Mi señora

Mayt



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, Gabrielle, Argo y todos los demás personajes que han aparecido en la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera, así como los nombres, títulos y el trasfondo son propiedad exclusiva de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se ha pretendido infringir sus derechos de autor con este fanfic. Todos los demás personajes, la idea para el relato y el relato mismo son propiedad exclusiva de la autora. Este relato no se puede vender ni usar para obtener beneficio económico alguno. Sólo se pueden hacer copias de este relato para uso particular y deben incluir todas las renuncias y avisos de derechos de autor.
Agradecimientos: Mi gratitud a Cath por sus detalladas correcciones y comentarios. Mi gran agradecimiento también a Tana por sus profundos comentarios sobre el género de la Conquistadora, además de por los ánimos que me ha dado fielmente.
Comentarios: Siempre se agradecen y son bien recibidos.
Subtexto: Esta historia describe una relación amorosa entre dos mujeres. Si sois menores de 18 años o si para vosotros es ilegal leer este texto, no sigáis adelante. Mayt@aol.com

Título original: My Lord. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2009


1


La sala del banquete estaba llena de miembros de la corte. Una cosecha abundante los había unido a todos en celebración. La comida y la bebida corrían generosamente a medida que avanzaba la velada. Era una noche libre de temas políticos, aunque la intriga política siempre estaba presente en la corriente subterránea de pensamientos y emociones humanos de la corte. Todo ocurría bajo la mirada atenta de la Conquistadora, Xena de Anfípolis. La Conquistadora estaba sentada en el centro de la mesa principal, vestida con una camisa blanca bordada y pantalones negros de cuero. Era una alta belleza de largo pelo negro, intensos ojos azules y una brillante sonrisa que tenía la capacidad de encantar y desarmar al mismo tiempo. A su derecha se sentaba Jared, su leal general de la Guardia Real. Era un hombre guapo, casi una generación mayor que la Conquistadora. Era unos cuantos dedos más alto que la Conquistadora y llevaba el pelo corto. Los mechones de canas que tenía en las sienes y le poblaban la barba bien recortada le daban un aspecto distinguido. Tenía los ojos de un profundo tono castaño. Ofrecían más calidez de la que sería de esperar de un guerrero veterano. A la izquierda de la Conquistadora se sentaba Paulos, general al mando del Cuarto Ejército, una mente militar de menos confianza pero igual capacidad. Paulos era un hombre desaseado cuya risa tendía a ser demasiado estentórea. Le recordaba a la Conquistadora a los guerreros nórdicos que había conocido cuando recorría el lejano septentrión.

Paulos daba golpecitos distraídos en su copa de vino.

—Majestad, veo que has adornado el palacio de nueva belleza.

La Conquistadora se volvió hacia su general y luego siguió la dirección de su mirada hasta que sus ojos se posaron en la persona a la que se refería. Efectivamente, la nueva esclava poseía una delicada belleza. La Conquistadora calculó que la chica mediría poco menos de dieciséis palmos de la cabeza a los pies y que tendría unos diecinueve o veinte veranos de edad. La Conquistadora se sonrió por dentro por las medidas ecuestres, prueba de que se sentía más cómoda con sus caballos que con las personas. Volviendo a concentrar su atención en la esclava, admiró el largo pelo rubio de la chica, que enmarcaba su tez suave y ligeramente bronceada. La esclava tenía el aire de alguien nuevo en palacio. Sus movimientos eran torpes, indecisos. Estaba aprendiendo a servir. Eso era evidente. La postura de la esclava era la de un espíritu detenido, por no decir derrotado. Le temblaban las manos al servir el vino. La Conquistadora se esforzaba por inculcar un saludable nivel de temor. Era necesario para controlar el reino. Sin embargo, se sentía turbada por la impresión general causada por esta esclava. Tomó nota mental para hablar de ello con Targon, su administrador.

Respondió a su general con amabilidad.

—Me alegro de que sepas apreciar la estética de palacio.

Paulos se echó a reír.

—Confieso que me fijo poco en la obra de tus artesanos. Mi aprecio se limita a la carne y los huesos que hay en palacio. Una chica como ésa podría reconfortar a un hombre durante una noche fría como promete ser la de hoy.

—Te proporcionaré todas las mantas que desees, general. En cuanto a mis esclavas, las normas no han cambiado.

—Te visito siempre con la esperanza de que algún día hagas una excepción.

—Puede que la excepción te diera a ti placer, pero no puedo decir lo mismo sobre la esclava que eligieras. Eres un canalla atractivo. Creo que podrías seducir a una moza cualquiera sin dificultad. Y si no es así, siempre tienes dinero en la bolsa para pagar un precio justo por los servicios prestados.

—¿Pero quién quiere a una moza cuando puede conseguir una joya?

—Las joyas se convierten en mozas o algo peor si les quito mi protección. No lo voy a hacer.

—Y por tanto, regreso al sur decepcionado una vez más.

—La justicia del reino es superior a cualquier hombre.

—Cierto, Majestad. Pero no es superior a una mujer concreta.

—Porque me corresponde a mí administrar la justicia hasta que alguien me arrebate ese derecho.

—Me inclino humildemente ante ti. Has traído la paz y la prosperidad a Grecia. He luchado a tu lado y jamás me he sentido decepcionado.

—Ándate con ojo, Paulos. La adulación me asquea.

—Eso es sólo porque digo la verdad.

La Conquistadora sonrió.

—Así me gusta. Ahora cuéntame más cosas sobre el estado de las provincias del sur.


La Conquistadora se había retirado temprano del banquete. Aunque la fiesta era un acontecimiento mucho más agradable que la mayoría de sus asuntos de estado, su deseo de distraerse de una forma distinta, más productiva, la llevó a otra parte. Buscando libertad de movimientos, se puso una camisa y unos pantalones menos formales. Espada en mano, Xena dedicó dos marcas a realizar una serie de ejercicios pensados para agudizar su concentración y mantener su destreza. Eran su espada y su mente estratégica las que le habían valido el reino. Conservar el reino requería que ninguna de las dos perdiera su fuerza.


Xena se secó el sudor de la cara y el cuello. Se sentía mejor gracias al ejercicio. Había comido poco en el banquete y ahora descubrió que tenía hambre. Por un pasillo oculto que iba de su dormitorio a las escaleras, se dirigió a las cocinas. Allí vio a la misma esclava que le había llamado la atención en el banquete, muy afanada fregando el suelo.

La esclava sujetaba el cepillo con las dos manos y lo movía hacia delante y hacia atrás. El movimiento hacia delante se detuvo cuando vio dos pies enfundados en botas negras ante ella. Levantó la mirada y vio a la Conquistadora. Claramente sobresaltada, la esclava se puso en pie.

Bajó los ojos.

—Mi señora, ¿en qué te puedo servir?

Xena observó a la chica.

—He bajado a comer algo. Me basta con un poco de pan y queso.

—Sí, mi señora —asintió la chica. Al intentar dar un paso, le entró vértigo. Se llevó la mano a la cabeza.

Xena la observaba. Sin que la esclava se diera cuenta, Xena alargó la mano, para sujetarla.

—Oye.

La chica cayó hacia Xena. Ésta avanzó, cogió a la chica entre sus brazos y la colocó con cuidado en el suelo. Le sorprendió lo ligera que era la esclava. Tumbada boca arriba, la esclava agarró a Xena de la mano. Su mirada atrapó y sostuvo la de la Conquistadora.

—Lo siento.

Xena examinó el cuerpo de la chica. Insatisfecha, le sacó a la chica la camisa de la falda. Xena pasó la mano por la piel fría, palpando huesos y músculos. Tras alcanzar un cubo de agua, la Conquistadora lo lanzó contra una pared. Se hizo pedazos y el ruido se fundió con la voz de la Conquistadora, que llamaba a su cocinera jefa.

La cocinera llegó muy apurada, seguida de cerca por dos guardias reales.

—¡Makia! ¿Desde cuándo el reino mata de hambre a sus esclavos?

La cocinera se retorció las manos atemorizada.

—Majestad, la chica es nueva entre nosotros. Llegó así.

—¿Y has decidido poner remedio obligándola a fregar suelos en plena noche?

—Como castigo por servir mal a tu Majestad.

—¿Cómo es eso?

—Te oí comentar que le temblaban las manos al servir.

—Si quisiera castigar a mis esclavos, lo diría. ¿Dónde duerme?

—En la sala común con los demás, Majestad.

Xena volvió a mirar a la chica. Cogió a la chica en brazos, acunándola. Tras tomar una decisión, salió con ella de la cocina rumbo a la enfermería.

—¡Sígueme!

Makia fue detrás, intentando no pensar en el precio que se le iba a exigir por provocar la ira de la Conquistadora.

Al llegar a la enfermería, la Conquistadora abrió la puerta de una patada.

—¡Dalius! ¡Ven aquí ahora mismo! —Colocó a la chica con cuidado en un catre.

El anciano sanador luchaba por despejarse la cabeza del sueño al entrar. Su ayudante se retiró a un rincón de la estancia, buscando lo que no era más que una sensación precaria de seguridad.

La Conquistadora ordenó:

—¡Ocúpate de ella! —Luego se volvió hacia Makia, aún furiosa—. ¿Pensabas que matarla a trabajar sería de mi agrado?

—No, Majestad. No era ésa mi intención.

—Makia, te conozco. No has hecho esto por lo que dije. ¿En qué estabas pensando?

—Es una alborotadora. Estaba contando historias, distrayendo a los demás esclavos.

La Conquistadora miró a la inocente sin dar crédito.

—¿Historias de disensión?

Makia no quería ver muerta a la chica, por lo que dijo la verdad.

—No, Majestad. Simples historias de aventuras.

—Debe de ser buena para haber apartado al personal de su trabajo.

—No me entiendes, Majestad. La chica trabajaba mientras contaba las historias, lo mismo que los que la escuchaban.

—¿Por qué el castigo, entonces?

—No pidió permiso.

La Conquistadora se quedó pensativa.

—Ya. ¿Debería tratarte yo a ti como tú la has tratado a ella?

—¿Majestad?

—No creo que la chica se diera cuenta de que tenía que pedir permiso. La has castigado sin piedad.

Makia cayó de rodillas.

—Perdóname, Majestad.

La Conquistadora contempló a la cocinera. No estaba acostumbrada a ver a Makia de rodillas ante ella. La imagen la incomodaba. La cocinera era una favorita suya desde hacía mucho tiempo, una de las primeras beneficiarias del escudo de la Conquistadora. La buena fortuna de Makia se debía en parte a que se parecía por edad y aspecto a la madre de la Conquistadora.

La Conquistadora se agachó a la altura de Makia y habló en voz baja.

—La chica no me parece una persona dispuesta a minar intencionadamente tu autoridad. Ojalá pudiera decir lo mismo de ti. Me has servido bien durante muchos años. Ésta es la primera vez que me decepcionas. Asegúrate de que sea la última o lo haré yo.

—Sí, Majestad. Gracias.

La Conquistadora se incorporó. Le dijo al sanador:

—Quiero un informe diario. —Volvió a mirar a Makia y ofreció la mano a la mujer ya mayor para ayudarla a levantarse—. ¿Cómo se llama la chica?

Aliviada al verse objeto de la cortesía de la Conquistadora, Makia se levantó.

—Gabrielle, Majestad.


Targon era un hombre de estatura moderada y pelo castaño claro. La piel le colgaba reacia de los huesos como para desafiar al destino que le había tocado de estar unida a un cuerpo frágil. Targon tenía una mente muy aguda para la organización y una ligera vena de cobardía que lo convertía en el candidato ideal para dirigir los asuntos más tediosos del gobierno. Xena lo consideraba un hábil administrador para el palacio. Mientras que otros se tomaban su papel como un medio para conseguir fondos adicionales a través del favoritismo, él no tardó en comprender que una bolsa llena le iba a servir de muy poco en el Tártaro, donde la Conquistadora había enviado a anteriores administradores que no se habían tomado en serio su prohibición con respecto a la corrupción.

—...y quiero un informe completo sobre esta nueva esclava. ¿De dónde viene? ¿Qué sabe hacer? Lo de siempre.

—Gabrielle, Majestad.

—Sí.

—¿Algo más, Majestad?

—No... Sí. Targon, quiero un repaso de la orientación que reciben los esclavos sobre las leyes del reino. Asegúrate de que conocen lo que tienen que ganar así como lo que tienen que perder.

—Así se hará. Con tu permiso...

La Conquistadora despidió a Targon con un gesto de la mano. Se levantó y salió al balcón en busca de la brisa fresca sobre la piel. El aire era más fácil de respirar fuera del palacio que dentro de sus muros. Su reino incluía todas las tierras que abarcaba la vista y más. Aunque ella era la soberana, reconocía cuatro partes constituyentes del mismo. La primera y la más importante era su ejército, dirigido por la Guardia Real de elite. La segunda, que pocos imaginaban, eran sus criados y esclavos. Necesitaba su lealtad. A menudo se enteraban de las disensiones antes que sus espías. Su deseo de recibir un buen trato y estabilidad era la clave de su estrategia doméstica. La tercera parte constituyente eran los miembros de su corte. Había acabado por reconocer que su corte era la mayor amenaza interna para el reino. Su cercanía le parecía problemática, pero era un problema que sólo podía controlar, no resolver. Y por último, estaba la gente de la tierra: los granjeros, obreros, artesanos, comerciantes y, con gran desdén por su parte, los sacerdotes y sacerdotisas. Hasta cierto punto, todos la temían. Lo que esperaba era que algún día ese temor cruzara las fronteras del reino y llegara a Roma y Persia. Sólo entonces conocería la paz. No podría descansar hasta que llegara ese día.

Entró Jared.

—Señora.

Xena siguió dando la espalda al general.

—¿Qué noticias traes?

—César marcha hacia las fronteras del norte.

La Conquistadora se volvió despacio.

—¿Sí? Jared, ¿tú qué opinas?

—Intimidación. Sería un necio planteando un desafío cuando sólo falta una luna para el invierno.

—Eso sería lo lógico. César no es un necio, pero sí es arrogante. Quiero que el Quinto Ejército se movilice para proteger las ciudades portuarias del oeste. César podría hacerse a la mar en lugar de avanzar por las montañas, contando con que Grecia sea demasiado lenta para mantenerse a la altura de sus barcos.

—No conoce a Grecia.

—Tienes razón, Jared. Sólo cree conocer a Grecia.

—Señora, ¿puedo hablar con libertad?

—Ten cuidado, Jared. Hace días que no mato a nadie. Puede que me divierta contigo.

—Mi vida es tuya. No me queda nada que perder.

—¿De qué se trata, general?

—El señor Castan se ha estado reuniendo en privado con los señores Gaugan, Stasis y Vacaou. Comentan que últimamente no te muestras tan feroz en la corte como antes. Ven el cambio como una señal de debilidad.

—He matado a hombres que se dedicaban a este tipo de especulaciones.

—Sí, señora.

—Basta, Jared. —Xena se puso detrás de su mesa—. ¡Maldito sea el Tártaro! Era más fácil cuando luchábamos contra Cortese y esos penosos señores de la guerra que vagaban por el campo. Eran crudos y honrados con sus engaños. No intentaban ocultar el hecho de que no podía fiarme de ellos. Ahora me ocupo de asuntos diplomáticos e intrigas clandestinas y casi no consigo digerir el desayuno del asco que me dan. —Se sentó y colocó una pierna en la mesa—. Castan está al mando. Me sorprende que no sea Vacaou.

—Tal vez lo sea.

—No está mal no llamar la atención, sobre todo si estás poniendo a prueba la fuerza de tu posición. Que piensen que son hábiles para la traición. Que ellos mismos sean la causa de su propia ruina.

—No tardarán.

—Depende de César. Los buenos nobles esperarán a que Grecia esté distraída.

—¿Podrían estar con Roma?

