Mi señora: Solsticio

Mayt



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, Gabrielle, Argo y todos los demás personajes que han aparecido en la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera, así como los nombres, títulos y el trasfondo son propiedad exclusiva de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se ha pretendido infringir sus derechos de autor con este fanfic. Todos los demás personajes, la idea para el relato y el relato mismo son propiedad exclusiva de la autora. Este relato no se puede vender ni usar para obtener beneficio económico alguno. Sólo se pueden hacer copias de este relato para uso particular y deben incluir todas las renuncias y avisos de derechos de autor.
Trasfondo: Esto es una historia de la Conquistadora. Ocurre después de los acontecimientos narrados en Mi señora.
Agradecimientos: Mi gratitud a Cath por sus correcciones, comentarios y rápida respuesta.
Comentarios: Los comentarios siempre se agradecen y son bien recibidos. Mayt_fanfiction@sbcglobal.net.
Subtexto: Esta historia describe una relación amorosa entre dos mujeres. Si sois menores de 18 años o si para vosotros es ilegal leer este texto, no sigáis adelante.

Título original: My Lord: Solstice. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2009


El ruido de las pezuñas de dos caballos sobre el suelo duro y mojado marcaba un ritmo constante. La Conquistadora obligaba a Argo a galopar a una velocidad implacable, aferrando las riendas con fuerza entre las manos. La noche era fría y húmeda, pero el acorchamiento que sentía no tenía nada que ver con el clima. Al ver Corinto ante ella, su aprensión fue en aumento. A lomos de su semental, Jared se mantenía a su altura. No se atrevía a desconcentrarse, pues sin duda se quedaría atrás. Habían abandonado su campamento de caza dos días antes, nada más recibir el mensaje de Dalius. Habían cabalgado toda la noche después de dar órdenes al resto de la partida de caza para que los siguiera por la mañana.

Avisado de la llegada de la Conquistadora, Dalius esperaba en la entrada de palacio. Su impaciencia se veía ahora dominada por la perspectiva de completar un triste deber.

La Conquistadora desmontó de un ágil salto. Sin pensar en el cuidado de Argo, recorrió el patio con la vista. Al ver a Dalius, acudió a él de inmediato.

Dalius se inclinó ligeramente.

—Majestad.

La Conquistadora no estaba de humor para formalidades.

—¿Dónde está?

—En vuestros aposentos. La reina duerme.

—¿Cuánto tiempo lleva enferma?

—Ocho días.

—¡Qué! —La Conquistadora habló con aspereza—: ¿Por qué has esperado cinco días para avisarme?

Dalius proyectaba una calma falsa. Se defendió como mejor pudo.

—La reina Gabrielle no quería preocuparte innecesariamente.

La Conquistadora avanzó por el pasillo de palacio hacia los aposentos reales.

—¿Qué ha cambiado?

—La reina es una hábil sanadora. Comprende la naturaleza de su enfermedad. Está asustada, Majestad.

La Conquistadora se detuvo. Clavó los ojos en Dalius. Se fiaba de la habilidad de Gabrielle como sanadora. Y sin embargo, esperaba que el anciano sanador suavizara el diagnóstico.

—¿Tiene motivos para estarlo?

Había llegado el momento que Dalius temía. Detestaba perder a un paciente ante la muerte. Se temía que para el Solsticio no sólo perdería a una paciente, sino que, dado que la paciente era Gabrielle, también perdería a la mujer a quien consideraba su colega, su amiga y su reina. Dijo, entristecido:

—Sí, Majestad.

La Conquistadora observó la pena auténtica grabada en el rostro de Dalius. Confirmaba la sinceridad de lo que decía. Echó a correr hacia los aposentos reales, dejando a Dalius para que esperara a Jared.

Trevor estaba ante la puerta de los aposentos de la Conquistadora hablando con el guardia de servicio. Buscaba nueva información sobre el estado de la reina. Trevor oyó los característicos pasos de la Conquistadora antes de reconocer a la figura que se acercaba a la carrera por el pasillo. Sin decir palabra, abrió la puerta de las habitaciones. Cerró la puerta cuando la Conquistadora entró en los aposentos. Conocía su sitio sin necesidad de que se lo dijeran. Permanecería en su puesto, a la espera de las órdenes de la Conquistadora.

La Conquistadora cruzó la sala principal hasta el dormitorio real. Se detuvo sólo cuando pasó ante la chimenea y llegó a los pies de la cama que compartía con Gabrielle. Ésta yacía inmóvil. Su respiración era superficial y emitía un silbido cuando el aire entraba y salía de sus pulmones.

La Conquistadora despidió al ayudante de Dalius con un gesto de la mano. Se arrodilló al lado de la cama y examinó a la joven a conciencia. Tocó la frente de Gabrielle: la fiebre era evidente. Pegó la oreja al pecho de Gabrielle. Tenía líquido en los pulmones.

Gabrielle gimió. Agitó los párpados.

—Estoy aquí. Ahora descansa —la reconfortó Xena.

Gabrielle abrió los ojos. Su voz era un susurro:

—Xena. —El esfuerzo de hablar la dejó sin aliento.

Xena le sonrió preocupada.

—Voy a machacar a Dalius. Me ha hecho creer que estabas muy enferma.

Gabrielle levantó la mano. Xena la cogió y le besó la palma. Las dos mujeres se miraron en silencio. Xena captó una profunda tristeza en los ojos apagados de Gabrielle. Al ver aquello, notó que su propio miedo aumentaba. No obstante, cuando habló su tono era tranquilo y firme.

—No me vas a dejar.

—Lo siento... —se disculpó Gabrielle débilmente.

—¡No! —gruñó Xena al tiempo que su cuerpo empezaba a temblar involuntariamente—. Te prometí que volvería a tiempo para el Solsticio. Tú me prometiste bailar conmigo en privado.

Gabrielle cerró los ojos.

—Gabrielle —exigió la Conquistadora—. Mírame.

Gabrielle abrió los ojos, advertida por el áspero tono de la Conquistadora, tono rara vez dirigido a ella.

—Soy tu soberana. Te ordeno que luches. Te ordeno que vivas.

Gabrielle no sólo veía, sino que además sentía la extraordinaria voluntad de la Conquistadora. Asintió, acatando en silencio.

La Conquistadora no se dio por satisfecha.

—¿Qué dices? —Colocó las manos en los hombros de Gabrielle—. ¡Gabrielle!

Abatida, Gabrielle respondió:

—Sí, mi señora.

Una lágrima cayó abrasadora por la mejilla de la Conquistadora. No hizo caso.

—Ahora escúchame. Tenemos que despejarte los pulmones. Voy a hacer una infusión para que te la bebas. Te ayudará a toser.

Gabrielle protestó:

—Basta... no puedo... Muy cansada.

La Conquistadora se mostró inflexible.

—No voy a discutir contigo. Harás lo que yo diga.

Xena soltó a Gabrielle y salió a la estancia principal donde esperaban Dalius y Jared. Fue a su escritorio y se puso a escribir en un trozo de pergamino. Dirigió sus comentarios a Dalius.

—Necesito unas hierbas. —Dalius se acercó mientras ella continuaba escribiendo. Una vez acabó, Xena entregó el pergamino al sanador—. Tráemelas.

Dalius no soportaba ver cómo seguía sufriendo Gabrielle. Había hecho un valeroso esfuerzo por seguir viva hasta que regresara Xena, y ahora se merecía morir en paz.

—Majestad, la reina Gabrielle ha luchado contra su enfermedad con todas sus fuerzas. Ya no tiene más.

La Conquistadora fulminó a Dalius con la mirada.

—¿Quieres que se rinda?

—No, Majestad. Es sólo que... —Dalius rezó para encontrar las palabras adecuadas—. Que la reina necesita tu bondad.

La Conquistadora rodeó el escritorio para encararse con el anciano.

—No me digas cómo debo comportarme con mi reina. Le salvaré la vida a pesar de su deseo de recibir a la muerte junto a su lecho. Si me odia por ello, que así sea.

Jared intervino.

—Dalius, trae las hierbas.

Dalius se quedó en su sitio con aire desafiante y respondió a Jared sin apartar la mirada de su señora. Dijo con acritud:

—Sí, general. —Y dio la espalda a Xena.

Xena se quedó mirando al sanador mientras éste salía de la sala. Sentía una rabia aguda mezclada a partes iguales con orgullo y gratitud. Sólo por Gabrielle, los miembros de su personal inmediato y los soldados de su ejército se jugaban la vida voluntariamente oponiéndose a ella.

—¿Cómo está la muchacha? —A Jared se le había agotado la paciencia. Quería el criterio de Xena, pues se fiaba de su habilidad como sanadora y de su conocimiento sobre Gabrielle por encima de cualquier otro.

—No está bien. —Xena se apartó.

—¿Puedo hacer algo?

Xena miró hacia el dormitorio.

—Debo quedarme con ella.

—Yo me ocuparé de todo.

—Gracias. —Xena echó a andar de vuelta con Gabrielle.

Jared la llamó.

Se volvió hacia él.

—¿Debes mostrarte dura con ella?

Xena reconoció que Jared era por encima de todo el guardián de Gabrielle. Tanto si Gabrielle era esclava, sierva, mujer libre o su reina, eso nunca cambiaría.

—¿Alguna vez has visto a Gabrielle furiosa? ¿Furiosa de verdad?

Jared se quedó pensando. Le sorprendió su propia respuesta.

—No, no me parece.

Xena sonrió, regodeándose en el recuerdo de Gabrielle en sus momentos más combativos, tan distintos de la situación en que se encontraba la joven ahora.

—Planta cara. Es descarada y terca. Jared, está cansada. Para que viva, tengo que provocar su rabia. Aparte de su amor, no hay nada que sienta con mayor fuerza.

—¿Estarás bien?

Sin darse cuenta, Xena hizo un gesto negativo con la cabeza al tiempo que contestaba.

—No me queda más remedio, ¿verdad?

Jared se imaginó la carga que Xena estaba dispuesta a echarse encima.

—Deja que te ayude con Gabrielle.

Xena se puso rígida.

—No. Esto es personal. Es entre ella y yo, y nadie más.


Xena observó la figura dormida de Gabrielle. Ésta era su reina, fuerte y, sin embargo, a veces, como ahora, frágil. Como ella, Gabrielle encontraba una fuerza interna cuando se veía amenazada. Se mostraba más resuelta que nunca cuando Xena la necesitaba. Xena iba a acudir a la entrega sin compromisos que sentía Gabrielle hacia ella.

—Necesito que te bebas esto. —Xena emprendió el proceso de reprimir sus emociones, para contrarrestar los impulsos desinteresados que la guiaban cuando estaba en presencia de Gabrielle.

