Capítulo 2: Tanteando el terreno


Noté la presencia de otra persona en la habitación antes de que la pesada cortina se apartara de la ventana principal y el sol de primera hora de la mañana me hiciera encogerme, aunque seguía con los ojos cerrados. Sylla se movió por la habitación, preparando las cosas en silencio para mi mañana. Como doncella personal mía, cumplía sus órdenes con el debido silencio. Tanto si había dormido toda la noche como si me había desmayado en el suelo justo antes del amanecer, Sylla me despertaba todas las mañanas al salir el sol. Normalmente yo ya estaba despierta, a menudo trabajando ya en mi escritorio mucho antes de que ella entrara en mis aposentos.

Sylla solía dejar que la luz de la mañana entrara en la habitación y luego procedía a encender lámparas o velas adicionales. Recogía la ropa que yo había dejado tirada por ahí al desvestirme la noche antes, se ocupaba de que me prepararan el baño y luego me traía la comida de la mañana. Y no era distinto cuando viajaba. Su programa nunca variaba, y sé que agradecía que mi temperamento se hubiera suavizado con los años. Antes se llevaba sus buenas dosis de improperios e insultos por mi parte, pero en mañanas como ésta, cuando tenía tal resaca que me quería morir, sí que tendía a volver a ser como aquella antigua Xena.

Lo curioso era que Sylla nunca me contestaba, nunca se iba de la habitación hecha un mar de lágrimas, y aún más pasmoso era el hecho de que no recogiera sus cosas y se marchara. Era una empleada, no una de mis esclavas, lo cual, ya de por sí, era bastante raro. Entró en el castillo cuando murió su padre, un leal soldado de mi ejército que tenía cierta reputación en el campo de batalla. El día en que Delia me preguntó si la muchacha podía trabajar para mí, hice lo que siempre hacía entonces, hace unas diez estaciones. Torcí el gesto y me encogí de hombros como si me diera igual.

Ahora bien, Delia era otra historia. Me lo preguntó porque era la única que podía salir bien librada de ello. Puedo decir con franqueza que en aquel entonces, si alguien, salvo mi cocinera Delia, me hubiera hecho esa misma pregunta, habría agarrado a la joven y la habría tomado, delante mismo de mis hombres, y luego habría dejado que trabajara para mí. ¿Por qué? Más que nada porque podía, supongo.

Delia es lo más parecido a una amiga que he tenido en toda mi vida. Era esposa del capitán de mayor confianza que había tenido jamás. Galien era más que un soldado, era un mentor y un confidente, tal vez la única figura paterna que había aceptado en mi vida. Cuando agonizaba en un campo de batalla de la Galia, lo sostuve y vi cómo moría desangrado, sabiendo que poca cosa podía hacer para salvarlo. Le dije que cualquier deseo que tuviera, si estaba en mi mano, se lo concedería. Me extrajo ese día la promesa de que me ocuparía de que su esposa estuviera siempre atendida. Cuando regresé de esa campaña, Delia entró en el castillo.

Es la única persona de toda Grecia que no parece tenerme miedo. Discute conmigo, me echa broncas y en general me trata como a la niña malcriada que suelo ser casi todo el tiempo, y yo la quiero por ello. Acabó aburrida de no hacer nada en el castillo y cuando empezó a cocinar para mí, puse al anterior cocinero de patitas en la calle. Era una diosa culinaria, y mis banquetes, en el palacio de Corinto, se habían convertido en la envidia de todo mi imperio.

Me incorporé sobre un codo y abrí despacio los ojos, lo cual no hizo sino aumentar mi dolor de cráneo. Me quedé mirando un momento mientras Sylla se dedicaba a sus quehaceres matutinos. Miré a la esclava que compartía mi cama. Tenía el rostro menos tenso al dormir y no pude evitar alargar la mano y rozarle los labios con la yema de los dedos. Sus párpados se abrieron de golpe, revelando unos sobresaltados ojos verdes.

—Mi señora —exclamó Gabrielle y prácticamente se tiró de la cama para adoptar su postura de rodillas en el suelo.

