Capítulo 9: Los que el soborno aceptan, por el soborno mueren


—¿Dónde está el capitán de mi flota? —le pregunté al joven marinero de guardia.

—Se aloja en el Hybris, Señora Conquistadora. ¿Envío a buscarlo?

—No, ya voy yo —contesté.

Antes de trasladarme al final del muelle donde estaba amarrado el barco más grande de la flota, el Hybris, llamé a uno de los guardias de palacio para que acudiera a mi lado. Era Nicos y me alegré de ello. No sólo era un hombre inteligente, sino que además me era leal. Con lo que estaba a punto de hacer, eso era esencial.

Nicos sólo tenía un brazo, pero usaba una espada corta con el que le quedaba mejor que la mayoría. Tardó mucho tiempo en recuperarse, no de la pérdida del brazo, sino, cuando regresamos de la guerra, una vez se dio cuenta de que iba a vivir. Un soldado con un solo brazo, bueno... Durante una estación entera se sumió en un estupor alcohólico para olvidar hasta que mandé que me lo trajeran a palacio. Detesto la pérdida de talento y de vida que acarrea la bebida a tantos hombres y muy en especial a éste, que había luchado con astucia y valor en el campo de batalla. Desde entonces, servía en la guardia de palacio.

—Busca a Atrius o a su lugarteniente y diles que traigan dos escuadrones de hombres a los muelles sin llamar la atención. ¿Comprendido?

—Sí, Señora Conquistadora. —Nicos salió disparado y eso me hizo sonreír. Ya no era un jovencito, pero estoy segura de que mis palabras le habían indicado que hoy podíamos entrar en acción. Dada la clase de soldado que era, estoy segura de que no quería perderse nada.

Subí a bordo del Hybris y me quedé un momento en cubierta, sintiendo la brisa y prácticamente saboreando el salitre del aire. Echaba de menos navegar, pero me di cuenta de que, a medida que envejecía, había empezado a decir lo mismo de muchas cosas. Cuántas cosas había dado por supuestas a lo largo de los años: había sido fácil olvidar lo que me daba auténtico placer. Respiré hondo por última vez y al soltar el aire de los pulmones, me permití convertirme en una mujer que aborrecía. Me transformé en la Xena arrogante y soberbia que estaba acostumbrada a vencer a los hombres en su propio terreno, por el simple hecho de que estaba convencida de que era mejor... más lista. Me aparté la melena oscura de la cara y me dirigí al camarote del capitán.


—¿Quién Hades pega esos golpes en mi puerta? —oí vociferar al hombre iracundo al otro lado de la gruesa puerta de madera. Seguí aporreando con la empuñadura de mi puñal—. ¡Por los dioses! ¡¿Quién intenta acabar muerto metiendo tal estruendo en mi barco?! —gritó cuando abrió la puerta, y se quedó paralizado en el sitio al verme llenando el umbral.

—¿No quieres decir mi barco, Callius? —dije despacio.

Sentí cierta satisfacción al ver la cara de sorpresa del capitán. Entré en el gran camarote y me acomodé en una gran silla de madera, recostándome y echando una pierna por el brazo de la silla con aire informal. Se trataba evidentemente de la silla del capitán, que era la razón de que me diera tanto placer apoderarme de ella. No vi a la chica hasta que recorrí la estancia con la mirada. Cuando levanté la vista de nuevo y me fijé en los pantalones mal cerrados del capitán, adiviné lo que había interrumpido.

La muchacha era joven, tal vez de catorce o quince veranos. No tenía cicatrices, pero sí que lucía un ojo morado y el golpe parecía bastante reciente. Tenía las manos atadas a la espalda con una tira fina de cuero gastado y estaba desnuda y arrodillada en el suelo de madera.

—¿He interrumpido? —dije con aire lascivo.

Me quedé escuchando sus fanfarronadas un momento, pero la joven arrodillada, con las muñecas atadas en una postura de sumisión total, se apoderó de mi atención. Por un instante, me imaginé a Gabrielle sirviéndome así y tuve que respirar hondo para disipar el repentino deseo que se apoderó de mí. Dioses, sabía que iba a ser difícil hacer este papel, pero no tenía ni idea de lo fácil que podía ser recaer, desear combinar las sensaciones de control y poder con el sexo.

