Capítulo 17: Había tenido hambre todos esos años


—¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡No quiero nada de comer! —Cogí la bandeja del suelo y la lancé, con todo su contenido, hacia las escaleras.

Sabía que estaban allí, escondidos pasado el rellano de las escaleras, de modo que cogí la frasca de vino que estaba en el suelo fuera de mi puerta y la tiré también al otro lado del pasillo. Entré de nuevo en mi habitación y cerré de un portazo, echando el pestillo.

Crucé la estancia a oscuras hasta el balcón abierto. Apoyé la espalda en la pared interior, dejé caer mi cuerpo al suelo y el frío aire nocturno se posó sobre mí. Se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas y ya no pude contenerlas. Justo cuando creía que no me quedaban lágrimas que derramar, pensaba en Gabrielle, recordaba perfectamente la expresión de su bello rostro cuando la abofeteé y me echaba a llorar de nuevo.

Así había pasado el día para mí. Ahora la luna ya estaba en lo alto del cielo, pero no había encendido ni lámparas ni velas. Había dejado mis aposentos en el mismo estado de oscuridad que sentía que rodeaba a mi corazón. Me estaba portando como una niña malcriada al tirar las bandejas que me dejaba Sylla, pero la violencia física parecía ser mi reacción habitual, cuando me enfadaba o me asustaba. ¿Acaso no lo había demostrado antes, al pegar a Gabrielle?

Oí los golpes en mi puerta y reconocí la voz de Delia, que hablaba con Sylla.

—He intentado dejar la comida como me dijiste, pero se la ha tirado a los guardias. —La joven voz de Sylla sonaba preocupada y me hizo lamentar haberme comportado como una niña con un berrinche.

—Da igual, Sylla. Ve a buscar otra bandeja y súbesela a Gabrielle, yo me ocupo de la Conquistadora —le contestó Delia a mi doncella.

—Delia, ¿has oído lo que dicen de Gabrielle? —preguntó Sylla.

—Si me dedicara a escuchar cada cotilleo que pasa por mi cocina, poca cosa lograría hacer en todo el día —respondió Delia con aspereza, y luego pareció reconsiderar su brusca respuesta, porque lo siguiente que dijo fue más suave, más comprensivo—. Sí, he oído lo que dicen.

—¿Te lo crees? —preguntó Sylla.

—En absoluto. Por los dioses, Gabrielle es honrada como ella sola. Ahora ve, trae té caliente y un caldo y asegúrate de que se lo toma todo. ¿Señora Conquistadora? —Delia se puso a llamar a la puerta de nuevo.

Me quedé ahí sentada sin moverme, deseando que Hades se me llevara para acabar de una vez con todo. Oí una llave en la cerradura metálica y no me sorprendió en absoluto que Delia hubiera encontrado una llave de mi habitación. Seguí sentada en el suelo, observando mientras Delia se movía hábilmente a través de las sombras de la habitación. Encendió una gran lámpara de aceite que había en un rincón de la estancia y fue moviéndose por la espaciosa zona, encendiendo una lámpara más y varias velas. Levanté la cabeza al oler la cera derretida: era un olor extraño y reconfortante que siempre me recordaba a mi hogar, aunque no lo tuviera.

Apoyé la barbilla en los brazos, con los que me sujetaba las piernas contra el pecho. Delia se acercó y me di cuenta del aspecto que debía de tener por la expresión de sus ojos. Tenía el pelo hecho un desastre y los ojos rojos e hinchados, escocidos por las largas horas de llanto. Se acercó más, sacó una silla de la mesa y la colocó delante de mí.

Cuando se sentó y me pasó una mano tierna por el pelo, apartándomelo de los ojos, me eché hacia atrás. No podía soportar la ternura, era algo que habría hecho Gabrielle, y me eché a llorar de nuevo.

—No seas amable conmigo. —Me aparté un poquito más, volviendo la cara hacia el balcón abierto.

—Así que os habéis peleado. Bueno, no es nada que no se pueda arreglar —replicó Delia, con tono comprensivo.

—No se podrá arreglar nunca —respondí tajantemente.

Creo que el tono ominoso de mi voz hizo mella en Delia, que empezó a dudar.

—¿Qué pasó exactamente esta mañana? —preguntó.

—La golpeé —contesté, intentando no derrumbarme por completo delante de la mujer de más edad.

—Oh, Xena. —Delia suspiró apesadumbrada, echándose hacia atrás en la silla.

La miré por fin a los ojos y no vi el rechazo que me esperaba. Vi una compasión que me sorprendió y me abrumó un poco.

—¿No me odias? —pregunté, pues sabía lo importante que era Gabrielle para Delia.

Me dirigió una de esas sonrisas agridulces suyas.

—¿Mi odio haría que te sintieras peor por lo que has hecho?

No pude contestar por el nudo que tenía en la garganta y me limité a negar con la cabeza.

—¿Entonces qué sentido tendría? —replicó con firmeza.

—Me siento traicionada —comenté, sintiendo bastante lástima por mí misma.

—¿ te sientes traicionada? ¿Y cómo crees que se siente esa chica? ¡Por los dioses, es un milagro que siga cuerda, viviendo contigo! Le dices que la amas, la colmas de regalos y cariño. Y luego, le niegas la libertad y la mantienes como esclava. ¿No crees que ella puede haberlo interpretado como una forma de traición?

—¡Sabía lo de la rebelión de los esclavos y no me lo dijo! —le grité.

—¿Toda esta tontería es por eso? ¡Santos dioses, mujer! —Delia se levantó de la silla y se plantó ante mí con los brazos en jarras.

—Pero Gabrielle lo reconoció —respondí débilmente—. Dijo que lo sabía.

—Xena, todo el mundo lo sabía... ¡santa Atenea, hasta yo lo sabía!

—Me tendría que haber dicho cuándo iba a ocurrir... así yo podría haber hecho algo —contesté a la defensiva.

