2


Xena hizo gala de su mayor paciencia. Llevó a Gabrielle hasta su cama con un continuo intercambio de besos y caricias mientras despojaba a Gabrielle de su ropa. Animó a Gabrielle a desnudarla a su vez, colocando las manos de la joven sobre los botones y cintas de su propia ropa.

Se echó encima de Gabrielle, explorando el suave cuerpo, sorprendentemente fuerte. Cuando empezó a acariciar a Gabrielle íntimamente, a la joven se le cortó la respiración. Como recordaba el pasado de Gabrielle, Xena no dejaba de mirarla tranquilizadoramente.

—Tranquila.

Gabrielle subió la mano y la posó en la mejilla de Xena. La guerrera sonrió.

—Eso es.

Otra caricia y Gabrielle arquó la espalda, cerrando los ojos por la sensación: un doloroso placer abrumaba sus sentidos. Gabrielle no apartaba la mano de la mejilla de Xena, pues necesitaba mantener la conexión. Xena volvió la cabeza para dar un beso en la palma abierta de Gabrielle. Ésta notó que la tensión que llevaba dentro se acercaba al límite. Abrió los ojos y sostuvo la mirada constante de Xena. Ésta la anclaba a lo que era bueno y seguro. Gabrielle susurró el nombre de Xena roncamente y luego gritó. Un orgasmo le atravesó el cuerpo. Xena continuó con sus tiernas caricias hasta que Gabrielle levantó el tronco y abrazó a la Conquistadora. El cuerpo de Gabrielle seguía estremecido. Xena rodeó a Gabrielle con el brazo, para sostenerla.

La confianza de la joven había sido completa y Xena sabía que sólo gracias a esa confianza había podido llevar a Gabrielle al orgasmo. Gabrielle se aferró a ella, temblando. Xena se dio cuenta de que la humedad que notaba en la piel eran las lágrimas de Gabrielle. Como no tenía palabras, Xena recostó a Gabrielle, guiando a la joven para que descansara sobre su hombro. Fue así como Gabrielle se quedó dormida y, al cabo de un buen rato, como Xena se durmió.


Xena se despertó en una cama vacía. Reaccionando rápidamente, se incorporó y paseó la mirada por la habitación. Vio a Gabrielle vistiéndose allí cerca.

—¿Dónde vas?

Gabrielle siguió vistiéndose y se volvió con timidez hacia su ama.

—Dalius me espera.

Xena se acomodó en la cama.

—¿No quieres cambiar nada de tu trabajo cotidiano?

—Con tu permiso.

—¿No quieres que nadie sepa que has estado conmigo? —Hacer la pregunta le dolió a Xena más de lo que podía imaginar.

—La gente ya sabe que anoche no regresé a la cocina.

—¿Pero no quieres que te reconozca formalmente?

—Puedes llamarme siempre que me necesites.

Xena se sentía confusa.

—¿Anoche te hice daño?

—No.

Xena se tensó al tiempo que su orgullo buscaba alivio.

—¿Te he decepcionado de alguna manera?

Gabrielle se acercó.

—No... No... Has sido maravillosa conmigo.

—No te entiendo —dijo Xena, expresándose sin censura.

—He pensado que será menos complicado para ti si la corte sigue considerándome una de tus muchas siervas.

—Tú sabes que eres más que una sierva para mí, ¿verdad?

—Sí, lo sé.

—Tenemos que hablar más de esto.

—Como desees.

—Gabrielle. —Xena se levantó de la cama. Cediendo al pudor de Gabrielle, se puso un albornoz. Xena fue al pasillo oculto y abrió la entrada—. Sigue este pasillo hasta las escaleras de detrás. En el primer rellano tuerce a la derecha. El pasillo desemboca en un aparente callejón sin salida. Tira de la anilla metálica de la pared. Se abrirá un pasadizo hasta tu habitación. Cuando estés en tu habitación, tira de una anilla igual que está en la pared y el pasadizo se cerrará. Mis guardias hacen el relevo a medianoche. Aunque Trevor informará a su sustituto de tu presencia, mis guardias serán discretos. Nadie sabrá que esta noche has estado conmigo. Y en el futuro, puedes usar este pasadizo para evitar ojos indiscretos. Creo que así es como deseas que sea nuestro arreglo.

—Sí, gracias.

—Ven a verme esta noche, una marca después de que sirvan la cena.

—Lo haré.

Xena se quedó mirando mientras Gabrielle desaparecía de sus aposentos. Pensó que debería estar satisfecha con el deseo de discreción por parte de Gabrielle. En cambio, se preguntaba si Gabrielle se avergonzaba de sí misma o de la Conquistadora.


Gabrielle anunció su presencia con un golpecito. Xena abrió la entrada.

—Pasa.

Un rápido examen de Gabrielle reveló la incertidumbre de la joven. Xena intentó aliviar la tensión.

—Vamos a sentarnos junto al fuego.

Gabrielle esperó a que Xena se moviera. Xena le ofreció la mano a Gabrielle. Ésta la cogió con timidez y se dejó guiar. En una mesa baja había un surtido de fruta y dos copas llenas de vino. Xena se sentó en la alfombra.

—Por favor, siéntate conmigo.

Gabrielle se sentó frente a la Conquistadora. Se fijó en los cuidados detalles del ambiente. Si Xena quería seducirla activamente, apreciaba el esfuerzo.

—¿Qué tal tu día?

Gabrielle se quedó sorprendida por la normalidad de la pregunta.

—Bien. Sólo ha habido un nuevo herido. Cantus. Recibió un corte en el muslo cuando entrenaba. Le conté una historia mientras le cosía la herida. Salió bien.

—Vas a convertirte en una excelente sanadora, además de bardo.

—¿Qué tal tu día?

—César ha vencido en Galia. Es posible que no tarde en volver a fijarse en Grecia.

—¿Cuánto falta para que venga?

—No lo sé. Depende del número de bajas que haya sufrido y de lo que tarde en reconstruir su ejército. Tengo espías a la caza de información.

—La guerra...

—Es inevitable. —Xena cogió una copa de vino y se la ofreció a Gabrielle—. Pruébalo. Es una cosecha muy buena.

Gabrielle cogió la copa.

—No tienes por qué hacer esto.

—¿El qué?

—Seducirme.

—¿Es así como...? —Xena se levantó. Todo su cuerpo rezumaba agitación—. Maldito sea el Tártaro. —Se apartó y se detuvo entre la chimenea y su cama. Hizo un esfuerzo por poner en orden sus ideas—. Gabrielle, estamos en mis aposentos privados. Nadie sabe que estás conmigo. No porque yo lo ordene, sino porque tú lo has pedido. Yo no oculto lo que eres para mí. —Xena se volvió y miró a Gabrielle directamente—. No te voy a mentir. Te deseo desde hace tiempo. Me has conmovido como nadie lo ha hecho jamás. A pesar de mi deseo, te tendré sólo con tu consentimiento, sin subterfugios. Tienes libertad para venir a mí o no. Lo de anoche... lo de anoche fue algo muy dulce para mí y desearía más noches como ésa. He intentado respetarte y ser tierna contigo. Dices que no quieres nada de mí, pero es evidente que si todo lo que te ofrezco es la mujer que soy, no es suficiente. Dime en qué he fallado y haré lo que pueda para remediarlo.

Gabrielle dejó su copa de vino en la mesa y se levantó. Se sentía humilde ante la declaración de Xena.

—No me has fallado. Has sido generosa como no podía ni imaginar.

—Entonces, ¿qué es lo que te mantiene alejada?

—¿Te importo algo, aunque sólo sea un poco?

—¿Qué?

—¿Podrías decírmelo? Sólo a veces... para que no me sienta tan sola.

—¿Quieres las palabras? Te he dado mi cuerpo. Te he dado... —Xena se calló, sin completar la idea.

Gabrielle comprendió que había cometido un grave error al poner en duda las intenciones de Xena.

—Debería irme.

Temblando de rabia, Xena alargó el brazo, señalando a Gabrielle.

—¡No! ¡No me dejes!

Gabrielle se quedó inmóvil mientras veía cómo la Conquistadora controlaba sus emociones. La Conquistadora serenó su respiración acelerada. Dejó caer el brazo, derrotada.

—Haz lo que tengas que hacer. Eres mi sierva, pero nunca he sido tu dueña, y nunca lo seré.

Gabrielle avanzó un paso.

—Lo siento. No sé qué grado de libertad se me permite tener contigo. No sé qué significa compartir tu cama, ni cómo debo comportarme. No sé qué esperas de mí. Pero quiero darte gusto.

Xena habló con sinceridad:

—Quiero poder confiar en ti. Quiero que tú confíes en mí. Quiero creer que jamás te haré daño a propósito. Quiero compartir momentos tranquilos y privados contigo. Quiero creer que te gustan mis caricias. Y quiero tener la oportunidad de ganarme tu aprecio. Eso es lo que me daría gusto.

—Gracias por las palabras.

Xena se dio la vuelta. Estaba agotada.

—Gabrielle, estoy cansada. ¿Otra noche, pues?

—¿Puedo dormir a tu lado?

Xena observó a la joven, buscando cualquier señal de artificio. Satisfecha al ver que no había ninguna, fue a una cómoda de ropa y sacó dos sencillas camisas blancas de dormir. Le ofreció una a Gabrielle.

—Puedes dormir con esto.

—Gracias.

Xena entró en el baño para cambiarse, dejando a Gabrielle en privado. Cuando volvió a la habitación, Gabrielle estaba cerca del fuego y su ropa estaba cuidadosamente doblada en el sofá a su lado. Xena fue directamente a la cama y se metió bajo las sábanas, colocándose de lado, de espaldas a Gabrielle. Sólo entonces Gabrielle se acercó al otro lado de la cama. Esperaba oír una invitación. No la hubo. Costaba creer que sólo había pasado un día desde su primera relación íntima. Con renovada convicción, Gabrielle levantó las sábanas y se acercó a la Conquistadora hasta sentarse a su lado. Gabrielle puso la mano en el hombro de la Conquistadora. Eligió con cuidado el modo de dirigirse a la mujer.

—¿Xena?

—Sí.

—Anoche me prometiste enseñarme todo lo que necesito saber para estar contigo.

—Lo haré.

—Dímelo ahora. ¿Cómo hace una sierva para seducir a su ama?

Xena se puso boca arriba para ver mejor a su compañera de cama.

—¿Por qué querría una sierva seducir a su ama?

—Porque la noche anterior el ama le dio a la sierva una dulce noche de placer. El ama fue respetuosa con la sierva, tratándola como a una igual. En ningún momento el ama fue otra cosa que delicada y la sierva se dio cuenta del gran esfuerzo que hacía el ama para ser así... Me gustaría pasar más noches contigo, pero antes de poder pasar aunque sólo sea una más, debo tener tu consentimiento.

—Puedes jugar a la seducción, Gabrielle, pero sabes que no es necesario. Sólo tienes que hablar con sinceridad y te daré lo que deseas.

Gabrielle creyó a Xena. También estaba convencida de que lo que Xena prometía podía muy bien ir más allá de los placeres físicos. Era una revelación pasmosa. No iba a pensar en ello en este momento, pero sí reflexionaría sobre ello más tarde, en soledad. Gabrielle decidió que un beso valía más que las palabras. Su beso fue bien recibido.


Por mucho que a Xena le encantara estar con Gabrielle, el tiempo que pasaban juntas seguía limitado a algunas noches. Xena la visitaba en la enfermería. Era durante esas visitas cuando Gabrielle y ella acordaban verse más tarde. Pasaban juntas marcas apacibles delante de la chimenea y en la cama. En su cama, Gabrielle no sólo hacía arder la pasión de la Conquistadora, sino que además inspiraba ternura a Xena. Era en su cama donde Xena sentía que se fusionaba en un ser completo, libre de la fragmentación que a menudo proyectaba una sombra sobre su alma.

Gabrielle estaba más cómoda con ella. La joven seguía siendo un misterio para Xena. No dudaba de que Gabrielle deseara estar con ella y, sin embargo, todavía había una distancia entre ellas que no sabía cómo superar. Sabía que la responsabilidad por esta distancia correspondía por igual a las dos.

Xena levantó una jarra de vino.

—¿Más?

—No, gracias.

Xena dejó la jarra a un lado y se apoyó bien en el sofá. Gabrielle, a su vez, estaba apoyada en el pecho de Xena, tumbadas las dos delante de la chimenea. La piel de oso del suelo las aislaba de la fría piedra. Gabrielle se movió para colocar el oído sobre el corazón de Xena. Le reconfortaba oír el fuerte latido.

Estarían separadas mientras Xena viajaba al sur para inspeccionar las provincias que antes estaban a cargo del señor Gaugan. Tras la muerte de Gaugan, Xena había averiguado que no era tan razonable en el trato que dispensaba a los campesinos como ella habría querido. Estaba empeñada en asegurarse de que aquellos que recibieran propiedades cumplían o superaban sus exigencias.

—Te voy a echar de menos —confesó Gabrielle.

Xena levantó con delicadeza la barbilla de Gabrielle y le dio un tierno beso.

—¿Estás segura de que no necesitas una sanadora durante el viaje?

Xena sonrió.

—Creía que no querías llamar la atención sobre nuestro arreglo. Sólo tienes que decir una palabra para venir conmigo.

—No, tienes razón. Pasaré el tiempo estudiando los pergaminos nuevos que me ha dado Dalius. El reino tiene una excelente biblioteca médica. —Gabrielle no disimuló su sonrisa—. Dalius me ha dicho que crece día a día. Parece que a la Conquistadora se le ha despertado el interés por la medicina.

—Siempre me ha interesado el arte de curar. Y exijo los mejores cuidados para el pueblo de Grecia. ¿Me lo echas en cara?

—En absoluto. —Gabrielle besó a Xena ligeramente y volvió a acomodarse—. Me alegro de que Grecia esté tranquila. Deberías intentar divertirte mientras estás fuera.

—Las cosas no son siempre como parecen.

—¿Hay algún problema?

—Siempre hay problemas. Lo único que cambia es su visibilidad e intensidad.

—¿Debería preocuparme?

—¿Por mí? No. Grecia va bien. Eso suele querer decir que hay menos gente que quiere matarme.

Gabrielle guardó silencio. Xena bajó la mirada y contempló a la inmóvil figura.

—Lo que he dicho no te ha hecho la menor gracia, ¿verdad?

—No.

—Estoy acostumbrada a reírme de la muerte. Forma parte de ser guerrera.

—Los guerreros tienen su propio código.

—Es cierto que tenemos un código por el que vivimos. Por desgracia, no todos los guerreros viven por el mismo código.

—¿Ese código incluye a quién matas y a quién dejas vivir?

Xena se quedó desconcertada por la pregunta. Fue la Conquistadora quien contestó.

—Sí, efectivamente.

—¿Cuál era tu código cuando conquistaste Grecia?

—Primero fui tras los señores de la guerra. Me concentré en los más brutales.

—¿Incluido Draco?

—Sí. Lo maté yo misma.

Xena esperó a que Gabrielle reflexionara sobre su papel para vengar la muerte de Lila.

—Y después de los señores de la guerra, ¿qué hiciste?

—Para entonces tenía un ejército formidable. Muchos de los señores de la guerra habían aceptado unirse a mí.

—¿Se lo ofreciste a Draco?

—Sí.

—¿Lo habrías aceptado en tu ejército?

—Parte del código del guerrero consiste en dar a los que quieres conquistar la oportunidad de rendirse. Podría haber exiliado a Draco, pero así habría sido más peligroso para mí. Es más inteligente tener a tus enemigos cerca para poder vigilarlos. Al final, dio igual. Lo rechazó.

Gabrielle seguía apoyada en Xena. Segura de que la mujer más joven no tenía ninguna pregunta inmediata, Xena prosiguió con su explicación.

—Entonces se me plantearon dos importantes desafíos. Uno era tomar Corinto. El otro era Roma.

—¿Por qué no Persia?

—Estaban demasiado ocupados luchando entre sí para ser una amenaza. Como yo, el rey Okal todavía tenía que solidificar su dominio.

—¿Qué era más importante para ti, Corinto o Roma?

—Corinto. No estaba dispuesta a repetir mi error con Roma y necesitaba Corinto para establecer toda Grecia como mi reino.

—César te traicionó. —Gabrielle recordaba las historias que se contaban sobre la breve alianza entre Xena y César.

—Sí. Yo era joven e ingenua. Estaba convencida de que me amaba. Mi recompensa fue la cruz y dos piernas rotas. Tardé mucho en curarme. Tuve que empezar de nuevo. Jamás permitiré que nadie vuelva a acercarse tanto a mí.