—Merece la pena, Señora Conquistadora. Tal vez... —Hizo una pausa, como para calibrar si debía continuar o no—. Tal vez te gustaría probarla.

—¿Tan buena es? —Separé un poco las piernas y me pregunté si sería capaz de detenerme, si me metía aún más en este papel.

—Hace unas cosas con esa lengua como para hacer llorar a un hombre adulto —contestó.

Se estaba acercando a donde yo estaba sentada y olí la mezcla de alcohol y sudor rancio que lo envolvía. Me di cuenta de que quería ver bien si decidía dejar que la chica me diera placer. En estaciones pasadas, el sexo en público nunca me había molestado: de hecho, tener público me excitaba aún más. Lo fulminé con la mirada y retrocedió unos pasos sin que le dijera una palabra.

Posé el pie en el suelo.

—Ven aquí, chica —ordené, dándome cuenta de que esta actuación estaba peligrosamente cerca de convertirse en realidad.

Se arrastró lo mejor que pudo hasta mí y la agarré por la nuca y tiré de ella hasta que quedó de rodillas entre mis piernas abiertas. Casi... Me faltaba tan poco para abrirme los pantalones y tirar de ella hacia mí que me asusté. En un instante, en un pequeño segundo, vi el rostro de Gabrielle en esta chica. Sólo que esta vez no vi a mi joven esclava a punto de ser seducida por mí, sino a Gabrielle, golpeada y maltratada, a punto de ser violada por alguien como era yo antes. Como era yo antes... Se me quedaron las manos frías y noté que mis labios se echaban hacia atrás formando una línea apretada. Por el rabillo del ojo, advertí que Callius estaba mirando. Le parecería extraño si ahora no seguía adelante con esto. Alargué la mano, agarré a la chica del pelo y le eché la cabeza hacia atrás de un tirón hasta que le pude ver la cara. Hice que el maltrato pareciera peor de lo que era para la chica en realidad.

Me agaché acercándome a ella.

—¿Se la estabas mamando antes de que yo llegara? —quise saber.

La chica se puso colorada como un tomate hasta las raíces del pelo. Sólo pudo asentir con la cabeza, y sentí una oleada tras otra de ira al ver la humillación de la joven. La aparté de un empujón.

—Pues el último sitio donde quiero que pongas tu lengua es dentro de mí —respondí ásperamente—. Date la vuelta —ordené.

Se volvió con cierta dificultad hasta que me dio la espalda. Volví a sacarme el puñal del cinto.

—Agáchate —dije despacio.

Me mordí el labio por dentro hasta que sentí sangre en la boca para acallar la llamada de la bestia en mi interior. Estaba suelta, justo bajo la superficie, y apenas me quedaba suficiente voluntad propia para controlarla. Callius se lamió los labios y observó, preparándose, estaba segura, para ver un buen espectáculo. Capté su mirada lasciva y juré que si se tocaba, le clavaría el puñal en el pecho en ese mismo instante.

Me incliné hasta pegar casi los labios a la oreja de la joven.

—Si quieres seguir viviendo y escapar de esta escoria, será mejor que hagas lo que yo te diga, cuando te lo diga. Si sales corriendo, te juro que te mato yo misma. Asiente con la cabeza si me comprendes —susurré.

La aterrorizada chica asintió con la cabeza, y bajé rápidamente el puñal, cortando limpiamente la correa de cuero.

La levanté bruscamente y la tiré a una silla. Se quedó allí acurrucada, abrazándose a sí misma. Volviéndome hacia Callius, le guiñé un ojo.

—Me distrae demasiado cuando está desnuda —sonreí.

Callius sonrió a su vez, algo nervioso.

—Sí, creo que es muy adecuada, Callius.

—¿Señora Conquistadora? —contestó totalmente confuso.

—Adecuada para mí. Estaba buscando una jovencita y me he enterado de que tú eres la persona a la que hay que acudir. Quiero una que no haya sido esclava antes, pero no me gustan nada cuando todavía tienen ganas de luchar —dije, mirando a la chica de arriba abajo.

—Pero... yo... —farfulló Callius, incapaz de idear un motivo para oponerse a mí que no le fuera a acarrear la muerte—. Pero... ésta ya está domada —lloriqueó por fin.