—Estoy segura de que Gabrielle no tenía ni idea de que iba a ocurrir de verdad.

—¿Qué...? —Me quedé sin voz del pasmo.

—Xena, Carra planea una rebelión de esclavos todos los días. Gabrielle la traía a la cocina y yo las oía hablar y también los cocineros, las pinches, ¡por los dioses, la mitad de los guardias de palacio la han oído planear esta insensatez! Nadie la tomaba nunca en serio. Creo que Gabrielle tenía tan poca idea como yo de que iba a ocurrir de verdad esta mañana.

Delia se quedó plantada delante de mí y sentí que toda la ira que guardaba en mi interior se desvanecía en la nada. Me quedé débil y confusa. Simplemente no entendía cómo era posible que todo lo de la mañana hubiera ido tan mal.

—Pero ella lo reconoció —dije, casi para mí misma—. ¿Por qué no me lo explicó?

—¿Se lo preguntaste de verdad, Xena, o la interrogaste? ¿Diste por supuesta su inocencia, o su culpabilidad? Cuando la estabas mirando, ¿era con expresión comprensiva hacia la mujer que amas, o era con expresión dura y crítica? —preguntó Delia.

No me hizo falta responder a las preguntas de Delia: ella conocía las respuestas tan bien como yo, estaban escritas en mi cara.

—Dioses, ¿qué he hecho? —murmuré, hundiendo la cara en las manos—. ¿Qué voy a hacer?

—¿Qué quieres hacer, Xena? —me preguntó.

—Morirme —contesté rápidamente, sin el menor atisbo de humor.

—¿Y como segunda posibilidad? —me contestó Delia inmediatamente.

—¿Cómo arreglo las cosas con ella, Delia? —pregunté con lo que hasta a mí me sonó como un hilito de voz.

—Puedes hacer dos cosas, para empezar.

La miré a los ojos y supe lo que iba a decir antes de que dijera una palabra: dos de mis mayores temores de una sola vez.

—Tengo que disculparme y pedirle que me perdone —contesté.

—Ésa es una. —Delia se sentó de nuevo en la silla—. Si quieres a esta chica tanto como yo creo, tienes que darle la libertad.

Nos quedamos en silencio unos instantes mientras yo intentaba imaginarme a mí misma haciendo ambas cosas.

—¿Crees que me perdonará si le doy la libertad?

—Xena, —Delia movió la cabeza ligeramente—, con las personas amadas no se regatea. Se da y a veces se recibe...

—Y a veces no —terminé, apoyando la frente en los brazos.

—Sí, ése es el riesgo que corremos cuando entregamos el corazón. Ocurre lo mismo con la amistad. Cuando le diste a Gabrielle los materiales para escribir y la mesa, ¿se los diste pensando que así podrías gustarle?

—No, —levanté la cabeza indignada—, ¡claro que no!

—Por supuesto que no. Lo hiciste sin otro motivo que por hacerla feliz. Eso es lo que hacemos cuando queremos a la gente, Xena. Tienes que darle a esta hermosa águila la libertad, Xena, esta criatura magnífica necesita saber lo que es la libertad. Sólo si regresa a ti, sabrás si es verdaderamente tuya.

—No lo he dicho nunca —farfullé.

—¿El qué?

—Lo de disculparme... nunca le he dicho a nadie que... lo sentía —contesté escondiendo la cara tras el brazo, totalmente avergonzada de que una mujer de mi edad tuviera que pedir consejo para estas cosas.

—¿Nunca? —Delia parecía sorprendida y yo hice un gesto negativo con la cabeza—. Pues te va a costar más que cualquier otra cosa en tu vida —afirmó.

—Gracias —repliqué con una buena dosis de sarcasmo—, me siento mucho mejor. —Hice una pausa antes de hablar de nuevo—. No sé si puedo —añadí.

—Puedes y lo harás —respondió, levantándose de la silla y colocándose a mi lado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco —contestó, tirándome del codo—. Venga, no obligues a mi vieja espalda a levantarte. Dioses, niña, mira que eres grandota —añadió cuando me levanté.

Yo estaba asombrada. A Delia le parecía tan claro lo que había que hacer. Me sentía aún más atónita por el hecho de que una mujer que sólo tenía diez, tal vez quince veranos más que yo, me llamara niña. Pero así era Delia, y di gracias a los dioses por concederme una amiga como ella.

—Lo primero que vas a hacer es ponerte a remojo en la bañera y lavarte la cara y el pelo. Voy a preparar una cosa para que te la pongas en la cara, para quitarte un poco toda esa irritación e hinchazón... tienes un aspecto que ni el propio Hades.

—Seguro que te agradece la comparación —repliqué mientras ella me metía a empujones en la sala del baño.

—Después del baño, te vas a relajar con una taza de té caliente y luego te vas a meter algo en el estómago.

—¡Vomitaré si como algo! —grité desde la otra estancia.

—Pues vomita... te meteremos algo más cuando termines.

Sumergí mi cuerpo en el agua tibia sin echar más de la que había en los cubos que se calentaban junto al fuego. El agua fresca me aliviaba el ardor de la piel, y me mojé la cara con el reconfortante líquido. Oí a Delia cuando le abrió la puerta a Sylla.

—Se ha bebido el té, pero no he conseguido que coma nada —dijo mi doncella, supongo que refiriéndose a su intento de hacer comer a Gabrielle.

—Baja y prepara algo ligero para la Conquistadora, y date prisa —ordenó Delia.

—Delia... Gabrielle tiene un golpe en la cara.

—Sylla, no quiero que comentes absolutamente nada sobre ese tema, ¿comprendido? Tú y yo somos las únicas que lo sabemos. Si oigo el más mínimo cotilleo al respecto, sabré que has sido tú y me ocuparé de que te pases las próximas veinte estaciones fregando orinales. ¿Entendido?