Gabrielle asintió.

Xena colocó erguida a Gabrielle. Acercó una taza de té a los labios de Gabrielle. Ésta agarró la taza con una mano. Hizo una mueca por el amargo sabor.

—Bien —dijo Xena, alabando su esfuerzo. Dejó la taza medio vacía en la mesilla de noche—. Ahora tose.

—Xena, no puedo —suplicó Gabrielle.

Xena se negó a oírla.

—Toma aliento lo más hondo que puedas y tose.

Gabrielle se echó hacia atrás rendida.

—Vamos a probar así. —Xena empujó a Gabrielle hacia delante, apartó la almohada que tenía detrás y se situó entre Gabrielle y el cabecero de la cama. Xena rodeó a la joven con los brazos. Notó los contornos de las costillas de Gabrielle. Ésta había perdido un peso considerable—. Tose.

Gabrielle lo intentó sin ganas. El resultado fue inaudible.

—Otra vez.

Gabrielle se quedó inmóvil.

Xena cerró los ojos. En el silencio del momento, concedió dominio completo a esa parte de sí misma que era la Conquistadora. Abrió los ojos, se echó hacia delante y susurró al oído de Gabrielle:

—Me has mentido. No me amas. No pensaba que fueras tan cruel de llamarme sólo para poder verte morir. Te burlas de mí, Gabrielle. No soy tu señora. Si lo fuera, no te rendirías. Dedicarías tu último aliento, por doloroso que fuera, a salvarte, porque las dos sabemos que sólo me redimiré si te tengo a mi lado.

—No —exclamó Gabrielle sin fuerzas, con el corazón roto. Ansiaba la ternura de Xena, no su crueldad.

—¡Sí! —bufó la Conquistadora—. ¿Dónde está tu piedad, tu compasión? Serás cómplice de la ruina de Grecia sin más excusa que el dolor de tus costillas. Qué miserable eres, Gabrielle. Qué patética.

Gabrielle luchó con las pocas fuerzas que tenía.

—¡No! —Una tos espasmódica se apoderó de ella. A pesar del dolor, tosió y expulsó la flema sofocante en un recipiente que la Conquistadora cogió de una mesilla y le puso delante.

Sin decir palabra, la Conquistadora siguió sosteniendo a Gabrielle. Ésta prosiguió con su esfuerzo hasta quedar agotada. Echó la cabeza hacia atrás, temerosa de que Xena volviera a atacarla. Sólo oyó silencio mientras Xena dejaba el recipiente en la mesilla de noche, fijándose rápidamente en los esputos salpicados de sangre. Apartó los brazos de las costillas de Gabrielle y abrazó por completo a la mujer exhausta.

Xena esperó hasta que estuvo segura de que Gabrielle estaba profundamente dormida. Besó a Gabrielle en la mejilla y luego cerró los ojos. Sus pensamientos divagaron hasta un recuerdo, la última vez que Gabrielle se había puesto furiosa. Ocurrió una luna antes de su expedición de caza...

Targon estaba ante la Conquistadora, presentando su informe obligatorio de cada mañana.

—He comprado tres nuevos esclavos. Un hombre joven y fuerte llamado Andrew, que entrará de aprendiz en la herrería, y una costurera, de cuarenta y dos estaciones de edad, que se llama Reva.

Xena esperó un momento para oír lo que tuviera que decir sobre el tercer esclavo. Targon, cosa poco habitual en él, se miraba los pies.

—Has dicho tres. No sabía que necesitara un tercero.

Targon miró de reojo a la impasible Conquistadora.

—Se llama Lacia.

—¿Qué sabe hacer?

—Se la puede entrenar para que ayude a Makia en las cocinas.

—¿No estaba completo el personal? —Xena echó la silla hacia atrás y puso una pierna encima del escritorio.

—Cierto, Majestad.

—¿Qué no me estás diciendo, Targon? Habla antes de que te corte la lengua y no tengas más remedio que guardar silencio.

Targon rezó a los dioses para que la Conquistadora comprendiera sus motivos.

—Tiene doce estaciones de edad. No me gustó la persona que había pujado por ella.

Xena esperó a oír el nombre que aún no había pronunciado.

A Targon no le quedó más remedio que decirlo.

—Abneg.

—Compra para los burdeles.

—Sí, Majestad.

Xena se levantó.

—¿Pensaste que yo lo aprobaría?

—No la habría comprado si no.

Xena y Targon oyeron a Gabrielle, que entró desde el dormitorio real.

Targon se inclinó ante Gabrielle.

—Majestad.

El tono de Gabrielle era frío:

—¿Comprando esclavos, Targon?

Targon no supo qué responder. No era propio de Gabrielle hablar con tanta severidad.

Xena le ahorró la necesidad de contestar.

—Para el servicio doméstico.

Gabrielle guardó silencio.

Xena se acercó a su administrador y le puso la mano en la espalda, apoyándolo tácitamente.

—Puedes retirarte. Hoy mismo hablaré con los nuevos esclavos.

Targon se sintió agradecido.

—Sí, Majestad. Gracias.

Xena esperó a que Targon saliera. Le dijo a Gabrielle:

—No te enfades con él.

Gabrielle dijo con tono cortante:

—No. Sólo cumple tus órdenes.

—¿Así que estás enfadada conmigo?

—Algún día serás algo más que ama de esclavos.

Xena sintió la bofetada verbal. Controló su rabia con dificultad.

—¿Creías que porque te amo los esclavos de Grecia serían emancipados?

Gabrielle se mostró truculenta:

—¿Qué debe de pensar el mundo al ver que Grecia tiene como reina a una antigua esclava? ¿Cómo es posible que la Conquistadora haya caído tan bajo?

Xena sabía que no podía apaciguar la campaña de Gabrielle contra la esclavitud. En realidad, no quería hacerlo.

—Gabrielle, sé lo que quieres de mí. No tengo poder para darte una Grecia libre. Aún no.

—¿Cuándo será Grecia una tierra de personas libres? ¿Cuando sea políticamente razonable y económicamente factible? Siempre habrá razonamientos en contra de acabar con la esclavitud.

—Por favor —le suplicó Xena como jamás lo haría con nadie más.

Gabrielle no se apaciguó.

—No, Xena. ¡No! Mientras haya un solo esclavo en Grecia, no seré tu reina. Mujer, hombre o niño, da igual. Yo soy una de ellos.

Esta corriente subyacente de disensión había ido surgiendo poco a poco entre ellas después de su unión. Siempre dejaba un regusto desagradable, que Xena no lograba quitarse con hidromiel ni con vino, aunque lo intentaba.

—He sido buena con mis esclavos. Tú misma lo dijiste cuando llegaste aquí.

—Como propiedad tuya. ¡Dilo! Me tratabas bien cuando eras mi dueña.

—Te expliqué entonces por qué no podía abolir la esclavitud.

El tono de Gabrielle se calmó.

—Sí, lo hiciste. Y yo acepté tu explicación. Entonces no te conocía. No comprendía el lugar de Grecia en el mundo. Ahora, os conozco tanto a ti como a Grecia. Tú tienes el poder de liberar a los esclavos. Grecia puede aguantar como nación libre. ¡Emancipa a los esclavos!

—¿Vaciando el tesoro? —Xena agitó la mano indicando la habitación.

—Si eso es lo que hace falta, sí.

Xena avanzó unos pasos.

—No puedo salvar a todos los esclavos de Grecia.

—Deberías intentarlo. No son menos dignos de tu compasión que yo.

—Hago lo que puedo. Requiere tiempo. Por ley, la próxima generación de griegos nacidos libres estarán libres de la esclavitud, sean cuales sean sus antepasados.

—¿Y qué pasa hasta entonces? A menos que los metas a tu servicio, todos los que nacieron esclavos o fueron hechos esclavos antes de que fueras soberana seguirán siendo esclavos hasta el día de su muerte. Hasta que mueran, Xena.

—Lo siento. —Xena alargó la mano hacia Gabrielle.

Gabrielle retrocedió.

—Yo también.

—Gabrielle, tú no eres sólo mi reina. El hecho de que luches por los menos afortunados te convierte en alguien esencial para Grecia. Ya has contribuido a hacer cambios para mejorar.

—¡No es suficiente! —contestó Gabrielle.

—Nunca lo es. —Xena suspiró, desalentada por la discusión—. Créeme. Lo sé.

—¿Cómo lo soportas?

—La única opción que tengo es irme, y eso no puedo hacerlo. Me niego a darme por vencida. No pasa un solo día... no pasa un solo día sin que piense en ti y en lo que te hicieron. Lo odio. Odio que les esté ocurriendo a otras chicas como tú y que yo no pueda detenerlo sin declarar la guerra a los nobles y a los tratantes de esclavos enfrentándome a un parón total del comercio internacional. El cambio requiere diplomacia y la diplomacia requiere tiempo.

Gabrielle percibió la sinceridad de Xena. Eso no disminuía el dolor que sentía.

—Doce estaciones de edad, Xena.

—Makia se ocupará de Lacia. Lacia recibirá una educación. Estará protegida como no lo habría estado si Targon la hubiera dejado para que se la llevara otra persona. Y tendrá una reina bondadosa que se cerciorará de que está bien.

A Gabrielle le tembló la voz al tiempo que señalaba hacia la ventana.

—Jamás lo olvidaré.

Xena se quedó sin habla. Sabía a qué se refería Gabrielle. Fuera de la ventana, en el extremo opuesto de Corinto, estaba el mercado de esclavos, lugar de activo comercio, símbolo de lo que Gabrielle detestaba.

Sin decir palabra, Gabrielle dio la espalda a Xena y salió de la habitación.


Un guardia entró en la corte. Se acercó a la Conquistadora sin vacilar, interrumpiendo a un noble que defendía su caso en una disputa por unos terrenos.

Xena cogió la nota.

—¿Qué es esto?

—Señora, un mensaje de la reina.

Xena se levantó del trono y aceptó el pergamino que se le tendía. Dio la espalda a la corte y leyó la nota.

Xena

He decidido visitar las aldeas de la zona con Dalius para llevarles medicinas. Esperamos estar de vuelta dentro de cinco días.

Gabrielle.

Xena refrenó todos sus deseos de salir en pos de Gabrielle. Habían hablado de este viaje, pero no había quedado nada decidido. Xena dejó de lado cualquier duda que pudiera tener en relación con la rabia de Gabrielle. Xena dobló el pergamino y se lo metió en el bolsillo interior de su casaca. Volvió a los asuntos de la corte, sin dar la menor muestra de estar afectada por lo que había leído.