Gabrielle sintió una opresión en el corazón. Se concentró en la historia de Xena.

—Ganaste Corinto.

—Sí. Fue un asedio espantoso. Cerré todas las rutas de acceso a la ciudad y esperé a que Bevan se agotara. El muy cabrón estaba dispuesto a ver morir a toda su gente de inanición y enfermedad en lugar de rendirse. Conseguí introducir en la ciudad a unos cuantos hombres y mujeres que me eran leales y les hice correr la voz de que la ciudadanía tendría paso libre si se marchaba voluntariamente. Sólo hizo falta sobornar a unos cuantos guardias cada noche. Noche tras noche una caravana de gente salía de la ciudad. Al principio sólo acepté a las mujeres y los niños, luego a los hombres ancianos, enfermos y heridos. Por fin, garanticé el paso a todos los hombres sanos.

—¿Tenías a sus mujeres e hijos como rehenes?

—En absoluto. Mi código no me permite hacer daño a los inocentes. Siempre son los primeros a quienes pongo a salvo. Me llama la atención que en ciertos aspectos eran los más valientes. Venían a mí como ovejas al matadero. Se aferraban al rayo de esperanza de que cumpliera mi palabra. Su apuesta fue bien recompensada. Los hombres fueron los últimos por otra razón. Las mujeres y los niños eran menos visibles para Bevan. Pude vaciar Corinto sin que él se enterara.

—¿No se dio cuenta?

—Sí, y se puso furioso. Empezó a asesinar a su propia gente. No me dejó más alternativa que atacar. Contaba con la ventaja de que muchos de los hombres que quedaban en Corinto estaban dispuestos a luchar de mi lado. Sabían que luchaban no sólo por ellos mismos, sino también por sus familias.

—¿El general Jared estaba contigo?

—Desde el día en que Cortese atacó mi pueblo...

—¿Anfípolis?

—Sí. Jared estuvo conmigo desde Anfípolis hasta los primeros días de mi alianza con César. Era contrario a todo lo que tuviera que ver con Roma. Nos separamos como amigos. Después de la traición de César, viajé hacia el este. Cuando regresé a Grecia, me encontró. Llevamos juntos desde entonces.

—Nunca he oído a un bardo contar tu historia.

—Porque no debe ser contada.

Gabrielle se incorporó.

—¿Por qué no? ¿Eso no ayudaría a la gente a entenderte y apreciar lo que has conseguido?

—El pueblo de Grecia no debe concentrarse en la historia. Debe ocuparse de lo que hoy es su vida y de si cabe la esperanza de que pueda haber una vida decente en el futuro para ellos mismos y para sus hijos.

—Eres una heroína.

Xena se mostró tajante:

—No, Gabrielle. No lo soy. He hecho cosas de las que no me enorgullezco. Cosas que jamás podré expiar. No quiero que ningún niño me admire como a una heroína. Prefiero que me consideren una carnicera. Es más cierto.

Xena sabía que llegaría un día en que le contaría su historia a Gabrielle. No se lo contaría todo. Xena jamás le contaría a Gabrielle todas las atrocidades que había cometido. Pero tenía que contarle lo suficiente para acabar con cualquier idea romántica que la joven pudiera tener sobre ella.

Gabrielle volvió a recostarse apoyada en Xena. El silencio de Gabrielle era esclarecedor. Xena se sentía aliviada de saber que se marcharía por la mañana. Eso daría tiempo a la joven para pensar en lo que había averiguado y decidir si aún quería hacer el solitario recorrido por el pasillo oculto entre sus habitaciones. Pasaron media marca en silencio hasta que Gabrielle se movió.

—Me gustaría tomar el aire.

—¿Quieres que te acompañe?

—¿Te importa si te digo que no?

—De ti siempre aceptaré la verdad. Ve.

Gabrielle se incorporó y miró a Xena a los ojos.

—Gracias.

Se levantó y fue al pasillo oculto. Xena sabía que Gabrielle iba a subir a la torre. Lo que no sabía era si Gabrielle querría volver con ella. Llamó a Gabrielle por su nombre. Gabrielle se volvió hacia ella.

—Recuerda, no me debes nada. Si esta noche prefieres tu propia cama, lo comprenderé.

—Sí, mi... —Gabrielle se calló.

Xena sintió que una mano fría le aplastaba el corazón. Se volvió hacia el fuego, apartándose de lo que consideraba un rechazo muy bien merecido.

Gabrielle comprendió lo que había hecho sin querer. No podía retirar las palabras. Le habían salido de lo más hondo del alma. Aunque el impacto no era intencionado, las palabras eran ciertas, y la verdad era la única exigencia que Xena tenía con ella.

Gabrielle subió las escaleras hasta la torre. Se quedó contemplando la ciudad, intentando imaginar el asedio. No conseguía acallar sus pensamientos. Oía la voz de Xena contando la historia una y otra vez. Se preguntó si la mujer a la que amaba existía o no era más que un invento creado por su reconocimiento selectivo de Xena de Anfípolis, Conquistadora de Grecia.

Dado el talante de Xena cuando se marchó de los aposentos, Gabrielle no creía que fuera a ser bien recibida si volvía. Por esta noche, optó por no seguir abusando de la hospitalidad de Xena.

Pasaron dos marcas hasta que Xena se acostó. Reprimió todos sus deseos de ir en busca de Gabrielle. Le había prometido a la joven que le daría la oportunidad de decidir si quería acudir a ella y cuándo. Esta noche, Xena necesitaba a Gabrielle a su lado. Esta noche, Xena se quedó dormida en el doloroso vacío creado por la ausencia de Gabrielle.


Stephen esperó a que la Conquistadora y Jared llegaran al centro del patio. Gabrielle había salido de la enfermería cuando un grupo de hombres y mujeres se reunió para aplaudir el regreso de la Conquistadora.

—Bienvenida de nuevo, Majestad. —Stephen se fijó en Jared—. General.

Xena y Jared desmontaron.

—Gracias, capitán. He leído tu último informe con interés.

—Tenías razón con tu sospecha.

—No prolonguemos el asunto. Traed a los prisioneros.

Stephen alzó la mano e hizo una señal a los guardias que esperaban. Sacaron a rastras a cuatro hombres de la mazmorra y los colocaron en fila ante la Conquistadora.

Tres de los hombres eran desconocidos para Gabrielle. Se quedó de piedra al ver que el cuarto era Talas, un joven guardia, poco más que un niño. Se adelantó para ver y oír mejor.

La Conquistadora se detuvo ante cada prisionero, fijándose en su aspecto. No había uno solo que no destilara miedo. Se dirigió primero a los tres hombres de fuera del reino:

—Espías de César, ¿qué tenéis que decir en vuestra defensa? —Esperó—. ¿Nada? La pena por crímenes contra el reino es la crucifixión. Lleváoslos.

Los guardias se llevaron a los espías romanos, que gimoteaban y gritaban pidiendo clemencia. Se volvió entonces hacia Talas. El patio se había llenado de guardias. La Conquistadora proyectó la voz para que todos la oyeran.

—Talas, has traicionado a Grecia y a tus hermanos. ¿Con qué han comprado tu lealtad?

Talas no tenía defensa. Cayó de rodillas.

—Ten piedad, señora.

—¿Qué piedad merece un traidor?

—Cometí un error, señora. Por favor, haré lo que quieras para volver a ganarme tu confianza.

—No puedes ganarte mi confianza. La doy sólo una vez. Nunca la doy una segunda.

—Déjame acudir a César con información falsa. Puedo serte útil.

Gabrielle tenía la leve esperanza de que Xena perdonara al necio joven. Se acercó un paso más.

Xena captó un movimiento detrás de Talas. Miró para ver quién interrumpía lo que por lo demás era una parada uniforme. Gabrielle la miró a los ojos y meneó la cabeza, una señal que le rogaba a Xena que no quitara la vida a Talas. La Conquistadora paseó la vista por el patio observando los rostros de sus guardias. Esperaban que Talas fuese objeto de una muerte horrible digna de un traidor. En ningún momento había dudado de que iba a matar a Talas. Lo que decidió en ese momento era cómo iba a morir Talas.

Xena se agachó sobre una rodilla delante del prisionero. Le susurró al oído:

—Talas, te odio por no dejarme más alternativa que matarte. Sin embargo, te concedo una gracia, consistente en que no sentirás dolor. Saluda a Hades de mi parte.

De un solo movimiento, con la mano izquierda Xena pinzó un nervio del cuello de Talas, al tiempo que con la mano derecha lo apuñalaba en el corazón. El guardia se desplomó hacia delante, apoyándose en Xena mientras la muerte le arrebataba el alma. Se compadeció de él, lo agarró por los hombros y lo tumbó. Cuando Xena levantó la mirada, vio los rostros de su Guardia Real. No sabía si su desprecio se dirigía a Talas o, dada su misericordiosa ejecución del traidor, a ella. Al levantarse, vio que Gabrielle se encaminaba hacia la enfermería.

—Jared, ocúpate de esto.

—Sí, señora.

Xena siguió a Gabrielle. A pocos pasos de la joven, Xena la llamó. Gabrielle se detuvo, dando la espalda a la Conquistadora. Xena rodeó a la mujer y se detuvo delante de ella.

—Siento que hayas visto eso.

—Pero no sientes haberlo hecho.

—He hecho lo que había que hacer. —Xena posó una mano reconfortante en el brazo de Gabrielle.

Gabrielle se apartó.

—Por favor, no.

Xena retiró la mano como si fuese el hierro al rojo que parecía ser para Gabrielle. Xena se quedó en silencio. Gabrielle percibió el efecto que había tenido su acto, así como el de sus palabras.

—¿Puedo volver con los hombres a quienes aún puedo ayudar?

Xena asintió y se apartó. Gabrielle pasó a su lado, sin dejar de mirar al frente.


Xena y Jared estaban de pie ante el escritorio de la Conquistadora, estudiando un mapa de Grecia y de los países fronterizos.

Jared miró a Xena al otro lado de la mesa.

—César no va a esperar al deshielo de primavera.

Xena analizaba el despliegue de sus tropas.

—Qué hijo de bacante tan arrogante.

—¿Quieres llamar al Quinto Ejército?

—No. César cuenta con que mi orgullo pueda más que mi sentido común. Quiere darse bombo. Estoy segura de que ya ha escrito un pergamino para el Senado jactándose de que avanza por Grecia. Pues que avance. Quiero que Dimas aparezca con una fuerza respetable en el norte. Desplegará al Segundo Ejército desde el oeste. César se esperará que Regan marche con el Quinto Ejército desde la costa jónica hacia el interior para fortalecer nuestro frente occidental. Regan así lo hará, dejando un pequeño contingente. Eso dará algo de que hablar a los espías de César. De las tropas en marcha, quiero que todas las compañías menos una acampen a menos de dos días de distancia de sus posiciones originales en la costa, aquí, aquí y aquí. —Xena señaló las posiciones mientras hablaba—. César se hará a la mar, y cuando lo haga, los hombres de Regan dispararán nuestras catapultas hasta que la flota romana descanse en el fondo del mar. La compañía restante avanzará para crear un frente occidental contra César. Tendrán que ser los mejores que haya en el Quinto Ejército. Quiero que Kasen coloque dos compañías a cada lado de esta sierra para crear un frente oriental. Nosotros avanzaremos con la Guardia Real y una compañía del Primer Ejército hacia el noreste, para sostener el frente del sur mientras Dimas da un rodeo con sus hombres y bloquea la retirada de César.

—¿Y Paulos?

—Paulos marcará un compás de espera en el sur. El Cuarto Ejército tiene que estar preparado para reforzar la costa jónica o Corinto. ¿Qué dices, Jared?

—Que va a ser una buena contienda.

—Ahora tienes que tomar una decisión. O marchas conmigo o gobiernas Grecia en mi ausencia.

—Marcho contigo, señora.

—Bien. Designa al oficial de la Guardia Real en quien más confíes para que se quede aquí al mando del resto del Primer Ejército. El gobierno de Grecia se viene conmigo. Salimos dentro de tres días.


Dalius había recibido sus órdenes. Indicó a sus ayudantes que realizaran una serie de tareas sin dar la menor explicación. Advirtió el humor sombrío de Gabrielle, un humor que se esperaba que hubiera cambiado con el regreso de la Conquistadora, pero que en cambio se había vuelto aún más lúgubre.

Acudió a ella con el pretexto de coger un tarro de hierbas.

—Has estado callada. ¿Te ocurre algo?

—No. Estoy un poco cansada.

—No es propio de la Conquistadora no venir a vernos. ¿Cuánto hace que regresó... dos semanas?

Dado el tema, Gabrielle aprovechó la oportunidad para romper su silencio.

—¿Tú la has visto?

—Sí. Le entregué un informe hace dos días. Estaba más en su ser que nunca.

—¿A qué te refieres?

—Es dura. Era imposible saber qué estaba pensando, pero ya lo creo que pensaba. Estoy seguro de que César la tiene preocupada. Va a marchar con la Guardia Real y el Primer Ejército hacia el norte. No me apetece mucho volver al campo de batalla.

—¿Qué necesitamos para estar preparados?

—¿Necesitamos? Gabrielle, tú no vienes con nosotros.

—¿Por qué no?

—Órdenes de la Conquistadora. Creía que lo sabías.

—No, no lo sabía. ¿Es que piensa que no valgo?

—Sabe que tienes mucha habilidad. Por petición suya, mis informes siempre incluyen una parte detallada sobre tus progresos. Ella misma es una hábil sanadora. He modificado tu aprendizaje siguiendo sus instrucciones.

Gabrielle se quedó callada.

—Gabrielle, puedes preguntárselo a Targon si no me crees, pero apostaría a que estaría de acuerdo conmigo cuando te digo que la Conquistadora te... tiene afecto. Creo que no quiere que veas la brutalidad que cometen los hombres contra los hombres en la guerra. Es más, creo que la Conquistadora desea mantenerte fuera de peligro.

—Dalius, ¿querrás hablar con ella? Dile que quiero ir con vosotros.

—No lo voy a hacer. La Conquistadora ha dejado claros sus deseos. No voy a enfrentarme a ella. Gabrielle, no te enfades, pero confieso que estoy de acuerdo con ella. El campo de batalla te provocará pesadillas.


Xena oyó el leve golpe en el pasillo oculto. No quiso creer lo que le decían los sentidos y esperó. Volvió a oírlo. Esta vez aceptó la posibilidad de lo que prometía el ruido. Atisbó por una mirilla antes de abrir la puerta. Sus expectativas crecieron al ver a Gabrielle.

—Espero no molestarte.

—Pasa.

Gabrielle entró y se quedó a un brazo de distancia de Xena.

—Tengo una petición.

—¿De qué se trata, Gabrielle?

—Quiero ser sanadora del ejército cuando éste marche hacia el norte.

Xena se dio la vuelta y salió al balcón.

Gabrielle la siguió.

—Conozco todas las razones para quedarme. Sé que veré cosas horribles y sé que puedo acabar herida o muerta. Los hombres de la Guardia Real son mis amigos. Quiero ayudarlos. Quiero ayudar a Grecia.

Xena se quedó pensativa.

—Le diré a Dalius que te incluya en sus planes.

—Gracias.

—¿Algo más?

Gabrielle no sabía cómo dirigirse a Xena. No podía dar por supuesta una intimidad permisible.

—No, mi señora.

Xena se volvió enfadada.

—Te he concedido lo que has pedido. ¿Por qué te empeñas en mantenerte tan distante?

La rabia de Xena no repelió a Gabrielle. Comprendiendo que su origen era su separación, la emoción de Xena atrajo a Gabrielle. Corrió hasta Xena y la abrazó. El choque del cuerpo de Gabrielle obligó a Xena a retroceder un paso. Se aferró a Gabrielle como si su vida dependiera de la joven.

—¿Vuelves a mí libremente?

Gabrielle siguió hundida en el abrazo de Xena.

—Sí. —Se calló las palabras “mi señora”.


Jared y Targon estaban ante el escritorio de la Conquistadora. Observaban a la Conquistadora, atentos a cualquier pista que les indicara cómo había recibido la petición que sujetaba en la mano. Xena enrolló el pergamino.

—Jared, ¿esto es cosa tuya?

—No, señora. Sólo he aceptado presentarte la petición.

—Cuántas marcas. No sabía que la mitad de mis guardias reales siguen siendo analfabetos.

—Sus corazones son sinceros.