—Sí, Delia.

Oí cómo se cerraba la puerta y Delia entró un poquito después.

—Toma, ponte esto en los ojos durante un rato —dijo.

—Delia, ¿me harías un favor? —pregunté. Cuando asintió, continué—. ¿Quieres ver cómo está Gabrielle? Para asegurarte de que no está muy magullada.

—Eso puedes hacerlo tú misma, cuando salgas del baño —contestó.

—Lo sé... o sea, lo haré. Voy a hacerlo, pero antes tengo que ir a la cárcel. Tengo que hablar con Carra.

—¿Antes de hablar con Gabrielle? —preguntó Delia confusa.

—Sí, es importante. Necesito saber por qué Carra me ha hecho creer deliberadamente que Gabrielle me había traicionado. Quiero oírlo de sus labios —expliqué.

—Muy bien. Pues iré a comprobar que Gabrielle está bien. ¿Quieres que haga algo más por ti, Xena? —preguntó Delia.

—No. —Pero la llamé cuando ya se había vuelto para salir—. ¿Delia? —Se volvió de nuevo hacia mí—. Yo... siento ser... tan idiota casi siempre.

Como disculpa, puede que le faltara un poco de elegancia, pero a fin de cuentas, era mi primer intento.

—Ya ves... ¿tan difícil ha sido? —preguntó.

—Sí. —Le dirigí la mejor imitación de sonrisa que me salió, dadas las circunstancias.

Delia me sonrió a su vez. Me dio una palmadita en el hombro y se volvió una vez más para marcharse.

—Sigue así... con la práctica es más fácil.


Para ser una prisión, ésta desde luego no era la peor que había visto en mi vida. Había mazmorras debajo del palacio, celdas que estaban excavadas en la dura roca de los cimientos del castillo. Las cuevas húmedas y oscuras todavía se usaban en raras ocasiones, pero unas cuantas estaciones antes ordené que se construyera un nuevo edificio para usarlo como prisión. Era una estructura baja de piedra situada al otro lado del cuartel de los soldados. Aunque las condiciones distaban mucho de ser hospitalarias, la inmundicia y las ratas no llegaban al nivel de las viejas mazmorras.

Nadie me detuvo cuando entré en el edificio. Estoy segura de que mi cara no invitaba a una charla social y además tenía la sensación de que, aunque me había arreglado, seguía teniendo un aspecto digno del Tártaro. Una vez me abrieron las puertas exteriores y las pesadas puertas internas, le pregunté al carcelero en qué celda estaba Carra. Pareció sorprenderse un poco y luego asustarse. Dijo que a causa del jaleo incesante que montaba, gritando obscenidades, la habían metido en la última celda del edificio, al final del pasillo oscuro y sinuoso. El hombre seguía mirándome con cara rara. Según recordaba, era la misma expresión con que me había mirado el guardia que me había abierto las puertas internas. No conseguía dar con nada fuera de lo normal que me hiciera merecedora de esas miradas raras, de modo que avancé despacio por el lúgubre pasillo, pasando ante las celdas vacías, hasta que llegué casi al final del edificio. Oí voces, pero la oscuridad me mantenía oculta. Al atisbar por la esquina, ya sabía a quién iba a ver bajo la luz de la antorcha colgada en lo alto de la pared. Podría reconocer su voz incluso dormida, aunque estuviera ronca, como lo estaba ahora, evidentemente tras marcas enteras de llanto.

Gabrielle estaba sentada en un banco, justo enfrente de la celda donde estaba encerrada Carra. La mujer alta estaba apoyada en los barrotes y, en este momento, me gustó aún menos que antes su forma de mirar a Gabrielle. Pero no iba a caer en mi anterior error. Sí, mi primer instinto fue lanzarme hacia esas dos y obligar a Gabrielle a confesar su traición, pero ahora ya no tenía ganas de hacer una cosa así. Por los dioses, eso me sorprendió a más que a nadie.

Gabrielle tenía razón con respecto a mí: era porque no me fiaba de ella, de la seriedad de su amor por mí, por lo que nunca la había liberado de la esclavitud. Yo que pensaba que me fiaba de ella hasta el extremo de poner mi vida en sus manos, cuando lo cierto es que confiarle mi vida era muy fácil: nunca había dado mucho valor a mi propia vida. Pero la vida de Gabrielle era un tema totalmente distinto. Ella lo valía todo y, cuando me di cuenta de que podía ser la única alma capaz de iluminar los recovecos oscuros de mi corazón con su luz especial, lo comprendí todo: por qué trataba a Gabrielle como la trataba y, aún más importante, por qué no acababa de darle la libertad. Me asombraba y me avergonzaba de tener tal epifanía mientras estaba metida en una bañera llena de agua cada vez más fría.

Ahora, mientras mis ojos doloridos contemplaban su pequeña figura, cuyos hombros estaban encorvados como señal inconfundible de sus propios sentimientos de tristeza y pérdida, me dio vergüenza haber obligado a Gabrielle a elegir entre su amante y su amiga. La cosa se reducía a eso, en su sentido más burdo. Gabrielle nunca había tenido amigos hasta ahora, ni había experimentado toda la gama de emociones que pueden surgir al entregar el corazón a otra persona. Lo cierto era que yo la había puesto en una situación de la que no podía aspirar a liberarse, y no le había dado ninguno de los recursos necesarios para hacer frente a los problemas que pudieran surgir. Había pensado únicamente en mí misma, en cómo Gabrielle estaba cambiando mi vida. Ni se me había ocurrido pensar en cómo estarían afectando a la muchacha los cambios que se estaban produciendo en su vida.

Me apoyé en la pared, oculta por completo en la profundas sombras, escuchando lo que hablaban. Sí, supongo que hice mal, pero temía que ésta fuera la única manera de averiguar los pensamientos y sentimientos de mi joven amante. Seguramente yo era la última persona a quien le apetecería confiárselos. Mientras escuchaba, se me volvió a partir el corazón. Ni se me había cruzado por la mente que Gabrielle sintiera que una amiga y una amante la habían traicionado en un solo día.

