Capítulo 6: Largo viaje de la noche hacia el día


Caminamos por los pasillos y por primera vez, noté que en realidad no había tanto silencio en las partes del castillo que yo frecuentaba, sino que la gente parecía desaparecer cuando pasaba yo. Qué curioso, pero nunca me había dado cuenta.

Le di instrucciones a Gabrielle sobre dónde podía ir y dónde no. No quería que se acercara al cuartel de los soldados ni a los campos de entrenamiento a menos que yo estuviera allí para acompañarla. Intenté que no diera la impresión de que estaba presa: en cambio, le expliqué que lo que me preocupaba era su propio bienestar.

Me siguió por una escalera de piedra en curva hasta las habitaciones más alejadas de un extremo del castillo. Abrí la puerta de mi estudio y la sostuve para que entrara, cerrando la pesada puerta cuando pasó. Le expliqué que aquí era donde me encontraría casi siempre por la mañana temprano y por la noche, a veces incluso durante el día. Pasamos ante las estanterías que llegaban hasta el techo y que albergaban mi biblioteca de pergaminos privados. Muchos eran de mapas y estrategias bélicas de otras épocas, otros eran obras de teatro o historias que me resultaban entretenidas. Me había olvidado de la afición de mi esclava a las historias hasta que se detuvo y se quedó mirando los cientos de pergaminos colocados de lado en sus estuches de cuero.

—¿Dijiste que sabías leer, Gabrielle? —pregunté con una sonrisa divertida. La muchacha estaba boquiabierta y echaba hacia atrás el cuello para ver hasta el estante más alto.

—Sí, mi señora —replicó Gabrielle suavemente.

—Pues eres libre de leer mis pergaminos en tu tiempo libre. Mi única norma es que no los saques de esta habitación sin mi permiso. ¿Queda entendido?

—Sí, mi señora... muchísimas gracias. —Me miró y tuve la sensación de que por una mirada de adoración como la que me acababa de dirigir, yo estaría dispuesta a ceder en una serie de cosas con respecto a mi estilo de vida.

—Estos son mis aposentos privados, Gabrielle —dije, llevándola por otra puerta que había a un lado de mi estudio—. Cuando esté con mis consejeros o en una reunión en mi estudio y necesites hablar conmigo, esperarás en mi antecámara o en el dormitorio. Bajo ninguna circunstancia quiero que entres en el estudio mientras estoy reunida.

Intenté dejarlo lo más claro posible, sin expresar de verdad mi auténtica preocupación. Sabía cómo me podía poner, aunque solía ser ajena a mis estallidos temperamentales hasta que alguien me los señalaba. Estaba intentándolo, un poco más cada día, pero cuando me enfrentaba a los hombres y mujeres que dirigían mis ejércitos o me aconsejaban sobre la marcha del imperio, todavía podía ser un poco... ¿cuál es la sutil expresión que emplea Delia? Sí, un poco difícil es el eufemismo que le gusta usar.

—Lo recordaré, mi señora —afirmó Gabrielle, por fin, agachando la cabeza bajo el peso de mi mirada. Tal vez me había quedado mirándola demasiado tiempo, pero creo que fue la primera vez que hablaba sin que yo tuviera que hacerle una pregunta primero.

—Muy bien —repliqué, y crucé mis habitaciones hasta la puerta que daba al pasillo del fondo. Justo enfrente de la puerta de mi dormitorio estaba la puerta que daba a las habitaciones de Gabrielle. Los criados me habían dicho ya que habían terminado y sólo estaban a la espera de mi aprobación. No tenía ni idea de lo que habían hecho en mi ausencia y no quería que Gabrielle se llevara una decepción. Qué idea tan rara, en verdad, preguntarme si a mi esclava le gustarían sus aposentos. Por los dioses, seguro que la chica ha dormido en las cuadras en alguna ocasión. Sacudí la cabeza y decidí que de todas formas iba a decir algo antes de entrar en la habitación—. Gabrielle, éstas van a ser tus habitaciones. Si... bueno, si no te gusta algo, dímelo... y me... bueno, lo arreglaremos, ¿vale?