—Perfecto, aunque quería una virgen y un poco más joven. Debo de haberlo entendido mal. Me dijo Demetri que tú podrías proporcionarme algo así. Ya sabes... no una esclava... tal vez... la hija de un noble —dije titubeando, fingiendo que buscaba algo absolutamente ilegal, incluso en mi reino—. Así que supongo que me quedaré con ésta. —Hice ademán de levantarme de la silla.

—¡Espera! —Estaba pensando a toda velocidad, y éste era justamente el apuro en que yo quería meterlo. Había sido pura suerte que esta chica estuviera aquí, esperando para formar parte de mi plan. Callius sopesaba los pros y los contras de renunciar a una valiosa esclava corporal ya adiestrada o de reconocer sus actividades ilegales como tratante de esclavas. Decidió jugársela y apostar por mi libido—. ¿Cómo de joven? —preguntó.

Le dirigí la sonrisa más carnal que me fue posible.

—Tan joven que me podrían arrestar... si el país entero no fuera mío —añadí.

—En el almacén del muelle. Tengo justo lo que deseas, Señora Conquistadora.

Su sonrisa y su aire de excesiva confianza me asqueaban, y me debatí entre destriparlo en ese momento o vomitar encima de su suelo limpio. Me levanté rápidamente, con una necesidad desesperada de aire fresco.

—Por aquí, Señora Conquistadora. —Se apartó para dejarme pasar, pero le hice un gesto para que se pusiera en cabeza. Callius era la última persona que quería tener a la espalda sin protección. Me aseguré de que tenía el puñal al alcance de la mano, sujeto al cinto, y cuando me volví para cerrar la puerta, miré a la chica llevándome un dedo a los labios y ella asintió.


La mayoría de las chicas mostraban las consecuencias de haber sufrido palizas, pero a algunas todavía les quedaban fuerzas para llorar. Cuando una niña de pelo dorado me miró, con una mezcla de inocencia y miedo, el rostro de Gabrielle apareció de nuevo ante mí.

—Todas éstas son vírgenes, Señora Conquistadora, jamás las ha tocado un hombre... o una mujer —se apresuró a añadir—. Aunque hay que pagar algunos dinares de más a los guardias para asegurarse de que siguen así hasta que las vendo.

Se acercó a la niña de largo pelo dorado. Temblaba y le caían lágrimas silenciosas por la cara. Calculé que como mucho tendría diez veranos. Ésta había sido Gabrielle en otra época, con diez veranos de edad y vendida en el estrado para servir en el dormitorio de alguien. Noté que la comida de la mañana insistía en subir desde mi estómago.

—Mira, ésta de aquí. —Puso una mano en el hombro de la niña—. Es de la edad que buscas y es totalmente virgen.

—Y seguirá siéndolo durante bastante tiempo —gruñí.

Cuando saqué la espada de la vaina, hizo un ruido siseante y metálico y vi que los seis guardias vacilaban. Ellos también parecían sopesar si debían rendirse o luchar. Tardaron demasiado en decidirse y entonces hundí mi espada en el vientre del hombre más cercano, al tiempo que soltaba una patada y le destrozaba la rodilla a otro. Vi a dos guardias más que entraban corriendo en el viejo edificio de madera, pero mis propios guardias de palacio aún no se habían enterado de que corría peligro, a pesar del griterío de las chicas. Acabé con otro soldado y luego con otro más, pero quería a Callius. No podía escapar: sabía que ahora tenía que matarme.

Tres soldados más cayeron bajo mi espada y entonces vi que algunos de mis propios guardias entraban corriendo en el edificio y se unían a la refriega. Por fin, quedamos Callius y yo, dando vueltas el uno alrededor del otro. Escupí la sangre que se me había acumulado en la boca por un guantazo que había conseguido colarme y me maldije por haberle dejado esa vía libre. Intercambiamos estocadas y el largo edificio resonó con el ruido del choque de metal contra metal. Intenté colar la hoja, pero él lo vio venir y me llevé un doloroso corte en el bíceps izquierdo por ese descuido.

—Te estás haciendo vieja, Conquistadora —soltó Callius.

