Capítulo 18: El día más feliz... la hora más feliz


Oí sus leves pasos antes de notar cómo me apartaba el pelo a un lado y me hacía cosquillas en la nuca con los labios. Más rápido de lo que se esperaba, me volví, la agarré por la cintura y me puse a la pequeña figura en el regazo.

—¡No vale! —exclamó Gabrielle entre risas.

—Ah, ¿y que tú robes un beso sí vale? —pregunté con falsa severidad.

—No me ha parecido que tuviera que robarlo —replicó Gabrielle—. Me parece que lo has entregado muy deprisa, Conquistadora —dijo, acercándose para darme un rápido beso en la mejilla.

El dolor y el sufrimiento del día anterior habían desaparecido entre las dos, sustituidos por una sensación casi vertiginosa de amor primerizo. Gabrielle parecía incluso otra mujer: se comportaba de una forma totalmente distinta, y no comparada con cómo se comportaba cuando la conocí, sino desde el día anterior. Parecía segura de sí misma y fuerte, y sentí que me volvía a enamorar de ella. Me tomaba el pelo con el título de Conquistadora, y sentí que el vínculo que había entre nosotras se había solidificado, para que las dos pudiéramos aceptar una cosa así.

—Sabrás que tienes que pagar por robar ese beso —dije, poniéndome en pie y levantándola sin dificultad en mis brazos. Entré en la estancia exterior, pensando en nuestro dormitorio.

—Oh —ronroneó Gabrielle con tono seductor—, ¿y cuál va a ser mi castigo?

Me detuve en medio de la estancia exterior, con la libido humeante convertida en una hoguera ardiente gracias a la voz de Gabrielle. La miré enarcando una ceja y le dirigí una sonrisa traviesa.

—Tendrás que devolverlo —susurré.

Nuestros labios se unieron en un beso que no tenía nada que ver con los que nos habíamos dado hasta entonces. La única manera de describirlo con meras palabras es diciendo que fue poderoso. Ese solo beso no tardó en convertirse en otro y otro, hasta que me empezaron a temblar las rodillas por causa de algo que tenía poco que ver con el peso de la pequeña figura que sostenía en mis brazos. Por desgracia, justo en ese momento se abrió la puerta. No sé quién se llevó la mayor sorpresa, Sylla o nosotras dos. Se me había olvidado por completo que mi doncella... perdón, nuestra doncella, entraba en los aposentos cada mañana para despertarme. Se había acostumbrado a no entrar en nuestro domitorio, pero supongo que pensaba que todavía podía entrar en la estancia exterior.

—Ah... eh... perdón, Señora Conquistadora —balbuceó Sylla.

—No pasa nada, Sylla —dije riendo, sujetando aún a Gabrielle en mis brazos.

De repente, mi amante debió de sentirse un poco tonta, cosa que me sorprendió, pero lo atribuí al nuevo concepto que tenía Gabrielle de sí misma. Era una mujer libre y yo iba a tener que empezar a recordarlo.

—Xena, bájame —ordenó Gabrielle y la obedecí de inmediato, ante el asombro de Sylla.

La joven doncella arregló la habitación y trajo las bandejas con nuestro desayuno. Me fijé en que las dos jóvenes estaban cuchicheando muy pegadas la una a la otra. Sylla me miró con desconfianza varias veces mientras yo entraba y salía de mi estudio. Lo achaqué al moratón que todavía tenía Gabrielle en la mejilla y que ya estaba desapareciendo. Por fin, vi que Sylla abrazaba a Gabrielle con fuerza y supe que mi joven amante le había comunicado a su amiga su importante noticia.

—Xena... ¿te vas a sentar a comer algo? —preguntó Gabrielle.

Me acerqué y me metí un pedacito de molleja en la boca.

—Tengo que bañarme y arreglarme, hoy se van a dictar el veredicto y la sentencia. Además, —deposité un besito en la coronilla dorada—, tú también tienes que arreglarte.

—¿Yo? —preguntó Gabrielle sorprendida.

—Sí, ¿no quieres presenciar el acontecimiento?

—Sí, pero yo...

—Será la primera vez que pises la Gran Sala como mujer libre y quiero tenerte a mi lado —contesté sin esperar a que me respondiera.

Gabrielle sonrió, y cuando entré en la sala del baño, oí que las dos mujeres se ponían a discutir animadamente sobre cómo debía vestirse la futura esposa de la Conquistadora para pasar un día en la corte.


No sé cómo describir lo que sentí al entrar en la sala. Normalmente entraba sin más mientras Antillius, el consejero más joven a mi servicio, me anunciaba. Antillius me caía bien. Era un joven honrado, igual que lo había sido su padre, que me sirvió acertadamente como consejero durante muchas estaciones. Repaso los veranos que han transcurrido en este palacio y me doy cuenta de que, a pesar de todos mis excesos, siempre he tenido un lado amable. Sólo que no hacía acto de presencia muy a menudo. El padre de Antillius fue consejero a mi servicio hasta que durante un invierno una fiebre lo consumió hasta el punto de que no pudo recuperarse. Ahora podía echar un vistazo por el palacio y darme cuenta de que casi la mitad del personal a mi servicio estaba compuesta por personas a las que había recompensado de un modo u otro. O eso, o sentía que les debía algo a sus padres, aunque así había acabado en esta desastrosa situación con Kassandros, ¿no?

La costumbre era que todos los presentes en la sala se quedaran de pie hasta que yo me sentaba. En este día, entré en la estancia con Gabrielle, guiándola con la mano estratégicamente colocada bajo su codo. Quería dejarlo claro: por el modo en que Gabrielle caminaba a mi lado y no detrás de mí, su posición en palacio, además de en mi vida, había cambiado. Había hablado antes con Antillius para dejar escritos los documentos necesarios referentes a la libertad de Gabrielle y también para que colocaran un sillón al lado del mío. Me detuve y le indiqué a Gabrielle que tomara asiento antes que yo, otra señal de que su situación había cambiado. Era un mensaje muy claro para los presentes en la sala. Les decía que para mí el bienestar de Gabrielle estaba por encima del mío, y por tanto, eso significaba que sólo había una persona aquí que tuviera tanto poder como yo dentro del imperio.

—Su Majestad Real, la Señora Conquistadora del Imperio Griego —proclamó Antillius con voz sonora—, y la dama Gabrielle —añadió por petición mía.

Antillius sonrió ligeramente cuando pasamos a su lado y le guiñé un ojo al joven. Mientras Gabrielle y yo ocupábamos nuestros asientos, oí los murmullos entre el público. En parte se debía a la confusión creada por el título añadido al nombre de Gabrielle, y en parte a la indignación por el simple hecho de que estuviera allí. Cogí unos cuantos pergaminos de la mesa colocada junto a mi sillón y fingí repasar la información que había en ellos, mientras uno de los hombres encargados de presentar este caso ante mí se levantaba, carraspeando.

—¿Tienes algo que preguntar, Terillus? —pregunté, sin levantar la mirada.

—Ah, Señora Conquistadora...

Levanté la mirada y vi que observaba nervioso a Gabrielle. Me di cuenta de que no quería ser él quien lo comentara. Terillus era un hombre bastante decente, pero yo estaba incumpliendo la ley al permitir que una esclava se sentara en la sala.

—Ah, sí —dije como si acabara de caer en la cuenta. Lo estaba pasando en grande—. Antillius, ¿no tienes que leer una proclamación?

—Sí, Señora Conquistadora. —Se adelantó y carraspeó, mientras desenrollaba el pergamino—. Por orden de su Majestad Real, la Señora Conquistadora del Imperio Griego. —Dirigí una mirada avergonzada a Gabrielle mientras Antillius leía mi título y ella se tapó la sonrisa con una mano—. Esta mañana, su Majestad Real decreta que la esclava conocida únicamente como Gabrielle sea liberada de la servidumbre. Como marca la ley, la dama Gabrielle se presentará ante esta corte dentro de siete días para recibir el decreto oficial. Hasta ese momento, a la dama Gabrielle se le otorga la ciudadanía griega temporal con todos los derechos inherentes a ese privilegio.

Gabrielle me miró y la sonrisa de su rostro me calentó el corazón. Sólo veía amor, mezclado con un poquito de sorpresa. Me incliné para susurrarle al oído.

—Dijiste que si se lo diría a la gente... ¿era esto lo que tenías pensado? —pregunté con aire inocente.

—No exactamente —susurró a su vez—. Me imaginaba algo un poco más íntimo, pero gracias, Xena.

