Conquistada

Leslie Ann Miller



Descargos: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Violencia: Sí, un poco. Nada peor de lo que se vería en la serie.
Subtexto / sexo: Sí, esta historia describe actos sexuales entre mujeres. Si esto es ilegal donde vivís u os da repelús, deberíais leer otra cosa.
Dolor / Consuelo: Sí.
Otros: Esta historia se basa libremente en el episodio Armagedón de Hércules.
Agradecimientos: Estoy especialmente agradecida a Fizz por toda su ayuda. Doy las gracias también a Ellen y los ex guardias por sus comentarios y su ayuda.
Decidme qué os parece, ¡sea bueno o malo! Mi dirección de correo electrónico es: gunhilda@brightok.net

Título original: Conquered. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


1


Me llamo Gabrielle, tal vez más conocida como la poeta coja de Potedaia, historiadora, oradora y cronista del gran emperador Alejandro. Esta historia, al contrario que las demás que he escrito, trata de mí. Si esperáis una historia sobre las heroicas hazañas de la rebelión, me temo que os vais a quedar decepcionados, y os recomiendo que leáis mis otras obras. Aquí oiréis lo que me sucedió cuando terminó la guerra, cuando dejé el palacio de Corinto y fui a la Isla del Tiburón para hablar con Xena en la celda de su prisión, y lo que ocurrió a partir de ese momento.

Sin embargo, comenzaré primero con algo de historia, por si no conocéis mi pasado.

Tenía tan sólo diecisiete años cuando Xena, Destructora de Naciones y Emperatriz del Mundo Conocido, me crucificó por hablar en contra de ella. La acusación era injusta. Lo cierto es que, en ese momento, había hecho poco más que contar relatos verdes en una posada donde algunos soldados de Xena estaban pasando la velada bebiendo. Cuando rechacé sus proposiciones después de mi actuación, me acusaron de traición contra el estado y me llevaron ante Xena para recibir mi castigo. Xena no era conocida por su misericordia, en especial cuando se trataba de la recién nacida rebelión, y ordenó que me clavaran en la cruz.

No me gusta pensar en aquel día, en el dolor, la agonía, la desesperación. Baste decir que cuando pensaba que sin duda iba a morir, cuando, de hecho, suplicaba morir, tuve una visión. Me vi envuelta en una luz blanca que se llevó el dolor y lo sustituyó por una calidez, un bienestar y un amor tales como nunca hasta entonces había experimentado. En la luz blanca había un ser alado, y ese ser me dijo que sobreviviría a la cruz y viviría para conquistar a Xena, y que esto sería bueno para el mundo. Y aunque parecía una idea ridícula que yo, una campesina de Potedaia, pudiera conquistar a la Emperatriz del Mundo Conocido, no morí entonces, cuando tanto lo deseaba.

Mi amigo Alejandro me rescató de la cruz. Alejandro era brillante, un excelente guerrero, y burló fácilmente a los guardias de Xena para salvarme la vida. Mi recuperación fue lenta y perdí la pierna a causa de la gangrena, pero le conté a Alejandro mi visión, y juramos unirnos a la rebelión y hacer que la profecía se cumpliera. Yo tenía las palabras y Alejandro el ingenio, y juntos levantamos un ejército para desafiar el poder de la emperatriz... y a la larga, derrocarla.

Mi odio imperecedero por Xena me sostuvo durante siete desoladores años de guerra. Perdí amigos y compañeros, vi ciudades enteras arder hasta los cimientos. Cuando Atenas quedó arrasada, tuve la seguridad de que habíamos perdido la guerra, pero fue entonces cuando Xena empezó a cometer errores. Tal vez la propia Atenea cambió la suerte a nuestro favor: dos años después se libró la sangrienta batalla final en la llanura situada a los pies del Monte Citerón.

En nuestras conversaciones nunca nos planteamos que la Destructora de Naciones llegara a sobrevivir a su ejército. Esperábamos su suicidio o su muerte en combate, pero nunca que fuera capturada con vida. De modo que cuando los soldados de la falange de Hefestión nos la trajeron cubierta de la sangre de sus víctimas, supe que Alejandro no tenía ni idea de qué hacer.