Me di cuenta de que pensaba que tenía la victoria al alcance de la mano. Era posible que me hubiera hecho más lenta por llevar quince días sin pasarme por el campo de entrenamiento, pero no había terminado ni por asomo con este hombre. Tomé aliento y renuncié al poco control que me quedaba sobre la bestia, dejándola libre para que ella me controlara a mí. Cuando me vi reflejada en sus ojos, mis iris normalmente azules estaban tan incoloros como el hielo que cubría las montañas del norte. Lo que Callius vio fue la inevitabilidad de su propia muerte.

Tres estocadas más y le dejé un camino abierto tan grande como el Egeo para que lo viera bien. Cayó en la trampa y se lanzó sobre el agujero que se cerró tan deprisa que ni llegó a ver la espada que se hundió en su vientre y se incrustó en él hasta la empuñadura. Lo agarré del hombro, giré a medias la hoja y me quedé mirando cuando le empezó a salir sangre por la boca con un sonoro gorgoteo. Le hablé en un susurro y entonces, con su último suspiro, me dijo todo lo que quería saber. Sujeté al hombre, sin dejarlo caer hasta que vi cómo derramaba despacio hasta la última gota de sangre. Sólo era consciente del peso muerto que colgaba del extremo de mi espada, de una humedad caliente y pegajosa que me cubría las manos y del martilleo de la adrenalina en las sienes, pero en algún lugar, oí los gritos de unas niñas y otra voz que me pareció reconocer.

—¡No la toquéis! —me pareció oír que decía alguien, y por fin caí en la cuenta de que era Atrius, que estaba allí cerca repitiendo mi nombre—. Señora Conquistadora... Señora Conquistadora...

Era un mantra continuo, y con lo que me pareció un esfuerzo enorme, aparté la mirada del muerto que tenía en los brazos y me centré en el alto soldado que estaba a mi lado. Lo vi en su cara: aunque nos conocíamos desde hacía veinte estaciones, hasta Atrius temía a la bestia. No obstante, era el hombre más valiente que conocía y además soldado. Irguió los hombros, me miró directamente a los ojos y siguió llamándome hasta que vi el alivio que se extendía por sus facciones. En ese rostro cansado y endurecido por el combate, creí ver apoyo y admiración, ambas emociones dirigidas a mí.

Cuando por fin me aparté de él, para ver lo que sujetaba en mis manos, lo sentí. Como el humo al reptar por los bordes de un incendio, sentí que la horrible oscuridad se disipaba un poco y, con un considerable esfuerzo, logré poner de nuevo al monstruo a buen recaudo.

Atrius quitó de una patada el cuerpo de Callius de mi espada y me lanzó un trapo seco. Lo primero que hice fue limpiar mi espada y volver a meterla en la vaina. Tenía las manos cubiertas de sangre y la seda blanca de mi camisa estaba empapada en ella. Normalmente no tardaba tanto en volver a poner a la bestia en su sitio, salvo en las ocasiones en que estaba inmersa en la guerra. Supuse que la justa indignación había contribuido a aumentar la intensidad de este episodio de oscuridad. Atrius se puso a examinarme el brazo mientras poco a poco yo iba cobrando conciencia de lo que sucedía a mi alrededor.

—Te darás cuenta de la tontería tan increíble que has hecho —me riñó.

—Supongo que había que estar aquí para darse cuenta de que en ese momento parecía que era lo que había que hacer —le contesté.

Nos sonreímos un instante, al darnos cuenta de que ninguno de los dos iba a cambiar. Algunas costumbres guerreras estaban simplemente demasiado enraizadas con el paso del tiempo para poder cambiar.

Tardamos unas cuantas marcas más en dejarlo todo en orden, incluido el tema de devolver a las chicas y ayudar a la desdichada joven del barco. Con ayuda de Delia, las chicas fueron conducidas a palacio, bajo sus ojos atentos y solícitos. Le conté a Atrius el papel que había tenido Demetri en todo el asunto, pero también le ordené que no hiciera nada. Quería darle a mi administrador un poco más de cuerda para que se ahorcara él solo. De haber sabido, en aquel momento, lo que esa decisión estuvo a punto de costarme, no la habría tomado.


—¡Ay! —exclamé, cuando Kuros tiró del delgado hilo a través de mi piel.