Esos ojos verdes me miraban chispeantes, y en el fondo de mi corazón supe que no sería ésta la primera vez que intentaría mover una montaña por mi amante.

Contemplé el mar de rostros que nos miraban a su vez. Algunos sonreían y asentían con aprobación, otros parecían un poco desconcertados y otros, por supuesto, parecían enfadados, temerosos de que el estilo de vida que conocían estuviera a punto de cambiar. En la pared del fondo vi los ojos de un rostro conocido y la gran sonrisa que animaba los rasgos de la mujer mayor. Los ojos de Delia relucían llenos de lágrimas y la saludé inclinando la cabeza, como gesto de deferencia hacia la mujer que me había enseñado lo que era la amistad mejor que nadie, con la posible excepción de la joven sentada a mi lado.

Terillus se inclinó y retrocedió.

—Señora Conquistadora... Dama Gabrielle —dijo respetuosamente.

—¿Ha alcanzado el consejo un veredicto, Terillus? —pregunté, volviendo al tema que nos había reunido.

—Sí, Señora Conquistadora —contestó.

—Que traigan a los prisioneros ante mí para oír el fallo —ordené sin dirigirme a nadie en concreto.

Trajeron a los seis, encadenados. Entraron en fila, rodeados por cuatro guardias, con Kassandros al final de la fila. Por fin, todos me miraron, y a Gabrielle se le escapó una exclamación de sorpresa. Cuando la miré rápidamente, la pequeña rubia alargó la mano y me aferró el brazo, clavándome las uñas en la piel.

—¿Gabrielle? —Me incliné hacia ella.

Tenía la cara contraída de dolor y respiraba apresuradamente, como se notaba por el rápido movimiento de su pecho. Se le pusieron los ojos vidriosos mientras miraba fijamente a los hombres, en especial a Kassandros.

Sólo pude alargar la mano hacia ella y llamarla por su nombre, cosa que ella no parecía notar. Gabrielle se levantó, clavando una mirada asesina en el hombre. De repente, pareció perder el equilibrio y volvió a aferrarse a mi brazo. Me levanté de un salto justo a tiempo de evitar que se estampara contra el suelo. La cogí en brazos y Atrius abrió la puerta que daba a una cámara lateral. Entré por la puerta abierta, llamando a mi sanador.


—Qué bonito —comentó Gabrielle con tono soñador cuando recuperó el conocimiento.

Me preocupé entonces: la muchacha no parecía coherente y miraba hacia arriba, sin verme, con la vista clavada en el vacío. Yo estaba de pie junto al sofá bajo donde había depositado el cuerpo inerte de Gabrielle, nada más entrar en la estancia. Kuros, mi sanador, estaba de rodillas a su lado, y anunció que simplemente se había desmayado y que no veía que le pasara nada más desde el punto de vista físico.

—Gabrielle, ¿estás bien? —pregunté nerviosa.

—Veo estrellas. —Gabrielle intentó concentrarse, señalándome.

—Ya te he dicho que no estaba bien, Kuros —regañé a mi sanador. Por los dioses, es asombroso que el hombre siga aguantándome, con lo infantil que me pongo con él.

Se volvió hacia mí y abrió la boca para hablar. De repente, sonrió y señaló por encima de mí.

—Señora Conquistadora... sí que ve estrellas.

Miré hacia arriba, puesto que tanto Gabrielle como Kuros señalaban el techo. Entonces sonreí. Santa Afrodita, esta muchacha iba a acabar conmigo algún día, estoy segura. Me quedé contemplando el cielo nocturno sobre Anfípolis, que le había encargado pintar a un artesano en el techo varias estaciones antes, cuando estaba sumida en uno de mis momentos de mayor melancolía.

Atrius entró en la estancia y cerró la puerta. Se detuvo cuando nos vio a los tres mirando al techo. Inclinó la cabeza y luego volvió a mirarnos a los tres.

—¿Señora Conquistadora? —preguntó inseguro.

—Oh, no es nada —dije rápidamente, dándome cuenta de que debíamos de parecer una panda de bobos—. ¿Gabrielle?

Me arrodillé a su lado cuando Kuros me cedió el sitio y le aparté el pelo que se le metía en los ojos. La besé en los labios y vi que el color regresaba poco a poco a sus mejillas. Su rostro perdió rápidamente el aire soñador del desmayo e intentó incorporarse de golpe.

—¡Oh, Xena! —exclamó.

Gabrielle se aferró a mí y noté que le temblaba el cuerpo. No me parecía miedo, más bien era como si fuera presa de la rabia.

—Calma, calma —dije, ayudándola a sentarse en el borde del sofá—. Por favor, Gabrielle, dime qué te pasa —le pedí.

—Yo... ¡Xena, ese hombre! —exclamó Gabrielle. Levanté la mirada con impotencia y Atrius se encogió de hombros, pues comprendía tan poco como yo a quién se refería Gabrielle.

—Gabrielle, no te entiendo. ¿Qué hombre? ¿Alguien te ha hecho daño? —pregunté despacio.

—El hombre... el que estaba ante mí encadenado... fue ése —balbuceó Gabrielle.

—¿Kassandros? ¿El hombre fornido del final?

—¡Sí! Fue él, Xena, jamás olvidaré su cara. —Se le llenaron los ojos de lágrimas, y me puse furiosa por lo que le había hecho Kassandros a Gabrielle para aterrorizarla de tal modo.

—¿Qué te hizo? —pregunté en voz baja, entre dientes, intentando controlarme.

—Fue él. —Gabrielle parecía querer explicarlo, pero no lograba organizar sus ideas de forma comprensible—. Xena, fue él quien secuestró a las niñas de mi aldea fuera de Potedaia. Nos raptó y nos vendió en Anfípolis al día siguiente.

A Gabrielle se le desbordaron las lágrimas, que cayeron a chorros por sus mejillas ligeramente pecosas. Levanté la mirada y vi que los hombres que había en la estancia estaban petrificados y boquiabiertos. Nunca le había preguntado a Gabrielle cómo había llegado a ser esclava. Le había preguntado cuánto tiempo llevaba sirviendo y de dónde era y cien cosas más, pero nunca se me había ocurrido preguntarle eso. Sólo había tres formas legales de ser esclavo en mi reino. Podías ser destinado a una vida de esclavitud si eras capturado como parte de un botín de guerra, si tenías deudas que no podías pagar o si te vendías como esclavo voluntariamente. Rozando el límite de la ley estaban las personas que vendían a sus propios hijos como esclavos y que, en mi opinión, eran el ejemplo más repugnante de seres humanos. Había prohibido la trata ilegal de esclavos, pero a algunos les costaba romper con las viejas costumbres. Mis cárceles estaban llenas de hombres arrestados por los mismos crímenes que habían cometido Kassandros y sus secuaces. Por mi cabeza pasaron todas estas ideas, pero descubrí que no podía hablar.

—Entonces, ¿no eres esclava? —dijo Antillius, recalcando lo evidente.

—Nunca ha sido esclava —dije, como para convencerme también a mí misma. Miré directamente a esos tristes ojos verdes—. Gabrielle, ¿por qué no se lo dijiste nunca a nadie?

—Lo intenté, al principio. —Lloró aún más mientras relataba sus recuerdos—. Me daban palizas por intentar decírselo a la gente, yo era tan pequeña y los hombres tenían maneras de hacerte... —Se estremeció visiblemente y la estreché contra mi pecho, acariciándole el pelo mientras hablaba—. Conseguían que no lo volvieras a decir.

Reconozco que sentí tantas cosas a la vez que no pude concentrarme en una sola. De repente, cayó sobre mí como una tromba la idea de que mi pasado había venido para atormentarme. Todas las antiguas pesadillas, las noches en vela, las personas que habían entrado y salido de mi vida... durante muchas estaciones me torturé por mi pasado. Cuando quise intentar empezar a expiar aunque sólo fuera una mínima parte de mis crímenes pasados, me costó saber por dónde empezar. No tenía concentración ni meta, pero ahora todo había cambiado.

Gabrielle estaba sentada ante mí como un recuerdo vivo de mi pasado. Yo no era la causa de todos los males del mundo, pero desde luego, no había hecho gran cosa como gobernante de Grecia para combatir el mal y la crueldad que existían aquí. Tenía el poder para hacer un gran bien y lo había malgastado todo sin pensar. Ahora tenía una meta y, aunque a algunos les pareciera ínfima, sabía que era un principio. Dedicaría el resto de mi vida a reparar la destrucción de la joven vida de Gabrielle. Mi amor nunca sería excesivo, el tiempo que pasara con ella nunca sería demasiado. Sólo podía rezar a Atenea para que fuera suficiente. En el fondo de mi corazón, sabía que no lo sería ni por asomo, pero lo intentaría igual.

