Capítulo 3: El viaje a casa


Los soldados emprendieron la marcha mientras yo me despedía de Telamon. Bajé los escalones de piedra, disfrutando del frescor de la brisa primaveral. Hacía suficiente frío para llevar un manto durante el día, lo cual haría necesaria una tienda por la noche. Los carromatos que llevaban los suministros, la comida y las tiendas para nuestra caravana iban en último lugar. Vi a Gabrielle esperando en silencio junto a Sylla y mi sanador, Kuros.

Kuros era un hombrecillo extraño, otro de mis empleados, no un esclavo. Era un etrusco procedente de una tierra situada muy al norte de Grecia. En los días en que me dedicaba a la piratería, antes incluso de que se me conociera como a la Destructora de Naciones, derroté a una banda de piratas etruscos cerca de Córcega. El sanador que iba a bordo del barco era experto en una serie de artes curativas que yo no conocía. A cambio de su libertad, Kuros me enseñó las técnicas curativas aparentemente mágicas que conocía. Una vez obtuvo la libertad, el hombrecillo cambió de opinión y solicitó ser mi sanador privado.

Sylla le dijo algo a Gabrielle y la rubia asintió mientras mi doncella se montaba en el carromato al lado de Kuros. Fui hasta Gabrielle y le indiqué que me siguiera. Tuve que acortar de forma considerable las largas zancadas que me salían de forma natural y así y todo, Gabrielle casi tuvo que echar a correr para seguirme.

—Señora Conquistadora —dijo Atrius, entregándome las riendas de mi caballo.

Tenorio era un semental negro como la noche que tenía la fuerza de un toro y la agilidad de una mariposa. Era un caballo de guerra como ningún otro y para mí valía más que todo el oro de Grecia. El orgulloso animal nunca había sentido a nadie que no fuera yo sobre su lomo, pero estaba convencida de que el animal aceptaría la pequeña carga adicional que yo tenía en mente.

—Ésta es mi nueva... esclava personal —le dije a Atrius, sin saber muy bien por qué me negaba a usar las palabras "esclava corporal"—. Se llama Gabrielle —terminé, y Atrius saludó a la muchacha con la cabeza—. Gabrielle, éste es Atrius, capitán de mis ejércitos. Si alguna vez me separo de ti, la suya es la cara que tienes que buscar. ¿Comprendes? —Era como si tuviera que preguntarle a Gabrielle directamente si me comprendía, porque si no, jamás la oiría pronunciar palabra.

—Sí, mi señora.

Me monté de un salto en el musculoso lomo del semental y le ofrecí la mano a Gabrielle. Vi que tragaba saliva y cuando me cogió la mano, advertí que estaba temblando. Me eché hacia atrás en la silla.

—¿De qué tienes miedo? —pregunté confusa.

Levantó la mirada y fue la primera vez que sus ojos se encontraron con los míos sin que yo tuviera que obligarla. Miró de nuevo al animal y dijo suavemente:

—Es muy grande, mi señora.

Me eché a reír y los que nos rodeaban se volvieron para mirarnos. Era muy raro verme reír, pero el miedo de la pequeña muchacha me parecía muy lógico. Era por lo menos dos cabezas más baja que yo y pensé que si yo fuera de su tamaño, también estaría un poco preocupada.

—Dame la mano, Gabrielle —ordené y ella así lo hizo obedientemente.

La subí sin esfuerzo a la silla colocándola delante de mí: al fin y al cabo, no pesaba más que un saco de higos. La acomodé para que se apoyara en mi cuerpo y el calor que eso me provocó entre las piernas era una sensación que hacía mucho tiempo que me había acostumbrado a no sentir. Atisbó por el costado del caballo y se echó hacia atrás de nuevo.

La miré con sinceridad mientras nos poníamos en marcha.

—No te preocupes, Gabrielle, Tenorio no dejará que te caigas. —Dicho lo cual, le rodeé la cintura con el brazo y la pegué a mí. Tardé mucho rato en quitarle el brazo de la cintura.