Dirigí una mirada fulminante al hombrecillo, pero éste no me hizo apenas caso. Lo curioso de mi sanador es que nunca se había dejado impresionar por mí. Incluso en la época en que perdía los estribos cada dos por tres, él solía decirme con pelos y señales lo que opinaba de mí. Me apoyé en el borde de la pesada mesa de madera mientras el hombre se ocupaba de la herida que había sufrido a causa de la espada de Callius. La parte delantera de mis pantalones de cuero estaba embadurnada de sangre seca y ya había tirado mi camisa blanca de seda al suelo. La camisa estaba empapada de la sangre de Callius e incluso ahora, tenía la piel del pecho teñida de un ligero tono rojizo. Estaba desnuda de la cintura para arriba, pero a Kuros no parecía importarle y el pudor nunca había sido de mis prioridades.

—¡He dicho que ay! —me quejé de nuevo cuando el sanador volvió a tirar de los puntos que estaba dándome en el largo corte que tenía en el brazo. Intenté apartarme para ver lo que estaba haciendo, pero me detuve al oír su suspiro de exasperación.

—Sería conveniente que la Señora Conquistadora se estuviera quieta unos segundos —dijo Kuros con tranquilidad.

—Pues yo te digo que me duele —contesté, dándome cuenta de que sonaba casi como una niña malcriada—. Estás haciendo algo distinto, porque antes nunca me dolía tanto.

—Bueno, la Señora Conquistadora tiene ya cierta edad... —Mi sanador acabó callándose.

—¿Cierta edad? —Estaba empezando a levantar la voz y creo que hasta puede que el timbre se me subiera una octava—. ¡Mierda! —El dolor volvió a centrar mi atención en la pulcra línea de puntos minúsculos que estaba creando Kuros. Tenía que reconocer una cosa: lo hacía bien. Los puntos dolían más con este método, pero al ser tan pequeños, se curaría dejando apenas una delgada línea como cicatriz. El único motivo de que mi cuerpo desnudo siguiera teniendo tan buen aspecto era gracias a las hábiles manos de este extranjero.

—Tal vez podría hacer lo que hago con los niños, Señora Conquistadora. Por lo general, les digo que si se portan bien hasta que termine, les daré un caramelo —comentó Kuros sin esbozar la más mínima sonrisa.

Miré aviesa al hombre más bajo.

—Bien saben los dioses que tienes que sobornarlos con algo si esto es lo mejor que sabes hacer.

Fue entonces cuando vi un amago de sonrisa en su rostro.

La fuerte exclamación sofocada nos hizo levantar la vista a los dos y vi el rostro de Gabrielle, paralizado de miedo, mirando fijamente la camisa empapada en sangre que me había quitado al entrar en mis aposentos. La joven miró entonces mi piel, teñida del rojo de la sangre, y corrió hasta mí.

—¡Mi señora! —exclamó, y me quedé clavada en el sitio al ver la emoción que mostraba mi joven esclava. Tenía los ojos verdes llenos de lágrimas al correr hacia mí.

—La sangre no es mía —farfullé, al sentir que los brazos de Gabrielle me rodeaban la cintura. Sin saber qué hacer, miré a Kuros, que parecía risueño.

Ella pegó la mejilla a mi pecho y noté que el pequeño cuerpo temblaba sin cesar. La estreché con el brazo bueno y le di un beso en la coronilla.

—Estoy bien, Gabrielle. Me he cortado el brazo, nada más, ¿ves? —Intenté echar el brazo hacia delante para enseñárselo, pero el hilo que Kuros sujetaba aún en la mano tenía mi brazo preso—. ¡Ay, mierda! —exclamé.

—Sólo uno más, Señora Conquistadora —rogó el sanador.

Aunque Gabrielle dejó de temblar, no dijo una palabra más ni me soltó la cintura. Noté un calor húmedo en el pecho y me di cuenta de que eran las lágrimas de Gabrielle. ¿Lloras... por mí, pequeña?, me pregunté. Le estreché los hombros con fuerza, pegándola a mí con ternura.

—Sssh, no pasa nada, pequeña —murmuré, besándola en la cabeza.

Era gozoso sentir a Gabrielle pegada a mí y noté que mi cuerpo empezaba a reaccionar. Tenía la cabeza de lado, con la mejilla pegada a mi piel, y notaba su aliento cada vez que exhalaba. Los pequeños soplos de aire caían sobre mi pecho y noté que se me empezaba a arrugar la piel como respuesta a ese inocente estímulo.

