3


Cabalgando velozmente, la Conquistadora entró a la cabeza de un contingente en la guarnición del Tercer Ejército. Desmontó con agilidad.

—Menuda idiotez... —dijo Xena, recreándose en una burla ligera.

—Señora. —Jared desmontó, intentando mantenerse a la altura de la Conquistadora.

—No digas ni una palabra, Jared. Ni una palabra.

—Por favor, señora.

—Mira que cobras, ¿eh?

El general Kasen se acercó. Saludó a la Conquistadora:

—Majestad.

Xena no disimuló su sonrisa.

—General, ¿cómo van las cosas?

—Bien, Majestad. —El general se fijó en el corte que tenía la Conquistadora en la parte superior del brazo. Su incomodidad se hizo palpable—. Estás sangrando.

—Qué observador eres. ¿Dónde está vuestro sanador?

Kasen miró a Jared, suplicando su ayuda sin palabras. Como todavía se estaba regodeando en tomar el pelo a Jared, Xena no se dio cuenta.

Jared intentó interceder:

—Señora.

Xena se volvió hacia él.

—Te voy a matar, Jared. Te juro por Ares que lo hago.

Jared dijo muy serio:

—La sanadora, señora.

El buen humor de Xena desapareció. Se quedó mirando al hombre que tenía delante de hito en hito.

—No es posible.

—Lo pidió ella.

—¿Una guarnición en la frontera oriental? ¿En eso consiste para ti mantenerla a salvo?

Kasen intentó apaciguar las críticas de la Conquistadora:

—Majestad, la seguridad de Gabrielle es una prioridad para todos los hombres, tanto de la Guardia Real como del Tercer Ejército.

—Cállate, Kasen, a menos que quieras seguir a Jared a la tumba.

—Mi señora. —La dulce voz de Gabrielle interrumpió la conversación—. Permíteme curarte la herida.

La mirada de la Conquistadora se posó en la joven. Se quedó callada por la petición. Gabrielle cobró conciencia de que ahora era la Conquistadora quien se sentía incómoda. Decidió redirigir la atención a los presentes. Se inclinó ligeramente.

—General Jared, me alegro de verte, señor.

Jared agradeció la facilidad de Gabrielle para superar el momento.

—Pareces estar bien, muchacha.

—Lo estoy. Éste ha sido un buen puesto para mí. El general Kasen se ha asegurado de que todas mis necesidades hayan quedado cubiertas.

Kasen no dijo nada, aunque su gratitud a Gabrielle por sus elogios fue inmensa. Sabía que la joven sanadora era la única capaz de apaciguar la ira de la Conquistadora.

Jared continuó con la charla, para ganar tiempo.

—Casi no te reconozco. Te has cortado el pelo.

Gabrielle se pasó una mano tímida por el pelo, ahora cortado hacia atrás en capas que le llegaban hasta el cuello.

—Así es más fácil de cuidar.

—Te sienta bien.

—Gracias, señor. —Gabrielle volvió a mirar a Xena—. Perdona, mi señora. ¿Puedo acompañarte a la enfermería?

Xena recuperó la voz.

—Adelante, muchacha.

—Sí, mi señora.

Gabrielle echó a andar por delante de Xena y la llevó hasta un pequeño edificio cerca del alojamiento de los soldados.

Jared se quedó mirándolas.

—Kasen, somos dos hombres con suerte.

Al entrar en la enfermería, Gabrielle le indicó una silla a Xena.

—Por favor, siéntate aquí.

Xena obedeció sin decir palabra, con la mirada al frente. Gabrielle echó agua en una jofaina y se acercó. Se sentó al lado de Xena y le lavó el corte.

—La herida es profunda. Habrá que dar unos puntos.

Xena asintió.

—No me dijeron que ibas a venir.

—Querrás decir que no te advirtieron. —Xena levantó la mirada un instante y luego volvió a posarla en sus manos, apoyadas en su regazo—. Estoy visitando las provincias. Este rodeo ha sido algo inesperado. Cuanto más nos acercábamos, más distraído se mostraba Jared. Pensé que se había tragado la lengua. Ahora sé por qué.

—¿Cómo te has hecho esto?

—Estábamos cazando y un ciervo no estaba tan muerto como creía Jared. Se levantó de repente para escapar. Jared estaba en medio. Yo le corté el cuello. Jared me cortó a mí sin querer. Ha sido una tontería.

—Lo inesperado puede resultar doloroso.

—Sí, lamento decir que sí.

Gabrielle dejó la jofaina a un lado y se levantó para coger una aguja e hilo. Regresó y volvió a sentarse al lado de Xena.

—Venciste a Vacaou.

—Grecia ha tenido siete lunas de paz. —Xena meneó la cabeza—. Grecia vence una amenaza y se tiene que preparar para la siguiente. No acaba nunca.

—Ha habido problemas cerca de la frontera.

—Ya me he enterado. Puede que tenga motivos para volver aquí de visita.

—Si mi presencia no es deseada, me marcharé.

—Gabrielle, yo no te voy a echar de tu hogar. Estaremos aquí sólo esta noche. Haré todo lo posible por no causarte ninguna molestia.

—Gracias, mi señora.

Gabrielle se puso a coser la herida de Xena. Ésta aguantó las punzadas de dolor sin dificultad. Albergaba un dolor distinto que clamaba por hacerse oír.

—¿Dices que eres feliz?

—Tengo motivos para sentirme agradecida. Tengo muchos hermanos.

—¿Alguno a quien ames?

—Hay uno con quien he entablado una relación. Me ha dicho que me ama.

—Bien. Deberías tener amor.

—Sí, mi señora.

—Estamos solas, Gabrielle. No tienes por qué ponerte formal conmigo.

—Mi señora, creo que lo mejor es que siempre sea formal contigo.

—Como desees.

Xena se calló. Gabrielle terminó los puntos. Cubrió la herida, aplicando un vendaje al brazo de Xena.

Xena movió el brazo para probar.

—Sí. Así está bien. Gracias.

Xena se levantó y se dirigió al umbral de la enfermería. Se detuvo y miró atrás.

—Gabrielle, te deseo toda la felicidad.

Gabrielle se quedó mirando en silencio mientras Xena se alejaba.


Xena fue hasta el centro del patio, donde esperaba Jared.

—Jared, nos vamos por la mañana.

—¿Tan pronto, señora?

—Un soldado se ha ganado el favor de Gabrielle. Averigua quién es. Asegúrate de que es un hombre de honor.

—¿Deseas un informe?

—No, ni siquiera deseo conocer su nombre. Si no, podría matarlo sin querer.

—Eso no me impedirá a mí hacerte el favor.

Xena apartó su renovada sensación de soledad y sonrió a Jared con aprecio.

—Está guapa, ¿verdad?

—Estupenda.

—El entrenamiento con armas ha dejado su huella. Está fuerte y ágil.

—Kasen me asegura que la muchacha sabe cuidar de sí misma. Los hombres le tienen cariño. Tiene muchos maestros.

—No me sorprende. Ahora dime, ¿qué informes tenemos de las fronteras?

—Los ataques no parecen seguir ningún patrón. Saquean y huyen.

—El rey Okal jura que él no tiene nada que ver con esto. ¿Alguna indicación de que mienta?

—No, tal vez alguien tiene la esperanza de provocar una guerra entre Grecia y Persia.

—Cuando se trata de poder, los triángulos son peligrosos. Siempre existe el miedo de que dos se unan contra el tercero y, si no es eso, existe la posibilidad de concentrarse por completo en uno y perder de vista al otro. Así se alimenta la paranoia. Creo que ha llegado el momento de abrir el triángulo y hacer las cosas más interesantes. Me pondré en contacto con Lao Ma y le pediré que haga notar su presencia en su frontera del sur. Eso garantizará la honradez de Okal. Puede que también lo anime a hacer caso de mi petición para que refuerce sus patrullas fronterizas. Duplica nuestros espías en Roma. Quiero conocer todos los movimientos de tropas de César, así como lo que ocurre en el Senado. Kasen tendrá que incrementar sus patrullas. Ofreceremos escolta a los comerciantes de la zona cuando viajen de pueblo en pueblo. Los aldeanos son libres de aprovechar la escolta para viajar seguros. Envía mensajes a los generales Paulos, Regan y Dimas. Quiero que se presenten en Corinto dentro de quince días. Haremos alarde de fuerza sin mostrar nuestras cartas. Grecia hará lo que tenga que hacer para evitar una nueva guerra.


Aunque había pasado toda la noche en brazos de un hombre que declaraba libremente su amor por ella, Gabrielle pasó las marcas pensando únicamente en una mujer que se negaba a reconocer su amor por nadie. Incapaz de controlar su necesidad de averiguar más de lo que había podido sacar de su encuentro con la Conquistadora, Gabrielle fue en busca del general.

El contingente de la Conquistadora estaba reunido en el patio central, preparándose para marchar.

—Jared.

—Buenos días, muchacha.

Gabrielle no titubeó.

—Necesito saberlo. ¿Estaba muy enfadada?

—No, estaba simplemente sorprendida de verte.

—¿Cómo ha estado?

—Acompáñame. —Jared alejó a Gabrielle de los hombres congregados—. El combate con Vacaou la desgastó mucho. Pero, como puedes ver con tus propios ojos, se ha recuperado bien.

—¿Cómo está con otras personas?

—Pasa más tiempo a solas. Es un poco más paciente. No ruedan cabezas tan rápido como antes.

—¿Está en paz?

—Ojalá llegue ese día, pero no creo que Xena llegue nunca a conocer la paz. Han ocurrido demasiadas cosas.

—Había momentos, cuando estábamos juntas, en que me parecía que era feliz.

—Lo era. Yo notaba los cambios. Puede que algún día vuelva a sentirse así.

Gabrielle se calló y miró a su acompañante directamente a los ojos.

—Jared, ¿hay alguien en su vida?

Jared sostuvo la mirada de Gabrielle. No podía hacer menos que decirle la verdad.

—¿En su cama? Algunos ha habido. ¿En su vida? No.

Gabrielle no dijo nada.

Jared susurró:

—Me han dicho que tienes un pretendiente.

—Sí, es cierto. —Gabrielle echó a andar de nuevo.

Jared se mantuvo a su altura.

—Inis parece un buen hombre. ¿Se porta bien contigo?

—Me ama. —Gabrielle se quedó mirando el despuntar del día—. Pensé que podría llegar a amarlo. —Se volvió hacia Jared—. ¿Por qué amamos a quienes amamos?

—No lo sé. Ésa es una pregunta que sólo Afrodita puede contestar.

—Yo tenía la esperanza de que Xena llegara a amarme. Ahora sé que uno no se puede obligar a sí mismo a amar. Por mucho que uno lo desee. —Gabrielle no expresó en voz alta la idea paralela de que tampoco podía obligarse a sí misma a no amar.

Jared no iba a traicionar la confianza de la Conquistadora. Guardó silencio mientras regresaban al campamento. El general posó la mano en el hombro de Gabrielle.

—Nos marchamos dentro de una marca. Espero que la próxima vez tú y yo podamos charlar más tiempo.

Gabrielle posó su mano sobre la de él.

—Por favor, cuídate, y también a Xena.

—Lo haré, muchacha.


La Conquistadora y la Guardia Real se dirigían desde Corinto hacia el este. En el curso de las dos últimas lunas los asaltantes habían seguido cruzando la frontera de Persia. Las relaciones con el rey Okal eran tensas en el mejor de los casos. Kasen había hecho un trabajo encomiable, pero el Tercer Ejército solo no podía cubrir todo el territorio. Los daños colaterales habían sido mínimos, pero la falta de seguridad era intolerable para Grecia.

Xena intentaba no pensar en que iba a volver a ver a Gabrielle. Concentraba su propósito en neutralizar a los asaltantes, acabar con la creciente tensión política y regresar a Corinto lo más deprisa posible. Dado que dormía mal, cuando dormía, había decidido avanzar de noche con sus hombres para llegar a la guarnición a mediodía. Cuanto antes viera a Gabrielle, antes podría eliminar su creciente desazón y seguir adelante con su tarea.

Cuando pasaba una marca del amanecer, la Conquistadora y la Guardia Real se cruzaron con una compañía de soldados que estaban desmantelando su campamento. Los soldados eran nuevos en el ejército de la Conquistadora, reclutados por el lugarteniente Osric para reforzar el este. Osric, antes capitán del Cuarto Ejército, había recibido su ascenso en Corinto hacía poco. Era uno de los favoritos del general Paulos. La Conquistadora jamás juzgaba la calidad de un oficial por la recomendación de otro. Se preciaba de obligarlos a ganarse la reputación al mando de todos sus generales. Le disgustó ver que aún no habían llegado a su destino.

Osric, a caballo, salió a recibir a la Conquistadora.

—Buenos días, señora.

—Lugarteniente, ¿por qué no estáis en la guarnición del general Kasen?

—Nos hemos retrasado a causa de unos asaltantes, señora.

—¿Alguna baja?

—Dos. Hemos perdido a un tercer hombre por un incidente.

—¿Qué clase de incidente?

—Lo mató una mujer que decía que había intentado violarla.

—¿De dónde habéis sacado tiempo tus hombres y tú para entreteneros?

—No lo hemos hecho, señora. Ella viajaba a la guarnición desde una aldea cercana. Les dijimos a ella y a su escolta que se unieran a nosotros.

—¿Escolta?

—Dos hombres de la Guardia Real.

Jared se agitó en la silla. A la Conquistadora no le pasó desapercibido.

—Continúa.

—Tus guardias respondieron por ella y dijeron que trabajaba como sanadora al mando del general Kasen.

—¿No los creíste?

—Creo que la protegían para ganarse ellos mismos sus favores.

—¿Dónde está?

—La tenemos bajo arresto. Me habría encargado yo mismo de aplicar la adecuada justicia de campo, pero los guardias aseguraron que estaba bajo tu protección e insistieron en que sólo tú podías dictar sentencia. Pensé que si los guardias y ella eran tan estúpidos de mencionarte falsamente, debía someterse a tu justicia única.

Xena desmontó y entró en el campamento. Se detuvo, observando a sus habitantes. Osric y Jared desmontaron y la siguieron.

—Dime.

—Esa tienda, señora.

Xena miró hacia donde había señalado. De pie fuera de la tienda estaba uno de los hombres de Osric. Sentados junto a un árbol cercano, con la mirada clavada en la tienda, estaban los dos guardias reales.

—Es una mujer seductora. Tus guardias no son capaces de quitarle los ojos de encima.

Xena pegó un bofetón a Osric en la cara. Sin pararse a ver el efecto que había tenido su golpe, se dirigió a la tienda. Aceleró el paso y entró a la carrera.

Jared miró furioso al lugarteniente.

—Reza a los dioses para que la chica no haya sufrido daño alguno, porque de lo contrario, te mato yo mismo.

Al ver que llegaba la Conquistadora, los dos guardias, Brogan y Hamish, se levantaron de inmediato y se pusieron firmes. La Conquistadora apartó al guardia de Osric de un empujón y entró en la tienda. Brogan y Hamish ocuparon el puesto que les correspondía en la entrada, desplazando a su rival.

Gabrielle oyó que el faldón de la tienda se hacía a un lado. Vio que se acercaba una figura alta y oscura. A sus ojos les costaba acostumbrarse a la luz. Oyó su nombre pronunciado por la única voz que anhelaba oír. Notó que unos brazos la estrechaban. Aspiró el familiar aroma de la Conquistadora, fuerte, dulce y almizclado.

—¿Estás herida?

Gabrielle dijo que no con la cabeza. No pudo seguir conteniendo las lágrimas.

—Ya estás a salvo. Te voy a sacar de aquí. Si tienes fuerzas para montar, llegaremos a la guarnición de Kasen dentro de cuatro marcas.

—Quiero irme.

—¿Puedes ponerte en pie?

—Sí.

—Pues salgamos de aquí. —La Conquistadora ayudó a Gabrielle a levantarse. Sostuvo a la joven rodeando la cintura de Gabrielle con el brazo.

Fuera de la tienda, la Conquistadora se puso a dar órdenes.

—A los caballos. Nos marchamos, ¡ya!

Los guardias obedecieron la orden sin dilación. Jared se acercó.

—Se encuentra bien. Quiero llegar a la guarnición a mediodía.

—¿Y Osric?

—Seguirá vivo por ahora. Brogan y Hamish se vienen con nosotros. Deja una escolta para Osric. No me gustaría que se perdiera. Envía un mensajero a Kasen. Quiero mi alojamiento preparado para cuando lleguemos.

—Sí, señora.

Al llegar a Argo, Xena susurró al oído de Gabrielle:

—Monta conmigo. Aunque sólo sea la primera marca.

Gabrielle asintió.

Xena se montó en Argo y luego ayudó a Gabrielle a subirse a la silla delante de ella.

Cabalgaron media marca en silencio. Xena sujetaba a Gabrielle con firmeza. Las emociones de Gabrielle se fueron apaciguando poco a poco.

—Por favor, no hagas daño a Osric. No pertenece a la Guardia Real. No sabía quién era yo.

—Gabrielle, la falta de disciplina de Osric hizo que uno de sus hombres te atacara. Luego Osric no tuvo en cuenta la palabra de honor de dos de mis guardias reales y, en mi presencia, de viva voz, mostró una falta de respeto hacia una mujer de Grecia. Aprenderá que su escaso juicio y su arrogancia tienen consecuencias.

—No quiero que nadie más muera por mi culpa.

—Mataste en defensa propia. Ese cerdo de soldado renunció a su vida en el momento en que te puso las manos encima.

—¿Tendré que ir a juicio?

—No, se ha hecho justicia.

Gabrielle se apoyó de nuevo en Xena, relajándose por primera vez desde hacía días.

—¿Brogan y Hamish te atendieron bien?

—Sí. Hicieron todo lo posible por pararle los pies a Osric.

—¿Por qué no estaban contigo cuando te atacó?

—Curan. El hombre se llamaba Curan. Fuimos los dos a recoger leña. No había motivo para pensar que iba a intentar hacerme daño.

—¿Cómo lo mataste?

Gabrielle agachó la cabeza.

Xena repasó lo que sabía sobre el entrenamiento de Gabrielle y las armas que ésta poseía. La joven sanadora no solía llevar encima ni su espada corta ni su vara.

—¿Un cuchillo?

Gabrielle asintió.

—Lo siento.

Gabrielle suspiró profundamente. Dijo, susurrando con angustia:

—¿Cómo soportas tener sangre en las manos?

La Conquistadora se puso rígida.

—Nunca acaba de quitarse, ¿verdad?

Gabrielle asintió.

—No, no se quita.

Cabalgaron juntas durante más de una marca hasta que Gabrielle se sintió con fuerzas para montar por su cuenta. Xena se aseguró de que o ella o Jared viajaban al lado de Gabrielle durante el resto del trayecto.


El mensajero había dado un concienzudo informe al general Kasen. Éste empezó a repasar mentalmente una lista de las personas que podía nombrar para sustituir a Osric como lugarteniente. La carrera de Osric, si no su vida, había terminado. Tanto el alojamiento de la Conquistadora como el de Gabrielle estaban preparados. Se aseguró de que la disposición para dormir que eligieran se viera satisfecha.

El contingente de la Conquistadora se encontraba a media marca de la guarnición cuando llegó una avanzadilla para pedir que se preparara un baño.

Xena desmontó y ayudó en silencio a Gabrielle a bajar de su propia montura.

—Señora. Gabrielle, lamento que un soldado del Cuarto Ejército haya demostrado ser indigno de su posición.

Xena dejó pasar el descarado intento de Kasen de quitarse de encima la responsabilidad del incidente.