—Lo dudo. Odian a los latinos casi tanto como yo. Nos mantendremos al margen y veremos hasta qué punto son codiciosos. —Xena dejó caer la pierna y se inclinó sobre la mesa—. Jared, creo que puede ser necesario que Grecia llame a filas al veinte por ciento de la milicia de cada señor para proteger al reino de esta nueva agresión romana.

—Sí. Estoy de acuerdo.

—Elige tú mismo a los hombres: leales, valientes, hábiles, en ese orden. Podemos formar a los que no hayan aprendido a ser soldados de Grecia. Haz que escriban las órdenes para mañana por la mañana.

—Como ordenes. ¿Algo más, señora?

—No. Te veré esta noche.

El general fue a la puerta. Xena lo llamó. Se volvió hacia ella.

—Buen trabajo.

—Gracias, señora.


El sol que le calentaba la cara desapareció. Abrió los ojos y vio a la Conquistadora.

—¿Cómo te encuentras?

Gabrielle se incorporó. Habló con tono apagado:

—Mejor, mi señora.

—Dalius me dice que lo único que necesitabas era alimento y descanso.

—Para mi cuerpo sí, mi señora.

Xena captó la precisión.

—¿Qué más necesitas?

A Gabrielle le falló el valor. Bajó la mirada.

—No me miras. ¿Debo tomarme tu comportamiento como una señal de falta de respeto, miedo, u otra cosa?

Gabrielle controló su inseguridad y volvió a mirar a la monarca.

—La libertad, mi señora. Necesito la libertad.

—¿Ha hablado Targon contigo?

—Sí.

—¿Y comprendes que puedes ganarte la libertad?

—Sí.

—Sólo pido que restituyas tu deuda.

—Si hubieras prohibido la esclavitud, nunca me habrían capturado.

—¿Desde cuándo eres esclava?

—Cinco años.

—Poseo Grecia desde hace tres años. Me hago responsable de lo que he hecho y por ello conoceré el Tártaro, pero no acepto la responsabilidad de aquello que te hicieron a ti o a otros las personas que me precedieron.

—Puedes detenerlo.

—A menos que se empuje con la espada, el cambio se produce despacio. Si libero a todos los esclavos de Grecia, los nobles se rebelarán. Grecia no caerá ante sus enemigos. Se hundirá por dentro. No voy a permitir que eso ocurra.

—Pues no permitas que haya más esclavos nuevos.

—Los ciudadanos del reino no pueden ser hechos esclavos.

—Me refiero a todos los esclavos.

—¿Y afectar al comercio? ¿Convertirnos en un refugio para todos los extranjeros? Los aliados de Grecia no lo aprobarían.

Gabrielle guardó silencio.

—Hay razones. Siempre las hay. Lo que debes aprender es no sólo cuáles son esas razones, sino también qué hay detrás de ellas. Es fácil decir “libera a los esclavos”. Hacerlo no es tan fácil. —Xena quiso darle a la chica algo de esperanza—. Dentro de tres años, si me sirves bien, tendrás la libertad. Durante esos tres años, recibirás buenos alimentos, ropa y alojamiento. Cuando termine tu trabajo, recibirás una suma de dinero para iniciar una vida lejos del reino, si así lo deseas.

—¿Por qué no querría marcharme?

—Pregunta a Targon, a Makia y a todos los que llevan conmigo más tiempo del obligado. Yo no puedo hablar por ellos.

—¿Por qué me cuentas esto?

Xena se quedó pensativa.

—Hablo con cada nuevo esclavo que sirve en mi casa. Tienes que elegir. Contrariamente a lo que creen otros, tu calidad de vida aquí dependerá más de quién seas tú que de quién soy yo.

—Entonces, ¿no debería temerte?

—Sólo si me agravias. Si lo haces, tendrás todos los motivos para temerme. Pero entonces será demasiado tarde, porque estarás muerta. ¿Me he expresado con claridad?

—Sí.

La Conquistadora miró a la esclava con más intensidad.

Gabrielle sintió una desazón creciente. Perdió el frágil valor.

—Mi señora.

—Muy bien.


La Conquistadora respondió a la llamada a su puerta:

—Adelante.

Gabrielle esperó a que el guardia le abriera la puerta. Llevó la bandeja del desayuno hasta la mesa. Makia le había dado instrucciones detalladas sobre cómo colocar los platos. Descargó el pan, el queso, la fruta y el té mientras la Conquistadora seguía trabajando en su mesa.

—¿Mi señora?

La Conquistadora volcó toda su atención en la chica.

—¿Sí?

—Gracias.

—Por qué.

—Por comprarme para ser tu esclava.

La Conquistadora se recostó.

—Yo no te elegí. Targon se ocupa de la administración doméstica. De todas formas, “gracias” es lo último que me esperaba que me dijeras.

—Los demás esclavos y criados hablan bien de ti. Me han dicho que debería estar agradecida de que seas un ama honorable.

La Conquistadora se puso en pie.

—No dejes que otros piensen por ti. Debes confiar en tu propio criterio.

—Lo he hecho, mi señora.

—¿Estás segura de que sabes lo suficiente para juzgarme?

Gabrielle titubeó ante la idea.

—No es que te juzgue.

—Por supuesto que querías juzgarme. Si no, no habrías hablado con el personal doméstico.

—No pretendía ofenderte.

—No estoy ofendida. Sólo un idiota pasaría por la vida sin criterio sobre el lugar que le corresponde en ella, y tú no me pareces idiota.

El orgullo de Gabrielle no le permitió responder al equívoco cumplido.

La Conquistadora reflexionó sobre la opinión que le merecía la esclava. Efectivamente, Gabrielle no era idiota. La Conquistadora sospechaba que dentro de la envoltura de la chica había una mente inteligente. Si era la hábil narradora que Makia le había descrito, Gabrielle era capaz de utilizar las palabras. Ser capaz de utilizar las palabras era ser capaz de tejer conscientemente ideas, observaciones y sentimientos para crear un conjunto coherente. Mientras que la Conquistadora utilizaba las palabras para dirigir, para negociar y para manipular, un narrador utiliza las palabras para crear una ficción que se hace tan real para el que escucha como el aire que respira, igual de invisible, pero vital.

—No juzgues demasiado deprisa. Vivo en muchos mundos. —La Conquistadora abarcó la habitación con un gesto de la mano—. Fuera de este refugio verías un aspecto distinto de mí.

Gabrielle bajó la vista.

Xena se rindió a la curiosidad.

—Dime qué estás pensando.

Gabrielle levantó la mirada. Xena no conseguía descifrar lo que había tras los dulces ojos verdes de la chica.

—¿Por qué te empeñas en negar tu bondad?

—Vivimos tiempos peligrosos. El horror del mundo puede volver a llamar a mi puerta bien pronto. Debes estar preparada cuando eso ocurra, o la mera visión de lo que vendrá te aplastará. Si eso ocurre, no podrás hacer nada por ti misma y, desde luego, no podrás hacer nada por mí.

—¿Tan terribles son tus enemigos?

—Sí. Y yo soy más terrible que todos ellos juntos. —A Xena no le gustaba nada el giro de la conversación—. ¿Tienes algo más que desees decirme?

—No, mi señora.

—Pues retírate.

—Sí, mi señora. —Gabrielle se inclinó y fue a la puerta. Al llegar, miró atrás. La Conquistadora había vuelto a su mesa. Gabrielle se sintió triste. De repente, su pena era más por la Conquistadora que por sí misma.


—¡Liceus! —Xena se despertó de la pesadilla totalmente empapada en sudor. Se apartó el pelo con las manos al salir de la cama y se quitó la camisa de dormir. Se puso una túnica negra y siguió el pasillo oculto al fondo de su dormitorio hasta unas estrechas escaleras que subían hasta una torre. Descubrió que no estaba sola. Gabrielle estaba apoyada en el parapeto de piedra contemplando el cielo.

—Hace una bonita noche.

Asustada por la inesperada interrupción, Gabrielle se volvió de golpe. Al reconocer a la Conquistadora, su miedo se apaciguó.

—Lo siento. Me voy.

Xena alargó la mano.

—No he dicho que te retires.

Gabrielle controló el movimiento e intentó hacer lo mismo con su corazón desbocado. Bajó los ojos.

—¿Estabas haciendo algo malo? Me enorgullezco de conocer las leyes de Grecia y no recuerdo ninguna que prohíba mirar las estrellas.

—No, mi señora.

—Relájate, muchacha. —Xena ladeó la cabeza, sonriendo un poco—. Bueno, ¿qué te trae hasta aquí arriba?

Gabrielle vio la sonrisa de Xena y soltó un flojo suspiro. Regresó al parapeto y contempló la noche.

—Es bonito... el cielo... y hace fresco. Abajo el ambiente puede ponerse muy cargado... y aquí hay silencio. Puedo pensar.

—¿Y en qué piensas?

—En mi vida... mis historias.

—Makia me comentó que contabas historias. Tal vez algún día me cuentes una a mí.

—Si así lo deseas, mi señora.

—¿Por eso cuentas historias, porque te lo ordenan?

—No, mi señora. Me vienen. Son parte de mí. Debe de haber una razón para que existan.

—¿Qué razón crees que es ésa?

—Las historias pueden enseñar y entretener... aunque sean tristes.

—Eso es cierto. Me interesa más saber cómo te sientes tú al contar historias.

—¿Cómo me siento, mi señora?

—Porque sientes, ¿no?

—A veces intento no hacerlo.

—¿Como ahora mismo?

—No, mi señora.

—¿Cuándo, entonces?

La chica se dio la vuelta. La parte de Xena que era la Conquistadora optó por no tomarse aquello como una afrenta. Se puso al lado de Gabrielle, atenta a la expresión de la chica, visible a la luz de la media luna.

—Una esclava pierde todos sus derechos, incluido el derecho a su cuerpo.

La Conquistadora sintió una acometida de rabia, aunque su voz conservó la calma.

—¿Te ha tocado alguien desde que has llegado?

La chica negó con la cabeza.

—Mientras estés aquí, nadie te utilizará de esa forma en contra de tu voluntad. El castigo por violar a mi personal es la muerte.

La chica no disimuló su sorpresa.

—¿Tú no...?

—¿No violo? —Xena sabía la forma en que otros corrompían su reputación—. No, muchacha, no violo. No me hace falta. Hay muchos hombres y mujeres que acudirían de buen grado a mi cama. Es cierto lo que dicen. El poder es un afrodisíaco. —Xena suavizó el tono—. Algún día, si no lo has hecho ya, conocerás lo que es una mano tierna y los sentimientos serán muy distintos.

—¿Quién me querría?

—Te sorprenderías.

Gabrielle no vio nada más que sinceridad en el rostro de la Conquistadora.

—Gracias, mi señora.

—¿Qué he hecho ahora?

—Es lo que no has hecho.

Xena se entristeció al oír eso. Recibir un cumplido por no ser una violadora era digno de un animal. Sabía que sólo podía culparse a sí misma.

—Te dejo a tu noche tranquila.

—Que duermas bien, mi señora.

—Tú también, muchacha.


Gabrielle fue convocada al cuarto de Makia. Algo nerviosa, Gabrielle se recordó a sí misma que la severidad de Makia se había aplacado a lo largo de las dos semanas que llevaba en palacio.

—Bueno, ya era hora de que aparecieras.

—Estaba ayudando...

—Ya sé lo que estabas haciendo. Toma. Esto es para ti. —Makia le alargó un vestido a Gabrielle. Ésta se quedó donde estaba—. Vamos. Cógelo. Lo necesitarás para esta noche.

—¿Esta noche?

—Sí. —Makia exageró su exasperación con aire humorístico e hizo sonreír a Gabrielle—. Servirás en el banquete.

Gabrielle cogió el vestido y se lo puso sobre los hombros.

—Es precioso.

—Es bonito, ¿verdad? —Con falsa hosquedad, Makia confesó—: Lo he elegido yo para ti, así que no me apetece oír quejas.

—Gracias.

—Ve a probártelo. Si hay que hacer cambios, le diré a la costurera que los haga. No puedes presentarte toda astrosa ante la Conquistadora.

Gabrielle se marchó, pero antes se detuvo en el umbral.

—Makia, el vestido es precioso.

Makia se quedó mirando a la chica mientras salía de su cuarto. La Conquistadora tenía razón. Gabrielle nunca había pretendido cuestionar la autoridad de la cocinera. A la anciana le había costado encontrar un modo de disculparse. Esperaba que este pequeño gesto reparara el mal hecho.


Gabrielle iba de mesa en mesa, sirviendo vino. Los gritos pidiendo más vino eran constantes y la desorientaban un poco. Su mayor suplicio era servir las mesas de hombres, sin esposas ni prometidas. Las normas de la Conquistadora eran claras. A las criadas no se las podía tocar, pero en una sala tan grande como la del banquete, y habiendo bebido varias copas de vino, los hombres se crecían y se tomaban libertades, algunas deliberadas, otras por descuido. En consecuencia, había manos que le palpaban el trasero y el pecho mientras servía el vino. Ella no hacía caso del abuso, concentrada en su tarea. Sabía que no debía derramar una sola gota, por mucho que se propasaran con ella.

Aunque una jarra vacía suponía tener que volver a las bodegas, Gabrielle sintió alivio al poder alejarse un momento del jolgorio. Una voz exigente le impidió bajar las escaleras de la bodega.

—¡Chica! Dame vino.

Gabrielle se volvió y vio a un guapo joven, alto, de pelo rojo bien recortado. Llevaba un pendiente en la oreja derecha, una camisa amplia de color tostado cortada a medida con un escudo bordado en el corazón, pantalones marrones y altas botas marrones. Decidió que era miembro de una casa nobiliaria.

Gabrielle replicó con respeto:

—Señor, me he quedado sin vino, pero ahora mismo vuelvo.

—¡Ven aquí!

Gabrielle se quedó sin saber qué hacer.

El hombre avanzó un paso.

—¡Deja esa jarra y ven aquí, te digo!

Gabrielle obedeció.

—¿Sabes quién soy?

—No, señor, no lo sé.

El hombre se inclinó. El aliento le apestaba a vino.

—Pues te lo voy a decir. Yo soy Ridel, heredero del señor Gaugan. ¿Sabes quién es el señor Gaugan?

—He oído mencionar su nombre, señor.

—Mi padre es el señor de las provincias del sur. Somos una familia rica y noble. Cogemos lo que queremos, cuando queremos, por mucho que diga la Conquistadora. Te quiero a ti y te quiero ahora.

Gabrielle retrocedió. Ridel la agarró del brazo.

—Ah, no, chica. Tú te vienes conmigo.

—No, señor, por favor, no.

—¿Por favor? Tienes modales para ser una guarra. A ver qué más sabes.

Gabrielle se debatió, pero Ridel era fuerte, demasiado fuerte para poder soltarse.

—Bonita furcia. —Le agarró el vestido por el cuello y lo desgarró, dejando al descubierto el pecho envuelto de Gabrielle—. Maldita sea, ¿por qué llevan tanta ropa las mujeres? —Se echó a reír—. Bueno, así tomarlas supone un mayor desafío. Me gustan los desafíos. Oye, chica, ¿tú vas a ser un desafío? —Dicho esto, la apartó de un tirón del pasillo abierto para ocultarla parcialmente tras un arco. La pegó a la pared y sus labios se apoderaron de su boca con un beso brutal.

Gabrielle intentó empujarlo. Jadeaba. Tenía el corazón desbocado. Cerró los puños cuando su desesperación fue a más. No conocía este nivel de violencia desde que había entrado al servicio de la Conquistadora. Había esperado que las normas de la Conquistadora la protegieran. Ahora sabía que se había equivocado al esperar tal cosa.

—¡Aaj! —Ridel detuvo su ataque. Se echó hacia atrás. Gabrielle sólo veía sus ojos vidriosos. Confusa, dejó de resistirse. Él cayó de rodillas. Sólo entonces vio Gabrielle el cuchillo que tenía en la espalda, clavado en el corazón. Miró hacia delante. La Conquistadora estaba a veinte pasos de distancia. A su lado estaban Jared y dos guardias reales.