Capté la sonrisa de Kuros por el rabillo del ojo y volví a fulminar con la mirada al hábil sanador.

—¿Has acabado ya? —inquirí.

Cortó el hilo sin dificultad con una miniatura de daga muy pequeña y muy afilada.

—Mantenlo seco. Te recomiendo que vengas a verme más tarde para que pueda vendártelo, así se conservará limpio, Señora Conquistadora.

—Eso puede hacerlo Gabrielle... ¿verdad? —murmuré sobre la coronilla de pelo dorado. Noté que asentía, pero no hubo respuesta verbal.

—Como desees, Señora Conquistadora —dijo Kuros, inclinándose ligeramente—. Señora. —Saludó a Gabrielle con la cabeza y se marchó antes de que yo pudiera comentar algo sobre esto último. Qué curioso que mostrara a Gabrielle, una esclava, el respeto propio de ese título. Creo que la joven ni siquiera lo oyó.

—Gabrielle, necesito darme un baño y quitarme esta porquería de encima. ¿Me ayudas? —le pregunté a la mujer.

Antes de que pudiera decir nada más, ella cruzó corriendo la puerta que daba a mi baño privado. Meneé la cabeza y me limité a seguir a la muchacha, quitándome las botas por el camino. El personal ya había subido agua caliente y el vapor se alzaba y caracoleaba por la estancia. Gabrielle echó agua a temperatura ambiente en la bañera para enfriarla un poco. Intentó ayudarme con los cordones que me sujetaban los pantalones, pero estaban incrustados de sangre seca.

—Gabrielle, ve a mi baúl y tráeme el puñal —le pedí.

Me miró consternada al oír la petición. A ningún esclavo se le permitía jamás tocar un arma y mucho menos a la esclava personal de la Conquistadora. Y sin embargo, ahí estaba yo, pidiéndole que hiciera precisamente eso. Le di la espalda y cogí un peine, para intentar quitarme la sangre seca del pelo. Sabía que Gabrielle seguía allí, pues oía su respiración regular. Esperaba que mediante este acto, Gabrielle supiera la gran confianza que tenía en ella.

Por fin se fue y cuando regresó, traía el arma posada sobre las palmas de las manos. Alzó las manos hacia mí como si me ofreciera una especie de instrumento sacramental. Y en realidad, podría entenderse así: el hecho de que yo se lo pidiera y ella me lo trajera significaba mucho más de lo que cualquiera de las dos captaba en ese momento. Cogí el puñal que me ofrecía y me puse a cortar los cordones de cuero, despegándome prácticamente los pantalones del cuerpo.

—Vamos a quemarlos, no hay forma de arreglarlos —le dije a Gabrielle al tiempo que me metía en la bañera y hundía el cuerpo bajo la superficie del agua. Posé los brazos en los bordes de la gran bañera de madera, con cuidado de no mojarme el brazo recién curado.

Gabrielle se agachó para recoger la ropa que me había quitado, pero yo alcé una mano para detenerla.

—Eso lo puede hacer Sylla, Gabrielle. Ahora mismo te necesito aquí conmigo —dije suavemente.

¿Necesito? ¿De verdad he dicho eso? Por los dioses, pero es cierto, ¿no? En ese preciso instante, no había nada que deseara más que abrazar a Gabrielle. Sentirla. No por afán de sexo o lujuria o qué sé yo, sino simplemente por sentirla y saber que había una persona en este mundo que parecía preocuparse por mí.

—¿Gabri-elle? —Tuve que carraspear para disimular el quiebro de mi voz—. ¿Quieres meterte aquí conmigo? —pregunté, alargando la mano como invitación.

Me pregunté si le parecía débil cuando hablaba así. Sé que me sentía débil, pero por otro lado, nunca hasta ahora le había dicho a nadie cómo me sentía, nunca había dejado que nadie viera tan de cerca cómo era yo. Me quedé mirando mientras Gabrielle empezaba a desnudarse y, dadas las circunstancias, de repente me pareció descortés seguir mirándola. Bajé la cabeza y fingí enjabonar una esponja mojada, pero no sin antes captar la expresión de sorpresa y el pequeño amago de sonrisa de Gabrielle.