—Por supuesto, mi señora.

Debo decir que yo misma me quedé un poco impresionada. El mensaje que había enviado por delante, cuando estábamos en Tesalia, era para Delia. Le pedía que preparara las habitaciones para alojar a una mujer. Me había tomado la palabra y estaba todo precioso. Esta puerta se abría a una salita de estar, algo más pequeña que mi estudio. Otra puerta daba al dormitorio.

No pude evitar sonreír al ver que Gabrielle estaba de nuevo boquiabierta, no mucho, pero tenía los labios entreabiertos lo suficiente para darle un aspecto irresistible. Dio vueltas y más vueltas y por fin se detuvo para mirarme. Dioses, ojalá consiguiera que sus ojos se posaran en los míos algo más que un segundo. Agacha la cabeza en cuanto me pilla mirándola.

—¿Estás segura, mi señora? —preguntó.

—¿Si estoy segura de qué, Gabrielle?

—¿Es aquí donde quieres que me aloje?

—¿Es que no te gusta? —Interpreté mal su reacción y, por supuesto, lo primero que hice, como siempre, fue ponerme a la defensiva.

—Oh, es precioso, mi señora, pero... me parece demasiado bonito para mí. —Esto último lo dijo en un tono muy apagado.

—A mí no —dije, casi para mí misma.

Ni siquiera estaba segura de por qué había dicho esto en voz alta. Era una muchacha preciosa, pero a decir verdad, lo que acababa de decirle a Gabrielle era lo más cerca que había estado en mi vida de decirle a una mujer que era bella. Los cumplidos no eran precisamente lo mío, como casi todo el mundo sabía ya. Por mucho que lo intentara, de mis labios simplemente no salían palabras cariñosas. Hubo momentos a lo largo de mi vida en los que deseé decirle esta clase de cosas a una mujer, pero se me trababa la lengua y no sabía qué hacer. Ahora, a esta joven esclava que ya había hecho que me sintiera más humana que en toda mi vida quería decírselo, alabarla y piropearla. Tuve que reconocer que no sabía cómo hacerlo. ¿Cómo puedes imitar algo que nunca te han enseñado?

—Ven, Gabrielle —dije roncamente—. Nuestra cena no tardará en llegar.


Había hecho llamar a Gabrielle hacía un rato y estaba segura de que ahora estaba esperando pacientemente en mi dormitorio. Parecía haber una enorme cantidad de trabajo pendiente y en cuanto decía "sólo un pergamino más", surgía otro que me llamaba la atención.

Ya me había bañado y estaba sentada ante mi escritorio con mi bata larga, tomando notas y organizando un horario para oír peticiones, para dos días después. Mi mente no paraba de regresar a la pequeña rubia que estaba segura de que esperaba en la otra habitación. Estaba adquiriendo una costumbre poco habitual. No había tenido relaciones sexuales durante casi una estación entera y sólo esporádicamente en las dos estaciones anteriores, pero desde que había tomado a Gabrielle como esclava, disfrutaba de su talento todas las noches. Era una extraña necesidad la que me impulsaba, pero el placer que esta mujer le daba a mi cuerpo era algo que realmente nunca había experimentado hasta entonces. Me daba cuenta de que estaba empezando a tener una adicción, pero no podía hacer nada para evitarlo.

Renuncié a concentrarme en las palabras que tenía delante, me levanté y apagué las velas. Abrí sin hacer ruido la puerta que había entre mi estudio y mi dormitorio. El silencio hizo que me preguntara si Gabrielle se había quedado dormida esperándome, pero conociendo a mi joven esclava, me parecía poco probable.