—¿Pero por qué, Carra? —oí que decía la voz tensa de Gabrielle.

—¿Por qué? —resonó la voz más grave de la prisionera—. Mira a tu alrededor, Gabrielle. Por si lo has olvidado, soy esclava... ¡somos esclavas! ¡La diferencia es que yo no tengo un ama que me vista con ropa bonita, me dé de comer en abundancia y me haga regalos valiosos!

—Xena no es así —contestó Gabrielle.

—¿Xena? Querrás decir la Conquistadora, ¿no? Te comportas como si no fuera tu ama... como si significara algo para ti —continuó Carra.

—Así es. —Gabrielle alzó la cabeza bruscamente, y se me llenaron los ojos de lágrimas al ver el fuego que empezaba a arder en esos ojos verdes—. ¿Y por qué no iba a ser así? —Gabrielle se había puesto de pie ahora, enfrentada a su amiga—. Le importo... me... —Gabrielle contuvo un sollozo—. Me quiere —terminó, levantando la barbilla con gesto desafiante.

—Oh, no me digas —ronroneó Carra—. ¿Y te dijo te quiero al darte ese golpe?

Gabrielle se llevó la mano a la mejilla, palpando la contusión con los dedos. Se apartó de la luz y ya no pude verle la cara. Pero no me hacía falta verla para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas. No podía negar lo que había sucedido, y ni lo intentó. Mi propio llanto empezó de nuevo cuando la vi volverse otra vez hacia Carra, intentando explicárselo con un hilito de voz.

—Se sentía traicionada —dijo Gabrielle suavemente, con los ojos clavados en la oscuridad. Me pregunté si estaba recordando el momento al mismo tiempo que yo lo veía repetido una y otra vez en mi imaginación.

—¿Ella se sentía traicionada? Por los dioses, Gabrielle, después de todo lo que haces por ella, de cómo la sirves, ¿qué derecho tiene ella a sentirse víctima? —le gritó Carra a la pequeña rubia.

—Todo el derecho —susurró la voz de Gabrielle—. Tenía derecho... no a pegarme, sino a sentir lo que sentía. La traicioné.

—Tú no la traicionaste, yo le hice creer que sabías más de lo que sabías. Le hice creer que te estaba follando —dijo Carra sin emoción.

—¿Qué? —Gabrielle tenía cara de total confusión—. Carra... ¿por qué has hecho una cosa así? Creía que eras mi amiga.

—Sigues sin enterarte, ¿verdad? Eres una esclava, Gabrielle. ¡Ella es tu dueña! ¿Qué crees que diría si le dijeras que no quieres acostarte con ella cuando a ella le apetece? ¿Crees que te diría que te quiere y que no pasa nada? ¡Ni por asomo! ¡Te forzaría y te violaría para demostrarte quién es el ama y quién es la esclava!

—¡Eso no es cierto! —gritó Gabrielle a su vez—. Xena nunca me trataría así.

—Ya lo ha hecho otras veces, ¿qué tienes tú de especial? —respondió Carra con malicia.

La cara de Gabrielle era una máscara de dolor. Nunca le había contado a Gabrielle las cosas que había hecho, mi forma de tratar a las mujeres que me había llevado a la cama antes de que apareciera ella. A veces pensaba que lo sabía, pero nunca me había preguntado nada. Su expresión en este momento me dijo que si tenía la sospecha de que los rumores eran ciertos, nunca había querido creerlos. Una vez más, la había dejado indefensa ante ataques como el de Carra.

—A mí no me lo haría —replicó Gabrielle.

—¡Sí, ya! Estaba más que dispuesta a creer que la habías traicionado.

—Eres tú la que no lo entiende. —Gabrielle avanzó un paso—. ¡Claro que la traicioné! Tendría que haberle contado lo que ibas diciendo, y no porque sea su esclava, ¡sino porque soy su amante! No le dije nada porque no la creía. No creía que hubiera cambiado. No me fiaba de ella cuando me decía que estaba intentando ser diferente. Me daba cuenta de que podía ser buena, pero también veía la oscuridad que lleva dentro y me daba miedo. Tenía miedo de lo que te haría a ti... a mis amigos. —Gabrielle se secó las lágrimas y se paseó de lado a lado delante de la celda—. Y así es como me lo pagas. —Volvió los ojos, tristes y solitarios, hacia Carra—. Has hecho creer deliberadamente a Xena que la he traicionado, que le he sido infiel contigo. ¿Sabes por qué esto me hace tanto daño? Porque resulta que he mentido a la mujer que amo porque no me fiaba de ella y al parecer, es la única de quien me puedo fiar en realidad. Con todos sus defectos, y sí, me ha hecho daño, pero ha sido más una amiga para mí de lo que podrías serlo tú nunca, Carra.

—Y sin embargo, sigues siendo su esclava —contestó la prisionera.

—Y aunque lo siga siendo toda mi vida, jamás conoceré un amor más grande —respondió Gabrielle.

Gabrielle se volvió para marcharse y me hizo falta toda mi fuerza de voluntad para no correr hasta ella y estrecharla entre mis brazos. Por los dioses, no podía creer que una mujer así me amara. ¿Todavía me quería? Aunque tuviera que dedicar a ello el resto de mi vida, intentaría todos los días arreglar las cosas con ella. Le demostraría que podía cambiar, para que nunca volviera a dudar. Retrocedí un poco más, ocultándome en las sombras, pero sentí una acometida de rabia por lo siguiente que oí.

—Mientras sigas siendo su esclava —le dijo Carra a Gabrielle—, siempre serás considerada la puta de la Conquistadora.

Gabrielle siguió andando, pero al pasar junto a mí, oí el leve susurro que se escapó de sus labios.

