Capítulo 4: El primer beso de una Conquistadora


Faltaban otras dos marcas para que se pusiera el sol, pero cuando llegamos al sitio donde estaba nuestro campamento, las tiendas ya estaban montadas y los fuegos para cocinar ardían debidamente. Los carromatos y el servicio siempre iban por delante explorando, y alabé a Atrius por el lugar que había elegido para acampar.

Entré en la tienda e inmediatamente me sentí en casa, mucho más que en el castillo de Telamon. Como tenía por costumbre, llevaba más de veinte estaciones montando el mismo tipo de tienda y solicitando la misma disposición de las cosas dentro de ella. Todo estaba como debía estar, y bostecé y me estiré. Sabía que si yo me sentía cansada después de un día entero a caballo, seguro que mi joven esclava estaba a punto de desplomarse. Sin embargo, Gabrielle me dejó impresionada cuando se quitó su propio manto y se puso a ayudarme para quitarme la ropa.

Una vez cubierta por mi bata de seda preferida, me arrellané en una de mis sillas más cómodas y disfruté de la copa de vino que Gabrielle me puso delante. Me pareció extraño que tuviera esta curiosa intuición de mis necesidades, teniendo en cuenta que había empezado a servirme el día anterior.

—Mi señora... mm, ¿puedo...? —preguntó, señalando fuera de la tienda.

—Por supuesto —dije, levantándome cuando volvió a echarse el manto por los hombros. Quité el broche con mi sello del cuello de mi propio manto y lo coloqué a la altura de la garganta de Gabrielle—. Esto garantizará que ninguno de mis soldados se excede. Si tienes problemas, acude a mí sin dudar.

La idea de que Gabrielle estuviera con otro, ya fuera por la fuerza o por su propia voluntad, me enfureció de repente. En mi cerebro surgió la imagen de Gabrielle con otro y la visualización encendió mis celos. Éste era el monstruo que durante tantas estaciones había intentado mantener a raya. Me temo que Gabrielle estaba a punto de experimentar mi afán posesivo por primera vez.

Le cogí la barbilla entre el pulgar y el índice y la miré a los ojos.

—Permite que te lo deje muy claro, Gabrielle. Me perteneces. Nadie puede tomarse libertades con tu cuerpo o con tu afecto. Si alguna vez descubro que es así, perderás la vida empalada en mi espada. ¿Me comprendes, niña?

Asintió con la cabeza y sentí literalmente el miedo repentino que la llenó rápidamente. No tenía intención de hablar con tanta aspereza, ni de dejarme llevar de esta manera por los celos. Para mí era importante, por alguna razón que todavía no comprendía, que Gabrielle no me tuviera miedo, pero en un solo día, mi demonio había hecho acto de presencia sin avisar.

Me relajé un poco, sonriéndole, y luego le acaricié la mejilla con la mano.

—Estoy segura de que nunca me darás motivos para hacer una cosa así.

Como disculpa, no valía gran cosa, pero por otro lado, tenéis que comprender que las disculpas no eran lo mío. Qué eufemismo tan increíble. Lo cierto es que jamás en mi vida había pronunciado las palabras "lo siento", desde luego jamás desde que cumplí la mayoría de edad. He atentado incluso contra las personas que tenían fe en mí. He matado a hombres por la emoción que me producía tener su sangre en mi espada y he pegado palizas a mujeres que habían compartido mi cama, simplemente por la sensación de dominación y poder que para mí era equivalente al placer sexual. Algunos de estos desdichados eran incluso personas por las que sentía un poco de interés o confianza. Había ocasiones en las que me sentía mal después y les ofrecía un regalo o palabras amables como disculpa, y aunque a veces me parecía que quería pronunciar esas palabras, nunca me salían. Eso suponía doblegarse y una Conquistadora jamás se doblega. No conocía emoción o persona alguna que pudiera tener esa clase de poder sobre mí, para obligarme a caer de rodillas de esa manera.

Miré a la criatura asustada que sujetaba y supe que si pudiera decirle que sentía lo que había dicho antes, podríamos tener una relación distinta a la de simplemente esclava y ama. Me pregunté entristecida cómo sería mi vida ahora, si hubiera usado esas palabras más a menudo.

