Capítulo 7: Ver el mundo en un grano de arena


—Buenos días, Gabrielle —le dije a mi joven esclava cuando entró en mi dormitorio.

—Buenos días, mi señora —replicó con esa voz tan suave que tenía.

Acababa de vestirme y me estaba poniendo las botas cuando Gabrielle entró en la habitación. Las dos nos sentamos a la mesa de madera donde yo comía. Sylla ya había dejado en la mesa fruta y bollos variados, junto con unas porciones de pescado ahumado cortado en finas lonchas. Como siempre, Gabrielle estaba sentada a la mesa frente a mí con la cabeza gacha y las manos en el regazo.

Comer juntas siempre era una aventura. Era evidente que a mi joven esclava le habían negado los alimentos en algún momento de su vida, como castigo. Parecía muy acostumbrada a no comer durante largos períodos de tiempo y a consumir luego todo lo que podía, para aguantar. De vez en cuando la miraba por el rabillo del ojo y siempre parecía pillarla metiéndose algo en el bolsillo de la falda para más tarde. Esta mañana suspiré por dentro al ver cómo se metía una manzana en ese bolsillo. Sólo podía morderme la lengua e insistir continuamente en que no le hacía falta guardarse alimentos.

Cuando me levanté de la mesa, crucé la habitación hasta donde tenía la espada, encima de un baúl a los pies de mi cama. Me la ceñí a la cintura y el acto me resultó extraño. Era curioso, pero durante todos los años que llevaba gobernando y viviendo en este palacio, siempre había llevado una sola espada, pero me seguía resultando extraño no llevar dos espadas al cinto, como cuando combatía. Había pasado tantas estaciones como guerrera, con dos espadas en las manos, que ya se había convertido en parte de mí.

Deseché el recuerdo y volví a la mesa. Gabrielle se me quedó mirando cuando me detuve y me agaché sobre una rodilla ante ella. Mi estatura resultaba amenazadora y no tenía el menor deseo de hacer valer mi superioridad sobre mi esclava. Le cogí las manos entre las mías y me regodeé en la suavidad de su piel contra la mía.

—¿Gabrielle? —Me callé y ella levantó la vista, sin mirarme totalmente a los ojos. No sabía por dónde empezar, porque no quería asustarla—. Gabrielle, ¿te acuerdas de lo que te dije sobre el tema de la comida en mi casa?

—Sí, mi señora... perdóname, yo...

—Sshh, tranquila, no estoy enfadada. —Metí la mano en el bolsillo de su falda y saqué la manzana que había metido allí. Bajó los ojos con aire culpable—. Quiero que intentes recordar una cosa... mírame, Gabrielle —añadí suavemente. Volvió a alzar la cabeza, y me di cuenta de que me estaba acostumbrando a esa forma en que sus ojos evitaban mirar directamente a los míos—. Mientras haya comida en mi mesa, pequeña, no pasarás hambre. —La palabra cariñosa se escapó fácilmente de mi lengua y no hice el menor intento de retirarla, pues parecía adecuada para mi menuda y preciosa esclava—. Gabrielle, ¿te he mentido alguna vez desde que estás a mi servicio?

—No, mi señora.

—Y no lo voy a hacer, y menos con este tema. Ahora... —Volví a meter la manzana en el escondrijo de su falda—. Si quieres esto porque en algún momento te pueda apetecer matar el gusanillo o incluso porque deseas visitar las cuadras y darle una golosina a Tenorio, me parece muy bien. Pero jamás temas que te vaya a negar los alimentos como castigo. ¿Me crees? —pregunté por fin, sabiendo que le costaría responder a eso.

—Yo... —No sabía cómo responder verazmente—. Lo intentaré, mi señora.

—Entonces eso es todo lo que podemos pedir, ¿no? —Le sonreí y, aunque no era algo que hiciera habitualmente, pareció calmar un poco su desazón. Pensé que sonreír en presencia de Gabrielle me resultaba cada vez más fácil y me pregunté si acabaría siendo algo tan natural que ni me daría cuenta de que lo estaba haciendo—. Hoy tengo que ocuparme de unos asuntos en los muelles y me apetece ir caminando, Gabrielle. ¿Te gustaría acompañarme? Así tendrás oportunidad de visitar la ciudad —le dije, levantándome del suelo.

—Sí, me gustaría mucho, mi señora.