Me esperaba que se reclinara apoyada en mí, pero sin vergüenza ni preámbulos, Gabrielle se arrodilló delante de mí en el agua caliente y me quitó la esponja con delicadeza. Tras enjabonar más la esponja, empezó por mi cuello y mis hombros, emprendiendo la tarea de quitarme la sangre seca del cuerpo. Tuvo cuidado al frotarme el brazo herido y luego siguió bajando y cogió mis manos mucho más grandes entre las suyas, una de cada vez, y frotó bien con la espuma jabonosa las rayas de mis palmas y por debajo de las uñas. Cuando continuó, por debajo de la superficie del agua, podría haberme reclinado y aceptar el placer sin más, pero esta vez no se trataba de eso. Detuve el avance de su mano, atrapándola bajo la mía, cuando la tenía posada sobre mi tripa.

—Será mejor que me dejes a mí hacer eso —dije con una sonrisa—. Si no, al final no me lavarás la espalda.

Gabrielle sonrió y creo que en ese momento disfrutó de la pequeña sensación de poder que empezaba a comprender que tenía sobre mí, y yo... bueno, yo simplemente disfruté al ver esa sonrisa.

—Vuélvete —me pidió con una sola palabra, y obedecí.

Le entregué de nuevo la esponja y me di la vuelta. Después de que Gabrielle me frotara la espalda, noté que sus manos fuertes, pero sensibles, empezaban a ocuparse de los músculos de mi cuello y mi espalda. Dejé caer la cabeza hacia delante y me sumí en un estado de felicidad, soltando leves gemidos desde lo más profundo de la garganta por las placenteras sensaciones.

—Deja que te lave el pelo —oí que me decía suavemente al oído. ¿Quién era yo para poner fin a todas estas sensaciones tan sumamente satisfactorias? La dejé a cargo de mi persona del mismo modo que la había dejado a cargo de la situación ese mismo día.

Gabrielle me lavó el pelo, me lo aclaró con una jarrita y luego repitió el proceso, esta vez frotando para quitar los restos de mugre y sangre secas de los mechones oscuros. Me eché hacia atrás, inclinando la cabeza una vez más mientras me aclaraba el jabón.

—Mmmm —murmuré—. Me siento mucho mejor.

Gabrielle parecía bastante satisfecha de sí misma, pero cuando se dio la vuelta, pensando que íbamos a salir de la bañera, la agarré del brazo y tiré de ella.

—Ahora te toca a ti —afirmé.

Se le desorbitaron un poco los ojos cuando se dio cuenta de que lo decía en serio. Yo sabía que hoy estaba violando todas las costumbres establecidas a lo largo de la histora entre amo y esclavo, pero en mi cabeza no paraba de repetirse esa palabra... necesidad. Necesitaba estar cerca de Gabrielle de esta forma. No sabía por qué, pero algo me impulsaba a ello.

Traté el cuerpo de Gabrielle con las mismas atenciones que ella había dedicado al mío y cuando por fin aclaré el jabón de su largo pelo dorado, parecía tan relajada como yo. Fue entonces cuando me recosté en el agua aún caliente y tiré de Gabrielle hacia atrás, para apoyar su espalda en mi pecho. Un ruido de contento absoluto retumbó por mi pecho. Seguía con el brazo alrededor de la cintura de la joven y Gabrielle tenía la mano posada en mi antebrazo. Cerré los ojos y sonreí, sintiendo que me inundaba un placer relajado cuando Gabrielle empezó a acariciarme ligeramente con los dedos los músculos del brazo y la muñeca. Cuando entreabrí un ojo, vi que Gabrielle también tenía los ojos cerrados, con la cabeza de lado, apoyada en mi pecho. Sus dedos parecían acariciarme la piel distraídos, como si no fuera consciente de ello. No quería ser yo quien le diera un motivo para dejarlo.

—Da gusto, ¿verdad? —pregunté, cerrando los ojos de nuevo.

—Sí, mi señora, mucho gusto —respondió Gabrielle con un suspiro.

Mi sonrisa disimulada se hizo más amplia al oír el tono absolutamente maravillado de Gabrielle.


PARTE 10


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