—Gabrielle... ¿por qué no intentaste nunca decírmelo a mí? —pregunté.

La pequeña rubia me miró. Secándose los ojos, miró a los hombres boquiabiertos que la rodeaban.

—Porque era esclava —dijo.

Mi amante había usado esas mismas palabras en una ocasión anterior y me impactaron entonces tanto como ahora. En un mundo donde una persona podía ser dueña de otra, donde la vida de un ser humano se consideraba que valía mucho menos simplemente por el modo en que las Parcas habían tejido el hilo de su vida, las palabras de Gabrielle completaban el cuadro. Se permitía que la injusticia y el trato inhumano florecieran por una sencilla razón: la esclavitud. Eso hacía que me entregara con más fuerza aún al compromiso que iba a hacer realidad en este día.

—Entonces no nos hace falta la proclamación... Gabrielle es una mujer libre, ¿verdad? —dijo Antillius con entusiasmo.

Atrius y yo nos miramos, sabiendo que las cosas nunca eran tan fáciles.

—Gabrielle —le dijo Atrius por primera vez—, ¿dónde ocurrió esto?

—Mi padre tenía una granja a bastante distancia de Potedaia. Yo era muy pequeña, pero recuerdo que hacía falta un día entero de viaje para llegar al puerto de Potedaia —contestó Gabrielle.

—Esta granja... ¿es posible que tus padres sigan viviendo allí? —preguntó Atrius de nuevo.

Me di cuenta de por dónde iba, pero Gabrielle se encogió de hombros.

—Nunca he conseguido volver a la zona de Macedonia para averiguarlo —replicó llorosa—. Unos tratantes persas me compraron en Abdera y pasaron tres estaciones más hasta que me vendieron a un amo griego.

De repente, me quedó claro por qué Gabrielle estaba tan bien educada para ser esclava. Ser enviada a Persia como esclava tenía sus ventajas y sus horrores. El aspecto desgraciado para una niña de diez años era la tendencia de los persas a tener niños como esclavos sexuales. Lo raro era que no pegaban ni maltrataban a sus esclavos, sino que los formaban a base de amabilidad y regalos, una extraña forma de abuso. También eran partidarios de educar a los niños esclavos junto con los hijos de los nobles. Todos los niños y niñas aprendían a leer, escribir y tocar un instrumento, normalmente la lira. La suerte para Gabrielle fue que, cuando una niña cumplía los doce veranos, debía haber nacido persa para compartir el lecho de un ciudadano. Seguramente Gabrielle fue vendida a un comprador griego, lo cual la trajo de vuelta a su patria, justamente por esa razón.

—Gabrielle, es que... bueno, no es que no te creamos, por supuesto que te creemos, amor —dije, besándola en la frente—, pero la corte debería tener pruebas de que naciste libre, ya sea la palabra de tus padres o de una comadrona presente cuando naciste.

—Lo comprendo. Lamento haber interrumpido la sesión, señoría —contestó Gabrielle y le sonreí ligeramente. Con todo lo que había sufrido y todavía intentaba mostrar el decoro apropiado delante de los hombres presentes en la estancia.

—Esto no ha terminado aún. —Me levanté y me pasé las manos por el pelo.

Había algo que me inquietaba con todo esto. La historia de Gabrielle me parecía cierta por más motivos que el de que fuera mi amante y que quería que fuera cierta. Mi mente repasó a toda prisa las numerosas conversaciones que habíamos tenido Gabrielle y yo a lo largo de estas últimas lunas. Diez... el número diez no paraba de darme vueltas en la cabeza.

—Gabrielle, ¿te secuestraron cuando tenías diez veranos? —pregunté.

—Sí —respondió despacio—. Eso fue hace diez estaciones, casi once.

Me volví hacia Atrius y Antillius.

—Cuando hablé con mi constructor jefe, Sagoris, el día en que le dije que derribara las casas del servicio contratado y las reconstruyera, me dijo una cosa interesante. Me explicó que Demetri fue el encargado de construir esas chabolas que ahora teníamos. En ese momento, supuse simplemente que Demetri había comprado materiales de peor calidad y se había embolsado el dinero restante. Ahora sé dónde fue a parar ese dinero. Sagoris dijo que todo eso ocurrió hace unas diez estaciones.

—Así que piensas que Demetri puso los fondos para la trata ilegal de esclavos de Kassandros —siguió Atrius.

—Es absolutamente lógico, bien mirado. —Me puse a dar vueltas como siempre mientras hablaba—. Hace diez estaciones, Demetri robó dinero suficiente del tesoro de palacio para financiar esa clase de operación. Hace diez estaciones, Kassandros fue nombrado gobernador de Macedonia. Hace diez estaciones, Gabrielle fue secuestrada igual que las niñas que hace poco rescatamos de las garras de Callius.

—Parece más que suficiente para que el caso sea sobreseído —comentó Antillius.

—¿Pero dónde están las pruebas? —Ni siquiera me había dado cuenta de que Terillus había entrado en la estancia. El hombre mayor estaba cruzado de brazos.

—Terillus tiene razón. Todo esto no son más que conjeturas a menos que tengamos testigos, alguien que supiera o viera algo —asentí entristecida.

—Él lo sabría —se oyó la voz de Gabrielle desde el sofá donde seguía sentada.

Casi nos habíamos olvidado de que la joven seguía allí y todos nos volvimos hacia ella de golpe.

—¿Te refieres a Kassandros? —le pregunté, y ella asintió con la cabeza.

—Gabrielle, es un hombre condenado a morir, nos escupiría a la cara antes que darnos información para corroborar tu caso —respondió Atrius.

—No necesariamente —añadí—. Puede que consiga hacer un trato con él. Atrius, ¿puedes decirles a dos guardias que lo traigan?

—Sí, Señora Conquistadora —replicó y salió de la habitación.

Me llevé a Gabrielle aparte y le dije en voz baja:

—Gabrielle, a lo mejor no te apetece estar en la misma habitación con él.

—Por favor, Xena, no hagas lo que creo que eres capaz de hacer... no lo hagas por mí —respondió Gabrielle—. Lo noto por la expresión de tus ojos. Estos hombres merecen morir por sus crímenes. Piensa en todas las mujeres como yo, en las niñas como las que salvaste en el barco aquel día. No te muestres indulgente con este hombre sólo por mí. No me gustaría.

Le puse los dedos en los labios para hacerla callar y para tranquilizarla.

—No temas que no vaya a ocuparme de que estos hombres sean castigados como se merecen, Gabrielle. Desearán morir antes de que termine su castigo. ¿Te fías de mí? —susurré por fin.

Me miró, asintiendo y dedicándome una levísima sonrisa, y la expresión de su rostro, de sus ojos, me comunicó una confianza absoluta y total. Sabía la impresión que iba a causar, pero me dio igual. Me agaché y la besé ligeramente en los labios.

—No te defraudaré —susurré.


—Kassandros, —me planté ante el hombre encadenado—, necesito que me des información —dije simplemente.

—¡Antes prefiero sufrir en el Tártaro! —gruñó.

—Eso puedo arreglarlo —bufé—. ¿Te acuerdas de Antípatro? ¿Recuerdas cómo murió tu padre?

Me acerqué más a él hasta prácticamente susurrarle al oído. Me fijé en que se quedaba un poco pálido al recordarlo. Había ordenado destripar al general y a todos sus oficiales mientras aún seguían con vida. A veces todavía oía sus gritos en mis pesadillas.

—¿Qué obtengo a cambio? —preguntó, pues sabía que le iba a ofrecer algún tipo de recompensa.

—La vida —contesté.

Debo reconocer que me sentí orgullosa de Gabrielle. Al pedirle que se fiara de mí, le estaba pidiendo mucho. La vi en un rincón de la estancia, con los pequeños puños apretados.

—Pasarás el resto de tu vida en prisión. La alternativa es la muerte, y no morirás de forma agradable, créeme. —Enarqué una ceja con aire efectista.

—¿Qué quieres saber? —preguntó hoscamente.

—Cuando empezaste con los secuestros, ¿dónde empezaste?

—¡Por Hades, eso fue hace estaciones!

—¿De dónde sacaste el dinero para contratar hombres, entonces? —pregunté.

—Demetri envió plata. Él lo empezó todo.

—Piensa bien, Kassandros, tu vida depende de ello... literalmente. ¿Dónde empezaste?