La encontré de pie ante la ventana, con las facciones iluminadas por la luna, que creaba un resplandor etéreo a su alrededor. Estaba arrebatadora y pensé que nunca había visto nada tan magnífico. No sé cuánto tiempo me quedé parada en la puerta, pero ella no me oyó entrar. Su rostro estaba relajado, igual que cuando dormía. Cuando sabía que yo estaba allí, cuando estaba cualquier persona, en realidad, se ponía nerviosa y en su rostro aparecía una ligera tensión.

Se volvió un poco y me vio por el rabillo del ojo. Justo cuando estaba a punto de arrodillarse ante mí, la detuve.

—No. Quédate ahí, tal y como estás.

Apagué la única lámpara que estaba encendida, dejando las dos velas que ardían en la mesilla de noche.

—Date la vuelta, Gabrielle, de cara a la ventana —ordené, y ella volvió a su anterior posición.

Me acerqué a ella por detrás y me detuve cuando todavía estaba a un palmo de distancia. Pasé los brazos a su alrededor y desaté el nudo que llevaba a la cintura y le cerraba la bata y luego aparté la suave seda de sus hombros, revelando la piel aún más suave de su cuerpo. La velas vacilaban en la penumbra y las llamas parecían lamer los planos de su espalda. La analogía me dio el deseo de pasar mi propia lengua siguiendo el camino de esas llamas cobrizas y, por supuesto, como era lo que deseaba, eso hice exactamente.

El sabor de su piel era algo por lo que estaba desarrollando un ansia clarísima. Empecé por sus hombros y alimenté mi necesidad de ella con mis labios y mi lengua, dejando que sólo la punta de mis dedos rozara la piel satinada, teñida de un oscuro color broncíneo por la llama de las velas. Fui bajando hasta el final y por fin me quité mi propia bata y dejé que mi piel desnuda se deslizara sobre la de ella al volver a subir. Pasé hacia delante las manos que tenía abiertas sobre la parte de detrás de sus muslos y tiré de sus caderas para pegar nuestros cuerpos con más firmeza.

Sentía cómo mis propios pechos se deslizaban por la piel de su espalda y cómo las duras puntas de carne se iban poniendo cada vez más sensibles a medida que aumentaba mi excitación. Subí las manos por la parte delantera de su cuerpo y me detuve para cubrir ambos pechos con las palmas de mis manos. Esta pequeña mujer no era inmune al placer físico, como noté por la forma en que su carne se contrajo y se puso más dura, y los pezones se estrecharon y se alargaron aún más cuando los froté con las manos trazando lentos círculos. No emitía el menor sonido y a esto también me estaba acostumbrando, aunque seguía fastidiándome bastante. No tenía duda de que algún día lo superaríamos. Agarré sus pezones entre dos dedos y apreté, tirando suavemente al mismo tiempo. A mis oídos no llegó ningún gemido lánguido, pero Gabrielle echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en mi hombro.

Suponía que no se trataba tanto de que mi preciosa esclava no sintiera placer alguno tras todos esos años en que su cuerpo había sido usado y, con toda probabilidad, maltratado. Suponía que podía deberse a que nadie le había dado nunca placer a ella. Los amos que poseen esclavas corporales sólo se preocupan de satisfacer sus propias necesidades, sus propios deseos. Si les interesara dar placer a otra persona, tomarían una amante, no se comprarían una esclava. ¿Quién se iba a interesar por llevar a una esclava al orgasmo, por mostrarle a una esclava el tierno cariño necesario para darle sensaciones de satisfacción y contento?

Sonreí sobre la piel de su cuello al bajar la cabeza y besar la cálida carne, que me metí en la boca y chupé hasta que sentí que la sangre palpitaba más deprisa en ese punto. Sí, ¿a quién le parecería excitante dar placer a una esclava, salvo a una guerrera vieja y gastada?