—Quiero que Osric sea rebajado a soldado raso y enviado de vuelta al Cuarto Ejército. Nombra a su sucesor y ocúpate de volver a examinar a todos los hombres que haya reclutado Osric. No me fío de que haya mantenido el nivel que exijo. Los que superen tu inspección tendrán que hacer cursos de orientación.

—Así se hará.

Xena hizo avanzar a Gabrielle.

—No quiero que nos molesten.

—Sí, señora.

En el alojamiento de la Conquistadora habían preparado una mesa, repleta de comida y bebida. El baño humeaba en el rincón del fondo, oculto parcialmente detrás de un biombo.

—¿Por qué no te lavas? He pedido que te traigan ropa limpia y el albornoz de tu alojamiento.

—Gracias. —La gratitud de Gabrielle era sincera, aunque las circunstancias en las que se encontraba la llevaban a mostrarse circunspecta.

Fue detrás del biombo, aliviada por tener privacidad. Los acontecimientos del día habían sido abrumadores. El alivio de verse libre de la custodia de Osric había quedado sustituido por las emociones en conflicto que sintió al encontrarse una vez más en brazos de Xena. Se sentía segura cabalgando con la Conquistadora, convencida de que nada malo podía ocurrirle. Notó la compasión de Xena mientras intercambiaban suaves palabras. También sentía su pasión por Xena. Habían pasado tres cuartas partes de un año desde la última vez que habían mantenido relaciones íntimas y, así y todo, Gabrielle no podía negar que Xena la afectaba profundamente.

Tenía muchos posibles pretendientes en la guarnición. Inis era guapo, y llevaba el pelo oscuro recogido hacia atrás. Seis veranos mayor que Gabrielle, de constitución media y un poco más bajo que la Conquistadora, había demostrado su valía como soldado. Considerado e inteligente, Inis entretenía la mente de Gabrielle. El hecho de que intentaba ver el mundo como un lugar bueno y que no hacía caso del poder de la oscuridad daba confianza a su corazón. No había nada malo en él, y sin embargo, Gabrielle no sentía una gran pasión por él, sólo un tierno cariño. Estar con Inis le bastaba hasta que la verdad de su compromiso se enfrentaba a la luz del amor auténtico. Lo que había compartido con Inis resultaba pálido al compararse con el resplandor de estar con Xena.

Xena se quitó la armadura. Sirvió dos copas de vino. Con ellas en la mano, se encaminó hacia el biombo. Se detuvo a medio camino. Replanteándose lo que hacía, regresó a la mesa y dejó allí una copa. Se sentó y bebió el vino dulce de la segunda copa, reconfortándose con la cálida sensación que le atravesó el cuerpo.

Una vez terminado su baño, Gabrielle optó por no vestirse y se puso el albornoz. Se detuvo en el centro de la habitación.

Xena la saludó.

—¿Mejor?

—Sí.

—¿Tienes hambre?

Gabrielle volvió a atarse el albornoz mientras ponía en orden sus ideas. Necesitaba saber qué esperaba Xena de ella.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Por supuesto.

—¿Dónde voy a dormir?

Xena se quedó sorprendida por la pregunta.

—Donde tú quieras.

—Y todo esto es por... —Gabrielle indicó la habitación con la mano.

—Sé que no puedo compensarte por la forma en que te ha tratado uno de mis hombres. He pensado que al menos podía hacerte más agradable la vuelta a casa.

Gabrielle se acercó a la mesa. Cogió un trocito de queso feta y se lo metió en la boca. El sabor áspero la hizo sonreír.

—Tengo hambre.

—Bien.

Gabrielle se sentó y se sirvió un plato de comida.

—Gracias por lo de Osric.

—No me parece que él se vaya a sentir agradecido.

—Dudó cuando vio mi medallón.

—Osric no se paró a pensar lo suficiente. Me alegro de que el medallón te ayudara.

—No sabía lo que significaba hasta que intervino Hamish.

—Significa que nadie puede juzgarte. Me he reservado ese derecho.

—La Guardia Real está sujeta a criterios más elevados.

—Sí, así es.

—He notado la diferencia. —Gabrielle sonrió—. ¿Te reirías de mí si dijera que son más caballerosos?

—En absoluto. Se sienten orgullosos de sí mismos y han aprendido la importancia de respetar las órdenes. Todos ellos son hombres capaces de pensar por sí mismos, pero también de seguir órdenes. Hamish y Brogan sabían que sería un suicidio enfrentarse a espada con Osric. Lo convencieron de que el riesgo de estar equivocado era demasiado grande y luego se aseguraron de que no te sucediera nada hasta que llegara yo. ¿Sabías que estaban fuera de tu tienda?

—Sí, prometieron no dejar que nadie se me acercara.

—Decide tú cuál es la recompensa justa por sus desvelos.

—Hamish está deseando visitar su aldea natal. Allí hay una chica a la que está cortejando.

—Un buen permiso con paga, pues.

—Y Brogan lleva tiempo queriendo una silla de montar nueva.

—Hecho.

Gabrielle continuó comiendo. Xena se unió a ella y comió un poco en un silencio cómodo, lo cual fue un alivio para ella. Gabrielle se recostó en la silla. Se le aflojó el cuerpo.

—¿Estás bien?

—No he dormido mucho. Estoy cansada.

—Si lo deseas, te acompaño a tu alojamiento.

—No quiero estar sola.

Xena no dejó de mostrarse cortés.

—Le pediré a Jared que te envíe a tu novio.

—Es que... Ya no nos vemos.

—Lo siento.

—Fue decisión mía. No lo amaba. —Gabrielle calmó sus dudas antes de continuar—. ¿Te quedarás conmigo, aquí?

Xena asintió.

—Todo el tiempo que desees.

—Podría ser mucho tiempo.

—Llevo dos días sin dormir. No tengo prisa.

Gabrielle se levantó y volvió detrás del biombo. Se quitó el albornoz y se puso una camisa de dormir. Luego entró en la habitación principal.

Xena se levantó.

—¿Por qué no te vas a la cama? Yo tengo que lavarme y cambiarme.

Gabrielle fue a la cama de la Conquistadora. Se deslizó bajo las mantas. Xena se dio un baño rápido en el agua tibia y se puso su propia camisa de dormir. Al entrar en la estancia principal, fue hasta un montón de almohadones y esteras que había cerca del rincón del fondo y se puso cómoda para dormir. Gabrielle la observaba en silencio. Sorprendida, pero agradecida por la consideración que transmitían los actos de Xena.

—Que duermas bien, Gabrielle.

A Gabrielle se le quedó la respuesta atravesada en la garganta. No sabía con quién hablaba, si con la Conquistadora o con Xena. No parecía importar, puesto que amaba a las dos. Como estaba muy cansada, Gabrielle se quedó dormida rápidamente. Xena se quedó despierta y se permitió el lujo de observar a Gabrielle dormida. Al cabo de un rato, Morfeo también se apoderó de ella.


Notaba las manos ásperas de Curan encima de ella y olía su aliento rancio. No paraba de repetir variaciones del mismo argumento. “Necesitas un buen hombre. Yo te voy a enseñar lo que la Conquistadora jamás podría darte”. A Gabrielle le había sorprendido que un nuevo soldado del reino conociera su breve relación con la Conquistadora. Sus protestas pasaron de la suavidad a la vehemencia. A su vez, él cada vez se mostraba menos como un seductor y mucho más como un violador. Frustrado, le dio un bofetón, intentando usar la fuerza bruta al ver que las palabras habían fallado. Ella se cayó al suelo de espaldas, desorientada. De pie por encima de ella, se burló. “No eras digna siquiera de ser la puta de la Conquistadora”. Esas palabras desataron una ira que llevaba mucho tiempo latente en el interior de Gabrielle. Se sacó un puñal de la bota y se lo clavó en el vientre. Las manos de Curan se posaron en el puñal. Las dejó ahí mientras caía de rodillas. Gabrielle se apartó rodando para esquivar su caída. Una vez inmóvil, volvió a mirarlo. Ya no decía nada. Le sostenía la mirada con una innegable expresión de sobresalto.

Gabrielle caminaba por la guarnición sintiendo los ojos de los hombres posados en ella. El susurro de sus insinuaciones y acusaciones resonaba dentro de su mente. Había matado a un soldado. ¿Por qué no había vuelto corriendo al campamento? ¿Por qué lo había herido mortalmente en lugar de dejarlo incapacitado? Era una asesina protegida por la Conquistadora. Estaba claro que ser la puta de la Conquistadora tenía sus ventajas.

Gabrielle se despertó sobresaltada. El recuerdo de la pesadilla le pesaba en la conciencia. Posó la mirada en el punto donde dormía Xena. Mancillaba la reputación de la Conquistadora por asociación. Por muy noble que intentara ser Xena, jamás se le haría justicia, y sus motivos siempre se pondrían en duda. Eso se lo había dicho Xena a Gabrielle cuando ésta vivía en Corinto. Cada cual medía la justicia de una forma diferente. En sus discusiones, Gabrielle pensaba que ella tenía razón. Ahora, como beneficiaria de la ley soberana de la Conquistadora, no era tan fácil despreciar la administración de justicia dentro del reino.


Xena se despertó y vio que estaba sola. Aunque sabía que la ausencia de Gabrielle se podía explicar de muchas formas, optó por ir en busca de la joven. El campamento estaba activo. Los soldados a los que saludaba reaccionaban mirándola con frialdad, casi hostiles. Nadie le dirigía la palabra. Al acercarse al alojamiento de Gabrielle, Xena se topó con Jared.

—Jared, ¿ha ocurrido algo? Tengo la sensación de que algo va mal.

—A lo mejor a los hombres les cuesta aceptar la marcha de Gabrielle.

—¿Marcha? ¿De qué Tártaro estás hablando?

—Se marchó esta mañana temprano.

—¿Y la dejaste marchar? ¿En qué estabas pensando?

—Gabrielle es una mujer libre. Dijo que era lo mejor. Supuse que se iba porque se lo habías dicho tú.

—¿Es eso lo que piensas de mí, que yo la pondría de patitas en la calle?

Jared dijo con aspereza:

—No sé qué esperar de ti cuando se trata de la muchacha. No sería la primera vez que la ahuyentas.

Xena se encogió.

—Saben los dioses que no te debo explicación alguna, pero te la voy a dar. No ha ocurrido nada entre nosotras. Se bañó, comió y pidió quedarse para no estar sola mientras dormía. Ella durmió en mi cama y yo en el suelo.

—Entonces, ¿por qué se ha ido?

—¡No lo sé! Tiene sus propias ideas y no siempre las comprendo.

A Jared se le pasó el enfado.

No se podía decir lo mismo de Xena.

—¿Se ha ido a caballo?

—Sí, con su castrado castaño.

—¿En qué dirección ha ido?

—Hacia el sur —dijo Jared—. Hace dos marcas.

Xena corrió a los establos. Ensilló a Argo mientras el mozo guardaba las distancias. Jared entró en las cuadras con una alforja y un odre de agua. Sujetó la alforja a los arreos de Argo.

—Aquí tienes raciones para tres días, pedernal y otras cuantas cosas que podrías necesitar.

Xena siguió trabajando en silencio. Convencida de que todo estaba en orden, se montó en Argo.

Jared le pasó el odre.

—Xena, lamento haberte juzgado mal.

Xena aceptó el odre y lo sujetó.

—No puedo echarte en cara que quieras a Gabrielle.

—A ti te quiero desde hace más tiempo.

—Lo tendré presente. Estás al mando hasta que regrese.

—Sí, señora.


Xena puso a Argo a galope tendido hasta que la yegua se agotó. Continuó a un paso más tranquilo sin parar. Levantó la vista hacia el sol, con la esperanza de que Gabrielle se detuviera pronto para descansar y almorzar. Más adelante, un riachuelo corría en paralelo al camino. Xena sonrió satisfecha, además de aliviada, cuando divisó al castrado de Gabrielle bebiendo en el río.

Gabrielle estaba sentada, apoyada en un árbol, profundamente pensativa. Se sobresaltó al oír pasos. Al levantar la mirada, vio a la Conquistadora plantada ante ella.

—¿Me vas a dar una explicación?

—Mi señora.

—¿Por qué, Gabrielle?

—No puedo quedarme en la guarnición. He matado a uno de los suyos.

Xena advirtió que Gabrielle seguía dirigiéndose a ella con tono formal. Se dio cuenta de que no la había llamado ni por su nombre ni por su título en todo el día anterior. Dejó a un lado su frustración.

—No era miembro ni de la Guardia Real ni del Tercer Ejército. Tienes más hermanos en esa guarnición de los que te imaginas. Ahora mismo piensan que yo te he echado. No me importa que se piense que soy una zorra, pero prefiero que se haga cuando me lo merezco.

—Me juzgan.

—Te consideran compasiva y hábil, una persona digna de su respeto y su admiración.

—No todos.

—¿Qué ha pasado esta mañana?

—No ha sido esta mañana.

—No los juzgues por los hombres de Osric.

—Curan dijo...

—Me da igual lo que dijera. No te conocía. Sus intenciones eran obscenas y habría hecho cualquier cosa para doblegarte.

Gabrielle apartó la mirada.

—¿Hay alguna otra razón? ¿Ayer hice algo que te hiriera u ofendiera?

Gabrielle reaccionó apasionadamente a la pregunta. Atrapó con los ojos la mirada de Xena y se la sostuvo.

—No, mi señora.

—Pues vuelve a tu casa, donde se te quiere y se te necesita. —Xena le sonrió suavemente—. Si no lo haces, Jared jamás me perdonará. Es el mejor amigo que tengo y no soporto perderlo.

—¿Quieres que lo haga por ti?

Xena se agachó sobre una rodilla, a la altura de Gabrielle. Dijo muy en serio:

—Por favor.

—Haré lo que me pides, mi señora.

—Gracias, Gabrielle.


Xena se dirigió al patio central de la guarnición. Los hombres de la Guardia Real y unos cuantos del Tercer Ejército estaban sentados alrededor del fuego. Una sola mujer estaba sentada con ellos. A la izquierda de Gabrielle estaba Hamish, a la derecha Brogan. Eran puestos de honor. Los dos guardias eran objeto no sólo de la gratitud de Gabrielle y la Conquistadora, sino también de la de los demás soldados.

Gabrielle se había quedado abrumada por el recibimiento que le dieron. Teniendo en cuenta la reacción de la Conquistadora al enterarse de la marcha de Gabrielle, y tras unas palabras cuidadosamente pensadas de Jared, los hombres llegaron a la conclusión de que el motivo de Gabrielle para irse era independiente de su extraña relación con la Conquistadora. Acabaron por pensar que Gabrielle se podía haber marchado porque un soldado había intentado violarla y ella se había visto obligada a matar por ello. Todos y cada uno de ellos sentían la vergüenza que tal suposición hacía caer sobre su hermandad.

Xena decidió quedarse al lado de Kasen, que estaba algo apartado de la reunión, aunque lo bastante cerca como para oír la voz de Gabrielle. Un coro de carcajadas se alzó del grupo.

—Es un gusto tenerla de vuelta, señora.

La Conquistadora dijo, pensativa:

—Echaba de menos sus historias.

—Gabrielle ha estado escribiendo muchas de sus historias. Podría pedirle el favor de que permita que se hagan copias para mi biblioteca.

—Tú no tienes biblioteca.

—Esperaba que tú me hicieras sitio en los archivos de palacio hasta que la tenga.

Xena sonrió.

—Se podría arreglar. Gracias, general.

Los hombres volvieron a estallar en carcajadas como respuesta a un comentario especialmente agudo que había hecho Gabrielle. Xena esperó a que las voces se apagaran antes de satisfacer su curiosidad.

—Kasen, ¿por qué había salido Gabrielle de la guarnición?

—La partera de la comarca es la madre de uno de mis hombres. Gabrielle quedó en pasar dos semanas trabajando con ella.

—Trayendo bebés al mundo. Esos conocimientos no los adquiriría en una guarnición del ejército.

—Gabrielle sigue buscando oportunidades de aprender.

—Te has ocupado bien de ella. No te he dado las gracias.

—Ella ha devuelto mucho más de lo que ha recibido. Yo sólo deseo verla feliz.

—Mírala, general. A mí eso me parece felicidad.

—Se siente sola, señora.

—¿Qué ha sido de su novio?

—Lo único que sé es que Inis acudió a mí para solicitar un traslado poco después de tu última visita. Era evidente que la decisión de separarse no era suya y que verla cada día y no poder tenerla le resultaba insoportable. De modo que le concedí el traslado.

—Ella tiene una gran capacidad para amar.

—Y una necesidad igualmente grande de ser amada.

—Sus hermanos demuestran muy bien el cariño que sienten por ella.

—Con el debido respeto, señora, no es su amor lo que ella está esperando.

—Kasen, no sé yo, pero me da la impresión de que Jared y tú estáis conspirando.

—Si es así, nuestros motivos son honrados.

—Me parece que das demasiadas cosas por sentadas en cuanto a Gabrielle. Se ha mostrado cortés conmigo, nada más.

—Una vez más, con el debido respeto, señora, dadas las circunstancias, creo que se le deben dar motivos para albergar la esperanza de que pueda volver a haber algo más entre las dos. Tú eres la única que puede darle esa esperanza.

—Escucha su historia, general. La conozco y promete un final feliz. Cosa que yo nunca podré hacer.


Gabrielle había notado la presencia de la Conquistadora durante toda la velada. Le dio un gran placer oír las sonoras carcajadas de la Conquistadora mezcladas con las de los demás. La sonrisa de la Conquistadora era poco frecuente. Ser la causa de ella le daba a Gabrielle una profunda satisfacción.

Xena esperó a que todos se dispersaran antes de dirigirse al patio central. Gabrielle reaccionó al ver a la Conquistadora y fue hacia ella. Se encontraron, tras haber recorrido las dos la misma distancia.

—Ha sido una buena velada, Gabrielle. Espero que tus dudas se hayan disipado.

—Me siento mejor. Gracias por traerme de vuelta.

—De nada.

—Será un placer aceptar cualquier petición especial que tengas para mañana por la noche.

—Lamento decir que no estaré aquí para oírte. Me marcho por la mañana.

—Tus guardias no me han dicho que se iban.

—No lo saben. He pensado que se merecían una noche tranquila. Recibirán órdenes cuando se despierten.

—¿El problema de la frontera?

—Sí. He recibido nueva información. Ha llegado el momento de visitar en persona al que sospecho que es el enemigo.

—¿Será peligroso?

—Jared me cubrirá las espaldas.

Gabrielle se fijó en que su pregunta no había obtenido una respuesta directa.

—Te deseo un viaje seguro, mi señora.

Una vez más, la decisión consciente por parte de Gabrielle de no llamar a Xena por su nombre hirió a ésta profundamente. La Conquistadora asintió. Gabrielle se inclinó levemente y se marchó.

Xena se debatió con sus emociones en conflicto. Con un matiz de desesperación, llamó a Gabrielle. Ésta se detuvo y se volvió hacia la Conquistadora.

—¿Sí, mi señora?

La formalidad de Gabrielle destruyó cualquier esperanza que tuviera Xena de llegar a una reconciliación. No tenía palabras que pudieran salvar la distancia que había entre ellas.

—Buenas noches.

—Buenas noches, mi señora.


Jared informó a la Conquistadora de que los preparativos para la marcha estaban completos. Ella miró a Gabrielle, que estaba fuera de la enfermería. Durante toda la mañana muchos de los guardias reales se habían pasado por allí para despedirse de ella. Por el momento, Gabrielle estaba sola. Aprovechando la calma, la Conquistadora llevó a Argo hacia la enfermería.

Mientras se acercaba, la Conquistadora se dio cuenta de que era objeto de la atención completa de Gabrielle.