—Ah, eso no es un gran misterio. Empezamos en Macedonia, en la región de Calcídica. En aquellos días, contrataba a algunos hombres y hacía el trabajo yo mismo. Empezamos ahí: las pequeñas aldeas campesinas tenían muchas niñas que capturar. Atacábamos en las afueras, donde a veces nos hacíamos con aldeas enteras. A los hombres adultos los vendíamos para trabajos pesados, a las mujeres y los críos para tareas domésticas. Las niñas bonitas estaban todas destinadas al placer.

—¿Recuerdas dónde exactamente? —pregunté entre dientes. Sólo mi promesa a Gabrielle me impedía partirle el cráneo.

—Claro. Potedaia, Anfípolis, pero luego llegó un momento en que ya no podíamos vender allí... cuando llegaste tú con tus leyes —añadió con rencor—. Empezamos a enviarlos a Abdera, para poder embarcarlos directamente a Persia.

Mientras escuchaba su relato, me di cuenta de que había hecho poquísimo a lo largo de las estaciones para combatir la trata ilegal de esclavos. Anfípolis, Potedaia y Abdera eran puertos bien conocidos por el comercio de esclavos. Abdera se salía con la suya más que los otros, supuse, simplemente porque tenían una subasta diaria de esclavos, obtenidos legalmente como botín de guerra a causa de las guerras tribales de la vecina Tracia. Su cercanía a Persia suponía que una gran parte de los esclavos pasaba por allí.

—¿A qué otros sitios los enviabais para venderlos?

—¡Por Hades, a todas partes! La mayoría iba a los grandes mercados de esclavos de Éfeso y Quíos, y de ahí a Corinto y Atenas. Algunos iban a Delos, pero no los nuestros, por lo general —terminó por fin, tan tranquilo como si nos estuviera diciendo que mañana iba a llover.

Delos iba a ser el puerto que más costaría cerrar. Hacía poco que se había convertido en el centro más notorio del comercio de esclavos, legales o no. Recordaba bien la bella isla por la última vez que estuve allí. Era curioso que se me ocurriera ahora, pero se me metió la idea en la cabeza de que seguramente a Gabrielle le gustaría el espectacular lago, habitado por miles de atractivos cisnes. Me encantaría ver su cara cuando viera la impresionante Terraza de los Leones, construida en mi honor. Los leones tallados en mármol eran, efectivamente, un espectáculo notable.

Por fin sacudí la cabeza para salir de mis reflexiones y centrarme en lo que estaba.

—¿Y bien, caballeros? —Miré a Antillius y a Terillus, que asintieron.

—Hablaré con los otros consejeros en representación de la dama Gabrielle, Señora Conquistadora —dijo Terillus.

Hice un gesto con la mano y los guardias se adelantaron para volver a llevar a Kassandros a la Gran Sala.

—¡No olvides lo que has prometido, Conquistadora! —me gritó el preso.

Me quedé observando los ojos de Gabrielle, que seguían al hombre mientras salía de la estancia: en esas profundidades de esmeralda ardía una expresión atormentada de dolor y una vida perdida.

—Oh, no, no lo olvidaré —murmuré por lo bajo.


Salí de la habitación para hablar con Antillius y Terillus, así como con mis otros cuatro consejeros. Quería hacer las cosas en el orden correcto para evitar que la situación desembocara en el caos. Lo primero era lo primero, y tenía que dictar sentencia.

Una vez más, trajeron a los hombres ante mí, y también ante Gabriele, sentada a mi lado.

—Señor Terillus, ¿quieres anunciar el veredicto ante la corte? —indiqué al hombre mayor.

—Sí, Señora Conquistadora. —Terillus abrió un pergamino y leyó el breve, pero previsible mensaje—. En la corte de su Majestad Real, la Señora Conquistadora del Imperio Griego, nosotros, los seis consejeros de palacio, nos hemos reunido y hemos hallado a todos los acusados culpables del delito de comercio ilegal de esclavos.

Terillus se volvió entonces hacia mí y se inclinó ligeramente antes de regresar a su asiento.

—Que así sea —dije, sellando el destino de los hombres silenciosos que tenía delante—. Os presentaréis ante la corte esta tarde para escuchar vuestra sentencia. Os recomiendo que habléis un poco con Hades. —Sonreí burlona mientras se los llevaban.

En cuanto salieron de la Sala, le hice un gesto de asentimiento a Antillius. El joven carraspeó y abrió el primer pergamino. Aguanté la respiración sin darme cuenta, ansiosa por ver la expresión de Gabrielle. No sé por qué, pero el preámbulo habitual siempre me daba ganas de poner los ojos en blanco.

—Por orden de su Majestad Real, la Señora Conquistadora del Imperio Griego, la proclamación para dar la libertad a la esclava conocida como Gabrielle queda inmediatamente rescindida.

Si los ojos de Gabrielle hubieran sido llamaradas, me habrían incinerado en el sitio. Me miraba con una mezcla de rabia e incomprensión.

—¡Antillius! —exclamé bruscamente, interrumpiendo al joven. Lo llamé doblando el dedo cuando me miró, y se acercó a mi sillón, tanto que lo agarré del cuello y lo bajé para hablarle al oído—. Antillius, ¿ves la cara que tiene Gabrielle? —pregunté. No me hacía falta volver a mirar: sabía muy bien la cara que tenía.

El joven asintió nervioso en cuanto vio la expresión mortífera de los ojos de mi amante.

—¿Tú sabes lo que ocurre si Gabrielle se enfada conmigo?

Antillius sonrió muy colorado.

—¿Puedo suponer que me ganaría una paliza o algo así?

—Qué chico tan listo eres, Antillius. —Le sonreí a mi vez—. ¿Qué tal si leemos esas proclamaciones en otro orden? ¿Mmm?

—Por supuesto, Señora Conquistadora —contestó—. Mm... por orden de su...

—¡Antillius, acaba de una vez! —Por desgracia, se me había agotado la paciencia.

—Sí, Señora Conquistadora. Tras una reunión de los consejeros de palacio de la Conquistadora y habiendo recibido convincentes testimonios, los consejeros han decidido que la esclava conocida únicamente como Gabrielle ya no sea considerada ex esclava. Por haber sido secuestrada y víctima de la trata ilegal de esclavos, la dama Gabrielle no es ni ha sido nunca esclava. Es una mujer nacida y criada libre hasta su secuestro, ocurrido hace diez estaciones. Como marca la ley, la dama Gabrielle se presentará ante esta corte dentro de siete días para recibir el decreto oficial.

Me volví y vi que Gabrielle sonreía con orgullo. Salimos de la Gran Sala para hacer un descanso hasta la sesión de la tarde, momento en el que se esperaba que pronunciara sentencia. Necesitaba estar en un sitio tranquilo durante un rato. Quería que Gabrielle estuviera conmigo, de modo que le pedí a una de las criadas de la cocina que nos preparara un almuerzo ligero para llevárnoslo a los jardines. Cogí a Gabrielle de la mano mientras salíamos de la Gran Sala, ella con lágrimas en los ojos que, por primera vez en mucho tiempo, eran de pura alegría y felicidad, y yo con una sonrisa tan poco propia de mí que vi a algunas ancianas que se reían de mi expresión enamorada.


La muchacha me tenía asombrada mientras la veía comerse la última media docena de higos, seguida de una gruesa loncha más de manoúri, un queso dulce.

—¿Estás segura de que no estás comiendo ya por dos? —bromeé.

—Todavía no, pero ándate con ojo cuando lo haga. —Me sonrió y las dos nos echamos a reír relajadamente—. Estar ahora contigo me resulta tan distinto, Xena —comentó.

—Seguro que he cambiado mucho, amor, pero creo que es más que nada por los cambios que se han producido en ti.

—¿En mí? —contestó, con un tono que daba a entender que le parecía muy improbable.

—Sí, en ti. —Alargué la mano y le toqué la punta de la nariz con el dedo índice—. Te he estado observando, Gabrielle, a veces cuando piensas que no lo estoy haciendo. —Sonreí—. Recuerdo a la muchacha que apareció ante mí con la cara sucia y los pies descalzos, incapaz incluso de mirarme a los ojos. Estaba tan aterrorizada por la idea de pasar una noche en la cama de la Conquistadora que intentaba ocultarse de mi mirada.

—Qué patética era entonces... hacía días y días que no me bañaba —dijo Gabrielle avergonzada.

—Creo que empecé a enamorarme de ti ese mismo día, en ese mismo instante —le contesté, y se sonrojó intensamente, agachando la cabeza.

—Nunca te he oído hablar así —respondió, sin poder o sin querer alzar la cabeza para mirarme a los ojos.

