Capítulo 8: Conquistadora... guerrera... ¿niñera?


Supe que estaba muy próxima a la senilidad cuando me di cuenta de que el parloteo de una niña que no tenía ni cinco veranos de edad me resultaba entretenido. Me quedé sentada en un banco mientras las dos niñas se subían y se bajaban de mi regazo, hasta que empezaron a pelearse para ver cuál de ellas se sentaba en tan preciado lugar. Las levanté a las dos a la vez y me coloqué a cada una encima de un muslo. Parecieron conformes con la decisión y la mayor se puso a hablar.

Fue entonces cuando empecé a mirar a mi alrededor, con impaciencia, debo confesar, en busca de Gabrielle. La niña pequeña, de tal vez tres veranos de edad, eligió ese momento para apoyarse en mi pecho. Sentí una acometida de algo parecido al pánico cuando se acurrucó contra mí, bostezó y se quedó dormida sin más. Ahora no me podía mover. La niña mayor seguía parloteando sobre el azul del cielo, la muñequita de trapo que tenía en las manos y mi largo pelo oscuro. Como he dicho, supe que estaba perdiendo la cabeza porque, en algún momento, me recosté contra la pared externa de la casa y me quedé escuchando fascinada sus divagaciones.

—Puedo... puedo ocuparme yo de ellas, Señora Conquistadora —balbuceó Petra nervioso, al ver a sus hermanas tan cómodamente instaladas encima de mí.

Sabía lo que sentía el niño. Era miedo, de mí y de lo que era. Sus hermanas eran demasiado pequeñas para saberlo y me mostraban una adoración incondicional. Este niño, sin embargo, me conocía, y la mera idea hizo que parte de mí quisiera agachar la cabeza avergonzada. Creo que sobre todo tenía miedo de que perdiera los estribos con las niñas. A saber cuándo me había visto perder los estribos, si vivía en palacio. ¿Cómo podía decirle que yo sentía más terror ante estas dulces cositas del que podrían llegar a sentir ellas hacia mí?

—Déjalas, Petra —respondí y le hice un gesto para que se sentara a mi lado en el banco—. Quiero que me cuentes unas cosas sobre cómo se vive aquí, niño.

Quería averiguar qué era lo que ocurría de verdad en este lugar y por qué se daban unas condiciones de vida tan intolerables dentro de los muros de mi palacio. Sabía que no obtendría mejores respuestas que las de alguien que vivía aquí y que además parecía bastante honrado. Cierto, había robado comida, pero creo que en este caso el fin justificaba los medios. Había intentado trabajar para traer un sueldo a la familia, pero los soldados lo habían rechazado. Sabía que un niño como Petra sabría muchas cosas sobre el lugar donde vivía. Los niños suelen tener las orejas grandes, aunque la gente no les preste mucha atención. Quería nombres, y me daba la impresión de que Petra los conocía todos.

Yo miraba al niño mientras hablaba y, a lo largo de la conversación, sus ojos no paraban de posarse en la empuñadura de mi espada. La cabeza de león plateada con sus ojos de zafiro despedía rayos de luz cuando el sol se reflejaba en el metal. Había encargado que me hicieran esta empuñadura cuando juré cambiar mis costumbres. Desde entonces habían pasado cinco estaciones. Vale, progresaba despacio, pero la cabeza de león de la empuñadura de mi espada era un recordatorio silencioso para mí.

Era un recordatorio de una época en que pensé que podía ser a la vez guerrera y administradora de justicia. Empezó cuando Cortese atacó mi pueblo, cuando huí de mi hogar llena de culpa al pensar que era responsable de la muerte de mi queridísimo hermano. Me convertí en guerrera con un único ideal: defender a mi país de todo aquel que pretendiera robarlo. Persas, romanos, galos... todos ellos lamentaron el intento. Les hice lamentar haber puesto pie en suelo griego. Fue entonces cuando me gané el título que me otorgó el pueblo: la Leona de Anfípolis.

No sé por qué eligieron ese título. ¿Por mi fiero orgullo, por el valor que demostraba, por mi energía implacable como guerrera? Fue en la época anterior a mi decisión de echarme a la mar, antes de César, antes de Chin, antes de convertirme en una mujer llena de ansia de poder y venganza. César... me reí por dentro. Estaba muerto y enterrado, asesinado por su propio Senado hacía ya diez estaciones. De modo que adopté el símbolo del león, para recordarme lo que había sido... y lo que aspiraba a ser de nuevo.