Los ojos azules de Xena soltaban rayos, y escupió sobre la sandalia de Alejandro.

—Puede que hayas derrotado a mi ejército —bufó—, pero jamás me conquistarás a mí.

Alejandro sonrió, pasándose los dedos por el pelo dorado, pero yo percibí la tensión de su rostro. Lo observé atentamente, para poder describir con precisión su reacción ante las palabras de la Destructora. Con mis muletas, no podía llevar pergamino y pluma encima, por lo que tenía que recordarlo. No lo olvidé.

Su sonrisa se hizo más amplia al alzar la espada para descargarla, para acabar con Xena de una vez por todas, para vengar nuestras pérdidas, para apaciguar nuestro odio.

—Xena, estás conquistada —dijo despacio, y observé cómo se le tensaban los músculos para descargar el golpe.

Puede que suene extraño, pero en ese instante, en mi interior se libró una batalla. Por una parte, quería ver muerta a Xena, nada me habría gustado más que ver caer su cuerpo ensangrentado y decapitado en el polvo para poder clavar su cabeza en una lanza y desfilar con ella para que todo el mundo la viera, pero la poeta que había en mi corazón sabía que ésta no era la manera en que Alejandro debía inaugurar un reinado de paz y justicia.

—Espera —exclamé, cuando la poeta ganó la batalla interna, y Alejandro se detuvo con la espada en el aire, aún preparado para descargarla.

—¿Por qué? —preguntó, sin apartar los ojos de los de Xena.

—Hemos cumplido la profecía. No comiences tu reinado con sangre —dije vacilante.

Soltó una áspera carcajada.

—¿Y cómo llamas tú a esto, Gabrielle? —Tocó la sangre roja que le cubría el peto—. ¡¿Cómo puedo comenzar mi reinado sin sangre cuando estoy prácticamente nadando en ella?!

Contuve las lágrimas que amenazaban con saltárseme de los ojos.

—Hemos tenido que librar esta batalla —dije—. Con esto, —señalé a Xena—, puedes elegir. Puedes elegir entre comenzar tu reinado con la venganza o con la clemencia.

Alejandró dudó, mirando a Xena con odio.

Continué:

—Yo también quiero que muera, Alejandro, créeme. Pero debes pensar en el futuro, en cómo te verán las generaciones venideras. Ésta es tu oportunidad de demostrar al mundo que eres distinto, que eres mejor que Xena, que no estás cegado por el odio como ella. No te rindas al odio, Alejandro, ni ahora ni nunca, te lo ruego. La clemencia es el mejor camino. —Me costó decirlo y aún más creerlo. Pero la poeta que había en mí sabía que era cierto.

Él se volvió de nuevo a Xena, debatiéndose indeciso.

Ella lo miró con desprecio.

—Mostrar clemencia es señal de debilidad —se mofó.

Hefestión se puso al lado de Alejandro y colocó la mano en el hombro del general.

—Las palabras de Xena demuestran la verdad de las de Gabrielle —dijo con calma.

Alejandro bajó la espada y me señaló.

—Mira, Xena. Ahí está Gabrielle, la poeta de Potedaia. Hace siete años la crucificaste, a ésta que es mi mejor amiga, por contar historias en una posada. Pero yo la rescaté y ella sobrevivió a tu tortura y empezó a hablar en tu contra. —Abrió los brazos—. Su sabiduría, su visión, me guiaron por este camino. Sus palabras contribuyeron a levantar un ejército para derrotarte. Y por el amor que siento por ella, no traicionaré ahora esa visión. Que Atenea me fulmine si alguna vez me convierto en un dirigente como tú, sin conciencia, clemencia ni compasión.

Xena resopló.

—Pues entonces no durarás mucho como dirigente. Aunque Atenea no sea la que te mate, algún traidor lo hará. No se puede sostener el poder con compasión, y la clemencia será tu perdición.

Alejandro se echó a reír, y me di cuenta de que realmente le hacía gracia.

—Eres una guerrera brillante, Xena. Me asombra que puedas ser tan necia en otros temas.

La ex Destructora de Naciones gruñó al oír esto. Al parecer no estaba acostumbrada a que la llamaran necia.