Bueno, no era eso exactamente lo que yo buscaba, pero me costó no sonreír a la joven esclava. Estaba desnuda y no parecía perturbada por el hecho de que Sylla se moviera a su alrededor.

—Buenos días, Señora Conquistadora —dijo mi doncella—. Ya están aquí los jóvenes con el agua para tu baño. —Los ojos de Sylla indicaron el cuerpo desnudo de Gabrielle y no supe si la preocupación de mi doncella era por Gabrielle o por los jóvenes de la cocina.

Tuve una rápida revelación y me di cuenta de que no me apetecía que nadie viera desnuda a Gabrielle, salvo yo.

—Gabrielle, vuelve a la cama. Sylla cree que vas a pillar un resfriado ahí abajo —dije riendo.

Gabrielle se metió de nuevo bajo las sábanas que yo le sostenía abiertas y le hice un gesto a Sylla, que dejó pasar a varios jóvenes cargados con cubos de agua para la gran bañera que iba a usar para darme un baño. Tuvieron que hacer varios viajes, pero ninguno desvió la mirada, ninguno salvo un chico. La tentación de ver a la Conquistadora en la cama debió de superarlo, por lo que alzó los ojos y los posó no en mí, sino en mi esclava. Tuve un destello de una época anterior de mi vida y me vi a mí misma levantándome de la cama y destripando al muchacho con mi espada.

En cambio, un gruñido grave salió retumbando de mi pecho y vi a Gabrielle por el rabillo del ojo. Me miró rápidamente, estoy segura de que preguntándose de dónde salía ese ruido. Cuando estaba furiosa, podía sonar como el gruñido de un perro y cuando estaba excitada, como el ronroneo de una pantera. Ahora mismo, sonaba de todo menos satisfecho o seductor.

—Si quieres vivir un día más, muchacho, más vale que poses esos ojos en otra parte —solté.

Sylla vio el problema inminente y se apresuró a intervenir antes de que la cosa fuera a más.

—A ver, chicos... a lo vuestro. Ya hay suficiente agua, fuera todos de aquí. —Sylla sacó a los chicos de la habitación y los envió por las escaleras de servicio.

Dejé caer la cabeza en la almohada justo en el momento en que alguien se puso a dar golpes en la puerta de entrada de la habitación exterior.

—¡Por las pelotas de Ares! ¿Es que nadie sabe a qué hora me quedé dormida anoche? —bramé, haciendo que me doliera aún más la cabeza.

—Es tu capitán, Señora Conquistadora —me informó Sylla.

—Está bien, está bien. —Le hice un gesto a Sylla para que dejara pasar a Atrius.

—Señora Conquistadora —dijo Atrius en voz baja, lo cual le hizo subir puntos, teniendo en cuenta cómo tenía la cabeza. Los perdió, sin embargo, por su expresión risueña al ver a Gabrielle todavía en mi cama.

—Atrius, ¿tienes algún motivo para molestarme antes de que haya tenido siquiera la oportunidad de bañarme?

—Perdona lo temprano de la hora, Señora Conquistadora, pero expresaste tu deseo de regresar a Corinto en cuanto hubieran terminado aquí los problemas. ¿Te parece bien hoy?

Me lo pensé un momento. Ahora estaba deseosa de volver a casa y me pregunté si tendría algo que ver con la joven que estaba en mi cama.

—Sí... hoy está bien, parece que nos va a acompañar el buen tiempo. ¿Podemos estar preparados para media mañana?

—Sí, Señora Conquistadora —replicó Atrius.

Asentí haciéndole un gesto para que se retirara y empujé las almohadas hacia el cabecero de la cama. Me senté ahí y miré a Gabrielle, que estaba tumbada con las manos recogidas sobre el estómago. Pensé en gozar de la bonita esclava, pero me lo pensé mejor al darme cuenta de que al cabo de pocas marcas mi ejército estaría preparado para marchar de vuelta a Corinto.