—Lamento no haber sabido cómo decírtelo más pronto —dije, cogiéndole la mano, mirándola y notando su suavidad sobre mi propia mano, mucho más áspera—. Lamento haberte hecho dudar de lo mucho que te quiero, Gabrielle. No siempre me siento orgullosa de quién soy, y mucho menos de quién he sido, pero tenerte en mi vida me hace creer que puedo ser mucho mejor persona; tenerte en mi corazón me hacer saber que lo soy.

Me vi generosamente recompensada con el beso más dulce del mundo por ese pequeño discurso. Por los dioses, ¿quién se lo habría imaginado? Si me hubiera dado cuenta de que la simple verdad de revelar mis sentimientos podía conseguir esto, tal vez lo habría intentado hace mucho tiempo.

—Xena, eres una mujer increíble —dijo Gabrielle, sorprendiéndome—. Eres muy distinta de todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida y te quiero por eso. Supe que había algo distinto en ti después de la primera noche que pasamos juntas, pero ni me imaginaba que podría hacerme sentir esto, ni pensé que me provocaría este sentimiento de amor y confianza totales por ti, y es lo que siento, que lo sepas.

No quería llorar, otra vez no, y no delante de Gabrielle, pero era una batalla perdida. Lo único que pude hacer fue llevarme su mano a los labios y besarla.

—Nunca pensé, Xena... nunca me atreví a esperar que una cosa así de bonita pudiera ocurrirme a mí. Que alguien como tú pudiera querer a una chica como yo —añadió Gabrielle.

Levanté la mirada y sonreí entre lágrimas.

—¿He dicho algo gracioso? —preguntó Gabrielle.

—No, algo místico —repliqué—. Me acabas de leer la mente. Estaba pensando justamente eso. Gabrielle, ¿estás segura, o sea, segura de que soy la persona que quieres?

—¿Preferirías que no lo estuviera? —preguntó preocupada.

—¡No! —me apresuré a responder—. No, amor, no es eso. Es que pienso que... bueno, Gabrielle, soy bastante más vieja que tú y me he ganado una buena cantidad de enemigos a lo largo de las estaciones. Me preocupa que vayas a tener una vida de soledad o que se te parta el corazón si Celesta viene a buscarme un día de estos.

La miré a los ojos y vi que los iris verdes se oscurecían, nublados de lágrimas. Y de repente, se iluminaron y entonces sonrió y sacudió la cabeza.

—No, Atenea nunca habría resuelto nuestro destino de esta forma para llenarnos de dolor. No es propio de ella colocar una zanahoria dorada delante de alguien sin al menos darle la oportunidad de alcanzarla. Le haré ofrendas especiales con la esperanza de que pueda convencer a su tío para que no pronuncie tu nombre hasta dentro de mucho tiempo —contestó la joven con optimismo.

—Gabrielle, ¿sabes lo que es un enigma? —pregunté. Mis lágrimas habían cesado y ahora tenía la cara iluminada por una sonrisa.

—¿Algo que resulta difícil de entender? —contestó, insegura.

—En cierto modo, sí, pero es más. Es algo o alguien que resulta desconcertante, que es sencillamente inexplicable. Eso eres tú para mí —respondí—. Eres la mujer más amorosa y generosa que he conocido nunca y sin embargo, dada la vida que has tenido, que seas así me desconcierta por completo. Puedes ser tímida y apocada, pero en lo que tarda un águila en abatir a su presa, puedes volverte fuerte y poderosa. No lo sé explicar. Eres un acertijo, amor mío, que quiero pasar el resto de mi vida en este plano mortal intentando resolver.

Me acerqué para eliminar su expresión de pasmo con un beso.

—Tenemos que volver, pero quiero pedirte una cosa.

Me quité el pequeño anillo de sello del dedo meñique. Guardaba un anillo grande y pesado en una caja en mi mesa y algún día pasaría a mi heredero. Sólo me lo ponía para las ceremonias oficiales y lo tenía guardado en mi mesa para usarlo como sello. Para la realeza griega, el anillo que lleva nuestro escudo es el mayor símbolo de compromiso. Entregar el anillo a mi heredero o a la siguiente persona en la línea de sucesión al trono era una muestra de compromiso sincero y voluntario. Era una muestra de fidelidad, confianza y fe en el receptor del regalo. Ningún soberano entregaba jamás su anillo a la ligera.

Volví a coger la mano de Gabrielle y me la acerqué, poniéndole sin dificultad la joya en el dedo anular. Una vez allí, le besé los dedos, luego le volví la mano y la besé suavemente en la palma.

—Ésta es mi promesa, Gabrielle. Todo lo que tengo lo comparto contigo, salvo mi corazón, que te entrego por completo —dije suavemente.

—No creo que merezca ser reina, Xena —replicó con tono lloroso.

—Lo mereces, amor mío, y tengo intención de pasar el resto de mi vida desmostrándote hasta qué punto estoy convencida de ello. —Sonreí—. ¿Estás lista? —Me levanté y le ofrecí una mano.

Cuando sentí que su mano se deslizaba dentro de la mía, me acordé de la noche antes de que conquistara Atenas, la noche en que juré fidelidad a Atenea. De repente, me vi allí, en esa vieja tienda que levanté como santuario para ella, y recordé lo que me dijo la diosa.

—Con el poder de Ares, Xena, te habrías convertido en la guerrera más poderosa del Mundo Conocido. Con el mío, te convertirás en la mejor gobernante que haya conocido Grecia.

Me cogió de la mano y noté un cosquilleo que me subió por el brazo y me llegó al pecho, seguido del seguro convencimiento de que lo que decía ocurriría de verdad.

—¿Y qué te deberé? —pregunté con tono grave y dulzón. Mi carácter desconfiado por naturaleza sabía que los dioses no daban nada a cambio de nada.

—Tu corazón —contestó Atenea.

—Tenía entendido que eras la Palas —dije con sorna, usando el antiguo título que indicaba la conocida virginidad de la diosa. También la miré con voracidad, ansiosa por tener la oportunidad de ser la primera. Era evidente que llevaba la conquista en la sangre.

Atenea sonrió seductora.

—Ya he visto cómo lo haces, Xena. Creo que si tomara una amante, preferiría algo un poco menos brusco.

—No digas que no sin haberlo probado. —Sonreí, con todo mi encanto.

Esta vez se echó a reír.

—Xena, tienes un largo viaje por delante, y me temo que, dado en lo que te has convertido a causa de Ares, te será difícil, por no decir imposible, recuperarte.

No entendí ni una puñetera palabra de lo que decía, pero sus generosos pechos, que amenazaban con salirse de la armadura que los ocultaba, no me ayudaban en absoluto a seguir el hilo de sus palabras.

La miré a la cara y vi que meneaba la cabeza con risueña desaprobación.

—Xena, me voy a quedar con tu corazón hasta que lo necesites.

—Créeme, eso no lo voy a necesitar —respondí, sin dejar de mirarle el pecho.

Rápidamente alargó la mano y me agarró de la barbilla, sujetándola con firmeza entre los dedos. Vi un fuego en sus ojos hasta entonces oculto y me di cuenta de que se le había agotado la paciencia.

—Algún día lo necesitarás. Créeme, llegará un momento en que querrás recuperarlo —dijo con vehemencia.

—Ya, ¿cuándo? —dije con desprecio.

Su mirada se suavizó de nuevo.

—Cuando quieras entregarlo —replicó—. ¿Es que no me has escuchado siquiera?

—Sí, sí... que voy a hacer un viaje —contesté, frotándome la barbilla dolorida.

—En cierto modo, sí. —Sonrió de nuevo, sólo que esta vez la sonrisa parecía triste. Se volvió para marcharse y no pude evitar preguntárselo.

—Atenea... —la llamé, y se volvió—. ¿Cuándo querré entregar mi corazón? —pregunté con tono apagado.

—Creía que eso era evidente. —Me dirigió de nuevo esa sonrisa agridulce—. Al final del viaje, por supuesto.

Desapareció con un relámpago multicolor, pero yo me miré la mano en la que seguía sintiendo un calor cosquilleante.

—Xena... Xena, ¿estás bien? —preguntó Gabrielle.

Tuve que sacudir literalmente la cabeza y mirar a mi alrededor para darme cuenta de dónde estaba. Recordaba el incidente con asombrosa claridad, pero hasta pocos segundos antes, era un recuerdo perdido. Era como si nunca hubiera sucedido, pero yo sabía que no era así.