—¡Ya lo verás! —espetó—. ¡Dentro de menos de un año estarás muerto! ¡¿De verdad esperas ser capaz de mantener unido mi imperio?! ¡¿Tú?! ¡¿Y tu pequeña bardo coja?! ¡Acabaréis los dos hechos pedazos!

Sonreí. Alejandro mantendría el imperio unido, de eso no me cabía duda. Poseía un carisma que impulsaba a los hombres a hacer cualquier cosa por él. Xena había mantenido unido su imperio mediante el miedo hasta que se vino abajo al enfrentarse a una fuerza mayor. Alejandro mantendría unido su imperio mediante el amor. Su ejército lo adoraba, sus seguidores lo adoraban y pronto, de eso estaba segura, el mundo entero lo adoraría.

Alejandro también sonrió ante las palabras de Xena.

—Yo no pretendo predecir el futuro, Xena. Sólo sé esto: que tú, que afirmabas ser invencible, estás de rodillas ante mí, derrotada. No confío en tu don de la predicción.

Varios de los comandantes que nos rodeaban se rieron por lo bajo.

Xena estaba furiosa.

—Adelante, mátame ya, bastardo hijo de puta.

—No, Xena. Serás encarcelada hasta que reconozcas ante mí que has sido conquistada. Y como me da la impresión de que eres demasiado orgullosa para llegar a hacerlo alguna vez, no espero tener que plantearme una nueva condena para ti. —Miró a Hefestión—. Ocúpate de que no sufra ningún daño. Ponle cadenas resistentes y no le dejes los brazos sueltos bajo ningún concepto. Asegúrate de que los lleva sujetos a las piernas. Recuerda que puede matar con un mero contacto. Es peligrosa, incluso ahora.

Hefestión asintió.

—Así se hará.

Me quedé mirando satisfecha mientras los guardias se llevaban a rastras a la Destructora de Naciones, cuya cara, normalmente bella, estaba contraída de furia. Ésa era una, pensé, que nunca sería curada por el amor.

—Dejarla vivir será para ella un castigo mayor que darle una muerte rápida —dijo Alejandro a mi lado.

—Bien —dije, sin pensar.

Alejandro enarcó una ceja y yo lamenté lo que acababa de decir. Él sonrió.

—Una vez me dijiste que con una ejecución no hay esperanza de redención.

—¿De verdad esperas que la Destructora de Naciones vaya a redimirse? —pregunté con amargura.

—No. Pero, Gabrielle, tú sabes que tenemos que tener esperanza.

Solté un bufido. Alejandro era mejor persona que yo, a pesar de su ferocidad como guerrero.

Suspiró cansado.

—Mientras siga viva, representa una amenaza. Tendré que ponerla a buen recaudo. —Se quedó pensando un momento—. La enviaré al penal de la Isla del Tiburón y la rodearé de guardias de Atenas.

—La matarán.

—Tal vez, pero no tendré la preocupación de que algún día puedan soltarla.

Era cierto. Si a Xena se le iba a permitir vivir, Alejandro tenía que asegurarse de que ningún traidor pudiera liberarla. Asentí.

Alejandro se colocó ante mí y me apretó los hombros, mirándome a los ojos.

—Gabrielle, hoy hemos logrado la victoria. Xena ha sido derrotada. El reinado de Ares ha terminado. Mañana entraremos triunfantes en Corinto y me coronaré emperador. Cuando el Partenón esté restaurado, estableceré mi capital en Atenas. —Me tocó la mejilla—. Xena ha sido conquistada, tal y como predijo tu visión. Olvídate de ella ahora, puesto que sé que no puedes perdonarla.

Tenía razón. Era mejor olvidar y concentrarse en el futuro. Por fin, lo miré a los ojos y sonreí.

—Tú tienes mucho que hacer, y yo... bueno, yo tengo mucho que escribir.


Once meses después de la entrada triunfal de Alejandro en Corinto, el imperio seguía unido. Un solo sátrapa insolente de Persia había intentado aprovecharse del cambio de liderazgo, y Parmenio, general de Alejandro, aplastó rápidamente el levantamiento.

Me dieron habitaciones en el piso bajo del palacio para que no tuviera que subir tantas escaleras. Aunque podía moverme bastante bien con las muletas, la pierna y el pie buenos todavía me dolían si pasaba demasiado tiempo de pie o caminando y las escaleras eran especialmente dolorosas de recorrer.