Al cabo de un rato pensé que ya había obtenido suficiente información del niño. Ya sospechaba quién se había dedicado a robar el dinero que pertenecía a esta pobre comunidad de trabajadores. Cuando Petra confirmó inocentemente mis sospechas, sentí que parte de la antigua Xena volvía a bullir en mi sangre.

—¡Guardia! —grité a uno de los guardias de palacio que seguían allí cerca—. Ve a palacio y tráeme a mi sanador, Kuros, al capitán Atrius y al constructor jefe. Tráelos de inmediato —le bufé al guardia.

Respiré hondo dos veces para intentar acallar a la bestia que hoy día mantenía encerrada dentro. Me preocupaba e incluso me asustaba un poquito que el monstruo pudiera alzarse tan fácilmente, después de todo el esfuerzo que había hecho para mantener al demonio a raya. Cerré los ojos con fuerza y noté el calor de mi propia sangre que empezaba a arder. Esta vez no era la sed de sangre, sino una justa indignación, lo que azuzaba a la bestia. Me quedé ahí sentada, con los ojos cerrados, sabiendo que robar dinero en mi casa podía suponerle la muerte al culpable. Robar mi dinero... podía suponerle la crucifixión.


—¿Mi señora?

La suave voz de Gabrielle me hizo volver la cabeza y abrir los ojos de golpe. Cuando centré mi atención sobre ella, vi que mi pequeña esclava se encogía de miedo. Sabía perfectamente qué cara se me ponía cuando la bestia se movía tan cerca de la superficie, como se lo estaba permitiendo ahora. Lo sabía porque la había visto miles de veces, reflejada en los rostros de los hombres justo antes de arrebatarles la vida. En ese instante, en lo que duraba apenas un latido del corazón, antes de que mi mirada se suavizara y mis iris pasaran del frío gélido al cálido azul, Gabrielle vio a la bestia que se agitaba bajo la superficie.

—Tranquila —dije, ofreciéndole la mano.

No quería que Gabrielle viera al monstruo. Ya era bastante que supiera lo que había hecho en aquellos días del pasado. No quería que ahora lo viera en mí jamás. Eso me parecía muy importante y aún no sabía por qué. Qué necedad, ¿no? Que una mujer que había pasado la mitad de su vida como esclava, que se dedicaba exclusivamente a dar placer a su amo, fuera una inocente. Podía ser experta en su especialidad, pero en la muchacha había una vulnerabilidad indefinida y yo no quería ser quien la destrozara.

Gabrielle posó su mano en la mía y gocé unos instantes de la sensación. El alboroto que se oía en la calle lateral me avisó de que ya llegaban los hombres que había mandado buscar.

—Gabrielle, llévate dentro a las niñas —dije, levantándome y depositando a la niña más pequeña en brazos de mi esclava. La niña mayor se despertó sobresaltada y Gabrielle la cogió de la mano para llevársela.

—Petra —llamó Gabrielle.

—No. Deja al niño —dije, concentrándome en los hombres que venían hacia nosotras.

—¿Mi señora?

Capté el tono asustado en la voz inquisitiva de Gabrielle y me volví y le sonreí rápidamente.

—Tranquila, pequeña, ahora ve —dije, rozándole la mejilla con el dorso de los dedos.

Desapareció en el interior de la pequeña choza y me quedé ahí quieta un momento, contemplando la puerta por la que había entrado. Tenía que hacer algo por esta preciosa esclava mía, algo para demostrarle lo mucho que empezaba a significar para mí.

—Señora Conquistadora —dijo Atrius, sacándome de mis reflexiones.

—Capitán... tenemos aquí un problema que quiero resolver. —No me hacía falta expresarlo de otro modo. Atrius llevaba conmigo el tiempo suficiente para reconocer el tono de mi voz que acompañaba a esta orden—. Kuros, ahí dentro hay una mujer. —Señalé la choza—. Necesita cuidados médicos. Gab... mi esclava la ha estado atendiendo, pero hay que trasladarla a palacio para que pueda recibir atención adecuada.

—Por supuesto, Señora Conquistadora —dijo el hombrecillo y entró corriendo en la casa. Kuros estaba entregado a sus artes curativas y supe que la mujer prosperaría a su cuidado.