La Conquistadora avanzó. Se detuvo delante del cuerpo sin vida de Ridel y lo tiró al suelo de una patada. Se volvió para gritarle a Jared:

—¡Dile a Gaugan que he matado al cabrón de su hijo!

Miró a la chica que estaba allí expuesta, a quien le habían robado todo su pudor, con la cara surcada de lágrimas y los ojos todavía llenos de espanto. La Conquistadora se dio la vuelta y se alejó.

Al pasar junto a Jared, susurró con dolor:

—Tápala.

Jared se quitó la capa y envolvió a Gabrielle en ella. Le indicó a Leah, una joven criada que estaba allí cerca, que llevara a Gabrielle con Makia. Luego ordenó a los dos guardias que cogieran el cuerpo de Ridel y lo siguieran. El hijo de Gaugan fue trasladado al centro de la sala del banquete para que lo vieran todos los invitados. Jared anunció que el banquete se daba por finalizado y aconsejó al desolado señor que se llevara a su hijo a casa.


Makia notó el silencio sobrecogedor y la falta de movimiento del piso de arriba. Algo había sucedido. Sus instintos le decían que lo que fuese había ocurrido deprisa y que no era bueno. Esperó a que regresara el siguiente criado. Nunca tenía que esperar mucho para recibir noticias.

Gabrielle entró con Leah a su lado. Makia reconoció la capa del general Jared. Gabrielle no la tendría si hubiera hecho algo malo. Se fijó en que la chica temblaba a pesar del calor de la estancia.

Makia ordenó:

—Leah, vuelve al trabajo.

Leah miró a Gabrielle con ojos protectores antes de volver a subir las escaleras hasta la sala del banquete.

La cocinera se acercó a Gabrielle. La chica apartó los ojos. La cocinera levantó la mano despacio y le puso los dedos en la barbilla, obligando a Gabrielle a mirarla. Habló con ternura:

—¿Quién te ha hecho esto?

—Ridel, el hijo del señor Gaugan.

—¿Está muerto?

Gabrielle asintió.

Makia suponía quién había sido el protector de Gabrielle.

—¿El general Jared?

Gabrielle negó con la cabeza.

—¿La Conquistadora?

—Sí —susurró Gabrielle.

—No tienes nada que temer. No has hecho nada malo.

—¿Y si ella piensa lo contrario?

—Créeme cuando te digo que no es así.

Gabrielle se dejó vencer por la tensión y se hizo un ovillo como una niña pequeña. Makia cogió a la chica entre sus brazos.

—Vamos, vamos. —Dejó que Gabrielle llorara un rato y luego se echó hacia atrás con delicadeza—. Ve a echarte. Haré que le devuelvan la capa al general Jared por la mañana. Le servirás el desayuno a la Conquistadora como siempre.

—Pero... —Gabrielle intentó suplicar.

Makia la interrumpió con inflexible severidad.

—No, muchacha. No puedes ocultarte de ella. Te enfrentarás a la Conquistadora y luego seguirás adelante con el nuevo día.


De acuerdo con sus obligaciones habituales, Gabrielle entró en la cocina. Llevaba la capa del general colgada del brazo. La mujer mayor la había estado esperando.

—Dobla la capa y déjala en la mesa y luego tráeme una bandeja.

Makia observó a la chica con atención mientras colocaba la comida de la Conquistadora.

—¿Has dormido?

—Un poco.

—Se valiente, muchacha. En esto, sé que la Conquistadora no te defraudará. Ahora, ve a lo tuyo.

Gabrielle salió de la cocina. Se desvió un momento de camino a los aposentos de la Conquistadora.

Gabrielle encontró a la Conquistadora sentada a su mesa. El general Jared y Stephen, capitán de la Guardia Real, estaban de pie ante ella. El general se volvió y sonrió a Gabrielle.

La Conquistadora miraba fijamente a Stephen. Había elegido esta ocasión para dar a Stephen mayores responsabilidades. Se había distinguido en el campo de batalla junto a ella y Jared durante la campaña para ganar Grecia. La Conquistadora valoraba su capacidad estratégica y su carácter paciente. Por esa razón mantenía a Stephen, de cuerpo esculpido, ojos grises y melena rubia hasta los hombros, lejos de su cama. Acostarse con él eliminaría sus posibilidades de conseguir un futuro ascenso. Ninguno de sus oficiales de mayor confianza conocía nunca el lecho de la Conquistadora.

—Ha habido rebeliones por causas más nimias. Prefiero que ésta ocurra cuanto antes. Jared, tendremos que tomar una decisión con respecto a la sucesión. Las provincias del sur son ricas. Ésta es una buena oportunidad para dividir los latifundios en fincas más pequeñas. Dile a Paulos que haga sus recomendaciones. Añade las tuyas a la lista.

—O podrías quedarte tú con el botín —sugirió Jared.

—No he matado a Ridel para obtener beneficio. Tú, por otro lado, eres libre de quedarte con lo que quieras.

—Ya tengo todo lo que necesito.

La Conquistadora le tomó el pelo:

—Mira que eres campesino.

—Viniendo de ti, señora, me tomaré el reconocimiento de mi origen campesino como un cumplido.

Xena se rió ligeramente.

—Stephen, tu general es un hombre astuto con las palabras. Te recomiendo que lo escuches bien y aprendas.

Stephen sonrió.

—Me he fijado en su ingenio, señora.

—No basta con ser ingenioso. Hay que ser inteligente, ¿verdad, Jared?

—Mi señora —interrumpió delicadamente la voz de Gabrielle.

A Xena no le quedó más remedio que mirar a la chica.

—Sí.

—¿Necesitas algo más esta mañana?

Xena no lograba interpretar la expresión de Gabrielle. Era una mezcla de dolor y de anhelo. Deseó poder ofrecer consuelo a Gabrielle, y tal vez lo habría intentado si Jared y Stephen no hubieran estado presentes.

—Hoy no.

Gabrielle se inclinó y salió de la habitación.

La Conquistadora dirigió su pregunta a Jared:

—¿Cómo estaba cuando me marché?

—Estremecida. Temía que pudieras pensar que había hecho algo malo.

—Ser deseada no es un crimen.


Tras haber despedido a Jared y Stephen, Xena fue a la mesa para desayunar. Encontró una flor en su plato. Cogió la flor y aspiró el dulce aroma. Con una sonrisa, expresó lo que pensaba en voz alta:

—Gabrielle de Potedaia, eres osada, además de hermosa.


Deseosa de soledad, Gabrielle subió las escaleras hasta la torre. Cruzó el umbral sin darse cuenta de que estaba en compañía de otra persona.

—¿Otra noche contemplando las estrellas?

Sobresaltada, Gabrielle se giró de golpe y se encontró cara a cara con la fuente de la pregunta. La Conquistadora estaba tranquilamente ante ella.

—Mi señora.

Xena levantó la vista al cielo. Habló suavemente:

—Algunas personas creen que las estrellas son diamantes colocados en el cielo por los dioses y que, como una peonza lenta, sus posiciones cambian con las estaciones. ¿Tú qué opinas?

Olvidándose de su preocupación inmediata, Gabrielle reflexionó un poco sobre la pregunta.

—Tal vez somos nosotros los que nos movemos y las estrellas permanecen inmóviles.

—Una teoría es tan válida como la otra.

—Hay tantas cosas sobre el mundo que no comprendo.

—No sé si debemos conocer las respuestas a todas nuestras preguntas. Creo que lo mejor que podemos hacer es observar y averiguar los patrones y lo que hay detrás de esos patrones.

Gabrielle se sintió intrigada por esta filosofía. Habló, olvidándose de que era la Conquistadora quien la entretenía.

—¿A qué te refieres?

—Cuando plantamos, pescamos o cazamos, lo que hacemos y cómo lo hacemos no se deben necesariamente a que conozcamos la razón de que el mundo sea como es. No sabemos por qué, cuando regamos una planta, ésta crece, ni por qué, cuando ponemos un tipo concreto de anzuelo, es más posible que pique una trucha, ni por qué, cuando seguimos un rastro y ponemos una trampa, seguramente atraparemos un conejo. Y sin embargo, a base de hacerlo, a base de intentos y fracasos, llegamos a saber que si hacemos lo que hacemos, obtendremos los resultados que deseamos.

—Ya.

—Con las personas es lo mismo. Tienen ciertas motivaciones. ¿Por qué? No lo sé, y la verdad es que no me importa. Me basta con conocer sus patrones para conseguir lo que quiero.

Gabrielle se sintió incómoda con la conclusión de la Conquistadora.

—No creo que debamos ser tan fríos.

—No pretendo olvidar la posibilidad de lo inesperado. Eso es lo que convierte a la vida en un desafío.

—¿Es un juego para ti?

—No, muchacha, no es un juego. Un juego tiene reglas fijas. No hay reglas en la vida que no se puedan desobedecer.

—Pero sí que las hay.

—Están las leyes de la naturaleza, pero aparte de eso, las leyes creadas por la humanidad dan una falsa sensación de seguridad. Por ejemplo, existe una ley en Grecia por la que el personal doméstico de la Conquistadora debe ser respetado. Y sin embargo, en un banquete ofrecido por mí, nada menos, un hombre optó por violar esa ley, suponiendo erróneamente que no habría consecuencias.

—Mi señora, ¿estás enfadada commigo?

—¿Contigo? ¿Por qué iba a estar enfadada contigo? Eres tú quien me ha dado una sorpresa y ha hecho interesante mi día.

—¿Cómo, mi señora?

—¿Por qué, me he preguntado, me daría mi esclava una flor?

—No pretendía faltarte al respeto.

—Eso ya lo sé, muchacha. Ahora dime, ¿qué pretendías con ello?

—Era la única forma que se me ocurrió de darte las gracias sin sobrepasar mis límites.

—¿Y qué límites son esos?

—Las normas que me han enseñado para servirte como es debido.

—¿Normas que no se pueden desobedecer?

—No deseo experimentar las consecuencias de tomarme tal libertad, mi señora.

—¿Se te ocurre una razón lo suficientemente importante como para arriesgarte a cargar con las consecuencias?

—Puede que algún día haya una razón. Ahora mismo, no se me ocurre ninguna.

—Muy bien.

Las dos se quedaron calladas. Xena contemplaba la noche, apoyada en el parapeto.

Gabrielle no sabía qué se esperaba de ella.

—Mi señora, ¿preferirías estar sola?

—Siempre estoy sola, muchacha, tanto si estoy en compañía de otros como si no.

Gabrielle no conseguía imaginar qué clase de mujer vivía bajo la fachada de la Conquistadora. Miró en la misma dirección que la Conquistadora, curiosa por ver qué le resultaba interesante a la otra mujer. Sólo había oscuridad, interrumpida por las luces que salían de las casas y los edificios que formaban la ciudad. A medida que pasaba el tiempo, Gabrielle fue relajándose y dirigió la mirada a las cosas que le interesaban. Al poco, su mente se tranquilizó y se sintió en paz.

Xena había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaban la chica y ella en la torre en silencio. Lamentaba que hubiera pergaminos en su mesa a la espera de recibir su atención.

Habló suavemente para no asustar a Gabrielle.

—Muchacha.

—Sí, mi señora.

Todavía apoyada en el parapeto, Xena se volvió hacia su esclava.

—Cuando estemos solas, puedes acudir a mí con tus preguntas o peticiones. Mientras digas la verdad, la única consecuencia será que oirás una respuesta igualmente sincera.

—Gracias, mi señora.

Xena se irguió y su estatura volvió a reflejar el poder de la Conquistadora.

—Gracias, muchacha, por compartir un poco de la velada conmigo.

Gabrielle se quedó mirando a la Conquistadora cuando ésta se fue. Una vez más, se preguntó qué clase de mujer era su ama.


Gabrielle se colocó delante de la mesa de la Conquistadora después de disponer el desayuno. Llevaba días debatiendo si debía acudir a su ama. Decidió que el riesgo merecía la pena, aunque sólo fuese para valorar la sinceridad de lo que le había dicho la Conquistadora.

—Mi señora.

La Conquistadora no levantó la vista del pergamino que estaba leyendo.

—Sí.

—Tengo una petición.

—¿Y de qué petición se trata?

—Deseo aprender a defenderme.

Xena dejó el pergamino a un lado al tiempo que alzaba los ojos y miró a la chica.

—El palacio de la Conquistadora no es necesariamente un lugar seguro donde estar, ¿verdad?

Gabrielle no respondió. Temía que tanto si se mostraba de acuerdo como en desacuerdo, se arriesgaba a ofender a su ama.

—¿Qué deseas aprender?

—Esperaba que tú propusieras algo.

Xena evaluó a la chica.

—Yo empezaría con la vara de combate.

—¿No con una espada?

—Tienes que aumentar la fuerza del tronco y la destreza. Con la vara lo conseguirás. Más adelante, puede que tengas fuerza suficiente para manejar una espada. —Los ojos interrogantes de Xena atravesaron a la chica—. Pero, ¿quieres derramar sangre, muchacha?

—No quiero que nadie vuelva a tomarme nunca contra mi voluntad.

—¿Y estás dispuesta a matar para impedirlo?

—Sí, mi señora.

—Le diré a Jared que te asigne un maestro. Aprenderás un arte que no había imaginado para ti. Por desgracia, estoy de acuerdo, es uno que deberías poseer.

—Gracias, mi señora.


Jared desahogó su irritación:

—Estamos en un punto muerto. Salvo por unas pocas excursiones de los exploradores, las tropas de César continúan en su lado de las fronteras.

Xena comprendía lo que sentía su general. Sin embargo, no estaba dispuesta a actuar sólo por dar rienda suelta a la energía reprimida que había contaminado el razonamiento de sus hombres.

—Mantendremos nuestras posiciones. Haz saber a Dimas que si me entero de que uno solo de sus soldados insulta a un romano al otro lado de la frontera, haré descuartizar al soldado y también a él. Los romanos no van a llevar a Grecia a un juego infantil para ver quién puede más. No es el momento de ir a la guerra.

—Sí, señora.

—Nos guste o no, Ares no tardará en tener el placer de pasearse por un campo de batalla ensangrentado. Por ahora, quiero un inventario actualizado de nuestras armas, así como un recuento del personal a cargo de los servicios de suministro. Y vamos a ofrecer a los hombres una distracción que empiece a calentarles la sangre para el combate. Prepara tres juegos de guerra para la infantería y la caballería, y organiza un concurso de habilidad para nuestros arqueros y ballesteros, y cualquier otra diversión que pueda entretenerlos y que no requiera que desenvainen las espadas. Tienden a dejarse llevar por el entusiasmo y ahora mismo lo más importante para mí es un ejército con todas sus extremidades intactas.

—¿Juzgarás tú los concursos?

—Como siempre, observaré con interés.

—¿Tal vez la Conquistadora querrá competir junto a sus hombres?

—Jared, deben tener una posibilidad razonable de conseguir un premio. ¿Dónde está la diversión si no hay esperanza de ganar?

—No hay mayor incentivo que intentar superar a nuestra dirigente.

Xena sonrió, apreciando lo que sabía que era la verdad.

—Arco y vara, pues.

Jared se mostró satisfecho.

—Estoy deseando aprender las lecciones que nos vas a dar.

A Xena se le ocurrió una idea relacionada.

—Jared, ¿qué tal van las lecciones de armas de Gabrielle?

—Muy bien. Es una muchacha muy esforzada. Cada día se hace más fuerte. Sus instintos son buenos y comprende la estrategia una vez se le explica.

—¿Algún problema para encontrar a alguien dispuesto a enseñarle?

—Tengo voluntarios de sobra. La lista no para de aumentar.

Xena se echó a reír.

—A los hombres no parece faltarles motivación.

—Les gusta de verdad, señora. En lugar de emplear argucias femeninas, les muestra gratitud sincera y compensa a los hombres con sus historias.

—Entonces, ¿es buena narradora?