—Gabrielle.

—Mi señora.

—Antes de irme quiero que sepas que lamento haberte alejado de mí. Mis motivos no tenían nada que ver con tu valía. No quería verte sufrir. Sigo sin querer. Si pudiera, si eso pudiera suponer una diferencia en lo que sientes hacia mí, retrocedería en el tiempo y cambiaría mi decisión. Te ruego que me perdones por la forma en que te traté.

Gabrielle se quedó atónita por lo que acababa de reconocer Xena. Dado el comportamiento cortés e impasible de la Conquistadora, nada podría haberle resultado más inesperado. Xena aguardó una respuesta. El silencio de Gabrielle le destrozó el corazón. La Conquistadora se inclinó levemente y se dio la vuelta.

Gabrielle alargó la mano y la posó en el brazo de Xena.

—Xena, aún estás a tiempo de pedirme que vaya contigo.

Xena contuvo su alegría.

—¿Estás segura?

—No hay nada que desee más que estar contigo.

—Pues estarás conmigo.

A Gabrielle le dio igual que estuvieran a la vista de toda la guarnición. Se apoderó de la Conquistadora robándole un beso, impregnado de todo el ardor que había estado reprimiendo desde que había visto a Xena dos lunas antes. El fervor de Gabrielle acabó con cualquier idea que pudiera haber tenido Xena sobre una renovación gradual de la parte física de su relación. Su respuesta igualó la pasión de Gabrielle. De mala gana, interrumpió el abrazo.

No pudo disimular su sonrisa. Xena dijo suavemente:

—Será mejor que recojas tus cosas.

Gabrielle posó la mano en la mejilla de Xena. Notaba cómo los hilos de su conexión íntima se entretejían hasta formar un único cordón irrompible. Depositó un tierno beso en los labios de Xena.

—No tardo. —Gabrielle corrió a su alojamiento.

Al haber presenciado la escena, Jared se acercó a la Conquistadora.

Su tono no ocultó su satisfacción:

—Señora, ¿vamos a contar con los servicios de una sanadora durante nuestros viajes?

Xena no apartó los ojos de Gabrielle.

—Jared, haz el favor de informar a Kasen de que la conspiración ha tenido éxito y de que estoy para siempre en deuda con él.

—Será un placer, señora.

—Y Jared.

—¿Sí, señora?

—Hay más de una manera de salvarle la vida a alguien. En lugar de blandir una espada, simplemente se puede decir la verdad. Tú y yo, amigo mío, estamos en paz.

—Me alegro por ti, Xena.

—Gracias, Jared.


La Conquistadora condujo a sus hombres hasta una extensión de tierra aislada cerca de la frontera. Sería su campamento base mientras exploraban la región. A la mañana siguiente, Xena tenía planeado dirigir una pequeña patrulla de exploración hacia el sur mientras Jared llevaba otra patrulla parecida hacia el norte.

Comió con Jared, Stephen y dos oficiales veteranos, Tavis y Sentas. Hablaron de estrategia mientras Gabrielle se quedaba sentada al lado de la Conquistadora, escuchando, aprendiendo. Satisfecha con sus planes, la Conquistadora se puso en pie.

—Salimos al amanecer. Os recomiendo que durmáis un poco. Tenemos un largo día por delante.

Sentas, el más descarado de los lugartenientes, hizo una petición.

—Seguro que todavía queda tiempo para oír una o dos historias.

Con una mirada, la Conquistadora dejó la decisión en manos de Gabrielle.

Gabrielle miró a la Conquistadora, esperándose que contestara ella. Como no fue así, Gabrielle miró a los oficiales que esperaban. Sólo entonces cayó en la cuenta de que era libre de decidir cómo iba a pasar la velada.

Gabrielle se levantó y agarró rápidamente la mano de la Conquistadora.

—Disculpadme por rechazar vuestra invitación, pero hay otro sitio donde deseo estar. Buenas noches.

Los hombres les dieron las buenas noches a su vez.

Jared pegó un manotazo a Sentas en el brazo.

—Ahora sé que hay necios en cualquier parte, algunos incluso que son plenos lugartenientes del ejército de la Conquistadora.

Sentas sonrió ampliamente.

—No perdía nada por intentarlo. Además, quería ver cómo reaccionaba la Conquistadora.

Stephen preguntó:

—¿Y has visto cómo reaccionaba?

—Sí, pero no como yo me esperaba.

Jared le aconsejó:

—No vuelvas a hacerlo. El sentido del humor de la Conquistadora tiene sus límites, sobre todo cuando se trata de Gabrielle.


Xena y Gabrielle fueron cogidas de la mano hasta su tienda. Trevor montaba guardia.

Xena posó la mano libre en el hombro de Trevor.

—Ve a descansar. Esta noche estaremos bien.

—Gracias, señora. —Trevor se alegró de tener una guardia corta.

Las dos mujeres entraron en la tienda.

Xena alzó sus manos unidas.

—Voy a tener que acostumbrarme a esto.

—¿Te importa mucho?

—No soy dada a mostrar mi afecto en público.

—No pretendía...

Xena tocó los labios de Gabrielle con la yema de los dedos.

—No te disculpes. No he dicho que no me guste.

—Entonces tengo tu permiso.

—Confío en que sabrás ser discreta.

—Te lo prometo.

—Bien. —Xena soltó la mano de Gabrielle, se quitó el chakram y la espada y los puso cerca de su cama de pieles y mantas—. No es propio de ti rechazar la oportunidad de ser bardo una velada.

Gabrielle se quedó donde estaba, sin saber cómo empezar.

—Xena, hace mucho tiempo que no estamos juntas.

Xena dejó de desvestirse y se volvió hacia Gabrielle.

Gabrielle continuó:

—He echado de menos tus caricias.

Xena se lo había preguntado.

—¿Sí?

—Sí.

—Yo recuerdo con cariño la última noche que pasamos juntas.

—Quiero estar contigo, pero tengo miedo.

—¿De mí?

Gabrielle bajó la mirada e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, por mí.

Aunque Xena deseaba acercarse a Gabrielle, le pareció que era mejor mantener la distancia.

—Cuéntame.

Gabrielle volvió a mirar a Xena.

—Tienes el poder de hacerme sentir. —La voz de Gabrielle se apagó hasta sumirse en el silencio. Juntó las manos como si rezara, intentando encontrar las palabras adecuadas. Empezó de nuevo—. Cuando me dejaste, nada, nadie podía llenar el vacío que sentía. Encerré ese vacío en mi corazón. —Gabrielle se puso la mano en el pecho y respiró hondo, tratando de calmar el ritmo acelerado de su corazón—. Era la única manera que tenía de seguir adelante. Sé que volver a estar contigo... Sé que no podré evitar que esa parte de mi corazón se abra de nuevo. Estar contigo me completará y será maravilloso. Tengo miedo... Si me vuelves a dejar... No sé si podré sobrevivir a ese vacío por segunda vez.

Xena dijo, con tono firme y sincero:

—Hace tiempo te di mi palabra de que jamás me acostaría con nadie mientras tú estuvieras conmigo. Lo repito. Lo que nunca te he prometido es que vaya a querer que estés conmigo para siempre.

Las palabras de Xena resultaban duras de oír para Gabrielle. Sabía que Xena las decía por culpa suya.

Xena continuó:

—Esta noche, Gabrielle, te doy mi palabra de que jamás volveré a alejarte de mí. De hoy en adelante, eres tú quien decide si estamos juntas o no. La decisión es tuya. Yo haré honor a tu decisión sin protestar.

Gabrielle tenía la promesa de Xena. Había una parte de ella que cuando volviera a abrirse, lloraría. El llanto sería familiar, provocado por la misma omisión que siempre lo sacaba a la superficie. Con todo lo que la unía a Xena y que unía a Xena a ella, seguía habiendo el vacío que dejaba lo que no se decía. Xena no tenía palabras de amor que ofrecerle a Gabrielle. Ésta no se las había pedido y no se atrevía a darlas. Eran las palabras de amor las que habían precedido a su separación. Gabrielle no restaba importancia al efecto que habían tenido en Xena. Estaba convencida de que habían contribuido a formar la decisión que Xena prometía no repetir jamás.

Gabrielle no estaba dispuesta a tentar a las Parcas. Comprendía los términos del acuerdo con todo lo que le concedían y lo único de lo que la privaban. Si esta noche invitaba a Xena a acudir a ella, tendría a Xena como nadie la había tenido en el pasado ni la tendría mientras ella viviera. Lo que intercambiarían no era una unión: no habría una ceremonia ni un ritual, ni una declaración pública. Era un acuerdo entre dos mujeres, una soberana y una mujer libre. Su llanto la acompañaría siempre. El precio exigido por su amor no correspondido. Era un precio que elegía pagar porque el llanto no venía a menudo: el resto del tiempo conocía la felicidad. Gabrielle estaba convencida de que su acuerdo era suficiente.

Fue a Xena. Poniéndose de puntillas, Gabrielle depositó un tierno beso en los labios de la guerrera.

—Quiero que esta noche estés conmigo.


Las caricias íntimas de Xena, sus dulces besos y las pocas palabras que susurraba llevaron a Gabrielle al orgasmo. Xena abrazó a Gabrielle mientras el cuerpo de la joven se estremecía y luego se quedaba quieto. Gabrielle dejó brotar las lágrimas libremente mientras seguía aferrada a su amante con ferocidad.

Dado que Gabrielle había confesado su vulnerabilidad, Xena comprendía que en esta noche en que renovaban su relación íntima, Gabrielle necesitaba sus caricias más tiernas y constante seguridad. Cuando Gabrielle dejó de llorar, Xena la besó en la mejilla y repitió su promesa.

—Jamás te dejaré.

Al oír la promesa, Gabrielle la abrazó con más fuerza y se echó a llorar de nuevo.

A Xena no le cabía duda en el corazón de que había tomado la decisión correcta. Era mejor vivir poco y tener esta conexión que vivir mucho sin ella.


La mañana llegó mucho antes de lo que a las dos amantes les habría gustado. Gabrielle estaba tumbada de lado, mirando a Xena con ternura.

—Llévame contigo.

Xena se volvió para mirar a Gabrielle.

—¿Lo dices en serio?

—Quiero aprender. —Gabrielle cogió la mano de Xena—. Tú me mantendrás a salvo.

—Apelar a mi ego no te va a ayudar.

—No lo hago. Es la verdad.

Xena no la alentó.

Gabrielle continuó con su campaña.

—Sólo es una partida de exploración. Tus órdenes son recoger información y regresar al campamento. No vamos a atacar a los bandidos.

—¿Vamos?

Gabrielle se ruborizó.

—¿Y si los bandidos nos atacan a nosotros?

—Se te olvida que he sido entrenada por tu Guardia Real. —Gabrielle se puso seria—. Xena, he demostrado que puedo y sé defenderme.

Xena inclinó el cuerpo por encima del de Gabrielle, hasta que ésta se quedó tumbada boca arriba. Observó el rostro de Gabrielle atentamente, jugueteando con unos mechones de pelo de Gabrielle mientras pensaba.

—¿Por qué buscas problemas?

—No los busco. Quiero cuidar de ti. Ésa ha sido la razón de mi existencia desde que llegué a Corinto.

—Nunca hasta ahora has ido a la batalla conmigo. ¿Por qué empezar ahora?

—Porque estoy preparada. Y he aprendido que no tengo vida sin ti.

Xena sonrió.

—Potedaia cría campesinas duras.

—Seguro que casi tan duras como las que cría Anfípolis.

—Muy bien. Con una condición. Sobre el terreno, haces lo que yo diga. Sin discusión.

—No te preocupes, Jared me ha enseñado esa norma.

Gabrielle posó la mano en la cara de Xena.

—Xena, ¿qué significa esto para nosotras cuando no estemos sobre el terreno?

—Hay ciertos protocolos que te pido que sigas delante de mis hombres y en la corte. Por lo demás, eres tan libre conmigo como lo soy yo contigo.

—¿En la corte?

—Cuando volvamos a Corinto, Targon te instruirá.

Gabrielle dejó de lado la idea de la corte.

—Gracias.

—¿Por?

—Por lo de anoche.

Xena besó a Gabrielle suavemente.

—Lo de anoche sólo me dio placer. Soy yo la que te está agradecida.


Vestidos con ropa que no los identificaba como soldados ni nobleza, los miembros de la partida de exploración de Xena recorrieron la frontera tratando de llamar la atención lo menos posible. Sus armas iban ocultas, pero al alcance de la mano. No vieron la menor señal de los bandidos. Los aldeanos con quienes hablaban no tenían pistas que ofrecer. Aunque desde el punto de vista del acopio de información, el día resultó frustrante, Xena gozaba teniendo a Gabrielle con ella. No era sólo que las historias de la bardo entretuvieran a sus hombres y a ella misma: era recibir las sonrisas u observaciones ocasionales de Gabrielle lo que hacía agradable el día.

Regresaron al campamento ya avanzada la noche. Jared aguardaba a la Conquistadora en la tienda del comedor. Sus lugartenientes y él se levantaron cuando entraron Xena y Gabrielle. Los oficiales se habían asegurado de que quedaran dos asientos libres. Xena pidió comida e hidromiel.

Xena dirigió su pregunta al general:

—Espero que hayáis tenido más suerte que nosotros.

—Pues sí. A menos de tres marcas de aquí hay un puesto avanzado. Todo me dice que encontraremos a los bandidos allí.

—¿A qué lado de la frontera?

—Persia.

—Si cruzamos, violaremos el tratado. ¿Alguna señal del ejército persa?

—Hemos visto a algunos hombres.

—Podrían ser forajidos que actúan contraviniendo las órdenes del rey Okal. Si no, Okal es tan mentiroso como necio.

—Nunca me ha parecido un necio.

—Ni a mí. Lo que creo es que no sabe que sus soldados colaboran con los bandidos. No creerá a Grecia a menos que le entregue pruebas. Tenemos que infiltrarnos en el campamento de los bandidos.

—La luna está en cuarto creciente, y si se mantiene el tiempo, será una noche despejada.

—Con un grupo de cuatro bastará. Jared, Stephen y Sentas, preparaos para mañana, después de la cena. —Xena sonrió—. Será una buena prueba sobre el terreno para lo mejor de la Guardia Real.

Una vez decidida la estrategia, Xena y sus oficiales conversaron alegremente. Gabrielle, comía en silencio, uniéndose a las bromas sólo cuando se dirigían a ella.


A la mañana siguiente, tumbadas en su cama, Gabrielle puso la cabeza sobre el corazón de Xena.

—Llévame contigo.

—¿Son éstas las palabras con que me vas a saludar cada mañana?

—Puedo serte útil.

—No, Gabrielle. No en esta misión. Necesito guerreros avezados. Cuantos menos, mejor.

—¿Cuándo volverás?

—Mañana a mediodía. Todo lo más.

—¿Por qué tienes que ir tú? Eres la soberana. No me imagino a César o al rey Okal emprendiendo una misión como ésta.

—Así soy yo. Era guerrera antes de gobernar Grecia y soy guerrera mientras gobierno Grecia. Si dejo de ser guerrera, perderé Grecia, y eso no lo voy a hacer.

—Has hecho mucho bien.

Xena sonrió.

—¿Lo crees de verdad, o estás otra vez acariciándome el ego?

—Ayer no te estaba acariciando el ego, y no te lo acaricio hoy. He vivido en el este durante nueve lunas y he visto cómo vive la gente de aquí. Puede ser una vida dura a veces, pero es una buena vida. La gente habla bien de ti. Agradecen que estés intentando detener a los bandidos y que hayas disminuido los impuestos para ayudarlos con las pérdidas.

Gabrielle aguardó una respuesta. No la hubo. Se incorporó un poco para ver mejor a Xena.

—No deberías juzgar a Grecia por lo que siente la gente de Anfípolis por ti.

—Anfípolis no me preocupa. Mi madre está empeñada en intentar convencer a los que todavía me culpan por la batalla con Cortese de que ya es hora de perdonar y seguir adelante.

—¿Has visto a Cirene desde que estuvimos en Anfípolis?

—Unas cuantas veces. Se niega a ir a Corinto. Dice que es demasiado grande para ella y que se sentiría fuera de lugar en la corte. Le he dicho que ella podría enseñarles a los nobles unas cuantas cosas. Quizás sea lo mejor. No sé dónde se meterían los nobles si tuvieran que enfrentarse a la vez a mi madre y a ti.

—Yo no soy nada de especial.

Xena contestó:

—Tú eres mi... —Se detuvo antes de terminar lo que de verdad quería decir—. Tú eres mi igual.

—Si de verdad lo creyeras, esta noche me llevarías contigo.

—¿Te conozco? ¿Siempre has sido así de terca y obstinada?

—Ahora ves la diferencia entre estar con una esclava y estar con una mujer libre.

Xena se quedó seria.

—Lo siento.

—No quería decir... Xena, para. Si retrocedes en el tiempo, hazlo sólo para darte cuenta de cuánto has mejorado mi vida.

Xena estaba abatida.

Gabrielle la provocó con humor.

—Te lo demostraré y me saldré con la mía esta noche.

Eso picó el interés de Xena.

—¿Qué propones?

—Una prueba de habilidad. Entrena conmigo. Si consigo aguantar frente a ti, esta noche tendrás que llevarme contigo.

—Ser capaz de usar una espada no es lo que define una vida mejor.

—Eso depende del mundo en el que se viva.


Gabrielle estaba preparada frente a Xena. Ésta detestaba lo que estaba a punto de hacer. Por acuerdo mutuo, Jared ejercía de testigo.

Xena se adelantó, indicando el comienzo de su enfrentamiento. Gabrielle esperó a que Xena atacara. Haciendo gala de su mayor paciencia, Xena la defraudó. Gabrielle lanzó una estocada contra Xena cruzando en ángulo. Xena la paró, adelantó el cuerpo, puso la zancadilla a Gabrielle por detrás de las piernas y colocó la punta de su espada sobre el pecho de la mujer caída.

—Gabrielle, estás muerta.

Gabrielle se quedó en el suelo, atónita.

Xena se volvió hacia Jared.

—No sabía que tú habías entrenado personalmente a Gabrielle. Eres el único al que he enseñado esa maniobra.

Jared dijo suavemente:

—Esta prueba es injusta. Tú puedes derrotar a cualquier hombre de la Guardia.

—No ha sido idea mía, Jared. Lo hecho, hecho está.

Se alejó, dejando que Jared consolara a su amante vencida.


Los cuatro se quedaron fuera del puesto avanzado de los bandidos, esperando a que cayera la noche.

Xena dio sus órdenes finales.

—Jared, ve a la izquierda con Sentas. Stephen y yo iremos a la derecha. Recordad, quiero información, más que una pelea.

Jared bromeó:

—Te estás ablandando, señora.

Xena contestó:

—No, es que sé que estoy en compañía de un joven, un impetuoso y un decrépito y tengo que planear las cosas de acuerdo con eso.

Los hombres se rieron en voz baja. Fue una buena descarga de tensión.

Xena preguntó por última vez:

—¿Listos?

Los hombres asintieron.

—Jared, espero veros a Sentas y a ti aquí por la mañana. No me decepcionéis.

—Lo mismo te digo, señora.

—Vamos, pues, y sin hacer ruido.

A medida que avanzaba la noche, la decepción de Xena iba en aumento. Stephen y ella se ocupaban cada uno de una tienda por turnos, atentos por si oían alguna pista gracias a las conversaciones que se desarrollaban dentro que les confirmara o desmintiera la implicación del rey Okal. Lo único que se oía era la fanfarronería de unos guerreros de poca monta. Entraron en las tiendas que estaban en silencio buscando pruebas más tangibles. Xena descubrió las municiones. Stephen entró en dos almacenes. Aparte del recuento de hombres, fue una pérdida de tiempo.

