Capítulo 5: Gabrielle habla


Para cuando llegamos a Corinto, mi joven esclava y yo habíamos alcanzado un cierto grado de intimidad la una con la otra. No obstante, Gabrielle seguía pareciendo bastante atónita ante algunas de mis poco ortodoxas peticiones. Me daba cuenta de que todavía no estaba cómoda pasando la noche conmigo después de ocuparse de mi placer. Yo sólo sabía que a mí me gustaba y por eso seguía haciéndolo. Por supuesto, aquello era aceptable que ocurriera mientras viajábamos, puesto que compartíamos una sola tienda. Sabía que cuando nos instaláramos en palacio, tendría que volver a acostumbrarme a dormir sola. Como una niña asustada, intentaba no pensar en la noche que se avecinaba.

Pero era la soberana del maldito país. Si quería tener a mi esclava corporal conmigo toda la noche, estaba en mi derecho. Si quería tratar a esta muchacha como a una reina, ¿quién me iba a decir lo contrario? Pero sabía la impresión que causaría, y la debilidad no es algo que se deba anunciar a los que sueñan con gobernar en tu lugar. Iba a tener que cuidarme de no mostrar abiertamente que estaba excesivamente encariñada con Gabrielle. Para mis enemigos, eso sería una clara señal de que me estaba haciendo vieja.

¡Ah, que se me lleve el Hades! Siento cariño por esta muchacha y al país que le den. ¡Voy a ser como me dé la gana! No voy a exagerar, pero si quiero mimar a la chica, lo lamento por el primero que me llame débil por eso. Se enterará de lo que todavía puede hacer la espada de una vieja necia.

Una mano pequeña sobre mi antebrazo me sacó de mis reflexiones. Bajé la mirada hacia unos ojos verdes en los que había una preocupación atípica. Me di cuenta de que se me había puesto el cuerpo tenso mientras batallaba en silencio con mi conciencia. Gabrielle debía de haber notado el cambio y una vez más, hacía algo que me sorprendía.

—¿Mi señora? —preguntó suavemente.

Iba sentada de lado delante de mí al pasar por las puertas de la ciudad y le sonreí débilmente.

—No es nada —mentí.

Le estreché más la cintura y la pegué más a mí. Sentí que apoyaba el peso en mi pecho y seguimos adelante. Ésta era la forma en que habíamos llegado a comunicarnos en las dos últimas semanas. Ninguna de las dos decía gran cosa verbalmente, pero mediante pequeñas caricias y miradas, conseguíamos entendernos eficazmente. Bueno, si no eficazmente, por lo menos hasta que una u otra aprendiera a expresar lo que sentía.

Se formó un caos alrededor del palacio cuando llegamos. Creo que Gabrielle no estaba preparada para el estrépito de los soldados al reunirse con sus familias y el remolino de consejeros que me rodeó antes incluso de que me diera tiempo a desmontar, para advertirme de tal o cual problema. Empujé a Gabrielle hacia Sylla y le dije que le dijera a mi doncella que la llevara a mis aposentos, donde la vería cuando terminara. Observé a la muchacha mientras se alejaba y pensé, por la expresión de sus ojos, que seguramente creía que la estaba despidiendo. Llevaba la cabeza muy gacha y tuve que hacer un enorme esfuerzo para no coger a la pequeña entre mis brazos, para no perderla jamás de vista. En cuanto me volví hacia mi administrador, Demetri, tuve que dejar en suspenso todo deseo de tener vida personal.


Ya era bastante tarde cuando logré encaminarme a mis aposentos privados.

—¿Sylla? ¿Qué Tártaro haces aquí? —le pregunté a mi doncella, que parecía estar esperándome.

—Es por tu esclava, Señora Conquistadora, ¿la chica, Gabrielle?

—Sí, ¿dónde está? —pregunté, mirando por mi estudio, pensando que tal vez Sylla ya le había dicho a Gabrielle que esperara en mi dormitorio.

—Tu hombre, Demetri, no me ha permitido que la trajera aquí, Señora Conquistadora. Dijo que su sitio estaba con los demás esclavos.

Si yo hubiera sido una tetera colocada al fuego, habríais visto cómo pasaba de la ebullición lenta a la descarga de vapor en cuestión de segundos. Volví a sujetarme la espada al cinto y crucé la habitación de tres zancadas. Me detuve ante la puerta abierta y respiré muy hondo.

—Gracias, Sylla. Puedes irte —dije entre dientes.

Llegué rápidamente a la planta baja de palacio, donde mis consejeros tenían sus habitaciones. Cuando abrí la puerta de golpe, Demetri estaba hablando con algunos oficiales, entre ellos Atrius. Mi capitán sólo tuvo que mirarme a los ojos para apartarse del que era mi objetivo.