Tanto Atenea como yo acabamos cumpliendo nuestras promesas. Ella me convirtió en la mejor gobernante de toda Grecia y yo le di mi corazón. Menos mal que había al menos una deidad benévola en el Olimpo. Atenea había protegido mi corazón durante todas estas estaciones, y sus palabras volvieron a mí cuando noté el calor de la mano de Gabrielle en la mía.

—Hasta que quiera entregarlo —susurré atónita.

—¿Qué? —preguntó Gabrielle con cara de preocupación.

Le sonreí alegremente y le apreté la mano.

—Nada, amor, es que me estaba acordando de una cosa que ocurrió hace mucho tiempo.

Cruzamos por el jardín y habría podido jurar que la estatua de madera de olivo de Atenea Polias, ante la cual pasamos antes de entrar en palacio, me guiñó un ojo.


—¿Estás segura de que quieres estar presente? —le pregunté a Gabrielle antes de entrar en la Gran Sala. Gabrielle asintió en silencio y vi cómo daba vueltas a mi anillo que llevaba en el dedo—. ¿Gabrielle? —pregunté.

—Xena, es que no quiero que dejes de castigar a ese hombre sólo porque nos ha dado la información que necesitábamos —respondió Gabrielle, refiriéndose al testimonio de Kassandros—. Jamás interferiría con tus decisiones, pero es que... tiene que... —Se le llenaron los ojos de lágrimas y la cogí entre mis brazos y la estreché.

—¿Sufrir? —terminé por ella.

Una vez más, asintió en silencio.

—¿Y crees que podría dejar que se fuera de rositas a cambio del testimonio que te ha liberado? —pregunté.

—No quiero ser nunca la causa de que muchas personas piensen que en tu corte no se hace justicia —respondió.

—Lo comprendo, amor, pero a veces la ley y la justicia están a leguas de distancia la una de la otra. Pero te prometo una cosa, hoy se hará justicia —contesté.

Además, Kassandros sí que sufrirá, pensé, mientras Gabrielle y yo entrábamos en la sala.


Me levanté y me puse a pasear ante los hombres traídos para oír sentencia. Estaba hablando de la falta de humanidad de los tratantes de esclavos, de sus costumbres, describiendo con ejemplos muy gráficos qué era lo que podían esperar los niños secuestrados al convertirse en esclavos. Desde que tengo uso de memoria, se me ha dado bien hablar delante de la gente. La energía que obtenía con mis arengas de combate era algo parecido a recibir placer sexual y me dejaba llevar por esa oleada de placer, extrayendo hasta la última gota de emoción de ella. Ahora estaba haciendo lo mismo, y lo veía en sus rostros. Algunos se estaban dando cuenta, por primera vez, de lo que debía de ser la vida de un esclavo, de modo que seguí hablando.

Los estaba preparando para mi victoria, y la mayoría ni siquiera lo sabía.

—Todos vosotros habéis sido juzgados y hallados culpables del delito de comercio ilegal de esclavos —dirigí mis comentarios a los prisioneros—. De acuerdo con la ley griega, tengo derecho a condenaros a todos a muerte.

—Espera un momento —oí que gruñía Kassandros por lo bajo.

Alcé la mano para hacerlo callar.

—Pero, ¿la muerte es de verdad adecuada para este crimen? —Me volví de nuevo hacia la gente—. ¿Su muerte traería de vuelta a esos niños? ¿Puede devolverles la vida que les robaron? —pregunté, haciendo una pausa para mirar a Gabrielle—. ¿A las víctimas les importa siquiera que estos hombres mueran? Claro que no, sólo pueden pensar en una cosa... la venganza. Jamás sabremos quiénes son muchas de las víctimas, pero por ellas, esta corte llevará a cabo esa venganza.

Regresé a mi sillón, tocando ligeramente a Gabrielle en el hombro al pasar a su lado. Ese pequeño contacto me bastó para sentirme llena de energía, lanzada hacia mi objetivo.

—En este caso, la muerte es en realidad demasiado buena para vosotros —dije con seriedad—. Por ello, os condeno a cadena perpetua.

La gente se puso a murmurar y protestar antes de que hubiera terminado siquiera.

—En la minas de Pella —añadí.

Las protestas cesaron de inmediato y sólo se oyeron susurros.

—Zorra.

Pella estaba al norte de Macedonia, la tierra natal de Kassandros, de modo que éste sabía lo que yo tenía en mente.

La ciudad de Corinto producía monedas de plata, algunas estampadas con mi cara y otras con el símbolo de un león. Se usaba la plata porque abundaba en las minas de todo el imperio. Las monedas de oro eran un poco más infrecuentes. Se acuñaban en pocas ciudades, pero donde más había era en Pella, debido a sus yacimientos de oro. Los yacimientos estaban en las profundidades de la tierra, y casi había que desafiar a la muerte para extraer el metal precioso, lo cual era la razón de que se usaran presos para trabajar en las minas. Hasta los esclavos eran considerados demasiado valiosos para enviarlos a las minas de Pella.

—Dijiste el resto de mi vida... que pasaría en prisión el resto de mi vida —vociferó Kassandros mientras se lo llevaban a rastras.

—Que calculo que será como una estación —respondí con calma.

Cuando los atónitos espectadores se calmaron un poco, le hice un gesto a Antillius. El joven abrió un pergamino y carraspeó.

—Por orden de su Majestad Real, la Señora Conquistadora del Imperio Griego, la siguiente proclamación queda establecida como ley. A partir de este día, en este preciso momento, la Señora Conquistadora ha decretado que la esclavitud quede abolida dentro de los confines del Imperio Griego. La corona estará dispuesta a ofrecer una modesta compensación a los dueños de esclavos, ya sea como recompensa o para que la usen como salario, si los esclavos de una casa o de una industria eligen seguir en su puesto, como servicio contratado. El ejército de la corona se encargará de que esta ley se acate. Sin embargo, la Señora Conquistadora y sus consejeros estarán disponibles a diario para cerciorarse de que la ley se cumple. A partir de este momento, la esclavitud ha acabado en el imperio.

Antillius me miró para que diera mi aprobación y sonreí al joven.

—Que así sea —dije, haciendo que la ley entrara en vigor.

Entonces me trajo el pergamino y me pasó una pluma, mojada en tinta. Firmé el documento con mi nombre y luego otro, exactamente igual que el primero. Terillus se había empeñado en que tuviéramos un duplicado. Cuando terminé de firmar, ocurrió una cosa increíble. Casi toda la sala estalló en aplausos. Desde luego, no me lo esperaba, lo cual hizo que Gabrielle se animara y se inclinara hacia mí para susurrarme al oído.

—Y ahora... tú eres un enigma para mí —sonrió mi futura reina.


Ni un alma volvió a interrumpirnos durante el resto de la noche. Consumimos despacio una cena que había creado Delia, superándose a sí misma, y a continuación nos dimos un baño aún más relajante, donde hubo más caricias y besos que limpieza real. Acabamos delante del tablero de juego, disfrutando de una copa de vino cada una. Creo que Gabrielle me dio gusto al beberse la suya, porque sé que no le gustaba mucho el sabor.

La partida de los Hombres del Rey transcurrió como todas nuestras partidas: sufrí una ignominiosa derrota.

—¿Cómo lo haces? —Alcé la voz ligeramente, contemplando el tablero de mármol.

—Porque siempre haces lo mismo —contestó Gabrielle.

—Te comunico que he ganado todas y cada una de las campañas que he librado, de Esparta a Troya, a excepción de una sola —respondí.

—Mmm —dijo Gabrielle, levantándose y dándome la espalda—. Es curioso, pero nunca has ganado en Corinto.

Me quedé mirando su espalda que se alejaba, boquiabierta. Era un hecho bien conocido que no había ganado la primera campaña que libré para tomar Corinto... bueno, en realidad no perdí, sino que ordené una retirada. Es una larga historia. Lo que me asombraba era que Gabrielle hubiera logrado ponerme en mi sitio con un comentario bastante jocoso en el que comparaba esa batalla con mi habilidad para los Hombres del Rey.

Tan deprisa que seguro que ni lo oyó, me levanté de mi asiento. La tenía entre mis brazos, levantada por los aires y colocada sobre mi hombro antes de que supiera qué estaba pasando. La mezcla de los gritos y carcajadas de Gabrielle mientras le hacía cosquillas hizo que Aristes, con un exceso de entusiasmo, entrara a la carga por nuestra puerta.

Nos quedamos todos parados, mirándonos los unos a los otros. Coloqué bien a Gabrielle en mis brazos y estoy segura de que el guardia se empezó a preguntar qué iba ser, si el Tártaro o el Elíseo.