Salimos de palacio, mi esclava y yo, y no debería haber temido que Gabrielle pudiera encontrar aquí a alguien a quien entregar su afecto. Los cotilleos se habían propagado como un incendio forestal y en palacio todo el mundo sabía ya no sólo quién era esta pequeña rubia, sino también lo que significaba para mí. Nadie posaba el ojo siquiera en la muchacha, al menos mientras yo estaba a su lado, y desde luego, nadie hablaba con ella. Por Hades, el pueblo de Corinto apenas me hacía a mí el menor caso, salvo para bajar la cabeza e inclinarse con respetuosa sumisión.

Pero eso hizo que me diera bastante pena de Gabrielle, al pensar que en esto había consistido su vida durante largo tiempo. Como le había oído contar a Delia, una esclava corporal llevaba una vida solitaria en la casa de su amo. Se la maldecía por el mal humor del amo y, hasta en los buenos momentos, nadie se arriesgaba a que lo pillaran hablando con ella. Incluso sólo por amistad, una mirada fortuita podía provocar los celos de un amo enojadizo y posesivo, como yo. No digo como era yo antes, pues al tratarse de Gabrielle, me temo que podía volver a caer en esos ataques de desconfianza feroz y talante controlador que me consumían en mi juventud.

Me sentía obligada a tranquilizar a Gabrielle de alguna forma, a asegurarle que no le cortaría la cabeza si la veía hablando con alguien en la calle. ¿Pero lo sentía de verdad? No había adoptado milagrosamente el corazón de una mística a causa de mis crecientes sentimientos por mi pequeña esclava. Seguía sin saber qué decirle a la mujer, pero sentía una necesidad, ésa era la máxima exactitud a la que podía llegar para describirlo. Era una necesidad de expresar ciertas emociones que tenía relacionadas con Gabrielle. No tardé en llenarme de frustración mientras salíamos por las puertas de palacio. Me pregunté si Delia se reíría de mi apuro, si acudía a ella para que me ayudara. Sin embargo, no era totalmente incapaz de expresarme, de modo que decidí lanzarme sin más.

—Estás... mm, estás muy bien hoy, Gabrielle... muy guapa —comenté, y capté la sorpresa en sus ojos.

—Gracias, mi señora. Me alegro de agradarte —contestó como era de prever.

Desde luego, no era una mentira ni una exageración. Gabrielle, con el pelo dorado que le caía por los esbeltos hombros mientras el sol de la mañana temprana se filtraba a través de los mechones que se agitaban alrededor de su cara, estaba absolutamente preciosa. Ni me di cuenta de que me había detenido hasta que los ojos de Gabrielle se alzaron y se posaron por un instante en los míos.

—Muy guapa, ya lo creo. —Le di un golpecito en la barbilla con dos dedos y me vi recompensada con algo que se parecía muchísimo a una sonrisa—. Espera. —Ladeé la cabeza para mirarla a los ojos, sonriendo a mi vez—. ¿Eso que veo es una sonrisa... de mi Gabrielle? —Lo cual hizo que su especie de sonrisa aumentara. No pude evitar echarme a reír suavemente al tiempo que me volvía y echábamos a andar de nuevo.

La guardia de palacio nos iba siguiendo y los dioses sabrán qué pensaron de nuestra conversación. Recuerdo una época en que la guardia caminaba por delante de mí, aterrorizando a cualquiera que fuera tan necio de cruzarse en mi camino. Ahora notaba, en lugar de ver, su presencia poco llamativa.

Gabrielle parecía muy poco habituada al gentío y el bullicio de una ciudad como Corinto. Advertí que empezaba a seguirme bien pegada a mis talones mientras caminábamos por las calles de la ciudad, rumbo a los muelles. Hoy tenía que tratar unos asuntos con el capitán de mi flota. Según dos de mis consejeros más cercanos, el hombre traficaba con esclavas como una de sus actividades extracurriculares. Yo quería algo más que rumores y cotilleos y lo cierto era que, si este hombre estaba secuestrando a jovencitas de Corinto para venderlas en el norte como esclavas, quería mostrarle personalmente lo que opinaba al respecto.

Cuando pasamos junto a los presos que se dirigían a sus juicios o a oír su sentencia, muchos me llamaron pidiendo clemencia. Apenas recordaba la época en que pasaba a su lado, totalmente incapaz de oír sus gritos suplicando piedad. En las últimas estaciones, me había llegado a ser muy difícil no hacer caso de sus súplicas. Ahora, al mirar sus rostros, veía algo que afectaba a una parte de mí que había estado adormecida durante gran parte de mi vida.