—¿Dónde está, imbécil? —bufé.

—¿Quién? Señora Con...

Lo agarré por la pechera de la túnica y tiré de él hacia mí. No era un hombre alto, pero yo sí era una mujer alta y bajé la mirada, clavándola en sus ojillos estrechos hasta que noté que se echaba a temblar.

—Mi esclava. ¿Desde cuándo haces caso omiso de mis órdenes? ¿Quién coño te crees que eres? ¿No te dijo mi doncella quién era Gabrielle? —dije enfurecida.

—Bueno, es que... o sea, no es más que una doncella...

—A partir de ahora, cuando uno de mis empleados te diga que le he dado una orden, más te vale que actúes como si te la diera yo directamente. —Lo aparté de un empujón y se golpeó con el borde de la mesa.

—Está en los cuartos de los esclavos, Señora Conquistadora. Ahora mismo envío a buscarla. —Demetri corrió hacia un joven soldado y cuando regresó a la habitación, me quedé allí plantada mirándolo furibunda durante la siguiente media marca hasta que volvió el soldado.

—Dicen que allí no está esa esclava, Señora Conquistadora. Se la ha visto en el castillo, pero... ahora no la encuentran —terminó el soldado, con aire de estar esperando a que su cabeza cayera rodando bajo mi espada.

Yo estaba demasiado ocupada imaginando cómo iba a torturar a Demetri para preocuparme de matar al mensajero. Entonces me pregunté dónde se habría metido Gabrielle. Y entonces me empezó a arder el cerebro cuando me imaginé los problemas con los que podría toparse Gabrielle en un palacio tan grande. Por fin, mi mente creó la imagen de Gabrielle con otra persona... cualquier persona, y se me heló la sangre.

—¿Atrius? —gruñí.

—¿Señora Conquistadora?

—Quiero que la encuentren. Si está en compañía de otro, quiero la cabeza de ese otro. Si se ha fugado, ¡quiero la de ella! —terminé, sin reparar siquiera en lo que estaba diciendo.

Estaba furiosa, sin duda alguna, plantada en esa habitación, mientras los hombres corrían a mi alrededor para registrar el palacio. Si Gabrielle se había fugado, no quería ni pensarlo. ¡Qué imbécil total he sido! Mostrar tanta bondad con una esclava, ¡debo de estar perdiendo la cabeza!

No me podía quedar allí esperando sin hacer nada, de modo que decidí buscar yo misma y primero me dirigí al cuartel de los soldados. Me crucé con Atrius de camino a las cocinas y cuando mi capitán me dijo que todavía no se sabía nada, empecé a sentir algo distinto a la rabia. Sabiendo que Gabrielle estaba en un lugar desconocido y que era una esclava de carácter temeroso y sumiso, una sensación extrañísima se apoderó de mí. Mi corazón salió volando hacia esta joven y cuando me detuve a razonar conmigo misma, me di cuenta de que sería sumamente improbable que Gabrielle dejara el castillo intencionadamente. Fue entonces cuando lo sentí. La sensación inexplicable era miedo, y aceleré el paso inmersa en extrañas emociones, muchas de las cuales las sentía por primera vez.

Las cocinas estaban tranquilas a esta hora de la noche, por lo que cuando oí voces en una de las estancias adyacentes a la cocina principal, me dirigí hacia allí. Era la voz de Delia y acabé sonriendo cuando el alivio inundó todo mi cuerpo. La otra vocecita pertenecía a mi joven esclava, Gabrielle. Me acerqué más, aprovechando mi especial habilidad para moverme con sigilo para aproximarme lo suficiente y oír todo lo que se decía. Sentía curiosidad por ver qué le podía decir esta muchacha a Delia que le parecía que no podía decirme a mí.

Al principio, Delia era la única que hablaba, y supuse que Gabrielle era tan callada con otras personas como lo era conmigo. Entonces ocurrió una cosa extrañísima. Gabrielle se puso a hablar, pero era algo más que hablar sin más. Su voz transmitía una serie de emociones, como si fuese una bardo que contara una historia a una taberna llena de clientes embelesados. Desde luego, se apoderó de mi atención, y me apoyé en la pared para escuchar a mi esclava. Lo más curioso de la situación era que Delia, una mujer inculta con un talante que podía competir con el mío, había conseguido que Gabrielle empezara a hablar de la última forma que a mí se me habría ocurrido.

Le preguntó:

—Bueno, muchacha, ¿has sido una buena sierva corporal para nuestra Conquistadora?

Y sospeché que Gabrielle no tenía ni idea de que la mujer mayor le estaba tomando el pelo.

—Ah, ya veo... no eres de las que se van de la lengua —comentó Delia ante el silencio de Gabrielle—. ¿Cómo te llamas, niña?

—Gabrielle.