—Yo... perdón... es que... es que he oído... y entonces pensé que a lo mejor... pensé que la dama... mm, que podía tener... problemas... —intentó farfullar el guardia con desesperación.

Gabrielle y yo no dijimos ni una palabra.

—Pues ahora me... mm... —Aristes señaló la puerta y se marchó por donde había venido, sólo que mucho más silencioso.

En cuanto se cerró la puerta, Gabrielle y yo nos miramos y estallamos en carcajadas.

—Pobre chico —dijo Gabrielle.

—Pobre chico, una mierda —dije, al tiempo que cruzaba la estancia y echaba el cerrojo de la puerta, sin dejar de sujetar a Gabrielle con un brazo—. Tiene suerte de que esté de buen humor.

—¿Me vas a bajar? —preguntó.

—Ah, claro... ¿después de ese comentario sobre Corinto?

—Bueno, ¿y qué vas a hacer conmigo? —preguntó con un brillo expectante en los ojos.

—¿Tú qué crees? —pregunté, cruzando el umbral de nuestro dormitorio.


—¿Por qué te ríes? Creo que podría —dije, segura de que si hacía un puchero, Gabrielle cedería y se mostraría de acuerdo.

—Oh, Xena, lo siento, amor, pero tú... ¿de esclava corporal? Es que no me lo imagino. —Siguió riendo.

—Bueno, no he dicho que se me fuera a dar muy bien, sólo que podría, si tuviera que hacerlo —repliqué.

—Ya. —Gabrielle enarcó una ceja.

—¡Claro que podría! Deja de mirarme así.

—¿Cómo, amor? —preguntó.

—Así. Con ese aire condescendiente que dice que no crees que pueda hacerlo.

—Xena, querida... estamos hablando de renunciar a tu propio placer para ocuparte del de tu ama, de no pensar siquiera en obtener la más mínima satisfacción para ti misma. ¿Recuerdas la noche en que nos conocimos, cuando acabaste desmayándote? —preguntó Gabrielle.

—Me quedé dormida, no me desmayé. Además, esa mañana había luchado en una batalla —gimoteé de una forma bastante patética.

—Está bien. —Gabrielle se levantó del sofá donde estábamos reclinadas. Dejó caer la bata por sus hombros y su bello cuerpo desnudo apareció ante mí. Se giró y fue a la cama. Apartó la colcha y las sábanas, se sentó y se tumbó, apoyándose en un codo—. ¿Y bien? —Me miró.

—¿Ahora? ¿Ahora mismo?

—Ahora o nunca, Conquistadora —contestó Gabrielle con firmeza.

Tenía una expresión risueña en los ojos que me dijo que estaba segura de que yo no era capaz de realizar tal hazaña. Me pregunté por qué quería intentarlo siquiera, cuando sabía perfectamente que hacerle el amor a Gabrielle negándome mi propia satisfacción podía acabar matándome.

Puedo hacerlo, me susurré mentalmente. Me levanté y me dirigí a la cama.

—Quítate la bata —me ordenó, y noté que me humedecía.

Así, sin más ni más, ya estaba excitada. Por Hades, esto no iba a ser una gran seducción si la esclava se corría antes que su ama. ¿Por qué me lo planteo siquiera? Gabrielle no espera de mí que le demuestre nada. Dejé que la bata resbalara por mi cuerpo y me excité aún más por la mirada hambrienta con que Gabrielle me recorrió de arriba abajo. De repente, rodó hasta el centro de la cama y se quedó boca abajo.

—Un masaje en la espalda, Xena. Eso es lo que necesito —farfulló, casi enterrada en la almohada.

Oh, dioses, ahora sabía lo que estaba recreando. Era la primera noche que pasamos juntas. Me di cuenta de que esto podía superarme un poquito, pero como nunca había dado la espalda a un desafío, seguí adelante ciegamente. Me quedé ahí plantada preguntándome cómo actúa una persona sumisa, qué piensa. Vi cómo separaba las piernas y supe que me correspondía a mí obedecer la orden tácita de arrodillarme allí. Me quedé paralizada en el sitio, incapaz literalmente de moverme. Algo parecido al miedo me tenía clavada en el sitio, incapaz de obedecer la orden silenciosa. De repente me dio miedo de no ser capaz de satisfacer a mi amante, de no ser lo que ella necesitaba. ¿Estaba demasiado vieja, demasiado cansada, tenía fuerzas suficientes para estar enamorada? Hijos... ¡ella quería hijos, por los dioses!

Mis pensamientos corrían por mi cerebro como un carro sin freno. Detuve mi mente a la fuerza y poco a poco caí en la cuenta de una cosa. Así es como se siente una esclava: insegura, indigna, preguntándose siempre si es lo bastante buena, lo bastante placentera. A pesar de todo lo que cacareaba diciendo que no era capaz de saber lo que sentía una esclava de verdad, en realidad sí que lo sabía. En el fondo, la única diferencia entre Gabrielle y yo siempre había sido su miedo. Ahora que se estaba librando de esa engorrosa emoción, se presentaba ante mí de igual a igual. Eso me aterrorizaba. También me llenaba de alegría. Tenía la oportunidad de darle a Gabrielle algo que nadie, ni hombre ni mujer, le había dado nunca: la oportunidad de estar al mando. De sentir por completo, comprendiendo que cualquier placer que deseara estaba a su alcance. Sonreí ante la perspectiva y entonces Gabrielle habló.

—¿No puedes hacer frente al desafío, Conquistadora? —Sonrió burlona sobre su almohada.

Decidí aceptar el reto. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, apretando las mías contra ella. La toqué, masajeando los músculos de los riñones. Poco a poco noté que sus músculos se calentaban y relajaban bajo mis manos. Tenía la piel suave, pero notaba la fuerza disimulada por esa piel de porcelana.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto? —preguntó Gabrielle con tono entrecortado. Supe que estaba reprimiendo un gemido de placer.

Decidí seguir adelante con su pequeña recreación.

—Uno de mi amos tenía un sanador que era de la tierra de Chin. Me enseñó gustoso los procedimientos de su arte, ama. —Intenté recordar las pocas palabras que me dirigió Gabrielle aquella noche.

Me incliné sobre su pequeño cuerpo y tracé círculos sobre sus riñones con el talón de una mano. Los fuertes muslos se separaron ligeramente y me pegué al interior de esas piernas maravillosas, apoyando todo mi peso, para hacer más presión con la mano. Gimió suavemente cuando los rizos que cubrían mi sexo se posaron en su bonito trasero y mi propia humedad me traicionó, igual que cuando estuvimos en la situación inversa. ¡Por los dioses! ¿Cómo lo hace? Estuve a punto de sujetarla y devorarla en ese momento. Me detuve un instante al llegar a sus caderas, haciendo como si no supiera por dónde continuar. Menos mal que todo esto parecía excitarla a ella tanto como a mí.

—Más abajo —ordenó.

Vi cómo se le tensaban los músculos de los brazos preparándose. Apretó más la almohada que tenía entre los brazos mientras yo le masajeaba la carne del trasero, preguntándome si tenía idea de cómo me estaba enloqueciendo con los gemiditos que estoy segura de ni siquiera se daba cuenta de que soltaba. Pasé las manos por la piel sedosa, primero masajeando con fuerza, luego acariciándola apenas con la yema de los dedos. Junté las manos, dejando que los pulgares recorrieran la división, bajando más hasta que rozaron apenas su humedad. Respiré hondo, luchando por mantener la concentración. Al cabo de un rato, bajé por cada muslo y por el dorso de sus piernas, dejando que mis manos le acariciaran las pantorrillas, masajeándole el arco del pie, para por fin hacer el viaje de regreso con las manos.

Para cuando regresé despacio a su trasero, los ruidos que salían de su garganta eran una tortura para mí. Era tan incapaz de disimular su deseo como yo de detenerme. Era fácil ver su excitación, pues los pliegues de su sexo, abierto y expuesto a mis ojos, relucían con su propia clase de ambrosía. Me empezaba a preguntar si Gabrielle me desearía de la misma forma en que yo la deseaba, pero continué. Yo era la esclava y ella era el ama. Le correspondía a ella decirme lo que ella deseaba. No sé qué tenía esa forma abierta de yacer ante mí, la postura sumisa que engañaba con respecto a quién tenía el control y quién se dejaba simplemente dar placer, pero seguí mirando, hipnotizada, mientras ella levantaba una rodilla, abriéndose del todo, dando la única orden que yo estaba esperando sin aliento.

—Tócame —dijo roncamente.