Xena desenrolló el pergamino y lo firmó con una floritura. Lo volvió a cerrar y se lo entregó a su administrador.

—Targon, mete esta petición en los archivos reales.

Targon cogió la petición.

—Será un placer, Majestad.

Jared no había terminado su tarea.

—Señora, los hombres solicitan que seas tú quien otorgue el honor.

—Tú eres el general de la Guardia Real.

—Y tú eres su soberana.

—Supongo que querrán estar presentes.

—Será bueno para la moral.

—¿La moral? ¿Hacer que mis guardias reales se conviertan en una panda de cachorritos? Me parece que antes de marchar contra César se impone realizar una inspección real. Convoca a los hombres, ahora.

Jared se mostró satisfecho.

—Sí, señora.


Apurado, Dalius entró en la enfermería.

—Que los dioses se apiaden de todos nosotros.

Gabrielle dejó de enrollar vendas.

—¿Qué ocurre?

—La Conquistadora está haciendo una inspección de la Guardia Real.

—¿Y eso es malo?

—No nos quedará un solo catre libre cuando termine.

Los dos se volvieron al oír el ruido de un contingente que se acercaba. La Conquistadora entró en la enfermería. Avanzó seguida de Jared. Su escolta permaneció fuera. Para mérito de Dalius, la enfermería estaba inmaculada. Vio un cubo cerca de Gabrielle lleno de vendas empapadas en sangre. Xena se acercó y lo golpeó con la punta del pie.

—Dalius, ¿es que pretendes provocar una epidemia con estas vendas sucias?

—Gabrielle acaba de cambiar los vendajes del soldado, Majestad.

—¿Es eso cierto?

Gabrielle se inclinó.

—Sí, mi señora.

La Conquistadora le guiñó el ojo a Gabrielle con disimulo y luego ordenó:

—Sal. —Fulminó a Dalius con la mirada—. Tú también, te quiero como testigo.

Dalius intentó impedir lo que creía que iba a ser una injusticia.

—Majestad, por favor. Gabrielle no ha hecho nada malo.

—Tu protesta no hace sino confirmar lo que se debe hacer —dijo la Conquistadora con su tono más amenazador—. Ahora... salid.

La Guardia Real esperaba en formación.

—Sígueme, muchacha. Dalius, tú quédate donde estás.

Xena llamó a Jared:

—¡General!

Jared entregó a Xena una cajita de madera.

Los ojos de Xena recorrieron a la Guardia Real.

—Hago saber que lo que estoy a punto de hacer es en respuesta a una petición marcada, —la Conquistadora no pudo evitar un cierto tono de sarcasmo con la última palabra—, por todos y cada uno de los miembros de la Guardia Real y aprobada por el general Jared. —La Conquistadora centró su atención exclusivamente en Gabrielle—. Gabrielle de Potedaia, en reconocimiento de los servicios prestados como sanadora y narradora a los hombres de esta guarnición, y con tu consentimiento, a partir de ahora entras a formar parte de la Guardia Real. La hermandad... —La Conquistadora añadió por lo bajo—: Incluido más de un tío, ¿verdad, Jared? —Siguió hablando en voz alta—: La hermandad jura honrarte y protegerte como miembro de la misma. ¿Aceptas este honor?

Gabrielle miró a los hombres y vio rostros conocidos, muchos de los cuales sonreían, cosa que la Conquistadora no toleraría normalmente.

Sonrió.

—Acepto, mi señora.

La Conquistadora abrió la caja y sacó una cadena con un pequeño medallón de oro y plata. Grabado en el medallón aparecía el sello de la Conquistadora, formado por una espada y un chakram atravesados por la letra X. La Conquistadora le pasó la caja vacía a Jared y luego colocó la cadena alrededor del cuello de Gabrielle.

—En este día, Gabrielle de Potedaia se convierte en miembro de la Guardia Real y como tal queda bajo mi protección personal. Hombres. Tenéis una nueva hermana. ¿Qué decís?

Los hombres levantaron las espadas y aclamaron.

Xena se inclinó y susurró al oído de su amante:

—Bien hecho, Gabrielle.

Gabrielle respondió suavemente:

—Gracias, mi señora.


La orden de detenerse fue bajando por la hilera de soldados hasta el carromato del sanador. Dalius tiró de las riendas y detuvo el avance firme de los caballos.

Suspiró:

—Bien. Me hace falta un descanso.

—Yo sé conducir un carro —se ofreció Gabrielle.

—Entonces llevarás las riendas después de comer.

Gabrielle sonrió, contenta de ser útil.

La Conquistadora se detuvo junto al carromato.

—Dalius, a menos que tenga algo urgente que hacer, deseo tomar prestada a tu ayudante.

—Gabrielle no tiene ninguna tarea que no pueda esperar, Majestad.

—Mi señora. —Gabrielle buscó la mirada de la Conquistadora.

—¿Sí?

—Prometí a los hombres contarles una historia durante la comida del mediodía.

—Creo que soportarán bien la pérdida si les das dos historias esta noche. Dejo la decisión en tus manos.

—¿Puedo preguntar que planes tienes para mí?

—Debes confiar en que sólo pienso en tu beneficio.

Gabrielle se volvió hacia su mentor.

—Dalius, ¿les dirás a los hombres que las historias tendrán que esperar hasta esta noche?

—Por supuesto. —Dalius comprendía erróneamente que Gabrielle no tenía auténtica elección.

La Conquistadora ofreció la mano a Gabrielle.

—Dame el brazo.

—¿Voy a montar contigo?

—Puedes agarrarte a mí. Rara vez me caigo.

Gabrielle se levantó y alargó el brazo, alargando al tiempo la pierna. El movimiento fue más fácil de lo que se esperaba. Gabrielle se acomodó detrás de la Conquistadora.

—¿Vas bien ahí detrás?

—Eso creo.

—Así me gusta. —Xena cubrió las manos de Gabrielle con una de las suyas. Apretando las rodillas, le indicó a Argo que avanzara.

Cabalgaron hasta un pequeño lago. Xena desmontó y luego levantó los brazos hacia Gabrielle.

—Ven.

Gabrielle se dejó caer en los brazos a la espera de Xena.

—Gracias.

—Echa un vistazo.

Gabrielle fue hasta la orilla. Xena cogió una alforja, un odre de vino y una manta. Gabrielle volvió con su ama cuando Xena ya había extendido la manta en el suelo y empezaba a sacar un surtido de alimentos de la alforja.

—¿Puedo hacer algo?

—Ven.

Gabrielle se arrodilló al lado de Xena.

—No sé qué decir.

—Puedes decirle a Dalius que hemos ido a buscar hierbas. En realidad, hay una buena colección no muy lejos de aquí. Nos detendremos al volver y llevaremos la prueba.

—Xena...

—Gabrielle, no deseo nada de ti más que el placer de tu compañía.

Gabrielle posó la mano sobre la de Xena.

—¿Puedo elegir yo el placer que te dé mi compañía? —Se echó hacia delante y besó a Xena con suavidad.

Xena permitió que Gabrielle la hiciera suya. Rompiendo el beso, Xena se echó hacia atrás sobre los talones. Estaba contenta por la creciente confianza de Gabrielle.

—Puedes elegir, pero yo establezco una condición. No debes olvidar jamás que darme placer íntimo es siempre una elección, nunca una obligación.

—Eso me lo has dejado perfectamente claro.

—Entonces confío en que en este día lo que elijas para mí me beneficie.

—En este día, mi señora, lo que he elegido para ti también me beneficia a mí.


Dos marcas más tarde Gabrielle se acomodó para descansar, con la espalda apoyada en un árbol. Xena se acercó a ella.

—Ven. —Gabrielle le ofreció a su ama su regazo como almohada.

Xena aceptó la invitación y estiró su cuerpo sobre la blanda hierba.

—¿Cuándo tenemos que volver?

Xena cerró los ojos.

—Jared tiene sus órdenes. Nos reuniremos con él más tarde.

Gabrielle colocó el brazo encima de Xena.

—Te he echado de menos.

—Me has visto todos los días desde que salimos de Corinto.

—No es lo mismo —dijo Gabrielle con timidez, pues no quería revelar su creciente sensación de soledad—. Siempre hay alguien contigo.

—Si te invito a mi tienda, en menos de una marca toda Grecia sabrá que me das algo más que los cuidados de una sanadora.

—¿Y qué dirá Grecia cuando sepa que me has apartado de la marcha durante unas cuantas marcas?

Xena se incorporó de golpe y se volvió hacia la chica.

—Vámonos.

Gabrielle agarró a Xena del brazo.

—¡No!

—¿Qué me has dicho? —espetó la Conquistadora.

Gabrielle habló con un tono más suave:

—No, mi señora. —Apartó la mano con que sujetaba a su ama—. Tus hombres creerán que hemos aumentado nuestros suministros de hierbas medicinales y que te he servido la comida. Lo creerán porque yo se lo diré y porque las dos cosas son ciertas.

Xena contestó con tono moderado:

—Especularán sobre la verdad que no les digas.

—No si me peino y me coloco bien la ropa.

El humor de Gabrielle pilló a Xena desprevenida. Se echó a reír a carcajadas.

Gabrielle la instó con una sonrisa:

—Por favor, túmbate.

Xena obedeció.

—No vamos a tener muchas más oportunidades para escaparnos. Cuanto más nos acerquemos al ejército de César, más tendremos que cerrar filas.

—Lo comprendo.

Xena cerró los ojos de nuevo. Se reprochó el tono brusco, además de su error de juicio. Gabrielle tenía razón al pensar que su arreglo podría haberse visto comprometido. Xena reconocía su egoísmo al seguir acudiendo en busca de la chica y aceptar sus favores. Había tenido compañeros de cama por diversas razones. Estaban aquellos a quienes disfrutaba seduciendo simplemente como conquista, aquellos para quienes esa relación fugaz era una conveniencia política, aquellos que no ocultaban que deseaban probar sus notorias pasiones y que ella se sentía obligada a permitírselo. Estaban aquellos que buscaban un favor, ya fuese un puesto de poder o un regalo de la tesorería, y no podía olvidar a los penosos prisioneros, los traidores que buscaban un medio para librarse de la ejecución. Eran estos últimos, los que se entregaban a ella sin más motivo que el de continuar viviendo, los que se degradaban a sus pies intentando aplacarla, mitigar de algún modo su vulnerabilidad, los que, a su vez, la infectaban a ella, dejando a Xena con un residuo de humillación en la piel.

Nunca había tenido una compañera de cama como Gabrielle. La joven sólo le había pedido dos cosas que podían tener valor, por poco que fuese, para otra persona: aprender a defenderse y aprender el oficio de sanadora. Lo que Xena le había dado a Gabrielle por iniciativa propia era igual de poco importante: una habitación propia y un año menos de servidumbre.

Gabrielle seguía a su servicio, seguía sometida al dominio de la Conquistadora. No se podía olvidar que ella era ama y señora de Gabrielle. No se podía negar que por mucho que Xena le asegurara a Gabrielle que ésta tenía derechos en cuanto a su arreglo, concretamente el derecho a consentir, Xena seguía negándole la única cosa que Gabrielle había declarado inequívocamente que necesitaba: la libertad. Xena se negaba deliberadamente a renunciar a su derecho a ser soberana de Gabrielle.

Xena rara vez se permitía pensar en Gabrielle en esos términos. Había violado su propia norma de jamás estar con un esclavo o un siervo, una norma establecida para evitar todas las preguntas, todas las acusaciones que ahora se le pasaban por la mente. Estar con Gabrielle era un acto más que la condenaba al Tártaro. Liceus, de estar vivo, sería el primero en declarar en su contra. Si se encontrara con su hermano al otro lado, Xena no podría mirarlo a los ojos. Había llegado a ser como sus peores enemigos. Compraba y vendía la libertad preciosa de otro ser humano.

Gabrielle advirtió un cambio en el rostro de Xena. Acarició la frente de Xena.

—¿Qué te ocurre?

—Nada, estoy pensando.

—Si te sirve de algo, puedes hablar conmigo. Puede que no comprenda tus estrategias de combate, pero puedo intentarlo.

—No quiero enseñarte el arte de la guerra.

—Las dos sabemos que no soy una inocente.

Xena dijo con tristeza:

—No, no lo eres. ¿Por qué debería yo aumentar ese crimen?

—No lo haces. El conocimiento es un arma que se puede usar en defensa propia. No siempre se tiene que usar para conquistar.

—¿Sigues intentando inculcar sabiduría a la Conquistadora?

—Lo siento.

—No tienes por qué. No puedo rebatir la verdad. Ojalá hubiera sabido más cuando era más joven.

—¿Eso habría cambiado las cosas?

—Tal vez.

—¿Cómo?

—Antes de la batalla con Cortese, mi hermano Liceus y yo fuimos a dar un paseo. No nos dijimos gran cosa. No nos hacía falta. Yo estaba preparada para perder la vida. Para lo que no estaba preparada era para perderlo a él. Era hermoso. Tenía el pelo rubio y rizado y una sonrisa que te hacía sonreír aunque estuvieras de pésimo humor. Tenía un alma buena. A veces, tú me recuerdas a él. Daría todo lo que tengo, el poder, la riqueza, por recuperarlo.

—¿Incluso tu libertad?

—No entonces. En eso Liceus y yo éramos iguales. Su libertad no tenía precio, ni siquiera su propia vida. De haber tenido otra oportunidad, no habría cambiado nada. No tenía nada de que avergonzarse.

—De tener otra oportunidad, ¿qué cambiarías tú?

—No hay segundas oportunidades. El pasado es el pasado. Lo único que espero es no volver a repetir mis errores.

—¿Cómo evitas... cómo te impides a ti misma repetir tus errores?

—Jamás me permito olvidar a las personas a las que he hecho daño.

—Pero entonces el pasado no es el pasado. Está siempre contigo.

—Algunas personas viven en el pasado y jamás consiguen seguir adelante. Si fue un pasado doloroso, se revuelcan en el dolor. Si fue idílico, por breve que fuera, huyen sumiéndose en sus sueños. En cualquiera de los dos casos, nunca permiten que la novedad de la vida los afecte. Otros siguen adelante cargando con el pasado, y si las Parcas se muestran amables, aprenden de la experiencia y mejoran su vida. Yo intento ser como ese segundo tipo de persona, aunque reconozco que mi éxito es limitado.

—Los sueños pueden hacer tolerable lo intolerable.

—Durante un tiempo, sí. —Xena abrió los ojos y miró a Gabrielle—. Decir eso es propio de ti. Tú cuentas historias. Te llevas a otros contigo a lugares en los que nunca han estado y les presentas personas a las que nunca han conocido. La mayor parte de las veces, esos lugares y esas personas no existen, pero da igual. Los que escuchan tus historias quieren escapar. No discuto que a todos nos viene bien escapar de vez en cuando. Eso no cambia el hecho de que nunca debemos intentar negar el presente. Siempre debemos regresar a la verdad.

—La verdad duele a menudo.

—Al final, negar la verdad duele aún más.


Gabrielle había decidido descansar un poco del traqueteo del carromato del sanador y caminar. El general Jared se acercó a ella montado a caballo. Había llegado a considerar a la chica como su tutelada.

—Buenos días, muchacha.

—Buenos días, general.

Desmontó. Cogiendo las riendas de su caballo, se puso a caminar al lado de Gabrielle.

—Sé que la Conquistadora insiste en el protocolo, pero entre tú y yo, preferiría que me llamaras por mi nombre.

Gabrielle sonrió.

—Gracias, Jared.

Él sonrió de oreja a oreja.

—¡Por fin! Un bardo que pronuncia mi nombre.

—Seguro que hay historias de tu vida que merecen ser contadas.

—Eso no lo sé, muchacha. Todo lo que he hecho no se puede comparar con la Conquistadora.

—Conoces a la Conquistadora desde hace mucho tiempo.

—Sí, es cierto.

—Anfípolis, su pueblo, está cerca de aquí, ¿verdad?

—Sí, así es.

—Sé que tenía un hermano, Liceus.

—Era el pequeño. La Conquistadora tiene un hermano mayor, Toris.

—¿Dónde está?

—En Britania. Toris no era un hombre honrado. Aprovechó que era hermano de la Conquistadora para exigir dinero a cambio de protección. Hasta a Cirene le costó encontrar objeciones cuando la Conquistadora le sugirió que buscara un hogar lejos de Grecia.

—¿Cirene?

—La madre de la Conquistadora.

—¿Qué clase de mujer era?

—Es. Cirene sigue dirigiendo la posada de Anfípolis. Es una buena mujer. Fue dura con la Conquistadora. La repudió cuando murió Liceus.