—Bueno... cuéntamelo todo y no te saltes ningún detalle jugoso. Este estofado no estará listo hasta dentro de una marca y no tengo nada mejor que hacer para pasar el rato. Cuéntame una historia, Gabrielle. Cuéntame cómo es que estás con la Señora Conquistadora.

Vi que Gabrielle alzaba la cabeza al oír la petición. Tenía los ojos iluminados como cuando le dije que me ocuparía de hacer realidad su sueño y, de nuevo, casi sonreía. Cuando abrió la boca para hablar, me quedé pasmada por casi todo lo que oí. Ah, por Hades, lo confieso. ¡Me quedé pasmada por todo lo que oí!

—Intenté hacerme muy pequeña, esconderme dentro de mí misma hasta ser tan diminuta que tal vez así no me vería. Si lograba hacerme lo bastante pequeña, los soldados me usarían durante la noche y por la mañana me llevarían al estrado de las subastas. Habría aceptado ese destino de buen grado antes que ser elegida esa noche... por ella. Había oído hablar de ella, de su fama y sus apetitos. Ya no temía el dolor, pero cada día me acercaba más a mi sueño, por lo que ahora no quería morir. Tenía esperanza y eso es algo que pocos esclavos tienen jamás. Si tienen la suerte de encontrarla, no suelen conservarla mucho tiempo. La esperanza se ve en tus ojos. Puede hacer que te maten. De modo que cerré los ojos y agaché la cabeza. Y casi funcionó.

«Supe que mi vida corría peligro en cuanto su alta sombra cubrió mi pequeña figura. Sólo pude rezar a cualquier dios que se molestara en escuchar los ruegos de una esclava para que me pasara por alto, que me considerara indigna de su lecho. Cuando los soldados se echaron a reír, pensé que sin duda elegiría a otra. Cuando me obligó a mirar el fuego de cobalto que ardía en sus ojos, hice algo que no había hecho desde hacía muchas estaciones: me eché a llorar. No sé por qué las palabras de los soldados me afectaron de esta forma, pero la idea de no ser digna siquiera de las ansias lujuriosas de esta mujer... me entristeció. Las Parcas me hicieron llorar y, qué cosa tan irónica, fueron esas lágrimas las que me trajeron a este lugar. Para ser propiedad de la Señora Conquistadora.

«Supe que algo era diferente desde el principio. Su doncella era una empleada, no mucho mayor que yo. Me hablaba como si no fuese una esclava y eso me desconcertó. Normalmente, los amos a los que pertenecía en el pasado tenían muy pocos empleados. Los que sí que trabajaban a sueldo nunca querían hablar conmigo. Los esclavos no son la clase de gente de la que uno se hace amigo. Nos pueden vender o matar por capricho, por lo que la mayoría de los empleados no te hace ni caso. Ni siquiera les merece la pena hacer el esfuerzo de aprenderse tu nombre. Esto es especialmente cierto en el caso de una esclava corporal. La mayoría de los que vivían en casa de mi amo me observaban y me echaban la culpa del estado de ánimo del amo. Si estaba de mal humor, era porque yo no hacía bien mi trabajo. Si el amo estaba contento, se mantenían lejos de mí, con la esperanza de que su buena suerte durara todo el día.

«La doncella me ayudó a bañarme, me dio una comida caliente y luego hizo que me pusiera una bata de seda muy grande. Olía como... como... a pasteles. —Gabrielle se detuvo y Delia se echó a reír.

—A canela. Debes de haberte puesto una de sus batas. Se lava el pelo con un potingue líquido que lleva canela. —Delia siguió riendo.

Gabrielle cerró los ojos un momento antes de seguir hablando.

—Olía muy bien —murmuró.

—¿Y? ¿Qué pasó cuando llegó la Conquistadora?

—Cuando se me dijo que esperara a mi nueva ama en sus aposentos, no tenía ni idea de que la noche acabaría siendo como fue. ¿Cómo iba a saber que esta mujer no se parecía en nada a la asesina sedienta de sangre sobre la que había leído en tantos pergaminos distintos? Estaba borracha, eso sin duda, pero conservaba todas sus facultades. Parecía casi cohibida por mi presencia y no se parecía en absoluto a las historias que cuentan.

—Bueno, suéltalo de una vez, muchacha. Llevas con ella más de dos semanas... ¿Es tan buena como dicen? —le preguntó Delia a Gabrielle, que se limitó a agachar la cabeza.

Podría haber jurado que la muchacha se sonrojaba, ¿pero qué motivo podía tener una concubina para ruborizarse por lo que ocurría en un dormitorio?

—Ha sido... muy buena conmigo —afirmó Gabrielle suavemente, casi maravillada.

De modo que mis actos estaban haciéndole mella después de todo.