Sentas le hizo una seña a Jared. Éste se dirigió a la tienda. Escucharon juntos. Habían elegido bien. Jared distinguió tres voces. Los hombres estaban hablando de sus planes para el futuro. No estaban de acuerdo.

—No podemos seguir provocando a la Conquistadora. Se olvidará de la frontera y nos arrasará. —El hombre tenía un fuerte acento persa.

Un griego le contestó.

—La Conquistadora no es más que una perra en celo. Se queda en Corinto. Lo único que le interesa es qué juguetito se va a meter entre las piernas.

Jared se alegró de que Gabrielle no estuviera con ellos y no pudiera oír los insultos.

—¿Todos los griegos son tan groseros como tú, Montavous?

—Sólo los civilizados —respondió Montavous.

Un segundo persa, de voz más grave, los interrumpió.

—Con esto no vamos a ninguna parte. Hemos conseguido un buen botín. No hay razón para que no sigamos apropiándonos de las riquezas que nos ofrece Grecia.

El primer persa lo desafió:

—Para ti es fácil decirlo, Leyan. Lo único que tienes que hacer es alejar a tus hombres de nuestras posiciones. Mis hombres son los que se juegan la vida al cruzar la frontera.

—Si crees que tranquilizar al rey Okal es fácil, ¿por qué no lo intentas tú?

—Yo no estoy al mando de su frente occidental.

—Y por eso, dada mi posición, tengo ciertos privilegios, como una buena tajada del botín.

Montavous intervino:

—Halan, ¿quieres abrir los ojos? No es posible que perdamos. Lo peor que puede pasar es que Grecia declare la guerra a Persia.

Leyan dijo con tono tajante:

—A mí no me apetece entrar en guerra con Grecia.

Montavous no hizo caso a Leyan.

—Los mercenarios como nosotros saldrán mejor librados. Da igual la aldea que ataquemos a cualquier lado de la frontera, porque la culpa caerá en otra parte. Además, no tendremos que tener tanto cuidado. Tendremos tiempo de gozar de las mujeres y de vender a los aldeanos que queden vivos a los tratantes de esclavos.

Halan lo atacó:

—¿Es que no tienes moral?

—No sabía que tú fueras un hombre de ética tan elevada.

—Es evidente que seguimos un código distinto.

—No me hables del Código del Guerrero. Acabé harto cuando luchaba en el ejército de Xena. Podría haber destruido a todas las naciones y someterlas bajo su puño. Pero no, sólo quería Grecia. Las naciones vasallas tienen un gobierno independiente y sólo ofrecen un tributo de adorno.

—Lao Ma ha movido su ejército hacia el sur. Lo ha hecho a petición de la Conquistadora. Grecia es más fuerte gracias a sus aliados. Si nos vemos atrapados entre Chin y Grecia, no quedará nada de nosotros. Hasta nuestros huesos quedarán aplastados hasta convertirse en polvo.

—Eso no ocurrirá. Lao Ma no cruzará su frontera del sur. Esto es sólo pose. Malditos sean los dioses, tendría que haber elegido hombres como socios, no lecheras asustadas.

El ruido de un puñal al golpear una mesa se filtró a través de la lona.

—Insulta a Grecia todo lo que quieras, pero te lo advierto, Montavous, no te atrevas a insultar a Persia otra vez o te mato en el sitio. Siempre puedo encontrar a otro griego que me pase información.

Montavous no perdió la calma. Indicó un mapa que estaba encima de la mesa.

—Leyan, muy amable de tu parte señalar nuestro próximo objetivo con tu puñal.

La tienda se quedó en silencio mientras los hombres permanecían tensos.

Montavous interrumpió el empate:

—Yo digo que vayamos hacia el sur. Estoy dejando información falsa que indique que los bandidos persas se mueven hacia el norte. Así damos tiempo al Tercer Ejército para que cambie de posición. Mientras marchan hacia el sur, tendremos dos semanas fáciles de ataques antes de que puedan reaccionar.

Leyan asintió:

—Detesto estar de acuerdo con Montavous, pero lo que dice es muy válido. Otra ventaja de avanzar hacia el sur es tener acceso al mar. Será más fácil conseguir un buen precio por el botín.

Montavous continuó convenciéndolos:

—Incluido el precio por los esclavos griegos. Llevan tanto tiempo fuera del mercado de exportaciones que la novedad nos dará un beneficio extra.

Halan asintió:

—Muy bien. La próxima caravana de mercaderes tiene que llegar dentro de cinco o siete días. Nos pondremos en marcha cuando termine mis negocios con los mercaderes.

—Yo cruzaré la frontera mañana y me dirigiré al norte. El general Kasen no tardará mucho en recibir mi información falsa. —Montavous no disimulaba su satisfacción por haber ganado la discusión.

Leyan dio por terminada la confabulación:

—Y yo empezaré a intentar convencer al rey para que despliegue las tropas persas como Kasen. Persia estará más preocupada por Grecia que por lo que vosotros podáis hacer.

Montavous estaba muy ufano.

—Yo digo que este acuerdo merece un brindis. Halan, ¿tienes vino digno de nuestra alianza?

El entusiasmo de Halan no era muy grande.

—En mi tienda. Venid.

Jared y Sentas se quedaron inmóviles hasta que estuvieron seguros de que el trío se había marchado.

Sentas susurró:

—Ya tenemos todo lo que necesitamos.

—No todo —respondió Jared—. Quiero ese puñal.

—¿Cómo sabes que Leyan no se lo ha llevado?

—No he oído que lo arrancara de la mesa. ¿Y tú?

—No.

—Seguro que ésta es su tienda. No se pierde nada por mirar.

—No deberías tomarte en serio eso de decrépito que ha dicho la Conquistadora.

—¿De verdad crees que se refería a mí al decirlo? Creía que el impetuoso era yo. —Jared sonrió a Sentas con sorna—. Vigila. Ahora mismo vuelvo.

Jared rodeó la tienda. Era más fácil que cortar la lona o levantar las estacas y deslizarse por debajo. Arrancó el puñal de la mesa y se lo metió por el cinto. Oyó que se acercaban dos voces masculinas. No tenía mucho donde elegir para esconderse. A un lado había un gran baúl. Levantó la tapa. Descubrió aliviado que estaba vacío. Se metió dentro y cerró la tapa.

El primer hombre entró seguido del segundo.

—Ya era hora de que se fueran. No entiendo por qué tienen que usar nuestra tienda para sus reuniones.

—Por neutralidad —dijo el segundo como explicación.

—Neutralidad, una mierda. Éste es el campamento de Halan. Podría hacer matar a Montavous y Leyan con una sola palabra.

—Cierto, pero necesitamos a esos cabrones si queremos seguir con pocas bajas.

Los hombres continuaron conversando mientras se quitaban las armas y se preparaban para dormir.

Sentas escuchaba, con la esperanza de averiguar dónde estaba Jared. Se quedó donde estaba hasta que vio que el sol asomaba por el horizonte. No le quedaba más remedio que regresar al lugar de encuentro e informar a la Conquistadora.

A Xena se le paró el corazón al ver que Sentas regresaba solo. Se armó de valor para recibir la peor noticia posible, aunque su intelecto le decía que el campamento se habría alterado si hubieran detectado a un intruso.

La Conquistadora recibió a Sentas con una sola palabra.

—Informa.

Sentas dio una explicación completa de la ausencia de Jared primero y luego contó la conversación que habían oído.

Sentas y Stephen esperaron a que la Conquistadora barajara sus opciones.

Levantó los ojos para mirar a sus oficiales.

—Rezad para que, si Jared se queda dormido, al menos no ronque. —Meneó la cabeza sonriendo, pues necesitaba quitar gravedad a la difícil situación.

Los hombres sonrieron, agradecidos.

—Sentas, llévanos de vuelta a la tienda. Haremos turnos para vigilar. Si las Parcas se muestran amables, Jared no será descubierto. Al caer la noche, sacaremos al viejo.

Stephen se sintió reconfortado por lo fácil que la Conquistadora hacía que pareciera su plan.

El día transcurrió con una lentitud desquiciante. Xena sabía que la vida y la muerte se decidían a menudo por la capacidad de aguantar la tensión de no hacer nada. En más ocasiones de las que podía contar, había refrenado a su ejército con las protestas de sus oficiales resonándole en los oídos. En todas esas ocasiones, una vez ganada la batalla, volvían a ella con humildad. Los mejores habían aprendido a fiarse de ella. Se alegraba de que Stephen y Sentas hubieran aprendido la lección antes de este día. Tener a Jared en peligro ponía a prueba su propia paciencia hasta el límite.

Los ocupantes de la tienda entraron y salieron durante todo el día. Era una zona de mucho tránsito y cualquier idea de aventurarse antes de tiempo se veía constantemente frustrada.

Cuando cayó la noche, Xena sabía que había un hombre en la tienda. Maldijo por lo bajo.

—Si no se va pronto a la tienda del rancho, jamás volverá a conocer el sabor de la comida.

Stephen se pensó si debía reconfortarla, pero decidió que mejor no.

Pasó otra marca hasta que Sentas señaló:

—Ya, señora. Se ha ido.

Xena se levantó del sitio de un salto.

—Vamos. Ya sabéis qué hacer.

Se movieron a la vez. Sentas tomó posiciones en la parte trasera de la tienda, preparado para cortar la costura de ser necesario. Stephen se quedó a un lado de la tienda. Como tenía una vista más despejada del campamento, su papel consistía en avisar si alguien se acercaba. Xena entró en la tienda por delante. Examinó el lugar en busca del escondrijo de Jared. Dado el escaso mobiliario, era evidente dónde se encontraba. Silbó imitando a un halcón para tranquilizarlo antes de abrir el baúl.

Jared parpadeó cuando la luz le dio en los ojos.

—Ya era hora de que vinieras a buscarme.

—Vámonos, amigo. Tengo una mujer preciosa esperándome.

Jared se echó a reír.

—Ojalá yo pudiera decir lo mismo.


Al entrar cabalgando en el campamento, Xena buscó a Gabrielle. Desmontó y entregó las riendas de Argo a un mozo de cuadra que esperaba. Trevor se reunió con ella.

—¿Dónde está Gabrielle?

—Estamos preocupados por ella, señora.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Se puso muy nerviosa cuando ayer no regresaste. No ha salido de tu tienda desde anoche.

Xena corrió hasta su tienda y aflojó el paso cuando llegó a la entrada. Tomó aliento y apoyó la palma de la mano en la lona, como para captar una sensación de lo que había dentro. Echando a un lado la lona, entró. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la escasa luz. Gabrielle estaba acurrucada en su cama. Xena se acercó despacio.

—Gabrielle.

Gabrielle no respondió. Xena se arrodilló a su lado. Repitió el nombre de Gabrielle. Ésta se apartó de ella. Xena alargó la mano.

Gabrielle la empujó. Su voz sonó apagada:

—No.

—Gabrielle, por favor —lo intentó Xena de nuevo.

Gabrielle golpeó a Xena débilmente en el pecho con el puño.

—Lo prometiste.

Xena se esforzó más por abrazar a Gabrielle. Recibió un segundo golpe y un tercero al tiempo que Gabrielle repetía su acusación.

—¡Lo prometiste!

Xena sujetó a Gabrielle por los hombros.

—No he roto mi promesa. Jared se metió en un lío. No podía dejarlo atrás. Sabía que tú no lo habrías querido.

Gabrielle atrapó y sostuvo la mirada de Xena. Los ojos tiernos de Xena afirmaban su promesa.

Gabrielle exclamó:

—¡Oh, dioses! —Alargó los brazos y estrechó a Xena. Se echó a llorar.

Xena sentía que el cuerpo tembloroso de Gabrielle irradiaba el miedo y la pena de la joven. Xena no se esperaba una reacción tan fuerte por parte de Gabrielle. Pensaba que las palabras tranquilizadoras de Tavis y Trevor habrían bastado para calmar las preocupaciones de Gabrielle.

Xena se puso a Gabrielle en el regazo y la acunó con un ritmo tranquilizador. Se preguntó a qué punto del pasado había retrocedido la fuerte campesina de Potedaia. Xena siguió acunando a Gabrielle, susurrándole palabras reconfortantes hasta que la joven se calmó.

Xena sabía que sería una crueldad someter a Gabrielle a días y noches continuos a la espera de su regreso. También sabía que cortar su relación ya no era posible para ninguna de las dos. Eso dejaba sólo otras dos opciones. La primera, evitar futuras batallas, era, en opinión de Xena, imposible. Sólo quedaba una opción viable.

—Gabrielle, ¿estás conmigo?

Gabrielle asintió.

—Tu lugar, si lo deseas, estará siempre a mi lado. Nunca más tendrás que pedirme que te lleve conmigo.

Gabrielle se quedó quieta, buscando consuelo en el sonido de los latidos de Xena.

Xena esperó. Se debatió con el silencio hasta que ya no lo pudo soportar.

—Gabrielle, ¿quieres algo más de mí?

Gabrielle hizo un ligero gesto negativo con la cabeza. Susurró:

—No.

Xena apoyó la cabeza en la de Gabrielle.

Gabrielle cogió la mano de Xena.

—Gracias.


Trevor había informado a Jared. Éste esperó, preocupado por igual por las dos mujeres. Pasaron dos marcas hasta que Xena salió de la tienda en busca de comida y bebida.

Jared se acercó a ella.

—¿Cómo está la muchacha?

—Le he prometido que jamás volveré a dejarla atrás. —La mirada de Xena se posó en la tienda—. No es por criticar, pero ha llegado el momento de que la entrene yo misma.

La mirada de Jared siguió a la de Xena.

—Estoy de acuerdo.

—Ya tengo lo que había venido a buscar. Nos volvemos a Corinto.

—¿Qué deseas hacer con los bandidos?

—Envía a Okal la información obtenida por Grecia. Ese puñal por el que te has jugado la vida será nuestra prueba. Grecia ofrecerá una alianza para derrotar a los rebeldes. Avisa a Kasen de que tendrá que crear una distracción adecuada en el norte. Tavis se quedará aquí con su compañía y proporcionará la fuerza necesaria para aplastar a los bandidos cuando ataquen en el sur. Sentas y Stephen, con sus compañías, regresan a Corinto con nosotros.


Como tenía por costumbre, Xena se quedó a un lado del círculo de hombres sentados. Todos los ojos estaban clavados en Gabrielle mientras ésta tejía su historia. Xena había notado un sutil cambio en la bardo. Gabrielle estaba apagada. En su cama Gabrielle se abrazaba a Xena como si temiera que Xena fuera a desaparecer por la noche. Xena esperaba pacientamente a que Gabrielle expresara su preocupación. Se consolaba al saber que incluso en sus primeros tiempos como ama y esclava, Gabrielle siempre había acudido a ella libremente con sus peticiones y sus ideas. Xena estaba segura de que sólo era cuestión de tiempo hasta que Gabrielle le dijera qué era lo que la preocupaba.

Gabrielle terminó su historia y se negó amablemente a contar otra. Xena se acercó y ofreció la mano a la bardo.

Expresó su propia petición:

—Ven a pasear conmigo.

Gabrielle cogió la mano de Xena y la siguió por el bosque hasta un claro.

Xena murmuró:

—Mañana llegamos a Corinto.

Gabrielle soltó la mano de Xena y se apartó unos pasos. La idea de regresar a la capital le resultaba pavorosa.

—Han pasado tantas cosas entre nosotras. Nunca podremos volver a lo que éramos antes de que me marchara de Corinto, ¿verdad?

La declaración de Gabrielle era inesperada. Xena respondió con cautela:

—No al pie de la letra.

—Estar en el palacio será distinto de estar sobre el terreno con los guardias —continuó Gabrielle, con el tono tan distante como su postura.

Xena sintió una creciente aprensión.

—Sí, efectivamente. Con mis hombres hemos sido libres. En la corte será distinto.

—Xena, no quiero decepcionarte ni hacerte daño.

Xena estaba ahora segura de que no quería oír lo que Gabrielle estaba a punto de decirle.

—Gabrielle, me atengo a mi palabra. Debes hacer lo que sea mejor para ti.

Gabrielle recordó una atormentada conversación en el bosque no muy lejos de Anfípolis. Incluso cuando se estaba muriendo, Xena no dijo que la amaba. Gabrielle temía que sin el amor de Xena hubiera límites a lo que Xena acabaría aceptando de ella. Ahora iban a pasar por su primera prueba.

Gabrielle no quería fingir ante los nobles ser otra cosa que la mujer que era. El engaño sería demasiado doloroso.

—¿Consentirías en volver a nuestro arreglo? Sé que el hecho de que haya compartido tu tienda no será un secreto, pero con el tiempo es posible que la gente crea que has pasado a otra persona.

Xena se mordió el labio. Se sentía herida por la propuesta de Gabrielle de perpetuar su poco respetable reputación como medio para ocultar su relación. Incapaz de aguantar la mirada de Gabrielle, Xena se dio la vuelta. Hizo un esfuerzo por serenarse.

Gabrielle esperaba nerviosa una respuesta.

La Conquistadora habló dando la espalda a Gabrielle:

—Será mejor que mañana no montes conmigo. ¿Por qué esperar para iniciar el engaño?

Avergonzada, Gabrielle se alegró de que Xena le diera la espalda.

—Esta noche no dormiré contigo. Los guardias creerán que me has traído aquí para decirme...

Xena no pudo evitar que se le cayera una lágrima.

—Ve, pues, y llévate tus cosas. Yo volveré dentro de un rato.

—Xena. —Gabrielle notaba la herida de su amante.

—Ve, Gabrielle, has tomado tu decisión y las dos viviremos con ella.


Xena iba al frente de los guardias reales por las calles de Corinto. Desmontó en el patio de palacio y entregó las riendas a un mozo de cuadra. Echó a andar para alejarse de la actividad, ansiosa por encontrarse en la intimidad de sus aposentos. Se detuvo un momento y miró atrás, buscando una figura. Sus ojos se posaron en Gabrielle, a quien Dalius estaba saludando.

Gabrielle sintió un tirón indefinible. Miró hacia el palacio y se encontró con la mirada de la Conquistadora. Se preguntó si podría deshacer el mal que había hecho. Se disculpó y fue hacia Xena. Al ver que Gabrielle se acercaba, Xena fue hasta ella.

Gabrielle se detuvo a un paso de su amante.

—Perdóname.

Xena albergó la esperanza de que Gabrielle hubiera cambiado de idea.

—No hay nada que perdonar.

—No pertenezco a tu mundo. Pertenezco al de ellos. —Gabrielle dirigió la mirada a la masa de gente que estaba descargando y colocando sus pertenencias.

Xena reconoció:

—Yo también soy una de ellos.

—También eres la soberana de Grecia.

—Tú eres mi igual.

—Me siento tu igual cuando estoy a solas contigo y eso sólo porque tú haces que me sienta digna.

Xena avanzó un paso.

—Eres digna.

—A tus ojos.

—Te equivocas. Pero aunque tuvieras razón, los ojos de los demás no importan.

—Ahí te equivocas tú. A mí me importa quién siento que soy.

—No pretendía pasarte por alto.

—Lo sé. —Gabrielle respiró hondo para controlar su creciente emoción.

—Eres desquiciante. —Xena no podía negar los deseos de Gabrielle—. Tendrás nuestro arreglo, pero sólo si a mí se me permite sentar una condición.

Gabrielle se armó de valor.

—En nuestros aposentos, jamás volverás a servirme.

Gabrielle asintió. Se disculpó.

—Tengo trabajo.