—Lo sé —dijo Gabrielle.


Sólo pensaba en una cosa mientras esperaba en silencio a que Gabrielle saliera de la prisión. Respiré hondo varias veces para calmarme, notando que la bestia tironeaba de mí, exigiendo, luego pidiendo y por fin rogando que la dejara suelta. Fui hasta la celda y me quedé allí plantada. Carra me miró con una expresión de odio puro en los ojos. Casi... casi lo hice. Cerré los ojos, colocando la imagen de Gabrielle en el primer plano de mi mente.

Debía de tener un aspecto extraño, con los ojos cerrados y, por fin, el atisbo de una sonrisa en los labios. La bestia suplicaba ahora, y aunque me faltó un pelo para abrir la puerta de la celda y hacer pagar a Carra el daño y el sufrimiento que estaba padeciendo Gabrielle por sus insinuaciones y sus mentiras, logré detenerme. Ahuyenté a mi demonio, no sé cómo, y por fin abrí los ojos para mirar a Carra.

—¿Así que has venido para hacer lo que no has tenido cojones de hacer esta mañana? —dijo con desprecio.

—Ésa era mi intención —contesté con calma. Creo que mi tono de voz desconcertó a Carra—. Carra, había venido a esta celda con toda la intención de hacerte mucho daño. Quería hacerte sufrir igual que tu traición ha hecho sufrir a Gabrielle. Ella te tenía por una amiga y tú no has pensado en nadie salvo en ti misma y en cómo podías usarla para llevar a cabo tus propósitos. Quería arrancarte el corazón por eso, pero me he dado cuenta de que yo soy igual de culpable. He cometido los mismos crímenes, pero ahora quiero el perdón. ¿Cómo puedo ofrecerle menos a otra persona?

Me volví y eché a andar por el lóbrego pasillo, sin esperarme oír su voz al marcharme.

—El amor te ha hecho débil, Conquistadora —me espetó.

Sonreí y estoy segura de que pensó que me había vuelto loca.

—Te equivocas, Carra. Por primera vez en mi vida, tengo la fuerza suficiente para hincarme de rodillas y pedir lo que deseo de verdad. El amor no me ha hecho débil... me ha hecho fuerte.


Estaba parada en el pasillo, de cara a su puerta, con la sensación de llevar allí bastante tiempo. Mi mente retrocedió hasta Micenas y las dos estaciones completas que pasé luchando contra los persas hasta que, con el golfo a la espalda, se rindieron y abandonaron el suelo griego. En ocasiones visitaba la ciudad, al suroeste de mi capital, Corinto, y cuando pasaba por la Puerta de los Leones al entrar en Micenas, recordaba la brutalidad de aquella campaña.

Esa puerta monumental, construida en mi honor, era un bloque de piedra caliza de tres metros de altura tallada con dos leonas flanqueando una columna. El bloque se sostiene gracias a un inmenso dintel de piedra, que abarca toda la alta puerta de entrada a la ciudad. Cada vez que entro en la ciudad, me acuerdo de una sola cosa. Esa campaña, con sus numerosas batallas, fue con diferencia la cosa más difícil que había hecho en toda mi vida.

Mi mente regresó al presente y me di cuenta de que cuando cruzara la puerta de Gabrielle para hablar con ella, sería como si pasara por debajo de esos animales tallados en mi honor. Sabía que mis percepciones iban a quedar alteradas para siempre en el momento de alzar la mano para llamar a la puerta. Ahora comprendía que había muchísimas cosas más poderosas que la guerra e innumerables personas que eran más fuertes que los guerreros. Llamé suavemente a la puerta de madera, fortalecida al saber que ésta iba a ser, con diferencia, la cosa más difícil que había hecho en mi vida.

Abrió la puerta y nos quedamos mirándonos. Sus ojos estaban tan enrojecidos e hinchados por las marcas pasadas llorando como los míos.

—¿Puedo entrar, Gabrielle? —pregunté insegura.

Pareció sobresaltarse, como si mi cortesía la sorprendiera.

—Por supuesto, mi señora. —Abrió más la puerta.

Intenté disimular el dolor al oír que usaba mi título en lugar de mi nombre. Al menos no me estaba llamando Conquistadora. Las dos nos quedamos en su estancia exterior, junto a la mesa, donde faltaban de forma evidente los habituales pergaminos y pluma. Me di cuenta de que probablemente no estaba de humor para escribir. No dijo una palabra, y supe que no le correspondía a ella. Era responsabilidad mía arreglar esto, o al menos tomar la iniciativa. Moví los pies nerviosa, mirándola de reojo y luego mirándome de nuevo las botas.

—Tengo que decirte una cosa, Gabrielle... ¿podemos... podemos pasar a tu habitación, donde estaremos... mm, más cómodas? —logré farfullar.

Gabrielle no dijo ni sí ni no, simplemente se volvió y entró la primera en el dormitorio.

—Por favor, —le puse una mano delicada en el hombro—, siéntate.

Se sentó inmediatamente en el borde de la cama. Me puse a dar vueltas y en el instante en que me di cuenta de lo que estaba haciendo, me detuve. Gabrielle me miró y, por una vez, no supe interpretar lo que se veía en sus ojos. Allí de pie, cernida sobre ella, tragué saliva con dificultad una o dos veces. Me puse delante de ella y me arrodillé. Ahora era ella la que me miraba desde arriba, y eso me pareció más apropiado, pues era yo la que tenía que suplicarle el perdón, no al revés.

Levanté la mirada para observar su cara y me fijé en la contusión ligeramente amoratada que destacaba sobre la piel sonrosada de su mejilla. Alcé la mano y con la yema de los dedos toqué levemente la zona magullada, rozando apenas su piel con la mía. Tras todas las lágrimas que había derramado, mi propia reacción me sorprendió. Se me saltaron las lágrimas de los ojos y cayeron dejando regueros húmedos por mi cara. Sentí que se me cortaba la respiración, al tiempo que me tragaba un sollozo. Por los dioses, no quería llorar y parecer tan patética, pero arrodillada ante la pequeña mujer, no parecía tener fuerzas suficientes para controlar el llanto.