—Parece que nos volvemos a casa hoy, Sylla. Me temo que Gabrielle no está equipada para un viaje. Llévala al mercado y compra lo que vaya a necesitar hasta que regresemos a palacio. ¿Tienes algo que le puedas prestar mientras? No quiero que ninguno de estos soldados la vea con la bata.

—Sí, Señora Conquistadora —contestó Sylla.

—Gabrielle, ve con Sylla y, por los dioses del Olimpo, abre la boca o acabará vistiéndote como a una virgen de Hestia.

Les sonreí a las dos con humor, pero sólo Sylla sonrió a su vez, meneando la cabeza ante mis modales. Gabrielle parecía un poco aturdida y confusa por todo lo que había ocurrido en las últimas doce marcas. Se fue detrás de Sylla, vestida con la bata que había llevado la noche antes, con el rostro tan impasible e inexpresivo como siempre. Me pregunté cuánto tiempo hacía que esa muchacha no sonreía.


Cuando ya estaba lavada y vestida para viajar, Sylla trajo de nuevo a Gabrielle a la habitación donde estaba dispuesto el desayuno. Mi doncella se quedó esperando a que la atendiera mientras yo usaba mi anillo para sellar un mensaje que debía ser enviado con antelación a Corinto. Por alguna razón, me parecía importante que las habitaciones que había en palacio al otro lado del pasillo frente a las mías estuvieran preparadas para la llegada de Gabrielle. Me reí de mí misma. Dioses, se podría pensar que traía a mi reina a palacio. Curiosamente, así era como me sentía exactamente.

Como de costumbre, Gabrielle se arrodilló, con la cabeza inclinada, esperando pacientemente. Cuando levanté la vista, apenas la reconocí. Parecía más delgada con la ropa que envolvía su pequeña figura, y pensé que nuestra primera tarea debía ser alimentar a la muchacha adecuadamente.

—Muy bien. Buen trabajo, Sylla.

—Gracias, Señora Conquistadora —respondió mi doncella con una ligera sonrisa.

Mis cumplidos eran poco frecuentes, pero estaba aprendiendo que obtenía mejores resultados, tanto del servicio contratado como de mis esclavos, si de vez en cuando dejaba caer una pequeña alabanza. No me salía de forma natural, eso de tratar a la gente con compasión. No entendía por qué, pero por otro lado, nunca me había parado de verdad a examinar mi vida hasta hacía poco. ¿Por qué la hosquedad y la ira celosa son unas emociones tan naturales para mí? Repaso mi vida y sólo veo una bruma de oscuridad que me rodea y que la luz no consigue penetrar. Algunos días me pregunto si existe una luz lo bastante brillante como para disipar esta clase de oscuridad. Normalmente lo pienso más o menos al mismo tiempo que me pregunto si intentar ser una soberana más benévola a estas alturas del juego tendrá algún valor cuando me encuentre con Hades. ¿Alguien podría superar un pasado como el mío?

—Sylla, partiremos pronto. Enviaré a uno de mis guardias a buscarte. Quiero que vayas con Kuros, en el carro del sanador. Gabrielle montará conmigo —terminé, despidiendo a la joven. A Sylla se le dilataron los ojos cuando le dije que mi esclava iría a caballo, pero cerró la boca y salió de la habitación.

Gabrielle apenas había movido un músculo en todo este tiempo.

—Gabrielle, ¿tienes hambre? —pregunté.

—No requiero gran cosa, mi señora —contestó.

Todas las respuestas que daba estaban pensadas para resultar ambiguas en todos los sentidos. Era uno de los métodos con los que había conservado el favor de sus amos. Ahora yo dudaba de que pudiera contestar a una pregunta directa sin insistir un poco.

—Mírame, muchacha.

Gabrielle levantó despacio la cabeza, para no desobedecer, pero advertí que le costaba mirarme a los ojos.

—¿Tienes hambre? —pregunté de nuevo, vocalizando bien.

Asintió con la cabeza, bajando los ojos al mismo tiempo.

—Sí, mi señora —contestó con un tono muy inseguro.

—Pues ven aquí y come.