—A mí me entretiene mucho cuando me paro a escuchar. Recomiendo a Gabrielle sin la menor duda.

—Lo tendré presente.


Targon entró en los aposentos de la Conquistadora con un pergamino. El calor que emanaba de la chimenea no era suficiente para aliviar el hielo que tenía en el alma.

—Majestad, he recibido un informe sobre la suerte de los campesinos de Potedaia.

La Conquistadora notó el pésimo humor de Targon. Habló sin traicionar su creciente aprensión:

—¿La hermana de Gabrielle?

—Se cree que estaba en un grupo concreto de mujeres capturadas por Draco. Tengo un informe completo. —Ofreció el pergamino a la Conquistadora para evitar más preguntas.

Xena comprendió el raro gesto.

—Eso es todo.

Targon agradeció que la Conquistadora hubiera optado por apiadarse de él.

—Gracias, Majestad.

Xena esperó a que su administrador cerrara la puerta al salir. Se quedó mirando el pergamino, preguntándose qué pesadilla le iba a ser revelada. Draco era un carnicero, y descansaba tranquila con el recuerdo de haber puesto fin a su vida con su espada. Soltó la cinta que sujetaba el pergamino y lo desenrolló. Las letras de tinta negra daban una descripción objetiva de cómo Draco había entregado a todas menos a unas pocas de las mujeres de Potedaia a sus hombres como recompensa por su última conquista, reforzando su lealtad al renunciar a la suma de dinero que podría haber obtenido vendiendo a las mujeres a los tratantes de esclavos. Los hombres se turnaron para violar a las mujeres y, una vez completados los turnos, volvieron a empezar. Lo hicieron una y otra vez, hasta que los cuerpos quedaron sin vida. No hubo una pira funeraria. Las dejaron tiradas en el suelo. Los animales carroñeros hicieron trizas la carne, hasta que no quedó nada que reclamar. El pergamino enumeraba a todas las mujeres que se creía que habían sufrido esta suerte. A Xena le temblaban las manos cuando una lágrima solitaria cayó sobre el pergamino, emborronando el tercer nombre: Lila, hija de Herodoto y Hécuba. Incapaz de contener su ira, se levantó y, con un grito propio de un lobo herido, tiró el pergamino al fuego.


Era tarde por la noche cuando Gabrielle bajó por el pasillo de palacio que llevaba a los aposentos privados de la Conquistadora. No le habían dado un motivo para la llamada. Que ella supiera, no había hecho nada que pudiera haber desagradado a su ama. Con todo, no podía liberarse del miedo, un miedo que no era fácil justificar, dado el tratamiento siempre amable que le daba la Conquistadora. Gabrielle suspiró al doblar la esquina y reconocer al joven guardia apostado ante la puerta de la Conquistadora.

Trevor era el guardia personal de la Conquistadora. Tenía veinticinco veranos de edad, iba afeitado y llevaba el pelo rojo claro cortado a la altura de las orejas. Se había unido a la Conquistadora cuando comenzó el sitio de Corinto. La Conquistadora lo juzgó fuerte de corazón y sincero en su deseo de ver una Grecia mejor. Ella misma lo entrenó en el manejo de las armas. Durante los años siguientes, su cuerpo desgarbado se fortaleció y la nueva musculatura lo acabó convirtiendo en un luchador más que capacitado.

—Hola, Trevor.

—Gabrielle.

—Me han dicho que la Conquistadora quería verme.

—Te está esperando. Pasa. —Trevor alargó la mano y le abrió la puerta.

Gabrielle se consoló como pudo al ver el talante amable de Trevor. Entró y miró por la habitación. La Conquistadora estaba sentada cerca de la chimenea, en una de las dos butacas de respaldo alto. Gabrielle se acercó despacio, con la esperanza de que le dijera algo. Cuando estaba a menos de dos pasos de su ama, se detuvo y esperó. La Conquistadora seguía siendo una figura inmóvil y silenciosa para la esclava.

Como le habían enseñado, Gabrielle se anunció:

—Mi señora.

Xena miraba fijamente el fuego. Para Xena, el fuego simbolizaba la vida. Las llamas subían y caían. A pesar de las reflexiones que había compartido con Gabrielle en el sentido contrario, últimamente no había nada seguro: todo era una simple variación tras otra de la naturaleza del fuego. Bailaba, sofocaba, calentaba y quemaba. Había a la vez belleza y terror en sus colores. Podía ser alimentado o apagado, pero jamás aniquilado. Conservaba la capacidad de renovarse por una chispa fortuita del metal contra la piedra o por el lanzamiento caprichoso de un rayo de Zeus. Y cuando la humanidad pasaba por un incendio, al fuego le daba igual que sus almas fuesen sucias o puras. El fuego consumía despiadado a sus víctimas sin hacer distinciones.

Xena había hecho jurar a Targon que guardaría el secreto. La joven Gabrielle sufriría, pero sería un sufrimiento menos cruel que la verdad completa.

Xena se levantó y miró a la chica con el rostro vacío de expresión.

—Tu aldea fue atacada por Draco.

La afirmación sorprendió a Gabrielle. La confirmó:

—Sí, mi señora.

—Un pequeño grupo de mujeres y tú misma fuisteis separadas del resto.

Gabrielle asintió.

—Ésa fue la última vez que viste a tu hermana.

Gabrielle sintió un temor creciente. Habló con un susurro asustado:

—Sí.

Xena avanzó un paso y se puso justo delante de la chica.

—He averiguado que Lila de Potedaia murió de una fiebre poco después de ser capturada.

Gabrielle sacudió la cabeza.

—No... No puede haber muerto. Es la única familia que...

Xena posó las manos con suavidad en los brazos de Gabrielle.

—Tu hermana conoce la paz.

El dolor de Gabrielle subió como una ola. Retorció el cuerpo de un lado a otro, soltándose de las manos de Xena.

—¡No!

A Xena no le gustó nada la sensación de impotencia que se apoderó de ella.

—Lo siento.

—¡No, no es cierto! ¡Tú eres igual que todos esos asesinos! —Gabrielle descargó el puño contra el pecho de Xena una vez y luego otra. La Conquistadora no se defendió del ataque.

Como había oído ruido, Trevor abrió la puerta de los aposentos de la Conquistadora y se asomó. Vio a Gabrielle tirada en el suelo junto a los pies de la Conquistadora. Ésta había oído la puerta y miró al guardia. Con un ligero movimiento de cabeza, le indicó que se fuera. Preocupado por la escena, vaciló. La Conquistadora se mantuvo donde estaba. Incapaz de encontrar motivo o valor para intervenir, el hombre volvió a salir al pasillo y cerró la puerta.

La pena llevó a Gabrielle a un abismo, vacío y oscuro. Se abrazó a sí misma y se meció mientras lloraba sin disimulo.

Xena miró a la chica. No podía culpar a Gabrielle por la violencia de sus palabras o su puño. Sabía lo que era perder a un hermano querido. Xena se arrodilló y, sin decir palabra, cogió a la chica entre sus brazos. Gabrielle no se resistió.

Al cabo de un rato, el llanto de Gabrielle cesó y se quedó dormida, aunque estaba agitada. Xena no recordaba cuándo había sido la última vez que había sostenido a otra persona como ahora sostenía a la chica. Aunque se le partía el corazón por Gabrielle, su contacto le producía una notable calma. Movió su cuerpo para equilibrarse y levantó a Gabrielle en brazos. La chica que ahora acunaba en sus brazos parecía horriblemente frágil. Xena fue a la puerta y le dio una patada. Trevor abrió la puerta, sorprendido por segunda vez en lo que iba de noche por lo que vio.

Xena susurró:

—Ven conmigo.

El guardia acompañó a la Conquistadora hasta el alojamiento de Gabrielle. Comprendiendo su tarea sin que se le dijera, abrió la puerta y se hizo a un lado, observando mientras la Conquistadora colocaba a Gabrielle con delicadeza en la cama y la tapaba con dos gruesas mantas. La Conquistadora se quedó al lado de la cama. No quería marcharse. Al cabo de un momento, se dio la vuelta y salió de la habitación. Trevor la siguió, cerrando la puerta.

Xena habló en voz baja:

—Dile a Makia que se ocupe de Gabrielle. Dile que Gabrielle debe descansar. —La mirada de Xena se posó en la puerta cerrada—. Hoy he averiguado que la hermana de Gabrielle está muerta.

Los ojos de Trevor se apartaron de la Conquistadora, fueron a la puerta y volvieron a la Conquistadora. Ahora comprendía lo que había ocurrido entre las dos mujeres. Contrariamente a lo que temía, Gabrielle no había sufrido abusos. Sintió una admiración creciente por la Conquistadora. Compartiría lo que había visto con el resto de la Guardia Real.

—Lamento la pérdida de Gabrielle, señora.

Xena percibió la sinceridad en las palabras del joven soldado. Asintió y regresó a sus aposentos, presa de su propia pena inconsolable.


Jared entró en los aposentos de la Conquistadora sin ser anunciado. Xena estaba en el balcón. El general fue hasta ella. Xena había estado observando la creciente actividad. Miró por encima del hombro.

—¿Qué noticias hay?

—Gaugan se mueve contra Grecia.

Xena se volvió a Jared.

—¿Quién cabalga con él?

—Nadie.

Xena fue a su mesa. Ya había colocado encima un mapa del sur de Grecia.

—Informe de daños.

Jared la siguió a la mesa.

—Se ha apoderado del puerto de Pilos y de tres pueblos cercanos.

—¿Qué ha hecho Paulos al respecto?

—Avanza desde Esparta.

—¿Alguna señal de una invasión por mar?

—No. No tenemos motivo para creer que esté colaborando con Roma.

—Entonces, ¿en qué está pensando Gaugan?

—No piensa. Está furioso.

—¿Furioso? ¿Y porque está furioso va a sacrificar la vida de la familia que le queda y de su milicia? Si Gaugan sobrevive, llorará para toda la eternidad. —Xena se sentó—. Qué días tan amargos son éstos, Jared.

—¿Estás pensando en la muchacha?

Xena ladeó la cabeza. Jared suponía más de lo que hasta ella estaba dispuesta a confesarse a sí misma.

—La chica ha perdido a una hermana por la fiebre. Eso no puede compararse con lo que tendremos que ver en las próximas semanas. Prepárate para marchar hacia el sur. Me apetece una buena pelea.


Al día siguiente, cuando el amanecer teñía el horizonte, la Conquistadora salió al frente de la Guardia Real por las puertas de Corinto rumbo a Trípolis. Desde la ventana de su cuarto, Gabrielle contempló el desfile. No veía a la Conquistadora desde que se había enterado de la muerte de su hermana. Makia le había dicho que debía tener tiempo para hacer el duelo. Gabrielle deseaba haber podido hablar con la Conquistadora antes de su marcha, aunque no sabía qué le habría dicho a su ama.

Los criados y esclavos de palacio hicieron lo posible por seguir con sus tareas, aunque las que eran específicas para la Conquistadora quedaron suspendidas. Makia permitió que los que estaba a su mando tuvieran más tiempo para el ocio. Les aseguró a todos que cuando la Conquistadora regresara victoriosa, tendrían que trabajar mucho para ocuparse del servicio exigido por el inevitable aumento de la actividad en la corte.

El talento de Gabrielle como narradora estaba más solicitado que nunca por sus compañeros y por los soldados del Primer Ejército que permanecían acuartelados en la ciudad. Su tono cambió y se dedicó a tejer relatos de guerra. Conocía a muchos de los hombres de la Guardia Real y deseaba verlos regresar sanos y salvos. Los triunfos parecían menos gloriosos y las derrotas más espantosas. Cuando describía a un héroe, la imagen de la Conquistadora flotaba en su mente.

Había pasado más de una luna cuando el palacio recibió noticia de que la Conquistadora regresaba a Corinto. La batalla contra Gaugan había sido rápida y decisiva. Geldpac, un miembro veterano de la Guardia Real, enviado a Corinto por delante de las fuerzas de la Conquistadora, se sentó encima de una de las mesas más grandes de la cocina de palacio. Estaba rodeado de hombres y mujeres del servicio, ansiosos por oír lo que había ocurrido en el sur. No disfrutaba contándolo. Los actos de la Conquistadora habían sido los más brutales que había visto en su vida. No hubo piedad. Gaugan se le había escapado, pero los miembros de su familia no. Todos los varones adultos fueron crucificados. Las mujeres y los niños, acostumbrados al lujo, quedaron en la miseria. Se rumoreaba que se había acostado con una serie de delatores de ambos sexos que tenían la esperanza de que si satisfacían a la Conquistadora, ésta decidiera no condenarlos a muerte. Dio igual. Por la mañana, sus cabezas, junto con las de todos los demás colaboradores capturados el día anterior, quedaron clavadas en sendas estacas.

Gabrielle estaba sentada en silencio al lado de Makia. Advirtió que Makia meneaba la cabeza con desesperación.

—¿Qué pasa?

—La Conquistadora se ha perdido de nuevo.

—¿Qué quieres decir?

—Tú no sabes, Gabrielle, cómo puede ser. No has visto cómo su corazón se vuelve negro de odio.

—La vi matar al hijo de Gaugan.

—Eso no fue más que un juego de niños. Geldpac describe una maldición que hacía tiempo que no veíamos, pero que siempre hemos sabido que podía volver sin previo aviso. Lo único bueno que veo en esto es que estamos advertidos. Cuando la Conquistadora regrese, ten cuidado de cómo te presentas ante ella. Estará distinta, y si cometes un error, nadie podrá ayudarte.

—¿Tan terrible puede ser?

—Sí, créeme.


Durante las dos semanas siguientes a su regreso, la Conquistadora se mantuvo a solas cuando no estaba en la corte. Cada día Gabrielle servía la bandeja del desayuno de la Conquistadora. Tanto si la Conquistadora estaba trabajando en su mesa como si estaba en el balcón contemplando la ciudad que empezaba a despertarse, no se decía una sola palabra.

En este día, Gabrielle se fijó en que había un puñal en la mesa de la Conquistadora. Ésta estaba sentada leyendo y con el pulgar izquierdo acariciaba el mango negro tallado. A Gabrielle le dio la impresión de que la Conquistadora estaba esperando a tener un motivo para usarlo.

—¿Mi señora? —Gabrielle se apostó la vida a que el puñal no era para ella.

Xena levantó la vista de la mesa.

—¿Estás bien, mi señora?

—¿Por qué lo preguntas?

Gabrielle dudó. Le costaba encontrar las palabras que transmitieran su preocupación y justificaran la interrupción.

—Pareces cambiada.

Una parte de Xena quiso atacar a la chica. Al ver la preocupación auténtica de la chica, volcó la violenta emoción hacia dentro para sujetarla con su formidable voluntad. No fue el tono de la Conquistadora lo que traicionó su lucha interna. Fueron sus palabras.

—La guerra es dura para el alma.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Xena respondió suavemente:

—Sigue ahora con tus tareas.

—Sí, mi señora.

Xena pensó que la chica había sido la única que se había interesado. Ni siquiera Jared o Targon se atreverían a abordar el tema de su ira sofocante.

Gabrielle tenía intención de marcharse. Tenía intención de esperar a un momento en que la Conquistadora estuviera más accesible. Se dio cuenta de que no había forma de saber cuándo podría llegar ese momento.

—Mi señora.

Xena miró a la chica y esperó.

—Te debo una disculpa.

—¿Por qué? —Xena se quedó desconcertada ante la culpabilidad de la chica.

—No debería haber dicho lo que te dije cuando me comunicaste la muerte de mi hermana.

Aquella noche le parecía a Xena que había sucedido hacía una vida entera.

—No pasa nada.

—Lo siento de verdad.

—Te creo.

—Gracias, mi señora.