Xena estaba en su balcón. El sol de la mañana iluminaba la tierra alegremente. A lo lejos, veía los campos segados. Había sido un buen año. Habría alimentos en abundancia para el invierno. Grecia estaba en paz y prosperaba. No le consolaba conocer las cosas buenas, su mente estaba atribulada por un problema que no podía resolver.

Jared entró en los aposentos reales.

—Señora.

Xena no dio muestras de haberlo oído. Se acercó más y se quedó a dos pasos de ella.

—¿Xena?

—Jared, me temo que estoy perdiendo a Gabrielle.

—La muchacha necesita tiempo. Volverá a ti, Xena.

—Tendría que haber sabido que iba a pasar esto. No puedo proclamar un edicto sin más y acabar con la esclavitud en Grecia.

—Ya has dictado leyes que protegen a los esclavos contra los malos tratos.

—Y todavía hay niñas de doce estaciones subastadas para los burdeles.

—Para trabajar como criadas, no como putas.

—Eso exige la ley. ¿Quién dice que las niñas están protegidas de la suciedad del mundo?

—Podemos aumentar la vigilancia. Nos aseguraremos de que nadie toca a las niñas.

—Tanto si tienen doce estaciones de edad como si tienen dieciséis, sigue siendo un crimen moral. A Gabrielle se la llevaron cuando tenía dieciséis. ¿Cómo puedo decir que la amo y permitir que otras niñas como ella sigan sufriendo? ¿Cómo puede amarme sabiendo que la esclavitud sigue vigente en mi reino?

Jared se puso al lado de Xena.

—No te culpes por no poder cambiar el mundo de la noche a la mañana. Has hecho grandes cosas por el pueblo de Grecia. Cada día que pasa estás más cerca de crear una nación justa. —Jared puso la mano en el hombro de Xena—. ¿Por qué no vas con ella?

Xena siguió mirando al frente.

—Soy soberana de todos los griegos, menos de una. Incluso cuando Gabrielle era mi esclava, tenía la opción de estar conmigo o no. No voy a inclumpir la promesa que le he hecho. No voy a obligarla a hablar conmigo. La esperaré como siempre la he esperado.

—¿Qué le dirás a la muchacha cuando regrese?

Xena se volvió hacia Jared.

—¿Qué puedo decirle? Si tengo que elegir entre su amor y Grecia, elijo Grecia.

—Lo comprenderá. No tendrás que elegir.

—Espero que tengas razón. Si no, me dará igual acabar en el Tártaro, porque el tormento que pueda ofrecerme no podrá compararse con el que sentiré en vida.


Quedaban dos aldeas más para completar su gira. Al caer la noche, Trevor envió a un guardia por delante para reservar alojamiento en la siguiente posada. Como mínimo, la reina y Dalius tendrían una habitación. En el mejor de los casos, por empeño de Gabrielle, todos obtendrían una comida caliente y dormirían en una cama cálida y seca.

Como Trevor, los guardias elegidos para escoltar a la reina eran guerreros excepcionales. Al contrario que Trevor, también tenían buenos conocimientos médicos. La orden de acompañar a la reina, aunque inesperada, fue bien recibida por la media docena de hombres. Los hombres se enorgullecían de sus conocimientos. Poder cuidar de otros fuera del contexto de la guerra resultaba gratificante. Hacerlo a petición de su reina aumentaba el honor.

Viajar con la reina tenía ventajas adicionales. Gabrielle era más dada a asegurarse de que estaban cómodos, mientras que la Conquistadora prefería acampar de cualquier manera. Fuera del alcance del agudo oído de la Conquistadora, disfrutaban del protocolo relajado en el que insistía Gabrielle. Les recordaba a los guardias que aún era su hermana y que no estaba en absoluto dispuesta a que sus hermanos la trataran de forma distinta. Lo que Gabrielle no comprendía era que para muchos de los guardias ella era lo único que les daba una sensación de familia.

Durante la gira, Trevor se mantenía al lado de Gabrielle, sin imponer jamás su presencia. Como su escolta principal, siempre estaba preparado para atender a sus necesidades. Eso quería decir que hacía poca cosa. Gabrielle nunca pedía favores importantes.

Cabalgando a su lado, Trevor miró a Gabrielle de reojo. Conocía a la reina desde que ésta llegó a Corinto como esclava. Admiraba a la joven. Su capacidad para captar el carácter de los hombres era certera e inteligente. Se maravillaba por lo mucho que había madurado. Lo había hecho sin perder su compasión.

Trevor había advertido que Gabrielle estaba pensativa cuando salieron de Corinto. Cuando tenía que entrar en acción, se le pasaba. Cuando volvían al camino, Gabrielle volvía a quedarse meditabunda. Una vez más, volvía a estar ensimismada.

Cada visita comenzaba con mucha actividad. Se celebraban reuniones con los dirigentes y los sanadores de la aldea y a continuación se hacía una valoración de la capacidad de la aldea para hacer frente a las enfermedades y las heridas. Se rellenaban los suministros médicos. Dalius visitaba a los pacientes más graves en compañía del sanador local, mientras Gabrielle y los guardias se ocupaban de los que padecían males de menor importancia.

Por la noche, Gabrielle celebraba una corte en la posada de la aldea. Era una corte distinta de la que había en palacio. Gabrielle entretenía a los clientes y a los miembros de su partida de viaje con sus historias. Los guardias, que tenían el honor de compartir la comida con ella, bebían su hidromiel con precaución, para no poner en peligro la seguridad de Gabrielle, al tiempo que ellos también escuchaban a la excelente bardo. Les contaba historias divertidas, para que la risa del momento se llevara la fatiga de los tres días anteriores.

Gabrielle había terminado de contar una farsa, que no era muy amable con los dioses, cuando un joven, azuzado por sus compañeros de mesa, se puso en pie.

—Majestad —dijo nervioso.

Gabrielle sonrió alentadora al hombre de aspecto bondadoso. Por mucho que lo intentara, ningún aldeano la llamaba únicamente por su nombre. A lo máximo a lo que podía aspirar era a que la llamaran “dama Gabrielle”. Se dirigió a él.

—Sí, señor.

El hombre se ruborizó al verse tratado con tanto respeto. Su valor aumentó el equivalente a un grano de cebada, lo cual hacía un total de dos, y eso apenas le llegaba para alzar la voz.

—¿Aceptarías una petición de una historia?

—Si la conozco —lo animó Gabrielle.

—¿Nos contarías cómo una esclava llegó a ser reina de Grecia?

Gabrielle se puso blanca al oír la pregunta. Trevor se levantó con la mano en la empuñadura de la espada. Al instante todos los guardias se unieron a él.

Al verlos, el joven intentó retroceder, pero tropezó con su banco y se cayó al suelo. Otro hombre, de más edad, se levantó alargando las manos con un gesto que rogaba calma. Exclamó:

—Majestad, no pretendía ofenderte.

Gabrielle le indicó a Trevor que se sentara. Él obedeció de mala gana. Los demás guardias siguieron su ejemplo.

El campesino más viejo miró a su estúpido amigo y le alargó una mano.

—Levanta, Broan.

Broan así lo hizo y se sentó. Profundamente avergonzados, los clientes se quedaron en silencio.

El campesino más viejo respiró hondo antes de hablar.

—Majestad, Broan pasa el tiempo trabajando duramente en los campos. —El hombre posó una mano tranquilizadora en su mortificado compañero—. Nunca se le han dado bien las palabras.

Broan posó tímidamente la mirada en la reina y asintió. Gabrielle se dio cuenta de que lo que decía el campesino más viejo era cierto.

El hombre continuó.

—Creo que puedo hablar por todo el pueblo al decir que te admiramos y te respetamos. Has demostrado tu amor por el pueblo de Grecia y te estamos agradecidos.

Gabrielle asintió. La tensión de la sala empezó a ceder.

—Hemos oído historias sobre la Conquistadora. Las historias hacen que nos parezca que la conocemos, aunque sólo sea un poco. También deseamos oír historias sobre ti, nuestra reina. Majestad, algunos de nosotros servimos como esclavos al servicio de la Conquistadora, al igual que tú. Recibimos un buen trato y la libertad al final de nuestro servicio. Suponemos que tu fuiste objeto de la misma consideración. Pero, sabiendo lo que sabemos sobre la Conquistadora, eso no explica tu subida al trono. Sospecho que es una historia muy especial. Es una historia que nos gustaría oír.

Gabrielle sintió una opresión en el corazón. No era capaz de describir con palabras lo que sentía en ese momento. Era a la vez una sensación dolorosa y dulce.

—¿Cómo te llamas, señor?

—Calfatous, Majestad, pero mis amigos me llaman Calf.

—Calf. Ahora que comprendo la pregunta de Broan, intentaré responderla. Soy una mujer que ha tenido tres vidas muy distintas. Hasta las dieciséis estaciones, fui como cualquier campesina criada en una pequeña aldea con mis padres y mi hermana pequeña. Entonces llegó el día en que el señor de la guerra Draco y sus hombres atacaron nuestro valle. Mataron a mis padres. A mi hermana y a mí nos tomaron como esclavas. Mi hermana murió poco después. —Gabrielle hizo una pausa. Nunca había compartido su historia de una forma tan descarnada. La vergüenza que sentía encontró un alivio momentáneo e inesperado—. Me vendieron a un amo despiadado. Ése fue el auténtico comienzo de mi segunda vida. Cinco años después, cuando se hartó de mí, me llevaron a Corinto para venderme en el mercado de esclavos. Fue allí donde comenzó mi tercera vida.

«El administrador de la Conquistadora me compró para trabajar como parte de su servicio doméstico. —Gabrielle hizo un gesto indicando la mesa ocupada por los hombres que tenía delante—. Los guardias de esta mesa conocen, en parte, la historia de mi tercera vida porque la comparten conmigo. Debéis perdonarlos si se muestran excesivamente protectores conmigo. —Gabrielle sonrió a Trevor, quien la miró con orgullo—. Veréis, cuando era esclava, me adoptaron. Soy su hermana, y ellos son hermanos orgullosos que han jurado defender mi honor y mi vida con su espada.

«Una parte de mi historia es tan desconocida para ellos como lo es para vosotros. No puedo compartir la historia de mi vida con la Conquistadora. Aunque me enorgullezco de mi amor por nuestra soberana, guardo silencio porque nuestra soberana valora su intimidad, y yo hago honor a su petición de no incluirla nunca en mis historias. Como bardo y como su reina, espero que llegue el día en que me libere de esa promesa. No hay nada que desee más que conseguir que Grecia la conozca como la conozco yo.

Broan confió en sus inestables piernas y volvió a ponerse de pie. Calf lo fulminó con la mirada sin dar crédito.