—Sagoris, —hice un gesto a mi constructor jefe para que se acercara—, quiero que recorras toda esta hilera de casas, si es que se pueden llamar así, y que luego vuelvas. En ese tiempo quiero que te hagas una idea en la cabeza de cómo vamos a reparar o reconstruir este desastre —ordené.

—S-sí, Señora Conquistadora —balbuceó el hombre ya mayor, sacando una pluma y un pequeño pergamino de la bolsa que llevaba al cinto. Echó a andar, asomándose a las puertas y anotando cosas en su pergamino.

Atrius parecía risueño, pero nunca me sentía obligada a llamarle la atención a mi compañero de batallas con respecto a esas expresiones. No me miraba así para dárselas de soberbio: por el contrario, me parecía que esas expresiones aplaudían la forma en que había cambiado a lo largo de las estaciones. Atrius era un terror como guerrero y me sentía a gusto teniéndolo a mi lado en combate, pero tenía una personalidad amable que era el opuesto absoluto en cuanto salía del campo de batalla. A menudo me preguntaba cómo lo hacía, pero eso siempre explicaba las miradas risueñas que me dirigía.

—El niño necesita trabajo —dije simplemente—. ¿Tenemos sitio para uno más en el pabellón de mensajeros?

—Sí, Señora Conquistadora. Yo mismo me encargo de ello. —Atrius posó la mirada en el niño con una de esas sonrisas divertidas.

El pabellón de mensajeros no era en realidad más que una pequeña sala dentro del palacio donde los pajes y los mensajeros pasaban el día. Su única tarea era llevar y entregar mensajes de cualquier persona, desde la cocinera hasta yo misma. Empleábamos niños para esta tarea porque eran veloces y pequeños y podían colarse entre las piernas de la gente, de ser necesario, para llegar a su destino rápidamente. Eso dejaba libres a los soldados y guardias para dedicarse a las tareas para las que estaban entrenados, que no era hacer de recaderos.

—¿Vas a trabajar esforzadamente al servicio de la Conquistadora, niño? —le preguntó Atrius a Petra.

—Sí, capitán —contestó Petra, y apenas pude contenerme al ver la cara de Atrius. El niño había oído la forma que tenía Atrius de dirigirse a mí y estaba imitando al soldado.

Le pregunté a Petra quién era su padre y, al oír el nombre, miré a Atrius. Mi capitán se encogió levemente de hombros ante el nombre y tuve que confesarme a mí misma que rara vez me tomaba la molestia de aprenderme los nombres de los soldados que entraban en combate conmigo o por mí. Me puse detrás del niño, que parecía tener la esperanza de que reconociéramos el nombre de su padre.

—El padre de Petra cayó en Queronea —afirmé.

A Atrius se le nublaron los ojos y asintió. Ésa había sido una batalla encarnizada, mucho más que muchas de las que había librado a lo largo de los años. Hacía poco que me había enterado de que estaban levantando una estatua de mármol de un león en el sitio, dominando el túmulo de los muertos macedonios.

—Pues tu padre fue, efectivamente, un valiente soldado —le dijo Atrius al niño—. Quédate conmigo, niño, te enseñaré dónde tienes que ir.

Entonces miré risueña a mi capitán, con la misma clase de expresión con que me miraba él a mí en las últimas estaciones. La expresión que decía: "Nos debemos de estar ablandando". Un niño necesita a un padre, eso sin duda, y no se me ocurría mejor mentor para Petra que Atrius.

—Petra, voy a hacer que trasladen a tu madre y a tus hermanas a palacio. Atrius te enseñará dónde están cuando termine de indicarte tus deberes. ¿Comprendes?

—Sí, Señora Conquistadora —contestó el niño, y me mordí la mejilla para no sonreír—. Pues que así sea, Atrius —ordené. Mi capitán se inclinó levemente y se dio la vuelta y Petra lo imitó y luego siguió al capitán.

Cuando ya se habían alejado un poco, Petra volvió corriendo hasta mí.

—¿Te has olvidado de algo, niño?

—De esto, Señora Conquistadora —replicó Petra. Me entregó la manzana que le había dado Gabrielle, colocándola sobre mi palma abierta—. Por favor, Señora Conquistadora. Dale las gracias a tu reina.