Junté mis labios con los de la esclava, que había echado la cabeza hacia atrás, como aparente invitación. Me dejé llevar por el fuego de mi excitación, hasta que noté que Gabrielle correspondía a mis besos. Agarré la mano que ella mantenía a un lado y la subí hasta mi nuca, animándola a tocarme allí. Cuando le solté la mano y la dejé para buscar las curvas de su carne, noté que sus uñas pasaban por mi pelo, subían por mi cuero cabelludo y volvían a bajar para tocarme la oreja provocativamente con el dedo índice.

Por los dioses, ¿cómo podía saber la mujer el modo en que eso me iba a afectar? Gemí en voz alta al tiempo que se me ponía la carne de gallina en los brazos. Era casi sobrenatural, la forma en que sabía qué cosas me iban a dar placer y cuándo.

Usé ambas manos para explorar su cuerpo por delante, deteniéndome en los puntos que hacían coger aire bruscamente a mi joven esclava o que la animaban a pegarse a mí para prolongar la sensación. Me aparté de su boca de mala gana, pues quería saborear más partes de esa piel que tenía bajo las manos. Mientras mis dedos bajaban, trazando dibujos imaginarios sobre su vientre, saqué la lengua para deslizarla por sus hombros y luego por la línea tensa de su cuello. Mi lengua se puso a jugar con un lóbulo justo cuando mis dedos se deslizaron por la mata dorada de rizos para acariciar los húmedos pliegues interiores. Noté que Gabrielle tomaba aliento con fuerza, pero tardó largos segundos en soltarlo.

—Dioses, qué húmeda estás —le susurré al oído, moviendo los dedos de ambas manos en su humedad. Como siempre, no permitió que ni un solo ruido escapara de sus labios, pero noté el pequeño movimiento espasmódico que hizo, intentando, sin lograrlo, controlar el escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Fue entonces cuando me vinieron las palabras. No era bardo, distaba mucho de ser poeta, pero jamás en toda mi vida había sido consciente de las cosas que estaba a punto de confesar, y mucho menos de decir en voz alta.

—¿Tú sabes lo preciosa que eres para mí, Gabrielle? —pregunté, dándole besitos por el borde externo de la oreja—. ¿Tú sabes la sensación tan gozosa que me produce tu cuerpo pegado al mío? —Recalqué esta última pregunta frotando mi propio centro húmedo contra la carne lisa de su trasero.

Una vez más, alargué la lengua para saborear la sal de su piel.

—Dioses, qué bien sabes. Necesito saber si sabes así de bien por todas partes.

Mientras seguía haciendo círculos alrededor de su clítoris hinchado con los dedos de una mano, me llevé la otra mano a los labios y me lamí la esencia de la muchacha que cubría los dedos que habían estado jugando en ella segundos antes. Cerré los ojos al saborear esa sustancia como la ambrosía, pero con todo logré oír el minúsculo jadeo sofocado que no pudo contener. Le eché la barbilla hacia atrás y besé la cabeza ladeada una y otra vez, segura de que era una de las pocas veces en que había sido besada por alguien cuyos labios estaban pintados con su sabor. Ella respondía muy bien a la situación, pero cuando me agarró del pelo y pegó mi boca a la suya con más fuerza, chupándome la lengua mientras exploraba la dulzura de su propia boca, este gesto de fuerza me llevó a preguntarme quién estaba intentando seducir a quién.

No me atrevía a penetrarla. Aunque no había cosa que deseara más que sentir cómo se contraía sobre mis dedos con el orgasmo, me pregunté si ella obtendría tanto placer de un acto para el que habían usado su cuerpo una y otra vez. Sé que a la gente le parecería una auténtica locura pararse a reflexionar sobre la mejor manera de dar placer a una esclava, pero yo era tan poco capaz de explicarlo como de evitarlo. Decidí ver si conseguía que fuese mi esclava quien decidiera.