Pasamos a su lado y los miré, encadenados o atados, a la espera de que mis carros los llevaran a las grandes mazmorras de palacio. Un niño, de no más de ocho o nueve veranos de edad, se quedó mirándome bastante impasible cuando pasé junto a él. También miró a Gabrielle, y en la inteligente mirada esmeralda de ésta vi arder el brillo de la compasión. El niño tenía las manos encadenadas por delante, con las muñecas sujetas con unos grilletes que resultaban ridículamente inmensos para sus manitas. Sin embargo, ahí estaba, aceptando con calma el destino del que podría haber escapado fácilmente. Yo había conocido asesinos así de jóvenes, de modo que no me sorprendió mucho que un niño de esa edad fuera a prisión.

Al pasar capté sin dificultad el movimiento de la mano de Gabrielle cuando se sacó la manzana del bolsillo y se la puso en las manitas al sorprendido niño. Al principio, pensé en no darle importancia y pasar por alto lo que había hecho mi esclava, pero lo que acababa de hacer Gabrielle era muy poco propio de ella. Para que se arriesgara a sufrir un castigo, sus motivos para darle comida al niño, lo cual era un delito desde cualquier punto de vista, debían de ser muy importantes para ella. Quería... no, necesitaba saber más sobre este mundo donde existía mi esclava. Por ello, me detuve y cuando lo hice, Gabrielle se detuvo también.

—¿Gabrielle? —pregunté, sin volverme hacia ella, pues sabía que estaría allí.

—¿Sí, mi señora? —contestó suavemente. Creo que en el momento en que me detuve, supo que la había pillado.

—¿Qué es lo que acabas de hacer, Gabrielle? —pregunté con tono tranquilo.

—Por favor, perdóname, mi señora, yo... —empezó, y me volví y le puse dos dedos sobre los labios para hacerla callar.

—Gabrielle, todavía no te he culpado ni acusado siquiera de nada. Sólo te he preguntado qué has hecho.

Bajó la cabeza.

—Le he dado al niño la manzana que tenía en el bolsillo —contestó obedientemente.

—Ya. ¿Por qué has hecho eso, Gabrielle?

—Parecía... parecía tener hambre, mi señora.

—¿Te das cuenta, pequeña, de que es un delito darles algo a los presos, incluso comida?

—Sí, mi señora —contestó de nuevo y esta vez casi no oí su respuesta.

—Y, sabiendo que serías castigada, ¿de todos modos le has dado comida al niño? —pregunté.

Cuando Gabrielle asintió con la cabeza y respondió oralmente de modo afirmativo, le pregunté por qué quería hacer tal sacrificio. Su respuesta hizo que me olvidara por completo de todo lo que ocurría a mi alrededor, en mi palacio, en mi ciudad, en todo mi país. Fue como si hubiera un grano de arena a mis pies y en él existiera otro mundo, igual que el nuestro. Que había subsistido, ahí a mis pies, todo este tiempo.

—No es más que un niño, mi señora. Ningún niño merece pasar hambre —contestó.

Cualquiera que pensara que Gabrielle era estúpida, evidentemente no la conocía en absoluto. A mí su percepción del mundo me parecía profunda, estimulante y teñida de una compasión que, debía reconocer, no comprendía del todo. Esta última declaración no fue ninguna excepción.

Me volví y regresé donde estaban apiñados los presos. Me planté ante el niño y cuando le pregunté cómo se llamaba, él me miró aterrorizado. Ahora iba a recibir mi segunda lección del día, esta vez sobre cómo me veían otras personas. Noté una mano en el brazo y cuando me volví, vi a mi pequeña esclava esperando a que le diera permiso para hablar. La miré enarcando una ceja y ella comprendió lo que le decía sin palabras. Se puso de puntillas y yo me agaché para acercarme más a ella. Me habló en voz baja al oído.

—Mi señora, creo... creo que tal vez eres muy parecida a tu semental, Tenorio. —Se apresuró a continuar cuando la miré totalmente confusa—. Para las personas de estatura mucho menor, puedes resultar algo... imponente, y por ello... bueno, amenazadora.

Esta joven no dejaba de asombrarme. Se estaba convirtiendo rápidamente en una de mis consejeras más acertadas y de más confianza. Capté la indirecta y me volví de nuevo hacia el niño, agachándome sobre una rodilla hasta que mi cabeza quedó a la altura de la suya.