—Vete —susurré, y se marchó de la tienda a toda prisa.


—Ven aquí, Gabrielle —la llamé para que viniera desde donde estaba preparando mi ropa para la mañana. Si la muchacha seguía mostrándose tan eficaz, Sylla y ella no tardarían en tener un encontronazo. Me senté en el borde de la cama improvisada, observándola mientras se acercaba a mí con movimientos gráciles.

—¿En qué puedo servirte, mi señora? —respondió, arrodillándose ante mí.

Cogí sus manos entre las mías y las puse sobre mis muslos, aunque la larga bata de seda que llevaba me tapaba la mayor parte del cuerpo. El calor de sus palmas se filtró a través de la tela de seda y abrí las piernas, acercando más su figura arrodillada. Examiné las pequeñas manos que eran suaves comparadas con mis propias palmas ásperas y callosas. Todo el mundo sabía que una esclava que tenía la piel tan suave y lisa cumplía sus obligaciones tumbada. Tenía ganas de hacer una cosa y sentía que me faltaba valor. Yo, la Conquistadora de la nación, en otro tiempo Destructora de Naciones, estaba perdiendo el valor ante esta pequeña esclava.

Por alguna razón desconocida, deseaba besarla. Sin embargo, deseaba aún más ser besada por ella.

Ahora bien, por supuesto que sabía lo que era besar, pero no era algo que hubiera hecho con las mujeres. Sí, había atacado la boca de las mujeres, impulsada por la lujuria. Usando los dientes y la lengua, les había demostrado quién estaba al mando de su placer, pero eso no era besar de verdad, ¿no? No era la tierna caricia que los poetas dicen que deberíamos anhelar. No era el regalo inocente que había visto intercambiar a una pareja de jóvenes amantes que habían descubierto que mis jardines privados eran un lugar idóneo para encuentros románticos. Yo los observaba desde lo alto, desde la ventana de mi dormitorio que daba al jardín. Supe, en el momento mismo en que presencié aquello, que lo que había tenido en el pasado era distinto de esto. Lo que había experimentado a lo largo de mi vida podía satisfacer cierto impulso primitivo, pero nunca me había llenado el corazón de emoción, ni el vientre de pasión. Sabía que tal cosa existía, pero para la Señora Conquistadora todavía no había llegado.

De modo que ahí estaba, soberana de toda Grecia, con una concubina de gran talento a mis pies, y lo único que llenaba mi cabeza eran las visiones de un beso tierno propias de un escolar. Me tragué el orgullo y el miedo a la humillación y decidí pedir lo que quería. A fin de cuentas, ella estaba aquí para servirme y no al revés. Todavía tendrían que pasar muchas estaciones para que me diera cuenta de lo arrogante que era esa idea.

—Gabrielle, ¿tú besas? —pregunté, incapaz de hacer una pregunta más concreta.

—¿Mi señora? —Parecía confusa, y con toda la razón.

—Que si besas... ¿has besado a los amos que te han tenido antes que yo?

—Sí, si eso les daba placer, mi señora.

Gabrielle no era una mujer estúpida ni por asomo. De haberlo sido, la habrían matado largo tiempo atrás. Estoy convencida de que sabía lo que le estaba pidiendo y tal vez incluso intuía por qué, no estoy segura. Sin embargo, sí sé una cosa: que la expresión de sus ojos cambió de repente y se hizo evidente, incluso para ella, que ahora era ella la que tenía el poder entre nosotras.

En el pasado me había ocurrido eso mismo en ocasiones. Ocasiones en las que me entregué a las sensaciones del placer, hasta tal punto que la mujer o la ramera llegó a pensar que me tenía cautiva con sus artes seductoras. En aquellos días, el poder se imponía a cualquier otra cosa, incluso a mi necesidad de placer. Si llegaba a ver ese brillo en sus ojos, detenía lo que me estuviera haciendo y dejaba suelta a la bestia que llevaba en mi interior. Jamás me importaba que no hubiera consentimiento mutuo. Cuando terminaba de tomarla y le demostraba quién tenía el poder de verdad, nunca quería regresar a mi cama. En aquellos días, infligir dolor parecía ser la única manera de demostrarle a alguien que yo era más fuerte, que era superior.