Tenía un pequeño dormitorio y un estudio con una puerta que daba a los jardines. Además, estaba atendida por una joven criada que se ocupaba de mis necesidades. Me hacía recados en la ciudad y me traía las comidas de la cocina cuando no comía con Alejandro.

No quise aceptar las enormes riquezas que me ofreció el emperador, tan sólo un pequeño salario adecuado para una historiadora y poeta de la casa real. Comparado con lo que había tenido hasta entonces, era una vida de lujo. Tenía todo el pergamino que necesitaba y podía comprar tinta en lugar de fabricarla yo misma. Tenía medicinas que me aliviaban el dolor. Las riquezas excesivas que me ofrecía, le dije, estarían mejor empleadas ayudando a los pobres. Por fin, aceptó, y se construyó en mi honor un baño público en la zona pobre de Corinto.

Aún más preciado para mí era el tiempo que tenía para reflejar mis palabras sobre el papel. Durante la rebelión, siempre estaba el miedo, la huida, el combate. Mientras que antes había dedicado gran parte de mis esfuerzos a escribir discursos y propaganda, ahora podía escribir las crónicas.

El problema era que no estaba satisfecha con ellas. La poeta que había en mí estaba descontenta. Era mi retrato de Xena lo que más me molestaba. Oh, no me faltaba material para demostrar lo malvada que era, y presentaba un contraste perfecto con Alejandro. Era la historia clásica del bien contra el mal, el cabello dorado contra el cabello negro. Era fácil demostrar la locura de sus costumbres, la forma en que la crueldad había provocado su caída, la manera en que la arrogancia no le sirvió de nada al final. Era un largo discurso sobre el triunfo de la luz sobre la oscuridad.

Pero Homero, cuyo héroe era Aquiles, retrataba a Héctor, su enemigo, con absoluta compasión. Lo cierto es que eso hacía que la historia fuera mejor. Y aunque yo no quería que el futuro se compadeciera de Xena, no creía que ningún ser humano naciera tan malvado como había llegado a ser ella. No conseguía explicar por qué era como era. No conseguía explicar su crueldad, no conseguía explicar su odio. Había construido un imperio para gobernarlo con un corazón de hielo y, sin embargo, yo, que era poeta, no conseguía explicar por qué.

Sin esa explicación, mi historia estaba incompleta. Sin esa explicación, la historia de Alejandro estaba incompleta, pues su destino y el de Xena estaban inextricablemente unidos.

Me di cuenta entonces de que por el bien de la historia, tendría que volver a enfrentarme a la Destructora, para encontrar las respuestas a mis preguntas.

Alejandro, por supuesto, se opuso.

—¡Necesito que reflejes mis actos como emperador!

—Ya tienes escribas que reflejan tus actos como emperador. Recogen tus decisiones, tus nuevos códigos de leyes. Recogerán todo lo que necesites o desees. Yo estoy contando la historia de la guerra, Alejandro, y no puedo hacerlo sin averiguar la historia de ella.

—Sigo sin comprender por qué.

—Eso es porque eres guerrero, no poeta.

—Tú eres mi conciencia.

—Tienes tu propia conciencia y confío en ella con todo mi corazón.

—Eres mi inspiración.

—La idea de seguir remediando las injusticias del reinado de Xena debería inspirarte más que yo.

Se echó a reír.

—Te quiero.

—¡Como a una hermana! Tu auténtico amor es Hefestión, y no intentes negarlo. —Le estreché la mano—. Ya sé que esto no tiene ahora mucho sentido para ti. Pero tengo que hacerlo, Alejandro. Estoy escribiendo la historia y tengo que hacerlo para el futuro.

Me miró con seriedad.

—Desde tu crucifixión, has seguido tu corazón con la certeza de una sabiduría que yo no comprendo. Ya sé que dices que tú misma no comprendes este don, pero no me voy a interponer en tu camino. Si deseas ir, no te detendré. Pero debes prometerme que no permitirás que ese monstruo te haga daño. No corras el menor riesgo. Incluso en prisión, Xena es peligrosa.

Asentí.

—Lo sé. Te lo prometo.


PARTE 2


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