—¿Tienes nombre, niño? —pregunté de nuevo.

—P-Petra, Señora Conquistadora —dijo el niño en respuesta a mi pregunta.

—¿Por qué llevas cadenas de preso, Petra?

—Me pillaron robando comida, Señora Conquistadora.

—Parece que la comida es el tema del día. —Miré risueña a Gabrielle y ella agachó la cabeza—. Bueno, Petra... ¿por qué necesita robar comida un niño de tu edad? ¿Acaso tus padres no te dan suficiente de comer?

—No era para mí, Señora Conquistadora, era para mi madre y mis dos hermanas. Mi padre era soldado del ejército de la Señora Conquistadora, pero lo mataron en la batalla de Queronea. Mi madre está enferma y no puede trabajar y mis hermanas pequeñas necesitan comer. Lo siento, Señora Conquistadora —dijo el niño, conteniendo el llanto valientemente—. No sabía qué más hacer. Intenté alistarme en el ejército de la Señora Conquistadora, para ganar dinero para comer, pero los soldados se rieron de mí.

Intenté no mostrar emoción alguna mientras el niño contaba su historia. Parecía tan melodramática que no sabía si me estaba engañando o no.

—¿Dónde vives, niño?

Cuando el niño se volvió para señalar las puertas de palacio, me quedé desconcertada.

—¿Vives dentro de los muros de palacio? ¿Para quién trabaja tu madre? —pregunté y entonces me quedé aún más confusa.

—Pues... trabaja para ti, Señora Conquistadora —replicó, mirándome como si acabara de decirle que las ovejas podían volar.

Ahora no sólo estaba confusa, sino además enfadada. Cuando mi país disfrutaba de tanta prosperidad, ¿de verdad había niños dentro de los muros de mi propio palacio que pasaban hambre?

—¡Carcelero! —grité, y el hombre apareció a mi lado al instante—. Quítale las cadenas a este niño —ordené.

Una vez libre, le hice un gesto al chiquillo con la mano.

—Enséñame dónde vives, niño —dije, y de repente, todos seguimos a Petra de vuelta a las puertas de palacio.


Sabía que las casitas como de pueblo que se levantaban en apretadas filas en el extremo sur de las puertas de palacio eran pequeñas y estaban atestadas. Sin embargo, no estaba en absoluto preparada para las condiciones intolerables que descubrí al entrar en la casa del niño. Era evidente que alguien había intentado crear un espacio vivible dentro de los confines de la pequeña estancia. Los pocos muebles que había estaban muy limpios, pero las ratas que corrían por el interior de las paredes pasaban de una casa a otra, propagando la porquería y la enfermedad por todas partes.

Me sentía insegura y fuera de mi elemento, plantada en medio de la pequeña estancia. Mi estatura era un claro peligro, pues mi cabeza casi rozaba el techo. Petra me llevó hasta un pequeño camastro donde yacía una mujer delgada, llena de dolores y con fiebre. Me arrodillé para mirar a la mujer y aunque probablemente sólo tenía un resfriado, podría ser mortal si no recibía los cuidados y la alimentación adecuados. Yo me consideraba bastante ducha en materias de curación, pero de eso ya habían pasado muchas estaciones. Me había hecho más experta en el tratamiento de heridas de combate que de enfermedades, de modo que hice lo único que se me ocurrió, al sentirme así de impotente. Acudí a Gabrielle.

—¿Gabrielle? —Me volví y al parecer, por el tono inseguro de mi voz y la expresión de mis ojos, mi joven esclava no necesitó saber más.

Entrando en acción, Gabrielle le dio instrucciones a Petra para que trajera un cubo de agua fresca potable, no del pozo que usaban las otras casas, sino del que estaba más cerca de las puertas. Cuando el niño volvió corriendo, yo estaba plantada en un rincón observando mientras Gabrielle pedía las cosas que iba a necesitar. Cogió una pluma y un pergamino de uno de mis mensajeros e hizo una lista con letra cuidadosa y precisa. El mensajero miraba maravillado a mi joven esclava. No creo que hubiera visto nunca a una que supiera escribir.

Gabrielle me miró.

—Mi señora, necesitaremos dinares para comprar algunas de estas hierbas y comida.

Asentí y salí de la casa, advirtiendo que habíamos llamado la atención de la gente. Estoy segura de que los habitantes de las casas vecinas creían que estaba pasando algo milagroso, dado que yo estaba allí. Agarré a uno de mis guardias y lo arrastré al interior de la casa, colocándolo de un empujón delante de Gabrielle.