La marcha de Gabrielle dejó a Xena sola en sus aposentos. En cada uno de los dos rincones de la habitación que tenía delante, Xena veía una imagen de sí misma, una de la mujer en que se había convertido al dejar Corinto, la Conquistadora, la oscuridad de una guerrera consumida por la sed de sangre, que hacía equilibrios al borde de la locura, más bien un animal que jamás podría saciar su deseo no sólo de dirigir, sino de dominar a la manada. En el otro rincón, Xena de Anfípolis, la ingenua idealista que adoraba a su hermano Liceus, quería a su madre y toleraba a su hermano mayor Toris, más débil. En realidad, no era ninguna de las dos. Eso daba pie a la pregunta, “¿quién era?” No podía responder a la pregunta con ninguna certeza. Se planteó una pregunta más importante: “¿quién quería ser?” Se le ocurrió una respuesta, pero le pareció improbable y no quiso pensarla más que un momento.


Targon estaba de pie ante la mesa de la Conquistadora. Llevaba siete pergaminos en precario equilibrio en los brazos. La Conquistadora estaba impaciente por librarse de él y de todos los asuntos domésticos que le traía.

—¿Hay algo más en esos pergaminos tuyos que requiera mi atención?

—Majestad, ¿el general Jared te ha hablado de Gabrielle?

Eso despertó el interés de Xena.

—¿Qué pasa con Gabrielle?

—Cuando no está llevando a cabo sus tareas domésticas, pasa gran parte de su tiempo en la enfermería contando historias a los heridos. Aprecian mucho sus visitas. Dalius ha comentado que ha mejorado la moral.

El nerviosismo de Targon no le pasó desapercibido. Xena escuchaba atentamente, adivinando ya la pregunta de su administrador.

Éste continuó:

—El general Jared ha sugerido que las tareas domésticas de Gabrielle se reduzcan varias marcas al día para que pueda pasar más tiempo con los heridos.

—Targon, tú diriges mi casa por mí. Para eso estás a mi servicio. ¿Por qué acudes a mí con esto?

—Queríamos...

—¿Queríamos? —La Conquistadora arrugó la frente.

—Dalius, el general Jared y yo queríamos asegurarnos de que estuvieras de acuerdo en dejar que Gabrielle emplee su tiempo contando historias.

—¿Por qué no iba a estar de acuerdo?

—Creíamos que era posible que pensaras que un miembro de tu servicio debería tener ocupaciones más prácticas.

—Yo considero la moral de mis hombres digna de mis recursos. Parece que estamos de acuerdo.

—Sí, Majestad.

—¿Alguien le ha comunicado a Gabrielle este grandioso plan que habéis pergeñado entre los tres?

—No, Majestad. Dada la posibilidad de que quisieras que sus tareas continuaran como están, no queríamos alimentar sus esperanzas para luego tener que decepcionarla.

—Todo un detalle por vuestra parte. —Xena se estaba divirtiendo. Como sospechaba que la chica podía empeñarse en cumplir con sus viejos deberes al tiempo que los nuevos, Xena optó por asegurarse de que los cometidos de la esclava no aumentaran—. Supongo que adquirirás otra esclava que complete las anteriores tareas de Gabrielle.

—Inmediatamente, Majestad.

—Y Targon, no me opongo a que le preguntes a Gabrielle cuáles de sus actuales deberes prefiere conservar.

—Así se hará.

—Muy bien. Te veré después de la comida de mediodía.

Targon se inclinó y salió de la habitación.

Xena se preguntó quién le traería el desayuno al día siguiente. ¿Elegiría Gabrielle continuar con su tarea diaria de servir el desayuno a la Conquistadora?


Xena estaba fuera, en el balcón, contemplando la salida del sol por el horizonte. Como todos los días a esta hora, oyó que se abría la puerta de sus aposentos.

—Buenos días, mi señora.

Xena sonrió. Ya tenía la respuesta a su pregunta. Gabrielle había elegido continuar sirviéndole. Xena se sintió complacida al saberlo. En el tono de la chica se advertía una nueva ligereza. Como quería confirmar su impresión, controló sus rasgos y se volvió hacia la esclava. Gabrielle sonreía abiertamente con la bandeja en las manos.

—Buenos días tengas tú, muchacha.

Aunque el rostro de la Conquistadora permanecía estoico, Gabrielle vio que los penetrantes ojos azules de su ama habían recuperado el brillo que les faltaba desde su regreso a Corinto.

—Mi señora, quiero darte las gracias por dejarme contar mis historias.

Xena se acercó a la chica y le quitó la bandeja de las manos.

—Ha sido idea del general Jared. Dale las gracias a él.

Gabrielle, sobresaltada por la ayuda inopinada de la Conquistadora, recuperó el habla.

—Ya lo he hecho, mi señora.

Xena dejó la bandeja en la mesa y cogió la taza de té antes de hacerse a un lado para dejar sitio a Gabrielle para que ésta terminara de disponer el desayuno. Gabrielle se acercó y colocó en silencio los platos y la jarra.

Xena disfrutaba teniendo a la chica cerca de ella. Había llegado a considerar a Gabrielle como parte de su vida cotidiana. La chica traía calma a la habitación. Xena se sentía relajada en presencia de alguien que no le tenía miedo ni pretendía nada de ella.

Una vez terminada su tarea, Gabrielle preguntó:

—¿Necesitas algo más, mi señora?

Xena sintió una punzada de cariño por la chica. Estos sentimientos de ternura llevaban mucho tiempo dormidos. La Conquistadora que llevaba dentro sabía que si se dejaba llevar por lo que sentía, perdería justamente lo que había llegado a valorar. Quería darle a la chica algo a cambio, pero le costaba hacerlo sin comprometer su posición como ama de Gabrielle.

—¿Cuántos vestidos tienes, muchacha?

—Dos, mi señora. —Como no quería dar una falsa impresión con respecto a su vestuario, Gabrielle añadió—: Y una falda y dos blusas que me pongo para el trabajo más pesado.

—A los hombres les vendría bien que te presentaras ante ellos con aspecto atractivo.

Gabrielle se sintió herida por el comentario de la Conquistadora.

—Mi señora, te pido perdón si mi aspecto te desagrada.

Xena entendió el cambio de Gabrielle como lo que era y lamentó haberle quitado a la chica su dignidad con tan poco tacto.

—No me has entendido. Eres bella por naturaleza y es la ropa que te ha proporcionado el reino la que te hace un mal servicio. Si te parece bien, le diré a Makia que te dé unos cuantos vestidos nuevos apropiados para una narradora del reino.

Gabrielle se animó.

—Eres muy generosa, mi señora.


La Conquistadora oyó las risas cuando estaba en medio del patio con Jared. Volcó su atención en el origen, la enfermería.

—Parece que hay alguien más que los enfermos y los heridos con nuestra narradora.

—Los guardias se han aficionado a visitar a sus hermanos con más regularidad. La comida del mediodía es un buen momento para visitarlos sin descuidar sus deberes.

Xena echó a andar hacia el edificio. Jared la acompañó.

—Así que la moral va bien.

—Muy bien.

—Gabrielle parece más contenta.

—Yo diría que sí.

—Os hago igualmente responsables a Targon, a Dalius y a ti de su bienestar. Si tenéis la más mínima sospecha de que se está quedando agotada de nuevo por sus deberes, quiero que solucionéis el problema. Y, por el bien de la moral, la solución no consistirá en prohibirle contar historias.

Jared sonrió.

—Comprendido, señora.

—Bórrate esa sonrisa de la cara, Jared, o corres el riesgo de que la Conquistadora tenga un despiste la próxima vez que entrenemos.

La sonrisa de Jared se hizo más amplia.

—No me gustaría que eso ocurriera, señora.

Xena le dio un manotazo en broma al general en la tripa.

—He averiguado que si me quedo al lado del poste de las caballerías, oigo bien la voz de Gabrielle y puedo disfrutar de sus historias. Ella no me ve, así que no tengo que preocuparme de que se sienta intimidada por mi presencia.

—Jared, tú no eres capaz de intimidar ni a un cachorro.

—Pero tú sí, señora.

Se detuvieron junto al poste de las caballerías. La Conquistadora paseó la mirada por el patio con cara severa. Se apoyó en el poste sin dejar de observar la actividad que tenía delante. Su oído estaba concentrado en la bonita voz de Gabrielle que sonaba detrás de ella. No iba a ser la última vez que la Conquistadora decidiera reunirse con su general durante la comida del mediodía, ni iba a ser la última vez que su reunión los llevara hasta el poste de las caballerías.


Gabrielle estaba delante de su armario contemplando sus cinco vestidos. Los últimos que había añadido estaban cortados con precisión de acuerdo con sus medidas. Le habían dado la posibilidad de escoger la tela y comentar los modelos. Nunca había tenido ropa tan buena.

Reflexionó sobre el tiempo que había transcurrido desde que la compraron para el servicio doméstico de la Conquistadora. Su vida había ido cambiando poco a poco a mejor. Habían pasado tres lunas desde que Leah y ella se habían trasladado a la habitación que compartían. Se sintió aliviada al librarse de la sala común, donde había mucha menos privacidad.

Leah era una buena compañera de cuarto. Un par de veranos mayor que Gabrielle, Leah había adquirido un punto de vista cínico sobre la vida. Gabrielle no podía echárselo en cara. Y sin embargo, Gabrielle se estaba hartando de las quejas de Leah sobre la vida en palacio. De estatura igual a la de Gabrielle, pelo castaño, ojos almendrados, nariz pequeña y respingona y pómulos marcados, Leah utilizaba su belleza para seducir a los criados y esclavos varones, buscando siempre un favor a cambio. Por acuerdo tácito, Leah mantenía sus líos fuera de su cuarto.

Gabrielle había recuperado las fuerzas. La Conquistadora le había dicho la verdad. En la casa de la Conquistadora tenía buenos alimentos, ropa y alojamiento. Aunque trabajaba de la mañana a la noche, sus tareas variaban en dificultad. Esto era así para todos los esclavos. Ni un solo esclavo trabajaba excesivamente a costa de otro. El servicio se organizaba de manera equitativa con pocas distinciones entre los esclavos. Los criados tenían más ventajas. Trabajaban menos horas, se les daba una paga más generosa, cuartos más cómodos para dormir y eran libres de moverse por donde quisieran sin tener que comunicar primero a un supervisor dónde iban y cuándo iban a regresar.

Gabrielle se había fijado en que Makia exigía mucho a todos los recién llegados al servicio, ya fuesen esclavos o criados. También se había fijado en que, cuando los nuevos miembros del servicio demostraban su valía, Makia les daba mucha más libertad.

Durante la pasada luna, Gabrielle había tenido el placer añadido de hacer compañía a los heridos. Además de contar historias, había realizado pequeñas tareas como enfermera. Dalius alimentaba su deseo de dar consuelo. La gratitud de los hombres no conocía límites. Se había ganado la admiración de la Guardia Real y, a pesar de que continuaba entrenando con las armas, no dejaban de proporcionarle escolta cada vez que iba al mercado o deseaba explorar la ciudad. A Gabrielle le resultaba irónico que donde más a salvo se sentía fuese en medio de los guerreros más mortíferos de Grecia, por no decir del mundo conocido.

—¿Qué vestido te vas a poner? —dijo Leah al entrar en su cuarto.

—Nunca pensé que podría tener el problema de tener que decidir entre tantos vestidos.

—Somos afortunadas de contar con el favor de la Conquistadora.

—¿Es que lo tenemos?

—Yo diría que sí. Somos bonitas y a ella le gusta lo bonito. —Leah hizo una reverencia con coquetería.

—¿Alguna vez te ha tocado?

—No. —Leah se echó a reír por la absurda idea.

—No pareces... preocupada.

—¿Por qué iba a estarlo? La Conquistadora no se acuesta con esclavos. Si lo hiciera, a lo mejor me libraba por completo del trabajo que hago. Pero no me quejo. Lo único que tengo que hacer es servirle el vino por las noches a esa odiosa asesina con una sonrisa. Es un precio pequeño que pagar por la comodidad que me supone.

—¿Alguna vez habla contigo?

—¿Que si me habla? Nunca le he oído decir nada que no sean órdenes. Ésa no sabe hablar como una persona de verdad.

Gabrielle volvió a concentrarse en sus vestidos.

—Yo me pondría el verde. Va bien con tus ojos —sugirió Leah.

—¿Tú crees?

Leah se echó a reír.

—¿Es que no te das cuenta de que la mitad de los hombres de la Guardia están enamorados de ti?

—No es cierto —protestó Gabrielle con sinceridad.

—¡Claro que sí! Gabrielle, tú tienes algo que ellos desean. Ya va siendo hora de que sepas que puedes usar tu belleza para sacar provecho.

—Yo no quiero ser así.

—No seas boba. ¿O es que te crees demasiado buena?

—Leah, yo quiero amor.

—Gabrielle, somos esclavas. ¡Esclavas! ¿Cómo puedes imaginar siquiera que podemos recibir amor?

—No seremos esclavas para siempre. A ti sólo te queda un año para recibir la libertad.

—Y a ti te quedan más de dos para que la Conquistadora te deje marchar. No puedes contar con el futuro. Puede ocurrir cualquier cosa. Fíjate en lo que hizo el señor Gaugan. Un día de estos alguien va a matar a la Conquistadora y sus normas domésticas darán igual. Seremos esclavas hasta el día en que muramos.

—Yo creo en... creo que la Conquistadora no se dejará matar fácilmente.

—Espero que tengas razón.

Gabrielle no quería continuar con la conversación.

—Esta noche va a ser buena.

—Éste es el banquete del año que más le gusta a la Conquistadora, sólo para ella y la Guardia Real. Ten cuidado cuando se pongan a competir unos con otros. Son peores que una panda de niños borrachos.


El banquete estaba ya muy avanzado cuando un soldado del Primer Ejército solicitó permiso para entrar. Entregó un mensaje a Jared, quien se lo comunicó en privado a Xena. La Conquistadora hizo un gesto al soldado para que entrara. El hombre se volvió y llamó a dos guardias a quienes no se veía. Metieron a rastras a Gaugan hasta el centro de la sala.

La Conquistadora se levantó de su silla y rodeó la larga mesa principal. Con cada paso que daba su aspecto se volvía más amenazador. La sala se quedó en silencio rápidamente. Los dos soldados sostenían al prisionero en pie, sujetándole los brazos a Gaugan a la espalda.

La Conquistadora se detuvo delante del rebelde.

—Le has costado a Grecia la vida de muchos jóvenes.

Gaugan exclamó:

—¡Tú mataste a mi hijo!

La Conquistadora permaneció impasible.

—Sólo porque tú no supiste enseñarle a respetar al reino. Toda vida tiene un valor. Él se creía por encima de los demás.

—¿Y tú te atreves a decirme eso? ¿Tú, que crucificas y clavas cabezas en lanzas?

—Conocías las consecuencias de oponerte a mí. Su sangre está en tus manos, no en las mías.

—Arderás en el Tártaro.

—Dime algo que no sepa ya.

—Ruego a los dioses que tengas una muerte lenta y dolorosa.

—Tú primero, Gaugan. —La Conquistadora se adelantó y le clavó un puñal en el estómago y luego fue cortando hacia arriba despacio, centímetro a centímetro, mientras los soldados lo sujetaban en el sitio. La Conquistadora volvió a bajar el puñal y luego trasladó la hoja hacia la izquierda, cortando más carne. Trazó medio círculo con el puñal y luego cortó hacia la derecha. Gaugan gritaba de dolor. La Conquistadora sacó el puñal.

—¿Dónde más debería cortarte, Gaugan? Si te corto la lengua, ¿chillarás más o menos?

El horror de la escena dejó atónita a la esclava. Una jarra de vino rota, que sus manos soltaron sin darse cuenta, se hizo añicos a los pies de Gabrielle.

En la sala se había hecho un silencio palpable. El estampido de la jarra rebotó en las paredes y en el oído de la Conquistadora. Ésta miró por la sala hasta que descubrió el origen del estrépito. La chica estaba a un lado, medio oculta por una columna. Xena se acercó a Gabrielle, sujetando el puñal con firmeza. A un brazo de distancia, Gabrielle retrocedió atemorizada. Un soldado se colocó detrás de ella y le puso la mano en el hombro, y no supo si era para detenerla o para reconfortarla.