Ahora sabía perfectamente lo que deseaba, y apreté los músculos abdominales, para reprimir la oleada de placer y evitar que se apoderara de mi vientre. Con una mano seguí frotando la carne de ese trasero maravilloso, dejando que mis dedos se deslizaran dentro de la carne húmeda de entre sus piernas. Dioses, oh, dioses, no paraba de pensar, al tiempo que Gabrielle arqueaba la espalda, apoyándose en los codos un poco más para abrirse a mí por completo.

Yo estaba gimoteando, pero creo que el leve sonido quedaba ahogado por los gemidos y los ruegos de Gabrielle para que no parara. Apretó las caderas contra el colchón para obligar a mi mano a tocarle el clítoris con más fuerza. Me acordé de la sensación de irritación porque el contacto no era suficiente y entonces gruñó de frustración, como lo había hecho yo.

—Dentro... ¡por los dioses, méteme la mano! —ordenó, y gritó de éxtasis cuando deslicé los dedos dentro de ella.

Empujó hacia atrás con fuerza, empalándose más, para entonces ya casi a cuatro patas. No daba crédito a lo excitada que me sentía por todo esto. Me resultaba tan increíble como cuando Gabrielle me tomó de la misma manera.

Mantuve un ritmo perfecto con sus empujones hacia mí, siguiendo la velocidad exacta que dictaban sus caderas. Tenía la mano libre abierta, sujetándole el trasero y moviendo el pulgar por la raja hacia su centro. Seguí así, hacia delante y hacia atrás, extendiendo los jugos de Gabrielle hasta que notó cuál era mi intención. Me detuve y empecé a frotar suavemente la carne prieta, presionando ligeramente, pero sin penetrar. Las caderas de Gabrielle iniciaron un movimiento vertiginoso, empujando hacia atrás, pidiendo más en silencio.

Seguí penetrándola con los dedos y noté el temblor de sus extremedidades que indicaba la cercanía del orgasmo. Continué bajando con el pulgar para recoger más lubricación, regresando y apretando un poco más cada vez.

—¿Ama? —pregunté, pidiendo permiso tal y como lo había pedido ella.

Gabrielle gimió. Yo conocía esa sensación. Querías decir que sí, pero era como si otra persona controlara tu cuerpo.

—¡Dioses, sí! —exclamó.

Por fin, me detuve y apreté sobre la prieta abertura, con el pulgar cubierto de la sedosa humedad de Gabrielle, y con un ágil movimiento, penetré la estrecha abertura con el pulgar. Sentí cómo se deslizaba el dedo en su interior, penetrando si dificultad ese calor húmedo. Pasé a hacer lo que Gabrielle me había hecho a mí, follándome hasta que pensé que ya no podía seguir conteniendo mi orgasmo. Se puso a empujar con fuerza contra mis dos manos que se movían dentro de ella y cuando sus propios gritos brotaron de golpe, se cayó sobre las almohadas, respirando con dificultad.

Saqué despacio el pulgar, manteniendo la mano dentro de ella y antes de que se le pasaran los últimos temblores del potente orgasmo, volví a mover los dedos en su interior. Los torcí hacia arriba y hacia el fondo, frotando el punto aterciopelado de dentro, y volvió a gemir en voz alta. Le di otro rápido orgasmo después de eso, hasta que su cuerpo se desplomó encima de la cama, con los pulmones necesitados de aire.

—Piedad —suspiró derrotada, y sonreí por dentro, sin dejar que la emoción asomara a mi rostro.

Me levanté de la cama, me lavé y me bebí apresuradamente media docena de tragos de ouzo. Esperaba que el alcohol me enviara rápidamente al reino de Morfeo, porque ahora tenía que volver a la cama y demostrar que podía ser una buena esclava, que podía abstenerme de mi propio placer. Por los dioses, no tenía gracia. Tenía un dolor entre las piernas que sabía que no me iba a permitir tumbarme sin más y dormir.

Fui a la cama y me abracé a Gabrielle.

—¿Va todo bien? —pregunté.

—Mmm-mmm —murmuró.

Pegó todo su cuerpo a mí y la piel me ardió al entrar en contacto con la suya.

—Dioses —susurré lo más bajito que pude.

—¿Te da gusto? —me tomó el pelo.

—Ssh, duérmete, amor —dije roncamente, intentando recordar todos los puntos de la estrategia de combate que había aprendido de joven. Estaba dispuesta a intentar cualquier cosa para distraerme del dolor que tenía entre las piernas.

Gabrielle empujó contra mí, pegando y moviendo su trasero contra mi sexo, que dejó un rastro de humedad sobre su piel.

—Xena... qué mojada estás —ronroneó.

Me entraron sudores fríos. Ese tipo de conversación no hacía nada para apagar las llamas de mi libido. Agitó las caderas, apretándolas esta vez algo más fuerte contra mí. Oí el gruñido que retumbaba en mi pecho antes incluso de que brotara.

—Gabrielle, —me acerqué más, prácticamente tumbada encima de ella, gozando de la sensación de estar echada casi encima de su espalda—, ¿estás haciendo eso a propósito?

—Sí —me susurró.

Entonces sí que gruñí.

—Gabrielle...

—¿Sí, amor? —Volvió a apretarse.

—Lo siento, lo confieso... soy un asco de esclava. —Me rendí por fin.

—¿Por qué dices eso? —preguntó al tiempo que me apretaba más contra ella.

—Porque ahora mismo lo único que quiero hacer es sentir cómo te mueves debajo de mí. Por los dioses, mujer, quiero que hagas que me corra.

Abrí las piernas, me tumbé casi del todo encima de ella y metí la mano entre nuestros cuerpos. Estaba increíblemente mojada y no pude resistirme a mover los dedos sobre mi necesidad. Me abrí bien y me pegué con fuerza contra el culo firme que tenía debajo, al tiempo que Gabrielle subía las caderas para aumentar la presión. Me agarró la mano y se la llevó a los labios y me quedé mirando y gimiendo mientras lamía mis jugos de cada dedo.

—¡Dioses, mujer! —exclamé.

Empujé de nuevo hacia abajo con fuerza al tiempo que me deslizaba sobre su trasero. En mi clítoris estallaban chispas de fuego puro mientras seguía frotándome contra esa piel suave, al tiempo que Gabrielle seguía pegándose a mí subiendo las caderas a la vez.

—Ohhh —gemí—, me... dioses, lo siento, cariño... esto... va a ser... muy rápido... ¡Oh, dioses! —grité.

Las convulsiones me atacaron el cuerpo y no pude controlar mi forma de pegarme al cuerpo de Gabrielle, llena de dolor, pero sin querer terminar el potente orgasmo. Cuando por fin se me pasaron los temblores, caí sobre ella, saciada y asombrada. Era cierto, pensé, justo antes de quedarme dormida tras habernos susurrado palabras de amor, yo era esclava, pero de una sola cosa... mi pasión por Gabrielle.


Epílogo


—Xena... ¿estás bien, amor?

Gabrielle me encontró en la habitación externa, mirando hacia el jardín por la ventana.

—Sí, amor —contesté distraída.

Me pasó el brazo por la cintura y me di cuenta de que tenía la cabeza en otra parte.

—Lo siento, esta mañana tengo el cerebro centrado en otra cosa.

—Ya lo veo, por ese ceño —contestó Gabrielle, poniéndose de puntillas para darme un beso en la mejilla.

Reconozco que eso hizo que me sintiera mejor y mi sonrisa así se lo dijo.

—¿Por qué estás tan ceñuda y por qué tan temprano?

—No tiene nada que ver con nosotras, mi amor. —La besé en la frente y la estreché más contra mí—. Tenemos visita. —Aparté el tapiz para revelar a un joven que paseaba por el jardín de debajo.

Daba vueltas de lado a lado, se sentaba unos instantes en un banco y luego se levantaba de golpe como si tuviera demasiada energía que no podía contener sentándose. Era alto, de cintura esbelta y hombros anchos. El largo pelo oscuro se le metía en los ojos y al echar la cabeza hacia atrás, se veían sus relucientes ojos azules. Casi todo el mundo le habría echado unos diecinueve o veinte veranos, pero yo sabía que tenía veintitrés. De hecho, recordaba el día en que nació con sorprendente claridad.

Gabrielle miró al hombre, luego me miró a mí y supe que se estaba preguntando cosas.

—Xena... ¿conoces a ese joven? —preguntó por fin.

Le sonreí, dejando caer el tapiz para volver a cubrir la ventana.

—Sí —contesté—. Es mi hijo.


FIN

Continuará en El pétalo de la rosa


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