Reanudé la táctica de tocar esos pliegues empapados con las dos manos. Cuando mis dedos se movieron para concentrarse en esa zona de carne tan sensible, noté que sus caderas se echaban hacia delante para acercarse a mis manos. Recompensé el movimiento de la muchacha jugueteando con su entrada y apretándole más el clítoris con el pulgar. Puesto que tenía permiso para mostrarse tan osada, Gabrielle echó las manos hacia atrás y las deslizó por mis muslos, hasta estrujarme la carne de las nalgas. Un gemido absolutamente carnal se escapó de mi garganta y me froté contra ella con más fuerza.

—Enséñame, Gabrielle. Enséñame dónde quieres sentirme —le susurré al oído.

Sus uñas recorrieron mi trasero y volví a gemir. Por los dioses, la mujer me tenía chorreante con unas pocas caricias. Repetí mi petición verbal y moví el pulgar sobre su clítoris, al tiempo que hacía lo mismo con la lengua en su oreja. Ella echó las manos hacia delante y las deslizó por mis antebrazos hasta llegar a mis muñecas.

—Oh, sí, eso es... vamos, Gabrielle... enséñame qué hace falta para darte gusto —murmuré, sin saber si podría olvidarme de mi propia excitación hasta poder convencer a la chica de que revelara sus deseos.

Justo cuando estaba pensando en eso, Gabrielle bajó una mano hasta que sus dedos se entremezclaron con los míos en esa abundante humedad. Rodeó con los dedos los que yo tenía justo fuera de su entrada y los empujó más hondo. Compensé el silencio de Gabrielle gimiendo yo misma de placer y penetrándola del todo.

Metí dos dedos hasta el fondo, los saqué y volví a meter tres. Entonces me puse a repetir el movimiento, notando que sus caderas se movían siguiendo el ritmo constante que marcaba mi mano.

—Oh, eso es. ¿Es esto lo que querías, Gabrielle? ¿Mmm, que te folle, de esta forma?

En el pasado, parte de mi juego de poder siempre había consistido en darle a una mujer justo lo que sabía que deseaba y hacer que lo reconociera en voz alta. Me excitaba oírlas suplicar pidiendo algo que yo ya sabía que quería darles. Por alguna razón, no tuve el valor de hacerle eso a la mujer que había recibido tan poco placer en su vida.

Cuando Gabrielle respondió asintiendo, para mí fue como si acabara de aullar la respuesta a los cielos.

No tardó mucho, pero yo no tenía prisa. La penetré una y otra vez con la mano derecha, mientras deslizaba los dedos de la izquierda por ese clítoris tan hinchado. Como siempre, el cuerpo de Gabrielle me dijo más que sus expresiones orales. Me aferró la muñeca con fuerza y noté que su cuerpo se ponía rígido y que sus músculos internos apretaban y soltaban mis dedos, metidos hasta el fondo en su interior. Noté que un chorro de líquido cálido me cubría la mano, justo cuando dio la impresión de que se le vencían las rodillas. Le rodeé la cintura con un brazo y saqué con cuidado los dedos de su interior.

—Tranquila, te tengo —susurré, besándola ligeramente en la oreja.

La sostuve así hasta que noté que mi propio deseo aumentaba con insistencia y exigía más atención. Tiré de ella hasta la cama y me senté en el borde. Cuando di la vuelta a mi esclava, vi que todavía tenía la cara arrebolada, y a mí empezaba a encantarme la expresión de gozosa confusión que mis atenciones le habían causado. Se puso de rodillas, sentándose sobre los talones, sabiendo que yo iba a permitirle que me tocara con las manos. Las pasó por la parte superior de mis muslos, masajeándome los músculos con los dedos. Cuando me pasó las uñas por la parte interna de las piernas, bajando hasta las rodillas, perdí el control.

—Oh, sí. Tócame, Gabrielle. —No era una orden, sino más bien un susurro de súplica, y creo que las dos lo sabíamos.

—¿Dónde te gustaría que te tocara, mi señora? —preguntó a su vez y vi ese destello de poder de dormitorio que asomaba a sus ojos, pero me sentí absolutamente incapaz de hacer nada al respecto.