Xena se dio la vuelta y se dirigió al palacio. Esta vez no miró atrás.


Jared y Stephen estaban el uno al lado del otro, observando la conversación entre la Conquistadora y Gabrielle.

—General, sé que no es asunto mío, pero ¿tienes libertad para decirme qué ha ocurrido entre la Conquistadora y la señorita Gabrielle?

—Ojalá lo supiera, lugarteniente.

—La Conquistadora no parece contenta con la separación.

—No, no lo parece.


Pasaron días sin que Xena fuera a la enfermería o viera a Gabrielle de ningún otro modo. Las sutiles indagaciones de Gabrielle recibían la misma respuesta. El humor de la Conquistadora tenía a muchos desconcertados. Le dijeron que la Conquistadora se dedicaba a los asuntos de Grecia sin reservar tiempo para trabajar con la Guardia Real ni para disfrutar de sus otros pocos placeres. No compartía la mesa con nadie, y menos su cama. Todos los comportamientos que el personal doméstico estaba acostumbrado a utilizar como medio para juzgar a la Conquistadora eran ahora poco fiables. Sólo el general Jared y Targon tenían acceso directo a ella, y ninguno de los dos decía nada.

Gabrielle esperó a que hubiera avanzado la noche para recorrer el pasillo oculto que había entre su habitación y los aposentos de Xena. Tras haber vigilado estrechamente la entrada de los aposentos de la Conquistadora, sabía que Xena estaba sola. Gabrielle dio unos golpecitos ligeros. Xena abrió la entrada. Como Gabrielle, llevaba una camisa de dormir y un albornoz.

Gabrielle preguntó:

—¿Puedo pasar?

Xena se hizo a un lado, dejando entrar a Gabrielle. Cerró la entrada.

Gabrielle se volvió hacia ella.

—¿Cómo estás?

Xena estaba poco animada.

—He estado poniéndome al día de los asuntos. ¿Y tú?

—Te he echado de menos.

Xena fue a la chimenea.

—Me han dicho que has reanudado tu aprendizaje con Dalius.

Por el momento Gabrielle estaba dispuesta a seguir la evasión de Xena.

—Quiero recuperar todo lo que pueda de mi vida. Dalius me ha acogido muy bien.

—Bien.

Xena se sentó en su butaca, suponiendo que Gabrielle ocuparía su lugar frente a ella. Gabrielle la siguió sin decir palabra. Rompió la costumbre y se sentó en el regazo de Xena, apoyando la cabeza en su hombro. Gabrielle cerró los ojos y elevó una oración silenciosa a los dioses para no verse rechazada. Poco a poco, notó que Xena la estrechaba entre sus brazos.

Xena recordó la última vez que había sostenido a Gabrielle como lo hacía ahora. Fue al regresar del campamento de los bandidos. Ese día juró que el lugar de Gabrielle era a su lado. Sus pensamientos se adentraron más en el pasado, hasta la noche en que renovaron su intimidad tras su separación. Había sido el momento de otra promesa, su promesa de respetar la decisión de Gabrielle sobre si iban a estar juntas o separadas. Ambas promesas le pesaban a Xena en el corazón. Nunca había imaginado que tener a Gabrielle con ella tendría el poder de partirle el corazón como lo hacía ahora.

Pasó una marca. El único movimiento dentro de la habitación era el de la respiración de ambas mujeres. La necesidad de Gabrielle, más que su seguridad, la impulsó a coger la mano de Xena y darle un tierno beso en la palma. Xena bajó la mirada distraída. Gabrielle aprovechó la oportunidad para levantar la cabeza y besar a su compañera, con la esperanza de atraer a Xena al presente.

Xena respondió al beso y su deseo se despertó en la quietud de la noche. El beso se hizo más hondo. Xena dejó de lado su dolor. Levantó a Gabrielle en brazos y la llevó a su cama.


Gabrielle se despertó, con el cuerpo lánguido, la mente en calma. Se volvió hacia Xena, buscando el contacto de su amante. Se alarmó al ver que estaba sola.

—¿Xena? —llamó suavemente. No hubo respuesta.

El dormitorio estaba iluminado por la luz de la luna. Se puso el albornoz y buscó por los aposentos. Xena no estaba en ellos. Desde el balcón, Gabrielle contempló la noche. El cielo estaba despejado. Las estrellas brillaban con fuerza.

Gabrielle subió por la escalera en espiral hasta la torre. Al doblar el último recodo vio a Xena apoyada con los hombros caídos en el parapeto de la torre. Ver a Xena con tal aire de derrota era nuevo para Gabrielle. Sintió una opresión devastadora en el corazón. Se quedó en la escalera, muy consciente de que ella era la causa de la tristeza de Xena. El remordimiento de Gabrielle no se podía aliviar fácilmente. Regresó a la cama sin haber revelado su presencia.


A la mañana siguiente un tierno beso despertó a Gabrielle.

—Buenos días —la saludó Xena suavemente.

—Buenos días. —Gabrielle buscó en los ojos de Xena un atisbo de la mujer herida que había visto durante la noche.

—Jared va a venir temprano. No tengas prisa por levantarte.

—Vale.

—¿Te apetece un té?

—Estoy bien. Tú ve a prepararte.

Gabrielle se quedó en la cama; seguía pensando en la noche que habían compartido. Xena le había dado toda su ternura. No intercambiaron palabra y, sin embargo, nunca había sentido a Xena más cerca de ella. El ardor de Xena había barrido las dudas de Gabrielle. Ésta no entendía cómo Xena podía dar tanto de sí misma en la cama y luego quedarse aparte, destrozada.

Gabrielle oyó las voces de Xena y Jared. Se puso el albornoz y salió del dormitorio, revelando su presencia. Jared dejó de hablar al verla. Xena siguió su mirada y se sorprendió igualmente al ver a Gabrielle. Suponiendo que Gabrielle quería decirle algo en privado, Xena fue hasta ella.

Gabrielle posó las manos en los brazos de Xena.

—¿Puedo volver a ti esta noche?

Xena asintió.

—Sí.

Gabrielle se puso de puntillas y besó a Xena con ternura.

—Gracias. —Volvió a entrar en el dormitorio, notando la mirada tierna de Xena posada en ella.

Xena se daba muy bien cuenta de lo que Gabrielle acaba de declarar deliberadamente ante Jared. Regresó con el general.

Jared fue al grano.

—¿Qué motivo te ha dado la muchacha?

—Que no se siente digna de aparecer en la corte.

—Son ellos los que no son dignos de ella.

—Jared, no es la corte.

—Xena... —protestó Jared.

—No juzgues a Gabrielle con dureza. Prefiero que seas su amigo.


Jared esperó fuera de la enfermería. Se preparó para llevar a cabo lo que consideraba una tarea desagradable. Gabrielle salió.

—Buenos días, muchacha.

—Hola, Jared.

Jared se acercó a ella.

—Gabrielle, espero que sepas que puedes confiar en mí.

—Lo sé.

—Entonces te pido que me escuches. Estoy dándole vueltas a una cosa y quiero decírtela y quitármela de encima.

Gabrielle se sintió inquieta. Asintió dando su consentimiento.

—Después de todo este tiempo, creo que sólo ahora empiezo a entenderte. Yo no sé cómo ser nada más que un hombre libre. Nací libre y, aunque uno o dos hombres lo han intentado, nadie ha podido nunca arrebatarme la libertad. He conocido a muchos esclavos. En mi opinión, los que conocían la libertad y la han perdido reaccionan de dos maneras posibles. Están los esclavos furiosos que hacen todo lo que pueden por seguir sintiendo que tienen algún control sobre su triste vida. Y están los que se convierten en una mera sombra de lo que eran. Estos pierden toda la dignidad. Las mujeres que han sido violadas son las que lo pasan peor.

Gabrielle se sentía incómoda por las astutas observaciones del general.

—¿Quieres decir algo concreto, Jared?

—Sí, muchacha, quiero. Estoy convencido de que aunque una esclava sea liberada, jamás consigue olvidar lo que le han hecho. Lleva la cicatriz en su interior y no hay nada que se la pueda quitar. Se desprecia a sí misma, en lugar de a los hombres que la esclavizaron y la violaron.

—Jared, basta, por favor. —Gabrielle no tuvo presencia de ánimo para reprimir su llanto silencioso.

—La Conquistadora, que jamás ha invitado a nadie a compartir su vida, te ha hecho a ti ese ofrecimiento. Al principio dijiste que sí, pero luego, cuanto más nos acercábamos a Corinto, más imposible te resultaba la idea. ¿Por qué, me pregunté, podías ser libre con ella en el campo y no en la ciudad? Yo digo que la respuesta es porque Corinto te recuerda que en otro tiempo fuiste esclava. Cuando eras esclava, te sentías menos que humana, porque te trataban como menos que humana.

—Te equivocas. Cuando llegué a Corinto, entré a formar parte del servicio doméstico de Xena. Ella me devolvió la dignidad. No me la quitó.

—El daño te lo hicieron otros en Corinto antes de que Targon te comprara. Los que te hicieron daño siguen en Corinto. Hay miembros de la corte de quienes sospechamos que incrementan su riqueza traficando con esclavos. Tú veías sus rostros cuando servías en los banquetes de la Conquistadora. Te resultaban conocidos porque antes los habías visto en el mercado de esclavos. Tienes miedo de que te reconozcan y recuerden lo que te hicieron. Peor aún, como te niegas a delatarlos ante la Conquistadora, no soportas la idea de tener que mostrarte cortés con ellos.

Gabrielle se sentó en un banco cercano.

Jared se acercó y se agachó sobre una rodilla ante ella.

—Gabrielle, sabes que los traficantes de esclavos están proscritos en la corte y que delatarlos supone firmar su sentencia de muerte. Y sé que harás lo que sea necesario para evitar que se derrame sangre. Lo único que te pido es que confirmes sus nombres. Haré que esos cabrones nunca vuelvan a pisar Corinto. Tienes mi palabra de que nadie los matará.

—¿Cómo lo has sabido?

—Xena me dijo el motivo que le habías dado para rechazarla. A pesar de ello, Xena está convencida de que la rechazas a ella y sólo a ella. Está demasiado cerca de ti para ver una verdad que si no, no habría escapado a su atención. Ella me ha enseñado a ser persistente y paciente. He tardado en hacer las preguntas adecuadas y sobornar a las personas adecuadas, pero al final he averiguado cómo y a manos de quién acabaste en Corinto.


Gabrielle estaba en su habitación mirando por la ventana mientras el amanecer teñía el horizonte. Habían pasado dos lunas desde su regreso a Corinto. Xena la había vuelto a acoger dentro de su rutina privada. Nunca cuestionaba la decisión de Gabrielle, pero cada vez que Gabrielle dejaba a Xena para volver a su habitación, notaba que una ola de tristeza se abatía sobre su amante. Gabrielle tomó una decisión. Fue en busca de Targon.

—Señor, tengo que pedirte un favor.

—Si puedo, señorita.

—Necesito aprender a comportarme en la corte.

—¿Es éste el deseo de la Conquistadora?

—Eso creo. Targon, la Conquistadora no puede saber que me estás formando.

—Ocultar secretos a la Conquistadora es peligroso, señorita.

Gabrielle tenía que tranquilizar al administrador.

—Si el general Jared responde por mí, ¿lo harás?

—Sí, señorita. Así tendré compañía cuando me ejecuten —bromeó Targon.

Gabrielle se echó a reír y lo abrazó.

—¡Gracias!

Ahora tenía dos favores más que pedir, el primero a Jared, el segundo a Makia.


Una vez anunciados los invitados, el banquete del solsticio de invierno se puso en marcha sin más dilación. Xena iba vestida con su loriga y sus pantalones de cuero negro de costumbre.

Al sentarse, se echó hacia delante, mirando a un lado.

—¿Una silla vacía, Jared?

—Estoy esperando la llegada de una hermosa mujer, señora.

—¿En serio?

—Sí, es una dama en todos los sentidos.

—¿Y cómo has conocido a esta dama?

—Acudió ella a mí. Para serte sincero, nunca me he sentido más halagado.

—¿Estás seguro de que no persigue algo más?

—Ha sido muy sincera con respecto a sus intenciones. Me siento más que contento de darle ese gusto.

Xena se echó a reír.

—¡Qué perro!

Targon entró en la sala del banquete. Se quedó esperando junto a la puerta. Jared lo vio.

—Con tu permiso, señora. Creo que ha llegado mi acompañante para esta velada.

Xena agitó la mano. Le gustaba ver la amplia sonrisa que iluminaba el rostro de Jared. Se merecía algo de felicidad. Se quedó mirando cuando salió de la sala.

Targon le dijo al guardia que anunciara una llegada. El guardia sonrió un momento y luego recuperó la seriedad. Manteniendo la expresión seria, se adelantó y golpeó dos veces en el suelo con su lanza.

—Señora, el general Jared y Gabrielle de Potedaia.

Los numerosos guardias que había en la sala se callaron rápidamente, seguidos de los demás invitados. Jared se adelantó escoltando a Gabrielle, que iba de su brazo. Gabrielle estaba gloriosa. Llevaba un largo vestido blanco. Caminaba con cuidado, con aire seguro y la mirada al frente, y sus ojos encontraron a Xena y no se apartaron de ella.

A Xena le dio un vuelco el corazón. Se levantó, rodeó la mesa y esperó en el centro a que Jared y Gabrielle llegaran hasta ella. Mientras avanzaban, los guardias, uno tras otro, se iban cuadrando, hasta que todos los guardias rindieron honores a Gabrielle.

Jared dijo con orgullo de manera que todos pudieran oírlo:

—Señora, te presento a la señorita Gabrielle de Potedaia.

Gabrielle hizo una reverencia.

—Mi señora.

Xena dijo suavemente:

—Qué sorpresa.

—Espero que te plazca.

—Así es. De hoy en adelante serás conocida como la dama Gabrielle.

Gabrielle se inclinó ligeramente.

—Es un honor.

Xena tocó la mejilla de Gabrielle. No podía haber recibido mejor regalo. Se dirigió a Jared:

—General, ¿me permites?

Jared se inclinó consintiendo.

Xena se puso al lado de Gabrielle y le ofreció el brazo. Gabrielle lo aceptó y dejó que Xena la llevara hasta la mesa de la Conquistadora. Xena apartó la silla que estaba a su lado para Gabrielle. Ésta se sentó, comprendiendo el significado del asiento que se le ofrecía. Xena ocupó su silla y colocó su mano encima de la de Gabrielle. Jared siguió a la pareja y se sentó al lado de la consorte de la Conquistadora. Todos los guardias siguieron su ejemplo y regresaron a sus asientos.

Xena guardó silencio mientras las conversaciones volvían a surgir a su alrededor. Gabrielle miró a Jared para tranquilizarse. Su sonrisa la llenó de valor. Se volvió hacia Xena.

—Mi señora, con tu permiso, trasladaré mis pertenencias a tus aposentos.

Xena estrujó la mano de Gabrielle.

—Permiso concedido.

Al final de la velada Xena acompañó a Gabrielle de vuelta a sus habitaciones. Sus habitaciones: la idea la llenaba de emoción. Desde el momento en que vio entrar a Gabrielle en la sala del banquete, había sentido una emoción creciente imposible de definir. Al entrar en su dormitorio, Xena besó a Gabrielle tiernamente.

—Vuelvo dentro de poco.

Siguió el pasadizo oculto hasta la torre. Se quedó plantada bajo las estrellas. Tenía el corazón rebosante y necesitado de liberarse. Las lágrimas le caían por la cara libremente. Se tapó la cara con las manos y sollozó. Le temblaba el cuerpo con el fin de los años de negación, los años de necesidad reprimida. Se rindió a su emoción más frágil: el amor.


Gabrielle se cambió el vestido por la camisa de dormir y el albornoz que tenía en el dormitorio de Xena para sus visitas nocturnas. En este día su vida había cambiado. Sospechaba que más de lo que podía imaginar. Había exigido su derecho sobre Xena y Xena había reconocido públicamente ese derecho con elegancia y generosidad. Xena había estado callada durante casi toda la velada. Jared se mostró como un caballero y entretuvo a Gabrielle con historias que le presentaban por primera vez las biografías de muchos miembros de la corte.

Gabrielle cruzó el umbral de la torre. Xena estaba apoyada en silencio en el parapeto, de espaldas a Gabrielle.

—Xena.

Xena se enjugó todo rastro de lágrimas que le pudiera quedar en la cara. Se volvió hacia Gabrielle, descubriendo con la presencia de Gabrielle que la velada no había sido, efectivamente, un sueño.

—Estaba preocupada por ti.

—Gracias por esta noche.

—Lamento haber tardado tanto en venir a ti.

—Todo a su debido tiempo.

—¿Una dama del reino puede seguir siendo sanadora del ejército de la Conquistadora?

—Puede ser lo que quiera.

—Habrá cambios en mi vida, ¿verdad?

—No hay vida sin cambios.

—Y al mismo tiempo, algunas cosas nunca cambian.

Xena no sabía a qué se refería Gabrielle. Percibía un amago de tristeza tras esa declaración.

—Creo que yo siempre te encontraré bella.

—Gracias. —Gabrielle alargó la mano—. ¿Vienes a la cama?

Xena se adelantó.

—Sí, mi dama.


Ya estaba avanzada la tarde cuando Gabrielle salió de la enfermería y se encaminó hacia el palacio.

—Gabrielle, ¿o debería decir dama Gabrielle? —exclamó el joven y apuesto soldado.

Gabrielle se llevó una agradable sorpresa.

—¡Inis! —Le ofreció la mano—. Yo siempre seré Gabrielle para ti. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Estoy bien, gracias. ¿Estás aquí con el general Paulos?

—Ya veo que te mantienes al tanto de los asuntos de la Conquistadora.

—Me incluye en todo lo que le parece prudente.

Inis se mostraba de lo más encantador.

—Estás tan preciosa como siempre. ¿Disfrutas haciendo de anfitriona de la conferencia?

—La verdad es que hago lo posible por evitar los acontecimientos más formales de palacio.

—Me sorprende que la Conquistadora tolere tu ausencia.

Gabrielle se puso a la defensiva.

—Inis, soy una mujer libre.

—Y yo soy un hombre libre, pero me lo pensaría dos veces antes de ir en contra de los deseos de la Conquistadora.

—Si estuviéramos en guerra, acataría las órdenes de la Conquistadora sin dudar, porque le he jurado lealtad y, en ese sentido, no soy distinta de ti como miembro de su ejército. Pero el resto de mi vida es mío. Elijo estar con ella.

—Me preguntaba qué te dijo o te hizo para que me dejaras. —El tono de Inis intentaba mitigar el fuego de sus palabras.

—No hizo nada. —dijo Gabrielle, defendiendo a su amante—. Como ya te dije, aunque lo lamentaba mucho, yo no te amaba.

—¿La amabas a ella incluso entonces?

—Sí.

—Es imposible competir con la soberana en todo, menos en una cosa.

—¿En qué?

—Ella nunca te dará un hijo.

—Eso es cierto. —Conocedora de su verdad, Gabrielle se liberó de la creciente tensión—. Las Parcas han sido amables conmigo. Estoy completa tal y como estoy.

—Eres una mujer única, Gabrielle. —Inis le sonrió.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Ésa era la intención. —Inis cambió el peso de lado; sin darse cuenta, posó la mano en el puñal—. Lamenté oír el trato tan desagradable que sufriste a manos de Osric y uno de sus soldados.

—Fue un lamentable incidente.

—A los que conocen a la Conquistadora les sorprendió que permitiera vivir a Osric. Pero al final dio igual.

—¿Qué quieres decir?

—Tuvo un accidente y murió poco después de regresar al Cuarto Ejército.