—¿Y tenía razón?

—Yo digo que no. La Conquistadora era joven. Cinco o seis inviernos más joven que tú. Necesitaba una mano que la guiara y Cirene era la única en quien confiaba.

—¿No confiaba en ti?

—¿Qué podía decirle yo para aliviar su dolor? Le daba consejos sobre estrategia militar. Al poco, ya no tenía nada que enseñarle y ella tenía mucho que enseñarme a mí. Es brillante, Gabrielle. Pocos valoran su mente. Sólo ven su espada.

—Sigo sin entender cómo pudo hacer las cosas que ha hecho... las cosas que sigue haciendo.

—Gabrielle, ¿te ha castigado injustamente? Pregúntate a ti misma, dada su posición y las dificultades a las que se enfrenta, ¿qué otra opción tiene?

—Está convencida de que no puede parecer débil. Yo no estoy de acuerdo con lo que ella considera debilidad.

—En un mundo mejor, un mundo sin los Gaugans y los Césares, tendrías razón. Pero ése no es el mundo donde ella gobierna.

—De modo que se rebaja a su nivel.

—No, no es cierto. Grecia ha prosperado. Los impuestos son más altos de lo que tanto tú como ella desearíais, pero sólo porque necesitamos soldados para evitar que Grecia sea presa de los romanos y los persas. Exige tributo a las naciones vasallas, pero sólo lo suficiente para mantenerlas sujetas. Cuando una parte de Grecia sufre, la tesorería se abre para cuidar de las personas necesitadas.

—Mata.

—Sí, eso es cierto. Tú te has estado entrenando con la vara y la espada corta. ¿Acaso eres distinta?

—Pedí entrenar para protegerme.

—La Conquistadora protege a Grecia.

—¿Por qué dices Grecia? Los dos sabemos que cuando decimos Grecia nos referimos a la Conquistadora.

—¿Porque Grecia no es nada sin la Conquistadora?

—¿Qué es la Conquistadora sin Grecia?

—Creo que sería una mujer libre.

Gabrielle se paró a pensar en lo que ella misma había observado previamente, en el sentido de que en algunas cosas Xena tenía menos que los esclavos que la servían.

—¿Por qué... por qué no coge sus riquezas y se va? ¿Por qué no reclama su libertad?

—Porque la Conquistadora es una mujer honorable. Llegó el día en que su destino y el de Grecia se hicieron el mismo. No dejará Grecia abandonada a los señores de la guerra o a las naciones extranjeras.

—Hasta el día en que muera...

—Creo que no espera vivir mucho. Yo le saco mis buenos quince inviernos. ¿Te has fijado en que la nieve ha dejado su color en mi pelo?

Gabrielle sonrió.

—Intento recordarle que es posible vivir más, pero por otro lado, ella y yo sabemos que si he vivido tanto es porque ella ha intervenido y me ha salvado el pellejo más veces de las que puedo contar. ¿Quién intervendrá para salvarle a ella la vida?

—Tú.

—Si Ares quiere. Pero yo no puedo estar a su lado todo el tiempo. Los que más la odian son los que están en desacuerdo con su forma de gobernar... una forma de gobernar que ha dado una vida mejor a Grecia.

—Es una forma de gobernar imperfecta.

—Lleva gobernando Grecia cuatro inviernos. Hace falta tiempo para crear una Grecia mejor.

—Eso me dijo ella.

—Y tiene razón.


Gabrielle advirtió un cambio gradual en la Conquistadora. Le costaba definir la causa. Nunca había estado con la Conquistadora durante una guerra. Sólo podía acudir a las historias que contaban otros. No olvidaba la advertencia de Makia de que su ama cambiaría, siempre cambiaba, cuando se enfrentaba a la batalla. Gabrielle sabía por lo que oía contar a los soldados heridos que Grecia nunca se había visto tan amenazada.

La enfermería estaba instalada a una distancia segura del frente. Dos de los ayudantes de Dalius organizaban a los heridos cerca del combate. Dalius, Gabrielle y otros dos ayudantes atendían en la enfermería.

La Conquistadora y sus generales permanecían en el campo de batalla noche y día. Las noticias del frente —al principio preocupantes— fueron mejorando con el paso de los días. Las bajas disminuyeron cuando la estrategia de la Conquistadora surtió efecto. César estaba rodeado sin esperanza de abrir un segundo frente. Grecia había conseguido impedir que la flota romana desembarcara. Los pocos barcos que sobrevivieron al ataque de las catapultas griegas pusieron rumbo de regreso a Roma.

Pero las noticias de Corinto eran preocupantes. La corte estaba agitada. La Conquistadora tenía razón al temer que su gobierno pudiera enfrentarse a un desafío interno mientras ella estaba concentrada en Roma. Tenía que equilibrar la necesidad de ser paciente en su enfrentamiento contra César con una necesidad igual de importante de acabar con el conflicto y reafirmar su dominio sobre el reino.

La experiencia previa de Gabrielle no la había preparado para los estragos que pasaban ante sus ojos: extremidades cortadas y heridas profundas que dejaban órganos, músculos y huesos al aire. Trabajaba con Dalius, aprendiendo más con cada víctima de la guerra, haciendo todo lo que podía para salvar vidas y, cuando no se podía hacer nada, para aliviar el dolor y hacer compañía a un soldado moribundo mientras cruzaba al otro lado.

César había iniciado una retirada, concentrando sus fuerzas en crear una cuña para atravesar la línea del Segundo Ejército de Grecia. La Conquistadora tenía dos opciones. Las riquezas eran secundarias. Lo más importante era que el acuerdo desmoralizaría a los soldados supervivientes de Roma, propagando una infección del espíritu que la Conquistadora consideraba una amenaza mayor para César que la pérdida de más hombres.

A caballo, la Conquistadora y Jared observaban el campo de batalla. Todo estaba tranquilo. En el centro de lo que veían, Stephen y una escolta se habían reunido con representantes de Roma. Stephen dio la vuelta a su yegua y galopó de vuelta a la posición de la Conquistadora.

Stephen la saludó:

—Señora.

—¿Qué dice Roma?

—Roma acepta las condiciones impuestas por Grecia para la retirada, con una excepción. Roma entregará las armas, pero no la armadura.

—Stephen, informa a Roma de que Grecia acepta las condiciones de la retirada. —La Conquistadora se volvió a su general—. Jared, avisa a Dimas de que César incumplirá la palabra dada a Grecia y que más le vale estar más que preparado para el combate.

—¿Qué sospechas?

—César debe de tener un depósito de armas en la ruta de la retirada. Roma es demasiado débil para vencer a Grecia, pero no tan débil como para no poder con el Segundo Ejército. Si Roma lo consigue, nuestra victoria valdrá muy poco. La última batalla de una guerra es a menudo la que queda en el recuerdo y de la que se habla.

Dimas tenía a sus hombres apostados a ambos lados de la ruta de la retirada. Sus exploradores no habían logrado encontrar el posible depósito de armas romanas. Se fiaba del instinto de la Conquistadora. Ella conocía a César mejor que ninguna otra persona viva. Si ella decía que Roma pretendía provocar una matanza, él estaba preparado para darle ese gusto. Las fuerzas griegas seguían la retirada de César. La Conquistadora, los guardias reales y el Primer Ejército marchaban hacia el norte, evitando un ataque directo. Kasen, al mando del Tercer Ejército, mantenía el frente oriental, mientras que Regan mantenía el occidental.

Cualquier dirigente militar que se enfrentara a las fuerzas de Grecia tendría que haber sido un suicida o haber estado ciego de arrogancia para romper el acuerdo. La Conquistadora estaba segura de que era precisamente por esto por lo que César iba a actuar. Una vez más, contaba con el orgullo de la Conquistadora, convencido de que ésta cantaría victoria demasiado pronto, antes de que terminara toda la lucha.

Las tropas romanas se encontraban a medio día de marcha de la frontera. César ordenó un ataque sincronizado contra las fuerzas de Dimas que le valió tanto la admiración como la ira de la Conquistadora. César tenía una compañía de soldados a la espera en las colinas a ambos lados de la ruta de la retirada. Dividida en pequeños grupos, había conseguido pasar desapercibida a los exploradores de Grecia. Cada romano llevaba su propia arma, así como armas para dos hombres más. Dimas, cuya mayor preocupación era un ataque desde el otro lado de la frontera del norte, se encontró con que sus hombres estaban atrapados.

Grecia respondió velozmente. Las fuerzas de Regan y Kasen cargaron desde sus respectivos frentes. La Conquistadora saboreó la bilis del odio que sentía hacia César. Deseaba haberse equivocado, pero nada era más previsible que el orgullo de César.

Grecia luchó apasionadamente por sus hijos. Incapaz de negar el hundimiento de su triple frente, César ordenó una retirada auténtica. Todos los hombres de Roma huyeron a la frontera. Los generales detuvieron a sus tropas y dejaron que Roma cruzara la frontera sin impedimento. Estaban de acuerdo con la Conquistadora. Había habido muerte más que suficiente para abarrotar la barca de Caronte durante muchos días.

Jared llevó a la Guardia Real y al Primer Ejército al campamento base del sur. Por orden de la Conquistadora descansarían unos días antes de regresar a Corinto. Sus generales tenían órdenes de acampar en lugares estratégicamente escogidos y luego debían presentarse ante ella para un informe completo.

La Conquistadora se quedó en el campo de batalla con un pequeño destacamento encargado de enterrar a los muertos. Desmontó y caminó por el valle manchado de sangre. Notaba el sabor acre y metálico de la sangre en la lengua. En el aire se olía el hedor a carne quemada. Siguiendo sus órdenes, todos los cadáveres romanos ardieron en una sola pira. Dejarlos a merced de los carroñeros suponía un riesgo de enfermedad. Los hombres de Grecia fueron colocados en piras individuales. Habían muerto con honor y merecían pasar al otro lado con honor, no en una masa anónima de carne. Se tomó nota de sus nombres para poder notificárselo a las familias y dar a éstas el debido estipendio.

Xena caminaba por el campo, dejando que las imágenes de muerte y destrucción se grabaran a fuego en su alma. No podía escapar de la pesadilla de la guerra. La había marcado durante la batalla contra Cortese. Nada podía curar esa herida. El tiempo no hacía más que empeorarla. Para ella no era ningún consuelo saber que el total de bajas podía haber sido peor. Había dirigido una campaña casi impecable. Grecia no había caído ante Roma. Grecia seguía siendo libre gracias a la espada y la estrategia de la Elegida de Ares.

Una vez más, había abandonado su parte más humana, lo mejor de sí misma, permitiendo que el animal que llevaba dentro causara la muerte a todo aquel que se acercaba a su espada. Tentaba al destino al caminar a campo abierto. La flecha de un asesino podía quitarle la vida fácilmente si ella optaba por no atraparla. No sería un destino muy mal recibido: no volver nunca a ser parte de la guerra, no volver nunca a quitar una vida, no volver nunca a sentir esa pena inconsolable.


La noticia había llegado al campamento. Grecia había triunfado. Gabrielle suspiró aliviada. Ahora le sería más fácil esperar el regreso de la Conquistadora.

Salió de la enfermería cuando las tropas, al mando de Jared, regresaron. Su miedo se renovó al no ver a la Conquistadora. Buscó al general.

—Jared.

—Sí, muchacha.

—¿La Conquistadora ha sido herida?

—No, muchacha. Sólo unos pocos cortes.

—Entonces, ¿dónde está?

—En el campo de batalla, muchacha. Ella es la primera que entra y la última que sale.

—Pero ya ha terminado.

—Por ahora. Gabrielle, ha sido peor que el Tártaro. La guerra obliga a los hombres... obliga a los hombres a hacer cosas inhumanas. Nadie lo nota más que la Elegida de Ares. Necesita tiempo para volver al mundo que comparte contigo.

—No te entiendo.

—¿No entiendes lo que la guerra les hace a las personas, o que, de las personas más próximas a nuestra soberana, ésta te tiene a ti un afecto especial?

Gabrielle agachó la mirada.

—No tienes nada de que avergonzarte. Has sido buena para ella.

—No me avergüenzo.

—Algún día se animará y te invitará a sus aposentos por la entrada principal en lugar de la entrada de servicio.

Gabrielle levantó la mirada. Se puso rígida.

—Eso ha sido decisión mía.

—¿En serio?

—Pensé que sería más fácil para ella.

Por primera vez desde que se conocían, Jared se enfadó con la chica.

—Muchacha, ella es nuestra soberana. Ella es Grecia. ¿Cómo se interpreta que una sierva decida que no quiere ser vista con ella? La has humillado como nadie ha podido hacerlo jamás. La has convertido en algo inferior a ti.

Gabrielle se quedó consternada por la acusación de Jared.

—No... Xena nunca...

—Piénsalo. Piénsalo bien, Gabrielle.

—Jared, no lo sé.

El general respiró hondo para calmarse.

—Puede que sea lo mejor.

—¿Por qué dices eso?

—Porque cuando regrese, sé que no te va a gustar lo que vas a ver.


Xena entró cabalgando en el campamento. Desmontó y entregó las riendas de Argo a un mozo de cuadra que esperaba. Cruzó la plaza central del campamento. Al notar que alguien la observaba, se detuvo, mirando a su alrededor. Se quedó inmóvil al ver a Gabrielle fuera de la tienda de la enfermería. Hacía quince días que no se veían. Xena sabía el aspecto que tenía. Estaba cubierta de mugre, sangre y restos de carne y huesos. Se liberó de la intensa mirada de Gabrielle y siguió andando hacia su tienda.

Gabrielle se quedó mirando mientras Xena desaparecía tras la lona. Xena le había advertido de que en la guerra era una mujer distinta. Conmovida por la mirada atormentada de Xena, Gabrielle no estaba convencida de que eso fuese cierto.

Xena se apoyó en la mesa de los mapas. Se rindió a la fatiga. Quería lavarse, desprenderse de la capa de muerte que le cubría el cuerpo antes de acostarse. Su preciosa soledad se vio interrumpida por una llamada.

—Adelante.

Entró Trevor.

—Señora, ¿quieres ver a Gabrielle?

Asintió.

El guardia se hizo a un lado. Gabrielle entró con una jarra de agua y una jofaina. Del hombro llevaba colgada una bolsa, dentro de la cual iban sus útiles de curar. Dejó la bolsa en un banco cercano y se acercó en silencio. Colocó la jofaina al lado de Xena y echó el agua dentro. Sacó un paño de la bolsa y lo sumergió en la jofaina.

La joven sanadora alzó los ojos hasta Xena, que la había estado observando fijamente. Posó la mano en el brazo de Xena y empezó a lavarlo, revelando poco a poco la piel morena que había bajo las costras oscuras de suciedad y sangre. Gabrielle le lavó los brazos y las manos a Xena y luego se apoyó en una rodilla y lavó las piernas de Xena. Gabrielle se levantó de nuevo y se plantó ante Xena. Alzó las manos con cuidado y limpió la frente de Xena, bajando con delicadeza hasta que la cara y el cuello de la guerrera quedaron libres de los restos de la batalla.

—Si te desvistes, te limpiaré la túnica y la armadura.

Xena levantó la mano y soltó un cierre de su armadura. Gabrielle ayudó a Xena a quitarse las espinilleras y los brazales. Una vez libre de la armadura, Xena se apartó y fue donde tenía las mudas de ropa. Se cambió la túnica de cuero por una camisa limpia. Cogió el cuero y se lo ofreció a su cuidadora.

—Gabrielle, dale a Persi mis cosas. Él se ocupará de que las limpien. Hay que repararlas además de limpiarlas.

—¿Puedo volver más tarde, cuando hayas descansado?

—No me parece buena idea.

—Xena, por favor.

—¡Gabrielle, no!

Gabrielle se mostró inflexible:

—Puede que tú no me necesites, pero yo... yo te necesito. Por los dioses, no me des de lado ahora.

—No quería que vinieras.

—Pero lo he hecho. Aquí estoy. Soy tuya.

—¿Lo eres? ¿Eres mía?

—Sí, por mi honor. Se acabaron las puertas traseras. Xena, me da igual el riesgo. Quiero estar a tu lado. Sería un orgullo para mí.

—Voy a ser tu fin.

—Que lo decidan las Parcas.


Gabrielle regresó a sus tareas mientras Xena descansaba. Ya estaba avanzada la noche cuando Dalius la despidió. Volvió a la tienda de la Conquistadora. Se tranquilizó al ver a Trevor montando guardia.

—Buenas noches, Trevor.

—Buenas noches, señorita.