—En cualquier parte. —Me apoyé hacia atrás sobre las dos manos al tiempo que ella se incorporaba sobre las rodillas. Cuando sus labios se acercaron para capturar los míos, oí el rápido latido de mi corazón—. En todas partes —logré decir, y entonces sus labios cubrieron los míos.

Me eché más hacia atrás, sobre los codos, y gocé simplemente de la sensación de su pequeño cuerpo cuando se echó encima del mío y sus besos se volvieron voraces, siguiendo premeditadamente mis deseos. Movió los labios por mi mandíbula y cuando su lengua se introdujo en mi oreja, dejé caer la cabeza hacia atrás y entregué todo mi ser a la joven que estaba entre mis piernas.

Me pasó la lengua por los hombros y el pecho trazando dibujos sin sentido. Me mordisqueó ligeramente la piel con los dientes, haciéndome gruñir de placer y sorpresa con cada mordisquito. Cuando esos labios rodearon un pezón oscuro muy excitado, cada tirón de piel que daba esa boca cálida e incitante bajaba directo hasta situarse entre mis piernas.

Yo ya estaba gimiendo sin parar cuando bajó por mi vientre lamiéndolo, mientras sus manos me apretaban los muslos rítmicamente. Depositó numerosos besos en el triangulo oscuro de vello y sin más preámbulos, hundió la cara en mi coño.

—¡Dioses! —exclamé, alzando ya las caderas con fuerza para pegarme a la lengua que me lamía el centro—. Oh, Gabrielle —gemí, poniéndole una mano en la cabeza para colocarla justo donde la quería.

Los ruidos que hacía al comerme no aplacaban en absoluto el fuego que rugía en mi vientre. Notó el aumento de mi humedad y los rápidos estremecimientos de mis músculos. Alzó los dedos para penetrarme y yo le aparté la mano.

—No... sólo la lengua. Síííí... oh, dioses... eso es. —Me entregué a la exquisita caricia, dejando que me llevara hasta mi destino.

Cuando por fin arqueé la espalda y grité, un orgasmo se fundió con otro cuando me metió la lengua dentro lo más hondo que pudo. Me estremecí y gemí largo rato y poco a poco regresé a la realidad gracias a las delicadas caricias de su lengua mientras recogía los jugos creados por mi excitación.

Pareció transcurrir mucho tiempo mientras me calmaba, tumbada con los ojos cerrados, intentando volver a respirar con normalidad, antes de que me diera cuenta de que Gabrielle ya no me tocaba. Abrí los ojos y vi que estaba de rodillas, esperando a que le diera otra orden o le dijera que se retirara. Hasta ella sabía la impresión que causaría si pasaba la noche en mi cama aquí en el castillo. No era la reina, aunque ocupaba los aposentos de la reina. Era una esclava, y aunque a mí era probable que se me olvidara ese hecho, a ella no.

—¿Puedo hacer algo más para complacerte, mi señora? —preguntó.

Dejé caer la cabeza sobre la cama y levanté los brazos para taparme los ojos.

—No, Gabrielle... gracias. Puedes retirarte.

Se marchó sin decir nada más y yo me quedé allí tumbada, despierta hasta que las velas se consumieron solas, dejándome en una oscuridad que coincidía con mi humor. Tardé un tiempo en darme cuenta de que mi cuerpo no se iba a rendir a Morfeo y me levanté para trabajar en mi estudio.


Tendría que haber podido escapar a los dominios de Morfeo, maravillosamente saciada tras una velada de pasión con mi habilidosa esclava corporal, pero el sueño seguía esquivándome. Por motivos que ni comprendía ni quería reconocer, no iba a poder dormirme fácilmente. Leí algunos pergaminos a la luz de la vela, pues hacía tiempo que no leía por puro placer. Me vestí y recorrí los pasillos en sombras de palacio y hasta salí a pasear por los campos de hierba húmeda.