—¿Qué clase de accidente?

—Un cuchillo le cortó el cuello. Nadie se responsabilizó de tan noble acto.

—El asesinato no tiene nada de noble. —Gabrielle se enfureció.

—Fue un acto de honor que la Conquistadora no quiso llevar a cabo en persona.

—No hizo daño a Osric porque yo se lo pedí.

—Me impresionas. Son pocos los que tienen influencia sobre las decisiones de la Conquistadora que afectan a la vida y la muerte.

—Estoy aprendiendo a comprender por qué toma las decisiones que toma.

—¿Y has descubierto que estás de acuerdo con ella?

—No siempre.

—¿Y así y todo eres capaz de amarla?

—Sí.

—Pues me alegro por ti.

—Gracias.

—Has demostrado que el pueblo de Grecia se equivoca, incluido yo mismo. Me habría apostado la vida a que la Conquistadora era incapaz de entregar su amor a nadie.

Las inocuas palabras hicieron mella. Gabrielle se puso rígida. Inis captó el cambio.

—Te ama, ¿verdad? —preguntó.

Gabrielle titubeó.

—Ella...

—¡Qué gracia! —se rió Inis—. Me rechazas porque no me amas y eliges estar con alguien que no te ama.

—Inis...

—No te molestes en intentar explicarlo. —Inis moderó el tono—. Yo estaría ahora contigo incluso sin tu amor si me lo permitieras. ¿Quién soy yo para juzgarte? Seguramente te comprendo mejor que nadie en todo Corinto.

—Puede que estés en lo cierto —concedió Gabrielle.

Inis sonrió y se cruzó de brazos.

—Te he echado de menos. Siempre podíamos hablar. Yo te podía contar cosas que no me resultaba fácil contarles a mis colegas.

—Lo recuerdo.

—Gabrielle, ¿puedo volver a verte? Vamos a permanecer en Corinto hasta el final de la conferencia. Luego regresaremos al sur.

—La Conquistadora no se sentiría cómoda si te viera.

—Ya has demostrado que no soy rival para ella. ¿Qué daño puede haber en que pases un rato con un amigo? Espero que podamos ser amigos.

—¿Estás libre a la hora de comer?

—Puedo arreglarlo.

—Reúnete conmigo fuera de la enfermería mañana.

—Me parece un plan estupendo. Hasta mañana. —Se inclinó ligeramente ante ella y se encaminó hacia el cuartel, muy satisfecho con su actuación.


Durante los cuatro días siguientes, Inis y Gabrielle almorzaron juntos fuera de la enfermería. Gabrielle se sentía cómoda con el carácter público de sus conversaciones. No estaba ocultando nada.

Inis dio un bocado a una pata de pollo asado.

—El general Paulos me ha dado el día libre mañana. ¿Se te ocurre algo que podría hacer?

—¿En la ciudad?

—No. Estoy harto de Corinto. —Inis se rió un poco—. En el fondo, sigo siendo un campesino. ¿Hay algún sitio donde pudiera ir a montar a caballo?

—Hay un pequeño río a menos de media marca de las puertas de la ciudad. Es un lugar apacible.

—Creo que me gustará.

—Sé que te gustará.

Se volvió con entusiasmo hacia Gabrielle.

—¡Ven conmigo!

—No sé.

—Para almorzar. Te prometo que te traeré de vuelta al cabo de dos o tres marcas.

Gabrielle repasó el programa de Xena para el día siguiente.

—La Conquistadora ha estado muy ocupada con la conferencia. Irá bien.

—Estupendo. ¿Te recojo aquí?

—No. Nos veremos en las puertas de palacio.


Gabrielle cenó sola en sus aposentos. Esperó en el balcón a que Xena volviera de otra de los numerosas cenas de estado programadas durante la conferencia. Estaría encantada cuando se terminaran las dos semanas de reuniones.

Gabrielle oyó a Xena entrar en los aposentos. Volvió a entrar en la sala de reuniones.

Xena saludó a Gabrielle con una amplia sonrisa.

—Llevo todo el día deseando verte.

—¿Qué tal van las reuniones?

—Tan bien que tengo una cosa que proponerte.

—¿De qué se trata?

—¿Qué tal si mañana tú gobiernas Grecia y yo trabajo en la enfermería?

Gabrielle se echó a reír.

—Ni hablar.

Xena estrechó a Gabrielle entre sus brazos y la besó.

—Siento que hayamos tenido tan poco tiempo para estar juntas. Te prometo que te compensaré cuando haya enviado a mis buenos dignatarios de vuelta a sus casas.

—No te preocupes por mí. Tengo muchas cosas que me mantienen ocupada.

La sonrisa de Xena se hizo más amplia.

—¿Y esa sonrisa?

—Hoy he ganado una apuesta con Jared.

—¿Y qué os apostasteis?

—Jared decía que te empeñarías en asistir a la conferencia cuando ya estuviera por la mitad sólo para poder pasar el tiempo conmigo.

—¿Y tú qué decías?

—Yo decía que huirías de la conferencia como de la peste.

—Pobre Jared, te aprovechas de él.

—Sí, ya. ¿Acaso es culpa mía que para él sea lo mismo la cantidad de tiempo compartido que la calidad de dicho tiempo?

—Y, por supuesto, no le has dicho que me pones al tanto de las negociaciones todas las noches.

—Jared sabe muy bien que estás informada de los asuntos del gobierno. Para serte sincera, me sorprendió que hiciera la apuesta. Siempre ha apoyado tu decisión de asistir poco a la corte. No entiendo por qué pensaba que la conferencia iba a ser distinta.

—Un fallo de cálculo por su parte.

—A menos que tu tío guardián sepa algo que yo no sé.

—¿Como qué?

—Sólo tú me lo puedes decir. —Xena se apartó con un suspiro exagerado—. Oh, Gabrielle, tiene que haber algo más en la vida que pasar marca tras marca presenciando la lamentable fanfarronería de un puñado de nobles y dirigentes vasallos.

—Sólo quedan siete días.

—Para ti es fácil decirlo. —Xena se hundió en su butaca—. Malditos sean los dioses, soy la soberana del reino. No hay nada que diga que no puedo ejercer mi prerrogativa y escaquearme un par de marcas mañana para estar contigo.

Gabrielle fue hasta Xena y ocupó su lugar en su regazo.

—No. Quédate y gobierna Grecia con tu mano firme. Me temo que estalle el caos si tú no controlas sus rencillas. Dentro de pocos días volveré a tenerte toda para mí.

—Tengo otra propuesta que hacerte.

—Espero que sea mejor que la última.

—Creo que te gustará.

—Te escucho.

—Me va a apetecer un poco de aire fresco cuando todo esto acabe. ¿Qué te parece un viaje a Anfípolis? Me gustaría visitar a mi madre y estoy segura de que ella se alegrará de volver a verte.

—Acepto.

—Ahora tengo toda la motivación que necesito para asegurarme de que los acuerdos comerciales se concluyen con rapidez.

—¿Sin estampar cabezas?

—¡Me quitas toda la diversión!

—Te compenso ofreciéndote toda la diversión que puedes soportar cuando acaba el día.

Xena gozaba con el florecimiento de Gabrielle. Había tardado, pero la promesa de felicidad se había hecho realidad para la joven, y para Xena no había mayor alegría que ver a Gabrielle a gusto con ella y con el mundo en general.

—Siempre he dicho que haces tratos justos.


Xena entró en las cuadras. La mañana había sido tensa. Ansiaba la compañía más mansa de Argo. Aunque no tenía tiempo para salir a montar, sí que lo tenía para darle un buen cepillado a la yegua, cosa que sabía que Argo agradecería y que a ella le calmaría los nervios.

Advirtió la ausencia del castrado de Gabrielle. Llamó al joven mozo de cuadra.

—Yuri, ¿la dama Gabrielle ha salido a montar?

—Sí, Majestad. Se marchó hará media marca.

—¿Dijo dónde iba?

—No, Majestad. Sólo que no volvería hasta media tarde.

—¿Llevaba escolta?

—No que yo viera, Majestad.

Xena se encaminó hacia las puertas de palacio a buen paso. Dirigió su pregunta al mayor de los dos guardias.

—Xanthus, ¿la dama Gabrielle ha pasado por aquí?

—Sí, señora.

—¿Iba Trevor con ella?

—No, señora. Iba escoltada por un soldado del Cuarto Ejército.

—¿No por un guardia real?

—No, señora. De eso estoy seguro.

—¿Te dijo dónde iba?

—A la parte este del bosque por donde corta el río.

—Muy bien. Gracias.

Xena regresó al palacio. Gabrielle no había comentado que se iba a tomar un descanso. Le gustaba que Gabrielle mantuviera su promesa de informar siempre de dónde iba a estar. Con todo, Xena sentía curiosidad por saber por qué Trevor no había escoltado a Gabrielle. Desde su regreso a Corinto, éste era el principal responsable de la seguridad de Gabrielle. Xena dejó órdenes en el cuartel para que Trevor se presentara ante ella.

Cuando la avisaron de que Trevor la esperaba fuera de la sala de reuniones, Xena se disculpó.

Pasó al lado de Trevor y siguió andando por el pasillo.

—Ven conmigo.

Trevor siguió a la Conquistadora hasta que llegaron a un nicho apartado.

Xena miró al guardia de hito en hito.

—Trevor, ¿me puedes decir por qué no has escoltado a la dama Gabrielle cuando ha salido hoy de la ciudad?

Trevor no tenía motivos para temer a la Conquistadora.

—Ha sido por petición suya, señora. Dijo que estaría a salvo en compañía de un amigo del Cuarto Ejército.

—¿Cómo sabes que se puede confiar en este soldado?

—Llegó con el general Paulos. Lo he visto visitando todos los días a la dama Gabrielle en la enfermería. Yo mismo hablé con el general. Me aseguró que el soldado es un hombre de honor.

—No recuerdo que la dama Gabrielle mencionara a un amigo destinado al sur.

—Creo que se conocieron cuando ella vivía en la guarnición oriental.

—¿Cómo se llama?

—Inis, señora.

—Conozco ese nombre. —Xena dirigió una sonrisa forzada a Trevor—. No le comentes nada a la dama Gabrielle sobre mis preguntas. Ya piensa que me preocupo demasiado por ella.

Trevor respondió con despreocupación.

—Sí, señora.


Xena confirmó que Gabrielle había vuelto sana y salva a media tarde. Dejó el palacio a lomos de Argo y se dirigió al mismo lugar que había descrito Gabrielle. No sabía por qué se sentía impulsada a visitar ese sitio. Era como si quisiera examinar el escenario de un crimen.

Por mucho que intentaba luchar contra sus pensamientos más oscuros, en este día esos pensamientos la dominaban. Xena quería creer que Inis no suponía una amenaza para ella. Se dijo que Gabrielle la había elegido a ella, no al soldado. Intentó extraer la seguridad necesaria concentrándose en la fuerza y la profundidad de su conexión cada vez mayor. Se esforzaba por creer que su conexión era auténtica y no una mera ilusión.

Si al menos Gabrielle le hubiera comentado que Inis estaba en Corinto. Si al menos Gabrielle le hubiera dicho que había estado almorzando con él. Tras hacer unas indagaciones, Xena averiguó que las atenciones de Inis con Gabrielle eran del dominio público. Gabrielle se había sentado con Inis a su lado bajo el ojo atento de toda la guarnición. Xena sabía que si ella no hubiera estado tan absorta con la conferencia, también habría estado al tanto de ello.

Los actos de Gabrielle eran tan claros que nadie había pensado nada al respecto. No había habido motivo para el cotilleo. Al igual que su relación con la Conquistadora, la amistad de Gabrielle con los guardias reales y los soldados era parte de su identidad. Ambas relaciones daban forma a lo que los demás pensaban de ella. Para muchos era más fácil comprender la segunda que la primera.

Xena se quedó sentada a la orilla del río mientras el sol tocaba el horizonte. Pronto regresaría a Corinto. Pronto se enfrentaría a la mujer a la que había dado su promesa. Lo que llamó la atención de Xena mientras desaparecía el sol, rindiendo el mundo a la noche, era que Gabrielle no le había hecho a su vez la misma promesa. Xena siempre había dado por supuesto que contaba con la fidelidad de Gabrielle. Ni se le había ocurrido pedirle a Gabrielle que le jurara fidelidad. Ni se le había ocurrido preguntarle a Gabrielle si su compromiso iba más allá del presente y se extendía al resto de la vida de ambas. Lo único que le había pedido a Gabrielle era que le dijera la verdad. A Xena se le estremeció el corazón. Gabrielle podía estar con Inis sin ser acusada de traición. No podía haber traición si antes no había habido una promesa.

Las sospechas continuaban atormentando a Xena. No podía olvidarse de que le había ofrecido a Gabrielle pasar un tiempo juntas, pero la propuesta había sido rechazada. Xena recordó la excursión de caza que había hecho para demostrarse a sí misma que se podía confiar en Gabrielle. Al final de aquel día pudo seguir adelante. Había dado los pasos necesarios para demostrar que sus peores temores no eran ciertos. Xena decidió que, aunque una persona mejor podría superar los celos, ella no era esa persona mejor y tenía que hacer lo que fuese necesario para acabar con sus dudas.


Mientras esperaba a Xena, Gabrielle estaba sentada cerca de la chimenea apagada leyendo un pergamino nuevo de la biblioteca médica. Xena le había dejado una nota en la que lamentaba que, contrariamente a lo que tenían planeado, no iban a cenar juntas. Supuso que Xena estaba mediando en una disputa.

Xena entró en su dormitorio.

Gabrielle miró a su amante.

—Hola. Pareces cansada. —Dejo el pergamino a un lado.

Xena se sentó frente a Gabrielle.

—Ha sido un día muy largo.

—¿Has solucionado el problema?

—Todavía estoy en ello.

—¿Quieres hablar de ello?

—Prefiero que me hables de tu día.

Gabrielle señaló el pergamino.

—Cinco de los pergaminos médicos de Chin ya han sido traducidos. He estado leyendo sobre las hierbas que usan para tratar fiebres. ¿Crees que Lao Ma se opondría a incluir las hierbas en nuestra lista comercial?

—No creo que haya problema. No me digas que has pasado un día tan bonito como el de hoy metida en la biblioteca.

—Sólo después del almuerzo. Parte de la mañana la he pasado en las cocinas con Makia y luego he estado echando una mano en la enfermería.

—Parece un día muy completo.

—Pues sí.

—No deberías hacer tantos esfuerzos.

—No creo que ponerme al día de los cotilleos de palacio con Makia mientras la ayudo a cortar verduras sea un trabajo muy duro.

—No obstante... —A Xena se le apagó la voz. La omisión de Gabrielle había dado a Xena la respuesta que temía. Se levantó, incapaz de controlar su creciente agitación.

La mirada de Gabrielle siguió a Xena hasta el balcón.

—¿Qué te pasa?

Xena sacudió la cabeza.

Gabrielle estaba ahora preocupada de verdad. Se acercó a Xena y posó la mano en los riñones de la guerrera.

—Dímelo.

Xena siguió mirando al frente, regresando a la noche de la que acababa de salir.

—No hay nada que te pueda decir.

Gabrielle notó que Xena temblaba. La rodeó y se colocó delante de Xena, exigiendo reconocimiento en silencio. Xena destilaba un aura conocida. Gabrielle conocía la lujuria de combate de Xena. Creía comprender la poco frecuente pero profunda necesidad de Xena de buscar alivio en la intensa intimidad física. Gabrielle tenía la posibilidad de entregarse a Xena o de negar su consentimiento. En lo más profundo de su ser, Gabrielle sabía que esta noche se enfrentaba a esta clase de decisión. Nunca se había negado a Xena. Había logrado aceptar el llamativo vaivén pendular de Xena de la ternura al dominio casi pavoroso. El efecto que tenía Xena sobre ella esta noche era en muchos sentidos el mismo que cuando Xena estaba inmersa en su lujuria de combate, pero había una diferencia. Había una inconfundible sensación de peligro que nunca hasta ahora había tenido en presencia de Xena.

—Xena, estás temblando.

Xena cerró los ojos y agachó la cabeza, intentando recuperar la concentración, controlar la violencia que amenazaba con consumirla. Su violencia tenía sentido en el combate; no tenía sentido entre Gabrielle y ella.

Notó los labios de Gabrielle sobre los suyos. El beso superó a su voluntad. Levantó a Gabrielle en brazos y la llevó a la cama. Xena sintió que la rama se rompía en su interior. No era la pasión lo que intentaba liberarse: era su rabia. Subió a la superficie, llevándose por delante su capacidad para la ternura y la compasión. Debajo de ella yacía Gabrielle. Dentro de un momento, se adueñaría de la mujer.

El brusco trato de Xena desató una ola de espanto en Gabrielle. Apoyó las manos en el pecho de Xena, intentando aliviar la sensación de ahogo.

—¡Xena! —exclamó Gabrielle con creciente alarma.

—Eres mía, Gabrielle —gruñó Xena.

—Xena, por favor... —suplicó Gabrielle.

Xena agarró las manos de Gabrielle con las suyas, sujetando a la mujer más menuda. Se apoderó bruscamente de la boca de Gabrielle, mordiéndole el labio, haciéndole sangre. Gabrielle apartó la cabeza buscando alivio.

—Xena... No hagas esto. Juraste que nunca...

Xena se detuvo en seco. Reconoció el miedo en los ojos de Gabrielle y en su voz. Miedo que había causado ella. Miedo que había querido causar. Asqueada por sus propios actos, soltó a Gabrielle y se levantó de la cama. Salió a ciegas de sus aposentos, por el pasillo de detrás. Acabó en la torre. Salió y fue hasta el parapeto. Llevada de la desesperación, la idea de tirarse le resultó tentadora. Oyó pasos. Aferró el parapeto con las manos. Su mirada se clavó en el horizonte.

Gabrielle superó rápidamente su pánico inicial. Un miedo mayor, por Xena, la obligó a seguir a Xena hasta la torre. Se detuvo en el umbral. Llamó a Xena suavemente por su nombre.

Xena contestó con auténtico remordimiento.

—Siento haberte hecho daño.

Gabrielle se adelantó un paso.

—Nunca has estado así, ni siquiera después de un combate. ¿Qué te ha pasado?

—No puedo explicarlo.

No era propio de Xena negarle a Gabrielle una explicación.

—No habrá violencia alguna en nuestra cama. Eso no te lo voy a dar.

—Lo sé.

Gabrielle hizo un esfuerzo por sobreponerse a su miedo. Siempre había albergado el temor de que, por muchas promesas que le hubiera hecho Xena, sufriría las consecuencias de su rechazo.

—¿Buscarás alivio con otra persona?

Xena habló sin pensar:

—No lo sé.

Éste era el momento que Gabrielle había temido. Tenía una segunda decisión que tomar. Por mucho que le costara, estaba dispuesta a pagar el precio para conservar a Xena en su vida.

—Haz lo que debas. Sólo te pido que seas discreta.

Las propias palabras de Gabrielle se desprendieron con amargura de la lengua de Xena:

—Seré tan discreta como lo has sido tú.

—¿Qué quieres decir?

Xena se dio la vuelta. Como acusadora, haría frente a la acusada.

—Inis.

Gabrielle se quedó parada al oír la acusación de Xena. Todo lo que había sucedido en la media marca pasada adquirió un contexto penosamente claro.

—Xena, te lo puedo explicar.

—¿Sí? ¿Puedes explicarme por qué no me dijiste que había venido a Corinto con el general Paulos? ¿O por qué has estado quedando con él con regularidad? ¿O por qué hoy habéis estado cabalgando juntos la mayor parte del día?