—¿Le puedes preguntar a la Conquistadora si quiere verme?

—La Conquistadora dio orden después de que te fueras esta tarde de que ya no tienes que ser anunciada. Puedes entrar y salir de sus aposentos libremente.

Gabrielle comprendió que el cambio era obra suya.

—¿Sabes si aún descansa?

—No lo sé, señorita. Mandó que le trajeran comida hace dos marcas. Nadie ha venido a verla desde entonces.

—Gracias, Trevor.

—De nada, señorita.

Gabrielle entró. Una lámpara de aceite derramaba una luz tenue por toda la tienda. Xena dormía en su cama. Gabrielle advirtió, por los restos de comida en la mesa, que Xena había comido. Se quitó toda la ropa salvo la interior y se metió en la cama de Xena. Ésta estaba tumbada de lado, de espaldas a Gabrielle. Ésta amoldó con cuidado su cuerpo al de Xena, buscando el sencillo consuelo de estar cerca de su ama. No tardó en quedarse dormida.

Gabrielle respondió al beso que notaba en los labios. El beso se hizo más profundo y la despertó. El beso la abandonó. Notó un mordisco en el cuello. Se le escapó un profundo gemido. Notó el peso del cuerpo de otra persona encima de ella. Sintió una presión en la entrepierna. El beso volvió, le abrió la boca y una lengua se coló dentro para explorar.

La Conquistadora terminó el beso y se alzó apoyada en los brazos, sin dejar de mirar a Gabrielle. Ésta abrió los ojos y vio la expresión salvaje de la Conquistadora. Conocía las notorias historias sobre la lujuria insaciable de la Conquistadora después de una batalla. Gabrielle tenía ahora motivo para temer a la persona en quien se convertía la Conquistadora cuando estaba infectada por su lujuria de combate. Tenía motivo para temer lo que la Conquistadora exigiría a su compañera de cama.

Gabrielle se había metido ingenuamente en la cama de la Conquistadora. Ahora se enfrentaba a una decisión. Podía no dar su consentimiento. Si hacía esto, se arriesgaba a que la Conquistadora buscara a un sustituto bien dispuesto. O podía hacer frente a esta verdad sobre la mujer a quien amaba y rezar a los dioses para ser capaz de soportar lo que la Conquistadora decidiera hacer con ella.

Hasta este momento, Gabrielle nunca había temido que su amante fuese nada más que tierna en la cama. Gabrielle sabía que se había equivocado al creer que se estaba metiendo en la cama con Xena y que por ello lo que tuviera lugar entre ellas sería una fusión de la sensibilidad de cada una. Estaba en la cama de la Conquistadora, donde lo único que importaba era la insaciable hambre física de la Conquistadora.

La Conquistadora se detuvo, para dar a la joven oportunidad de comprender.

—¿Eres mía?

Los ojos de Gabrielle se movieron de un lado a otro y su mente se esforzó por estar a la altura del momento. Por mucho que temiera el rechazo de la Conquistadora, Gabrielle no estaba dispuesta a sacrificar su dignidad.

Dijo sin aliento:

—Nada de violencia en nuestra cama. Prométemelo.

La Conquistadora oyó bien la condición. Nunca había aceptado restricciones en su cama. Deseaba a Gabrielle y comprendió que para tenerla no podía sobrepasar ciertos límites. La Conquistadora dijo con tono frío:

—Lo que para ti es violencia, puede que para mí no lo sea. No te voy a tomar en contra de tu voluntad. Dime que no y pararé. Te doy mi palabra.

Gabrielle estaba dispuesta a aceptar las consecuencias de su decisión.

—Entonces sí, soy tuya.

La Conquistadora no dudó en poseer a Gabrielle. Su placer estribaba en esa posesión. No mostró delicadeza alguna. Provocó, capturó, forzó bruscamente. Llevó a la joven al orgasmo una y otra vez. La Conquistadora llevó a Gabrielle más allá del raciocinio.

Gabrielle era presa del instinto. Su cuerpo respondía a la pura sensación. Había perdido el control por completo. A medida que avanzaba la noche, su cuerpo fue más allá del agotamiento físico, como nunca hasta entonces lo había hecho.

La Conquistadora no permitió que Gabrielle le devolviera las atenciones. La noche siguió adelante sin que se oyera una sola palabra. No había reconocimiento alguno de que era Gabrielle quien estaba con ella. Gabrielle sentía que podría haber sido cualquiera. Sintió un profundo vacío ante esta verdad.

Repleta, la Conquistadora se puso de lado y se durmió. Agotada, físicamente ilesa, emocionalmente destrozada, Gabrielle no podía aceptar ver a la Conquistadora dándole la espalda. Gabrielle se volvió de lado, en la dirección opuesta. Le fueron cayendo lágrimas silenciosas por la cara hasta que se rindió a la llamada de Morfeo.

Xena se despertó tumbada boca arriba. Se encontraba mejor. El filo que amenazaba con cortar y hacer sangrar a cualquiera que se acercara a ella se había desgastado sin violencia. Se volvió para mirar a Gabrielle. La joven dormía en un espacio aislado de la cama, con el cuerpo encogido hacia dentro como una niña herida. Xena, que sabía lo que habían compartido, sintió una compasión poco habitual. Al ver la postura desacostumbrada de Gabrielle, Xena se preguntó si la había adoptado voluntariamente. ¿O acaso Gabrielle se había sentido exiliada? Estaba acostumbrada a despertarse con Gabrielle dormida en sus brazos con total tranquilidad. Era en su cama donde Xena había comprendido por primera vez, para luego satisfacer, la necesidad que tenía Gabrielle de sentirse abrazada. Con el tiempo, el afecto que Xena mostraba a Gabrielle había pasado de la cama a otros momentos que compartían.

Xena necesitaba cubrir el espacio y sentir el cuerpo de Gabrielle pegado al suyo. Los palmos que las separaban bien podrían haber sido un día de viaje. Xena se puso de lado y acomodó el cuerpo para formar un caparazón protector sobre Gabrielle. Al notar el contacto con Xena, Gabrielle se sobresaltó.

Xena puso la mano con delicadeza sobre la de Gabrielle y susurró:

—Ahora descansa.

Gabrielle puso en orden sus ideas. Se rindió al destino elegido y dijo en voz baja:

—¿Me deseas?

Xena oyó las palabras que volvían a ofrecer la entrega. También oyó la voz de la rendición, no del deseo. Acercó más a Gabrielle a su cuerpo.

—Quiero dormir contigo en mis brazos.

La pena de Gabrielle dio impulso a sus palabras:

—No sé si puedo volver a entregarme a ti como lo hice anoche.

Xena se quedó inmóvil al oír la confesión.

—¿Te he hecho daño?

Gabrielle se quedó donde estaba. Reconfortada por el contacto con Xena, hizo acopio de valor y habló con sinceridad:

—No soporto la soledad.

—¿A qué te refieres?

—No estabas conmigo. Podría haber sido cualquiera.

—Te equivocas. No hubo ni un solo momento entre nosotras en que yo no supiera que eras tú quien estaba conmigo.

—No me decías nada.

—Rara vez hablo cuando estoy contigo. Las palabras son un estorbo.

—En el pasado, tus palabras me han mostrado el camino. Me sentía perdida.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Hay tantas cosas que no entiendo. Tú tienes más experiencia que yo. Intento aprender, pero algunas cosas me cuestan más que otras.

Confusa, Xena quiso defenderse de su propia autoinculpación.

—Me diste tu consentimiento.

Gabrielle se volvió de cara a su amante.

—Xena, tú no has hecho nada malo. Yo no sabía en realidad qué era lo que estaba consintiendo.

—Podrías haberme detenido con una sola palabra.

—Una parte de mí no quería detenerte.

—Pero otra parte sí.

—Sí.

—Puedo buscar alivio con otra persona.

Gabrielle guardó silencio.

Xena lamentó la propuesta.

—¿No tienes nada que decir?

—No tengo derecho a pedirte fidelidad.

—Gabrielle. —Xena cogió la mano de Gabrielle y la levantó—. Te voy a hacer una promesa. No habrá nadie más en mi cama mientras tú y yo mantengamos nuestro arreglo.

—¿Vas a querer de mí más noches como la de ayer?

Xena no quiso mentir:

—Habrá ocasiones como anoche en que te desearé una y otra vez. Tienes derecho a dar tu consentimiento o no. Si consientes, te prometo además que nunca habrá violencia, que pararé cuando me lo pidas y que diré tu nombre para asegurarte que estoy contigo y con nadie más.

—¿Y si no consiento?

—¿Nunca?

—A veces.

—Encontraré un modo de arreglármelas sin acostarme con otra persona.

—¿Y si necesitas la violencia?

—No la necesitaré. —Temiendo ser rechazada, Xena aguardó una respuesta.

—Abrázame —suplicó Gabrielle.

Xena estrechó a Gabrielle entre sus brazos.

—Aquí estoy.


Al llegar a la tienda de la Conquistadora, a Jared lo informaron de que la Conquistadora no estaba sola. Entonces fue a ver a Dalius y le dijo que no esperara ver a Gabrielle hasta más tarde. Pasó la mañana dirigiendo las operaciones del campamento, asumiendo la responsabilidad de recibir a los generales que iban llegando.

Los generales estaban sentados juntos en la tienda del comedor para el almuerzo de mediodía. Kasen tenía la misma edad que Jared. Aunque era más grande, en todo lo demás podría haber sido hermano de Jared. Kasen, un hombre fuerte que había superado la necesidad de demostrar su valía, valoraba su posición y se esforzaba por conservar legítimamente lo que había ganado. Dimas tenía la edad de la Conquistadora. Prefería el hacha de combate a la espada y siempre andaba deseoso de una buena batalla. Descarado en ocasiones, sólo la Conquistadora tenía la fuerza de carácter necesaria para controlar su comportamiento menos recomendable. Regan tenía la misma experiencia que Dimas, pero superaba a su camarada con creces en materia de madurez. Había iniciado su carrera como marinero y agradecía estar destinado a una guarnición costera.

La Conquistadora entró.

—¡Generales!

Los hombres se pusieron en pie. Xena pidió una taza de té y se sentó. Los generales volvieron a tomar asiento. Xena pidió informes. Cada dirigente relató la batalla desde su punto de vista, las pérdidas sufridas, las pérdidas infligidas, lo esperado y lo inesperado.

Xena contempló a cada hombre.

—Tanto vosotros como vuestros soldados tenéis motivo para estar orgullosos. Todos habéis honrado a Grecia y os lo agradezco.

Hubo una visible relajación alrededor de la mesa.

—Dimas. Kasen. Quiero duplicar el despliegue habitual de tropas en las fronteras. Salvo por eso, Grecia devolverá a sus ejércitos a sus guarniciones.

Regan intervino:

—Señora, antes de regresar al oeste, a mis hombres les gustaría que les pasaras revista.

Kasen añadió:

—Me gustaría solicitar el mismo honor, señora.

Los demás generales se unieron a sus colegas.

Xena inclinó la silla hacia atrás sobre las dos patas traseras.

—Jared organizará las revistas. También visitaré las enfermerías para hablar con los heridos. —Volviendo a apoyar la silla sobre las cuatro patas, preguntó con una gran sonrisa—: Bueno, ¿qué os parece un brindis por nuestra victoria?

—Nunca es demasiado temprano para brindar, señora —contestó Kasen por todos.

—¡Bien! Pues a brindar. —Xena pidió bebida, contenta de celebrar las cosas con estos hombres valientes.


Ya era tarde por la noche cuando Xena entró en la enfermería de su campamento.

Dalius la saludó:

—Buenas noches, Majestad.

—Dalius, ¿cómo van las cosas?

—Bien, Majestad.

—Me parece que vamos a quedarnos aquí unos cuantos días más. ¿Cómo está nuestra provisión de medicinas?

—Tenemos suficiente para llevar de vuelta a los hombres a Corinto y para quince días más.

—Bien. —Xena recorrió la estancia con la mirada—. No veo a Gabrielle.

—La he mandado a descansar.

—Gracias, Dalius. —Xena fue hasta un biombo que separaba tres catres para Dalius y sus ayudantes. Gabrielle dormía en uno de ellos. Los otros dos estaban vacíos.

Xena se arrodilló al lado de su amante. Le dolía el corazón por la joven. Al haber exigido tanto de ella la noche anterior y ser consciente de las consecuencias esta mañana, tenía la necesidad de ofrecer a Gabrielle la ternura que anhelaba la joven. Xena llamó a Gabrielle suavemente, despertándola poco a poco. Gabrielle abrió los ojos y vio a Xena.

—Hola.

La fatiga de Gabrielle se reflejó en su sencilla respuesta:

—Hola.

—¿Prefieres dormir aquí o conmigo?

—Contigo.

Xena cogió a Gabrielle en brazos y la levantó.

Gabrielle protestó sin ganas:

—Puedo andar.

Xena la besó en la frente.

—Vuelve a dormirte.

Acunada en brazos de Xena, Gabrielle olvidó toda intención de resistirse.

Xena cruzó con Gabrielle la enfermería y la plaza central del campamento hasta su tienda. Trevor, que estaba de guardia, observó el avance de la Conquistadora. Ya no le sorprendían las muestras públicas de afecto hacia la joven sanadora por parte de la Conquistadora. Apartó el faldón de la tienda.

Xena entró.

—Gracias, Trevor.

—No hay de qué, señora. —El guardia cerró el faldón, contento de ver pruebas continuas de que la hermana adoptiva de la Guardia Real había capturado el corazón de la Conquistadora.


Durante los tres días siguientes Xena visitó los campamentos de sus ejércitos, pasando detallada revista a cada uno de ellos. Pasó por alto las faltas poco importantes y se concentró en alabar la pericia y el valor de los soldados. Regresó tarde por la noche a su tienda. Gabrielle estaba sentada en su cama.

—Has vuelto.

—Ha sido un buen día.

—¿Está todo bien?

—Está todo bien. —Xena iba vestida con pantalones negros de cuero y una loriga. Se soltó el cinto del tahalí, que se quitó junto con la vaina y la espada—. ¿Tú cómo estás?

—Bien.

Xena se tiró con entusiasmo al lado de Gabrielle.

—No te preocupes, ahora me pongo la camisa de dormir. —Se miró la ropa—. No creo que todos estos tachones te fueran a resultar cómodos en contacto con la piel.

Gabrielle se puso de rodillas al lado de Xena. Su serio rostro no le pasó desapercibido a su amante.

—¿Ocurre algo?

—¿Estás enfadada conmigo?

Xena se incorporó sobre un codo.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Por lo que te dije al día siguiente de ganar la guerra.

Xena se quedó pensando, intentando recordar esa fecha.

—No, Gabrielle. No estoy enfadada. Tenías todo el derecho a decirme lo que sentías. Me alegro de que lo hicieras.

—No me has tocado desde entonces.

—Te he abrazado todas las noches. ¿No es eso lo que quieres, ser algo más que mi compañera de cama?

Gabrielle guardó silencio. Bajó la mirada.

Xena se sentó y cogió la mano de Gabrielle.

—Dime. ¿Qué quieres de mí?

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—¿Te lo tengo que suplicar?

La idea de que Xena suplicara le resultó incomprensible a Gabrielle. Alzó la mirada hasta Xena.

—Quiero que estés conmigo de la forma en que estuviste la primera vez que estuvimos juntas.

Xena posó la mano en la mejilla de Gabrielle.

—Ser tierna contigo me da un gran placer.

—¿Sí?

—Sí.

Xena se echó hacia delante y le dio a Gabrielle el beso más delicado que le fue posible. Gabrielle respondió con timidez. Xena le dio un segundo beso. De nuevo, fue recibida con timidez. La velada prosiguió con tiernas caricias físicas, acompañadas de las palabras de Xena, con las que ésta llamaba a Gabrielle, le pedía permiso, la tranquilizaba, guiaba a Gabrielle hasta ella.


Xena y Jared fueron donde Stephen y una pequeña partida de caza se disponían a salir del campamento.

Xena intentó convencer a su general por última vez:

—¿Estás seguro de que no quieres venir con nosotros?

—La próxima vez, señora. Prefiero un día de descanso.

Xena le tomó el pelo:

—Jared, ¿qué te está pasando?

—Es culpa tuya por mantenerme tanto tiempo con vida que ahora siento dolor en las articulaciones.

—Tenemos una estupenda y joven sanadora que te puede recomendar un linimento para estas cosas. Te puedo asegurar que alivia.

Jared se echó a reír.

—No creo que me vaya a dar a mí los mismos cuidados que te da a ti.