El niño se alejó corriendo a toda velocidad y me quedé contemplando la fruta que tenía en la mano. Sin embargo, estaba pensando en realidad en lo que había dicho. Mi reina, había dicho, refiriéndose a Gabrielle. Me pregunté si se llevaría una desilusión si supiera que sólo era mi esclava. ¡Sólo mi esclava! No tardaría nada en descubrir lo absolutamente ridícula que era esa idea.

Sagoris regresó por fin, meneando la cabeza. Me dio la curiosa sensación de que la noticia no iba a ser buena.

—Señora Conquistadora, estas estructuras no sólo no son seguras, sino que, ¡por los dioses, no puedo creer que haya seres humanos viviendo en ellas! Las condiciones son espantosas. Sólo hay una manera de solucionarlo, pero me temo que no te va a gustar mi idea —me dijo el anciano.

—Tenemos que demolerlas y empezar de nuevo —contesté, con los brazos en jarras, mirando a mi alrededor.

Sagoris se quedó mirándome. Advertí la sorpresa en su rostro por el rabillo del ojo y luego oí la incredulidad de su tono.

—S-sí, Señora Conquistadora, efectivamente.

—¿Quién era responsable de los fondos del tesoro cuando se construyeron estos edificios? —pregunté, bastante segura de la respuesta.

—Fue hace casi diez estaciones, Señora Conquistadora... Creo que... sí, era tu administrador, Demetri.

Otro clavo para tu ataúd, Demetri.

—Sagoris, ¿qué problemas prevés para la reconstrucción? —le pregunté al constructor.

—Pues la gente tendría que alojarse en otra parte. Supongo que durante las cinco o seis lunas que se tardaría en realizar la obra, podrían vivir en tiendas en los campos de entrenamiento. Hay muchos jóvenes dispuestos a ganarse unos dinares trabajando en la construcción, así que no creo que la tarea vaya a ser imposible en absoluto.

—Me alegro de oírte decir eso, Sagoris. Tenemos que arrasar esta abominación y reconstruir. No quiero que se reconstruya con esos mismos materiales de pésima calidad y quiero que cada casa tenga dos habitaciones. Te recompensaré con cien talentos de plata cuando esté terminado —le dije al sorprendido hombre.

—Gracias, Señora Conquistadora —contestó el hombre entusiasmado.

—Una cosa más, Sagoris —le dije al hombre canoso—. Dile al capitán Atrius que aloje a los soldados en las tiendas. El cuartel se puede limpiar para que lo usen los habitantes de esta aldea. No quiero que las mujeres y los niños vivan en tiendas. Además, a mis soldados se les paga para que sufran —dije con una sonrisa guasona y el anciano se echó a reír conmigo. Hoy lo había sorprendido. Me empezaba a entrar una curiosa sensación de satisfacción al poder hacerle eso a la gente.

Justo en ese momento, Kuros y Gabrielle salieron de la casucha y Kuros me explicó rápidamente que, aunque la mujer no estaba mortalmente enferma, las condiciones del lugar iban a impedirle recuperar la salud. Le dije que deseaba que la trasladaran a palacio y dejé a mi sanador a cargo de organizar unas habitaciones. Le dije que le pidiera a Delia que lo ayudara con cualquier otra cosa.

El hombrecillo se alejó para hacer los preparativos necesarios y Gabrielle se quedó en silencio a mi lado.

—Me han dicho que te dé esto. —Puse la manzana en su pequeña mano—. Gabrielle —dije titubeando—, quiero que sepas que estoy muy contenta contigo. La forma en que has actuado hoy me indica que hay más en ti, pequeña mía, de lo que parece a simple vista. Eso me gusta —alabé a la joven.

Gabrielle agachó la cabeza, pero no antes de que yo viera de nuevo un amago de esa especie de sonrisa. De repente, me acordé de lo que tenía intención de hacer cuando empezó el día. Sólo que ahora sospechaba que el comandante de mi flota podía no ser el único dedicado a esos trapicheos. Para averiguarlo, tendría que convertirme en la antigua Conquistadora. Tendría que comportarme como si aún fuese una mujer cuyos apetitos sexuales se colmaban con la violencia y las perversiones lascivas. No tenía el menor deseo de que Gabrielle me viera así. Podría decirle que era un truco y estaba segura de que lo entendería, pero algo en mi interior, una vocecita, me rogaba que no obligara a la muchacha a verme de ese modo. Actuar de esa forma, con mi Gabrielle tan cerca, tan disponible... digamos tan sólo que todavía no estaba tan redimida y que eso era lo que más miedo me daba.