—Inis sólo va a estar en Corinto unos días. Sabía que nunca habías querido saber nada de él, por lo que me pareció mejor no comentarte el tiempo que estábamos pasando juntos.

—¿Todavía te ama?

—Quiero ser su amiga.

—No has contestado mi pregunta. ¿Te ama?

—Sí.

—¿Cómo te has sentido cuando te ha hecho el amor?

Gabrielle recordó la renovada declaración de amor de Inis. La conversación subsiguiente había durado mucho más de lo que preveía, lo cual retrasó su regreso del río. No había logrado calmar al joven soldado. La discusión abrió dolorosamente su propia herida, una herida que había intentado curar.

—Sólo con palabras, Xena. No te voy a mentir fingiendo que en parte no me sentó bien oír que alguien me ama.

Xena se sintió ahora acusada. No encontró palabras para Gabrielle.

Gabrielle necesitaba conocer los auténticos límites impuestos a su vida con la Conquistadora.

—¿Se me prohíbe ver a Inis?

—Eres una mujer libre.

La breve ira de Gabrielle se aplacó.

—No pretendía hacerte daño.

—Ni yo a ti, pero está hecho. —Como le costaba verse objeto de la mirada de Gabrielle, Xena se dio la vuelta.

Gabrielle esperó hasta que consiguió controlar sus emociones encontradas.

—Vuelve conmigo.

A Xena se le quebró la voz.

—Ve tú. Iré dentro de poco.

Gabrielle se acercó a Xena con cautela y volvió a posar la mano en sus riñones. Xena se irguió con rigidez al notar el tacto de Gabrielle.

—Tengo miedo de que si me marcho de aquí sin ti, pueda perderte para siempre. No quiero correr ese riesgo.

El cuerpo de Xena se dobló hacia delante.

—Me duele. No sentía tanto dolor desde la muerte de Liceus.

Gabrielle apoyó su cuerpo en el de Xena, rodeando tiernamente con los brazos la cintura de su amante.

—Lo siento.

Xena no pudo resistir el impacto de la ternura de Gabrielle. El dolor, profundamente arraigado, brotó de su corazón, provocándole el llanto. Se echó a llorar. Estaba consumida por sus emociones. No tenía capacidad para controlar su fuerza. Su cuerpo se estremeció con un gran sollozo. Jadeó cuando se quedó sin aliento. No parecía haber fin para su desahogo. Gabrielle la abrazó con más fuerza. Sabía que tal vez nunca recibiría palabras de amor, pero esta noche recibía las lágrimas de Xena, y eso era suficiente.


Gabrielle acunaba a su amante dormida entre sus brazos, tumbadas las dos en el suelo de la torre. Contrariamente a cuando Xena estaba herida, no había obligado a Gabrielle a marcharse. En cambio, se aferraba a ella. Gabrielle nunca había visto a Xena en semejante estado de vulnerabilidad. Nunca se había sentido más necesitada.

Xena se despertó.

—Hola. —Gabrielle alisó el pelo de Xena.

Xena se orientó, recordando lo ocurrido la noche anterior. Se sentía horriblemente expuesta. Levantó la vista al cielo para calcular la hora del día.

—Targon querrá verme dentro de poco. —Se levantó, rompiendo el abrazo de Gabrielle.

Gabrielle la soltó libremente y siguió a Xena con los ojos mientras ésta se levantaba.

—Xena.

Xena se detuvo.

—Volveré a ver a Inis una vez más. Sólo para despedirme.

—Gracias.

Xena alargó la mano y se la ofreció a Gabrielle. Ésta la tomó y dejó que Xena la ayudara a ponerse en pie. Por un momento, al mirar sus manos unidas, Xena se planteó soltarse. Por incómoda que estuviera, no podía rechazar a Gabrielle por completo. Sus manos unidas le daban cierta esperanza de que volverían a encontrar el camino de vuelta la una a la otra. Xena condujo a Gabrielle por las escaleras de la torre hasta sus aposentos. Gabrielle guardaba silencio, agradecida por no haber sido abandonada.


A mediodía, Xena salió de la sala de reuniones del palacio y se dirigió a la enfermería. No vio a Gabrielle. Dalius acudió a ella.

—Majestad, ¿en qué puedo ayudarte?

—¿Está aquí la dama Gabrielle?

—No, Majestad. Recibí un mensaje esta mañana en el que me decía que no la esperara.

Xena salió al exterior. Notó que la observaban. Dirigió la mirada hacia el extremo de la derecha. Al otro lado del patio había un soldado. Llevaba las insignias del Cuarto Ejército. Sostuvo desafiante la mirada de la Conquistadora. Xena recibió respuesta a dos preguntas. Ahora sabía qué aspecto tenía Inis, y sabía que Gabrielle no estaba con él.

Xena entró en la tienda del rancho. Todos los hombres se pusieron en pie y se cuadraron.

—Seguid.

Sus ojos recorrieron la estancia hasta que vio a Trevor. Éste la miró. Ella asintió. Él se levantó y fue hasta ella.

—¿Señora?

—¿Dónde está la dama Gabrielle?

—Los últimos informes decían que la dama Gabrielle sigue en tus aposentos.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace menos de una marca, señora.


Xena corrió por los pasillos de palacio hacia sus aposentos. Aflojó el paso sólo cuando llegó a la entrada y pasó con brío junto al guardia. De su sala de reuniones entró en su dormitorio. Gabrielle estaba sentada junto a la chimenea. Xena fue hasta ella y se detuvo a pocos pasos, esperando a que la mirara. Gabrielle volvió la vista despacio hasta la guerrera. El corazón de Xena se llenó de dolor. Gabrielle parecía a un mundo de distancia de ella.

Xena confesó:

—Me he preocupado al saber que no habías dejado nuestros aposentos.

Gabrielle habló con miedo:

—¿Todavía tengo un lugar en tu vida?

Xena cayó sobre una rodilla delante de Gabrielle.

—¡Sí! —El péndulo regresó a la incomparable ternura de Xena. Cogió las manos de Gabrielle entre las suyas—. Las dos hemos cometido errores. Espero que estés de acuerdo con que no han sido tan graves como para no poder superarlos, juntas.

—Yo... —Gabrielle reprimió sus palabras de amor. Tenía una necesidad desesperada de decirlas, pero no se atrevía a hablar, convencida de que nunca debía volver a provocar el rechazo de Xena. Se echó hacia delante y cayó en brazos de Xena.

—Te tengo. —Xena abrazó estrechamente a su amante. Tenía la respuesta a su última pregunta. Contaba con el perdón de Gabrielle.


Xena y Jared guiaban a sus caballos por el bosque.

—No me sorprende oír que ha sido idea de la muchacha que salgas a cazar.

—Le parecía que a la larga esto sería mejor para el reino que dedicarme a matar a uno o dos de los nobles.

Jared se echó a reír.

—Te sienta bien.

Xena se sentía lo bastante a gusto como para hacer una pregunta que llevaba días reprimiendo.

—Jared, ¿tú sabías que Inis estaba en palacio?

—Sí, lo sabía.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Dejaste claro que cuanto menos supieras de Inis, mejor para todos. La muchacha no te ha faltado. Si me hubiera parecido que había puesto tu honor en entredicho, habría hablado contigo. Dadas las circunstancias, pensé que era mejor que el tema de Inis lo resolvierais vosotras sin interferencias.

—Ha sido difícil... —Xena se volvió hacia Jared—. Para las dos.

—La muchacha parecía muy animada esta mañana.

Xena sonrió, recordando el dulce beso con que la había despedido Gabrielle.

—Los dos últimos días han ayudado.

—Me he fijado en que no ha salido de palacio.

—Por elección propia. Tengo entendido que hoy va a hablar con Inis. —Xena advirtió que Jared fruncía el ceño. Añadió—: Por última vez. Me parece que no le apetece mucho. Ojalá pudiera ayudarla, pero no quiere hablar conmigo de lo que hay entre ellos.

—¿De verdad esperas que lo haga?

—No. Gabrielle siempre ha sido muy reservada. Cuenta historias de todo el mundo menos de sí misma.

—Su pasado no carece de recuerdos difíciles.

—De modo que opta por no recordar nada.

Jared decidió aligerar el ambiente.

—¿Qué clase de niña piensas que era?

Xena volvió a sonreír.

—¿Te la imaginas de chiquitina, con ese largo pelo rubio y esos alegres ojos verdes?

—Yo digo que era una fierecilla.

—¿En serio?

—¡A juzgar por cómo se ríe cuando entreno con ella, ya lo creo!

—Siempre está seria conmigo cuando entrenamos.

—¿Y quién no cuando entrena contigo?

—Yo no soy la Conquistadora para Gabrielle. Ya no.

—Tienes razón. Para ella eres más que la Conquistadora.

Siguieron caminando.

—Gabrielle y yo vamos a ir a Anfípolis después de la conferencia.

Jared bromeó:

—¿La llevas a casa para que conozca a mamá?

Xena respondió:

—Mi madre ya la conoce.

—En circunstancias distintas —contraatacó Jared.

—Sí, por desgracia. —Xena hizo una pausa—. Mi madre lo sabía.

Jared miró a su acompañante.

—¿Qué sabía Cirene?

—Que yo... que me iría mejor teniendo a Gabrielle en mi vida.

—Siempre he dicho que Cirene es una mujer muy lista. De tal palo, tal astilla. Aunque debo decir que hubo un tiempo en que me preguntaba qué había ocurrido para que la fruta hubiera caído tan lejos del árbol, pero luego cambiaste y te trajiste a Gabrielle de vuelta a Corinto y recuperé la fe.

—Jared, ¿no crees que podrías estar tomándote demasiadas libertades?

—Sólo cumplo la promesa que le he hecho a la muchacha de ocuparme de que hoy no te tomes a ti misma demasiado en serio.

Xena sonrió ampliamente y meneó la cabeza.

—Miedo me da de pensar en una alianza entre vosotros dos.

Jared se echó a reír.

—Tú espera a que lleguemos a Anfípolis. La muchacha, Cirene y yo. Podemos montar una conspiración soberbia contra ti.

—¿Quién ha dicho que vayas a venir?

—¿No me vas a invitar?

—Dejarte atrás sería un acto de defensa propia por mi parte.

Xena se detuvo. Sintió una acometida de miedo, que no era suyo. Jared reconoció el cambio y guardó silencio.

Xena dijo:

—Jared, mira a tu alrededor. ¿Notas algo?

Jared se concentró en el entorno.

—No, Xena, nada.

Xena se volvió hacia Argo. Habló suavemente con la yegua.

—Eh, chica, ¿qué dices tú? —Xena había aprendido a fiarse de los instintos de Argo. Ésta estaba tranquila—. No sé, Jared. Serán imaginaciones mías.

—No es propio de ti.

Xena cerró los ojos. La sensación de miedo aumentó con la quietud.

—Algo va mal. Algo, en alguna parte, va mal.

—¿Corinto? —especuló Jared.

Xena fue al lado de Argo y se dispuso a montar.

—Lamento acortar nuestra salida, pero vamos a volver.

Jared imitó las acciones de Xena.

—Estoy contigo.


Trevor se fijó en el inesperado pero afortunado regreso de la Conquistadora y el general. Salió corriendo de la enfermería y se reunió con ellos en el patio. Exclamó:

—Es la dama Gabrielle. Está en la enfermería.

Xena desmontó.

—¿Qué ha pasado?

—La han atacado. Tiene una herida en la cabeza y sigue inconsciente.

Xena corrió a la enfermería. Al entrar, se fijó inmediatamente en que habían colocado un doble biombo. Xena pasó detrás del biombo y se encontró a Gabrielle en la cama, con la cara amoratada y un corte en los labios. Xena cayó de rodillas junto a la cama. Su mano flotó por encima de Gabrielle, temerosa de hacerle daño si la tocaba.

—¿Quién ha hecho esto?

Dalius estaba a su lado.

—Sospechamos que Inis. Salió con la dama Gabrielle hacia el río. Al ver que no regresaban cuando estaba previsto, Trevor salió con una partida de búsqueda. Los guardias encontraron a la dama Gabrielle, pero ni rastro de Inis.

—¿La han violado?

A Dalius se le partió el corazón por su joven ayudante.

—Es posible.

Xena lo miró.

—¿No estás seguro?

—Tenía gran parte del cuerpo sumergida en el río. Las pruebas de lo que le pueden haber hecho podrían haberse borrado con el agua.

—Su ropa. ¿Estaba rota?

—Sí, Majestad.

Xena notó la presencia de Jared detrás de ella.

—Jared.

—Aquí, señora.

—No la voy a dejar. Encuentra a Inis. Si ha hecho daño a Gabrielle, deja que sus hermanos hagan con él lo que quieran. Si queda algo cuando terminen, mételo en la mazmorra y yo terminaré el trabajo.


Ya era cerca de medianoche cuando Jared salió del cuartel y se dirigió a un abrevadero. Se lavó las manos ensangrentadas antes de entrar en la enfermería. Jared entró en el espacio privado de Gabrielle. Xena seguía arrodillada a su lado.

—¿Algún cambio?

—No. ¿Tienes noticias?

—Inis está muerto.

Xena miró a Jared.

—¿No me habéis dejado nada?

—Su sangre no te manchará las manos.

—No sé si eso le importará a Gabrielle. ¿Dijo algo antes de morir?

—Confesó que había pegado a la muchacha por un arrebato de furia. Dijo que huyó por miedo. Juró que no le hizo nada más.

—¿Lo crees?

—No sé qué creer. Sólo sé lo que quiero creer.

La mirada de Xena volvió a Gabrielle.

—Pues reza para que los dioses se apiaden de ella.


Dalius aconsejó no mover a Gabrielle hasta que recuperara el conocimiento. Xena se sentó en el suelo de la enfermería, con la espalda apoyada en la pared al lado del camastro de Gabrielle. Intentó comprender lo que había pasado. Inis había jurado su amor a Gabrielle. Había sido un soldado honorable. Por qué los hombres destruyen lo que dicen amar era algo que no lograba entender y, sin embargo, conocía bien ese sentimiento. Sentirse traicionada había sacado a la luz lo peor que había en ella. La llevó a actuar de manera irracional. Una consecuencia de sus emociones más oscuras era el anhelo de aniquilar lo que más quería, aquello que lo mejor de sí misma valoraba.

Odiaba a Inis por lo que le había hecho a Gabrielle. Lo odiaba por recordarle que ella no era muy distinta. La diferencia era que, al oír a Gabrielle gritar que dejara de hacerle daño, obedeció. Xena deseaba poder decir que se había apartado de Gabrielle movida por la razón, que la razón había seguido dominándola en medio del torbellino de emociones. Pero no era así. La razón la había abandonado. Fue únicamente la ternura de sus sentimientos por Gabrielle lo que impidió que ocurriera lo imperdonable.

Xena mantenía la mirada fija en el cuerpo inmóvil de Gabrielle. Se preguntó cuánto más podría soportar Gabrielle. Tenía que haber un límite a la capacidad de Gabrielle para confiar, para perdonar, para amar.

Xena vio que los ojos de Gabrielle se agitaban. Se puso al lado de la cama y le cogió la mano. Un quejido grave se escapó de la garganta de Gabrielle. Xena esperó a que la mujer herida completara el frágil viaje de regreso al mundo que compartían.

Gabrielle oyó a Xena susurrar su nombre. Quería ver a su amante más que huir de su dolor de cabeza. Abrió los ojos. Poco a poco, enfocó la imagen del rostro preocupado de Xena.

—Xena.

—Aquí estoy. Estás a salvo.

Gabrielle recuperó la memoria, y con ella un principio de pánico.

—Inis.

Xena colocó una mano tranquilizadora en el hombro de Gabrielle.

—No te preocupes.

Gabrielle protestó:

—Ha sido Inis.

—Lo sé —la tranquilizó Xena—. ¿Por qué te atacó?

La verdad era sencilla.

—No podía amarlo.

—¿Qué ocurrió?

—Inis se enfureció cuando lo rechacé. Me pegó. Xena, intenté luchar con él...

—Sé que lo hiciste.

—Me golpeé la cabeza. No sé qué ocurrió después...

Xena vio la sombra que se apoderaba del rostro de Gabrielle. Adivinó el temor de Gabrielle.

—Dijo que no te tomó.

—No lo sé —dijo Gabrielle, más para sí misma que para Xena.

—Te vas a poner bien.

—No debería haber ido con él. Pensé que nos sería más fácil hablar lejos de palacio. Perdóname.

Xena se mostró tajante:

—No has hecho nada malo.

—¿Dónde está Inis?

—No ha sobrevivido a la justicia de tus hermanos.

Gabrielle apartó la cabeza.

—Sigues siendo miembro de la Guardia Real. Te quieren y jamás permitirán que nadie te haga daño y sobreviva. Es una cuestión de honor.

Gabrielle volvió a mirar a Xena.

—¿Es que la muerte siempre tiene que seguir a una falta de honor?

Xena se mostró inflexible:

—No hay vida sin honor.


Gabrielle fue trasladada a los aposentos de la Conquistadora en cuanto recuperó el conocimiento. Su conmoción no era tan grave como había temido Dalius al principio. A los dos días del ataque, Gabrielle ya podía caminar por el palacio a ratitos hasta que el cansancio la obligaba a volver a la cama.

Xena había esperado impaciente este momento. La conferencia había terminado y acababa de despedir a los últimos dirigentes invitados. Xena entró en su dormitorio. Gabrielle estaba dormida. Xena se quitó las botas, la espada y el chakram y se metió en la cama. Como necesitaba sentir a Gabrielle cerca de ella, pegó su cuerpo a la joven.

Gabrielle se despertó.

—¿Xena?

Xena susurró:

—Vuelve a dormirte.

—¿Se han ido?

—Todos. Targon y Jared tienen órdenes de no molestarnos.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que yo diga lo contrario.

Gabrielle se puso boca arriba para ver mejor a su amante.

—¿Eres toda mía?

Xena sonrió al tiempo que apartaba un mechoncito de pelo de la frente de Gabrielle.

—Toda tuya.

—¿Qué voy a hacer contigo?

—¿Qué te apetece?

—¿Sigue lloviendo?

—Sí. —Xena miró hacia la ventana—. Creo que va a llover toda la mañana.

—Pues nos quedaremos dentro.

—Buena decisión.

—¿Y si digo que nos quedemos en la cama hasta la comida de mediodía?

—Estaré encantada de hacerte compañía.

—¿Cómo me vas a hacer compañía? —murmuró Gabrielle con una sonrisa humorística.

Xena se inclinó y besó a Gabrielle con ternura.

—Te haré compañía como tú quieras.

Gabrielle alzó la mano y acarició la mejilla de Xena.

—Xena.

Xena se apoyó en la mano de Gabrielle.

—Sí, Gabrielle.

—¿Me abrazas?

Xena cogió la mano de Gabrielle y la guió.

—Ven aquí.

Xena se colocó boca arriba. Gabrielle se dejó guiar hasta quedar apoyada en el hombro de Xena. Se quedaron un rato en silencio.

Xena rompió el silencio.

—Anoche tuviste una pesadilla.

Gabrielle no dijo nada.

Xena la animó:

—Puedes contármelo.

Gabrielle dijo con tono apagado:

—Inis.

—Lamento no haber estado en el río para detenerlo.

—Confiaste en mí y respetaste mis deseos.

—Preferiría no tener que elegir entre mi confianza y tu bienestar.

—He cometido otro error que tenemos que superar.

—Ya está en el pasado.

—Gracias. —Gabrielle se incorporó un poco.

Xena alzó la mano y enredó los dedos en el pelo de Gabrielle.

—Me maravilla tu capacidad para perdonar. Eres mucho mejor persona de lo que yo podría aspirar a ser nunca.