Alzó la mirada y luego volvió a agachar la cabeza, pero no sin que yo captara más confusión en sus ojos. Supongo que pensaba que le iba a pasar la comida a mano o que le iba a poner un plato en el suelo. Yo había entrenado incluso a algunas esclavas corporales para que comieran sólo de mi mano, reforzando la idea de que sólo yo era su dueña. No tenía la menor intención de volver a tratar jamás a una esclava de esa manera.

Me levanté de la silla y me agaché sobre una rodilla delante de ella. Le levanté la barbilla con delicadeza y advertí, por su manera de apartar los ojos de mí, que se esperaba que le diera un golpe con la mano. La usé en cambio para apartarle el pelo rubio de la cara. Le acaricié la mejilla con el pulgar durante unos segundos, como si fuera un potrillo asustado al que estuviera apartando del lado de su madre por primera vez.

—Tranquila —dije, y me levanté, tirando de ella—. Cuando yo coma, será en la mesa, y ahí es donde quiero que comas tú también. Siéntate. —La coloqué en la silla que había frente a la mía y le puse dos fuentes delante—. Come todo lo que quieras de lo que hay aquí, Gabrielle. ¿Me entiendes?

—Sí, mi señora —contestó.

Me volví y fui a otra mesa pequeña al otro lado de la habitación, fingiendo que estaba muy ocupada sirviéndome una pequeña copa de vino. En realidad quería ver si la muchacha comía los alimentos que le había puesto delante. Serví también una taza de agua, volví con las dos cosas y le puse el agua delante, quedándome yo con el vino. Rara vez permitía que los esclavos bebieran alcohol.

Gabrielle mordió tímidamente un higo partido y mordisqueó la fruta largo rato. Me senté frente a ella y saqué media docena de pergaminos de un estuche, colocándolos en la mesa a mi lado. Me puse a leer los pergaminos, en su mayoría peticiones y solicitudes más aburridos que el Tártaro, pero fingí estar absorta y no prestar atención a la joven que estaba frente a mí. Mi vista periférica es excelente y mientras leía, observaba a Gabrielle.

Cuando se dio cuenta de que lo de la comida lo había dicho en serio, se puso a comer de verdad, y pensé que la muchacha debía de estar muerta de hambre. Hizo desaparecer una fuente entera de comida y cuando iba por la mitad de la otra, pareció quedarse sin energía. Cogió la taza de agua y se la bebió entera de unos cuantos tragos.

—Gabrielle —dije con tono distraído, sin apartar los ojos del pergamino que estaba leyendo—, si aún tienes sed, puedes ponerte agua de la jarra que hay en la mesa.

Fingí de nuevo que me daba igual lo que hiciera después de haberle dado permiso, pero la observé con disimulo en los aledaños de mi campo visual. Miró la jarra y luego me miró a mí de nuevo. Era evidente que la muchacha quería otra taza de agua, así que ¿por qué no se levantaba y se la ponía? Rodeaba la taza con las manos agarrotadas y vi que tenía los nudillos blancos por lo que sólo pude interpretar como miedo. Por fin se levantó y se sirvió el agua, sin dejar de mirarme todo el tiempo. Se sirvió tres tazas y se las bebió enteras antes de volver a su silla. Me habría echado a reír por lo que hacía si no me hubiera producido una tristeza tan honda.

Gabrielle era el vivo retrato de la esclava derrotada. No necesitaba tener cicatrices en la espalda para saber lo que era el castigo, sobre todo como esclava corporal. Imaginad una bofetada en la cara, no lo bastante fuerte como para causar una contusión o cortar la piel, o una patada en la espinilla, suficiente para hacerte tropezar y arañarte las manos, o incluso la privación de alimentos durante días seguidos. Ésas eran las formas en que se castigaba a una esclava cuyo cuerpo debía mantenerse en perfecto estado. ¿Los amos anteriores habían jugado a las privaciones con esta muchacha hasta conseguir que se comportara como un perro apaleado? ¿Le habían dado permiso, para castigarla una vez lo aprovechaba?

Por supuesto que sí. Era lo que hacía yo antes, sin más motivo que porque me divertía.


PARTE 3


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