—¿Y lo... hacías bien? —pregunté como una tonta.

Me di cuenta de que ese mismo brillo se apoderaba de los ojos de Gabrielle, pero esta vez simplemente me dio igual.

—¿Tal vez a mi señora le gustaría juzgarlo por sí misma? —respondió Gabrielle, soltando más palabras seguidas de una sola vez de las que había pronunciado hasta entonces.

—Sí —repliqué, al tiempo que todas las terminaciones nerviosas de mi columna se encendían a la vez—. Bésame, Gabrielle —dije con la voz ronca y bastante sin aliento.

Deslizó despacio las manos por mis muslos hasta posarlas en mis caderas. Incorporándose sobre las rodillas, se acercó y me besó, delicadamente al principio. Sus labios se posaron sobre los míos y disfruté de la sensación de su piel suave y cálida. Esto era lo que pensaba que sentían aquellos amantes cuando se besaban. Me besó de nuevo, una caricia lenta y prolongada, y yo ni siquiera pude responder. Estaba paralizada en el sitio, mientras mis emociones corrían desbocadas en diez direcciones distintas a la vez.

No paraba de decirme que ya me habían besado, pero cuando Gabrielle sacó la punta de su lengua rosa y la pasó por mi labio inferior, envolviendo mi boca con un beso increíblemente apasionado, me sentí como una virgen. Le sujeté la cabeza con las manos y la acerqué más a mí, dejando que su lengua explorara mi boca, regodeándome en su sabor. La boca de la pequeña rubia se tragaba mis gemidos y, como de costumbre, Gabrielle no hacía el menor ruido.

Al apartarme de mala gana para coger aire, el corazón me palpitaba casi dolorosamente dentro del pecho. Advertí que, al menos, el rostro de mi joven esclava estaba encendido de deseo. Seguro que había tenido que dar placer de este modo miles de veces, pero en esta ocasión parecía que no había dejado de afectarla.

Me quité la bata y me acosté en la cama, estirando el cuerpo desnudo sobre el colchón.

—Ven aquí, Gabrielle, y bésame —ordené, y ella dejó caer su bata al suelo y se echó a mi lado.

Mis manos deseaban tocar cada centímetro de su cuerpo al mismo tiempo y la pegué bien a mí, entre mis piernas abiertas, sólo para sentir la suavidad de su piel en contacto con la mía. Las cosas que hacía su lengua dentro de mi boca desataron una riada en mi sexo excitado y no tardé nada en estar empapada.

Yo ya había besado a otras mujeres durante el sexo, un sexo duro y animalesco, una cópula en busca de poder o posición. En las últimas estaciones, había practicado el sexo sólo por necesidad o para relajarme. Caí en la cuenta de que ni siquiera me acordaba de la última vez que había tenido sexo con alguien por simple placer: es decir, hasta Gabrielle. Estos besos no eran voraces ni ásperos: eran suaves y apasionados, llenos de una tranquila sensualidad.

Cuando levanté la mirada al cabo de un rato, parecía que la vela se había consumido hasta la mitad. Llevábamos más de dos marcas sin hacer nada más que acariciarnos delicadamente y besarnos. Fue en ese momento cuando me acordé de una cosa que me dijo Delia en una ocasión. En aquel momento no lo entendí, pero la claridad dentro de una estancia a oscuras depende de lo cerca que uno esté de la vela. En estos instantes, sus palabras parecían las de un oráculo. Me dijo que lo único que me hacía falta era que me besaran, a fondo y por parte de alguien que supiera lo que se hacía. Tomé nota mental para acordarme de decirle a mi cocinera que por fin había logrado su deseo.

Me temblaban las piernas y mi cuerpo estaba desesperadamente preparado para un orgasmo.