La mirada de Xena atravesó a la chica. Xena se fijó en el miedo y el asco de Gabrielle. La chica acababa de ver por primera vez a la auténtica Conquistadora. Era evidente que no le gustaba lo que veía. A Xena le sorprendió descubrir que no tenía palabras que ofrecer a la chica. No había nada que decir. En ocasiones como ésta, los actos contaban más que las palabras. Volvió donde estaba Gaugan. Asintió y los dos soldados lo sostuvieron lo más erguido posible. Con un rápido movimiento de muñeca, el puñal atravesó el corazón de Gaugan. Se desplomó muerto. Su muerte no había sido tan lenta como pretendía la Conquistadora originalmente. Sin volverse a mirar a Gabrielle, Xena se dirigió al joven soldado:

—Anton, llévate a la chica de aquí.

Aunque la Conquistadora no había visto al guardia más veterano, Anton se inclinó.

—Sí, señora. —Apretó el hombro de Gabrielle con delicadeza y luego se la llevó de vuelta a la cocina.

Anton y Gabrielle entraron en la cocina. Makia se fijó en la estremecida chica.

—¿Qué ha ocurrido?

Las lágrimas de Gabrielle caían sin control. Las náuseas que sentía le provocaron una arcada. Corrió a un rincón donde había un cubo de fregar vacío y vomitó. Siguió presa de las arcadas incluso cuando ya no le quedaba nada que echar.

Anton informó a Makia discretamente de lo que había ocurrido en el banquete mientras la cocinera jefa seguía dirigiendo la preparación y el servicio de la comida. La mujer mayor quería consolar a la joven, pero no tenía tiempo. Cogió un paño mojado y se agachó junto a Gabrielle, entregándoselo.

—Arréglate un poco y luego hablamos.

Gabrielle cogió el paño agradecida y se limpió la cara.

—Lo siento.

—No tienes por qué. Me preocuparías si ver cómo matan a un hombre no te pusiera enferma.

Gabrielle cambió de postura para poder apoyarse en la pared.

—¿Por qué lo ha hecho?

—No le quedaba más remedio —intervino Anton—. Gaugan ha sido responsable de la muerte de veintidós guardias, hombres a quienes considerábamos nuestros hermanos. Lo que la Conquistadora le ha hecho a Gaugan sólo ha sido lo que él le habría hecho a ella.

—No por eso está bien.

—Sí está bien. Pero no es fácil de ver.

Gabrielle se levantó, sin dejar de usar la pared para sostenerse.

—¿Sois todos como ella?

—Si te refieres a los guardias, yo diría que no. Pero aspiramos a ser dignos del aprecio de la Conquistadora.

—No os entiendo.

—Y yo espero que nunca llegue el día en que lo hagas, porque para entendernos debes ver lo que hemos visto nosotros, y eso no se lo deseo a nadie.

—¿Por qué no os marcháis?

—Porque tenemos recuerdos. No podemos olvidar, y lo cierto es que no queremos. Mientras gobierne la Conquistadora, los señores de la guerra ya no cogerán a nuestras aldeas como rehenes, el pueblo de Grecia ya no formará parte de las listas de esclavos, y habrá alimentos de sobra para comer. Gaugan quería destruir el reino.

Gabrielle se dio la vuelta y se fue a su cuarto. Agotada, se tumbó en la cama y se quedó dormida sin desvestirse. Su opinión sobre la carnicería cometida por la Conquistadora se enfrentaba al valor que daba a la vida que le había dado la Conquistadora. No había manera de conciliar ambas cosas.


Durante tres días consecutivos, Gabrielle sirvió el desayuno de la Conquistadora en una habitación vacía. Aunque se sentía tentada, Gabrielle no tenía valor para ir en busca de la Conquistadora penetrando en su dormitorio. Otros criados veían apenas a su ama de vez en cuando. En todo el palacio reinaba una atmósfera de cautela.

Gabrielle buscó a la Conquistadora. Subió las escaleras del palacio hasta la torre. La Conquistadora estaba allí sola, apoyada en el parapeto, como era su costumbre. Como no sabía si Gabrielle buscaba la soledad o su compañía, Xena decidió no darse por enterada de su presencia para darle a la chica la oportunidad de marcharse. Oyó la respiración acompasada de Gabrielle. La chica se había quedado.

Xena levantó los ojos del horizonte hacia el cielo.

—Las nubes se han apoderado del cielo. Esta noche sólo se ven unas pocas estrellas.

—Mi señora, ¿puedo hablar con franqueza?

—Puedes. —Xena no cambió de postura.

—Tengo una petición. He hablado con Dalius. Con tu permiso, me gustaría ser su aprendiza.

Xena no pudo evitar preguntarse si la solicitud de Gabrielle se debía en parte a un deseo de no volver a servirle directamente. Xena tendría pocos motivos para ver a la chica en la enfermería. Cerró los ojos y repasó todo lo que sabía y había observado sobre Gabrielle. Tomó la medida completa a la chica y no encontró faltas en ella. La petición, aunque inesperada, era razonable.

—Sanadora. Será un buen oficio para ti cuando dejes mi servicio, mejor que fregar suelos y servir bandejas de desayuno, aunque siempre podrías ser bardo... Tienes mi permiso. Se lo diré a Targon.

—Gracias, mi señora.

Gabrielle esperó a que la Conquistadora continuara la conversación o la despidiera. Sólo hubo silencio entre las dos. Gabrielle se dio la vuelta para marcharse.

Se le ocurrió una cosa.

—Mi señora.

Xena se volvió y sus ojos se encontraron con los de la chica.

—Seguiré sirviéndote el desayuno antes de comenzar mi jornada en la enfermería.

Gabrielle captó el amago de una sonrisa en el rostro de la Conquistadora.

—Pues te veré mañana.

—Sí, mi señora. —Dicho lo cual, Gabrielle salió de la torre.


Targon entró en la enfermería. Gabrielle estaba cosiéndole una mejilla herida a un guardia real mientras Trevor observaba.

Gabrielle le tomó el pelo al guardia:

—Endres, ahora tendrás una bonita cicatriz para impresionar a las mujeres.

Trevor añadió:

—Y si sobornas bien a tus hermanos de la Guardia, no les diremos que tropezaste con tus propios pies cuando la Conquistadora te atacó con su espada.

Gabrielle se quedó quieta.

—¿Esto lo ha hecho la Conquistadora?

—Endres puede dar gracias a los dioses por haber estado entrenando con la Conquistadora y no con uno de nosotros menos hábil. Detuvo el golpe para evitar cortarle la cabeza.

Gabrielle cortó el hilo.

Endres se volvió hacia Gabrielle y sonrió.

—Por una vez, señorita, Trevor no miente. Y también he tenido suerte de que la Conquistadora estuviera de buen humor. No comentó nada sobre mi torpeza y hasta me ofreció la mano para ayudarme a levantarme.

Gabrielle colocó una gasa sobre la herida de Endres.

—A lo mejor pensaba que el corte bastaba para darte una lección.

—Eso no le ha impedido otras veces corrernos a patadas hasta las cuadras. ¿Verdad, Trevor?

—Verdad —replicó Trevor.

—Si has acabado con este guardia, señorita, me gustaría hablar contigo. —La voz de Targon interrumpió la conversación. Endres y Trevor se pusieron serios.

—Ahora mismo estoy contigo, señor. —Gabrielle terminó de colocar la gasa—. Bueno, mantén limpia la herida. No quiero verla infectada.

—Sí, señorita, y gracias.

Gabrielle sonrió dulcemente al guardia.

—De nada.

Se acercó a Targon.

—¿Qué deseas, señor?

—Ven conmigo —dijo él bruscamente.

Targon se dio la vuelta y echó a andar hacia el palacio. Gabrielle lo acompañó en silencio. Gabrielle advirtió que se dirigían a los aposentos de la Conquistadora. Se preparó para una entrevista con su ama. Cuando la llamaba, todavía no tenía la seguridad suficiente para enfrentarse a la Conquistadora sin la idea de que iba a ser castigada, aunque nunca sabía por qué ofensa.

—Por aquí.

Para sorpresa de Gabrielle, Targon avanzó por un pasillo lateral. Se detuvo ante una puerta y se sacó una llave del bolsillo. Habló mientras abría la puerta:

—Ahora eres aprendiza del sanador y como tal debes estar disponible para servir en cualquier momento del día o de la noche. Esto quiere decir que es posible que tengas que descansar mientras otros trabajan. Por esta razón, se te ha dado una habitación privada.

Targon se echó hacia atrás para dejar que Gabrielle entrara e inspeccionara su nuevo alojamiento. La habitación era más grande que la que compartía con Leah. Tenía una ventana que daba al patio principal, vista que conocía bien por la costumbre de la Conquistadora de contemplar la salida del sol desde sus aposentos. Había una cama grande pegada a la pared que daba al oeste, y una mesa pegada a la pared que daba al sur. Había una silla ante la mesa y una butaca más grande a un lado. En una mesilla había una jarra y una palangana. Por último, pegado a la pared que daba al norte, había un gran armario.

—Señorita Gabrielle, ¿la habitación es de tu agrado?

Una vez hubo contemplado la estancia, Gabrielle se volvió hacia él.

—Sí, señor. Es maravillosa.

—Aquí tienes la llave.

Gabrielle alargó la mano y la cogió.

—Te recomiendo que, por tu propia seguridad, cierres la puerta con llave por la noche.

—Así lo haré.

—Puedes trasladar tus cosas cuando tengas tiempo.

—Gracias, señor.

—No hay de qué.


Tres de los criados estaban cómodamente sentados ante una mesa del fondo de la cocina. Era media tarde y estaban disfrutando de su tiempo libre entre los servicios de comida. La cocina era un refugio para los criados. Makia toleraba su alboroto. A menudo, en estos momentos de relajación, revelaban información sin darse cuenta.

—Apuesto un dinar.

—¡No tienes un dinar! —respondió Mansel.

—Déjalo, Pathas. No puedes ganar —intentó mediar Landis.

Pathas insistió:

—Elegirá para la luna llena.

Landis se echó a reír.

—Cuentas con la locura lunar.

Mansel ofreció su opinión:

—Está agotada. Yo digo que quince días después.

Gabrielle había entrado en la cocina y observaba en silencio la conversación de los criados sentados ante una de las mesas más grandes. Se acercó a Leah, que estaba cortando verduras.

—¿Sobre qué están apostando?

—Sobre la próxima persona que compartirá la cama de la Conquistadora.

Mansel exclamó:

—¡Gabrielle! Tú ves a la Conquistadora todas las mañanas. ¿Ha pedido ya ración doble?

Gabrielle respondió irritada:

—Aunque lo hubiera hecho, yo no te lo diría.

Mansel la provocó:

—No me digas que intentas proteger su reputación. ¡Ya es un poco tarde para eso! —Los tres hombres se echaron a reír.

Pathas era como un perro con un hueso.

—Os digo que el señor Boyet va a venir de las provincias del norte. Tiene un hijo guapo. Seguro que será él.

Landis se mostró en desacuerdo:

—Te equivocas. Ya lo ha hecho con él y nunca vuelve a catar del mismo caldo.

Gabrielle fue hasta Makia, que estaba ocupada con una olla.

—Toma, chica, prueba esto y dime qué te parece. —Makia le ofreció una cucharada de estofado.

Gabrielle sopló encima para enfriarlo y luego se metió un poco de carne y verdura en la boca.

—Está bueno. Me gustan las especias que has usado.

—Bien.

Se oyó la voz de Pathas:

—¿Quién se atrevería a decirle que no?

Landis respondió:

—¿Quién querría hacerlo?

Hubo más risas.

—Makia, ¿por qué hablan sobre con quién se acuesta la Conquistadora?

—Porque cuando no está matando a alguien, se está acostando con alguien.

—Eso no era así cuando llegué.

—Ésa era una época tranquila, cosa rara en ella. Recuerda, Gabrielle, que la lucha que hubo en el sur sacó a la luz a la loba que lleva dentro. No se vuelve a dormir tan fácilmente.

—¿Por qué la llamas loba?

—Porque no es sólo una cazadora. Es una depredadora. Es inteligente cuando sigue un rastro y despiadada cuando ataca. Cuando se sacia, pasa a otra cosa, sin mirar atrás.

—Pero los lobos se emparejan para toda la vida, ¿no? —replicó Gabrielle.


La habitación vacía de la Conquistadora decepcionó a Gabrielle. Leah, con una buena dosis de sarcasmo, se había quejado de que la habían despertado la noche antes para servirle vino a la Conquistadora. Ésta había regresado a Corinto después de un viaje al oeste. Al recibir la orden de servir el desayuno a la Conquistadora a media mañana, Gabrielle estaba ilusionada por ver a su ama. Después de poner la mesa, no le quedaba más remedio que marcharse y volver a sus tareas en la enfermería. Cuando alcanzó la puerta, oyó el saludo de la Conquistadora.

—Ahí estás. Buenos días, muchacha.

Gabrielle se volvió.

—Buenos días, mi señora.

La Conquistadora iba vestida con un sencillo albornoz blanco. Su piel morena había adquirido un rico bronceado. El pelo le caía suelto por los hombros con algo de salvaje. Se acercó tranquilamente a la mesa donde estaba su desayuno. La impresión era nueva para Gabrielle. De no ser porque sabía que no era posible, habría dicho que la Conquistadora estaba contenta.

—¿Qué tal has pasado estas dos semanas?

—Bien, ¿y tú, mi señora?

—Me ha sentado bien salir de Corinto para que me dé el aire. —Xena cogió una rebanada de pan dulce—. Aunque debo confesar que echaba de menos la cocina de Makia.

A Gabrielle le gustó el comentario jocoso de la Conquistadora.

La Conquistadora continuó:

—¿Cómo van tus estudios?

—Me queda mucho que aprender.

—Sí, cierto. ¿Estás contenta con tu elección?

—Mucho, mi señora.

—¿Sigues contando historias?

—Ayudan a los hombres a olvidar el dolor.

La Conquistadora se llevó la taza de té a los labios y bebió un sorbo.

—Ser capaz de hacer olvidar el dolor, aunque sólo sea un momento, es un gran don. El reino es afortunado de tenerte.

Gabrielle se ruborizó.

—Gracias, mi señora.

Xena sonrió. Estaba de notable buen humor y sabía que ver a la chica de nuevo era uno de los motivos.

—¿Deseas algo más, mi señora?

Xena se concentró en la chica por completo.

—Cuando estaba fuera, una noche me quedé sola, levanté los ojos y vi una estrella fugaz que corría por el cielo nocturno. Pensé en ti. Quería que vieras lo que había visto yo.

Gabrielle perdió toda inhibición. Habló con entusiasmo:

—Lo vi, mi señora. Fue... —Gabrielle se detuvo un momento para hacer memoria—. Fue la cuarta noche después de que te marcharas. Yo estaba en la torre.

Xena recordó aquella noche.

—Fue la cuarta noche. —Su tono se tornó preocupado—. ¿Qué te llevó a la torre? ¿Tu habitación no es lo bastante tranquila?

—Me sentía... me siento menos sola cuando estoy ahí.

—Eso es algo que tenemos en común. —Xena bebió otro sorbo de té—. Será mejor que te marches antes de que Dalius se ponga a buscarte.

—Sí, mi señora. —Gabrielle se inclinó levemente ante su ama.

Gabrielle se quedó atónita por la forma en que Xena siguió mirándola amablemente.

—Mi señora, me alegro de que hayas vuelto.

La sonrisa de Xena se hizo más amplia.

—Yo también me alegro de verte.

Gabrielle se contagió por completo del buen humor de la Conquistadora. Salió de la habitación con paso alegre.