Xena se detuvo en seco.

Jared ya había avanzado un paso cuando se dio cuenta de que caminaba solo. Se volvió hacia Xena y se fijó en la máscara impenetrable que caía sobre su rostro. Se quedó atónito al ver cómo habían afectado a Xena sus palabras descuidadas. No dudó. Se plantó justo delante de ella.

Jared habló en voz baja:

—Xena, escúchame. No pretendía en absoluto ofender a la muchacha. He hablado libremente porque no cabe duda alguna sobre su virtud. Opino lo mismo que todos los hombres de tu Guardia. Gabrielle es objeto de nuestro más profundo respeto. Es buena y honorable y sólo merece lo mejor que pueda darle la vida.

—Si alguna vez un hombre habla mal de Gabrielle...

—No podrás hacer nada porque cualquiera que haga daño a la muchacha verbal o físicamente morirá a manos de la hermandad.

—Jared, la guerra le ha pasado factura. Su corazón es tierno y sufre fácilmente.

—Es fuerte.

—Cuando no le queda más remedio. Quiero que esté libre de preocupaciones... aunque sólo sea por un tiempo.

—Vete a cazar. Gabrielle está en buenas manos.

—Gracias, amigo mío.

Jared puso la mano en el hombro de Xena, un raro gesto que sólo él se había ganado el derecho de hacer. Señaló con la barbilla.

—Creo que la muchacha desea hablar contigo.

Xena siguió su mirada. Gabrielle estaba fuera de la enfermería.

Xena fue hasta ella rápidamente.

—Sanadora.

—Mi señora.

Xena habló de modo que sólo Gabrielle la oyera:

—Estaré de vuelta al anochecer.

Gabrielle imitó el tono íntimo:

—Ten cuidado.

Xena sonrió.

—Puede que vuelva con un arañazo sólo para que tú me cuides.

—Te prometo cuidarte tanto si regresas herida como si no.

—¿Me quieres hacer un favor?

—Por supuesto.

—Jared se queja de molestias y dolores. Diviértete con él y dile que es un viejo.

Gabrielle sonrió.

—¿Eso no es una maldad, mi señora?

—¿Acaso no es la verdad, sanadora?

—Estás mostrando un lado muy travieso de ti misma.

—Creo que ya iba siendo hora.

Gabrielle se echó a reír.

Xena se alegró. Le parecía que hacía mucho tiempo que no veía a Gabrielle tan animada.

—Tengo que pedirte un segundo favor.

—No sé yo, mi señora. Me das un poco de miedo con este humor que tienes.

—Sé que es muy egoísta por mi parte, pero ¿querrás ser mi bardo esta noche?

Gabrielle se quedó inmóvil. Sintió que un muro que había habido entre las dos se venía abajo. Contestó con todo su corazón:

—Sí, Xena. Quiero.

—Bien. Pues hasta esta noche. —Xena cogió la mano de Gabrielle y la apretó suavemente, refrenándose de robar públicamente el beso que deseaba darle.

Gabrielle observó atentamente a su amante. Xena contaba con el respeto de sus ejércitos. Gabrielle había oído los motivos muchas veces. Sólo ahora lo comprendía. Un dirigente tenía que ser sabio, fuerte de espíritu, decisivo y no pedir nunca a los demás más de lo que él mismo estaba dispuesto a dar. A causa de su inteligencia y su habilidad superiores, Xena daba más que cualquier otra persona a su mando. Como le había explicado Anton, toda la Guardia Real aspiraba a ser digna de su liderazgo.

Gabrielle había captado atisbos del precio que pagaba Xena por gobernar Grecia. Las recompensas que recibía Xena eran escasas. Hoy Xena estaba contenta. La Conquistadora había quedado a un lado. Gabrielle deseó poder congelar este momento en que el avance de la historia humana se había detenido. No había ninguna guerra que librar, los ejércitos de Xena se alzaban victoriosos, Grecia prosperaba y su gobierno estaba seguro. Sólo gracias a estos frágiles logros se podía permitir Xena una cacería en buena compañía y una noche de historias.

Xena le había dicho a Gabrielle que obtenía la felicidad de los placeres sencillos. Al ver a Xena alejarse a caballo saludando con la mano y con una sonrisa radiante, Gabrielle supo que era cierto. Parecía algo tan fácil y, sin embargo, para Xena era dificilísimo de conseguir. Ilusionada por la velada, Gabrielle rezó a los dioses para que concedieran a Xena la gracia de la paz.


Estaba anocheciendo y la partida de caza había emprendido el regreso al campamento por una zona de denso bosque. Xena levantó la mano. Stephen y los otros cinco guardias detuvieron a sus caballos. El peligro era inminente. Xena percibía a una hilera de hombres que los estaban rodeando. Cerró el puño y lo mantuvo en alto. Los guardias se prepararon. Al observar la zona, sólo se veía una clara ruta de escape. No le cabía duda de que un contingente más numeroso de atacantes aguardaba en el sendero. Abrió el puño y bajó la palma de la mano, moviéndola un cuarto hacia la derecha.

Una flecha cruzó el espacio directa hacia su corazón. Podía elegir la muerte y dejar que la flecha diera en el blanco o elegir la vida y atraparla. No era un buen día para morir. Tenía a Gabrielle esperándola y Xena no estaba dispuesta a decepcionar a su amante. Xena gritó al tiempo que atrapaba la flecha. La partida de caza giró a la izquierda. Fuera cual fuese la resistencia que los esperaba, se enfrentarían a ella como una fuerza unida. Si sobrevivían a la emboscada, sería no por plantear dudas, sino por obedecer.

Xena iba en cabeza, agachada sobre el caballo, para ofrecer un blanco menor. Los superaban en número. La ventaja de Xena era que sus hombres y ella iban a caballo y los atacantes que tenían delante no. Oyó gritar a un hombre. Al mirar atrás, vio que Stephen había sido alcanzado por una flecha en el hombro. Dio la vuelta a Argo, gritando órdenes a sus hombres para que siguieran adelante. Desenvainó la espada y se dispuso a combatir.

Se enfrentó a cuatro soldados de a pie al tiempo que tres hombres a caballo atacaban inesperadamente por el flanco izquierdo. La espesa maleza del suelo dificultaba los movimientos de Argo. Los soldados de a pie se apartaron del camino de los jinetes. Xena se levantó sobre los estribos. Atacó con la espada con un movimiento brusco que cortó el cuello a un jinete y cercenó el brazo de otro por debajo del codo.

Un soldado de a pie avanzó. Le clavó a Xena una espada corta en el costado. La herida era profunda y dolorosa. Consciente de que tenía problemas, Xena se sacó un puñal del cinto y lo lanzó al cuello del soldado. Bloqueó la espada del jinete que quedaba y se la arrancó de las manos. Xena hundió su espada en el pecho del hombre. Éste cayó hacia atrás cuando ella le arrancó la espada de la carne.

Azuzada por la orden de Xena, Argo se alejó al galope. Xena notaba la sangre que le manaba de la herida. Dirigió a Argo hacia un sendero perpendicular a la ruta que pensaba que habían seguido sus hombres. Dividiría a las fuerzas atacantes. Aunque esto pudiera suponer su muerte, podría ayudar a sus hombres a sobrevivir.

La suerte sonrió a Xena. Detrás de ella oyó un ruido caótico. Nadie ordenó su persecución. Argo transportaba a su ama a velocidad constante. Xena perdía y recuperaba el conocimiento y se aferraba al arzón de la silla para no caerse. Delante de ella, Xena vio dos grandes peñas de la altura de Argo. Como estaban pegadas la una a la otra, formaban un nicho que podía darle cierta protección.

Xena susurró a la yegua:

—Argo, para.

Argo se detuvo.

—Argo, abajo.

Argo dobló las patas delanteras.

—Buena chica. —Xena tiró al suelo una manta, una de sus alforjas y un odre de agua. Luego se bajó a rastras del animal y se metió reptando en el nicho.

Argo fue hasta Xena y la acarició con el hocico.

Xena le dijo con tristeza:

—Hola, chica. No era así como tenía planeado terminar el día.

Xena abrió la alforja y sacó un paño. Se lo puso en la herida y apretó, intentando detener la hemorragia. La broma que le había hecho a Gabrielle ya no tenía gracia. Éste era un precio muy alto que pagar por recibir los cuidados de la joven. Tras la puesta del sol, el bosque desapareció rápidamente en la oscuridad de la noche. Xena cerró los ojos. Sabía que a menos que la encontraran pronto, moriría desangrada. También sabía, gracias a su agudo oído, que no había nadie cerca, amigo o enemigo.

Posó la mano en la alforja, reconfortándose con la sensación del suave cuero en las yemas de los dedos. Su mirada se posó y quedó clavada en su segunda alforja, que aún colgaba de la silla de Argo. Dentro se encontraba su legado más precioso: la libertad de Gabrielle. Había escrito, firmado y sellado la orden de libertad antes de salir de Corinto. Había llevado el pergamino consigo durante toda la campaña contra César. Fueran cuales fuesen las consecuencias de su muerte, éstas no supondrían que Gabrielle tuviera que verse obligada de nuevo a caer en manos de un tratante de esclavos.

Xena sintió una vergüenza creciente. Sabía que era ella la que perjudicaba a Gabrielle. Ésta seguía siendo su sierva porque Xena tenía miedo de que, si era libre, Gabrielle decidiera dejar Corinto. Xena volvió a oír la valoración que Jared había hecho de Gabrielle. “Es buena y honorable y sólo merece lo mejor que pueda darle la vida”.

Al despertarse esa mañana con Gabrielle en sus brazos, Xena se había sentido digna del honor de ser la guardiana voluntaria del vulnerable espíritu de Gabrielle. Tras su tierna noche de placer, Xena se sentía a la vez humilde y animada. Admiraba el valor de la joven que temblaba en sus brazos: un valor que consideraba mayor que el suyo.

Xena repasó los hechos que las habían llevado a la noche anterior. Se había quedado impresionada por el valeroso corazón de Gabrielle durante la primera vez que mantuvieron relaciones íntimas. Era su primera vez, y ella se esforzó por hacer olvidar a Gabrielle los abusos sufridos a manos de otros. Gabrielle confió en que Xena no le haría daño y se entregó libremente a las caricias de Xena. Ésta pensaba que lo que habían compartido la noche anterior iba más allá de esa confianza inicial. Gabrielle se había abierto por segunda vez a Xena, que era una persona que le había hecho daño. Xena tenía que aliviar el dolor de lo que Gabrielle había vivido como indiferencia por su parte y una traición casi de esa confianza. Xena agradecía la invitación a regresar a Gabrielle, una invitación que ella nunca habría podido dar a otra mujer u otro hombre porque nunca concedía otra oportunidad, nunca se arriesgaba a volver a sufrir daño.


Era un combate y no un accidente lo que retrasaba a la Conquistadora. Jared lo sentía en los huesos. Organizó dos partidas de búsqueda y envió orden a los otros generales para que se mantuvieran en sus posiciones. Tras enviar a buscar a Gabrielle, se preguntó qué voluntad prevalecería, la de ella o la de él.

Gabrielle entró en la tienda de Jared sin anunciarse.

—Llévame contigo.

Jared dejó el mapa que estaba estudiando.

—No.

—Puede haber alguien herido. Necesitarás un sanador.

—Olvidas que la Conquistadora es una hábil sanadora.

Gabrielle se acercó.

—¿Y si está herida y no puede cuidar de sí misma?

Jared cedió, pero sólo hasta cierto punto.

—Me llevaré a Dalius.

—Yo puedo protegerme. Me han enseñado los mejores.

—La Conquistadora es la mejor.

—Bueno, no voy a tener que batirme con ella.

—Le prometí que no te pasaría nada.

Gabrielle no estaba dispuesta a ceder.

—Pues mantenme a tu lado.

Jared agarró a Gabrielle por los hombros.

—Escúchame, muchacha. ¡Escúchame bien! En el combate, la obediencia es absoluta. Si te llevo conmigo, debes confiar en mí y hacer lo que yo diga. Sin vacilar, cumpliendo las órdenes sin más. Dame tu palabra.

—Lo prometo.

—Pues consigue un caballo.

—Gracias.

Jared se quedó mirando mientras la joven desaparecía por detrás del faldón de la tienda. Descubrió un motivo para sonreír. Ninguna discusión con la decidida bardo podía considerarse un enfrentamiento justo. Le daría a Gabrielle todo lo que pidiera siempre y cuando no entrara en conflicto con el juramento que le había hecho a la Conquistadora.


El destacamento llevaba en marcha tres marcas cuando aparecieron Stephen y los cinco guardias de la partida de caza. Gabrielle siguió a Jared cuando éste se adelantó para recibirlos.

Al no ver a la Conquistadora, el general se puso impaciente.

—Capitán. Informa.

Stephen dio a Jared un informe completo del ataque.

—¿Cómo tienes la herida?

—No muy mal.

—Gabrielle te coserá. Acamparemos aquí por esta noche.

Jared regresó al contingente principal para dirigir las operaciones.


Gabrielle recibió el mensaje de que debía presentarse ante Jared cuando terminara de curar a los heridos. Se acercó al general, que estaba reunido con tres de sus hombres. Gabrielle esperó a que Jared se diera por enterado de su presencia.

El general le puso la mano en la espalda y se la llevó aparte.

—Por aquí.

—¿Querías verme?

—¿Cómo está Stephen?

—Bien. La armadura detuvo la flecha. No entró muy hondo.

—Muchacha, la Conquistadora está herida. Yo diría que muy malherida.

Gabrielle se detuvo.

—Stephen no ha dicho...

—No hacía falta. La Conquistadora habría vuelto sobre sus pasos y habría encontrado a sus hombres. Si no lo ha hecho es porque no puede. Prepárate para lo peor.

—¿Qué vas a hacer?

—Al amanecer vamos a dividirnos en tres grupos. Será peligroso. Al ser menos en número, seremos más vulnerables.

—¿Lo habría hecho la Conquistadora?

—Si quien estuviera ahí fuese yo, —Jared contempló la distancia—, ella utilizaría ese condenado sexto sentido que tiene e iría derecha hasta mí. Ninguno de nosotros es la Conquistadora, así que lo haremos por las bravas.


Deseosa de privacidad, Gabrielle colocó su petate al borde del círculo de hombres. Se sumió en un sueño intranquilo. Al amanecer, Jared se arrodilló al lado de Gabrielle y la despertó delicadamente.

—Es la hora, muchacha.

Gabrielle asintió.

—¿Estás bien?

—La echo de menos.

—Lo sé. Es un diamante en bruto, ¿verdad?

—¿Cómo le va a afectar esto?

—¿A qué te refieres?

—Cuando luchó contra Gaugan, regresó a Corinto... distinta. ¿Cómo le afectará estar herida?

—No sé cómo estará, muchacha. Nunca lo sé.

—Pero tú pareces entenderla mejor que la mayoría.

—Tal vez sí. Hay buenos motivos. Recuerda que conocí a Xena cuando no era más que una niña y vivía en Anfípolis.

—Ojalá la hubiera conocido yo entonces.

—Conoces esa parte de ella. Es la parte que está cómoda con el mundo, que ríe y llora.

—Yo nunca he visto llorar a Xena.

—Ha pasado mucho tiempo... cuando encontró muerto a Liceus en el campo de batalla, lloró a mares. —Jared dio unas palmaditas a Gabrielle en la mano—. Para ella es más fácil reír, y tiene una bonita risa, ¿verdad?

Gabrielle sonrió.

—Sí que la tiene.

Jared miró al cielo, calculando la hora del día.

—Vamos a buscarla.


La partida de búsqueda avanzaba en silencio.

Gabrielle dijo en voz baja:

—Jared, si no la llamamos, ¿cómo sabrá que somos nosotros y no los atacantes?

—Lo sabrá. Tenemos que estar atentos para oír su señal.

—¿Qué señal es ésa?

—El grito de un halcón.

Tres ramas se agitaron a su alrededor.

—¡Maldito sea el Tártaro! —maldijo Jared cuando un hombre cayó encima de él desde la rama de un árbol. Un codazo rápido a la cabeza de su atacante tiró al hombre al suelo.

Parecían llover hombres del cielo. Gabrielle soltó su vara de la correa de su silla. Bloqueó la espada de un atacante que se le echó encima. El impacto la sacudió en la silla.

Jared se colocó detrás del caballo de Gabrielle y le dio una palmada en la grupa.

—¡Sal de aquí! —ordenó.