Broan soltó:

—Majestad.

Gabrielle dijo amablemente:

—Sí, Broan.

Broan recorrió la sala con la mirada antes de dirigirse a su reina. Se le calmó la voz.

—¿Querrías decirle a la Conquistadora que deseamos que esté bien?

Los campesinos de la sala asintieron y murmuraron su acuerdo. Algunos dieron palmadas en sus mesas manifestando su asentimiento.

Gabrielle les dedicó una sonrisa radiante.

—Lo haré. Le complacerá oírlo.

—Gracias, Majestad. —Broan empezó a sentarse.

Gabrielle lo llamó, lo cual hizo que volviera a erguirse de golpe.

—Sí, Majestad.

—Todavía acepto peticiones. ¿Tienes alguna otra historia que te gustaría que contara?

Broan le sonrió cohibido.

—Cualquiera en la que aparezca un necio, para no sentirme tan solo.

La posada estalló en carcajadas.

Gabrielle le dio a Broan su historia antes de retirarse a su habitación. En su cuarto abrió los postigos de la ventana dejando que el fresco aire nocturno la refrescara. Se quedó contemplando la noche. Veía algunas estrellas que parpadeaban a través de las nubes. La luna era un elegante cuarto creciente. Deseó estar en la torre de palacio con Xena a su lado. Echaba de menos a Xena. Anhelaba las tiernas caricias de Xena y la agradable conversación que mantenían tumbadas en la cama, sellando el final del día abrazadas la una a la otra.

Esta velada le había permitido ver inesperadamente lo que había en el corazón del pueblo de Grecia. Había compartido sus historias con hombres y mujeres que habían conocido una vida de esclavitud y que como ella habían obtenido su libertad gracias a la benevolencia de la Conquistadora. Lo que Gabrielle había visto en los ojos de Calf era una profunda dignidad que estaba por encima de cualquier abuso sufrido. Se preguntó si algún día ella sentiría una dignidad parecida. Su esperanza se vio renovada. Hasta esta noche no había creído que recuperar tal dignidad fuera posible.


Gabrielle cabalgaba a lomos de su caballo castaño junto al carro de Dalius cuando entraron por las puertas de palacio. A lo lejos esperaba la Conquistadora. Habían pasado seis días desde la marcha de Gabrielle. Las enfermedades otoñales de las aldeas eran más graves de lo que se esperaban. Aunque Gabrielle se había animado por el bien que su grupo y ella habían hecho, lamentaba las circunstancias que la habían impulsado a dejar Corinto. Desmontó, entregó las riendas a un mozo de cuadra y se dirigió hacia Xena.

—Gabrielle —la saludó Xena con cautela.

Gabrielle se detuvo a un brazo de distancia de su amante.

—Mi señora.

Al oír el título que se había convertido en una muestra privada de cariño, la preocupación de Xena cedió un poco.

—¿Cómo estás?

—Bien, gracias. Ha sido un viaje difícil, pero gratificante. Hemos descubierto que había mucha gente enferma.

Xena se enfrentó al miedo que le quedaba al hacer la siguiente pregunta.

—¿Tienes planes para el futuro?

—Trabajaré con Dalius para que programe visitas de sus ayudantes a las aldeas durante todo el invierno. También me gustaría enviar aviso a tus generales y decirles que envíen informes con regularidad sobre la salud de sus tropas y de las aldeas de sus zonas.

—Es una buena idea. Así se hará.

—Gracias.

Xena sonrió por primera vez.

—Me alegro de tenerte de vuelta.

Gabrielle reflejó la sonrisa de Xena.

—Me alegro de estar en casa.

Xena se acercó. Necesitada de la intimidad tranquilizadora del contacto físico, posó la mano con delicadeza en el brazo de Gabrielle.

—¿Has comido?

—No. Se estaba haciendo tarde y no quería parar.

—Makia no tardará en enviarnos la cena.

Gabrielle cubrió la mano de Xena con la suya.

—Me gustaría ayudar a Dalius a dejar las cosas en orden antes de unirme a ti.

Xena asintió con aprobación.

—No tardes.

—No. —Gabrielle se apartó despacio y regresó al centro del patio donde los hombres seguían descargando cosas.

Xena se quedó mirando a Gabrielle un momento, sintiendo que se renovaba su seguridad. Regresó a los aposentos reales, se quitó el chakram y la espada y se acomodó delante de la chimenea. Le parecía que tenía motivos para sentirse optimista.

Gabrielle entró. Se quitó la capa y se quedó allí un momento, observando a Xena descansar en silencio.

Xena notó la mirada de Gabrielle. Por mucho que quisiera concederle a Gabrielle su petición, estaba decidida a mantener su estrategia de llevar a cabo una campaña gradual y metódica para acabar con la esclavitud. Xena decidió comprobar en qué punto estaba su desacuerdo.

—Gabrielle, es demasiado pronto para poner fin a la esclavitud. Grecia no está preparada.

Gabrielle se adelantó. Se detuvo a pocos pasos detrás de Xena.

—No quiero regatear contigo. Sin embargo, sí que tengo una petición.

—Tú dirás. —El tono de Xena era cauteloso.

—Nos acercamos al Solsticio. Tú siempre has sido generosa con tus regalos. Te pido que me regales el derecho a liberar a un solo esclavo cada año al llegar el Solsticio de invierno. No te pido nada más.

Xena se lo pensó un momento.

—¿Y si digo que no?

Gabrielle respondió con sinceridad:

—Me sentiré decepcionada. Pero tu decisión no cambiará el hecho de que eres y siempre serás mi señora.

Xena se echó hacia delante en la butaca.

—No es buena idea. ¿Y si deseas conceder la libertad a una mujer o un hombre casados? ¿Cómo se las arreglarán? No puedes dejar a un marido o una esposa como esclavos, y mucho menos a los hijos que puedan tener. La Lista de la Reina para la Libertad del Solsticio incluirá el nombre de una mujer o un hombre, junto con los nombres de su familia inmediata. La reina de Grecia será conocida por mantener a las familias unidas, no por separarlas. —Xena se volvió en la butaca para mirar a Gabrielle—. ¿Estás de acuerdo?

Gabrielle dio su aprobación de todo corazón.

—Sí.

—Muy bien. —Xena volvió a recostarse en su butaca, aliviada por haber llegado a un acuerdo. Era uno que podía apoyar sin problemas, puesto que casaba con la generosidad de Gabrielle.

Xena notó la mano de Gabrielle en su brazo. La reina se arrodilló a su lado.

—Gracias.

—Si pudiera...

—Lo sé —le aseguró Gabrielle.


Gabrielle se movió en brazos de Xena, sacando a Xena de sus recuerdos para devolverla al presente. Xena se planteó si debía despertar a Gabrielle. Decidió esperar a que Gabrielle se despertara por sí sola. Se soltó con delicadeza. Tras colocar bien las almohadas, Xena tumbó en ellas a la joven.

Makia entró en los aposentos reales con una bandeja de comida.

Al oír que entraba alguien, Xena fue a investigar.

Makia saludó a la Conquistadora.

—Majestad.

—Makia, ¿qué te trae aquí?

—Debes comer. No quiero despertar las iras de la reina Gabrielle dejando que adelgaces.

—Ya. —Xena sonrió.

La cocinera se puso seria.

—Majestad, ¿cómo está la reina?

Xena le hizo un gesto para que entrara en el dormitorio.

—Ven conmigo.

Makia depositó la bandeja en la mesa de comer y dejó que Xena la llevara al dormitorio real. Makia se detuvo junto a la cama donde estaba Gabrielle. Miró a la Conquistadora. Al recibir un gesto de asentimiento, se sentó en la cama y cogió la mano de Gabrielle, advirtiendo que la tenía húmeda y fría.

La cocinera dijo en voz baja:

—Recuerdo la primera vez que llegó a mi cocina. Las historias que contó. Cómo se ganó al personal. Había una parte de ella que entonces no entendía. Sigo sin entenderla.

Xena se acercó a Makia y se quedó a su lado.

—Aguas tranquilas, Makia.

—Sí, Majestad. En algunas cosas, la reina ha cambiado, pero no en lo más importante. Jamás ha olvidado de dónde procede.

—¿Me reprocharías que dijera que a veces desearía que pudiera olvidarlo?

—No, Majestad. No te lo reprocharía. —Makia alargó la mano y tocó con delicadeza unos mechones del pelo de Gabrielle, apartándoselos de la frente—. ¿Se pondrá bien?

—No lo sé. Tu caldo la ha ayudado, pero sigue muy débil.

—La reina tiene un corazón fuerte.

—Sí, es cierto.

Makia se volvió a la Conquistadora.

—Te ama tanto.

Xena no se esperaba una afirmación tan personal por parte de la anciana criada. No había motivo para ocultar su verdad.

—Y yo la amo a ella.

—Si hay algo que pueda hacer por ti o por la reina Gabrielle...

—No dudaré en pedírtelo.

—El servicio está preocupado por la reina. ¿Qué les digo?

Xena decretó con firme serenidad:

—Diles la verdad.

Makia no pudo contener las lágrimas.

Xena posó una mano consoladora en el hombro de la cocinera.

—Te conozco, Makia. La única razón de que estés llorando es porque Gabrielle no ha estado bajando a la cocina para escuchar tus cotilleos y ayudarte a cortar verduras. Eres la peor de toda esa panda de egoístas a mi servicio que solicitan su atención.

Makia se echó a reír ligeramente.

—Efectivamente, tienes razón.

—Bueno, pues conseguiremos que Gabrielle recupere la salud para que pueda reanudar su tarea de hacerte compañía. Entretanto, debes ocuparte de Lacia.

—La niña ha estado pidiendo ver a la reina.

—No es un buen momento. Dile que será una de las primeras en venir en cuanto la reina esté más fuerte.

Makia se levantó.

—Gracias, Majestad.

—Gabrielle te quiere, Makia. No creas que no lo sé.

Makia habló a su ama con sencillez, pues en ella veía no a una poderosa soberana, sino a una mujer angustiada:

—Intenta comer algo. Necesitarás fuerzas para cuidar de ella.

—Muy bien. Y dile a Lacia que intentaré pasarme más tarde para saludarla.

—Agradecerá la visita.


Xena reflexionó sobre cómo Gabrielle, una vez aceptó su posición como reina, había cambiado sutilmente el ambiente de palacio. El servicio doméstico soltó un suspiro común de alivio. Los criados y los esclavos estaban seguros de que la reina tenía los medios para protegerlos.