Gabrielle se despertó con dificultad. Se sentía débil y algo febril. Varios de los guardias habían sucumbido a una enfermedad respiratoria y sospechaba que ella misma se podía haber contagiado. No sabía si debía hablarle a Dalius de su enfermedad. Llegó a la conclusión de que no estaba muy enferma y que los hombres a los que cuidaba la necesitaban más de lo que ella necesitaba quedarse en la cama.

Gabrielle se vistió. Comenzó su día como había llegado a empezar cada día de su vida. Fue a las cocinas para recoger el desayuno de la Conquistadora. Al hacerlo, Gabrielle se preguntó cómo encontraría a la Conquistadora. Había observado que la Conquistadora se había ido volviendo hosca en los últimos días. Se había sentido decepcionada al ver que sus breves conversaciones caían víctimas del mal humor de su ama.

Al entrar en los aposentos de la Conquistadora, Gabrielle se sorprendió al ver a su ama sentada junto al fuego.

—Buenos días, mi señora.

Xena salió con dificultad de su estupor.

—¿Ya es de día? —Miró a Gabrielle y luego hacia el balcón. Se levantó, maldiciendo sin mucho convencimiento—. Maldito sea el Tártaro.

La preocupación de Gabrielle se sobrepuso a la prudencia.

—¿No has dormido?

—¡No, no he dormido! —Xena dirigió su irritación contra su esclava.

Gabrielle supo que había cometido una transgresión.

—Te pido perdón, mi señora.

Xena controló su agitación.

—No, muchacha, no pasa nada.

Xena se acercó a la chica. Gabrielle hizo acopio de todo su autocontrol para sujetar la bandeja del desayuno con firmeza cuando Xena alargó la mano y retiró una taza de té de la bandeja. Aliviada al ver que no iba a producirse un castigo, Gabrielle fue a la mesa y colocó los platos del desayuno.

Xena bebió el té mientras observaba cómo la chica terminaba su tarea. Gabrielle se volvió hacia su ama. Por un momento, las dos mujeres se quedaron en silencio. La expresión de Gabrielle encantaba a Xena. Le maravillaba la franqueza de la chica. Nadie la miraba como la miraba esta chica.

—¿Qué estás pensando? —El tono de Xena era tranquilo.

Gabrielle se sonrojó.

—Nada, mi señora.

Xena la regañó:

—Muchacha, entre nosotras sólo puede haber verdad. Tienes derecho a guardarte tus pensamientos. Si no deseas compartirlos, dilo. Prefiero que me digas eso a que me mientas.

Gabrielle no quiso decepcionar a su ama con otra evasiva o una negativa. Optó por la verdad.

—Creía que estabas contenta cuando volviste de tu reciente viaje al oeste. Parece que esa alegría te ha abandonado. Mi señora, ¿qué te hace feliz?

Xena se quedó atónita por la pregunta. Miró a la chica auténticamente maravillada.

—Te sorprendería.

—Puede que lo entienda.

—Las cosas sencillas.

—¿No puedes tenerlas aquí en Corinto?

—Aquí es más difícil.

—¿El qué, mi señora?

—Pues, para empezar, no puedo cazar un ciervo en las calles de la ciudad.

—Pero, ¿tus tierras de alrededor no son abundantes en ciervos?

—Sí.

—Entonces, ¿qué te impide disfrutar de lo que tienes?

La respuesta a la pregunta de Gabrielle era demasiado dolorosa de contemplar. Xena optó por el humor y dijo en broma:

—¿Así que tú dices que debería darme el gusto e ir de caza?

—Si eso te da placer.

Xena se quedó mirando a la chica. Detestaba el hecho de que una parte de su ser desconfiara de los motivos de Gabrielle.

—Tengo un reino que gobernar. Tengo poco tiempo para el ocio.

—Dalius y Makia nos dan tiempo libre para nosotros mismos.

—¿Me comparas con mis esclavos?

Incómoda, Gabrielle bajó la mirada.

Xena sentía curiosidad.

—¿A ti qué te da placer?

—Como a ti, las cosas sencillas, mi señora.

Xena sonrió.

—Es decir...

Gabrielle levantó los ojos y le sostuvo la mirada a la Conquistadora.

—Mucho de lo que tú me has dado. Paso el tiempo con personas que son amables y buenas. Tengo mis historias. Estoy aprendiendo cosas nuevas y lo que aprendo es útil para los demás. Cuando deseo estar sola, puedo hacerlo. Hasta tengo un sitio donde ir por la noche para contemplar las estrellas.

—Tiene que haber más.

Gabrielle sabía que no podía confesar el placer que le daba servir a su ama. No podía explicar que ser reconocida por la Conquistadora hacía que se sintiera presente en el mundo de una forma única, no como un componente más de una masa indiscriminada de humanidad.

La timidez de Gabrielle fue en aumento.

—Mi familia era pobre. Mi hermana y yo nos entreteníamos mutuamente. Me gustaba pasear por el campo, explorar sitios nuevos. A veces mi padre nos llevaba a un pueblo cercano. Me gustaba el viaje. La sensación de libertad que me daba.

—¿Así que no te sentías libre ni siquiera en casa?

—Era hija de mi padre y hacía lo que él me decía. Nunca he sido libre para hacer lo que yo quiero.

—Ese día llegará.

—Y yo lo agradeceré cuando llegue, mi señora.

Gabrielle había llevado a Xena a una vida que había dejado atrás hacía mucho tiempo. En algunas cosas era una vida parecida a la de la chica.

—De niña, yo pasaba el tiempo con mi hermano pequeño, Liceus. Recuerdo lo que nos divertíamos cuando nos íbamos a explorar juntos. Cuando ya fuimos un poco mayores, nos íbamos a cazar y pescar y le traíamos lo que habíamos conseguido a mi madre, que lo preparaba para los huéspedes de su posada. Tienes razón. Es un tipo especial de libertad que no es fácil encontrar.

—Mi señora, con todo el debido respeto, si yo tuviera el poder de darme a mí misma esa libertad, aunque sólo fuera durante unas marcas, nada me impediría hacerlo.

Xena fue al balcón. Sólo había una manera de calmar su duda.

—Creo que es un buen día para ir de caza.


Jared se había quedado sorprendido con la invitación de Xena. Cazaban juntos cuando estaban en campaña. Hacerlo estando en Corinto era muy poco habitual. El día tuvo éxito. Dos ciervas dieron la vida bajo sus flechas.

El sol se acercaba al horizonte. Xena detuvo a Argo. Se echó hacia delante, apoyándose en el arzón de la silla, y dirigió la mirada hacia la ciudad. Una joven esclava dominaba sus pensamientos. Jared había notado el humor contemplativo de Xena. Detuvo a su caballo junto a ella.

—¿Qué ocurre, señora?

Xena siguió mirando al frente.

—Jared, si desde el momento en que nos marchemos de aquí hasta el momento en que lleguemos a la ciudad nadie nos tiende una emboscada, habré aprendido algo que no sabía antes de que empezara el día.

Jared se quedó confuso. Había sido un día apacible. No había percibido la más mínima amenaza.

—No lo entiendo.

—No quería decírtelo. Tenía miedo de echarte a perder este descanso, y echármelo a perder a mí misma, pero la idea de salir de caza no ha sido mía, y no sabía si me estaban tendiendo una trampa.

—Entonces, ¿por qué hemos salido sin refuerzos?

—Porque averiguar la verdad era más importante para mí que mi vida o, lamento decir, la tuya.

Jared no podía culpar a Xena. Comprendía lo difícil que era para ella dejar entrar a alguien en su vida.

—Ahora ya tienes a otra persona en quien poder confiar.

—Eso parece. —Se volvió hacia Jared—. Sois tan pocos.


Dalius se fijó en la palidez y la falta de concentración de Gabrielle. Preocupado y nada convencido por lo que le aseguraba ella, la declaró enferma y la envió a su habitación para que descansara. Gabrielle llevaba durmiendo unas cuantas marcas cuando un golpe en la puerta la despertó. Trevor le comunicó que debía presentarse ante la Conquistadora al cabo de una marca. Tras dar las gracias al guardia, Gabrielle volvió a echarse en la cama. Agradecía sentirse algo renovada, pero tenía la esperanza de que lo que le fuese a pedir la Conquistadora requiriera una breve entrevista.

Trevor abrió la puerta de los aposentos de la Conquistadora, dejando pasar a Gabrielle. La Conquistadora estaba sentada ante su escritorio, leyendo. Levantó la mirada, contenta de ver a la chica.

Gabrielle se acercó.

—Buenas noches, mi señora.

—Buenas noches.

—¿En qué puedo servirte?

Xena se levantó, rodeó el escritorio y fue a la mesa de comer.

—Quería darte las gracias. Ha sido un buen día de caza. Makia ha cocinado filetes de venado de la caza que me he traído.

Sólo entonces se fijó Gabrielle en que la mesa estaba puesta, con dos servicios y una buena comida.

Xena se apoyó en la silla de comer.

—Espero que tengas hambre.

Gabrielle no captó el mensaje que había tras las palabras de Xena.

—No mucha, mi señora. Así habrá más para los demás esta noche.

Xena se sumió en una incredulidad encantada. Se habría reído de la chica si Gabrielle no lo hubiera dicho con tanta seriedad.

Xena optó por una invitación directa.

—¿Quieres cenar conmigo?

—¿Mi señora? —Gabrielle se quedó confusa.

—La cacería ha sido idea tuya. —Xena indicó la mesa con la mano—. No creerás que me puedo comer todo este festín yo sola.

Los ojos de Gabrielle siguieron la mano de Xena.

—¿Y bien?

—Sí, mi señora. Gracias.

—Bien. —Xena sacó la silla que estaba al lado de la suya para que se sentara la chica.

Gabrielle se acercó, desconcertada aún por el gesto de la Conquistadora. Miró a su ama, regodeándose en su cortesía. Se sentó y esperó a que la Conquistadora se sentara.

Xena se dio cuenta de que la chica no sabía qué hacer. A los esclavos no les daban un protocolo para comer con su soberana. Alcanzó un plato.

—Deja que te sirva.

Gabrielle asintió.

—¿Tienes alguna preferencia? ¿Carne, verdura, batatas, pan?

—Sí, por favor.

Xena se echó a reír.

—¿Cuánta hambre has dicho que tenías?

Gabrielle sonrió por primera vez en lo que iba de velada.

—Porciones pequeñas, mi señora.

—Porciones pequeñas, pues —asintió Xena.

Xena sirvió a Gabrielle con moderación y luego se sirvió a sí misma un plato abundante.

Comieron en silencio. Xena sabía que si iba a haber conversación, debía ser ella quien la iniciara.

—Me has hablado un poco de tu vida en Potedaia. Tiene que haber más cosas que me puedas contar de ti y de tu familia.

Gabrielle replicó suavemente:

—Han muerto todos.

Xena dijo con énfasis:

—No es fácil hablar de aquellos a quienes has perdido. Yo tampoco soy dada a hablar de mi familia. —Se metió un poco de carne en la boca. Sonrió a Gabrielle con amabilidad—. ¿Querrías ser mi bardo esta noche y contarme una historia?

Gabrielle se animó.

—Sí, mi señora. ¿Qué clase de historia te gustaría oír?

—¿Qué posibilidades tengo?

—Relatos heroicos, una historia romántica, algo gracioso...

—Gracioso. Ésta no es una noche para graves pensamientos. Quiero reírme.

Gabrielle entretuvo a la Conquistadora durante las dos marcas siguientes. Xena se permitió viajar con los personajes que Gabrielle retrataba con sus palabras bien elegidas. Disfrutaba tanto de mirar a Gabrielle como de las historias que ésta le contaba. Gabrielle se fue relajando ante sus ojos, perdiendo su reserva, transformada de esclava de la Conquistadora en una bardo libre de espíritu.

Gabrielle terminó su tercer relato de la velada, una comedia romántica sobre una confusión de identidades. Era tierna y divertida al mismo tiempo.

Xena se arrellanó cómodamente en su silla.

—Bien hecho.

Gabrielle nunca se había sentido más halagada.

—Gracias. —Se recostó en su silla con un suspiro.

Xena se echó hacia delante.

—Pareces cansada.

Gabrielle confesó:

—Lo estoy, un poco.

—Eso no podemos permitirlo. —Xena se levantó, dando por terminada la velada—. Los dos próximos días podrás dormir un poco más. No voy a necesitar que me sirvas el desayuno. Voy a entrenar con mis guardias sobre el terreno. —Xena se rió suavemente—. Lo que a mí me da placer, a ellos los agota.

Gabrielle siguió a la Conquistadora hasta la puerta, preguntándose si debía una disculpa a los guardias por animar a su ama a buscar la felicidad.

Xena le abrió la puerta a la chica.

—Buenas noches.

—Gracias por esta velada, mi señora.

—Soy yo quien te da las gracias. Que duermas bien. —Xena se inclinó ligeramente ante la chica.

—Lo haré, mi señora.

Gabrielle salió. Se volvió para ver cómo se cerraba la puerta.

—Espero que hayas tenido una velada agradable, señorita —comentó Trevor.

—Así ha sido. Mañana puede que te pregunte si ha sido real o sólo un sueño.

—Y yo te aseguraré que no ha sido un sueño.

Gabrielle sonrió.

—Buenas noches, Trevor.

—Buenas noches, señorita. —Trevor se quedó mirando mientras Gabrielle se encaminaba despacio a su habitación. En todos los años que llevaba sirviendo a la Conquistadora, no recordaba una velada como ésta, en la que la invitada no se marchaba con aspecto desastrado, prueba de que el encuentro con la Conquistadora no se había limitado únicamente a la conversación. Por el bien de la chica, se alegraba de ver que ella había sido la excepción.


Xena regresó del campo al caer el sol. Estaba contenta con el rendimiento de los guardias a lo largo de los dos días de entrenamiento. También se sentía mejor por haber estado libre de la administración de su gobierno. Mientras cabalgaba de vuelta a Corinto, tomó la decisión de salir de los confines de palacio más a menudo.

Al salir del baño, Xena advirtió que su desayuno estaba ya colocado en la mesa. La disposición era distinta de lo que estaba acostumbrada a ver y, además, lo habían servido más temprano que de costumbre.

—¡Guardia!

El guardia entró en la habitación.

—Sí, señora.

—¿Quién me ha traído el desayuno?

—Leah, señora.

—Ve a buscar a Targon.

El guardia salió. Xena continuó preparándose para el día. No tocó la comida. Targon llamó a la puerta.

—Adelante.

—Majestad, ¿ha hecho Leah algo que te haya desagradado?

—¿Por qué no me ha servido Gabrielle esta mañana?

—Está enferma.

—¿Qué le ocurre?

—Dalius ha dicho que tiene una fiebre muy alta y los pulmones inflamados, por lo que le cuesta respirar.

—¿Está en su habitación?

—No, Majestad. Está en la enfermería.


Xena vio que habían colocado un biombo entre Gabrielle y los soldados enfermos, para darle intimidad. La chica estaba pálida, empapada en su propio sudor. Xena tocó la frente de Gabrielle y la encontró peligrosamente caliente.

—¡Dalius! ¿Qué le has dado?

—Hierbas para la fiebre, pero como ves, han tenido poco efecto.

Gabrielle abrió los ojos. No se sorprendió tanto como pensaba que debería al ver a la Conquistadora a su lado. La presencia de la Conquistadora la reconfortaba y la asustaba a la vez. Alargó la mano. La Conquistadora se la cogió. A Gabrielle le costó hablar por la garganta reseca. Estaba segura de que la Conquistadora le diría la verdad, mientras que Dalius se mostraba evasivo.

—¿Me voy a morir?

—Estás muy enferma.

Gabrielle asintió. Como se había enterado de que se habían producido varias muertes en los últimos días por la misma enfermedad, interpretó las palabras de la Conquistadora como una sentencia de muerte. Mantuvo a la Conquistadora en su campo visual hasta que el sueño le cerró los ojos.