Pasaron unas cuantas marcas y empecé a notar que Gabrielle se agitaba en la silla. Le podría haber preguntado qué le pasaba, puesto que ya tenía mis sospechas. La muchacha se había bebido cuatro tazas de agua justo antes de partir y me parecía que estaba empezando a notarlo. Pero quería que Gabrielle hablara por sí misma y ésta era mi sutil técnica de formación. No quería pasar el resto de mi vida con una joven que tenía miedo de su propia sombra, por lo que decidí ser tan amable con la muchacha como me permitiera mi escaso buen genio.

Dioses, ¿en qué estaba yo pensando últimamente para decir cosas así? ¿Cómo se me ocurría pasar mi vida con una esclava de la que en realidad no sabía nada? Un ama y su esclava pueden tener muchos tipos de relación, pero no como gobernante y consorte, eso no se hace. ¿Verdad?

Aguantó una marca más hasta que mi extraordinario oído captó la tenue llamada de atención.

—¿Mi señora? —susurró.

—Sí, Gabrielle.

—¿Puedo... me das permiso... para ir a los arbustos? —terminó.

Saqué a Tenorio del camino y Gabrielle pareció sorprenderse de verdad porque no me había limitado a depositarla en la cuneta. Con mis soldados pasando al lado, lo último que quería era que mi esclava personal orinara delante de ellos. Subimos por una ligera cuesta, nos metimos en un claro del bosque y yo desmonté primero. Una vez en el suelo, Gabrielle parecía no saber si debía proceder. Sintiéndome de repente incómoda, retrocedí, con las riendas del caballo en las manos.

—Voy a estar... estooo, por allí... para que puedas estar en privado —murmuré torpemente.

Era la primera vez que decía estooo desde que tenía doce años. ¿Qué me estaba pasando? Gabrielle me miró como si de repente me hubiera salido otra cabeza. ¿En privado? ¡A los esclavos les da igual estar en privado! Me volví y regresé por donde habíamos venido, dejando que Tenorio bebiera del riachuelo que cruzaba nuestro camino. No tardé en oír a Gabrielle que volvía a mi lado.

—¿Te encuentras mejor? —pregunté con cara risueña.

Una vez más, la sorpresa asomó a la cara de la muchacha. Por los dioses, ¿es que nadie hablaba nunca con ella? Tenía que seguir recordándome a mí misma que Gabrielle era esclava. En las últimas estaciones, me había rodeado de tantos empleados y empleadas que me estaba costando un poco recordar cómo era la vida de un esclavo. Por supuesto que nadie hablaba con ella, y menos para preguntarle su opinión o cómo estaba. Era una propiedad, y la mayoría de los amos pensaban que preguntarle a un esclavo cómo se sentía tenía tanto sentido como hacerle esa misma pregunta a un caballo.

Vi que Gabrielle asentía y carraspeé antes de hablar.

—Gabrielle. —Me callé hasta que me miró—. Sólo puedo suponer que en el pasado o te han ignorado o te han maltratado de algún modo por expresar tu opinión. Creo que es importante que dejemos sentadas unas bases dentro de nuestra relación.

¿Acababa de decir relación? Por los dioses, no quería decir eso... ¿o sí?

—Si me vas a servir personalmente, voy a desear algo más que el simple placer físico. Tengo necesidad de... necesidad de compañía —dije, bajando la mirada para ver el efecto que tenían mis palabras en la joven esclava.

Gabrielle caminaba a mi lado, con el rostro tan inexpresivo como siempre. Respiré hondo y me pregunté si todo esto merecía la pena. ¿Adiestrar a una esclava para que fuera mi acompañante? Parecía tan redundante como pagar a alguien para que fuera mi amigo. Esta muchacha era tímida y timorata y había pasado la mayor parte de su vida desarrollando las actitudes sumisas que la mantendrían con vida como esclava. No podía esperar de ella que olvidara una vida entera de adiestramiento en un solo día. Volví a tomar aliento y me planteé si a Gabrielle le apetecería siquiera encontrarse en esta situación. En el pasado, jamás me había preocupado por lo que quería un esclavo. Ahora, me parecía importante, pero no sabía por qué, sólo que eso era lo que sentía. Mi paciencia, o más bien mi falta de ella, es legendaria. ¿Poseía el aguante necesario para una tarea como ésta?