La yegua salió despedida. Un hombre armado con una espada corta lanzó una estocada contra el cuerpo de la yegua y le hizo un corte en el pecho de lado a lado. La yegua se encabritó, volvió a caer sobre las cuatro patas y salió del caos a galope tendido.

Gabrielle se aferró a la silla. Su habilidad como jinete no era suficiente para recuperar el control. Se agachó para esquivar las ramas que podrían desmontarla. Al cabo de media marca la yegua aflojó el paso por su cuenta. A Gabrielle se le calmaron los nervios. Detuvo a la yegua por completo y desmontó. Suspiró al notar el suelo bajo los pies. Vara en mano, se puso delante de la yegua.

—Por los dioses —susurró al fijarse en la herida sanguinolenta y en los ojos vidriosos de la yegua. Gabrielle sabía que no podía hacer nada para salvar la vida del animal. Fue al costado, soltó la silla y quitó la carga del lomo de la yegua. Luego le quitó la brida—. Lo siento, chica. —Gabrielle acarició la frente de la yegua con compasión.

Gabrielle miró a su alrededor. No tenía ni idea de dónde estaba. Se agachó sobre una rodilla y recogió su alforja, el odre de agua, los útiles de curar y el petate. Calculaba que le quedaba una marca de luz hasta que la oscuridad la obligara a acampar. Emprendió el camino de regreso al lugar donde esperaba encontrar a Jared.

Gabrielle se fijó en algo de color amarillo claro a su derecha. Tragó saliva y se quedó inmóvil, atenta a todo lo que oía y veía. El color se movió. Gabrielle echó a andar hacia allí. Con cada paso que daba, su esperanza iba en aumento. Sonrió a ver la conocida figura de Argo. Miró a su alrededor, contando con que Xena estaría cerca. Se fijó en los peñascos y se acercó. Cuando estaba a diez pasos de distancia reconoció el cuerpo de Xena en el suelo. Gabrielle corrió hasta ella y cayó de rodillas.

—Xena.

Xena soltó la espada que tenía preparada en la mano. Habló con voz ronca:

—Gabrielle. ¿Dónde está Jared?

—Te estábamos buscando cuando nos atacaron. Yo acabé separada de los demás. No pueden estar muy lejos. —Gabrielle observó el cuerpo de Xena—. ¿Dónde estás herida?

Las fuerzas habían abandonado a Xena por completo.

—Da igual. No puedes ayudarme.

—Déjame intentarlo.

—He dejado de sangrar. —Xena sonrió con sorna—. Creo que no me queda sangre.

—Toma. Bebe un poco de agua.

Xena abrió la boca. Aunque tenía una sed devoradora, las náuseas le impidieron beber más que unos pocos sorbos.

—Gracias. Deberías irte.

—No te voy a dejar.

—El bosque está lleno de asaltantes. Vete. Si te cogen, no querrás seguir viva cuando terminen contigo.

—No será la primera vez.

Xena se enfureció.

—No por mi causa. Jamás por mi causa.

—No me va a pasar nada —intentó tranquilizarla Gabrielle.

—Gabrielle, en la alforja de Argo hay un pergamino. Te concede la libertad. Tendría que habértelo dado antes.

—No habría supuesto la menor diferencia.

—No quiero hacerte daño. Coge mi dinero. Empieza a vivir.

—¿Qué crees que he estado haciendo? Tú me has devuelto la vida.

—No, Gabrielle. Ahí es donde te equivocas. Yo sólo he tomado de ti. No puedo darte lo que deseas de mí.

—Te equivocas. Tengo todo lo que siempre he deseado.

—No puedo amarte como mereces ser amada.

Gabrielle se apoyó en los talones.

—¿Me estás diciendo que no...?

—Por favor, ya no puedes hacer nada más por mí. Déjame la manta y el agua. Llévate a Argo. Vete.

Gabrielle dejó de discutir. Xena observó atentamente a la apagada joven.

—Sé que nunca lo has dicho. Yo quería creer...

—Lo siento. —El tono de Xena transmitía su deseo de acabar con la conversación.

Gabrielle contraatacó desesperadamente:

—Yo nunca he pedido tu amor.

—Bien. —Xena se mostró tajante—. Porque nunca lo tendrás.

Gabrielle le sostuvo la mirada a Xena. Desafió a Xena a revelar la verdad. Gabrielle esperó. Xena se mantuvo inflexible. La Conquistadora intentó aplastar a Gabrielle con la mirada.

Gabrielle se levantó y fue hasta Argo. Ató sus cosas a la silla. Cogió las riendas de la yegua y puso el pie en el estribo. Se montó ágilmente. Gabrielle se volvió para mirar a la Conquistadora por última vez. Todavía quedaba mucho por decir entre ellas. Tendría que esperar.

—Te traeré a Jared.

Xena siguió a Gabrielle con la mirada mientras se alejaba. Xena se sentía a la vez orgullosa y frustrada por el desafío de Gabrielle. Las muchas marcas que había pasado esperando le habían dado a Xena la oportunidad de hacer un repaso de su vida. Gabrielle no tenía sitio en ella. Xena vivía de acuerdo con un código basado en la verdad. Durante las solitarias horas nocturnas había acabado por reconocer que había dado la espalda a una verdad fundamental. Nadie estaba a salvo a su lado. Nadie a quien quería sobrevivía a menos que ella mantuviera a esas personas a distancia. La única excepción era Jared, que era uno de los guerreros más capacitados que había conocido jamás. Gabrielle no era Jared. Continuar persiguiendo a Gabrielle, dar la bienvenida a su amor, suponía condenarla a muerte o a un destino peor que la muerte. Xena sufriría en el Tártaro para toda la eternidad. Gabrielle no iba a ser el motivo. Ningún inocente más moriría por su culpa.


Gabrielle cabalgaba. No conocía el terreno. Se dio cuenta de que no seguía el mismo sendero que la había llevado de la emboscada hasta Xena. Dudaba mucho de poder encontrar a Jared o a los otros guardias reales. Al mirar a la izquierda le pareció que los árboles clareaban. Dirigió a Argo hacia el aparente claro, con la esperanza de que al salir del bosque consiguiera orientarse mejor. Al salir en el momento en que el sol se hundía por el horizonte, vio una aldea. Era nueva para ella.

La aldea era de modesto tamaño. Los edificios estaban en buen estado. Había hombres y mujeres que paseaban tranquilamente. Había niños jugando. Gabrielle llamó a un joven que salía de la herrería.

—Disculpa. ¿Qué pueblo es éste?

Pensando que Gabrielle era atractiva, el joven sonrió.

—Anfípolis, señorita.

—¿Conoces a la posadera?

—¿A Cirene? Sí que la conozco. ¿Por qué preguntas?

—¿Me podrías indicar dónde puedo encontrar la posada?

—Sigue por ese camino. No tiene pérdida.

—Gracias.

Gabrielle entró en la posada. Había mucho ajetreo porque estaban sirviendo la cena. Se acercó a una camarera.

—Por favor. Necesito hablar con la posadera.

La chica señaló.

—Está ahí, la que va a la cocina.

—Gracias.

Gabrielle vio apenas a la mujer de más edad. De estatura bastante más baja que la de su hija, compartía con Xena el largo pelo oscuro. Gabrielle entró en la cocina.

La posadera le preguntó desde la chimenea:

—¿Te has perdido?

Gabrielle se acercó.

—Me llamo Gabrielle. Tengo que hablar contigo en privado. Es importante.

La posadera escudriñó a la joven.

—Por aquí.

Las dos salieron de la posada.

—Bueno, ¿qué es lo que tienes que decirme?

—Xena está herida. Necesita un sanador. Me temo que se está muriendo.

La posadera se puso rígida.

—¿Por qué me cuentas esto?

Gabrielle se fijó en lo parecidos que eran los gestos de madre e hija.

—Porque eres su madre. ¿Acaso quieres perder a otro hijo?

—¿Tú qué sabes de lo que yo he perdido?

—Sé que Xena sigue llorando a Liceus. No me puedo ni imaginar el daño que te hizo a ti su muerte.

—¿Por qué no la ayuda su ejército?

—Salió a cazar con un pequeño grupo de hombres y fueron atacados. Ella mantuvo a raya a los atacantes mientras sus hombres escapaban. La Guardia Real fue en su búsqueda. Yo fui con ellos porque soy sanadora aprendiza. Fuimos atacados y acabé separada del grupo. La encontré herida y fui en busca de ayuda. Me equivoqué y llevé a su caballo en dirección opuesta. Me la habría llevado conmigo, pero no tiene fuerzas para montar. Por favor, si muere, será culpa mía.

—¿Y quién eres tú para ella?

—Una amiga.

—Xena no tiene amigos.

—Te equivocas. Hay hombres y mujeres que morirían por ella. Yo soy una de ellos... Si no me ayudas, dime donde puedo encontrar a un sanador. También tengo que hacer llegar un mensaje a su ejército.

La posadera no dijo nada.

—Muy bien. Haré lo que tengo que hacer sin tu ayuda.

—Pierdes el tiempo. Nadie de Anfípolis ayudará a la Conquistadora.

—Pues volveré con ella. No quiero que muera sola. No se lo merece.

La curiosidad pudo con Cirene.

—¿Dirigió ella la lucha contra César?

Gabrielle albergó la esperanza de no verse rechazada.

—Sí.

Cirene se quedó contemplando el horizonte y habló en voz baja:

—Sigue llevando a los jóvenes a la muerte.

Gabrielle se enfureció al oír lo que interpretó como una acusación muy común e injusta.

—¡Lucha por el bien de Grecia!

La vehemente defensa de Gabrielle hizo que Cirene volviera a fijarse en la joven sanadora.

—¿El general Jared estaba con ella?

—Sí.

—Gabrielle, espera. Tendremos que traer a Xena aquí sin que nadie lo sepa. Hay muchos hombres y mujeres que tendrían tentaciones de clavarle un cuchillo si supieran que está herida. Y por esa misma razón, no puedes fiarte de que nadie de aquí lleve un mensaje a su ejército. Si Jared sigue siendo el mismo hombre que yo conocía, no parará hasta que la encuentre. Tenemos que esperar a que el pueblo se duerma. Tengo un carro que podemos usar para traerla a la posada.

—¿Cuánto quieres esperar?

—Dos marcas. Mientras, puedes ayudar a preparar una habitación para ella y comer algo. La noche promete ser larga y necesitarás todas tus fuerzas.

Aunque prefería no esperar, Gabrielle agradecía la promesa de ayuda.

—Gracias.


Viajaron a la luz de la luna hasta que llegaron al bosque. El espeso dosel obligó a Gabrielle a encender una antorcha. Iba en cabeza, montada en Argo. Cirene conducía un carro detrás de ella. Gabrielle avistó los dos grandes peñascos.

—¡Por aquí!

Tenía una sensación creciente de urgencia. Desmontó. Se detuvo al ver el cuerpo inmóvil de Xena.

—Xena... —Gabrielle puso la mano en el cuello de Xena, buscándole el pulso. Pegó el oído al corazón de Xena.

Cirene se acercó con temor.

—¿Está...?

—Está viva.

Cirene cayó de rodillas. Contempló a su hija.

—Hija, ¿qué te ha pasado?

Gabrielle la avisó:

—Tenemos que darnos prisa.


Xena estaba oculta en una habitación de modesto tamaño situada al fondo del primer piso de la posada. Se podía acceder a ella por las escaleras de detrás, lo cual permitía a Gabrielle y Cirene subir y bajar sin ser observadas. Habían pasado dos días. Xena seguía inconsciente. Gabrielle le había quitado a Xena la armadura y el cuero y le había lavado el cuerpo. El íntimo acto hizo llorar a Gabrielle cuando se fijó en los nuevos cortes y contusiones junto a antiguas cicatrices de combate. Gabrielle lavó las heridas más profundas con cuidado antes de coserlas. Gabrielle y Cirene se hablaban poco.

Xena se movió.

Gabrielle sonrió.

—Hola.

Xena parpadeó. Miró a su alrededor intentando averiguar dónde estaba.

—Estás a salvo.

Xena hizo ademán de moverse. Gabrielle la sujetó por los hombros.

—No intentes moverte.

—Has vuelto —dijo Xena con dificultad.

—Te dije que lo haría.

Xena oyó movimiento. Alguien se había levantado de una silla. Gabrielle se apartó, dando acceso a la otra persona. Cirene entró en el campo visual de Xena.

A Xena le dio un vuelco el corazón.

—Madre.

Cirene cogió la mano de Xena.

—Sí, hija. Menudo susto nos has dado. Llevas más de dos días durmiendo.

—Lo siento. Por favor, perdóname.

—Tranquila. Tienes que ponerte bien. Hablaremos más tarde.

Xena le sostuvo la mirada a su madre. Hacía demasiado tiempo que no sentía la compasión de su madre. Deseó no tener que ponerse pragmática.

—¿Quién sabe que estoy aquí?

—Sólo Gabrielle y yo. Anfípolis siente poco cariño por la Conquistadora. No queríamos correr riesgos innecesarios.

—Tengo que irme. Sólo voy a causarte problemas.

—Ésta es mi posada y tú eres mi hija. No te preocupes. Descansa y deja que tu joven amiga sanadora se ocupe de ti. —Cirene dio unas palmaditas en la mano de Xena—. Lo ha estado haciendo muy bien. Creo que te quedarías impresionada.

—No lo dudo.

—Cierra los ojos. Estaremos aquí cuando te despiertes.

—¿Gabrielle?

—Aquí estoy, Xena.

—He violado mi código. Lo siento. —Xena cerró los ojos al quedarse dormida de nuevo, presa de la fatiga.

Cirene paseó la mirada entre las dos mujeres.

—¿Qué ha querido decir con eso?

Perpleja, Gabrielle confesó:

—No lo sé.


Un contingente de la Guardia Real al mando de Jared entró a caballo en Anfípolis.

—Comprobad las cuadras.

Jared desmontó y se encaminó hacia la posada. Cirene salió a recibirlo. Jared se detuvo a contemplar a la hermosa mujer. Le hizo una media reverencia.

—Cirene, espero encontrarte bien.

—Jared. No me esperaba verte por aquí.

—Tengo mis razones.

—Cuéntamelas.

—¿Has visto a Xena?

Cirene dirigió la vista hacia las cuadras.

—Su caballo está bien y, con el tiempo, ella también lo estará.

—¿Dónde está?

—En buenas manos.

—Quiero verla.

—Estaba ensangrentada de la cabeza a los pies. Tenía una gran herida de espada en el costado. Había perdido tanta sangre que estaba inconsciente y no se habría despertado ni aunque Zeus en persona le hubiera lanzado sus rayos a los pies. ¿Dónde estabas tú cuando le hicieron esto?

—Cumpliendo sus órdenes.

—Le sigues siendo leal a pesar de todo.

—Xena tiene razones para tomar las decisiones que toma. No siempre estoy de acuerdo con ella, pero nunca ha hecho nada tan horrible que me obligue a renunciar a mi lealtad a ella.

Cirene no se dejó conmover.

Jared conocía bien a la mujer. Sabía que necesitaba garantías, no tanto porque dudara de él, sino porque temía equivocarse por segunda vez en un momento crucial de la vida de su hija.

—Cirene, Xena me ha salvado la vida infinidad de veces. Ni una sola vez le he devuelto el favor, aunque deseo demostrar mi valía al hacerlo.

—Está dentro. La joven sanadora Gabrielle ha estado cuidando de ella.

—¿Me indicas el camino?

—Hasta este momento, nadie más en Anfípolis sabía que estaba aquí. Paga la deuda que tienes con ella manteniéndola a salvo.

—Por mi honor, Cirene.

—Por tu vida, Jared. Tendrás que enfrentarte a mí si no has dicho la verdad.

Cirene llevó a Jared a la habitación de Xena. Gabrielle estaba sentada al lado de la cama. Sonrió al ver al general.

—¿Por qué no me sorprende verte aquí? —Posó la mano afectuosamente en el hombro de Gabrielle—. ¿Cómo está?

—Necesita a Dalius.

—Yo me ocupo. ¿Tú cómo estás?

—¿Se pondrá bien? —Gabrielle buscaba la corroboración del hombre que mejor conocía a Xena.

Jared se inclinó y observó la palidez de Xena antes de volverse de nuevo hacia Gabrielle. Decidió no transmitirle su preocupación.

—Sí, muchacha, se pondrá bien. Hablaremos más tarde. Voy a ocuparme de lo de Dalius y de organizar la seguridad.


Gabrielle se despertó al oír una voz conocida. Abrió los ojos a la luz de una sola vela y de la luna que entraba por la ventana. Xena se agitaba en sueños. Repetía la palabra “No” mientras movía la cabeza de un lado a otro.