Xena se aferró al vínculo hipnotizante que mantenían. La chica no era la única que necesitaba mantener su conexión. Xena se puso en pie cuando Gabrielle se quedó dormida.

—Dalius, déjame ver tus medicinas.

—Le he dado esto, Majestad.

Xena no pudo objetar nada al tratamiento prescrito por el sanador. Ella conocía otras combinaciones. Cogió tres tarros distintos y se los entregó a Dalius.

—Toma.

Dalius sujetó los tarros y aguardó instrucciones. Xena volvió con Gabrielle, le envolvió el cuerpo cuidadosamente con una manta y luego la levantó en brazos.

—Sígueme.

Xena llevó a Gabrielle a sus aposentos.

—Prepara un baño frío.

El sanador así lo hizo mientras Xena tumbaba a Gabrielle en su cama. Desnudó a la chica.

Gabrielle se despertó confusa.

—¿Qué haces? —la retó débilmente.

Xena se detuvo y se inclinó sobre la esclava. Habló suavemente:

—Confía en mí.

Gabrielle miró a la Conquistadora como nunca hasta entonces lo había hecho.

—Confío.

—Bien. —Xena envolvió a Gabrielle en la manta y la llevó a la sala del baño. La gran bañera estaba llena hasta tres cuartas partes—. Dalius, coge la manta. —Él así lo hizo. Xena metió a Gabrielle en el agua. El choque hizo que Gabrielle tuviera convulsiones, por lo que Xena tuvo que sujetar a la chica a la fuerza.

Gabrielle suplicó:

—¡No! Sácame. Está frío. ¡Por favor!

Xena alargó las manos y con un veloz movimiento pinzó dos nervios del cuello de la chica, con lo que Gabrielle perdió el conocimiento. El sanador observaba en silencio, impresionado al ver que la Conquistadora no había hecho daño a la esclava. Al cabo de media marca, Xena sacó a Gabrielle de la bañera y la secó con cuidado antes de llevarla de nuevo a la cama. Xena tapó a Gabrielle con dos gruesas mantas de lana.

En el dormitorio, Dalius estaba preparando una infusión siguiendo las instrucciones de la Conquistadora. Antes de pedir la infusión, Xena pellizcó los nervios de la chica. Gabrielle recuperó el conocimiento poco a poco.

Xena puso la mano sobre la frente de Gabrielle.

—Mejor.

—Majestad. —Dalius entregó una taza de infusión a la Conquistadora.

Ésta pasó el brazo por detrás de los hombros de Gabrielle para incorporarla.

—Bébete esto.

Gabrielle pasó la mirada de la taza a la Conquistadora y de nuevo a la taza. Bajó la boca hasta el borde y bebió lo que pudo.

—Eso es —la animó Xena. Una vez consumida la infusión, Xena volvió a tumbar a Gabrielle—. Ahora duerme. —Era la orden más amable que había recibido Gabrielle de la Conquistadora y obedeció sin problema.


Pasaron dos días. Durante ese tiempo, la Conquistadora durmió en un sofá de sus aposentos. Hizo que Dalius visitara a Gabrielle con regularidad y se aseguró de que todas las necesidades de Gabrielle estuvieran cubiertas. Era de noche y la Conquistadora estaba sentada junto a la cama de Gabrielle.

—Por favor, mi señora, estoy mucho mejor. Soy una carga para ti.

—Cuando estemos solas, puedes llamarme Xena.

—Tiene que haber algo que pueda hacer.

—Recuerda que la gente se muere de esta enfermedad. Preferiría que Hades no te llamara todavía.

—Pero...

—Le diré a Dalius que te traiga pergaminos médicos para que estudies. Y si lo deseas, haré que te traigan una pluma, tinta y unos cuantos pergaminos en blanco para que puedas escribir tus historias.

—¿Escribir mis historias?

—Sé que sabes leer y escribir.

—Sí, mi señora. Es que nunca se me había ocurrido escribir mis historias.

—Bueno, pues ahora que ya lo has pensado, ¿qué dices?

—Me gustaría. Gracias. Eres muy amable.

—No hay de qué.

Xena fue a una butaca junto a la chimenea. Gabrielle no había tardado en averiguar que la Conquistadora pasaba la mayoría de las noches en esa butaca, ya fuese leyendo o contemplando el fuego. Aunque se preguntaba por qué la Conquistadora no había hecho que la trasladaran a su propia habitación, no decía nada al respecto. Al encontrarse en los aposentos de la Conquistadora, tenía la oportunidad de observar la vida íntima de la dirigente de Grecia. Lo que más le llamaba la atención a Gabrielle era lo normal que le parecía la vida de la Conquistadora. Las mañanas las dedicaba a los asuntos de gobierno. A mediodía, la Conquistadora trabajaba con la Guardia Real. Las tardes las pasaba en la corte. La Conquistadora celebraba banquetes y fiestas, pero disfrutaba poco con el trato social. Era evidente que prefería las veladas tranquilas.


La noche siguiente, Xena estaba sentada en la piel de oso tendida delante de la chimenea. Gabrielle, envuelta en un albornoz blanco, se acercó.

Xena interrogó a la chica con cierta severidad:

—¿Qué te crees que estás haciendo?

—Aquí hace más calor. A menos que prefieras estar sola.

—¿Necesitas una manta?

Gabrielle se sentó en una butaca frente a Xena.

—Estoy bien, de verdad.

—¿Tienes hambre?

—Sí, por favor.

Xena le tomó el pelo:

—Está claro que has recuperado el apetito.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Sí.

—¿Por qué has sido tan buena conmigo?

—Hago daño a los que intentan hacerme daño y ayudo a los que me son leales. Hay pocos que sean auténticamente leales.

—Pero, ¿qué he hecho yo para ganarme tu favor?

—He llegado a conocer a la persona que eres. He tenido oportunidades de sobra para ver cómo das generosamente de ti misma. Ves bondad en las personas. Das a los demás una razón para sonreír y tener esperanza cuando hay pocos motivos para hacerlo. Y haces todo esto sin amenazar al reino.

—Pero... —Gabrielle titubeó.

—¿Pero qué?

Gabrielle bajó la mirada.

Xena prometió:

—Di la verdad. No sufrirás ningún daño.

—No estoy de acuerdo con la violencia. No estoy de acuerdo con las leyes que restringen la libertad de expresión y de reunión. Desearía que fueras más misericordiosa.

—Lo sé. Y con todo y con eso, no me tratas como a un animal, y te lo agradezco.

—¿Cómo puedes ser tan... fría?

—Es necesario si quiero sobrevivir.

—¿Qué clase de vida puedes tener cuando te tienes que proteger siempre de tus enemigos... cuando no te permites tener amigos?

—Como he dicho, mi objetivo es sobrevivir. He acabado por aceptar que no merezco nada más.

—Pero hasta tus esclavos tienen más.

—Si mis esclavos tienen más que yo, entonces es que soy mejor ama de lo que la gente cree.

—Pero no es justo.

—Buscas justicia. No tenemos ningún derecho inherente a la justicia. Los dioses son demasiado veleidosos para otorgar tal don a la humanidad.

—Tú tienes poder para crear una Grecia justa.

—Cada cual tiene su propia definición de lo que es la justicia. Tú tienes la tuya. Yo tengo la mía. Yo soy Grecia, por lo que mi justicia prevalece.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que me derrote alguien que sea más fuerte o más inteligente que yo.

—No consigo imaginar quién podría ser así.

La sonrisa de Xena fue auténtica.

—Gracias.

—Xena, sin compasión, no hay sabiduría.

Xena oyó su nombre pronunciado por los labios de la chica por primera vez. La sensación de intimidad la dejó atónita. Le gustó. Quería oír a Gabrielle pronunciar su nombre de nuevo.

Gabrielle se estremeció visiblemente. Xena alcanzó una manta que estaba en la butaca detrás de ella.

—Toma. —Se apoyó en una rodilla y envolvió los hombros de Gabrielle con la manta—. ¿Querrías enseñarme sabiduría?

—Si pudiera. —Gabrielle consideró el detalle de la Conquistadora acorde con las pequeñas comodidades que le había ofrecido a lo largo de su convalecencia.

Xena se quedó cerca de Gabrielle, pues deseaba la sensación de estar cerca de la mujer.

—Algunas personas, muy pocas, enseñan únicamente por el ejemplo.

—Yo eso no lo sé, pero sí que sé que puedes tener amistad... amor.

Xena alargó la mano y acarició tiernamente la mejilla de Gabrielle.

—¿Puedo, Gabrielle?

Gabrielle no se esperaba la ternura del rostro de Xena. Nunca había oído a Xena llamarla por su nombre. No había exigencia en sus palabras. Era una solicitación sincera y, sin embargo, Gabrielle sintió miedo. Gabrielle se echó hacia atrás, rompiendo la conexión táctil.

Xena no sólo veía, sino que sentía el miedo de Gabrielle. Sintió una profunda pérdida. Por un momento había dejado aflorar su esperanza. Había albergado la esperanza de obtener una reacción distinta por parte de la chica. Se dio cuenta, dolorosamente, de que no podía atraer a la chica hacia ella sin recurrir a una orden o a la fuerza. Al regresar a su posición original en el suelo, la mano de Xena cayó a su lado, donde ya no podía hacer más daño.

Gabrielle era incapaz de mirar a la Conquistadora a los ojos.

—Mi señora, ¿puedo retirarme? Deseo volver a mi habitación esta noche.

El uso renovado por parte de Gabrielle del título retumbó como una maldición en el oído de Xena. La Conquistadora no mostró emoción alguna.

—Por supuesto.

—Gracias, mi señora. —Gabrielle se levantó.

Xena volvió a clavar la mirada en el fuego. Escuchó cada ruido que indicaba el progreso de Gabrielle mientras ésta se vestía y luego salía de sus aposentos.


Era media mañana cuando Targon llamó a la puerta de Gabrielle y se anunció, pidiendo permiso para entrar. Gabrielle le dijo desde la cama que entrara.

—Buenos días, señorita. Espero no haberte molestado.

—Estaba despierta, señor.

—La Conquistadora me ha informado de que todavía pueden faltar unos días hasta que tengas fuerzas suficientes para retomar unas tareas ligeras.

Gabrielle asintió. Ahora conocía la respuesta a una de sus preguntas. Estaba segura de que lo que había traído a Targon hasta ella era resultado de la intervención de la Conquistadora.

—Dalius seguirá cuidándote hasta que estés mejor.

—Gracias.

—¿Puedo sentarme?

—Por supuesto.

Targon colocó la silla del escritorio de Gabrielle junto a la cama y luego se sentó. Sacó un pergamino de una bolsa que llevaba colgada del hombro. Le entregó el pergamino a Gabrielle.

—Esto es para ti, señorita.

Gabrielle cogió el pergamino y lo sujetó temerosa, especulando sobre lo que podía suponer para ella.

—Por favor, léelo, señorita —la animó Targon amablemente.

Gabrielle abrió el pergamino y se puso a leer la orden. Al pie figuraban la firma y el sello de la Conquistadora.

Miró a Targon.

—No entiendo.

—Servirás a la Conquistadora sólo durante un año más.

—Pero, ¿por qué?

—La orden de la Conquistadora está clara. Está próximo a cumplirse tu primer aniversario al servicio del reino. Ha anulado tu esclavitud y te ha reclasificado como sierva aprendiza, y ha conmutado la duración de tu servicio de tres a dos años en reconocimiento a tu capacidad más valiosa como ayudante del sanador de la Guardia Real.

—Pero es gracias a ella por lo que estoy aprendiendo las artes curativas.

—Gabrielle —Targon usó a propósito el nombre de la chica para enfatizar lo que decía—, conozco a la Conquistadora desde hace muchos años. No da fácilmente. Cuando lo hace, es sincera. Acepta el regalo. Es lo único que te pide.

—Pero anoche, yo... No me esperaba esto de ella.

—Puede sorprender. La Conquistadora no es la mujer previsible que algunos creen.

—¿Cuándo lo ha decidido?

—Me enterado de su decisión esta mañana.

Gabrielle acarició el pergamino con la punta de los dedos.

—Seré libre dentro de un año —dijo Gabrielle, hablando más consigo misma que con el administrador.

—Sí, señorita. La Conquistadora también ha cambiado tus tareas.

Gabrielle se sintió atenazada por el miedo.

—¿Cómo?

—Ya no servirás el desayuno a la Conquistadora. Puedes presentarte ante Dalius directamente todas las mañanas. Esto te permitirá descansar más. Nadie desea verte enfermar de nuevo.

—Esto también ha sido idea suya, ¿verdad?

—Eso creo.

Gabrielle apoyó la cabeza en el cabecero de la cama y cerró los ojos. Intentó controlar sus emociones.

Targon vio que se le escapaba una lágrima.

—¿Te ocurre algo?

Gabrielle negó suavemente con la cabeza.

—Es que estoy cansada.

El administrador posó una mano reconfortante en el brazo de la chica.

—Descansa.

Gabrielle abrió los ojos y miró al hombre.

—Gracias.

—No hay de qué, señorita.

Targon dejó a Gabrielle con sus pensamientos. Gabrielle abrazó el pergamino. Era lo único que podía hacer para sentir la presencia de la Conquistadora. Sentía que, por buenas que fuesen las intenciones de la Conquistadora, su exilio de las mañanas de la Conquistadora era un castigo mayor de lo que podía soportar.


Pasaron quince días durante los cuales Gabrielle no tuvo motivo para hablar con Xena. Se recuperó por completo de su enfermedad y volvió a sus tareas en la enfermería. Que ella supiera, todos los que se habían enterado de lo que había hecho la Conquistadora por ella eran de la opinión de que, efectivamente, se había ganado el favor de la Conquistadora. Con algo de coacción, Gabrielle convenció a Leah para que le permitiera llevar el vino de la noche a la Conquistadora.

Trevor anunció:

—El vino de la noche, señora.

Xena estaba sentada en una butaca de respaldo alto de cara al fuego.

—Bien.

Trevor le indicó en voz baja a Gabrielle:

—Déjalo en la mesa donde está sentada la Conquistadora. —Cerró la puerta.

Gabrielle hizo lo que se le había indicado, manteniéndose un paso por detrás de su ama.

—Xena.

Xena cerró los ojos al oír la voz de la chica.

—Sí, Gabrielle.

—Gracias. No puedo expresarte lo que significa la libertad para mí.

—No te he dado nada. Te lo has ganado y continuarás haciéndolo.

—¿Puedo acercarme?

—Creo que sería mejor que te quedaras donde estás.

—No me esperaba que me fueras a tocar.

—Fue una presunción desafortunada por mi parte. Lo lamento. —Xena aferró los brazos de la butaca con las manos.

—Yo no.

Xena se levantó y se volvió hacia la joven.

—¿Sabes lo que me estás diciendo?

—Si me deseas, me entrego a ti de buen grado.

—¿Por qué?

Gabrielle guardó silencio.

—Gabrielle, no me debes nada. Dime la verdad. ¿Por qué haces esto?

—Porque te amo.

Xena expresó sus dudas:

—¿Amas a la Conquistadora?

—Amo a Xena de Anfípolis.

—No puedes tener a la una sin la otra.

—Lo acepto.

—Te considerarán mi puta. —Xena no estaba dispuesta a que Gabrielle tomara su decisión ingenuamente.

Gabrielle agachó la cabeza.

—Pero no lo serás. Para mí no, si eso supone una diferencia.

Gabrielle alzó los ojos.

—La supone.

Xena se acercó a la chica. Levantó la barbilla de Gabrielle con el dedo.

—Gabrielle de Potedaia, que no se diga que no he intentado advertirte. Llegará el día en que lamentes esta decisión.

Gabrielle avanzó un paso, eliminando la distancia que había entre ellas. Xena obtuvo su respuesta. Se inclinó y besó a Gabrielle suavemente. Gabrielle, a su vez, se abrió a Xena, y sus manos acariciaron con cuidado a la mujer que iba a ser su amante.


PARTE 2


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