Xena sabía que la calidad de vida de su servicio no había cambiado sustancialmente. La diferencia era que el servicio depositaba su confianza en Gabrielle. Con pocas excepciones, era una confianza que ella no podía pretender igualar. Siempre quedaba un temor subyacente de que Xena pudiera perder el control en un ataque de rabia, justificado o no. Mortificada, tenía que reconocer que ese temor tenía su razón de ser. Como demostraba una discusión reciente sobre la celebración del Solsticio, hasta Gabrielle podía ser víctima de su genio.

Acababan de cenar en sus aposentos. Gabrielle se acercó a la chimenea, con una copa de vino en la mano. Xena sonrió.

Gabrielle la vio.

—¿Qué ocurre?

—Seré la envidia de todos los hombres y mujeres en el banquete del Solsticio.

Gabrielle sonrió.

—¿Ah, sí?

—Contigo en mis brazos cuando empecemos el primer baile, sí, creo que lo seré.

Gabrielle se quedó desconcertada.

—¿Baile? Nunca hemos bailado juntas.

Xena se levantó de su silla.

—Siempre hay una primera vez para todo.

—Xena, no puedo —dijo Gabrielle con tono tajante.

La objeción de Gabrielle no la pilló por sorpresa del todo. Eso no apagó el buen humor de Xena.

—Sabes bailar, ¿no?

—Las danzas de una campesina, no la clase de baile que he visto en la corte.

—Yo te enseño.

El humor de Gabrielle empeoró.

—Por favor, no me pidas que baile en la corte.

Xena notó el ataque de inseguridad de Gabrielle. Ésta seguía evitando la corte. Consentía en aparecer únicamente cuando no hacerlo podía suponer una violación del protocolo o de la hospitalidad real.

Xena detestaba la manera en que Gabrielle se encogía, manifestando su falta de autoestima. Su postura reflejaba todo el daño que le habían hecho, todas las heridas que nunca se curarían por completo. Este momento recordaba a una conversación distinta en la que, por la gracia de las Parcas, habían conseguido alcanzar una tregua. La Conquistadora se mostró inflexible, con palabras exigentes:

—¡Tú eres mi reina!

Herida, Gabrielle se apartó de una petición que se había convertido en una demanda por parte de una amante que hablaba como soberana, sabiendo que las expectativas de Xena serían acogidas como un honor por cualquier otra persona. Salió al balcón, albergando un dolor insoportable en el corazón.

Así se quedaron, cada una sumida en su propio tormento particular. Con los ojos clavados en la figura vulnerable de Gabrielle, la rabia de Xena se fue calmando. La Gabrielle que veía era la joven que pocos conocían. El mayor deseo de Xena era aplicar un bálsamo a las heridas que imaginaba que aún existían invisibles en el cuerpo y el alma gráciles de Gabrielle.

Xena tomó la medida a su reina. Una mujer que la superaba con creces por su corazón y su integridad, que, a pesar de las realidades denigrantes de su esclavitud, perseveraba, que no odiaba, que buscaba lo bueno de la vida, que era capaz de perdonar graves ofensas, que daba más que nadie, que daba más a Xena de lo que Xena tenía derecho a pedir.

Xena se acercó a Gabrielle, deteniéndose en los escalones que llevaban al balcón. Dijo con ternura:

—Gabrielle, eres mi reina, no porque yo lo ordene, sino porque tú has dado tu consentimiento. Eres la reina de Grecia porque las Parcas sabían que éste era tu sitio. Tu destino es gobernar Grecia a mi lado. Sé que has pagado un precio muy alto en la vida. Lo último que deseo es causarte más dolor. No te amaré menos si nunca bailas conmigo. Me da igual si nunca vuelves a pisar la corte. —Xena alargó la mano y cogió la de Gabrielle—. Por favor, créeme cuando te digo que nada me produce más orgullo que mostrar a Grecia, que mostrarle al mundo, que tú me has elegido. No eres tú la que me pertenece a mí. Soy yo la que te pertenezco a ti.

Gabrielle se volvió. Con un grito sofocado, abrazó a Xena. Gabrielle se echó a llorar sin disimulos, buscando un consuelo que sólo Xena le podía dar.

Xena la estrechó con fuerza. Esperó pacientemente a que Gabrielle se serenara. Cuando la respiración de la joven se calmó, Xena le susurró al oído:

—Si no es en la corte, ¿quieres bailar conmigo aquí?

Gabrielle se echó hacia atrás. Xena le ofreció un pañuelo que se sacó del bolsillo. Gabrielle lo cogió y se secó las lágrimas de la cara. Solemne, su mirada se posó en la chimenea. Tenía frío y anhelaba su calor.

—No tenemos música.

Xena se movió para colocarse una vez más justo delante de Gabrielle, haciendo un esfuerzo por convencer amablemente a Gabrielle para que la escuchara.

—¿Confías en mí? —Era una pregunta que Xena le hizo a Gabrielle la primera vez que le salvó la vida.

Gabrielle sintió el calor que buscaba. Gracias a él, se sintió envalentonada.

—Confío.

—Ven conmigo. —Xena cogió a Gabrielle de la mano y llevó a la titubeante mujer hasta el centro de la habitación. Soltó la mano de Gabrielle—. Ponte aquí. —Xena colocó con ternura a su compañera.

Gabrielle obedeció.

—Bien. —Xena le dirigió una sonrisa tranquilizadora. Se presentó ante Gabrielle, inclinándose.

Gabrielle hizo una pequeña reverencia como había visto que hacían muchas mujeres en la corte.

—Mi dama. —Xena alargó la mano.

—Mi señora. —Gabrielle colocó su mano sobre la de Xena.

Xena se puso a tararear una melodía. Sólo después de su unión, Gabrielle averiguó que Xena poseía una voz espléndida. Un don de los dioses, que Xena compartía rara vez. Gabrielle sonrió. Asintiendo con la cabeza, Xena indicó a Gabrielle que siguiera sus pasos. Gabrielle obedeció: había empezado su primera lección de baile real.


Jared fue llamado a las puertas de palacio. Se preguntaba qué pensaría su lugarteniente de él, dada su reacción de incredulidad al recibir la noticia de que una mujer que aseguraba ser la madre de la Conquistadora estaba retenida para que él la interrogara. No era una broma ni un truco, sentada orgullosamente en un carro, con las riendas en la mano, allí estaba Cirene de Anfípolis. Al ver a la hermosa mujer, Jared no pudo evitar sonreír. Jamás habría creído que estuviera dispuesta a viajar hasta Corinto.

Jared la llamó.

Cirene se sintió aliviada al ver la cara conocida del general. También ardía en deseos de saber algo.

—Jared, ¿cómo está Gabrielle?

Jared comprendió entonces por qué había venido.

—No está bien. ¿Cómo lo has sabido?

—Gabrielle envió a buscarme. ¿No te lo habían dicho?

—No.

—¿Ha vuelto Xena?

—Sí. Estábamos viajando juntos. Llegamos ayer.

Jared le ofreció la mano a Cirene, para ayudarla a bajar del carro.

—Te llevaré a sus aposentos.

Cirene bajó del carro. Sus piernas tardaron un poco en afirmarse. Miró a su alrededor sin disimular su asombro.

—Así que éste es el palacio de mi hija.


Guiada por Jared, Cirene entró en la sala principal de los aposentos de la Conquistadora. Xena salió del dormitorio. Cirene llamó a su hija con un gesto.

Xena se quedó atónita. Abrazó a Cirene cariñosamente.

—Madre, ¿qué haces aquí?

—Recibí un mensaje de Gabrielle.

Xena miró a Jared por encima del hombro de Cirene.

—¿Tú lo sabías?

Jared confesó:

—Estoy tan sorprendido como tú.

Cirene echó un vistazo a la habitación.

—¿Puedo verla?

—Por supuesto. Por aquí. —Xena llevó a Cirene hasta Gabrielle. Se quedó con Jared a cierta distancia de la cama.

Jared le preguntó en voz baja:

—¿Cómo está?

Xena se sintió aliviada de poder ofrecer cierta esperanza:

—Mejor.

Cirene se quedó al lado de la cama de Gabrielle. Le gustaba esta joven, aunque no la conocía bien. Recordó su primer encuentro, cuando la valiente sanadora y narradora, intentando salvar la vida a Xena, buscó a Cirene en Anfípolis. Recordó cómo, al final de la tragedia, Xena despidió a Gabrielle, lo cual partió el corazón tanto a su hija como a la mujer recién liberada.

Xena y Gabrielle visitaron Anfípolis poco después de su unión, y se quedaron cinco días. La visita fue muy distinta del primer encuentro de Cirene con Gabrielle. Ésta se había convertido en la reina de Xena, e irradiaba una tranquila seguridad en sí misma que no interfería con la autoridad pública de Xena, pero que sí sugería una igualdad ejercida en privado. En el corazón de Cirene no cabía duda alguna de que Gabrielle era un ser extraordinario. Tenía que serlo, para vivir con Xena, la Conquistadora de Grecia.

Lo que ahora veía Cirene era a una mujer muy enferma. El espíritu alegre de Gabrielle y su fuerza física estaban apagados. Cirene rezó en silencio para que la muchacha preferida de Jared viviera y continuara siendo una influencia moderadora para su hija.

Cirene expresó su preocupación:

—Xena, qué pálida está.

—Se acaba de quedar dormida. Puede que tarde un poco en volver a despertarse.

Cirene se volvió hacia Xena.

—¿Cómo estás tú, hija?

—No es de mí de quien tienes que preocuparte.

—¿Por qué no sales a que te dé el aire? Yo me quedo con Gabrielle hasta que vuelvas.

Xena protestó:

—Estoy bien.

Cirene dirigió sus siguientes palabras al general:

—Haz tu trabajo, Jared.

Jared hizo un esfuerzo:

—Xena, creo que ésa es la manera sutil de Cirene de decir que tengo que convencerte para que aceptes su consejo.

—Más quisieras —rezongó Xena.

—¿No habías dicho que ibas a ver a Lacia? Seguro que se ha sentido decepcionada cuando ayer no fuiste a las cocinas.

—¿Tratas de apelar a mi compasión, Jared?

—No puedo. Todos sabemos que no tienes ninguna. Vamos. Descansa un poco. Seguro que Gabrielle querría que lo hicieras.

—Eso es un golpe bajo, viejo.

—¿Tengo razón?

Xena le dijo a su madre:

—Volveré dentro de una marca. Si necesitas algo, pídeselo al guardia de la puerta. Tendrá órdenes de seguir tus instrucciones.

—Gracias, pero no creo que sea necesario.

Xena asintió y salió con Jared.

Jared bromeó:

—De tal palo, tal astilla.

—¿Qué dices tú? —lo retó Xena.

—Las dos sois exasperantes. No he visto en mi vida a dos mujeres más independientes.