Gabrielle se levantó de la cama. Fue a una jofaina cercana y mojó un paño.

—¡No! —Xena se sentó de golpe. Gabrielle soltó el paño y le puso las manos en los hombros a Xena para sujetarla.

—Xena. Tranquila. Tienes una pesadilla.

Xena se concentró en la voz tranquilizadora de Gabrielle.

—¿Gabrielle?

—Aquí estoy. Por favor, échate. Te vas a arrancar los puntos.

—Demasiada muerte... demasiada.

Gabrielle se agachó para recoger el paño caído. Lo cogió y enjugó la cara de Xena.

—Xena, ¿te acuerdas de aquel lago donde me llevaste? ¿Te acuerdas de cómo nos daba el sol en la cara y de cómo el viento te agitaba un poco el pelo? ¿Y de lo silencioso que era? ¿De lo apacible? Aférrate a esa sensación. Descansa allí. En paz. —Gabrielle acarició la frente de Xena—. Descansa.

—¿Cómo está?

Gabrielle se volvió para mirar a la puerta. Cirene estaba en el umbral. Gabrielle se preguntó cuánto tiempo llevaba allí.

—Tenía una pesadilla. Normalmente tarda poco en calmarse después.

—¿Ya las ha tenido?

—Sí, con bastante frecuencia.

—¿Te lo ha dicho ella?

—No... cuando estoy con ella... No se acuerda, o si se acuerda, nunca me ha dicho nada.

—¿Cuando estás con ella? ¿En su cama?

—Sí.

—Gabrielle. ¿Quién eres tú para ella?

—No lo sé. La verdad es que no.

—¿Quién es ella para ti?

—La amo.

Cirene se sentó en el borde de la cama de Gabrielle.

—¿Cómo acaba una sanadora en la cama de la Conquistadora?

—Me llevaron a Corinto como esclava. Targon, su administrador, me compró para trabajar en el servicio doméstico de la Conquistadora. Estaba casi muerta de hambre y los tratantes de esclavos me habían maltratado. Xena me vio sirviendo y ordenó que me cuidaran. Me protegió. A mí me gusta contar historias. A los criados les gustaban tanto que Jared me pidió que entretuviera a los soldados heridos tras la revuelta de Gaugan. Como quería hacer algo más por los hombres que contar historias, pedí permiso a Xena para aprender con Dalius. Me lo concedió. Mientras trabajaba en la enfermería hubo una enfermedad y yo no fui inmune a ella. Cuando Xena se enteró de que me había puesto enferma, me llevó a sus aposentos y cuidó de mí. Fue entonces cuando averigüé que me tenía aprecio.

—Te llevó a la cama.

—No. Yo me aparté de ella. Ella había sido muy delicada, pero por lo que me habían hecho antes de llegar a Corinto, la idea de estar con alguien me daba miedo. Con el tiempo, me di cuenta de que sí que quería estar con ella y de que confiaba en que no me iba a hacer daño.

—¿Cuánto tiempo llevas con ella?

—Entré al servicio de la Conquistadora hace un año y medio. Nos conocemos íntimamente desde hace unas cuantas lunas.

—Así que ha sido buena contigo.

—Sí. Ojalá la comprendiera mejor. —Gabrielle miró a la figura dormida.

Cirene contempló a la mujer que yacía en la cama.

—De niña, Xena era muy independiente. Podía con los chicos, incluso con su hermano mayor Toris, y no le interesaba tratarse con las niñas. Nunca sintió que éste fuese su sitio. Su único compañero de juegos constante era Liceus. La adoraba. Nada de lo que Xena hiciera podía estar mal. Y Xena lo protegía. —Cirene no disimulaba el orgullo de su tono—. Que los dioses ayudaran a cualquiera que intentara hacer daño a Liceus.

—¿Y cuando murió?

—La culpé a ella. —Cirene se puso seria—. Como todas las personas de Anfípolis que perdieron hijos, hermanos y maridos. Tuvo que hacer frente sola al dolor. En lugar de compasión, recibió desconfianza y odio. La gente de Anfípolis... yo soy responsable de crear a la Conquistadora.

—No creo que ella te eche la culpa.

—Habría sido mejor si hubiera volcado su dolor y su rabia contra mí en lugar de contra el mundo.

—Lo siento.

Cirene se levantó.

—Parece descansar bien. Tú también deberías intentar dormir un poco.


Xena se despertó al notar que Dalius le tocaba la frente. Miró a su alrededor.

—¿Dónde está Gabrielle?

—Con tu madre, comiendo algo.

—¿Y Jared?

—Aguarda tus órdenes, Majestad.

—Ve a buscar a Jared... Dalius, sólo quiero verlo a él. A nadie más, ni siquiera a ti.

—Sí, Majestad.


Dalius encontró a Jared, Cirene y Gabrielle en una mesa del centro de la posada. Gabrielle se levantó al verlo. Dalius alzó la mano para detenerlos a ella y al general, que también se había puesto en pie.

—La Conquistadora se ha despertado. General, ha pedido verte.

Jared avanzó, seguido de Gabrielle. Dalius llamó a Gabrielle.

—La Conquistadora quiere ver sólo al general.

Jared se volvió a mirar a la entristecida sanadora. Le puso una mano tranquilizadora en el hombro.

—Para ella el trabajo siempre es lo primero. No tardaremos.

Dalius no estaba tan seguro.


Xena hizo inventario de su cuerpo. Se pasó la mano por el costado. Apartó la manta y miró los vendajes. Movió el cuerpo hacia la izquierda, notando la tirantez de los puntos. Volvió a echarse y estiró las piernas. Sus músculos agradecieron el ejercicio. Tenía suerte de haber recibido sólo una herida mortal. Quienquiera que fuese el que dirigía a los atacantes lamentaría la arrogancia de sus hombres. Si se hubieran concentrado debidamente, ahora ella estaría en el Tártaro.


Jared entró en la habitación de Xena. Sintió un gran alivio al verla despierta.

—Es injusto, Xena. Cirene me echa a mí la culpa de tu último arañazo.

—A mi madre siempre le has caído bien, Jared. Acostúmbrate.

—Me alegro de verte.

—Lo mismo digo. ¿Qué sabemos?

—Atrapamos a uno de los grupos de atacantes. Estaba todo planeado. Querían eliminarte aquí en el campo mientras Vacaou avanza con sus fuerzas hacia Corinto.

—Jared, ayúdame a levantarme.

—¿Xena?

—No voy a dejar que ese cobarde se quede con mi trono.

—Dalius ha dicho...

—Seguro que sé lo que ha dicho Dalius. Para cuando lleguemos a Corinto, estaré como nueva.

—¿Vas a retar a Vacaou?

—Si así se evita un mayor derramamiento de sangre, sí. ¿Crees que no puedo con ese cabrón?

—Jamás dudaré de ti.

—Eres un buen hombre. Ahora, amigo mío, ayúdame a levantarme. —Xena alargó el brazo.

Jared sujetó a Xena de pie pasándole un brazo por la cintura.

—Hay una cosa más. He dado la libertad a Gabrielle. Dale un doble estipendio, un caballo y dile que puede llevarse todas las provisiones que necesite además de sus pertenencias personales.

—¿Se marcha?

—Ya no está a mi servicio.


Jared esperó a quedarse a solas con Gabrielle y Cirene en el comedor de la posada. Le entregó a Gabrielle una bolsa llena de monedas.

—Esto es para ti. Por orden de la Conquistadora, también recibirás un caballo, tus pertenencias y todas las provisiones que necesites para emprender una nueva vida como mujer libre.

Consternada, Gabrielle se quedó mirando el peso que tenía en las manos.

—¿Xena quiere que me marche? ¿Qué he hecho mal?

Sintiéndose desamparado, buscando apoyo, Jared miró a Cirene por encima del hombro de Gabrielle. La mirada de Cirene distaba mucho de ser reconfortante.

Contestó a Gabrielle lo mejor que pudo:

—No has hecho nada mal. La Conquistadora ha cumplido su palabra y te ha dado la libertad.

—¿Ha dicho si quería que me quedara?

—No.

—¿Y si yo no quiero la libertad?

Jared agarró a Gabrielle por los hombros.

—Eres libre, Gabrielle.

—Otros se han quedado para servirla. ¿Por qué yo no puedo?

—Ha dicho que ya no estás a su servicio.

—Tiene que haber un puesto para mí en alguna parte... —rogó Gabrielle.

Cirene intervino:

—Gabrielle me ha dicho que es miembro de la Guardia Real. Jared, como general tú debes de tener cierta autoridad, ¿o sólo eres un perrito faldero?

Jared se puso rígido al oír lo que decía Cirene.

—Muchacha, todavía estás a mi mando. Puedo darte escolta hasta las provincias orientales, donde el general Kasen dirige el Tercer Ejército. A su guarnición le vendría bien una sanadora. Y no estarás totalmente entre desconocidos. Conoces a varios hombres de la compañía de la Guardia Real que también está estacionada allí.

—Jared, ¿por qué hace esto? No lo entiendo.

—Yo tampoco. Esto no es propio de la Conquistadora que conozco.

Gabrielle se volvió hacia Cirene. Ésta le dijo:

—Tal vez es porque contigo no es la Conquistadora.


Xena estaba sentada en una silla en su habitación. Contemplaba el despejado cielo nocturno, haciendo compañía a las estrellas.

Respondió a una llamada a la puerta:

—Adelante.

Cirene entró.

—Hija, ¿puedo pasar?

—Por supuesto.

—Jared me ha dicho que estás decidida a marcharte mañana.

—Tengo que ocuparme de un asesino.

—Lo comprendo.

—Madre, lo siento. No quería que me vieras así.

—No fue decisión tuya, ¿no? Pensar que mi hija ha tenido que estar al borde de la muerte para recuperarla... —Cirene se calló para controlar sus emociones—. Yo te alejé. Nuestra separación es obra mía.

—Liceus...

—No te culpo de la muerte de Liceus. Ya no. Lamento no haber intentado ayudarte a llorarlo. Te rechacé y eso jamás me lo perdonaré.

—Lo querías.

—Y te quiero a ti.

Xena sintió que le estrujaban el corazón.

—¿Volverás a Anfípolis para hacerme una visita?

—Si soy bien recibida.

—Lo eres.

Xena sonrió a su madre levemente.

—Volveré.

Cirene se sentó al lado de Xena.

—Hija, hay otra cosa, quería hablarte de otra persona.

—¿De Gabrielle?

—Tienes todos los motivos del mundo para no fiarte de los demás. Pero creo que haces mal en rechazarla a ella.

—¿Qué te ha dicho?

—No es lo que ha dicho. La he observado mientras te cuidaba. Luchó por salvarte la vida. Xena, te ama.

—Ya lo sé.

—Lo único que puede hacerla feliz es estar contigo. No la despidas.

—Gabrielle y yo somos muy distintas.

—Sí, en algunas cosas sí. Puede que por eso debas tenerla en tu vida.

—Es una mujer libre.

—No lo bastante libre para regresar a Corinto contigo.

—La corte no sería amable con ella.

—No la subestimes. Se ha ganado a tu Guardia Real.

—Porque es como ellos. Salen todos de la misma sangre campesina.

—Como tú.

—Sí, como yo. Pero eso no es la corte. Los nobles querrían verme en el Tártaro. Tienen poco honor, o ninguno. Se han amamantado de codicia. Harán daño a Gabrielle para hacerme daño a mí. No sería la primera vez que ocurre.

—Tú eres la Conquistadora. Haz que esa reputación valga para algo.

—¿Reputación?

—Bien merecida, según me han dicho.

—Mi reputación no ha impedido que César o Vacaou desafíen a Grecia. No impide los intentos de asesinarme y si ella está a mi lado, no impedirá que Gabrielle conozca a Hades antes de cumplir otro verano.

—Mereces ser amada. Liceus hizo bien en estar a tu lado. Gabrielle también.

—No voy a cambiar de opinión.

—No pienses, Xena. Siempre puedes encontrar razones para alejarte. Permítete sentir.

—Y siento, madre. Créeme. Si no tuviera corazón, no me pararía a pensar en Gabrielle. Dejarla no ha sido una decisión fácil.

—Entonces, ¿la amas?

—Nunca le he dicho tal cosa.

—Tu silencio no cambia la verdad.

—¿La verdad? La verdad es que por un breve instante en el tiempo las Parcas me han permitido creer que podía dar la espalda a la amargura de la vida y conocer la felicidad. Un noble traidor y la fría hoja de su mercenario han demostrado que me equivocaba. La verdad es que he hecho daño a Gabrielle y que lamentaré el daño que le he hecho hasta el día en que me muera.

Cirene se levantó y se inclinó hacia su hija. Besó a Xena en la mejilla.

—Eres demasiado noble para tu propio bien.

—Te quiero, madre.

—Quédate un día más. Grecia puede esperar.

—Madre...

—Gabrielle se marcha por la mañana. No la verás, y luego tú y yo podemos hablar.

—Está bien. Un día.

—Gracias. Ahora duerme un poco. —Cirene miró por la ventana—. Las estrellas seguirán en el cielo mañana.

Xena no expresó lo que pensaba en voz alta: ¿Pero estaré viva para verlas?


Habían pasado dos semanas desde que la Conquistadora regresó a Corinto y venció a Vacaou en un duelo de honor. Recuperar su trono fue algo sencillísimo. La Conquistadora podría haber marchado con todas sus fuerzas hasta Corinto y haber causado una fácil matanza, pero se negó a dejar a Grecia en una posición vulnerable frente a una invasión extranjera. Con la Guardia Real y el Primer Ejército de la Conquistadora como testigos, Vacaou se enfrentó a ella en combate. La milicia del noble lo apoyaba con arrogancia, imaginando que no tardarían en ocupar la muy deseada posición de guardias. Las condiciones del duelo eran simples: el vencedor se quedaba con todo. El vencido perdía la vida y la vida de su familia más próxima. Estas condiciones garantizaban la victoria de la Conquistadora. A Cirene no iba a ocurrirle nada.

Vacaou, excelente luchador por derecho propio, calculó mal la capacidad de la Conquistadora para curarse. No tenía ganas de andarse con juegos y Vacaou murió después de que sus espadas chocaran diez veces. La Conquistadora lo obligó a arrodillarse y le cortó la cabeza. Después, dio la espalda a la milicia de Vacaou y fue hasta donde esperaba Jared. Su orden fue sencilla: “Desarme y exilio”. Jared sabía que los hombres de Vacaou estaban vivos sólo porque Xena se había hartado de muerte ese día.

Corinto estaba en paz, aunque era una paz tensa. Los miembros de la clase alta temían la ira de la Conquistadora. Muchos habían hecho poco o nada para oponerse al intento de golpe de estado de Vacaou. Los nobles sufrieron el desprecio de la Conquistadora cuando ésta dejó de acudir a la corte. Pasaba gran parte del tiempo en sus aposentos privados, recuperándose del esfuerzo físico y mental realizado con César y Vacaou.

Jared entró en la sala de reuniones de la Conquistadora. Xena estaba en el balcón contemplando la noche. Se quedó apenado por la solitaria imagen.

—Xena.

—Sí, amigo mío.

—Puedo encontrarla, traértela de vuelta.

—¿Por cuánto tiempo? César reconstruirá su ejército y volverá. Y si no es César, será otro.

—Ella no tiene miedo.

—Debería tenerlo.

—La muchacha te ama.

—Gabrielle amará de nuevo.

—Pero ¿y tú?

Xena se volvió hacia Jared.

—Alguien tiene que tomar las decisiones difíciles.

Jared advirtió que Xena no rebatía lo que acababa de decir.

—Llevo contigo desde el principio. Ya es hora de que te perdones a ti misma.

—No van a morir más inocentes por mi culpa.

—El mundo es peligroso. ¿Te has parado a pensar que puede estar más segura contigo que sin ti?

—No, Jared. Nadie está a salvo conmigo.

—Yo no estoy de acuerdo.

Xena sonrió.

—Gracias... Pero no. —Xena fue a su escritorio y sirvió dos copitas de oporto. Le pasó una copa a Jared y se quedó con la otra—. Sí que te pido una cosa, aunque no creo que sea necesario.

—¿De qué se trata?

—Asegúrate de que está a salvo.

—He hecho todo lo posible.

—No puedo pedirte más.

—Si cambias de idea...

Xena se bebió el oporto de un trago rápido.

—No cambiaré.


PARTE 3


Volver a La Conquistadora
Ir a Novedades