—Gabrielle, voy a continuar sola hasta los muelles. No creo que estés segura si vienes conmigo. Tengo que ocuparme de una persona y, bueno, podría haber problemas.

Al oír la palabra problemas, Gabrielle alzó la cabeza de golpe y arrugó la frente con aire preocupado.

—¿Estarás bien, mi señora?

Esa pequeña pregunta me dejó sin habla. Ciertamente, Gabrielle había tenido conmigo muchos detalles amables desde que había entrado a mi servicio. Eran detallitos en los que una esclava rara vez pensaba, pero esta muestra de preocupación e interés parecía espontánea y absolutamente genuina.

—¿Preocupada por mí, pequeña? —le tomé el pelo a la joven.

—E-es que... mi señora, es que... —balbuceó Gabrielle, agachando la cabeza.

Esto era muy impropio de las típicas respuestas de mi esclava. Gabrielle solía tener una respuesta para todo, una respuesta paciente, meditada y, a veces, profunda. Ahora estaba sonrojada, no como la experimentada esclava corporal que era, sino como una colegiala virginal. No pude contener la carcajada que se me escapó.

Cuando levantó de nuevo la mirada, su expresión era de alivio, supongo que a causa de mi risa. Me acerqué más a ella, imponiéndome sobre su pequeña figura.

—Gabrielle, ¿de veras crees que no puedo cuidar de mí misma? —le susurré.

—No. Por supuesto que no, mi señora —contestó inmediatamente.

Me eché a reír otra vez y pensé que últimamente lo hacía mucho.

—¿Dónde te gustaría ir, Gabrielle? —Le hice un gesto a uno de los guardias, el que antes había ido a buscar las cosas que necesitaba Gabrielle—. Puedes ir donde desees, pero el guardia se queda contigo. ¿Comprendido?

—Sí, mi señora. Creo... creo que me gustaría ir a las cuadras a darle una golosina a Tenorio —dijo, mostrándome la manzana, de nuevo con esa semi sonrisa de medio lado.

Le sonreí a mi vez y estoy segura de que mi guardia pensó que parecía una idiota. Por supuesto, como deseaba conservar todas sus extremidades pegadas al cuerpo, no dijo nada.

Le arrebaté velozmente la manzana de la mano a la sorprendida muchacha y la lancé por el aire un par de veces. Gabrielle hizo entonces algo que detuvo mis movimientos en seco, por no decir mis procesos mentales. Se echó a reír. No fue una carcajada larga ni muy sonora, pero fue como música para mis oídos y como un bálsamo para mi alma. Fue la cosa más refrescante que había oído en mi vida y las dos nos quedamos quietas mirándonos. Bueno, yo miré a Gabrielle y ella me correspondió con esa actitud nerviosa en la que intentaba pero no lograba mirarme directamente a los ojos. Las dos sabíamos que, de alguna forma, por insignificante que fuera, habíamos cruzado una raya trazada en la arena. En realidad, la sensación era que la habíamos borrado y habíamos trazado una nueva.

Gabrielle agachó de nuevo la cabeza y por la expresión extraña de sus ojos, creo que tal vez ella misma se preguntaba por qué se sentía así. Di instrucciones al guardia que iba a acompañar a Gabrielle y él se dio la vuelta y se alejó unos pasos. Chico listo, pensé, porque parecía como si nos quisiera dar cierta intimidad. Dejé la manzana de nuevo en las manos de mi esclava y me incliné hacia ella, bajando la voz para que sólo ella me oyera.

—A Tenorio le gustará la golosina. Tiene los mismos gustos que su dueña —dije.

Gabrielle contestó de una forma que sólo se podría describir como coqueta. ¡Por los dioses, si no fuera porque no me parecía posible, habría jurado que mi joven esclava estaba tonteando conmigo!

—¿Y cuáles son, mi señora?

Echó la cabeza a un lado y yo tuve cuidado de susurrarle la respuesta al oído.

—Las manzanas maduras... y las rubias menudas.

Agachó aún más la cabeza, pero vi la sonrisa que intentaba ocultar.

—¿Otra sonrisa para mí, Gabrielle? —pregunté al tiempo que me empezaba a alejar de ella—. Soy sin duda una Conquistadora afortunada.


PARTE 9


Volver a La Conquistadora
Ir a Novedades