en serio, Xena. No sé cómo voy a poder vivir con el corazón roto.

—Tendrás que encontrar una forma, Gabrielle. Por mí... ¿por favor?

—Te amo, Xena.

—Y yo te amo a ti, Gabrielle.

Nuestro tierno abrazo quedó interrumpido por unos fuertes pasos en las escaleras seguidos de juramentos entre dientes. Miré a Xena, confusa. No parecían los guardias. Ella captó mi mirada y se encogió de hombros.

Momentos después apareció de nuevo Alejandro al pie de las escaleras.

—Por Zeus bendito —rezongó—. ¡Nunca en mi vida he oído unas confesiones de amor más ridículas, bobas, melosas y asquerosamente desgarradoras!

Me lo quedé mirando pasmada.

—¡¿Estabas escuchando?!

¡Eso no era digno de él!

—Ha sido sin querer —dijo defendiéndose—. No podía dejarte aquí abajo sola, Gabrielle. Me detuve a mitad de las escaleras. Y entonces os oí hablar... Mm, al parecer la acústica es muy buena... Simplemente decidí no interrumpiros, nada más.

Era evidente que estaba más cortado que enfadado y noté que podía estar dispuesto a renegociar. La pregunta era, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?

—Alejandro —dije, intentando secarme los ojos con mi peplo—. Por favor, reconsidera la condena.

Se cruzó de brazos, con rostro ceñudo.

—Levántate, Xena.

Despacio, ella obedeció, adoptando la misma postura que él.

Él sonrió.

—¿Te he conquistado, Xena?

Xena también sonrió.

—Te he dejado, por supuesto, pero sí, me has conquistado.

—¿Que me has dejado?

—Mm-mm.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo explicas?

Ella dejó de sonreír.

—Después de lo de Atenas... bueno, digamos que dejé de creer en lo que estaba haciendo.

Alejandro se puso pálido, y supe que estaba recordando la guerra y cómo entonces habían cambiado las cosas contra todo pronóstico.

—Alejandro... —empecé, pero me detuvo alzando una mano.

—Jura por lo que más quieras que no intentarás escapar de esta isla, Xena. Jura que no intentarás hacer daño a los guardias ni a nadie del personal.

—Hecho —dijo Xena sin vacilar—. Lo juro por mi amor por Gabrielle.

Se miraron fijamente a los ojos y parecieron intercambiar algo, un entendimiento tácito que sólo ellos compartían. Al cabo de unos segundos, Alejandro asintió.

—Que así sea. Quedas confinada a esta isla de por vida, Xena. No rompas tu palabra o ya sabes que mi castigo será duro y rápido.

—Lo tendré presente —dijo ella.

Él me miró.

—Más vale que no te equivoques con esto, amiga mía.

Sonreí.

—No me equivoco. Lo sé en lo más hondo de mi corazón.

Asintió.

—Ahora, si me disculpáis, tengo que ocuparme de la alcaidesa y del ex capitán. ¿A menos, claro está, que quieras marcharte conmigo? —preguntó, mirándome.

Hice un gesto negativo con la cabeza.

—Se clemente, Alejandro —le imploré—. Talasa, sobre todo, lamenta lo que ha hecho. También ella me salvó la vida al final.

Asintió y se marchó de nuevo, y yo me volví hacia Xena.

—Por favor, amor mío, dime que compartir la vida conmigo en esta isla es mejor que la muerte.

—Gabrielle... —empezó y luego tragó, al tiempo que sus hermosos ojos azules se llenaban de lágrimas—. Es mucho más de lo que merezco —susurró—. No merezco ser tan feliz.

Sonreí de buen grado.

—Shhh. Por favor, no llores —dije, y sentí que se me llenaba el corazón de una alegría absoluta, sabiendo que ahora podía compartir mi vida con la mujer a la que amaba. Me eché hacia delante y la besé... con mis labios, mi corazón y mi alma.


FIN


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