—Gabrielle... lo... lo siento... ¡por todos los dioses, lo siento muchísimo! —dije llorando, y creo que fue mi reacción la causa de su expresión algo asustada. Fui farfullando el resto y más tarde me daría cuenta de que recordaba muy poco de lo que había dicho—. Te lo juro, Gabrielle, nunca volveré a hacerlo... nunca. Me clavaré mi propia espada antes de permitir que sufras daño alguno por mi mano. Ya sé que seguramente no puedas, pero me preguntaba si tendrías la bondad... tal vez no ahora, pero a lo mejor algún día, cuando tengas tiempo de pensártelo un poco más... si tal vez podrías...

Gabrielle todavía no había hablado, pero me levantó la cara con una de sus pequeñas manos. Tenía el ceño fruncido con lo que parecía una mezcla de confusión y preocupación. Me sujetó la cara con las dos manos y se me cerraron los ojos cuando me acarició las mejillas mojadas con los pulgares.

—Siento que esto se me dé tan mal... nunca le había dicho a nadie que lo siento. Bueno, —abrí los ojos e intenté sonreír—, la verdad es que he practicado antes con Delia.

—¿Has practicado? —dijo Gabrielle, hablando por primera vez—. ¿Nunca lo habías dicho hasta ahora... jamás?

Negué con la cabeza.

—Nunca he querido... nunca pensé que tuviera que hacerlo. Siempre pensé que debían ser todos los demás los que se inclinaran ante mí, porque yo era más fuerte, y que si decía que lo sentía, sería como decir que me había equivocado. No podía permitirme equivocarme. Pensaba que equivocarme y reconocerlo haría ver que era débil.

—Oh, Xena, ¿es eso lo que crees? ¿Que decir que lo sientes significa que eres débil? —preguntó Gabrielle con tristeza.

Advertí rápidamente que me había llamado por mi nombre, pero no quise albergar esperanzas todavía.

—Lo creía, pero ya no.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —preguntó.

—Tú. No me esperaba amarte tanto, Gabrielle. —Cobré fuerzas por la forma en que Gabrielle me acariciaba distraída la mejilla con el pulgar mientras hablaba—. Nunca pensé que una sola persona pudiera tener tal influencia sobre mi vida. Siento muchísimo haberte hecho daño, Gabrielle, no sólo al pegarte, sino también al no confiar en ti. Haría cualquier cosa por retroceder en el tiempo y deshacer lo que he hecho, pero sé que es imposible. Haré lo que sea para compensarte, lo que sea.

Alcé las manos y las posé sobre las de ella, las agarré y me llevé cada una a los labios para besarlas con ternura.

—Cualquier cosa que tenga, pequeña, o cualquier cosa que tenga el poder de hacer, cualquier regalo que te pueda dar... sólo tienes que pedírmelo y será tuyo. No lo hago para que me perdones. No me extrañaría que jamás pudieras hacerlo, y ni siquiera tienes que seguir conmigo si no quieres. —Bajé los ojos, cerrándolos con fuerza al pensar en lo que le estaba ofreciendo—. Sólo quiero compensarte, Gabrielle... arreglar las cosas. Pide y cualquier cosa que haya en el Imperio Griego será tuya —terminé.

—¿Cualquier cosa? —preguntó suavemente.

Asentí con la cabeza. Me quedé mirándola cuando se levantó y se colocó delante del balcón, por donde entraba la luna, que le bañó la cara de luz plateada.

—No tienes que darme nada en absoluto, Xena.

—Supongo que no, pero es algo que quiero hacer, no que tengo que hacer —respondí.

Se volvió y el estómago me dio un pequeño vuelco al ver esa luz cálida que ardía de nuevo en sus ojos.

—Pues deberías saber que te perdono, incluso sin el regalo.

No pude contener la sonrisa que se apoderó de toda mi cara. Fue una reacción tan espontánea que la joven que tenía delante me sonrió a su vez.

—Pues así el regalo será mucho más especial —afirmé.

—Primero quiero saber... si tú me perdonas. —Los ojos de Gabrielle se nublaron al instante, al parecer abrumados de tristeza.

—Gabrielle, no. —Me levanté y me puse a su lado—. Por favor, tú no tienes nada que lamentar.

—No creo que eso sea cierto. Estás cargando con toda la culpa y es cierto, me pegaste, pero... también es cierto que yo no me fiaba de ti, Xena. No pensaba que fueras tan distinta de la Conquistadora sobre la que había leído en los pergaminos, y tenía miedo de lo que pudieras hacer, de cómo reaccionarías si te hablaba del plan de Carra.

Gabrielle bajó la mirada y se retorció las manos.

—Cuando te llamé Señora Conquistadora... lo hice porque sabía que te haría daño y quería que sufrieras como yo —terminó.

—Gabrielle, me parece innecesario, pero si así te sientes mejor, claro que te perdono por eso. Por favor, no estés tan triste, es normal querer atacar y hacer daño cuando sientes que alguien ha sido injusto contigo —expliqué.

—No debería ser así, cuando se trata de alguien a quien amas —murmuró suavemente.

Me aparté de ella, con la cabeza gacha, y me detuve ante el balcón abierto. El aire nocturno estaba bastante frío, pero me daba gusto sentir la brisa en la cara.

—Tengo miedo, Xena —declaró Gabrielle simplemente.

Me volví para mirarla, confusa. ¿Aún no comprendía lo que significaba para mí?

—Gabrielle, ¿de qué tienes miedo... de mí?

—No de ti... yo... Xena, ¿qué será de mí cuando ya no me desees? —soltó de sopetón, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué? —Me quedé sin habla. ¿Acaso había hecho algo para hacerle creer que ésa era mi intención?