De nuevo dejé de caminar y cuando me paré, Gabrielle se detuvo. Llegamos a otro riachuelo, un poco más grande que el primero que habíamos cruzado. Me di cuenta de que Gabrielle me habría seguido sin la menor duda y se habría metido de lleno en el agua helada, pero llevaba botas decorativas de mujer y las mías estaban hechas de cuero resistente, diseñadas para el exterior. La levanté en brazos sin dificultad y volví a depositarla en el suelo al otro lado del riachuelo. El asombro de su cara empezaba a ser típico, pero esta vez me pareció que debía hacer algún comentario.

—Sylla no me dejaría en paz si te permitiera cabalgar el resto del día con las botas mojadas —dije, emprendiendo de nuevo la marcha para salir del bosque.

Cruzamos por el campo de hierba hacia el camino y reanudé la conversación.

—Como he dicho antes, comprendo que es posible que te hayan castigado por tus ideas u opiniones, pero si vamos a pasar el tiempo juntas, no quiero tener la sensación de que estoy hablando con la pared. Quiero oírte, Gabrielle. Quiero que sepas que cuando te haga una pregunta, si dices la verdad, jamás te castigaré por la respuesta. ¿Comprendes lo que digo... lo que te pido? —pregunté, haciendo una pausa para levantarle la barbilla hacia mí.

—Sí, mi señora —contestó, y pensé que ahora era un buen momento para realizar una pequeña prueba.

—Gabrielle, ¿quieres caminar un poco o estás preparada para volver a montar?

Inmediatamente miró a Tenorio, que caminaba a nuestro lado. El lomo del animal superaba la altura de su cabeza y la expresión de su rostro me dijo que volver a montar en el animal era para ella el equivalente de escalar una alta montaña. Quería ver si me iba a contestar con sinceridad y, como iba a ocurrir siempre, la joven me sorprendió.

—Prefiero caminar, mi señora —contestó vacilante.

—Pues caminaremos —dije y me volví hacia ella para que pudiera ver mi sonrisa.

No me devolvió la sonrisa, pero sus ojos se animaron un poco y pensé que al menos era un comienzo. Yo no sonreía mucho, al menos de una forma auténtica como ésta. No tenía en cuenta la sonrisa feroz que usaba en el combate o al dictar sentencia sobre un enemigo capturado. Esta sonrisa era la que reservaba para los momentos en que algo me causaba auténtico placer y esos momentos eran escasos. Por lo general parecía fuera de lugar en mi cara: un ceño hosco me resultaba mucho más natural. Sin embargo, sonreí a Gabrielle, en parte para expresar mi alegría porque había entendido lo que le pedía y también porque me apetecía.

Estuvimos caminando una marca más y advertí que Atrius había enviado a unos miembros de la guardia de palacio para protegerme. Incluso después de tantas estaciones, todavía se me olvidaba que, como era la soberana de Grecia, podía haber gente que quisiera matarme, a pesar de que el país disfrutaba de prosperidad económica gracias a mí. Tal vez me estaba haciendo más confiada a medida que envejecía, pero todavía era una guerrera temible y rara vez se me ocurría pensar que no podría ocuparme de cualquier enemigo al que me enfrentara.

Si los otros hubieran estado más cerca, jamás habría dicho las cosas que le dije a mi joven esclava. Seguimos caminando y me descubrí diciéndole cosas que apenas sabía que sentía. Incluso logré que me contestara de vez en cuando, pero sacarle una opinión era casi imposible. Sí que averigüé algo sobre su pasado, pero incluso obtener esa información resultó ser todo un desafío.

—Gabrielle, ¿qué edad tienes? —pregunté.

—Veinte veranos, mi señora —contestó.

—¿Desde cuándo eres esclava?

—Desde la estación en que cumplí diez veranos, mi señora.