—Yo te he visto perdonar a otros.

—Sólo a los que no cuentan.

—Te he hecho daño.

—Me has dicho la verdad. Lo que no tolero es a las personas que hieren mi honor o mi cuerpo.

—¿Esos son tus límites?

—Sí. Gabrielle, puedes pedirme clemencia, pero recuérdalo, una vez cruzado ese límite, no habrá nada que discutir.

—Lo sé. Me acuerdo de Talas.

—Traicionó a Grecia.

—Era joven y cometió un error.

—Todos debemos vivir con las consecuencias de nuestros errores. Soy la primera en reconocer que las Parcas no se muestran amables con los jóvenes.

—Pero Xena, ¿y los errores que cometiste tú durante tu marcha hasta Corinto? Si todo el mundo sintiera lo mismo que tú, no serías la soberana de Grecia.

—Si todo el mundo sintiera lo mismo que tú, Gabrielle, la gente me querría. En cambio, me consideran el menor de muchos males que ambicionan la corona.

—¿No estás de acuerdo con que un mundo donde hubiera más perdón sería un mundo mejor?

—Sí, pero eso no cambia mi punto de vista. Me temo que estoy abocada a decepcionarte una y otra vez.

—No estamos de acuerdo.

—No voy a fingir otra cosa.

—Entonces rezaré para no mancillar nunca tu honor ni dañar tu cuerpo. Cualquiera de las dos cosas me costaría la vida.

Xena se quedó atónita por el comentario de Gabrielle. Protestó:

—Gabrielle...

—Sólo repito tus palabras.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque, por mucho que digas que somos iguales, tú sigues siendo la soberana de Grecia y yo sigo siendo tu súbdita.

—¿Qué quieres que haga?

—Antes de juzgar a alguien, recuerda cómo era ser una joven campesina criada en Anfípolis.

—¿Y qué obtendré al recordar eso?

—Compasión.

—¿No me consideras compasiva?

—Sí. Pero me gustaría que ofrecieras tu compasión a otros con la misma generosidad que lo has hecho conmigo.


Gabrielle estaba sentada ante la más grande de las mesas de la cocina, bebiendo una taza de té mientras Makia estaba junto al fuego sazonando un cordero ensartado en un espetón.

—Gabrielle, ¿cuánto tiempo te vas a quedar ahí mordiéndote el labio?

—Estoy pensando.

—Llevas dos mañanas acudiendo a mi cocina para reprimir lo que te tiene preocupada. La paciencia de una vieja tiene sus límites.

—Makia, tengo miedo.

La cocinera se limpió las manos en el delantal y se sentó frente a Gabrielle.

—¿De qué, niña?

Gabrielle perdió el valor.

Makia intentó encarrilar la conversación.

—¿Tiene algo que ver con la Conquistadora?

Gabrielle agachó la cabeza al tiempo que le resbalaba una lágrima por la cara.

El miedo de Makia por Gabrielle salió a la superficie.

—¿Te ha hecho daño?

—¡No! —protestó Gabrielle—. Ha sido maravillosa.

La mujer de más edad se calmó.

—Bien. Eso espero. Ya lo has pasado suficientemente mal. ¿Tiene algo que ver con ese soldado?

Gabrielle asintió.

—Ya no te puede hacer daño.

—Puede que me haya destrozado la vida.

—¿Cómo, Gabrielle?

Gabrielle se mostró imparcial. Habló como si estuviera contando una historia que no era la suya.

—Inis se enfureció cuando le dije que no iba a volver a verlo. Maldijo a la Conquistadora. Dijo que estar con ella me mataría poco a poco. Dijo que me amaba y que si aceptaba volver a estar con él, se encargaría de romper el hechizo que me había lanzado la Conquistadora. Cuando lo rechacé, me pegó en la cara. La fuerza del golpe me empujó al río. Me siguió hasta el agua y me agarró. El agua llegaba hasta las rodillas y costaba moverse en ella. Fue entonces cuando me desgarró el vestido. Me sujetó por la nuca y me besó con fuerza. Ofrecí resistencia. Intenté apartarme de él, acercarme más a la orilla. Vino directo hacia mí y me volvió a pegar. Me caí de lleno al agua. Vino y se plantó por encima de mí. Le rogué que se detuviera. Me levantó tirando de la parte delantera de mi vestido y luego volvió a empujarme al agua. Fue entonces cuando me golpeé la cabeza con una piedra del río y perdí el conocimiento. Lo último que recuerdo es a Inis gritándome que iba a ser suya.

Makia alargó la mano y cogió la de Gabrielle.

—Lo siento muchísimo.

—Creo que me violó.

—¿Por qué crees eso?

—Creo que estoy esperando un hijo.

—Un hijo... —Makia bajó la mirada mientras su mente intentaba asimilar la noticia—. ¿Se te ha retrasado el ciclo?

—Sí.

—¿La Conquistadora no lo sabe?

—¿Cómo puedo decírselo?

—Debes decírselo.

—Todo esto es culpa mía. No debería haber aceptado ir al río con Inis. Fui una necia al fiarme de él.

—No puedes culparte a ti misma por lo que te hizo.

—Tengo que marcharme de Corinto.

—¿Para qué?

—Para tener a mi hijo. Para criar a mi hijo.

—Gabrielle, has estudiado con una partera. Hay maneras de poner fin a tu embarazo. La Conquistadora no tiene por qué saberlo.

—¡No! No voy a matar a mi bebé.

—Pues dile la verdad a la Conquistadora.

—Me despreciará.

—Te equivocas. Dale la oportunidad de demostrarte que te equivocas.

—Tengo que encontrar un motivo para irme de la ciudad. Desapareceré.

—La Conquistadora volverá Grecia del revés para buscarte.

—Pues dejaré Grecia.

—¿De verdad crees que se detendrá en Grecia? No puedes hacer esto. ¿Acaso no ves cuánto le importas? No tienes por qué tener este niño sola.

—No lo entiendes. Ella no... —Gabrielle se detuvo. No fue capaz de terminar su confesión.

Makia no entendía nada.

—¿Ella no qué, Gabrielle?

Gabrielle se levantó.

—No te lo tendría que haber dicho.

—Te suplico que esperes. No tomes una decisión precipitada que lamentarás el resto de tu vida. Al menos espera hasta que estés segura de lo del bebé.

—Esperaré quince días. Para entonces estaré segura.


Había esteras y almohadones esparcidos ante la chimenea del dormitorio de la Conquistadora. Las amantes estaban sentadas la una frente a la otra. Habían compartido una cena tranquila y una conversación agradable. Los ojos de Xena contemplaban a Gabrielle con ternura. Gabrielle notaba la calidez de la mirada de Xena. Ansiaba saber qué pensamientos cruzaban por la mente de su amante.

—¿Quieres decírmelo?

—Te amo.

Las palabras brotaron con sencillez, con facilidad. Xena las pronunció como si declarar su amor fuese algo natural, no extraño, como si lo hubiera hecho muchas veces en el pasado, cuando en realidad ésta era la primera.

Gabrielle oyó las palabras. Reverberaron dentro de su corazón y por un momento detuvieron sus latidos.

Xena alargó la mano, cogió la de Gabrielle y la estrechó con delicadeza.

—Gabrielle de Potedaia, ¿quieres ser mi reina?

El hecho de que Xena decidiera hablar de amor, de unión, cuando Gabrielle estaba esperando para confirmar si estaba embarazada era una jugada cruel de las Parcas. No podía aceptar el ofrecimiento de Xena. La vergüenza que llevaba dentro no lo permitía.

Gabrielle apartó la mano de la de Xena.

—Lamento, mi señora, no poder aceptar tu proposición.

—¿Mi señora? —Xena se echó hacia atrás como si la hubiera abofeteado. Gabrielle esquivó el escrutinio de Xena—. Perdona, Gabrielle. He malinterpretado tus... intenciones hacia mí.

Gabrielle intentó ofrecer una razón honorable que justificara su negativa, una que no humillara a ninguna de las dos.

—En nuestro silencio, las dos hemos cambiado.

—¿Silencio?

—No hemos hablado de amor desde que te hirieron cerca de Anfípolis.

Xena lo reconoció:

—No, es cierto. —No entendía nada.

Gabrielle esperó a que surgiera la ira de la Conquistadora. No había ni rastro de la Conquistadora en el alma de Xena. La mujer que tenía delante brillaba con un corazón puro y destrozado. Gabrielle aprovechó el momento para proponer una separación que las salvara a las dos.

—Puede que lo mejor sea que deje el palacio.

—¿Te vas? —Xena sacudió la cabeza como para desviar las palabras de Gabrielle.

—Sí.

—No lo entiendo.

—Es lo mejor.

—Tú no... No puedo creer que haya estado tan ciega... tan equivocada.

Gabrielle no supo de dónde sacó fuerzas, pero miró a Xena a los ojos y le sostuvo la mirada con firme determinación.

—Por favor, déjame marchar.

Xena se levantó. Recuperando un mínimo de serenidad, dijo con frialdad y desapego:

—Le diré a Targon que te entregue un generoso estipendio.

—No pido nada.

—¿No hay nada que te pueda dar?

—Tu perdón.

—La verdad no necesita perdón. Encontraré otra cama hasta que te marches.

Xena fue a la puerta y se detuvo. Dijo, sin mirar atrás:

—¿Te veré antes de que te vayas?

—Si lo deseas.

Xena se volvió para mirar a Gabrielle.

—Sí.

—Te lo prometo.

—Gracias.


Jared entró en los aposentos de la Conquistadora.

—Muchacha, ¿estás aquí?

Gabrielle entró en la habitación desde el balcón.

—¿Es cierto? ¿Te vas de Corinto?

Gabrielle bajó los ojos.

Jared se acercó a ella.

—¿Por qué? —Ante el silencio de Gabrielle, Jared la amenazó—: Destrozaré el palacio hasta que me des una respuesta.

Gabrielle levantó la vista alarmada.

—No, Jared, por favor, no.

—Pues dímelo. No puedo ayudaros ni a ti ni a Xena si no me lo dices.

Gabrielle le puso la mano en el brazo.

—Haz por ella lo que siempre has hecho. Se su amigo.

—También soy tu amigo.

—No puedes ayudarme. Esta vez no.

—No lo entiendo. ¿Qué te impulsa a dejarla ahora?

—Xena ha dicho que me ama.

Jared se sintió ahora más confuso que antes.

—Créela.

—La creo. Me ha pedido que sea su reina.

—Muchacha...

—Jared, no puedo ser la reina de Xena.

—¿Es que las últimas lunas no te han demostrado que no tienes nada que temer de la corte?

—No temo a la corte.

Jared retrocedió un paso. Habló con franqueza:

—¿Qué más hay que te mantiene aparte? Tú la amas. ¡Dime que no!

—Porque la amo, debo marcharme.

—¿Qué clase de amor es éste que te aparta de ella justo cuando te acaba de abrir su corazón?

—No merezco estar a su lado.

Desquiciado por completo, Jared gritó:

—¡Por qué no, en nombre de Ares!

—Porque el hijo que llevo dentro no es suyo.

Jared se quedó estremecido por la revelación de Gabrielle.

—Por los dioses.

—¿Lo entiendes ahora?

—Temíamos que Inis hubiera mentido —dijo Jared con rabia—. Fui demasiado amable con ese cabrón.

Gabrielle se sintió agradecida.

—Gracias por no pensar que me entregué a él.

—Debes confiar en Xena y decirle la verdad.

Gabrielle no hizo caso del consejo de Jared.

—Ayúdame a salir de Corinto. En Potedaia no queda nada que me obligue a volver. Necesito un lugar seguro, un lugar donde necesiten los servicios de una sanadora.

—¿Estás decidida a marcharte?

—Sí.

—Entonces haré indagaciones y te encontraré un lugar adecuado.

—Gracias.

—No me des las gracias, muchacha. Ahora estoy seguro de que acabaré condenado al Tártaro.


Xena se instaló en el ala del palacio más alejada de sus aposentos. Pasaron dos días mientras Gabrielle se preparaba para marcharse. Una bruma cubría el territorio cuando se alzó el sol, señalando el final de la noche. Xena estaba sentada en una butaca junto a la chimenea del dormitorio. Tenía los ojos clavados en las llamas ardientes. Gabrielle entró en la estancia sin ser anunciada. Llevaba un sencillo vestido de viaje. Como había prometido, venía a despedirse de Xena.

—Mi señora, estoy preparada para marcharme.

Xena siguió contemplando el fuego.

—Gabrielle. ¿Alguna vez me has mentido?

—No. —Gabrielle se dijo que no había mentira en su silencio.

—Aparte de que Inis estaba en Corinto, ¿alguna vez me has ocultado la verdad?

Gabrielle se sintió atrapada. Su respuesta fue el silencio.

Xena siguió con los ojos fijos en las llamas.

—Dime la verdad ahora. La verdad completa. ¿Por qué te vas de Corinto?

Gabrielle se acercó hasta situarse delante de Xena. Oyó las palabras de Makia. Oyó las de Jared. Sintió la exigencia de su propio corazón. Tenía una elección, o guardar silencio o dar a Xena lo único que ésta le había pedido: la verdad.

—Creo que estoy embarazada.

Xena levantó despacio los ojos.

—¿Inis?

—Sí. No he sangrado en estos quince días como debería haber hecho.

—No te entregaste a él. —Las palabras de Xena eran más una afirmación que una pregunta.

—No, no lo hice. —Gabrielle necesitaba afirmar su inocencia a la vista de las consecuencias de su mala decisión.

Xena siguió preguntando con calma:

—¿Estás segura de que estás embarazada? Él juró que no te había tomado.

La calma de Xena alentó la de Gabrielle, por lo que ésta también habló con tono tranquilo:

—Aún es pronto, ¿pero qué otra explicación puede haber?

—Te hizo mucho daño. El trauma podría haber causado un retraso en tu ciclo.

—Ojalá fuese cierto.

—Gabrielle, ¿por qué el hecho de que puedas estar embarazada te obliga a dejarme?

—No puedo pedirte que te ocupes de mi hijo y no puedo darlo en adopción.

—¿Y si me ofrezco a aceptar al niño?

—El niño será bastardo.

Xena se echó hacia delante en la butaca.

—No, si me haces el honor de permitirme dar al niño mis derechos de nacimiento.

Gabrielle alzó un poco la cabeza. Hizo un esfuerzo por comprender lo que le ofrecía Xena. El ofrecimiento confirmaba lo que habían dicho Makia y Jared. Aquello iba más allá del concepto que tenía Gabrielle sobre el amor de Xena. Cayó de rodillas a los pies de Xena.

Xena se dejó caer al suelo y abrazó a Gabrielle.

—No te arrodilles ante mí.

Gabrielle estaba deshecha en lágrimas.

—¿Cómo puedes hacer esto?

Xena levantó la barbilla de Gabrielle con la mano.

—¿Me amas?

—¡Sí! —exclamó Gabrielle de todo corazón.

—Entonces te lo pregunto una vez más. Gabrielle de Potedaia, ¿quieres ser mi reina?


Al anochecer siguiente, una vez terminados los últimos preparativos para hacer un viaje a Anfípolis, Xena entró en sus aposentos. Encontró a Gabrielle en el balcón. Se puso detrás de ella y estrechó a la joven entre sus brazos. Juntas contemplaron la puesta de sol.

Xena susurró al oído de Gabrielle:

—Hola.

Gabrielle se apoyó en ella cómodamente.

—Hay un pergamino en tu mesa.

Xena echó un vistazo.

—¿Quién lo envía?

—Yo.

Sin decir palabra, Xena soltó a Gabrielle delicadamente y cogió el pergamino. Lo abrió. La primera línea era el título: Mi señora.

Ésta es la historia de una niña que vivía en la aldea de Potedaia. La niña sentía que aquel no era su sitio. Era una soñadora. De sus sueños surgían historias, que le gustaba contar a su hermana y a sus pocos amigos.

Su padre era un hombre severo poco dado a las muestras de cariño, rápido a la hora de castigar y que nunca hablaba de amor. Su madre hacía todo lo que podía para consolar a la niña, asegurándole que conocería el amor.

Durante la cosecha, la niña se había sentido especialmente triste. Su madre la encontró tumbada en la cama, sin querer saber nada del mundo. Cogiendo a su hija entre sus brazos, la mujer le contó la historia de una niña campesina muy parecida a ella que perdió a su familia a causa de una enfermedad. Un día, un buen señor se encontró a la niña en el camino de sus posesiones y averiguó su historia. Se apiadó de ella y dispuso que viviera en sus tierras con una buena familia. De vez en cuando, el señor visitaba a la niña para asegurarse de que estaba a salvo y era feliz.

Llegó el día en que el señor decidió contraer matrimonio. Todos los habitantes de los pueblos cercanos fueron invitados a la celebración. El nombre de su futura esposa era un secreto. Se rumoreaba que la mujer que se había ganado el amor del señor no era de su clase. Eso causaba rencor entre los nobles a cuyas hijas el señor había pasado por alto.

La niña era ahora una hermosa joven. Viajó con su familia adoptiva hasta el castillo del señor. El día de su boda, el señor acudió a la joven en privado y le declaró su amor. Cuando habló, ella se dio cuenta de que siempre lo había amado, pero que nunca se había permitido expresar lo que llevaba en el corazón porque no tenía esperanza alguna de llegar a ser suya algún día. Aceptó su proposición y se casaron. Los dos fueron felices. Durante todos los años de su vida en común, la joven nunca olvidó su pérdida ni la capacidad milagrosa de su corazón para curarse y volver a amar.

La niña de Potedaia se olvidó de la historia de la huérfana y el señor hasta el día en que llegó a la ciudad de Corinto como esclava. En Corinto conoció a su ama, y a partir de aquel día supo que había encontrado a su señora.

Xena cerró el pergamino y se acercó a Gabrielle.

Gabrielle se volvió hacia ella.

—Desde mis primeros días en Corinto, quise que fueras mi señora. No me esperaba que me amaras, pero tenía la esperanza de que me mantuvieras a salvo y me dieras la oportunidad de ser feliz. Como la chica de la historia, acabé amándote. Con el tiempo acepté que mi vida no iba a ser como la de esa chica. Jamás tendría tu amor. Pero incluso sin tu amor, sabía que tenía tu aprecio, y tener tu aprecio me bastaba. Tú eras mi felicidad.

Xena habló con el corazón henchido de emoción:

—Así que, cada vez que me llamabas “mi señora”...

Gabrielle completó la idea:

—Te decía “te amo”, y rezaba para que, a pesar de todo lo que nos separaba, algún día llegaras a amarme.

—Ese día llegó hace mucho tiempo.

Gabrielle fue hasta Xena. Posó la mano sobre el pecho de Xena.

—Tienes un gran corazón. Espero ser siempre digna de él.

—¿Por qué me das el pergamino ahora? ¿Por qué has esperado?

—Porque necesitaba creer que me amabas.

—¿Y lo crees?

—Creo que me amas más de lo que nunca imaginé posible.

Por la mejilla de Gabrielle resbaló una lágrima. Xena alzó la mano y con el pulgar detuvo su avance.

—¿Por qué lloras?

—Hoy he empezado a sangrar. No estoy embarazada.

Xena captó una mezcla de tristeza y alivio en los ojos de Gabrielle.

—No sé qué decir.

Gabrielle le sonrió dulcemente.

—No hay nada que decir.

—¿Puedo hacer algo por ti? —Xena cogió las manos de Gabrielle.

—Estar conmigo esta noche como sólo tú puedes estar.

—Soy tuya, Gabrielle.

Gabrielle volvió las manos de Xena y depositó un beso en cada palma.

—Gracias, mi señora.


FIN


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