De repente, Gabrielle se echó a llorar sollozando.

—¿Qué será de mí cuando ya no te interese, qué ocurrirá si me vendes a otro amo? ¿Para qué sirvo ahora? —Siguió llorando y yo sólo pude quedarme ahí, clavada en el sitio, mientras el llanto de la muchacha me atenazaba el corazón—. Tú me has enseñado a no achantarme, a defenderme, ¡incluso a creer que valgo algo! Cuando tenga otro amo, desobedeceré una orden o miraré como no debo. Ya no puedo ocultar quién soy, ¡y seguro que me dan una paliza o me matan por ello!

A Gabrielle le temblaba todo el cuerpo y yo no sabía si era de miedo o de rabia. Por los dioses, ¿tan poco clara había sido con la muchacha sobre mis intenciones? Cierto, nunca había hablado de nuestro futuro juntas, ¿no? Lo que parecía una línea de acción tan clara había quedado omitido entre nosotras.

—Gabrielle, ven aquí —supliqué, abriendo los brazos y aceptando con placer la sensación de su pequeño cuerpo envuelto cuidadosamente entre ellos. La estreché con más fuerza, intentando que de algún modo su dolor se traspasara a mi propio cuerpo—. Amor mío, siento muchísimo no haberte dicho esto nunca hasta ahora. Gabrielle, nunca he tenido la menor intención de apartarte de mí en modo alguno. Te amo y quiero que estemos siempre juntas. Perdóname por no habértelo dejado claro. He pensado tantas cosas, pero he dicho muy pocas.

La besé en la frente y noté que su pequeño cuerpo iba dejando de temblar. Pegué la cara a la suavidad sedosa de su pelo dorado, aspirando su aroma maravilloso. Me aparté un poco para mirarla a la cara y ahora me tocó a mí secar sus lágrimas.

—Dime, Gabrielle, ¿qué regalo puedo hacerte para intentar remediar todo el daño que te he hecho?

—La libertad —contestó, con los ojos verdes clavados con franqueza en los míos.

Yo sabía, por supuesto, que ésa iba a ser su respuesta. Si no lo hubiera sido, tenía intención de concedérsela de todas formas.

—Pues que así sea. A partir de este mismo instante, eres una mujer libre, Gabrielle —dije suavemente, aunque mi corazón se sentía apesadumbrado.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, totalmente. —Me aparté de ella y me senté en el borde de la cama, en el lugar que había ocupado ella anteriormente.

—¿Así de fácil? —Gabrielle parecía atónita.

La situación era muy seria, pero no pude evitar echarme a reír levemente al ver su pasmo.

—En realidad, tardará unos días en ser oficial, pero a todos los efectos, eres libre, Gabrielle.

La sonrisa que le iluminó la cara... Dioses, ojalá pudiera capturarla. Su expresión maravillada y reverente... La guardé en mi memoria, para el día en que se marchara y sólo me quedaran los recuerdos.

Gabrielle regresó ante el balcón abierto. Debía de estar embargada por una sensación de novedad y poder. Le veía la cara y su expresión me colmó de un placer indescriptible, al saber que era yo quien había hecho todo realidad para ella.

—Soy libre... no soy esclava —se dijo, contemplando el cielo nocturno. Se volvió bruscamente y me miró directamente a los ojos—. Y si me pidieras que compartiera tu lecho y yo me negara, ¿qué me pasaría?

—Me estristecería mucho, supongo —contesté, con una sonrisa agridulce—, pero eres libre y, por tanto, tienes libertad de compartir tu lecho con quien quieras.

—¿Podría marcharme... dejar el palacio, ahora mismo, sin mirar atrás? —preguntó, volviéndose para mirar las luces de Corinto.

—Sí, Gabrielle —le contesté, aunque el corazón se me estaba parando en el pecho—. Podrías alejarte de aquí... de mí, a toda velocidad. De hecho —continué con tristeza—, no me extrañaría nada que lo hicieras.

Agaché la cabeza y me quedé contemplando el suelo, esperando a oír el chasquido de la puerta. Sorprendida, sentí la tierna suavidad de la mano de Gabrielle que me acariciaba la mejilla y me apartaba el pelo de los ojos.

—¿Se lo dirías a la gente? —preguntó Gabrielle suavemente.

—¿Que te has ido? —pregunté, mirándola confusa.

—No, tonta —dijo riendo—, que ya no soy tu esclava.

—Bueno —dije, sin saber muy bien por dónde empezar—, se lo tendría que decir a algunas personas. Estoy segura de que Delia querría saber dónde vas y tendría que prepararte unos documentos para que puedas viajar.

—Xena, ¿de qué hablas? —Gabrielle arrugó el entrecejo muy desconcertada.

—Pues, aah... mm... Gabrielle, ¿de qué hablas ? —le pregunté, cayendo en la cuenta de repente de que las dos estábamos hablando de cosas diferentes.

—¿Le dirías a la gente... ya sabes, que soy libre, para que pudiera moverme por todo el palacio y entrar en la biblioteca de Corinto sin que me arresten? Xena, ¿a qué creías que me refería? —Gabrielle me miraba como si me hubiera vuelto loca.

—Creía... o sea, si tú quisieras... Gabrielle, ¿estás diciendo que te quedarías conmigo... aquí?

—Pero se lo tendrías que decir a la gente. No quiero que piensen que sigo siendo esclava. —La pequeña rubia se irguió ante mí, con una expresión levemente desafiante en los ojos verdes.

—Gabrielle —dije, levantándome de un salto y tirándola casi al suelo—, ¡te haría mi reina! —exclamé.

Se echó a reír al oír eso y me rodeó la cintura con los brazos.

—No quiero ser reina, Xena, sólo tu esposa.