No sé explicar qué fue lo que me impulsó a hacer lo que hice a continuación, sólo que en algún momento, cuando faltaban pocas marcas para el amanecer, me di cuenta a regañadientes, o reconocí, cuál era la causa de mi insomnio. ¿Acaso no lo había sabido desde el principio? Sólo que era demasiado terca para admitirlo. Era como cuando se tiene dolor de muelas o se recibe una herida leve en el campo de entrenamiento. Si no haces caso, es posible que los síntomas desaparezcan. Si lo reconoces, aunque sólo sea ante ti misma, te ves obligada a acudir al sanador y ocuparte de ello. Ojalá hubiera un sanador que pudiera librarme del dolor que ahora sufría. Ojalá hubiera una hierba o un elixir que pudiera mezclar para aliviar este dolor nuevo, que me pesaba como una piedra en el pecho.

Ella era la causa de mi incapacidad para dormir, pero no tenía sentido mentirme a mí misma. Me había acostumbrado de tal manera a dormir con Gabrielle que era evidente que echaba de menos tener a la muchacha en mi cama. Sabía que me estaba acostumbrando a ella, pero jamás pensé que su pérdida me fuera a afectar de esta manera.

De modo que me encontraba en una situación que me producía una sensación reconfortante y embarazosa a partes iguales. Estaba mirándola desde el rincón oscuro de su habitación. Llevaba ya más de una marca allí de pie, inmóvil, mirándola. Debía de estar agotada cuando volvió a su propia cama. No se había puesto una camisa, como si se hubiera dejado caer sobre el colchón y se hubiera tapado sin más con la sábana. Contemplé la pequeña figura, que yacía allí en silencio, con una expresión de paz en el rostro. Su pecho subía y bajaba a un ritmo tranquilo y regular y sentí que me inundaba una extraña sensación de contento.

Gabrielle, por decreto de las Parcas, notó la presencia de otra persona en su habitación y se despertó con cara de sobresalto. Mientras miraba a su alrededor, vi que se inclinaba y encendía la vela que estaba junto a su cama. Retrocedí más entre las sombras, observando en silencio. Cuando su expresión pasó de la desorientación adormilada al miedo, no tuve valor de seguir escondiéndome. Avancé un paso, dejando que la luz de la llama vacilante anunciara mi presencia.

—Mi señora —exclamó, empezando a levantarse—. ¿En qué te puedo servir?

—Tranquila, Gabrielle —dije, acercándome a la cama—. No te necesito de esa forma —la apacigüé.

El silencio tenso se alargó mientras yo me quedaba allí plantada sin saber qué hacer, preguntándome si debía explicar por qué estaba allí, aunque en algún lugar de mi cerebro esa vocecita me decía que, a fin de cuentas, yo era la Señora Conquistadora y que por qué Tártaro tenía que darle explicaciones a nadie. Como siempre, Gabrielle ya iba un paso por delante de mí.

—¿Estás preocupada, mi señora? —preguntó la suave voz de Gabrielle.

Dioses, no sabía cómo contestar a esa pregunta. Estaba muy preocupada, pero ¿podía confesarlo? ¿Estaría abriendo las puertas y dándole a esta pequeña esclava cierto poder sobre mí si conocía mi debilidad, sobre todo si esa debilidad resultaba ser ella? ¿Pensaría Gabrielle que me estaba comportando como una necia, o peor aún, que estaba perdiendo la cabeza? Quería hablar con ella. Cómo lo deseaba. Qué arrogancia la mía considerar una debilidad el cariño por alguien. El temblor de mis rodillas era la prueba de lo contrario y empecé a preguntarme si incluso yo tenía la fuerza suficiente para expresar mis necesidades y mis temores.

Avancé y me senté a los pies de la cama, justo enfrente, pero sin mirarla.