—¿Y desde cuándo eres esclava corporal? —continué.

—Desde esa misma estación, mi señora —contestó, y me pareció que se le quebraba la voz.

Por los dioses, me encogí por dentro, ha servido en el lecho de un amo desde que era niña. No es posible que las Parcas sean tan crueles.

—El mundo no es siempre como nos gustaría que fuese —afirmé en voz baja, y supe que la joven estaba de acuerdo, aunque guardó silencio—. Gabrielle, ¿cuál es tu mayor deseo? —pregunté, pensando que no me estaba expresando bien.

—¿Mi señora?

—Un deseo. Si pudieras tener cualquier cosa que quisieras, ¿qué sería?

Me esperaba que la respuesta fuera su libertad. ¿Podía haber algo que un esclavo deseara más? Una vez más, mi pequeña esclava me dio la respuesta que jamás me habría esperado.

—Poder escribir mis historias. Es decir, poder tener tiempo y suministros para escribir todas las historias que tengo en la cabeza en pergaminos, para que las lean otros.

—Muy interesante. ¿Sabes leer y escribir?

—Oh, sí, mi señora —contestó y me pareció percibir cierto orgullo en su voz.

—Muy impresionante —añadí, pues sabía que pocos esclavos tenían la oportunidad de aprender a leer y escribir—. ¿Crees que un amo va a dejar que una esclava pase así sus días? —pregunté. Quería ver lo fuerte que era su deseo.

—Tal vez... —empezó con un hilito de voz—, tal vez si me portara muy bien... y fuera muy obediente... —No acabó la frase, al darse cuenta, estoy segura, de que ese sueño estaba totalmente fuera de su alcance.

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Tal vez por eso la actitud de la pequeña rubia era la más sumisa que había visto nunca en un esclavo, por eso aceptaba todo lo que le ocurría y por eso realizaba todo lo que se le ordenaba, sin rechistar. Tal vez tenía la esperanza de que si era lo bastante sumisa, algún amo se apiadaría de ella y le permitiría escribir sus historias. Qué deseo tan extraño para una esclava.

—De modo que esto es lo que eligirías por encima de cualquier cosa, ¿eh?

Gabrielle asintió con la cabeza, y no sé ni cómo ni por qué se me ocurrió la idea, pero me pareció importantísimo ser la persona que convirtiera en realidad el deseo de esta joven esclava.

—Me parece que no será una tarea difícil de realizar cuando volvamos a casa.

Dije la palabra casa como si para mí significara algo más que un simple palacio desde donde gobernaba. Desde luego, ahora parecía ser algo más. Tal vez se debía a haber estado fuera tanto tiempo, pero posiblemente tenía algo que ver con la joven que caminaba a mi lado.

Gabrielle inclinó la cabeza, pero de repente, su paso pareció hacerse más ligero y si lo que tenía en la cara no era una sonrisa, se parecía mucho.

—¿Mi señora? —preguntó.

—¿Sí, Gabrielle? —respondí, sin bajar la mirada.

—¿Me das permiso para hacerte una pregunta?

Sonreí por dentro.

—Te lo doy.

Dudó un momento y luego dio la impresión de que decidía renunciar a toda precaución.

—¿Qué es lo que deseas tú?

La pregunta que me hizo me sorprendió tanto como la respuesta que había dado a mi propia pregunta. Por supuesto, podría haber contestado de mil maneras, pero en ese momento, con esta joven a mi lado, sólo se me ocurrió una cosa que deseara de verdad.

Me detuve y miré a la esclava, levantándole la barbilla para que me mirara directamente a los ojos. Siempre parecía incapaz de hacerlo, pero esta vez le faltó poco, y movió los ojos nerviosa bajo mi mirada directa.

—Deseo que algún día me toques porque tú quieras hacerlo, Gabrielle, no porque yo te lo ordene.

Dar la vuelta a las tornas está bien, y cuando le solté la barbilla y seguí caminando, supe que mi respuesta la había sorprendido a ella por una vez.


PARTE 4


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