Me quedé totalmente sin habla y levanté a Gabrielle entre mis brazos, besándola con todo mi ser. Creo que nunca hasta entonces había conocido tal felicidad. Pocas marcas antes quería matar llevada por la rabia y el odio y ahora contemplaba ese momento como fuera de mí misma, como si observara a una desconocida. Todo esto se debía a Gabrielle. Tanto si mi amante lo reconocía como si no, había algo en ella, algo único y bendecido por los dioses. Juré, ante mí misma y ante mi futura esposa, que estaría para siempre a su lado, apoyándola.

—Mira, Xena... ¿ves esa estrella? —Gabrielle me llevó hacia el balcón.

—Mmm, es nueva. No sé cuándo me fijé en ella, pero es muy nueva y brillante —dije, colocándome detrás de ella y rodeándola con los brazos. Sentí el calor del cuerpo de Gabrielle contra mi pecho y la besé en la cabeza.

—¿Tú crees que es cierto que los dioses lanzan diamantes al cielo para crear las estrellas? —preguntó con inocencia.

—Supongo que es una explicación tan buena como cualquier otra —repliqué.

—Yo la vi por primera vez cuando veníamos a Corinto. ¿Sabes la parte alta de tu tienda, donde se cruzan los postes en el centro y hay una abertura en la lona, para meter por ahí el poste central? Una noche vi esa nueva estrella por la abertura de la tienda. Estaba tumbada a tu lado, pensando en lo extraño que era que desearas eso de mí. Nunca había dormido con ninguno de mis anteriores amos, por lo menos la noche entera. Esa noche me quedé dormida y tuve un sueño.

Gabrielle me miró y su expresión me dijo que pensaba que se podría tratar de una de sus visiones. Sonreí y la besé con ternura, animándola a hablar con franqueza.

—Dime, mi amor... ¿era esa clase de sueño? —pregunté.

—Supongo que no lo sabré hasta que ocurra. ¿Quieres saber lo que soñé?

—Cuéntamelo, por favor —susurré.

—Yo estaba echada en la cama de nuestra habitación y tú estabas de pie a mi lado. Te arrodillaste junto a la cama y Delia te puso un bebé en los brazos. Cuando te miré, tenías los ojos llenos de lágrimas y, por encima de tu hombro izquierdo, vi la estrella por la ventana. Delia dijo que tu hija sería algún día una gobernante tan maravillosa como su madre.

—¿Eso es todo? —pregunté, queriendo saber de repente todo tipo de cosas.

—Sí —contestó Gabrielle—. ¿Qué opinas, Xena?

—¿Es eso lo que querrías algún día, Gabrielle... hijos?

—Tus hijos —contestó tajantemente.

Me eché a reír y la estreché más.

—A mí también me gustaría, pero me temo que me falta el equipamiento necesario para obtener los resultados deseados.

Gabrielle se volvió en mis brazos para mirarme de frente.

—Tal vez si hago una ofrenda cada día a Atenea, ella nos bendiga —dijo muy seria, con ojos esperanzados.

—Podemos intentarlo sin duda, amor. Hace muchas estaciones que no hablo con ella, pero veré qué dice —repliqué.

—¿Has hablado con la diosa... y ella ha hablado contigo? —preguntó Gabrielle, boquiabierta del pasmo.

—Sí. —Me eché a reír al ver la cara de Gabrielle—. No quiero asustarte, y tampoco es que haya estado nunca en el Olimpo ni nada por el estilo, pero algunos de los dioses me han visitado de vez en cuando. Excepto Ares, porque tenemos un acuerdo. Él ya no me incordia y a cambio, yo no le pego una paliza delante de los mortales —terminé.

Al hablar de los dioses, sobre todo de mi antiguo mentor, el dios de la guerra, recordé cuánto tiempo hacía que no pisaba el templo de Atenea. Justo antes de la caída de Atenas, la batalla final de mi campaña para apropiarme del Imperio Griego, pasé mi lealtad de Ares a Atenea. Aunque los dos dominaban el Olimpo con respecto a la guerra y los guerreros, Ares perpetuaba el caos y la destrucción, mientras que Atenea era la patrona del aspecto disciplinado de la guerra. La víspera de mi mayor campaña, tomé una decisión: di la espalda a Ares y su brutalidad. Renuncié a la locura y el desperdicio de sus tácticas, me hinqué de rodillas y recibí la bendición de Atenea como elegida suya. A partir de aquel día, fui fiel a la gloriosa estrategia bélica de Atenea.

Un beso en los labios me devolvió al presente y sonreí por la deliciosa sensación.

—Te quiero, Xena. Siento haberte hecho daño —dijo Gabrielle suavemente.

—Te quiero, Gabrielle. Te lo prometo, haré todo lo que esté en mis manos para no volver a hacerte daño nunca más.

Nos quedamos así un rato, contemplando nuestra estrella, como empezó a llamarla Gabrielle, y hablando de nuestro futuro. Yo nunca había sido dada a hablar, pero me dije que Gabrielle nunca más volvería a poner en duda mi amor por ella a causa de mi propio silencio.

Por fin, regresamos a nuestros aposentos, cogidas de la mano. Estoy segura de que oí un claro suspiro de alivio por parte de la guardia de palacio. Así funcionarían las cosas entre Gabrielle y yo, muchas estaciones después. En las raras ocasiones en que discutíamos, el palacio entero aguantaba la respiración, hasta que hacíamos las paces y la vida podía continuar a su ritmo habitual.

Me metí esa noche en la cama abrazada a Gabrielle, en cuyo bello rostro había una expresión de paz y contento. Me sonreí antes de unirme a ella en el sueño. Al día siguiente, Kassandros y los demás serían hallados culpables o inocentes y entonces me tocaría pronunciar sentencia. La corte se iba a llevar la sorpresa de su vida. Sonreí de nuevo y me fui quedando dormida para reunirme con mi amante en los dominios de Morfeo.


PARTE 18


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