—Yo... yo... —Carraspeé y lo intenté de nuevo—. A veces... cuando estoy sola de noche... o sea, contigo aquí y yo allí... a veces desearía que fuera distinto —dije torpemente.

No sabía si comprendía lo que intentaba decir. Por Hades, ni siquiera yo sabía qué intentaba decir. No tenía práctica con estas cosas y maldije mi incapacidad para sentir algo por alguien durante tantas estaciones. Mi capacidad como guerrera despiadada podía haberme llevado a conquistar buena parte del mundo conocido, pero me había incapacitado para construir algo a lo que mereciera la pena aferrarse. La suave voz de Gabrielle me distrajo de mis autorrecriminaciones y en sus palabras había una fuerza tranquila que me resultó extraña, viniendo de ella.

—Hay ocasiones, mi señora, en las que lo único que hace falta para reconfortar el alma de una persona es el sonido del corazón de otra, latiendo al unísono.

Esta profundísima declaración de mi joven esclava no debería haberme sorprendido. Ya tendría que saber que Gabrielle no era sino imprevisible, pero su honda comprensión de mi situación hizo que la viera de otra manera. Cuando no me moví ni hice intento alguno de hablar, continuó.

—Es posible que yo sea una compañía muy indigna, mi señora, pero tal vez... tal vez si te echas aquí, Morfeo te llame.

Cuando me miró y yo me volví para ver su cara, la miré a esos ojos que nunca conseguían encontrarse del todo con los míos y creo que las dos supimos que era en su compañía donde yo quería estar en cualquier caso. Sin quitarme la ropa, fui a tumbarme en la gran cama, pero me di cuenta de que todavía llevaba las botas, mojadas y embarradas por haber paseado fuera. Se trataba de mi esclava y mi cama, y no debería importarme dónde ponía las botas sucias, pero no me parecía que comportarme así para dejar algo claro mereciera la pena con Gabrielle. Para el mundo exterior, éramos ama y esclava, pero en la intimidad de nuestras habitaciones, cada día se iban desdibujando más las líneas.

Me quité las botas mojadas y me eché encima de las sábanas. Gabrielle se apartó la sábana del cuerpo, pues sabía que la conducta adecuada para una esclava era no taparse en mi presencia. Parecía que últimamente estaba haciendo muchas cosas sin comprender por qué, pero cuando cogí el borde de la sábana y tiré de ella para tapar a Gabrielle, supe perfectamente por qué lo hacía. Si quería que esta muchacha de carácter sumiso empezara a respetarse a sí misma, tenía que tratarla con respeto. En este caso, sentía que estaba intentando ofrecerme consuelo y amistad, a mí, a su ama, a alguien a quien en realidad sólo tenía que tolerar con la boca cerrada. Si ella era capaz de ofrecerme esta rama de olivo, yo intentaría aceptarla graciosamente como lo que era.

—Ponte de lado, Gabrielle, de espaldas a mí —dije, consciente de que no era ni una orden ni una petición, sino algo intermedio.

Se puso de lado y la tapé más con la sábana, arropándola bien. Luego le pasé el brazo por la cintura y noté que se acomodaba contra mi pecho. El calor que despedía me resultaba muy relajante.

—Buenas noches, Gabrielle.

—Buenas noches, mi señora.

Tardé escasos instantes en quedarme dormida y cuando a la mañana siguiente no me desperté hasta que los rayos del sol se me metieron en los ojos, supe que esa noche las cosas iban a cambiar. Al Hades con la decencia, las costumbres y cualquier otro protocolo de siempre que pudiera cargarme. Ya no me importaba la impresión que pudiera causar a otros. Me daba igual lo que pensara o dijera la gente de tal situación. Esta muchacha iba a compartir mi cama esta noche y todas las noches a partir de entonces hasta que yo decidiera lo contrario.

Desafié en silencio a todo el que pusiera en duda mi cordura para que me transmitiera su preocupación... a la cara.


PARTE 7


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