—Te equivocas, Jared. Para una de nosotras, eso ya no es cierto.


Gabrielle se despertó con el ruido del fuego. Los crujidos y el chisporroteo la relajaban. Los ruidos le recordaban las veladas compartidas con Xena cerca de la chimenea. Abrió los ojos, sorprendida al ver a quien estaba con ella. Gabrielle dijo roncamente:

—Cirene, has venido.

Cirene se apartó de la silla que había colocado cerca de la cama y se sentó en la cama misma. Cogió la mano de Gabrielle.

—Claro que he venido. ¿Cómo estás, niña?

Gabrielle miró a su alrededor.

—¿Dónde está Xena?

—La he enviado a dar una vuelta con Jared. Me pareció que le vendría bien distraerse. Y tenía la esperanza de hablar un poco en privado contigo.

—Xena está enfadada.

—¿Sí?

Gabrielle asintió.

—Necesita que te pongas bien.

El intento de Gabrielle de hablar le provocó un ataque de tos.

Cirene esperó a que Gabrielle se calmara. Comentó:

—No me esperaba pasar así el Solsticio.

—Lo siento.

—No lo sientas. Estoy en Corinto, el Corinto de mi Xena. Todavía me cuesta creer que mi hija sea la Conquistadora de Grecia. Creo que me he mantenido lejos para poder fingir que todavía era la chiquilla terca e impetuosa que sólo quería que la dejaran en paz para explorar los campos con su hermano pequeño a su lado.

Gabrielle sonrió al imaginarse a Xena de niña.

—Cuando Xena era pequeña, ¿cómo celebrabais el Solsticio?

—Los niños esperaban a que yo terminara de atender la posada. Nos sentábamos junto a la chimenea. Toris a mi lado. Liceus al lado de Xena. Ella solía estar callada, contemplando el fuego, viendo no sé qué. Liceus la distraía haciéndole cosquillas o diciéndole algo inocente, y Xena acababa sonriendo, con esa sonrisa que tiene. Ya la conoces, ésa capaz de iluminar la noche.

Gabrielle asintió.

—La conozco. Daría cualquier cosa por verla sonreír de nuevo.

Cirene estrechó la mano de Gabrielle.

—Sonreirá para ti, Gabrielle. Te lo prometo.


Xena estaba sentada junto a la chimenea del dormitorio. Cirene pasó por detrás de ella y posó la mano en el hombro de Xena, apretándoselo un poco. Luego se sentó en la butaca de Gabrielle, frente a Xena. Ésta se quedó desconcertada, al ver a una persona que no era Gabrielle sentada delante de ella. Reprimió el deseo de pedirle a Cirene que se levantara. Se quedaron un rato sentadas en silencio.

Cirene rompió el silencio.

—Gabrielle no me envió a buscar para que pudiera cuidar de ella. Está en las mejores manos posibles. Me llamó para que intentara cuidar de ti. Pero hija, me siento impotente.

Xena respondió con afecto:

—Madre, me alegro de que hayas venido. Y te equivocas. Tenerte aquí significa mucho para Gabrielle. Jared, tú, Makia y yo somos la única familia que tiene.

—Ruego a los dioses que se ponga bien.

Xena contestó con tono agrio:

—No creo que escuchen.

—Y esto lo dice la Elegida de Ares. —Cirene lamentó inmediatamente haber dicho eso.

Xena se encogió. Dolida y furiosa, cerró el puño sobre el brazo de la butaca y clavó la vista en el fuego. Se preguntó qué había hecho para mercerse semejante pulla por parte de Cirene.

Cirene se mostró contrita:

—Xena, perdona. Es que desearía que pudieras utilizar tu conocimiento sobre los dioses para ayudar a Gabrielle.

Xena evitó la mirada de Cirene.

—Hay cosas, madre, que no puedes entender.

—Tienes razón. No puedo entender por qué un alma tan bondadosa como Gabrielle está luchando por su vida. ¿Cuánto más debe sufrir?

Xena se sintió acusada, ya fuera con intención por parte de Cirene o simplemente por obra de su propia conciencia. Xena optó por no responder. Confiaría en el poder del silencio para acabar con la desagradable conversación.

Media marca después, Xena dejó a Cirene y subió a la torre en busca de intimidad. Fue una noche distinta, bajo el mismo despliegue incontable de estrellas, cuando oyó la voz preocupada de Gabrielle...

—Xena. ¿Qué te pasa?

Xena respondió sin volverse:

—A veces me pregunto si cometí un error al dejar que te acercaras tanto a mí. La Elegida de Ares no está destinada a conocer el amor.

Gabrielle se puso al lado de Xena.

—Por eso ya no eres la Elegida de Ares.

—Díselo a él.

Gabrielle se mostró decidida:

—Lo haré.

Xena se quedó maravillada.

—Serías capaz.

—¿Ha venido a ti?

—Sí.

—¿Por qué?

—Se aburre. Quiere guerra y nuestros tratados de paz son contrarios a sus planes. Nuestras alianzas están haciendo que César se esté pensando mejor la idea de invadirnos.

—¿Qué le has dicho a Ares?

—Nada.

Gabrielle no disimuló su escepticismo.

—¿No exigió una respuesta?

—Es un dios. Es inmortal. Dijo que esperaría.

—¿El qué?

—Que vuelva a él.

—Pero no lo harás, ¿verdad? —dijo Gabrielle con énfasis, afirmando una declaración que no iba a permitir que nadie contradijera.

—¿Qué importa si entro en el Tártaro hoy o dentro de un año?

El mundo se detuvo. Xena se sintió desazonada por el silencio. Se volvió hacia Gabrielle. El rostro afligido de Gabrielle mostraba a la vez pena y rabia.

Gabrielle dijo con tono tajante:

—Jamás vuelvas a hablarme así. No conocerás el Tártaro. Estarás en Elisia conmigo.

—Gabrielle, he hecho cosas que no se pueden perdonar.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Xena se volvió para contemplar la oscuridad de la noche.

Gabrielle suavizó el tono:

—Importa, Xena. A mí me importa que vivas o mueras. A mí me importa que compartamos la eternidad en el Tártaro o en Elisia.

Xena se volvió de golpe hacia Gabrielle.

—Tú no estarás conmigo en el Tártaro.

—Si la elección depende de mí, estaré contigo. Conoceremos Elisia si mantienes el rumbo. No seas la Elegida de Ares. Se la mía.

—El mundo es complicado, Gabrielle. No sabemos qué traerá el futuro. Hay sacrificios que merece la pena hacer.

—Si se hacen por motivos correctos. Si se hacen por el bien supremo.

Xena se apartó y se acercó al parapeto de la torre.

—Xena, puede que llegue el día en que tengas tentaciones de pedir ayuda a Ares. No lo hagas. Sea cual sea el precio, no merecerá la pena.

—¿Aunque eso suponga perder Grecia?

—Sí.

—¿Querrías ver la ruina de las personas a las que dices querer?

—No hay nadie a quien quiera más que a ti. —Gabrielle presentó su siguiente argumento—: ¿Tú me entregarías a Ares?

Xena se enfureció por la mera idea.

—¡Por supuesto que no!

—Pues yo me niego a entregarte a él. Preferiría la muerte antes que permitir que las Parcas vuelvan a dejarte en sus manos.

—Gabrielle.

—Soy tu reina. ¿No es eso lo que me has dicho? ¿No es eso lo que quieres de mí? Xena, no vengas a mí esta noche a menos que me jures que me perteneces a mí y no a Ares.

Gabrielle se dio la vuelta.

Atónita por la vehemencia de Gabrielle, Xena se quedó mirando en silencio mientras su amante se marchaba.

Gabrielle había establecido muy pocas condiciones para su unión. La más tajante, que Xena no podía hacerle daño, a la que se añadía una nueva exigencia, que Xena no podía hacerse daño a sí misma. Un niño podría aprender las normas del amor de Gabrielle. En realidad, a un niño inocente no le haría falta. Los niños nacen llenos de amor. La vida se lo estropea. Gabrielle estaba luchando por el alma de Xena, luchando por su regreso completo a un estado puro, limpio de la sangre que Xena había derramado en nombre de la conquista. Por muy manchada que hubiera acabado el alma de Xena, por muy manchada que pudiera volver a estar, Gabrielle se apostaba todo aquello en lo que creía por la posibilidad de que el tiempo y las buenas acciones redimieran a Xena ante los ojos de Hades. Xena sabía que Gabrielle deseaba que ella lograra superar el pasado y perdonarse a sí misma. Aunque Hades pudiera algún día consentir que entrara en Elisia, lo cual era una esperanza que Xena albergaba en privado, incapaz de negar los fervientes argumentos de Gabrielle, Xena sabía que ella jamás se perdonaría ni olvidaría sus actos más infames contra la humanidad.

Xena regresó de la torre y se encontró a Gabrielle dormida en su cama. Se quedó en silencio observando a la joven, aparentemente en paz. Xena no podía obedecer la exigencia de Gabrielle: no podía meterse en su cama haciendo la promesa tácita de no llamar nunca a Ares.

Gabrielle yacía inmóvil, escuchando, esperando a que Xena acudiera a ella. Decepcionada, oyó el ruido de las pisadas de sus botas que salían del dormitorio hacia la sala principal.

Pasó una marca. Xena estaba sentada en su butaca junto a la chimenea contemplando las llamas que lamían el éter con su danza indiscriminada. Gabrielle entró en la sala y fue hasta Xena. Sin dudar, ocupó su sitio en el regazo de Xena, buscando el consuelo del contacto físico, como hacía a menudo cuando le fallaban las palabras. El corazón de Xena sintió el bálsamo que se le ofrecía. Abrazó a Gabrielle estrechamente.

—Nunca hasta ahora habías hablado de Ares.

—Cuando pienso que en otro tiempo fui su Elegida, me dan ganas de vomitar.

—Has hecho la guerra para salvar a Grecia.

—He hecho la guerra por el puro placer de hacer la guerra.

—Lo hecho, hecho está —dijo Gabrielle, intentando conceder a Xena una gracia que no podía concederse a sí misma, la de superar su historia.

—Jamás podré arreglar el pasado.

—No, no puedes. Eso no quiere decir que no puedas hacer las cosas mejor. Tienes el presente. Tienes el futuro.

Responder afirmativamente sería el equivalente de jurar que nunca traicionaría la fe que tenía Gabrielle en ella. Xena guardó silencio.

—Ven a la cama.

—No puedo prometer...

—Confío en ti. Confío en que harás lo correcto, sin importar lo que las Parcas te pongan delante. Ven, quiero que estés conmigo.

Xena miró a Gabrielle directamente. Hizo una pregunta que nunca cesaba de atormentarla:

—¿Cómo puedes amarme?