Debo decir que era pasmoso de ver y si hubiera estado menos redimida, le habría cortado la cabeza a la muchacha por su osadía y su presunción. Gabrielle daba órdenes a la gente como... bueno, ¡como si fuera yo! Miró al guardia que tenía delante.

—¿Sabes leer? —preguntó.

Si cualquier otra esclava le hubiera hecho esa pregunta, habría sido tratada con desprecio o víctima de una paliza. Mis guardias de palacio eran unos engreídos, dado el puesto que ocupaban en palacio, así que habría sido típico de ellos. Sin embargo, este día estábamos todos demasiado atónitos ante la forma de actuar de la pequeña esclava para dudar de ella. El tono de autoridad de Gabrielle al hacerse con el control de la situación los tenía a todos descolocados, incluso a mí.

El guardia asintió tontamente y luego dijo:

—Sí, señorita.

—Lleva esta lista al mercado y al boticario y regresa inmediatamente con las compras —le ordenó.

El guardia cogió la lista y cuando estaba a punto de salir corriendo por la puerta para cumplir sus órdenes, cayó en la cuenta, horrorizado, de quién era la persona de quien estaba aceptando dichas órdenes. Se volvió rápidamente hacia mí y vi que el joven se había puesto mortalmente pálido.

—¡Sí, ve, ve! —Lo despedí agitando la mano, tratando de dar la impresión de que estaba de acuerdo con todo lo que hacía Gabrielle. En realidad, no me enteraba de nada.

Gabrielle puso dos grandes teteras al fuego para calentar agua y entonces me di cuenta de que debía intervenir. Me sentía un poco inútil, así que por qué no mejorar la situación humillándome un poco, ¿verdad?

—Mm... Gabrielle... ¿qué...? —Bajé la voz para que nadie de los que estaban fuera me oyera—. ¿Qué quieres que haga? —Sólo pude rezar a Atenea para no sonar tan patética como me parecía a mí misma.

—¿Quieres...? —Se calló como si se estuviera replanteando la pregunta—. ¿Quieres llevarte a los niños fuera? —preguntó tímidamente, esperando mi rugido, estoy segura.

Enarqué una ceja al máximo. Bajé la mirada y a mis pies vi a dos niñas, que parecían contemplar la cumbre de una montaña. Ninguna de las dos me llegaba más arriba de las rodillas y una me sonreía de oreja a oreja. Me rodeó la pierna con los brazos y pegó la mejilla a mi extremidad cubierta por el pantalón. Me quedé paralizada.

—¿Yo? —dije débilmente. Si no fuera porque sabía que no era posible, habría jurado que Gabrielle sonrió justo antes de volverse hacia el fuego.

Cuando se volvió hacia mí una vez más, se acercó y me dijo por lo bajo:

—Tengo que lavarla y quitarle las sábanas y la ropa sucia, mi señora. Los niños no deberían ver eso.

Esperó con calma mi decisión y yo hasta pensé en agarrar a uno de los guardias de palacio y obligarlo a hacer de niñera. Dos cosas me lo impidieron. En primer lugar, nunca en toda mi vida le había pedido a un soldado que hiciera algo que yo misma no quisiera o no pudiera hacer. En segundo lugar, estaba esa niña diminuta que seguía estrechamente abrazada a mi pierna. Me resultaba asombroso que una cosa tan pequeña pudiera asustarme de tal modo. Me miraba como nunca me había mirado nadie hasta ahora. No sabía, no tenía una idea preconcebida de quién era yo o de lo que era capaz de hacer, no conocía las cosas espantosas que constituían mi pasado. Me encontraba contemplando de nuevo ese grano de arena y veía un mundo totalmente nuevo.

Suspiré y dirigí a Gabrielle mi mejor sonrisa burlona. Me agaché y cogí en brazos a la niña más grande. No me hizo falta coger a la otra. Se enrolló alrededor de mi pierna y cuando intenté andar, fue como si tuviera la pierna inmovilizada. Me dirigí cojeando hacia la puerta con mis protegidas.

—Vamos, niño —llamé a Petra, al salir cojeando por la puerta.

Mi única esperanza era que ninguno de mis oficiales pasara por allí. Si alguien como Atrius me veía en esta situación, tendría que atravesarlo de parte a parte. Detesto perder buenos soldados de esa forma.


PARTE 8


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