—Habla conmigo, me pregunta cosas. Se ocupa de que tenga suficiente para comer y de que esté cómoda. Cuando me toca... —Miró a Delia y vi el asombro de sus ojos verdes mientras las llamas del fuego bailaban por sus iris, dándoles un resplandor cobrizo—. Parece casi... delicada. No me hace daño, ni me pega. Es todo muy diferente. Ella es muy diferente —terminó Gabrielle.

—Eso parece —contestó Delia con intención.

Me distraje por un ruido fuera de las cocinas y el roce de unas botas me avisó de que alguien había decidido por fin buscar aquí abajo. Entré en el campo visual de Delia, que sonreía ligeramente cuando me miró.

—Creo que han venido a buscarte, niña —le dijo a la muchacha.

—Gabrielle —dije apaciblemente.

—Mi señora. —Gabrielle saltó de su banqueta y corrió hasta mí, cayendo de rodillas a mi lado.

Le toqué la cabeza y le acaricié el pelo dorado. Bueno, así que mi esclava sabe hablar después de todo. Justo entonces, Atrius, Demetri y dos de mis guardias de palacio entraron en la cocina. Los hombres que tenía detrás soltaron a la vez un sonoro suspiro de alivio cuando vieron a la esclava arrodillada a mis pies.

—¿Dónde te habías metido, Gabrielle? ¿No te di órdenes concretas cuando te fuiste? —pregunté a la cabeza gacha.

—Perdóname, mi señora. —Gabrielle no dijo nada más, y se entendía por qué. Porque era una esclava inteligente... una mujer inteligente. Sabía que si se trataba de la palabra de Demetri contra la suya, ella perdería. Estaba en una situación en la que no podía ganar y seguramente le convenía más ser castigada que ganarse la enemistad de Demetri. Por suerte para Gabrielle, allí estaba Delia.

—Si este administrador de pacotilla que tienes escuchara tan bien como larga por esa boca, la muchacha no habría acabado en los cuartos de los esclavos para empezar. Sylla le dijo cuáles eran tus órdenes. Como siempre, él no ha hecho ni caso. —Los ojos de Delia se posaron en Demetri con un destello amenazador y tuve que morderme la mejilla por dentro para no echarme a reír al ver lo incómodo que estaba. Esta cocinera mía era tremenda, sin duda alguna—. ¿Tienes una esclava, Señora Conquistadora, o una mascota? —me preguntó Delia.

Gabrielle seguía arrodillada a mi lado y yo tenía la mano posada sobre su cabeza. Sonreí burlona a mi terca cocinera y miré a la joven atemorizada que estaba a mis pies.

—Gabrielle, ¿por qué no le dijiste tú misma a Demetri que eras mi esclava personal y que ya tenías órdenes mías?

Mi rabia se había disipado hacía tiempo, pero realmente quería oír la respuesta de Gabrielle.

—Pues... porque, mi señora... soy esclava —dijo lo más escuetamente posible.

No necesitaba decir más, esa simple declaración lo abarcaba todo.

—Levanta, Gabrielle —ordené. Se levantó y ocupó su lugar a mi derecha, un poco por detrás de mí, con la cabeza ligeramente agachada, como de costumbre—. Gabrielle, esta mujer tan terca es Delia, nuestra cocinera. Delia, ésta es Gabrielle. —Las presenté como si no se conocieran, pero Delia me miró: lo sabía. Me sonrió porque sabía que yo había estado allí escuchando, y yo le sonreí a mi vez para decirle que sabía que ella lo sabía—. Y, Gabrielle, mira a este hombre de aquí —dije al tiempo que alargaba la mano y agarraba a Demetri del pelo, levantándole la cabeza a la fuerza—. Mira bien la cabeza de este hombre, Gabrielle, porque si alguna vez se atreve a hacer algo remotamente parecido a lo que ha pasado, verás esta misma cabeza cuando caiga rodando del tajo en el patio de palacio.

Aparté a Demetri de un empujón y él retrocedió lo más deprisa que pudo.

—Me parece que ya he tenido todas las emociones que estoy dispuesta a aguantar por una noche. Señores, os podéis retirar. Delia, ¿está ya mi cena?

—No tardará, Señora Conquistadora. Te la envío ahora mismo.

—Raciones dobles, Delia, me muero de hambre —repliqué, y me marché por donde había venido, esta vez con mi pequeña esclava rubia detrás.

Delia enarcó una ceja, pero no dijo nada. Sabía que yo nunca comía mucho. Lo cierto era que no tenía tanta hambre, pero quería empezar a asegurarme de que esta pequeña esclava tenía suficiente para comer. Por alguna razón, a ella le parecía importante y, según estaba descubriendo, si algo era importante para Gabrielle, no tardaba en ser importante para mí.


PARTE 6


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