Gabrielle declaró:

—¿Cómo puedo no hacerlo?

Xena guardaba las palabras de Gabrielle en su corazón, con lo que se había convertido en la tenue esperanza de que la declaración de amor de Gabrielle no se convirtiera en un eco perteneciente sólo al pasado.


Durante los dos días siguientes, Xena se ocupó personalmente de Gabrielle. Cuatro veces al día, al despertarse, a mediodía, por la tarde y antes de dormir, Xena cerraba la puerta del dormitorio, echando a los pocos visitantes que permitía que recibiera Gabrielle. Ésta se bebía la infusión medicinal que le ofrecía Xena. Luego hacía todo lo posible por toser para expulsar la infección de sus pulmones. Hablaban poco durante cada sesión de tratamiento.

Por mucho que Gabrielle deseara verse libre de las exigencias de Xena, sentía que tener a Xena sujetándola durante todo el doloroso proceso era una justa compensación. Los ruegos iniciales de Gabrielle para que la dejara en paz sólo consiguieron que Xena se mostrara más dura con ella. En consecuencia, Gabrielle no volvió a oponerse.

Gabrielle sucumbía a la fatiga y se quedaba dormida en brazos de Xena. La resolución de Xena se fortalecía mientras sostenía a Gabrielle entre sus brazos al saber que después de cada sesión Gabrielle respiraba un poco mejor.

Era mediodía cuando el peso de Xena al sentarse a su lado despertó a Gabrielle de un sueño inquieto. Gabrielle esperó en silencio, sin saber qué le iba a pedir Xena.

—Creo que es hora de que te des un baño en condiciones.

Aliviada, Gabrielle asintió.

—Pues muy bien. Vamos a meterte en la bañera antes de que se enfríe el agua. —Xena se levantó y apartó las sábanas. Se inclinó y levantó a Gabrielle en brazos. Xena intentó no pensar en lo poco que pesaba Gabrielle.

Xena ayudó a Gabrielle a entrar en la bañera. Bañó a Gabrielle en silencio mientras Gabrielle la miraba sin decir nada.

Xena dejó el paño a un lado.

—Ya está. Quédate un poco más en el agua. El calor y el aire húmedo te sentarán bien.

Gabrielle asintió. Como no sabía qué decir, rozó el brazo de Xena con la mano.

Xena se quedó impasible por fuera, aunque por dentro se le partió el corazón. Ardía en deseos de mostrarse tierna, pero estaba empeñada en mantener a la Conquistadora al mando hasta que Gabrielle estuviera bien. Se levantó y se acercó a un nicho. La ventana tenía los postigos echados, aislando la habitación de los fríos elementos. Como no tenía dónde mirar, se contempló las botas pensativa.

Gabrielle solicitó una respuesta a la pregunta que la atormentaba desde el regreso de Xena.

—Xena. Lo que dijiste, no lo decías en serio, ¿verdad?

Xena se quedó mirando a Gabrielle. Tardó un momento en descifrar la pregunta. Al comprender lo que se le preguntaba, sintió que despertaba de una pesadilla. El hecho de que Gabrielle tuviera sus dudas y que adivinara los motivos honorables de Xena a pesar de sus cuestionables métodos quería decir que Xena no se había convertido en un monstruo para su amada.

Xena se acercó a la bañera y metió la mano en el agua tibia. Ofreció la mano a Gabrielle.

—Vamos a volver a meterte en la cama.

Decepcionada, Gabrielle salió pasivamente de la bañera. Xena la secó con una gran toalla y la ayudó a ponerse la bata. Gabrielle seguía observando el rostro de Xena, tratando de vislumbrar un asomo de la preocupación más tierna de la guerrera.

Xena cogió a Gabrielle en brazos. Gabrielle pensó en protestar, pero se mordió la lengua. Xena miró a Gabrielle, reprimiendo todos sus deseos de besarla. En cambio, estrechó a Gabrielle con fuerza contra su cuerpo mientras llevaba a la joven a la cama.

Cuando tuvo a Gabrielle bien tapada, Xena se volvió hacia el fuego.

Gabrielle trató de romper el silencio. Llamó a Xena con timidez.

La Conquistadora miró a Gabrielle con severidad. A Gabrielle le falló el valor. La Conquistadora esperó unos instantes. Impaciente, exigió:

—¿Qué quieres de mí?

Gabrielle volvió la cabeza. No pediría nada.

Xena dio unos pasos, ansiosa por aumentar la distancia que había entre ellas.

—Mi señora. —Las palabras se escaparon de los labios de Gabrielle por pura desesperación.

El título comunicaba mucho más que amor. El título vivía en lo más hondo del corazón de Gabrielle, reflejando la confianza y la necesidad de la joven. Xena había hecho todo lo que estaba en su poder para curar a Gabrielle. Lo que Xena le había dado no era suficiente. Lo que Gabrielle necesitaba era ver afirmado el amor de Xena, no disimulado o dado de lado, sino entregado con sencillez, libremente, con sinceridad y honestidad. Gabrielle quería a su señora y todo lo que ese personaje prometía.

Xena se agachó y se quitó las botas, tirándolas a un lado una después de la otra, con un movimiento rápido de la mano. Se tumbó en su cama y cogió a Gabrielle entre sus brazos. Gabrielle se aferró a ella. Xena habló como si le confiara un secreto que sólo ellas compartían:

—Te amo.


Xena estaba cerca de la chimenea vestida con pantalones negros metidos por dentro de unas botas negras de cuero que le llegaban hasta justo por debajo de las rodillas. Su blusa de cuello alto era del color de la nata. La blusa tenía amplias mangas con lazos en las muñecas y el cuello. Emprendió la desquiciante tarea de atarse los lazos de una muñeca.

—Déjame a mí —le dijo Gabrielle.

Xena se volvió hacia su compañera, que estaba sentada cerca, tapada con una colcha para protegerse del frío. Gabrielle alargó la mano para convencer a Xena de que aceptara su ayuda. Aunque era perfectamente capaz de vestirse sola, Xena no pudo negarle a Gabrielle la oportunidad de sentir que le era útil. La Conquistadora se arrodilló delante de su reina y observó en silencio mientras Gabrielle apretaba los lazos y luego los ataba.

—Hala. —Satisfecha con el resultado, Gabrielle hizo una petición—: Ahora el otro.

Xena le ofreció el otro brazo. Gabrielle terminó con cuidado la tarea que se había asignado a sí misma. Decidió hablar, manteniendo la mirada gacha.

—Cuando me ponga bien... —Se le apagó la voz al fallarle la convicción.

—¿Sí? —la animó Xena, buscando pruebas de la recuperación física y espiritual de Gabrielle.

—Nada.

—Dime.

Gabrielle siguió evitando la mirada atenta de Xena.

—Me gustaría hacer una excursión fuera de palacio, las dos solas.

—Yo habría pensado que a estas alturas ya estarías harta de mí.

Gabrielle se quedó sorprendida ante la ausencia de un rechazo inmediato. Cogió la mano de Xena.

—Te he echado de menos.

Xena usó la mano libre para levantarle la barbilla con delicadeza a Gabrielle.

—Me tendrás. —Se echó hacia delante y besó a Gabrielle con ternura en los labios.

Su beso terminó sin prisas. Gabrielle posó la mano en el hombro de Xena, palpando la tela suave y lisa que tenía bajo los dedos. Se encontró tímidamente con la mirada de Xena.

—Estás guapísima.

Xena sonrió.

—Tú que me ves con buenos ojos.

Gabrielle se echó hacia atrás haciendo un ligero gesto negativo con la cabeza.

—Las dos sabemos que no es así. Tendrás la admiración de todas las mujeres y todos los hombres del banquete.

—No te preocupes, sin tu presencia, Jared ocupará su puesto y me protegerá de las atenciones indeseadas.

Gabrielle, enfrentada a la realidad de su vida, se sintió perdida por un instante. Estaba convencida de que la persona que veía ante ella no era más que una ilusión. La Conquistadora, la soberana de Grecia, no podía estar de rodillas ante ella, no podía amarla. Una acometida de pena y terror hizo que soltara un grito de lamento al tiempo que se abrazaba al espectro que había habitado sus fantasías.

—Oye. —Xena, preocupada por la repentina pasión de Gabrielle, estrechó a la joven entre sus brazos. Notaba que Gabrielle se aferraba a ella desesperada—. Te amo —susurró Xena. Acarició la espalda de Gabrielle, intentando calmarla mientras esperaba una respuesta. No la hubo. Xena probó de nuevo—: No tengo por qué ir. Nuestros invitados lo comprenderán.

La sensación táctil del cuerpo de Xena reconfortó a Gabrielle. El efecto aumentó gracias a las sencillas palabras de Xena. Gabrielle soltó un largo suspiro, expulsando el miedo de los rincones más profundos de su ser. Se acomodó en la butaca, para ver mejor a Xena.

—No, estaré bien.

Xena no estaba convencida. Posó la mano en la mejilla de Gabrielle. El calor que notó se debía a la acometida momentánea de emoción y no a la fiebre que había perseguido a Gabrielle a lo largo de los días y noches pasados.

Intentando hacer una gracia, Gabrielle recurrió a una táctica más común:

—Podría ir contigo.

Sin captar el humor de la propuesta, Xena luchó por responder. Habló con tono mesurado:

—¿Tú sabes lo preciosa que eres para mí? No voy a consentir que hagas nada que pueda hacerte daño. Dentro de unos días podrás moverte por el palacio y poco después te llevaré a pasear fuera de los muros de la ciudad. Hasta entonces, debes abrigarte y descansar.

Gabrielle se dio cuenta de lo duros que habían sido para Xena los días de su enfermedad. Había llegado el momento de seguir adelante.

—Deja que te vea con tu chaqueta.

—¿Quieres un pase de modelos?

—Sí, por favor —dijo Gabrielle alegremente.

—¡Pues muy bien! —exclamó Xena muy contenta, tras lo cual se levantó y se puso, con gesto historiado, la chaqueta corta de lana negra.

La chaqueta le quedaba perfecta a Xena. El tinte era negro como la pez, interrumpido tan sólo por dos esferas blancas bordadas en cada hombro, que recordaban al chakram de la Conquistadora.

Gabrielle manifestó su aprobación:

—Me gusta.

—Bien. Porque soy tuya y sólo tuya, y no me gustaría nada decepcionarte.

—¿Ya es la hora?

—Sí.

—¿Un beso?

Xena se agachó y dio un ligero beso a Gabrielle.

—No me esperes levantada.

—Buenas noches, pues.