Cogí la pequeña mano de Gabrielle y la puse entre los pliegues empapados de mi propio sexo, dejando que sus dedos empezaran a hacer su magia. Justo cuando pensaba que la velada no podía resultame más embarazosa, me corrí con un sonoro quejido al cabo de tan sólo tres caricias sobre la sensible carne. Estaba mucho más que a punto y ahora sí que me sentí como ese torpe escolar.

—¡Dioses! —gemí en voz alta, intentando desesperada recuperar el control de mis extremidades temblorosas. El orgasmo me había pillado desprevenida y se había apoderado de mis sentidos antes de que estuviera preparada para ello.

Entonces Gabrielle hizo una cosa que jamás me habría esperado de una esclava. Cuando me incliné sobre la pequeña rubia, con el cuerpo echado más encima de ella que de la cama, con la frente apoyada en su hombro y los músculos aún estremecidos por la intensidad del orgasmo, noté su mano en la espalda. Me acarició la piel delicadamente, frotándome los músculos con la palma trazando pequeños círculos.

Tuve entonces la necesidad de tocarla, a esta joven esclava que parecía conocer todos mis secretos, pero que yo sabía que se los llevaría consigo a la tumba. Alcé la cabeza e inicié un beso, que posiblemente me excitó más a mí que a ella. Mientras nuestras lenguas jugaban, primero en una boca, luego en la otra, deslicé la mano entre sus piernas. Estaba casi tan húmeda como yo y, aunque intentara negar el placer que sentía en mi lecho, su cuerpo hablaba por sí mismo. Me obligué a ir despacio, aplicando a propósito caricias ligeras sobre esa carne sedosa. De su garganta no salía el menor sonido, pero cuando froté mi propio centro sobre su muslo, sus piernas se abrieron bien, como invitándome.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hundir mi mano en ella y apoderarme de lo que era mío. La avalancha de poder embriagador, mezclada con la adrenalina del orgasmo inminente, hizo que mi mente retrocediera a una época en que el sexo era descarnado y fiero para mí, una época en que mi descarga era explosiva por su fuerza. Contuve el poder empeñado en tomar y me obligué a dar. Controlé mi fuerza y restringí mi mano a esas caricias suaves y continuas, sin penetrarla siquiera. Convertí los movimientos de mis caderas en un balanceo lento y sensual y empecé a notar que el corazón de Gabrielle se aceleraba un poco, que su respiración se hacía un poco más jadeante.

Sin embargo, su silencio sumiso continuaba y no oí el menor ruido, ni un gemido ni un grito, procedentes de su garganta. De no haber sido por el instante en que su mano me aferró el hombro y por los pequeños movimientos convulsivos de sus caderas, nunca me habría percatado de su orgasmo. Dejé allí mi mano, cubriendo con la palma la humedad de su sexo mientras empujaba contra su pierna, una vez, y otra, y a mitad de la tercera embestida me corrí con un grito bien sonoro.

Apartándome despacio del pequeño cuerpo que tenía debajo, agaché la cabeza para depositar un beso en su frente sudorosa. Dejándome caer al otro lado de la cama, alargué la mano y agarré rápidamente a Gabrielle por la muñeca para impedir que abandonara mi lecho. Tenía la costumbre de arrodillarse a los pies de mi cama cuando terminaba de darme placer, para esperar mi siguiente orden o que le dijera que podía retirarse. Esta noche quería más de mi esclava y en lugar de verbalizar mi necesidad, hice lo que había hecho toda mi vida: conseguirlo sin más.

—Quédate aquí, Gabrielle —ordené, pegando su cuerpo al mío.

Eché la manta por encima de las dos y cogí a la joven entre mis brazos. La besé una vez más, como me había besado ella antes. No sé por qué, más que nada porque me daba gusto y me parecía muy bien. Gabrielle se acomodó sobre mi hombro con una expresión que me dijo que no entendía en absoluto lo que estaba pasando. Me pareció justo, puesto que yo tampoco.

Yo era con diferencia la mujer más fuerte de toda Grecia, la guerrera más temida. Sólo sabía que esta noche me había convertido en algo más que la Señora Conquistadora. Todavía no podía ponerle nombre, tampoco a las emociones que seguían corriendo desbocadas por mi interior, pero era distinto. Todo esto era muy distinto.


PARTE 5


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