Xena fue a la puerta. Miró hacia atrás, sintiendo una alegría que la había abandonado desde el momento en que recibió el mensaje de Dalius comunicándole la enfermedad de Gabrielle. No podía irse. Aún no. Volvió con Gabrielle y se arrodilló de nuevo ante ella.

—Escúchame. Nunca en mi vida he sentido tanto miedo como cuando volví a palacio y te vi en la cama, luchando por respirar.

Gabrielle tocó la mejilla de Xena. Intentó consolarla, susurrando el nombre de Xena.

—Te ordené que te quedaras conmigo aunque sabía que no tenía ningún poder sobre ti. Te agradezco que decidieras honrarme. Ahora que te tengo de vuelta por completo, te lo ruego, Gabrielle, jamás pongas en duda el lugar que ocupas en mi vida. Jamás pongas en duda que eres mi reina.


Gabrielle, vestida con una abrigosa túnica dorada, y Samuel, el guardia asignado a ella, caminaban juntos por el pasillo de palacio.

Al verlos, Trevor se acercó.

—Majestad. No esperaba verte levantada.

—Trevor. Creía que el banquete ya habría terminado.

—Sólo quedan unos pocos invitados.

—¿Me acompañas?

Trevor dio una orden al guardia:

—Puedes retirarte.

—Sí, señor. —Samuel le dijo a Gabrielle—: Buenas noches, Majestad.

—Buenas noches, Sam.

Gabrielle y Trevor se encaminaron hacia la entrada de la sala del banquete.

—¿Cómo te encuentras, Majestad?

Gabrielle lo regañó amablemente:

—¿No teníamos un acuerdo?

Trevor sonrió.

—¿Cómo estás, Gabrielle?

—Eso está mejor. Esta vez ha sido más grave que mi último encuentro con esta enfermedad. Me alegro de que lo peor parezca haber pasado.

—Entonces la Conquistadora tenía motivos para estar preocupada.

—Sí, los tenía. No puedo quejarme de su excesivo afán de protección.

—No le agradará verte pasear por los pasillos.

—Oh, no estés tan seguro. A fin de cuentas, es el Solsticio.

—¿Os vais a dar regalos?

—Por culpa de mi enfermedad, no he tenido oportunidad de conseguir un regalo para ella. Creo que eso es lo último en lo que está pensando Xena en estos momentos.

Entraron en la sala del banquete.

—Trevor, tengo que pedirte un favor.

Trevor se manifestó dispuesto:

—Lo que quieras.


Xena estaba apoyada en la mesa de la Conquistadora. Jared, Stephen y otros dos guardias estaban de pie con ella. El ambiente festivo aún se dejaba notar mientras disfrutaban de su mutua compañía.

Jared le puso una mano en el hombro a Xena, para llamarle la atención. Jared indicó la entrada.

—Tienes una invitada inesperada.

Xena miró hacia allá. Vio a Gabrielle hablando con Trevor. Éste se alejó y dejó a la reina sola. Gabrielle levantó la mirada y se encontró con los ojos de Xena.

Xena soltó una maldición.

—¿Es que tengo que atarla al poste de la cama?

Jared bromeó:

—La muchacha se las apañaría para soltarse.

—No me cabe la menor duda.

Gabrielle se acercó y se detuvo en el centro de la sala, optando por esperar a Xena.

Stephen comentó:

—Señora, creo que la reina te está esperando.

—¿Eso crees, capitán? Yo creo que tus hombres están disfrutando un poco demasiado de la presencia de la reina.

Stephen ni se inmutó por el reproche de la Conquistadora.

—Nos alegramos de verla bien, señora.

—Pasearse por el palacio no hará en absoluto que recupere la salud.

Jared le sugirió, sin disimular su sonrisa:

—Pues te recomiendo que no la hagas esperar más.

Xena le dio un bofetón al general en la tripa, pero Jared se rió por las pocas ganas con que lo había hecho. Cuando la Conquistadora se dirigió hacia la reina, los músicos se pusieron a tocar.

Xena se detuvo al oír la música.

—¿Pero qué...? —Los fulminó con la mirada. Trevor se interpuso.

Gabrielle sonrió cuando Xena siguió avanzando. Antes de que Xena pudiera decir nada, Gabrielle hizo una reverencia.

—Mi señora. Te prometí un baile de Solsticio.

Xena se detuvo, agradablemente sorprendida.

—Sí, efectivamente. —Sonrió y le ofreció la mano a Gabrielle.

Jared le dio una palmada a Stephen en el brazo.

—Ve a ver si Cirene y Makia siguen cotilleando en la cocina. Querrán ver esto.


Makia y Cirene entraron en la sala del banquete seguidas de Stephen. Los tres se acercaron a los guardias. Todos admiraban a las bailarinas.

Makia suspiró.

—Qué encanto.

Cirene se volvió hacia el general.

—Jared, ¿son siempre así de felices?

—Cuando las Parcas se muestran amables, sí, lo son.

Cirene se quedó pensativa.

—Xena no es la Conquistadora que yo creía.

Makia le comunicó lo que era evidente para todos los que vivían en palacio:

—Gabrielle ha ayudado a apaciguar los humores más negros de la Conquistadora.

Jared añadió:

—Dicho por ella misma, ése es el regalo que la muchacha supone para Xena.

—¿Xena ha dicho eso?

—Cirene, Xena ama a Gabrielle.

—Eso no lo dudo. Me asusta lo que le ocurrirá si alguna vez pierde a Gabrielle.

Makia se mostró optimista:

—Yo no creo que volviera a sus antiguas costumbres.

Cirene buscó confirmación.

—Jared, ¿tú qué crees?

Jared se dio cuenta de que Cirene necesitaba que la tranquilizaran. El general habló con sinceridad:

—Xena no ha cambiado tanto como algunas personas puedan creer. Lo que ha cambiado es que ahora todos la vemos a través de los ojos de Gabrielle. La muchacha ha ayudado a Grecia a ver a Xena como la gobernante buena y virtuosa que es. Xena ha hecho lo que ha tenido que hacer para proteger a Grecia. Continuará gobernando Grecia, pagando el alto precio que eso le exige. Si perdiera a Gabrielle, estoy convencido de que Xena seguiría gobernando Grecia, porque tanto ella como Gabrielle comprenden que ése es el destino de Xena.

Stephen se preguntó en voz alta:

—¿Y si Gabrielle perdiera a la Conquistadora?

—Es nuestra reina —afirmó Jared—. Grecia quedará en buenas manos.

—¿Pero querrá gobernar? —preguntó Stephen con apagada sinceridad.

Jared contestó:

—Ese día, si no antes, nuestra reina comprenderá y aceptará lo que las Parcas le han dado.


La canción terminó. Los músicos aguardaron una señal para ver si debían continuar tocando. Gabrielle se detuvo un poco falta de aliento. Xena estaba feliz. Se adelantó y levantó a Gabrielle por el aire, acunando a la mujer más menuda entre sus brazos.

Gabrielle protestó:

—¡Xena!

—Dame un gusto.

Gabrielle se echó a reír.

—Está bien. Si insistes.

—Insisto. ¿A la cama?

—Sí.

Mientras se llevaba a Gabrielle, Xena sólo tenía ojos para ella. Sin volverse a mirar a los hombres, dijo:

—Jared, dile a Targon que nadie me moleste por la mañana.

—Sí, señora —contestó Jared sonoramente.

Como no había visto a Cirene ni a Makia, Xena gritó:

—Feliz Solsticio, señores.

Stephen respondió encantado:

—Lo mismo para ti y nuestra reina, señora.


Xena depositó a Gabrielle sentada en la cama.

Gabrielle le pidió:

—Quédate.

Xena se sentó a su lado.

Gabrielle cogió el brazo de Xena y desató los lazos de la muñeca.

—Me vistes. Me desvistes.

—Me parece lo adecuado.

—Feliz Solsticio, Gabrielle.

Gabrielle levantó los ojos de su tarea.

—Feliz Solsticio, Xena. —Añadió pesarosa—: No tengo un regalo para ti.

—Ni yo para ti. Eso sólo nos deja a la una con la otra. Es más de lo que podría haber deseado.

—Eres una romántica, mi señora.

—Porque tú me inspiras.

Gabrielle se ruborizó.

—Aunque no es de mi parte, sí que tienes un regalo. Espera aquí. —Xena salió del dormitorio y recogió un pequeño paquete envuelto en pergamino de su escritorio. Regresó a su puesto al lado de Gabrielle en la cama—. Para ti.

Gabrielle cogió el sencillo paquete.

—¿De quién?

—Un ajado anciano llamado Sastro vino a verme ayer.

—Lo conozco. Vive en una de las aldeas que visitamos Dalius y yo.

—Efectivamente. Los aldeanos le encargaron que hiciera un regalo digno de la reina de Grecia para expresar su gratitud por los cuidados que les dispensaste. Creo que te gustará.

Gabrielle desenvolvió el pergamino y descubrió un peine tallado a mano. Tenía intrincados diseños de flores y pájaros que bajaban por una vid.

—Es precioso.

—Aunque el tallador era un hombre modesto de pocas palabras, no me costó mucho conseguir que me hablara de tu visita. Estoy muy orgullosa de ti.

—No creo que te contara todo.

Xena ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

—No fue sólo en la aldea de Sastro. Fue en todas. La gente acudía a mí y me decía lo agradecida que estaba de tenerte como soberana. En los años que llevas gobernando, su vida ha mejorado infinitamente. Yo lo sabía por la época que pasé en la guarnición oriental. Lamento haber relegado esa verdad al fondo de mi mente. Lamento haberte hablado sólo de lo que aún queda por hacer.

—Tienes todo el derecho a pedir las cosas que pides.

Gabrielle habló con emoción:

—Tú sabes que te amo, ¿verdad?

Xena sintió, sin reservas, que el amor de Gabrielle era auténtico.

—Sí.

—Quiero que sepas también que estoy orgullosa de ti, y que estoy orgullosa de ser tu reina. —Gabrielle puso el peine en las manos de Xena—. Tú te mereces este peine más que yo.

Xena acarició el peine con la yema de los dedos.

—Menudo Solsticio hemos tenido, y ni siquiera es por la mañana. ¿Qué te parece si nos dormimos y nos despertamos apaciblemente?

Gabrielle bromeó:

—Digo que preferiría no despertarme tan apaciblemente.

Xena se echó a reír.

—Sí que estás mejor.

Se levantó y se puso rápidamente la camisa de dormir. Se tumbó al lado de Gabrielle, envolviendo a la mujer más menuda con su cuerpo. No tardaron en quedarse dormidas, con la esperanza de que la mañana les trajera, cada una siempre en presencia de la otra, amor, paz y salud.


FIN


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